El bully negro de mi hijo

 

El Bully Negro

            -No fue nadie mamá. -Dijo Ricardo. -Me caí a la salida del instituto.

            -Una caída no te deja un ojo morado y una costilla resentida. -Dije yo, molesta. Sabía que lo habían golpeado, pero él se negaba a decirme la verdad.

            -Fue una caída fuerte...es todo. -Prosiguió con su versión. No le dije más nada. Me levanté de la cama y salí de su habitación.

Mi nombre es Skarlet. Tengo 46 años y soy madre de dos: Victoria, de 24 años, y Ricardo, de 21. Me encuentro recién divorciada y tenía un montón de cosas en la cabeza en ese momento, entre el despecho, el lío del divorcio, las cuentas por pagar, etc. El discutir con mi hijo sobre lo que le había sucedido realmente en el instituto era lo que menos necesitaba en ese momento.

Bajé las escaleras de la casa, la cual es de dos pisos, y si bien no es una casa lujosa, lo cierto es que siempre me esmeré para que estuviera a la altura de una casa ostentosa. Paredes blancas, escaleras de madera perfectamente barnizadas, mueblería moderna, todo impecable. En fin, me senté en uno de los sofás en la amplia sala. Quedé viendo al infinito unos segundos y luego, decidida, tomé mi celular, que estaba en la mesa de centro de la sala.

Luego de varias llamadas, al fin una persona decidió contarme que había pasado. Felicia, la chica que le gustaba a Ricardo, me contó que un chico nuevo llamado Yonatan (Si, así escrito) había sorprendido a mi hijo en una esquina cercana al instituto donde estudian, y luego de cruzarse unas palabras (no me dijo que se dijeron), ese tal Yonatan lo golpeó fuertemente.

Sentí que la sangre me hervía de la rabia. Así que, luego de un par de llamadas a otras personas más, obtuve más información de ese chico nuevo. Según me enteré, era un chico de color, que iba un par de grados por debajo de mi hijo. Logré conseguir su número telefónico y sin dudarlo, le marqué, aunque sin éxito, ya que no me atendió ninguna de las 8 llamadas que le hice. Por lo que le envié un mensaje de whatsapp. Aquí la transcripción de la conversación, con errores ortográficos y todo:

            >Hey, que sea la última vez que tocas a Ricardo. -Le escribí. No sabía ni como empezar, pero pensé que eso lo asustaría

            >Ah sí? Y quién eres? Su mamita? -Me respondió, para mi sorpresa casi al instante.

            >Mierda si lo eres!!! Jajjajaaja -me escribió inmediatamente, con muchas caritas de risa. Supongo que vio mi foto de perfil en la cual salía con él y con Victoria.

            >Si, lo soy. Aléjate de él, de lo contrario iré a la policía. -Lo amenacé.

            >Si quieres ve. A ver a quién joden primero. -Me contestó.

            >A que te refieres? -Le respondí. Ricardo no tenía por qué ser jodido, el agresor era el carajito este.

            >Tu hijo es un imbecil. Vive burlándose de los compañeros negros y haciendo estúpidos chistecitos raciales y molestando a los demás. Yo simplemente lo puse en su lugar. -Me dijo.

            >Ja! Si claro. Nadie te va a creer eso. -Le escribí.

            >Ah no? -Me contestó.

Acto seguido me envió varios videos de Ricardo molestando a los chicos negros del instituto. Contando chistes ofensivos y diciéndoles nombres denigrantes. De hecho, en uno de los videos, en el último, para ser más específica, le decía al mismo Yonatan "mono tití". Me sentí extremadamente avergonzada por todo lo que estaba viendo. Mi hijo, mi propio hijo, al cual eduqué y le inculqué los mejores valores que pude, se estaba metiendo con la gente solo por el color de su piel. Me quedé muda, no sabía que decir.

            >Que paso? Ya no tienes nada que decir verdad? -Me escribió.

            >Oye...mira no sé qué decir. Estoy muy avergonzada. Yo no lo crié para que fuera así. -Le escribí.

            >Claaaaaro, claro. Ahora ya no es culpa de nadie su conducta. -Me escribió.

            >Es la verdad. Yo le he dado la mejor educación que he podido. -Le escribí. Me sentía desarmada, impotente.

            >Mira mujer,  no soy un estúpido. Este tipo de cosas por lo general comienzan en la casa, con padres racistas enseñandoles a sus hijos esta clase de cosas.

            >Yo no soy racista. -Le dije.

            >Como puedo saberlo? Suenas como una racista que acaba de ser expuesta.

            >Debe haber algo que pueda hacer para enmendar todo esto.

            >Claro, claro. Y ahora quieres que confíe en la mamá de un imbécil del ku klux klan.

            >Estoy hablando en serio. Algo podría hacer. No se, algún tipo de servicio comunitario o alguna donación. -Le dije. La verdad el divorcio me tenía bastante mal económicamente, pero creí que podría buscar algo de plata y donarlo a alguna ONG antirracista o algo así.

            >Nah. Puras estupideces. Para poder enmendar lo que hizo, puedes comenzar mamándome el güebo. -Me dijo. Al leer este mensaje, el mismo se borró automáticamente.

            >Disculpa? -Escribí, atónita.

            >Lo que leíste. -Me contestó. Este mensaje se destruyó también de forma automática a los pocos segundos.

            >Al parecer si eres estúpido. -Le escribí.

            >Tu crees? -Me escribió. Este mensaje también se eliminó automáticamente.

            >No lo creo, estoy segura. Solo un estúpido cree que voy a ir a chuparle el pito a un puberto. -Le escribí.

            >Vaya...tu hijo terminará entonces con algo más que unas costillas rotas. -Me escribió. Una vez más, se borró el mensaje a los pocos segundos de haberse leído.

            >No serías capaz. -Le escribí.

            >Quien me detendrá? Los amiguitos de tu hijo son unos idiotas debiluchos. Puedo con ellos fácilmente. -Me dijo. Este mensaje también se eliminó.

En ese momento me llegó una foto. Lo que mis ojos vieron mi mente se rehusaba a creerlo. Era una descomunal verga negra. Se veía gigantesca, gruesa, venosa. Inhumana. Lo vi fijamente, atónita, durante unos segundos. Estoy separada de Javier, mi ex, desde hace dos años. El papeleo del divorcio apenas había comenzado ese mes en el que estábamos. Pero tenía varios años ya sin ver una verga, estaba centrada en mis hijos. Y por supuesto, sin ver algo tan enorme como eso. La foto no se había borrado como el resto de los mensajes.

            >Te espero en el estacionamiento del instituto en una hora. Me lo vas a mamar. No llegues tarde. -Me dijo. El mensaje al igual que los anteriores se eliminó solo. (Para no sonar tan repetitiva, el resto de sus mensajes se eliminaron igualmente de forma automática.)

            >Esperas que chupe eso? -Le respondí.

            >Para comenzar, sí. -Me respondió.

            >Para comenzar? -Le escribí.

            >Apúrate. A tu hijo no le conviene que llegues tarde. -Me respondió.

No sabía qué hacer. Pensé que podría llamar a la policía, pero no tenía pruebas contundentes de que me haya dicho lo que me dijo. Tenía la foto, sí, pero no creí que pudiera probar nada. Además, no podía pasar por un problema de este calibre, estaba en pleno divorcio, y podría perder muchísimo dinero.

