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Ocho heterosexuales para mi!

Hola mis queridos lectores. Es la primera vez que escribo un relato erótico, pero tenia la necesidad de contar mi experiencia. Obviamente voy a cambiar los nombres y lugares para mantener la discreción.

Tengo 17 años, soy argentino y estoy en el ultimo año de la secundaria (el mejor!!!) y a esta edad ustedes sabrán que nuestras hormonas están al máximo; con tan solo una mirada se te erecta, ni pesar si te tocan, y cuando estas besando a alguien no puedes contener esa sensación de que el mundo se te va a venir encima. Creo que es solo por la edad, por las salidas nocturnas, el estar siempre con actividad, fumar, tomar, pasarla bien.

Desde chico a mí me gustaron los hombres, desde la escuela primaria y ya había tenido varias relaciones para los 17! Pero quería mas, sentía que mi cuerpo me pedía mucho más.

Había un grupo que se sentaba detrás de mí, todos heterosexuales, y a mi me gustan mas así, bien „machos‰ y con ganas de coger a todo momento. Ya habían empezado las bromas desde hacia varios años, de que algún día me la iban a poner, de que yo parecía mas mujer que hombre y que no tendrían problema en cogerme. Y cuando me compraba esos chupetines bien gordos y comenzaba a chaparlos ellos me decían- así me la vas a chupar a mi! Ya vas a ver!- yo moría de ganas, y lo hacia adrede.

Una noche fuimos con mis amigas a la casa de uno de ellos por el cumpleaños, nos quedamos hasta muy tarde, pero cuando estábamos en la mejor parte, medios alcoholizados, y con muchas ganas de divertirnos mis amigas se fueron porque tenían que levantarse temprano. En ese momento pensé ˆ Que comience la fiesta!!!-

Cuando estábamos todos sentados en el living de esta casa comencé a contarlos. Eran 8: Gonzalo, Emmanuel, Cristian, Pablo, Javier, Maximiliano, Rodrigo y Diego. Eran muchos! Pero tenia ganas de chapárselas a todos. Empezaron como siempre las cargadas, las bromas, yo estaba comiendo un chupetín y me decían ˆ como nos las chuparías si fuera nuestra pija el chupetín- y comencé a pasarle la lengua, subirlo y bajarlo con fuerza y rapidez. Ellos enloquecieron! Y me dijeron, – tenes que cumplir algo con nosotros-, y yo pregunte, haciéndome el desentendido, que de que se trataba. Y sin decir nada se bajaron todos los pantalones.. las tenían erectas. Imagínense 8 pijas heterosexuales para mi solo. Ellos solo me deseaban a mi. Y comencé a chapársela a uno, mientras los de atrás se masturbaban!. Entonces se acercaron 3 mas y pusieron sus pijas en mi boca. Las amontone a las tres, y me decían, – así!! Hasta la garganta! seguí.. toda la leche va ser para vos.. tragala!- y yo estaba muy caliente! Las chupaba, con fuerza y rapidez, pasaba mi lengua por sus cabecitas, y jugaba con ellas, las tocaba, rozaba sus huevitos con mis manos y ellos enloquecían. De pronto se pusieron en ronda, y uno me bajo los pantalones, y me la puso tan, pero tan fuerte que vi las estrellas, sentía q mi cuerpo se desmoronaba con cada entrada y salida de su enorme, dura, y venosa pija. Mientras se las seguía chupando a los demás y algunos se turnaban para ponérmela por atrás. No daba mas esta exhausto y fue allí donde uno por uno me acabaron en la boca. Me dejaron lleno de leche, y yo la saboreaba mientras ellos golpeaban sus penes contra mi boca sacudiendo así lo que quedaba de semen. Me pare. Camine. Y ellos se reían. Y me decían que había sido la mejor cogida que habían tenido, y que por supesto no se lo contara a nadie, ya que marcaría sus nombres para siempre, y el mi también.

Ahora nos vemos en la escuela y nos reímos, hacemos comentarios que los demás no entienden. Pero de algo estoy seguro, de que fue la mejor cogida que recibí y di, y que además que no será la ultima vez. Todavía me queda el viaje de estudio. Una semana entera en Bariloche. ¿Se imaginan? Yo no! Jaja… pero por supuesto que se los voy a contar!
Contameloa_hora@hotmail.com

Mi más anhelada fantasía

Hola, soy chileno y me haré llamar Javier, aunque ese no es mi verdadero nombre, porque para ser sincero temo que alguien pueda reconocerme a mí o a mi pareja al momento de leer mi historia. Sin embargo, no consigo cambiarle el nombre al sujeto que se volvió tan importante en mi vida. Su nombre real es Pablo, y vive al norte de Chile. Después de un año logré dar con él y cumplir mi más anhelada fantasía.

Bueno, espero no ser tan extenso en mi relato, porque es fidedigno y estaría horas contando todo lo que he pasado hasta llegar a este momento.

