Archive for the ‘Ultimos relatos’ Category

Obligada a Hacer Strip Tease en el Cabaret de mi Tío II

Jueves, julio 19th, 2007

Mi nombre es Julieta. Esta historia es una especie de continuación de la primera. Les recuerdo que soy estudiante, tengo 19 años, soy rubia, mido 1,70 mts., y lo que más les importa a ustedes, tengo muy lindas tetas y muy buen culo. Además soy linda de cara, tengo ojos celestes, lindo cuerpo, y resumiendo estoy realmente muy buena. O por lo menos, eso es lo que dicen de mí, no es que lo diga yo.
Esta historia es parte de mi viaje de vacaciones por España y comienza cuando mi Tío Alejandro pierde una partida de póker con sus amigos. No tenía ya más dinero e iba unos 10.000 euros abajo. Ahí fue cuando en lugar de dejar de jugar (lo que hubiera hecho cualquier persona normal), decide apostarme a mí contra el dinero de sus amigos. Incluso uno de ellos apostó un caro reloj marca Rolex que perdió a manos de otro de los amigos de mi Tío. Era la última mano y yo estaba cerca. Vi que mi Tío estaba sonriente. Tiene buenas cartas pensé. Muestra el primero su juego. El segundo jugador pasa. Mi Tío muestra su juego que es muy bueno. Parece que va a ganar, pero el cuarto jugador, el Sr. Leiva dice: “Póker de ases” y muestra su juego con toda la seguridad y arrogancia del ganador. El Sr. Leiva había ganado la partida e iba a cobrarse su premio. A los cinco minutos aproximadamente, mi Tío le pregunta: “Bueno, querés que te la llame ahora a mi sobrina, a July”. A lo que el Sr. Leiva responde: “Ahora no, estoy muy cansado. Mejor mañana la pasamos a buscar nosotros tres y la llevamos a dar una vuelta. Así pasea y conoce un poco la ciudad, ya que la pobre chica vino de vacaciones y vos la tenés todo el día trabajando”. Mi Tío dijo: “OK, mañana pásenla a buscar. ¿A las 10 de la mañana está bien?”. Lautaro Leiva responde: “No mejor, que esté lista y cambiadita a las 9 de la mañana”.
Al otro día a las 8 de la mañana, se aparece mi Tío por mi habitación y me despierta. “Dale July, levántate. Que vienen mis amigos a buscarte para llevarte a dar un paseo” me dice él. Yo estaba muy dormida y no me podía levantar. Entonces, mi Tío me destapa toda y así quedo expuesta ante él en bombachita y remerita para dormir. Ambas de color blanco. Yo estaba durmiendo boca abajo, con lo cual mi Tío se toma un buen tiempo contemplando mi perfecto culo, antes de volver a decirme: “Dale July levantate”. Esta vez aprovecha y me pasa la mano primero por la espalda y luego por el culo, dándome una caricia. Finalmente me despierto, me cambio y bajo a desayunar. Cuando estoy abriendo la heladera mi Tío me dice: “No, espera, estos señores te van a llevar a desayunar también”. “Uy que bueno, que amables son” le contesto. 
A las 10 en punto de la mañana suena el timbre. Era el Sr. Lautaro Leiva vestido en un impecable traje de color claro. Sus dos amigos (Alexander y Danilo) y amigos de mi Tío también estaban esperando en el auto. Subo al auto y empezamos a conversar en una charla muy amena. Hablamos de todo: de cómo es la Argentina, que tiene de distinto y parecido con España, que hacía yo de mi vida, a que se dedicaban ellos, etc.. No faltaron tampoco, los chistes, ni los comentarios de actualidad.
Finalmente, luego de una hora de viaje por ruta llegamos a una hermosa finca ubicada en las afueras de Madrid. Al acercarse el auto un portero abre la reja y saluda amablemente al Sr. Leiva. El me explica que esta era su casa de verano o de fin de semana.
Estaciona el auto y vamos caminando hasta la casa. Entramos por la puerta principal de una mansión verdaderamente enorme y hermosa. Por dentro estaba decorada con mucho buen gusto y un estilo ecléctico. Atravesamos toda la sala principal y salimos al jardín trasero. Allí el Sr. Leiva llama a un mayordomo y este inmediatamente trae una mesa cuatro sillas y una bandeja de plata con café, masas, facturas, etc.. Desayunamos todos juntos y seguimos conversando amigablemente los cuatro.
No había notado yo, que a dos o tres metros de dónde estábamos había un caño que salía del piso con una ducha en la punta y una amplia y antigua bañera de madera debajo. El Sr. Leiva me dice: “Sos muy simpática y la verdad que nos estamos llevando muy bien. Así que vamos a continuar paseando por Madrid todo el fin de semana y pasando buenos momentos entre los cuatro. Solo te pedimos una cosa, ya que somos en cierta forma, algo maniáticos con algo. Alexander, mi querido amigo es un reconocido médico infectólogo aquí en España. Y tantas historias me ha contado que me he vuelto maniático como él en un sentido. Es decir, somos excesivamente cuidadosos con el tema de la higiene”. Yo me quedé ya que no entendía ni una palabra de lo que este buen hombre me estaba diciendo. El Sr. Leiva prosiguió: “Lo que te estoy diciendo y pidiendo es que te bañes, en esa ducha que está allá” y señaló con el dedo el lugar del cuál yo acababa de percatarme hacia un instante. Yo lo primero que contesté fue: “Le agradezco, pero me bañé antes de que me pasaran a buscar”. Me puso una mano en la mejilla y me dijo en un tono sarcástico, pero con cierto contenido violento: “Linda, no te olvides que vos hoy sos el pago de una apuesta que perdió tu tío. Por este fin de semana, sos una simple cosa, y nosotros, tus dueños. Así que anda a la duchita que está ahí y bañate para nosotros”. La forma en que lo dijo me asustó bastante. Más que un pedido era una orden, de la forma en que lo había dicho.
Me paré de la mesa de desayuno, los miré fijamente un momento y luego fui caminando hasta la ducha. Abrí el grifo y el agua salía con presión y bien calentita. Pensé que una linda ducha calentita no me haría mal, ya que el día estaba bastante lindo. Hacía unos 27 grados, y antes que hacer una problema, prefería bañarme, ya que la estábamos pasando tan bien.

Me desvestí muy despacito. Primero me saqué la ajustada remerita escotada, luego las zapatillas. Continué con la pollera y me quedé en ropa interior. Iba a bañarme así, ya que sacarme más me parecía mucho. Además hasta ahí era cómo estar en traje de baño, en un día soleado en la playa. Pero el Sr. Leiva me miró con una expresión, frunciendo el entrecejo y con cara de enojado. Tenía una personalidad muy fuerte ese hombre, avasallante para cualquiera. Yo comprendí perfectamente lo me que quería decir, y me saqué primero el corpiño y luego la bombachita también arrojándolos hacia dónde estaban ellos. Comienzo a mojarme con el agua de la ducha y a sentir como esa ducha toda calentita bañaba y recorría todo mi cuerpo. Mis pezones estaban bien erectos y mi vagina excitada. El agua me recorre una y otra vez.
Sentía vergüenza y por eso, mientras me bañaba, me puse de espaldas a ellos. Si me iban a ver desnuda, prefería exponerles mi culito y no mis partes más íntimas.

Sin que yo me dé cuenta, por detrás, se acerca el Sr. Leiva. Agarra el jabón y sin decir palabra, ni pedir autorización, comienza a enjabonar mi cuerpo. No pensé que esto iba a ser así, yo creía que me iba a bañar yo solita. No sé si le preocupaba mi higiene en general o no, pero sí estoy segura que le preocupaba mucho la higiene de mis pechos y de mi vagina. Partes que enjabonaba otra y vez. Tomaba el jabón, me enjabonaba las tetas. Con la esponja primero y luego sólo con el jabón en su mano. Hacía lo mismo en mi vagina. Luego me pasaba el jabón y su mano por la raya del culo. Cuando el Sr. Leiva se hartó de toquetearme descaradamente, me dice: “Bueno nena, ahora enjuagate”. Me vuelvo a poner de cara a la ducha, dándoles la espalda, o mejor dicho mostrándoles mi culo a ellos, que estaban tomando sus cafés y me estoy enjuagando, cuando de repente el agua se corta. De fondo, escucho que mientras tomaban sus cafés Alexander le dice a Danilo: “¿Es increíble, no? Mira ese culito hermoso que tiene. Que hermoso para romperlo”. A lo que Danilo contesta: “Quédate tranquilo Alex, que esta pendeja la tenemos todo el fin de semana para nosotros, ya vas a tener tiempo de romperselo”.

