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Mamá y mi entrenador

Martes, septiembre 21st, 2010
Constituimos una familia de clase media formada por mis padres y yo, llamado Diego, de 18 años de edad, buen estudiante y mejor deportista. Mi padre es marino mercante y su profesión le obliga a estar largas temporadas fuera de casa. Mi mamá es una hermosa mujer de 40 años que, como se cuida mucho, aparenta menos y gusta mucho a los hombres. Yo voy al instituto y practico el beisbol en la categoría juvenil de uno de los mejores clubs de la ciudad, equipo que entrena un cualificado entrenador cubano llamado Héctor, un joven y simpático atleta mulato.
Una tarde me encontraba solo en casa. Mi padre llevaba un mes embarcado en las costas del Mar del Norte y mi madre había salido de compras. Como estaba aburrido y ya había estudiado mis lecciones, entré en el dormitorio de mis padres y empecé a urgar en los armarios y cajones. Cuál sería mi sorpresa cuando en medio de la ropa interior de mi madre encontré un pequeño consolador a batería. Me excité una barbaridad al pensar que mi mamá se introducía en su conchita aquel artilugio para soportar las largas temporadas sin sexo por las ausencias de mi padre. Me poseyó la lujuria y me eché desnudo sobre la cama de mi madre, me metí el consolador en el culo con toda la potencia vibratoria posible, me puse unas braguitas suyas sobre la cara y me corrí como un cerdo. Era la primera vez que me masturbaba pensando en mi madre y ello me gustó mucho. Al acabar, limpié el vibrador y puse todo en orden. Pero a partir de aquel día, siempre que podía repetía la maniobra pero ahora buscando las bragas y sujetadores en el cubo de la lavadora pues me daba más morbo oler los fluidos de mi mamá.
Un día tuve una lesión en una pierna tras un partido de competición, que me obligó a permanecer inmovilizado  en casa durante unas semanas. Una tarde recibí la visita de mi entrenador. Le abrió la puerta mi madre y lo condujo hasta mi habitación, pues yo estaba postrado en cama por mi lesión. Estuvimos hablando del equipo durante un buen rato y  pasado un tiempo entró mi madre e invitó a Héctor a darse un chapuzón en la piscina comunitaria. ya que hacía mucho calor aquel día. Héctor aceptó complacido pero manifestó que no había traído bañador. Entonces yo le ofrecí uno de los míos y éste se dispuso a ponérselo allí mismo. Fue cuando vi el espléndido cuerpo del entrenador, propio de un deportista profesional, pero lo que más me llamó la atención fue la imponente polla que colgaba entre su entrepierna. “Con eso, pensé, rompe al medio a una mujer”. Desde la ventana podía ver a mi madre y a Héctor charlar amigablemente tumbados en las hamacas al borde de la piscina. Mamá llevaba un biquini muy provocativo resaltado su espléndida figura y Héctor con aquel slip que le quedaba pequeño marcaba un inmenso paquete que llamaba la atención a todos los vecinos que compartían la piscina.
Pasados unos días, ya recuperado de mi lesión, estando en el instituto recibí una llamada en mi móvil de mi padre. Me comunicaba que le habían anticipado el regreso a casa y como quería darle una sorpresa a mamá me pidió que  yo lo  fuese a recoger al aeropuerto  sin que ella se enterase. Así lo hice.
Cuando llegamos a casa nos extrañamos no encontrar a mi madre. Entonces papá se dirigió a su dormitorio para dejar todo su equipaje. Fue cuando se encontró con Héctor cabalgando desnudo sobre mi madre, que gritaba de placer como una poseida. Mi padre quedó paralizado, no podía dar crédito a lo que veía. Entonces, en un arrebato se lanzó sobre el mulato, lo agarró por el cuello con la intención de estrangularlo. Héctor aún así tuvo tiempo para correrse dentro del coño de mi madre mientras papá le apretaba la garganta. Sacó la descomunal verga y la leche empezó a salir de la concha abierta y colorada a borbotones, espesa y abundante. La fuerza física de Héctor se impuso y se desembarazó de un manotazo de mi furioso padre, cogió como pudo su ropa y echó a correr como alma que se lleva el diablo. Mi mamá estaba histérica y avergonzada, mi padre fuera de sí. Entonces le dijo:
- Eres una puta y una zorra que no tienes perdón de Dios. Ahora vas a saber lo que es un marido cornudo.
