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La vecina del 19 H (3)

Luego de la experiencia iniciada con mi esposa los martes por la tarde, mi relación con Mirta, se fue haciendo mucho más íntima. Parecía disfrutar con los gemidos y las expresiones que le llegaban desde nuestra habitación. Siempre que estábamos juntos me preguntaba los pormenores de cada acto sexual con Silvia. Le manifesté del extraño cambio que mi mujer había experimentado en los últimos tiempos. Estaba mucho más dispuesta a hacer el amor y se había revelado como una hembra fogosa y expresiva dando rienda suelta a sus instintos sexuales.

Mirta con una sonrisa socarrona se decía responsable de ese cambio. En realidad se lo agradecía pero en el fondo temía que le revelase lo nuestro a Silvia.

Recuerdo que en una de nuestros encuentros con Mirta en un hotel alojamiento, ante su insistencia, le compré un par de consoladores para disfrutarlos, según me dijo, durante las tardes de sexo y lujuria. Me aseguró que les daría un uso maravilloso y los llevó encantada.

Algunos meses más tarde, me correspondía guardia en el hospital, pero otro médico me pidió que se lo cambiase por otro día pues tenía un viaje imprevisto. Retorné al departamento alrededor del mediodía. En la puerta del edificio me encontré con Mirta y abordamos juntos el ascensor. Se mostró sorprendida al verme, pues me dijo que sabía que no regresaba hasta el día siguiente. Ahora fui yo el sorprendido y le pregunté como se había enterado.

“Recién acabo de acompañar a Silvia hasta la parada del colectivo, y me contó que iba a la casa de sus padres hasta mañana para no quedarse sola”. “Aprovechemos y pasemos la tarde y la noche juntos en mi departamento”, y agregó “Ella no tiene porque enterarse, y yo estoy sola pues mis hijos se fueron con el padre hasta el domingo”.

Acepté la invitación, fui a casa recogí ropa interior y decidí bañarme en el departamento de Mirta para no dejar nada que pudiera delatar mi presencia en casa cuando volviera mi esposa.

Mirta tenía el baño listo y mientras preparaba el almuerzo tomé una ducha reparadora. Luego de gozar las delicias del agua acariciando mi cuerpo, me cubrí con una salida de baño y me dirigí al dormitorio para vestirme. Me senté sobre la cama y descubrí en la mesa de luz los dos consoladores que le había regalado a Mirta tiempo atrás. Parecían haberse usado poco antes, y entonces la llamé “Los usaste hace poco?”, inquirí. Con una sonrisa misteriosa me preguntó si era un buen detective y agregó. “Adivina quien los usó?”.

Tomé el grueso consolador con mi mano y lo acerqué a mi nariz para olerlo. Cada mujer tiene un olor particular en sus flujos. No tuve dudas, lo había usado Mirta, tenía impregnado sus jugos con su aroma.

“Has tenido una sesión fenomenal”, le aseguré.

“¿El otro también lo usé yo?” me preguntó con una sonrisa.

Al acercarlo a mi nariz quedé atónito. El grueso y rugoso consolador despedía un aroma dulzón característico e inconfundible de mi mujer, a la que tantas veces había excitado con mi boca y mi lengua al acariciar su clítoris haciéndola gozar y despedir sus flujos.

“Silvia”. Le dije incrédulo. Es inconfundible.

Riendo me dijo “Veo que sos un excelente detective”, “Hace tiempo que tenemos una relación increíble y hermosa”.

“Como?”, me atreví a preguntarle. “Quiero saber toda la verdad”.

“¿No te vas a enojar si te cuento como fue todo?”, me dijo.

“Por supuesto que no”, fue mi respuesta.

“Todo se inició, cuando sospechó de nuestra relación y tocó el timbre de mi departamento para pedirme explicaciones”. Comenzó Mirta, y luego continuó.

La hice pasar y le ofrecí una taza de té. Dudó en aceptar, pero su curiosidad pudo más. Nos sentamos y le expliqué que en las largas conversaciones que había tenido contigo había llegado a la conclusión que ella era una mujer descuidada e insatisfecha y necesitaba disfrutar de relaciones sexuales intensas como debían ser. Creí descubrir en Silvia la necesidad de ser contenida, y seguidamente le comenté que yo podría ayudarla a recuperar su matrimonio. Me abrazó y lloró en mi pecho”.

