El Cobrador de la Renta
Se llamaba Raúl, tenía cuarenta y siete años y era el dueño del pequeño edificio de departamentos en Flores. Alto, algo grueso, con barba de varios días y una mirada que siempre parecía estar calculando cuánto podía sacar de cada persona. Cobraba la renta en efectivo, personalmente, porque le gustaba ver la cara de la gente cuando le decían que no tenían el dinero. Ese mes, la que más le interesaba era Laura, la del departamento 3B. Treinta y un años, separada, sola con su hija de ocho que estaba en la casa de la abuela esa semana. Laura era una morocha de curvas generosas: tetas grandes de copa D que se movían pesadas bajo la remera, culo ancho y carnoso que llenaba los jeans, labios carnosos y ojos oscuros que siempre miraban con un poco de miedo cuando él tocaba el timbre. Laura abrió la puerta con cara de angustia. Llevaba una remera blanca ajustada y un short corto de algodón. Se notaba que no tenía sostén: sus tetas pesadas colgaban libres, pezones oscuros marcados contra la tela...