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El pueblo de los placeres. Primera parte

Miércoles, agosto 29th, 2012

Cuando a sus treinta y cuatro años Luís ganó quince millones de euros en un juego de loterías a nivel europeo, tuvo claro que dejaría su aburrido y mal pagado trabajo de comercial.

Nunca se acostumbró a vivir en la gran ciudad. No estaba hecho para los atascos, ni las muchedumbres del metro, ni los codazos en el autobús. No soportaba ser atracado una media de tres veces al año, y sus pulmones no aguantaban más la contaminación de centenares de miles de coches.

El pueblo de su madre. Siempre lo tuvo en mente y nunca se planteó volver. Sobre la mesa fotografías del pueblo. Encalado en la serranía de Aracena, en la provincia de Huelva. Sus raíces seguían allí, arraigadas como los bellos alcornoques de la dehesa onubense a su tierra.

“comprar una parcela, criar cochinos, construirme una confortable casa en el pueblo. Respirar cada mañana el aire puro. Vivir la vida.”

Su mente volaba, quería emigrar antes que el cuerpo. Hasta le pareció sentir el frescor de la brisa de una mañana de otoño, cuando la sierra de Huelva se inunda de colores rojos, amarillos, dorados y verdes. Compartiendo con la humanidad el escenario de un cuento de hadas.

Dio un golpe en la mesa con el puño cerrado, desordenando las fotos. Luís sonreía, estaba feliz, acababa de tomar la decisión que cambiaría su vida para siempre.

Cuando llegó al pueblo, éste estaba tal y como lo recordaba de niño. Como si se hubiera detenido en el tiempo. Pequeño, unos dos mil habitantes, acogedor. Con cuestas retorcidas que suben a la iglesia; como ramas de árboles ascienden al cielo. Suelo de piedra, siempre humedecido, y casas blancas.

Eligió un viejo caserón en las afueras. Un pequeño sendero le llevaba al pueblo en diez minutos andando. Sin vecinos, o casi, pues tras una curva se levantaba una humilde hilera de cinco casas, una tras otra, más metidas en el bosque.

Ofreció al dueño, que no vivía en ella, una suma razonable de dinero por su vieja y abandonada casa. Contrató un arquitecto que la cambiaría por completo. Por fuera tendría el mismo aspecto rural. Por dentro, se distribuirían trescientos metros cuadrados de hogar, divididos en dos plantas conectadas por ascensor y escaleras de caracol. Parqué de primera calidad, chimenea, bodega en el sótano. Con una amplia terraza desde la que se podía ver la mayor parte del pueblo.

Allí viviría solo y envejecería como siempre quiso hacerlo.

Estuvo un año viviendo en Huelva capital, mientras se construía su casa y contrataba en el pueblo a las personas que necesitaría para sacar adelante su nuevo negocio ganadero. Criaría cochinos y haría jamones de bellota pura. Se compró una enorme parcela llena de alcornoques, encinas, olivos, castaños y jara. Un riachuelo la atravesaba en su parte sur. Y una bella y solemne montaña separaba la zona de criado de ganado, de la fábrica de jamones recién construida y las casas de los trabajadores.

Una vez se hubo instalado y el negocio de la dehesa hubo iniciado su fructífero camino, Luís decidió ir a visitar a su tía abuela Leonor. La cual estaba emocionada por la llegada al pueblo, por todo lo alto, del nieto de su hermana.

Sobre la mesa de una humilde casa de pueblo café y pastas. Leonor y Luís charlando.

¿Y tu madre no se viene al pueblo?

- No, ella de momento sigue en Madrid. Aunque creo que vendrá de vez en cuando, en este pueblo está ahora toda su familia. ¿La tita Ana sigue en Aracena verdad?. ¿conserva su hotel?.

Hotel por llamarlo de alguna manera hijo mío. Nunca tuvo iniciativa empresarial. Se conforma con la estrella de mala muerte que luce en la fachada. Solo cinco habitaciones y baratas. Aunque se les llena, siempre tiene clientes la muy afortunada. Y casi nunca viene a verme, ni siquiera viene al pueblo, este pueblo está muy perdido Luís, me ha alegrado mucho que te hayas venido aquí.