Desde niño que siento una atracción especial hacia los hombres, también en cierto grado por las mujeres, aunque nunca he estado con una. Pero resulta que ahora mis gustos han empezado a cambiar. Antes me enloquecía por esos hombres bellos, esculturales y agraciados. Hoy igual soy capaz de admirar a un hombre bello, pero en este último tiempo me he estado interesando por hombres más terrenales. Me explico. Pueden ser macizos y hasta feos de cara, pero siempre que tengan harta masculinidad a mí me van a gustar igual. Lamento ofender a alguien, pero no soporto a los afeminados, por muy estupendos que sean. Bueno, a no ser que sea un hombre definitivamente obeso, gordo, raquítico o simplemente sucio, ahora me puede gustar cualquier hombre que tenga un encanto particular, sin necesidad que sea un modelo de Play Girl. Y bueno, Pablo es uno de esos tipos. Es alto como yo, moreno, algo macizo, aunque no obeso, sin embargo, debo reconocer que fue ese cuerpo fornido el que me atrajo al principio. Pero lo que más me dejó anonadado fue cuando le conocí las piernas a través de una foto. Qué piernas más lindas, preciosas, bien moldeadas y bronceadas por el sol del norte, con muslos deliciosos y con encantadores vellos en su justa cantidad. Bueno, él participaba en un portal de internet y fue así como lo conocí, porque yo soy del centro de Chile. Bueno, él al principio no me caía muy bien, aunque hablábamos varias veces por Messenger y se notaba simpático, pero me desagradaba que siempre me estuviera mandando fotos de mujeres desnudas, videos pornos y que estuviese tan obsesionado por el sexo. Él tenía fama en todo caso, porque hasta le decían abiertamente que era un “degenerado” quienes lo conocían, pero yo pensaba que eran solo bromas. Pero no, era cierto, el tipo tiene algo no resuelto en su cabeza en relación al sexo. Aunque esto último igual jugó a mi favor como les contaré ahora.

Bueno, la cosa es que por un par de fotos, más unas imágenes suyas por webcam lo conocí físicamente. Y aunque para varias mujeres Pablo no es un Brad Pitt o un George Clooney, para otras sí es un tipo atractivo, en especial por sus piernas. Y bueno, dentro del grupo de los hombres yo también me enganché con él por esto último, sus hermosas extremidades inferiores. Aunque lo disimulé al comienzo, porque nunca le quise hacer ver que me gustaba, al final igual esa atracción se convirtió en la calentura más fuerte que haya sentido por otro hombre. La cosa es que con los meses me decidí a hacerme amigo de él, aunque sin ninguna ilusión por llegar a algo más, porque aunque es un degenerado, yo lo creía totalmente heterosexual.

Luego de un tiempo me conseguí su dirección y me pagué un pasaje en avión a su ciudad sin avisarle ni a él ni a nadie más, ni siquiera a mi pareja, que hasta el día de hoy no sabe nada de esto. De lo contrario, me quedo sin novio de una. Bueno, quise darle a Pablo una gran sorpresa, y vaya que se la di cuando me vio ese día sábado en playa. La verdad es que yo sabía que a él le gustaba ir a pasear en auto por la playa, y siempre solo. Nunca me lo dijo pero suponía que era para buscar mujeres para pasar el rato y así ponerle los cuernos a su mujer. Bueno, esa tarde parecía de ensueño, porque yo lo esperaba desde la mañana hasta que lo vi llegar a la hora de almuerzo. La playa estaba casi vacía y ahí llegaba él en su auto, que también conocía por fotos, y cuando se bajó estaba vestido igual que en sus fotos sexys que se pone en el Messenger. Le gustan los polerones abiertos que le permitan lucir su pecho, no tan velludo pero igual atractivo, y esos jeans extremadamente cortos con los que muestra sus piernas que tanto me hacen babear. Les repito, él no es ninguna maravilla, pero con su altura, su espalda ancha y esas piernotas suple cualquier crítica hacia su físico. No me pude resistir, y bajé hasta la arena para darle la sorpresa.

Pablo casi se quedó paralizado al verme. Se sacó sus lentes oscuros y me miró estupefacto con esos ojos café cuando me vio, yo ni sé que cara puse, pero me asusté mucho, pensé que todo había sido un error y que era mejor darme la media vuelta y huir de ahí. Pero Pablo luego empezó a sonreír y fue directamente al grano. Me dijo que jamás se imaginó que yo iría hasta su ciudad a buscarlo, pero que sabía perfectamente porqué yo estaba ahí. Fue increíble, pero en menos de un minuto me vi descubierto. Me dijo que se había dado cuenta hace tiempo de mi interés por él, pero que por la distancia nunca pensó que yo llegaría tan lejos y que no se alejó antes de mí porque yo de todos modos le caía bien. Me sentí como un estúpido, como un delincuente apuntado con el dedo, pero cuando Pablo me empezó a hablar con amabilidad como que empecé a recobrar el aliento. Y bueno, tal como yo lo pensé, esa tarde él iba a encontrarse con una tipa. A los pocos minutos Pablo me señaló con el dedo a una rubia teñida que se venía acercando y me dijo que era una de sus “amigas”. Sin embargo, antes que ella se acercara más me dijo casi al oído algo increíble. Le iba a decir que no podrían reunirse ese día porque yo había llegado de visita, luego avanzó hasta donde ella, la besó en la boca y luego de unas explicaciones la tipa me miró, me saludó con la mano, volvió a besarlo y se fue. Creí que me iba a morir, no podía creerlo, pero era verdad. Pablo se quedaría conmigo, aunque seguí pensando que solo para conversar y sincerarnos.