Se acerca Alexander con una manguera, con intención de “ayudar” a enjuaguarme, y me manguerea. Es decir me tira agua, sosteniendo el la manguera. Otra excusa más para tocarme, ya que a medida que me tiraba agua, en aquellas partes donde todavía tenía jabón me las tocaba. “Dejame que te ayudo a enjuagarte” decía mientras me metía mano en las tetas. Me acaricio las tetas un rato largo hasta que dijo: “July, date vuelta a ver”. Me doy vuelta para él y me tira agua en el culo y me lo toca con su mano derecha ya que con la otra sostenía la manguera. “Date vuelta que te quedó jabón en la conchita” dijo y me hace dar vuelta para tocarme la vagina. Ahí estuvo unos diez minutos, ya no había jabón y el seguía tocando, frotándome. Ya sin más jabón en mi cuerpo, yo lo miraba con los brazos al costado de la cintura y expresión de descontento, pero él hacía caso omiso y seguía restregándome su mano por la vagina.
Parecía que Alexander nunca en su vida iba a parar de tocarme. Pero finalmente y milagrosamente se cansó. Cierro el grifo de la ducha y me voy a vestir. Cuando me voy a vestir, luego de bañarme, noto que mi ropa había desaparecido. En ese momento aparece Danilo, el tercero de los amigos de mi tío y me alcanza un vestido. “Ponete esto nena, que te va a quedar bien” me dijo.

Me vistieron muy sexy con un vestidito blanco muy cortito. Y para completar me dieron ropa interior de encaje negra. La tanga, era una microtanga, atrás era solo una pequeña tirita. Y el corpiño era de dos triangulitos minúsculos que apenas me tapaban los calientes pezones.
Ahora sí, según ellos estaba en condiciones de pasear con ellos. Eran gente importante y muy cuidadosos de su imagen y de la imagen de la gente que los rodeaba. Vestida y bañada como ellos querían que luciera, fuimos a realizar un lindo paseo por España, por Madrid exactamente y sus alrededores. Paramos en lugares típicos, turísticos, sacamos muchas fotos, nos divertimos mucho. En esos paseos se nos consumió prácticamente todo el día. Incluso me obligaron a comprarme y probarme ropa para luego regalármela y que me la llevara de regreso a Buenos Aires. Me llevaron a varias casas de alta costura y me compraron ropa de todo tipo. Como el Sr. Leiva era un empresario realmente muy conocido tenía contactos por todos lados. Entonces en varias de esas tiendas de ropa, el Sr. Leiva, pedía una habitación y me hacían probar la ropa delante de ellos. No voy a contarles todo, porque habremos entrado en unas 5 o 6 tiendas distintas pero recuerdo la última en la que entramos. Era una tienda de ropa interior. El Sr. Leiva entró primero. Habla con la encargada del local, una chica de unos 28 años, de nombre Paula. Paula hace un llamado a un nro. interno del mismo local y enseguida nos hacen pasar a un salón privado. Paula me saluda, saluda a los otros dos y luego me mira de arriba abajo. Creo que se río para sus adentros. A una seña de ella otra empleada de menor rango trae varios estuches. Y me dice: “Tomá probátelas”. Abro las cajas y veo varios conjuntos de ropa interior muy sexy. El primero que agarro era un conjunto de bombacha y corpiño en un color azul francia. Otra vez sacarme la ropa, la verdad que ya estaba cansada de tanto vestirme y desvestirme. Aunque por otro lado era toda ropa de primera línea que el Sr. Leiva me iba a regalar. Esos conjuntos de ropa interior, de diseños exclusivos, valdrían en Bs. As. unos 2.000 dólares cada uno. “¿Te ayudo a desvestirte?” pregunta Danilo. No me dio tiempo a responder y se me acercó y me sacó el vestido blanco por arriba. Quedé en tanga y Danilo aprovechó para darme una palmada en la nalga. Luego me apretó las dos tetas fuertemente. Todo delante de Leiva y Alexander obviamente, pero también delante de Paula, la encargada del local, y de Cinthia la empleada de menor rango. Estas dos chicas, no podían creer la situación. El pedazo de puta que tenían delante pensaban. Pensaban que era una puta de profesión. Y creo que en el fondo sentían alguna envidia. 
Continuando, una vez en tanga y en sostén negro el Sr. Leiva lo mira a Danilo y le dice: ”Tranquilo”. Luego de lo cuál Danilo se aleja un poco y me deja tranquila.

Paula: “Cinthia tomale las medidas a la chica”. Cinthia se acerca con un centímetro y me toma las medidas del culo primero, de la cintura luego y por último va a tomarme la medida de las tetas, pero antes me dice “Sacate el corpiñito por favor”. Yo me saco el corpiño quedando en tetas en frente de todos. Cinthia me pasa el centímetro y me toma las medidas. Sorprendiéndose le dice a Paula “100, yo creía que era más”. Paula me mira las tetas y dice: “No puede ser, a ver.” Se acerca ella también y me sostiene una teta con cada mano mientras la otra toma la medida nuevamente. Luego Paula afirma: “Sí, tenías razón, era 100”.

Cinthia: “Sabés que Pau, ¿Tengo una duda con la cola también, porque antes se me trabó el centímetro con la bombachita?”

Paula: “A ver, bajale la bombachita”. Con manos muy suaves y delicadas siento como Cinthia me baja la bombachita. Mientras me la está quitando, es inevitable sentir sus delicadas manos por los costados de mis piernas y eso me hizo calentar un poquito.

Una vez más quedo desnuda ante una serie de desconocidos. Ya me estaba acostumbrando, tal vez no me quedaba otra o tal vez esa situación empezó de algún modo gustarme. Y si no a gustarme, seguro que sí a excitarme. Tal vez estas dos chicas, aunque se esforzaban muchísimo por disimularlo, también comenzaron a calentarse con la situación y a jugar un poco conmigo. Y cómo Leiva y compañía no impedían nada, siguieron adelante. Paula agarró la ropa interior de encaje color azul francia que había quedado arriba de la mesa. Estiro la tanga, se agachó y ella misma me la puso. Me la puso bien arriba, para que me entrara bien adentro en el culo. La otra Cinthia, se ocupó de ponerme el corpiño y como si yo fuera una cosa, me tocó descaradamente las tetas al hacerlo. Mientras tantos, los tres hombres veían la situación y se calentaban. Las dos chicas de la tienda estaban ahora, al mando de la situación.

Paula: “Este conjuntito te queda bárbaro, te queda muy sexy. Yo que vos lo llevó” me dijo a mí mirándome una y otra vez y luego mirando al Sr. Leiva.

El Sr. Leiva haciendo un gesto afirmativo con la cabeza dijo: “A mí también me gusta mucho, lo compramos”. Una vez que ya lo habíamos comprado rápidamente me lo sacaron lo guardaron en el estuche y pusieron a un costado. Trajeron más ropa para que me probara. Lo siguiente que me hicieron probar no fue un conjunto de ropa interior, sino un camisón cortito y blanco transparente. Las chicas me ayudaron a ponérmelo. Los hombres estaban al palo solo de mirar. El Sr. Leiva hace una seña afirmativa con la cabeza nuevamente y luego dice: “También lo compramos”. Ese camisón era para usar con ropa interior blanca debajo, pero sin duda me quedaba mucho mejor sin nada. Doy una vuelta para que vean cómo me quedaba y Leiva vuelve a decir: “Sí sin duda, lo compramos”.

El tercer estuche contenía otro conjunto de ropa interior, esta vez de un color violeta clarito. Esta vez el protagonismo fue todo de Paula, que se me acercó se me puso enfrente. Parada enfrente mío. Quedamos cara a cara. Por un momento pensé que esta chica de hermoso y largo pelo enrulado quería besarme. Me tocó el culo mirándome a los ojos, casi como si fuera un hombre, pero con sus manos que eran mucho más suaves. Lo cual me produjo una sensación linda, pero distinta a la que me producía cuando un chico me toca la cola. “Que linda colita tenés” me dijo, mientras me la acariciaba delicadamente. Y finalmente, se dejó llevar y me dio un largo, hermoso y femenino beso en la boca. Duró unos cinco hermosos minutos aproximadamente, yo no me atrevía a tocarla, pero ella me acariciaba suavemente el culo. Luego ella se puso un poco más caliente y empezó a tocarme las tetas con una mano. Se encendió todavía más y continuó por tocarme la vagina. Ahí yo también la abracé por el cuello y me dejé llevar por el apasionado beso. Cinthia su compañera de trabajo estaba boquiabierta de ver a su jefa en una situación así. Aparte ella sabía que Paula tenía novio, nunca se imaginó una situación así. Yo me relaje primero y luego me dejé llevar a tal punto que sentí por un lujuriosos e intenso instante ganas de arrancarle la ropa.

