Juan, mi secretario y esclavo sexual 4

 



Vanesa, con voz firme y seductora, le pide a Juan que se quede a hacer horas extras después de hora. "Juan, necesito que te quedes un poco más", le digo con una sonrisa juguetona. "Hay algunos asuntos pendientes que debemos resolver y me encantaría que estuvieras aquí a mi lado".


Juan asiente con sumisión, consciente de la dinámica que hemos creado entre nosotros. Él sabe que, aunque las horas de trabajo han terminado oficialmente, nuestra conexión trasciende los límites laborales. El juego de poder y deseo se intensifica cuando estamos solos, alejados de las miradas indiscretas.


El ambiente en la oficina cambia sutilmente a medida que los demás empleados se retiran. La atmósfera se carga de electricidad y complicidad. Las luces tenues y el silencio solo aumentan la tensión entre nosotros.


Observo cómo Juan se acerca lentamente hacia mi escritorio, sus ojos fijos en los míos, expectantes y llenos de anticipación. Me inclino hacia atrás en mi silla, dejando que mi mirada recorra su figura y alimente aún más el deseo que arde en nuestro interior.


"Es hora de que juegues tu papel, Juan", le susurro con voz suave pero decidida. "Quiero que te conviertas en mi asistente sumiso, dispuesto a cumplir cada una de mis órdenes".


Él se acerca aún más, sus manos apoyadas en el borde de mi escritorio. La cercanía entre nosotros es palpable, generando una corriente eléctrica que nos envuelve.


Juan, con una mezcla de excitación y sumisión, se arrodilla frente a mí, sus ojos clavados en los míos. Puedo ver la intensidad en su mirada, el deseo de complacerme y satisfacer mis deseos más profundos.


Con un gesto suave, deslizo mis dedos por su cabello, aferrándolos ligeramente. "Eres mío, Juan", le susurro con voz cargada de dominio. "Y ahora, quiero que demuestres tu lealtad y devoción".


Él asiente, sin apartar la mirada de la mía. Sus labios entreabiertos revelan su anhelo por complacerme. Con mano firme, le indico que baje su cabeza entre mis piernas.


El ambiente se llena de expectación y anhelo mientras Juan obedece sin dudar. Su lengua se desliza suavemente sobre mi piel, provocando una oleada de placer que me recorre por completo. Mis manos se aferran al borde del escritorio, sintiendo cómo su entrega despierta mis sentidos y enciende el fuego que arde en mí.


"Mmm, Juan", murmuro con voz entrecortada, disfrutando cada caricia sutil de su lengua mientras recorre cada pliegue de mi intimidad. La destreza y el talento que demuestra en cada movimiento me llenan de un placer indescriptible. Cierro los ojos, entregándome por completo a las sensaciones que me envuelven.


Siento cómo su lengua se desliza suavemente, explorando cada recoveco, cada centímetro de mi ser. Cada roce, cada contacto, provoca oleadas de placer que me sacuden de arriba abajo. La pasión se eleva a niveles inimaginables, y mi cuerpo responde con arqueos y temblores de pura satisfacción.


Mis dedos se entrelazan en su cabello, instándolo a seguir, a profundizar en su entrega. Su habilidad para leer mis reacciones, para comprender mis deseos más íntimos, es fascinante. No puedo evitar gemir su nombre, dejando que las palabras escapen de mis labios con cada embestida de placer.


"Eres muy talentoso, Juan", susurro, sintiendo cómo las palabras se mezclan con el aire cargado de erotismo que nos rodea. Su dedicación y devoción por mi placer son una bendición, y me embriagan con cada movimiento, con cada succión y caricia.


El calor se intensifica en la habitación, cada exhalación convertida en un suspiro de éxtasis compartido. Nuestros cuerpos se fusionan en una danza carnal, donde el dominio y la sumisión se entrelazan en un juego de poder y entrega.


Mis manos recorren su espalda, sintiendo cada músculo tenso bajo mis dedos, recordándole que está bajo mi control. Y aunque su sumisión es evidente, también puedo percibir su propio placer, su deseo de satisfacerme plenamente.


Cada vez que su lengua experta encuentra un punto sensible, mi respiración se acelera y mis gemidos se vuelven más audibles. Nuestros deseos se entrelazan en una sinfonía de placer, en la que cada nota nos conduce más cerca del clímax.


En ese momento de éxtasis compartido, nuestras miradas se encuentran, cargadas de complicidad y pasión desenfrenada. El tiempo parece detenerse mientras nos sumergimos en la intensidad del momento, en el éxtasis indescriptible que nos consume.


Y así, entre susurros entrecortados y gemidos ahogados, nos entregamos plenamente al placer que nos envuelve. La conexión que compartimos trasciende cualquier límite, y juntos exploramos los rincones más oscuros y sensuales de nuestra intimidad.


Cada caricia, cada movimiento, es una promesa de un placer aún más profundo. En este juego de sumisión y dominación, nos perdemos en un mar de sensaciones intensas, llevándonos mutuamente a un clímax inolvidable.


"Mmm, Juan", susurro nuevamente, mis palabras cargadas de satisfacción y gratitud. "Eres más que talentoso, eres mi deliciosa adicción".

"Estoy aquí para servirte, Vanesa", responde con voz grave y entregada. "Haré todo lo que me pidas, sin cuestionar".


Sonrío con satisfacción mientras acaricio el borde de su mandíbula con mi dedo. "Eso es lo que quiero oír", le digo con un tono de autoridad. "Confío en que cumplirás cada una de mis instrucciones con dedicación y obediencia".


El juego de poder se despliega en nuestra oficina desierta. Cierro la puerta y bajo las persianas, creando un ambiente de intimidad y secreto. Esta es nuestra esfera privada donde las reglas convencionales no se aplican y la pasión se libera sin restricciones.


Ordeno a Juan que se arrodille frente a mí, recordándole su lugar en nuestra dinámica. Sus rodillas tocan el suelo de manera sumisa, y su mirada se encuentra con la mía, llena de deseo y entrega.


"Ahora, Juan", murmuro con voz seductora. "Comienza a mostrar tu lealtad y devoción hacia mí".

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