Bueno, nos fuimos a una fuente de soda en su auto, mientras yo intentaba calmarme. En todo caso al ir sentado al lado suyo una de sus piernas maravillosas estaba a centímetros de mi mano, y eso me tenía loco de ansiedad. Me acuerdo que mientras bebíamos unos jarros de cerveza conversamos lo de costumbre, la familia, los amigos, sus mujeres, su hijo, su esposa, sus hermanos, la familia mía, mis amigos, el trabajo de ambos, etc. Hasta que llegó el momento. Sin hablar fuerte para que no nos escucharan me contó que al verme llegar en la playa se sintió halagado, porque era la primera vez que un hombre hacía algo así por él. Me dijo que aún no se aburría de las mujeres, pero que mientras tomábamos cerveza estaba pensando si lograría ser capaz de estar alguna vez con un hombre. Yo ni tonto ni perezoso le indiqué que era él quien tenía que decidirlo, pero que yo le garantizaba total silencio, además de cumplirle como el mejor de los amantes. Él solo sonreía, mientras bebía un sorbo tras otro. AL cabo de unos minutos no me resistí más y le toqué con mi mano unas de sus piernas. Fue solo un toque, pero para mí fue como el éxtasis.

Una hora después entrábamos a un diminuto departamento que él mantenía en secreto, para sus amantes. Ya se imaginarán lo que pasó allí. Me repitió que nunca antes había estado con otro hombre, aunque yo empezaba a dudar, porque lo más lógico era que al verme llegar en su busca, y sabiendo que él me gustaba, él debió alejarse o incluso agredirme, para hacerme entender que no quería saber nada más de mí. Pero bueno, todo había resultado al revés. Incluso ese cuarto que iba a ser para esa peliteñida con pechugas enormes, ahora iba a ser para mí. Bueno, yo debo confesar que soy adicto al sexo oral. Así como él está obsesionado con las mujeres desnudas y sus traseros contorneándose, yo estoy obsesionado con el sexo con lengua. Algo debo tener en mi mente que necesito llevarme a la boca todo lo que me guste o me excite de un hombre, y a Pablo la verdad es que soñé siempre con lamerlo entero, chupetearlo hasta que me cansara, y así lo hice.

Primero lo besé en la boca apasionadamente, con locura, había soñado tanto con ese beso que casi me tragué su boca, sus labios y su lengua. Le desordenaba el cabello mientras lo besaba con ardor, él por su parte me masajeaba la nuca y me empezaba a manosear el trasero. Cuando nos desnudamos y nos arrojamos a la cama empezó mi festín, porque aunque ebrios como estábamos me enloquecí besándolo y lamiéndolo por todas partes. Restregaba mi rostro por sus pechos, sintiendo en mis mejillas esos vellos fuertes que me enloquecían, después sus tetitas fueron las que pasaron susto, porque con la manera que se las chupaba, ¡ufff! Y siempre haciendo rechinar los chupeteos para extasiarnos aún más él y yo. Le lamí hasta el estómago y el ombligo, siendo que él hasta panza estaba empezando a desarrollar. Finalmente, el plato de fondo. Aunque ustedes no me lo crean, no guardé el pene para el final, porque como plato de fondo dejé lo que más me enloquecía de él. El pico se lo chupaba como un ternero cuando está mamando de una vaca (en este caso de un toro), pasando una y otra vez mi lengua por el tronco, después de eso le bajé el prepucio con mi mano, con la que sujetaba su pico como si estuviera temeroso que alguien más quisiera quitármelo, y al final terminaba en una succión ansiosa del glande. Qué manera de chuparle el pico a Pablo, de verdad que parecía un animal hambriento. Y bueno, como les contaba dejé para el final de mis fantasías lo que más me había vuelto loco todos esos meses: sus imponentes piernas.

Recuerdo que las masajeaba ardientemente mientras las recorría con mi lengua. Era una sensación exquisita paladear esa piel a veces suave y a veces áspera, mientras esos hermosos vellos se iban rozando con mi lengua y con mis labios. Creo que se las lamí, besé y chupetié por una media hora, sin parar. Muslos, rodillas, pantorrillas y hasta las nalgas se transformaron en mi alimento, el que necesitaba degustar como el más apetecido de los manjares. Pablo se reía, pero también me decía que sus piernas eran su mayor tesoro, porque con ellas había conquistado a todas sus mujeres, desde sus pololas de juventud, su esposa y sus otras minas, y ahora se daba cuenta que hasta a los hombres podía conquistar con ellas, aunque ninguna de sus mujeres se había dado el mismo banquete que yo con sus piernas. Yo lo escuchaba y me sonreía junto con él, pero no dejaba de lamérselas mientras pasaba mi cara por sus contornos. Estaba en la dicha. Se las tomaba, las ponía sobre mis hombros, las masajeaba como un loco. Recuerdo que mientras proseguía con ese ritual erótico de pronto divisé otra vez su pene en erección y bajo él sus dos testículos, dos bolas enormes que él se había preocupado de depilar, seguramente para que sus putas pudiesen chupárselas, al igual que su pico. Pues yo no quise ser la excepción, y me dirigí a ellos con mi lengua mientras lamía por enésima vez uno de sus muslos, llegué hasta sus cocos y los chupé como si fuesen dos duraznos que estaban pegados a una pared. Con ninguna de mis anteriores parejas había disfrutado tanto el sexo oral como con Pablo, incluso cuando volví a chuparle el pico, pero ahora con más ansiedad, eyaculó dentro de mi boca, y por primera vez me tragué el semen de un hombre con un placer que me es imposible describir. Debido a la extrema calentura que me consumía esa vez lo disfruté como si fuese un manantial de leche aceitosa que llegaba desde un tubo hasta mi garganta. Pero sabía que un hombre como él no se iba a contentar solo con eso, así que cuando me dijo que ahora le tocaba a él sabía que lo suyo no iba a ser sexo oral, sino el otro.

