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Con mamá en su cama

Sábado, diciembre 10th, 2011

Mi mamá quedó complacida cuando le di la noticia. Esa tarde vendría mi novia a casa para formalizar nuestra boda. Después de un año de noviazgo, Martha y yo habíamos decidido que era hora de vivir juntos.

La comida transcurrió de buena manera y al anochecer dije a mi madre que acompañaría a Martha a su casa. Regresé y encontré a mi mamá mirando televisión en su cuarto. Me senté en su cama y como había hecho tantas otras veces, me quedé en su habitación platicando con ella antes de irme a dormir.

Me dijo que estaba feliz por lo de mi boda y yo sabía que así era, pero notaba algo raro en ella, algo que no quería decirme.

Desde que mi papá nos abandonó, cuando yo tenía ocho años, en casa quedamos sólo ella y yo y ambos eramos confidentes el uno del otro. Mamá me platicaba de sus parejas y yo de las mías, pero esa noche ella estaba muy callada y triste.

Yo había estado atareado con mi novia y además el trabajo, por lo que me sentía muy cansado. Durante un rato guardamos silencio con mi madre para ver televisión y el sueño me venció. Desperté de madrugada, quizá serían como las tres. Me di cuenta que yo estaba en su cuarto y podía escuchar que ella sollozaba. Eso me preocupó así que le pregunté qué tenía y por fin me lo dijo. Un día antes ella había terminado con su pareja y eso la tenía muy mal. Además sentía algo de tristeza porque yo me iría pronto de la casa.

-Estoy feliz de que vayas a casarte –me dijo-, pero no puedo dejar de sentir cierta tristeza porque ya no estarás acá. Pero no te preocupes por mí, es algo natural que piense en que te voy a extrañar.

La televisión y las luces estaban apagadas, pero yo podía ver como brillaba un poco su cara, a causa de algunas lágrimas que mojaban su rostro. Ambos estábamos acostados y hablábamos de frente, casi cara con cara. Yo sentía su aliento tibio cada vez que me decía algo. Comencé a acariciar su rostro con mi mano derecha y no pude evitar acercarme y besarla en las mejillas. Entonces nos abrazamos y mi cara estaba pegada a la suya.

-No te preocupes por lo de tu pareja –le comenté-, tú eres alguien muy especial y ya encontrarás a otra persona.

Seguíamos abrazados y entonces nuestros labios se tocaron. Eso no hubiera tenido mucho de especial, porque cuando yo era niño, mi madre me besaba no sólo en las mejillas, sino también en los labios, claro, sin otro sentido que el de su afecto de madre, sin embargo, ahora nuestros labios se unían de otra manera, en un beso húmedo y largo y un calor invadió todo mi cuerpo. Sentí como un relámpago recorriéndome y ella seguramente también lo estaba notando. De repente sentí una erección tremenda y por eso separé mis labios de los de mi madre, quien después del beso dijo:

-No está bien que una madre de 38 años bese a su hijo de veinte. Bueno, -continuó diciendo- tú siempre vas a ser mi bebé.

Ella me acariciaba el cabello y yo miraba una sonrisa de felicidad en su cara.

-Hace frío para que te levantes y vayas a tu cuarto, podrías resfriarte. Lo mejor es que pases la noche aquí.

Le contesté que sí, que dormiría en su cama. Estábamos cubiertos y el calor y el cansancio me vencieron y dormí otro rato, hasta que al moverme un poco hacia adelante, noté que tenía una erección tremenda y que mi verga estaba rozando las nalgas de mi madre. Abrí los ojos en la oscuridad y a pesar de que sabía que debería retroceder un poco, para evitar el contacto con mamá, no lo hice. Ahí estaba yo, detrás de ella apretando disimuladamente mi verga contra sus nalgas.

¿Pero qué me pasaba? Yo nunca la había visto más que como lo que era: mi madre. Pensaba esto entre la oscuridad, pero no hacía nada por alejarme de ella. Era tan rico sentir la dureza de su culo contra mi verga hinchada, que yo deseaba prolongar ese contacto.

Estuve un rato así y entonces ella retrocedió un poco más y ésta vez mi pito casi se incrustaba entre sus nalgas. Ella se había cambiado de ropa y dormía con una bata de tela muy delgada, y yo estaba casi seguro que ahora sentía mi fierro rozándola.

Haciéndome el dormido, pasé mi brazo derecho sobre el costado de mi madre, a modo de abrazo y dejé caer mi mano sobre uno de sus senos. Jamás había vuelto a sentir ese pecho. Sus tetas eran grandes y si bien habían perdido un poco de su firmeza, no dejaban de ser muy hermosas. Yo ya no podía ni quería controlarme. El deseo por ese cuerpo caliente de mi madre me tenía a mil. Moví un poco mi mano y sentí su pezón, que rápidamente se puso duro al contacto de mi piel. Ya no iba a parar. Comencé a pasar la palma de mi mano despacito por la teta de mi madre y casi estaba seguro de que ella empezaba a jadear. Metí mi mano por completo en su sostén y ahora apretaba ese pecho hermoso y caliente, mientras estrechaba cada vez más mi verga contra su rico culo.

