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Liarla deja marcas moradas

Autor: Patty

– Vale, cariño nos vemos la semana que viene.

– Vale, mamá. ¿En qué ciudades das los conciertos esta semana?

– En Madrid, Salamanca, Sevilla y Málaga. Pero no te preocupes que te llamaré todas las noches después del trabajo para hablar.

– No es necesario que me llames, sé cuidarme sola.

– ¿Sola tú?, anda, déjate de tonterías y dame un abrazo que el taxi me está esperando ya para ir al aeropuerto.

Ambas se funden en un abrazo fuerte en el salón de casa dónde se encuentra las maletas de Mónica y Edgar, uno de los guardaespaldas de la familia.

– Edgar, te encargas tú de mi hija. Si se mete en líos, apúntamelo en una lista, y a la vuelta, me la pasas. Que vaya a clase puntual, que estudie, que entregue todos los trabajos que tiene que entregar, y haga deporte. No quiero que se desmadre en esta semana que no estoy yo aquí.

– Sí, señora.

– Mamaaaaaaa, te recuerdo que tengo 19 años y no cinco – dijo Nora muy seria.

– Pórtate bien, bicho.

Mónica cogió sus maletas, se subió al taxi y desapareció carretera abajo. Nora estaba muy contenta porque su madre se iba de gira y por un tiempo podría hacer lo que le diera la gana sin que la supervisara nadie. La madre era muy protectora. Cariñosa, pero para ella, la educación de Nora era sin duda lo más importante. Era muy estricta. No le consentía gritos, ni palabrotas, ni gestos obscenos, ni que bajara la guardia en sus estudios, en su trabajo, o en su salud. Quería que su hija estudiara duro, se esforzara al máximo para ser una mujer de éxito en su carrera, al igual que ella lo había conseguido años atrás, y poder llevar una vida cómoda. Pero claro, para eso había que trabajar y ser constante. Nora tenía un defecto importante; una pereza que aparecía siempre que nadie estaba pendiente de ella. Mónica no dudaba en premiarla cuando se lo merecía con viajes caros, ropa, alta tecnología, caprichosos que ella quisiera en ese momento… pero igualmente, cuando su comportamiento no era el adecuado, no dudaba ni un solo momento en castigarla. Normalmente, los castigos consistían en no dejarla salir con sus amigos, privarla de cualquier regalo que le tenía prometido, y en casos extremos en que la hija se había pasado muy mucho de la raya, no dudaba en darle unos buenos azotes. Éstos se ajustaban en función de la edad y la falta. Es decir, que a medida que Nora era mayor, los azotes eran mucho más numerosos y con instrumentos más dolorosos, para que aprendiera bien la lección. La hija odiaba este tipo de castigo porque le parecía muy humillante que a su edad se le castigara de forma semejante, ¡además del dolor! Pero a la madre le daba igual, ya que sabía que esta era una forma muy efectiva de mantenerla controlada. Además, la desnudez no era un tema tabú en su familia, por lo que verle el trasero para disciplinarla no era nada extravagante para ella, aunque su hija opinara diferente.

– Bueno Edgar – se dirigió Nora hacia el guardaespaldas- olvida lo que acaba de decir mi madre. Vamos a hacer un trato. Tómate esta semana de vacaciones, cuando vuelva le decimos que todo ha ido genial, y yo no te delato.

– Jajajaja, ¿estás loca? ¿qué quieres? ¿que tu madre me despida? Además, ni sueñes que me voy a despegar de ti en toda la semana.

– Anda, tírate el rollo. ¿Quién sabe cuándo nos vamos a volver a ver en esta situación? Por fiii. No seas rancioso.

– Nora, háblame con respeto, por favor, no me gusta que me llames así. Ya has escuchado a tu madre, haz todas tus tareas y cumple con tus obligaciones como la mujer que eres ya y no apuntaré nada en la lista. Así que venga, vete a estudiar – dijo muy serio. A pesar de que tenía muy buena relación con Nora, su trabajo era muy importante para él y pensaba cumplirlo a rajatabla, como llevaba haciendo hasta entonces. No se iba a dejar engatusar por la niña.

– Paso. Voy a ver una peli que llevo tiempo queriendo ver, pero que aún no he tenido la oportunidad. Es de dos chicas que se enamoran y follan mucho… ¿Te apuntas? O ¿tienes miedo de empalmarte?… – le dijo en tono burlón sacando la lengua.

– Segundo aviso, Nora, vete a estudiar.

– ¿Hola? ¿Estás sordo? Te he dicho que no me da la gana, que voy a ver una peli, joder. Eres un puto coñazo. Peor que mi madre. Venga, ve a abrir una botella de vino. Ya que me tienes que vigilar, que nos lo pasemos bien.

– Primero, no bebo en horas de trabajo. Y segundo, que sepas que ya no tienes más avisos. No pienso dejarte pasar ni una, así que por tu bien, más vale que te espabiles. – Edgar sabía que tenía que ser estricto con ella, porque en alguna ocasión había sido más blando y Nora había aprovechado ese momento de debilidad para hacer lo que quería y se prometió a si mismo que no iba a volver a pasar.

– Capullo…

– ¿Qué me has llamado?- dijo Edgar en tono autoritario.

– Lo que me has oído.

– Muy bien, de acuerdo, vamos a empezar la lista más pronto de lo que pensaba. Tu madre se va a poner loca de contenta cuando vuelva. Sabes cómo es ella con las faltas de respeto.

– Empieza la lista y date por despedido, Edgar. No… de hecho…, te irás tú, te haré la vida imposible hasta que tengas que dimitir, así que piénsate muy bien lo qué vas a hacer.

– ¿Me estás amenazando, Nora?

– Te estoy educando, tío.

– ¡Esa es mi labor! De acuerdo, vete a ver la película, pero te garantizo que te arrepentirás de ello.

– A ver, no hace falta ponerme a estudiar ahora mismo. El trabajo lo entrego dentro de dos días, así que aún tengo tiempo de sobra. Así, que relájate, hazme el favor.

– …

Esa noche Nora se salió con suya. Vio la película, después encargó comida china para cenar y luego llamó a unas amigas para que vinieran a su casa. Quería un poco de marcha. Empezaron a hacer botellón en casa de Mónica y cuando estaban un poco más achispadas, decidieron llamar a otros amigos para que subieran a casa y pasar un rato divertido. Al final, en la casa se juntaron más de 20 personas bebiendo, con música alta, riéndose a carcajadas… Los vecinos vinieron a quejarse del jaleo, pero Nora no les hizo mucho caso por lo que al poco tuvo que intervenir Edgar, apagando la música y echando a todos de la casa, para evitar una denuncia.

A la mañana siguiente, la casa era un total desastre, lleno de botellas de alcohol vacías y vasos por todos lados, algunos envoltorios de condones tirados por el suelo, bolsas de patatas abiertas… Nora se levantó con una gran resaca y además, tardísimo. Con el tiempo justo para ducharse e irse a clase, ya que entraba a las tres y media de la tarde. Al volver de clase por la noche, se encontró con toda la casa perfectamente recogida y limpia, ya que el chico de la limpieza se había encargado de todo, pero había tenido que trabajar horas extras. Ella se acordó de que aún debía terminar el informe que tenía que entregar, pero no tenía fuerzas para mucho, y tampoco ganas de hacerlo. Así que fue para su habitación y se tiró en su cama. Al par de minutos, Edgar tocó en la puerta, que estaba abierta:

– Buenas noches Nora, ¿cómo llevas el informe que tienes que entregar mañana?

– Déjame en paz.

– Intuyo que no lo has acabado aún…

– No, no lo he terminado aún. Mira, no tengo cuerpo para tus sermones ahora. Me voy a dormir. Mañana me levanto a primera hora y lo hago. Total, tengo hasta las once y media para mandarlo por email.

– No. Ponte a hacerlo ahora, que nunca se sabe lo que puede pasar mañana. Venga, y si estás cansada, te aguantas. No haber montado la fiesta de anoche.

– No me apetece, y ahora no sé ni cómo me llamo. Mañana me levanto a las siete y lo hago, te lo prometo.

– Tú verás lo que haces…

– Que siiiiii, pesado.

A la mañana siguiente no escuchó el despertador y se despertó a las diez y media. ¡Horror! Tenía sólo una hora hacer y entregar el informe. Lo hizo rápido, mal y copiándo algunas partes de una compañera que le había pasado el suyo terminado para comparar ambos. Se sentía mal por ello, pero no le quedaban más opciones por la hora que era.

– Edgar, ya lo he terminado. Me voy que tengo una reunión.

– ¡Buenos días! Que trabajo te cuesta saludar, señorita. Venga, que te llevo a la reunión.

Se subieron al coche, Edgar conducía y le preguntó intrigado:

– Has hecho el informe muy rápido esta mañana, ¿no?

– Sí, estaba inspirada.

– Espero que no hayas hecho trampas.

– Define trampas…

– Nora, eres increíble de verdad. Pasas de tus responsabilidades y encima haces trampas. Pues muy bien, sigue por ese camino que vas muy bien.

– Oye, que no me siento orgullosa, sólo que se me ha ido un poco de las manos. Sólo eso. Espero que me guardes el secreto, porque si mi madre se entera, me mata.

– Si tuviera la oportunidad te mataba yo mismo, que vaya semanita me estás dando, joder.

– Te dije que te la tomaras de vacaciones y no quisiste. ¡Pues ahora a ganarte el sueldo!

– Anoche cuando estabas dormida, llamó tu madre para preguntar por ti. Le dije que estabas durmiendo y le estuve contando tus batallitas de esta semana…

– Joder Edgar, eres un bocazas. ¿Para qué cuentas nada? ¿Y qué te ha dicho? – dijo removiéndose incómoda en su asiento.

– Pues la verdad es que se enfadó mucho. No entiende la actitud de adolescente que estás teniendo, así que ve preparándote para cuando venga, porque te va a caer una buena.

– Eres un tonto y además me caes mal, ¿lo sabías?

– Muy inteligente por tu parte seguir aumentando la lista, Nora.

– Me voy a la reunión, que te diviertas.

– Que tengas un buen día, muchacha.

El día, la verdad es que lo pasó bastante bien. Intentó olvidarse de la conversación que había tenido con Edgar en el coche y centrarse en sus tareas académicas. Cuando llegó a casa por la noche, sonó el teléfono. Era Mónica.

– ¡¡Hola mamá!! ¿Qué tal todo? ¿Me estás echando de menos?

– Hola, cielo. Todo genial, claro que te estoy echando de menos, siempre lo hago. Pero llamaba por otro tema.

– ¿Qué pasó? – Nora hizo esta pregunta con un hilo de voz temblorosa, y además cruzó los dedos para que el tema del que quería hablar no fuera el de su comportamiento.

– Anoche te llamé y estabas dormida, así que hablé con Edgar y me contó la semana tan “estupenda” que llevas.

– Mamá, Edgar es un exagerado, no hagas caso de lo que te cuenta. Venga, cuéntame qué tal va la gira.

– Señorita, no me cambies de tema. En cuanto vuelva, vamos a tener una conversación muy seria tú y yo. Y más te vale que no sea verdad todo lo que me ha contado, porque de lo contrario, vas a estar un mes sin poder sentarte. ¿Me he explicado clarito?- dijo Mónica de forma muy autoritaria.

– Pero mamá…

– ¿Te has enterado o no?

– Si, señora, todo muy claro.

– Vale, pues aprovecho para decirte que mi último concierto se ha cancelado porque tenemos a la mitad de los bailarines enfermos, así que mañana por la tarde me tienes allí.

– ¡Qué pronto! Vale, pues nos vemos mañana. Yo mañana también puede que salga un poco antes de las clases, así que nos vemos en casa.

– Muy bien, nos vemos mañana. Un beso, te quiero, cielo.

– Te quiero, mamá.

Después de colgar, Nora supo que estaba metida realmente en problemas. Se había pasado de la raya y encima su madre vendría al día siguiente. Estúpido Edgar, ahora tenía que ingeniárselas para que mañana no contara absolutamente todo lo que había pasado esta semana, incluyendo lo del informe.

– Edgar, ¿puedes venir un momento, por favor?

– Sí, claro, dime.

– Quería disculparme por mi actitud de esta semana. No sé qué me ha pasado. Sabes que no soy así, perdóname no volverá a ocurrir. Pide lo que quieras y te compensaré. -esta disculpa era totalmente falsa, pero tenía que ablandarlo de alguna manera, así que se le ocurrió ésta.

– Tranquila, no es necesario que me pidas perdón ahora, ya mañana con tu madre aquí, y cuando se ajusten las cuentas, ya me lo pedirás. ¿Quieres algo más?

– Vaaaaa, no seas así, ¿qué quieres a cambio? – se levantó del sofá, se puso bien el pelo, se reajustó los pechos dentro del sujetador y se plantó justo delante de él, pasándose la lengua por los labios- Te hago una felación si rompes la lista.

– Jajajaja, no sabía que le tuvieras tanto miedo a tu madre. Lo siento, pero mi respuesta es no. De hecho, si te soy sincero disfrutaré con el castigo, porque lo tienes bien merecido.

– ¡Mira que eres cruel y malvado! ¿No te doy pena o qué?- preguntó Nora poniendo morritos.

– Ninguna- contestó Edgar fríamente.

Nora dio media vuelta y desapareció de la habitación dejando a Edgar allí solo. Se le pasaron mil ideas por la cabeza para intentar escapar del inminente castigo, pero todas las opciones eran simplemente absurdas. Así que cenó algo rápido y se fue a dormir, que al día siguiente le esperaría un día duro.

A la mañana siguiente se levantó temprano, estuvo estudiando y se fue a la playa a correr un rato, necesitaba despejar todos esos nervios que le estaban matando. Después se fue a clase y cuando volvió a casa, se dio una ducha rápida y se puso su pijama favorito de Snoopy. Mientras hablaba con una amiga por whatsapp no dejaba de mirar por la ventana, esperando histérica que llegase su madre en el coche familiar, ya que Edgar había ido a recogerla al aeropuerto. De repente, vio aparcar el coche y a su madre saliendo de él con las maletas. Respiró profundamente 5 veces para calmarse y bajó a saludarla.

– ¡Hola mamá! ¿Qué tal el viaje?- le preguntó Nora mientras le daba un abrazo, al cual la madre se lo devolvió de forma fría.

– Bien.

– ¿Has cenado en el avión?.

– Sí.

– … – joder que seria viene mamá.

– Además durante el camino en coche he hablado con Edgar sobre ti. Voy a subir a darme una ducha y en cuanto baje, te quiero en el salón esperándome, que tenemos una charla pendiente- sentenció Mónica.

– ¿No podemos hablar mañana mejor? Vendrás cansada del viaje y además mañana es sábado y estamos las dos de descanso… – dijo Nora intentando prorrogar la sentencia.

– No. Será esta noche.

Mónica subió las escaleras con su bolso y a los pocos minutos se escucharon los grifos de la ducha. Nora aprovechó el ruido de la ducha para acercarse a Edgar y hablar con él.

