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Feminizada y convertida en una cross puta y sumisa, parte 1

1- Notas y “regalitos”

Se puso interesante, realmente interesante, la tercera vez que mis primeros amos se pusieron en contacto conmigo. Estaba recostada en la cama leyendo una revista cuando escuché los dos timbres cortitos, secos, y a la misma hora de siempre (las 2 de la mañana). Esperé unos segundos y abrí la puerta del departamento con el corazón en la boca y el pulso a mil. Como las veces anteriores, al asomarme al pasillo no encontré a nadie, pero al mirar abajo encontré un paquete grande.

Intrigada, lo levanté y vi la nota que venía pegada: “Desnudate, putita. Ponete todo así como está, y en diez minutos te asomás al balcón. Cuando te damos la señal, te vas a dormir así”.

Volví a entrar y apoyé el paquete, que no era para nada pesado, en la mesa. Lo más rápido que pude, me saqué la remera holgada y el boxer, y me quedé parada un minuto mirando embobada el paquete. Lo único que desentonaba, así como estaba, era la tremenda erección que tenía sólo por el hecho de haber recibido un mensaje de mis flamantes amos, a quienes todavía no conocía (después los conocí, y cómo…). Todo lo demás, era el cuerpito de una nena preciosa.

Mido 1,75 y peso solamente 58 kilos. No sólo soy flaquita, sino que mi cola podría ser la envidia de muchas mujeres. Redonda, paradita, es una manzanita de la que siempre estuve orgullosa. Para ese momento ya me depilaba completamente, algo que había empezado a hacer unos meses antes, cuando con 25 me había ido a vivir sola. ¿Y por qué hablo de mí en femenino? Porque siempre fui cross dresser. Siempre tuve una vida más o menos común puertas afuera, pero cuando me quedaba sola, me vestía de mujer, lo más puta posible, me amaneraba, me ponía toda la ropa interior de mujer que podía conseguir, hacía de cuenta que era simplemente una trola.

Cuando me fui a vivir sola, a un departamento chiquito en un piso 16 de un edificio de Congreso, prácticamente dejé de vestirme como varón puertas adentro y mi vida cotidiana la llevaba con pantys, bodies, tangas minúsculas y media de red, lo que fuera. También empecé a maquillarme, primero con torpeza y con el tiempo bastante mejor, hasta sobrecargarme la cara de rouge y delineador como una puta con mayúsculas.

Al principio tenía mucho cuidado de tener las cortinas bajas, aunque después me relajé desde el único lugar en el que podían verme era del sum del edificio de enfrente, que estaba todo el tiempo vacío. Bueno, por lo que pasó después, debería decir “casi” siempre.

Un día estaba limpiando en unas hermosas calzas animal print y un corpiño negro (me encanta usar corpiños de copa chica, también me quedan muy bien aunque me falten tetas) cuando sentí que me pasaban un papel por debajo de la puerta. Intrigada, lo agarré y con letra muy prolija decía “SABEMOS TU SECRETITO”.

No le di mucha importancia, pero por las dudas los siguientes días me cuidé de mantener las cortinas ocultando mis poses con ropa de putita. Pero a los tres días, al llegar de trabajar, me encontré con otro papelito:

“SABEMOS TU SECRETITO, PUTA. TENEMOS FOTOS Y HASTA VIDEOS, SABEMOS TODO DE VOS. SI NO QUERÉS UNA SORPRESA LLEGANDO A LOS MAILS DE TODOS TUS CONOCIDOS, VAS A HACER TODO LO QUE DIGAMOS. TUS NUEVOS AMOS”.

Me angustié mucho, la verdad. Yo cuidaba muy bien mi intimidad y me sentía expuesta de un modo brutal. Esa noche no dormí, pero no solamente por la preocupación. Tenía a la vez una tremenda excitación. Llegué a la mañana resignada a esperar y ver qué pasaba. Quizás fuera sólo una broma de alguien que no iba a animarse a más, aunque en el fondo esperaba que no fuera así.

