El Profe...

 



En los últimos meses, incentivado por el Campeonato de la Selección en Qatar, al Ro se le dió por jugar al fútbol. Aparte de jugar con los primos los fines de semana en San Justo, los martes y jueves juega en el club del barrio. No entiendo mucho del tema, pero según me comentan los que saben, es bastante habilidoso. 

Sin embargo, desde hacía unos días lo veía desmotivado, sin ese entusiasmo de antes. Le pregunté qué le pasaba, pero no me quiso decir nada. Una madre se da cuenta, así que le insistí. Entonces me cuenta que es porque ya no juega tanto como antes. El equipo está jugando el Interclubes, y el Profe Jorge, cómo lo llama mi hijo, el técnico del equipo, lo pone de suplente, por lo que solo juega unos minutos y a veces ni eso.

No se lo dije al Ro, pero decidí que tenía que ir al Club para hablar con ese tal Profe. No le iba a exigir que lo pusiera de titular ni nada de eso, pero si le recordaría que el fútbol es un juego colectivo y que todos los chicos tienen el mismo derecho de participar.

El martes siguiente, cuándo llevé al Ro al Club, me quedé a ver el partido. Me mantuve escondida en un rincón, para que no me viera, ya que no quería que se dé cuenta de que la mamá iba a abogar por él.

Cuándo se produce un recreo, para que los chicos se hidraten, aprovecho y me acerco al Profesor, con tan mala (¿o buena?) suerte que justo se gira para alcanzar una pelota y me lleva por delante.

No nos caemos por sus reflejos, y a que me sostiene justo a tiempo, aunque con el envión me quedo con las tetas apoyadas en su tórax. Y si yo pude sentir la dureza de su pecho, estaba segura de que él pudo sentir la turgencia de los míos. Nos quedamos mirándonos por un instante, apenas un segundo, como si el tiempo, el mundo todo se hubiera detenido.

-¿Estás bien? Perdoname, no te ví hasta que te tuve encima- se disculpa, rompiendo ese mágico momento.

-Yo soy la que debería disculparse- le digo, sabiendo que fui yo la atolondrada.

-Creo que fue más culpa mía que tuya- insiste.

-¿Y si quedamos en que no fue culpa de ninguno de los dos?- termino por zanjar.

-Me parece bien...- sonríe y ya con ese solo gesto me seduce.

No sé con quién esperaba encontrarme, pero no con alguien como él. Cuarenta y tantos, alto, morocho, de buen físico, el pelo corto tipo futbolista, los brazos tatuados, cómo se estila ahora.

A veces una simple mirada basta para comprender lo que el otro está pensando, y lo que piensa en ese momento el Profesor es en que me quiere garchar. ¿Cómo lo sé? Porqué yo estoy pensando lo mismo, que me quiero garchar a éste tipo...

-¿Me buscabas para algo?- me pregunta al ver que me lo quedo mirando sin decir palabra.

"Sí, para que me hagas de todo", pienso, pero no se lo puedo decir así, de frente, por lo menos no ahí, a metros de dónde está jugando mi hijo.

-Quería hablarte de mi hijo, cómo va con sus clases- le digo finalmente, volviendo a mi rol de madre abnegada.

-¿Y tu hijo es...?- me pregunta, siempre mirándome en esa forma que parece fuera a saltarme a la yugular en cualquier momento.

Se lo digo, y por su cara de desconcierto resulta obvio que no logra identificarlo, por lo menos no a la primera.

-¡Ah sí...! Rodri, muy buen chico- comenta.

Si se acordara de quién es, sabría que los amigos le dicen Ro, y no Rodri. 

Los chicos ya están volviendo de a poco a la cancha, así que me apresuro en decirle:

-¿Podemos hablar en otro lado? Es que no quiero que me vea hablándote-

-Esperame en el vestuario, le pido a alguien que me reemplace y voy a verte- me dice, entendiendo la situación.

Me señala dónde está el vestuario y hacía allá voy, esperándolo en la puerta del mismo. Veo que habla con uno de los trabajadores del Club, le da un par de indicaciones y le entrega un silbato. Recién entonces viene hacía mí.

