La Esposa Lactante
Habían pasado solo seis semanas desde que Natalia dio a luz. Tenía 28 años, el cuerpo todavía blando, la panza baja y flácida, y los pechos enormes, pesados y permanentemente llenos de leche. Su marido, Marcos, apenas la tocaba. Decía que tenía miedo de lastimarla, que estaba cansado del trabajo, que el bebé no lo dejaba dormir. En realidad, simplemente había perdido el interés.
Quien sí aparecía casi todos los días era Diego, el mejor amigo de Marcos. Llegaba con la excusa de “ayudar”: traía pañales, hacía la compra, sostenía al bebé para que Natalia pudiera ducharse. Al principio fue solo eso. Hasta que una tarde el niño se durmió y Natalia se quedó sola con él en el sofá, con la blusa manchada de leche.
—Se me escapó otra vez… —murmuró molesta, apretándose un pecho.
Diego la miró fijamente. Llevaba semanas viendo cómo se le hinchaban, cómo se le transparentaba la leche en la ropa.
—¿Te duele mucho?
—Una barbaridad. Están que revientan.
Hubo un silencio. Diego se pasó la lengua por el labio.
—¿Quieres que te ayude a aliviarlos?
Natalia se quedó quieta. El corazón le latía fuerte. No dijo que no. Solo bajó la mirada y asintió apenas.
Diego se acercó, se arrodilló frente a ella y con cuidado le levantó la blusa. Se bajó el sujetador de lactancia y sus pechos cayeron pesados, las areolas oscuras y anchas, los pezones goteando. Sin pedir más permiso, abrió la boca y se cerró sobre uno. Chupó fuerte. Un chorro caliente y dulce le llenó la boca de inmediato. Tragó y volvió a succionar, apretando el pecho con ambas manos para ordeñarla mejor.
Natalia soltó un gemido tembloroso y le agarró el pelo.
—Dios… Diego…
Él no respondió. Se dedicó a beber. Cambió de pecho cuando el primero empezó a vaciarse, lamiendo la leche que se le escapaba por la comisura de los labios. La panza blanda de Natalia subía y bajaba agitada. Entre las piernas ya estaba empapada.
Cuando ambos pechos estuvieron más suaves, Diego levantó la cabeza. Tenía la boca brillante y una sonrisa oscura.
—Estás chorreando aquí abajo también.
Le bajó los leggings y las bragas de un tirón. El coño de Natalia estaba hinchado, rosado y brillante. Diego no esperó. Se bajó los pantalones, sacó la polla dura y se acomodó entre sus piernas. La penetró de un solo empujón, profundo, mientras volvía a pegarse a un pecho y seguía bebiendo.
La folló despacio al principio, saboreando lo apretada que seguía estando, y después más fuerte. Cada embestida hacía que le saliera un chorrito de leche que él tragaba con ganas. Natalia se corrió rápido, apretándole la polla y echándole más leche en la boca. Diego no paró. La puso de lado, le levantó una pierna y la siguió penetrando mientras ordeñaba el otro pecho con la mano libre, dirigiéndose el chorro directamente a la boca.
Se corrió dentro de ella con un gruñido, hundido hasta el fondo, todavía con el pezón de Natalia entre los labios.
Cuando terminó, se quedó un rato más chupando suavemente, limpiando las últimas gotas. Natalia estaba hecha un desastre: pechos rojos, coño rebalsando semen y la mirada perdida.
—Mañana vuelvo —dijo Diego limpiándose la boca—. Y pasado también. Tu marido no tiene por qué enterarse.
Natalia solo asintió, todavía temblando, con la leche y el semen resbalándole por el cuerpo.
A partir de ese día, Diego cumplió su palabra.

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