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Mi primo Mario

Mi primo Mario y yo siempre hemos sido muy unidos. Nos bañamos juntos hasta que yo tenía 15 años, cuando mis pechos comenzaron a desarrollarse y el vello empezó a cubrir mi pubis. Le llevó cinco años de edad. Él acostumbraba enjabonarme y a mi me gustaba lavar sus nalgas y su pene, pero sin que en ello radicara algún afán erótico. Se trataba de dos niños. Mi madre y mi tía viven juntas, y nosotros con ellas, víctimas de padres que no quisieron hacerse responsables de sus calenturas.
Ahora tengo 20 años, casi 21, y hace un mes regresé de la escuela más temprano de lo acostumbrado. Abrí la puerta y me llamó la atención la música de Shakira a todo volumen. Me dirigí a mi cuarto, donde Mario nunca se dio cuenta de que yo había entrado. Me acerqué despacito a la recámara y alcancé a ver a mi primito, hasta entonces un niño para mí, en plena mansturbación.
En un principio me enojé, porque el cajón de mi ropa interior estaba abierto, mis pantaletas y tangas de hilo regadas por aquí y por allá, y Mario con los ojos cerrados olía mis calzoncitos, mientras con una mano subía y bajaba la piel de su miembro sobre su glande.
Mi enojo pasó cuando fijé mi mirada en su verga. Aquel pedacito de carne, suavecito y tierno que yo llamaba “palomita” cuando nos bañábamos, se había convertido en un miembro grueso y de cabeza amplia. Es cierto que no es de esos gigantes que llenan los “close ups” de una película porno y que son el sueño de toda viuda o de cualquier esposa insatisfecha, pero sí gordo y apetitoso, como un caramelito.
Mario tomó uno de mis calzones preferidos, un bikini amarillo que tiene escrito a la altura de las pompas “sólo para bebés”, cubrió con él su verga y soltó un chorro de semen sobre la tela, luego se limpió el resto de la leche con una tanga roja de encaje y se quedó tirado sobre la cama, ¡mi cama!, largo rato, hasta que su pinga se puso pequeña, en reposo.
Regresé a la puerta principal y toqué el timbre. Pasaron como cinco minutos. Mario abrió, estaba colorado. Me explicó que se había quedado dormido y salió a toda prisa, porque se había quedado de ver con un amigo y se le hacía tarde. El tonto no tuvo tiempo para esconder el tiradero, sobre todo mis dos calzones embarrados de semen, que dejó debajo de la cama.
La leche de mi primo aún estaba tibia. La olí, la probé, la unté en mis pezones y en mi cara, saqué de un cajón mi consolador preferido y pasé una tarde muy agradable imaginando que Mario me cogía, que me metía el pene por el culo, que me dejaba chuparle la polla, que soltaba el esperma en mis labios.
Durante cuatro días no dejé de pensar en la verga de mi primo. El domingo fuimos de paseo al bosque de Tlalpan y con el resto de los niños de la familia acepté jugar a las escondidillas. En una de esas, me escondí tras unos arbustos. Mario llegó por detrás y, sin aviso alguno, me tiró al pasto, me tomó con fuerza de la cintura y pegó su pene, ese delicioso pene que yo había visto eyacular días atrás, a mi trasero. Sentí la dureza de la “paloma”, parecía moverse como si tuviera vida propia, y mis nalgas respondieron cobijándola, agradeciéndole la erección.
