La historia que me dispongo a relatar ocurrió hace unos años, cuando vivía con mi
anterior pareja, aunque nuestra relación no era para nada ideal. La convivencia se había
vuelto aburrida y rutinaria, alcanzando nuestra vida sexual de lleno. El furor de los
primeros años de relación se había ido apagando poco a poco, pasando a ser infrecuente
e insatisfecha, hasta que por fin dimos con el final de nuestra relación, por este y por
otros motivos derivados.
En esos años de inercia que muchas parejas acostumbramos a vivir juntos, aunque no
tengan un significado lógico, ya que nunca volverán a ser como en el feliz pasado,
seguía manteniendo buena relación con una muy buena amiga de la adolescencia, que
durante algunos años juveniles, tuvimos una época de tonteo y rollete esporádico sin
llegar a tener nada serio. Su simpatía, su bondad, su alegría y su sentido del humor era
lo que siempre me había atraído de ella, más que la parte física, pero también tenía
un lado morboso y tremendamente atrayente que siempre oculté, y que me moría por
probarlo algún día.
Recuerdo que muchas veces, antes de dormirme, me masturbaba pensando en ella,
pero nunca se lo dije a nadie, y mucho menos a ella. Siempre me imaginaba como
sería tenerla en distintas posiciones y formas, siempre me pregunté cómo serían sus
olores y sabores más íntimos, y siempre deseé tener el mejor sexo con ella. Una
fantasía recurrente era masturbarme con las yemas de mis dedos húmedas, simulando
e imaginando sus labios haciéndome un lento y profundo oral. Aquellas fueron las más
excitantes y placenteras pajas que me hice en la época en que las hormonas estaban más
alteradas que los asistentes a un espectáculo porno en directo.
Desde hacía muchos años se fue a vivir a otras ciudades, primero por estudios y luego
por trabajo. Cuando venía a nuestra ciudad natal, siempre me llamaba y a otros amigos
comunes, para quedar a tomar algo, salir a cenar, de fiesta y contarnos qué tal nos iba.
Además nuestra relación nunca la dejamos enfriar, siempre nos estábamos mandando
cartas primero, luego e-mails y mensajes.
En una ocasión de las que venía a nuestra ciudad natal a ver a su familia, me llamó para
quedar y dio la casualidad que mi pareja no estaba en la ciudad, había salido de viaje
con un grupo de amigas. Me di cuenta que tenía la casa para mi sólo el fin de semana
y ella estaba aquí, sin que lo supieran el resto de los amigos comunes, con los que
normalmente quedábamos. No dude en invitarla a cenar y a ver una peli, ya que le dije
muy oportunamente que no me apetecía salir, y ella aceptó de buena gana. Más tarde
comprobé que ella tenía tantos deseos como yo de quedarse a solas conmigo.
La cena en casa transcurrió de manera relajada entre risas y cariños cómplices, como
siempre nos habíamos relacionado ella y yo, advirtiéndonos por gestos mutuamente
que no nos íbamos a sentir incómodos por cualquier cosa que pasara entre nosotros esa
noche. A continuación le propuse ver una peli que tenía descargada en el ordenador,
para ello nos teníamos que trasladar a la habitación de invitados, en la cual, la cama con
almohadas hacía las veces de sofá. Ella accedió con muy buena predisposición.
No tardamos en acomodarnos y en hacer comentarios sobre lo aburrida y decepcionante
que fue la película descargada, además ambos habíamos perdido el hilo en varias
ocasiones al empezar a hacer comentarios chistosos y a imaginarnos cosas. Yo por mi
parte, no sabía como lanzarme y eso que lo tenía bien fácil, ya que ambos estábamos
muy cerca, sentados en la cama transversalmente apoyados en muchos cojines y con
la única luz del monitor del ordenador. Fue una borla de las que llevan cosidas en las
esquinas los cojines, con lo que empecé a juguetear en su suave rostro, pasando por sus
orejas, ojos y finalmente labios. Ella intentaba mordisquearlo sonriente pero también
le notaba la respiración más agitada, al igual que los latidos de mi corazón, que se
empezaba a desbocar al notarla tan cerca y tan deseosa. Para calmarme, seguí haciendo
que veía la película, pero seguía jugando con la borlita y su boca, hasta que me advirtió
muy suavemente y con su voz tan dulce:
-
-
¡Te voy a morder!
