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Sofía tomaba el sol

Sofía tomaba el sol como si tal cosa, pero su mente no paraba…

Desde que había llegado aquel hombre a su paraíso privado, estaba un poco alterada. Al principio, se molestó y se preguntó porqué diablos había llegado hasta allí. La verdad es que la calita en cuestión no solo era difícil de localizar por no ser excesivamente conocida, sino que además para acceder a ella por tierra se requería un gran esfuerzo físico incluso sin hacer calor, así que con la que estaba cayendo (35 grados a la sombra), exigía mucho espíritu de sacrificio. No solo había que subir una colina desértica, sino que después había que bajar por una pared de rocas que era prácticamente vertical en algunos tramos.

Sin embargo, después se obtenía una grata recompensa. Era un sitio recóndito y pintoresco, poco conocido y perfecto para tomar el sol a solas en un entorno precioso. La época también era idónea para ese fin: Junio, calor, pero sin gente de vacaciones que irrumpiera para romper la armonía…salvo por aquel extraño.

El hombre se había colocado a unos quince metros de ella, es decir, casi en el extremo opuesto de la calita y se había desnudado completamente. A Sofía después de la incomodidad inicial, la verdad es que le gustó verlo desnudo, y sus sentimientos para con ese desconocido empezaron a cambiar paulatinamente. Era un tipo atlético, como ella, bastante alto, con una media melena morena y ondulada, y lo único que llevaba puesto era varias pulseras en la muñeca derecha, un colgante y algunos tatuajes. Además, por lo que se veía, no estaba mal en ningún aspecto…..

Descansaba después de un baño, sentado sobre la arena blanca de la orilla, disfrutando del frescor del agua, que se colaba entre sus piernas, y de la ligera brisa que agitaba sus cabellos mojados.

La imagen excitaba la imaginación de Sofía, que ya llevaba un rato largo observando al extraño a hurtadillas. Alguna vez le había pillado a él mirando también en su dirección, lo que la excitaba aún más. Pero porqué no iba él a mirarla, se decía a sí misma, solo llevaba un tanguita y sabía que estaba de muy buen ver; con su rizada melena pelirroja, los ojos de un azul casi eléctrico, los pechos naturales muy bien formados y firmes, que no se podía decir que fueran pequeños, si bien estaban lejos de la hinchada tendencia actual. Tenía unos pezones rosados preciosos y muy sexys, un vientre casi plano (con esa ligera curvita que tanto excitaba a los hombres), y un culo que quitaba el hipo, según le decían todos sus amigos.

Tras mucho pensárselo se quitó el tanga, quedándose completamente desnuda….

Sabía que eso llamaría la atención del desconocido. En realidad, aunque habitualmente hacía top-less, nunca antes había practicado nudismo. Pensó que sería una sutil invitación que fomentaría nuevas miradas de aquel del extraño, que sin duda se sentiría atraído por su ligero triangulito de vello púvico, tan pelirrojo como su cabello, y por la piel blanca que lo rodeaba, que delataba que en realidad se había desnudado para él.

Cuando llevaba un rato tumbada, dándole vueltas a su mente lujuriosa, decidió ir a darse un baño tratando de aparentar en sus movimientos toda la naturalidad del mundo, pero lo cierto es que ya estaba muy húmeda y excitada. En realidad anhelaba provocar al extraño las mismas sensaciones que ella estaba teniendo. La táctica funcionó porque el hombre la siguió con la mirada, según pudo observar por el rabillo del ojo.

Sin embargo mientras salía del agua, observó con sorpresa y bastante vergüenza, que el desconocido se acercaba hacia donde ella estaba. Una cosa era imaginar y otra distinta … Los pezones se le endurecieron aun más y no precisamente por efecto del frío, y a duras penas podía desviar la mirada del cuerpo de aquel hombre, una de cuyas partes también parecía que comenzaba a cambiar de textura. El extraño, le mostró la palma de su mano derecha, y sonriendo le dijo:

– Hola perdona, me llamo Héctor, no quiero molestarte pero es que antes mientras buceaba entre las rocas, me he ido a apoyar justo encima de un erizo, que sospecho que me ha clavado todas las púas que ha podido el muy……!!. He conseguido sacarme unas pocas, pero tengo las uñas muy cortas y hay algunas que no salen. He pensado que a lo mejor a ti se te da algo mejor….

Sofía ya no sabía donde mirar. De cerca parecía aún más apetecible, tendría treinta y pocos años, y un aspecto de surfista bohemio, que le volvía loca. Un tatuaje tribal le cubría gran parte del hombro izquierdo y le llegaba casi al antebrazo. Nunca había visto uno así, era como un conjunto de hojas que formaban una intrincada enredadera. Lo cierto es que, a pesar de lo grande que era, le quedaba muy bien. Además, tenía otro cerca del pubis en la parte derecha, que le pareció algo más ‘heavy’ pero muy sexy; eran unas llamas de vivos colores que le subían por el costado.

Sin embargo, todo eso lo observó en apenas un segundo, pues le daba vergüenza mirarle detenidamente, ya que estaba enfrente de ella completamente desnudo… Pero ella….. ella también estaba como Dios la trajo al mundo!!!, pensó azorada. Él notando su incomodidad, la miró con aire compungido:

– No quería molestarte,….. pensé que tal vez podrías…. Bueno es igual, perdona…- y comenzó a darse la vuelta.

Sofía le agarró del brazo del tatuaje, pero de pronto le soltó, al encontrarse con la mirada perpleja del desconocido, sorprendida por su propia reacción. Mirando al suelo, tímidamente le dijo:

– Venga, enséñame esa mano.- La voz le salió en un hilillo.

Héctor se la mostró, y Sofía vio que tenía como de diez a quince púas clavadas.

– En fin, mejor será que nos sentemos- Sentenció la muchacha, cogiendo la mano sana del hombre y dirigiéndolo hacia su toalla.

Se sentaron, y se miraron a los ojos por un momento. Sofía sonrió pero inmediatamente desvió la mirada, al encontrarse de nuevo con unos ojos de color marrón verdoso que le recordaron a los ojos de un tigre o algo así; una mirada felina muy expresiva que denotaba deseo. Héctor pensó que había sido una suerte haberse encontrado con aquel erizo, para tener una excusa para acercarse a aquella chica.

Ella estaba roja como un tomate, su corazón se le salía del pecho, lo que hacía que respirase con cierta dificultad, de un modo casi jadeante, pero el tono de su piel y el color de su pelo contribuían a disimular ese sonrojo, por lo que confiaba que él no notase su excitación. Gracias a Dios!!!, pensó.

Intentando mostrarse confiada le miró directamente a los ojos otra vez y sonriendo le dijo:

– Has tenido suerte chaval, me he traído mis pinzas…

Héctor se moría de deseo, tenía que besarla… La volvió a mirar a los ojos ladeando ligeramente la cabeza hacía el hombro derecho, un gesto que ella ya había detectado que era natural en él, y que le confería mayor intensidad a aquella mirada felina.

Ella se giró con la excusa de buscar las pinzas en su bolsa, pero en realidad intentaba que él no notase su excitación. En ese momento, Héctor le puso la mano en el vientre y girándola suavemente la besó en los labios.

– Todavía no me has dicho como te llamas pelirroja…

– Sofía….- Prácticamente no podía articular palabra, a causa de su respiración entrecortada…

Él la atrajo hacia sí con fuerza. Ya no podía más. Sus bocas volvieron a juntarse, y ella le concedió su lengua sin poner reparos, es más tenía la acuciante necesidad de dársela, y de buscar ávidamente la de él.

Héctor saboreó los carnosos labios de Sofía, tomó con su mano izquierda uno de sus preciosos pechos, y comenzó a jugar con su pezón rosa que se puso duro como una roca. Ella comenzó a jadear. Él bajó besando el cuello de aquella belleza, comiéndosela toda hasta el otro pezón, que mordió muy ligeramente. Su piel sabía a sal. A Sofía se le escapó un grito. Por su mente pasó como un relámpago la posibilidad de que alguien llegara y les viera, pero eso también lo hacía más excitante… casi lo deseaba.

Decidió buscar a tientas la verga del aquel formidable ejemplar de hombre-felino. Lo ansiaba ya dentro. Se esforzó por verla. Al tocarla, se mojo aún más, estaba dura como una piedra y pensó que era de un buen tamaño. Hija mía, se dijo, cada día eres más guarra!. Comenzó a pajearle, y él se arqueó un poco suspirando.
– Sigue…. – dijo.
Casi sin dar crédito a lo que hacía, Sofía empezó a comerse entero al desconocido, desde el cuello hasta el ombligo, sorprendiéndose de no encontrar casi vello, pero no estaba depilado, el chaval era así… perfecto para ella… Pensar en eso hizo que quisiera probar su miembro.

Al fin lo encontró, durísimo y orgullosamente erguido. Lo chupó un poco, amorosamente, paseando la lengua en círculos por el glande, bajando por el tronco, y finalmente subiendo de nuevo, hasta llegar al pequeño orificio justo a tiempo de beberse una gotita de líquido preseminal que le salía en ese momento, lo que le pareció delicioso y excitante.

Se la metió en la boca, y comenzó a hacerle una mamada que no olvidase fácilmente. La chupaba delicadamente al principio, pero su propia excitación era tal, que enseguida empezó a hacerlo con más fuerza, arriba y abajo, sin parar, masajeándola con la mano, que resbalaba por ese gran pene, y mirándole a la cara de vez en cuando. Él permanecía tumbado completamente estirado en la toalla, en tensión, extático, extasiado mientras esa espectacular belleza pelirroja le devoraba.

Le pidió entre suspiros, que por favor parase, que no podía más, pero ella quería bebérselo entero, y no estaba dispuesta a acceder a esa petición, aunque eso supusiese que después tendría que esperar un poco a la recuperación de ese formidable desconocido.

Comenzó a acariciarle los testículos, y a chuparlos con la misma devoción que hacía con el enhiesto miembro, alternando los lametazos que le suministraba con pasión. Utilizó sus dientes para rozar levemente el glande que estaba a punto de estallar, para después cogiéndole de los huevos tragarse amorosamente toda aquel nabo que le ponía a mil. Pero qué pedazo de tío!. Quiero ser su esclava- pensaba.

Así sintió como llegaba el orgasmo de aquel hombre, al que – aun sorprendida de si misma – estaba subyugando en el sexo.

Él al principio intentó separarla, preocupado por si ella tenía reparos en que se corriese en su boca, pero ella se negó en rotundo resistiéndose denodadamente, y así presa del delirio la tomó por el pelo, para atraerla más hacia sí, viniéndose entre espasmos, a lo que ella respondió succionando y besando con pasión la cabeza púrpura, mientras se bebía mares de una leche, que como la cálida promesa anterior, le supo a gloria.

Sofía siguió limpiando con su boca aquel magnífico miembro, embriagada con la experiencia que acababa de vivir, y tan cachonda que prácticamente no se reconocía a sí misma, mientras besaba con deleite la el nabo de aquel desconocido, y se extasiaba con el sabor de su semen.

Nunca había hecho algo así antes. Todas sus relaciones sexuales habían tenido lugar tras conocer, aunque fuera superficialmente a sus elegidos, y aunque era ardiente y desinhibida nunca lo había demostrado con tanta libertad. Desde luego jamás se había comido tan ferozmente una polla, y menos aún la de un completo extraño con el que apenas había cruzado un par de palabras. De todas formas estaba contenta, aunque ansiosa por sentir dentro de sus entrañas toda la potencia del tal Héctor, pero también de darle placer absoluto e incondicional, atendiendo cualquier petición que pudiera hacerle. Estaba embriagada de su sexo y quería más, aunque por el momento tenía que dejarlo descansar.

– ¿ Tú no estabas mal herido? – preguntó jocosa, mientras acariciaba el pene de Héctor. Desde luego no tenía ya sentido mostrarse tímida.

Él pareció desorientado y confuso. Nada que ver – pensó ella divertida – con el despliegue de seguridad en si mismo del que había hecho gala unos minutos antes, cuando se había acercado desnudo a una completa desconocida con la excusa de las púas del erizo, o cuando sin mediar palabra le cogió por sorpresa y le besó en los labios.

– Lo siento, no he podido…

– No te preocupes.- Le cortó ella.- Ha estado bien…. De todas formas, no creerás realmente que te voy a dejar escapar tan pronto.

Héctor sonrió, mostrando una hilera de dientes blancos y perfectamente alineados. Sofía pensó, que el tío era un cañón. La verdad es que estaba cachondísima. Mientras, Héctor se había perdido en la mirada azul eléctrica de ella…

– ¿Eres de la isla? – Preguntó Héctor.

– No, he venido a pasar una semana, que me he tomado de vacaciones…

– ¿Merecidas?.

– Eso creo.

– ¿ A qué te dedicas?.

– Soy publicista.

– ¿Trabajas para una agencia ?

– Yo soy mi propia agencia….

– ¿Y te va bien ?.

– Pues no va mal… aunque siempre podría ir mejor.

– ¿Siempre preguntas tanto?. – dijo ella sonriendo.

– Perdona.

Ella, se acercó y sin más, comenzó a comerle la boca lujuriosamente. La erección de él, que prácticamente no había menguado después del orgasmo, se hizo sin embargo más patente, y ella la vio.

Fue Sofía quien tomó la iniciativa, y acariciándole la polla mientras le seguía besando con pasión consiguió que él estuviera nuevamente preparado a pesar de lo breve del descanso. Héctor se puso a Sofía a horcajadas sobre él, de manera que su verga rozase su entrada, sin llegar a penetrarla, para frotarle el clítoris con su glande. Ella le tomó la polla con la mano, y empezó a masajear con ella su clítoris. Estaba mojadísima y gemía de placer.

Tenía un coñito precioso, rasurado, hinchado y húmedo por la excitación y con el clítoris de rojo intenso totalmente erecto. Héctor quiso probarlo de inmediato, y así tumbó boca arriba a Sofía, que abrió las piernas totalmente. Estaba flotando….

Comenzó a besar su pubis, con la ligerísima mata rojiza, hasta llegar a su húmeda raja, que se abría ante él por efecto del deseo. Sofía gemía como nunca lo había hecho. Se corría y corría, no podía parar, ni quería que parase. Héctor puso su boca justo sobre la raja, y empezó a besarla como si de otra boca se tratase. Ella deliraba. Le metió suavemente un par de dedos, mientras chupaba y mordisqueaba el clítoris de la preciosa pelirroja que se debatía en éxtasis.