No me quedé con las ganas e hice el intento. Le saqué el chaleco y luego le saqué la camisa blanca de dentro del jean que tenía puesto. Ella no se resistió. Ella dudó un instante ya que la presencia del Sr. Leiva en toda situación era realmente imponente. Este le hizo un gesto de aprobación con la cabeza y ahí ella se soltó.

Paula le dijo a su colega: “Cinthia, saluda al resto de los empleados, cerrá el local y ya te podés ir a tu casa”. A lo que Cinthia contestó: “Yo esto no me lo pierdo ni loca, ahora vengo”. Cinthia sale del salón privado, hace lo que su jefa le pide, saludando al resto de los empleados y cerrando el local. Luego vuelve al salón privado.
Se ve que por regla general la atraían los hombres más grandes que ella, que tendría unos 26 años y al volver reparó primero en Alexander, que era quién más atractivo le había parecido desde un principio. Alexander tendría unos 42 años y era un lindo tipo. Cinthia se le acercó sensualmente, y se le sentó encima de sin más, como una verdadera “cabaretera”. Luego le rodeó el cuello con sus manos. Así empezó un encuentro de sexo pasional y desenfrenado.
Pero volviendo a la historia central, Paula se soltó completamente. Yo le desabroché muy despacito la camisa al tiempo que seguíamos besándonos. Cuando terminé de desabrocharle la camisa, ella excitadísima ya, se la sacó de un tirón y la arrojo al costado. Se sacó las zapatillas con sus pies y yo fui por su jean, se lo desabroché y se lo saqué, así estábamos los dos en una mayor igualdad de condiciones. Tenía un cuerpo perfecto, embellecido aún más por un conjunto de ropa interior de encaje color azul francia idéntico al que me había probado y que desencadenó esta situación de excitación sexual hacía unos instantes. Ella mientras yo la desvestía, no paraba de tocarme un minuto, recorrió mi cuerpo una y otra vez por completo.

Era una mujer realmente hermosa, sus formas eran perfectas. Su hermoso culo, se hacía aún más hermoso por el efecto de la suave caída natural de su pelo enrulado por la espalda. Sus tetas, nunca había visto pechos tan hermosos. Ninguna de mis amigas, ni en la televisión había visto algo así. Era la primera vez que estaba con una chica y aunque no podía creerlo algo en ello me excitaba. No pude aguantar continuar quitándole la ropa, quería, necesitaba ver a esa morocha completamente desnuda. Esta vez yo tomo la iniciativa y le desabrocho el corpiño en un abrir y cerrar de ojos, dejándola en tetas y tanga. Me quedé maravillada con la belleza que estaba viendo y me quedé también contemplándola desnuda. Pero más me sorprendí aún, con lo que me producía a mí, ver a una mujer así desnuda ante mí. Cosa que hasta ese momento desconocía.

Nos seguimos toqueteando un breve instante, hasta que me agache y empecé a bajarle la bombacha. Jugueteé mucho con su bombacha, bajándosela de a poco a la vez que le agarraba firmemente con mis dos manos sus nalgas. Finalmente, termino de quitarle la tanguita y la arrojo a un costado. Seguimos besándonos y tocándonos. Ella hacía ya un rato había comenzado a introducirme repetidamente dos dedos de su mano izquierda en la vagina. Yo comencé a hacer lo mismo y las dos nos excitamos sobremanera casi al punto de explotar. Nos fuimos hacia un sillón de cuero que había a un costado y seguimos besuqueándonos y tocándonos nuestras vaginas apasionadamente hasta que nos dimos cuenta que nos faltaba algo que teníamos muy cerca y al alcance de la mano (o de la boca). Nos miramos por un instante y como si nos conociéramos de toda la vida, las dos pensamos lo mismo. Nos paramos y fuimos hacia dónde estaban el Sr. Leiva y Danilo. Simultáneamente nos arrodillamos, les bajamos sus pantalones y comenzamos a chuparles sus penes. Chupamos y chupamos un rato bastante largo. Como si las dos estuviéramos sincronizadas, lamíamos primero la cabeza, luego el tronco y por último los huevitos. Los masturbábamos un poco con las manos y luego volvíamos a succionarles sus testículos y sus penes. Estando las dos arrodilladas, cada tanto Paula me daba una dulce palmadita en la cola, me miraba de costado y se reía excitada de placer. Yo con mi mano derecha masturbaba y chupaba al Sr. Leiva, mientras que con la izquierda se la pasaba a Paula por dentro de su hermoso y parado culito. Los llegamos a poner bien erectos pero sin dejarlos acabar. Ya que ese era nuestro momento. Luego nos montamos en ellos, cabalgándolos mientras nos tomábamos de la mano. Los cojimos por un rato largo, subiendo y bajando, gimiendo, como verdaderas perras desenfrenadas y excitadas. Gritábamos muy muy fuerte de placer y los hombres se volvían locos. En esa posición sus hinchados penes nos entraban bien bien adentro de nuestras vaginas, y además los apretábamos muy fuerte con ellas. Por fin acabaron y un río de leche entró en mi interior, sentí el semen del Sr. Leiva dentro mío y vino con una potencia tremenda. Fue hermoso. Supongo que a Pau le ocurrió algo similar.
Con todo esto se hizo de noche. Aproximadamente las 22:00 hs., con lo cuál fue tiempo de ir a cenar y por eso vamos los cuatro a comer a un caro restaurante muy exclusivo. El “Babylon”. Da la casualidad que los tres amigos de mi Tío se encuentran en ese restaurante con un matrimonio amigo. Comemos los tres amigos de mi tío, la pareja y yo. Todo resulta muy bien, la charla es muy amena y está nueva gente resulta muy agradable.
Luego de comer, como es costumbre en ese lugar, los clientes más prestigiosos son invitados a pasar a los salones exclusivos para realizar la sobremesa, tomar un champagne, un café o unos tragos largos, comer el postre y seguir charlando. Todos nos dirigimos hacia uno de los salones privados, para seguir conversando y haciendo la sobremesa.

De esta pareja, Diana, la esposa, una rubia muy hermosa de unos 35 años y que había tomado algunas copas de más empieza a insistir con que quería que yo me desnudara ahí para ellos. Y le decía: ”Dale Lautaro, por favor. ¿No tenés ganas de que nos divirtamos un rato? Ponela en bolas a la putita esta”. Tanto insiste tanto insiste que el Sr. Lautaro me dice: “A ver Julieta, desvístete para nosotros”. “¿Por qué?” pregunto ofendida yo. Lautaro: “Diana, se quiere divertir un rato. Dale desnúdate, dale”. No me desnudo y seguimos charlando y una vez terminados los cafés empezamos a tomar tragos largos. Al rato, una media hora, Diana vuelve a insistirle al Sr. Leiva y los otros dos amigos del Sr. Leiva, se suman al pedido. Conclusión, que tengo que pararme en frente de ellos, en la mesita ratona que había en ese salón y comenzar a bailar sensualmente y a desvestirme para ellos. Empiezo a bailar lentamente y de manera muy sexy. Meneándome para ellos, moviendo mi cola, mi cintura, acariciándome los senos cada tanto y siguiendo el ritmo de la música. Luego de un rato de bailar parada arriba de la mesita y mientras todos ellos se tomaban un caro champagne, Diana se acerca primero que nadie y me saca el vestido, subiéndomelo bruscamente desde abajo hacia arriba. Me pega luego alguna que otra palmada en la cola, y me explora con sus manos las tetas.