A lo que yo respondí, mientras me giraba hacia ella: ¡Pues muérdeme!
Y nos fundimos en un largo y apasionado beso, como hacía años que estábamos ambos
deseando hacerlo. Se nos notaba a los dos que habíamos adquirido la madurez sexual y
que estábamos deseosos de compartirla porque enseguida empezamos a besarnos más y
más, a quitarnos ropa y a probarnos diferentes partes de nuestro cuerpo, comiéndonos
a bocados salvajes. Su perfume en su cuello mezclado con su aroma natural, se me
había grabado de tal manera que lo identifiqué rápidamente con una descomunal
erección. La excitación del momento era muy intensa, llevaba mucho tiempo sin sexo
y mucho tiempo deseándola, por lo que esa noche fue inolvidable para mí. Entre besos
y lengüetazos desbocados por nuestros cuerpos semidesnudos, ella acertó a decir entre
una media risa y un suspiro.-
-
-
-
-
No te lo vas a creer, pero es que…. ¡Tengo la regla!
Mi excitación era tal, que sólo acerté a decir: … ¿Y? …
No sé, es que me da cosa. ¿A ti no te importa?
Pues no, algo se podrá hacer, digo yo.- decía mientras no quería dejar de besarla
ni perder un ápice de la excitación.
Pues espera un momento…Enseguida vuelvo…
-
En ese momento se levantó y se fue al servicio. Yo aproveché para quitar el coñazo
de película y poner una música más adecuada, además de extender una manta vieja en
la cama de invitados, todo esto a la velocidad del rayo. Pude escuchar ruido de agua y
no tardó mucho en regresar, sólo con las braguitas puestas y con sus pechos enormes
solamente cubiertos por una fina camiseta. No tardé nada en quitársela y quedarme
completamente eclipsado, al ver sus perfectas preciosas tetas desnudas delante de
mi, ya que era una parte de su cuerpo que tanto deseé tocarle sin ropa, saborearla y
disfrutarla tanto, que me abalancé sobre ellos como si nunca hubiera tenido unos tan
sugerentes a mi disposición. Ella agradeció el gesto con un profundo suspiro de placer.
Sus pezones muy erectos, me señalaban tomando consistencia, dándome la bienvenida
a mis incansables besos y suaves succiones. Mis calzoncillos ya no podían esconder mi
enorme polla, cuyo capullo rosita y gordito, asomaba por la goma superior, pero ella
enseguida me liberó de la opresión, empezando a manosearme como nunca me había
imaginado que lo hiciera. El placer y el morbo me estaban volviendo loco.
Nos tumbamos a lo largo de la cama, yo encima de ella embriagado por su maravilloso
olor, sin dejarnos de tocar ni besar. Nuestros gemidos se nos clavaban en nuestra alma
mezclándose con palabras de deseo en tono suspirante. Le bajé las bragas dejándola
completamente desnuda ante mí, a lo que me puse de rodillas delante de ella, mientras
le abría mucho las piernas agarrándola por sus desnudos y sexys pies. Quería observarla
y grabar su imagen para siempre. Su chocho era enorme de grande. Lo tenía peludo,
carnoso y babeante, con los labios muy abiertos y su clítoris estaba completamente
expuesto, sobresaliendo mucho por encima de sus labios vaginales como una colina al
fondo de un valle. Su agujero, flanqueado por multitud de pliegues y carnosidades, me
invitaba a acariciarle con sus sucesivas aperturas y movimientos nerviosos. Se notaba
su excitación, tanto por la humedad de la zona como por las dilataciones acompasadas
y cadenciosas. El increíble atractivo de su sexo me obligaba a palparlo bien, tanto por
dentro como por fuera, y no dude en meterle tres de mis dedos centrales que entraron
sin ningún problema y ella agradeció aumentando el tono de sus gemidos, tan profundos
como mi incursión manual.
Me incliné hacia el clítoris para meterlo en la boca y comérmelo, mientras permanecía
dentro de su agujero casi toda mi mano, a lo que ella respondió acelerando su pulso
y agitando su respiración. Era increíble pero parecía que estaba a punto de correrse.