Vi el reloj. Tomé las llaves de mi carro, un Honda Civic azul del 2007, mi bolso, y salí de la casa para ponerme en camino al estacionamiento del instituto. No había mucho tráfico, por lo que llegué con diez minutos de sobra. Estacioné y me quedé dentro del carro a esperar. Era un campo abierto, y amplio, rodeado de árboles, jardines y aceras, en ese momento estaba solitario, mi carro era el único en el sitio. Ya a esas horas, las 6 de la tarde, no había nadie de la institución.

A los pocos minutos lo vi llegar a lo lejos. Venía caminando, vestido con una sudadera morada con capucha, la cual tenía puesta, y un mono deportivo Adidas, color azul algo chillón. Tenía, además, unas chancletas puestas con calcetines, algo extremadamente "tierrúo" como decimos aquí en mi país. Se veía más delgado que en las fotos, aunque la ropa que llevaba era bastante holgada. Eso sí, era bastante alto, más que yo, de hecho, que mido 1.73 mts. Y se le notaba el paquetote en la entrepierna al caminar.

Llegó hasta mi carro y me tocó la ventanilla del copiloto con un par de golpecitos. Yo bajé la misma y le detallé la cara. Vaya que era negro, muy negro. Sin mediar palabra alguna abrió la puerta quitándole el seguro y se sentó adentro.

            -Entonces, eres la mamá del racista. -Me dijo.

            -Mira, todo esto es un malentendido...-Comencé a decirle.

            -Ssshhhh -Me calló. -No tengo mucho tiempo. Ven, empieza a mamar. -Me dijo mientras se bajaba el mono. No llevaba ropa interior, y su verga quedó al aire. En persona se veía aún más grande, ya estaba erecto. Se notaban muchas más venas a lo largo y ancho de ese enorme güebo. Y además tenía una espesa mata de vellos en la base. El olor a verga y sudor inundó el interior de mi carro, así como también mis sentidos. Lo vi unos segundos sin palabras.

            -Dios mío...pero....eso...es...-No sabía que decir.

            -...Grande. -Completó él. -Dale, empieza a mamar, o me voy y a Ricardito le parto su cara de racista. -Me amenazó.

            -Espera, espera...es que...no esperaba...-Dije intentando ganar tiempo, aunque no sabía para que. No negaré que una punzada invadió mis entrañas. La verga de mi ex marido no le llegaba ni a la mitad. Y tenía ya bastante tiempo que no tenía acción así que la impresión que estaba teniendo en ese momento me excitaba enormemente.

            -Si me dices que espere una vez más se acabó el trato y tu hijito sufrirá las consecuencias perra. -Me dijo. El que me dijera "Perra" me pareció tan...tan...no sé cómo decirlo. Solo sé que esa palabra retumbó en mis genitales.

Ante la amenaza, acerqué mi rostro a su verga muy lentamente bajo su atenta mirada. La punta estaba brillante, húmeda. El olor era cada vez más fuerte, pero por algún motivo no me desagradaba, al contrario, me hacía desearlo más. Para cuando me quise dar cuenta, ya mis labios lo rozaban. Él me agarró por el cabello con firmeza y me terminó de acercar a su verga, restregándomela por la cara. Tenía mi boca cerrada, algo dentro de mí me decía que estaba mal. Tenía sentimientos encontrados.

Sin embargo, eso él lo soluciono sujetándome con más firmeza del cabello con su mano izquierda, mientras con la derecha sujetaba su monstruoso miembro negro por la base. Al tenerme quieta, comenzó a cachetearme con su verga de la forma más humillante posible, mientras me decía por cada golpecito "Abre - El - Puto - Hocico - Perra - Blanca". Yo obedecí, aunque debo admitirlo, deseaba hacerlo. Pero el que me tratara así detonaba dentro de mí una bomba de sensaciones hasta ahora desconocidas por mí. Sensaciones de humillación, debilidad, inferioridad...que me ocasionaban mucho morbo, excitación…y placer.

Metió su verga en mi boca luego de que yo obedeciera y la abriera, introduciendo poco menos de la mitad hasta que me atacó una arcada. Logré echar la cabeza hacia atrás en ese momento, sin embargo, él con fuerza me hizo devolverla hasta donde me la había tragado, volviendo a atacarme otra arcada. Intenté de nuevo retroceder, pero esta vez él no me lo permitió. Sujetó con suma fuerza mi cabeza y comenzó un mete y saca en mi boca que me provocaba más y más arcadas ya que me estaba llegando hasta la campanilla, haciéndome salivar un montón, escurriendo mis babas por su verga y sus bolas peludas. Logré aguantar las titánicas ganas de vomitar que me ocasionaba, y empecé de manera instintiva a masajearlo con mi lengua y a chuparlo mientras él seguía embistiendo a su ritmo. El sabor me confundía, era extraño, pero me encantaba. Sabía a hombre, a macho. A pesar de todo, no quería que se detuviera, me encantaba lo que me estaba haciendo.

Duramos unos minutos en esa posición. Para cuando caí en cuenta, él ya no sujetaba mi cabello, ya no embestía, sino que era yo la que subía y bajaba a lo largo de ese enorme falo negro adolescente por voluntad propia, succionando con gusto cada centímetro nuevo que me tragaba. Aún me faltaban unos cuantos más para llegar a tragármelo todo, pero por alguna razón, yo voluntariamente hacía el esfuerzo de hacerlo. Tenía su punta ya atravesando buena parte de mi garganta, lo que me seguía dando arcadas a morir, pero las aguantaba, quería tragarlo todo.

En ese momento él me comenzó a subir la franelilla desde la parte baja de mi espalda. Iba vestida con esa franela de color azul más un pantalón de jean holgado. Vamos que no estaba vestida para impresionar, desde hacía años no lo hacía, no me maquillaba, no me arreglaba el cabello. Desde el mero momento en que descubrí que mi marido me era infiel, me sentí tan poca cosa...y eso se reflejaba mucho en mi apariencia. Juraba que ya mis años mozos habían pasado. Que me cambiaban por no ser atractiva, por llegar a una edad en la que no tenía más nada que ofrecer. Por eso me sentí tan extraña cuando este chico comenzaba a quitarme la franela. Tanto, que me detuve en seco.

            -¿Que haces? -Le pregunté.

            -Te quiero ver las tetas. -Me dijo.

            -Eso está fuera de los límites. Acordamos que solo sería una mamada.

            -Los límites los impongo yo. Enséñame las putas tetas.

            -No, no lo hare. -Le dije con una autoridad tambaleante.

            -Ok. -Me dijo. Se subió el mono deportivo cubriendo su enorme verga erecta y empapada de mis babas. Abrió la puerta y se bajó del carro dando un fuerte portazo. Me bajé por mi lado a seguirlo.

            -Espera, ¿Dónde vas? -Le pregunté nerviosa. -¡No te lo he terminado de mamar!

            -Te dije que te quiero ver las tetas. Muéstramelas. -Me ordenó. Sus palabras autoritarias me retumbaban en todo el cuerpo. Se veía tan varonil hablándome así.

            -Ok, ok, tu ganas. Entra otra vez en el carro, te las enseño ahí y te lo sigo mamando -Le dije.