Se oían sus gemidos mientras le apretaba las tetas, pero no decíamos nada. Entonces bajé mi mano por sus pechos, hasta tocar los vellos de su concha. No podía creer que mi mano estuviera ahora en la pucha de mi madre. Era tan lujurioso todo. Apenas toqué sus pantis, me di cuenta que estaba totalmente mojada y sin pensarlo mucho, saqué mi pene del pantalón y haciendo a un lado sus bragas, coloqué la punta de mi verga en su concha. Mi madre se estremeció al sentir la punta de mi verga entre sus labios y despacio hice que toda mi verga entrara en ella. Mamá chorreaba y fue fácil entrar en su pucha. Yo me movía despacio, entrando y saliendo. Era mucha la excitación. Su baba me tenía toda la verga lubricada. Me estaba cogiendo a mi madre. Su concha caliente se estaba comiendo mi pito. Ya no eramos sólo madre e hijo, sino hombre y mujer. No sabíamos si estaba bien o mal lo que hacíamos. Lo único que sabíamos era que el deseo era mutuo y que no queríamos dejar pasar este momento.

Ahora, mientras me la cogía, yo le mordía los hombros y le lamía y le besaba el cuello. Fue entonces que me atreví a hablar y le dije:

-Eres una mujer muy hermosa mamá.

-¿Te gusto mi vida?

-Claro mamá, eres una hembra bellísima.

-Huy, mi amor, me haces sentir muy deseada.

-¿Te… te gusta lo que estamos haciendo? –dije, y ella contestó:

-Ay mi amor, me gusta como le das verga a tu mami. Métemela así mi amor. Huy, has puesto muy caliente a tu madre mientras me rozabas con tu verga.

-Ufff mamá, vas a hacer que me corra.

-No todavía bebé, porque te deseo mucho tiempo dentro de mí.

Entonces ella se alejó un poco para sacarse mi verga y se colocó de frente a mí. Comenzamos a besarnos. Nuestras lenguas se enredaban y yo mordía sus labios carnosos.

-Ay mi niño. Qué caliente me tienes.

Comencé a bajar hasta que mi boca quedo frente a sus tetas. Le lamí los pezones llenándoselos de saliva, hum qué rico morder y chupar sus pezones duritos.

-Ay mi niño, tú vas a hacer que tu mami se chorree. Así lindo, sácale la leche de las tetas a tu mamá. Ah, mi vida, me has puesto como una callejera.

Seguí lamiendo hasta que mi boca llegó a su pucha. Le quité sus pantis y lamí la baba de sus bellos. Hum, ahora mis dedos le abrían la pucha y mi lengua húmeda tocaba las paredes de sus labios. Los apretaba entre mi boca y chupaba. Tenía la cabeza entre las piernas de mi madre y ella me tenía sujetado del cabello y me apretaba la cara contra su pucha.

-Ay bebé ay ah.

Sentí cómo me invadía toda la humedad de mi madre. Acaba de correrse y yo seguía chupando su concha, metiéndole la lengua hasta el fondo. El aroma de esa panocha era para extasiar a cualquiera y yo no quería alejarme. Terminó en mi boca pero seguíamos muy calientes y yo no dejaba de beber su humedad que escurría hasta sus muslos. Parece mentira que no me había dado cuenta de lo hermosas y ricas que eran las piernas de mi madre y ahora yo las tenía para lamerlas y morderlas.

-Ufff hijo, así, chupa cariño, tómatelo todo mi amor.

-Sí mamá; huy, me excita tu aroma y me excita que estés tan caliente.

-Me tienes como una perra en celo mi vida y soy sólo tuya.

La levanté para acercarla a mí, quería darle por la pucha desde atrás y me acomodé tras de ella. Metí y mi verga con fuerza y ella lo resintió con un gemido. La arremetía con mucha violencia y ella igual que yo estaba ardiendo.

-Mamá, me voy a correr.

-Sí mi amor, hazlo dentro de mí, anda cielo. Lléname toda con tu leche… ay cariño ufff.

Seguí cogiendo a mi madre con todas mis fuerzas, mi verga rozaba las paredes de su concha y no pude contenerme más. Me aferré a sus tetas mientras le llenaba la pucha con mi leche. Ambos gemíamos de placer.

-ufff mamá.

-¿Te gustó mi cielo?-preguntó ella.

-Sí, me encantó tenerte como mujer, aunque…

-¿Aunque?… sientes algo de culpa ¿no?

-Sí mamá, así es.

-Pues pensemos que sólo es algo lindo ¿sí?

Le di un beso en la mejilla y nos quedamos mirando. Después acerqué mi boca a la suya y nos besamos. Yo sabía que ya no dormiría esa noche, cuando sentí que mi verga se volvía a poner muy dura entre la mano de mi mamá.

