La Vecina Madura
Sofía tenía solo 20 años y se había mudado hacía dos meses al quinto piso. Desde el primer día, no podía quitarle los ojos de encima a Elena, su vecina del 5B. Elena tenía 55 años, era una mujer madura, divorciada y con un cuerpo que volvía loca a la joven: tetas grandes y pesadas, caderas anchas, culo redondo y firme, y una forma de caminar que destilaba pura experiencia y lujuria contenida.
Cada vez que se cruzaban en el ascensor o en el pasillo, Elena la miraba con una sonrisa lenta y peligrosa, como si supiera exactamente el efecto que causaba en la chica.
Una tarde de tormenta fuerte, la luz se fue en todo el edificio. Sofía, asustada y sola, esperó media hora antes de armarse de valor y tocar a la puerta de Elena.
La mujer abrió envuelta en una bata de seda negra que apenas lograba contener sus enormes pechos. El escote era tan profundo que Sofía pudo ver el borde oscuro de sus pezones.
—Ay, mi niña… pasa, no te quedes ahí mojada —dijo Elena con voz ronca y maternal.
La camiseta blanca de Sofía estaba completamente pegada a su cuerpo, marcando sus tetas firmes y sus pezones duros por el frío. La falda corta se le había subido por los muslos mojados.
Elena cerró la puerta y la miró de arriba abajo sin disimulo.
—Joder, Sofía… estás hecha una diosa. A tu edad yo hubiera matado por un cuerpo como el tuyo.
Sofía se sonrojó intensamente, pero no se cubrió. Al contrario, sintió un calor líquido entre las piernas.
Elena se acercó lentamente, le apartó un mechón de pelo mojado de la cara y, sin pedir permiso, la besó. Fue un beso profundo, dominante y experimentado. Su lengua entró en la boca de la joven con autoridad, explorándola, dominándola. Sofía gimió y se derritió contra ella.
La madura la empujó contra la pared del pasillo, le subió la camiseta empapada y liberó sus tetas juveniles. Bajó la cabeza y se metió un pezón rosado en la boca, chupándolo con fuerza mientras su mano se metía debajo de la falda.
—Estás empapada, pequeña… y no es solo por la lluvia —susurró Elena con una sonrisa perversa al sentir los jugos calientes de Sofía corriendo por sus dedos.
Metió dos dedos gruesos de golpe en el coño apretado de la joven. Sofía soltó un gemido largo y tembloroso.
—Señora Elena… por favor…
—¿Por favor qué? —preguntó la madura mientras le follaba el coño con los dedos—. ¿Quieres que te coma este coñito rico?
Sofía solo pudo asentir, muerta de vergüenza y excitación.
Elena se arrodilló, le bajó las bragas empapadas y hundió su cara entre los muslos temblorosos de la chica. Su lengua experta separó los labios hinchados y atacó el clítoris con maestría: lamía, chupaba, succionaba y metía la lengua dentro del agujero apretado. Dos dedos gruesos entraban y salían sin piedad mientras Elena gemía de gusto al probar el sabor dulce de la joven.
Sofía no aguantó ni cinco minutos. Se corrió con fuerza, agarrando la cabeza de Elena contra su coño, gritando y temblando mientras le inundaba la boca con sus jugos.
Elena se levantó, se quitó la bata y mostró su cuerpo maduro sin vergüenza: tetas grandes y caídas con pezones oscuros y grandes, vientre suave, y un coño carnoso, depilado y ya brillando de excitación.
—Ahora te toca a ti, mi putita —ordenó con voz suave pero firme.
Llevó a Sofía al dormitorio, se tumbó en la cama con las piernas bien abiertas y atrajo a la joven por el pelo. Sofía, nerviosa pero deseosa, se arrodilló y empezó a lamer. Al principio era torpe, pero Elena la guiaba:
—Más despacio… así… chupa el clítoris… mete la lengua adentro… ¡eso! Buena chica.
La joven aprendió rápido. Pronto tenía la cara completamente empapada con los jugos de Elena, lamiendo y chupando con auténtico vicio. Elena se corrió por primera vez apretando los muslos alrededor de la cabeza de Sofía, gimiendo como una perra en celo.
Pero eso solo era el comienzo.
Elena sacó de la mesita de noche un grueso consolador doble de 25 centímetros, negro y venoso. Se colocó encima de Sofía en posición 69, introdujo un extremo en su propio coño maduro y el otro en la vagina virgen de la chica de 20 años.
Empezaron a follarse con fuerza. El sonido húmedo y obsceno de los dos coños llenaba la habitación. Las tetas grandes de Elena golpeaban contra el vientre plano de Sofía mientras ambas movían las caderas con desesperación.
—¡Más fuerte! ¡Quiero que me destroces el coño! —suplicaba Sofía.
Elena aceleró salvajemente, follándola como un hombre. El consolador entraba y salía de sus dos coños chorreantes. Cambiaron de posición varias veces: Elena la folló en misionero, luego de lado, y finalmente puso a Sofía a cuatro patas y la penetró desde atrás mientras le daba nalgadas fuertes.
Sofía se corrió por segunda y tercera vez, gritando sin control. Elena, sintiendo que también estaba cerca, sacó el consolador, se sentó sobre la cara de la joven y se frotó el coño contra su boca mientras se corría violentamente, inundándola de jugos.
Cuando terminaron, ambas estaban sudadas y temblando. Elena abrazó a la chica contra sus grandes tetas y le acarició el pelo.
—Esto no termina aquí, mi niña —le susurró al oído—. Cada vez que tus padres salgan a trabajar, vas a venir a este departamento. Voy a enseñarte a comer coño como una verdadera puta, voy a follarte con todos mis juguetes y voy a hacer que te corras hasta que no puedas caminar.
Sofía, todavía con el coño palpitando y la cara llena de jugos, sonrió con los ojos brillantes y respondió:
—Sí, Elena… quiero ser tu puta joven. Cuando usted quiera y como usted quiera.

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