            -No. Quítate la franela y el sostén ya. -Me dijo. Yo me quede congelada. ¿Quería que me la quitara allí? -¡¡YAAA!! -Me gritó. Asustada, me quité la franela y el sostén, quedando así con mi torso desnudo en pleno estacionamiento del instituto. Por suerte no se veía a nadie transitando por ahí. -Pero que pedazo de tetas...-Dijo. me sentí halagada. Soy una mujer de pechos bastante grandes, tengo 105 centímetros, copa DD. -¿Son naturales? -Me preguntó.

            -Si...lo son...¿Podemos por favor meternos otra vez en el carro? Alguien podría venir...-Le dije, nerviosa, y con unas profundas ganas de seguir mamándole la verga.

            -Se ven muy perfectas para ser naturales -Me dijo. Me sonrojé ante sus palabras, hacía varios años que nadie me decía algo así. Se acercó a mí y me las agarró a su antojo, yo me dejé hacer. -Carajo...si son naturales. -Dijo mientras me las magreaba a gusto. -¿Qué edad tienes?

            -Cuarenta...y..seis...mmmmhhh...-Dije gimiéndole al final. Mis tetas son una de las zonas más erógenas de mi cuerpo. Los estímulos allí me excitaban, y en ese momento los que me hacía Yonatan me fascinaban.

            -¡Mierda! Y con dos hijos a cuestas...y las tienes bien paraditas y firmes...y suaves...se sienten genial, me gustan. Al rededor de mi güebo se deben sentir bien ricas. Y ese abdomen plano...esa cintura estrecha y curva...Con ese cuerpazo deberías ser una modelo, ¿Por qué vas tan desarreglada por ahí? -Me preguntó. -Mira ese pelo desaliñado...y esa cara de perra morbosa...le hace falta maquillaje. ¿No te arreglas 'pa tu marido?

           -Soy...mmmhhh....soy....divor...mmmhh..divorciada...-Dije entre suspiros y gemidos, con la respiración entrecortada. Este niño me estaba amasando las tetas muy rico mientras me criticaba y halagaba a la vez. Sus palabras parecían más bien una especie de regaño.

           -¿Divorciada? Vaya...¿desde cuándo no ves una buena verga?

           -Desde...hace... mmmhhh....cuatro.... cuatro... mmhh.. años... -Le dije. Si, tenía 2 años de separada, pero desde 2 años antes de esta separación, no había tenido sexo. Mi ex marido por aquella época no me tocaba si quiera. Claro, la puta por la cual me dejó, ya en esa época me lo mandaba con los huevos vacíos a la casa, y no tenía potencia para mí.

           -Ya veo...bueno, eso va a cambiar hoy. Quítate los pantalones. -Me ordenó.

           -Por favor Yonatan...estamos en un sitio público.

           -¿Crees que soy imbécil? Sé dónde estamos. -Me dijo, bajándose ligeramente la parte frontal del mono para mostrarme su verga que seguía erecta. -Si quieres más de esto, tendrás que hacer lo que yo quiero. Y yo quiero en este momento que te quites los putos pantalones. -Me dijo.

           -Yo..yo...por favor...-No sabía que decirle. Claro que quería seguir mamándole el güebo. Muy profundamente dentro de mí lo pedía a gritos. Pero todo me parecía tan mal...

           -Ahora. -Me dijo.

Me desbroché el jean y lo dejé caer hasta mis tobillos. Quedándome solo con unas pantaletas verdes que llevaba puestas en ese momento cubriendo mis genitales. Yonatan dio una vuelta caminando alrededor de mí, inspeccionándome. Eso me ponía nerviosísima...y me excitaba también.

            -Pero que buen culo...y que buenos piernones te gastas mujer. Y esas caderas anchas...Sin duda te tiraste al abandono. -Me dijo. Pasó una mano por mis nalgas, para amasarlas a placer. -Y esas nalgotas...duras y firmes. ¿Las ejercitas? -Me preguntó.

            -No...desde hace tiempo no me ejercito. -Le confesé.

            -Pero tienes un cuerpo que más de una perra de mi edad desearía tener...¿Cuáles son tus medidas?

            -La...la ultima vez que me las tomé eran 105 - 63 - 95. -Le dije.

            -Genial...y aún se conserva excelente...entra en el carro. -Me ordenó. Yo me agaché para subirme los pantalones de nuevo. -No. Deja los pantalones aquí afuera. Y la franela ahí tirada en el piso. Quítate los zapatos también.

            -Pero...pero. -Intenté protestar.

            -Obedece. -Me dijo.

Obedecí, quitándome los zapatos y quedándome solo en calcetines y con las pantaletas puestas. Él rodeó el carro y se volvió a sentar en el puesto del copiloto. Se bajó el mono nuevamente y pude ver una vez más esa fantástica verga, la cual me quedé observando durante unos segundos. -¿Y bien? No se va a mamar solo. -Me dijo.

Inmediatamente me le acerqué y comencé a mamárselo. Me sentía sexy, a pesar de que me dijo que estaba muy descuidada, pero que le gustara mi cuerpo me hacía sentir genial, deseada. Y excitada.

Recosté mi cabeza de su abdomen y comencé a mamar cómodamente esa vergota inmensa, poniéndome de rodillas en el asiento del piloto con el culo en pompa hacia la ventana. Él aprovechó la posición para jalar mis pantaletas a modo de "calzón chino", haciendo que la tela se me metiera entre las nalgas. Acto seguido magreó mi culo durante un buen rato mientras yo le seguía mamando el güebo con deseo y pasión, lamiendo y jugueteando con la punta, tragándomelo lo más que podía...volviendo a sacarlo, acariciándole las bolas peludas y mojadas ya por las babas que escurrían hasta ellas.

Luego de unos largos, pero muy deliciosos minutos así, me hizo levantarme, para reclinar el asiento hasta quedar bien acostado. -Ven perra, clávate tu solita en mi verga... -Me ordenó. Yo me quedé titubeante ante él. Estaba bien mojada, lo deseaba en el fondo...pero estaba mal. Muy mal.

            -Espera...Yonatan, es incorrecto...-Le dije.

            -Yo decido lo que es incorrecto y lo que no. -Me dijo

            -No...no puedo...tú no tienes edad...yo soy muy mayor...

            -Y aun así estas semidesnuda para mí y me lo has estado mamando. -Me dijo. Me pasó la mano por mis genitales, sobando mi bollito por encima de la tela de la pantaleta. -Además, estas chorreando...tienes ganas de esto.

            -Yonatan...esto está mal...-Le dije.

            -No voy a repetírtelo. Clávate tu misma YA. -Me ordenó.

            -Por favor...Yonatan...por favor. -Dije suplicante. Si, no mentiré, a esas alturas lo deseaba con locura. Pero estaba mal.

Se levantó del asiento, se subió el mono una vez más y se bajó del carro, alejándose caminando. Fue ahí cuando mi lujuria me hizo moverme. Me bajé del carro y corrí tras él, con las pantaletas metidas entre mis nalgas, caminando en calcetines.

             -¡Espera! -Le dije mientras corría tras él. -¡No me dejes así! -Le dije tomándolo por el brazo al alcanzarlo. No me importó que pudieran verme en ese estado.

            -Suéltame, no tengo paciencia para perras estúpidas como tú. -Me dijo, zafándose de mis manos.