Cuando la marea pasó un poco, ella se incorporó y entre jadeos le dijo:

– ¿ Puedo pedirte algo?.

Él la miró y asintió expectante.

– Me gustaría ver como te masturbas, mientras me lo haces con la boca…

Él enarcó un poco las cejas y sonrió. Sofía casi no daba crédito a lo que acababa de decir. Estaba avergonzada. Parecía que había sido completamente poseída por su yo más morboso, y le había pedido a ese desconocido que hiciese realidad una de sus secretas fantasías.

Héctor incorporó un poco a aquella preciosa ninfa, poniéndola a horcajadas, y se coló por debajo de sus piernas, para seguir chupándola jugando con aquel precioso clítoris con sus labios y su lengua, mientras con la mano derecha cogía su enorme y durísima polla, y comenzaba a pajearse al principio despacio, porque pensó que así le gustaría más a ella, y después con el salvajismo con el que lo hacía habitualmente. Sofía enardeció al verlo y sentir aquella boca en su coñito, y empezó a correrse nuevamente entre combulsiones y gritos:

– Sí…oh sí, sí, oh……. cariño, oh sí cómetela toda…. pajéate bien oh….siiiiií….

Ése orgasmo de Sofía fue el más largo e intenso que podía recordar, creyó que había concatenado varios. Después de recuperar un poco el ritmo de su respiración, se tumbó junto a Héctor y le dijo con devoción:

– Haz conmigo lo que quieras…

– Concedido… – dijo él.

Héctor, dejó que permaneciese tumbada pero le dio suavemente la vuelta hasta ponerla de lado, para meter cuidadosamente su hinchado miembro en esa preciosa conchita desde atrás. Cuando entró, no podía creer lo maravillosamente cálida y húmeda que estaba. Empezó a penetrarla despacio, mientras ella gemía de placer.

– Sí, por favor dámela…..Venga cariño….

No había nada que le diese más morbo que una mujer como aquella le hablase de ese modo, así que la incorporó para ponerla en cuatro, y comenzó a darle poco a poco más fuerte, lo que a ella le enardeció aun más.

Justo en ese momento comenzó a bajar por la pendiente rocosa, otra joven pareja del otro lado de la cala, a unos veinte metros. Sofía y Héctor los podían ver porque estaban colocados justo de cara a ellos. Era evidente que estaban fornicando, pero ninguno de los dos quería parar, y aunque hubieran querido difícilmente habrían podido. Estaban demasiado excitados.

Lo cierto es que a Sofía la presencia de los nuevos le ponía aún más cachonda, y no se cortaba en disimular sus gemidos. De hecho, cuando vio que se desnudaban completamente y que miraban en su dirección, comenzó a correrse de nuevo, sollozando:

– Vamos….vamos…oh…..oh sí……ah, ah, ah………fóllame Héctor, fóllame bien, clávamela toda!!!!.

Héctor incrementó exponencialmente la potencia de sus embestidas, mientras Sofía fuera de sí, miraba a los jóvenes que ahora tenían a unos quince metros de distancia, y entraban en la orilla. Entre sus espasmos de placer pudo ver sin ningún género de dudas que el chico de enfrente se estaba empalmando. La chica que iba con él también miraba en su dirección….

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– Has visto a esos, no chavalín? – Preguntó Marta a Alex, divertida.

Él contestó afirmando con la cabeza, y dijo:

– No te lo vas a creer, pero creo que el tío es el guitarrista de Usurpadores, el grupo de rock.

– Ah sí?.- dijo ella.- pues parece que se lo monta muy bien.- y mientras decía esto, cogió la polla de su compañero, acariciándola suavemente con lo que consiguió una total erección.

Marta era una morena escultural de curvas generosas y pubis rasurado, con unos ojos verdes impresionantes, y una boca de las que hacen soñar a los hombres. Tenía 33 años, aunque era tan lozana que parecía más joven, con sus enormes pechos totalmente erguidos. Tenía un bonito “tatoo” con motivos tribales, que le enmarcaba las lumbares, lo que hacía destacar su orgulloso, enhiesto y precioso culo. Otro pequeño tatuaje enmarcaba la zona superior de su pubis rasurado.

Alex, era un chico de 24 años no muy alto, pero sí fibroso, rubio y con los ojos azules que solía tener bastante éxito con las mujeres, por no decir que siempre lo tenía.

Marta se arrodilló dentro del agua y empezó chupar la durísima polla de de su joven compañero con deleite. Sofía y Héctor seguían en lo suyo, pero él al ver lo que sucedía en frente, quiso que su pareja le hiciese otra felación, de rodillas como estaba Marta, mientras él veía como lo hacía ésta que lo estaba poniendo cachondísimo, con las miraditas que le dedicaba mientras se comía el pene a su compañero. Así se lo pidió a Sofía, quien al oír la petición se sacó el miembro del coñito, y dándose la vuelta empezó a darle placer oral.

Alex, le dijo a Marta que parase un momento, y le preguntó que si alguna vez había probado el sexo en grupo. Ella contestó que no, pero que no le importaría probar con aquellos dos. Así comenzaron a acercarse a la otra pareja.

Sofía seguía chupando la polla a Héctor con total abnegación sin saber que se acercaban, pues estaba de espaldas y muy concentrada en lo que hacía. Mientras con la mano izquierda se masturbaba, lo que excitaba aun más a Héctor que no sabía cuanto podría aguantar.

Ello unido al hecho de ver acercarse a la otra pareja provocó que Héctor, a pesar de sus denodados esfuerzos por aguantar, al ver a la espectacular morena que ya tenía delante, se corriese abundantemente en la cara de su preciosa pelirroja. Pero Sofía estaba excitadísima, con el coño hinchadísimo y le encantó jugar con el semen de él en su cara restregándose aquel estupendo pene, y metiéndose hasta tres dedos en su almejita.

Marta y Alex, ya habían llegado. Saludaron, y tras unos segundos de desconcierto Marta besó sin ningún recato a Héctor en la boca, que tras la sorpresa inicial, la cogió por la cintura y devolvió con total soltura ese cariñoso saludo. Sofía, entró en el agua y se lavó la cara. Por un momento se quedó Alex empalmado y solo, pensando que su invasión había molestado a la pelirroja.

Sin embargo, ella volvió inmediatamente, echó una mirada a la apasionada presentación entre Marta y Héctor, el cual volvía a estar completamente empalmado, lo que le hizo pensar que aquel hombre no era de este mundo, y mirando al nuevo compañero, decidió que convenía darle igual bienvenida. Dejaría que la morena disfrutase un poco de aquel semental, mientras ella probaba al chico rubio, ¡que demonios!.

Sofía cogió suavemtente a Alex, lo tumbó en la arena, y empezó a morrearle, para un momento después, mientras le mordía el lóbulo de la oreja, susurrarle:

– Soy Sofía. ¿ Quien eres tú ?. Me gusta saber a quien me follo.

– Soy Alex- suspiro él, con una notable excitación.

A Sofía ya no le sorprendía nada de lo que estaba siendo capaz de hacer ese día, así que sin cortarse un pelo, se sentó sobre la verga de Alex y empezó a cabalgar. Miró a Héctor y a la morena, que ya estaba arrodilla frente al él comiéndole la polla, y dijo entre suspiros:

– ¿Te gusta que te la chupen, eh hombretón!?. Pues ven si quieres que te la chupemos las dos….

Marta sonrió y se acercó a Sofía, cogiendo a Héctor de la polla, como si lo llevase de la mano. El chico rubio estaba alucinado, le excitaba muchísimo la fiera pelirroja que tenía encima, pero ver a Marta comérsela a otro hombre casi le ponía más aún.

Así empezaron las dos mujeres una felación a dúo de la dolorida e hinchada polla de Héctor, que no podía disimular el gusto que sentía a pesar de los dos orgasmos que ya llevaba. Sofía gemía con la boca llena, puesto que además cabalgaba a Alex, quien, desde abajo, la embestía con la misma pasión con la que ella recibía su miembro.

Marta nunca había tenido una experiencia bisexual, pero le estaba apeteciendo muchísimo probar. Así que aprovechando la felación en equipo, no solo chupaba la polla y los huevos de Héctor, sino que además de vez en cuando metía la lengua en la boca de Sofía.

La pelirroja al principio se sorprendió un poco, pensaba que había sido accidental, pero no le había desagradado en absoluto, y a pesar del torbellino de sensaciones que en ese momento la arrastraba, en su mente también se estaba empezando a forjar la idea de probar a otra mujer.

Marta fue la primera que se decidió a ir más allá. Dejó por un momento toda la polla de Héctor a su compañera y mientras Sofía se la comía, comenzó a acariciarle los pechos, para empezar después a besarle los pezones con fruición. En ese momento Sofía se sacó la polla de Héctor de la boca manteniéndola en la mano, y al ver lo que estaba pasando su excitación fue tal que empezó a correrse otra vez, mientras cabalgaba furiosamente a Alex, y suplicaba a Marta que siguiese. Alex a duras penas podía aguantar más pero quería correrse en la boca de una de las chicas, preferiblemente en la de Sofía, pues eso realmente le estaba volviendo loco y se lo estaba imaginando desde que llegó a la playa y vió como ella se la comía a Héctor.

Héctor estaba de pie expectante, con su polla en la mano de Sofía, alucinado con el espectáculo, y deseando clavársela a Marta, a quien miraba desde arriba y que le parecía una diosa. Sofía fue frenando paulatinamente a medida que descendía de las nubes del climax, de manera que Alex se la pudo sacar y saliendo del abrazo de sus piernas, le pidió que favor se la chupara que quería llenarle la boca de semen.

Una petición así probablemente hubiera estado fuera de lugar en cualquier otra parte y en cualquier otro momento, pero allí y entonces a Sofía le pareció encantadora, y deseó darle placer a ese chico, que a pesar de lo que le excitaba, curiosamente le recordaba a su hermano pequeño.

Así, comenzó a lamer el miembro considerablemente duro de Alex, que en un segundo se estaba corriendo abundantemente en su boca y su cara. Mientras tanto Marta se puso a cuatro patas, y miró hacia atrás invitando con la mirada a Héctor para que la penetrara. Él no se hizo esperar, y acercándose por detrás se la clavó a la impresionante morena con tal fuerza, que ésta no pudo reprimir un grito al sentir entrar toda esa verga.

Sofía que había terminado con Alex, se giró para ver a como Héctor se la metía a Marta. Tenía aun la cara cubierta por el semen de Alex. Se le ocurrió que ni siquiera sabía el nombre de la otra chica, pero quería que le limpiase la cara con la boca y la lengua.

– ¿Y tú como te llamas preciosa?.

– Marta….- respondió ésta entre jadeos.

– Yo me llamo Sofía, y mira como me ha puesto tu chico…

Así se acercó poco a poco a la espectacular morena, a la que comenzó besar con pasión, mientras Héctor la taladraba. Marta bebió los restos de semen de Alex que tenía Sofía en la cara y siguió besándola, mientras ésta última le acariciaba sus enormes tetas.

Entonces mientras Marta disfrutaba de las potentes embestidas de Héctor, Sofía se coló debajo de ella para probar sus pezones, y acariciar su clítoris que se veía perfectamente, en su coñito rasurado. Un segundo después Marta estaba corriéndose por primera vez, y aullaba su placer

– ¡¡¡ Sí, sí, sí, fóllame!!!, oh, oh, oh, oh!, ah!. Chúpamelo Sofía, por favor, ah, ah!!…. cómeme el clítoris.

Sofía, no podía creer lo que le excitaba esa petición, así que, desde abajo, buscó sitio, y se apresuró a cumplirla. Su lengua se movía alrededor del clítoris de la espectacular morena, de pubis completamente rasurado, cuyas generosas tetas, rozaban su vientre.
Marta se corría otra vez….

– Sí, ah, ah, ah. Dame, dame más Héctor. Chúpame…chúpame, cómemelo todo Sofía!!!.

La pelirroja estaba mojadísima, y realmente se sentía como una guarra, pero una guarra feliz. Empezó entonces a masturbarse, pero Alex que estaba delante, le hizo el favor de comerle el coño, que en ese momento era lo que más le apetecía que le hicieran.

– Sí Alex…. Ah, ah, ah…. Es todo tu tuyo. Sí, sí, muérdelo!!!. Solo oír los gemidos y gritos que las chicas emitían hubiera provocado el orgasmo de cualquiera. Pero Alex y Héctor ya habían descargado y podían aguantar un poco más. Marta no podía más:

– Sí, sí…Vamos tío clávamela… ah, ah, ah sí, soy tuya, soy tu putita…ah, ah, ah…. me corro otra vez, ah, ah, ah…. Oh Dios!!!

– Córrete!- ordenó Héctor y susurrándole al oído le dijo– Quiero metértela por detrás. Tienes un culo increíble!.

Y así siguió bombeando, hasta que Marta alcanzó el cenit de su tercer orgasmo. Después sacó su poderosa verga del coñito rasurado de la morena, completamente empapada por sus flujos y lo puso delicadamente en la entrada de su ano. Suavemente lo restregó y frotó para humedecer, ese precioso culito limpio de vello. Lo vió tan limpio y bonito, que por primera vez en su vida le apeteció comerse un culo. Dicho y hecho, Héctor empezó a chupar con pasión el culo de la preciosa morena, que por sus gemidos parecía que fuera a correrse otra vez. Antes de que ello sucediera, Héctor volvió a poner la punta de su polla en el culito de aquella ninfa, y con un leve empujoncito entró toda su cabeza. Mientras, Sofía seguía repartiendo amorosos lenguetazos por su clítoris.
Marta deliraba:

– Sí, sí, ah, ah, ah, seguid, por favor. Oh, oh, oh, Sofía …. Métemela bien hijo puta. Clávamela toda!!. Oh, oh, oh, oh, ah, ah…. Fóllame el culo!!!!

Héctor empujó más fuerte y metió toda su polla en aquel culo tan espectacular. Entonces Sofía metiendo tres dedos en el coño de Marta y acariciando su clítoris con el pulgar, empezó a chuparle los huevos a Héctor, que ya estaba a punto de correrse. Marta ya lo estaba haciendo de nuevo.

