El doctor me ayudo a cagar

 


Me llamo Aiko, tengo cincuenta y cinco años y soy japonesa de nacimiento, aunque llevo más de treinta viviendo en Buenos Aires. Mi cuerpo ya no es el de una joven: tetas grandes y pesadas de copa DD que cuelgan un poco con la edad, pezones oscuros grandes y gruesos que se endurecen con facilidad, piel blanca suave con algunas arrugas sutiles en el cuello y las manos, caderas anchas y un culo carnoso que se balancea al caminar, coño depilado con labios gorditos e hinchados que chorrean jugos almizclados cuando me excito. Mi pelo negro lacio me llega hasta el cuello, y mis ojos almendrados miran con esa timidez que nunca perdí del todo.

Llevaba 8 días constipada: el abdomen hinchado, un dolor constante y pesado que no me dejaba en paz. Nada salía, por más que lo intentara. Al final, pedí turno con un joven doctor que me habían recomendado.

El doctor era argentino, veinticinco años, alto y musculoso, pelo corto negro, ojos cafés intensos y una sonrisa profesional que ocultaba algo más. Se llamaba Mateo.

—Señora Aiko, desvístase  y póngase de pie, apoyada en la camilla —dijo con voz calmada y firme.

Obedecí, quitándome la falda y la tanga con manos temblorosas. Quedé desnuda de la cintura para abajo, coño depilado expuesto con labios gorditos ya un poco hinchados por los nervios, ano fruncido rosado apretado por la constipación. Me apoyé en la camilla, manos sobre la superficie fría, culo carnoso abierto hacia él, piernas ligeramente separadas.

—Todo señora— dijo, y yo obedeci, quedando desnuda 

Mateo se puso guantes de látex con un chasquido que resonó en el silencio de la consulta. Tomó el frasco de lubricante y se colocó detrás de mí. Sentí el frío del gel en mi ano.

—Relájese... voy a examinarla —murmuró.



Presionó su dedo índice lubricado contra mi anillo fruncido. El ano se resistió al principio, pero cedió con un ardor quemante. Gemí en silencio, mordiendo el labio, lágrimas asomando en mis ojos mientras el dedo entraba despacio, dilatando mi recto apretado y constipado.

Sacó y metió el dedo varias veces, lubricando más, girándolo dentro para abrirme. El dolor era intenso, pero también un alivio extraño empezaba a asomar. Añadió un segundo dedo: el estiramiento fue más fuerte, ano ardiendo, lloré bajito apoyada en la camilla, manos apretando la superficie.

—Duele... doctor... —susurré apenas.

—Shh... respirá profundo. Es necesario —respondió él, voz ronca.



Siguió metiendo y sacando los dos dedos, dilatando mi ano maduro, paredes internas convulsionando alrededor. Lágrimas rodaban por mis mejillas, pero la presión dentro empezaba a ceder. Añadió un tercero: el dolor se hizo insoportable, ano estirándose rojo, sollocé en silencio, cuerpo temblando.

—Buena paciente... ya casi —dijo.

Cuarto dedo. Ano abierto como nunca, ardor y presión mezclados. Lloraba fuerte pero sin voz, manos blancas por la fuerza con que me apoyaba.

Luego sentí su mano entera: puño lubricado empujando contra mi ano dilatado. Cedió con un pedo obsceno y quemante, con su mano hundiéndose en mi recto hasta la muñeca. Grité ahogada, lágrimas inundando mi cara, pero el alivio llegó de golpe: evacué todo. Heces espesas y acumuladas saliendo alrededor de su mano, manchando guantes, camilla, piso, olor fuerte y humillante llenando la consulta. Lloré de alivio y vergüenza absoluta, cuerpo temblando mientras me cagaba encima, chorros calientes y pegajosos salpicando todo.

—Bien... evacuó todo —dijo él, voz ronca, sacando la mano lenta con un pedito húmedo. Mi ano quedó abierto, rojo y palpitante, goteando residuos.

—Pase al baño, hay ducha. La ayudo a limpiarse.

Entré al baño adjunto, ducha abierta con agua caliente. Él entró detrás, aún con guantes manchados.

—Mire hacia la pared, señora Aiko... así la limpio mejor.

Me giré, dejando mi culo carnoso hacia él, agua caliente cayendo sobre mi piel. Sentí sus manos "limpiando" mis nalgas, dedos rozando mi ano dilatado, todo en silencio. Pude adivinar que se masturbaba detrás, su polla afuera del pantalón, bombeándola rápido mirando mi culo maduro japonés chorreando agua y residuos. Eyaculó sin decir nada: chorros calientes espesos salpicando mis nalgas y espalda, semen blanco pegajoso mezclándose con el agua. Lo "limpió" rápido con la ducha, y yo, agotada y aliviada, no noté nada.

Salí limpia, con el  ano dolorido pero vacío, me vestí temblando.

—Venga la semana siguiente para un chequeo, señora Aiko —dijo él, voz normal.

Asentí, con el coño chorreando jugos por la humillación extraña.

—Sí... doctor.

Desde entonces, citas semanales: "exámenes" anales hasta fisting, evacuación y "limpieza" con su semen secreto en mi culo maduro. Adicción prohibida que me hacía volver.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La Culona Vianey (Testigo de Jehova, Joven Casada Infiel)

LE ROMPE EL ORTO A MI NOVIA

Mi mejor amigo embarazo a mi mamá