            -¡No! ¡No! -Exclamé desesperada. Por alguna razón se me aguaron los ojos. Supongo que fue por el impacto de aceptar para mí misma que no quería que se fuera, sino que me cojiera. Tanto tiempo descuidada y con sus palabras me hizo sentir deseada. Me gustaba sentir eso de nuevo. Me puse de rodillas y abracé una de sus piernas. -¡Por favor! -Sollocé. -¡Haré lo que quieras! ¡Perdóname! Pero no te vayas...¡Cojeme! -Le supliqué.

            -Jajajaja -Carcajeó él. -Te gustó mi güebo ¿No?

            -Si...si...me gusta...-Le dije.

            -Entonces entiende de una vez por todas: Yo tengo el güebo, yo pongo las reglas. Y tú las seguirás ciegamente. -Me dijo, con prepotencia. Yo sabía que esto podía terminar muy mal...pero sentía la necesidad de entregarme a él. -Di que lo entiendes. -Me dijo.

            -Entiendo. Tu pones las reglas...tu...tu mandas. -Le dije. Y decirle eso último, el "tu mandas", por voluntad propia, me excitó un montón.

            -Bien. -Me dijo.

Me tomó por el cabello, y con mucha habilidad, me hizo poner a cuatro patas, para llevarme así gateando de vuelta al carro. Se metió él primero, acostándose en el asiento del copiloto que seguía con el respaldo reclinado del todo, y una vez más, se bajó el mono hasta los tobillos. Esta vez no hizo falta que me ordenara nada, yo misma me ubiqué sobre él con mis piernas abiertas a cada lado de su cuerpo, no sin antes cerrar la puerta del copiloto. Haciendo la pantaleta a un lado, comencé a bajar lentamente para, como él me había ordenado previamente, clavarme yo misma en esa magnífica verga negra que a pesar de todo no había perdido la erección. El solo sentir la punta de su verga rozar mis labios vaginales fue algo que me llenó de placer y me hizo temblar de gusto. Suspiré entrecortadamente mientras yo empezaba a clavarme lentamente, tragando primero su glande, enorme, grueso, sintiendo como mis paredes vaginales se abrían lentamente y con facilidad debido a la gran cantidad de flujo que manaba de mis genitales. Él estiró un brazo y me agarró la teta derecha. Fue un apretón nada suave ni gentil, pero que me excitaba sobremanera. Una risa maliciosa adornaba su rostro, y en un momento dado, cuando comencé a gemir violentamente dado que ya su verga, que no iba ni por la mitad, estaba llegando a puntos que nadie antes había llegado, comenzó a carcajearse.

            -Jajajajaja -Se reía.

            -¡¡Aaahh!! ¿¿Qu-que pasaaaaahh?? -Pregunté entre gemidos.

            -Me da risa saber que vine buscando cobre y encontré oro. -Me dijo.

            -¿C-c-comoh asiih?

            -Vine buscando mamada de una puta racista. Y ella terminó dándome más que eso. Y loca por mi verga, porque esto lo estás haciendo más por el hecho de que quieres mi güebo que por cuidar al puto de tu hijo, el cabrón.

Yo me quedé callada y solo me limité a gemir, a sentir lo rico de su verga. La verdad tenía razón, esto lo estaba haciendo por su verga, porque la deseaba. Desde hace rato no mencionaba a mi hijo, de hecho, prácticamente me había olvidado de él, la causa principal de que yo haya acudido a esta cita. Cuando me bajé del carro por primera vez a convencerlo de que se quedara, lo hice porque quería seguir mamándole la verga. Y la segunda vez le rogué de rodillas que se quedara para que me cojiera. Esta gran verga negra había sacado a mi hijo de mi mente, y con mucha eficacia, porque a pesar de que él me lo mencionaba en ese momento, mi prioridad seguía siendo darle placer a este nene negro que estaba cabalgando en ese momento. Me hacía sentir bien a pesar de su conducta dura y rebelde. Su verga me tenía presa del placer.

Para cuando tuve mi primer orgasmo, no había llegado a ensartarme por completo en él. Aún me faltaban unos centímetros de carne dura por meterme. Ni siquiera habíamos empezado el acto como tal, no hubo sube y baja, no hubo mete y saca, no hubo bombeo. Simplemente su verga estaba llegando a rincones de mis entrañas que nunca antes habían sido explorados por nadie. A pesar de haber tenido dos hijos, y de mi edad, mi cuquita tenía mucho que dar al parecer. -¡¡¡¡AAAHHhhaaaHHHAAAHHHhh!!!! ¡¡M-MEHHHVEEEeehhHHHNGOOOooooHhOOhhh!! -Exclamé fuertemente entre violentos temblores que recorrieron mi cuerpo entero como si fueran un terrible terremoto cuyo epicentro era lo más hondo de mi cavidad vaginal. Me incliné hacia adelante y caí rendida en el pecho del chico quien no soltaba mi teta, jugueteando con ella a sus anchas.

A los pocos segundos, en esa misma posición, él comenzó a bombear poco a poco mientras yo yacía inerte y perdida en los mares del placer. Sentía que las fuerzas habían abandonado mi cuerpo y la razón mi mente. No me importaba más nada en el mundo en ese momento, solo el chico que me estaba metiendo la verga. Con ese orgasmo sentí un lazo, un vínculo, algo que me ataba a él. Sentía la necesidad de complacerlo, de satisfacerlo. Para cuando volví en mí, sentía que era otra mujer distinta. Me sentía más jovial. Sentía un propósito. Y lo estaba sintiendo dentro de mí, bombeándome suavemente el bollito empapado.

Me erguí nuevamente apoyándome en su pecho con mis propias manos, el aprovechó para, con su mano libre agarrar mi otra teta. Dejó de mover su pelvis en el momento en que yo comencé a menear mis caderas arriba y abajo. Tenía tiempo sin hacerlo, pero los movimientos me salían de lo más naturales, a un ritmo delicioso, que me hacía bajar cada vez más y más, hasta el momento en que ya lo metía dentro de mí por completo. "Clap clap clap" comenzó a escucharse en el interior del carro el sonido de nuestros cuerpos chocando, de mis jugos chapoteando en mi vulva chorreante.  -Ahhh, ahh ahh siiih ahh skkk siii sigue, siguehh no pares perra sigue, maldita que rica sigue, así sigueggggghh -Decía él. Me gustaba que me dijera esas cosas. Me hacía sentir sucia, guarra, y me fascinaba. Mis gemidos acompañaron a los suyos mientras me movía para su placer, viéndolo a los ojos, sonriéndole de gusto. Él jugaba con mis tetas a sus anchas, me encantaba la sensación, me fascinaba que me las amasara a gusto, que me pellizcara los pezones, que los retorciera para provocarme un rico dolor, una rica tortura que no quería que se terminara jamás.

Luego de un buen rato, él me tomó la cabeza con ambas manos, y moviéndose, hizo que cambiáramos la posición, quedando ambos recostados de lado en el asiento reclinado, pero viéndonos de frente. Él pasó a bombear a sus anchas, con un ritmo mucho más frenético que él que yo llevaba. Con su mano derecha soltó mi cabeza y enganchó con su brazo mi pierna izquierda, la cual subió hasta que mi propio muslo tocara mi teta izquierda, aferrándose con su mano nuevamente a mi cabeza. La posición me incomodó bastante, tenía años sin ejercitarme, mi flexibilidad estaba algo oxidada, pero aun así no me importó el dolor que sentí. De hecho, me gustaba.

