La Pasante en la Oficina Después de Horas
El edificio de la consultora en el centro de Buenos Aires estaba desierto a las nueve de la noche. Las luces de las oficinas superiores ya se habían apagado, y solo quedaba encendida la sala de reuniones del octavo piso. Allí, en la mesa ovalada de vidrio, rodeada de sillas de cuero negro, estaba Sofía. Tenía veintidós años, recién contratada como pasante. Cuerpo de gimnasio: tetas firmes de copa C que rebotaban bajo la blusa blanca, abdomen plano marcado, culo redondo y alto que tensaba la falda lápiz negra, piernas largas y definidas. Su coño depilado siempre estaba húmedo después de la jornada; el estrés y las miradas del equipo la ponían cachonda sin remedio. Pelo castaño lacio hasta los hombros, ojos cafés grandes y labios carnosos que se mordía cuando se ponía nerviosa. Esa noche le habían pedido “quedarse a ayudar con unos reportes urgentes”. El equipo eran cinco hombres: el gerente de 45 (polla gruesa de 19 cm), el analista senior de 38 (curva venosa de 20 cm), el junior de 30 ...