Y claro, apenas me arrebató su pico de mi boca me hizo ponerme como perrito en la cama, y solo atiné a cerrar los ojos. Nunca me a gustado mucho el sexo anal debo reconocerlo, pero como Pablo me había dejado hacerle todas las cosas que me había guardado por meses en mi mente lujuriosa, le permití hacerme lo que quisiera. Su pene ya más lubricado no podía estar, porque mi saliva hizo un trabajo de lujo, pero él necesitó lubricar mi ano y empezó a untarme lo que supuse era vaselina con los dedos. Después de eso vino lo que él tanto estaba esperando de mí: metérmelo hasta el fondo del culo. Quise gritar en algunos momentos, porque vaya que culea como bestia este tipo, pero no quise hacerlo y me aguanté. Él en realidad es un potro salvaje cuando lo está metiendo, tanto así que hicimos resonar el catre como si yo fuese la puta o el puto más grande que alguna vez haya pasado por ese cuartucho. Volvió a eyacular adentro mío, pero esta vez en mi ano, y cuando terminó de hacerlo sacó su pico y se volvió a tirar de espaldas sobre las sábanas. Yo apenas podía moverme luego de esa culeada tan fenomenal, pero aproveché de arrojarme encima de él y así posar nuevamente mi mejilla sobre su pecho. Me dijo que había sido maravilloso, y que esos jarros de cerveza habían valido la pena, porque yo tenía la mejor lengua y el mejor culo que haya disfrutado nunca, y yo se lo creí. Me empezó a acariciar el cabello y de pronto yo le sugerí algo que me nació así sin más. Le propuse metérselo yo estaba vez. Y aunque me miró algo sorprendido, volvió a sonreírse mientras se tapaba los ojos con uno de sus brazos. Creí que me diría que no, tajante, pero otra vez Pablo me sorprendió. Me dijo que bueno, que él también probaría sentirse mina por un rato, y que me apurara antes que se arrepintiera. No perdí ni medio segundo, así que le pedí que se diera vuelta y comencé a hacer lo que siempre hacía yo con mis parejas: culeármelos yo. Después de pasarle también un poco de vaselina por el culo acomodé mi pico en su robusto trasero y empecé a empujar lentamente, no de manera brusca, para así no asustarlo y que todo se fuera al diablo. Luego de eso, comencé a acariciarle ese cabello oscuro que tenía delante de mi cara, que con la poca luz que entraba por la ventana lo hacía ver algo rojizo, y finalmente me lo culié como acostumbro a hacerlo con los huevones que me encamo. Con la otra mano le recorría las tetitas para excitarlo todavía más mientras lo hacía mío. También eyaculé dentro suyo. Pablo tampoco gritó, pero me daba cuenta que mientras lo bombeaba frenaba su risa nerviosa con la almohada. A esas alturas yo ya sentía que aquel viaje había sido lo mejor que me había pasado en la vida. Ese depravado al fin había sido mío, totalmente mío.

Recuerdo que después decidimos descansar un rato y nos quedamos dormidos. Al despertar ya era de noche y nos bañamos juntos en la ducha. Para qué les cuento lo que volvió a pasar ahí. No pude convencerlo para que me lamiera como yo lo hice con él, me dijo que igual le daba algo de asco, así que solo llegaba hasta mi cuello después de besarnos en la boca, pero como yo soy un obsesionado con el sexo oral volví a devorarlo como lo había hecho en la cama, en especial a sus maravillosas piernas. Esta vez el agua tibia de la ducha cayéndonos le dio a ese momento un toque más placentero todavía. Volvimos a culearnos también, ya que el agua estaba exquisita para la ocasión.

Bueno, termino contándoles que yo me quedé esa noche en ese cuartucho y él volvió a su casa. Al día siguiente me llevó a almorzar a su casa para que conociera a su familia, como si él recién ese domingo se hubiera encontrado conmigo. Mientras yo saludaba a su mujer, sus padres, hermanos y hasta su hijo pequeño yo me sonreía para adentro sabiendo que ese esposo, hijo, hermano y padre había sido mío el día anterior, y yo de él, y que si lo supieran no estaría ninguno de ellos dándome la bienvenida. Regresé esa noche a mi ciudad, no sin antes prometerle que volvería a repetirse ese maravilloso sábado, y que de mi boca no saldría nunca una sola palabra. Él asintió y también me prometió un segundo encuentro, pero que le era muy difícil viajar al sur. Bueno, ya han pasado varios meses, le he insistido por Messenger que necesito volver a estar con él aunque sea una vez más. Él solo me manda fotos suyas donde aparece desnudo, la mayor parte con primeros planos de sus piernas, esas que tanto gocé aquella vez. A veces pienso que solo la cerveza lo hizo irse a la cama conmigo, ya que sigue teniendo amantes mujeres y manteniendo su fama de obsceno en internet, es decir, sigue todo tal cual como antes de ese viaje.

