La cholomanía...

 Los viernes mis papás se llevan al Ro a San Justo, a pasar el fin de semana. Yo voy el domingo a buscarlo. Siempre suelo ir temprano, para pasar el día, y volver recién a la noche, ya cenados.

Ese día en especial, cuándo llegué, el Ro se había ido con sus primos a jugar a la pelota en las canchitas de la Ciudad Deportiva. Me quedé dándole el pecho a Romina, tomando mate con mi mamá mientras ella preparaba las pastas para el mediodía. Ravioles caseros.

En un momento, surge en la charla, el nombre del Cholo. Me estaba poniendo al día con los chismes del barrio, así que entre tantos, me cuenta que había recuperado su casa, vaya una a saber cómo, me dice, y que ya estaba de nuevo en el lugar de siempre.

-Esperemos que no vuelvan los problemas...- repone mientras se persigna.

Mi mamá había sido la encargada, hace unos años, junto a otras vecinas, de juntar firmas en un petitorio para que las autoridades le pusieran freno a los ruidos molestos que provenían de la casa del Cholo. No tuvo suerte, ya que en ese entonces el Cholo era compinche de la Policía, hasta que le soltaron la mano y tuvo que purgar condena. Pero como no delató a nadie, ahora volvía a disfrutar de aquellos beneficios, quizás así había recuperado la casa.

Al Cholo ya lo conocen, no necesita presentación. En el pasado siempre había tenido problemas con mis hermanos, incluso con mi papá, pero desde que empezamos a relacionarnos, la enemistad quedó de lado, al menos entre nosotros.

Por supuesto mi familia no sabe nada, desconocen incluso que lo ayudé cuándo salió de la cárcel. Si cada vez que lo nombran yo hago un gesto de desagrado, aunque por dentro, por entre mis piernas, me esté mojando. Cómo en ése momento, cuándo mi mamá me dice que está ahí cerca, a un par de cuadras.

Ya me imaginaba yendo a su casa, cómo en aquellas inolvidables mañanas de domingo, en las que salía a correr y terminaba en su cama, garchando a morir.

-¿Sabés que ahora tiene mujer?- escucho, cómo a lo lejos, que dice mi mamá, pinchándome la fantasía.

-¿Qué? ¿Cómo?- me sorprendo.

Por supuesto el Cholo tenía novias, mujeres, minas, pero ¿mujer? ¿Una sola? ¿Cómo una esposa?

-¿Te acordás de Daianita, la hija de Marisol, la que trabaja en la Municipalidad?- pregunta mi mamá.

Sí, me acordaba, pero...

-¿Pero esa chica que tendrá, diecinueve, veinte años?- mi sorpresa va en aumento.

-Dieciocho...- me corrige mi mamá -Y agarrate que ésta no te la esperás, está embarazada-

No sé que decir. El Cholo debe tener más de el doble de la edad de esa chica.

-Esperemos que no salga delincuente como el padre- se vuelve a persignar mi mamá.

-Ya se durmió, la voy a acostar- le digo refiriéndome a Romina.

Dejo a mi hija en la cuna, vuelvo a la cocina, y tras dar algunas vueltas, impaciente, sintiendo ya ése vértigo en la panza que no entiende razones, le digo que salgo a dar una vuelta.

-No tardes que en un rato está la comida...- me advierte mi mamá.

Salgo y voy hacia la casa del Cholo que está a unas pocas cuadras. Ni se me ocurre tocar la puerta ni nada, solo paso por enfrente. De curiosa nomás. Las ventanas están abiertas, pero no se ve a nadie. Doy la vuelta a la manzana, y vuelvo a pasar. No sé, esperando que el Cholo salga y me encuentre. Antes iba y me presentaba sin demasiada vuelta, después de todo somos amigos con derechos, pero ahora que tiene mujer...

Lo repetía y seguía sin creérmelo. ¿Acaso sería posible que haya sentado cabeza? Sabía que tenía algunos hijos regados por el conurbano, algunos hasta incluso mayores que Daiana, pero hasta dónde sé nunca vivió con ninguno de ellos ni con sus madres así como estaba ahora, en plan conyugal. Tenía que verlo para creerlo, me decía, ya que por más que lo intentaba, no me lo imaginaba jugando a la casita.