Historia: lavar los platos

Viernes, octubre 7th, 2011

Autor: Rex Mauro

Ella sabía que debía lavar los platos, pero no tenía ganas de nada, simplemente era más fácil tenderse en la cama a ver televisión, hora tras hora, sin ninguna presión y sin ninguna emoción, en el más absoluto aburrimiento. Al fin, llegó su marido, la saludó con un beso, fue a dejar sus cosas y se sentó en la mesa, diciendo, “sírveme comida”. Ella, un poco temerosa, le contestó: “no hice comida” y al decirlo, con sólo mirar la expresión de su marido, pudo sentir mariposas en su estómago y en medio de sus piernas, una sensación sólo comparable a sentir un brusco e inesperado descenso en un bache en un avión, o una brusca desaceleración en una montaña rusa. Entonces él, con furia, se puso de pié, fue a dónde ella estaba, y acercándose casi al punto de estrellar su cuerpo con el de ella, le gritó en forma insultante, arrojando algo de saliva a su cara: “¡qué diablos significa esto!, ¡trabajo todo el día y tu no eres capaz de hacer una simple cosa!”. Ella al escuchar esto sintió que sus piernas temblaban, sus rodillas se flexionaban un poco involuntariamente, su sangre se helaba, su corazón latía a mil por hora haciéndola sentirse algo mareada, al tiempo que algo ocurría en su bajo vientre, algo que no podía evitar, por cuanto sentía que tendría que pagar su falta con dolor y humillación, una humillación que no respetaría su condición de mujer… era muy claro que iba a ser vejada, golpeada, desnudada, insultada, obligada a pedir disculpas y finalmente violada por su propio marido.

En el intertanto, su marido fue a la cocina, y con gran sorpresa encontró una enorme pila de platos, amontonados en completo desorden, llenos de grasa y aceite. “Esto ya basta!” gritó, la tomó de un brazo, la empujó a la cocina, tomó una cuchara de palo, le bajó el pantalón de buzo que ella llevaba, y comenzó a golpearla rabiosamente en sus nalgas. Ella suplicó que parara, comenzó a sentir mucho miedo, a desesperarse, trató inútilmente de detenerlo, pero él era muchísimo más fuerte. El dolor no cesaba… al final las lágrimas brotaron, entonces el castigo paró, y ella quedó de rodillas en el piso de la cocina con la cara llena de lágrimas, sus piernas y nalgas desnudas, y su buzo y sus calzones ridículamente a la altura de las rodillas. Entonces él la arrastró de un brazo al living, mientras ella ridículamente trataba de caminar sin poderlo hacer porque el buzo a la altura de sus tobillos se lo impedía. Debió resignarse a ser arrastrada por el piso, sintiendo una gran impotencia de no poder pararse y caminar, lo cual era en extremo humillante. Fue arrojada sobre una alfombra llena de finos cojines, a los pies de un sofá, boca abajo, dejando expuestas sus bellas y castigadas nalgas. Mientras sollozaba y respiraba dificultosamente sobre los almohadones, y mientras acariciaba con una mano su castigado trasero, moviéndose boca abajo sobre los almohadones, comenzó a sentir un gran alivio de que hubiese terminado el castigo, alivio reforzado por el roce de las suaves telas de los almohadones sobre su piel, sus suaves muslos, su entre piernas. Estaba así boca abajo, sollozando, moviéndose lentamente, para calmar el dolor, cuando vió que arriba su marido se estaba sacando el cinturón, con la cara llena de satisfacción sádica, y le decía “ahora vas a ver quien manda y qué te pasará si me desobedeces” .

Era demasiado, nuevamente sintió ese latir de su corazón que la dejaba mareada, ese congelársele la sangre, aunque ahora comenzó a desearlo, a desear que él la tocara, la castigara, la golpeara, la manoseara, la penetrara. Sus entrañas comenzaron a mojarse copiosamente en complicidad, esperando el castigo, para sufrir cada segundo de él, para experimentarlo, para gozarlo, para entregarse por completo a lo que fuese que él quisiese hacerle.

