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Domme me hizo blackmail y humillo a mi novia

Hace unos 6 años le comunique a una chica que conocí en un chat que quería ser completamente dominado por una mujer.  Luego de conversar y enviarle fotos mías y de mi pene largo ancho y erecto me ordeno que fuera a su apartamento que quedaba a una hora de mi casa. Al llegar vi a mi dominante una profesora joven llamada Mistress Carla para los efectos de robusta figura grandes nalgas cintura fina pelo negro largo y lacio y piel blanca unos pequeños senos. Esa noche me ordeno que le diera un masaje y se desnudo de la cintura hacia arriba para masajear su espalda.  Durante el masaje me pidió que frotara mi miembro en sus nalgas luego me ordeno que me masturbara arrodillado hasta correrme mientras ella me grababa. Ella al igual que yo desconocía del estilo de vida BDSM pero con el poco estudio que habíamos tomado de la web discutimos acerca del protocolo y ella me comunicó que la próxima cita pediríamos un cinturón de castidad para yo usarlo todo el tiempo.  Luego de este día me arrepentí de ser su esclavo tuve una novia por un año y medio solo para separarnos y mientras estaba en el proceso de conocer a mi novia actual decidí contactar otra vez a Mistress Carla.  En mi conversación con Carla le informe que tenia pareja pero que en el fondo quería la mujer mas dominante para mi futuro y yo mismo le propuse entregarle toda mi información personal números y contactos de teléfonos como redes sociales emails de todos mis familiares y amigos mas cercanos para que pudiese usarlos para soborno o “blackmail” si yo no quisiera seguir sus ordenes, ella acepto y me ordeno que realizara una lista con mi nombre numero de seguro social licencia cuentas de redes sociales con contraseñas nombres completos y números de teléfonos direcciones físicas de amistades y familiares.  Al completar el documento con toda mi información personal se lo informe a mi dominante y ella me ordeno encontrarla en el estacionamiento del centro comercial.

 

Al llegar al centro comercial me baje dem i vehiculo y me monte en el suyo nos saludamos brevemente luego de dos años y proseguí a entregarle la carpeta con mi información ella la examino satisfecha y me ordeno que me bajara del auto y fuera a mi cas y redactara un ensayo de 300 palabras de mi vida como sumiso y le enviara múltiples fotos desnudo mostrando el cuerpo y la cara. Al dia siguiente tenia planeado hacer mi matricula en la universidad y visitar a mi novia pero luego de dormir en casa de mi novia con el sexo prohibido por mi nueva Ama esta me ordeno regresar a su casa.  En ese momento me encontraba a dos horas y media de la casa de mi Ama y le pregunte si era posible posponer la cita, ella me respondió lo siguiente:

 

“Voy a tener que llamar a tu novia y decirle todo”

 

Asustado le suplique que no lo hiciera y ella me ordeno que llamara a mi novia y la dejara en el momento pero no me atreví. De inmediato mi ama colgó el teléfono y dos minutos mas tarde recibo una llamada de mi novia la cual estaba en mi carro esperándome mientras yo hacia matricula en la universidad. No me atreví a contestar su llamada y fui a toda prisa al carro al llegar mi novia me dijo que la llevara a su casa y todo el camino fui intentando explicar lo sucedido lo mejor que pude. Mientras conducía mi ama le envió todas las fotos y copias del escrito realizado por mí. Mi novia que es una puta cualquiera en comparación con mi ama no rompió conmigo la pendeja. Durante semanas y meses mi ama me ignoraba y tan solo se dedicaba a atormentar a mi novia psicológicamente pidiendo una reunión de los tres pero yo nunca permití eso. Durante esos dias Mistress Carla le envío todas las fotos a todas mis amistades y familiares nos mantuvo tanto a mí y mi novia en un infierno en la tierra.  Fue sumamente vergonzoso el celular de mi novia sonaba constantemente con fotos mía y de mis partes expuestas. Mistress Carla  junto a una amiga usaban mis redes para crear conversaciones y llevaron a mi novia al borde de la locura. Mistress Carla solo me contactó para informarme lo inservible que soy y demostrarme sus dos nuevos esclavos en una foto desde alguna isla en el caribe recibiendo sexo doblada sobre en un jacuzzi de un esclavo y con otro esclavo amarrado en su la cama. Mistress Carla implanto miedo y vergüenza en mi como nadie lo ha hecho hasta la fecha y aunque sigo con la puta pendeja de mi novia y mis amigos y familia no me tratan igual sueño con servir a Mistress Carla.