Si me decidí a contarlo todo por este medio es porque ya no puedo seguir callándome. Necesitaba desahogarme, que alguien más supiera la inmensa dicha que viví con este tipo aunque fuese por un día. Sacié toda mi lujuria contenida con este hombre que me tenía con la calentura viva, y me era imposible no compartirlo con alguien más. Nadie que me conoce sabe de esto, aquel viaje para los demás fue solo para ir a descansar, pensar y estar un par de días solo, nada más. No sé si Pablo volverá a ser mío alguna vez, y yo de él. No sé si volveré a saborear esas deliciosas piernas que ustedes deberían conocer para que me logren entender. Tampoco sé si yo fui su primera relación homosexual como él me juró ese sábado, ni tampoco sé si él cumplió su palabra de guardar bien en secreto lo nuestro. Bueno, solo quería contárselos, porque al menos por una tarde y una noche, fui el hombre más feliz de esta tierra y solo espero que se repita, y pronto.

JAVIER.

Reunión

Adriana y yo somos nudistas desde hace cuatro años. Comenzamos tímidamente, sólo desnudándonos, y poco a poco fuimos conociendo algunos hoteles para adultos, con actividades más atrevidas, aunque nosotros siempre nos hemos reservado para nosotros mismos, nos gusta participar en juegos eróticos que nos excitan y mejoran nuestro desempeño en la cama, cuando llega el momento.

Laura y Javier son amigos nuestros. Nos conocimos por internet y puede decirse que los iniciamos en el nudismo, un año después de que nosotros nos iniciamos. Nos reunimos de vez en cuando para comer y platicar, pero nunca habíamos hecho nudismo juntos. Siempre nos habíamos visto vestidos, y muchas ocasiones con nuestros hijos presentes en las reuniones.

El sábado pasado, las cosas cambiaron. Nos invitaron a su casa para una comida en el jardín. Nuestros hijos no estaban con nosotros ese día, como tampoco estaban los de Javier. El clima estaba tibio y el sol radiante; tal vez eso hizo que Laura sugiriera hacer una jornada nudista, por primera vez juntos los cuatro amigos. Es el colmo, dijo, que habiéndonos conocido por el nudismo, nunca lo hayamos practicado juntos.

Volteé a ver a Adriana, quien me hizo un discreto gesto aprobatorio, por lo que le respondí: “por nosotros, con mucho gusto”. Así que pasamos a la recámara de sus hijos, mientras ellos iban a la suya a despojarnos de nuestras ropas. Cinco minutos más tarde estábamos de vuelta en el jardín con nada más que piel por vestimenta.

Debo confesar que Laura siempre me atrajo: es una mujer joven, de la misma edad que Adriana con una mata de cabello impresionante y un cuerpo en el que destacan sus pechos, grandes y firmes, al menos eso veía yo a través de la ropa. Verla desnuda, lejos de desilusionarme confirmó mi gusto por ella. Javier, por su parte, luce mejor desnudo que vestido, ya que a sus cuarenta y tantos mantiene un cuerpo fuerte, con barriga moderada y bastante bien dotado entre las piernas. Adriana es delgada y conserva, a base de ejercicio un cuerpo muy atractivo, de pechos pequeños, nalgas redonditas y piernas firmes y deliciosas. A mí me ayuda mi estatura y aunque hago poco ejercicio, no tengo sobrepeso, por lo que tengo una estética aceptable a la vista.

Antes que nada, Laura nos proveyó de loción bronceadora, para protegernos del sol, que de inmediato procedí a untar en la espalda de Adriana mientras Laura hacía lo mismo con Javier. Al voltear los roles, mientras mi esposa me aplicaba la loción y Javier hacía lo propio con su pareja, Adriana y yo quedamos frente a frente, a una distancia muy corta. Yo estaba nervioso por su cercanía y por el delicioso movimiento de sus pechos mientras Javier frotaba su espalda. Para acabarla, ella me comenta con la mayor naturalidad: “no sabía que estabas completamente rasurado de tus genitales… te ves muy bien. Siempre he querido que Javier se rasure, pero él se resiste, dice que tal vez sea incómodo. ¿Cómo te sientes tú así?”. ¡Puff!, sentí un calorcito en todo el cuerpo y no pude evitar una erección parcial que traté de ocultar girándome hacia Adriana, quien me comenzó a aplicar la loción en el pecho y vientre, para constatar mi estado de excitación, que se incrementó cuando me aplicó el bronceador en el pene y testículos, mientras, tomando el relevo contestaba pícaramente: “A Germán le gusta, pero me gusta más a mí; tiene sus ventajas, es higiénico, fresco y no corro el riesgo de tragarme un pelo, ¿verdad, vida?”. Y tomándome de los hombros me giró hacia Javier y Laura, para continuar: “además, hace que se vea más grande, miren”. Yo, que ya tenía el pito completamente parado, no tuve otra más que de tomarlo a broma. “Así que no se dejen impresionar ¿eh?…”

La tensión desapareció tan pronto como vino, aunque Laura retomó el tema: “¿desde hace cuánto andas así?, bueno, andan, porque esa franjita de Adriana no deja casi nada cubierto. “Unos dos años”, dijo Adriana. “Al principio yo se lo recortaba pequeñito con unas tijeras, pero un día me sorprendió al salir del baño completamente afeitado; desde entonces le he pedido que no se vuelva a dejar pelos en esa zona”. Y volviéndose a Javier: “te deberías de rasurar, no te vas a arrepentir, y menos Laura cuando te sienta así contra ella”. “Si tú me ayudas, le entro”, dijo Javier, “a mí me da miedo meter navaja allá abajo”. “Después de la comida yo te arreglo, siempre y cuando a Laura no le moleste” respondió Adriana. “¡Cómo crees!, y menos con Germán presente; ya quedamos, después de la comida hacemos sesión de estética”, concluyó Laura.