– ¿Qué le has contado si puede saberse? Que no veas el cabreo que trae.

– Le he dado la lista de tu maravilloso comportamiento de esta semana y la ha estado leyendo en el coche, sólo eso.

– Ya te vale, ésta no te la perdono, que lo sepas- miró con cara de odio a Edgar. Este le respondió con una sonrisa, ya que sabía que por fin había llegado el momento de darle el merecido a la niña malcriada.

A los veinte minutos apareció la madre en el salón, aparentemente un poco más calmada y con la lista en la mano. Cerró la puerta tras de sí, quedándose madre e hija solas. A Nora se le volvió a encoger en un nudo el estómago. La cosa no pintaba nada bien. Mónica se sentó en una silla del salón al lado de la mesa y llamó a su hija para que se sentara a su lado.

– Nora, ¿ésta lista es verdad?- le dijo la madre muy seria.

– ¿Qué lista, mamá?

– Te lo advierto, no estoy para bromas ni para que me vaciles. Contéstame.

– Mamá, no tengo ni idea de lo que pone en esa lista, déjame que la vea.

– No, no te preocupes, que ya te la leo yo. Presta atención:

Insultar, amenazar y faltar el respeto a Edgar en reiteradas ocasiones.
Hacer una fiesta en casa sin permiso, molestando a los vecinos, los cuales han estado a punto de denunciarnos, y además haciendo trabajar más al personal de limpieza.
No hacer deporte.
No estudiar todos los días.
Copiar el informe que tenías que entregar de una compañera en lugar de entregar el tuyo propio por falta de tiempo, por la desorganización.

– ¡Qué exagerada está esa lista!- maldito cabrón pensó, no se ha dejado ni una.

– ¿Me estás diciendo que es mentira lo que pone aquí? ¿Qué Edgar me está mintiendo? Te recuerdo que no te conviene mentir.

– A ver, sí y no… yo no le he faltado el respeto a nadie y lo de los vecinos es que son unos exagerados. Tampoco hacíamos tanto ruido… – intentaba excusarse como podía pero tenía pocos argumentos para rebatir, ya que Mónica la ponía nerviosa, porque la miraba fijamente a los ojos para saber si su hija mentía.

– Vale, vamos a llamar al personal y le vamos a preguntar… más te vale que me estés diciendo la verdad.

– No, no. No es necesario que llames a nadie. – al llamar al personal podía suponer que ellos presenciarían el castigo y se moriría de la vergüenza. -Vale, puede que me haya pasado un poquito con Edgar, pero es que ha sido muy pesado, no me dejaba ni respirar y necesitaba un poco mi espacio.

– ESE NO ES MOTIVO PARA INSULTAR, AMENAZAR, NI FALTAR AL RESPETO A NADIE. MÍRAME A LA CARA CUANDO TE HABLO. ¡ADEMÁS PARA ESO LE PAGO! PARA QUE SEA TU SOMBRA Y TE VIGILE. DESDE LUEGO NO ESPERABA ESTO DE TI. NO TE HE EDUCADO YO ASÍ. SIEMPRE TE HE INTENTANDO INFUNDIR EL RESPETO Y LA BONDAD HACÍA LOS DEMÁS. SABES QUE ODIO LAS PALABROTAS Y MENOS SI SON PARA INSULTAR A ALGUIEN.

– Ya lo sé, lo siento… -dijo cabizbaja.

– ¡CÁLLATE, QUE AÚN NO HE TERMINADO! A ver qué más dice la dichosa lista… Ah sí, lo de la fiesta. Que sepas que las horas extras que tuvo que trabajar el personal ese día para limpiarlo todo, va a salir directamente de tu bolsillo, ¿entendido?. Y a pesar de que has tenido muchísima suerte y los vecinos no nos han denunciado, mañana a primera hora, quiero que te presentes en su casa con una cesta de fruta en la mano para que se la des y te disculpas con ellos. No me puedo creer que no te hayan denunciado. Además, fuiste muy egoísta ahí ¿NO HAS PENSADO QUE REPERCUSIÓN MEDIÁTICA PUEDE TENER SOBRE MI CARRERA SI NOS LLEGA UNA CITACIÓN DEL JUZGADO? – Mónica dio una palmada en la mesa haciéndose notar su evidente enfado.

– … – no se atrevía a contestar después del grito de antes.

– Contéstame. ¿Es que acaso no te has parado a pensar en las consecuencias?

– No.

– Me parece genial, muy bonito todo. Pero no te preocupes que las consecuencias las vas a sufrir bien pronto, para que no vuelva a repetirse nada semejante.

– Lo siento…

– Más lo vas a sentir luego. Sigo con la lista. No hacer deporte. Me prometiste que todos los días harías por lo menos media hora de ejercicio porque te lo recomendó el médico y esto también te lo has saltado a la torera.

– Ese no es del todo verdad, hoy me he ido a correr a la playa.

– Y el resto de días te lo has pasado por el forro, señorita. Bueno, continúo. No estudiar todos los días ni hacer los deberes, obligándote a entregar uno copiado de una compañera. Explícame este YA, antes de que te estrangule.

– A ver, ese está muy exagerado. Si que he estudiado… bueno vale, sólo desde que me llamaste por teléfono ayer, pero es que quería aprovechar y descansar un poco. Tampoco es para ponerse así… Y con respecto al informe, pensé que me daría tiempo, pero en la fiesta bebí, y tuve resaca todo el día… Cuando llegué a casa sólo quería dormir, y a la mañana siguiente, cuando iba a hacerlo, no escuché el despertador… Y claro, tenía que entregarlo, así que eché mano para inspirarme de otro informe. Pero te juro que no lo copié entero, sólo unos cuantos apartados en los que tenía dudas…

– QUE VERGÜENZA. Estás cursando unos estudios muy importantes que te van a servir para tu carrera profesional, y pasas del tema. Yo no te he educado así. ¿Qué te digo siempre? Que tienes que esforzarte al máximo para triunfar en la vida. Copiando y haciendo el vago no vas a ninguna parte.

– Mamá, no estoy orgullosa de esto. Es cierto que me descuidé un poco, pero te prometo que no volverá a pasar.

– Vale, eso espero. Que sepas que no te vas a ir de rositas. Este castigo me duele más a mí que a ti, pero bajo ningún concepto quiero que se vuelva a repetir nada semejante. Te dije que si todo esto era cierto, no te ibas a poder sentar en un mes, pues tú lo has querido. EDGAR, pasa un momento por favor.

– Dígame señora, ¿qué necesita?

– Si eres tan amable, tráeme de mi habitación el cepillo de madera, el cinturón y la vara, por favor. Voy a enseñarle a mi hija modales y algunos valores.

– Sí, señora, enseguida vuelvo.

– No, mamá, por favor, espera, vamos a negociar. Sé que la he liado un poco, pero por favor, déjame compensarte con otras cosas. Pídeme lo que quieras pero no me castigues- suplicó Nora.

– Habértelo pensado dos veces antes de actuar, ahora atente a las consecuencias, señorita.

Mónica se levantó de su asiento y se dirigió al sofá de dos plazas que tenían en el salón. Le hizo un gesto con la mano, indicándole que se acercara a ella hasta el sofá, pero Nora no se movía.

– Ven aquí inmediatamente.

– No, que me pegas- contestó Nora desafiante.

– Si voy a tener que ir a buscarte yo, va a ser mucho peor. Cuento hasta tres. Uno, dos, y…

– Es que no quierooooo. Ya soy muy mayor para este tipo de castigos.

– ¡Tres! Muy bien, será por las malas entonces.

Mónica se acercó con paso decidido hasta Nora, se quitó la zapatilla de andar por casa y le propinó a Nora unos quince zapatillazos fuertes en el trasero y alguno en las piernas, le cogió de una oreja y la dirigió hasta el sofá.

– Ayyyyy, mamá, suéltame joder, que me haces daño.

La madre se sentó en el sofá y de un tirón de un brazo puso a su hija boca abajo en sus rodillas. En ese momento apareció Edgar con todo el instrumental.

– Mónica, ¿dónde lo pongo? – preguntó Edgar.

– Dame el cepillo y el resto déjalo encima de la mesa. Gracias Edgar.

Edgar hizo el ademán de irse fuera del salón, cuando Mónica le dijo:

– Por favor, Edgar, quédate, no te marches. Quiero que presencies el castigo de mi hija. Al fin y al cabo tú eres el que la ha tenido que aguantar en esta semana de rebeldía que ha tenido, y quiero que estés aquí para que veas que no le pienso consentir todo eso.

– No, mamá, por favor, que él no esté aquí- dijo Nora en tono de súplica e intentando levantarse de las rodillas de su madre. Pero ella, firmemente, la volvió a colocar en su sitio.

– ¿Te molesta que esté aquí? Pues habértelo pensando dos veces antes de insultarle, faltarle al respeto y amenazarle. Que esa actitud no se la merece nadie y menos Edgar, que lleva tantos años con nosotras y es un trabajador ejemplar.

– Gracias, señora. Me quedaré aquí- dijo Edgar sonriente.

– Bueno, pues lista o no, empezamos- sentenció Mónica.

La volvió a recolocar bien entre sus rodillas y el brazo del sofá para que ambas estuvieran cómodas y comenzó el castigo.

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– Mamaaaaa, más flojo que me haces daño – imploró la hija.

– Uyyy, pues prepárate porque aún ni hemos empezado.

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En ese momento, la madre le bajó de un tirón el pantalón del pijama y continuó azotando con fuerza. Sólo se veían las braguitas blancas, y alrededor de ellas se podían adivinar unas zonas enrojecidas fruto de la azotaina bien merecida.

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– ¡Delante de Edgar no, mamá! Que se va a empalmar – dijo Nora entre quejidos y risas.

– Aaah, veo que tienes ganas de bromas aún. Vale, pues las bragas se quedan bajadas.

– Joder mamá. Que estaba bromeando. Pero vaya espectáculo que le estás dando, ¿qué va a pensar de ti?

– Por mi no hay ningún problema, lo que estoy pensando es que ojalá pudiera dártelo yo, porque me ha sentado muy mal tu actitud esta semana- se aventuró a decir Edgar.

– ¿Ves? Piensa que estoy haciendo lo correcto. Y no digas joder- y Mónica le dio 5 azotes fuertes en la misma nalga para que notara bien el dolor.

– Auuuuuuchhh, vale, vale, ya lo pillo.

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– Vale mamá, ya he aprendido la lecciooooonnn, suéltame, por fiiiiiii- decía esto mientras pataleaba del dolor.

– Ni hablar.

PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS, PLAS. De repente paró en seco y Nora fue a tocarse el culo. Se lo noto muy caliente además de dolorido.

– Vale, ahora toca el turno del cepillo, que me duele ya la mano de castigarte.

– Ejem… creo que yo estoy un poquito peor que tú, mamá.

– ¿Y no te lo mereces?- preguntó Mónica.

– ¿Yo? Qué va. Me parece todo una exageración- vaciló Nora.

– Muy bien, veo que aún no está calando el mensaje. A ver si el cepillo nos hace reflexionar un poquito más.

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– Ayyyyyyy, ayyy, ayyy- se quejaba Nora

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– Auch, ayyyyy, no tan rápido ni tan fuerteeeeee.

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– Mamá, paraaaaaa, déjame iiiiir… auchhhh, que duele muchísimooooo- se quejaba Nora mientras la madre seguía castigando con una pauta fija. Alternaba distintos cachetes, pero en alguna ocasión golpeaba el mismo varias veces. Golpeaba fuerte y además bastante rápido por lo que no le daba tiempo recuperarse del azote anterior cuando ya le había propinado el siguiente.

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– Levántate, que vamos al rincón – ordenó Mónica.

Nora se levantó con cuidado, tenía el trasero muy rojo y no sólo eso, su cara también estaba del mismo color, además de que expresaba dolor. Su madre se levantó también del sofá, la cogió de la mano y la llevó hasta el rincón. Edgar no perdía detalle de la escena, en la que la chica malcriada estaba dolorida y con los pantalones del pijama y las bragas por los tobillos, de los pataleos. Cabe decir que le parecía una imagen graciosa y él estaba disfrutando con todo esto.

– Ni se te ocurra tocarte el culo o no te doy tiempo de descanso. Mientras estás aquí, quiero que vuelvas a pensar en lo que te he preguntado hace un rato: ¿te mereces este castigo, si o no? ¿Entendido?

Nora se quedó en silencio, por lo que la madre le dio un azote más en el trasero. Dio un salto y contestó:

– ¡Ayyy! Sí, señora.

Mónica se dirigió hacia dónde estaba Edgar para hablar con él. Habló muy bajo para que Nora no se enterara y le preguntó si le gustaría participar en el castigo. Que lo había estado pensando y sería justo, puesto que había sufrido amenazas por parte de su hija y quería darle una lección para que no se le ocurriera volver a hacerlo. Edgar, aceptó encantado. Después, ambos se dirigieron hacia la cocina y se prepararon un café calentito mientras Nora seguía en el rincón con el culo rojo al aire. Acto seguido, se dirigió a la cadena de música y puso el cd de María Callas, el favorito de madre e hija.

– Muy bien cariño, ven, que vamos a volver a hablar.

Nora se dio media vuelta y se fue andando hasta su madre, que estaba sentada en una silla de la mesa del salón con la vara y el cinturón encima de ésta. Por el camino iba tapándose con la mano sus genitales.

– Dime mamá- dijo en tono más calmado.

– ¿Has llegado a alguna conclusión ya? – preguntó Mónica después de darle un sorbo a su café.

– Sí, claro. A dos conclusiones. La primera de ellas es que a mí también me apetece un café… – en ese momento la madre le lanzó una mirada fulminante, dándole a entender que no siguiera por ahí- vale, y la segunda es que sí, tienes razón, me merezco el castigo. He hecho cosas impropias de mí esta semana. Lo siento mucho.

– Vale, mucho mejor. He pensado que las faltas más graves que has cometido ha sido faltarle el respeto a Edgar, insultarle y amenazarle, junto con lo del informe, así que he decidido que los dos instrumentos que quedan, el cinturón y la vara nos lo vamos a repartir.

– ¿Qué quieres decir?- se puso blanca en ese momento.

– Te voy a dar setenta y cinco azotes con el cinturón para que ni se te ocurra volver a repetir el incidente del informe. Y Edgar te va a propinar cincuenta azotes con la vara, para que recuerdes que debes portarte como una mujer bien educada.

– Pero mamá…. ¿Él?….- titubeó Nora.

– Perdona, aún no he terminado. Sí, te los va a dar él y además de este castigo, durante una semana, todas las noches después de cenar, recibirás un recordatorio.

– ¿Quéeeee? ¿Una semana? ¿Estamos locos o qué? ¡Me parece súper injusto! – dijo cruzándose de brazos, olvidándose de que en ese momento se le quedó al aire la vagina. Aunque acto seguido, notó el frescor y volvió a taparla con las manos.