Nunca había probado un clítoris así de grande y rico, de dimensiones casi parecidas a
un glande no erecto recubierto por piel muy húmeda. Yo estaba igual, con mi miembro
muy erecto y duro, tan palpitante y tan desacostumbrado, que notaba el semen borbotear
en los conductos internos, en ese momento ella elevó la voz para decirme:
- ¡¡¡Foóllameee!!! -El tono que empleó, su voz dulce y excitada mezclada con los
suspiros continuados, me excitó todavía más, por lo que sólo pude responder junto con
mi respiración agitada:
-
¡Cariño! ¡No creo que pueda aguantar mucho más!
Entonces me incorporé, pero permanecí de rodillas delante de su sexo, con sus piernas
bien abiertas a cada lado, pude pegar y mover bien mi miembro erecto entre sus labios
y clítoris, mientras se retorcía de placer. Cuando menos se lo esperaba, se la clavé de
un empujón en su chorreante agujero, procurando no moverme mucho para aguantar
sin eyacular el máximo tiempo posible. Sus contracciones vaginales las notaba en mi
miembro de una manera muy ardiente. Además pude notar sorprendentemente que su
coño por dentro, en la parte interna del clítoris, estaba muy escarificado, con una serie
de pliegues que hacían de cada movimiento una delicia única y muy especial. Era como
si las paredes de su cueva hubieran estado diseñadas para dar muchísimo placer a la
tranca que tuviera la suerte de penetrarla, y esa noche era la mía.
Yo ya no podía aguantar más y no quería correrme dentro, porque no estábamos usando
ningún tipo de protección. Por lo que me puse de pie en la cama, sin darle tiempo
a reaccionar la incorporé agarrándola suavemente por la nuca, hasta que tuviera mi
venosa y firme polla dentro de su boca, para hacer realidad una de mis fantasías.
La forma de chupármela superaba la ficción. Su boca, lengua y labios voluptuosos
sabían muy bien lo que hacían y no tardé mucho tiempo en escupir una cantidad
tremenda de leche en lo más profundo de su garganta, en una explosión de placer
increíble. No tuvo más remedio que sacársela para poder tragar bien todo lo que ya
había entrado, mientras seguía meneándomela y terminando de extraerme, sobre su
hombro y pecho, el resto de mi semen.
- ¡Jolín! Llevabas tiempo sin descargarte, eh?- Comentó, como siempre con su amplia
sonrisa y con su especial sentido del humor.
- Si, lo siento- dije un poco avergonzado.
- No pasa nada- dijo mientras sonriente se limpiaba las comisuras y su mejilla-
Discúlpame un momento…
Ella volvió a desaparecer unos instantes en el baño, a lo que aproveché para recoger la
manta y localizar alguna mancha para lavar, para así poder hacer desaparecer cualquier
prueba incriminatoria de mi primera infidelidad. Todavía no me creía lo que había
pasado. No había asimilado todavía el enorme placer que me había dado, pero aun así,
sentía un poco de pudor por no haber podido aguantar más, por lo que pensé, al menos
por mi parte, que haría todo lo que fuera para que esta primera vez no fuera un hecho
puntual, sino el punto de inflexión deseado para nuestra relación.
Regresó a la habitación, ambos con una sonrisa de oreja a oreja, y la complicidad que
siempre habíamos tenido se intensificó más todavía, pudiendo ver que acabábamos de
hacer realidad un sueño que teníamos en común. A partir de ese día, pasamos de ser los
mejores amigos a ser los mejores follamigos, ya que ambos teníamos un instinto sexual
muy acentuado y nos compenetrábamos muy bien en todos los aspectos.
A partir de ese día, aprovechamos cualquier oportunidad que teníamos para estar a
solas, experimentando cada vez más con nuestros cuerpos y nuestro placer más íntimo.
Ella empezó a venir siempre que podía a nuestra ciudad natal, cada vez más a menudo.
Aprovechábamos que uno de los pisos de sus padres estaba casi siempre vacío, y a mi
pareja de aquella época también le dejó de apetecer salir de fiesta, por lo que siempre
teníamos excusas para pasar las noches asolas y sin parar de follar de las mejores
maneras posibles.
Todas estas historias, basadas en hechos reales, se pueden contar,
si hay lectores imaginativos y fantasiosos que las quieran leer y disfrutar.