Alex estaba que otra vez durísimo quiso follarse el culito de Sofía, pero su posición actual no era la más adecuada para ese fin si no quería fastidiar a los demás, así que, pensó que ya le daría luego y se conformó a penetrar su preciosa conchita pelirroja mientras besaba a Marta en la boca. Al notar como el pene de Alex volvía a taladrarla, comenzaron nuevamente los espasmos de Sofía, pero a pesar de ello no quería renunciar a los trabajos en el coñito de la morena y los huevos de Héctor.

Héctor no podía más. Era demasiado sentir en su polla el apretado culito de la morena, y la humeda boca de la pelirroja recorriendo sus testículos. gimió:

– ¿Quieres mi leche Marta?.

Repentinamente sacó su miembro del ano de la chica , y una sorprendentemente copiosa lluvia de lefa, mojó la cara de Sofía, tan abundante fue, que incluso dio tiempo a que Marta se girase, y pudiese metérselo en la boca para seguir bebiendo la esencia de ese semental.

Héctor cayó hacia atrás, no había forma de aguantar más. Marta siguió limpiándole bien la polla con abnegación, como si fuera su dios, mientras éste descansaba exhausto tumbado en el suelo.

Era la oportunidad que Alex estaba esperando… (Continuará)

Swingers

Era casado desde hacía muchos años. Mi vida transcurría dentro de lo que llamamos normalidad, hasta que ocurrió lo imprevisible, conocí a una mujer distinta, que con el tiempo cambió mis sentimientos y mi manera de ser y de pensar.

También era casada y con hijos, lo que no fue óbice para enamorarnos y transformarnos en amantes. Su sensualidad y delicadeza en la entrega me atraparon y lo que había comenzado como una aventura circunstancial se transformó en una necesidad de vida. Me comprendía y parecía leer mis pensamientos halagándome en todo lo que podía. Mis relaciones sexuales eran intensas y placenteras. Ambos tratábamos de complacernos y aprendimos a confiarnos los secretos más profundos y escabrosos. No había límites en nuestros encuentros y confesiones.

Surgió después de un tiempo la necesidad de sincerarnos y transmitirnos nuestras fantasías. Convenimos encontrarnos y hacer partícipes de la relación a nuestros esposos, que de alguna manera deberían aceptar los hechos. Mi insistencia y el poder que ejercía sobre Marta me permitieron pergeñar un plan para hacer realidad el encuentro.

Decidimos, cada pareja por su lado, ir de vacaciones a las termas de Saltos de Apipé en el mismo tour. Haciéndonos los desentendidos, nos encontramos en la estación de ómnibus, donde Marta fingiendo sorpresa se acercó y me presentó a su esposo ya que ella era paciente mío y le había hablado de mi en varias oportunidades. Luego de los saludos de rigor, Antonio elogió la belleza de mi esposa y observé en su mirada un dejo de admiración por su figura. A partir de ese momento me convencí que todo iría a pedir de boca. Silvia era una mujer madura que había conservado con lozanía su cuerpo. Era alta delgada con las piernas torneadas, y el vientre plano y la cola firme con escasas estrías por el ejercicio. Sus pechos pequeños aún parados de pezones turgentes, resultaban atractivos y deseables para muchos hombres. Uno de ellos seguro era Antonio. Marta tenía casi la misma edad. Me pareció hermosa desde que la conocí. Su belleza, y la mirada sensual me atrajeron desde ese primer momento. Era de estatura mediana, tez blanca y un cutis terso y suave. Su cabello oscuro, sus ojos negros, y las facciones delicadas, me impactaron. Su voz melosa y enigmática, me intrigaron y me propuse ser su amante. Así fue, a la tercera cita tuvimos nuestra primera relación sexual. Con el tiempo, nuestros encuentros fueron siendo más fogosos y placenteros, y me confió sus esfuerzos para complacer a su marido, que cada vez parecía más distante e insatisfecho.

Pero como eso no es el motivo de mi relato, voy a remitirme a las mini vacaciones en las termas donde se produjo el encuentro que terminó en una experiencia nueva y un intercambio impensado hasta ese instante.

Nos instalamos en el micro, las dos parejas en asientos contiguos, por lo que rápidamente se produjo un acercamiento. Durante las seis horas que duró el viaje charlamos de los más diversos temas. Antonio parecía querer halagar e impactar a mi esposa y Marta y yo no dejábamos de mirarnos con una mirada cómplice. Silvia era la más callada, como siempre, pero no dejaba de observar la situación con picardía y malicia, como riéndose de la situación y coqueteando con Antonio para darme celos.

Al llegar nos alojaron en un bungalow para cuatro personas con dos habitaciones y baños individuales y una piscina cubierta de aguas termales para usarla si llegaba a llover o uno prefería evitar la gran pileta por la cantidad de usuarios que habitualmente concurrían. Poseía un restauran espacioso, común a todos los turistas donde almorzábamos, cenábamos, y desayunábamos con un menú abundante y una atención esmerada. En una palabra pasaríamos una semana descansando y disfrutando de la naturaleza, y de suceder lo que presumía una experiencia única y maravillosa plena de sensualidad y placer.

Antonio parecía estar a gusto y pese a lo que Marta me había contado con respecto a su postura machista y sus celos no demostró sentirlos cuando la invité a bailar luego de la cena. El por supuesto también la invitó a Silvia como buen caballero que era, y así comenzó el primer intercambio de pareja.

Al retornar a la habitación, Silvia me comentó lo que le pareció un acercamiento demasiado íntimo entre Marta y yo al bailar, pues observó como ella entrecerraba sus ojos, y se apretaba a mi cuerpo en cada movimiento. Me hice el sorprendido, y le respondí que se equivocaba, pero yo sí, había visto cuando Antonio le hablaba al oído y deslizaba su mano hacía su nalga y la ponía en una situación incómoda. Silvia se ruborizó y no me contestó.

Esa noche mientras hacíamos el amor me preguntó si Marta me gustaba y había sido mi amante anteriormente. Antes de eyacular consideré que era el momento de confesarle la verdad y asentí con un movimiento de cabeza. Aceleré los movimientos y ella entre suspiros y jadeos de placer me pidió que le contase como era en la cama, y agregó que Antonio lo sospechaba y se lo había sugerido al oído mientras bailaban. Le relaté con pormenores la relación ante su insistencia, y ante cada palabra se excitaba y me pedía más. Fue una noche tremenda donde me pidió que le practicase el sexo en todas las posturas como lo hacía con Marta, haciendo que eyaculase varias veces coincidiendo con sus múltiples orgasmos. Exhaustos a la madrugada, mientras descansábamos abrazados, escuchamos los gemidos desde la habitación contigua donde Marta y Antonio cogían a destajo sin preocuparse porque pudiéramos oírlos. Sonriendo Silvia me dijo que me iba a escarmentar y comprobar si Antonio era el culpable o ella era una golfa que le gustaba hacer el amor con cualquiera.

Al concurrir a desayunar por la mañana, llegué antes que mi esposa y encontré a Marta sola pues Antonio había salido a buscar el diario e interiorizarse de los lugares turísticos de los alrededores lo que me sirvió para comentarle lo ocurrido y lo oído a través de las paredes donde escuchamos los gemidos de dolor y de placer que se prodigaron. Ruborizada y celosa me contó que junto a Antonio escucharon también nuestra noche de amor y lujuria y que eso había desencadenado su pasión en la cama para hacerme sufrir y cobrarse revancha de mi engaño. Había escuchado claramente cuando Silvia me pedía que la hiciese gozar como a ella, lo que la había puesto muy celosa. Llegó Silvia casi al mismo tiempo que Antonio por lo que desviamos la conversación hacia otros temas.

Pasamos la tarde en la gran piscina. Las manos de las masajistas se ocuparon de mi cuerpo y me dejaron como nuevo. Luego de cenar les propuse a todos ir al casino, pero solamente se prendió Marta, ya que Silvia y Antonio decidieron quedarse argumentando que preferían descansar. Partimos a las diez, junto a otros turistas, pero luego de llegar y jugar cinco bolas, a los quince minutos nos pusimos de acuerdo con Marta para regresar y ver que sucedía en el bungalow con nuestras parejas.

Nos apeamos a la entrada del complejo turístico, y sigilosamente nos dirigimos por detrás de la casa y nos ocultamos tras la ventana que yo había dejado ligeramente entreabierta. Había pasado media hora, cuando Silvia entró a la habitación. La veíamos perfectamente. Se despojó de la ropa y se dirigió resueltamente al baño. En plena ducha escuchamos un llamado a la puerta. Salió a medio secar y preguntó por el visitante. Cuando le respondió Antonio, ella le pidió que volviese en diez minutos que terminaba de bañarse. Fue entonces cuando Marta me apretó la mano excitada por el devenir, acurrucándose a mi cuerpo.

Silvia terminó de secarse y peinarse, y frente al espejo se pasó una crema por el cuerpo, las piernas y finalmente la pelvis acariciando la vulva abriendo sus labios como preparándola para un encuentro sexual. Se colocó las medias, el corpiño realzando su busto y se cubrió con un deshabillé. Marta al notar que no se puso la bombacha, me miró en silencio y apretó aún más mi mano. Creo que en el silencio de la noche se percibía el respirar entrecortado de ambos esperando el encuentro entre Silvia y Antonio con ansiedad y curiosidad.

Cuando mi esposa abrió la puerta ante el llamado de Antonio, y lo hizo pasar, los noté turbados pero decididos. Silvia lo convidó con whisky y luego de sentarse en el diván, se pusieron a conversar animadamente hablando sobre temas baladíes, hasta que Antonio encaminó la conversación hacia el sexo y la infidelidad. Mi esposa le preguntó si pensaba que Marta lo engañaba y Antonio sin preámbulos le respondió que estaba seguro que yo era su amante, y había decidido escarmentarla y pagarle con su misma moneda. Inmediatamente elogió la belleza y el cuerpo de Silvia que lo habían subyugado desde que la vio en la estación. Ella se incorporó del diván, y Antonio sin dudar, la tomó por detrás asiendo sus senos y apretándola contra su pelvis. Ella se quiso soltar, pero la firmeza de sus brazos y la caricia se lo impidieron. Finalmente Silvia se hecho hacia atrás y le ofreció sus labios. Antonio comenzó a moverse voluptuosamente refregando su miembro contra las nalgas de Silvia. Le levantó el deshabillé para descubrir su desnudez, y la giró enfrentándola. Pudimos ver claramente con Marta, la vulva afeitada y la tersura del vientre de mi esposa, y el miembro rígido y palpitante por la calentura de Antonio, que se encargó de chuparle y lamerle los senos. Silvia se arrodilló y tomó con sus manos la verga y le prodigó una profunda e intensa caricia con su lengua y sus labios carnosos que me pusieron en trance, e hicieron que abrazare a Marta y buscase su boca con un beso sensual. Me pidió que no perdiésemos detalle pues verlos le producía una calentura terrible, y luego tendríamos nuestra noche de amor.

Silvia y Antonio se quitaron totalmente las ropas. No nos perdíamos detalle. Ella se colocó de bruces apoyando sus manos ofreciendo sus glúteos para que Antonio abriéndole las nalgas le besara y lubricara la vulva lampiña y el orificio anal. Gemía de placer con cada lengüetazo. Los dedos de Antonio le ampliaban los orificios. Finalmente la giró, la puso de espaldas, y su miembro duro con el glande enrojecido y húmedo se introdujo en la raja entreabierta por los dedos de Silvia que lo acompañó con movimientos de vaivén para hacer más íntima y profunda la cópula. La visión era fantástica, nunca había visto una similar y menos teniendo por protagonista a mi esposa que gemía de placer, Marta al lado mío me acariciaba y me susurraba al oído, el goce que le causaba ver a Silvia cogida por su marido, algo que nunca hubiera imaginado antes. Le puse mi mano en su entrepierna y al alcanzar su vulva, comprobé la humedad de la vagina excitada por la visión y las caricias. Me suplicó que no la dejase así, y arriesgándome la tomé decidido de la mano y la conduje a la habitación donde estaban nuestros consortes.

Abrí silenciosamente la puerta y cuando advirtieron nuestra presencia, les propuse continuar. Antonio, luego de un momento de incertidumbre, nos estimuló para imitarlos. Despojé a Marta de su vestido y ya desnudos todos, besé a mi esposa y me dediqué a Marta. Estaba excitadísima, me masturbaba y chupaba mi miembro duro y descubierto. La senté sobre mi miembro y comenzó a hamacarse frenéticamente, entraba y salía hasta los testículos para provocarme una eyaculación precoz y abundante. Silvia y Antonio cogían al lado nuestro jadeando y gimiendo de placer. Veía la concha de mi esposa desbordada de semen que corría por sus piernas. Que calentura. Mientras la cogía a Marta, y Silvia recibía el tributo de Antonio, nos besábamos alternativamente sin cambiar de pareja. Era una orgía total. Intercambiamos parejas pero no disminuía la pasión ni la fogosidad del momento. Las dos fueron penetradas al mismo tiempo por Antonio y por mí. Los jadeos y los gemidos de todos, el ruido de los besos y el chasquido de las pijas entrando y saliendo de las conchas llenas de pringosos jugos que escurrían por sus muslos de esa cogida descomunal, estimulaban nuestros sentidos y nos llevaban al éxtasis.

El primero que claudicó fue Antonio que se durmió exhausto. Yo continué solazándome con ambas y cogiéndolas hasta que a la madrugada me dormí. Me desperté sobresaltado al oír a Marta y Silvia prodigándose besos y caricias. Solo abrí los ojos para gozar de esa relación homosexual. Las posiciones en 69 las chupadas de concha y la mamada de los senos mordisqueando sus pezones, me excitaron nuevamente y me pararon la pija. Al percatarse de mi calentura, las dos mujeres con una sonrisa aceleraron sus caricias e hicieron que me masturbase hasta que mi esposa se acercó y sentándose en cuclillas se penetró la concha que recibió el cálido semen en chorros intermitentes, mientras Marta me besaba y le acomodaba mi pija para hacer más profunda la relación, mientras besaba mis labios y mi boca.

Fue una hermosa noche, y a partir de allí disfrutamos hasta el último día nuestras vacaciones y por primera vez admitimos el intercambio de pareja sin remordimientos cumpliendo la fantasía de muchas parejas.

MUNJOL. hjlmmo@ubbi.com hugolobbe@ciudad.com.ar

Fantasías en pareja

Durante nuestras relaciones sexuales en los últimos años de matrimonio, ambos fantaseábamos, con situaciones donde algún hombre o mujer compartía nuestros juegos y los incorporábamos en el momento preciso. Ella solía ponerse lencería erótica, portaligas, medias y corpiños transparentes, pero el momento álgido ocurría cuando mágicamente nombraba e invitaba a un tercero para compartir la cama.

