Hipnosis en el Despacho: el culito de Verónica



Al día siguiente, a las nueve en punto, Verónica entró en el despacho de Carlos. Traía una pequeña bolsa de plástico en la mano. Dentro había un bote de lubricante transparente, tal como él le había ordenado la víspera… aunque ella no recordaba por qué.

Carlos la miró desde detrás del escritorio. La misma falda corta, la misma blusa ceñida. El coño de él ya empezaba a endurecerse solo de verla.

—Buenos días, Verónica. Siéntate.

Ella obedeció. Él sacó el bolígrafo y, en menos de un minuto, la volvió a sumergir en trance profundo. Los ojos de Verónica se entornaron, la boca se ablandó y su cuerpo se volvió dócil.

—Estás otra vez bajo mi control. Obedeces sin dudar. Todo lo que te diga te produce placer intenso. Cuando te despierte, no recordarás nada de lo que ocurra aquí. Solo sabrás que has tenido un buen primer día de trabajo. ¿Entendido?

—Sí…

—Levántate. Quítate toda la ropa. Dobla la ropa sobre la silla y quédate desnuda.

Verónica se desnudó sin dudar. Sus tetas pesadas cayeron libres, el coño afeitado ya mostraba un brillo húmedo entre los labios. Carlos se levantó, se bajó los pantalones y los calzoncillos y sacó su polla gruesa, ya completamente dura.

—Sube encima del escritorio. De rodillas, culo hacia mí. Abre las piernas y apoya la cara sobre los papeles.

Ella obedeció. Se arrodilló sobre la superficie de madera, arqueó la espalda y separó las nalgas, ofreciéndole el culo redondo y el coño goteante. Carlos abrió el bote de lubricante y se echó una generosa cantidad sobre los dedos. Se los metió entre las nalgas de Verónica y empezó a embadurnar su agujero apretado, empujando un dedo, luego dos, abriéndola con calma mientras ella gemía en voz baja.

—Qué culo tan estrecho… —murmuró él—. Hoy te lo voy a follar bien.

Se echó más lubricante sobre la polla, se posicionó detrás de ella y apoyó la cabeza gruesa contra el anillo rosado. Empujó. El agujero de Verónica se resistió un segundo y después cedió, engullendo centímetro a centímetro la polla gruesa de Carlos. Ella soltó un gemido largo y ahogado cuando la tuvo enterrada hasta las pelotas.

Carlos agarró sus caderas con fuerza y empezó a embestir. Al principio despacio, saboreando cómo el recto de ella apretaba cada venas de su polla. Después más fuerte. El sonido húmedo y obsceno de su carne golpeando el culo de Verónica llenaba el despacho. Cada embestida hacía que las tetas de ella se aplastaran contra el escritorio y que su cara se frotara contra los papeles.

—Más profundo… así… toma toda la polla en el culo, puta.

Verónica solo gemía, el cuerpo sacudido por las embestidas, el coño chorreando sobre la madera. Carlos le dio una nalgada fuerte que dejó la marca de su mano en la nalga blanca. Luego otra. Empezó a follarla con violencia, sacando casi toda la polla y volviéndola a enterrar de un solo golpe hasta el fondo.

El placer lo alcanzó rápido. Se corrió con un gruñido profundo, descargando chorros calientes y espesos de semen directamente en el recto de Verónica. Siguió embistiendo mientras se vaciaba, empujando el semen más adentro con cada movimiento.

Cuando terminó, se quedó un momento dentro de ella, jadeando. Después sacó la polla lentamente. El agujero de Verónica quedó abierto un segundo, dejando escapar un hilo de semen blanco que resbaló por su coño y le cayó sobre el escritorio.

Carlos se sentó en su silla, la polla todavía dura y brillante de lubricante y semen.

—Bájate. Arrodíllate entre mis piernas. Limpíame la polla con la lengua. Todo. Cada gota de semen y de lubricante. Chúpala hasta dejarla limpia.

Verónica se bajó del escritorio, se arrodilló y abrió la boca. Empezó a lamer la polla de Carlos con dedicación, recogiendo el semen espeso que aún goteaba de la cabeza y el lubricante brillante que cubría el tronco. Pasó la lengua por debajo, por las venas, chupó la cabeza con fuerza y después se la metió entera en la boca, limpiando hasta las pelotas. El sabor a su propio culo y a semen no pareció importarle; solo obedecía, lamiendo y succionando hasta que la polla de Carlos quedó reluciente y limpia.

Cuando terminó, él le acarició el pelo.

—Traga lo que te quede en la boca. Bien. Ahora vístete. Cuando te despierte, no recordarás nada. Solo sabrás que has tenido un primer día de trabajo productivo y que mañana vuelves a la misma hora. ¿Entendido?

—Sí…

Carlos la sacó del trance. Verónica parpadeó, se miró vestida otra vez y sonrió con esa expresión un poco perdida.

—¿Todo bien, señor?

—Todo perfecto, Verónica. Mañana a la misma hora.

Ella asintió, recogió su bolso y salió del despacho. Mientras se alejaba por el pasillo, un poco de semen todavía le resbalaba entre las nalgas, manchándole las bragas… sin que ella supiera por qué.

Carlos se quedó solo, acomodándose la polla. Mañana volvería. Y él ya tenía pensado qué hacerle después.

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