La hora siguiente se fue ligera, con una rica paella que nosotros llevamos, y una ensalada y postre muy ricos que preparó Laura. Los cuatro bebimos poco, por lo que una botella de Blanc de Zinfandel fue suficiente para acompañar la comida.

Terminado el postre, Laura se volvió hacia Adriana: “¿qué necesitamos para el salón de belleza?”, preguntó. “Unas tijeras, agua tibia, dos toallas, espuma y rastrillo nuevo… con eso tenemos”, dijo Adriana, “¿tienes todo?”. “Ahora te lo traigo, no tardo; ya me urge ver despejado el panorama”, terminó bromista Laura.
Adriana pidió a Javier que se recostara en un camastro, dejando sus pies en el suelo y las piernas entreabiertas. Luego, con movimientos certeros y profesionales, comenzó a recortar los pelos hasta dejarlos de menos de un centímetro de longitud. De vez en cuando, maniobraba con precisión los genitales de Javier, cuyo pene ganaba rápidamente tamaño y dureza. “Ayúdame un poco, Laura; moja esta toallita con agua tibia y aplícasela a Javier para suavizar sus pelos, ahora vuelvo.” Adriana se fue hacia el baño y discretamente pidió que la siguiera; ya adentro, cerró la puerta y me preguntó en voz baja: “¿hasta dónde quieres que lleguemos? Lo último que deseo es que te molestes, pero si he de ser sincera, me estoy excitando, ¡mira, tócame!”, dijo mientras llevaba mi mano a su vagina, cuya humedad y tibieza confirmaba su excitación. Me recorrió un escalofrío rico en la espina dorsal y se me secó la boca. “Tú sabrás”, contesté. “Lo único que me gustaría es que tú y yo nos mantuviéramos como hasta ahora, exclusivos el uno para el otro, pero por lo demás, tú márcate los límites… yo, llegado el caso, te ofrezco lo mismo”.

Regresamos al jardín hallando a Laura concentrada en humedecer pubis y genitales de su esposo. “¿Cómo ves, ya está listo?”, preguntó Adriana. “Ni tanto”, bromeó ésta, mostrando el pene semierecto de Javier. “Vamos, pues, ¿me permites?” Las mujeres intercambiaron lugares y mi esposa comenzó a untar la espuma de afeitar con movimientos delicados que de inmediato excitaron a Javier. “¿Ves?, así está mejor”, y tomando el rastrillo comenzó el afeitado mezclando el proceso con caricias casuales y bromas que nos tenían a los cuatro expectantes y divertidos. Juro que Javier casi no hablaba por no poder articular palabra, sólo reía nervioso y contestaba con monosílabos o suspiros.
“¡Quedaste guapísimo, amor!, gracias Adriana!”, dijo Laura, a lo que de inmediato me atreví a sugerirle: “¿no te gustaría pasar por el mismo proceso?”. “¿Y el trabajo me lo haría Adriana o tú?” “Al gusto de la clienta”, contesté lo más impasible que pude, aunque por supuesto prefería ser yo el esteticista, mil a uno. “Pues entonces probemos tus manos expertas”, decidió confiada.

Con mucho esfuerzo refrené el temblor de mis manos mientras humedecía y enjabonaba su hermoso pubis y sus labios carnosos. Más tranquilo y concentrado la afeité, combinando la labor con sutiles roces a su clítoris que, advertí, se erectó mostrando un tamaño que yo no había apreciado. Como en su momento Javier, Laura casi no hablaba mientras no podía disimular una leve oscilación de caderas, que mudamente me decían “me gusta lo que estás haciendo”.

Terminé dejándola completamente afeitada, salvo un triángulo de base angostísima que descansaba justo en el inicio de su rajita.

Se levantó del camastro y nos comunicó que prefería enjuagarse en la regadera: “sirve que el agua fría me calma un poco, no tardo”.