-¿Vamos a mi oficina?- me dice, guiándome a través de un par de pasillos, hacía otro vestuario, el de los profesores, éste mucho más reservado que los otros por los que pasamos.

-¿Tu oficina?- le digo sarcástica cuando me hace pasar.

-Acá vamos a poder hablar tranquilos...- me asegura cerrando la puerta.

-No me digas que me hiciste venir hasta acá solo para hablar...- le digo poniendo carita de decepción.

-¿Acaso no querías eso?- me pregunta cómo para evaluar mi reacción.

-Bueno, sí, al principio vine para eso, pero... después de que nos tropezamos...- comienzo a decir, dejando a propósito la frase en suspenso.

-¿Te pasó lo mismo que a mí?- más que una pregunta era una afirmación.

Lo miro y le sonrío. Sí, me pasó lo mismo.

-Parece que estamos en la misma sintonía- reconoce.

-¿Te parece?- le digo acercándome incitante, sugestiva.

Apoya las manos en mi cintura, me atrae, y entonces soy yo la que se pone en puntas de pie y lo besa. Su respuesta es inmediata, envuelve mi lengua con la suya, sellando así ese acuerdo tácito que habíamos pactado apenas nos vimos.

Baja las manos y me agarra por la cola, apretándome contra su cuerpo, haciéndome sentir toda esa pulsión sexual que ya había sentido antes, cuándo chocamos y casi caemos al suelo.

Me carga como si no pesara nada, y arrinconándome contra la pared, me besa en una forma por demás intensa y apasionada. Me empiezo a restregar contra su cuerpo, cómo una gatita en celo, sintiendo ya esa anhelante dureza que parece afirmarse cada vez más.

Sin dejar de besarlo le acaricio el bulto con una mano, contagiándome su fervor y calentura. 

¡Que pedazo por Dios! 

Una comba divina se alza imponente y majestuosa, la suma de todas mis ansias, el constante anhelo por el cuál estoy dispuesta a sacrificar lo que sea necesario.

-¡Me muero por chupártela!- le hago saber entonces, olvidándome por completo de mi fingido rol de madre abnegada y ejemplar.

-Date el gusto- me dice, y soltándome, se hace a un lado, poniendo las manos en la cintura. 

Invitaciones como esas son difíciles de rechazar, así que echándome en el suelo, de rodillas frente a él, le bajo el pantalón, pelando con todas mis ganas aquel objeto del deseo, que sale disparado hacia delante como empujado por alguna fuerza invisible. 

Su olor, su esencia, su aroma, me golpea de frente, como una exhalación, envolviéndome con sus exultantes delicias. Se la agarro y me la froto por toda la cara, sintiéndola, oliéndola, lamiéndola de costado, para luego comer un buen pedazo y chupársela con frenesí, masticándola, llenándome la boca con esa carne entumecida, con la suculenta pija del profesor de fútbol de mi hijo.

Lo escuchaba suspirar, entregándose por completo a mis labios y me entusiasmaba mucho más todavía, regalándole una mamada de esas dignas de contarle a sus amigos y colegas. 

Me la meto casi toda en la boca, succionando cada trozo, bajando de a ratos hasta las bolas, rebosantes de leche, para chupárselas también, para saborearlas, para lamerlas, para besarlas, para hacer todo lo que me gusta con ellas.

Me ayuda a levantarme, me vuelve a besar en esa forma suya tan apasionada, y con un brusco movimiento me da la media vuelta, estampándome de cara contra la pared. Me levanta la falda, me baja la tanga y encaramándose por entre mis piernas me chupetea justo ahí abajo, lamiéndome el culo y la concha con la misma dedicación. 

El gusto que siento es tremendo, una mezcla de sensaciones que me trastornan, que me enloquecen, que me hacen gritarle que me coja... Que me la meta y me coja ¡YA¡... ¡YA MISMO!

No quiero ni puedo esperar ni un solo segundo más. Quiero sentirlo adentro cuánto antes, así de caliente y desesperada me siento.

Pero de repente ya no lo siento más, me deja sola, abandonada, a merced de mi calentura. Me volteo y lo veo revolviendo el interior de su locker.