– Recibirás veinte azotes con el cepillo el día que esté yo y diez azotes con la regla cuando te los dé Edgar. Y después de eso, te pondrás a estudiar- dijo Mónica impasible mientras seguía tomándose su café.

– ¡ME NIEGO! No lo acepto porque no me parece bien- dijo Nora enfurecida.

– Muy bien, en lugar de veinte con el cepillo y diez con la regla, serán cuarenta y veinte. ¿Alguna protesta más?

– ….- Nora fue a hablar, pero en ese momento se mordió la lengua y se calló.

– Vale, pues continuemos con el castigo. Quítate los pantalones y las braguitas, apoya las manos en la mesa y el culo lo quiero ver bien alto, cariño. Es el turno del cinturón.

La hija tenía los ojos llenos de rabia, pero no se atrevió a hablar porque podía aumentar su castigo. Apoyó las manos en la mesa como su madre le había ordenado, esperando el primer golpe en su ya enrojecido trasero. Mónica, con mucha tranquilidad cogió el cinturón, lo dobló en dos, apoyó una mano en la espalda de su hija, cogió impulso y empezaron los azotes.

PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF…

– Auuuuuuch- Edgar podía ver la cara de dolor de Nora con cada azote. Estos caían sin prisa pero sin pausa.

PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF. Nora pataleaba en el suelo de impotencia.

– Mamá, perdóname por favor, de verdad, que ya he captado el mensaje. ¡Duele mucho!- dijo Nora, con la respiración entrecortada poniendo la mano en el trasero para que Mónica parase el castigo.

– La idea es que duela. Quita la mano de ahí- dijo de forma autoritaria.

– No… por favor- miró la chica a su madre con ojos suplicantes.

– Vale, ese azote se repite y no vale. Quita la mano de ahí, YA.

En ese momento Nora quitó la mano de su trasero pero dio una fuerte patada en el suelo como señal de protesta. A lo que la madre sin pensárselo dos veces, soltó el cinturón encima de la mesa, cogió la vara y le propinó 5 azotes fuertes y rápidos al tiempo que le dijo:

– ¡Menos genio, señorita! Mírame- Nora le devolvió la mirada con los ojos llorosos- Si te duele, te aguantas. Haber pensado mejor tus actos. Ahora aguántalos como una mujer.

PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFFFF, PLAFFFF, PLAFFF, PLAFFF, PLAFFF y en el último azote, cogió más impulso y cayó con mucha más fuerza que los anteriores: PLAFFFFFFFFFFFFFFFFF.

– Levántate, Nora. Ahora te vas a ir al rincón de nuevo mientras me termino de tomar el café. Lo dicho, ni se te ocurra tocarte el trasero o empiezo desde cero con el cinturón.

– Sí, mamá.

La escena era digna de mención. Por un lado estaba la madre, Mónica, sentada en el sofá con Edgar, tomando ambos un café, muy tranquilos. Mientras de fondo se seguía escuchando a María Callas cantando Madame Butterfly. Por otro lado, a Nora, en un rincón, desnuda de cintura para abajo, con el culo muy rojo y con las marcas moradas del cinturón. En el rincón además se podía escuchar cómo la chica intentaba normalizar su respiración agitada además de estar sudando un poco. Quince minutos más tarde, la madre se levantó para llevar la taza vacía de café a la cocina y volvió a llamar a su hija.

– Muy bien Nora, terminemos con esto ya. Edgar, coge la vara, por favor- ordenó Mónica- Cariño, ponte con el estómago pegado en la mesa, la espalda bien arqueada, las piernas un poco separadas y de puntillas para que esté el trasero bien alto.

– Mamá, antes de continuar, me gustaría decir que de verdad, lo siento muchísimo. Sé que lo merezco y puedes estar tranquila que no volverá a suceder más- le dijo mirando fijamente a los ojos a su madre.

– No sabes cuánto me alegro, cielo. Ahora, por favor, haz lo que te he pedido. Serán cincuenta azotes. Ponte en posición.

Siguió a rajatabla todas las indicaciones, ya que no quería fallar en nada, puesto que el culo le dolía mucho, y la vara era el peor instrumento de todos. Te quema la piel con los azotes y deja marcas muy feas. Era un dolor totalmente diferente a otros. Había tenido la ocasión de probarla el año anterior y recordaba ese castigo como uno de los peores que había padecido nunca. Edgar, cogió la vara, calculó y tomó distancia. Y sin más dilación comenzó el castigo como su jefa le había pedido.

ZASSSSSSSS

– Uffffffffffffffffffff.

ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS. Se tomaba su tiempo entre azote y azote. Parecía estar disfrutando de la escena.

ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS. ZASSSSSSSSS, ZASSSSSSSSS.

– Para por favor, que no puedo soportar el dolor- suplicó Nora con los ojos vidriosos.

– Mira, vamos a hacer una cosa Edgar, le darás tandas de diez azotes rápidos y después de cada tanda, podrá descansar un par de minutos para que pueda recomponerse. Nora, tienes que aguantar las tandas de diez sin levantarte como acabas de hacer ahora. Si te levantas o pones la mano para evitar el azote, además de que ese no se cuenta, te cogeré yo misma de las manos para que no te muevas.

– Como usted diga, señora.

– Venga, cielo, vuelve a tu posición. Recuerda que tienes que estar de puntillas.

Nora volvió a su posición, a pesar de que en su trasero ya se podían distinguir perfectamente las marcas violáceas de la vara. Lo único que deseaba es que terminara ya toda esa agonía. Respiró profundamente, esperando a que llegara de nuevo el azote.

ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS. De repente se levantó, con las lágrimas saltadas y dijo que no podía aguantarlos.

– Muy bien. Edgar, este último azote no ha valido, dale los tres que quedan de esta tanda, que descanse, y para las siguientes yo la sujeto.

ZASSS, ZASSS, ZASSSS. Le dejó descansar un par de minutos. Y enseguida volvió a la posición inicial, pero esta vez, Mónica se puso al otro lado de la mesa de manera que podía coger las manos a su hija, y ver su cara.

ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS. La madre tuvo que sujetarle bien fuerte de las manos para que no se levantara y pudo ver como caían por su rostro las lágrimas de humillación y dolor. Volvió a descansar. Su trasero era una agonía, le dolía muchísimo y estaba arrepentida de verdad de haberse portado así.

ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS.

– Venga, cariño que es tu última tanda y terminamos- le animó la madre.

– No puedo más, de verdad. Perdóname esta última, por favor, te lo suplico.

– Lo siento, pero mi respuesta es no. No quiero que se vuelva a repetir lo que hiciste nunca más.

– Pero mamá, TE JURO que no volverá a suceder- le suplicó con los ojos rojos y su rostro lleno de lágrimas.

– Edgar, vamos por la última, por favor.

Adoptó la posición, la madre volvió a agarrar fuertemente sus manos y la miró fijamente a los ojos. Le dolía ver a su hija en esta tesitura, pero más le dolía la actitud que había tenido, llegando incluso a amenazar a Edgar. Ese tipo de comportamientos no se toleraban en su casa.

ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSS, ZASSSSSSSS.

Finalmente, terminaron los últimos azotes. Le soltó las manos. La hija no paraba de llorar. La madre se le acercó y le dio un abrazo que duró varios minutos. Mónica, intentó consolarla, acariciándole el pelo.

– Lo siento muchísimo, mamá. Me he comportado como una cría. Siento en el alma haberte defraudado. ¿Podrás perdonarme?- dijo entre lágrimas, aunque casi ni se la entendía, porque tenía la voz entrecortada por el llanto.

– Shhhhhhhhh, venga, mi niña, cálmate, ya pasó todo. Venga, ve al cuarto de baño a lavarte la cara y luego a tu habitación. En un rato me paso y hablamos.

– Vale, snifff, snifff.

Recogió sus pantalones y sus braguitas y se dirigió al cuarto de baño. Allí se miró al espejo y vio su trasero. Era una auténtica pena. Muy hinchado, lleno de marcas muy moradas, se podía ver perfectamente el camino que habían recorrido el cinturón y la vara. Se lo tocó suavemente con la mano y le dolía una barbaridad. Se lavó la cara, se sonó los mocos, se cambió el pijama y se puso un camisón que casi no le cubría el trasero y se tumbó en su cama bocabajo. Intentó calmarse un poco, respirando profundamente y se puso a pensar en todo lo que había pasado y porqué había llegado a esta situación. A los 20 minutos, pegó su madre en la puerta de la habitación y entró. Venía con un bote de crema hidratante y con un cola cao calentito.

– Toma cariño, te he traído un cola-cao porque es muy tarde ya para tomar café. ¿Cómo te encuentras? ¿Estás más calmada ya?

– Gracias, mamá, eres la mejor. Pues la verdad que me siento mal, muy mal. Si permites que lo diga, he sido una gilipollas. Edgar, estaba el pobre haciendo su trabajo y yo he intentado sabotearlo, además lo de la fiesta, que se me fue un poco de las manos… Debí haber cortado antes para no molestar a nadie, pero me dejé llevar, porque además estaba muy borracha. Y lo del informe, ha sido un poco la consecuencia de la fiesta. En ese momento me vi sin más recursos, y por eso lo hice. Ahora comprendo que no debí haberlo hecho. Tú estás luchando para que tenga una buena formación y sea alguien importante en mi campo el día de mañana y yo te pago haciendo trampas…. Encima no he hecho ni si quiera deporte, aún sabiendo que es bueno para mi salud… De verdad, no sabes lo arrepentida que estoy. Sólo espero que me puedas perdonar… y Edgar también- le soltó toda esta parrafada sin mirarla a la cara de la vergüenza tan grande que sentía.

– Cariño, mírame- le dijo mientras le cogía de la barbilla para que la mirase- Por mi parte ya estás perdonada. Sé que eres joven y tienes ganas de hacer mil cosas y muchas de ellas no son las correctas. Yo también he sido joven, pero si no hubiera sido porque la abuela que me ató en corto, hoy no viviríamos así, con todas las comodidades que tenemos. Vivimos en un mundo muy difícil y competitivo. Por eso, quiero que te esfuerces al máximo, sin olvidar nunca ser buena persona, respetando a todos los que te rodean. Odio tener que castigarte y verte así, pero es la única manera que tengo de que te centres y volver a orientarte. Venga, para que veas que vengo en son de paz, termina de tomarte el cola cao, que te voy a poner un poco de crema, que… ¡vaya marcas tienes!

– Gracias mamá por estar pendiente de mí, y gracias por el castigo. A pesar de que ha dolido muchísimo, era muy merecido.

– De nada. Con respecto a Edgar, deberías disculparte con él también- sugirió la madre.

– Por supuesto, lo tenía pensado. El pobre que ha tenido hasta que castigarme y todo. Vaya trabajo más surrealista tiene.

– Jajajaja, no te creas que lo ha pasado muy mal tampoco. Te tenía muchas ganas y estoy segura de que ha disfrutado haciéndolo. Venga, anda, súbete el pijama que te eche crema- le dijo la madre mientras abría el tarro.

Se la untó muy despacio, con mucho cuidado y cariño, porque las marcas aún eran muy recientes, y notaba a su hija estremecerse de dolor cuando pasaba por algunas zonas. A pesar del dolor, la crema hidratante era muy reconfortante. Sobre todo porque se la estaba poniendo su madre, que además la había perdonado ya. A los quince minutos, cerró el bote, y la hija estaba medio dormida en la cama. La madre le dio un suave azote en el trasero para despertarla y le dijo:

– Cariño, ya he terminado. ¿Bajas a hablar con Edgar?

– Sí, voy ahora. Gracias, mamá, ¡qué manos tienes! ¡Te quiero!

– No hay de qué, bicho. Yo también te quiero.

Se levantó de un salto, le dio un beso a su madre y se fue escaleras abajo, aunque frotándose el culo.

– Edgar, ¿puedo hablar contigo?

– Sí, claro, dime, ¿qué quieres?

– Quería pedirte perdón, pero esta vez de corazón, no como el otro día, que era para intentar librarme del castigo… He sido una gilipollas y te he puesto a prueba y no lo mereces. ¿Podrás perdonarme?

– Siempre y cuando me prometas que no me vas a faltar nunca más.

– ¡Te lo juro!- dijo levantando la mano, en señal de juramento.

– Vale, entonces sí. Estás perdonada- dijo con una sonrisa. En el fondo era un buenazo. Sabía que no era mala chica, aunque a veces se descarrilaba un poco. Estaba contento de poder contribuir en su educación.

– ¿Puedo darte un abrazo? – preguntó Nora con una sonrisa picarona en la cara.

– Bueeeeeeno, si insistes jajaja.

Ambos se abrazaron y ella se sintió feliz porque ya estaba todo solucionado… o casi solucionado. La madre se había percatado de todo y cuando terminaron de abrazarse, apareció en la escena.

– Bueno, cariño, como ves, ambos te hemos perdonado, pero sabes que tu castigo aún no está terminado. A partir de mañana, quiero que seas súper responsable y cumplas con todas tus obligaciones. Además, durante los próximos siete días, después de cenar, buscarás el cepillo o la regla y te irás a tu habitación. Si esa noche estoy yo, me esperarás en tu habitación con el pantalón y las braguitas bajadas y con el cepillo encima de la cama. Si esa noche yo no estoy en casa, Edgar se encargará, pero en lugar de buscarle el cepillo, le pondrás encima de la cama la regla. Después del castigo, te irás a estudiar dos horas, y luego él o yo iremos a comprobar si es verdad que has estudiado. Finalmente, te irás a lavar los dientes y a dormir. ¿Alguna pregunta?

– Pero mamá… ya he aprendido la lección…- dijo casi en un hilo de voz.

– Quiero asegurarme de que no se te olvida rápido. Venga, y ahora a dormir. Buenas noches, cielo.

Se fue a la cama y se durmió enseguida, boca abajo, por supuesto, y desnuda para que nada le rozara el trasero. Los nervios, el cansancio y el dolor, ayudaron bastante a que se durmiera bien rápido. Al día siguiente, se levantó con el culo aún hinchado y dolorido. Se duchó, se vistió y bajó a desayunar. Ese día no había planes, así que se puso la ropa con los pantalones más anchos que tenía para que no le rozaran, y no se puso ropa interior. Entró en la cocina y allí estaba su madre con una taza de café en la mano.

– Buenos días, cielo. ¿Cómo has dormido?- le dijo mientras le daba un beso a su hija en la mejilla.

– Buenos díaaaassss. Demasiado bien, no me quería levantar pero tengo obligaciones que hacer, así que me he levantado del tirón. ¿Y tú?

– Yo muy bien. ¿Qué tal van esas marcas? A ver, déjame que las vea.

Se desabrochó el pantalón y se lo bajó un poco más arriba de las rodillas para que la madre lo pudiera ver.

– Uffff, tienen mala pinta. Está muy morado y un poco hinchado todavía. Después de desayunar, te pondré un poco más de crema- le dijo la madre mientras le pasaba la mano por el trasero.

– Vale. Yo si no te importa, voy a desayunar de pie…

– Jajaja, claro, sin problemas. Pobrecita mi niña, que se porta como una gamberra de vez en cuando. Menos mal que ahí está su madre para corregirla.

