Leche entre Amigas



Valeria tenía siete meses de embarazo y los pechos se le habían puesto enormes, pesados y sensibles. La leche le había bajado antes de tiempo. Cada vez que se cambiaba de sujetador, manchaba la tela. Estaba incómoda, caliente y frustrada.

Esa tarde su mejor amiga, Camila, fue a visitarla. Se conocían desde la adolescencia. Camila era delgada, de tetas pequeñas y carácter juguetón. En cuanto vio a Valeria en bata, con la panza redonda y los pechos desbordando, abrió los ojos con curiosidad.

—Estás enorme… —dijo tocando con cuidado la panza—. ¿Y eso? —preguntó señalando una mancha húmeda en la bata.

Valeria se sonrojó.

—Me bajó la leche. Y todavía ni nació. Es un desastre. Me duelen, se me escapan solos…

Camila se quedó mirándola unos segundos. Después sonrió con picardía.

—¿Puedo… verlos?

Valeria dudó solo un momento. Eran mejores amigas. Se conocían de toda la vida. Asintió y se abrió la bata. Se bajó el sujetador de lactancia y dejó libres sus pechos hinchados, las areolas oscuras y anchas, los pezones gruesos y brillantes. Una gota de leche ya resbalaba por uno de ellos.

Camila se acercó, fascinada.

—Están preciosos… ¿Te duele si los toco?

—Un poco… pero también se sienten raros. Como que necesitan que los vacíen.

Camila no pidió más permiso. Se inclinó y pasó la lengua por el pezón de Valeria, lamiendo la gota de leche. El sabor dulce y cálido la sorprendió. Sin decir nada, abrió la boca y se cerró sobre el pecho, chupando con fuerza. Un chorro espeso le llenó la boca. Tragó y volvió a succionar, apretando el pecho con las manos para ordeñarla.

Valeria soltó un gemido largo.

—Joder, Camila…

—Está riquísima —murmuró ella con la boca llena—. Tienes mucha.

Se cambió al otro pecho y lo vació con la misma hambre. La leche le chorreaba por la barbilla y le caía sobre las tetas pequeñas. Valeria tenía la cabeza echada hacia atrás, respirando agitada, la panza subiendo y bajando. Nunca había sentido algo tan intenso. Cada chupada le mandaba una corriente directa al coño.

Cuando Camila se separó, los pechos de Valeria estaban más blandos, los pezones rojos e hinchados, brillantes de saliva y leche.

—Tienes el coño empapado —dijo Camila mirando entre las piernas de su amiga—. Se te ve hasta en la bata.

Valeria no pudo negarlo. Estaba chorreando.

Camila la hizo acostarse en el sofá, le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas. Le bajó las bragas empapadas y le pasó la lengua por el clítoris hinchado. Al mismo tiempo volvió a pegarse a un pecho y siguió bebiendo. Chupaba leche y lamiendo el coño al mismo tiempo, como si no pudiera decidir qué le gustaba más.

Valeria se corrió rápido, apretando la cabeza de Camila contra su pecho, echándole más leche en la boca mientras el orgasmo le sacudía la panza.

Pero Camila no paró.

Metió dos dedos en el coño caliente y empapado de Valeria y empezó a follársela con la mano, rápido y profundo. Con la otra mano le apretaba el pecho, ordeñándola para que la leche le cayera directamente en la boca. El sonido húmedo de los dedos entrando y saliendo se mezclaba con los gemidos de Valeria y el ruido de la succión.

—Más… mete más —pidió Valeria con voz rota.

Camila le metió un tercer dedo y le frotó el punto más sensible por dentro. Al mismo tiempo le mordisqueó el pezón y chupó fuerte. Valeria se corrió otra vez, esta vez más fuerte, mojándole toda la mano y el antebrazo.

Cuando por fin se separaron, las dos estaban jadeando. La bata de Valeria estaba empapada de leche y de sus propios fluidos. Camila tenía la cara brillante, la boca hinchada y una sonrisa sucia.

—Esto no va a ser solo una vez —dijo Camila limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Voy a venir a beberte todos los días hasta que nazca… y después también.

Valeria, todavía temblando, con los pechos goteando y el coño palpitando, solo pudo asentir.

A partir de ese día, Camila cumplió su palabra.

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