El Espejismo de las Vecinas lesbianas
En La Plata, esa ciudad de diagonales que parecen trazadas por un arquitecto soñador y melancólico, el verano se adhiere a la piel como un secreto que no quiere ser revelado. Las calles empedradas de la zona norte, con sus casas de techos altos y jardines ocultos tras rejas oxidadas, guardan historias que nadie cuenta en voz alta. Yo, Elena, de cincuenta y cinco años, divorciada desde hace una década, vivía en una de esas casas, con un balcón que daba al jardín de mi vecina, Marta, de cuarenta y tres, también divorciada, con esa gracia felina que el tiempo había pulido en lugar de erosionar.
Marta era un enigma envuelto en carne: cabello negro lacio que le caía hasta la cintura como una cortina de noche, piel blanca con un leve bronceado de tardes en el patio, tetas grandes y pesadas que se movían con una lentitud hipnótica bajo las blusas de lino, pezones oscuros que se marcaban como promesas cuando el calor las hacía transpirar, caderas anchas y un culo carnoso que se balanceaba al caminar por su jardín, regando las plantas con una manguera que parecía una extensión de su deseo reprimido. Yo la observaba desde mi balcón, fingiendo leer un libro de Bioy –irónico, porque su prosa fantástica me hacía imaginar realidades paralelas donde ella y yo nos tocábamos sin culpas.
Una tarde de enero, el calor era asfixiante, de esos que hacen que el aire se vuelva denso y los pensamientos se disuelvan en sudor. Marta salió al jardín en short corto y top ajustado, el cuerpo brillando de transpiración después de una sesión de yoga en su living. Sus tetas DD rebotaban con cada movimiento, pezones oscuros gruesos endurecidos por el roce de la tela empapada, coño marcado en el short con un cameltoe húmedo de sudor y jugos. Yo, desde mi balcón, sentí mi propio coño maduro palpitar, labios gorditos hinchándose bajo mi vestido ligero.
—Elena... ¿querés pasar? Estoy sola y este calor me mata —gritó ella, voz ronca por el esfuerzo.
Acepté, como si el destino –o Bioy en alguna de sus invenciones– lo hubiera escrito. Entré a su casa, fresca por el ventilador, pero el aroma a mujer sudada me envolvió: almizcle dulce y salado de su coño y axilas.
Nos sentamos en el living, vino blanco frío en copas. Hablamos de divorcios, de soledad, de cómo el cuerpo a cierta edad pide más de lo que la sociedad permite. Marta se acercó, muslo rozando el mío, sudor de su piel transfiriéndose a la mía.
—Siempre te miré, Elena —confesó, ojos verdes clavados en mis tetas E pesadas—. Tu cuerpo maduro... me excita.
La besé. Lengua invadiendo su boca con hambre acumulada, manos bajando su top empapado: tetas DD saltando libres, pezones oscuros gruesos erectos rogando ser chupados. Los devoré, mordiendo suave mientras ella gemía ronca.
—Chupá mis tetas sudorosas, Elena... saboreá mi sudor post-yoga.
Bajé besando su vientre, quitándole el short: coño depilado expuesto, labios gorditos hinchados separados por jugos espesos almizclados mezclados con sudor del ejercicio, clítoris grande rojo palpitante brillando.
Me arrodillé entre sus piernas abiertas en el sofá.
—Tu coño maduro huele a deseo sudoroso, Marta... dejame lamerte.
Metí la lengua despacio, lamiendo labios gorditos, saboreando jugos salados y dulces de sudor y excitación. Succione su clítoris grande rojo con labios carnosos, metiendo tres dedos en su vagina madura chapoteando jugos espesos.
Marta gritó: "¡Lamé mi coño sudoroso, Elena! Tu lengua en mi clítoris me mata... oh joder, squirt por tu boca!"
Explotó: squirt chorreado en chorros potentes y calientes empapando mi cara, jugos almizclados salados chorreando por mi barbilla y cuello hasta mis tetas E.
—Ahora vos —gemí, sentándome sobre su cara.
Ella lamió voraz: lengua en mis labios gorditos hinchados, succionando mi clítoris grande, dedos follándome la vagina madura.
Gemí ronca, tetas E rebotando: "¡Sí... lamé mi concha chorreante de sudor... meté la lengua en mi ano maduro!"
Ella punzó mi ano fruncido, lengua invadiendo recto caliente. Me corrí fuerte, squirt maduro inundando su boca, chorros espesos que tragó gulosa.
Nos quedamos jadeando, cuerpos sudorosos pegados, coños chorreando jugos mezclados por muslos y sofá.
—Esto es como un sueño de Bioy —susurré—. Real pero imposible.
Marta sonrió, lengua lamiendo restos de squirt de mis labios.
—Y vamos a repetirlo... todas las tardes de calor.
Desde entonces, jardines y balcones de La Plata guardaron nuestro secreto: coños maduros sudorosos lamidos hasta squirt, tetas pesadas rebotando, gemidos ahogados en tardes platenses. Un espejismo lesbiano que se hizo eterno.

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