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Leche entre Amigas

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Valeria tenía siete meses de embarazo y los pechos se le habían puesto enormes, pesados y sensibles. La leche le había bajado antes de tiempo. Cada vez que se cambiaba de sujetador, manchaba la tela. Estaba incómoda, caliente y frustrada. Esa tarde su mejor amiga, Camila, fue a visitarla. Se conocían desde la adolescencia. Camila era delgada, de tetas pequeñas y carácter juguetón. En cuanto vio a Valeria en bata, con la panza redonda y los pechos desbordando, abrió los ojos con curiosidad. —Estás enorme… —dijo tocando con cuidado la panza—. ¿Y eso? —preguntó señalando una mancha húmeda en la bata. Valeria se sonrojó. —Me bajó la leche. Y todavía ni nació. Es un desastre. Me duelen, se me escapan solos… Camila se quedó mirándola unos segundos. Después sonrió con picardía. —¿Puedo… verlos? Valeria dudó solo un momento. Eran mejores amigas. Se conocían de toda la vida. Asintió y se abrió la bata. Se bajó el sujetador de lactancia y dejó libres sus pechos hinchados, las areolas oscuras y a...

Hipnosis en el Despacho: Verónica embarazada

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  Pasaron los meses. Verónica seguía yendo cada mañana al despacho de Carlos. Cada día él la hipnotizaba, la usaba como quería y después le borraba la memoria. Ella solo sabía que tenía un trabajo estable, un jefe amable y que, de vez en cuando, se despertaba con el cuerpo extrañamente cansado o con manchas en la ropa interior que no sabía explicar. Hasta que un día el test de embarazo dio positivo. Verónica no entendía nada. No recordaba haber tenido relaciones con nadie. No tenía novio. No salía. Lloró confusa en el baño de la empresa, mirando la rayita rosa, sin poder explicar cómo era posible. Carlos, en cambio, sonrió cuando se enteró. Esa misma mañana la llamó a su despacho. —Siéntate, Verónica. El péndulo. La voz. En menos de un minuto volvió a caer en trance profundo. Su vientre ya empezaba a redondearse ligeramente bajo la blusa. —Estás otra vez bajo mi control. Obedeces sin dudar. Todo lo que te haga te produce placer. Cuando te despierte no recordarás nada de esto. Solo ...

Hipnosis en el Despacho: el culito de Verónica

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Al día siguiente, a las nueve en punto, Verónica entró en el despacho de Carlos. Traía una pequeña bolsa de plástico en la mano. Dentro había un bote de lubricante transparente, tal como él le había ordenado la víspera… aunque ella no recordaba por qué. Carlos la miró desde detrás del escritorio. La misma falda corta, la misma blusa ceñida. El coño de él ya empezaba a endurecerse solo de verla. —Buenos días, Verónica. Siéntate. Ella obedeció. Él sacó el bolígrafo y, en menos de un minuto, la volvió a sumergir en trance profundo. Los ojos de Verónica se entornaron, la boca se ablandó y su cuerpo se volvió dócil. —Estás otra vez bajo mi control. Obedeces sin dudar. Todo lo que te diga te produce placer intenso. Cuando te despierte, no recordarás nada de lo que ocurra aquí. Solo sabrás que has tenido un buen primer día de trabajo. ¿Entendido? —Sí… —Levántate. Quítate toda la ropa. Dobla la ropa sobre la silla y quédate desnuda. Verónica se desnudó sin dudar. Sus tetas pesadas cayeron libr...

