Lucía

 


Lucía se miró al espejo y se arregló el cabello rubio. Se puso un vestido negro ajustado y tacones altos, y salió a la calle. Era una noche fría, pero ella estaba acostumbrada a trabajar en cualquier clima.


Caminó por las calles oscuras y solitarias de Catamarca, buscando a su próximo cliente. Era una rutina que había hecho tantas veces antes que ya no le importaba. Pero esta noche fue diferente.


Cuando llegó a su destino, un bar lleno de gente, se encontró con un hombre que la miraba con atención. Era alto y atractivo, con una barba bien cuidada y ojos verdes penetrantes. Lucía lo reconoció de inmediato como un cliente potencial.


Se acercó a él y le preguntó si quería pasar un buen rato. Él le respondió con una sonrisa y le dijo que sí. Lucía se sintió atraída por él de inmediato. Había algo en sus ojos que la hacía sentir diferente, como si estuviera más allá de su trabajo.


Juntos, fueron a un hotel cercano. Lucía lo desnudó y lo besó con pasión, sintiendo su cuerpo cálido contra el suyo. El comenzo a masturbarla por delante y por detras, un dedo acariciaba su clitoris y el otro se movia dentro de su ano, y ella gemia. Pero luego algo cambió. Él se detuvo y le preguntó si ella estaba bien, si lo estaba haciendo por elección propia. Lucía se sorprendió por la pregunta, nadie nunca se había preocupado por su bienestar antes.


Le confesó que no, que no lo hacía por elección, sino por necesidad. Había comenzado a trabajar como trabajadora sexual para mantener a su familia después de que su marido la abandonara y perdiera su trabajo. El hombre la escuchó con atención y luego la abrazó.


Le dijo que ella era más que su trabajo, que era una mujer hermosa y valiente. Lucía comenzó a llorar, sintiéndose vulnerable y agradecida. El hombre la besó de nuevo, esta vez con más ternura que antes, como si quisiera protegerla del mundo entero.


Pasaron la noche juntos, hablando y haciendo el amor con una pasión que Lucía nunca había conocido. Al amanecer, el hombre se levantó y se vistió. Le dio un beso en la frente y le dijo que ella merecía algo mejor que ese trabajo. Lucía supo en ese momento que él tenía razón.


A partir de ese día, Lucía dejó su trabajo como trabajadora sexual y comenzó a trabajar en una tienda de ropa. No era el trabajo más glamoroso, pero le permitía vivir sin tener que depender de hombres extraños para sobrevivir. Y aunque nunca volvió a ver al hombre del bar, lo recordaba con cariño, como alguien que la había ayudado a encontrar una nueva vida.

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