– Si… seguro que soy la envidia de mis amigas….

El día transcurrió bastante bien. Sin ningún incidente. La conducta de Nora fue excelente. Fue muy amable con el personal y además pasó el día entero con su madre, aprovechando que estaba de descanso y compartieron algunas actividades juntas, entre ellas hacer deporte. Finalmente, llegó la noche y después de terminar de cenar, su madre sentenció:

– Cariño, ya sabes lo que toca. Sube que ahora voy yo.

– Sí, mamá.

Fue a buscar el cepillo de madera que estaba en la habitación de su madre. Y después se fue a su cuarto a esperarla. Sabía que la madre le había dicho que tenía que esperarla con el pantalón y las braguitas bajadas, pero le parecía muy humillante hacer eso, así que decidió no hacerlo, con la esperanza de que su madre no se acordara. A los cinco minutos entró la madre en la habitación y la vio sentada en la cama con los pantalones puestos.

– Nora, ¿qué te dije de cómo tenías que estar esperándome?

– Con el cepillo en la cama.

– ¿Y qué más?- le dijo Mónica muy seria.

– No lo sé… ¿era algo más?

– No te hagas la tonta, que nos conocemos…

– Vale, sí, pero es que me da mucha vergüenza… es muy humillante tener que hacer eso.

– Lo sé y ese es el objetivo, que sea humillante para que se te bajen esos humos y seas más humilde. Pues que sepas, que te va a costar caro no haberlo hecho. En lugar de cuarenta azotes, te voy a dar cien, para que mañana sepas qué tienes que hacer.

– Mamá, aún me duele el culo muchísimo, cien con el cepillo, con lo que duele, es mucho. Por fi, perdóname. Prometo portarme bien durante los cuarenta azotes.

– Bájate ya el pantalón si no quieres que sean doscientos.

Rápidamente la hija se los bajó y se puso de forma voluntaria en las rodillas de la madre, que para entonces estaba ya sentada en su cama.

PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS.

– Ufffff, cómo duelen- se quejó Nora.

PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS.

– Auuuuuuchhh, ayyyy, ay, ay, ay, ayyy un poco más despacio por favor- decía esto mientras pataleaba porque el dolor era insoportable.

PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS,

– Lo siento muchoooooo, ayyyy, mañana estaré en la posición, lo jurooooo.

PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS PLASSSS, PLASSSSS, PLASSSS, PLASSSS.

– Muy bien. Levántate, y ahora quiero verte estudiar. En dos horas vuelvo y veré qué has hecho, si no te ha cundido, cogeré la vara, ¿entendido?

– Muy clarito. Gracias, mamá. Y siento haberte desafiado.

– Que no vuelva a suceder.

Esa noche estudió muchísimo, y cuando la madre volvió para comprobarlo, en lugar de la vara, fue a buscar más crema hidratante. Se la aplicó a su hija hasta que se quedó dormida en la cama, por supuesto, una vez más bocabajo.

Pasó la semana sin incidentes. La chica se aplicó al máximo. Se notaba que el castigo estaba surtiendo efecto. No se atrevía a meter la pata en nada, porque si no, sabía que por la noche podría ganarse más azotes y no estaba dispuesta a eso, ya que permanecer sentada en el trabajo, o incluso conducir, se había convertido en un auténtico suplicio. Intentaba disimular para que sus compañeras no se enteraran, pero había momentos en los que era difícil.

Las dos últimas noches, Mónica se había tenido que ir de viaje de nuevo, así que sería Edgar el que se encargara del castigo. Después de cenar, le dijo a Edgar que había terminado y que se iba a ir a su habitación a esperarle. Fue primero a buscar la regla y nada más llegar a su habitación, se bajó los pantalones y las braguitas por las rodillas, puso la regla encima de la cama y apoyó las manos sobre el colchón, a la espera de su castigo. Edgar sonrió al ver la escena y al comprobar cómo se le habían bajado los humos a esta chica. La misma que hacía más de una semana le había insultado y le había amenazado con hacerle la vida imposible para que dimitiera.

– Muy bien, Nora. Vamos a empezar. Tu madre me dijo que te diera veinte, ¿correcto?

– Correcto.

ZASSS……. ZASSS……… ZASSS…….. ZASSS……. ZASSS……… ZASSS……..

– Uffffff, cómo pica la regla- pensó que además lo estaba haciendo muy lento, a conciencia, para que calaran bien los azotes.

– Supongo que sí, y tiene que picar mucho más con el culo lleno de las marcas moradas que tienes aún.

ZASSS……. ZASSS……… ZASSS…….. ZASSS……. ZASSS……… ZASSS……..

– Auuuuuuchhh, que ganas tengo de que se acabe este castigo ya.

ZASSS……. ZASSS……… ZASSS…….. ZASSS……. ZASSS……… ZASSS……..

– Venga que te quedan sólo dos azotes. Los estás aguantando muy bien.

ZASSSSSSSSSSSSSSSS……………ZASSSSSSSSSSSSSSSSS. Los dos últimos fueron con más fuerza.

– Ayyyyyyyyyyyyyyyy. ¿Puedo levantarme ya, por favor?

– Sí, claro que puedes.

– Gracias Edgar.

– Me gusta esta nueva función que me ha dado tu madre, me siento poderoso jajajaja.

– ¡Me alegro de que por lo menos uno de los dos disfrute con esto! – le dijo sacándole la lengua- Por fi, anda, llama a mi madre y dile que ya me has castigado. Si además le mencionas que no me he levantado y te he esperado en la posición indicada, te lo agradecería eternamente.

– Sí, no te preocupes. Eso está hecho. Anda, ahora vete a estudiar mientras hablo con ella.

– Ok, gracias.

Edgar llamó a Mónica para contártelo todo esto y al colgar, Nora recibió un whatsapp de su madre en el que ponía: Buena chica. Ánimo que sólo te queda un día de castigo. Besos, te quiere mamá.

Al día siguiente, por fin llegó el último castigo. Lo recibió con total entereza, como una campeona, casi con lágrimas en los ojos, que no se sabía si eran porque por fin terminarían los azotes por un tiempo, o por el dolor causado. Ella misma llamó a su madre por teléfono:

– Mamá, que Edgar ya ha terminado con el castigo.

– Muy bien, cariño. ¿Y cómo ha ido?

– He llorado ¡creo de alegría y dolor a la vez!- admitió Nora.

– Me alegro. Ahora espero que hayas aprendido la lección y tu comportamiento sea excelente. No quiero que se vuelva a repetir, ¿vale?

– Tranquila mamá. Muchas gracias por seguir educándome. Tengo mucha suerte contigo y bueno… con Edgar también, la verdad.

– No hay de qué, me alegro de que hayas llegado a esa reflexión. Cariño, te dejo que el concierto está a punto de empezar. Nos vemos mañana en casa. Muchos besitos. Te quiero, bicho.

– Vale, mamá. Enséñales al público la clase de mujer maravillosa que eres. Un beso. Te quieroooo.

FIN

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Mi abuelo materno II

…Aun hoy día, recuerdo como fueron aquellos primeros días y las tremendas azotainas que recibía mi mama, y yo misma. Al día de hoy, han pasado tres años y cinco meses por lo que ahora a mis dieciocho años recién cumplidos, y ser mayor de edad creí que todo ese sufrimiento habría acabado, que ya no recibiría más azotainas de mis abuelos. Había terminado el curso en el instituto y regresaba a casa después de haber estado todos aquellos meses en una residencia de estudiantes. Después de unas horas de autobús desde la capital, Madrid. Llegaba aquella pensión donde nos recogieron los abuelos la primera vez, al llegar el autobús, pude observar con alegría que mi madre ya me estaba esperando en la parada, en seguida agarre mi maleta y baje corriendo abrazarla. La abuela estaba dentro del auto, abrí la puerta del conductor para darle dos besos a mi abuela, y fue como si besara a una figura de mármol, ni siquiera me miro a la cara, solamente me hablo para decirme.

-. Sube al coche inmediatamente! En casa ya hablaremos!

-. Pero… Abuelita acabo de llegar…

-. Es que no he hablado claro? Sube al coche y no empeores más la situación!

Cerré la puerta y volviendo hacia donde estaba mama, la vi que me miraba con tristeza y me abría la puerta de atrás para que subiera.

-. Sube hija, y mejor que no hables hasta que se te mande, si no deseas empeorar las cosas…

Subí al coche sin decir nada más, pude observar como mi madre se subía delante con la abuela, y vi en ella los mismos gestos que aquel día que vinieron los abuelos a recogernos, hasta la casa de los abuelos tardamos casi dos horas en llegar, en mi mente volvió aquella imagen cuando era niña, que durante todo el trayecto fui sobre las rodillas de la abuela, recibiendo mi primera azotaina que me dolió horrores, ya que fue mi primera vez, hasta ese día nunca había recibido un solo azote. Al llegar mi madre bajo del auto, me abrió la puerta y solo me dijo…

-. Sube a tu habitación y espérame, que subiré a vestirte en breves minutos.

-. Pero mama! Acabo de llegar, tenía muchas ganas de verte a ti y a los abuelos.-.entonces vi bajar a la abuela y me hablo.

-. Niña, sube a tu habitación como dice tu madre, si no quieres que me quite la zapatilla!!!

Entonces me di cuenta de lo que ocurría, o de lo que podría ocurrirme en breve. Entonces me recordé que habrían recibido por correo mis notas, pero no entendía porque de aquellas caras largas, había aprobado el curso con buenas notas. Si de algo no tenía ninguna duda, es que si hubiera suspendido por el camino seguro que me habría castigado la abuela, pero había tenido que estudiar de firme y esforzarme todo lo posible para no suspender ninguna asignatura, pues conocía muy bien cuál hubiera sido mi castigo. No tuve otro remedio que callar y subir a mi habitación sin decir absolutamente nada más.

Una vez en mi habitación me senté en mi cama a esperar, pocos minutos después entraba mi madre en la habitación, y sin decirme nada. Empezó a desnudarme como cuando era niña, cuando estuve como vine al mundo, me observo y me hizo tumbar en la cama boca arriba. Ella se giró y salió de la habitación tal y como había venido sin decirme nada. Pude ver con espanto que mi mama, se había cambiado de ropa y que aparte de la blusa gris perla, llevaba una falda tableada de cuadros negros y aristas blancas, pero lo que me dejo estupefacta es que la falda apenas le cubría las bragas blancas seguramente de algodón, pero lo que me espanto fue que por los bordes de las bragas, se veían claramente unas marcas azuladas del cinturón del abuelo, de eso no había duda alguna, pero eran marcas de unos días, pero se le veían la parte baja de las nalgas que estaban muy rojas, así como el inicio de sus muslos, estaba muy claro que habían castigado a mama, esa mañana antes de ir a recogerme, de ahí, que la viera hacer muecas de congestión en su rostro, cuando se sentó al subir al auto.

A los pocos minutos volvió a entrar en la habitación, portando una palangana pequeña como una cubeta, extrajo una esponja con jabón y me empezó a lavar el pubis con delicadeza, dejándolo bien enjabonado, me temí en esos momentos lo que iba a continuación, y así fue. De la cubeta extrajo una maquinilla de depilar las piernas, y apenas unos minutos ya no tenía nada de vello ahí abajo, a medida que iban transcurriendo los minutos lo veía cada vez más oscuro para mí. Aquello tenía muy mala apariencia y pude imaginar que no había cambiado nada desde mi marcha al instituto. Una vez volví a estar seca mama, extrajo del cajón de la cómoda unas bragas blancas con pequeños racimos de uvas violetas, y me las fue pasando por los pies y las subió hasta mis rodillas, entonces me permitió incorporarme y me acabo de poner las bragas. Eran horribles me cubrían totalmente el culo, y me llegaban justo por debajo el ombligo. Debían de ser igual que las que llevaba mamá, e igual que las había llevado desde el fatídico día que llegamos a esa casa.

-. Mamá. Porque te ha castigado el abuelo hoy?

-. No, hija. No ha sido el abuelo, ha sido tu abuela esta mañana con la zapatilla.

-. Porque mamá?

-. Ya sabes cómo es tu abuela, no se le puede contradecir y menos replicarle.- diciéndome esto vi cómo se sobaba el culo-. No veas como me duele. A más mayor es, parece que más fuerza tiene, uuuuffff… no veas hija, que tunda me ha dado antes de salir de casa, he visto las estrellas de todo el firmamento…

-. Porque lo has hecho, sabes muy bien como es.

-. Que quieres hija. Cuando íbamos a salir de casa para ir a buscarte, tu abuela me ha comentado que debía hacerte nada más llegar a casa, o sea esto que acabo de hacer y vestirte con un vestido como cuando eras una niña. La he contrariado al decirle que ya eras una mujer adulta y mayor de edad. No veas como se ha puesto, estábamos en el porche, ya habíamos salido de casa. Y en el mismo porche, me ha bajado los pantalones que me había puesto y las bragas con ellos, y ya ves hija como me ha dejado con esa dichosa zapatilla. Cualquier día le voy a pegar fuego, uuuuffff no veas como ardeeee… bueno hija déjame que acabe de vestirte y bajas a saludar a los abuelos, antes de que suban ellos a por nosotras y las dos acabemos con el culo ardiendo.

La madre sobándose el culo sobre las bragas, pues la falda apenas se las cubría por detrás, y no le importaba hacerlo delante de su hija, pues esa misma acción había sido algo muy habitual, en ellas dos desde el fatídico día que llegaron a ella. Fue hacia el armario y extrajo un vestido rosa, volvió al lado de la hija e hizo que metiera los pies y le subió el vestido, al tiempo que la hija introducía sus brazos por las mangas, y este era ajustado a sus hombros y luego abotonado por la espalda, como los clásicos trajes de los bebes. Luego unos calcetines blancos y unos zapatos de charol modelo Merceditas, sin tacón apenas. Luego dedico unos minutos a cepillar el cabello de la hija y hacerle unas coletas, ambas al acabar se miraron al espejo. La madre con esa falda y la hija el vestido rosa, se giraron para mirarse por detrás y daban la impresión de ser dos niñas de 12 años, pues ambas llevaban las bragas a la vista, pues ambos modelos, solo les cubría hasta la mitad del trasero, dejando la parte baja de sus bragas claramente a la vista.

-. No veas como llevas el culo de marcado, mamá! Esas marcas parecen de días, no de hoy.

-. Estas, dices? Estas me las hizo tu abuelo hace una semana con su cinturón, ya sabes tú lo rápido que se lo saca por cualquier motivo.

-. Si, mamá. Lo sé muy bien. Porque…?

-. Te estas volviendo muy preguntona últimamente. Y muy descarada, no te da vergüenza preguntarle a tu madre porque le han pegado en el culo, a mis treinta y dos años? conoces de sobra que mientras estemos bajo su mismo techo, viviendo en su casa, tenemos que vivir bajo sus estrictas normas y eso significa, irnos a dormir calentitas si el encuentra cualquier causa para bajarnos las bragas y azotarnos el culo hasta que el considere que ya vamos bien servidas, más te valdría en pensar en bajar rápido a saludarles o las dos seremos castigadas, y a mí ya me duele el culo demasiado, como para que me den una segunda azotaina en el mismo día.

