Primera Vez (gay)
Martín tenía 55 años y llevaba apenas tres meses divorciado. La casa se le hacía demasiado grande y silenciosa. Esa noche salió solo a un bar del centro, más por no quedarse mirando las paredes que por ganas reales de conocer a alguien.
Lo vio en cuanto entró.
El chico estaba solo en una mesa alta, con una cerveza casi llena. Veinte años como mucho, cuerpo delgado pero marcado, cara joven y una mezcla de nerviosismo y curiosidad en los ojos. Martín pidió un whisky y, sin pensarlo demasiado, se acercó.
—¿Estás esperando a alguien o puedo sentarme?
El muchacho levantó la vista. Se llamaba Lautaro, tenía 19 años y era la primera vez que entraba solo a un bar gay. Habló poco al principio, pero cuando Martín le preguntó directamente si quería irse con él, tragó saliva y asintió.
Martín cerró la puerta del departamento y miró al chico. Lautaro tenía 19 años, las manos un poco temblorosas y la polla ya dura dentro del pantalón. Era evidente que nunca había estado con un hombre.
—Quitate toda la ropa —ordenó Martín con voz calmada.
Lautaro obedeció. Cuando se bajó los boxers, su polla joven saltó libre, rosada, dura y ya goteando un hilo de precum. Martín se desnudó sin apuro, mostrando su cuerpo maduro y su polla gruesa, pesada, semidura. Se acercó, lo agarró del pelo y lo bajó de rodillas.
—Abrí la boca.
Lautaro abrió. Martín le restregó la cabeza de la polla por los labios antes de empujar dentro. El chico se atragantó enseguida. Martín no se detuvo: le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follarle la boca con embestidas lentas y profundas, hasta que los ojos de Lautaro se llenaron de lágrimas y la saliva le chorreaba por la barbilla.
—Así se chupa. Tragala toda. Respirá por la nariz.
Cuando la tuvo bien babosa, lo levantó, lo tiró de espaldas en la cama y le abrió las piernas. Le escupió en el agujero virgen y metió un dedo grueso. Lautaro se tensó y soltó un gemido ahogado. Martín le agregó un segundo dedo y lo abrió con paciencia, estirándolo, buscando la próstata hasta que el chico empezó a temblar y a empujar contra su mano.
—Mirá cómo se te pone la polla cuando te toco adentro… te gusta aunque digas que duele.
Martín se acomodó entre sus piernas, apoyó la polla gruesa contra el agujero rosado y empujó. La cabeza se abrió paso con dificultad. Lautaro gritó y se agarró de las sábanas. Martín no paró: centímetro a centímetro fue enterrándose hasta que sus pelotas tocaron el culo del chico. Se quedó quieto un momento, dejándolo sentir cómo lo llenaba por completo.
Después empezó a moverse.
Al principio despacio, sacando casi toda la polla y volviendo a clavar hasta el fondo. Después más fuerte. El sonido húmedo y obsceno de su polla entrando y saliendo del culo virgen llenaba la habitación. Lautaro lloriqueaba de placer y dolor mezclado, la polla rebotándole contra el vientre, chorreando sin parar.
—Decí lo que sos —le gruñó Martín mientras lo embestía.
—Soy… soy tu putito —sollozó Lautaro.
—Más claro.
—Soy la puta de 19 años que se está dejando reventar el culo por primera vez… ¡ah, mierda!
Martín le agarró las piernas y se las dobló contra el pecho, follándolo más profundo, más bruto. Cada embestida le sacaba un gemido roto al chico. Cuando sintió que Lautaro estaba al borde, le apretó la base de la polla para que no se corriera.
—Todavía no. Las putas nuevas no se corren hasta que yo lo diga.
Lo folló así varios minutos más, negándole el orgasmo, usándolo. Cuando finalmente le soltó la polla y le ordenó corrérsele, Lautaro gritó y se corrió con fuerza, disparando chorros espesos hasta su propio pecho y cara. El culo se le contrajo con violencia alrededor de la polla de Martín, quien aprovechó para enterrarse hasta el fondo y vaciarse dentro de él, llenándolo de semen caliente.
Se quedó adentro un rato, jadeando, mientras el semen le rebalsaba del agujero abierto del chico.
—A partir de ahora venís cuando te llamo —dijo Martín sacando la polla lentamente, mirando cómo el agujero de Lautaro quedaba semiabierto y goteando—. Y cada vez te voy a enseñar algo nuevo.
Lautaro, todavía temblando, con el culo ardiendo y la cara manchada de su propio semen, solo pudo asentir.
—Sí, señor…
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