Quedo en tanguita y corpiño negro de encaje. No conforme con eso, Diana me pide e insiste en que les haga un show más caliente. “Dale baila como sabes. Como hacés cuando vas a bailar con tus amigas y sacate todo”. Continúo entreteniéndolos a ellos una vez más, pero subiendo un poco el nivel de provocación sexual en mi forma de bailar, como había hecho el día anterior para el Sr. Rogerwar y termino por desnudarme y arrojarle mi corpiño a Diana y la bombachita, como correspondía al Sr. Leiva. Quién la agarra y la guarda en un bolsillo. Una vez desnuda continué bailando un rato más en ese estado. Cada vez que me quería bajar de la mesita ratona, me decían: “Un tema más por favor” y yo continuaba bailando desnudita y como una putita para ellos.
El Sr. Leiva, estaba realmente muy tranquilo, siempre serio, parecía que nada lo conmovía, los estimulaba, ni lo afectaba. El marido de Diana me llama y hace que vaya caminando hacia él. Desnuda, empiezo a caminar hacia él. Cuando llego a su lado hace que me le siente encima y lo cabalgue. Su pija era realmente larga, y en esa posición me entro muy profundamente. Cabalgué encima de él un rato largo, mientas que él por momentos me apretaba desesperadamente las tetas, por momentos jugaba con mi pelo, por momentos me acariciaba y daba alguna que otra palmada en el culo. Y yo seguía montándolo, subiendo y bajando. Disfrutando de su hermosa y secuencial forma de combinar su penetración con tocarme las tetas, luego el pelo y por último el culo. Hasta que lo bueno se terminó y acabó bien dentro mío. Sus jugos llenaron por completo mi cavidad vaginal.
Acto seguido y sin dejarme respirar los otros dos, Alexander y Danilo que tampoco se querían perder la fiesta, deciden cojerme. Como ya era algo avanzada la noche, serían las 3 a.m. aproximadamente y temían que el Sr. Leiva decidiera que debíamos irnos, deciden hacerlo los dos al mismo tiempo. Dándome uno por la cola y otro por la boca.

El Sr. Leiva no me tocó en ese momento en absoluto. Pero sin embargo, tenía bastante ocupación con “atender” a Danilo y a Alexander. Alexander se había quedado con las ganas de mí, en la tienda de ropa, ya que él si lo recuerdan, tuvo sexo con Cinthia. Alexander se moría por romper mi colita desde que bañé en la ducha al aire libre y yo no tuve demasiada oportunidad de resistirme. Me pusieron en cuatro patas, en la mesita ratona e inmediatamente Danilo se paró delante de mío y se quedó mirándome con una expresión bien clara y me dijo: “Nena, la pija no se va a chupar sola”. Yo bajé su bragueta, extraje su interesante miembro hacia afuera y comencé a chuparlo. Ya me estaba volviendo toda una experta en el tema. Sabía lo que les gusta a los hombres, por eso chupaba mucho sus huevitos y no usaba las manos, solo la boca. Además metía su pija en mi boca bien hasta adentro, como a los hombres les gusta, no le chupaba solo la cabeza, casi al punto de atrangatarme. Por detrás, Alexander comenzó metiéndome dos dedos ensalivados por el ano para tantear el terreno, cuando vió que era posible, metió tres y luego vino su fuerte embestida viril. Empujo con una fuerza bestial. Su pene era grande. Me llenó el culo por completo. A cada embate de él, pensaba que no lo iba a resistir, pero mi excitación estaba tocando el cielo. Estaba mojándome toda y gritaba de placer como una puta. “Aaaa, aaaa, aaa!!!” gemía una y otra vez. Que más podía pedir, tenía una hermosa pija en la boca y otra por el culo. Era deseada, me llevaban a comer a los mejores lugares, me compraban la mejor ropa y tenía todo el buen sexo que en unas vacaciones se pueden desear. Continué lamiendo las partes del Sr. Danilo y recibiendo las embestidas peneanas brutales del Sr. Alexander. Creí que mi ano se iba a romper, Alexander empujaba con la fuerza de un búfalo y Danilo me pedía: “Miráme mientras me la chupas y tocate las tetitas”. Dos pedidos que yo cumplía y disfrutaba de ver como eso lo encendía aún más. Cuando acabó yo saqué mi boca, pero Danilo me agarró de los pelos y me hizo introducir su pene nuevamente en mi boca, con lo cuál terminé por tragarme toda su leche. Un minuto después acabó Alexander, un interminable torrente de semen dentro de mi colita. Tanto acabó dentro mío, que un rato después todavía me chorreaba semen por el culo.
Terminada esa agitada noche, volvemos a casa del Sr. Leiva y nos vamos a dormir cada uno a su habitación. El Sr. Leiva dormía en la habitación principal y el resto de nosotros en las distintas habitaciones para huéspedes que tenía su mansión. Fue raro, yo pensé que el Sr. Leiva iba a querer que me acostara con él pero no fue así. Menos mal, ya que estaba muy cansada tanto físicamente como del sexo. Había tenido mucho más sexo en una semana que en un mes en Buenos Aires.
Al otro día me levanté en la casa del Sr. Leiva y pensaba, cuánta gente nueva he conocido en tan poco tiempo que llevo aquí. Cuantas nuevas e interesantes experiencias que había vivido. Bajo a desayunar vestida con un pijama blanco, muy ajustadito y que me transparentaba la blanca tanguita Toda la ropa que había en la habitación de huéspedes que me tocó era así. Toda muy sexy. Era un verdadero guardarropa de mujer diseñado por un hombre, con todo lo que calentaba realmente a los hombres.

Me siento a desayunar con el Sr. Leiva, que era el único que estaba despierto y leyendo el diario. Viene el mozo de la casa. Le sirve primero a él y luego me sirve a mí. Me deja tostadas, mediaslunas, mermeladas y curiosamente el café servido hasta la mitad de la taza. El Sr. Leiva sigue leyendo impasible su diario (sólo me había dicho un seco y cortante “Hola”) y sin siquiera mirarme dice: “Trae la taza que hoy vas a tomar café con leche”. Yo no entendía pero me acerco a él, pensando que el tenía el sachet con leche. Y me hace una seña señalando su entrepierna y luego me dice: “Dale, empezá a proporcionarte tu desayuno. Que hoy va a ser un largo día”. Tal vez antes de este viaje no hubiera entendido lo que me había querido decir, pero dados los hechos como habían transcurrido estos últimos días, entendí perfectamente lo que quería decir y que seguramente estaba relacionado con algo sexual. Me arrodillo entonces, saco su pene de su pantalón y comienzo a hacerle una buena mamada. Cuando está por acabar, el se hecha hacia atrás, sacándome su pene de la boca. Que alivio pensé, ya que era demasiado temprano y tenía el estómago vacío como para tragar una buena cantidad de semen. Leiva recoge la taza con café y descarga toda su leche allí. “Muy bien, dijo él. Veo que entendés todo a la perfección. Ahora terminemos el desayuno”. Terminamos de desayunar, el café, y yo café con “SU” leche. Me pregunta: “¿Te gustó, no? ¿Querés más?”. “Muy rico, pero no” le respondí yo. “Ya me llene”.
Ese día no había paseos turísticos planificados, tiendas de ropa, ni restaurantes. El itinerario era otro muy distinto. Uno de sus hijos era profesor de quinto año de un colegio secundario especializado en arte. Habían practicado muchos estilos de pintura, a lo largo de todos estos años. Pero les faltaba terminar de estudiar y practicar ciertos estilos de pintura.
El Sr. Leiva, me llevó a dar un paseo por la escuela de arte en la que trabajaba su hijo. Entramos, la recorrimos y luego fuimos hasta el aula en que estaba su hijo dando clases de arte. Su hijo al verlo, interrumpe la clase, hace un recreo para el alumnado y sale a saludarnos. El Sr. Leiva, le explica a su hijo lo que se traía entre manos. Su hijo encantado con la idea me saluda y me hace ingresar al aula. Los estudiantes que promediarían los 17 años se sorprenden al ver ingresar una hermosa rubia de 21 años acompañada de un Sr. mayor y empiezan a murmurar por lo bajo. Yo no sabía que era lo que estaba pasando, pero algo sospechaba. El Prof. de arte Rodrigo Leiva dice: “Atención clase, atención. Demos la bienvenida con un fuerte aplauso a la señorita Julieta, quien se ofreció voluntariamente a posar desnuda para nosotros para que podamos concluir nuestro programa de estudios”. Rodrigo me hace una seña de que pase al medio del aula (ya que los bancos de los alumnos estaban formados en semi círculo, en forma de anfiteatro). 
Si haberme tenido que desnudar en un cabaret fue algo difícil, aquí el caso era mucho peor. El ambiente era otro, la luz era total, pasaba gente por el pasillo y ni siquiera estaba esa especie de protección que me daba la semi-oscuridad el cabaret. Pero no tenía mucha opción, mi tío me había apostado y había perdido y el Sr. Leiva era un tipo bravo. Si yo no hubiera accedido desde un principio, el no sólo hubiera lastimado severamente a mi tío, sino que se habría cobrado de todos modos su premio (o sea a mí).
Paso al centro del salón y una vez más comencé a desvestirme. Tenía puestas unas zapatillas, medias blancas, un pañuelo en el cuello, un ajustado jean azul, una camisa ajustada blanca y un conjunto de ropa interior lila. Comienzo por lo primero, desabrocharme la camisa. Termino de desabrochar uno por uno los botones y me la saco, arrojándola a un costadito. Eso no era lo difícil. Quedo en jean y sostén. Pero ya el sostén no podía contener demasiado bien a mis enormes pechos, que luchaban por salir. Los estudiantes no lo podían creer. Dudaba yo, que pudieran llegar a concentrarse adecuadamente para hacer sus pinturas. Sigo sacándome la ropa, me desabrocho el jean primero y luego me lo bajo muy lentamente. Hago una pausa y no pude evitar mirar a los alumnos, a ver cuál era su reacción. Estaban encantados. Hubiera querido que la cosa terminara allí y que hicieran pinturas de mí así. Sin embargo, nuevamente la fuerte mirada del Sr. Leiva me dio a entender que no era suficiente y no me queda otra opción que desabrocharme el corpiño, dejando al aire mis dos enormes pechos. Escuchaba por lo bajos unos murmullos acerca de las cualidades de mi culo y de mis tetas.

