Mi esposo quiere ser cornudo 6

 



Después de pasar un tiempo maravilloso juntos, Bernardo decidió salir a hacer algunas compras. Se vistió con estilo, luciendo un conjunto elegante y moderno que realzaba su belleza única. Antes de irse, nos besamos apasionadamente, dejando claro el deseo y el amor que compartíamos.




"Diviértete en tus compras", le dije, sonriendo.



"Gracias, cariño", respondió Bernardo, devolviendo mi sonrisa. "Voy a buscar algunas cosas que nos harán disfrutar aún más de nuestra intimidad".



Bernardo salió de casa con una energía emocionante, y no pude evitar sentirme afortunada de tener a alguien tan especial en mi vida. Mientras él se adentraba en el mundo de las tiendas, yo me quedé en casa, esperando con anticipación las sorpresas que traería consigo.



Pasaron algunas horas y finalmente escuché la puerta abrirse. Bernardo regresó cargado de bolsas, una sonrisa radiante en su rostro.



"¡He encontrado algunas cosas increíbles!", exclamó emocionado.



Primero, sacó un elegante conjunto de lencería sexy. El sujetador de encaje negro realzaba su figura, mientras que el tanga a juego dejaba poco a la imaginación. El detalle de los encajes y las transparencias despertaba nuestros sentidos y prometía momentos de seducción y pasión.



Luego, mostró el vibrador o consolador que había elegido cuidadosamente. Era un modelo versátil con diferentes velocidades y modos de vibración. Su tamaño y forma se adaptaban perfectamente a nuestras preferencias, prometiendo explorar nuevas sensaciones y llevar nuestro placer a niveles más intensos.



Por último, Bernardo sacó un par de esposas de sujeción ajustables. Estas esposas nos permitirían adentrarnos en el juego de roles, explorando la dominación y sumisión de manera consensuada. La idea de experimentar con límites y entregarnos al placer controlado nos emocionaba.




Nos miramos a los ojos, llenos de anticipación y excitación. Agradecimos a Bernardo por su elección y por su disposición a explorar y disfrutar de nuestra sexualidad juntos. Nos sentíamos afortunados de tener a alguien tan abierto y aventurero en nuestras vidas.


Con las compras de Bernardo desplegadas frente a nosotros, sentimos una energía eléctrica en el aire. La lencería sexy se veía tentadora, despertando nuestros deseos más profundos. Bernardo se acercó a mí con una mirada cargada de pasión y empezó a desabrochar lentamente mi ropa, revelando mi cuerpo poco a poco.


Mientras tanto, Diego tomó el vibrador en sus manos y exploró sus diferentes modos de vibración. El ambiente se llenó de expectación y anticipación.


Diego se ofreció voluntario para ser quien llevara las esposas en sus muñecas. Con delicadeza, pasé las esposas alrededor de sus muñecas, asegurándome de que estuvieran bien ajustadas pero no demasiado apretadas.


La sensación de ver a Diego inmovilizado, confiando en mí para su sujeción, despertó en mí una mezcla de excitación y responsabilidad. Sabía que era mi deber garantizar su seguridad y bienestar mientras explorábamos esta dinámica de dominación. A medida que las esposas se cerraban con un clic suave, nuestros ojos se encontraron una vez más, reflejando la confianza y el deseo compartido.


Bernardo, consciente de nuestra conexión y respetando nuestros límites, se unió a nosotros en el juego de roles. Sus caricias y palabras llenaban la habitación, despertando aún más la tensión erótica que flotaba en el aire.




Bernardo y yo nos miramos con una complicidad traviesa. Sabíamos que era el momento perfecto para dar rienda suelta a nuestras fantasías y lucir la lencería sexy que Bernardo había comprado.




Nos acercamos a la cómoda donde habíamos dejado las prendas seductoras. Con entusiasmo, comenzamos a desvestirnos y a deslizar delicadamente las piezas de lencería sobre nuestros cuerpos. La tela suave acariciaba nuestra piel, despertando sensaciones intensas mientras nos contemplábamos en el espejo.




Bernardo se enfundó en un conjunto de encaje negro que realzaba sus curvas y resaltaba su sensualidad. La transparencia de la tela dejaba entrever sutiles sugerencias de lo que estaba por venir. Mientras tanto, yo elegí un conjunto de lencería de color rojo pasión, que realzaba mis atributos y me hacía sentir poderosa y seductora.




