El Sugar Daddy
Tenía ochenta y seis años y, aunque el cuerpo ya no respondía como antes, la cabeza y la billetera seguían siendo las de un hombre que sabía lo que quería. Me llamaba don Ricardo, pero las chicas de la app me decían “papito rico” o directamente “papi”. No me importaba. Después de tres viudezas y una fortuna que no se acababa, me sobraba el dinero y me faltaba compañía joven.
La vi en la aplicación: dieciocho años recién cumplidos, pelo castaño largo que le llegaba hasta la cintura, ojos miel grandes y una sonrisa tímida que escondía ganas. Su perfil decía “estudiante de diseño buscando ayuda con la facultad”. Fotos: ella en bikini en la playa, tetas firmes de copa C asomando por el escote, culo redondo y alto que se marcaba en shorts cortitos, piernas largas y piel blanca suave. Se llamaba Sofía.
Le escribí directo:
“Bonita, si querés que te ayude con la facultad y con todo lo que necesites, vení a mi casa mañana. Te doy 500 dólares por hora y te hago la vida más fácil. Sin presiones.”
Contestó en menos de diez minutos: “Está bien, don Ricardo. Mañana a las 7. ¿Dónde vive?”
Llegó puntual. Vestido blanco corto que se le pegaba al cuerpo con el calor de la tarde, tetas marcadas sin sostén, pezones rosados asomando sutilmente, culo perfecto que se movía con cada paso. El pelo castaño largo suelto, oliendo a shampoo de vainilla.
La hice pasar al living. La casa era grande, con muebles caros y vista al jardín. Le serví champagne.
—Estás preciosa, Sofía —le dije, sentándome frente a ella—. Contame, ¿qué necesitás?
Ella se sonrojó, pero me miró fijo.
—Necesito plata para la facultad, el alquiler… y… bueno, si vos querés, puedo darte compañía. Lo que necesites.
Sonreí. Me acerqué, le acaricié el muslo por debajo del vestido.
—Quiero verte desnuda, nena. Mostrame ese cuerpo joven que me vuelve loco.
Se levantó, se bajó el cierre del vestido despacio. La tela cayó al piso. Quedó en tanga blanco y sin sostén. Tetas firmes C-cup con pezones rosados duros, barriguita plana, coño depilado con labios rosados hinchados ya brillantes de jugos, culo redondo perfecto.
—Vení acá —le dije, abriendo las piernas en el sillón.
Se acercó. Le bajé el tanga de un tirón. Su coño joven quedó expuesto: labios carnosos, clítoris pequeño pero hinchado, jugos chorreando por los muslos.
—Arrodíllate y chupame la pija, mi putita.
Saqué mi verga: no era la de antes, pero seguía dura con pastillas. Dieciséis centímetros gruesos, venoso, glande morado goteando precum espeso. Ella se arrodilló, abrió la boca y me la tragó entera. Lengua lamiendo el glande, garganta apretando mientras succionaba, saliva goteando por mi eje y bolas.
—Así, nena… chupá la pija de tu sugar daddy… tragala hasta el fondo.
Gimió contra mi carne, tetas rebotando con cada movimiento de cabeza. Me corrí rápido en su boca: semen espeso y caliente inundándole la garganta, chorros salados que tragó gulosa, exceso goteando por su barbilla hasta sus tetas.
—Ahora sentate en mi cara, gordita. Quiero lamer tu conchita joven.
Se sentó sobre mi boca. Lamí sus labios hinchados, succioné su clítoris pequeño pero duro, metí la lengua en su vagina apretada. Ella gemía alto, caderas empujando contra mi cara.
—¡Don Ricardo… tu lengua… oh Dios… me voy a venir!
Squirt chorreado en chorros finos y calientes empapándome la cara, jugos dulces chorreando por mi barbilla y cuello.
La levanté, la puse de espaldas sobre el sillón, culo en pompa. Escupí en su ano rosado fruncido.
—Voy a follarte el culo también, mi putita.
—No… ahí no… soy virgen ahí —lloró.
Pero yo empujé: glande morado contra el anillo, estiramiento lento y quemante. Entré centímetro a centímetro, su ano virgen apretando mi pija como un guante caliente. Ella gritó de dolor, lágrimas rodando.
—¡Duele… por favor…!
Seguí empujando hasta enterrarla toda. Embestí lento al principio, luego más rápido, bolas golpeando su coño chorreante.
—Tu culo virgen es mío ahora, Sofía. Sentís mi pija gruesa rompiéndote el ano?
Ella lloró y gimió al mismo tiempo, ano convulsionando.
—¡Sí… duele pero… me gusta… fóllame el culo, papi!
Me corrí dentro: chorros calientes y espesos inundando su recto, semen rebosando por los bordes y goteando por sus nalgas y muslos.
La dejé temblando, ano dilatado y rojo chorreando mi leche, coño todavía goteando squirt.
—Desde hoy sos mi sugar baby, nena. Vení dos veces por semana… te pago bien y te lleno todos los agujeros.
Ella sonrió entre lágrimas, asintiendo.
—Sí, papi… quiero más. Quiero tu leche en mi culo virgen siempre.
Y así empezó: dos veces por semana, mi pija en su boca, coño y ano, creampie rebosante por todos lados, mi gordita de dieciocho convertida en mi puta adicta.

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