“Javier, ¿tienes Bailey’s?”, preguntó Adriana, mientras Laura estaba en el baño. “Claro, ¿lo prefieres en un vaso con hielos o en una copa, solo?”. Adriana guiñó un ojo: “no te apures, no vamos a necesitar vasos, pero me agrada la idea de los hielos”. Javier entró a la casa y volvió con la botella y unos hielos, acompañado por Laura, que con su piel aún húmeda se veía muy sensual. “¿Les parece si brindamos por sus nuevos looks?”, propuso Adriana, y sin esperar preguntó: “¿vas primero, Laura?”. “De acuerdo, ¿qué tengo que hacer?”. “Recuéstate en el pasto, abre un poco las piernas y relájate; Javier y yo haremos lo necesario… ” Y dirigiéndose a mí: “amor, ¿me ayudas con los hielos?”. “Arrodíllate aquí, Javier, de modo que no vayas a desperdiciar el Bailey’s, ¿eh?” Y arrodillada comenzó a verter un finísimo hilo del licor sobre el vientre de Laura, que lentamente escurría hacia su vagina, en donde Javier lamía con suavidad la bebida, poniendo a su esposa en un estado de excitación que me prendió de inmediato. A señas, Adriana me indicó que tomara un par de hielos y los aplicara sobre los pechos, ¡hermosos pechos! de Laura quien, con los ojos cerrados disfrutaba del momento respirando agitadamente. Me arrodillé junto a ella, del lado opuesto al que estaba Adriana y comencé a frotar los helados cubitos en movimientos espirales desde fuera hacia adentro, culminando en sus pezones. Cuando sintió el frío contra su piel, la excitación de Laura aumentó aún más y comenzó a acariciarse a sí misma… luego se le ocurrió buscar de dónde asirse, para encontrar mi pene erecto que tomó con firmeza pero sin lastimar, y sin atreverse a masturbarlo, sólo a tenerlo entre sus manos.

Adriana, dirigiendo magistralmente la escena, me hizo la seña de retirar los hielos; luego vertió pequeñas cantidades de Bailey’s en cada uno de los pezones, y lo extendió con su mano por ambos senos. “¿Le invitas un traguito a Germán, Laura?”, y sin esperar respuesta se levantó y me situó hincado a la cabeza de ésta: “atiéndete, amor, ahora que hay donde”. Comencé primero a lamer y luego a mamar ese par de portentos que durante tanto tiempo ansié ver desnudos… ¡qué suerte!, hoy no sólo los había visto, sino que los tenía en mi boca con el consentimiento de mi esposa.
Entretanto, Adriana se colocó tras de mí y tomando mi pene lo manipulaba frotándolo contra la cara de Laura, mientras con la otra mano se masturbaba con delectación.

Laura estalló en un orgasmo intenso y breve, tras el cual Adriana y yo nos retiramos discretamente para permitirle a Javier beber los fluidos corporales de su pareja. Pasado el trance, nos sentamos en el pasto y la pregunta generalizada fue ¿quién sigue?. Más por cortesía sugerí que fuera Javier quien tomara el turno, aunque yo estaba ávido de recibir una buena mamada. Así que nuestro anfitrión se recostó, cerró los ojos y dijo: “adelante”. Para asegurarme de que no vería nada, le coloqué en la cara una toalla y le pedí que no se la retirara. Comencé a verter el líquido en su vientre con el objeto de que Laura lo bebiera, pero las mujeres tenían su propio plan: fue Adriana quien se colocó entre las piernas de nuestro amigo y empezó a lamer el licor que escurría por las ingles. Javier, creo, estaba convencido que era su esposa quien estaba en esa posición, hasta que Laura, arrodillada a su lado, tomó su pene y llevándolo a su boca, lo chupó con fruición. Yo, aprovechando la posición que me presentaba Adriana, me coloqué tras sus nalgas y con mi miembro acaricié su clítoris y vulva, mientras ella seguía en su labor de beber del cuerpo de Javier. Éste intentaba levantar su cabeza para enterarse de qué estaba sucediendo, pero yo le decía: “mantente quieto, no veas, sólo disfruta amigo”.
Cuando las mujeres calcularon que era suficiente se retiraron a un tiempo, quitaron la toalla que cubría el rostro de Javier y le preguntaron retadoras: “¿a ver, quién hacía qué? Javier se quedó sin palabras, a lo que Adriana siguió: “nunca lo vas a saber, esta siempre será una incógnita para tí”. Laura, “¿puedo tomar una ducha rápida?”. “Claro, con confianza”, invitó nuestra anfitriona. “No tardo”.

“Germán, no sé qué decirte… esta es una experiencia fantástica. ¿No te pones celoso?”, me preguntó Javier. “Si alguien me lo hubiera propuesto sólo ayer, habría dicho que no; pero ya ves, las cosas se han dado naturalmente y si ustedes están cómodos, pues yo estoy más encendido que nunca. Siempre me había gustado que admiraran a mi esposa, pero nunca había concebido el verla interactuar así”, dije.

Adriana volvió pronto del baño, radiante, con las mejillas encendidas y una sonrisa invitante en el rostro. “¿Quién va a querer más Bailey’s?”, preguntó retadora. Javier y yo nos vimos a los ojos; dudando, éste se atrevió: “¿De veras no hay bronca, Germán?”. De veras. “Entonces sírveme a mí primero, Adriana, si no tienes inconveniente”. Mi esposa nos llamó a los tres: “necesito su ayuda”, dijo. Se colocó frente a la pared, con las piernas bien abiertas, el torso inclinado hacia delante y las palmas de las manos apoyadas en el muro. Su espalda arqueada hacia adentro terminaba en sus nalgas más prominentes por la posición forzada. “Acuéstate entre mis pies, Javier, boca arriba. Amor, ¿puedes verter el licor en la mitad de mi espalda, por favor? Laura, tú ya sabrás que hacer llegado el momento”, fueron las indicaciones que no admitían discusión.