Mientras el poseía mi cuerpo, con sus ojos tomaba control de mi alma. Nuestros rostros estaban a escasos centímetros, tenía ganas de besarlo en la boca. Sin embargo, no me atreví a hacerlo. Por alguna razón sentía que él tenía el control, y no quería contrariarlo con mis deseos. Me dejé follar durante un buen rato que debo confesar, se me hizo muy, muy corto, deseaba que ese momento no terminara. Sin embargo, me sacó su enorme güebo negro de mi cuca anegada ya de flujos vaginales, dejándome temblorosa y deseosa de más.

            -No...no...noohhh..por..pooohr favoohhhhrrrr métemelo métemelo métemelo te lo ruegohhhh -Supliqué entre distorsionados gemidos.

            -¿Lo quieres adentro de tu bollito otra vez? -Me preguntó.

            -Siiiiihhh siiiihh siiiiihhh -Respondí con creciente desespero.

            -Bien...te lo volveré a meter...pero primero quiero explorar más. -Me dijo, liberando mi pierna del brazo con que me la tenía enganchada, para acto seguido y en una demostración de hombría romper mis pantaletas, así como también quitarme los calcetines, dejándome totalmente desnuda y descalza para él. -Tienes unos pies bonitos, pero esas uñas mujer...están simples...-Me dijo, criticando las uñas de mis pies. Como ya he dicho mil veces, estaba muy descuidada por mi rol de ama de casa y madre separada. No me quedaba tiempo para ser coqueta. Su comentario me hizo sentir fea, y me llenó de tristeza y preocupación. Era increíble como tenía esa habilidad para llevarme de sentirme hermosa y viva, a fea y simplona. Humillé la mirada ante ese comentario. Él se pasó al asiento de atrás, sentándose en él. -Ponte en cuatro, enséñame bien ese culo -Dijo, encendiendo la luz del techo. Yo, diligentemente, obedecí su orden, con preocupación. Preocupación de que viera algo más que no le gustara de mí. Me tenía loquita. -Mira nada más esto...mujer, tienes un culo muy bueno...

            -¿Te...te gusta? -Le pregunté con esperanza temerosa. Esperanza de seguir agradándole.

            -Claro...-Dijo, posando sus manos en ambas nalgas para sobar suavemente. Podía sentir su mirada examinando cada poro de mi piel, así como su tacto. Me sentía aliviada al saber que le gustaba mi culo. -¿Te han cojido por el culo alguna vez?

            -N-no...n-n-nunca. -Dije con cierta preocupación. Tenía miedo de que se antojara de eso. Jamás me lo habían metido por ahí, y no sabría qué hacer si el deseaba hacerlo. Por un lado, me daba miedo, he oído que duele horrores y hasta puedes sufrir desgarros, sin olvidar de lo antihigiénico que era. Por otro lado, no quería negarle nada a este chico, quien de forma tan repentina pasó de ser el imbécil que golpeaba a mi hijo, a convertirse en un Dios. Mi Dios de ébano.

            -Hora de cambiar eso. -Dijo, abriendo mis nalgas para dejar claramente al descubierto mi agujerito anal, palpitante, temeroso de quien se iba a convertir en su dueño de forma inevitable. Porque si, yo sabía que, por mucho que protestara, él me iba a terminar metiendo su verga por el culo.

            -Pero...pero...eso lleva preparación...e-entrenamiento...-Dije, en un intento de retrasar lo que ya dije que era inevitable. No me quedaban ganas de discutirle nada. De hecho, en lo más profundo de mí, no quería negarle nada. Pero aun así el temor me hizo ponerle peros.

            -Yo sé bien como romper culos de putas blancas como tú. -Me dijo.

            -Pero....

            -¿Quieres sentir mi verga dentro de tu cuca otra ves? -Me preguntó interrumpiéndome.

            -¡¡¡Siiiii siiii lo necesito!!!

            -Entonces la sentirás primero en tu culo, y después te lo meto en el bollo. Fin de la discusión. -Me dijo de forma tajante dándome una fuerte y sonora nalgada que me hizo dar un saltito gracioso en el asiento y me sacó un gemidito de dolor y placer. Me pareció tan varonil, tan macho alfa, tan hipnotizante y excitante. Él tenía la última palabra. Él decidía.

Comenzó a sobar con un dedo mi agujerito anal, lo que me hacía apretarlo de forma refleja. Recorría los alrededores con ese mismo dedo con mucha maestría, lo que me hacía poner la piel de gallina, además de temblar. Jugó así, a los roces, durante unos minutos, para luego acercar su mano izquierda a mi boca. -Escupe. -Me ordenó. Yo obedecí y escupí un poco. -No mujer. Escupe más. Escupe bastante. -Me dijo. Yo obedecí y comencé a extraer saliva con mi boca, para escupir varias veces más en su mano. Cuando ya había bastante saliva espesa en su palma, retiró su mano nuevamente y comenzó a untarla en mi ano a consciencia, masajeándolo suavemente. Ese sería el lubricante.

Unos segundos después, como pudo, se medió levantó del asiento y con su torso pegado a mi espalda, me acerco su miembro negro y duro. El roce de su glande entre mis nalgas me hizo estremecer. "Es hora" fue lo único que pensé. Si, era hora de perder mi virginidad anal, y nada más y nada menos que con el mismo chico que manda a mi propio hijo bien golpeado y humillado a casa, chico que en ese momento era el amo y señor de la situación y de mi cuerpo.

Comenzó a empujarlo contra mi ano. -P-por favor p-papi...s-se suavecito...por...por fis...-Le rogué. Pude sentir una ligera carcajada suya en mi nuca. Le divertía mi actitud sumisa y suplicante. Y no sabía si sentirme humillada o complacida de causarle diversión. Siguió empujando con más presión, sin embargo, mi agujerito no cedía, por reflejo yo lo apretaba. Y me dolía. -Ayayayayay -chillé, aunque sin armar un escándalo. Decidió cesar en este primer intento, retrocediendo y sentándose de nuevo.

            -No mentías cuando dijiste que no lo has hecho por ahí. -Me dijo, sobando de nuevo mis nalgas suavemente. -Tal parece que debemos comenzar por algo más pequeño...-Dijo. volví a sentir un dedo suyo recorriendo mi ano embadurnado de babas. Lo hacía de forma circular y suave. Unos segundos después, comenzó a hacer presión, encontrando de nuevo mi resistencia refleja. -Relaja el culo mujer...será lo mejor para ti, porque de que va a entrar, va a entrar, y te va a doler, pero de ti depende si te duele más o menos. -Me dijo.

Yo obedecí, y relajé el culo lo más que pude, sintiendo como su dedo se abría paso con facilidad en mi agujero e ingresaba a mi recto. -Eeeeeso...buena chica...-Dijo él, lo que me agradó, a pesar del dolor que sentía, el cual debo admitir que fue un dolor...excitante. Yonatan comenzó a dedearme el culo primero con suavidad y lentitud, pero aumentando la intensidad poco a poco hasta llegar a un ritmo más o menos rápido y medianamente fuerte. -Aaaahhhh mmhhhh mmmhhhh ahhha ahhhhh ay ay mmmmhhh ayhhahhhhh -gemía yo para él, la mezcla de dolor y placer era deliciosa, sublime. Era la primera vez que sentía algo así, y me gustaba.