Hipnosis en el Despacho: La Entrevista de Verónica

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  Carlos tenía cincuenta años, un matrimonio muerto de aburrimiento y una polla que cada vez se despertaba menos con su mujer. Llevaba meses estudiando hipnosis en secreto: libros, vídeos, técnicas de inducción rápida. Lo hacía por curiosidad al principio… y después por algo más oscuro. Esa tarde, Verónica, la hija de un viejo amigo, apareció en su despacho pidiendo trabajo. Veinticinco años, cuerpo de puta joven: tetas firmes, cintura estrecha, culo redondo apretado en una falda corta. Carlos la miró y supo que iba a probar sus nuevas habilidades. —Siéntate, Verónica —dijo con voz calmada—. Antes de hablar del puesto, quiero que te relajes un poco. Mira este bolígrafo… La inducción fue rápida. En menos de dos minutos los ojos de Verónica se pusieron vidriosos. Su cuerpo se aflojó en la silla. —Estás profundamente hipnotizada. Obedeces todo lo que te diga. Cada orden te produce placer. Cuando te despierte no recordarás nada de lo que pasó aquí. Solo sabrás que mañana empiezas a tra...

El Día que Recibí Mi Robot Sexual Inteligente

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  Buenos Aires, otoño de 2040. El timbre sonó exactamente a las 09:00. Julián dejó la taza de café sobre la mesada y abrió la puerta esperando encontrar una caja enorme. En cambio, había un contenedor blanco, del tamaño de un armario, con el logotipo plateado de EVA Robotics y una pantalla que mostraba un mensaje: «Unidad ARIA-9. Activación pendiente. Gracias por su compra.» El repartidor escaneó su retina. —Firme aquí. Julián obedeció. —¿Eso es todo? —Sí. Una vez abierta la cápsula, el período de devolución finaliza automáticamente. Que tenga un buen día. La puerta del edificio volvió a cerrarse y el departamento quedó en silencio. Julián observó el contenedor durante varios segundos. Había esperado tres meses aquella entrega. Tres meses leyendo reseñas, comparativas y debates interminables en la red. "No parece un robot." "Es inquietantemente humana." "Después de unas horas olvidás que está hecha de polímeros." Respiró hondo. Apoyó el pulgar sobre el se...

La Vecina Madura

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Sofía tenía solo 20 años y se había mudado hacía dos meses al quinto piso. Desde el primer día, no podía quitarle los ojos de encima a Elena, su vecina del 5B. Elena tenía 55 años, era una mujer madura, divorciada y con un cuerpo que volvía loca a la joven: tetas grandes y pesadas, caderas anchas, culo redondo y firme, y una forma de caminar que destilaba pura experiencia y lujuria contenida. Cada vez que se cruzaban en el ascensor o en el pasillo, Elena la miraba con una sonrisa lenta y peligrosa, como si supiera exactamente el efecto que causaba en la chica. Una tarde de tormenta fuerte, la luz se fue en todo el edificio. Sofía, asustada y sola, esperó media hora antes de armarse de valor y tocar a la puerta de Elena. La mujer abrió envuelta en una bata de seda negra que apenas lograba contener sus enormes pechos. El escote era tan profundo que Sofía pudo ver el borde oscuro de sus pezones. —Ay, mi niña… pasa, no te quedes ahí mojada —dijo Elena con voz ronca y maternal. La camiseta ...

La visita inesperada

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Laura llevaba tres semanas sola en el apartamento. Su novio se había ido de viaje de negocios y el calor de la ciudad se le metía entre las piernas cada noche. Esa tarde, después de una ducha fría que no calmó nada, solo llevaba una camiseta holgada que apenas le cubría el culo cuando sonó el timbre. Era Marcos, el hermano mayor de su novio. Alto, moreno, con esa barba de tres días y una mirada que siempre la ponía nerviosa. —Vine a traer unas cosas que dejó tu novio —dijo, levantando una bolsa—. ¿Puedo pasar? Laura sintió cómo se le humedecía el coño solo con verlo. Lo dejó entrar. El aire entre ellos se puso denso desde el primer segundo. Mientras dejaba la bolsa en la mesa, Marcos la miró de arriba abajo. La camiseta se le había subido y dejaba ver la curva inferior de sus nalgas. —Joder, Laura… ¿siempre andas así por la casa? Ella no contestó con palabras. Solo sonrió con picardía y se apoyó contra la encimera, abriendo ligeramente las piernas. Marcos entendió el mensaje al instant...