Nos inclinamos sobre el cuerpo de Diego, nuestras respiraciones entrelazadas y cargadas de deseo. Con delicadeza y anhelo, nuestros labios comenzaron a recorrer cada centímetro de su piel al descubierto.




Empezamos por su cuello, depositando besos suaves y sensuales que se deslizaban por su piel como una caricia ardiente. Nuestras lenguas se entrelazaban en un juego de pasión mientras explorábamos la curvatura de su mandíbula y descendíamos hacia su pecho.


Nuestros labios se posaron sobre sus pezones, acariciándolos con la punta de nuestras lenguas y succionándolos con suavidad. Sentíamos cómo su cuerpo se estremecía bajo nuestras caricias, sus gemidos escapando entre sus labios entreabiertos.


Bajamos lentamente por su abdomen, dejando un rastro de besos ardientes que avivaban aún más el fuego que nos consumía. Nuestros labios rozaron su piel sensible, despertando cosquilleos de placer en su cuerpo mientras nos acercábamos a su zona más íntima.




Sin apresurarnos, nuestros labios exploraron cada rincón, cada pliegue de su piel. Nos detuvimos en sus muslos, depositando besos húmedos y mordiscos juguetones que hacían que su respiración se agitara aún más. Nuestras manos acariciaban sus caderas, deslizándose con suavidad sobre su piel, incrementando su excitación.




Finalmente, llegamos a su entrepierna, donde nuestros labios se encontraron en un beso apasionado. Nos sumergimos en su intimidad, explorando cada parte con devoción y deseo. Nuestras lenguas se movían con destreza, acariciando, lamiendo y provocando sensaciones inigualables.




Mientras nuestros labios y lenguas se movían en perfecta armonía, nuestras manos no se quedaban inactivas. Acariciábamos sus muslos, su vientre, y nos aventurábamos a explorar otras partes de su cuerpo, intensificando su placer y el nuestro.




Cada beso, cada caricia, cada movimiento de nuestros labios era una muestra de nuestro deseo y pasión desenfrenada. Nos entregamos por completo a ese momento, dejando que nuestros sentidos se fusionaran en una danza erótica y seductora.




La piel de Diego se erizaba bajo nuestras atenciones, sus gemidos llenaban la habitación y su cuerpo se contorsionaba en búsqueda de más. Seguíamos explorando su piel con avidez, disfrutando de cada reacción y respuesta que obteníamos.




La suavidad de nuestros labios envolvía su erección, mientras nuestras lenguas jugueteaban con él, deslizándose desde la base hasta la punta en movimientos sensuales y provocativos. El contacto húmedo y cálido generaba una sensación embriagadora que nos transportaba a un lugar de éxtasis compartido.


Mientras nuestras lenguas jugueteaban con su erección, nuestros ojos se encontraban y se llenaban de complicidad y pasión. Nos comunicábamos sin palabras, compartiendo la intensidad del momento y el deseo desbordante que nos consumía.




En ese instante de conexión íntima y entrega absoluta, nuestros labios y lenguas eran el instrumento para su deleite. Lo envolvíamos en un remolino de placer, llevándolo al clímax con cada movimiento y caricia.




Y así, con nuestros labios y lenguas danzando alrededor de su erección, nos entregábamos a la pasión desenfrenada, explorando el límite del placer y creando un momento de éxtasis compartido entre los tres.


La excitación en la habitación era palpable mientras continuábamos dedicándonos a la adoración de su masculinidad. Nuestras bocas seguían explorando y deleitándose con su erección, alternando entre suaves lamidas y succiones intensas que enviaban oleadas de placer a través de su cuerpo.


Mientras mis labios se deslizaban a lo largo de su miembro, Bernardo se unió a la danza, utilizando su lengua para trazar círculos alrededor de la cabeza sensible. Juntos, nos esforzábamos por brindarle una experiencia inolvidable, sincronizando nuestros movimientos y proporcionándole una estimulación arrebatadora.


Cada gemido que escapaba de los labios de Diego alimentaba nuestra excitación, motivándonos a intensificar nuestros esfuerzos. Nos sumergimos en un ritmo frenético de placer, complaciéndolo con una combinación perfecta de sensaciones suaves y estimulación enérgica.


Las manos de Bernardo acariciaban el cuerpo de Diego, dejando rastros de deseo en su piel mientras yo continuaba sumergiéndome en la pasión que emanaba de su erección. Nuestro enfoque estaba completamente en su satisfacción, en llevarlo al borde y más allá de sus límites de placer.