Al otro día empezaron a llegar las cosas. Siempre de la misma forma, a las 2, con dos timbres secos y algo esperandome en el pasillo de mi piso.

Primero fue un paquete de tampones small, con un cartelito que decía “Uno por día, todo el día, todos los días”. Desde ese momento, usé un tampón en mi cola las 24 horas, fuera a donde fuese y muy excitada.

Después, una pequeña fusta, con el cartelito “En cuatro patas en la cama. Diez por noche, cinco en cada nalga”. Desde ese momento, a mi rutina nocturna le sumé fustazos en mi cola cada noche. Primero lo hice despacio, temerosa. A medida que pasaron los días, empecé dejarme yo misma la cola roja y ardiente antes de dormir, muy excitada.

Después, una copa, con el cartelito: “Masturbate y todo lo que derrames, putita, va a la copa primero y a tu boca después. Saborealo bien”. No fue problema, porque tragarme mi semen era algo que había hecho con gusto muchas veces.

Después llegó el paquete grande.

Desnuda como estaba, perfectamente depilada y muy excitada, lo abrí.

Lo primero que me encontré fue un top blanco, pero con un agregado: estaba lleno, completamente, de escupitajos. Mis nuevos amos lo habían escupido, incluso con bastantes mocos, por todas partes. No había un solo centímetro del top que no estuviese cubierta de saliva espesa. Lo tomé con la punta de los dedos y me lo puse. Se sentía viscoso y se suponía que tenía que darme asco, pero lo disfruté con mucha calentura, me sentía humillada, asquerosa y puta como nunca antes.

Había más. Después de quitar un papel, me encontré en la caja con una bolsita de freezer. La abrí y un tremendo olor a pis me llegó a la nariz. Eran unas medias de encaje blancas, completamente mojadas. Estaba claro que mis nuevos amos las habían meado de punta a punta, y no hacía mucho tiempo, porque todavía estaban tibias. Así me las puse.

En el fondo de la caja estaba la última prenda, la que tenía el olor más penetrante. Era un culotte less, hermoso y blanco.

Hermoso, blanco y lleno de leche.

Estaba totalmente cubierto de semen, en algunos lugares muy líquido, en otros espeso como crema. Había tanta leche esparcida en ese culotte que me llevó a pensar cuántos “nuevos amos” tenía. Eran más de dos, por la cantidad de leche, que hasta empezó a gotear del culotte cuando lo levanté cuidadosamente de la caja. Estaba maravillada y sentí que iba a acabar sin más en ese momento.

Me puse el culotte con mucho cuidado, tratando de no resbalar por las medias mojadas con el pis de mis amos. La sensación de la tela suave, totalmente pringosa de leche de desconocidos metiendose en mi cola cuando la ajusté y mojando mis nalgas, es indescriptible.

Me sentía sucia, pero tan excitada que tenía ganas de sacarme la ropa interior solamente para besarla y chuparla, pero como no era eso lo que me habían ordenado, y a esa altura estaba dispuesta a cumplir con cualquier cosa que me pidieran, salí al balcón con algo de timidez, y con las medias haciendo un ruido como de chapoteo a cada paso.

La noche estaba tranquila, y parecía todo desierto. En el sum del edificio de enfrente, estaba todo a oscuras, no parecía haber un alma. El viento me pegó en las prendas mojadas y me calentó todavía más. Esperé parada, inmóvil, sucia como estaba, algunos minutos. De algún lado (¿del edificio de enfrente?) me pareció escuchar una carcajada. Me sentía maravillosamente humillada. Y entonces, del sum del edificio de enfrente, de la nada, una linterna se encendió y se apagó, dos veces. Era mi señal.

Volví a entrar con algo de frío y me fui directamente a la cama. Me quedé un largo rato quieta, tratando de procesar la calentura que tenía y disfrutando de todo lo que me mojaba el cuerpo: pis, escupitajos y leche. Mucha leche. Me dormí convencida de que había empezado una vida nueva.

(Continuará…)

Gracias por el tiempo, agradezco cualquier comentario o consejo (o sugerencia!). Muchos besitos.

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