Recuerdo, que era una constante que yo le pidiese que invitara a alguien que desease, y ella reticente al principio finalmente accedió cuando yo le confesé mi fantasía con una amiga suya, que me ratoneaba desde hacía tiempo. Era fantástico, empleaba todas mis caricias para excitarla y ella me respondía de la misma manera con un mete y saca prolongado, hasta que invocando el nombre mágico de Antonio su primer amante, comenzaba a gemir y a abrir casi con desesperación, con sus dos manos las nalgas como ofreciendo su orificio anal para una doble penetración, y mientras nos nombraba a los dos, gozaba de un orgasmo ruidoso y prolongado. De más esta decir, que yo me ponía a mil y acelerando mis movimientos derramaba mi esperma a raudales dentro de su concha húmeda y generosa, terminando sudorosos y felices.

Impensadamente, en un momento de excitación y lujuria, llamó a su amiga Liliana para incorporarla al juego, musitando su nombre y pidiéndome que la cogiese sin remordimiento para darme el gusto y satisfacer mi fantasía. En ese momento comprendí que la excitaba la posibilidad de una orgía y en su imaginación cabía la experiencia si se daba la oportunidad.

A partir de allí, cada vez que teníamos relaciones gozábamos de una orgía imaginaria invirtiendo los roles e intercambiando las parejas para hacer más placentero el sexo. Yo siempre tuve en mente la posibilidad de hacer realidad nuestras fantasías, hasta que sin pensarlo una mañana, leyendo el diario me detuve en el rubro de servicios donde se publicaba “matrimonio ofrece atención a parejas, absoluta discreción y buen nivel”. Me contacte telefónicamente para averiguar los pormenores. La mujer que me atendió me pareció discreta y encantadora en el trato. Le expliqué nuestras fantasías y me aconsejó que la pusiese en una conversación tripartita por teléfono y que si a Marta le parecía bien escuchase y solo interviniese si le parecía adecuado.

No estaba convencido y no sabía si Marta iba a aceptar, pero debía intentarlo. Sabía de sus fantasías, pero no creía que se animase a concretarlo. Luego de insistir en varias oportunidades se avino a participar de las escuchas, como si fuese una travesura. Instalados en casa, marqué el número telefónico.

“Aló”, “Ingrid al habla”, me respondieron desde la otra línea.

“Hablaba por el aviso del diario”

“Cual es tu nombre?.

“Hugo. Quisiera que me explicases en que consiste la atención?”.

La miré a Marta quien con una mirada cómplice y divertida me hizo señas para que continuase.

“Somos un matrimonio joven de profesionales que disfrutamos del sexo sin tabúes”. “Tengo 30 años, cuatro menos que mi esposo, mido un metro sesenta y siete y tengo ojos claros y peso cincuenta y cinco kilos y un cuerpo armonioso”. “mi marido es trigueño, de un metro ochenta, muy buen cuerpo, fogoso y de un miembro viril enorme y grueso de casi veintitrés centímetros.”, y luego agregó “Tienen alguna experiencia previa, observando o participando en una reunión con otra u otras parejas?”.

Me apresuré a contestar negativamente, e Ingrid me tranquilizó, cuando me explicó que podíamos observarlos a ellos haciendo el amor y si lo decidíamos podríamos incorporarnos sin ningún problema.

La miré a Marta que encendida, se acariciaba la entrepierna y cerraba sus ojos. En ese momento me decidí y le dije a Ingrid que mi esposa la estaba escuchando, que podía hablarle y evacuar sus miedos. “Estabas escuchando Marta?”, le preguntó Ingrid ” Te aseguro, que vas a gozar de una experiencia diferente y no te vas a arrepentir”.

Se produjo un silencio prolongado hasta que por fin, Marta se decidió.”No me atrevo”, “siento vergüenza, pues jamás supuse participar de una “reunión” con otro matrimonio”.

Ingrid la interrumpió y le contó la conversación previa conmigo donde yo le había revelado las fantasías de ambos y la manera de gozar al imaginarnos una orgía con otra pareja, por lo que nos sugería hacerla realidad si nos poníamos de acuerdo y había feeling entre los cuatro.

Marta pareció tranquilizarse, e Ingrid sin esperar una respuesta afirmativa nos citó para el sábado siguiente. “Los espero a las 17 horas en nuestro departamento, Félix Lora 39 a pasos de Primera Junta, llaman por el portero eléctrico y yo les bajo a franquear la entrada”.”Si se arrepienten no dejen de llamarnos”.

“Estaremos puntuales”, dijimos al unísono con Marta, lo que despertó una risa cómplice de parte de Ingrid. Nos despedimos y nos comprometimos a no fallar.

Al colgar el teléfono, la conversación me había excitado. Me levanté y abracé a Marta, quién me respondió como nunca. Nos besamos. La desnudé y la llevé en mis brazos hasta la cama donde entre caricias y suspiros, abrió sus piernas y luego de sorber los jugos de la vagina y lamer su clítoris, la cogí en un mete y saca frenético nombrando a Ingrid como si fuese Ella, y Marta invocando el nombre de Mario el marido aún desconocido de Ingrid, terminando ambos en un ruidoso orgasmo.

No volvimos a tocar el tema de la cita, hasta el día previo cuando le confirmé a Mario que me atendió, nuestra presencia como habíamos quedado.

Marta, había concurrido en la semana a la depiladora (cavado total, especial, según constaba en el recibo), algo que no hacía años. Por lo visto se preparaba para una experiencia diferente y no quería defraudar a nadie. Era como si no nos atreviésemos a referirnos a la cita que nos esperaba, pero a la vez deseábamos que llegase el momento.

Por fin llegó el día, nos bañamos y nos vestimos con la mejor ropa de verano, nos perfumamos y partimos hacia lo desconocido. Mientras viajábamos me confesó que no sabía si sería capaz de participar, pues nunca había tenido relaciones con alguien desde que me había conocido y todo lo que sucedía en nuestros encuentros era pura fantasía. Yo para comprometerla le dije que debíamos cumplir con nuestra palabra y si no se sentía cómoda o no le gustaba la pareja, nos volvíamos pues ese era el pacto.

Dejamos el auto en la cochera a media cuadra del departamento, y del brazo llegamos al mismo. Al llamar por el portero eléctrico la inconfundible voz de Ingrid, nos dio la bienvenida y nos pidió que la esperásemos, que enseguida bajaba.

La mujer que apareció en la puerta, supero mis expectativas. Era tal cual me había descripto por teléfono, pero de una mirada profunda y sensual que me atrajeron de inmediato. Marta me apretó el brazo y la seguimos sin dudarlo.

Al llegar al último piso nos franqueó la entrada al departamento Mario. Era alto y de contextura atlética. Músculos marcados que resaltaban a través de su remera, y un short ceñido que denotaba el bulto de la entrepierna. La miré a Marta que ruborizada miraba de soslayo lo mismo que yo.

Nos presentamos con un tímido beso y mientras Ingrid traía un güisqui para romper el hielo nos sentamos en un amplio diván. Una mesa ratona nos separaba de otro sillón de tres cuerpos donde se sentaron Ingrid y Mario. Me parecieron encantadores y con una conversación inteligente derivaron al tema sexual. Las experiencias en la exploración de la sensibilidad y la sensualidad femenina y masculina y los placeres y el goce durante las relaciones sexuales hicieron que entrásemos en clima.

Con toda delicadeza al saber de que era la primera vez que estábamos en una “reunión” con otro matrimonio Mario nos invitó a bailar u observar como lo hacían ellos.

Colocaron música romántica e Ingrid se despojó del vestido quedando solo con las medias y los zapatos de tacos altos. Mario sin remera la atrajo hacia sí y apretando sus cuerpos comenzaron a danzar.

Marta y yo sentados en el diván mirábamos atentamente la escena y a medida que se intensificaban las caricias entre ellos, mi miembro se endurecía y palpitaba. Comencé a acariciar los senos de Marta y a besar el lóbulo de su oreja que sabía, tanto la excitaban, pero su mirada no se apartaba de la pelvis de la pareja que con movimientos voluptuosos refregaban sus sexos. El tamaño de la verga de Mario, al momento de separarse me sorprendió y más cuando se sentó en el sillón e Ingrid lo despojó del slip. Ella se arrodilló y comenzó con una mamada sensacional. Los teníamos enfrente y Mario la penetró por la concha al montarse Ingrid a horcajadas. Pude admirar el hermoso culo duro y parado que poseía. El movimiento de vaivén del miembro entrando y saliendo arrastraba los jugos pringosos que denotaban el placer que les causaba la cogida.

La visión me había excitado sobremanera y al buscar la boca de Marta encontré un beso profundo y una lengua húmeda pidiendo una pronta respuesta para satisfacer su calentura.

Al vernos encendidos, Ingrid nos invitó a pasar al baño donde podríamos despojarnos de la ropa para prepararnos y estar mucho más cómodos. La tomé a Marta de la mano y allá fuimos. Estaba arrebolada y cuando la miré desnuda frente al espejo no pude menos que desearla y elogiarla por su belleza. Le pedí que no se despojase de sus zapatos. Aprecié la depilación artística de su sexo, que se ofrecía lampiño y generoso. Le expresé que no teníamos la obligación de hacerlos participar en nuestros juegos, pero Ella me respondió que estaba dispuesta a cumplir nuestras fantasías. Con una sonrisa me preguntó si no había reparado en el culo de Ingrid que prometía un festín de sexo y placer. Por mi parte haciéndome el desentendido le recordé la enorme pija que iba a recibir si se prestaba al intercambio de parejas y si estaba decidida a soportar dos al mismo tiempo.

Aparecimos en la sala y ya ellos estaban degustando otro güisqui.”Muy bien se ven fantásticos” nos recibieron en conjunto, “Se animan, a tener relaciones delante nuestro”, “A nosotros nos encanta ver”, “Somos voyeurs”.

Sin responder me saqué el kimono que me cubría, mientras Marta lo dejó caer a sus pies. La besé y comencé a bajar desde el cuello hasta los senos mordisqueando los pezones duros y puntiagudos por la calentura que la consumía. Luego me recosté en el diván y repetí la posición de Mario e Ingrid. Le introduje la verga hasta la raíz. Marta se reclinó sobre mi pecho y yo con mis dos manos entreabrí sus nalgas dejando expuesto el orificio anal ante sus ojos. “Es magnífico y parece virgen”escuché el comentario entre ellos. “Es tu turno Ingrid”, agregó Mario. Ella se aproximó y arrodillada comenzó a lubricar con su lengua y la saliva el oscuro y pequeño orificio anal.

Yo seguía entrando y saliendo de la vagina que derramaba sus jugos por el periné y llegaba a lubricar el ano. Ingrid con sus manos acariciaba mis testículos e impregnaba con sabiduría el orificio. Marta llegó al momento en que casi con desesperación, musitó a mi oído el nombre de Mario y yo considerando que era el momento lo llamé en voz alta.

Miré de reojo y lo observé aproximándose con su enorme instrumento rígido y palpitante y me asusté. Marta pensé no lo soportaría pero no lo detuve, deseaba que la iniciase y le abriese el culo y la hiciese gritar de dolor y de placer. Después me desquitaría con Ingrid.

La sostuve firmemente por las nalgas y Mario se situó por detrás apoyó el glande sobre el orificio que lubricado se hacía más complaciente. Preguntó si estaba preparada, mientras jugaba en la entrada, esperando una respuesta que demoró solo un instante. “Ahora Mario, ya estoy lista, no aguanto más”. “Deseo sentir tu pija dentro mío”. Mario le atravesó el esfínter, y un alarido contenido, mientras me besaba y mordía mis labios me demostró que le había desvirgado el ano y cumplido parte de sus fantasías. Nos movimos al unísono entrando y saliendo mientras Marta gemía ante cada embestida, hasta que finalmente nos corrimos sudorosos entre expresiones de placer y pasión. Al manifestar tanto dolor, me atreví a observar el orificio anal de Marta, apenas Mario retiró su miembro y comprobé el diámetro de los bordes del ano dilatado e irritado que justificaban la desfloración por semejante instrumento.

Marta se levantó algo mareada con sus piernas temblorosas, se apoyó en mi brazo para que la acompañase al baño y recomponerse un poco.

Cuando salí, Ingrid me esperaba. Se acercó y luego de una fellatio sensacional logró ponerme nuevamente en trance. Mi miembro se endureció e Ingrid se puso sobre la alfombra en posición de perra abierta de piernas. Justo en ese momento reapareció Marta que me alentó a cogerla como lo habían hecho con ella. No lo dudé ni un instante y la penetré por el culo. Me afirmé tomándola por los senos y remedando una cópula animal la penetré una y otra vez. Ingrid comenzó a gemir y Mario que se masturbaba acercó su miembro a su boca. Ella lo introdujo en la misma degustándolo como un manjar. Ahora era Marta la que, observando la escena se masturbaba y hacía fluir sus jugos entre gemidos de placer y promesas de reiterar la velada que la habían iniciado en un mundo maravilloso de lujuria y sensualidad.

Nos bañamos y luego de cenar frugalmente nos prometimos volvernos a encontrar. Ingrid con una sonrisa enigmática le sugirió a Marta explorar entre ambas una relación homosexual que quedó flotando en el aire y sin respuesta.

Se dará?.

Munjol. hjlmmo@yahoo.com hugolobbe@ciudad.com.ar

Le dejo el semen a mi hermana

Nunca he sido de esos que les ponen las bragas de su hermana. O que la espían, o se la cascan pensando en ella. Por eso, lo que a otros puede parecerles una situación súper excitante, como encontrar ropa usada en el suelo y olerla, a mí me repugna.

Cuando aquel día estaba llegando a casa no hacía más que pensar en la comida. Subía las escaleras imaginándome el guiso que nuestra madre nos había dado en un taper. Pero al abrir la puerta, lo primero que vi fueron sus bragas en el suelo. No es que se me cortara el hambre, pero sentí una punzada de rabia en la boca del estómago. Las cogí con resignación, y las eché al cesto. Una vez más, me juré que era la última que hacía ese gesto, sabedor de que incumpliría la promesa. Por el estado de la cocina, ella ya había comido y se había ido rápidamente a trabajar: la mesa a medio recoger y los platos por supuesto sin fregar.