Luego de unos minutos de dedo, comenzó a hacer presión con un segundo dedo más, sin sacarme el primero. Al sentirlo mi cuerpo dio un respingo. Giré mi cabeza para verlo suplicante. Sin embargo, ni siquiera yo sabía por qué suplicaba, si porque me dejara tranquilo el culo, o porque siguiera y no se detuviera en sus intentos. Él me dio una fuerte nalgada y siguió forzando el segundo dedo, el cual, luego de un par de minutos de insistencia de su parte, logró entrar. -Aaayyyyaayyyay mmmhhhh -Chillé y gemí. Me dolía horrores. Pero me excitaba demasiado. -¿Te gusta? -Me preguntó. -Siiiiihhh -Le respondí con un gemido mezclado. -Jajaja puta... -Me dijo. Siguió dedeando cada vez con más fuerza e intensidad por unos minutos, girando los dedos dentro de mi culo, moviéndolos, haciéndome gemir y sufrir. Mi cuerpo temblaba al ritmo de su penetración. Me sentía poseída, humillada, pero plena, viva. Me gustaba.

Luego de unos minutos me sacó los dedos lentamente. Sentía mi culo abierto, palpitante. Me sentía rota, sucia. Sin embargo, no se comparaba a lo que vendría después. Acercó su otra mano a mi boca. -Escupe -Me ordenó. Yo obedecí, y esta vez escupí bastante en su mano, como él ya me había enseñado. Y como la vez anterior, una vez tuvo bastante de mis babas en ella, la retiró, sin embargo, no me la untó en el culo, que me dolía y palpitaba. Giré de nuevo mi cabeza hacia atrás y pude ver que estaba untándolo en su verga erecta. "Ahora sí...es la hora" pensé. No pude evitar temblar de miedo. Pero ahora, una parte de mi quería tenerlo adentro de mi culo. Y no era por el hecho de querer complacerlo, sino porque me había gustado sentir sus dedos dentro de mí y quería más. En ese corto rato él me había convertido con maestría en una autentica perra necesitada de carne en mi culo, algo que jamás siquiera imaginé que llegaría a desear.

Se paró de asiento como en el primer intento, recostando su torso de mi espalda una vez más, ubicando su cara en mi nuca. Sentía su respiración, su aliento que me parecía en ese momento exquisito. Sentí la punta de su glande, frio por las babas pero duro e imponente, en la entrada de mi ano. Comenzó a empujar lentamente y ahí si empecé a sentir como mi agujerito se ensanchaba mucho más que con sus dedos. -Relájalo perra. -Me ordenó. Yo obedecí, pero el dolor era intenso. Sin embargo, no gritaba, solo mantenía mi boquita abierta en un gemido que no lograba salir del todo, a diferencia de mis lagrimas que sí que salieron de mis ojos, brotando en respuesta a la penetración, expresando el dolor que sentía. Sentí como los dedos de mis pies y de mis manos se retorcían y apretaban con violencia. Sin embargo, Hice todo lo humanamente posible para mantener mi culo relajado, sin apretarlo.

Su verga fue entrando cada vez más, estirando mi recto estrecho, ensanchándolo, recalibrándolo a su medida. Sentía cada milímetro de carne entrar en mí. Mis lágrimas no paraban de manar de mis ojos, así como mis babas de mi boca, ni mis jugos vaginales de mi cuca, porque sí, el dolor era inmenso, muchísimo, pero el placer era indescriptible, placer causado sobre todo por esa sensación de plenitud, de propósito, de vida. -Ten, prueba. -me dijo Yonatan al oído, metiendo en mi boca abierta los dedos que había metido en mi culo segundos antes, dedos que chupé y saboreé con deseo, pasión, y lujuria, encontrando un sabor exquisito en ellos. Me encantaba lo que me estaba haciendo, en lo que me estaba convirtiendo, me fascinaba como este chico me estaba llevando a cruzar los límites que ningún otro hombre, ni siquiera mi ex marido, me habían hecho cruzar antes.

Con su otra mano se apoderó de mis tetas, las cuales una vez más comenzó a magrear, pellizcar y retorcer a su antojo, mientras con sus dedos me follaba la boca y con su verga me taladraba el culo a sus anchas. Estaba perdida en un mar de placer agitado por una hermosa tormenta de dolor y sufrimiento, la cual disfrutaba y gozaba a cada segundo que pasaba, suplicando que no acabara nunca este momento, implorando desde lo más profundo de mi ser por más.

Su verga no se detuvo hasta que su pelvis se recostó completamente de mi culo, y aun así avanzó un par de centímetros más, aplastando mis carnosas nalgas duritas contra mí misma para alcanzar el más recóndito rincón de mis entrañas. Sin darme tiempo a acostumbrarme a su imponente presencia en mi interior, lo comenzó a sacar unos centímetros para luego volverlo a meter, comenzando así un lento y suave mete y saca. Con la mano que él tenía en mi cara con dos dedos en mi boca, me hizo estirar la cabeza hacia atrás para verme a los ojos, estando los míos casi totalmente blancos. Apenas podía verlo, sin embargo, ya no me parecía el chico irritable, aprovechado y estúpido que golpeaba y se metía con mi hijo. Ahora era mi amo, mi señor, mi dueño, mi Dios, algo invaluable, algo inalcanzable, y esperaba que con mi mirada pudiera entender lo que pasaba por mi mente. "Gracias, gracias, gracias" era lo que pensaba. Gracias por ser suave con mi culo, a pesar de no merecerlo. Gracias por cojerme a pesar de no merecerlo. Gracias por halagarme a pesar de no merecerlo. Gracias por todo lo que me daba a pesar de no sentirme en ese momento merecedora de tanto placer y plenitud. Sus embestidas fueron aumentando de intensidad con el pasar de los minutos, ambos gemíamos de placer.

            -¿De quién es ese culo? -Me preguntó, sacándome los dedos de la boca pero sin soltar mi cara, la cual sujetaba por la quijada, viéndome a los ojos.

            -¡T-tuyohh! -Respondí entre gemidos.

            -¿Y esa cuca?

            -¡Tuyaaah tuya tuyaaahh!

            -¿Y esas tetas? -Me preguntó apretujándome la teta derecha con fuerza y haciéndome sentir su brazo pasando por la izquierda apretándola contra mi ser, ya que era su mano izquierda la que tenía control de mis pechos.

            -¡Tuyas t-tuya...s...tuyaaahhhss

            -¿Quien es una buena perra?

            -¡Yo! ¡Yo sooohhy una perraaahh! ¡Mmmhhhg! ¡Aaahh! ¡Tu perraaaaaggh!

            -Ladra para mí, perra.

            -¡WooHhh...oof! ¡Woooof!

            -Jajajaja -Se echó a reír al oírme ladrar.