Él comenzó a azotarla con el cinturón, mientras ella respondía moviendo sus piernas, y meciendo sus caderas, contrayendo su pelvis sobre los almohadones, como si deseara que los almohadones la penetraran luego de cada golpe, en un movimiento que comenzaba a ser demasiado sensual para su castigador. Sensual eran también sus gemidos, como los de una mujer excitada que está en proceso de alcanzar un orgasmo. Golpe tras golpe, minuto tras minuto, dolor sobre más dolor, continuó el castigo. Súbitamente, la tomó de un brazo levantándola. Ella casi desfallecía, estaba como en trance, adolorida, humillada, avergonzada, desnuda, excitada… muy mojada. La dejó sobre el lavaplatos, y le ordenó “¡ahora floja de porquería, lava esos platos!”. Ella, que no reaccionaba, cometió el error de no reaccionar lo suficientemente rápido. Error imperdonable, pues él tomó una finísima ramita de árbol, verde y muy flexible, y aplicó unos certeros golpes sobre sus nalgas. Eso la hizo despertar, al tiempo que casi la hace alcanzar un orgasmo. Comenzó a lavar los platos mientras apenas podía soportar el deseo de ser penetrada, de ser amada… en ese preciso minuto. Estaba muy angustiada, pero sabía que había un sólo camino… hacer la voluntad de él, porque no importaba lo que ella pensara o tratara de hacer, al final él haría su voluntad, y a ella le correspondía solamente obedecerlo, seguirlo, satisfacerlo, complacerlo, entregarse a él por completo. Minuto tras minuto, la angustia de desear ser penetrada continuó, mientras él manoseaba sus nalgas esparciendo crema para aliviarla, a lo que luego continuaba con nuevos y dolorosos varillazos. Finalmente, cuando los platos ya estaban todos limpies, bajó su cierre, extrajo su pene y preguntó, mientras colocaba el glande sobre las nalgas de ella: “Quién es el que manda aquí”, a lo que ella respondió “Usted”. Él la penetró analmente y ambos acabaron en un orgasmo mientras ella era empujada una y otra vez contra el lavaplatos.

El exámen final

Viernes, octubre 7th, 2011

 

Autora: Flakita

Aquel día Andrea se despertó temprano, era el último día de clases y ya no tendría que volver a ese odioso colegio religioso y por fin iría a la universidad. Salió de la ducha y comenzó a vestirse, al colocarse la falda y verse en el espejo sonrió y comenzó a recordar todos aquellos castigos que recibió de parte de la directora por llevarla tan corta, cuántas veces había terminado sobre las piernas de sus padres por todas aquellas quejas y avisos que la escuela hacia llegar a su casa, todos aquellos días que la suspendieron y que terminaban siempre en algún rincón de su casa con su trasero ardiendo y adolorido a la vista de sus padres o hermanas, pero el único castigo que ella quería recibir era el de Mauricio su maestro de literatura, un hombre joven, alto, de tez morena y mirada penetrante, fue su maestro durante este último año y aunque ella siempre lo provocó llegando tarde, no haciendo sus trabajos y hasta en ocasiones contestándole de mala manera él solo la mandaba a la dirección, todo el año ella soñó con el durante las noches, esos sueños donde él la reprendía y después la obligaba a inclinarse sobre sus piernas, le levantaba esa corta falda del uniforme que usaba y comenzaba a azotarla cada vez con más fuerza mientras ella se humedecía, él acariciaba sus nalgas desnudas y de vez en cuando sus dedos se concentraban en otra parte más íntima y al darse cuenta de lo excitada que ella se encontraba, terminaban teniendo sexo sobre el escritorio, completamente desnudos. Ella no podía dejar de pensar en esos sueños, sueños que volvían a su mente cada vez que lo tenía enfrente, y que ahora siendo el último día que lo vería no se quitaban de su cabeza.

Pero hoy era el último día y ella no le quedaba más que darse por vencida y dejarlo todo en sus sueños, además tenía que hacer un buen trabajo final ya que no quería tener problemas para entrar a la universidad por lo que se esforzó bastante en esta ocasión.

De pronto al ver el reloj se dio cuenta de lo tarde que se le había hecho al estar recordando lo que aquel maestro provocaba en ella, así que termino de vestirse rápidamente, y corrió hacia el colegio, y aunque el colegio estaba aun par de calles de su casa no logro llegar a tiempo.

Cuando abrió la puerta de su salón, uno de sus compañeros ya se encontraba exponiendo el ensayo que había pedido el maestro para la calificación final, sus demás compañeros estaban en sus lugares, poniendo atención, y Mauricio detrás de su escritorio, al notar su llegada se acercó a la puerta.

– Entra rápido, ni el último día puedes llegar temprano – dijo Mauricio en tono molesto y con voz baja para no interrumpir.

Ella rápidamente se dirigió a su lugar y se dispuso a escuchar a su compañero. Pasaron unos 5 compañeros más y Mauricio le indicó que era su turno de presentar el ensayo. Ella sonrió y comenzó a buscar en su mochila, de pronto en su cara se comenzó a notar un poco de preocupación.

– ¿Pasa algo Andrea? -Preguntó Mauricio al ver su nerviosismo.

– Disculpe profesor, pero con las prisas dejé mi ensayo en la casa, pero vivo aquí muy cerca y puedo ir y regresar con el, no me tardo ni 10 minutos.

– No Andrea, ya estoy harto de tu actitud, pensé que te importaría este trabajo por que es importante para tu ingreso a la universidad, pero ya veo que no, y ahora voy a hacer algo que hace mucho tiempo debí hacer- dijo Mauricio mientras la jalaba del brazo y la llevaba al frente del salón.

Ella no creía lo que estaba pasando, por fin su sueño se iba a realizar, pero no quería que sus compañeros estuvieran presentes.

Mauricio colocó una silla en frente del salón, se sentó en ella y le ordenó que se recostara sobre sus piernas.

– ¡No! No puede hacerme esto enfrente de mis compañeros, por favor.