La tita ana es la única hermana de la madre de Luís. Dos años menor que su madre, a sus cincuenta y cuatro años, Ana vivía en el más puro respeto por su difunto marido. El pequeño hotel le ayudaba a tirar adelante en el pueblo de Aracena, situado a una decena de quilómetros del pequeño pueblo donde se narra esta historia. Sola, desde que su última hija, Inés, se fue a hacer las américas con un ingeniero uruguayo.

Luís vio como empezó a caer un pequeño pero continuo chirimiri, a través de la puerta que separaba la sala de estar con el descuidado patio de la casa de su tía-abuela Leonor.

Vaya, parece que otra vez se va a poner a llover. Dijo

Tendrás que acostumbrarte, en esta época del año lo normal es que los días sean así. Peor será cuando el mes que viene entre el invierno, lleva años nevando. Prepárate.

Unos nudillos aporrearon la puerta entreabierta de la casa.

Esa debe ser Tomasa. Dijo Leonor. Le dije que vendrías a verme y tenía ganas de conocerte.

Tomasa entró y dio dos besos a la anciana Leonor. Luego le dio dos besos fuertes a Luís. Luís pensó que Tomasa tendría unos cuarenta y cinco años aproximadamente. Aunque aparentaba alguno más. Era alta y entrada en carnes. Morena y con un bello rostro que empezaba a arrugar por los ojos, frente y labios. No obstante conservaba una mirada lúcida y sana. Tenía los cachetes enrojecidos. Del mismo color del abrigado chaleco que vestía.

A luís le impresionaron los inmensos pechos que ese chaleco albergaba. Como dos ubres de vaca, como dos cántaros como los que había visto en la cocina de su tía. Le gustó esa mujer. Se sintió cómodo con ella durante la charla. Era guapa, divertida y dicharachera. Su cuerpo de hembra regordeta y pechugona, la belleza de su rostro y lo agradable de su compañía; recordó a Luís que aun no había tenido sexo desde que decidió cambiar de vida. De repente deseó probar a aquella mujer, pero el pudor y la prudencia le hacían estar tranquilo.

Pero los planes de Tomasa empezaban a ser diferentes a la prudencia.

- Dime chico, ¿Vinistes al pueblo con tu mujer?

- No, no tengo mujer. Vine solo.

- Vaya, chico. Yo estoy divorciada y sola. Mi marido se largó con una turista alemana, la muy puta vino buscando gente con dinero, y mis hijos están los tres en Sevilla. Pero me va bien. Tengo mi casa y mi tienda. Cuando quieras comprar algo ya sabes, la tienda de Tomasa, la mejor y única tienda del pueblo. Pan, verduras, dulces, carnes, todo para ti cuando quieras. Jajajajajajaja

Su risa sonó exagerada y forzada. Luís le dio las gracias y empezó a barajar la opción de irse antes de que se hiciera de noche y lloviera con más intensidad. Pero Tomasa se adelantó.

En casa tengo una buena morcilla, de pura cepa. Ven que te doy un trozo para que cenes esta noche.

Su casa colindaba con la de Leonor. “Vecinas de toda la vida, aunque en el pueblo todos nos conocemos, todos somos vecinos al fin y al cabo”. Le dijo mientras abría la puerta.

La casa parecía estar anclada en el pasado. Techo de madera y el salón lleno de trofeos de caza disecados. “recuerdos de mi marido, ojalá su cabeza fuera una de esas:” Dijo chillando. Luís se preguntó por qué tenía que chillar.

Tómala mírala que rica. Huele, huele.

Luís se acercó a olerla y se quedó mirando sus pechos sin darse cuenta.

