El Cobrador de la Renta




Se llamaba Raúl, tenía cuarenta y siete años y era el dueño del pequeño edificio de departamentos en Flores. Alto, algo grueso, con barba de varios días y una mirada que siempre parecía estar calculando cuánto podía sacar de cada persona. Cobraba la renta en efectivo, personalmente, porque le gustaba ver la cara de la gente cuando le decían que no tenían el dinero.


Ese mes, la que más le interesaba era Laura, la del departamento 3B. Treinta y un años, separada, sola con su hija de ocho que estaba en la casa de la abuela esa semana. Laura era una morocha de curvas generosas: tetas grandes de copa D que se movían pesadas bajo la remera, culo ancho y carnoso que llenaba los jeans, labios carnosos y ojos oscuros que siempre miraban con un poco de miedo cuando él tocaba el timbre.


Laura abrió la puerta con cara de angustia. Llevaba una remera blanca ajustada y un short corto de algodón. Se notaba que no tenía sostén: sus tetas pesadas colgaban libres, pezones oscuros marcados contra la tela.


—Raúl… sé que estoy atrasada —dijo nerviosa—. Solo tengo la mitad. El resto te lo pago la semana que viene, te lo juro.


Raúl entró sin pedir permiso, cerró la puerta y la miró de arriba abajo.


—Mitad no me sirve, Laura. Son tres meses atrasados. O pagás todo ahora… o te busco otra solución.


Ella bajó la mirada, avergonzada.


—No tengo más plata… por favor…


Raúl se acercó, invadiendo su espacio. Su voz bajó a un susurro ronco:


—Entonces vamos a arreglarlo de otra forma. Sacate la remera. Ahora.


Laura tembló, lágrimas asomando en sus ojos.


—Raúl… no… soy madre… no me hagas esto.


—O te sacás la remera, o mañana tenés la intimación judicial y te quedás en la calle con tu hija. Elegí.


Con manos temblorosas, Laura se sacó la remera. Sus tetas grandes y pesadas saltaron libres, pezones oscuros gruesos ya endurecidos por el miedo y el frío.


Raúl las miró con hambre.


—Buenas tetas… ahora el short y la bombacha. Quiero verte toda.


Laura se bajó el short y la bombacha blanca. Quedó completamente desnuda: coño depilado con labios gorditos hinchados, clítoris grande y rojo asomando, culo carnoso expuesto.



—Arrodíllate y chupame la pija —ordenó él, bajándose el cierre.


Sacó una polla gruesa y venosa de diecinueve centímetros, glande morado goteando precum espeso. Laura se arrodilló, lágrimas rodando por sus mejillas, y abrió la boca. Raúl le metió la pija hasta el fondo de la garganta.


—Tragala toda, puta morocha. Chupá como si tu vida dependiera de eso… porque depende.


Laura succionó entre arcadas, saliva espesa goteando por el eje y sus tetas pesadas. Raúl la folló la boca con fuerza, agarrándole el pelo.


—Buena puta… ahora date vuelta y abrí ese culo carnoso. Hoy te voy a cobrar la renta con creampie.


La puso a cuatro patas en el sofá, le escupió en el ano fruncido y empujó su pija gruesa sin piedad. Laura gritó de dolor cuando el glande ancho le abrió el ano.


—¡Duele! ¡Por favor, no tan fuerte!


Raúl la embistió brutal, follándole el culo carnoso sin misericordia, bolas golpeando su coño chorreante.


—Tu culo es mío ahora, Laura. Cada mes vas a pagarme así… con la concha y el culo. ¿Entendiste?


Ella lloraba y gemía al mismo tiempo, ano apretando la pija gruesa.


—Sí… sí… haré lo que quieras… solo no me eches…


Raúl aceleró, gruñendo, y eyaculó profundo en su recto: chorros calientes y espesos llenando su ano, semen blanco espeso rebosando por los bordes y goteando por sus nalgas carnoso hasta el piso.


Sacó la pija, miró el ano abierto y rojo chorreando su leche.


—Buena inquilina. La semana que viene vengo a cobrar el próximo mes… y traé lubricante. Te quiero bien preparada.


Laura quedó tirada en el sofá, ano y muslos cubiertos de semen, llorando bajito… pero su coño chorreaba jugos traicioneros. Sabía que volvería a abrirle la puerta cada vez que él tocara.


El cobro de la renta acababa de cambiar para siempre.

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