-. Si mama pero la curiosidad… Ya sabes… Es más fuerte que yo, mientras he estado en el instituto, hasta he echado de menos sus azotainas… Y más de una mañana me despertaba con mis braguitas… Ya sabes…

-. Hija!!! Eres una cochina!! Mira que decir que te mojas las braguitas soñando con las azotainas de los abuelos, no te da vergüenza desvergonzada?

-. Mira mamá….- María se levantó la falda de su vestido y mostró una mancha de humedad en sus bragas blancas con aquellos simpáticos racimos de uva violeta-. Solo de sentirme el Chichi así depilado rozarme en las braguitas, ya se me han humedecido, así como el hecho de tener que llevar estas horribles bragas con estos dibujitos clásicos de chiquillas, tan grandes, solo de la vergüenza ya me vienen ganas de tocarme… Y si mamá, me muero de ganas que el abuelo me ponga sobre sus rodillas….- entonces le levanto la falda a su madre con todo descaro.- Y tu mira cómo vas! también las llevas manchadas de la humedad, mamá!.

-. María, estas segura de pensar lo que me imagino? Quieres que les hagamos esperar, para que nos castigue el abuelo?.- María hizo un gesto afirmativo con su cabeza, con una picará sonrisa en sus labios-. Los sacrificios que tiene que hacer una madre! Por su hija. Porque a ti, el abuelo te dará una azotaina con la mano seguramente, pero a mí, cuando vea como llevo el culo de rojo, sabrá porque me ha castigado hoy tu abuela y a mí, me azotara con ese viejo cinturón, bueno niña bajemos ya, o nos ira mucho peor a las dos.

-. Porque te fuiste de esta casa mamá? Es algo que siempre me pregunto.

-. Hija! Porque entonces yo desconocía por completo, lo que estoy disfrutando de sus azotainas desde que volvimos a esta casa y al poco de nacer tú, entonces me di cuenta de que algo me faltaba y desconocía lo que era. Hasta que descubrí por internet páginas de relatos sobre spanking, que es como lo llaman los aficionados a los azotes, entonces empecé añorar las azotainas de los abuelos, incluso probé de buscar un spanker, que es como llaman a los que les gusta azotar a mujeres sobre sus rodillas, pero no funciono. Tú entonces tenías unos seis años, eras muy pequeña para traerte a esta casa, pues el abuelo a mí me azotaba desde que tengo memoria, y para mi entonces eran verdaderos suplicios aquellos dolorosos castigos, hasta que al quedarme en estado de ti, vi que era el momento de marcharme y vivir mi propia vida. Lo que jamás sospeche ni en mis más horribles pesadillas, que echaría de menos aquellas palizas tan tremendas, o eso era lo que me parecían. Pero con el paso del tiempo me dedique a ti en cuerpo y alma, aunque de vez en cuando me volvían deseos de ser castigada, pero estabas tú. En aquellos momentos pensaba por ti, no podía traerte a esta casa. A ti yo nunca te tuve quedar unos azotes, eras un trozo de pan. Hasta que los señores me comunicaron que deseaban volver a ver a sus hijos, me avisaron con varios meses de antelación, pero por más que busque un trabajo, no encontré ninguna casa que necesitara una mujer para doncella, o para servicio. Por lo tanto, cuando los señores se marcharon, nos quedamos en la calle y solo tenía unos ahorros, que nos permitieron vivir una temporada, pero al final no tuve más remedio que llamar a tu abuela, y rogarle si podíamos volver a casa, tuve que suplicarles a los dos que al menos lo hicieran por su nieta, si por mí no lo querían hacer, al menos que no dejaran a su nieta viviendo bajo un puente.

Entonces fue cuando me lo dijeron sin ningún tipo de tapujos, si me aceptaban debía aceptar mi castigo y no sería una simple azotaina. Casi me da un vuelco el corazón en ese momento, pues era lo que más deseaba yo, ser castigada de nuevo por mis padres y sentir arder mi trasero como nunca lo habría sentido. Si recuerdas cuando vinieron a buscarnos, al salir tú yo ya me estaba quitando la falda y bajándome las bragas yo misma, pues era las instrucciones que me habían proporcionado, primero me azoto padre, poniéndome inclinada hacia adelante bajo su brazo izquierdo con ese feo cinturón que siempre lleva, fue terrible para mí. Me castigo muy duro y madre, me sujetaba las manos por detrás de él para que no pudiera interponerlas entre su cinturón y mis doloridas nalgas, después fue madre, quien aprovechando que padre me tenía firmemente sujeta, me azoto con la vara de avellano hasta que esta se partió a la mitad, solo entonces me dejaron subir mis bragas de nuevo y volver a ponerme la falda.

Después durante el tiempo que duro el trayecto a casa de mis padres, fue horrible el escucharte llorar, muchas veces he podido disfrutar de la mano de mi madre, durante estos últimos tres años. Parece que sea de cemento, es muy pesada y dura. Nunca he comprendido como puede tener esas manos tan fuertes o ese cuerpo tan corpulento y fuerte, es tan alta como el abuelo superan con creces ambos el metro noventa, y ese corpachón que poseen, no comprendo cómo puedo ser su hija, ellos con esa altura y fuertes como robles, yo no les llego apenas al pecho con mi metro sesenta y cinco, como tú más o menos, nos parecemos mucho en estatura, no me extraña que nos hagan vestir como a niñas de diez años, para ellos es como si lo fuéramos, pues nos manejan a placer sin podernos escapar de sus rodillas como si fuéramos chiquillas.

Fue horrible escuchar cómo se escuchaban los azotes caer sobre tus pequeñas nalguitas, y escuchar como berreabas como una bebe, mi pobre niña. Por eso no quería hacerte pasar por todo lo que tuve que pasar yo en mi infancia, intente por todos los medios posibles evitarte esos sufrimientos, pero al final no pudo ser. Además por otro lado creí necesario que un poco de disciplina te iría muy bien, últimamente apenas podía contigo. Estabas en la clásica edad que las niñas se rebelan, por creerse mayores porque su cuerpo se esté desarrollando, y empezaste a suspender y faltar a clase a menudo, así como a contestarme de muy malas formas. Yo había pasado una infancia horrible y fui incapaz de enseñarte la disciplina que estabas pidiendo a gritos, y sabía que con los abuelos eso iba a cambiar, y vaya si cambiaste… Bueno pequeña bajemos al salón y no les hagamos esperar más.

Salieron de la habitación y empezaron a bajar las escaleras lentamente, María iba dos pasos por detrás de su madre, le encantaba mirar cómo se iba sobando el culo sobre sus bragas blancas, con su mano derecha, mientras la izquierda la llevaba apoyada en el reposa manos de la baranda de la escalera. Apenas habían bajado una docena de escalones, y comenzaron a divisar las piernas de los abuelos, seis peldaños después ya veían a la pareja de ancianos sentados en unas sillas con respaldo alto, uno frente al otro sobre la mesa, ya habían comenzado a comer, algo que no sería un buen presagio. Estaba claro que no las estaban esperando a las dos, para sentarse a comer. Los platos humeaban ya puestos en su lugar donde debían sentarse ellas, el enfado por la tardanza era obvio en sus rostros. Estaban muy enfadados, pues era una norma inviolable estar a la mesa todos sentados a la hora designada y bajaban diez minutos tarde, por menos tiempo ya hubieran sido caldeados sus traseros cualquier día de la semana.

Al estar frente a la mesa, se quedaron esperando que las autorizaran a sentarse, pero las miradas de ambos ancianos estaban en ellos mismos, hablaban entre ellos como si ellas no estuvieran allí. Su tono de voz, hizo que ambas empezaran a preocuparse. María ya no estaba tan segura de que desease recibir una azotaina, ahora sus sentimientos la traicionaban y sus deseos primitivos, se habían convertido en un claro temor a lo que se presagiaba.

Entonces fue cuando se dieron cuenta, a su izquierda había una silla colocada aislada de todo mueble, sobre todo algo que había sobre el asiento de la silla, las dejo a ambas estupefactas. Allí estaba el viejo cepillo de baño de mango largo, de madera. Apoyado sobre su parte plana, con sus cedras para arriba. Susana, con cara de espanto se llevó sus manos a su trasero, lo acaricio con suavidad, y estiro hacia abajo el elástico de sus bragas blancas, como si pretendiera asi cubrir más superficie de sus nalgas, y que estas, quedaran más protegidas para lo que en breve espacio de tiempo, iba a suceder. Miro a su hija María, pudo leer en sus ojos el miedo que sentía. Sus miradas se cruzaron observando la madre, que su hija ya no mostraba su seguridad de momentos antes en la habitación, ahora era una mirada de preocupación y de miedo. Igual que hiciera la madre, María por instinto se cubrió su trasero con las manos, ella al estar a la derecha de su madre, tenía enfrente de ella al abuelo. Sin que el abuelo la pudiera ver, muy disimuladamente estiro el elástico de sus bragas, bajándolas un par de dedos y cubriera más sus nalgas. Pero este hecho no pasó desapercibido como esperaba y el abuelo les dirigió la mirada a ambas.

-. Que María! Esta es la manera de saludar a tu abuelo, después de todo este tiempo sin verme? Crees que es la manera apropiada de presentarte en esta casa! Y por si fuera poco, el hecho que no hayas venido a darme un par de besos, nada más bajar por esa escalera. Qué ocurre? Que sabes que has cometido una imprudencia al no bajar antes? Tu abuela y yo hemos estado esperando que bajaras a saludarnos, y en vez de eso. Te has quedado arriba en tu habitación hablando con tu madre, por lo visto tenías mucho que contarle. Aun conociendo la disciplina de esta casa, y lo importante que es la buena educación. Esa conducta no es la que has aprendido en esta casa, nosotros siempre te hemos dado el trato que se debe, para que una adolescente se comporte como es debido ante sus mayores, cierto que somos muy estrictos aplicándoos los castigos pero es por vuestro propio bien, para vuestra buena conducta, si no os comportáis como se espera de vosotras no se os va a permitir esa falta de educación y mal comportamiento con vuestros mayores, y eso puedes estar segura jovencita que en esta casa no se te va a tolerar. No puedo imaginar que educación te han dado allá a dónde has ido a formarte, para tener un futuro con más seguridad, por lo visto no te han enseñado a respetar a quienes se ha preocupado por ti.

En la regañina del abuelo, se entrometió la esposa, madre, y abuela;

-. Y tú! Susana que te había mandado yo que hicieras? Que subieras para arreglar a tu hija, para que estuviera presentable para bajar a saludar a su abuelo, y que es lo que haces desvergonzada! Quedarte hablando, y desobedeciendo. Y tú, sabes muy bien qué ocurre si no estáis en la mesa a la hora de comer. Esa desobediencia vuestro abuelo os va informar sobre ello cuando terminemos de comer, ahora desvergonzadas, que ya hemos visto como os cubrís el culo con vuestras bragas, sabed, que seréis castigadas con las bragas bajadas las dos, así que… quiero ver vuestras bragas bajadas por encima de vuestras rodillas, ya!!!

Madre e hija, introdujeron sus manos bajo sus faldas, levantándose las mismas, ya que para poder coger el elástico de la cinturilla de sus bragas, al ser de cintura alta, ambas pasaron la vergüenza de mostrar sus bragas unos instantes, hasta que las hicieron descender por sus muslos hasta dejarlas sobre sus rodillas.

-. Bien niñas! Ahora daos la vuelta para dejarnos comer tranquilos, y poned vuestras manos sobre vuestra cabeza…

-. Veo que a tu hija las has calentado el culo hoy, que ha hecho esa desvergonzada esta vez…?

-. Tu hija aún no ha aprendido que es una falta muy grave, contradecir a sus mayores, cuando se le manda que haga una tarea…

-. Ya veo que le has puesto el culo como se merece, nada comparado con la que le voy a dar yo en breve… aprenderá que se debe respetar las normas de esta casa, y que a su madre no se le falta el respeto, aunque yo no esté presente para castigarla, debe obedecer a su madre siempre.

A Susana sin atreverse a girarse, las lágrimas le descendían por sus mejillas. Había hecho mal, no debía haber hecho caso a su hija, ahora se arrepentía. Pues con sus padres no se podía jugar, siempre han sido muy rigurosos a la hora de aplicar la disciplina, y si no la hubiera hecho caso, no estaría ahora en serios problemas.

Madre e hija se miraron, ambas tenían los ojos llorosos. María, miraba a su madre con compasión, la había metido en un buen lio. Y se sentía culpable por ello, pues esto no era lo que hubiera deseado, y menos aún, hacer que castiguen a su madre por su culpa, pues ella la había advertido. Que si el abuelo averiguaba que le había contestado a la abuela, por esa indisciplina seria castigada más severamente. Pero el cinturón hubiera sido aceptable, duele por supuesto, pero no había comparación con lo que puede resultar una azotaina con el cepillo…

Habían terminado de comer y hecho el café. El abuelo había subido con la abuela a su habitación, a dormir la siesta. Mientras ellas continuaban en el centro del salón, de pie con las manos sobre la cabeza. No sentían ya sus piernas del tiempo que llevaban así castigadas y expuestas, sus brazos estaban cansados y aunque sabían que estaban solas, no se dirigieron palabra alguna, pues no había palabras que pudieran expresar como se sentían. Solo pensaban en lo que les esperaba en pocos minutos, pues ya no podía tardar en bajar el abuelo a ocuparse de ellas como había prometido hacer.

El abuelo era así, sabía que estarían apesadumbradas, y que la espera para que les llegase el turno de ser castigadas, las tendría en vilo todo el tiempo. Sabía que no había peor castigo que hacerlas esperar, por eso habría la puerta de la habitación saliendo al pasillo del piso de arriba, caminando por él, de un extremo a otro. Ellas en sus cerebros se activaba la extrema preocupación, pues pensaban que había llegado el momento y sus nervios se erizaban el vello de sus brazos, así como en otras partes que llevaban horas al aire, si los hubieran tenido. Y al poco tiempo volvía a encerrarse en la habitación. Al poco escucharon de nuevo abrir la puerta, los pasos se escuchaban por el pasillo del piso de arriba, luego bajaban las escaleras, esta vez si había llegado el momento de que el abuelo las colocara sobre sus rodillas, los pasos los escuchaban detrás de ellas, pero se mantenían impasibles con la mirada al frente, si hubieran girado sus cabezas no hubiera sido nada agradable para ellas, y lo sabían.

-. Lleváis mucho tiempo con las nalgas al aire, vais a coger frio.- era la voz de la abuela, y le subió las bragas a su nieta, ajustándoselas en la cintura. Y dándole un cariñoso azote en el culo, la hizo darse la vuelta.- no vas a dar un beso a tu abuelita pequeña? Perdona lo de esta mañana, estaba enfadada por lo de tu madre.

