La Lección Privada
Tengo cuarenta y ocho años y me llamo Claudia. Era profesora de piano en una academia privada de Buenos Aires, divorciada hace cinco, con un cuerpo que el tiempo había hecho más voluptuoso: tetas grandes de copa DD que desbordaban cualquier sostén, pezones oscuros gruesos que se endurecían con el roce de la blusa de seda, caderas anchas y un culo carnoso que se movía lento cuando caminaba por el aula. Mi pelo negro lacio me llegaba a la cintura, y mis ojos verdes tenían esa mirada que hacía que las alumnas jóvenes se sonrojaran sin saber por qué.
Mi alumna favorita era Lucía, diecinueve años recién cumplidos. Una jovencita delgada pero con curvas perfectas: tetas firmes de copa C que rebotaban bajo las remeritas ajustadas, pezones rosados pequeños pero siempre duros, cintura estrecha, culo redondo y alto que se marcaba en los jeans cortos, piernas largas y suaves, y un coño depilado que yo imaginaba rosado y apretado, labios delgados que se hinchaban fácil. Su pelo castaño largo caía en ondas hasta la mitad de la espalda, ojos miel inocentes y labios carnosos que se mordía cuando se equivocaba en una nota.
Las clases eran los martes y jueves por la tarde, en mi casa. Lucía llegaba puntual, con su falda corta de uniforme del colegio privado y blusa blanca que marcaba sus tetas firmes. Yo la recibía en bata de seda negra, escote profundo dejando ver el valle entre mis tetas DD, pezones oscuros marcándose bajo la tela fina.
Una tarde de lluvia torrencial, Lucía llegó empapada. La remerita blanca se le pegaba al cuerpo, tetas C-cup transparentes, pezones rosados duros visibles como balas. Su falda corta chorreaba agua por muslos suaves.
—Claudia… me mojé toda —dijo sonrojada, temblando.
Sonreí, coño maduro palpitando.
—Vení, mi amor. Sacate esa ropa mojada antes de que te resfríes.
La llevé al dormitorio. Le quité la remerita empapada: tetas firmes saltaron libres, pezones rosados duros rogando ser chupados. Le bajé la falda y el tanga blanco: coño depilado expuesto, labios delgados rosados hinchados, clítoris pequeño rojo palpitante, jugos ya chorreando por muslos internos.
Lucía temblaba, pero no se cubrió.
—Claudia… siempre me gustaste… pero sos mi profe…
La besé. Lengua invadiendo su boca joven, manos amasando sus tetas firmes, pellizcando pezones rosados hasta hacerla gemir contra mi boca.
—No importa, mi putita —le susurré—. Hoy te enseño algo más que piano.
La tiré a la cama. Me quité la bata: tetas DD pesadas colgando libres, pezones oscuros gruesos erectos, coño maduro chorreando jugos espesos por muslos gorditos.
Me puse encima, tetas pesadas rozando sus firmes. Le chupé los pezones rosados, mordiendo suave mientras ella jadeaba.
—Claudia… oh Dios… chupá mis tetitas…
Bajé besando su vientre plano hasta su coño joven. Abrí sus piernas: coño depilado brillando de jugos dulces.
—Qué conchita preciosa tenés, Lucía… rosada y chorreante.
Metí la lengua despacio, lamiendo labios delgados, saboreando jugos dulces y transparentes. Succione su clítoris pequeño pero hinchado, metí dos dedos en su vagina apretada y la follé con la lengua.
Lucía gritó: "¡Claudia… tu lengua en mi concha… me voy a venir!"
La hice venir rápido. Squirt chorreado en chorros finos y calientes empapando mi cara, jugos dulces chorreando por mi barbilla y cuello hasta mis tetas DD.
—Ahora vos, mi putita joven… lamé mi concha madura.
Me senté sobre su cara. Ella lamió ansiosa: lengua en mis labios gorditos hinchados, succionando mi clítoris grande y rojo, dedos hundiéndose en mi vagina madura chapoteando jugos espesos y salados.
Gemí ronca, tetas E rebotando mientras cabalgaba su cara.
—¡Sí… lamé mi concha chorreante, Lucía! Meté la lengua en mi ano también!
Ella obedeció, lengua punzando mi ano maduro fruncido, saboreando sudor y jugos. Me corrí fuerte, squirt maduro inundando su boca, chorros calientes y espesos que ella tragó gulosa mientras gemía contra mi coño.
Nos quedamos jadeando, cuerpos sudorosos y temblorosos, coños chorreando jugos mezclados por muslos y sábanas.
—Esto no va a ser la última vez, mi putita —le susurré, besándola con lengua llena de nuestros jugos—. Tu conchita joven y mi concha madura… van a seguir chorreando juntas.
Lucía sonrió, aún temblando:
—Cuando quieras, Claudia. Quiero más… quiero que me enseñes todo.
Y así empezó nuestro secreto. Tardes en que Lucía venía “a clases de piano”, pero terminábamos lamiéndonos los coños hasta chorrear, tetas gorditas y firmes rebotando, gemidos ahogados en la casa vacía. Adicción lesbiana que nos unía en placer eterno.

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