Lo que más me costó fue el último paso, sacarme la bombachita. Ya que cuando estaba por hacerlo pasaron por el pasillo de las escuela, dos alumnos que serían de segundo año y se quedaron al lado de la ventana mirándome. Pero finalmente junté fuerzas y pude sacármela. 
Así estuve dos horas desnuda, posando frente a un curso de unas 40 personas. Afuera, se ve que estos dos chicos de segundo año que me vieron primero fueron a buscar a sus compañeros y no paró de agolparse gente al lado de la ventana para verme desnuda. La vergüenza había llegado a un nivel total. Dentro, escuchaba, desde los asientos que tenía más cerca, que murmuraban cosas cómo: “Mirá que culo hermoso que tiene”, “Y mirá esa conchita, con esos pelitos rubios. Como me gustaría comérsela”, “Que lindo sería partirla al medio”. Algunos comentarios hicieron que me sonrojara por momentos. Cada tanto Rodrigo Leiva me hacía cambiar de poses y aprovechaba para rozarse conmigo. Por momentos se acercaba a mí para hacer que daba alguna explicación a la clase y aprovechaba para tocarme: “Ven, tengan en cuenta que dar la redondez adecuada a algunas partes del cuerpo es muy difícil” decía al momento que me hacía parar de espalda a la clase y me pasaba la mano por el culo. “Ojo, pongan especial cuidado en esta parte, también es muy difícil de dibujar correctamente” decía mientras jugueteaba con mis pezones entre sus dos manos o directamente me sostenía una teta.

Pasadas las dos horas de clase, suena el timbre del instituto y los alumnos comienzan a guardar sus elementos de pintura en sus mochilas y a retirarse, Rodrigo Leiva me alcanza mi ropa y yo me visto ahí mismo. No me alcanzan ninguna bata como habitualmente se debería hacer en estos casos. Mientras algunos estudiantes pasaban por al lado mío. Primero me puse la camisa y cuando me estaba poniéndo la bombacha un alumno paso por al lado y me dio una nalgada en el culo: “Adiós, preciosa” dijo y rápidamente se perdió en los pasillos del instituto sin darme tiempo a quejarme.
Algo más tarde, volvemos a la mansión Leiva. El Sr. Leiva, me hace ir a su habitación esta vez, como era de esperarse. Había dejado que casi todos me cogieran y se guardaba lo mejor para el final. Para él. Había aprendido un par de cosas, y creo que él quería probarlas todas. En su gran habitación me coge una y otra vez, sin parar. Era increíble que un hombre de su edad y dado lo que aparentaba pudiera mantener cuatro potentes relaciones sexuales. Hicimos muchas y distintas posiciones. Comenzamos con un clásico misionero, en él que él se recostó encima mío y me embistió con todas sus fuerzas, bombeando y bombeando dentro de mi conchita una y otra vez hasta que se vino completamente dentro mío.

El segundo fue el perrito. Es decir, el me puso en la cama en cuatro patas y me dio pija por la cola sin parar. Me cogió el culo casi hasta el punto de hacerlo explotar. Sentí su enorme verga dentro mío empujando y empujando cadenciosamente una y otra vez. Llevaba él un muy buen ritmo que yo seguía hasta que me acabó en la cola, pero por fuera, bañando parte de mi espalda y mi cola.

El tercero fue un 69 hermoso, en el cuál con su experta lengua me arranco una enorme cantidad de jugos femeninos, al tiempo que yo le succionaba su miembro. Me lamió y lamió. Primero mis húmedos labios con maestría. Luego introducía su lengua bien adentro de mi vagina y la movía locamente, produciéndome una sensación de excitación asombrosa. Me daba chirlos en la cola también, fuertes y me introducía dedos en el ano para hacer mi goce aún mayor. Yo para recompensarlo, ponía todo lo mejor de mí en darle una buena chupada. Lamía su pene, por la cabeza, por los costados y luego bajaba hacia sus testículos. El seguía palmeándome las nalgas e introduciéndome sus dedos en el ano, mientras su mágica lengua se movía arrancándome gritos de verdadero y profundo placer.

El cuarto y último fue simplemente bestial. Tal vez la mejor penetración que recibí en mi vida y nunca vaya a tener otra igual. También fue él encima mío, pero esta vez me hizo cerrar fuertemente las piernas y apretar la vagina, con lo cuál sentí muchísimo su enorme verga. El me dio con todo. Bombeó y bombeó mientras me besaba muy bien en la boca, luego lamía mis pechos y me hacía gozar como nunca. Era increíble que una persona de su edad pudiera hacer lo que él estaba haciendo. Pero lo hacía y su verga no se bajaba. Seguía firme como un roble, erecta dentro mío. Continuaba bombeando y yo me dejaba puse las manos al costado de mi cabeza y me puse a disfrutar de lo que él me estaba haciendo. No podía disimular una sexual sonrisa en mi cara, ni dejar de gemir apasionadamente por momentos. Disfrutaba mucho cuando me tocaba con maestría las tetas. Como las acariciaba, como sólo pocos saben. Y él seguía empujando parecía invencible, un coloso. Por momentos yo lo abrazaba y acariciaba su espalda y seguía disfrutando de la pija que estaba recibiendo. Finalmente descargó su semen dentro mío y lo sentí con una fuerza y vigor increíbles, una vez más se repitió la sensación hermosa que había experimentado en la tienda de ropa.

Cuando terminamos el encuentro sexual, me explica que desde que se había muerto su mujer, que el no compartía su cama con nadie y que por otro lado no había terminado de cobrarse el premio de su apuesta y que en la casa había muchas cosas de valor y que en el fondo él no me conocía. El corolario de toda esta explicación que yo no entendía a dónde apuntaba fue: “Te voy a tener que atar y por respeto a mi difunta esposa nos vas a dormir conmigo, sino a los pies de mi cama”. Fue así como me puso un collar de cuero negro en el cuello, que tenía una larga correa atada a la cabecera de su cama. Me señalo una especie de colchón que habían en el piso a un costado y me dijo: “Vos dormí ahí que vas a estar cómoda”. No había almohada ni nada, sólo el colchón. Para poder dormir, me puse de costado y así dormí plácidamente toda la noche, como una gatita o perrita a sus pies.
Al otro día hubo más sexo, sexo y cosas que tal vez les cuente en un futuro relato. Cuando se hizo de noche, me llevaron en automóvil hasta la casa de mi Tío Alejandro. Nos saludamos y despedimos efusivamente. Entré a la casa exhausta y me tiré a dormir.
julieta_s24@hotmail.com

 

Obligada a hacer un strip-tease en el cabaret de mi tí­o

Miércoles, julio 18th, 2007

Mi nombre es Viviana. Soy estudiante de Administración de Empresas, tengo 19 años y vivo en Buenos Aires. Soy rubia, mide 1,70 mts., tengo buenas tetas y buen culo. Soy linda de cara, tengo ojos celestes, lindo cuerpo, en fin, no tengo de que quejarme en lo que hace a mi aspecto físico.

En enero de este año decidí que en vacaciones me iba a ir a pasar unos días a España a la casa de unos parientes. Tengo abuelos, tíos, primos. Toda la familia por parte de mi madre vive allá.

Hablo con mi madre y le comentó del viaje que quiero hacer. Ella me dice que le parece muy bien y me arregla todo para que vaya a pasar el verano europeo en casa de mi tío Alejandro.

