La Vecina Madura
Sofía tenía solo 20 años y se había mudado hacía dos meses al quinto piso. Desde el primer día, no podía quitarle los ojos de encima a Elena, su vecina del 5B. Elena tenía 55 años, era una mujer madura, divorciada y con un cuerpo que volvía loca a la joven: tetas grandes y pesadas, caderas anchas, culo redondo y firme, y una forma de caminar que destilaba pura experiencia y lujuria contenida. Cada vez que se cruzaban en el ascensor o en el pasillo, Elena la miraba con una sonrisa lenta y peligrosa, como si supiera exactamente el efecto que causaba en la chica. Una tarde de tormenta fuerte, la luz se fue en todo el edificio. Sofía, asustada y sola, esperó media hora antes de armarse de valor y tocar a la puerta de Elena. La mujer abrió envuelta en una bata de seda negra que apenas lograba contener sus enormes pechos. El escote era tan profundo que Sofía pudo ver el borde oscuro de sus pezones. —Ay, mi niña… pasa, no te quedes ahí mojada —dijo Elena con voz ronca y maternal. La camiseta ...