Mi Perra Personal
Valeria cerró la puerta del dormitorio con llave y sonrió. Llevaba semanas esperando esta noche. Su marido, Andrés, estaba sentado al borde de la cama, ya solo en boxer, respirando agitado. Habían hablado de todo con claridad: palabra de seguridad, límites, deseos. Esta noche ella mandaba. —De rodillas —ordenó con voz calmada pero firme. Andrés bajó inmediatamente al suelo. Valeria se acercó, le acarició el pelo y después se lo agarró con fuerza. —Desde ahora y hasta que yo lo diga, eres mi perra personal. ¿Quedó claro? —Sí, señora. —Bien. A la silla. Lo hizo sentarse en la silla gruesa que había preparado. Le ató las muñecas a los apoyabrazos con correas de cuero y le separó las piernas, fijándole los tobillos a las patas. Andrés quedó completamente inmovilizado, la polla ya dura marcando el boxer. Valeria se quitó la bata. Debajo solo llevaba un corpiño abierto y un strap-on negro, grueso, ya puesto y brillante de lubricante. Se subió a la silla, colocó una rodilla a cada lado de la ...