Javier tenía ante sus ojos el mejor panorama imaginable: la vagina abierta de mi esposa directamente sobre él. El líquido comenzó a fluir en su espalda, bajando justo hacia el centro y cayendo en un fino goteo que nuestro amigo buscaba con su boca, lo que logró después de unos segundos de vacilación en los que el Bailey’s caía sobre su rostro. Luego Adriana llevó una mano hacia sus genitales y comenzó a masajear su clítoris. Javier tenía una erección impresionante. Su esposa se montó en sus piernas y comenzó a mamarle la tranca dura, turgente, mientras Adriana flexionaba sus piernas para colocar su vagina directamente sobre la boca de Javier, quien sin desaprovechar la oportunidad, lamía labios y clítoris con delectación. Yo dejé de lado la botella y me fui a situar entre la pared y mi esposa, ofreciéndole mi pene, que parecía estallar. Adriana lo tomó en sus manos y boca, chupando, besando, lamiendo y gritando como pocas veces la había visto en mi vida. Desde mi posición, el panorama era impresionante: un tren erótico que iniciaba conmigo, enganchando mi miembro con la boca de mi mujer, quien enganchaba su vagina a la boca de Javier, cuyo pene se insertaba en la boca de Laura, el cabús del convoy.

No sé cuánto pasamos así, tal vez uno o dos minutos, quizás horas… mi noción del tiempo y del lugar estaba totalmente extraviada… todo era placer y excitación. De pronto, Adriana estalló en un orgasmo salvaje que la obligó a sacarse mi pene de la boca y recargar su cara en mi pubis apretando mis nalgas con sus manos trastocadas en salvajes garras. Todos nos quedamos quietos un momento… poco a poco, primero Laura, luego Javier, se incorporaron. Adriana se tendió sobre el pasto y yo me recosté junto a ella para fundirnos en un abrazo. Nos quedamos en silencio. Cuando nuestros corazones recuperaron el ritmo normal nos acercamos a los dueños de la casa. “¿Faltó algo?” preguntó Laura. “No sé si sea mucho pedir, amiga, pero tengo muchas ganas de lamerte tu clítoris, ¿me dejas?”, pregunté. “Por supuesto, creo que tú eres quien se ha quedado más al margen en todo esto… es todo tuyo ¿cómo me acomodo?” Me tendí de espaldas y le dije: “aquí… pónmelo aquí”, y la invité con mi lengua. Se puso a horcajadas sobre mi cara y bajó su recién depilada colita, húmeda después de tanta excitación. Comencé a besarla suavemente, luego a lamer los labios mayores que yo mismo había dejado tersos. Con delicadeza los abrí y con largos y lentos lengüetazos fui acercándome al clítoris, que respondió al instante poniéndose duro y saltando de su capuchón. No necesité mirar para saber que la tibieza y humedad que envolvían mi de nuevo erecto miembro provenían de la vagina de Adriana que cabalgaba a paso lento sobre mí. Un director de orquesta no habría logrado mayor armonía para los movimientos de este trío, acompasados y ondulantes, cobrando velocidad casi imperceptiblemente hasta alcanzar un “allegro con brío” justo antes de dispararse tres orgasmos simultáneos: los de dos hermosas y ardientes mujeres y el del afortunado que esto narra.

Nos tiramos exhaustos sobre el césped. Adriana y yo abrazados y besándonos, probando ella el regusto salado de mi boca proveniente del orgasmo de Laura. Ésta última mirando al cielo murmurando no sé qué cosas. Nos quedamos dormidos.

Al despertarnos, una hora más tarde vimos venir a Javier desde la casa. No me había percatado de su ausencia durante nuestro “menage a trois”, mucho menos durante la siesta. “La tina está lista”, nos informó. Fuimos al baño de su recámara, y nos metimos los cuatro, un poco apretujados, al jacuzzi lleno de agua tibia. Cada quien frotó, acarició y besó a su pareja, ya sin la lujuria y la pasión de momentos antes, más bien con ternura y paciencia.

Mientras nos secábamos, Javier nos dijo: “les tengo una sorpresa, vengan”. Sobre la cama estaba un platón con quesos y frutas secas. Nos subimos a la enorme king size y tomamos las copas con vino que Javier nos ofrecía. Manipuló el control remoto y encendió la televisión. En la pantalla aparecieron nuestros cuerpos desnudos, grabados sin darnos cuenta esa misma tarde. Las primeras tomas eran apenas aceptables, puesto que la cámara estaba fija en algún lugar; sin embargo, el video terminaba con el último trío protagonizado por Adriana, Laura y yo, grabado con maestría por Javier mientras nosotros, metidos en la acción no nos percatábamos de la cercana presencia del improvisado videoasta. Viéndome en la pantalla como nunca lo había soñado, sentía la excitación volver a mi cuerpo. Sentado en la cama, recargado en la cabecera, tomé a Adriana y la senté entre mis piernas, de espaldas a mí. Con una mano masajeaba sus pechos, con la otra frotaba su clítoris y vagina. El video termino justo en el momento en que me di la vuelta, recosté a mi esposa en la cama y la penetré con cuidado en su cálido y húmedo interior. Javier y Laura hacían lo propio en el otro extremo. Increíblemente, nuestros orgasmos volvieron a coincidir.

Anochecía…

Nos metimos bajo las sábanas agotados, sudorosos, plenos.

Laura sólo acertó a decir: “no se vayan, quédense a dormir aquí…”

Y caímos en un profundo sueño…

Por Germán Escamilla.

Guadalajara, México, Diciembre 2004.