Que pasa joven, te gustan los pechos de la Tomasa eh. Cuando era joven todos los chicos del pueblo y de los pueblos vecinos morían por catarlos. Pero ya ves, el tiempo pasa. Jajajajaja

De nuevo voces y aquella risa desorbitada. Luís se esforzó por soltar una frase amable, quería irse.

Aun estás bien, Tomasa. Y seguro que todavía muchos jóvenes estarían encantados de catarte.

Jajajaja. ¿Tu querrías pasar un buen rato con la Tomasa?.

Esto último lo dijo meneando las tetas con las manos. Lo dijo con tanta facilidad y naturalidad, que Luís sospechó de que se ganara la vida con algo más que la tienda.

Se sintió tentado pero incómodo. Se mostró dudoso e hizo un movimiento de despedida.

Pero Tomasa le tomó por las manos y tiró de él.

Tómalo como un regalo de bienvenida. En este pueblo la vida es muy aburrida. Nadie tiene por qué saberlo y yo no me voy a molestar si no repites. Jajajajajaja.

Luís no sabía que decir, así que no dijo nada. Estaba fuera de juego, se dejó llevar.

Le llevó a una habitación que se encontraba al fondo de otra habitación mayor. “Alcoba, le dijo ella que se llamaba a esa estancia”. La cama era grande y las paredes frías. Encendió una pequeña luz con un sistema de encendido que le pareció primitivo. Lo sentó en la cama y se desvistió de cintura para arriba.

Dos enormes pechos se mostraron ante Luís. Grandes de solemnidad, no como las falsas operaciones de las chicas de ciudad. Grandes, naturales y con unos pezones que no parecían humanos.

Los acarició sin decir nada. Estaba fascinado. Eran cálidos y suaves al tacto. Confortables. Esa mujer le inspiraba una extraña confianza, a pesar de sus voces y sus risas escandalosas.

Tomasa se levantó y se quedó en bragas. Amplias, pero a penas guardaban su gran culo, ni su coño peludo. Luego se sentó a su lado de nuevo agarrándole los pechos.

Vamos nene, cómele los pechos a la tomasa. Prueba el producto de este pueblo.

Luís se acomodó y los lamió. Ella le trataba con cariño, acariciándole el pelo, cada vez más caliente. Él se centró en disfrutar de esos melones. Sabían dulces y seguían siendo suaves a pesar de la dureza formidable que acababan de ganar sendos pezones.

Luís se levantó y se desnudó deprisa. Tomasa se tumbó y se cogió el pelo con una orquilla mientras Luís se desnudaba. Se bajó las bragas y se abrió de piernas, mostrando su peludo coño.

Luís se masturbó un poco para que se le pusiera más dura. Tomasa se incorporó y le ayudó metiéndosela en la boca y haciéndole una mamada estándar. Estaba demasiado caliente, quería que ese chico la follara cuanto antes, llevaba meses sin sexo, hacía meses que no veía una cara nueva por el pueblo.

Cuando se le puso la polla dura Tomasa volvió a tumbarse boca arriba y se abrió mucho de piernas. Luís se colocó sobre ella y le clavó la punta. Ella le rodeó con sus piernas para que no se escapara.

Cuando la metió, Tomasa se estremeció. Notó un agradable calor húmedo envolviendo su pene. Entró con suma facilidad. Pronto empezó a follar con fuerza. Tomasa resistía las envestidas con gemidos constantes y los ojos casi cerrados. “fóllate a la tomasa chico de Madrid”. “Dale placer a la tomasa, cabrón.”. “vamos, folla puto perro, folla fuerte, así eso es, eso es.”

Le mantenía a ralla. Sus piernas no le dejaban escapar y ella cada vez pedía más. Solo se le escuchaba a ella exigir cada vez más y gemir.

Al cabo del rato se pudo librar y se incorporó visiblemente excitado y sudoroso. Masturbándose, para no perder el ritmo, se tumbó a su lado y la abrió de piernas. Ella se ladeó hacía el lado contrario y le dejó accesibilidad levantando mucho la pierna que quedaba encima. Luís se enchufó y empezó a follar de nuevo. A penas metía medio pene en esa postura, pero sentía que el capullo rozaba mejor en ese amplio coño. Le quedaban las nalgas a mano, así que las azotó constantemente.