Cuando comienza febrero empiezo a hacer los preparativos para el viaje. Voy a hacer los trámites, comprarme ropa, el pasaje de avión, etc., hasta que a mitad de febrero ya tengo listo todo para viajar.
Y llega el gran día: Mi mamá me lleva a aeroparque y viajó a conocer un nuevo país, un nuevo continente, una cultura diferente. Voy sola, y era la primera vez que hacía un viaje tan largo y de esas características. El viaje se hace bastante largo, como 16 horas de avión. Pero finalmente, llego a España, nadie me va a buscar al aeropuerto, sin embargo ello no afecta mi optimismo en cuanto al viaje.
Llegó a casa de mis tíos, una hermosa casa grande en las afueras de Madrid. Toco el timbre y comienzo a saludar a familiares que ni conozco. Todos ellos muy amables y muy hospitalarios todo el tiempo. Todo va muy bien los primeros 5 días. Al sexto día que era un viernes, estoy en mi habitación y entra mi tío sin golpear, mientras me estoy cambiando. Estaba en bombachita (una prenda muy chiquitita y delicada que compré en Recoleta, Buenos Aires) y alcancé a taparme con una remera, sin embargo a mi tío Alejandro parece que no le importó. Pasó y me habló como si estuviera vestida, sin hacerse ningún disimulo mientras de reojo me miraba las tetas y a través de un espejo que había en la habitación el culo. En ese momento, mi tío Alejandro me dice: “Mira nena que si bien vos venís de vacaciones, acá hay que trabajar”, yo le digo: “Bueno, decime en que querés que te ayude y te ayudo”. Él responde: “Hoy te espero en mi bar a las 20:30 hs. que falta una de las meseras y vos la vas a reemplazar”. Yo le digo: “Ok., a esa hora en punto voy a estar ahí”.
A eso de las 19 hs. comienzo a bañarme, no quería llegar por nada del mundo. Me cambio, elijo una remera blanca escotada, una falda negra muy corta, unas botas negras y medias blancas y una ropa interior blanca de encaje muy sexy y diminuta. Me tomo el tren (que en esas ciudades europeas funciona a la perfección y con una precisión asombrosa) y llegó al lugar. Cuando voy entrando veo dos hombres de seguridad en la puerta. Me miran de arriba abajo, enfocándose específicamente en mis tetas y me preguntan: “¿Vos quién sos?”. Los tipos no podían sacar la vista del escote de mi remera blanca, cuando empezó a darme vergüenza la situación les digo: “Viviana, la sobrina de Alejandro”. Uno de los dos me dice: “Pasa, por acá por favor”, y me dejan ingresar al lugar.
Entro y veo que el lugar es un bar con pocas luces, una barra de tragos hacia mi izquierda, muchas mesas chicas para dos o tres personas y un escenario al fondo grande, y otro escenario más chico hacia el costado derecho. 
Viene mi tío, me presenta a una chica de unos 29 años: “Hola, ella es Julieta mi asistente, ella te va a guiar y ayudar con lo que necesites”. Julieta me lleva a un cuarto contiguo y me da la ropa que tenía que usar para trabajar. Al ser un trabajo de mesera en un bar y de noche, yo había elegido una ropa que me había parecido sumamente sexy, sin embargo lo primero que me dice Julieta es: “Hola, te vamos a cambiar un poquito el look, así estás más sexy y recibís más y mejores propinas”. Abre un armario y empieza a sacar ropa, desde el lugar que yo estaba no veía bien que. Cuando me la alcanza veo la tanga más pequeña que había visto en mi vida, nunca había usado una cosa igual. El triangulito era minúsculo. Además me da un pañuelo para el cuello, una remera blanca que se transparentaba toda y una pollera que era la mitad de la que yo traía que ya era bastante corta. Mis nalgas se salían para afuera. La ropa me pareció excesivamente provocativa y sexual, pero como quería ayudar a mi tío lo más posible no dije nada. Pensé: estoy en su bar, estoy protegida. Le preguntó entonces a Julieta: “¿Donde me puedo cambiar?”. Ella me dice: “Acá mismo, adelante mío, ya que quiero ver tu actitud”. Al principio me dio vergüenza, pero sin darme cuenta por inercia, empecé a sacarme la remera. Primero quedé en corpiño, luego me bajé la pollera quedando en ropa interior. Ahí ella se acercó, siempre mirándome de arriba abajo y me dio una palmada en la nalga derecha y me dijo: “Estás buena, en este trabajo te va a ir muy bien”.  Yo me detengo un segundo pero enseguida ella se me pone detrás y sin que yo me de cuenta, me desabrocha el corpiño. Quedo en tanga y tetas, y cuando creía que eso era todo, Julieta rápidamente, me baja la bombachita dejándome completamente desnuda. Tenía mucha vergüenza en ese momento, porque bueno en bombacha y corpiño, era casi como estar en bikini, pero completamente desnudita era algo muy distinto. Agarro la ropa “de trabajo” que ella me dio para vestirme rápidamente y ella me dice: “Un segundo, no te vistas tan rápido, primero vamos a hacer un “ejercicio” para que a la noche estés más relajada y tranquila. Quédate desnuda”. Me hace quedar desnuda y yo le preguntó: “Nos vamos a quedar acá?”. Ella responde: “No, ahora vamos a ir para el salón”. Y me lleva a mí desnuda, mientras ella estaba vestida al salón. Había algunos empleados (seguridad, cocineros, etc.) y empleadas (otras chicas y meseras) que iban llegando. No podía soportar la vergüenza. Los hombres enseguida me miraban y comentaban, y no me sacaban la vista de encima. Entre los murmullos escuchaba: “Está bárbara”, “Mira las tetas que tiene”, “Mira ese culito”, “Es hermosa”, “Como le apretaría esas tetas”. Lo cual en cierto modo me llenaba de orgullo.

Julieta me conduce hasta la barra de tragos en donde estaba mi tío y le dice: “Alejandro, te felicito tenés una sobrina hermosa, tiene mucho futuro trabajando con nosotros”. Mi tío dice: “Si ya veo, Vivi a ver date una vueltita”. Y yo ahí exhibiéndome ante mi tío, Julieta y unos 5 o 6 empleados que estaban un poco más lejos. De a poco la vergüenza del primer momento iba pasando, tal vez Julieta tenía razón. Hasta que mi tío dice: “A ver, Eric vení”. Eric era un empleado de seguridad, bastante fornido y apuesto.  Alejandro: “Que te parece, del uno al diez que puntaje le das”. Me agarra suavemente de la mano derecha, me hace dar una vuelta quedando de espaldas con el brazo en alto y sacando culo. El me da una palmada en la nalga, me hace completar la vuelta y me toco los dos senos fuertemente con sus dos manos. Se acerca más de frente y me toca nuevamente el culo, lo amasa, me mete un dedo por la raya, mientras con su mano izquierda me toca la vagina y dice: ”Alejandro, sin duda, es un 9 puntos”.
Eric se va a continuar sus labores y quedamos yo, mi tío Alejandro y Julieta. “Que querés tomar” me pregunta él. “Una cerveza”, contesto yo. Y ahí estaba yo, tomando una cerveza desnuda en un bar y a muchísimos kilómetros de mi casa. Cuando termino la cerveza, ya un poco el hecho de estar desnuda se había tornado “natural”, o por lo menos natural para esa extraña situación. Mi tío (Alejandro) dice: “Julieta, bueno llévala a que se cambié”. Julieta me lleva y me  da la ropa que me había dado antes. Me visto y me miró frente al espejo que había en la habitación chiquita que usaban de vestuario. Noto dos cosas: mis pechos se transparentaban demasiado y mi culo se salía casi por la mitad de la pollera. En cuanto me inclinara un poquito para adelante, el hilo blanco que me habían dado por bombacha se vería todo. Cuando veo como queda, le pido a Julieta otra ropa, o si no podía usar la mía, pero me dice terminantemente que NO, que esa era la ropa del local, y que la tendría que usar y que sino mi tío se enojaría mucho y me enviaría devuelta a Buenos Aires y mi viaje y mis soñadas vacaciones habrían terminado.