Siguió castigando mi culo con una fuerte penetración de intensidad constante, haciéndome apretar ligeramente el culo para mayor placer de él. Su aguante y energías eran inigualables, me encantaba todo lo que sentía a pesar del dolor que seguía presente, el cual también gocé perdidamente. En ese instante noté como mi teléfono comenzaba a sonar. Ricardo, mi hijo, me estaba llamando. En ese momento mi hijo necesitaba de mí. Mi instinto materno me decía que detuviera todo y atendiera. Era mi hijo.

Sin embargo, lo que hice fue colgar la llamada. Me sentí como una autentica perra sucia y degenerada al ver su nombre y su foto en la pantalla del teléfono y el letrero de "Llamada rechazada" encima. Estaba anteponiendo al chico que golpeaba a mi hijo por encima de él. Inmediatamente volvió a llamarme. Y yo, sin titubear, volví a colgar. Y él volvió a llamar.

            -Atiende. -Me dijo Yonatan.

            -¡N-nooh! -Dije. -¡No eeehhss aaahhh! ¡No es ne...ceeehh...saaarioooohhh!

            -¿Ah No? ¿Quién es?

            -¡Na-nadieeh! -Dije.

            -Dime quien es perra. -Me ordenó, usando una voz mucho más autoritaria que la que ya venía usando desde hacía rato y que me hizo estremecer hasta la punta de mis cabellos.

            -¡P-Por favor papiiihhh! -Rogué. Me dio una fuertísima cachetada a modo de castigo que me acercó al orgasmo de forma brutal e intensa.

            -No te volveré a preguntar, perra.

            -¡Es Ricardo! ¡E-es m-mi hooiijooooh! -Confesé.

            -¿Sabes lo que eso significa?

            -¡N-no...nooohh seeehh!

            -Significa que vas a atender esa llamada, y mientras hablas con él, yo te voy a cojer ese culo más y más duro y tu ve a ver como controlas tus chillidos y gemidos puta. -Me dijo.

            -¡P-p-p-por favor papi! ¡¡Eeeehh aaahhhhghh!! ¡Eso noohh! -Rogué. En eso la llamada se cayó.

            -Si, eso sí. Ya dije. Devuélvele la llamada. O si quieres lo llamo yo. -Me dijo

            -¡No! ¡No! Yohh looooh hagoohh. -Dije. Tomé mi teléfono y lo llamé.

            -Pon el altavoz. -Me ordenó mi cruel dueño. Yo obedecí.

            -¿Alo mamá? -Me respondió mi hijo. En ese momento su bully comenzó a empalarme con, no el doble, sino el triple de fuerza con que lo hacía. Yo, adolorida, pero excitadísima, comencé a llorar. Lloraba porque quería gemir a mis anchas, pero debía contenerme. Lloraba porque quería correrme, pero debía contenerme. Lloraba porque estaba traicionando a mi hijo, y aún así lo estaba gozando como puerca. -¿Mamá? -Volvió a preguntar él por el altavoz. Las palabras no me salían. Me llevé las manos a la boca apoyando mis codos en el asiento para contener los gritos de placer que querían salir de lo más profundo de mi ser. -¿Mamá, que suena, estas bien? -Preguntaba. Lo que sonaba era la pelvis de mi castigador estrellándose contra mi culo en una penetración dada sin ningún tipo de remordimiento ni piedad. -Alooooo -Dijo mi hijo. Yo sentía que si quitaba mis manos de mi boca y la abría se me iba a salir el más sonoro e intenso orgasmo de mi vida. Por suerte, Rodrigo terminó colgando la llamada.

            -¡¡¡¡OOOOOOHHHHHHHHHHH DIOOOOOOOOOOOOOSSSSS MIOOOOOOOOOHHHHHHHHHH YONATAAAAAAAANNNNNNN AAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!! -Grité luego de quitar las manos de mi boca. Sentí que de mi cuca salían disparados largos chorros de flujo en el primer squirt de mi vida. Perdí total control de mi cuerpo, el cual convulsiono violentamente, aún empalado por mi dueño. El orgasmo no solo era el más intenso que había tenido en mi puta vida, sino también el más largo, ya que duré como dos minutos temblando, corriéndome como la cerda más guarra y sucia del mundo, meándome de gusto y sin ningún tipo de contemplación.

Para cuando el orgasmo comenzó a bajar su intensidad, Yonatan detuvo la penetración, con la verga enterita adentro de mi culo, dejándome bien rellena y ensartada. Las convulsiones fueron cesando lentamente, hasta convertirse en temblores suaves y placenteros. Quedé con la cara pegada al asiento, llorando aún, pero de placer, con mi culo en pompa. Yonatan me tomó del cabello y me hizo erguirme, yo me dejé guiar, en ese momento no tenía energías, no tenía voluntad. Estaba abandonada a sus deseos. Yonatan guió mi cabeza con facilidad para llevar mi rostro al suyo, y plantarme un profundo beso en la boca, con su lengua invadiendo cada rincón de mi hocico.

Ese beso terminó de quebrar mi ser. Significó mucho más de lo que imaginé. Con ese beso ya no solo se proclamaba amo y señor de mi cuerpo, sino también de mi corazón y de mi alma. Con ese beso, terminó de hacerme suya por completo.

Luego de un largo rato, que una vez más se me hizo corto, me liberó. Se echó hacia atrás para sentarse en el puesto trasero nuevamente, sacándome la verga del culo, haciéndome sentir un desesperante y enorme vacío. Pero no dije nada. En ese momento, era como si mi cerebro se hubiera reprogramado para aceptar las acciones, deseos y caprichos de Yonatan sin ningún tipo de queja, sin rechistar, sin importar nada. -Ven y mámamelo. -Me ordenó.

Yo obedecí, aún temblorosa por el orgasmo, me di la vuelta a cuatro patas sobre el asiento. Cada vez que apoyaba una rodilla, me daba una horrorosa pero placentera puntada en el culo, el cual sentía palpitar al ritmo de mi acelerado corazón, sin mencionar que sentía un fuerte ardor en él, así como el aire que circulaba por mis entrañas a sus anchas. Pude ver el desastre que había hecho en la parte trasera del carro. Los flujos vaginales mezclados con mi orina. Un ligero pero asqueroso olor manaba de su verga a pesar de, para mi sorpresa, no haber restos a lo largo y ancho de su pene. Pero nada de eso me importaba. Como pude, me metí entre sus piernas pisando los charcos de fluidos dispuestos en el piso del carro. Y sin asco, me metí su verga en la boca, viéndolo a los ojos, con mirada agradecida. Comencé a mamar sin ningún tipo de estupor, era una orden suya, era su deseo, y yo debía obedecerle. Era su perra. Su mascota fiel.

Tragué lo más que pude de su verga, saboreando con esmero cada milímetro. Sabía que le gustaba verme sucia y humillada, y de ahora en adelante haría lo posible por degradarme para él. En ese momento, en mi mente él tenía derecho a todo. Y si quería seguir pateándole el culo a mi hijo, podría hacerlo. No necesitaba ya excusas ni nada, por mí, él podría patearlo y golpearlo cuando le saliera del forro de las hermosas bolas que yo comenzaba a acariciar con mis manos en ese momento.

Había llegado a ese estacionamiento como una madre responsable y preocupada, pero iba a salir como una basura de mujer. Y si eso era lo que él quería, así sería. Estaba ahí para ser y hacer lo que ese chico quisiera.