Me tocó a mí limpiar y ordenar todo después de comer. Bueno, la verdad que siempre me toca. Ella es algo mayor que yo (veintinueve, yo veinticuatro), y trabaja, mientras que yo estoy terminando la carrera. Pero que ella trabaje no es motivo para que pase de hacer las cosas de casa; aunque cuando se lo digo es como predicar en el desierto.

Cuando ella empezó a estudiar, nuestros padres le cogieron un piso de alquiler en la ciudad donde estaba la universidad. Al iniciar yo la carrera, fui a vivir con ella, a pesar de algunas quejas por su parte al principio. No entiendo muy bien aquellas protestas; le viene bien que esté allí ya que casi siempre me he ocupado de las labores del hogar.

Por la noche escuché que llegaba y salí de mi cuarto a recibirla. No me gusta discutir, pero le tenía que llamar la atención (sabía que sería en vano).

– Marta, te has dejao otra vez las bragas por ahí –le reñí.

– Joder enano haberlas dejao que ya las recogía yo ahora –sus defensas siempre eran en esa línea-. Además, si te dejas tú los gayumbos los recojo y no te digo nada. ¡Pero nunca los dejas porque eres taaaan ordenado jajajaja! –soltaba una risotada o una chanza y así acababa las discusiones.

Mientras me hablaba colgó el bolso y se despojó de la chaqueta; se dirigía a su habitación evidenciando que le resbalaba lo que le dijera. Pero no estaba dispuesto a rendirme tan fácilmente y la seguí.

– ¿Y los platos qué, eh? –le recriminé.

– Joder tío siempre te lo digo, déjalos y ya los frego yo cuando llegue –replicaba mientras se descalzaba y se bajaba los pantalones. Eso es otra cosa que me toca las narices: se desviste y se pasea medio en pelotas delante de mí como si nada.

– Sí hombre claro, y están los vajillos ahí hasta la semana que viene –repuse, al tiempo que ella seguía quitándose prendas.

– Hala maño no me des más el coñazo que me voy a duchar –dijo ya en ropa interior.

Entonces se desabrochó el sujetador y sus pechos quedaron al descubierto. Me di la vuelta contrariado para no verla, porque no me gusta que haga esas cosas, algo que ella sabe de sobra.

– ¡Hostia Marta…!

– ¡Jajaja toma ya! –se burló lanzándome el sostén a la cabeza-. ¡Como si no me las hubieras visto nunca!  ¡Da gracias que no me quito las bragas y las dejo tiradas otra vez y te enseño el culo! –exclamó alejándose por el pasillo en dirección al cuarto de baño, entre risas.

Era verdad lo que decía, no era la primera vez que le veía las tetas, puesto que se cambiaba sin ningún pudor, sobre todo la parte de arriba. El coño también se lo tenía visto, aunque menos veces. Y no porque le diera vergüenza, sino porque sabía que me hacía sentir incómodo con sus costumbres poco recatadas. Era normal que estuviera por casa sólo con bragas y una camiseta, sin nada debajo; o que meara con la puerta abierta. Y le gustaba hacerme “calvos” a menudo.

Después de cenar me senté en el sofá a ver la tele. Ella estuvo un rato en su habitación, hablando por WhatsApp con sus amigas, y luego vino. Estaba en pijama, que constaba de un pequeño pantalón corto y una camisa abotonada. Se sentó con los pies en el sofá, y empezó a mirarse los dedos descalzos. Llevaba algo en la mano. Era un cortaúñas. Lo comenzó a usar: clic. Clic. Clic.

– ¡Marta no me jodas…! –le espeté.

– ¿Qué? –preguntó sin mirarme mientras seguía con su labor. Clic, clic, clic.

– Coño cómo que “qué”, pues que no te cortes aquí las uñas.

Pero siguió en silencio cortándose las uñas. Clic, clic, clic.

– Sabes que me las tengo que cortar después de ducharme porque están más blandas –dijo al fin con toda la parsimonia y tranquilidad del mundo.

– ¡Coño pero no aquí rediós!

De nada sirvieron mis protestas, porque continuó con lo que estaba haciendo. Sólo podía esperar a que acabara.

– ¡Toma, pal bocata jajajaja! –dijo mientras me lanzaba un trozo de uña del dedo gordo-. ¡Esa era grande, eh!  ¡Jajajaja!

– ¡Qué cerda eres! –le insulté, cogiendo el trozo de uña y tirándoselo a ella, pero acabé riéndome también.

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Días después de aquello, llegaba a casa después de estudiar toda la tarde en la biblio. Entré y el piso estaba en silencio, por lo que pensé que mi hermana no estaba. Dejé la mochila y fui al váter a mear. Justo al entrar me la encontré completamente desnuda, sentada en el bidé espatarrada. Llevaba algo blanco en el coño.

– ¡Hostia puta…! –proferí dándome la vuelta rápidamente y saliendo. Lo que hacía era afeitarse el pubis.

– ¡Joder qué susto me has dao enano! Me estoy afeitando el coño –dijo Marta.

– ¡No jodas!  ¿En serio?  ¡No me había dao cuenta!  Pensaba que te estabas haciendo la permanente. No te jode –ironicé.

– ¡Jajajaja!  Idiota. Anda entra. Va que me tapo –me pidió.

– Que no tía que no entro. ¿Qué quieres? Además, podrías cerrarte la puerta.

– Que esta cuchilla no corta y necesito una tuya poooorfiiiii –suplicó desde su frío trono.

– Pffff…  ¡joder! –bufé, pero sabía lo que me tocaba-. Anda tápate un poco que te doy una.

– ¡Gracias enano!

Entré sin mirarla, interponiendo la mano entre mis ojos y ella. Abrí el mueble del lavabo con la mano libre, y cogí un par de cuchillas desechables nuevas. Efectivamente, se estaba tapando, pero sólo con las manos, y únicamente el coño. Pasaba de ocultarse los pechos. Yo seguía con una mano delante cubriendo en la medida de lo posible su visión. Inevitablemente, le veía las tetas, no muy grandes, pero bonitas de verdad. Simétricas, blanquecinas, y con pezón rosado de chica joven. Aparté de ahí la mirada; pero al cogerme las cuchillas que le ofrecía, se destapó parcialmente el sexo y vi pelos mezclados con crema de afeitar. Sin querer, o queriendo, moví imperceptiblemente la palma y le intenté ver más, ver la raja. Pero como ella aún tenía ahí una mano, apenas pude distinguir nada.

– Anda toma, jodida nudista enferma –dije al tiempo que me cogía las cuchillas.

– Que soy tu hermana tío, que no pasa nada porque me veas en pelotas.

– ¡Que te den! –grité saliendo ya del baño.

– ¡Reprimido!  ¡Jajajaja! –escuché su carcajada mientras me alejaba.

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Tal y como comentaba al principio, nuestra madre nos deja comida los findes para que tengamos durante la semana. Normalmente, los viernes, volvemos al pueblo a pasar allí el fin de semana. Yo más veces que ella, porque mi hermana se suele quedar y sale por las noches en la ciudad. No es que yo no salga, pero prefiero hacerlo por el pueblo, con los amigos de siempre.

El día siguiente de verla en el bidé, con espuma de afeitar en sus bajos, era viernes. Pero no fui al pueblo; tenía que estudiar y me pasé toda la tarde en la biblioteca. Mi hermana debía de haber salido como siempre, con los compañeros del trabajo al acabar la jornada, o con alguna amiga.

El caso es que después de estudiar, fui a cenar y tomar algo con unos colegas para despejarme. Se me hizo un poco tarde, sería la una o las dos de la noche cuando volví a casa. Al girar la llave, y abrir la puerta, me encontré a Marta a cuatro patas en el sofá; un tío jadeante se la follaba desde atrás.

– Es que no me jodas… -murmuré cabreado, enfilando el camino a mi habitación.

– ¡Hostia! –exclamó Marta; aún llegué a ver que se separaba del tío.

Desde mi cuarto escuché algunas voces en tono bajo; luego pasos, y por último nada. Debían haberse ido a terminar a su dormitorio. Estaba enfadado, y no porque se follara a un tío –podía hacer lo que le diera la real gana, sólo faltaba-, sino porque lo hiciera en el sofá. Y con la poca precaución de que llegara yo y me encontrara el espectáculo porno. Así que me desvestí y me dormí.

Por la mañana, hacia las once, sentí golpes en la puerta. Toc toc. Abrió Marta sin esperar respuesta. Iba en bragas y camiseta.

– Enano…  se puede?

Al igual que cuando golpeó la puerta, se metió en mi cama sin esperar a que contestara. No lo hizo con ánimo libidinoso ni provocativo; desde pequeños hemos dormido muchas veces juntos o nos hemos metido en la cama del otro si está cabreado, triste, preocupado, etc.

– Me perdonas…? –me rogó tumbada a mi lado, bajo las sábanas-. Que pensaba que te habías ido al pueblo con los papas… -mientras hablaba, me rozaba constantemente con los pies en las piernas, desde la rodilla hasta el empeine, y vuelta a empezar.

– Hmmm… -vacilé, girándome hacia el otro lado. El motivo no era “hacerme el duro”, sino que físicamente estaba duro: tenía una erección matutina casi dolorosa, y no quería que la notara.

– Hala, veeengaaa… -imploraba.

– Así que por eso te afeitabas el otro día el chocho, ¿no? ¡Jajaja! –bromeé al fin.

– ¡Jajajaja claro querido Watson!

– Bueno, pero no folles con tíos en el sofá por favor. ¡Que no quiero sentarme encima de la corrida de alguno! –le pedí.

– Vaaaale jajajaja –aceptó al tiempo que me daba un empujón. Al devolvérselo, le di sin querer con la polla dura en la tripa, y se dio cuenta-. Uy.  ¡Uy!  ¡Si estás empalmao!  ¡Jajajaja!  ¡Esto sí que no me lo esperaba!

– ¡Quita imbécil! –dijo algo nervioso.

– Jajajaja vale vaaaale, te dejo tranquilo –y salió de la cama-.  ¡…Para que te la casques a gusto pensando en lo que viste anoche jajajaja! –y me agarró durante un par de segundos el miembro por encima del calzoncillo, simulando hacer una paja-.

Mientras se iba, se bajó la braga un palmo, enseñándome el culo mil veces visto, pálido, redondo y perfecto, y de esa guisa se alejó andando.

– Capulla… -mascullé.

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Esa misma noche había quedado con unos amigos de la facultad. Tenía ganas de juerga después de tanto estudio. Le dije a mi hermana que saldría, más que nada para que tuviera cuidado si traía a alguien a casa.

– Vale enano, yo también he quedao con estas –me informó.

– Pues si eso te doy toque por la noche a ver donde estáis, pero vamos que creo que estaremos por el Casco así que no creo que te vea.

– Vale vale, nosotras iremos a la Zona como siempre –apuntó Marta.

Salí con mis amigos, como habíamos previsto, por los bares del Casco. Nos echamos unos cuantos cubatas, y ya íbamos con el puntillo. Estando en un garito no muy grande, pero lleno de tías, vi un grupo de féminas con el que pensé que tendría posibilidades, y me quise acercar. Pero en ese momento me pegaron un tirón de la camisa. Me giré y era Marta.

– ¡¡Eeehhhh  ese  enanoooo!! –yo estaba cascao, pero era evidente que ella iba peor.

– ¡Hombre! ¡Al final no habéis ido a la Zona…! –tenía que hablar a gritos, para que me oyera con la música alta del bar.

– ¡Nooo, al final aquí! –exclamó mi hermana.

Me cogió de las caderas y se puso a bailar sensual. Yo la acompañé, agarrándola por la cintura. Pero ella cada vez se refrotaba más; apretaba su cuerpo con el mío y podía sentir sus tetas que se chafaban contra mi pecho. Le seguí el juego y acaricié sus hombros y brazos, tal y como lo haría con una chica a la que me quiero ligar. Entonces me puso ambas manos en el culo y apretó, y me atrajo contra sí. Ahí ya me pareció que se estaba pasando un poco.

– Marta…  qué haces tía… -le susurré al oído.

– Calla –me ordenó, y continuó con su cadencia.

Dejó el culo y se puso a manosearme el pecho y la espalda. Me parecía mal lo que hacía, pero me estaba excitando bastante. Era como cuando le intenté mirar el coño cuando se afeitaba: no quería y la conciencia me decía que no, pero no lo podía evitar.

– Ven, que te voy a presentar –dijo entonces.

Sentí alivio porque pensé que así acababa esa situación tan públicamente erótica, a la vez que incómoda.

Pero me equivocaba.

Me cogió de la mano y me guió hasta su grupo. Eran cuatro chicas, todas guapas y pretas, de unos veintiocho o treinta años.

– Esta es Susi, Carolina, Elena, y Sandra –dijo, mientras yo iba una a una dándome dos besos-. Y este es…  ¿oye cómo te llamabas?

– Marta pero qué dices… -inquirí extrañado.

– ¡Jajaja que cómo te llamas! –repitió mi hermana.

Estaba flipando, así que me acerqué para hablarle al oído.

– ¿Marta qué coño haces?  ¿No les has dicho que soy tu hermano? –le pregunté de cerca.

– Jajaja noooo…   Así es más divertido, ¿no? –contestó riendo.

Me volvió a coger de las manos y desistió de seguir con las presentaciones a sus amigas, que observaban sonrientes como pensando “esta ya ha ligado”. Bailó mirándome a los ojos, y continuó con su sobeteo por mi cuerpo. Me puso las manos en el culo otra vez, y apretó. Yo, que ya daba por imposible el recriminárselo y que me hiciera caso, opté por hacer lo mismo. Le cogí fuertemente el culo, y se lo sobé bien, desde la pierna hasta la rabadilla, estrujándolo. A ver si así se quedaba pillada y dejaba de calentarme. Pero ante mi sorpresa, no hizo nada; parecía disfrutar.

Recostó su cabeza contra mi pecho, bailando despacio. Me besó por encima de la ropa, subió hacia arriba…  buscaba mi boca. Ella tenía los ojos cerrados, y se acercaba. Volví a hacer algo en contra de mi voluntad; bueno, realmente mi voluntad era besarla. Le correspondí con mis labios, que se juntaron con los suyos y juguetearon, húmedos ambos. Ella estaba ardiente y me besaba con pasión, cogiéndome la cara tiernamente con las manos. Yo atraía su cuerpo contra el mío, mordiéndole el labio inferior. Entonces ella abrió más la boca, ofreciéndome su lengua. Eso no quería hacerlo, creía que ya habíamos tenido bastante; pero nuevamente, sucumbí. La lengua de mi hermana se entrelazó con la mía y perdí la noción del tiempo. Ya no sabía si mis colegas aún estaban allí o se habían ido, ni me importaba.