Se abrazaron las dos efusivamente, y le dio varios besos a su nieta, la cual con una gran sonrisa se abrazó a la abuela. Entonces después de tan intenso abrazo, ambas se separaron, mientras la abuela le ponía las manos sobre los hombros, y su alegre rostro cambio por un semblante muy serio.

-. Bien mi pequeña, ahora sube a tu cuarto. Tu abuelo te está esperando.- soltó a la nieta y esta se dirigió hacia las escaleras, cuando sintió en sus bragas un fuerte azote en el culo propinado por su abuela.- ves rápidamente, mejor que no le hagas esperar está muy enfadado porque ya, en tu primer día, te tenga que pegar en el culo tu primera azotaina el mismo día que has llegado.

Desde las escaleras María se detuvo un segundo para mirar, y vio a su abuela que la seguía con la mirada, mientras su madre continuaba en la misma posición, con las manos sobre la cabeza y las bragas bajadas por encima de las rodillas. Desapareció escaleras arriba y poco después se escuchaban unas voces que regañaban a la pequeña, poco después desde abajo se escuchaban azotes, eran muy fuertes pues se escuchaban perfectamente desde abajo en el salón, y con un sonido muy nítido de que la azotaba en el trasero desnudo, unos segundos bastaron para oír como rompía a llorar desesperadamente, sus gritos de dolor se escuchaban después de cada azote, desde abajo madre y abuela no podían ver nada, pero el ruido de lo que sucedía en la habitación de María, era tan nítido y claro, que parecía que estuviera en el mismo salón. Poco después solo se escuchaba llorar desconsoladamente, pero ya no se percibían el sonido de los azotes. Unos pasos rompieron el sonido de fondo de los lloriqueos de María, cuando estos se escuchó que bajaban la escalera, Susana se puso a temblar, los gritos de su hija la habían hecho mella, ahora al escuchar los pasos detrás de ella hizo que sus sentidos estuvieran al acecho.

-. Ahora vamos a ajustarte las cuentas a ti desvergonzada.- al oír esto, sintió Susana como era agarrada por el lóbulo de su oreja derecha, y tiraban de ella en dirección donde había visto la silla con el cepillo. Trastabilló un par de veces hasta verse arrojada sobre las rodillas de su padre.- te voy a enseñar yo cuando se come en esta casa!!! Y donde debe estar tu culo sentada a esa hora, que te has creído desvergonzada, que puedes hacernos esperar en la mesa a que tú y tu hija, bajéis a comer cuando queráis!!!

Los azotes del cepillo no tardaron en caer con fuerza sobre sus nalgas desnudas, al colocarla sobre sus rodillas, su falda se le había levantado por sí sola, dejando su culo desnudo bien expuesto al severo castigo. Los azotes caían implacables, en el mismo centro de cada nalga, las lágrimas descendían por sus coloradas mejillas, antes ya de sentirse así misma sobre el regazo de su padre, la espera la había sensibilizado tanto, que al sentir el dolor en el lóbulo de su oreja, ya se puso a llorar, por lo tanto al sentir los cepillazos en su culo, solo la hicieron llorar con más ímpetu, en apenas un minuto habían caído en sus nalgas alternativamente, mas de cuarenta o cincuenta azotes…

-. Basta padre!!! Basta padre!!! No lo volveré hacer… Basta padre!!! .- llorando sin tregua, consiguió dejar salir de su garganta esas palabras pidiendo que parase de azotarla, era tal el ardor de su trasero, que ya no pudo suplicar más, y solo llorar…

Sus brazos suspendidos en el aire aleteando sin control, buscaban la forma de llevar sus manos a su trasero, pero los azotes tan seguidos en su ya maltrecho trasero, apenas podía intentar aferrarse a lo que fuera… sus piernas por el contrario se arqueaban en cualquier dirección sin rumbo fijo, sus bragas blancas habían bajado por sus piernas hasta sus tobillos y se aferraban a estos, enganchadas en la pequeña hebilla de sus zapatos, de tal forma que no la dejaban separar sus piernas, ya que parecía que hacían de fuelle, y le resultaba imposible separarlas, por lo cual sus muslos semi abiertos, mostraban su sexo mojado, al igual que sus piernas también mojadas, como la pierna derecha del pantalón de su padre, pues su vejiga al llevar tanto tiempo parada, tener sus piernas casi dormidas, apenas pudo dominar su control, por lo que acabo haciéndose pis.

-. Será sinvergüenza!!! Mira a tu hija! Se ha meado la muy cochina, mira como me ha puesto el pantalón, ahora veras marrana!!! Te voy a dejar el culo en carne viva por esto… no podías haberle pedido a tu madre, que te dejara ir al baño? Si tenías que ir!!!

Los azotes siguieron cayendo sobre su pobre culo indefenso, la vergüenza de haberse orinado sobre las rodillas de su padre, fue tan grande que se quedó quieta de la vergüenza, si hacer nada por escapar a la terrible azotaina, la azotaina aún se prolongó unos veinte minutos más, cuando por fin el padre se detuvo, sus nalgas estaban muy maltrechas, había sido la peor azotaina de su vida, pues en esos momentos no pensaba en otra cosa, que en el intenso ardor de sus nalgas, que se encontraban en un estado lamentable, muy muy rojas, un rojo morado intenso, muy intenso.

Con la indignación del padre, la llevo arrastras hasta el rincón, donde la hizo colocarse de rodillas y las manos sobre la cabeza. Pero apenas la dejo, cayo hecha un ovillo de costado en el suelo, no cesaba de llorar del intenso dolor en su pobre trasero. Aunque el padre la vio que no mantenía la posición, no hizo nada por que ocupase la posición de castigo de nuevo. Se hacía cargo de lo mucho que debía de dolerle el trasero, había sido una azotaina de las más severas que le había dado en la vida, el hecho de que se orinara encima, le hizo perder el control. Se acercó a su esposa…

(Continuara…)

De; juanspanker88@hotmail.es

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Castigada por mi novio

Hola, voy a comenzar diciendo que me llamó María, y mi novio Hector, vivimos juntos en Bogotá, Colombia hace al rededor de tres meses. Yo soy castaña, mido 1,70 y tengo 17. Él es un poco más alto que yo, morocho y tiene 27.

Todo comenzó un día que estábamos ahí conversando, y mi novio ya hace tiempo venía diciendo que me tenía que corregir, por lo tanto me dijo que teníamos que implementar un método de castigos para cuando me porté mal o me saque malas notas. Yo no entendía mucho lo que quería decir pero me interesó mucho. El intento explicarme pero yo aún no entendía, entonces me tomo la mano, me llevo a la habitación y se sentó en el borde de la cama.
Hector: María sácate el jean y las bragas
Yo lo miré atónita y me quedé inmovilizada por un minuto que me pareció eterno. Él se levanto, se acercó a mí, me bajo el jean y luego las bragas hasta la pantorrilla. Sin decir nada me tomo y me coloco en su regalo, boca abajo, dejando mi cola totalmente expuesta. Ahí recién entendí de que castigo estaba hablando. Yo estaba totalmente mojada ya que cual tipo de contacto con su piel me pone a mil.
Plaf! Siento que cae su mano fuertemente sobre mis nalgas, tuve que apretar los dientes para no gritar, al segundo caen dos más súper fuerte en diferentes lugares de mi cola. Me dolió muchísimo pero quede súper caliente.
Héctor me empezó a hacer mimos para que se me pase el dolor y me dijo “Mi vida, esta vez son solo tres porque no haz hecho nada malo, solo te estaba mostrando, pero ni bien te portes mal, te voy a nalguear hasta que me duela la mano”
Dicho eso nos quedamos un rato juntos sin decís nada.
El resto del día transcurrió con normalidad

Al día siguiente estábamos charlando amenamente, cuando me decidí a decirle: “Hector, te acordas aquel escrito que me te dije que me había ido medio mal”
Héctor: si, por?
María: mmmm me dieron la nota, me saque 4
Héctor: vale, lo arreglamos de noche
Todo estuvo bien, pasamos el día, cenamos y cuando nos fuimos a acostar yo ya no recordaba lo ocurrido, hasta que veo que él se sienta en el borde de la cama.
Héctor: María sácate el jean y las bragas ahora y sentate como lo hiciste ayer
Dijo en modo de orden
Yo con algo de miedo lo hice automáticamente
Cuando ya estaba en esa humillante posición como si fuera una cría, ya me dolía sin que me hubiera pegado la primera nalgada, pero también me sentía totalmente caliente de no podes hacer nada para evitar lo que venía
Antes que me diera cuenta callo la primera nalgada, intente mantear la compostura pero después de las diez primeras le pedí por favor que parara, que ya había entendido, que iba a estudiar más
Héctor me ignoro completamente y siguió nalgueándome como por media hora más, mientras tanto yo gemia suplicándole que pare
Cuando terminó yo estaba totalmente adolorida y me árida muchísimo pero también estaba muy mojada, me encantaba este nuevo Héctor autoritario.
Héctor: vamos a dormir, ya es tarde y mañana tenemos que madrugar

Cuando ya estábamos acostados platicado, le dije:
María: che, cuanto era que te dije que me saque en el escrito?
Héctor: 4
María: aaaa me confundí, me saque 8
Héctor: que dijiste María? Me mentiste?
——–silencio——–
Héctor: esto no lo vamos a poder arreglar con nalgadas
Se paró, prendió la luz de la habitación, me ordenó quedarme quietecita, salió de la habitación y volvió a los 5 minutos con una cinta paro en la mano. Me ordenó desnudarme y poner las manos detrás de la espalda y me dio varias vueltas con la cinta hasta que quedaron inmovilizadas.
Héctor: esto te lo ganaste vos sola mintiéndome, así que no quiero ni una queja de tu parte
El me tumbo boca arriba y me abrió las piernas a la fuerza, yo todavía no sabía que me esperaba. Hasta a que me dio un azote muy fuerte en mi parte delantera. Me dio 15 más fuertísimos que me dejaron palpitando del dolor y una lagrima me caía por la mejilla. Yo me moría de vergüenza y le pedía que parara y luchaba intentando cerrar las piernas.
Cuando me alivie porque pensé que había terminado me di cuenta que lo peor no había llegado.
Me volvió a abrir las piernas pero para mí total sorpresa me empezó a hacer sexo oral, yo no entendía nada pero lo estaba disfrutando muchísimo, me retorcía y gemia bajo su boca; me sentía totalmente extasiada, estaba a punto de venirme cuando paró. Entre jadeos le pedí que por favor siga, que ya casi terminaba. Semi me ignoro y dejó pasar 10 minutos
Antes de volver a hacerme sexo oral me dijo: “hoy no tenes permitido venirte”
Volvió a hacerme llegar al climax y en ese momento se detuvo. Le supliqué que siga, que me la meta por favor
María: Hectoooor, por favor, metemela, quiero sentirte.- dije como una niña chiquita suplicando
El me ignoro y volvió a dejar pasar 10 minutos
Repitió ese proceso durante un rato hasta que se dio cuenta que si lo volvía a hacer me iba a venir.
En ese momento se fue de la habitación y me dejo sola con mi calentura y las manos inmovilizadas.

Gracias por leerlo, por favor mándenme sus comentarios y/o anécdotas a mi mail
relato.caliente@outlook.com