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A la distancia

Autores: Amadeo Pellegrini y Ana Karen Blanco

A   LA  DISTANCIA

En ningún momento Ana Karen volvió la cabeza. La seguí con la mirada hasta que traspasó las puertas de cristal y se mezcló con la concurrencia. Lo único razonable que me quedaba por hacer era poner en marcha el motor y abandonar el Aeroparque. Pero no siempre estoy dispuesto a hacer las cosas razonablemente; en mi vida hay espacios reservados para la improvisación y también para seguir los ignotos senderos de la intuición.

Por eso me quedé allí. ¿Esperando qué? ¿Que Ana Karen cambiara de idea y regresara? ¿Que al último momento el vuelo fuera cancelado por desperfectos en una de las turbinas? No lo sé. El niño que llevo dentro, -el mismo que ella arrancó del profundo sopor en el que mi yo adulto lo mantenía relegado-, estaba triste muy triste. Más triste todavía cuando el avión ganó altura enfilando recto como brillante saeta rumbo al sol naciente.

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Si volvía la cabeza para mirar a Amadeo, no lograría llegar al avión, me quedaría. Y yo sabía que no me podía quedar. Tenía la loca esperanza de que Amadeo saliera corriendo tras de mí, que como en las películas corriera, pasara vallas prohibidas y le suplicara a la azafata que me llamara justo cuando iba a pasar la puerta de embarque. Pero nada de eso pasó, como era lógico.
Las lágrimas saben saladas y amargas, muy amargas.
Al llegar a mi casa en Montevideo corrí a la computadora, a mi casilla de correo. Allí haba un mail de Amadeo Pellegrini. Asunto: A la distancia. Lo quiero compartir con ustedes:

Los sentimientos, como algunas conductas, resultan difíciles de explicar. Vivimos en una sociedad que nos asigna roles a los que debemos ajustarnos: el paradigma de esposo, padre, profesional, ejecutivo, comerciante para todo hay arquetipos, hasta para los de Tilingos existen modelos en esta sociedad globalizada.
No esperen que aporte nada nuevo, en realidad escribo para una sola persona que ahora está lejos, ella seguramente entenderá aquello que yo no alcancé a expresar con entera claridad.
Pienso que todas esas etiquetas que nos rotulan y el modo de actuar que las mismas imponen, sofocan, silencian y en algunos casos eliminan al niño que llevamos dentro.
El niño en cuestión es el yo íntimo, secreto, personal, intransferible, que tenemos enclaustrado dentro de nosotros. El que cada tanto nos exige que lo liberemos.
Dos personas pueden cohabitar toda una vida, en perfecta armonía inclusive, pero los niños que cada uno lleva consigo es probable que no se conozcan jamás, si llegan a conocerse es muy posible que no alcancen a congeniar tampoco. Por ese motivo, encontrar a la persona cuyo niño interior coincida con el niño propio y armonice con él, resulta algo extraordinario, casi prodigioso.
En mi caso personal, pasé toda mi vida buscando el gemelo de mi niño interior. Los poetas hablan de almas gemelas, eso es muy difuso, yo creo en la existencia del niño porque vive dentro de mí.
En las contadas oportunidades que revelé esta búsqueda a personas de ambos sexos que captaban el concepto con claridad, obtuve como respuesta que el encuentro de dos personas que alentaran sus deseos coincidentes y paralelos era una utopía.
Lo creí. Resignado acepté para mi niño la aislada realidad que padecí, hasta que conocí a Ana Karen.
Cuando aquella noche en el hotel donde nos presentaron, le conté la historia de La Puy que a mí, de pequeño, me había fascinado tanto, advertí en sus ojos un brevísimo destello, era una chispa de entusiasmo de la niña que lleva adentro.
Lo extraño es que en el viaje no intercambiamos confidencias. Más raro aun resultó el episodio del Monte de Corcuera en la laguna, que Ana Karen no dudo en atribuir al Hualichum.
Reflexionando después, sobre aquellos sucesos llegamos a la conclusión que el Hualichum existe, pero en forma individual; mora en cada uno de nosotros, es el daimon de los griegos, un espíritu maligno inferior, un pequeño demonio interior que inspira y guía ciertas conductas nuestras.
Desde entonces lo visualizo mejor gracias a Ana Karen.
Lo que no hemos podido determinar todavía y no creo que lleguemos a saberlo jamás es si el Hualichum  o daimon personal, -si así se prefiere-, se nos incorpora en el instante mismo de la concepción o ingresa a nosotros más tarde, en el amanecer de nuestra existencia.
Admito que la entidad del Hualichum pueda ser cuestionada, acepto que mis argumentos sean rebatidos por personas mejor informadas. Pero entonces, ¿cómo explicar que dos perfectos desconocidos, que han vivido ya la mitad de la vida en pases diferentes, con experiencias distintas, puedan vibrar al unísono con sólo tocar una cuerda que puedan entenderse a la perfección con nada más mirarse a los ojos…?
Nuestro Hualichum es el de las azotainas que compone el anverso y el reverso de una misma medalla. Para decirlo de otra manera, llevamos impreso un mismo sello: Ana Karen exhibe la figura, yo muestro la contrafigura o viceversa. En la estética secreta de las azotaínas, ambos formamos un todo indivisible.
Porque de esa unión no es posible separar la víctima del verdugo, ni es tampoco dable, identificar al dominante del dominado. ¿Son las cosas como parecen? ¿Resulta todo tan sencillo como lo muestra a veces una imagen fotográfica? ¿El poder lo ejerce el verdugo o la víctima? ¿Tiene el verdugo derechos propios o los posee por delegación de la víctima? ¿Quién rige los tiempos?..
Y lo más importante: ¿Quién puede acertar las respuestas?
Hablo por mí: En algún instante de mi vida, antes de comenzar a concurrir a la escuela, a los cinco años quizá, comencé a interesarme por las azotaínas. Ya entonces pedía que me contaran cuentos que terminaran con palizas, si ese final no estaba previsto debían inventarlo para complacerme.
Y con cuanta emoción esperaba yo el momento que la lechera de la fábula regresara a la casa para que su madre le diera una buena azotaína por distraída, por descuidada, por haber roto el cántaro, o que el pastor mentiroso recibiera su merecido por haberse burlado de los otros pastores vecinos.
A partir de entonces comencé a llevar esa contradicción íntima, el placer de los azotes y los remordimientos por experimentarlo. Creí durante mucho tiempo que era un sujeto singular, diferente del resto de la humanidad sólo por alentar esta afición tan rara.
Ingresar al mundo de la lectura amplió mis horizontes. Los clásicos. La Cabaña del Tío Tom, Tom Sawyer y otros, abrieron nuevos rumbos a mi limitada imaginación infantil. Más tarde fueron imágenes del cine y la televisión.
No me quedé allí. Buscando el origen de mis inclinaciones me sumergí de lleno en obras de psicología y psicoanálisis. Frecuenté a Freud, a Havelock Ellis, a Steckel y otros que me permitieron descubrir que lo mío era una parafilia que me emparentaba con fetichistas, vouyeristas, cortadores de trenzas, y toda una colección de supuestos bichos raros a quienes se llamaban también desviados sexuales.
Esos estudios no me hicieron ningún bien, el bien me lo hizo una querida amiga Psicóloga, colega en la docencia, quien en una sóla conversación que tuvimos no le dio ninguna importancia al tema. Se limitó a decirme que ni ella ni nadie logrará arrancarme mis fantasías, que lo mejor que podía hacer era disfrutarlas sin remordimientos. ¡Bendita sea por siempre! Me liberé de todos los sentimientos de culpa, pero me aseguré también que no encontraría jamás la perla negra, que no soñaría con ella ni la buscaría.
¡Qué equivocada estabas, querida amiga! ¡La encontré! ¡La encontré! Tarde tal vez, ¡pero la encontré!
El avión que llevaba a Ana Karen se perdió de mi vista. No tenía más nada que hacer allí, contristado, desganado, agaché la cabeza, abrí la portezuela y entré en el auto

