La Doctora en la Consulta Privada



La doctora Valeria tenía treinta y cinco años y un cuerpo que hacía que sus pacientes regresaran más de lo necesario. Curvas voluptuosas, tetas grandes de copa DD que desbordaban la bata blanca, pezones oscuros gruesos que se marcaban sutilmente bajo la tela fina, cintura estrecha que se ensanchaba en caderas anchas y un culo carnoso que tensaba los pantalones del uniforme. Su pelo negro lacio le llegaba a la cintura, y sus ojos verdes tenían esa mezcla de autoridad y deseo que ponía nervioso a cualquiera.

Esa tarde de jueves, la consulta estaba casi vacía. El último paciente era Nicolás, veinticinco años, un chico atlético pero tímido que llegó con una excusa vaga: “Dolor en la zona… me molesta al sentarme”.

Valeria lo miró con una sonrisa profesional, pero sus ojos bajaron un segundo a la erección que ya se marcaba en los pantalones de él.

—Desvestite de la cintura para abajo y subí a la camilla —dijo con voz calmada.

Nicolás obedeció temblando. Se bajó los pantalones y los boxers, quedando desnudo de cintura para abajo. Su polla saltó libre, dura y venosa, dieciocho centímetros gruesos goteando precum espeso que colgaba como una gota brillante. Su ano virgen rosado y fruncido se contraía nervioso.

Valeria se puso guantes de látex, tomó el frasco de lubricante y se acercó. Le separó las nalgas con firmeza.

—Relájate… voy a examinarte.

Primero le pasó un dedo lubricaLa doctora Valeria tenía treinta y cinco años y un cuerpo que hacía que sus pacientes regresaran más de lo necesario. Curvas voluptuosas, tetas grandes de copa DD que desbordaban la bata blanca, pezones oscuros gruesos que se marcaban sutilmente bajo la tela fina, cintura estrecha que se ensanchaba en caderas anchas y un culo carnoso que tensaba los pantalones del uniforme. Su pelo negro lacio le llegaba a la cintura, y sus ojos verdes tenían esa mezcla de autoridad y deseo que ponía nervioso a cualquiera. Esa tarde de jueves, la consulta estaba casi vacía. El último paciente era Nicolás, veinticinco años, un chico atlético pero tímido que llegó con una excusa vaga: “Dolor en la zona… me molesta al sentarme”. Valeria lo miró con una sonrisa profesional, pero sus ojos bajaron un segundo a la erección que ya se marcaba en los pantalones de él. —Desvestite de la cintura para abajo y subí a la camilla —dijo con voz calmada. Nicolás obedeció temblando. Se bajó los pantalones y los boxers, quedando desnudo de cintura para abajo. Su polla saltó libre, dura y venosa, dieciocho centímetros gruesos goteando precum espeso que colgaba como una gota brillante. Su ano virgen rosado y fruncido se contraía nervioso. Valeria se puso guantes de látex, tomó el frasco de lubricante y se acercó. Le separó las nalgas con firmeza. —Relájate… voy a examinarte. Primero le pasó un dedo lubricado por el perineo, rozando el ano. Nicolás gimió bajito. Ella presionó el dedo índice contra el anillo fruncido y empujó despacio. El ano virgen se resistió, pero cedió con un pequeño pop. Nicolás soltó un sollozo ahogado, lágrimas asomando en sus ojos. —Duele… doctora… —susurró. —Shh… respirá profundo —dijo ella, voz suave pero dominante—. Es normal al principio. Metió el dedo hasta la segunda falange, girándolo lento para dilatarlo. Nicolás lloró más fuerte, cuerpo temblando, polla goteando precum en chorros espesos que caían al piso de la camilla. Valeria añadió un segundo dedo, estirando el anillo rosado hasta que quedó abierto, rojo e hinchado. —Tu ano está muy apretado… hay que dilatarlo bien —murmuró, empujando los dos dedos hasta el fondo. Nicolás lloraba, lágrimas rodando por sus mejillas, pero su polla palpitaba más dura, goteando sin parar. Valeria aceleró los movimientos, follándole el ano virgen con los dedos mientras con la otra mano le rozaba las bolas pesadas. De repente, sin aviso, Nicolás se corrió: chorros calientes y espesos salieron disparados de su polla, salpicando su abdomen y el uniforme de la doctora. Él sollozó de vergüenza y placer, ano convulsionando alrededor de los dedos de Valeria. Ella sonrió, sacando los dedos lentamente con un pop húmedo. El ano de Nicolás quedó abierto, rojo y palpitante, goteando lubricante. —Muy bien… la inflamación es normal —dijo con voz profesional, quitándose los guantes—. Pero vas a tener que venir más seguido para seguir el tratamiento. Nicolás, todavía temblando, asintió con lágrimas en los ojos. —Sí… doctora… lo que usted diga. Valeria se acercó, le dio un beso suave en la frente y le susurró al oído: —La próxima vez te examino más profundo… y quizás te deje probar algo más. Desde ese día, Nicolás volvió cada semana. La “consulta” siempre terminaba igual: ano dilatado con dedos, lágrimas de dolor-placer y corrida sin tocarse. La doctora y su paciente tenían un secreto que ninguno quería que terminara.do por el perineo, rozando el ano. Nicolás gimió bajito. Ella presionó el dedo índice contra el anillo fruncido y empujó despacio. El ano virgen se resistió, pero cedió con un pequeño pop. Nicolás soltó un sollozo ahogado, lágrimas asomando en sus ojos.



—Duele… doctora… —susurró.

—Shh… respirá profundo —dijo ella, voz suave pero dominante—. Es normal al principio.

Metió el dedo hasta la segunda falange, girándolo lento para dilatarlo. Nicolás lloró más fuerte, cuerpo temblando, polla goteando precum en chorros espesos que caían al piso de la camilla. Valeria añadió un segundo dedo, estirando el anillo rosado hasta que quedó abierto, rojo e hinchado.

—Tu ano está muy apretado… hay que dilatarlo bien —murmuró, empujando los dos dedos hasta el fondo.

Nicolás lloraba, lágrimas rodando por sus mejillas, pero su polla palpitaba más dura, goteando sin parar. Valeria aceleró los movimientos, follándole el ano virgen con los dedos mientras con la otra mano le rozaba las bolas pesadas.

De repente, sin aviso, Nicolás se corrió: chorros calientes y espesos salieron disparados de su polla, salpicando su abdomen y el uniforme de la doctora. Él sollozó de vergüenza y placer, ano convulsionando alrededor de los dedos de Valeria.

Ella sonrió, sacando los dedos lentamente con un pop húmedo. El ano de Nicolás quedó abierto, rojo y palpitante, goteando lubricante.

—Muy bien… la inflamación es normal —dijo con voz profesional, quitándose los guantes—. Pero vas a tener que venir más seguido para seguir el tratamiento.

Nicolás, todavía temblando, asintió con lágrimas en los ojos.

—Sí… doctora… lo que usted diga.

Valeria se acercó, le dio un beso suave en la frente y le susurró al oído:

—La próxima vez te examino más profundo… y quizás te deje probar algo más.

Desde ese día, Nicolás volvió cada semana. La “consulta” siempre terminaba igual: ano dilatado con dedos, lágrimas de dolor-placer y corrida sin tocarse. La doctora y su paciente tenían un secreto que ninguno quería que terminara.

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