Estoy ya transitando por la siguiente cuadra, cuándo una moto que viene hacía mí, baja la velocidad mientras se acerca. Un chorro, pienso, lo que me faltaba. Acelero el paso, no sé para qué si igual soy presa fácil. La moto se detiene, yo sigo caminando, y entonces escucho una voz que me dice:

-Mirá que estuviste perdida, eh...-

Esa voz me resulta inconfundible. Es el Cholo. Cuándo me doy vuelta ya se está sacando el casco.

Me acerco y lo abrazo.

-Me asustaste tonto, pensé que me iban a robar- le digo.

-No te preocupes que por esta zona ya están advertidos, si roban los hago mierda- me dice, y debe ser cierto, porque se conoce a todo el hampa, no solo de San Justo sino de toda la Provincia.

-¿Estás de pasada o venías a hacerme una visita?- quiere saber.

-Mmmm... Las dos cosas- le digo -Pero cómo me enteré que ahora tenés mujer no quise presentarme así de golpe-

-Vení que tomamos algo y te la presento- me propone.

Vamos a la casa, me presenta a Daiana, a la que conozco desde que era una bebita, por lo que me impacta verla tan crecida, tan mujer, tan... embarazada y del Cholo encima. Por suerte a mí no me reconoce, no sabe que soy la hermana de..., ni la hija de...

Nos trae un par de cervezas, pero ella se mantiene en la cocina, ajena a nuestra charla.

-Me contaron por ahí que fuiste mamá de nuevo, felicidades- dice, levantando la botella de cerveza a modo de brindis.

-Una nena, ya tengo la parejita- le digo, chocando su botella con la mía.

-Y también que te separaste...-

La puta, está más enterado de lo mío que yo de lo suyo.

-Sí, por un tiempo al menos, hace poco volvimos a acercarnos, así que en una de esas volvemos, no sé, no está todo dicho todavía...-

Y así era, más por nuestros hijos que por nosotros mismos, estábamos considerando la posibilidad de volver a estar juntos. Nos debíamos una conversación todavía.

-Vamos a la pieza- me dice entonces el Cholo, levantándose y tendiéndome una mano.

Y no me lo está preguntando, sino ordenando. Sabe, claro, que no voy a decirle que no.

Miro hacia la cocina, en dónde Daiana, su mujer embarazada, sigue dando vueltas, preparando el almuerzo.

-No dice nada, es una santa- me asegura el Cholo.

Le doy la mano y cuándo me levanto, me abraza y me besa.

-No sabés las ganas que tengo de cogerte...- me dice, con una exaltación que resulta improbable que Daiana no lo haya escuchado.

Entramos a la pieza con él acariciándome la cola, deslizando sus dedos a lo largo de toda mi zanja. Cuántos buenos momentos he pasado entre esas paredes. Sé que el Cholo es un truhán, un tipo peligroso, de cuidado, pero que bien me coge. Creo que esa peligrosidad, el saber que estoy con un delincuente, es lo que me excita. Las cicatrices de batallas que adornan su cuerpo, los tatuajes tumberos, esa violencia contenida que está siempre ahí latente, amenazante.

Me pongo de rodillas ante él, sumisa, obediente, idolatrándolo. Él mismo se baja el pantalón, pelando aquello que tanto deseo. El olor a pija me golpea como un cachetazo. Se la chupo con avidez, en una forma intensa, arrebatada. Me doy cuenta de que dejó la puerta entreabierta y que la madre de su futuro hijo puede estar escuchándonos, pero no me detengo, se la chupo con más ganas todavía.

La pija se le pone como la de un caballo, dura, erguida, con ese poderío viril que me resulta tan estimulante.

Le chupo las bolas, el perineo y sigo hasta el culo, metiendo la lengua en la zona más oscura de su cuerpo.

Me levanto, me saco la ropa y desnuda me tiendo en la cama, esa misma cama en la cuál están impregnados nuestros polvos del pasado. Me abro de piernas para que me chupe y me retribuya el gusto. Lo hace metiéndome toda la lengua, buceando en mi interior, chupándome los gajos en forma golosa y entusiasta. 

