Hipnotizada en la clase de yoga



Clase privada de yoga en el estudio desierto al atardecer, persianas bajas, luz ámbar filtrándose. Ana, 32 años, casada, cuerpo de gimnasio obsesivo: culo redondo y firme, tetas grandes y altas, cintura estrecha, piernas largas. Lleva leggings negros de lycra fina que se pegan como segunda piel, marcando cada curva de su coño depilado —labios mayores hinchados, clítoris apenas visible bajo la tela— y un top deportivo negro con tirantes finos que deja ver el reborde inferior de sus pechos, pezones ya apuntando por la excitación inconsciente.

Marco, 38, profesor alto, hombros anchos, abdominales marcados bajo la camiseta ajustada, polla gruesa y larga que se insinúa en el pantalón de yoga gris. La cita “para una sesión especial de hipnosis profunda y liberación”. La hace tumbarse boca arriba en la colchoneta central, luces bajas, incienso de sándalo, música binaural suave.

“Respira profundo… inhala mi voz… exhala tu voluntad… cada sílaba se clava en tu subconsciente… tu mente se vacía… tu cuerpo se entrega… eres libre… eres una puta insaciable… tu coño palpita constantemente… gotea de deseo… solo piensas en ser follada duro… en polla gruesa entrando y saliendo… en leche caliente llenándote…”.

La hipnotiza 20 minutos. Su respiración se vuelve agitada, pezones endurecidos como piedras bajo el top, leggings empapados en la entrepierna —mancha oscura visible—, muslos temblando, piernas abriéndose y cerrándose involuntariamente. Él susurra: “Cuando diga ‘despierta puta’, olvidarás tu nombre, tu anillo de casada, tu marido esperándote afuera. Serás una zorra barata, una puta desesperada por polla. Al chasquido, todo se borrará. No recordarás nada”.

Chasquea los dedos. “Despierta puta”.



Ana se incorpora como un resorte, ojos vidriosos y lujuriosos, respiración entrecortada. “Joder… me muero… necesito tu polla ya… me arde el coño… me duele de ganas…”. Se arranca el top de un tirón violento, tetas rebotan libres —grandes, firmes, pezones oscuros y duros como balas—. Se baja los leggings y la tanga empapada a la vez, coño hinchado, labios mayores abiertos, clítoris rojo e hinchado, crema blanca goteando por los muslos internos.

Lo agarra de la camiseta y lo arrastra al vestuario. Puerta entreabierta, se oyen pasos en el pasillo: su marido espera fuera, revisando el móvil, impaciente, sin sospechar.

Ana se arrodilla en el suelo frío de baldosas, le baja los pantalones y el bóxer de un tirón. Polla gruesa, venosa, cabeza morada goteando precum abundante. Se la mete hasta la garganta, chupando con hambre salvaje —saliva cayendo por su barbilla, ojos llorosos, garganta contrayéndose—. “Qué rica polla… dame toda… métemela hasta el fondo…”. Le masajea los huevos con una mano, con la otra se mete dedos en el coño, masturbándose mientras chupa.

Marco la levanta por las axilas, la pone contra los casilleros metálicos helados. Le separa las piernas de un empujón, le mete cuatro dedos de golpe. Coño chorreando, chorros pequeños al bombear rápido. “Mira cómo estás… empapada, puta… tu coño me pide polla”. Le lame el clítoris con lengua plana, luego lo chupa fuerte mientras le mete la lengua dentro. Ana tiembla, se agarra a los casilleros, gimiendo ahogada: “Fóllame… por favor… rómpeme…”.

La penetra de un empujón brutal, toda la polla de golpe. Ana suelta un grito que tapa con la mano, ojos en blanco. Él la embiste fuerte, profundo, bolas golpeando su culo con cada embestida —plaf plaf plaf—. Sus tetas rebotan salvajes, sudor corriendo entre ellas. Le tapa la boca con una mano grande, con la otra le retuerce los pezones hasta hacerla gemir contra su palma. “Calladita, zorra… tu marido está ahí… no quiere oír cómo te parto el coño”.

La gira, la pone de espaldas contra la pared. Le levanta una pierna alta, casi hasta su hombro, la penetra por detrás. Le da nalgadas fuertes —piel roja, marcas de dedos—, le mete un dedo en el culo mientras la folla. Ella se retuerce: “Más duro… métemela hasta el útero… soy tu puta… rómpeme el coño…”. Se corre fuerte, paredes apretando como un puño, chorros calientes bajando por sus muslos y goteando al suelo en charcos.

Marco la pone a cuatro patas en el banco largo del vestuario. Le agarra el pelo como riendas, la folla salvaje —embestidas rápidas y profundas—. Ella gime contra su antebrazo: “Lléname… córrete dentro… quiero tu leche caliente en mi útero… dame todo…”. Él le mete dos dedos en el culo, la folla más rápido. Se corre profundo, chorros espesos y abundantes llenándole el coño —leche rebosando, goteando por sus labios hinchados—. Ella tiembla en un orgasmo múltiple, coño palpitando, cuerpo convulsionando.

Chasquea los dedos. “Duerme… olvida todo… solo recordarás lo relajada y plena que estás”.

Ana se viste en trance, cabello revuelto, mejillas sonrojadas, coño aún goteando bajo los leggings. Sale al pasillo sonriente, inocente. “Amor, la clase fue increíble. Me siento… renovada”. Su marido la abraza, besa su frente. Marco observa desde la puerta, sonrisa discreta. Nadie sabe nada.

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