Sin embargo, me puse de pie y le propiné a Mario una sonora bofetada. “Respétame, escuincle estúpido. Si me vuelves a tocar te corto la verga”, le grité. Mi primo no se quiso acercar a mí en las siguientes dos semanas, muerto de miedo.
Luego, un fin de semana, mi mamá y mi tía se fueron a casa de unas amigas. Mario no dudó en decir: “yo voy”, como con miedo a quedarse solo conmigo, pues me había negado a acompañarlos. “No, quédate a cuidar a Fabi”, fue la respuesta de mi tía.
“¿Me perdonas? Te juro que no te vuelvo a tocar”, me dijo Mario cuando terminamos de ver una película. “No te preocupes”, contesté, sabedora de que tenía el control de la situación y de que podía hacer de mi primito lo que yo quisiera.
“¿No tienes calor? ¿Por qué no nos metemos un rato en la regadera?”. Antes de que Mario saliera de su sorpresa, yo ya me había quitado el pantalón, las sandalias y la blusa. Él se quedó mudo al ver a su prima Fabiola semidesnuda por primera vez desde hacía casi seis años. Se quedó absorto mirándome en ropa interior.
“Te espero en el baño, mientras, se calienta el agua”, dije, ansiosa de tenerlo a mi merced.
Me encontró desnuda y enjabonada. Casi me muero de la risa cuando lo vi entrar en trusa. “¡No te la piensas quitar! ¡Oye, que calzones tan feos, ninguna chica se va a fijar en ti!”, le dije entre risas. “Son los que me compra mi mamá”, respondió muerto de la vergüenza.
Se los quité de inmediato y le pedí limpiarme el cuerpo. Descolgó la regadera al tiempo que yo le ayudaba con las manos. Me incliné para que llevara el agua de la regadera a mi trasero, luego a mis pechos y finalmente a mi coño. Noté de reojo que no se le paraba.
“¿Quieres que lave tu paloma?”, pregunte. No contestó. Tomé el pene de Mario entre mis manos, lo llené de espuma y sentí la erección en progreso, la elasticidad de su piel, la dureza de su glande, el ardor de sus testículos.
Me puse de rodillas y lo examiné sin prisas. Lo jalé, lo acaricié, pasé las yemas de mis dedos por sus venas, por la cabecita hinchada. Mario comenzó a gemir, a temblar, mientras el agua caliente recorría el resto de su cuerpo.
Y ahí estaba, la verga de mi primo dura, tiesa, suave a la vez. Con la lengua le lamí los huevos por largo rato, me los comí una y otra vez, y cuando sentí que el esperma le hervía por dentro devoré su miembro, se lo chupé con energía, mordí la base de aquel palo, de ese camote de un niño de 15 años en franco desarrollo, goce con la boca ese plátano dulce que de niña jamás pensé en desear de ese modo. Lo succioné como si se tratara de una manguera que en su interior tuviera el néctar más delicioso jamás probado.
Introduje la pinga de Mario en mi boca y ya no la deje salir, me sujeté con desesperación a sus nalgas, sentí el glande en la garganta y entonces Mario ya no pudo más. Su semen me inundó la boca. Su verga estaba tan dentro de mí que la leche de mi primo fue directo a la garganta y lo tragué con avidez, sedienta. Enseguida le limpié con la lengua las gotas que le quedaron y entonces sí me detuve en su sabor, en disfrutar del esperma espeso de Mario antes de tragarlo.
Al salir del baño le puse mis pantaletas amarillas, lo acosté y se acomodó en mi regazo como si fuera el de su madre. Así durmió largo rato, en tanto yo imaginaba cómo me iba a divertir con mi primito de ahí en adelante.