Fuimos a la barra a por dos cubalibres. Nos los bebimos mientras bailábamos; pero ya sin morrearnos.

– Marta, estás pirada, yo no sé qué coño… -empecé a decir.

– ¡Calla atontao! –me exhortó con su habitual autoritarismo. Bebió lo que quedaba de su ron-cola.

Se puso a bailar otra vez, pero se tropezó y tuve que agarrarla por las axilas para que no diera con sus huesos en el piso.

– Venga Marta, se acabó, te llevo a casa. Vas borracha –esta vez fui yo el del tono imperativo.

– Halaaaa nooooo…   no me quiero ir aún…  -suplicaba, pero no opuso resistencia.

Se despidió de sus amigas, que parecían recelosas de que se viniera conmigo, como si pensaran que me iba a aprovechar de ella o algo así.

– ¿Estás segura, Marta? –escuché que le decía una de ellas.

– Sí sí, no os preocupéis, tranquilas –le respondió mi hermana.

Otra se dirigió a mí, con semblante serio:

– Ten cuidao eh chaval, no te pases –me advirtió.

– Tranquila, conozco a su hermano de sobra –le contesté.

– Bueno, pues cuídala –sentenció.

“No lo sabes bien”, pensé.

Nos fuimos andando, para que con el paseo se le pasara (se nos pasara, que yo también llevaba lo mío) el ciego.

Ya en casa, la acompañé a su cuarto y le llevé agua; no hizo falta que le ayudara a desvestirse porque en el intervalo en el que fui a la cocina a por una botella, ya estaba en bragas y camiseta, y medio dormida.

– Quédate a dormir conmigo, enano… – murmuró con los ojos cerrados.

– Que no coño, mira lo que ha pasao antes en el bar –me negué, con más cabeza que otra cosa.

– Brrbmpf vengaaaa… -balbuceó, pero yo ya me iba a mi habitación.

Me acosté pensando en lo que había pasado, y me costaba creerlo; era como si una cortina de irrealidad se cerniera ante mis ojos. Pero no me costó nada dormirme, por el estado etílico que tenía.

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Por la mañana desperté con la boca algo pastosa, y tras unos segundos de desconcierto, me vino el recuerdo como una bofetada de realidad. “Madre mía la que se lió anoche; espero que no nos viera nadie conocido…”. Me incorporé para coger mi vaso de agua de la mesilla, pero topé con algo.

– ¡Coño!  ¡Qué haces aquí! –dije sobresaltado; era Marta con lo que había chocado.

Emitió unos sonidos aún dormida, “ggrrrrmppfff”.

La zarandeé levemente del hombro, para que se despertara. Entonces abrió los ojos y sonrió.

– Buenos días, enano… -dijo con un hilo de voz, aún casi en sueños.

– ¿Has venido a mi cama? –pregunté tontamente.

– Jijiji siii… -respondió risueña.

Unos rayos de luz entraban por la ventana, y pude ver una expresión de felicidad en su bello rostro. No sé si se debía a que el alcohol aún corría por sus venas.

– Bueeeeno vaaaale, pero déjame dormir que aún tengo sueño –dije, girándome hacia el otro lado.

– ¡Jijijiji vale! –accedió mi hermana.

Se apretó a mí y me abrazó, rodeándome por la espalda. La notaba muy cerca; sus pechos se oprimían detrás de mí. Tan próximos los sentía, que me pareció que estaba sin ropa. Lo comprobé, pasando la mano desde sus piernas hasta los hombros, para llevar si llevaba algo puesto aunque fuera abajo. Todo lo que toqué fue su piel; estaba desnuda por completo.

– Marta… -empecé a decir.

– ¿Siii…? –contestó somnolienta.

– Que estás en pelotas.

– Sí… -respondió a media voz.

Me puse nervioso y el sueño se me pasó de golpe. Entrelazó sus piernas con las mías, y se puso a juguetear con los pies. Me empezó a besar la espalda sobre la ropa, y sus manos se metieron dentro de la camiseta. Me acariciaba los pezones mientras seguía con los besos, y no pude controlar la polla, que se me puso dura muy rápido.

– Martaaa… -protesté a modo de reprimenda, pero era inútil.

– Quiero acabar lo que empezamos ayer…   No te creas que no me acuerdo por ir borracha…  -en ese momento su mano pasó a mi paquete, húmedo de lubricación; primero por fuera, y en seguida la metió dentro y me agarró el miembro.

Se puso de rodillas, me quitó la camiseta, y nos besamos apasionadamente. Creía que lo de la noche anterior había sido un error tonto de borrachera, y que no se repetiría, pero ya veía que no.

Me bajó los calzoncillos y quedé desnudo. Me besó en la boca, y fue bajando lamiendo mi cuello, mi pecho, mi ombligo.

– Te voy a hacer la mejor mamada de tu vida –amenazó.

– No…   Eso sí que no…  -dije sin convicción.

Se la metió en la boca, y empezó a chupar con fruición. Disfrutaba tanto o más que yo, y lo hacía a la perfección. Cada vez me excitaba más, y tenía que contenerme para no correrme. La sacaba y la lamía por los lados; le daba besos; succionaba los testículos. Combinaba con movimientos de mano, momentos en que se acercaba y nos besábamos con lengua. Entonces, colocándose arriba, procedió a introducirla en el coño; y yo, aunque una vez más no quería, no podía evitarlo.

– ¡Espera! –le pedí.

– ¿Qué…? –dijo mi hermana con los ojos cerrados, con el pene ya en su interior.

– Un condón…  espera que cojo uno…  de la mesilla… -sugerí entre jadeos.

– No hace falta enano…  tomo píldora…  hmmmm… -dijo mientras resoplaba.

Me incorporé para estar aún más de cerca de ella, y la abracé. Ella me correspondió y nos besamos salvajemente, chupando el cuello y pasando la lengua por la cara, mientras cabalgaba encima de mí.

Estábamos extasiados; mi goce era doble: por una parte, por disfrutar de un sexo fantástico; por otra, que fuera con mi hermana y darle placer a ella. Por sus gestos y gemidos, y la manera de besarme, intuí que ella sentía lo mismo.

– Madre mía…   qué diferencia con el de ayer…  -resollaba mi hermana. Con eso tuve la seguridad de que ella estaba sintiendo lo mismo que yo.

– Sí sí, pero…  yo casi no puedo más Marta…

– A mí me queda muy poco…  uffff…  si te corres tú seguro que me corro contigo… -dijo.

Al decir ella eso, marqué el paso, hasta que comencé a sentir el delicioso cosquilleo previo a los espasmos, y me corrí en su interior con un fuerte grito al que se unió el de mi hermana. Me arañó la espalda con las uñas mientras tenía su orgasmo, lo que aumentó mi placer que todavía palpitaba.

Nos quedamos así, sentados y unidos en un abrazo, no sé cuánto rato. No hablamos, ni siquiera nos besamos. Sólo nos quedamos muy juntos, sintiendo el calor del otro.

Por fin, nos tumbamos; ella me acariciaba el pelo.

– Vaya marrón, ¿no? –reflexioné.

– Hombre marrón marrón…  yo más bien lo veo blanco –bromeó una vez más Marta, señalando el hilillo de semen que le salía de la vagina.

– Jajaja, qué idiota eres…   Te quiero mucho Marta.

– Y yo a ti, enano.

El Nuevo Jefe del Departamento

Autor: Marita Correa

Ricardo es el nuevo jefe del departamento fiscal de una importante asesoría. Un antiguo compañero suyo de universidad,  directivo de la empresa, pensó en él, para reparar el enorme fiasco que su antecesor ha realizado en este departamento.

Es un hombre atractivo de unos 55 años, para sus empleados un hombre serio y reservado  escondiendo  para sus más allegados,  su lado más afable, extrovertido y su gran sentido del humor.

Entre todos sus subordinados que tiene a su cargo hay una mujer que lo saca de quicio, contestona, orgullosa, cuarenta y tantos, recién divorciada y queriendo recuperar todo el tiempo perdido de su matrimonio, no hay día que llegue tarde,  no la encuentre charloteando con su compañera y siempre tiene una excusa cuando no tiene su trabajo listo.  Muchas veces ha querido presentar una queja sobre ella pero hay algo en esa mujer que le impide hacerlo

Por supuesto, la antipatía es mutua. Ella ya se ha ganado varias broncas por parte de él  y la ha relegado hacer trabajos que no le corresponden, sin embargo lo que menos soporta  es su indiferencia hacia ella, ha intentado ganárselo y llamar su atención de todas las maneras posibles, sin lograr conseguirlo.

Una mañana Natalia no está especialmente de humor, su compañera y mejor amiga Marta se queda extrañada y empieza a interrogarla.

Marta- ¿Qué te pasa? No has abierto la boca en toda la mañana

Natalia- Nada

Ana se levanta y se va a la habitación de las fotocopias, Marta la sigue, no se va a quedar sin enterarse que le pasa a su amiga

M- Venga, no te hagas la interesante, si al final me lo vas a contar, ¿saliste a noche con Jesús?

N– No, lo he dejado con él. Oye Marta, déjame en serio,  Don Estirado quiere que le revise todos esos informes, dice que los datos son erróneos, estoy harta de este tipo, ¡Como echo de menos a Marcos! (antiguo jefe, todos le llamaban Señor Abascal, menos ella,  que era su empleada favorita)

M- ¿Y cómo no lo vas a echar de menos?, si lo tenías comiendo de tu mano

N-  Eso no es verdad, además ¿qué me dices ahora de la nueva?, Pero que pelota que es, no has visto como coquetea con él, y él le corresponde, el único momento del día en que sonríe es cuando habla con ella, seguro que tienen un rollo.

M- ¿Con Lucía? No me he fijado, pero ya veo que tú sí y me da a mí que lo que estás es un poco celosa.

N-  ¿¿Queeeeee?? Por favor, si no lo soporto!!

M- Si claro, por eso vienes todos los días tan arregladita y vas a tomar café justo cuando va él. Lo que te fastidia es que no te haga ni caso.

N-  ¡Oye bonita!,  que yo le doy mil vueltas a esa petarda, cursi e insípida, y si me lo propongo, a él me lo meriendo en un periquete

M- Sí, claro

N- Claro no, clarísimo ¿Qué te apuestas?

M- Lo que quieras, ¡Vas a perder!

N- Una cena en Mateos

M- ¿¿En Mateos, estás loca?? ¡¡Ese sitio cuesta una pasta!!

N- Me da igual, lo vas a pagar tú

M– Hecho

N- Hecho

Las dos mujeres sellan la apuesta con un apretón de manos

M- ¡Pero ya  sabes que quiero todos los detalles!

N-  ¡Si siempre te lo cuento todo! Sé que Don Estirado, suele quedarse en el despacho hasta tarde, así que si quiere que termine estos informes no me va a quedar otra que quedarme a mí también, verás cómo mañana esta rendido a mis pies

Sin ningún cuidado las dos comenzaron a reír a carcajadas y salieron de la sala de fotocopias, Natalia había olvidado su mal humor y empezaba a planear como conquistar al huraño de su jefe

Llegó la hora de salida,  como tenía planeado  se quedó trabajando, a los pocos minutos no pudo aguantar más y se dirigió al despacho de Ricardo, la puerta estaba abierta, él estaba absorto en unos documentos y llamó su atención con unos golpecitos en la puerta

Natalia-  ¿Puedo pasar?

Ricardo-  ¿Qué haces tú aquí todavía? Le preguntó con tono de sorpresa

N- Tengo un poco de trabajo atrasado

R-  ¿Sólo un poco?,  Sonrió  y siguió ojeando sus papeles

A ella le fastidió el tono sarcástico de su jefe, pero hizo ver que no le importaba y siguió a lo suyo.

N-  Verás Ricardo,  hay unos datos de unos clientes que no aparecen  en mi ordenador, me preguntaba si a lo mejor tú los tienes archivados.

R-  Ahora no puedo ocuparme de eso, estoy muy liado, déjalo ahí y ya lo mirare mañana

N-  Lo entiendo, yo también estoy muy liada, Qué  estrés ¿verdad?

Él ni siquiera le contestó

Aunque Ricardo no la miraba,  la mujer se fue acercando de forma coquetona hacia la mesa, se apoyó en el lateral de esta y mirando a su jefe le dijo:

Oye Ricardo, se me ocurre una idea, ¿no te parece que nos merecemos un descanso? Podemos pedir al bar de enfrente que nos suba una botellita de vino, algo de picar, conversamos un ratito, nos conocemos un poco mejor, y bueno… si nos apetece seguimos con el papeleo o no.

Ricardo contemplaba con asombro, el descaro y la insolencia de su empleada, sonrió y levantándose de la silla se fue hacia ella, que lo seguía mirando de una forma atrevida

Yo tengo una idea mejor, dijo él, sus cuerpos estaban casi pegados uno frente a otro y ella notaba como se le cortaba la respiración, le costaba reconocer que ese hombre la ponía a 100, pero por supuesto no iba a dejar que lo notara

N-  Ah sí ¿Qué idea?

R-  He oído hablar de un nuevo restaurante, ¿Cómo se llama? … ah sí,  Mateos, creo que es excelente ¿Lo conoces?

A Natalia se le borro de inmediato la sonrisita de la cara, y notó como se ruborizaba de repente, bajó la cabeza,  intentando que no se notara su sonrojo y  con un hilito de voz contestó que no lo conocía

Él tomó la libertad de coger su barbilla para obligarla a mirarle  a los ojos

Por primera vez ella se quedaba sin palabras y sin saber cómo manejar la situación

R- ¿¿No lo conoces??

N- No

R- ¿¿No es ahí donde vas a ir con Marta, cuando logres seducirme??

Ella lo miraba con los ojos muy abiertos intentando buscar una respuesta ingeniosa, que no encontró

F- Tu amiga y tú, deberíais tener más cuidado con lo que habláis en la sala de fotocopias, nunca sabes si el jefe estará tomando café en la sala de al lado

Ella empezó a balbucear algunas palabras, al final consiguió decir:

Ricardo,  ¿no te lo habrás creído verdad?  Sólo bromeábamos

R-  Me gustaría saber quién te ha dado permiso para tutearme. ¿Crees que tu antigüedad en la empresa te permite reírte de todos nosotros? ¿Sabes porque me tengo que quedar cada noche hasta las tantas?