Bailonas y coloradas nalgas de tomasa.

Cuando sentía que iba a correrse se incorporó de nuevo y se puso de pié en la cama. Señaló su boca.

Quiero correrme ahí. Dijo con voz excitada

Estos chicos de ciudad, que gustos más raros tenéis. JAJAJAJAJAJ.

Ella abrió la boca y luís se la metió. Ella cerró los labios, él empezó a meterla y sacarla. Ella le tenía agarrado fuerte por los huevos, como exprimiendo un fruto que estaba a punto de soltar su zumo. Luís sintió mucho dolor, pero le gustaba.

Tuvo una corrida brutal, tomasa sintió como un flujo pegajoso, caliente y espeso le inundaba la boca. Tragó cuanto pudo, pero no pudo evitar que algo se le cayera por la comisura de sus labios.

Como si no hubiera pasado nada se levantaron y vistieron. Tomasa le dio la morcilla y le despidió en la puerta de su casa. Fuera seguía la constante lluvia fina y era de noche.

Adiós chico de ciudad. Ya sabes donde estoy. Cuando quieras Tomasa, ven y te daré Tomasa.

Luís asintió sin decir nada y se despidió inclinando la cabeza. Se colocó el gorro del chaquetón, se metió las manos en el bolsillo, y se fue pegado a la pared de esa pequeña calle. Camino de su casa en las afueras del pueblo.

Se tomó lo ocurrido como una necesaria canita al aire. Le sentó bien ese polvillo con esa curiosa mujer.

Los días siguientes los dedicó a mover hilos por la zona. Visitó empresas de turismo para incluir su dehesa en un paquete de visitas organizadas. También habló con el alcalde del pueblo para que su negocio, el mejor que tendría esa villa en muchos años, fuera completamente respaldado y apoyado por los que mandaban.

Paseó por toda la zona para conocerla bien y todas las mañanas salía a correr temprano por un sendero de tierra que se adentraba mucho en el bosque, regresando al pueblo por una carretera comarcal mal cuidada.

Poco a poco se fue sintiendo más cómodo y fue conociendo mejor al pueblo. Sus gentes eran reservadas ante los forasteros y tuvo problemas de adaptación pues su presencia siempre resultaba incómoda. A sus espaldas había gente que le defendía por traer dinero al pueblo, en cambio otros avisaban de que no iba a traer nada bueno, poniendo a los vecinos con más prejuicios en contra de Luís.

Para comprar iba a la tienda de Tomasa, la única del pueblo. Ella le despachaba con alegría y a gritos, como en ella era habitual. Siempre le guiñaba un ojo cuando salía de la tienda, y Luís pudo notar que estaba empezando a vestir prendas escotadas para despacharle.

Los días pasaban y su negocio empezaba a tener beneficios. Su capital crecía mientras él apenas salía de su confortable hogar. El Invierno había entrado muy duro, de forma que siempre que no estaba liado con trabajo, o supervisando el trabajo de los empleados en la dehesa, estaba en casa. Navegando por Internet, viendo películas, leyendo, cocinando…..

Cada día pensaba más en Tomasa. El recuerdo de su cama le venía a la mente con calidez. Le apetecía repetir.

Una noche de lluvia, cuando no había un alma en las calles del pueblo, se puso el abrigo y salió caminando hacia su casa.

Las chimeneas del pueblo daban un aroma a leña quemada y el viento frío se llevaba con rapidez el humo de los tejados. El piso estaba muy mojado y, a pesar del chubasquero, llegó empapado a la puerta de la casa de tomasa. ´

Con precaución llamó secamente a la puerta. Miró la puerta de su tía abuela, estaba cerrada. Dio un vistazo alrededor. Todas las casas estaban cerradas y no había nadie.