P.D. Es la primera vez que escribo una historia de este tipo. Ojalá pudieran incluirla en su página, la cual me gusta mucho. Estoy abierta a sugerencias, a críticas, porque me gustan mucho esta clase de relatos y quiero escribir más. Soy una chica muy liberal. Pueden escribirme a sexyfabiola8@hotmail.com. Saludos

Reencuentro con un compañero de colegio

Estoy próximo a terminar la universidad y hace casi 5 años que no he vuelto a reunirme con la mayor parte de mis compañeros de colegio. Mario era uno de ellos.

A Mario lo recordaba como un muchacho deportista y atractivo, un poco callado, con una sonrisa muy dulce y también con éxito entre las chicas.

Hace un mes, al salir de clase, en la tarde, me encontré con Mario en la calle. No había cambiado mucho, pero lucía estupendo. Se veía más fuerte y seguro de sí mismo. Nos saludamos e iniciamos lo que parecía iba a ser una rápida y protocolaria conversación. Sin embargo, encontramos que estudíabamos la misma carrera, aunque en diferentes universidades. Eso nos entusiasmó. Qué interesante sería compartir experiencias académicas!

Como no llevábamos prisa y en la esquina había un sitio agradable, decidimos ir allí para tomar un par de cervezas y conversar.

Si bien toda la conversación inició por los temas estudiantiles, poco a poco, en la medida que era evidente una gran empatía entre los dos, la charla fue derivando a materias más personales. Mario me habló de una situación que había vivido recientemente, cuando estaba con otros amigos y había tenido que intervenir para que ellos no golpearan a un par de adolescentes gay a quienes habían sorprendido besándose. Me preguntó que opinaba y obviamente expresé enfáticamente mi repudio por la intolerancia frente a los gustos sexuales de cada cual.

En ese momento, percibí una gran alegría en Mario y fui consciente que la historia que me acababa de contar no era real y que sólo buscaba sondearme. Aunque en ningún momento fuimos explícitos, empezó a seducirme, en forma muy sutil, dado el sitio en donde nos encontrábamos.

Me hablaba de diversos temas, en voz baja, pero con gran pasión. De vez en cuando me tocaba, de una manera ruda y masculina que no despertara sospechas. Yo no lo podía creer, nunca hubiera pensado que a Mario le gustaran también los hombres. Empecé a arder de deseo, pero no me atrevía a tomar la iniciativa, pues todavía tenía un margen de duda: podría ser que fuera de aquellos hombres que se toman dos tragos y se vuelven muy efusivos.

Después de un rato, cuando entramos en el tema de la música, me invitó a escuchar algo en el apartamento de un amigo suyo, cuya llave tenía y quien vivía cerca de allí. El corazón me empezó a latir más aceleradamente, si cabía más. La saliva se me atragantaba, la dudas ya eran pocas y terminaron por disiparse completamente cuando, al llegar frente al edificio de su amigo, en forma bastante brusca, me empujó contra un rincón oscuro y allí, con la misma pasión que ya yo sentía, inició un beso.

Qué beso aquel, señores!!!!! No éramos capaces de separarnos y si lo hacíamos era sólo para tomar aire. Nuestros labios eran como frutas jugosas que cada uno degustaba como si fuera la primera y quizás la última vez que pudiera hacerlo. Las lenguas se encontraban sorprendidas ante aquel arrebato. Aquello fue un orgasmo en seco.

Cuando pudimos parar, subimos al apartamento. Al contrario de la explosión que había ocurrido antes, avanzamos en el rito del sexo en forma pausada. Pusimos música, nos acariciamos y desnudamos lentamente, recorrimos nuestros cuerpos con las yemas de las manos, con la punta de la lengua, nos disfrutamos con los ojos. Los labios, las orejas, el pelo, la cara, el cuello, el pecho, el vientre, la espalda, las nalgas, el vello del pubis, la entrepierna……….

Luego besamos y chupamos nuestros penes y huevos. El pene de Mario es largo y delgado, curvo como si fuera la cimitarra de un guerrero árabe y estaba duro como el mismo acero. El mío es derecho, grueso y termina en una gran cabeza, que en la rigidez que tenía se veía aún más temible. Chupábamos con calma, como si fueran un postre delicioso que deseábamos comer en pequeñas cucharaditas, para que durara más. Por momentos, lo hacíamos simultáneamente, en 69,  luego, en forma alternativa, mientras el otro acariciaba la cabeza de quien se inclinaba sobre su pubis.

