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Primera Vez (gay)

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 Martín tenía 55 años y llevaba apenas tres meses divorciado. La casa se le hacía demasiado grande y silenciosa. Esa noche salió solo a un bar del centro, más por no quedarse mirando las paredes que por ganas reales de conocer a alguien. Lo vio en cuanto entró. El chico estaba solo en una mesa alta, con una cerveza casi llena. Veinte años como mucho, cuerpo delgado pero marcado, cara joven y una mezcla de nerviosismo y curiosidad en los ojos. Martín pidió un whisky y, sin pensarlo demasiado, se acercó. —¿Estás esperando a alguien o puedo sentarme? El muchacho levantó la vista. Se llamaba Lautaro, tenía 19 años y era la primera vez que entraba solo a un bar gay. Habló poco al principio, pero cuando Martín le preguntó directamente si quería irse con él, tragó saliva y asintió. Martín cerró la puerta del departamento y miró al chico. Lautaro tenía 19 años, las manos un poco temblorosas y la polla ya dura dentro del pantalón. Era evidente que nunca había estado con un hombre. —Quitate ...

Consulta Ginecológica Elvira vieja puta

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  El consultorio olía a desinfectante y a colonia barata. El doctor Ricardo Mendoza, 56 años, se ajustó los guantes mientras la enfermera Sofía, 25 años, rubia y de cuerpo firme, preparaba la camilla. Debajo del uniforme blanco impecable, Sofía llevaba un conjunto de encaje negro, portaligas y medias de red. Ricardo lo sabía perfectamente: él mismo se lo había comprado. Antes de que entrara la paciente, cerró la puerta con llave y se acercó a Sofía por detrás. Le levantó la pollera del uniforme, le bajó un poco la tanga de encaje y le pasó dos dedos por el coño ya húmedo. —Abrí un poco —ordenó en voz baja. Sofía obedeció, separando las piernas. Ricardo le metió un dedo grueso en el coño y otro en el culo al mismo tiempo, empujando hasta el fondo mientras la besaba con lengua. Sofía gimió contra su boca, mojándole los guantes. —Después te termino de revisar —le prometió, sacando los dedos y lamiéndolos—. Ahora a trabajar. La paciente entró. Se llamaba Doña Elvira, 75 años, cuerpo gr...

La Esposa Lactante

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  Habían pasado solo seis semanas desde que Natalia dio a luz. Tenía 28 años, el cuerpo todavía blando, la panza baja y flácida, y los pechos enormes, pesados y permanentemente llenos de leche. Su marido, Marcos, apenas la tocaba. Decía que tenía miedo de lastimarla, que estaba cansado del trabajo, que el bebé no lo dejaba dormir. En realidad, simplemente había perdido el interés. Quien sí aparecía casi todos los días era Diego, el mejor amigo de Marcos. Llegaba con la excusa de “ayudar”: traía pañales, hacía la compra, sostenía al bebé para que Natalia pudiera ducharse. Al principio fue solo eso. Hasta que una tarde el niño se durmió y Natalia se quedó sola con él en el sofá, con la blusa manchada de leche. —Se me escapó otra vez… —murmuró molesta, apretándose un pecho. Diego la miró fijamente. Llevaba semanas viendo cómo se le hinchaban, cómo se le transparentaba la leche en la ropa. —¿Te duele mucho? —Una barbaridad. Están que revientan. Hubo un silencio. Diego se pasó la lengua...

Leche entre Amigas

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Valeria tenía siete meses de embarazo y los pechos se le habían puesto enormes, pesados y sensibles. La leche le había bajado antes de tiempo. Cada vez que se cambiaba de sujetador, manchaba la tela. Estaba incómoda, caliente y frustrada. Esa tarde su mejor amiga, Camila, fue a visitarla. Se conocían desde la adolescencia. Camila era delgada, de tetas pequeñas y carácter juguetón. En cuanto vio a Valeria en bata, con la panza redonda y los pechos desbordando, abrió los ojos con curiosidad. —Estás enorme… —dijo tocando con cuidado la panza—. ¿Y eso? —preguntó señalando una mancha húmeda en la bata. Valeria se sonrojó. —Me bajó la leche. Y todavía ni nació. Es un desastre. Me duelen, se me escapan solos… Camila se quedó mirándola unos segundos. Después sonrió con picardía. —¿Puedo… verlos? Valeria dudó solo un momento. Eran mejores amigas. Se conocían de toda la vida. Asintió y se abrió la bata. Se bajó el sujetador de lactancia y dejó libres sus pechos hinchados, las areolas oscuras y a...

