El Espejismo de las Vecinas lesbianas
En La Plata, esa ciudad de diagonales que parecen trazadas por un arquitecto soñador y melancólico, el verano se adhiere a la piel como un secreto que no quiere ser revelado. Las calles empedradas de la zona norte, con sus casas de techos altos y jardines ocultos tras rejas oxidadas, guardan historias que nadie cuenta en voz alta. Yo, Elena, de cincuenta y cinco años, divorciada desde hace una década, vivía en una de esas casas, con un balcón que daba al jardín de mi vecina, Marta, de cuarenta y tres, también divorciada, con esa gracia felina que el tiempo había pulido en lugar de erosionar. Marta era un enigma envuelto en carne: cabello negro lacio que le caía hasta la cintura como una cortina de noche, piel blanca con un leve bronceado de tardes en el patio, tetas grandes y pesadas que se movían con una lentitud hipnótica bajo las blusas de lino, pezones oscuros que se marcaban como promesas cuando el calor las hacía transpirar, caderas anchas y un culo carnoso que se balanceaba al c...