El cuerpo de Mario es fuerte y musculoso y es evidente que el fútbol lo ha moldeado. El mío es más delgado, con la espalda ancha, las nalgas firmes y la cintura estrecha que dejan la natación. Ambos somos altos, yo un poco más que el. Debíamos lucir espectaculares entrelazados, en aquel momento en que volvimos a perder el control y nos estábamos nuevamente devorando a besos en medio de fuertes abrazos. El parecería un atleta romano, yo un guerrero del antiguo Egipto.

Esa debió ser la imagen que vió Jorge, el amigo de Mario, dueño del apartamento, quien acababa de entrar sin que lo sintiéramos.

“Puedo participar?”, escuché que decía una voz varonil.

Me volví a mirar. Era un dios teutón quien hablaba. Rubio, bronceado, grande y macizo, su abundante vello era también rubio; vestia, apenas, pantaloneta y camiseta ajustadas.

Todos intercambiamos miradas, sonreimos y él se lanzó presuroso sobre mí, sin darse siquiera tiempo para quitarse el calzado. Todavía tiemblo, un mes después, al recordar lo que fue aquello.

A partir de ese momento, no hubo consideración de ninguna especie. Mientras me inclinaba para chuparle la verga a Mario, yo sentía por detrás la boca de Jorge que me sorbía el culo, con un gusto que era evidente y que me lo transmitía. Su lengua jugaba alegremente por todos lados. Era evidente que me preparaba para penetrarme. Esto lo deseaba con ansia, pero también lo temía: con el tamaño de verga que tenía me iba a romper el culo!!!!

Pero el hombre era un experto conocedor de como preparar el culo de otro hombre a punta de placer oral para entrarle con una herramienta de tal tamaño.  Cuando finalmente lo hizo, fue con tal rudeza que sentí morir, de dolor y de placer. Jorge venía de trotar y estaba sudado, así que yo sentía su sudor correr por mi espalda y alrededor de mi pecho, el cual él sujetaba con fuerza durante sus embates. Me sentía deliciosamente violado por Jorge. Mientras tanto, mi amigo y yo no habíamos cesado de hacer lo que veníamos haciendo: Mario me mamaba la verga y yo alternativamente lo masturbaba y exploraba su culo con los dedos.

Jorge terminó en medio de un rugido de gusto; luego, de la misma forma silenciosa como entró, salió. Lo sentí en la ducha luego.

Mario y yo ya necesitábamos terminar. Primero lo penetré yo, de frente. Lo hice suave y lentamente, como me gusta, para sentir durante más tiempo esos últimos espasmos.  mientras tanto, volví a masturbarlo. El mundo se nubló para mi, fue tanto el placer que sentí al llegar.

Mario me dijo que quería terminar en mi mano, pero antes me pidió que me sentara sobre él para penetrarme, así lo hice y luego de moverme un rato, me gritó que parara, que a él le gustaba ver la salida de sus jugos. Me lo saqué entonces, y todavía sentado sobre él, lo masturbé hasta terminar. El hombre no apartaba los ojos de su verga y no cesó de gemir hasta que un gran chorro de semen explotó y alcanzó a llegar hasta su pecho.

En seguida, me pegué a él en un fuerte abrazo, para que mi pecho quedara también embadurnado con su semen.

Desde la cocina Jorge nos insto a que terminaramos, pues estaba preparándonos algo de comida.
Decidimos, entonces, ducharnos juntos.

Aquello fue peor. Bajo el agua no cesábamos de besarnos y acariciarnos, al punto de volver a alcanzar ambos tremenda erección, la cual no pasó a mayores porque Jorge ya había puesto la mesa y nos exigía compostura.

Aquella comida fue deliciosa: tres hombres desnudos y hermosos compartiendo un plato español hecho con mariscos, bebiendo vino tinto, escuchando buena música y riendo a carcajadas; todo presagiaba lo que podía volver a empezar luego.

Aquella noche no regresé a mi casa.

ernesto7279@hotmail.com