Al despedirse, Mirta le sugirió que no me contase nada del encuentro, y que si estaba decidida a reconquistarme no tenía más que decírselo. Silvia le ofreció su mejilla. Pero ella ex profeso, me dijo, rozó con sus labios los de mi esposa. Notó que se ruborizaba y agregó que Silvia cerró la puerta sin mirarla. “Estoy segura que volverá”. “Sé cuando una mujer siente atracción por otra, y no me equivoqué cuando pensé que Silvia podía gozar con otra mujer, como en más de una oportunidad te insinué” me recordó.

Estaba atónito, pero paradójicamente al progresar en su relato me fui excitando. Mi miembro se fue endureciendo y Mirta advertida, dejó caer el deshabillé quedando totalmente desnuda. Nos abrazamos y nos echamos sobre la cama. Las caricias y los besos apasionados se intensificaron en la medida que en un susurro me contaba sus encuentros con mi esposa. Nunca hubiese creído gozar imaginando a Silvia revolcándose con Mirta.

Durante esa tarde, la noche e inclusive la madrugada, disfrutamos de una cogida fenomenal. Parecía que el conocimiento de la sexualidad de mi esposa y de mi amante fuese un estímulo para hacer más intensa la relación. Jugamos con los consoladores, haciendo sus delicias al abrir su vulva, el ano y acariciar el clítoris. Mi verga se encargó de visitar su vagina y el culo en varias oportunidades llenando de semen sus entrañas. Nos dormimos finalmente abrazados, exhaustos y felices.

Munjol, (Les recomiendo leer los relatos siguientes que completan esta historia)