Aparte de decirme que no podría usar otra ropa, Julieta me explica las reglas respecto al cuidado de la ropa del local y me dice: “Como hemos tenido problemas con otras chicas que perdían o se robaban la ropa, la regla general es así, por cada día de trabajo, se te da un conjunto de ropa, si lo perdéis o por alguna razón no lo encontráis o no lo tenés, no se te va a dar otro conjunto de ropa. Está entendido”. “Sí”, dije yo pero no entendí muy bien a que se refería, siendo la sobrina del dueño no me iba a robar la ropa, que aparte no me gustaba, ni me quedaba cómoda.
Ya vestida para trabajar voy al bar y le pido a mi tío otra cerveza para tomar. A las 22 hs. empieza a llegar la gente. A las 23 hs. aproximadamente me llamó la atención que había pasado una hora y no había ingresado una sola mujer al lugar. Pensé: “Será un club de hombres en el que miran partidos de fútbol, boxeo, o juegan al póker”. Sin embargo a las 23:30 hs. sale un Sr. al escenario presenta a una tal Natalia que sale al escenario y hace un baile erótico.
Yo mientras tanto seguía trabajando como camarera. Nunca había estado en un lugar así. Pero bueno, era una experiencia distinta y nueva, que era lo que yo quería hacer cuando emprendí este viaje. Atiendo un par de mesas, tomo varios pedidos y los llevó. Los hombres empiezan a comer. A la quinta mesa que voy a atender, había tres hombres, uno de ellos más alegre que los otros dos, probablemente por efectos del alcohol y me dice: “Hola, nena” al momento que me mete la mano por debajo de la pollera y me toca el culo y ahí dice: “Ahh bueeeno! que pedazo de culo tenés perra”. Yo me incomodó un poco, pero dejo que me toquen para no hacer una escena y pregunto: “Que van a ordenar?” Me hacen el pedido de vino y lomo a la portuguesa para los tres. Cuando vuelvo para traerles el mismo, el más “alegre” dice: “Está propina es para vos y me pone un billete de 20 Euros en la tira de la bombacha y me da otra palmadita en la nalga. Les sirvo vino y los otros van a brindar. Me preguntan: “Como es tu nombre?”; “Viviana” respondo yo y el “líder” del grupo dice: “Salud, por las mujeres hermosas como Viviana” y levanta bruscamente su copa. Al levantar la copa, me mancha toda la remera y queda con un olor a vino impresionante. Voy a hablar con Julieta y le digo: “Un cliente me ha manchado la remera, necesito otra.”. Ella se pone como loca, furiosa y me dice: “Ves, te dije que cuidaras la ropa, te explique las reglas. Querés hacer que me echen? Eh, yo soy la responsable de vestuario entre otras cosas, así que ahora vas a aprender. No sólo que no te voy a dar otra remera, sino que también me vas a devolver el corpiño”. “Como?” pregunto yo, estaba anonadada. Le digo: “Yo no te voy a dar nada, hasta que no termine de trabajar”. Eso la hizo enojar aún más y apretó un botón rojo. Enseguida apareció Roberto, otro de los guardias de seguridad y Julieta dijo: “Roberto, déjala en tanga, así aprende a cuidad la ropa”. Viene Roberto me agarra por detrás y con una fuerza descomunal tira primero del corpiño, rompiéndolo y dejándome en tetas y con mis pechos bamboleándose por un rato. Y luego hace lo mismo con la pollera. Quedo en la fina tanguita blanca. Al volver al salón, mi nuevo aspecto impacta en algunos hombres, ya que si bien todas las meseras eran muy bonitas y estaban vestidas de manera sexy, ninguna de las camareras estaba todavía a esa hora tan desnuda.
Vuelvo a atender las mesas, sólo que ahora estaba mucha más expuesta que antes. En todas las mesas que iba alguno me daba una palmada en la cola. Otros me pedían de sacarse fotos conmigo a lo que yo accedía gustosa y de buena onda. Hubo un cliente que pidió una botella de cerveza que me pidió si no me la podía poner entre mis dos hermosas tetas, por lo cual me gané una propina de 15 Euros. A las dos horas de estar atendiendo las mesas en tanga y tetas, y los hombres haber consumido más alcohol, ya en casi todas las mesas había alguno que me tiraba un manotazo en las tetas, aparte de la ya casi automática palmadita en el culo con cada pedido que llevaba a las mesas.
Haciendo un show erótico muy acrobático, una de las chicas se lesiona. Era la preferida del Sr. Rogerwar, el mejor cliente del lugar. Esa chica, Diana, luego de bailar para todo el público iba a hacer un show privado en uno de los VIPs para este cliente como era costumbre todos los viernes.
En algún momento cuando empecé a buscar trabajo, había pensado en trabajar de camarera, pero nunca me había imaginado una experiencia  semejante. Y en cierto modo, era excitante.
En una de mis idas a la barra, para buscar las bebidas y comidas para los clientes, mi tío me dice: “Nuestro mejor cliente, el Sr. Rogerwar me preguntó por vos y si estás dispuesta a hacer un baile para él en la sala VIP”. Le digo: “No sé, dejámelo pensar”. Alejandro: “Mira que para a hacer un baile te dan un nuevo conjunto de ropa”. “Entonces sí”, digo yo. Ya estaba un poco cansada de estar desnuda y ante la mirada de tantos hombres. Además tal vez, el volver a vestirme evitaría aunque sea en parte el manoseo constante al que era sometida por parte de los clientes. Voy con Julieta y ella me da la ropa que yo había traído más un collar plateado para el cuello.
Al principio no sé que decir, pero bueno, voy. No sabía muy bien que hacer, entonces empiezo a bailar como lo hago en los boliches de Buenos Aires, cuando salgo con mis amigas. Mucho meneo, movimiento de cola, 100 % sexualidad.
A los 10 minutos de bailar para él de manera sexy, el tipo sin dudarlo me pide que me quede sin ropa. Dudo y el se da cuenta enseguida de lo que pasaba por mi cabeza. Sin pensarlo dos veces él, que se ve que tenía muchísimo dinero y poder, saca un fajo de varios billetes de 100 U$S y me dice: “Te compro tu remerita”. Lo dudo un instante, pero cuando pienso en que esa remera me había costado U$S 10,00 y estaba por venderla en por lo menos U$S  2.000,00 no lo pensé y sin pensarlo me saqué la remerita y se la arrojé al Sr. Rogerwar que la agarró al vuelo con un mano, lo que me hizo pensar que era un habitué en este tipo de clubes. Lo mismo con la pollerita que me habría salido unos U$S 25,00 y él me la “compraba” a U$S 3.000,00 aproximadamente. Para ese momento estaba en bombacha y corpiño y con U$S 5.000,00 para gastar. El tipo me dice: “Te gusta la platita, no? Putita. Ahora te voy a dar el doble si te quedás totalmente desnudita”. ¡10.000 dólares! Nunca había tenido esa plata en toda mi vida, es más era mucho más de lo que podría ahorrar trabajando  10 años. “Aceptó” le dije, pero esta vez fue él quien me sacó primero el corpiño y luego la bombachita, y no era para menos con lo que había pagado por dichas prendas. Ahí estaba yo, completamente desnuda, frente a un tipo que no conocía y a 20.000 km. de mi casa. Si mis padres se enterarán de esto pensaba.
La situación me calentaba mucho, debo confesarlo. El tipo me hace arrodillar frente a él y me dice que le iba a tener que practicarle sexo oral. Yo pensé: “Se lo merece”. Mientras se la chupaba, él me pegaba palmadas en las nalgas para que yo aumente el ritmo. En un momento me dice: “Juntate las tetas”. Me hizo un poco una “turca” (pene entre las tetas) y me acaba un poco en las tetas y un poco en la cara.
Una vez que el acabó, yo estoy por vestirme y el me mira y me hace un gesto de negación con la cabeza y dice: “No, nenita, vos te quedas así desnudita y con mi lechita por tu cuerpo”. Me deja desnuda, pide un champán, uno bien bien caro (U$S 500 la botella) y lo tomamos. Cuando ya se está por acabar en el último vaso el me dice a ver ahora te vas a tomar un nuevo trago que está de última moda aquí en Europa. Me hace masturbarlo y acaba en un vaso. Llama al mozo, pide otro vaso y dos hielos con un poco de vodka pone su leche ahí y me lo hace tomar al tiempo que me pregunta: “¿Está rica, no?” Al principio me dio un poco de asco, el hecho de tomar su leche, pero luego me di cuenta que no tenía un gusto tan feo.
Este tipo parecía insaciable, me hace cabalgarlo. Después de un buen rato de sexo en el que yo estaba arriba de él, el tipo se va.
Cuando vuelvo al salón, paso por al lado de mi tío quién me hace el siguiente comentario: “Aprendés rápido, nena, yo sabía que ibas a ser una buena puta”. Luego más tarde terminada la noche de trabajo vuelvo a la casa. Me encuentro con mis primas y me preguntan como me había ido. Yo les cuento la historia y a ellas les parece lo más normal del mundo.
Al día siguiente el club no habría y vienen unos amigos de mi tío, para jugar al póker. Mi tío que según me cuentan mis primas venía perdiendo mucho dinero, no tenía dinero suficiente para jugar esa semana. Pero jugador incurable como era se le ocurre una brillante me apuesta a mí en la partida de póker. Finalmente, luego de 2 horas de póker mi Tío pierde y para pagar sus deudas, me dice: “Vivi, mañana a las 10 hs. de la mañana estos buenos señores te van a llevar a pasar un día de campo y a conocer parte de España” (ESTA HISTORIA LA CONTARÉ MÁS EN DETALLE EN OTRO CAPÍTULO).
Una vez que vuelvo del día de campo, mi tío me lleva a trabajar nuevamente a su bar y la historia se repite, aunque no igual, parecida.
Una vez finalizadas mis vacaciones, despido a mi familia en mi Madrid, luego de unas hermosas vacaciones, las mejores de mi vida y vuelvo a Buenos Aires.
Empiezo a frecuentar “bares” por la zona de Recoleta y la historia continúa …
julieta_s24@hotmail.com

Mi confesión

Domingo, julio 15th, 2007

Hola a todos.