Llamo otra vez, un poco más fuerte. Miró de nuevo alrededor. Pudo ver una figura quieta tras una ventana de una de las casas de la acera de enfrente. Era una silueta de mujer, pero no podría verle bien la cara. Esa extraña figura le miraba en silencio, ocultada tras la oscuridad de la noche. Su sombra resaltaba sobre la sombra del fondo de su casa.

En ese instante Tomasa abrió la puerta. Cuando vio a Luis sonrió con picardía; sin duda se alegraba de que hubiera ido a repetir.

Hola Luís, pasa chico, que te estás poniendo perdido. ¡Todos repiten con Tomasa!.

Luís entró. Antes de dar el último paso de entrada se giró buscando encontrar de nuevo esa misteriosa figura femenina, pero al mirar de nuevo, ya no estaba.

Una vez dentro se quitó la ropa mojada. Y se arrimó a la chispeante chimenea que Tomasa había encendido poco tiempo antes.

¿A qué se debe el honor de tu visita?. Dijo Tomasa, que vestía un camisón largo y grueso.

Me gustó esa morcilla que me distes. No la tienes en la tienda y he pensado que tal vez pudiera comprarte un buen trozo, si aun te queda.

Por supuesto que me queda, ven conmigo.

Atravesaron el patio interior y llegaron a una caseta llena de jamones, chorizos, morcillas y demás embutidos y quesos. Luís se quedó maravillado.

Aquí tienes todo cuanto quieras. Coge, no te cortes.

Luís se fue hacia ella y le metió mano. Le agarró el culo y las tetas. Ella se dejaba hacer sonriente.

¿uy como has venido no chico?

Quiero un poco más de tomasa.

JAJAJAJAJAJAJA. No hace falta que lo jures cabronazo.

Tras la escandalosa risa y la descomunal voz, dejó caer el camisón, quedándose completamente desnuda. Alta, pechugona, entrada en carnes, y el coño bien peludo. Tremendo cuerpo maduro. Exquisita hembra. Diosa de la serranía.

Luís se desnudó deprisa, estaba ya bien armado. Ella se puso de rodillas y le dio una mamada que a Luís se le antojó excelente. Tras ella, se tumbó sobre una pila de jamones que había en una esquina y se abrió de patas como pudo.

Ven a casa, Luís. Bienvenido, ven con mami.

Follaron como locos. Retozando sobre la pila de jamones. Sus cuerpos acabaron impregnados de grasa.

Probaron muchas posturas. Luís tuvo la suerte de verla pedir polla a cuatro patas. El inmenso culo se abrió mientras ella mordía una pata de jamón para no chillar de dolor.

Tras la gran follada de los jamones, ella preparó un baño de agua caliente en una amplia bañera. Entraron los dos. Tomasa aprovechó la situación para cabalgar un rato sobre Luís. El agua salpicaba por todos lados tras cada sentada de la Tomasa. Y sus pechos bailaban desordenadamente sobre la cara de Luís, el cual aprovechó para comerlos y lamerlos mientras ella se movía con torpeza por la falta de espacio donde dejar caer sus dos inmensos muslos.

Cuando se despidió, Luis recordó la silueta misteriosa que vió en la casa de enfrente justo antes de entrar a ver a Tomasa.

Una pregunta. ¿Quién vive ahí?. Le preguntó señalándole la casa en cuestión.

¿Por qué lo preguntas?. Tomasa parecía incómoda.

Es que antes me pareció ver a alguien mirándome tras la ventana.

Se llama Alba. Tendrá tu edad la chica. Todos dicen que mató a su madre para quedarse con esa casa. Lo cierto es que ella dice que está en una residencia de Cádiz, pero en el pueblo todos saben que hasta que no la mató no paró. Hay quien dice que escondió su cadáver en un pozo que tiene en el patio, y después lo selló con cemento. Ahora vive sola y a penas sale a la calle. A veces se oyen lamentos tras sus paredes. Algunos dicen que es el espíritu de su madre, que la tiene atemorizada. Es una loca, no le hagas caso.

