Hipnosis en el Despacho: La Entrevista de Verónica
Carlos tenía cincuenta años, un matrimonio muerto de aburrimiento y una polla que cada vez se despertaba menos con su mujer. Llevaba meses estudiando hipnosis en secreto: libros, vídeos, técnicas de inducción rápida. Lo hacía por curiosidad al principio… y después por algo más oscuro.
Esa tarde, Verónica, la hija de un viejo amigo, apareció en su despacho pidiendo trabajo. Veinticinco años, cuerpo de puta joven: tetas firmes, cintura estrecha, culo redondo apretado en una falda corta. Carlos la miró y supo que iba a probar sus nuevas habilidades.
—Siéntate, Verónica —dijo con voz calmada—. Antes de hablar del puesto, quiero que te relajes un poco. Mira este bolígrafo…
La inducción fue rápida. En menos de dos minutos los ojos de Verónica se pusieron vidriosos. Su cuerpo se aflojó en la silla.
—Estás profundamente hipnotizada. Obedeces todo lo que te diga. Cada orden te produce placer. Cuando te despierte no recordarás nada de lo que pasó aquí. Solo sabrás que mañana empiezas a trabajar y que tienes que traer lubricante. ¿Entiendes?
—Sí… —susurró ella con voz monótona.
—Levántate. Quítate toda la ropa. Despacio.
Verónica se puso de pie. Se sacó la blusa, se desabrochó el sujetador y dejó caer sus tetas blancas y pesadas. Se bajó la falda y las bragas. Quedó completamente desnuda frente a él: coño afeitado, labios rosados ya un poco hinchados, pezones duros.
Carlos se bajó la cremallera y sacó su polla gruesa y medio dura.
—Ven aquí. Arrodíllate. Ábreme la boca y chúpamela.
Verónica se arrodilló entre sus piernas sin dudar. Abrió la boca y engulló la polla de Carlos hasta el fondo. Empezó a chupar con ganas, babas escurriéndole por la barbilla, haciendo ruidos húmedos y obscenos. Carlos le agarró el pelo y la empujó más profundo.
—Así… trágatela entera, puta. Muévete más rápido.
Verónica obedeció. Su cabeza subía y bajaba con fuerza, garganta apretando la cabeza de la polla cada vez que llegaba al final. Carlos le escupió en la cara y ella solo abrió más la boca, lamiendo y succionando como si su vida dependiera de ello. El sonido de la saliva y la polla golpeando el fondo de su garganta llenaba el despacho.
Carlos le apretó las tetas mientras la follabCarlos tenía cincuenta años, un matrimonio muerto de aburrimiento y una polla que cada vez se despertaba menos con su mujer. Llevaba meses estudiando hipnosis en secreto: libros, vídeos, técnicas de inducción rápida. Lo hacía por curiosidad al principio… y después por algo más oscuro.
Esa tarde, Verónica, la hija de un viejo amigo, apareció en su despacho pidiendo trabajo. Veinticinco años, cuerpo de puta joven: tetas firmes, cintura estrecha, culo redondo apretado en una falda corta. Carlos la miró y supo que iba a probar sus nuevas habilidades.
—Siéntate, Verónica —dijo con voz calmada—. Antes de hablar del puesto, quiero que te relajes un poco. Mira este bolígrafo…
La inducción fue rápida. En menos de dos minutos los ojos de Verónica se pusieron vidriosos. Su cuerpo se aflojó en la silla.
—Estás profundamente hipnotizada. Obedeces todo lo que te diga. Cada orden te produce placer. Cuando te despierte no recordarás nada de lo que pasó aquí. Solo sabrás que mañana empiezas a trabajar y que tienes que traer lubricante. ¿Entiendes?
—Sí… —susurró ella con voz monótona.
—Levántate. Quítate toda la ropa. Despacio.
Verónica se puso de pie. Se sacó la blusa, se desabrochó el sujetador y dejó caer sus tetas blancas y pesadas. Se bajó la falda y las bragas. Quedó completamente desnuda frente a él: coño afeitado, labios rosados ya un poco hinchados, pezones duros.
