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Pervirtiendo a Marisela

Mi Ariadna no me contó nunca la continuación natural del cuento “Ariadna y sus amigos”, Es decir, no me lo contó con detalles, sólo me dijo que esa misma tarde hizo el amor con Marisela o, mejor dicho, le enseñó a masturbarse. Marisela, entonces, se volvió adicta al placer sexual y aunque no se atrevió todavía a entregar el virgo sí se echó un novio con el que tuvo escarceos de cachondez creciente, lo que duró el resto de aquel noviembre, diciembre entero y parte de enero.

Mientras tanto, Ariadna había seducido finalmente a Luis y a Xavier, y en febrero poseyó a los dos en la primera orgía de su vida. Entonces me contó el siguiente capítulo, este, de su vida sexual. Bien, ahora doy la palabra a Ariadna, tratando de contar la historia tal como ella me la contó.

Luego de la primera vez con Luis y Xavier a un tiempo, que fue dolorosa y placentera, empezamos a hacerlo una vez por semana, todos los miércoles saliendo de la escuela, en casa de Luis. Lo que más me gustaba era hacérsela a uno mientras el otro nos veía, y mientras esperaba, su verga se ponía a punto, de modo que en una sola tarde llegué a echar seis o siete polvos. Dos veces fue así, pero la tercera me echaron montón y, por segunda vez, me dieron por el culo, uno primero y otro después, y tras la anterior experiencia, esta vez me fue incluso bien..

Entre tanto, Marisela había empezado a incordiarme con mi sexualidad y la suya. La vez aquella en que le enseñé a tocarse, indicándole la posición de su clítoris y la forma de agasajarlo, le había hecho jurar que no volvería a buscarme: bastante tenía con los hombres, y no quería más experimentos. Me había estado incordiando, pero yo no le daba bola, aunque, como verás, ella se las ingenió para darle vuelta a mi negativa.

El cuarto miércoles llegamos a casa de Luis en Taxi, a eso de la una treinta de la tarde. Tan pronto cerramos la puerta, Luis empezó a besarme y a desnudarme, y ahí estaba yo, exhibiendo mi desnudez, ante Luis, que se había quitado pantalones y camisa, mientras Xavis nos observaba. Entonces, sonó el timbre tres veces, y antes de que Luis ni yo pudiéramos hacer nada, Xavier abrió y entró Marisela.

Imagina la escena: Marisela parada a la puerta, con su falda del colegio a medio muslo, sudorosa y con los ojos brillantes, viéndonos a Luis y a mi. Yo totalmente desnuda y espantada, y Luis a medio desvestir, mientras el Xavis sonreía socarronamente detrás de Marisela. Fue ella quien habló, a mi:

-Así, cabroncita, que me querías dejar fuera.
-Pues sí, pero ya que estás aquí, dime qué quieres y, como soy tu hada madrina, te cumpliré-, le contesté.
-Más te vale, mi reina, porque de lo contrario tu reputación, ya bien escasa, se convertirá en mera putación, o, mejor, en re-putación. Lo que quiero hacer –continuó, tras breve pausa-, es perder la virginidad; y desde que le sonsaqué a Xavier lo que aquí pasaba, he estado pensando de qué manera, y ya la tengo clara. Y seguro que éste par de cabrones estarán de acuerdo.
-¿Y cómo será eso?
-Fácil: tu me harás el amor como la vez pasada, hace ya demasiado tiempo, me calentarás y me pondrás a punto como tu sabes, y cuando tu consideres que ya estoy lista, le indicarás a uno de estos que me penetre.
-Muy bien, hija, nada más una cosa: ¿traes condones o algo similar?, porque no quiero que ocurra aquí una tragedia irreparable –a pesar de mi desnudez, decidí tomar el mando.
-Yo no: esperaba que tu trajeras.
-Pues tienes suerte, porque cargo mis óvulos, que no son 100% confiables, eh, así que tu decides.

Por supuesto, decidió “correr el riesgo”, y entonces le dije que, puesto que me dejaba a mi el trabajo, todos debían obedecer mis instrucciones. Claro que, como a fin de cuentas sólo uno de nuestros amigos podría llevarse la flor de su himen, tendrían que sorteárselo, “aunque al otro también le va a ir muy bien, se los garantizo”, les dije. Yo tiré la moneda al aire y ganó Luis. Si yo hubiese podido elegir, no habría sido mejor.

Entonces le dije a Marisela que no necesitaba excitarla yo: que le iría mejor viendo una peli pornográfica en vivo y en directo, “aunque, para que no te quedes con las ganas…” le dije, y me acerqué a ella, dándole un largo beso. Éramos casi de la misma estatura y mientras la besaba le desabotoné la blusa, le saqué el bra y le bajé la falda, mientras ella acariciaba mis nalgas y mi espalda con sus suaves manos.