Luís se despidió y se fue camino de su casa, mientras un escalofrío le recorría toda la espalda. ¿Sería el espíritu de la madre quien lo observaba tras la ventana?

Estuvo unos días fuera del pueblo promocionando las oportunidades empresariales y turísticas de su dehesa. Al regresar visitó a sus trabajadores y les dio las buenas noticias que traía. Varias tiendas charcuteras de la capital onubense se habían comprometido a vender sus productos. Desde Sevilla trajo un acuerdo con la junta de Andalucía en la que paquetes de turistas descubrirían cómo viven los cerdos en la dehesa y todo el proceso de elaboración del jamón ibérico de bellota. Además, había invertido una buena suma de dinero en la construcción de cabañas en el extremo norte de la finca, tras la montaña, que iría destinada a turismo rural.

Un día fue a Aracena a ver a su tía Ana y a proponerle negocios.

Vende el hotel y vente a la dehesa. Estoy construyendo una casa y varias cabañas de madera, ideal para el turismo. Tú serás la encargada de llevar esas cabañas. Necesito tu experiencia en hospedaje y nunca te faltará de nada. Te pagaré el 50 % de lo que ganemos con las cabañas, más un sueldo base de mil euros mensuales. Podrás irte cuando quieras si no estás a gusto. En ese caso te ayudaría económicamente para que fueras donde quieras.

Su tía Ana se quedó pensativa. Estaba muy cambiada, pensó Luís. Los años le habían ensanchado las caderas y arrugado un poco el rostro y las manos. Siempre fue una mujer muy guapa y eso es algo que nunca se pierde. Luís valoró mucho su pelo teñido de negro. Su tía Ana se seguía cuidando exactamente igual como la recordaba; cuando pasaba los veranos en el pueblo. Muchas veces fue protagonista de sus pajas adolescentes. Y, en cierto modo, una gran parte de aquella mujer estaba ahí delante de él, bebiendo pensativa el café que acababa de servir. Con el castillo de Aracena al fondo, tras una amplia ventana, con las cortinas corridas.

No me gusta el pueblo. No suelo ir.

No tendrías que ir para casi nada, vivirías en la dehesa. Tendrás una casa llena de comodidades. Mañana mismo la ordenaré construir, a tu gusto.

Se levantó y se asomó a la ventana. De espaldas parecía una mujer mucho más joven. A pesar de las caderas amplias, su cuerpo era delgado y bien cuidado. Luís recordó sus reiteradas pajas pensando en ella. Las recientes experiencias con la extraña Tomasa le habían despertado el apetito sexual que un día tuvo, y que tenía escondido en algún lugar de su interior. Tomasa se lo había despertado y ahora Luís volvía a desear disfrutar de las mujeres; de cuantas más mujeres mejor.

Se levantó y se situó detrás de su tía. Ella sintió su presencia y no se movió, seguía pensativa. Luís se pegó hasta casi posar su paquete en su agrandado y bello trasero. Reposó su mano derecha sobre el hombro derecho de su tía Ana.

Ven conmigo. Me siento solo en el pueblo. Creo que casi todo el mundo me odia. Y no sé por qué.

Yo sí se por qué. Es un pueblo envidioso que odia a los forasteros. Confórmate con que no te hagan la vida imposible.

Luís se acercó un poco más. Percibió la soledad de su tía. Supo entender a aquella mujer, entendió que se conformara con lo poco que le dejaba su negocio. Entendió el aburrimiento de una vida que solo espera que llegue la muerte. Todos los días tendrían que ser iguales, viendo atardecer tras ese castillo. Se preguntó cuanto tiempo hacía que no estaba con un hombre.

Le agarró por la cintura y ahora sí pegó su paquete al trasero. No sabía por qué hacía eso, una fuerza que no controlaba le impulsaba a hacerlo. Como si su alma estuviera dominada por otra alma diferente a la suya.

Su tía suspiro y echó un poco el culo hacia atrás. Luís se lo agarró por las nalgas, restregando su polla crecida bajo el pantalón. Su tía notaba el bulto y se movía para restregar todo su culo por ella. De repente se giró.

