La Primera Consulta de Kiara
Me llamo Kiara, tengo dieciocho años recién cumplidos y soy peruana. Mi familia se mudó a Buenos Aires cuando era chica, tengo la piel morena clara, cabello negro largo y liso que me llega a la cintura, ojos almendrados oscuros, nariz pequeña y labios carnosos que siempre parecen pintados aunque no lleve nada. Mi cuerpo es curvilíneo pero juvenil: tetas firmes de copa C que se mueven libres bajo la ropa, pezones oscuros grandes y gruesos que se endurecen con facilidad, cintura estrecha, caderas anchas y un culo redondo que hace que los jeans se me peguen. Mi coño es depilado, labios rosados gorditos que se hinchan rápido, clítoris pequeño pero muy sensible, y ano rosado fruncido que nunca nadie tocó.
Nunca había ido al ginecólogo. Mis amigas me insistieron tanto que al final pedí turno en una clínica de Caballito. Llegué un jueves por la tarde, con un vestido corto floreado que se me subía un poco al caminar, sin sostén porque hacía calor, mis pezones oscuros marcados bajo la tela fina, tanga blanca de algodón ya húmeda de nervios.
La consulta era pequeña, olor a desinfectante y algo dulce. Me atendieron dos doctoras: la doctora Ruiz, una pelirroja gordita de unos treinta y cinco años, piel blanca pecosa, tetas enormes de copa E que tensaban la bata blanca, pezones oscuros gruesos marcados, culo carnoso que se movía al caminar, y la doctora López, alta y canosa de cincuenta y cinco, delgada pero con presencia imponente, tetas C-cup firmes, culo alto y pelo plateado corto.
—Kiara, primera vez, ¿verdad? —preguntó la pelirroja con voz suave—. Desvestite de la cintura para arriba y subí a la camilla.
Me quité el vestido, quedando en tanga. Subí a la camilla, piernas abiertas en los estribos, tetas C-cup firmes rebotando libres, pezones oscuros duros por el frío y los nervios.
La canosa se acercó primero: "Vamos a empezar por los senos."
Sus manos frías palparon mis tetas, amasándolas con firmeza, pellizcando pezones oscuros hasta que gemí bajito, lágrimas de vergüenza asomando.
—Respuesta normal —dijo—. Muy sensibles. Ahora la vagina.
La pelirroja separó mis labios rosados con dedos enguantados, inspeccionando.
—Coño virgen y sano... muy húmedo —murmuró—. ¿Actividad sexual?
—Soy virgen —susurré, sonrojándome hasta las orejas.
—Bien —dijo la canosa—. ¿Te masturbás?
—No... nunca —mentí a medias, solo lo había hecho poco y mal.
Las dos se miraron y sonrieron.
—Entonces te vamos a enseñar —dijo la pelirroja—. Es parte del chequeo para ver respuestas orgánicas.
La canosa me siguió sobando las tetas, pellizcando pezones oscuros duros, tirando suave hasta que dolía rico.
La pelirroja untó lubricante en sus dedos y los pasó por mis labios hinchados, rozando clítoris pequeño rojo que palpitaba.
—Relájate, linda... solo te vamos a masturbar para comprobar sensibilidad.
Metió dos dedos en mi vagina virgen apretada, follándome despacio, chapoteando jugos dulces transparentes que chorreaban por mis muslos. Su pulgar frotaba mi clítoris pequeño, círculos lentos al principio, luego más rápido.
Gemí fuerte, tetas rebotando mientras la canosa las amasaba con fuerza.
—Tu conchita virgen aprieta mis dedos... estás chorreando mucho —susurró la pelirroja.
Aceleró, dedos follándome profundo, clítoris frotado hasta arder. Me corrí fuerte: squirt chorreado en chorros finos y calientes empapando sus guantes y la camilla, jugos dulces salpicando.
La canosa pellizcó mis pezones más fuerte: "Buena chica... respuesta excelente."
Me dejaron temblando, coño dilatado chorreando jugos, lágrimas de placer y vergüenza.
—Volvé en un mes para seguimiento —dijo la pelirroja, quitándose guantes—. Y traé lubricante... la próxima vez exploramos más profundo.
Asentí, coño palpitando, sabiendo que volvería. La "consulta" había sido mi primera vez con alguien más... y quería más.

Comentarios
Publicar un comentario