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Leche rosa

Rey era de esos machos mexicanos que no dejaban mujer sin haberla probado enterita, y ninguna dama podía resistir al encanto de un comandante militar en uniforme.
La historia que voy a contarles se remite a sólo hace algunos años, en esa época la novia en turno de Rey era una chica menudita, con sus proporciones bien deliciosas, senos grandes y nalgas bien paraditas, una delicia al ojo masculino que osara contemplarla, pero como todas las mujeres, tenía sólo un defecto: creía en el terrible concepto de la abstinencia.
Rey y Lucía llevaban ya 5 meses de novios, la urgencia del sexo comenzaba a pesar en la dureza y el color enegrecido de los testículos del comandante cada vez que le acariciaba las curvas a Lucía, quien pretendía que no pasaba nada, aunque muy dentro de ella ardía el deseo y muy fuera sus genitales se humedecían con tan sólo imaginar la sangre hirviente que mantenía erecto el gran miembro de su novio y que al acercarse podía sentir con lujo de detalle a través de la ligera tela de sus diminutos vestidos que tanto le gustaban.
¿Porqué Lucía creía en la abstinencia? Todos sus días 28 le resultaban sumamente dolorosos. Sentía a través de los inmensos cólicos el movimiento vomitivo del ovario en turno expulsando el óvulo muerto, el arrastre de la célula inservible a través del desgarre del útero, los vasos sanguíneos que dejaban brotar grandes chorros y el pequeño orificio vaginal adolorido por dejar pasar la muchísima menstruación del primer día. La compañera del cuarto de Lucía, Dulce, observaba éste espectáculo cada mes y cada mes le repetía lo mismo: “Lucy, tu tienes la culpa cariño, sí tan sólo dejaras que alguien te abriera la conchita no sentirías tanto dolor”. Lucía sólo la contemplaba con un profundo gesto de dolor, entonces se atrevió a preguntar, “¿Tu crees que el sexo me va a quitar los cólicos?”, “sin duda”, le respondió segura Dulce.
Lucía tomó el teléfono determinada a solucionar dos cosas, el sexo y los cólicos. Le pidió a Rey que se encontrara con ella en un motel del centro, no muy lujoso pero famoso por los buenos desayunos que servían en el restaurante, que lo estaría esperando muy “dispuesta” y que no se preocupara en llevar preservativos. Rey tuvo una erección inmediata al colgar el teléfono.
Cuando Rey llegó al Motel preguntó a la recepcionista por Lucía García, la indicación fue habitación 25. En cinco minutos Rey se encontraba frente a Lucía, que tenía puesto un diminuto y muy ligero vestido rojo que contrastaba con su piel blanca como semen almacenado por mucho, mucho tiempo. Rey usaba ropa muy holgada nada sexy, él no importaba, él estaba a punto de convertirse en un falo, no más, un falo gigante que iba a hacerle el amor a Lucía por todas partes hasta dejarla convertida en una mujer completa, llena, blanca por dentro y por fuera, y quizás en unos meses más la botaría, la dejaría como cuando se libera a un animal cautivo.
Lucía le dijo, “quiero que me penetres”, Rey no conocía a la mujer que le pedía directamente esto, a la mujer que durante cinco meses había resistido la calentura dentro de sus pantalones, hizo un gesto de duda alzando una ceja y ella volvió a hablar, “quiero que me hagas el amor porque la verdad me ayudaría mucho, la estrechez de la virginidad me provoca fuertes dolores menstruales y hoy que estoy reglando me gustaría que me ayudaras a agrandarme por dentro”. Rey no supo si sentirse incómodo o caliente, cachondo quizás porque su verga comenzaba a palpitar lentamente y a prepararse lubricando la tierna cabeza de su miembro.