A puro beso sube por el vientre, escarbándome con la lengua el ombligo, me chupa y muerde las tetas, para llegar a mi boca y besarme con pasión, con desenfreno.

Me siento sobre sus piernas, y le sacudo la poronga. Que dura la tiene, por Dios!!! Me alcanza un preservativo, se lo pongo y me la clavo toda, echando la cabeza hacia atrás y exhalando un suspiro tras otro mientras lo siento llenándome. 

La tiene tan erecta, tan parada, que pareciera no terminar nunca de entrarme, hasta que los huevos, llenos y peludos, hacen tope.

¡¡¡Que placer... Que locura... Que delicia...!!!

Me apoyo en sus brazos y empiezo a moverme, dejándome arrastrar por esa turbulencia que me estremece todo el cuerpo.

Me muevo arriba y abajo, atrás y adelante, hacia los lados, haciéndole crujir la poronga con cada movimiento.

-No se te va lo puta ni aún siendo mamá de nuevo...- me asegura el Cholo, poniéndome de espalda contra la cama y arremetiendo ahora él entre mis piernas.

Le rodeo la cintura y las entrelazo a su espalda, dejándome coger tan profundamente que cada empujón, cada puntazo, me remece hasta el alma. Entra y sale, entra y sale, una y otra vez, mil veces, mientras nos besamos, comiéndonos, devorándonos.

Me parte el culo también, alternando ambos agujeros con tal maestría y rapidez que no deja ninguno vacío por más de unos pocos segundos.

Escucho el sonido de llamada de mi celular, debe ser mi mamá para preguntarme en dónde me metí, que ya está listo el almuerzo.

-Tengo que atender...- le digo al Cholo.

Se aparta lo justo para dejar que me levante, y busque mi celular en el suelo, entre mis ropas. En efecto es mi mamá, para avisarme que el Ro ya está de vuelta, que Romina se acaba de despertar y que me están esperando para almorzar. Le digo que me encontré con una amiga y que se me pasó la hora charlando. 

-En un rato estoy en casa...- le digo.

Corto la llamada y le digo al Cholo que me tengo que ir.

Me agarra, me pone de cara contra la pared y me coge de parado, desde atrás. Me hace tener otro orgasmo con tan solo las primeras arremetidas.

Me aprieta las tetas, me mete los dedos en la concha, todo sin dejar de atravesarme, de herirme de muerte con esa maquinaria letal que tiene entre las piernas. Cuándo ya tiene la leche a punto de ebullición, me la saca, me hace dar la vuelta, y poniéndome la mano sobre la cabeza, hace que me arrodille delante suyo. Se arranca el forro, se la sacude y me acaba en la cara y en las tetas.

Es su forma de marcar territorio, de hacerme saber que, aunque esté esperando un hijo de otra mujer, siempre seré su hembra.

Siento su leche quemando, lacerando mi piel y estallo en jubilosos suspiros. Lo miro desde abajo, le sonrío agradecida y le chupo la pija, limpiando el resto del semen que queda impregnado en su contorno.

Cuándo salimos del cuarto, Daiana nos alcanza otro par de cervezas. No dice nada ni demuestra estar incómoda o molesta porque su pareja haya tenido sexo con otra prácticamente delante suyo.

Bebo un sorbo y me despido.

-No te pierdas...- me dice el Cholo palmeándome la cola.

Llego a casa después de haber cogido con el enemigo número uno del barrio y me siento a comer con mis padres, mis hermanos y mis cuñadas, como si nada, horrorizándome cuándo mencionan alguna fechoría cometida por el Cholo y sus secuaces.

-Por suerte parece que a ustedes ya no les tiene más bronca- le dice mi papá a mis hermanos.

-Sí, no sé hasta cuándo- coincide mi hermano mayor.

La razón es más que obvia, no solo soy uno de sus garches, sino también quién lo ayudó en su momento más difícil, cuando salió de la cárcel y todos lo esquivaban como si tuviera lepra. 

Yo misma lo fui a buscar el día que salió y le alquilé una habitación para que se repusiera y poco a poco pudiera recuperar su poder. Y el Cholo no olvida. O mejor dicho, no me olvida...


P: maritainfiel




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