– Tu pésima conducta y tu insolencia siempre ha sido en frente de tus compañeros así que tu castigo será enfrente de ellos también -le dijo Mauricio mientras la jalaba del brazo y la colocó en la posición que le había indicado.

Le levantó la falda y dejó caer el primer azote, ella no pudo más que dar un salto por la fuerza del azote, en ella hubo muchas sensaciones en ese momento, desde dolor y humillación hasta excitación, se sentía tan apenada de ser castigada en frente de sus compañeros, los cuales observaban muy fijamente, y sus ojos reflejaban sorpresa, curiosidad, y en algunos otros un cierto agrado por aquella escena.

Los azotes continuaban dejando cada vez mas rojas las nalgas de Andrea, después Mauricio bajo lentamente sus bragas y dio unos 30 azotes más, mientras ella no hacia mas que tratar de zafarse por lo que Mauricio la golpeaba con más fuerza. De pronto se detuvo y la acarició un poco, sintiendo esa calidez en sus nalgas.

– Levántate- le ordenó.

Ella lo hizo sin voltear a ver a nadie ya que estaba muy apenada por lo que había sucedido y ni siquiera podía levantar la mirada.

– Quédate ahí, volteando a la pared, con tu falda arriba y tus bragas abajo para que todos puedan ver lo que provocó tu conducta- le dijo Mauricio mientras le señalaba un rincón en el frente del salón.

Ella se colocó donde Mauricio le había ordenado mientras escuchaba como sus compañeros continuaban con sus presentaciones, ella estaba tan excitada y húmeda por esa sensación de ardor en sus nalgas y de humillación por estar ahí con sus nalgas al descubierto mientras todos veían las marcas de su castigo.

Al terminar todas la presentaciones, los alumnos se retiraron, quedando solos en el salón Mauricio y Andrea aún en el rincón.

– Date la vuelta y acércate.

Andrea al voltearse vio a Mauricio cerca de su escritorio.

– Profesor discúlpeme, de verdad me esforcé en este trabajo y si me permite se lo puedo traer ahora mismo -le dijo mientras se acercaba a él.

– No, Andrea; ahora mismo vamos a continuar con el castigo, inclínate sobre el escritorio.

Ella lo hizo sin pensarlo, el escuchar esas palabras hicieron que su excitación aumentara. De pronto sintió el impacto de la regla de madera, era un dolor más intenso y no pudo evitar que las lágrimas se le salieran. Después de 30 azotes se detuvo y acarició sus nalgas, ella hizo un pequeño gemido que más que ser de dolor fue de placer. El sonrió disimuladamente y le ordenó que se pusiera de pie.

– Puedes irte y mañana espero tu presentación, y de verdad espero notar tu esfuerzo -le dijo Mauricio con un tono serio.

Ella subió su bragas y se acomodo la falda, le sonrió a Mauricio y salioó del salón. Se fue a su casa casi corriendo, estaba ansiosa por ver en el espejo las marcas de su castigo, al llegar a su casa, subió a su cuarto y cerró con llave, observó sus nalgas rojas en el espejo y no pudo evitar tocarse hasta llegar al orgasmo.

Al día siguiente, llegó muy temprano a la escuela y presentó su ensayo, Mauricio la felicito, y estaba sorprendido del buen trabajo que había hecho Andrea.

– Parece que de verdad te esforzaste, y vas a tener una buena calificación, puedes irte -Ella tomó sus cosas y se dirigía a la puerta.

– Aunque me hubiera gustado más tener que castigarte de nuevo- le dijo Mauricio sonriendo.

Ella solo se sonrojó, le sonrió y salio del salón.

A partir de ese día ninguno de los dos pudo olvidarse de lo que sucedió, pasaron un par de años, y un día se encontraron, ellos comenzaron a salir, y ella le confeso todo lo que le provocó ese día y lo mucho que lo había deseado. A partir de eso comenzaron una relación.

Ahora están juntos y de vez en cuando juegan a la alumna irresponsable y al maestro severo.

Una tarde excitante con dos chicos

Miércoles, septiembre 29th, 2010

Mi nombre es… Bueno, mi nombre no importa y prefiero no decirlo. Sólo diré, porque es importante, que soy una chica de 22 años que estudia en la Universidad de Barcelona. Nunca he salido en serio con ningún chico y mis relaciones sexuales hasta hace unos meses eran muy esporádicas y bastante tradicionales. Nunca he sentido nada especial al acostarme con un chico, siempre he tenido la luz apagada y nunca he visto el cuerpo desnudo de mis amantes.
Vivo sola, en un departamento del centro. No soy de Barcelona. Mis padres me envían dinero para que me concentre en mis estudios y no me preocupe de nada. En principio parece un buen trato, pero la vida en Barcelona para alguien de fuera puede ser un poco difícil cuando sólo te limitas a ir a clase y tomar apuntes. Ir a comprar, hacerte la comida, recoger la casa y estudiar para luego cenar y marchar a la cama. De vez en cuando me quedo a tomar algo con unas amigas de clase y sólo un par de veces me han ligado y he acabado en un lecho ajeno, pero nada espectacular.