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Introspectiva

Autora: María Tersuer

En que líos me meto, sí ya sé que me diréis que me la he buscado, que si sé como va a reaccionar Carlos por qué me empeño en hacer el tonto a todas horas, y hacer que le hierva la sangre, pero ¿qué queréis que os diga?, la verdad que no sé que decir para disculparme ante mi forma de portarme, solo puedo alegar a mi favor que me gusta poner mi culo en peligro y que no sé vivir si de vez en cuando me llevo mis buenos azotes.
Pero sé que esta vez me van a doler mucho más de lo que es habitual, me he pasado, bueno me paso casi siempre, son cosas sin importancia, que puede provocar si está de buen humor una sonrisa en su cara, aunque después en casa me enseñe a través de unos cuantos azotes sobre sus rodillas la forma en que se tiene que comportar una señorita como yo.
Pero esta vez he ido más allá, he traspasado la frontera de lo que es una simple travesura a ser una gamberrada, y lo malo que el blanco de mis “bromitas” es el director general del Hospital Central, es decir su jefe inmediato. Y he puesto en peligro su puesto de trabajo.
Ahora debe estar recibiendo la gran bronca, y deshaciéndose en disculpas, todo por mi culpa. Me lo imagino haciéndose cada vez más y más pequeñito mientras el otro se crece y a medida que está recibiendo la bronca está pensando en la forma en que se va a cobrar lo que hice. Y andará pensando en cuantos azotes me va a dar y con qué, estará pensando ahora mismo que me merezco lo que más duele, es decir la vara de rattan, la temida vara de rattan.
Y todo esto lo estoy pensando castigada en mi habitación, mientras espero a que el llegue, la orden ha sido clara: Vete a casa y espérame en tu habitación, nada de tele ni de ordenador, ni de música, medita lo que has hecho y piensa en lo que te espera. Y en eso estoy, pensando tal como me ha ordenado…
Creo que oigo sus pasos subir por las escaleras… si es él, os dejo, no quiero que se enfade y hacer que sea peor el castigo, cuando pueda os contaré que pasó desde que él entró por la puerta.
Bueno, aquí me encuentro, y tal como os prometí (pero que el no se entere) os voy a relatar lo que ha pasado hace un rato, permitidme que coja un par de mullidos cojines y me acomode bien en la silla…. Auffff…. Jooo como escuece, si ya sé que me lo merezco y que tal vez penseís que se ha quedado corto, que si vosotros hubieseis estado en su lugar no me podría sentar en semanas… pero quizás si estuvieseis en su piel habríais reaccionado igual que él o no, eso no se sabe.
Como os iba a contar cuando Carlos llegó a casa yo estaba encerrada en mi habitación, supuestamente meditando sobre lo que hice, comiéndome las uñas (espero que no se le ocurra revisar mis manos, es una cosa que odia sobremanera). Entonces el me llamó ordenándome que fuera hacia su despacho, y rapidito, que no me entretuviera por el camino, puesto que el horno no estaba para bollos, y que fuera bien dispuesta a aguantar todo lo que él quisiera hacerme, sin protestar ni un poquito. ¡Si Maria sí, te lo has ganado con creces! Me iba diciendo a medida que me acercaba a su despacho.
Una vez dentro, me mandó que cerrara la puerta de doble hoja, y que me dirigiera detrás de su escritorio para coger una silla y ponerla delante de él, puesto que desde detrás del escritorio no tiene suficiente sitio para poder azotarme con comodidad. Puse la silla donde el me indicó, todo eso con la mirada baja y esperé nuevas ordenes de él. Tengo asumido que no puedo hacer ni el más mínimo movimiento si el no me lo ordena, así que tengo que quedarme quietecita esperando solícita sus ordenes.
Al cabo de unos minutos, que a mí se me hicieron eternos, me ordenó que me desnudara completamente de cintura para abajo, no siempre me azota con el culo al aire, sólo si él considera que  la falta ha sido grave, cosa que era en este caso. Así que me quité los zapatos merceditas que llevaba, para acto seguido sacar mis pantalones de mi cuerpo, luego los calcetines y finalmente las braguitas, todo eso lo deposité encima de su escritorio, bien dobladito y pobre de mí que se me ocurriese dejarlo tirado por el suelo, porque una de las cosas que odia Carlos es el desorden, se pone de muy mal humor cuando ve algo fuera de su sitio y más todavía si está enfadado por algún motivo.
Cuando acabé de realizar la orden que me había dado, me pidió que le mirara a los ojos, me costó mucho hacerlo, mi mirada sin querer se iba a la alfombra que tenía bajo mis pies, y empezó a recriminarme mi comportamiento de la mañana, y hablar de lo que había pasado después con su jefe, la bronca que había recibido, la amenaza de ser despedido, cosa que al final y gracias a Dios no fue así, porque Carlos es muy buen médico y tiene mucho prestigio en nuestra provincia, pero sí que le han suspendido de sueldo durante dos meses.
-¿Te das cuenta María lo que has conseguido con tus locuras?-  Me preguntó en tono tranquilo y conciliador- Si ya sé que no puedes evitarlo, que eres demasiado activa, que ya haces la acción antes de que se te pase la idea por la cabeza y te dé tiempo a meditar, pero espero que después de lo que te va a ocurrir en unos momentos pienses, pienses por tu bien y por el mío el alcance de tus actos y que si por un segundo ves que la cosa se te puede poner negra, evites que volvamos a llegar a esta situación. Así que mi niña ya sabes como tienes que ponerte para recibir tu merecido.
De sobras lo sé, sé como tengo que ponerme para recibir mi merecido desde que Carlos y yo empezamos a salir, lo que no me explico es como podemos llevar tanto tiempo juntos, un señor tan serio como él, tan metódico en su trabajo, en sus actos, con una cabra loca como yo, que no me tomo nada en serio, que de todo hago un chiste. Más de una vez me he hecho esa pregunta introspectivamente, hasta que un día armándome de valor me atreví a preguntarle:
-Oye Carlos, ¿Qué es lo que te lleva a aguantarme? No nos parecemos en nada, somos bien diferentes.
Y me contestó:
Me gustas mucho María, eres la chispa de mi vida, aunque seas un bicho, que sé que no lo haces a mala leche, pero eso me lleva a corregirte, cosa que me encanta y que me he acostumbrado de tal manera, que no podría vivir sin ello.
Como iba contando, Carlos me ordenó que me pusiera en sus rodillas de forma que mi culo quedara bien alto y bien ofrecido para recibir la lluvia de azotes que pensaba propinarme, cuando lo hago debo apoyar los pies y las manos en el suelo, y no puedo separarlos de él, ni tratar de moverme, tengo que aguantar estoicamente todos y cada uno de los azotes, y sin quejarme demasiado, él es de la creencia que si soy tan valiente como para hacer diabluras, debo ser tanto o más valiente para asumir el castigo que por mi comportamiento me he ganado a pulso, y si se le ocurre (cosa que es bastante frecuente) castigarme sin privilegios, como por ejemplo quedarme sin internet,  o sin salir con las amigas durante una temporada, no quiere que ni se me ocurra pedirle o preguntarle cuando me levantará el castigo, cree que si me comporto como una cría malcriada, debo ser tratada como tal.
Una vez acomodada en sus rodillas, Carlos empezó a azotarme con la mano abierta y cogiendo impulso desde lo alto de su cabeza, yo mientras iba notando como el culo me ardía cada vez más y como tenía ganas de empezar a quejarme y a llorar, pero debía aguantar fuese como fuese, sin gritar, sin moverme, solo concentrándome en tratar de tragar las lágrimas que estaban a punto de fluir por mis ojos. En el primer castigo que me propinó me puse a llorar mientras me reñía y me anunciaba que es lo que me iba a pasar momentos después, y mirándome a los ojos con semblante serio y voz severa me dijo: Guarda tus lágrimas para después, te va a hacer falta.
Notaba mi culo cada vez más caliente, y las lágrimas a punto de brotar de mis ojos, cuando Carlos paró y me ordenó que me pusiera en el rincón entre la librería y la puerta, con la nariz bien pegada a la pared, pero me espetó: “Todavía no hemos acabado pequeña, voy a buscar la vara, espérame ahí quietecita sin moverte ni un tantito”.
UFF la vara, la temida vara, eso sí que me da miedo, solo la usó una vez conmigo, y creerme que desde ese día he procurado no liarla a lo grande para no ganarmela de nuevo, si hubiese pensado en la vara, seguro que me había frenado antes de cometer el error y ahora no me encontraría aquí mirando a una pared vacía con mi culo rojo, esperando a que me lo ponga a rayas.
Los minutos se me hacen eternos, quiero que pase ya este infierno que me corroe por dentro, que me dé los varazos que crea que merezco, empieza a dolerme el estomago, mi traquea se cierra, me cuesta tragar saliva y mis ojos parpadean sin control, tal es el estado de nervios que tengo, no hay escapatoria posible, ni que me arrodillase delante de él y le suplicara perdón, ni que le jurara delante de la Biblia o el corán que voy a ser un modelo de chica, que va a estar orgulloso de mí y que no le voy a dar motivos para ni que siquiera tenga que reñirme, ni por esas me voy a librar, cuando toma la determinación de castigarme no hay nada que le detenga, así que, cuanto antes pase mejor.
Oigo la puerta abrirse, y la voz de Carlos que me ordena que me dirija hacía el sofá y que coja dos cojines de encima de el y que los ponga encima de la mesa, y que luego apoye mi barriga en ellos y que intente alcanzar el otro extremo con mis manos, la cabeza la quiere bien baja, de forma que no pueda ver nada de lo que pase a mi alrededor, nada de ver solo sentir. Obedezco y tal como el me ha ordenado apoyo mi estomago en los cojines y bajo mi cabeza de forma que lo único que veo es el barniz de la mesa.
Serán 60 azotes María uno por cada día de sueldo que no vamos a ingresar por tu culpa, así que cuentalos y dame las gracias por cada uno de ellos. El primer azote llega sin esperarmelo… zasssss uno gracias….. zasssssss dosss auchh graciass….treintaaa ufff por favor ya no puedo más que acabe ya este infierno, se toma un descanso, me toca el culo con sus manos grandotas, como tratando de saber que temperatura ha alcanzado… zasssssssss continua… treinta y uno graciasss  digo hipando… todavía me queda unos cuantos, no se si aguantaré, no soy tan valiente como pensaba, debo tener el culo morado lleno de verdugones… zassssssssss cincuenta, creo que voy a desmayarme de un momento a otro…. Zassss cincuenta y cinco… parece que note menos el dolor, mi culo debe estar anestesiado …. Zassssssss sesenta… gracias Señor..
Levántate y mírame a los ojos me ordena. Bien Maria, me sigue diciendo, como son dos meses lo que voy a estar sin ingresar ni un solo duro de la consulta por tu culpa, van a ser dos meses que vas a estar castigada, privilegios cero, ya sabes, ni internet, ni tele, ni llamadas, ni salidas, ahora vete a tu habitación y piensa en ello.
Así que ya sabeis voy a cerrar el ordenador antes de que llegue de hacer un recado, si no me veis en este tiempo no me ha pasado nada, solo que estoy castigada.
Fin
Tersuer  22 noviembre 2005

 

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Un solo motivo…

Autor: Selene.

Para Xana

…Se había convertido en el centro de su universo, lo único que realmente llegaba a importarle y hacerla feliz. Cada momento a su lado era único y los recuerdos la acompañaban durante mucho tiempo después de que cada uno de ellos se marchara tras los días de placer compartido.

Cuando llegó a él, solo era una mujer caprichosa que había perdido el norte y a quien no era posible dominar y ahora se sentía única entre miles, distinta entre iguales y apreciada como un escaso bien que tenía el justo valor que él había sabido imprimirle con su extraña relación.

No podía explicarse a sí misma sus reacciones en los últimos meses y como desde que conoció a aquel hombre su vida estaba cambiando, se había transformado en un remolino que no podía controlar y sin embargo el movimiento la hacía sentirse plena y feliz.

Él descansaba sobre la cama, desnudo, tranquilo, mirando a través del balcón cómo las luces del atardecer se iban apagando mientras daban paso a una hermosa y cálida noche. El ruido amortiguado de los coches que transitaban la avenida más que molestar contribuía a adormecerle mientras repasaba mentalmente lo ocurrido unos momentos antes.

Al otro lado de la pared, el agua de la ducha llevaba corriendo unos minutos y la imaginaba desnuda enjabonando su cuerpo y dejando caer el agua tibia sobre sus nalgas mientras enjuagaba su pelo. El mismo pelo casi dorado que minutos antes él había apartado de su nuca para besarla en el cuello…

La nitidez de los recuerdos le hizo volver a sentir una erección y sonrió mientras se daba la vuelta para disfrutar de las escenas fugaces que se estaban fijando en su mente con el mero hecho de rememorarlas en ese instante.

Una vez más ella había comenzado a besar su boca y la sentía estremecerse entre sus brazos con cada una de sus caricias. Recorrió su cuerpo con los labios, bajando por el cuello hasta su pecho mientras la sentía gemir de placer, ahogando levemente los profundos suspiros que escapaban de sus labios entreabiertos. Los ojos cerrados, ausente en la inmensa entrega que comenzaba en ese mismo momento con una pasión no sentida por ninguno de ellos hacía mucho tiempo.

La recorrió por completo, sintiendo como ella se excitaba cada vez más y como sus gemidos se iban haciendo cada vez más intensos. Agarró su pelo con firmeza haciéndola echar hacia atrás la cabeza para dejarle libre el acceso a su cuello, mordiéndola, deslizando su lengua hasta su pecho, llenándola de besos mientras ella se dejaba amar en el silencio interrumpido por el sonido del placer para después ser ella quien le besara con toda la pasión que sabía imprimir a cada instante juntos.

Se recreó en cada movimiento de ambos al desnudarla despacio, con la sensación de estar desenvolviendo un regalo dentro del cual le esperaba una sorpresa, hasta poder mirarla tapada tan solo por aquel conjunto de encaje blanco bajo el cual solo quedaba su sexo, húmedo ya con total seguridad a juzgar por el placer que ella expresaba en sus movimientos y su mirada.

Arqueaba la espalda en una tensión infinita, mientras él, con sus dedos iba recorriendo todos sus rincones acompasado por el movimiento de sus caderas justo antes de tumbarse y recibirla a ella abierta sobre su cuerpo, penetrándola, haciéndola gritar de placer en cada uno de los movimientos acompasados con los que se deshacía en un momento único que él no hubiese querido que terminase nunca.

Una vez alcanzado el clímax, con la piel aún tibia, la respiración jadeante y los ojos con ese brillo intenso que le quedaba tras lo momentos más intensos, ella se acercó a su oído, murmurándole, provocándole, recordándole que era una chica traviesa con muchas cosas pendientes con él. Y sí que lo era, la más caprichosa y rebelde que había conocido, pero en ese momento solo quería acariciarla. Ella siguió insistiendo, haciendo sonar el timbre de su voz mucho más infantil e inocente… pero él no sentía deseos de seguir el juego, solo quería abrazarla y sentirla suya en ese instante.

Casi parecía vencida en su empeño cuando adoptó la actitud de niña desobediente que tanto le excitaba a él y que le hacían desear ponerla en sus rodillas y sintiendo como crecía en él un fuerte anhelo de azotarla la tomó con fuerza de las muñecas atrayéndola hacia él, provocando en ella una falsa resistencia mientras él la asía con más fuerza, sabiendo que solo era una forma de alargar el momento de dar comienzo a su juego.

Sobre sus rodillas la tenía voluntariamente indefensa, era su spankee, la mujer con la que compartía un sueño y empezó a azotarla sobre las braguitas, buscando los lugares menos cubiertos por ellas, bajando con sus azotes hasta el lugar que marcaba el final de las nalgas, donde ella más se movía al recibir los azotes expresando verdadero disgusto y así, la nalgueó durante largo rato antes de bajarlas finalmente y observar el contraste entre el blanco que él retiraba y el rojo de las nalgas.

Mientras subía la intensidad de los azotes, alternaba con caricias sobre la piel cada vez más caliente, buscando con sus dedos la humedad del sexo que él veía con absoluta libertad en esa postura, explorando con sus dedos y haciéndola debatirse nuevamente entre gemidos. Azotándola una y otra vez subiendo más y más la intensidad para sentirla tan suya que jamás hubiera imaginado sentir eso con una mujer en sus rodillas…

La azotó sin descanso hasta que la escuchó llorar… apenas un sollozo al principio, creciendo en intensidad según él seguía azotándola con la palma de su mano que caía rítmicamente sobre las nalgas desnudas provocándole aquella sensación de bienestar tan intensa tras lo cual la incorporó para sentarla en sus rodillas, las mismas que un momento antes habían servido para deleitarse con ella en esa ceremonia tan íntima que ambos compartían hacía tiempo. Le secó las lágrimas, besó sus ojos, sus mejillas y luego sintió que debía decirle algo que había rondado su mente unos minutos antes: “Cada vez me cuesta más azotarte sin motivos, estoy empezando a quererte demasiado”.

Ella recuperó su altivez innata, le miró a los ojos y le dijo algo que si bien él sabía que no era más que una estrategia para mantener su deseo por azotarla, se le clavó de alguna forma en el centro de su pecho al escucharla decir: “¿Quieres un motivo? voy a darte uno solo… si tu no lo haces, habrá otro que lo haga”. Suficiente estímulo para actuar como lo hizo de inmediato, depositándola sobre la cama, justo encima de los almohadones y azotándola con el cinturón hasta que ella suplicó que parase empezando a arrepentirse de las palabras que acababa de pronunciar. Y ahora, él reposaba cansado sobre la cama, después de haberla poseído con furia y ella se envolvía en una toalla frente a él, con las nalgas aún rojas en las que las bandas que había dejado el cinturón se distinguían nítidas aún y les harían recordar durante toda la noche que ambos eran lo que eran y eso, nunca podían olvidarlo.

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Memorias de un spankee III

Autor: Cars

Es extraño, los giros que da la vida. Pareciera que no te mueves, que los cambios son lentos, espaciados y lógicos, pero cuando echas la vista atrás, estás muy lejos del lugar del que partiste, y ese lugar en el que te hayas no es ni por asumo en el que soñaste estar. Esa es la sensación que me invade cada vez que echo la vista atrás y veo donde estoy, apenas dos años y medio después de aquel primer encuentro con ella.