Besos, Amadeo

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¿Y  qué puedo agregar yo a esta declaración? Todo está demasiado claro como para que yo, soberbiamente, pueda agregar algo más.
Mi adorado Amadeo, compartimos un mismo Hualichum, nuestro demonio interior es el mismo. Somos la cara y la contracara de esta medalla que es la azotaína o nalgada. Como tan bien dices, es difícil encontrar ese otro niño interior que se complemente con el nuestro, que con sólo una palabra, o hasta sin hablar, sepa lo que el otro quiere, desea o piensa. Porque quizá los dos quieren, desean o piensan lo mismo.
Te dijeron que era casi imposible que apareciera esa perla negra en nuestra vida. ¿Aparecimos tarde? Para algunas cosas quizá sí, pero para vivir esta experiencia ¡definitivamente no! No es tarde mi adorado Amadeo. Estamos viviéndola, así que no es tarde.
Escucha Amadeo, escucha  qué nos dice Ricardo Arjona:

Precisamente ahora
irrumpes en mi vida,
con tu cuerpo exacto y ojos de asesina.
Tarde como siempre,
nos llega la fortuna.

Pero llegamos tarde,
te vi y me viste,
nos reconocimos enseguida,
pero tarde.
Maldita sea la hora
que encontré lo que soy,
tarde…
Tanto soñarte y extrañarte sin tenerte,
tanto inventarte,
tanto buscarte por las calles como un loco,
sin encontrarte.

Ganas de besarte,
de coincidir contigo.
De acercarme un poco,
y amarrarte en un abrazo,
de mirarte a los ojos
y decirte bienvenida.
Pero llegamos tarde,
te vi y me viste,
nos reconocimos enseguida,
pero tarde.
quizá en otras vidas,
quizá en otras muertes.
Qué ganas de rozarte,
qué ganas de tocarte,
de acercarme a ti y golpearte con un beso,
de fugarnos para siempre

Nada más que agregar. Sólo que hoy no es tarde. No permitamos que lo sea.
Amadeo nuestro Hualichum nos llama. ¿Vamos?

Más besos, Ana Karen

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El don

 

Por: Amadeo Pellegrini

In memorian G.H.E.

Todas las personas  traen, desde la cuna, al menos algún don particular, es decir alguna cualidad, aptitud, talento o disposición especial. De ese modo existen personas muy dotadas para las artes, o las matemáticas, o el trabajo manual, etc. Los dones a su vez son innumerables, los hay elementales o complejos,  unos son más comunes o frecuentes que otros, pero todos ellos resultan dones al fin.

Cuando en una persona su don principal alcanza un desarrollo gigantesco, acostumbra a decirse de él que se trata de un “superdotado”, como lo fueron Beethoven, Bach, Mozart y tantos otros genios de la música, por otra parte a los que no alcanzan un grado aceptable de desenvolvimiento de sus aptitudes se los llama “infradotados”.

Normalmente los dones se ponen de manifiesto a muy temprana edad y, si se tiene la suerte de crecer en un medio propicio, comienzan a desarrollarse de manera rápida, dando lugar a casos de precocidad.

Me ocupo de esto, porque el mío es algo bastante fuera de lo común, pues vine a este mundo con el don de la percepción extrasensorial.

Para quienes no están familiarizados con el tema debo decir que consiste en llegar a conocer o descubrir algo por una vía distinta a la de los sentidos. La persona que lo posee adquiere conocimientos sin la intervención directa  del tacto, la vista, el olfato, el oído o el gusto.

Vulgarmente se suele hablar de “sexto sentido” o “premonición” otros con más precisión agrupan y designan los casos bajo el nombre de “fenómenos paranormales” .

Muchos estudiosos han destinado enormes esfuerzos a desentrañar y explicar estos fenómenos, produciendo  innumerables obras científicas que los desmenuzan y teorizan acerca de ellos.

No deseo abrumar a nadie con la exposición de tales teorías, simplemente me propongo contar mi historia.

Mi percepción extrasensorial se manifestó tempranamente. No tenía más de seis años cuando “vi” morir a mi abuelo paterno que residía a más de 200 kilómetros de nuestro hogar.