Por error hace unos meses llegó a casa un libro de una tienda por correo. Iba a nombre del antiguo inquilino y lo encontré en mi buzón. Durante dos semanas estuvo envuelto, pero un día me picó la curiosidad y lo abrí. Era una colección de cuentos del Marqués de Sade. Lo metí en un cajón y me olvidé de él, no me interesaba, pues estaba en periodo de exámenes y no tenía tiempo más que para estudiar. Odio ver la tele, de hecho ni siquiera la tengo, por eso, en un descanso abrí el libro y me resultó perturbador, extraño… Las situaciones que planteaba me producían gran curiosidad. Mencionaba prácticas sexuales que me parecían como mínimo extravagantes. Las protagonistas de las historias hacían cosas que yo ni me había planteado. Me parecían un poco manipuladas por la mente del autor; al fin y al cabo, un hombre; y es un hombre quien las “sometía”.
Terminaron los exámenes y quería ir a casa a ver a mis padres unos días, pero empecé a darle vueltas a una de las historias. Es difícil de explicar, sentía un vacío, una gran duda y un deseo oculto; una idea me sobrevino. Empecé a temblar y me tuve que dar una ducha para despejarme. Al salir de la ducha me tumbé en el sillón y me quedé dormida. Tuve sueños revueltos y turbadores. Me desperté de repente y tenía la entrepierna súper mojada, me tuve que duchar de nuevo. Me di cuenta de que lo prohibido me llamaba. Era un deseo oscuro, un poco sucio; pero enormemente excitante, y tenía que hacerlo.

A la mañana siguiente fui a una Facultad que no era la mía (no diré ninguna de las dos) y puse un anuncio que ha dado lugar a lo que la gente llama una “leyenda urbana”. Cuando lo escucho me río porque realmente sucedió y yo fui la protagonista. Me aseguré que no había nadie mirándome y lo puse dentro de un anuncio de alumnos. El anuncio decía lo siguiente: Chica buenísima onda, busca chico discreto para que la inicie en la sodomía. Y debajo mi número de celular y salí corriendo. Temblaba pensando en lo que acababa de hacer. Esa misma tarde recibí siete llamadas pero no me atreví a responder a ninguna, y apagué mi teléfono un poco avergonzada. Cené y me fui a la cama pero no podía dormir, estaba muy nerviosa. Mi celular estaba en mi mesita y no dejaba de mirarlo. Me decidí a conectarlo. Sólo quince segundos después me llegó un mensaje, lo habían enviado media hora antes. Decía lo siguiente: He visto tu anuncio. Un amigo mío y yo queremos conocerte, somos de fiar. Si estás interesada házmelo saber y te daré mi dirección. Te prometo discreción.

Empecé a notar mis latidos en las sienes, mi respiración agitada y mi nerviosismo patético; me mordí el labio inferior y me decidí a responder. Me temblaban los dedos y sólo pude escribir “lo estoy” y lo envié. Me contestó con su dirección y una hora. Le hice una llamada perdida para confirmarlo… Apenas puede dormir esa noche. Al día siguiente no tenía clase y me quedé en la cama hasta las doce. Me levanté al mediodía. Comí, me duché y volví a echarme sobre el sillón esperando que pasara el tiempo. Estaba histérica, lo deseaba, lo deseaba mucho, pero iba a encontrarme no con un extraño, sino con dos, pero tenía dudas…
No voy, no iré… ¡Ni que estuviera loca!… – Pero lo estaba deseando, lo único que hacía era justificarme a mí misma. El encuentro no era muy lejos de mi casa, 20 minutos; y media hora antes salí de casa. Llevaba puesto un jersey y unos vaqueros azul oscuros con lo que me veía bastante nalgona pues me quedaban untados. Era marzo y en Barcelona el tiempo era un poco frío aún. Llegué al sitio con el corazón en la boca. Me planté frente a la puerta. Creí que me desmayaría, y en un impulso apreté el timbre. A los cinco segundos me abrieron… Era un chico de dieciocho años, de físico vulgar, mediana estatura, ni gordo ni flaco; moreno ojos marrones. Muy español. Me saludó y entré.

