La visita inesperada
Laura llevaba tres semanas sola en el apartamento. Su novio se había ido de viaje de negocios y el calor de la ciudad se le metía entre las piernas cada noche. Esa tarde, después de una ducha fría que no calmó nada, solo llevaba una camiseta holgada que apenas le cubría el culo cuando sonó el timbre.
Era Marcos, el hermano mayor de su novio. Alto, moreno, con esa barba de tres días y una mirada que siempre la ponía nerviosa.
—Vine a traer unas cosas que dejó tu novio —dijo, levantando una bolsa—. ¿Puedo pasar?
Laura sintió cómo se le humedecía el coño solo con verlo. Lo dejó entrar. El aire entre ellos se puso denso desde el primer segundo.
Mientras dejaba la bolsa en la mesa, Marcos la miró de arriba abajo. La camiseta se le había subido y dejaba ver la curva inferior de sus nalgas.
—Joder, Laura… ¿siempre andas así por la casa?
Ella no contestó con palabras. Solo sonrió con picardía y se apoyó contra la encimera, abriendo ligeramente las piernas. Marcos entendió el mensaje al instante.
Se acercó por detrás, pegando su cuerpo duro contra ella. Laura sintió la polla ya dura presionando entre sus nalgas.
—No deberíamos… —susurró ella, aunque su voz sonaba más a invitación que a rechazo.
—Tu novio no está —gruñó Marcos en su oído, mordiéndole el lóbulo—. Y yo llevo años queriendo follarte.
Le subió la camiseta hasta la cintura y metió la mano entre sus muslos. Dos dedos gruesos se hundieron sin esfuerzo en su coño empapado.
—Estás chorreando, puta —dijo con voz ronca, metiendo y sacando los dedos con fuerza.
Laura gimió y empujó el culo hacia atrás. Marcos se bajó los pantalones, liberando una verga gruesa y venosa que golpeó contra su nalga. Sin más preámbulos, colocó la cabeza contra su entrada y empujó de una sola estocada hasta el fondo.
—Ahhh… ¡joder! —gritó Laura, sintiéndose completamente llena.
Marcos la agarró fuerte de las caderas y empezó a follarla con golpes profundos y brutales. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de ese coño mojado llenaba la cocina. Le tiró del pelo, arqueándole la espalda mientras la penetraba sin piedad.
—¿Te gusta que te folle como una perra mientras tu novio no está?
—Sí… ¡sí! Más fuerte —suplicó ella.
La giró, la subió a la encimera y le abrió las piernas al máximo. Se clavó otra vez en ella, mirándola a los ojos mientras la embestía. Sus tetas saltaban con cada golpe. Marcos bajó la cabeza y le chupó los pezones con fuerza, mordiéndolos justo como a ella le gustaba.
Laura empezó a temblar. El orgasmo la golpeó como una ola. Apretó su coño alrededor de la polla gruesa y gritó, corriéndose violentamente, empapando la verga y los muslos de Marcos.
Él no paró. La bajó, la puso de rodillas y le metió la polla hasta la garganta. Laura la chupó con hambre, lamiendo sus propios jugos, tragándosela entera mientras le masajeaba los huevos.
—Voy a correrme —avisó él.
Laura no se apartó. Abrió la boca y sacó la lengua. Marcos gruñó y descargó chorros espesos y calientes sobre su lengua y cara, pintándole los labios y las mejillas con su semen.
Cuando terminó, Laura se pasó un dedo por la cara, recogió un poco de corrida y se lo metió en la boca, mirándolo con ojos viciosos.
Marcos sonrió, todavía jadeando.
—Esto no va a ser la última vez, ¿verdad?
Laura se lamió los labios y respondió:
—Vuelve mañana. Y trae condones… o no, mejor no traigas nada.
Fin.

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