Sucedió así: estaba durmiendo y soñé que mi abuelo Juan caía al suelo y no se movía. Me desperté en el acto sabiendo que estaba muerto, entonces me puse a gritar: ¡El abuelo está muerto! ¡El abuelo está muerto!

Al instante acudieron mis padres para tranquilizarme.

-Es una pesadilla, querido -decía mi madre tratando de calmarme.

-Si, estabas soñando… Aseguraba mi padre.

-¡Está muerto! ¡Lo vi!  ¡Lo vi! – continuaba insistiendo yo.

Media hora más tarde sonó el teléfono en el vestíbulo. Papá fue a atender la llamada y al cabo volvió para confirmarnos que su padre acababa de morir de un infarto.

Otra oportunidad en la que sucedió un caso parecido, fue viajando en tren, tendría entonces unos ocho años cuando de pronto “vi” como un automóvil atropellaba a nuestro perro, lancé entonces un grito que sobresaltó a los pasajeros del vagón.

-¡Lo mataron al Cachilo!… ¡Fue un auto verde!… ¡Lo pisó un auto verde!…

Ese hecho también se confirmó, aunque no el detalle del color del auto, puesto que quienes se acercaron al perro no consiguieron ponerse de acuerdo sobre el tipo de vehículo que lo había atropellado. Se trataba de una calle muy transitada a esa hora y los presentes prestaron sin duda más atención al animal herido que no tardó en morir que al automóvil, que continuó la marcha.

Después de este episodio me pusieron en manos de un psicólogo para que me liberara de posibles sentimientos de culpa por ambas muertes.

Esa sabia decisión de mis padres resultó muy acertada, pues el terapeuta me hizo comprender muchas cosas y me estimuló para que desarrollara esa facultad. Gracias al tratamiento aprendí a valorar mis percepciones y más adelante a cultivarlas.

Podría llenar páginas enteras relatando casos en los que utilicé mi don. Uno de los primeros usos que di a esa facultad fue para  encontrar objetos perdidos, para “descubrir” el juego de mis adversarios, para “adivinar” el número  que iba a extraer, cuando jugábamos a los naipes o a la lotería familiar.

Los que no tienen mayores conocimientos se detienen sólo en los aspectos anecdóticos de la cuestión, porque ignoran los esfuerzos de concentración mental que exige activar los mecanismos del cerebro para descifrar las percepciones con el auxilio de los demás sentidos, en especial el del tacto, tanto como el agotamiento que sobreviene después.

Porque resulta difícil concebir que el esfuerzo mental requerido vaya acompañado por un enorme dispendio de energía física, como ocurre por ejemplo, para captar un mensaje subliminalmente transmitido por una persona distante o capturar e interpretar las ondas emitidas por los objetos bajo determinadas condiciones.

Es un hecho comprobado también que en algunas oportunidades las percepciones extrasensoriales afloran naturalmente en el sujeto sin esfuerzo alguno,  sin necesidad tampoco que ponga nada de su parte para  activarlas o emplearlas. Esto suele suceder cuando la energía transmisora resulta muy potente y “golpea” al receptor.

Por último, a aquellos que envidian el don de la percepción extrasensorial, he de decirles que quien lo posee, padece paralelamente la condena de la soledad.

En efecto, a la mayoría de ellos, por obvias razones, les resulta muy difícil mantener relaciones afectivas intensas y permanentes. Aunque, no necesariamente la soledad los convierte en seres desdichados muchos, como Leonardo Da Vinci, la vuelcan a la creatividad.

He mencionado relaciones afectivas permanentes y estables, no relaciones sexuales. No quiero ofender la inteligencia de los lectores con mayores precisiones sobre esto.

En mi caso particular reparto mi vida entre las actividades profesionales que me proveen de relaciones tanto como del sustento material indispensable, con las culturales que rellenan mis vacíos existenciales.

Tal combinación me ha permitido sobrellevar las carencias afectivas. Porque debo decirlo, también añoro las delicias de un verdadero hogar. En ese sentido comparto como verdad indiscutible el precepto bíblico que no es bueno que el hombre esté solo.

En una época traté de formar pareja estable, lo logré o creí lograrlo, pero por corto tiempo, todas las tentativas resultaron efímeras, de manera que me resigné al sino de la soltería.