Miró lacónica y triste a su sobrino. Le acarició la mejilla.

No me has dicho como está mi hermana. ¿Mamá está bien?. ¿Participará de tu negocio?.

Ella no quiere saber nada de aquí. Solo vendrá de vez en cuando.

Entonces necesitas una madre, alguien que se encargue de ti.

Lo miró con ternura. Y se arrodilló. Llevaba unas faldas marrones largas, con una blusa azul marino. Clásica, como su entorno, como su vida. Acarició el paquete y desabrochó los botones de la bragueta del pantalón vaquero de Luís.

Sacó su polla y la masajeo. Miró a Luís con una mueca inexpresiva. La polla estaba muy erguida. La lamió lentamente mientras la masturbaba.

Luís estaba muy excitado, no lograba entender nada de aquello, pero se dejó llevar.

Ana estuvo un largo rato lamiendo y engullendo la polla del hijo de su hermana, recreándose en cada momento. Al cabo del rato se incorporó y susurró un convincente “fóllame” al oído de su sobrino.

A continuación luís le arrancó la ropa. Le destrozó la camisa y le sacó la falda. Ana se quedó en medias negras y braga y sostén blanco. Le arrancó el sujetador y lelamió las pequeñas y aun elegantes tetas. Ella le empujó sobre el sofá y se quitó las bragas, dejándose las medias puestas; las cuales acababan en la mitad de sus muslos. Bellos muslos, veinteañeros muslos.

Ana se acomodó sobre él. Quedando sus cuerpos muy unidos. El calor del cuerpo femenino que tenía encima, proporcionó a Luís un calor familiar agradable. Ella empezó a moverse y a gemir silenciosamente. Solo se oían los choques de las carnes en cada bajada. La polla entraba y salía del coño de Ana al buen ritmo que ella daba en su movimiento.

Luís se llenó de sus muslos y de su trasero. Lo agarró con firmeza mientras ella aumentaba el ritmo.

Ana se incorporó y se colocó en el sofá como una perrita. Luís se acomodó detrás. Le pasó la mano por el culo y el coño tras haberse escupido en ella. Le pidió la polla con un movimiento insistente de caderas. Él le dio lo que quiso y se la clavo en una follada bestial.

Ana se sentía taladrada por su sobrino. Ahora gemía como una perrilla, medio llorando. Su cuerpo empezaba a desencajarse sobre el sofá mientras Luís la follaba cada vez más encima de ella.

Cuando eyaculó sobre su espalda y culo, Luís se sentó a descansar sobre el sofá. Su tía se levantó y fue a cambiarse. Al volver se sentó al lado de Luís.

Acepto tu propuesta. Trabajaré para ti. Solamente una cosa, me gustaría vivir contigo. Llevo mucho tiempo viviendo sola. Si esperamos a que construyas mi casa puede pasar demasiado tiempo. No aguanto más el ver como se pone el sol tras ese castillo.

Conforme. Te prepararé una habitación. Vendré a recogerte la semana que viene. Pon en venta el hotel. Jamás te verás más atrapada por él.

Gracias sobrino.

Adiós.

Cuando llegó a su casa había una carta sobre la alfombrilla de la puerta de entrada. La abrió y quedó algo estupefacto:

“Cuidado con Tomasa. No es de fiar”.

Miró alrededor, todo estaba en silencio, no había nadie por ningún lado. Meneó la cabeza quitándole importancia. Sería alguien que le habría visto bromear con ella en la tienda. Ya le ha avisado su tía de que intentarían hacerle la vida imposible. Arrugó y tiró el papel; no pensaba hacer caso a una nota cobarde.

Pasaron unos días tranquilos mientras Luís preparaba el traslado de su tía Ana. Se dedicó a intentar ganar simpatías en el pueblo, y alguna consiguió al pagar de forma íntegra la remodelación de una antigua ermita de las afueras. Lo cual permitiría al pueblo retomarse tradicional romería del mes de abril.