Interrumpí el beso para ordenarles a Luis y Xavier que me pasaran un óvulos y se desvistieran, y luego fui empujando a Marisela hasta la habitación de Luis. Mientras la empujaba, le metí la mano dentro y, no sin dificultades, le metí el óvulo en su apretado coño. Luego la senté en la orilla de la cama. Quedó ahí, delgadita y menuda, con su breve cintura a la vista y sus pechitos apuntando al frente. Le dije: “si quieres hacerme caso, ni siquiera te toques, no hables ni te muevas: nada más ve”. Yo ya estaba bien caliente, y le pedí a Luis que se hincara, me puse a cuatro patas y empecé a mamárselo. Levanté mi grupa y la empecé a mover sugestivamente, para que no hicieran falta palabras, y en efecto, no fueron necesarias: Xavier se hincó detrás de mi, me pellizcó con fuerza ambas nalgas, abrió con sus dedos la entrada de mi cueva, y empezó a introducirme su infatigable miembro.

Yo hice abstracción de que teníamos una testiga novata y gozaba con las embestidas de Xavier, mientras trabajaba para extraer los jugos de Luis. Esta vez dejaba a Xavier a su aire, lo dejé seguir sus violentos y rápidos impulsos, hasta que vació la leche de la semana en mi coñito. Luis aún no terminaba y sabía que le faltaba un poco, así que me saqué su picha de la boca, me acosté boca arriba y lo atraje sobre mi, para tener ahora su miembro, más delicado, más considerado, menor que el del Xavis, llenándome la empapada caverna con su tranca, dura, cálida, suave, de tamaño y textura ideales (como la tuya, Pablito, dijo en un aparte, y como la tenía inapelablemente dura, me tiró boca abajo y me cabalgó, ensartándosela. Así, moviéndose despacio, muy despacio, siguió contándome el cuento):

Cuando Luisito se vino en mi, me paré despacio y me fijé en Marisela. Tenía la cara roja, los pezones erguidos y el clítoris y los labios vaginales gorditos gorditos. Me acerqué a besarla y noté su boca seca, como el desierto de Altar… Ordené: «Luis: dúchate más que aprisa» , y la acosté. Me puse a cuatro patas, ofreciéndole otra vez una amplia visión de mi culo y mi coño a Xavier, y empecé a comerme el delicado coño de Marisela. Nunca había hecho nada parecido, pero Lencho me había enseñado, en mi propio coño, cómo debe tratarse un coñito virgen, y con la misma suavidad y dulzura con que me habían tratado, trataba yo a mi amiga. Xavis quiso repetir el número anterior, pero le pedí que esperara, hasta que saliera Juan.
(Más despacio, amor mío, supliqué yo, o me voy a correr antes de que termines la historia…)

Pues me apuro, porque quiero que me folles bestialmente, papá… pues sí, salió Luis del baño, sin secarse, cuando Marisela empezaba a estremecerse bajo mi boca y su vagina chorreaba jugos. Obligué a Luis a acercarse y con dos rápidas y bien aplicadas succiones hice que su verga pasara de la media asta a la erección plena, y le dije con voz ronca “métesela, métesela mi rey… despacito”.

Me moví para dejarle espacio, y volví a ponerme en cuatro, pero viéndolos de cerca. Mientras Xavis me metía su tranca, Luis le introducía la suya con todo cuidado a Marisela, cuyo coño, palpitante la admitía sin ponerle obstáculos. Sólo dio un gritito cuando Luis empezó a moverse dentro de ella. Incluso, como comprobamos después, no hubo sangre: qué distinta mi desvirgada, papi: la de ella fue suave y rica. Más aún que yo, estaba diseñada para el sexo…

Yo no ponía atención a los embates de Xavier: estaba sumamente excitada viendo cómo se lo montaban Luis y Marisela. Mi amiga empezó a gemir y pronto sus gritos podían oirse en la calle: “¡dame más, mi rey, dame, dame…!” y evidentemente Luis se calentaba aún más, porque aceleraba el ritmo y la violencia de sus movimientos, lo mismo que Xavier, quien parecía seguir el ritmo de su compinche. Tan pronto me di cuenta de que Xavier imitaba el ritmo de Luis enloquecí y me dejé llevar hasta obtener el mejor orgasmo que el Xavis me hubiese dado hasta entonces. Me eché, cerré los ojos…

(Me vengo, amor, me vengo, la interrumpí. La llené y la atraje sobre mí, abrazándola muy fuerte sin salir de ella. Le cerré la boca con mis labios… ¿alguna vez lo han hecho así, alguna vez les han contado una historia como esta mientras lo hacen?)

No terminó Ariadna ese día, pero la siguiente vez sí lo hizo y me contó las nuevas reglas de ese extraño grupo. Ya se las contaré yo también, que ahora, tengo que hacer algo…

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