Hipnosis en el Despacho: Verónica embarazada

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  Pasaron los meses. Verónica seguía yendo cada mañana al despacho de Carlos. Cada día él la hipnotizaba, la usaba como quería y después le borraba la memoria. Ella solo sabía que tenía un trabajo estable, un jefe amable y que, de vez en cuando, se despertaba con el cuerpo extrañamente cansado o con manchas en la ropa interior que no sabía explicar. Hasta que un día el test de embarazo dio positivo. Verónica no entendía nada. No recordaba haber tenido relaciones con nadie. No tenía novio. No salía. Lloró confusa en el baño de la empresa, mirando la rayita rosa, sin poder explicar cómo era posible. Carlos, en cambio, sonrió cuando se enteró. Esa misma mañana la llamó a su despacho. —Siéntate, Verónica. El péndulo. La voz. En menos de un minuto volvió a caer en trance profundo. Su vientre ya empezaba a redondearse ligeramente bajo la blusa. —Estás otra vez bajo mi control. Obedeces sin dudar. Todo lo que te haga te produce placer. Cuando te despierte no recordarás nada de esto. Solo ...

Hipnosis en el Despacho: el culito de Verónica

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Al día siguiente, a las nueve en punto, Verónica entró en el despacho de Carlos. Traía una pequeña bolsa de plástico en la mano. Dentro había un bote de lubricante transparente, tal como él le había ordenado la víspera… aunque ella no recordaba por qué. Carlos la miró desde detrás del escritorio. La misma falda corta, la misma blusa ceñida. El coño de él ya empezaba a endurecerse solo de verla. —Buenos días, Verónica. Siéntate. Ella obedeció. Él sacó el bolígrafo y, en menos de un minuto, la volvió a sumergir en trance profundo. Los ojos de Verónica se entornaron, la boca se ablandó y su cuerpo se volvió dócil. —Estás otra vez bajo mi control. Obedeces sin dudar. Todo lo que te diga te produce placer intenso. Cuando te despierte, no recordarás nada de lo que ocurra aquí. Solo sabrás que has tenido un buen primer día de trabajo. ¿Entendido? —Sí… —Levántate. Quítate toda la ropa. Dobla la ropa sobre la silla y quédate desnuda. Verónica se desnudó sin dudar. Sus tetas pesadas cayeron libr...

Hipnosis en el Despacho: La Entrevista de Verónica

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  Carlos tenía cincuenta años, un matrimonio muerto de aburrimiento y una polla que cada vez se despertaba menos con su mujer. Llevaba meses estudiando hipnosis en secreto: libros, vídeos, técnicas de inducción rápida. Lo hacía por curiosidad al principio… y después por algo más oscuro. Esa tarde, Verónica, la hija de un viejo amigo, apareció en su despacho pidiendo trabajo. Veinticinco años, cuerpo de puta joven: tetas firmes, cintura estrecha, culo redondo apretado en una falda corta. Carlos la miró y supo que iba a probar sus nuevas habilidades. —Siéntate, Verónica —dijo con voz calmada—. Antes de hablar del puesto, quiero que te relajes un poco. Mira este bolígrafo… La inducción fue rápida. En menos de dos minutos los ojos de Verónica se pusieron vidriosos. Su cuerpo se aflojó en la silla. —Estás profundamente hipnotizada. Obedeces todo lo que te diga. Cada orden te produce placer. Cuando te despierte no recordarás nada de lo que pasó aquí. Solo sabrás que mañana empiezas a tra...