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Pagando la renta

Una mujer se prostituye entregándose a los brazos del dueño del departamento donde vive, para evitar que su familia quede en la calle por no poder pagar la renta

—No, señora. No podemos arreglar nada. Son cuatro meses de renta que me debe, así que paga o se va.
—Pero… tiene que haber una solución… mi marido consiguió trabajo, si usted pudiera esperar hasta fin de mes, podríamos cancelar parte de la deuda…
—¿Usted se cree que es difícil para mí alquilar este departamento? Si usted se va ahora, esta misma tarde ya hay nuevos inquilinos, que paguen mucho más que ustedes y al día. No señora; no hay vuelta que darle. Se van, o se van. Esta tarde les mando a los muchachos para que les saquen los muebles.
—¡¡¡No!!! ¡por favor…! Déjenos quedarnos un mes más, ¡y le pagaremos todo!
—Señora, por favor, no me pida más. Yo ya hice todo lo que pude, pero llevo cuatro meses esperándola. No me la haga más difícil, váyanse por las buenas…
—Si usted nos dejara quedarnos… yo se lo agradecería tanto… Tanto…
—Señora, con las gracias no llegamos a ningún lado.
—¿Y si yo…?— La rubia se miró los pechos al mismo tiempo que desabotonaba un botón de su blusa. Carajo, si me veía alguno de los vecinos la cosa se iba a poner espesa, entré al departamento y cerré la puerta al pasar, si esa rubia espectacular iba a prostituirse para mi con tal de que no la eche, eso era algo que yo no estuviera dispuesto a dejar pasar.
—¿Qué me propone, señora?
—Si usted quiere… yo le hago el amor y usted nos perdona la renta…
—Señora, usted está muy buena, pero lo que me propone es una locura. Ni las treinta putas mas caras de Buenos Aires cobran eso. Pero, si le parece bien, yo le podría dar un mes mas de plazo.
—¿Tan poquito?
—Bueno, un mes más de plazo y renegociamos la deuda en tres pagos.
—Hummm… no sé— dijo mientras cerraba el botón de su blusa.
—Déjese de joder, señora. ¡Eso, o los dejo en la calle hoy mismo!
—Bueno, no se enoje, vamos para la pieza.
La seguí aún incrédulo de lo que estaba pasando. Esa rubia, que no tendría más de 35 años, muy linda, se estaba entregando a mis brazos a cambio de una renegociación de la deuda. Se sacó la blusa y el pantalón y se tiró en la cama donde tantas veces habrá fornicado con su marido. Su ropa interior era roja, de encaje, y separaba sus piernas como una flor de puta. Era increíble, nunca hubiera pensado que esa ama de casa tan común, tan modosita, fuera en realidad una hembra tan caliente. Me desnudé por completo y me tiré sobre ella. Le saqué el corpiño y le toqué las tetas, aún sin estar seguro del todo de si se trataba de un sueño o si estaba en estado de vigilia. Chupaba sus rozados pezones y ella se calentaba cada vez más. Evidentemente, ella no estaba haciendo un gran sacrificio. Le arranqué la tanga y quise meterle mi pija adentro, tenía el pito duro como un palo, pero ella me frenó.
—Ponete esto— dijo, mostrándome un preservativo. Claro, tenía razón. Tampoco era cuestión de cometer una locura al estar cegados por la calentura, pensaba yo mientras me ponía el forro. Enseguida se la metí, cuidando de hacerlo bien despacio, suavemente, para no arruinar la calentura del momento. me movía cada vez con más ritmo, avanzando según los gemidos de la rubia, que me abrazaba con fuerza. Ella llegó al orgasmo enseguida. evidentemente, hacía rato que no se la ponían, pues el grado de calentura de esa mujer era espectacular. Y aunque ella ya había acabado, se movía muy bien, exitándome mucho, y sus gemidos en mi oído aumentaban mi calentura. Además sentía sus manos recorriéndome la espalda, los hombros, la cintura, y lo más lindo: las nalgas. Me encantaba, simplemente me encantaba. Su lengua se deslizaba sobre mi cuello cuando estallé en un orgasmo fantástico. Me quedé dentro suyo unos minutos, descansando, abrazados.
Luego me levanté, y ella me limpió el pito con un pañuelito. Me dio una toalla y yo me fui a duchar, y luego nos despedimos con un beso en la boca.
La forma en que arreglamos para que ella pudiera abonarme la renta en los meses siguientes, se las contaré en otras historias, porque debo decirles que encontré en esta inquilina a la mujer más fogosa y pervertida que haya conocido en mi vida.