Mi Perra Personal
Valeria cerró la puerta del dormitorio con llave y sonrió. Llevaba semanas esperando esta noche. Su marido, Andrés, estaba sentado al borde de la cama, ya solo en boxer, respirando agitado. Habían hablado de todo con claridad: palabra de seguridad, límites, deseos. Esta noche ella mandaba.
—De rodillas —ordenó con voz calmada pero firme.
Andrés bajó inmediatamente al suelo. Valeria se acercó, le acarició el pelo y después se lo agarró con fuerza.
—Desde ahora y hasta que yo lo diga, eres mi perra personal. ¿Quedó claro?
—Sí, señora.
—Bien. A la silla.
Lo hizo sentarse en la silla gruesa que había preparado. Le ató las muñecas a los apoyabrazos con correas de cuero y le separó las piernas, fijándole los tobillos a las patas. Andrés quedó completamente inmovilizado, la polla ya dura marcando el boxer.
Valeria se quitó la bata. Debajo solo llevaba un corpiño abierto y un strap-on negro, grueso, ya puesto y brillante de lubricante. Se subió a la silla, colocó una rodilla a cada lado de la cabeza de Andrés y le bajó el coño directamente a la boca.
—Come. Y no pares hasta que yo me corra.
Andrés obedeció. Empezó a lamerla con ganas, metiendo la lengua lo más profundo que podía. Valeria se agarró del respaldo de la silla y empezó a moverse sobre su cara, frotándose, usándolo. Cada vez que él intentaba tocar su propia polla con alguna parte del cuerpo, ella le daba un tirón de pelo.
—Ni se te ocurra. Las perras no se tocan solas.
Se corrió en su boca con un gemido largo, apretándole la cabeza contra su coño hasta que dejó de temblar. Después se bajó, le limpió la boca con los dedos y se los hizo chupar.
—Mira cómo tienes la polla… toda dura y desesperada. ¿Quieres correrte, perra?
—Sí, señora… por favor.
—Todavía no.
Valeria le bajó el boxer, dejando la polla de Andrés al aire, roja y goteando. Le dio un par de caricias lentas solo para torturarlo y después se detuvo. Se posicionó entre sus piernas abiertas, alineó el strap-on con su entrada y empujó. Andrés soltó un gemido ahogado cuando el juguete lo llenó por completo.
Ella empezó a follarlo con embestidas profundas y constantes. Cada vez que él cerraba los ojos, le ordenaba mirarla. Cada vez que gemía demasiado alto, le tapaba la boca.
—Esto es lo que son las perras personales. Se dejan usar. Se dejan follar. Y no se corren hasta que su dueña lo permita.
Lo penetró durante varios minutos, cambiando el ángulo para dar exactamente en su punto. Cuando notó que Andrés estaba al borde, se detuvo por completo, el strap-on todavía dentro.
—Pídemelo.
—Por favor, señora… déjeme correrme… se lo ruego.
—Mejor. Otra vez, y más humilde.
—Por favor, dueña… su perra necesita correrme… por favor…
Valeria sonrió y reanudó los movimientos, más rápido y más fuerte. Al mismo tiempo le agarró la polla y empezó a masturbarlo al ritmo de las embestidas.
—Córrete. Ahora. Pero mirándome.
Andrés se corrió con un grito ahogado, disparando chorros espesos sobre su propio abdomen y el pecho de ella. Valeria lo folló durante todo el orgasmo, exprimiéndolo hasta que se quedó temblando y vacío.
Cuando terminó, se retiró con cuidado, le desató las muñecas y los tobillos y lo ayudó a acostarse en la cama. Se quitó el strap-on, se recostó a su lado y le acarició el pelo con ternura.
—Lo hiciste muy bien, mi perra. Ahora descansa.
Andrés, todavía jadeante, se acurrucó contra ella y asintió.
—Gracias, señora.
Valeria sonrió y le dio un beso en la frente. El aftercare había comenzado.

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