-¿Qué hacés?- le pregunto.

-Buscando los forros...- me dice.

-¡Dale, apurate, que me muero de ganas!- le digo, metiéndome yo misma los dedos, tratando de aliviar de alguna forma esa ansiedad que me corroe las entrañas.

-¡Acá están...!- exclama, mostrándome victorioso una tira de preservativos Prime.

Ahora sí, se planta tras de mí, recio, viril, imponente, y me penetra con un empujón que me hace estremecer hasta la médula. Me agarra de la cintura y empieza a fluir a través de mis jugos íntimos, resbalando bien hasta el fondo, vigoroso, enardecido, arrancándome unos jadeos por demás exaltados.

¡Que bien me garcha! Me la mete y saca con una cadencia perfecta, ni muy fuerte ni muy despacio, sino con el ritmo justo y necesario, moviéndome toda la estantería con sus vigorosos movimientos. 

Sin soltarme, me bombea de lo lindo, sin pausa, colmándome de excelsas y subyugantes delicias, proporcionándome un placer único, maravilloso, incomparable.

Yo me muevo a la par, flexionando las piernas, para retenerlo dentro de mí cada vez que intenta sacármela, envainándomela bien hasta los pelos, hasta donde me entre, toda entera, desde la punta hasta la raíz.

Cuando acaba, siento el fuego a través del látex, así que acabo con él, exultante, satisfecha, jadeando sin respiro. Sé que pueden escucharme por las ventanas del vestuario, pese al bullicio de los chicos jugando al fútbol, pero no puedo controlarme.

Le saco el preservativo repleto de leche y le vuelvo a chupar la pija, sintiendo que pese a la acabada no reduce ni un ápice su tamaño. Sigue dura y empinada, caliente, con las venas hinchadas. 

Me levanta agarrándome de los brazos y me besa como si no hubiera un mañana. Se pone otro forro (tiene una caja repleta el turro), y haciéndome upa, me la encaja en el aire.

Ahora sí, pego un grito al sentir la clavada, que se mezcla con los gritos de un gol hecho por el equipo del club, aunque más que el gol parecieran festejar la forma en que me la está poniendo su Profesor.

Se hunde en mí y se empieza a mover con tal intensidad que nuestros cuerpos chocan, produciendo un ruido que, de haber alguien cerca, no pasaría desapercibido. 

No sé si se habrá garchado a otras mamás en ese vestuario, pero parecía no importarle que nos descubrieran en plena faena.

Sin soltarme me pone de espalda sobre uno de los bancos, y de pie, por entre mis piernas, me liquida a bombazos. Me agarro yo misma las tetas y me las aprieto, tratando de contener esa fuerza vital, esa energía primigenia que amenaza con hacerme estallar en mil pedazos.

En una de esas tantas arremetidas, cuándo retrocede para volver a impulsarse, me sale un chorrazo de fluidos que salpica todo en derredor. La cara de sorpresa que pone es alucinante. Me la vuelve a meter bien adentro, me la saca y otro chorrazo más, como si tuviera un géiser entre las piernas. Así varias veces, creo que dejamos el piso inundado con mi flujo vaginal.

Para entonces ya no se aguanta más. Se saca el forro, se pajea con tanta fuerza que pareciera querer arrancarse la piel, y dando unos pasos, me la mete en la boca. No la rechazo, por el contrario, la comprimo entre mis labios.

La leche le brota de la pija como un manantial vivo y caudaloso, el cuál me trago sin desperdiciar ni una sola gota, empalagándome con ese sabor único, inconfundible, puro sabor a macho, a hombre, ese sabor a virilidad que me resulta tan adictivo.

Me quedo durante un buen rato con la pija en la boca, saboreándola, relamiéndome gustosa, empachándome con esa savia natural, espesa y candente que me quema la lengua y la garganta, pero que al mismo tiempo me proporciona tanta satisfacción.

Luego del polvo volvemos a la cancha, unos minutos antes de que el partido termine. Al verme mi hijo viene a saludarme eufórico, ya que su equipo había ganado.

A mí, en cambio, me habían goleado...


P: maritainfiel

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