La Reunión de Evaluación



Lucía tenía treinta años y un cuerpo que seguía atrayendo miradas en la oficina: tetas firmes de copa D que se marcaban bajo las blusas ajustadas, pezones oscuros que se endurecían con el aire acondicionado, cintura estrecha que se ensanchaba en caderas curvilíneas y un culo redondo que tensaba las faldas lápiz hasta el límite. Su pelo castaño lacio le llegaba a la mitad de la espalda, y sus ojos verdes siempre parecían pedir disculpas. Trabajaba como analista en una consultora del Microcentro de Buenos Aires, pero sus números no cerraban. Llevaba tres meses con malas evaluaciones, y hoy era la reunión final con su jefe, don Héctor.

Héctor tenía cincuenta años, un hombre alto y robusto con canas en las sienes, voz grave y una autoridad que imponía silencio en las reuniones. Su escritorio era enorme, de caoba oscura, y la oficina tenía persianas que bajaban con un botón.

—Sentate, Lucía —dijo él, sin levantar la vista del expediente—. Tus números son un desastre. Si no mejorás, te despido esta semana.

Lucía sintió el estómago apretarse. Se sentó frente a él, falda subiéndose un poco por los muslos.

—Don Héctor… por favor. Estoy haciendo lo que puedo. Tengo deudas, familia… no puedo perder el trabajo.

Él cerró el expediente y la miró fijo.

—Hay una forma de que conserves el puesto… pero vas a tener que demostrarme que estás dispuesta a todo.

Lucía tragó saliva. Sabía a qué se refería. Lo había oído en los rumores de la oficina.

—¿Qué… qué quiere que haga?

Héctor se levantó, rodeó el escritorio y se paró detrás de ella.

—Quitate la ropa. Sobre el escritorio. Ahora.

Lucía tembló, pero se levantó. Con manos temblorosas se desabotonó la blusa blanca, dejando al aire sus tetas D-cup firmes, pezones oscuros ya duros por el frío y el miedo. Luego bajó la falda lápiz, quedando en tanga negro y tacones. Se sentó en el borde del escritorio, piernas abiertas, tanga empapado marcando su coño depilado.

—Todo —ordenó Héctor, voz ronca.

Ella se bajó el tanga, exponiendo su coño: labios hinchados rosados, clítoris grande y rojo palpitando, jugos ya chorreando por los muslos.



Héctor se desabrochó el pantalón. Su pija saltó libre: gruesa, venosa, diecinueve centímetros con glande morado ancho goteando precum espeso.

—Abrí las piernas más, puta de oficina. Si querés conservar el puesto, dejame llenarte de semen todos los viernes.

Lucía abrió las piernas, coño expuesto y chorreando. Héctor se acercó, frotó el glande contra sus labios hinchados y empujó de un solo golpe. Ella gritó, pero su coño la traicionó: se contrajo alrededor de la pija gruesa, jugos chorreando por el eje.

—¡Me estás partiendo el coño, jefe! —sollozó.

Héctor embistió con fuerza, bolas peludas golpeando su perineo, escritorio crujiendo con cada thrust.

—Llorá más, empleada inútil. Tu coño aprieta mi pija como una puta cachonda. Squirt para mí mientras te humillo.

Lucía se corrió rápido, squirt chorreado empapando el escritorio y los pantalones de Héctor, jugos transparentes y calientes salpicando.

Héctor aceleró, follándola brutal.

—Si querés conservar el puesto, dejame llenarte de semen todos los viernes… squirt mientras te humillo, empleada puta!

Se corrió dentro: chorros calientes y espesos inundando su coño, semen rebosando por los labios hinchados y goteando por sus muslos y el escritorio.

Lucía temblaba, coño convulsionando alrededor de la pija, lágrimas rodando por sus mejillas.

—Gracias… jefe… no me despida.

Héctor sacó la pija, semen goteando del glande.

—Los viernes a las 7. Vení sin tanga. Y traé lubricante… la próxima te follo el culo.

Lucía asintió, coño todavía chorreando semen y squirt.

—Sí, jefe… los viernes seré su puta de oficina.

Y así empezó: cada viernes después de horas, sobre el escritorio, coño y ano llenos de semen jefe, humillada pero adicta. El puesto estaba asegurado. Y su coño también.

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