El sonido de nuestros labios y lenguas en sincronía se mezclaba con sus jadeos y susurros de placer, creando una sinfonía erótica en la habitación. Cada movimiento, cada succión y cada roce estaba impregnado de una conexión íntima y una devoción ardiente hacia su placer.


El tiempo parecía detenerse mientras nos perdíamos en esta danza sensual y provocativa. Nuestros cuerpos se movían en perfecta armonía, entregados a la exploración y al deleite mutuo. La pasión nos envolvía, aumentando la intensidad de cada caricia, cada movimiento, llevándonos a todos a un estado de éxtasis compartido.


La excitación llegó a su punto culminante cuando nuestras bocas y manos se unieron en una sinfonía final de placer. Nuestros labios se apretaron alrededor de su miembro, incrementando la presión y la velocidad, mientras nuestras manos lo acariciaban con fervor. 


Y entonces, en medio de un vendaval de sensaciones y gemidos, Diego alcanzó el clímax, liberando todo el placer acumulado en un estallido de éxtasis. Nuestros labios y lenguas lo acompañaron en su viaje hacia el placer máximo, sintiendo la tensión y el alivio que lo recorrían.


Nos retiramos lentamente, dejándolo reposar y recuperarse de su orgasmo, mientras nuestras miradas se encontraban, llenas de satisfacción y complicidad. Nos acurrucamos juntos en la cama, compartiendo abrazos y besos suaves, conscientes de que habíamos explorado un nuevo nivel de intimidad y placer entre nosotros.


En ese momento, comprendimos que habíamos abierto las puertas a un mundo de posibilidades eróticas y emocionales. Nuestro vínculo se fortaleció, y nos sentimos aún más unidos en nuestro viaje de exploración y amor compartido.


Luego de que Diego quedara descansando y satisfecho, mi atención se centró en Bernardo, quien aún estaba ansioso por más placer. Tomé el dildo que Bernardo había comprado y me acerqué a él con una sonrisa traviesa en los labios.



Con delicadeza, acaricié el cuerpo de Bernardo, asegurándome de despertar cada uno de sus sentidos. Luego, deslizé mis manos por su pecho y abdomen, sintiendo su excitación palpable. Sin decir una palabra, le indiqué que se recostara y abriera sus piernas, preparándose para recibir mi atención.



Tomé el dildo en mis manos, asegurándome de que estuviera lubricado adecuadamente para un deslizamiento suave. Me coloqué entre las piernas de Bernardo, sosteniendo el dildo con firmeza pero con suavidad.



Con movimientos lentos y cautivadores, comencé a acariciar suavemente el miembro de Bernardo con el dildo, deslizándolo a lo largo de su longitud. Observé cómo su respiración se volvía más profunda y sus ojos se llenaban de deseo mientras se entregaba al placer que le estaba proporcionando.



Poco a poco, aumenté la velocidad y la intensidad de los movimientos, sintiendo cómo el cuerpo de Bernardo respondía a mis caricias. Mis ojos se encontraban con los suyos, comunicando sin palabras el deseo compartido y el goce que experimentábamos juntos.



Con cada embestida del dildo, podía sentir cómo Bernardo se entregaba al éxtasis, permitiéndome llevarlo a nuevos niveles de placer. Ajusté la velocidad y la profundidad según sus reacciones y sus gemidos, asegurándome de brindarle una experiencia que lo llevara al límite.



A medida que el placer se intensificaba, nuestras respiraciones se entrelazaban, creando una sinfonía erótica llena de susurros y gemidos de placer. Me entregué por completo a la tarea de satisfacer a Bernardo, utilizando el dildo como una extensión de mi deseo y mi pasión.



El éxtasis finalmente se apoderó de él, y sus gemidos se volvieron más intensos y descontrolados. Sus músculos se tensaron y su cuerpo tembló bajo las oleadas de placer que lo recorrían. Continué sosteniendo el ritmo hasta que finalmente alcanzó su clímax, liberando todo el placer acumulado en un torrente de éxtasis.



Nos tomamos un momento para recuperarnos, abrazados y respirando juntos, sintiendo la conexión profunda y el amor compartido. Fue un momento de intimidad y exploración que nos unió aún más, fortaleciendo nuestra relación y nuestra confianza mutua.



Después de un rato, nos acomodamos junto a Diego, quien ahora estaba despierto y sonriente. Los tres nos abrazamos, compartiendo la felicidad y la complicidad de haber explorado nuestros deseos y disfrutado de una experiencia de placer mutuo.


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