La Primera Vez de Valentina
Valentina tenía diecinueve años y ya no aguantaba más. Todas sus amigas habían perdido la virginidad hacía tiempo: en fiestas de 18, en viajes de egreso, en autos prestados o en departamentos de padres ausentes. Ella no. Cada vez que alguien le preguntaba, mentía con una sonrisa, decía que “ya había pasado” o que “no era para tanto”. Pero por dentro se sentía atrasada, como si le faltara un pedazo de vida. Quería saber qué se sentía, quería dejar de ser “la virgen del grupo”. Así que cuando conoció a Diego en una app, un hombre de treinta años con perfil discreto, buena foto y mensajes directos pero no groseros, aceptó la cita sin dudarlo. “Hoy es el día”, se dijo mientras se miraba al espejo, eligiendo un vestido negro corto que le marcaba las tetas firmes de copa C y el culo redondo que nunca había sido tocado por nadie más que ella misma.
Diego la pasó a buscar en auto. Era alto, moreno, con barba de tres días y una voz grave que le dio escalofríos. La llevó a un departamento en Palermo, limpio, con luces bajas y una botella de vino ya abierta. Conversaron un rato, pero Valentina no quería perder tiempo. Cuando él la besó en el sofá, ella le metió la lengua con ansiedad, le agarró la mano y la llevó directo entre sus piernas.
—Quiero que me la metas —le dijo al oído, voz temblorosa pero decidida—. Soy virgen… pero ya es hora.
Diego sonrió, no parecía sorprendido. La levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó a la cama. Le quitó el vestido con calma, le bajó las bragas blancas de algodón y se quedó mirando su coño depilado, labios rosados cerrados, brillando de humedad.
—Estás empapada —murmuró, pasándole un dedo por la raja—. Relájate, nena. Va a doler un poco al principio.
Valentina asintió, piernas abiertas, corazón latiéndole en la garganta. Diego se desnudó. Su pija era gruesa, más larga de lo que ella imaginaba, venosa, con el glande morado y ancho. Se puso encima, la besó profundo y empezó a frotar la cabeza contra su entrada. Estaba muy apretada. Empujó despacio, pero el himen resistía. Valentina apretó los dientes, lágrimas asomando en los ojos.
—Tranquila, respirá —le dijo él, empujando más fuerte. Se sintió un desgarro seco, un ardor agudo que la hizo gritar. Diego entró de golpe, hasta el fondo. Ella lloró, uñas clavadas en su espalda.
—¡Duele… duele mucho! —sollozó.
—Shh, ya pasó —susurró él, empezando a moverse lento. El dolor se mezclaba con una sensación extraña, llena, caliente. Después de unos minutos, el ardor cedió y empezó a sentirse bien. Muy bien. Sus caderas se movieron solas, buscando más.
Diego la folló más rápido, la pija gruesa entrando y saliendo de su coño virgen ahora rojo e hinchado. Valentina gemía alto, lágrimas todavía en las mejillas, pero de placer. “¡Sí… más…!” gritaba. Él la embistió con fuerza, bolas golpeando contra su culo, hasta que de repente sacó la pija, brillante de jugos y sangre leve.
Valentina jadeó confundida.
—¿Qué…?
Diego agarró el frasco de lubricante de la mesita, se untó la pija generosamente y, sin aviso, apoyó el glande morado contra su ano fruncido.
—¡No! ¡Ahí no! —gritó ella, intentando cerrar las piernas, pero él ya la tenía abierta con las rodillas.
—Shh, tranquila —dijo, voz ronca—. Vas a sentirlo todo hoy.
Empujó. El ano virgen se resistió, el glande ancho estirando el anillo rosado hasta el límite. Valentina gritó de dolor puro, lágrimas cayendo de golpe.
—¡Para! ¡Me duele mucho! ¡No quiero!
Pero Diego no paró. Escupió en su ano, empujó más fuerte y el glande entró con un pop audible. Ella lloró fuerte, cuerpo temblando, ano apretando como un puño alrededor de la pija gruesa que seguía entrando centímetro a centímetro.
—¡Me estás rompiendo el culo! —sollozó—. ¡Por favor… sacala!
Diego gruñó, ya con la mitad dentro. “Tu culo es mío ahora, nena.” Siguió empujando hasta que las bolas tocaron sus nalgas. El ano de Valentina estaba rojo, estirado al máximo alrededor de la base de la pija. Él empezó a moverse lento, saliendo y entrando, cada thrust más profundo. El dolor era intenso, pero poco a poco se mezclaba con algo raro… placer. Su clítoris palpitaba sin tocarse, coño chorreando jugos por el perineo.
Diego aceleró, follándole el ano virgen con fuerza, bolas golpeando su coño hinchado. Valentina lloraba y gemía al mismo tiempo, cuerpo temblando.
—¡No… no pares… duele pero… me gusta! —sollozó.
Él la embistió más rápido, gruñendo: “¡Tu culo virgen aprieta mi pija como un guante! Voy a llenarte el ano de leche, nena.”
Valentina se corrió sin tocarse, ano convulsionando alrededor de la pija, squirt saliendo a chorros de su coño y empapando la cama. Diego rugió y eyaculó dentro de su recto: chorros calientes y espesos llenando su ano virgen, semen rebosando por los bordes y goteando por sus nalgas y muslos.
Cuando sacó la pija, el ano de Valentina quedó abierto, rojo y palpitante, semen blanco espeso chorreando lento por su culo y coño.
Ella quedó temblando, llorando bajito, pero con una sonrisa pequeña en los labios.
—Te dije que hoy perdías la virginidad… —susurró Diego, besándole la frente—. Y no solo una.
Valentina, con el ano dolorido y lleno de semen, solo asintió. Sabía que no sería la última vez.

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