Cuando veo mi reflejo en cualquiera de los cientos de escaparates que me rodean, no me reconozco. Sé que soy yo, pero no soy capaz de ver ni un rastro de aquel que fui. No quisiera que entendieran estas reflexiones como una declaración de arrepentimiento, ¡en absoluto! Pero sí que lleguen a vislumbrar aun cuando fuere solo un ápice de lo que siento en estos momentos. Hoy al ver mi reflejo y no reconocerme no dejo de pensar sino será todo esto una locura, si toda la pasión que he creído sentir no era más que la demencia de un pobre diablo. ¡Pero no!…. ¿Cómo puede ser locura algo que te empuja hacia delante y te sumerge en la más deliciosa de las libertades? ¿Cómo puede ser demencia lo que te hace vibrar y te muestra la vitalidad que hay en tu interior? ¡No puede ser! Sin duda al entregarme a su voluntad, al dejar que me encadenará a sus deseos, ella me estaba dando la llave de la más absoluta y clara libertad.

No puedo más que sonreír al pensar en cada instante de los que viví a su lado. Desearla y no poder estar junto a ella, ¡eso sí es una locura! Y no la agridulce esclavitud a la que lentamente me he sometido.

Las horas continúan inexorables, y el amanecer está pugnando por hacerse un hueco en la oscuridad que envuelve a esta noche, y a estas calles. Aunque no siempre estuvieron así. Durante las noches de aquel primer invierno que pasé junto a mi AMA, las luces lo invadían todo. Se acercaba el fin de un año que para mí al menos había estado plagado de sorprendentes cambios, en especial los últimos tres meses.

Mi paso era rápido en medio de una marabunta de gente que se afanaban por realizar las últimas compras del año. Yo estaba muy nervioso, en los últimos minutos no paraba de mirar el reloj, se me hacía tarde, y el tiempo parecía correr en mi contra. Apresuradamente llegue ante su casa. Saqué las llaves con tanto apuro que se me cayeron al suelo. Una vez dentro, deje las bolsas en el salón, y me encamine al dormitorio, el reloj de pared dio las nueve. En menos de una hora la casa se llenaría de invitados. En la cocina un ejército de camareros preparaba los detalles de la cena que mi AMA había contratado. Una nota sobre la almohada llamó mi atención.  Me acerqué. La abrí con nerviosismo. “Llegas tarde, ¡otra vez! Desnúdate y arrodíllate junto a la bañera estoy dándome un baño”.

De una forma instintiva metí mi mano en el bolsillo de la chaqueta. Respiré hondo, después me desvestí lo más rápido que pude. Una leve música salía del baño. Entré, ella estaba en la bañera, al verme sacó un poco la mano,  me arrodillé como ella me indicaba en la nota, y con delicadeza deposité un beso en su mano, tras lo cual ella la retiró.

-¿A que se debe tu retraso? -Preguntó sin mirarme.

-¡Lo siento! Me encontré con un atasco, y de después…

-Eso no es motivo suficiente -me interrumpió sin levantar la voz- en el futuro tendrás que prever esas cosas para ser puntual, y evitar que te tenga que castigar.

-¡Si mi AMA! -contesté casi en un susurro.

Aquella situación era nueva para mí, nunca antes había estado presente cuando se bañaba, y no sabía como debía actuar. Tras unos minutos se levantó, yo la miré. Fue en ese instante, cuando vi su cuerpo moreno brillar bajo el agua que empapaba su piel, cuando supe que no deseaba estar en ningún otro lugar. Me levanté, ella me indicó con la mirada una toalla. Yo me apresuré a cogerla y comencé a secarla. El leve contacto de de mis dedos con su piel, era suficiente para que me sintiera muy excitado. Lentamente salió de la bañera, y yo continué recorriendo cada palmo de su piel. Sentía su olor, su calor, y su respiración.  La rodee desde atrás con la toalla en un cálido abrazo. Ella no dijo nada, tras unos segundos se apartó.

-¡Limpia esto! -Me dijo mientras salía del baño.

Yo la observé mientras que se alejaba. Cada vez que estaba cerca de ella, el corazón me latía a mil por hora y todo mi universo se reducía a ella, a su mirada. Sin pensarlo una vez más, comencé a limpiar, a los pocos minutos, cada cosa estaba en su lugar, y al igual que mi voluntad y determinación, todo estaba en un fino pero estable equilibrio. Me ví reflejado en el espejo, era yo, pero se me antojó verme distinto, extraño pero en paz. Estaba inmerso en cientos de divagaciones cuando su voz me devolvió de golpe a la realidad. Me reuní con ella, aun seguía desnuda, sentada ante su tocador.

-¡Acércate! -Me indicó nada más entrar en el dormitorio.-  Esta noche va ha ser larga, y vamos a tener invitados, por lo que voy a tener que castigarte ahora. ¡Ven! -señalo su regazo.

Yo me acerqué, y me incliné, ella me acomodó sobre sus rodillas, hasta que estuve a su gusto. Tras unos minutos en los que me remarcó cada uno de mis  errores, comenzó una azotaina severa. Su mano impactaba una y otra vez en mis glúteos y muslos. En esta ocasión  había omitido la suavidad con la que comenzaba los castigos. Pronto mis lágrimas brotaron de mis ojos. En ese instante, se detuvo. Por primera vez acarició mis nalgas enrojecidas. Me indicó que me incorporara. Y me miró a los ojos. Una leve sonrisa, y una delicada caricia para secar mis lágrimas.

-¡No tardes en ducharte, hoy me vestirás tú!

-¡Como ordenes mi AMA!

No podía creerlo, pese a haberme azotado con más dureza, el castigo había durando mucho menos de lo que yo pensaba. Sin duda la cercanía de la hora jugaba a mi favor. Con decisión me dispuse a seguir sus órdenes. Di un paso,  sentí su mano que tiraba de la mía. Me volví.

-¡No tan rápido Andy! -Mi rostro mostraba la sorpresa que me invadía en esos instantes.- Aun no hemos acabado, esto ha sido el calentamiento, ¡ven! -Me condujo ante el tocador.- ¡Cielo! ¿De verás pensaste que tu descuido sólo merecía esa tundita?

-¡No mi AMA! -susurré mientras bajaba la vista.

Ella me inclinó sobre el tocador, acarició mi espalda con un dedo, y cuando llegó al final, descargó una palmada que retumbo en toda la estancia. -¡Claro que lo pensaste!- Dijo en mientras descargaba una docena de palmadas más. Tras un ínfimo descanso, dejó un beso en mi mejilla. Vi de reojo como cogía un cepillo de madera del tocador, lentamente se puso detrás de mí, y comenzó a golpearme con él. Eran golpes secos, pausados. Midiendo a la perfección el lugar en el que golpeaba. El tacto de la madera era diferente a todo lo anterior, ni la zapatilla ni el cinturón tenían la más mínima comparación. El dolor pronto me hizo gritar suplicando, gritos que de no haber estado el dormitorio insonorizado hubieran sido oídos en toda la casa. Se detuvo. Durantes unos instantes me acarició. Yo me deshacía en un llanto descorazonador. Tras ese leve descanso, los azotes continuaron durante unos minutos más. Cuando al fin terminó el trasero era una autentico volcán al rojo vivo. Ella me abrazó con ternura, después me besó apasionadamente. Su mano acarició mi sexo. Fue en ese instante cuando reparé en que pese al dolor y al llanto, un fuego extraño pero placentero me hacía mantener una erección, que era del pleno agrado de mi AMA.

-¡Ahora puedes ir a la ducha! -Me dijo ella mientras me volvía a besar.

Tras una rápida ducha, me dirigí nuevamente al dormitorio, ella estaba ya maquillada, aunque permanecía desnuda. Con movimientos pausados, saqué un tanga rojo del cajón, y se lo ayude a colocar, prenda a prenda fui vistiéndola. Continuamente nuestras pieles se rozaba y se tocaba, aquellos pequeños contactos hicieron que volviera la erección, pese al dolor que sentía en mi trasero, o debería decir que era gracias a ese dolor, y al calor que sentía. Porque aunque en ese momento no lo asumiera, ella estaba dejando a la luz mi alma de sumiso, igual que un escultor va dejando visible su obra quitando los trozos que impiden verla, ella con cada azote, con cada nalgada me estaba ayudando a descubrir, que en el fondo yo siempre había deseado eso. Ser castigado y deseado a la vez.

Los minutos pasaban, y ella estaba casi vestida. Unas medias negras, un traje de gasa del mismo color, con los bordes del escote dorados, sin mangas y que dejaba ver su espalda. Se sentó, yo me dirigí al pequeño cofre en el que guardaba las joyas, escogí un colgante de oro blanco que ajuste a su cuello con delicadeza, unos pendientes y una pequeña pulsera a juego. Ella me sonrió. Después me dirigí al armario, con rapidez escogí unas sandalias de tacón doradas, a juego con un bolso de mano. Me arrodille junto a ella y tras besar cada uno de sus pies le calce aquellos zapatos. Una vez vestida se levanto, yo permanecí de rodillas.

-¡Andy! vistete y ve al estudio hasta que te llame. -Tras estas palabras se encaminó a la puerta.-

-¡Mi AMA! -Le dije levantando la cabeza.

-¡Sí! -Se volvió.

-Aun le falta algo mi AMA.

Ella se miró de arriba a bajo, sin entender a que me refería. Yo me dirigí hacia mi chaqueta, y extraje una pequeña caja. Corrí a su lado, y me arrodille al tiempo que le entregaba aquella caja cuadrada de color rojo y oro.

-¿Qué es? -Preguntó mientras que la abría. El silencio se adueño de su garganta extendiéndose por toda la estancia. Sus ojos se abrieron al máximo a ver un pequeño anillo de oro blanco con un diamante engarzado en un soporté que eran dos pequeñas manos.

-¿Qué significa esto?- Alcanzó a decir mientras clavaba su mirada en mis ojos.

-¡Mi AMA! -Comencé a decir- estaría muy orgulloso si me permitiera ser su esposo.

-¡Es un anillo de compromiso! -Susurró al tiempo que se arrodillaba ante mí.- ¿Me estas pidiendo matrimonio? ¡Pero si apenas me conoces!

-Mi AMA, solo sé que quiero pasar el resto de mi vida junto a ti, sé que hoy te he defraudado, pero…

-¡Para, para! -Ella me puso los dedos mis labios, al tiempo que se levantaba y me cogía de la mano para que yo también me levantará. -¡No mezclemos las cosas! Te castigo porque me interesas,  por que veo que sexualmente me correspondes con mis gustos, pero eso no significa que me falles cada vez que metes la pata, ya que si no lo hicieras nuestra relación caería en la rutina y… -Hizo una pausa, las ideas se agolpaban en su mente y la respiración se agitó.- Pero pese a que me gustas, no sé si estoy preparada para esto, -señaló el anillo- lo que me pides, o mejor dicho lo que me ofreces es mucho más de lo que yo esperaba, y dudo que sea un momento propicio para contestarte.

Aquellas palabras se clavaban en mi corazón como afiladas hojas ardientes. Cada sílaba era como un abismo que ella se molestaba en colocar debidamente entre nosotros. Un extraño nudo se formó en mi garganta. Era como si de repente alguien hubiera sacado todo el aire de la habitación. Mi mundo se alejaba y me dejaba sumido en el más frío de los abismos. Ella pareció leerme la mente. Sus manos cogieron las mías y nuestros ojos se perdieron en los del otro. Intenté hablar, pero las palabras no alcanzaron mi garganta, quedándose en un extraño suspiro.

-¡No te estoy rechazando! -Me dijo lentamente.- ¡Solo necesito tiempo para pensar, y darte una respuesta! -Asentí, por un momento pensé que sus siguientes palabras iban a ser. “No eres tú, soy yo” o “Estamos bien como estamos”  o cualquier otra frase parecida. ¡Pero no! Se limitó a darme un beso y alejarse dejándome allí de pie en medio de la estancia.

Las horas siguientes pasaron con suma lentitud, las paredes del estudio parecía que me iban ha aplastar. En el comedor se oía risa y brindis, yo no entendió por que me castigaba nuevamente privándome de la cena, y por consiguiente de su compañía. A la mayoría de los invitados ya los conocía. Ella me los había ido presentando fugazmente, así que no comprendía como la noche de fin de año ella me relegaba a la soledad del estudio. Un camarero trajo unos platos colmados de comida y una botella de vino, manjares que en cualquier otra ocasión yo habría casi devorado, ahora apenas llamaban mi atención. En medio de esa soledad, y por unos breves instantes, me pregunté que hacía allí. Igual que un rayo nace y muere en unos segundos, el pensamiento de alejarme de aquella casa y de su dueña me atravesó la mente y el corazón. ¿Pero a donde iba a ir? Si el mero echo de saber que ella estaba en la habitación contigua me llenaba de tranquilidad, me sentía a salvo. Lentamente me acerque a la comida y la saboree, picando de aquí y de allí.

Faltaban quince minutos para las campanadas cuando un camarero irrumpió en el estudio.

-La señora le pide que se reúna con ella en el comedor.

Los pies me llevaron casi a la carrera, cuando entre todos estaban apunto de dar un brindis, alguien me ofreció una copa, y brindamos por el año que finalizaba. Un camarero pasó con unos cuencos que portaban las uvas de la suerte. Uno a uno los invitados se fueron colocando ante un televisor para ver la retrasmisión de las ansiadas campanadas. El camarero se acercó a nosotros. En la bandeja solo que daba un cuenco. Yo le hice una seña para que fuera ella la que lo tomara.

-¡Cojélo tú! -Me dijo.- ¡Nunca me ha gustado esta costumbre! -El camarero me acercó la bandeja.

-¡Gracias, yo tampoco tomo nunca las uvas! -Ella me miró extrañada.- ¡En serio! Ni de pequeño me gustaron las uvas.

El camarero se alejó, mientras que comenzaron  a sonar los cuartos. Todos se prepararon para las campanadas. Ella levantó su copa para brindar conmigo. Al levantarla, puede ver que el anillo brillaba en su dedo. Una sonrisa iluminó su rostro ante mi asombro, intenté hablar, pero ella me besó, impidiendo con su beso que salieran mis palabras, bebimos en medio de una gran alegría. Yo pasé mi mano por su cintura, y ella hizo lo propio. La primera campanada sonó. En ese instante ella dejó caer una palmada en mi trasero. Todos los invitados estaban concentrados mirando fijamente al enorme reloj de la Plaza del Sol, por lo que no se percataron de aquel gesto. Nos miramos, y ella me hizo un guiño. La segunda campanada repicó, y nuevamente un azote impactó en mis nalgas. Una a una hasta doce palmadas reavivaron el dolor que sentía por la paliza anterior, pero mi corazón irradiaba una alegría que no podría describir, por no decir lo que reavivo en otras zonas de mi cuerpo. Tras un sonado brindis mi AMA y yo nos fundimos en un apasionado beso. Todo a nuestro alrededor desapareció, todo el mundo dejó de existir en esos instante en el que solo existían nuestros corazones latiendo al unísono, cuando nos separamos de aquel beso éramos un solo corazón. El mío estaba ya tan encadenado al de ella como lo había llegado a estar mi cuerpo al suyo.

La noche continúo con un periplo por los pub y discotecas de la zona. Y con los primeros rayos del sol, yo nacía como un hombre nuevo, junto a aquella mujer, a la que sin saberlo comencé a amar desde el día en el que la vi por primera vez.

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