Era una casa antigua. Allí estaba su amigo, que era casi igual que él, pero bastante feo. Tenían puesta música chillout y estaban bebiendo whisky bailey’s, para calmarse, claro. “Tontín”, el menos feo se dirigió a mí: Entramos a la sala donde había unos sillones y nos sentamos.
– Hola nena, me llamo…
– ¡No!, nada de nombres por favor – creo que lo dejé un poco asustado.
– Como quieras… ¿Quieres tomar algo?
– Sí, lo mismo que ustedes…
“El Babas”, el más feo, me preparó un vaso con torpeza. Me lo bebí con la misma torpeza. Evitábamos mirarnos fijamente, todo era muy violento, ridículo. Estaba arrepintiéndome… Me hablaron de los discos que tenían, del tiempo en Barcelona, y de todo lo alejado del asunto que allí nos reunía. Yo no paraba de beber bailey’s y ya estaba por el segundo trago. Mientras pensaba: “En cuanto me termine este vaso pongo una excusa y me voy, me voy… Esto es una estupidez. Les diré que era una broma y en paz…”. Los chicos no cesaban de hablar y yo bebía, mientras el licor h
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acía su efecto. Me relajé, pero seguía decidida a irme. Ya llevaba diez minutos en ese apartamento, y según yo, había tardado demasiado. Me levanté y dije:
– Bueno…
Empecé a caminar hacia la puerta ante el asombro de los dos muchachos, me iba. Pero vi la puerta del dormitorio abierta y me asomé. Había una cama muy grande y una lámpara cubierta con un pañuelo azul oscuro que dejaba el cuarto en una curiosa penumbra azul.
– Se han preparado muy bien, ¿eh?… -, dije.
Era el momento…
– ¿Empezamos?… -, dijo “Tontín”.
Noté una gran excitación, ¡iba a hacerlo!… Asentí con la cabeza, el whisky hablaba por mí. Los dos se dirigieron hacia la puerta del dormitorio; los dejé clavados porque me dirigí al ventanal del comedor y con violencia bajé las persianas, dejé la sala a oscuras. Me sentía ansiosa y con ganas de que me dieran fuego…
– Prefiero aquí… -, dije.

Ambos estaban asustados. La sala a oscuras y sólo se veían perfiles azules debido a la escasa luz del dormitorio. “El Babas” quiso besarme, pero me negué.
– Nada de besos, ni de meterme mano; no me excita ahora. Sólo quiero… Bueno, ya saben qué, ¿no?…
Me miraron asombrados. Empecé a desabotonarme los jeans, tenía prisa. Me giré y los bajé hasta las rodillas, sabiendo que sus miradas acaparaban mis nalguitas. Me dejé los calzones y mi jersey puesto, y me puse de rodillas encima del sofá, incliné mi redondo culo y supe que se habían atragantado al ver mi enorme trasero de nalgas redondas y aterciopeladas. Oía sus respiraciones agitadas, la mía también lo estaba, y todos estábamos nerviosos y excitados. Me bajé las pantaletas y quedaron mis nalgas altivas y retadoras.
– Te pondré un poquito de crema… – dijo la voz de “Tontín”.
– Si, gracias… pero antes, caliéntala con las manos
Oí cómo se echaba la crema en las palmas y las frotaba. Me estaba poniendo muy tensa. Intentó abrirme las nalgas y deseé sentir su lengua en mi ano, pero sabía que con la crema, la penetración sería más fácil y me quedé con las ganas de sentir una lengüita en mi culo.
– Abre un poco las piernas
Obedecí y separé mis rodillas. Me sentía como una mujer de los relatos de Sade, sumisa, expectante. Mi trasero en pompa expuesto y dispuesto a recibir una rica verga que lo abriera completamente. De pronto sentí su dedo embadurnado de crema sobre el borde de mi ano, estaba tibio; así que mi culo se contrajo un poco; y debido a la impresión, lancé un quejido pero no quería parar. Empezó a embadurnar las rugosidades de mi ano, mientras yo movía el trasero al compás de las caricias. Era una sensación dulce muy agradable, y creo que empecé a mojarme.
– Métele el dedo hasta el fondo-, oí que dijo “El Babas”
Poco a poco su dedo avanzaba hacia el centro, todavía con mimo. Tratando mi culito con mucha delicadeza, por eso mi esfínter empezó a relajarse. Él se dio cuenta y comenzó a presionar ligeramente. Por fin mi culo empezaba a ser perforado. Estaba mereciendo la pena, ya lo creo. Metió hasta la segunda falange y musité algo.
– ¿Qué?… -, preguntó él.
– Que lo muevas en círculos…
Así hizo y me relajé. Sentía cómo el borde de mi recto rozaba con la suave piel de su dedo. Era dulce, muy dulce. Entonces apretó más, firme aunque lentamente. Por fin metió enterró su dedo hasta el fondo de mi culo. ¡No podía creerlo!, nunca me lo había ni tocado para excitarme y ahora tenía metido el dedo de un desconocido mientras otro me miraba. Lo movió más rápidamente y nuestras respiraciones se lanzaron a la carrera.
– ¡Qué rico, que rico!… ¡Mmmm!–, dije.
– ¿Te gusta?
– Mucho… ¿Y a ti?
– ¡Me enloqueces nada más de ver como lo meneas, mamita! ¡Estás muy culona! – noté entonces que su voz cambiaba, se excitaba muy violentamente.
– ¡Cógetela ya!… – agregó “El Babas”.
Acepté remisa. Ya no tenía tanta prisa, pero di por hecho que él sabía más que yo de aquello. Porque antes de esa tarde sólo sabía lo que había leído en un libro de un señor que había muerto hacía unos siglos.