En un par de ocasiones hizo uso de Tomasa. Siempre al caer la noche y siempre tomando las suficientes precauciones para no ser descubierto. Se lo pasaba bien con ella y follaban con una agradable compenetración. Los polvos de Tomasa eran directos; no era una mujer que se andase por las ramas. No se entretenía mucho en prolegómenos y no le gustaba alargar mucho la despedida tras saciarse. Era la mejor de las putas. Directa, honesta, precavida, discreta, buena folladora, y gratis. Muchas mujeres deberían aprender de hembras como Tomasa.

Cuando su tía Ana se trasladó Luís estuvo un tiempo sin aparecer por el pueblo. No volvieron a acostarse, ni a hablar del tema. Su única preocupación era que su tía estuviera cómoda y comprobar que tenía las suficientes herramientas para llevar con éxito el negocio de las cabañas de la dehesa. La vida de Ana era ir a la dehesa por la mañana y volver a la casa de Luís al caer la tarde.

Luís le había preparado una habitación en la planta baja de la casa. Ella estaba a gusto y se mostraba ilusionada con su ocupación.

Al cabo de unos días Ana se despertó en mitad de la madrugada, merced a la excitación de un sueño húmedo. Fue a la cocina a beber un poco de agua. Al volver a su habitación se detuvo ante unas de las escaleras que subían a la parte superior de la lujosa vivienda.

“Soy una mujer. Tengo mis necesidades. Necesito Un hombre. No aguanto más.”

Dejó caer el camisón y subió las escaleras desnuda. Entró en la habitación de su sobrino y encendió la luz de la mesilla de noche. El resplandor hizo que Luís despertara. Cuando logró enfocar la vista pudo contemplar a su tía desnuda. Le miraba deseosa.

Hola luís. Había pensado que a penas hemos charlado desde que me mudé. Las obligaciones nos tienen muy separados. Vine aquí a cuidar de ti. Se lo he prometido a tu madre. ¿Puedo entrar en tu cama?

Luís notó como una salvaje erección se acercaba acelerada. Siempre dormía desnudo. Una tremenda verga esperaba a la tía Ana bajo las sábanas, a modo de regalo.

Por supuesto tita Ana, adelante.

Gracias pequeñín.

Ana echó mano al paquete de manera inmediata. Llevándose la agradable sorpresa de sentir la polla enorme de su sobrino, Le sonrío.

Guau, se te ve muy estresado. Y se nota dónde se acumula el estrés. Ahora tu tita va a darte una sesión de relax. Quiero que estés sin estrés, será bueno para nuestro negocio. Tómalo como un servicio extra, en agradecimiento por haberme contratado.

Tras la charla empezó a masturbar a Luís. Mientras su mano se movía de arriba abajo, y de abajo arriba, Ana le dio besitos por el cuello y pechos. Deslizó su lengua de pezón a pezón y de nuevo al cuello.

Continuó masturbándole un poco más. Al cabo del rato se dejo caer hasta los pies de la cama donde inició una mamada a su sobrino. Su lengua recorrió los huevos y las venas marcada del pene de Luís. Ana estaba sedienta, necesitaba más y más. Sentía a esa polla como una especie de tótem. Era más mujer lamiéndola. Sería más mujer clavándosela.

Así que se incorporó y comenzó a cabalgar.

Ummmmmm eso es mi semental. Eres todo un semental. Ummm sí, eso es. ¿Te gusta como te monta tu amazona?

Síii, síiii, eres la mejor amazona.

Pam, pam, pam, pam. Choques de carne, golpes en el culo de Ana, gemidos desproporcionados.

Mientras en la puerta de la casa, una joven de unos treinta años, está sentada abierta de piernas. Tocándose. Excitada por los gemidos de Ana.

Tras tener varios orgasmos, la chica escribe una nota y la deja sobre la alfombrilla de la entrada. A continuación se dirige apresurada a su casa; frente por frente de la casa de Tomasa.