Carlos se bajó la cremallera y sacó su polla gruesa y medio dura.
—Ven aquí. Arrodíllate. Ábreme la boca y chúpamela.
Verónica se arrodilló entre sus piernas sin dudar. Abrió la boca y engulló la polla de Carlos hasta el fondo. Empezó a chupar con ganas, babas escurriéndole por la barbilla, haciendo ruidos húmedos y obscenos. Carlos le agarró el pelo y la empujó más profundo.
—Así… trágatela entera, puta. Muévete más rápido.
Verónica obedeció. Su cabeza subía y bajaba con fuerza, garganta apretando la cabeza de la polla cada vez que llegaba al final. Carlos le escupió en la cara y ella solo abrió más la boca, lamiendo y succionando como si su vida dependiera de ello. El sonido de la saliva y la polla golpeando el fondo de su garganta llenaba el despacho.
Carlos le apretó las tetas mientras la follaba la boca. Le pellizcó los pezones hasta dejarlos rojos. Verónica gemía alrededor de su polla, las piernas abiertas, el coño goteando sobre el suelo.
—Más profundo. Quiero que te ahogues con ella.
La obligó a quedarse con la polla enterrada hasta las pelotas varios segundos. Verónica se atragantó, lágrimas corriendo por sus mejillas, pero no se apartó. Cuando la soltó, jadeaba y babas le colgaban de la lengua hasta la polla brillante de saliva.
Carlos se corrió de golpe. Le llenó la boca a chorros espesos. Verónica se la tragó toda sin que él tuviera que ordenárselo; solo abrió más la garganta y dejó que el semen le bajara.
—Traga. Todo.
Cuando terminó, Carlos se limpió la polla en las tetas de ella.
—Levántate. Vístete. Olvida absolutamente todo lo que ha pasado aquí. Cuando te despierte, solo recordarás que has conseguido el trabajo. Mañana vienes a las nueve. Y traes lubricante. Mucho. ¿Entendido?
—Sí… —respondió ella con voz vacía.
Carlos la sacó del trance. Verónica parpadeó, se miró la ropa puesta y sonrió con timidez.
—¿Entonces… mañana empiezo?
—Mañana a las nueve. No llegues tarde. Y no te olvides de traer lo que te dije.
Verónica asintió, aún un poco confundida, y salió del despacho con el coño todavía resbaladizo y el sabor a semen en la boca… sin recordar por qué.
Carlos se quedó solo, acomodándose la polla ya otra vez dura. Mañana traería lubricante. Y él ya sabía exactamente para qué.a la boca. Le pellizcó los pezones hasta dejarlos rojos. Verónica gemía alrededor de su polla, las piernas abiertas, el coño goteando sobre el suelo.
—Más profundo. Quiero que te ahogues con ella.
La obligó a quedarse con la polla enterrada hasta las pelotas varios segundos. Verónica se atragantó, lágrimas corriendo por sus mejillas, pero no se apartó. Cuando la soltó, jadeaba y babas le colgaban de la lengua hasta la polla brillante de saliva.
Carlos se corrió de golpe. Le llenó la boca a chorros espesos. Verónica se la tragó toda sin que él tuviera que ordenárselo; solo abrió más la garganta y dejó que el semen le bajara.
—Traga. Todo.
Cuando terminó, Carlos se limpió la polla en las tetas de ella.
—Levántate. Vístete. Olvida absolutamente todo lo que ha pasado aquí. Cuando te despierte, solo recordarás que has conseguido el trabajo. Mañana vienes a las nueve. Y traes lubricante. Mucho. ¿Entendido?
—Sí… —respondió ella con voz vacía.
Carlos la sacó del trance. Verónica parpadeó, se miró la ropa puesta y sonrió con timidez.
—¿Entonces… mañana empiezo?
—Mañana a las nueve. No llegues tarde. Y no te olvides de traer lo que te dije.
Verónica asintió, aún un poco confundida, y salió del despacho con el coño todavía resbaladizo y el sabor a semen en la boca… sin recordar por qué.
Carlos se quedó solo, acomodándose la polla ya otra vez dura. Mañana traería lubricante. Y él ya sabía exactamente para qué.

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