Oí cómo se desabrochaba el pantalón y buscaba su polla de entre sus calzoncillos. Se la sacó y de inmediato escuché el sonido de su verga mientras se la meneaba. Siempre me ha repugnado ese sonido, de hecho he tenido un poco de reticencia a tocarlas y ya no digamos mamarlas. Aquel sonido me resultaba sencillamente asqueroso, por fortuna estaba muy excitado y tardó poco en conseguir una erección aceptable para ponerse el condón. De buenas a primeras sentí algo plano y duro sobre mis nalgas, era su glande. Mi culito era muy sensible y distinguí perfectamente el depósito de la punta del preservativo. Me asusté, pues no creía que eso fuera a entrarme. “Tontín” empezó a empujar. Dolor, era algo así como cuando tomas mucho aire y no puedes soltarlo. Me sentí presionada, me dolía.
– ¡Espérate, me lastimas!… – dije asustada.
– Tranquila, siempre es así al principio-, decía “Tontín” entre jadeos- ya te acostumbrarás.
Lo di por bueno dando debido a mi ignorancia, pero me dolía. Hundí mi cara en el reposabrazos del sillón, con lo que quedé más empinada y mordí el sillón y el sabor era seco, y sabía a polvo; en esa casa no limpiaban a menudo o ese era un sillón muy viejo. Mientras, sentía cómo su reata entraba poco a poco en mi recto. Me la metió hasta la mitad y se quedó quieto, esperando a que yo me acostumbrara a su grosor… Me acordé de la primera vez que cogí con un chico de mi pueblo en su coche; creí morir hasta que me la encajó toda. Esta vez era igual pero la presión era mayor. Le pedí un respiro y aceptó.

Los músculos de mi ano estaban tensos y necesitaban relajarse, él pareció darse cuenta y aplicó más crema, se lo agradecí desde lo más profundo de mi alma pues sentía que su lanza me quemaba, y de veras que fue un respiro para mi culito que ardía. Después empezó a sacarla y meterla hasta donde la mitad y aquel vaivén me pareció de lo más delicioso. ¡Al fin me estaban culeando, me sodomizaban, o como dicen algunos, me estaba dando por culo y me gustaba!… Comencé a jadear y a retorcerme a cada empellón de verga y sintiendo que lo peor había pasado, seguimos cogiendo unos cinco minutos. Sentí que la verga de “Tontín” crecía dentro de mi culito, ¡Iba a disparar su leche dentro de mi ano! Entonces pasó lo inevitable, el chico tomó aire, se afianzó a mis ancas y empujó su fierro dentro de mis entrañas, muy, muy adentro, tanto que tocó mi vagina con sus testículos. Eso me dolió mucho, muchísimo y ahogué un grito y empecé a chillar, pero “Tontín” no cejaba. El problema era que yo no era capaz de decir nada, sólo lloraba y él seguía arponeando mi culo, sin escuchar mis lamentos; no la tenía muy grande pero aún así me dolía.

Me agarré con ambas manos del sillón y las cerré con fuerza, mientras mis piernas temblaban al sentir los zarandeos de mi amiguito. Estaba confundida, pues sentía dolor y terror, me sentía violada pero no era verdad, simplemente mi amante estaba siendo demasiado efusivo; de pronto se detuvo, ¡se había corrido!… ¡Uf!. La sacó despacio, muy lentamente, y entonces me oyó llorar.
– ¿Estás bien?… -, dijo con voz de preocupación sincera.
– Creo que sí… Sólo que has ido muy deprisa y ahora me duele
Con las lágrimas corriendo por mis mejillas me subí los pantalones. Me ardía el culo y me sentí sucia, y mareada. Le dije al feo que lo sentía pero que no podría estar con él, no puso reparos. Fueron muy amables, y realmente eran buenos chicos. Estaban algo asustados, los tranquilicé y me fui.

En el camino a casa no paraba de darle vueltas. Mientras caminaba sentía cómo mi ano se retorcía, me costaba caminar a buen ritmo; tenía un gran escozor y me dolía. Entonces me dije a mí misma. Es cierto, es real. ¡Me han dado por el culo, me la han metido por detrás y he satisfecho mi fantasía y me siento súper bien!…, sabía que no volvería nunca a ser la misma.
Ya en casa me tomé una taza de nescafé caliente y me metí en la bañera. Seguía dolorida, escocida, el agua me molestaba el esfínter, pues lo tenía irritado; pero aproveché para enjabonarlo, lo limpié a conciencia y luego me puse cremita. Después de secarme. Como estaba segura de que esa noche me rozaría al dormir cogí una compresa y la puse entre mis nalgas cubriendo mi desvirgado trasero. Era bastante agradable, sentir entre mis nalguitas esa frescura y así pude dormir esa noche.
Las dudas me corroían: ¿Habré hecho bien?… ¿Soy una puta?… Pese a todo había gozado mientras aquel chico desconocido y más pequeño que yo me sodomizaba. Y luego pensé: Aún tengo su número por si acaso…