Natalia lo miro a los ojos y le dijo:

No señor, no lo se

R-  Porque tengo que corregir todos tus errores, esos que nos han hecho perder varios clientes (eso no era verdad, pero claro, ella no lo sabía) En dirección empiezan a estar muy hartos de ti,  así que me han solicitado que haga un informe sobre tu trabajo y todas tus meteduras de pata, para rebajar tu liquidación.

N-  ¿¿Queeee??  ¿Quieren despedirme?  Dijo Natalia con asombro, ¡No pueden hacer eso!, dijo totalmente indignada, no podía creer lo que estaba escuchando. Había olvidado todo su bochorno anterior.

N-  Llevo 20 años en esta empresa, he regalado mucho de mi tiempo, he conseguido muchos clientes, mi trabajo ha sido excelente y en cuanto mi vida personal se complica un poco y afecta mínimamente a mi trabajo, me quieren dar la patada, increíble!!

R- Descontando el tiempo que te pasas en cafetería, el llegar tarde constantemente,  el hacer que tus compañeros hagan tu trabajo, los motes y las burlas para todos nosotros. Este departamento está pagando tu poca profesionalidad

N- ¿¿Me  estas llamando poco profesional?? Natalia volvió a lo del tuteo,  esto sí que no lo aguanto, no merezco este trato, así que sabes lo que te digo: “Que te den a ti y a tu informe” ¡Me largo!

 Como quieras, gritó Ricardo, no hace falta que vengas mañana,  te avisaran cuando tu finiquito esté listo,  además,  Lucia merece un ascenso, ha hecho un excelente trabajo desde que está aquí, se alegrará mucho cuando se entere de que tu puesto está libre

Ella se paró en seco, lentamente se giró hacia su jefe, no podía estar hablando en serio, esa arpía, rastrera y pelota no podía quedarse con su puesto, pero la mirada de él le decía lo contrario.

Se quedó pensativa durante unos instantes, y contestó:

De acuerdo,  tú ganas, le dijo, intentando tragarse su orgullo. Si estoy aquí supongo que todavía no has entregado ese estúpido informe y sabes que necesito el empleo, así que suelta ya tus condiciones

R- Condiciones, esa es la palabra exacta. Para empezar tendrás que demostrar que te lo tomas en serio, hacer muchas horas extras, por supuesto no retribuidas y conseguir que los clientes que hemos perdido vuelvan de nuevo.

N- No tengo elección ¿verdad?

R- Sí que la tienes, pero con tus referencias te será difícil encontrar un empleo de esta categoría

Ella estaba de pie frente a él, con los brazos cruzados, y su cara reflejaba todo la rabia que la comía por dentro. Ricardo la observaba detenidamente

N- Bueno, no querrás que empiece ahora ¿no? Aunque cuanto antes empecemos antes acabaremos con esta mierda.

Ricardo se convencía por momentos,  que era lo que esta mujer  necesitaba  con urgencia y le preguntó:

A ti nunca nadie te ha dado unos buenos azotes ¿¿verdad??

Ella lo miró con cara de espanto

N-  ¿¿Cómo?? Pero ¿de qué coño vas?

R- Mira, lo primero que vas hacer es aprender modales y a tratar a tus superiores y subordinados con el respeto que se merecen

Ricardo se dirigió al aseo de su despacho, saliendo al instante con algo en sus manos

R-  Vamos a comenzar  por tu vocabulario, no pienso consentirte ni una sola grosería más, desenvolvió una pastilla de jabón y le ordeno que abriese la boca

Ella lo miraba con asombro y soltó una carcajada

N- Es broma ¿verdad? No voy hacer eso

R- Metete el jabón en la boca AHORA

Natalia no pudo evitar asustarse ante la orden de su jefe, esto iba en serio, empezó a dudar si quedarse o echarse a correr, pero las piernas le temblaban así que no le  quedaba otra que quedarse,  todo aquello le pareciera surrealista. Tomó la pastilla y se la colocó con suavidad entre los labios

R-  Así no, quiero que la muerdas con fuerza y más vale que no se te caiga

Ella lo hizo, demostrando con el gesto de su cara, lo que le desagradaba el sabor del jabón

R- Ahora te colocaras sobre mis rodillas y recibirás una buena zurra. No pongas esa cara, sabes que te la mereces y que te hará mucho bien.

Sin más la cogió del brazo y la arrastró hacia una silla, se sentó e inmediatamente la colocó sobre su regazo. Subió su falda y cuando ella sintió sus dedos tirando del elástico de sus braguitas, se revolvió de inmediato tirándose al suelo y gritando:

N- ¡¡No puedes hacer esto, no puedes!! Pero ¿en qué época te crees que vives?

Él se levantó muy enfadado de la silla, la levantó del suelo y zarandeándola le gritó:

R- ¡¡Mas te vale obedecerme si quieres volver a sentarte!!

Natalia comenzó a darse cuenta que esto iba muy en serio

Ricardo recogió la pastilla de jabón, se fue al baño de nuevo y regresó con la pastilla enjuagada y llena de espuma, ella seguía en mitad del despacho observando cómo su jefe con el ceño muy fruncido se aproximaba hacia ella, le metió de nuevo la pastilla de jabón en la boca, aghhhh, ahora sí que notaba el repugnante sabor del jabón, y en una fracción de segundo, se encontraba  de nuevo sobre las rodillas de su jefe, con la falda arriba y las bragas abajo.

R-  Creo que no me comprendiste cuando te pedí que no me tutearas, te lo voy a explicar de otra manera a ver si así lo entiendes.

Sin más miramientos el comenzó a azotarla, Natalia tenía la cabeza casi a la altura del suelo,  por lo que su trasero quedaba muy empinado, subiendo y bajando al compás de las nalgadas, rápidas y enérgicas, ella no dejaba de patalear  y se quejaba como podía, ya que el jabón le impedía gritar.

10 minutos después el jefe de Natalia estaba más calmado y bajó el ritmo de los azotes, observando como la palidez del culo de la empleada se había transformado en un rojo intenso y penetrante,  y que su  rabieta se había convertido en llanto. Se compadeció de ella y pensó que ya era hora de pasar a la segunda parte. La ayudo a ponerse en pie, la falda recuperó su posición original y observo la cara de Natalia, llena de lágrimas, rímel corrido y la pastilla de jabón en la boca, todo esto le daba una imagen muy graciosa, el evitó sonreír porque aunque ella se había ganado con creces ese castigo, en cierto modo le daba un poco de pena.

R- Ve al baño, enjuágate la boca y lávate la cara, le ordenó

N- Si señor, contestó ella y se dirigió al baño

Al fin Natalia había aprendido la manera correcta de dirigirse a su jefe. Ella salió del baño y pensando que todo había terminado se dirigió hacia la puerta

R- ¿Te he dicho yo, que puedes marcharte?

No señor, contestó ella en tono bajito

R- Pues vuelve  aquí, casi hemos terminado

¿Cómo que casi? Preguntó ella entre sollozos

R- Quiero asegurarme que has aprendido la lección

N- Por favor señor Ramos, no podré aguantar más y le aseguro que ya he aprendido.

Él se dio cuenta de que era sincera, pero su comportamiento había sido tan lamentable que no la podía dejar marchar con tanta facilidad.

R- Natalia no voy a discutir, ya sabes cómo funciona esto, quiero que te apoyes sobre la mesa, serán 20 azotes con el cinturón, si te tapas con las manos o te levantas, serán 10 más.

La mujer se dio cuenta de que sus suplicas no funcionarían, así que secó sus lágrimas se llenó de dignidad y se dirigió hacia la mesa, apoyando su tripa en la mesa

Él le ordenó que estirara los brazos,  se agarrara al borde de la mesa y que separara las piernas, ella obedeció a la primera, no pensaba volver a suplicarle a pesar de lo humillante de la situación.  No tardó en sentir el primer lengüetazo del cinturón sobre su ya magullado trasero, lo que le hizo dar un respingo y un leve lamento.

Ricardo sabia como repartir los azotes, abarcando todo el trasero de la mujer y centrándose en la parte inferior de sus nalgas, quería que los recordase durante unos días a la hora de sentarse, y aunque no eran suaves, tampoco eran excesivamente fuertes, ya que con la zurra anterior, ella no resistiría sin perder la postura y no quería castigarla con 10 extras más.

Ella los soportó sin cubrirse, moverse y sin apenas quejarse, su jefe la observaba agarrada al borde de la mesa, contemplando como el cinturón había marcado su piel, en ese momento,  deseaba abrazarla y consolarla, pero no se podía permitir hacerlo, así que le bajo la falda y le dijo que se levantara, así lo hizo ella.

R- Ahora vete a casa, pero mañana te quiero aquí a primera hora, más vale que te pongas al día  con los balances, y no me hagas enfadar de nuevo o ya sabes que te pasará.

Ella con mucha dignidad recogió sus bragas del suelo, se sentía tan avergonzada y humillada… Pero también sentía la humedad de entre sus piernas y rogaba que él no se diera cuenta de ello, o podría pensar que le había gustado ¿o es que le había gustado?

Dedicó una fría mirada a su jefe, le deseó buenas noches y abandonó la habitación.

A él, sin saber muy bien porque, esa mirada de hielo le dolió, no quería que lo odiara, y se quedó largo rato en su despacho pensando en todo lo sucedido

A la mañana siguiente cuando Marta llegó a la oficina, Natalia ya estaba sentada a su mesa pegada al ordenador y tecleando sin parar.

M- ¿Pero qué haces tú aquí a estas horas? Te has caído de la cama, o ¿es que no has dormido en casa? Bromeó Marta.

M- Te dije que mandases un mensaje fuese la hora que fuese,

N- Ahora no puedo hablar Marta, tengo que tener estos balances listos para mañana

M- Madre mía pero que mala cara que tienes, oye vamos a tomar un café ahora mismo y me lo cuentas y ya sabes, ¡quiero todos los  detalles!

En ese momento el señor Ramos entraba en la oficina y después de dar los buenos  días a todos se dirigió a Natalia y le pidió que pasase a su oficina.

Ella saltó de la silla, olvidando que debía levantarse con mucho cuidado, y por un instante llevo sus manos para frotar sus nalgas maltrechas, cuando se dio cuenta de su gesto, en seguida paró y se encaminó al despacho de su jefe.

Marta con cara de asombro, miraba la escena, sin lograr entender nada.

Ricardo estaba apoyado en la parte delantera de su mesa esperando que ella entrara, cuando lo hizo,  él le preguntó ¿Cómo vas?

N-  Bueno acabo de revisar los balances de marzo del año pasado, pero  para mañana estarán todos listos.

R- Me refiero a ti

Por un momento se sintió bloqueada, pero reaccionó y con el mismo aire arrogante con el que se había despedido la noche anterior le contestó que estaba perfectamente.

R- Me alegro por ti, vamos a comprobarlo. Cierra la puerta y ponte sobre la mesa, ya conoces la postura

N- ¿Cómo?

R- Ya me has oído

No es posible que me vaya azotar de nuevo, aquí,  con toda la oficina llena de gente, pensaba para sí, y dudaba si hacerlo o no, por un lado detestaba que el controlase la situación pero por otro,  sentía una irresistible atracción por él, y no podía olvidar como ese hombre,  la había doblegado la noche anterior, y el cúmulo de maravillosas y desconocidas sensaciones que había experimentado, así que se dirigió a la mesa, ella misma se quitó la ropa y se situó de nuevo sobre el escritorio, sin saber cómo a él le fastidiaba su orgullosa actitud.

Sus nalgas presentaban un colorido entre violáceo y azulado que estimuló todos los sentidos de su jefe.

Ella esperaba sentir el calor inmediato del cinturón, sin embargo se sobresaltó al sentir algo frio sobre su delicado trasero.

R– Es crema, he pensado que te sentará bien, ya que te quedan muchas horas que estar sentada.

El extendió  la crema por el trasero de la mujer, suavemente, muy despacio, no tenía ninguna prisa.  Ella empezó a relajarse,  a dejarse llevar por el frescor de la loción y el tacto de la mano de su jefe, que ahora bajaban por el interior de sus muslos,  aproximándose a su zona privada, él sonrió cuando observó que su empleada abría un poco más las piernas para facilitarle su labor.

En ese momento él se detuvo,  agarró las caderas de la mujer, reclinándose  sobre ella,  lo que a Natalia le permitió sentir la bestial erección de su jefe, ella giró su cabeza buscando la boca de Ricardo,  que se aproximaba a la suya, cuando sus labios estaban a punto de tocarse, él le dijo:

Vístete, aún te queda una larga jornada de trabajo

En ese momento  una intensa ira se apoderó de ella, y tuvo que aferrarse aún con más fuerza al borde de la mesa para no saltar en ese momento sobre él, solo le apetecía pegarle, arañarlo, insultarlo, ya ni siquiera le importaba su empleo, pero si le importaba que sus compañeros se enterasen de lo sucedido, por lo que tenía que controlarse, así que se vistió rápidamente, ¡como odiaba a ese hombre!, estaba furiosa y solo quería salir de esa habitación y perderlo de vista.

Cuando estaba a punto de marcharse él le dijo:

R- Por cierto, Natalia

Ella respiró hondo y sin ni siquiera girarse con un tonó repelente y sarcástico contestó:

N- ¿Si señorrr?

R-  Recuérdale a Marta que te debe una cena, pero no esta noche, tú y yo, tenemos que acabar algo que hemos empezado. Si tú quieres, claro

Ella siguió sin girarse, estaba perpleja, ¿había escuchado lo que había escuchado? Se asombró como en solo unos segundos toda su ira desaparecía, y un escalofrío de placer le recorría todo el cuerpo, entonces se volvió hacia él. Pudo comprobar el ahora amable gesto de Ricardo y una mirada picarona, que lo hacían aún más irresistible. Ella le contestó con la enorme sonrisa que ahora se dibujaba en su cara.

Cuando salió del despacho y Marta la vio sonreír de esa forma, supo que su amiga se había salido con la suya, sólo que esta vez, Marta no iba a conocer todos los detalles”

El obstetra

Soy médico obstetra y ginecólogo y un día concurrió a la consulta una hermosa mujer joven recién casada que presentaba su primer embarazo. Sus facciones delicadas, su manera sensual de expresarse me impactaron desde su primera consulta.

