Los Amigos del Fútbol


Carolina estaba aburrida. Llevaba seis años casada con Matías y el sexo se había vuelto predecible, rápido y cada vez más escaso. Él prefería llegar del trabajo, comer, mirar una serie y dormirse. Ella tenía 29 años, el cuerpo todavía firme y unas ganas acumuladas que ya no podía ignorar.

Cada sábado por la tarde Matías salía a jugar al fútbol con sus amigos. Siempre los mismos: Nico, Ramiro, Ezequiel y Tomás. Los cuatro iban seguido a su casa después del partido a tomar algo. Carolina los conocía de memoria. Y últimamente, cuando los veía llegar sudados, con las piernas fuertes y las risas fáciles, sentía un calor traicionero entre las piernas.

Esa tarde Matías avisó que después del partido se iban a tomar una cerveza a otro lado. Que no lo esperara a cenar. Carolina sonrió sola en el sofá. Cinco minutos después de que él saliera, mandó un mensaje al grupo de los amigos (del que ella también formaba parte desde hacía tiempo):

“Matías me dijo que no viene. Si quieren, pasen igual. Hay cerveza fría.”

Llegaron los cuatro juntos. Todavía con la ropa de deporte, olor a césped y sudor limpio. Carolina los recibió en short corto y una remera fina sin sostén. Se les notó de inmediato el cambio en la mirada.

Empezaron tomando cerveza en la cocina, hablando de cualquier cosa. Hasta que Nico, el más directo, se le acercó por detrás mientras ella sacaba hielo y le puso las manos en la cintura.

—Hace rato que te miramos de otra forma, Carolina…

Ella se giró, los miró a los cuatro y sonrió con nervios y deseo.

—Entonces dejen de mirar.

No hizo falta decir más.

La subieron encima de la mesada de la cocina. Nico le bajó el short y las bragas de un tirón y le enterró la cara entre las piernas. Ramiro le levantó la remera y le chupó los pechos con ganas. Ezequiel y Tomás se bajaron los pantalones y se masturbaron mirándola mientras ella gemía.

Cuando Nico la tuvo suficientemente mojada, la bajó, la dio la vuelta y la penetró de una embestida. Carolina se agarró al borde de la mesada y empujó hacia atrás. Mientras Nico la follaba fuerte, Ramiro le puso la polla en la boca. Ella la aceptó sin dudar, babosa y ansiosa.

Los fueron turnando.

Ezequiel la levantó en peso, la apoyó contra la pared y la penetró con las piernas enredadas a su cintura. Tomás la puso de rodillas en el sofá y se la folló por detrás mientras ella le chupaba la polla a Nico. En un momento los cuatro estuvieron sobre ella: una polla en el coño, otra en la boca, y las otras dos en sus manos. Carolina estaba hecha un desastre de saliva, fluidos y gemidos.

La corrieron de varias formas. Nico se corrió dentro. Ramiro en sus pechos. Ezequiel en su boca. Tomás le pidió el culo y ella, ya perdida de placer, asintió. La penetró despacio al principio y después con ganas, mientras los otros dos le sostenían las piernas abiertas.

Cuando terminaron, Carolina estaba tirada en el sofá, el cuerpo marcado, el coño y el culo rebalsando semen y la respiración entrecortada. Los cuatro la miraban con una mezcla de culpa y hambre todavía no del todo saciada.

—Esto… no puede saberlo Matías —dijo ella con voz ronca.

—No se va a enterar —respondió Nico—. Pero la próxima vez que él diga que se va a tomar algo… nos avisas.

Carolina sonrió, cansada y satisfecha, y asintió.

A partir de ese sábado, los partidos de fútbol se convirtieron en su momento favorito de la semana.

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