Mamé con diligencia su verga. La metía lo más que podía, hasta el fondo de mi garganta, con las ya sabidas arcadas atacándome inclementemente. Sin embargo, estas ya no me importaban, las dejé salir, vomitando en su escroto un par de veces. Esto no le importaba a él, al contrario, le divertía, y eso me gustaba, tanto, que en una de esas metí por completo su güebo en mi boca, con sus bolas llenas de toda clase de flujos chocando en mi mentón y mi nariz hundiéndose en la espesa maraña de pelos sudados y sucios de su pubis, enterrándola en su piel. Saqué la lengua como pude para masajear sus bolas mientras sentía como un buen chorro de babas y vómitos escurría por ésta hasta su escroto. Mantuve la posición unos largos segundos hasta que lo saqué por completo. En ese momento, Yonatan me daba mi teléfono. Había marcado a Rodrigo de nuevo y lo había puesto en altavoz. Esta vez no me asusté, al contrario, comencé a mamar sus bolas, sorbiendo todos los asquerosos fluidos que las embarraban con gusto.

            -¿Alo mamá?

            -Hola hijo. -Dije, para seguir mamando las bolas de Yonatan de forma ruidosa, sin importarme que se oyera.

            -¿Dónde andas? ¿Que suena?

            -En la calle, Dándome un banquete.

            -¿Que comes?

            -Un buen trozo de carne en vara, bien jugosa y magra.

            -¿Me vas a traer?

            -No. ¿Qué querías?

            -¿Estas molesta?

            -Que Quieres Rodrigo Andrés...

            -Era para saber dónde estabas...es tarde y no has llegado.

            -Cuando termine aquí voy para allá.

            -¿Y cuándo es eso?

            -No sé....

            -Pero mamá...tengo hambre.

            -¿Y? Hazte un pan con queso.

            -¿Pero no me traerás carne?

            -Mira Rodrigo, estoy muy ocupada ahorita. Y tenemos que hablar.

            -¿De qué?

            -De cómo te metes con los chicos de color del instituto.

            -¿Que? Pero...¿Como sabes que...?

            -Ah, es que no lo niegas. Por eso es que llegas a la casa jodido. Pero bien merecidos que te tienes esos coñazos. Y ya verás cuando llegue a la casa.

            -¡Pero mamá! -Colgué el teléfono, y lo tiré a la parte delantera del carro.

            -Entonces...-Dijo Yonatan. -¿Vas a castigar al cabrón?

            -Claro. Se lo merece por todo lo que ha hecho. Y permíteme por favor pedirte perdón por todas las molestias que te haya ocasionado Rodrigo. -Le dije, para hundir mi cara sin ningún tapujo en sus peludas bolas empapadas de mezcla de fluidos corporales de toda clase.

Mamé y lamí ambas bolas con gusto y deseo, paseándome de una a otra con gusto, mientras con mis manos pajeaba suavemente su verga dura y erecta, que respingaba bastante en respuesta a la atención que le daba a sus bolas con mi boca. Sin embargo, no duré mucho en ellas, quería degradarme más para él, por lo que con suavidad y mucho cuidado, como si moviera algo de cristal, alcé sus bolas para lamer, besar y mamar su zona perineal y seguir mi camino hacia su culo. Esto lo excitó muchísimo, a juzgar por el brinco sorpresa que pegó en el asiento. Nunca antes había siquiera besado las bolas de un hombre, y ahí estaba yo, perdida y abandonada a una degradación voluntaria, mamándole el culo con apetito voraz al bully de mi hijo.

Fue cuestión de minutos para que, con mi lengua consintiendo su sucio ano, mi mano derecha pajeándole con dedicación su verga, y mi mano izquierda sobándole las bolas, y restregando el resto de mi cara con esmero en sus genitales, Yonatan comenzara a correrse entre potentes rugidos y temblores de placer. Para mí, ese chico sonaba como un león mientras se corría, lo que me hacía adorarlo más. Durante unos segundos estuvo corriéndose, conmigo intensificando mis acciones en sus genitales, hasta que con una mano jaló mi cabello para separarme de su cuerpo. Mi cara estaba llena de mis babas y restos de mi vomito, estaba asquerosa, pero no me importaba. Esa era mi nueva zona de confort. Entre las piernas del bully de mi hijo, dándole placer.

Alcé la vista. No me había dado cuenta el momento en que se había quitado la sudadera. Su abdomen y pecho bastante velludos para su edad, estaban cubiertos por gruesos y espesos goterones de semen. Abundante y muy apetitoso semen. No hizo falta que me lo ordenara, yo misma, de forma voluntaria, me erguí para comenzar a limpiar todos y cada uno de los goterones de semen. Los vellitos que se me quedaban en la boca me los tragaba con amor, porque debo reconocerlo, en ese momento este chico era el centro de mi universo. Saboreé con gusto cada rastro mínimo de su sudor y de su semen, que me sabían a la exquisites más divina de este planeta.

Una vez limpio, él quedo sentado relajado en el asiento, mientras yo comencé, para verme aún más humillada y sumisa ante él, a masajearle los pies con dedicación y esmero, quitándole los calcetines. No nos decíamos nada, el solo me veía y mi atención  estaba en él y solo en él. La guinda del pastel la puse en el momento en que comencé a besarle los sucios pies, limpiándolos con mi lengua sin ningún pudor ni asco, una clara declaración de intenciones de que yo estaba enteramente a sus pies. Estaba segura de que él lo sabía desde hace rato, él ya sabía que en ese momento había ganado no a una mujer, no un culo con el que pasar el rato. Había ganado una esclava.

Porque eso pasaría a ser a partir de ese momento. La esclava de El Bully Negro.

Fin.

Epílogo.

A partir de ese día mi vida dio un giro totalmente drástico, radical. Le cedí de forma voluntaria el control total de mi vida a Yonatan. Me metí a un gimnasio para reafirmar mi cuerpo de figura explosiva y verme bien buenota para él, además de recuperar mi faceta coqueta perdida años atrás. Siempre estaba linda, y vestida de forma sexy y sugerente por si él quería verme.

Sin embargo, las cosas llegaron más allá, muchísimo más, hasta tener un alcance que jamás imaginé, pero que no tuve problemas de aceptar.

A Rodrigo le di un severo castigo que lo marcó de por vida, a tal nivel, que tuvo que pedirle perdón a todos y cada uno de los chicos de color del instituto. A partir de ese día, paso a ser el juguete de todos, siendo pateado y humillado por todos los chicos y chicas negras del mismo. A mí no me importaba en lo más mínimo: Yonatan se divertía y eso me hacía feliz.

Los amigos de Yonatan pasaron a tener derechos sobre mí, casi como si fueran él. Follé con todos y cada uno de ellos, y lo hacía cada vez que les daba la gana. Si uno me quería tener en algún momento, pero ya estaba con otro, se ponían de acuerdo y me pasaban entre ellos como si fuera un lápiz o un marcador que usar cuando les apeteciera. Busqué un trabajo de medio tiempo, y lo que ganaba, lo gastaba en cosas para la pandilla de Yonatan.

Y hablando de mi hija, ella eventualmente pasó a formar parte del juego. Los negros supieron cómo hacerla caer en mí misma condición, enamorándose ella también de Yonatan al mismo nivel que yo, al punto de querer solo su bienestar y placer encima de cualquier otra cosa.


xxxven

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