La Fantasía Compartida



Martín y Sofía llevaban cinco años casados. Ella era una mujer de treinta y dos años que parecía sacada de un sueño: pelo castaño largo y ondulado que le caía como una cascada hasta la mitad de la espalda, ojos miel que brillaban con picardía, labios carnosos siempre pintados de rojo suave, tetas grandes y firmes de copa D que se movían con cada paso, cintura estrecha que se ensanchaba en caderas voluptuosas y un culo redondo y alto que tensaba cualquier prenda. Su piel era blanca y suave, con un leve bronceado natural que la hacía verse aún más apetecible. En la cama era apasionada, pero siempre había un límite: el anal la aterraba y los tríos le parecían algo imposible.

Una noche, mientras bebían vino en el sofá, Sofía dejó caer la bomba con voz temblorosa pero decidida:

—Martín… llevo meses pensando en algo. Quiero hacer un trío. Con tu hermano.

Martín dejó la copa en la mesa y la miró fijamente. Se le aceleró el pulso. Su hermano, Nicolás, tenía treinta y cinco años, era más alto y más ancho que él, con un físico de gimnasio que siempre había atraído miradas. Martín sabía que Sofía lo había mirado más de una vez con esa curiosidad que nunca admitía.

—¿Estás segura? —preguntó él, voz grave—. Porque si te arrepientes a último momento, como siempre que hablamos de algo “nuevo”, no va a haber vuelta atrás.

Sofía se mordió el labio inferior, nerviosa pero excitada.

—No me voy a arrepentir… pero sé que sí. Siempre me pongo nerviosa. Por eso… quiero que me ates.

Martín arqueó una ceja. Ella continuó, voz más baja:

—Átame a una silla. Así, aunque me dé miedo o quiera parar, no podré hacerlo. Vos y Nicolás podrán hacer lo que quieran conmigo.

Martín sintió la polla endurecerse al instante. La idea de ver a su esposa atada, indefensa, siendo follada por su hermano mientras él participaba… era demasiado.

—Está bien —dijo con voz ronca—. Pero solo si estás completamente segura.

Sofía asintió, ya con las mejillas encendidas.

Esa misma noche, Nicolás llegó. Martín le había explicado todo por teléfono: “Es un juego. Ella quiere que la atemos. Vos y yo la vamos a follar por todos los agujeros. Si dice que no, paramos… pero no va a poder decirlo.”

Nicolás entró con una sonrisa lobuna, ojos clavados en Sofía desde que cruzó la puerta. Ella estaba en la sala, vestida solo con un bikini blanco floreado que apenas contenía sus tetas grandes y su culo redondo. El bikini era diminuto: la parte de arriba dejaba ver el borde de las areolas rosadas, y la parte de abajo se metía entre sus nalgas, marcando el contorno de su coño depilado.



Martín la llevó a una silla de madera con respaldo alto, en el centro del living. Le ató las muñecas detrás del respaldo con cuerdas suaves pero firmes, luego le ató los tobillos a las patas de la silla, dejándola con las piernas abiertas. El bikini blanco floreado contrastaba con su piel bronceada y sudada de nervios.

Sofía respiraba agitada. Sus tetas subían y bajaban, los pezones ya duros y visibles a través de la tela fina. Su coño ya estaba mojado: una mancha oscura se veía en el bikini.

—Estás preciosa así, atada —dijo Martín, acariciándole una mejilla—. Vas a ser nuestra puta esta noche.

Nicolás se acercó por detrás, le puso las manos en los hombros y bajó lentamente las tiras del bikini, dejando sus tetas grandes al aire. Los pezones rosados estaban erectos y sensibles. Los pellizcó con fuerza, haciéndola gemir.

—¡Ay! —se quejó Sofía, pero su coño se contrajo.

Martín se arrodilló frente a ella, le bajó el bikini por las caderas y lo dejó caer al suelo. Su coño depilado quedó expuesto: labios hinchados, clítoris protuberante, ya brillante de jugos.

—Mirá cómo está mojada la puta —dijo Nicolás, metiendo dos dedos sin aviso en su coño. Sofía soltó un gemido largo y profundo.

Martín se desabrochó los pantalones, sacó su polla dura y se la acercó a la boca.

—Abre, amor. Chupala mientras Nicolás te toca.

Sofía abrió la boca, ansiosa. Martín le metió la polla hasta el fondo, follándole la garganta mientras Nicolás le metía tres dedos en el coño, el pulgar frotando su clítoris hinchado.

—¡Mmmph! —gemía ella, saliva goteando por su barbilla hasta sus tetas.

Nicolás se desnudó. Su polla era más grande que la de Martín: gruesa, venosa, con un glande morado que brillaba de precum. Se colocó detrás de la silla, le separó las nalgas y escupió en su ano.

—Voy a follarte el culo primero, Sofía —dijo con voz ronca—. Tu ano virgen va a ser mío.

Sofía intentó girar la cabeza, pero Martín le agarró el pelo y siguió follándole la boca.

—No… no el culo… por favor… —suplicó entre arcadas, pero su coño chorreaba más.

Nicolás escupió más saliva en su ano, frotó el glande contra el anillo fruncido y empujó. Sofía gritó contra la polla de Martín cuando el glande entró con un pop seco. El dolor fue intenso, pero el placer la traicionó: su coño se contrajo y un chorro de squirt salió disparado, empapando el piso.

—¡Duele! —lloró, pero Nicolás empujó más, centímetro a centímetro, hasta enterrar toda su polla gruesa en su ano virgen.

—Tu culo aprieta como un guante, puta —gruñó Nicolás—. Mirá cómo te lo abro.

Martín sacó la polla de su boca y se colocó frente a ella, metiéndosela en el coño de un solo empujón. Doble penetración: Martín en el coño, Nicolás en el ano. Sofía gritó de placer y dolor, lágrimas rodando por sus mejillas mientras ambos la embestían sin piedad.

—¡Me están partiendo en dos! —lloró—. ¡Sus pijas me rompen los agujeros!

Los dos hombres aceleraron, follando sus agujeros con fuerza, bolas golpeando contra su piel sudorosa. Sofía se corrió dos veces, squirt chorreado empapando a Martín, ano y coño convulsionando alrededor de las dos pollas.

Nicolás eyaculó primero: un chorro caliente y espeso inundó su ano, semen rebosando por los bordes y goteando por sus nalgas y muslos.

—¡Toma mi leche en tu culo, puta! —rugió.

Martín siguió embistiendo su coño hasta correrse dentro, semen caliente mezclándose con el de Nicolás que goteaba del ano.

Sofía quedó temblando, atada a la silla, semen espeso chorreando de sus dos agujeros, lágrimas de placer y vergüenza en el rostro.

—Esto… fue… increíble —susurró, exhausta.

Martín le dio un beso suave en la frente.

—Y esto no va a ser la última vez, amor.

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