Hipnosis en el Despacho: Verónica embarazada

 


Pasaron los meses.

Verónica seguía yendo cada mañana al despacho de Carlos. Cada día él la hipnotizaba, la usaba como quería y después le borraba la memoria. Ella solo sabía que tenía un trabajo estable, un jefe amable y que, de vez en cuando, se despertaba con el cuerpo extrañamente cansado o con manchas en la ropa interior que no sabía explicar.

Hasta que un día el test de embarazo dio positivo.

Verónica no entendía nada. No recordaba haber tenido relaciones con nadie. No tenía novio. No salía. Lloró confusa en el baño de la empresa, mirando la rayita rosa, sin poder explicar cómo era posible.

Carlos, en cambio, sonrió cuando se enteró.

Esa misma mañana la llamó a su despacho.

—Siéntate, Verónica.

El péndulo. La voz. En menos de un minuto volvió a caer en trance profundo. Su vientre ya empezaba a redondearse ligeramente bajo la blusa.

—Estás otra vez bajo mi control. Obedeces sin dudar. Todo lo que te haga te produce placer. Cuando te despierte no recordarás nada de esto. Solo sabrás que el embarazo es un misterio y que confías en mí. ¿Entendido?

—Sí…

—Quítate la ropa. Toda.

Verónica se desnudó. Sus pechos habían crecido, pesados, las areolas más oscuras y anchas. Un poco de leche ya se filtraba por los pezones. El vientre abultado le daba un aspecto vulnerable. El coño estaba hinchado y el culo seguía tan apretado como el primer día.

Carlos se acercó, se arrodilló frente a ella y le tomó un pecho con ambas manos. Abrió la boca y se cerró sobre el pezón hinchado. Chupó con fuerza. Un chorro caliente y dulce de leche materna le llenó la boca. Tragó y volvió a succionar, apretando el pecho para ordeñarla. La leche le chorreaba por la barbilla mientras Verónica gemía bajito, el cuerpo temblando.

—Qué rica está tu leche… —murmuró él entre chupadas—. Vas a darme de beber todos los días.

Se cambió al otro pecho y lo vació igual de voraz, dejando ambos pezones rojos, hinchados y goteando. La leche le resbalaba por el pecho y le caía sobre el vientre redondo.

Después la hizo acostarse sobre el escritorio, piernas abiertas. Se sentó entre ellas. Con una mano le separó los labios del coño hinchado y le metió dos dedos de golpe, empujando hasta el fondo. Con la otra mano le abrió las nalgas y le hundió dos dedos en el culo, todavía resbaladizo del lubricante que le había puesto tantas veces.

Empezó a masturbarla con las dos manos al mismo tiempo.

Los dedos de la vagina entraban y salían rápido, mojados, haciendo ruido húmedo. Los del culo la abrían con fuerza, estirando el anillo apretado. Verónica arqueaba la espalda, gemía sin control, el vientre preñado subiendo y bajando. Carlos le frotaba el clítoris con el pulgar mientras la penetraba por ambos agujeros, cada vez más profundo, cada vez más rápido.

—Córrrete. Ahora.

El orgasmo la sacudió entero. El coño se le contrajo alrededor de los dedos de Carlos, el culo apretó con fuerza y un chorro de líquidos le mojó la mano. Él no paró. Siguió metiéndole los dedos en los dos agujeros mientras ella se retorcía, ordeñándola hasta que le temblaron las piernas.

Cuando terminó, se limpió los dedos en los pechos de ella y volvió a chuparles la leche que seguía saliendo.

Después la vistió con calma, le ordenó olvidarlo todo y la sacó del trance.

Verónica parpadeó, se tocó el vientre redondo y miró a Carlos con los ojos húmedos.

—Señor… no sé cómo es posible que esté embarazada. No recuerdo haber estado con nadie…

Carlos le sonrió con falsa ternura y le puso una mano en el hombro.

—No te preocupes, Verónica. Aquí estamos para ayudarte. Mañana vuelves a la misma hora.

Ella asintió, todavía confusa, y salió del despacho con los pechos doloridos, el coño y el culo todavía abiertos y la leche manchándole el sujetador… sin recordar absolutamente nada.

Carlos se quedó mirando la puerta. El vientre de Verónica seguiría creciendo. Y él seguiría usándola.

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