Y bajándose los pantalones enarboló una polla que no tenía nada que envidiar a la del cubano. Aún con la leche de Héctor deslizándose por el coño y muslos de mi madre, la penetró con ímpetu, y de unas cuantas sacudidas vació toda la lefa que llevaba guardada en sus cojones desde hacía meses de abstinencia sexual. Yo estaba desconcertado. Cuando vi mi pantalón éste estaba chorreando mi leche sin apenas enterarme.
Pasaron los días, mis padres no se dirigían la palabra. Es más, dormían en habitaciones separadas. Mi padre me echó de la mía y no me quedó más remedio que dormir en el sofá del salón. Pero como era muy incómodo y aún me resentía de mi pierna dañada, pasé a compartir la habitación de mi madre, ya que en ella había dos camas. Todas las noches disimuladamente veía como ni nadre se desnudaba antes de meterse en su cama. Yo me tapaba la cara con la sábana y hacía que dormía, y así podía ver su maravilloso cuerpo y me pajeaba una y otra vez. Pero una noche pasó algo fuera de lo normal.
Cuando la alcoba estaba a oscuras y todo en silencio empecé a oir un ligero ruido de un motorcito. Entonces escuché unos jadeos entrecortados y gozosos que salían de la cama de mi madre. Estaba masturbándose con el vibrador y en aquellos diez minutos tuvo al menos tres orgasmos. Cuando cesó en su actividad masturbatoria quedó profundamente dormida. Entonces me levanté de mi cama y con una linternita que tenía en la mesa de noche fui hacia mi madre, la destapé con cuidado y vi que éstaba completamente desnuda con las piernas entreabiertas, y dentro de su coñito todavía tenía el consolador. Se lo quité con cuidado y enpecé a meterle un dedo , luego dos nientras comprobaba que estaba toda mojada por las corridas que había tenido.Mi polla estaba a punto de explotar. Me saque el pijama, me puse encima de ella, le chupé las tetas y le metí toda mi verga en su apetitoso chochito. Ella se arqueó como para facilitar el coito, empecé a sentir sus contracciones vaginales y como sus pezones se endurecían. ¿Dormía o se hacía la dormida? Me corrí sobre su vientre mientras ella jadeaba como una perra, como si estuviera teniendo un sueño húmedo. Limpié mi semen, la tapé y volví a mi cama como si nada ocurriese. Aquella noche no pude pegar ojo entre el remordimiento y el placer experimentado, y no sé cuántas pajas me hice hasta que sonó el despertador y me encontré a mi sonriente mamá que me traía el desayuno a la cama.
Las relaciones entre mis padres no se normalizaron como yo esperaba. Mi padre se volvió a embarcar a las pocas  semanas y yo volví a ocupar mi dormitorio. No obstante, me llamó poderosamente la atención que frecuentemente mi madre dejara entreabierta la puerta del suyo, así que más de una vez daba mi ronda nocturna con mi linternita …
Un buen día volvió mi padre de viaje, parecía más tranquilo y con ganas de arreglar las cosas. Como siempre nos trajo varios regalos que había comprado en las lejanas tierras que visitaba. La sorpresa fue cuando le entregó a mi madre su regalo, envuelto en un bonito papel de colores y con un precioso lacito. Ella lo desenvolvió toda contenta pero palideció cuando dentro se encontró con un vibrador con la forma del pollón de Rocco Siffredi. Mi padre le espetó: “A ver si te llegan estos treinta centímetros, so puta”.
DIEGO