Mis apetencias culturales marchan al vaivén de mis recursos económicos. Cuando engrosa la cuenta bancaria los deseos se transforman en viajes cuyo destino y duración guardan relación directa con el monto de los caudales disponibles. A medida que estos  merman, mis aspiraciones se limitan a visitar museos,  concurrir a conciertos, conferencias o estrenos teatrales y cinematográficos. Finalmente cuando el dispendio aproxima las reservas a niveles cercanos al cero, entonces mis gustos terminan reducidos a largos paseos por la ciudad e interminables visitas a las librerías de viejo, donde invariablemente doy con alguna obra que me conduce al sillón de mis ocios.

En la época que comienza el relato de esta parte de mi vida, concluía un viaje de un mes  repartido entre San Petersburgo y París, lo que equivale a decir que mi espíritu estaba pletórico con las visitas al Palacio de Invierno y al Louvre, pero el estado de  mis arcas daba lástima.

Retornar a la actividad cotidiana en Buenos Aires luego de ese tour me reconfortaba, pues conviene alejarse un tiempo de los sitios familiares para recuperarlos luego y descubrir cosas nuevas.

Me sentía feliz de caminar despreocupadamente por la Avenida de Mayo con sus edificios emblemáticos, el Barolo, el Tortoni, La Prensa … Recorrido que incluía paradas en las mesas de dos o tres librerías de viejo para terminar con un café en una mesa del London, donde Cortázar ambientó el comienzo de su novela “Los Premios”.

Desplegué el diario, a la espera del café que bebería con toda la calma, hasta decidir luego el rumbo a tomar…

Eludí el imán de Florida, atestada a esa hora por un enjambre de gente y bajé hasta Bolívar para seguir por allí, donde sólo me entretuve apenas en la Librería de Ávila, antes de internarme por Defensa en el corazón de San Telmo.

San Telmo, cuyo epicentro está en la plaza Dorrego, es el equivalente del Marché aux Pouces de París, de Portobelo Road de Londres, de la Feria de la calle Tristán Narvaja de Montevideo, del Rastro de Madrid o del Mercadillo detrás de la iglesia de la Resurrección de San Petersburgo, no se parece a ninguno pero comparte el encanto mágico de todos ellos.

Normalmente visito San Telmo los fines de semana, en las horas que se habilitan los tenderetes en la plaza, donde se puede regatear y con suerte hacer algún hallazgo o conseguir alguna ganga.

Pero ese día laborable llegué, sin proponérmelo, hasta la esquina de Humberto Primo. Creía que la casualidad me había llevado allí, pero ni bien ascendí a la vereda y alcé la vista, los latidos de mi corazón se aceleraron al comprender que no había sido el azar sino una fuerza poderosa la que me había guiado  hasta ese objeto que desde la vidriera reclamaba mi atención.

Era una pequeña fusta, corta, íntegramente confeccionada en cuero; la  empuñadura tenía el grosor aproximado de mi dedo pulgar, su extremo opuesto remataba en dos finas lengüetas de unas cinco pulgadas de largo.

Se las conoce como  “Fustas de Dama” porque forman parte del conjunto de equitación de las amazonas. Suelen constituir además verdaderas joyas de artesanía, con puños de oro, plata o alpaca finamente cincelados, las hay también con empuñaduras de marfil o ébano tallado.

La que mantenía en vilo mis sentidos, era muy sencilla, a la par de las otras que he mencionado hubiera resultado insignificante. Sin embargo para mí superaba a todas las demás juntas porque desde el momento que la vi supe que me estaba destinada.

Entré al anticuario decidido a llevármela despreocupándome del precio que pretendieran por ella.

-Es una fusta excelente. –Dijo el vendedor al darme el precio, yo asentí con la cabeza-. Parece un juguete sin embargo es sólida y flexible. Examínela.

Rehusé con un gesto porque tenía la garganta seca, no obstante conseguí responder:

-No es necesario, la llevo. Pagué y salí con mi tesoro bien envuelto en papel grueso como le había pedido al vendedor. Mis manos no la habían tocado en ningún momento, ya tendría tiempo en casa de conocer todo lo que la fusta tenía para decirme y por qué me había llevado hasta ella.

(Continuará)

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