Mamá y mi entrenador

Constituimos una familia de clase media formada por mis padres y yo, llamado Diego, de 18 años de edad, buen estudiante y mejor deportista. Mi padre es marino mercante y su profesión le obliga a estar largas temporadas fuera de casa. Mi mamá es una hermosa mujer de 40 años que, como se cuida mucho, aparenta menos y gusta mucho a los hombres. Yo voy al instituto y practico el beisbol en la categoría juvenil de uno de los mejores clubs de la ciudad, equipo que entrena un cualificado entrenador cubano llamado Héctor, un joven y simpático atleta mulato.
Una tarde me encontraba solo en casa. Mi padre llevaba un mes embarcado en las costas del Mar del Norte y mi madre había salido de compras. Como estaba aburrido y ya había estudiado mis lecciones, entré en el dormitorio de mis padres y empecé a urgar en los armarios y cajones. Cuál sería mi sorpresa cuando en medio de la ropa interior de mi madre encontré un pequeño consolador a batería. Me excité una barbaridad al pensar que mi mamá se introducía en su conchita aquel artilugio para soportar las largas temporadas sin sexo por las ausencias de mi padre. Me poseyó la lujuria y me eché desnudo sobre la cama de mi madre, me metí el consolador en el culo con toda la potencia vibratoria posible, me puse unas braguitas suyas sobre la cara y me corrí como un cerdo. Era la primera vez que me masturbaba pensando en mi madre y ello me gustó mucho. Al acabar, limpié el vibrador y puse todo en orden. Pero a partir de aquel día, siempre que podía repetía la maniobra pero ahora buscando las bragas y sujetadores en el cubo de la lavadora pues me daba más morbo oler los fluidos de mi mamá.
Un día tuve una lesión en una pierna tras un partido de competición, que me obligó a permanecer inmovilizado  en casa durante unas semanas. Una tarde recibí la visita de mi entrenador. Le abrió la puerta mi madre y lo condujo hasta mi habitación, pues yo estaba postrado en cama por mi lesión. Estuvimos hablando del equipo durante un buen rato y  pasado un tiempo entró mi madre e invitó a Héctor a darse un chapuzón en la piscina comunitaria. ya que hacía mucho calor aquel día. Héctor aceptó complacido pero manifestó que no había traído bañador. Entonces yo le ofrecí uno de los míos y éste se dispuso a ponérselo allí mismo. Fue cuando vi el espléndido cuerpo del entrenador, propio de un deportista profesional, pero lo que más me llamó la atención fue la imponente polla que colgaba entre su entrepierna. “Con eso, pensé, rompe al medio a una mujer”. Desde la ventana podía ver a mi madre y a Héctor charlar amigablemente tumbados en las hamacas al borde de la piscina. Mamá llevaba un biquini muy provocativo resaltado su espléndida figura y Héctor con aquel slip que le quedaba pequeño marcaba un inmenso paquete que llamaba la atención a todos los vecinos que compartían la piscina.
Pasados unos días, ya recuperado de mi lesión, estando en el instituto recibí una llamada en mi móvil de mi padre. Me comunicaba que le habían anticipado el regreso a casa y como quería darle una sorpresa a mamá me pidió que  yo lo  fuese a recoger al aeropuerto  sin que ella se enterase. Así lo hice.
Cuando llegamos a casa nos extrañamos no encontrar a mi madre. Entonces papá se dirigió a su dormitorio para dejar todo su equipaje. Fue cuando se encontró con Héctor cabalgando desnudo sobre mi madre, que gritaba de placer como una poseida. Mi padre quedó paralizado, no podía dar crédito a lo que veía. Entonces, en un arrebato se lanzó sobre el mulato, lo agarró por el cuello con la intención de estrangularlo. Héctor aún así tuvo tiempo para correrse dentro del coño de mi madre mientras papá le apretaba la garganta. Sacó la descomunal verga y la leche empezó a salir de la concha abierta y colorada a borbotones, espesa y abundante. La fuerza física de Héctor se impuso y se desembarazó de un manotazo de mi furioso padre, cogió como pudo su ropa y echó a correr como alma que se lleva el diablo. Mi mamá estaba histérica y avergonzada, mi padre fuera de sí. Entonces le dijo:
– Eres una puta y una zorra que no tienes perdón de Dios. Ahora vas a saber lo que es un marido cornudo.
Y bajándose los pantalones enarboló una polla que no tenía nada que envidiar a la del cubano. Aún con la leche de Héctor deslizándose por el coño y muslos de mi madre, la penetró con ímpetu, y de unas cuantas sacudidas vació toda la lefa que llevaba guardada en sus cojones desde hacía meses de abstinencia sexual. Yo estaba desconcertado. Cuando vi mi pantalón éste estaba chorreando mi leche sin apenas enterarme.
Pasaron los días, mis padres no se dirigían la palabra. Es más, dormían en habitaciones separadas. Mi padre me echó de la mía y no me quedó más remedio que dormir en el sofá del salón. Pero como era muy incómodo y aún me resentía de mi pierna dañada, pasé a compartir la habitación de mi madre, ya que en ella había dos camas. Todas las noches disimuladamente veía como ni nadre se desnudaba antes de meterse en su cama. Yo me tapaba la cara con la sábana y hacía que dormía, y así podía ver su maravilloso cuerpo y me pajeaba una y otra vez. Pero una noche pasó algo fuera de lo normal.
Cuando la alcoba estaba a oscuras y todo en silencio empecé a oir un ligero ruido de un motorcito. Entonces escuché unos jadeos entrecortados y gozosos que salían de la cama de mi madre. Estaba masturbándose con el vibrador y en aquellos diez minutos tuvo al menos tres orgasmos. Cuando cesó en su actividad masturbatoria quedó profundamente dormida. Entonces me levanté de mi cama y con una linternita que tenía en la mesa de noche fui hacia mi madre, la destapé con cuidado y vi que éstaba completamente desnuda con las piernas entreabiertas, y dentro de su coñito todavía tenía el consolador. Se lo quité con cuidado y enpecé a meterle un dedo , luego dos nientras comprobaba que estaba toda mojada por las corridas que había tenido.Mi polla estaba a punto de explotar. Me saque el pijama, me puse encima de ella, le chupé las tetas y le metí toda mi verga en su apetitoso chochito. Ella se arqueó como para facilitar el coito, empecé a sentir sus contracciones vaginales y como sus pezones se endurecían. ¿Dormía o se hacía la dormida? Me corrí sobre su vientre mientras ella jadeaba como una perra, como si estuviera teniendo un sueño húmedo. Limpié mi semen, la tapé y volví a mi cama como si nada ocurriese. Aquella noche no pude pegar ojo entre el remordimiento y el placer experimentado, y no sé cuántas pajas me hice hasta que sonó el despertador y me encontré a mi sonriente mamá que me traía el desayuno a la cama.
Las relaciones entre mis padres no se normalizaron como yo esperaba. Mi padre se volvió a embarcar a las pocas  semanas y yo volví a ocupar mi dormitorio. No obstante, me llamó poderosamente la atención que frecuentemente mi madre dejara entreabierta la puerta del suyo, así que más de una vez daba mi ronda nocturna con mi linternita …
Un buen día volvió mi padre de viaje, parecía más tranquilo y con ganas de arreglar las cosas. Como siempre nos trajo varios regalos que había comprado en las lejanas tierras que visitaba. La sorpresa fue cuando le entregó a mi madre su regalo, envuelto en un bonito papel de colores y con un precioso lacito. Ella lo desenvolvió toda contenta pero palideció cuando dentro se encontró con un vibrador con la forma del pollón de Rocco Siffredi. Mi padre le espetó: “A ver si te llegan estos treinta centímetros, so puta”.
DIEGO