“No digas más amor, no digas más” y entonces le subió el vestido hasta las nalgas, le bajó hasta las rodillas el bikini brasileño que ya se encontraba manchado de líquido menstrual, entonces la tiró a la cama con una agresividad respetable, como sólo un comandante entrenado puede tenerla, y el espectáculo de su velluda puchita fue indescriptible. Del orificio vaginal colgaba un hilito, Lucía traía puesto un tampón, claro, estaba reglando. Rey jaló delicadamente el hilito y para su sorpresa, el líquido fue tan abundante que le salpicó la cara y parte del pecho. Rey se quitó entonces la ropa, sólo los calcetines quedaron prendidos en los largos pies. “Ahora sí mi frigidita, ahora sí”, y le mostró la enorme verga chorreante que parecía enfurecida por las venas azules y saltonas. La sangre no paraba de salir, entonces penetro sin rodeos y de una buena vez a Lucía que gritaba similar a los graznidos de patas en celo, “Ajjjjfajjaaaa, ohj, ohj, ayyyyyjiiiahhh” salían de su tierna boca. No voy a mentir, al principio le costó tanto trabajo a Rey meter por la estrechez su gran aparato, pero la sangre ayudó mucho a facilitar la penetración, en cinco minutos Lucía se convirtió en toda una perra sexual, se dilató tanto por la exitación como una puta experimentada y no tardo en mostrarle sus senos al comandante, en tocárselos al ritmo de la cúpula, en chuparlos con su lengüita de niña perversa, en mordisquearlos para subir el tono del buen ensangrentado sexo que estaban teniendo.
Rey observaba gustoso el espectáculo, era la primera vez que se lo hacía a una mujer menstruando, entonces se distrajo por algo que le pareció repugnante. Pequeños tejidos, diminutas costras se le había adherido al pene, comenzó a preguntarse que era eso, él no sabía nada de menstruaciones ni de ginecología. El hecho le disminuyó la erección y Lucía no tardó en notarlo, “ya no te siento, ¿qué pasa?, dame más, hazme un agujero del tamaño de Nueva Cork, cójeme, no seas puto, anda ma…”, y Rey se concentró para recobrar fuerzas y hacer chillar a la recién putilla.
Lucía no aguantaba el calor, las nuevas sensaciones de el otro dentro de ella, ya no había vacío ni dolor, sólo la calentura que se movía en ella y ella que se movía en la calentura. Los impulsos la llevaron a sentarse, entonces el pliegue de la vagina le añadió presión al gigantesco miembro de Rey, él no pudo aguantar, por más experimentado, y como siempre lo hacía antes de venirse, le dio lo más duro y fuerte dentro de la calientísima muchacha
Ambos terminaron al mismo tiempo, ella suspiró un tierno gracias y él le dijo, “no seas tonta, lo mejor está por venir”, mientras pronunciaba estas palabras ella pudo sentir algo aún más caliente que su sangre siendo expulsado dentro, la sensación riquísima de la leche de vida le aumentó el orgasmo, gritó, y entonces cuando el líquido la invadió expulso lentamente la verga de Rey. Hubo un espectáculo más maravilloso que cualquiera que yo pudiera describir, el blanquizco líquido de la chorreante pija se mezcló con la menstruación de Lucía, por todas partes, entre las cavidades, mezclándose con el sudor de los cuerpos, una leche rosa invadió el lecho de los amantes.
Lucía tuvo en su primer coito el mejor acto sexual de su vida, nunca superado por ningún otro hombre. Rey en realidad nunca lo dijo pero hasta hoy la leche de fresa le provoca asco, recordar aquella leche rosa que en realidad lo repugnó, lo traumatizó al punto que, al día siguiente de haber cojido a Lucía, mientras ella dormía en la cama de la habitación, él se metió al baño, talló con jabón 6 veces su pene para poder retirar los tejidos y las costras sangrientas que la regla de su novia le había dejado de recuerdo.
Hoy no puedo decir que Rey haya cambiado el hábito de comer mujeres, como buen mexicano sigue su filosofía de entre más mejor, prueba de eso es lo que la otra vez me dijo, “con Lucía no fue agradable, pero ya caliente, ¿qué le hacemos?”.

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