Era trigueña, de ojos oscuros y mirada insinuante. Su cuerpo armonioso de caderas estrechas y pechos generosos rematados por pezones oscuros, la mostraban magnífica. Su vientre plano y las piernas torneadas, de rodillas y tobillos finos, despertaron una atracción hacia esa mujer como jamás me había pasado antes en mi profesión. Traté de abstraerme a sus encantos pero me fue imposible.

Sus visitas periódicas no hacían más que aumentar el atractivo por esa hembra a punto de ser madre por primera vez. Al revisarla no dejaba de sentir esa piel tersa y joven que se preparaba para su primer parto. Palpar, contemplar y oler su pelvis y la vulva siempre prolijamente depilada para cada encuentro y el perfume de esa hembra en celo me embriagaba y no tarde en encontrar el momento propicio para insinuarle las sensaciones que despertaban en mi su físico y su figura, cuando concurrió sin su esposo. Observé como se sonrojaba y la noté incómoda, por lo que le pedí disculpas por mi sinceridad, pero Marta con un mohín, le resto importancia a mis palabras.

Todo transcurrió normal hasta el parto que se produjo sin contratiempos del que nació una hermosa niña. Los controles seguidos a los que cité a la madre, fueron cumplidos con estricta rigurosidad hasta su alta definitiva. Ese día, para festejar la invité a tomar un copetín en el bar de la esquina, pero Ella se excusó y adujo un compromiso previo con su esposo que la esperaba a la salida, comprometiéndose para otra oportunidad.

No creí que tendría más noticias de Marta, pero me equivoqué. Llamó a mi consultorio antes del mes y pidió un turno con mi secretaria.

Ese día llegó y al encontrarnos solos me solicitó un examen ginecológico para saber si tenía algún impedimento pues sus relaciones sexuales no eran como antes de su embarazo. Era una excusa, pues mientras le palpaba los senos, sentí como se agitaba y aceleraba su respiración, y al practicarle el tacto vaginal comprobé la humedad que fluía de su vagina y observé como entrecerraba sus ojos y movía sus piernas sujetas a la camilla. La desaté y me pidió pasar al baño. Cuando retornó, le expliqué que todo estaba en orden y que lo único que le faltaba era un estímulo adecuado. Era lo que esperaba, me dijo.

Sin darle tiempo a defenderse la abracé y busqué su boca sensual que se abrió generosa para recibirme. Nuestras lenguas se fundieron y yo la atraje hacia mi cuerpo. Me rogó de no continuar allí pues mi secretaria podía sospechar. Entonces la invité a un hotel alojamiento cercano. Se negó al principio pero al ver mi decisión, finalmente aceptó. Lo deseaba. En camino al hotel me confesó que se había enamorado desde que me conoció y que jamás había estado con otro hombre excepto su marido, que desde los quince años la había poseído. Yo iba a ser su primer amante.

Ese día comprobé que tenía mucho que aprender y yo sería su instructor. Era dócil y generosa, podría disfrutar de los placeres sexuales como nunca antes. Le encantaba entregarse y gozar con ese cuerpo bello ardiente de deseo.

La poseía cada vez que podía escapar de mis obligaciones. Marta siempre encontraba la excusa adecuada para tener relaciones y yo generalmente con la complicidad de mi secretaria hallaba el hueco para gozar de esa madre magnífica. Practicábamos el amor en mi consultorio en los hoteles hasta que alquilé un departamento en el barrio norte.

Me encantaba jugar y fantasear con Ella, cada vez la conocía más y sabía de sus preferencias sexuales. A veces la depilaba en la bañera y le suavizaba la piel con cremas aromáticas. Le introducía el pene por la vagina y el ano que fue haciéndose más y más complaciente. Me encantaba sacarle fotos en distintas posturas y situaciones, hasta que decidí filmarla utilizando varios consoladores de gran tamaño. No se opuso, yo ejercía sobre Marta un gran poder de sumisión de su parte y siempre lograba mis deseos, pero cuando los vio se asustó y me suplicó que no los utilizara pues no los soportaría. La tranquilicé diciéndole que la conocía muy bien como ginecólogo y que iba a disfrutarlo y asombrarse de la capacidad de su concha y su culo al ver las fotos y la filmación. Acaso no había fantaseado, como me había confiado, ser una actriz porno alguna vez.

Finalmente la convencí y me puse manos a la obra. La induje a comportarse como tal y le acerqué los consoladores para que los utilizase.

Me asombró la inspiración para mostrarse ante la cámara. Se movía voluptuosamente y abría sus glúteos con sabiduría. Cubrió los consoladores de vaselina y comenzó con un juego rotatorio sobre la vulva que complaciente y húmeda se fue abriendo. Primero se introdujo uno normal pero luego uno enorme que yo había comprado de gran grosor. Luego fue otro que llevó a su boca y mamó, mientras jadeaba de placer. Luego el orificio anal abierto y filmado a corta distancia hizo que no aguantara más y la cogiera como nunca llenándola de semen por todos sus orificios y esparciéndole el resto en su cara para terminar limpiándome el miembro con pasión y deleite como Marta tan bien sabía hacer.

Fue una velada inolvidable que repetimos muchas veces por el placer que nos proporcionaba, el vernos en las fotos y la pantalla remedando a lo que veíamos en los filmes pornográficos que varias veces alquilamos. No teníamos motivos para envidiarlos.

Fue una hermosa y generosa amante hasta que todo terminó años más tarde cuando conoció a otro hombre que le ofreció lo que yo no podía pues no estaba dispuesto a concluir mi matrimonio.

MUNJOL hjlmmo@ubbi.com.

Corazón de spanker

Autor: Cars
La tarde comenzaba a oscurecerse cuando Marta entró en la cocina de su piso de dos habitaciones que compartía con su novio. Pese a tener sólo veintiséis años se sentía feliz por las responsabilidades que había asumido. Le parecía mentira que ya hubieran pasado tres años desde que entrara por primera vez en él. Vacío, sin muebles y con aquella horrible pintura crema en las paredes. Paredes que hoy lucían unos colores más modernos, una mezcla de rojos, azules y melocotón, cada uno en una estancia diferente de aquel hogar. Sólo pensar en esa palabra le llenaba de turbación. Realmente estaba a gusto.
Sonrió mientras llenaba la  olla de agua. Miró de reojo a Fran, estaba absorto en un partido de fútbol. Con su cerveza a medias y los pies puestos en la mesita. -¡Esos pies!- dijo alzando un poco la voz, y continúo con sus preparativos, mientras el hombre retiraba los pies, y la miraba. Ambos sonrieron. Y continuaron prestando la atención a sus intereses. Todo estaba en su orden, ellos lo sabían y se reconfortaban.
Durante unos instantes, nada pareció cambiar, el edificio transmitía la tranquilidad de un domingo cualquiera. Hasta que por el patio de luces que daba a la cocina Marta comenzó a oír algo que la turbó en un principio para acabar indignándola. El sonido era sistemático. Ella se asomó a la pequeña ventana. El sonido se hizo más y más nítido. Se secó las manos con cierto enfado, y tiró el trapo encima de la encimera. Salió de la cocina quitándose el delantal.
-¿A dónde vas? ¿Qué ocurre Marta?
-Ese niñato del primero, otra vez le está pegando a su hermana. –Su voz estaba cargada de ira.-
-¡Espera! -Fran se levantó y le cogió de la mano.- Puede que sea su madre. No puedes irrumpir en la casa de un vecino porque le esta dando unos azotes a su hija.
-Fran, no son unos azotes, es una paliza, ¿no oyes los golpes?
-Pues llama a la policía. Pero no te metas.
-Sé lo que hago. Y estoy segura que es el hijo mayor.
-¿Por que estas tan segura?
-Todos los domingos los padres van al teatro, y hoy les he visto salir.
Marta no esperó más, soltó la mano de su novio y salió de la casa. Bajó por las escaleras. Su paso era rápido y el golpeteo de sus zapatillas al bajar los escalones resonaban en su mente más fuerte que los latidos de su corazón. Cuando llegó ante la puerta dudó. Se miró de arriba a abajo. Por primera vez calló en la cuenta que iba en pijama. Sus pantaloncitos cortos dejaban ver sus esbeltas piernas. Aquellas zapatillas de felpa naranja con dos ositos y suela negra de goma le hacían verse de una forma infantil. Por un segundo tuvo la intención de dar media vuelta, pero en ese instante aquel sonido volvió a enfadarla. Con decisión tocó el timbre dos veces. Los segundos parecieron horas hasta que al final se abrió la puerta.
Un chico pecoso, con el pelo negro rizado y una mirada huidiza apareció ante ella. Su respiración era agitada, y se notaba que los nervios le salían hasta por las orejas.
-Deja de pegarle a tu hermana, o avisaré a tus padres y a la policía. –Le dijo Marta señalándole con el dedo.-
-¿Cómo? Yo no le estoy pegando a nadie. –Le dijo mientras intentaba cerrar la puerta.-
-Mira niñato de mierda. Si te gusta maltratar a la gente, hazlo con alguien de tu edad. –Su enfado iba en aumento.- Quiero ver a tu hermana.
-No está.
Marta no esperó, abrió la puerta y entró en el piso, ante las protestas del joven, que la seguía por las habitaciones vacías. Mientras intentaba convencerla de que en el piso no había nadie. Marta se sintió frustrada. Efectivamente en el piso no parecía haber nadie más. Su paso le llevo de nuevo al cuarto del adolescente. Abrió el armario y miró debajo de la cama. En ese instante, allí arrodillada en un piso ajeno, con la mano en el colchón, y el pelo alborotado ante la mirada de aquel muchacho se sintió ridícula.
Entonces cuando estaba apunto de levantarse vió entre las sabanas una zapatilla de mujer. Posiblemente de la madre del chico. Era de tela roja. La suela era amarilla con un ligero tacón. Los bordes eran dorados con un escudito en forma de gato dorado en el empeine.
-¿Y esto? –Gritó mientras se levantaba y blandía la zapatilla ante los ojos del asustado muchacho. ¿Qué hacías con ella?
-Eso no es asunto suyo. –Alcanzó a decir el muchacho, mientras bajaba la vista al suelo.- Pero no le pegaba a mi hermana.
Marta estaba confundida. Miraba al muchacho que acababa de sonrojarse de una forma espectacular. -¿Entonces?- Preguntó mientras levantaba la barbilla del joven para mirarle a los ojos.
Marta abrió los ojos como platos. Miró a la entrepierna del muchacho y reparó en la considerable erección que mostraba.
-¿Estabas haciendo lo que pienso? Pero por qué.
-¡Porque me gusta! –La voz salió en forma de grito.- Y eso no es asunto suyo.
-¿Te excita pegarte con la zapatilla de tu madre?
-Yo no me meto en su vida, así que láguese de mi casa y déjeme en paz.
-¡Eres un guarro!
-Y usted una zorra entrometida.
Aquel insulto la hizo enfurecer en extremo. Por un instante le pareció ser otra persona. Agarró al muchacho de un brazo y se dejó caer en la cama. Al hacerlo el chico quedo sobre sus rodillas.  Entonces comenzó a golpear el trasero de aquel muchacho que se debatía bajo su brazo. Ella le azotaba con rabia, recriminándole no sólo el insulto sino su actitud y sus acciones.
-¿Querías sentir  la zapatilla? Pues la vas a sentir.- Le decía mientras golpeaba una y otra vez aquel trasero.
Tras casi diez minutos, se detuvo. Tiró la zapatilla al suelo y contempló al joven que había dejado de revelarse y lloraba sobre su regazo. Marta se miró en un espejo que había allí. No entendía qué era, pero el verse sentada con aquel joven sobre sus rodillas le producía una extraña sensación. Mientras azotaba al muchacho algo había cambiado en su interior. Se sentía bien. Una extraña paz llenó su alma, recorrió cada filamento de su ser y la reformó en lo más profundo de su ser. Volvió a mirar al muchacho, le acarició la cabeza, mientras él la miraba con los ojos llenos de lágrimas. Entonces movida por una fuerte curiosidad le bajó los pantalones. Ante ella apareció un trasero de adolescente totalmente enrojecido. Sus dedos tímidamente recorrieron la piel. Estaba caliente, un calor que emanaba y le llegaba al corazón. Una sonrisa afloró en sus labios. Ella había hecho aquello, y lejos de sentirse mal, aquella visión le provocaba una inmensa serenidad. El chico había dejado de llorar. Ella le miró. Sintió el pene de muchacho aprisionado contra su muslo y al sentir su excitación ella también lo hizo. Entonces colocó al muchacho mejor sobre sus rodillas y le pasó su mano derecha por el trasero. Le dolía horrores, pero era una sensación que había estado buscando siempre. Ella apartó su mano y la retuvo cogida por la suya, mientras sin decir nada comenzó a dar unas palmadas sobre aquel ya maltratado trasero.
Al principio eran casi caricias, pero después el ritmo aumento. Eran más enérgicas. Marta controló el ritmo y la fuerza de aquellos azotes. El chico por su parte no pataleo no lloró, simplemente la dejaba hacer, emitiendo un leve sollozo, mientras que su pene se frotaba una y otra vez sobre aquel cálido muslo por la acción de los azotes.
Marta parecía no dispuesta a detenerse. El trasero del joven ya mostraba un color rojo intenso. Ella aumentó el ritmo, las ultimas palmadas era fuertes, rápidas y enérgicas. El dolor volvió a ser tan intenso que el chico comenzó a llorar. Al final se detuvo. Acarició aquel trasero y tras unos minutos le ayudó a levantar. Le subió los pantalones y le beso en la frente. Mientras que le regalaba una enorme sonrisa.
Ya en la puerta ella le acaricio la mejilla. -¿Te duele?- El chico asintió y sonrió mientras se frotaba la nalgas. Ella subió las escaleras, mirando atrás.
-¿Te volveré a ver? –Le preguntó el chico.-
Ella se acercó de nuevo a él. Le beso tiernamente en los labios, después levantó el pie, y se descalzo mostrándole la zapatilla que llevaba al chico. –La próxima vez la probaras.- después la dejo caer al suelo y tras calzarse corrió escaleras arriba.
Cuando Marta entró en su piso, lo hizo como una mujer diferente. Distinta. Ya no se sentía igual. Algo en su interior era distinto, ahora tenía un corazón de spanker, aunque no supiera lo que eso significaba.