He leido muchos de sus relatos por recomendación de un amigo y después de encontrar todo lo que ustedes publican me atrevo a escribir esto ojala y me permitan publicarlo y felicidades por tan bonita pagina gracias, para cualquier aclaración escribanme a gabymargo68@hotmail.com, espero publiquen esto en la seccion de FILIALES

Gracias.
MI CONFESION

Se que esto a muchos escandalizara y para otros será asqueroso, lo único que puedo decir es que esto es auténticamente cierto, y que las cosas se van dando y las circunstancias arrastran una y otra situación que desemboca en resultados que a veces no queremos, por otro lado, a muchos nos provoca lo sucio y lo perverso, lo disfrutamos y por un falso pudor y moral lo negamos, quiero al publicar esto que me escriban personas, especialmente mujeres que hayan vivido cosas similares, que quieran comentar esto platicarlo, desahogarnos y porque no disfrutarlo, solo suplico que sean personas honestas y reales y que no solo les guie el morbo o la calentura; y pues comenzare diciendo que soy una mujer mexicana, separada hace 5 años de mi esposo que fue a la vez mi primer novio y mi único hombre, como muchas tuve que lidiar con es estigma de ser una mujer “abandonada” que tenia que aparentar ante la “sociedad” y demostrar una decencia para evitar que me malvieran, tuve que trabajar para mantener a mis dos hijos, enfrentarme a la realidad que como mujer debe uno de ser “accesible” y muy “dispuesta” con los jefes y patrones para conservar el puesto además de soportar a todos aquellos “hombres” que se desviven por atender a una mujer separada, y que lo único que buscan es una vagina donde vaciar su semen y su calentura. Bueno cuando esto sucedió tenia 2 años de separada,  trabajaba en una oficina de gobierno, tenia yo 36 años siempre he poseído un buen cuerpo mido 165 cms, morena clara cabello a media espalda y rizado, ojos claros, con talla 9 de pantalón caderona y sobra decir algo nalgona, de busto 34c, de casada me encantaba andar de minifalda y de mucha zapatilla, gusto que tuve que dejar pues siendo sola el vestir así implica traer un letrero puesto que dice fornicame, los dos años sin marido habían sido muy difíciles en el terreno intimo pues había tenido que aguantarme las ganas de hacer nada y solo me tocaba muy discretamente en la soledad de  mi cama, después de una agria discusión con mi madre cuando supo que tenia un pretendiente y que incluso amenazo con quitarme a mis hijos por mala mujer, accedí por primera vez a irme a tomar unas copas con unos de mis compañeros de trabajo, quería desquitarme y vengarme de cómo me trataba la vida, ya eran como las dos de la mañana y quien me toco de pareja bailando, ofreció llevarme a mi casa, y al llegar ya mareada, quise agradecer invitándole un café, resulto que termino todo en un delicioso faje en la puerta del edificio donde vivo, todo eso causo efecto y lo que mas deseaba era tener sexo con alguien, así que dada la hora sabia que mis hijos dormían como troncos y pidiéndole que no hiciera ruido lo invite a subir, entramos y fui a verificar que mis hijos durmieran, una chica y un joven aun en la adolescencia, lo lleve a mi cuarto, me desnudo y a poco me daba cuenta que aparte de todo no sabia nada del sexo, pues este hombre me tocaba y hacia cosas que jamás había imaginado haría yo, estaba en la gloria, me habían encendido un interruptor que saco todo lo hembra que llevo dentro, en un rato me había penetrado, me había hecho el sexo anal y lo mejor lo disfrutaba como toda una puta, yo gemía y de momento perdía el control, el después de varios intentos accedí a que bajara y lamiera mi vagina, lo hizo delicioso, nunca en mis 17 años de casada, había experimentado tanto placer como esa noche, y pensaba de lo que me he perdido, y me juraba que a partir de ese día  haría muchas cosas sucias y que cocería como loca, y vaya que lo he hecho, estaba como poseída con las piernas abiertas de par en par, mientras el me chupaba y movía sus dedos dentro de mi vagina, cuando por reflejo voltee a la puerta, tanta había sido mi intención de no hacer ruido, que no cerré ninguna puerta, y estaba mi hijo parado tratando de no se visto viendo todo lo que me hacia, quise gritar levantarme y correr, pero no pude hacer nada, fue todo en instantes, paso todo por mi mente, de pronto a la luz de la lámpara de la calle, vi. como el se apretaba en su entrepierna, era obvio se estaba masturbando, fue algo detonante en mi, desapareció mi miedo mi temor, mi vergüenza y una oleada de algo caliente recorría mi cuerpo, de pronto no sabia porque el centro de ese placer que sentía no radicaba en lo que mi amigo me hacia sino en ver a mi hijo ahí parado, en el momento que el se levanto para volverme a penetrar el desapareció, pero esas imágenes de el parado en la puerta fue lo que me dio un tremendo orgasmo que me llevo al cielo, al otro día estaba confundidísima, el me hablaba como si nada, y no sabia que hacer, yo sentía mas calentura que en la noche, sabia que algo se había transformado en mi, a partir de esa noche, cada que algún conocido o amigo me invitaba salía con el, y terminaba en un hotel haciendo el amor como loca, pero no era suficiente no sabia que pasaba pero no me sentía satisfecha, unos veinte días después me descubrí que mientras me cambiaba mi hijo me estaba espiando, y me di cuenta, eso me excitaba muchísimo, entonces empecé a idear un plan, a mi hija la mande con mi hermana con un pretexto absurdo y a mi hijo le recomendé que no llegara tarde pues me iba con un amigo pero que el me venia a dejar, con una excitación enorme pasada a una de la madrugada llegamos esa vez yo había tomado mucho menos pero fingía estar mareada, entramos a mi cuarto y solo empareje la puerta, sentía que mi corazón se salía, y empezamos a coger como locos, de pronto ahí estaba nos estaba espiando, yo fingía no ver pero notaba como el metía su mano bajo su short, era sencillamente enloquecedor, buscaba acomodarme de manera que el viera todo, al poco rato, note que se marchaba, a partir de esa noche cada 8 o 15 días me las ingeniaba para mandar a mi hija fuera y a llevar a mi amigo,  era un placer el solo imaginar que nos espiara, tal vez el sospechaba que yo me daba cuenta pues un día note que el se asomaba en la puerta mientras yo hacia el sexo oral, y note que al ver que mi amigo le daba totalmente la espalda se paro en medio de la puerta totalmente desnudo, eso me enloqueció, fue todo una provocación de su parte pues el estaba ahí esperando que lo viera tratando de lucir su pene totalmente erecto, y no conforme alcanzaba a ver como se masturbaba, me daba cuenta como cada que le daba espectáculo a mi hijo mis orgasmos eran fenomenales y quedaba mas que satisfecha, entonces mi perversión iba en aumento, y como resultado empecé a vestir cuando andaba en la casa en fachas con una playera larga ya  gastada, me quedaba como minifalda y permitía ver a través de ella, se notaba mi pantaleta y mis pezones, aparte que dejaba ver gran parte de mis muslos y cuando me sentaba dejaba ver claramente mi entrepierna, yo veía a mi hijo cada vez mas interesado en la perversión, pero aun con miedos o pena, como a los 4 meses de esos juegos, mi hija estaba en exámenes y el no tenia clases, hable al trabajo y pretexte sentirme mal, baje a darle de desayunar y me metí a bañar sobra decir que deje entreabierta la puerta yo podía casi ver la silueta de su cabeza asomándose, entonces decidí ir mas lejos y comencé a sobarme los pechos para terminar dándome dedo deliciosamente, pero por mas que intentaba no podía llegar al orgasmo, entonces, decidí salir con mi toalla enredada y subí a mi cuarto, yo sabia que el había visto todo y fui a su cuarto, ahora yo lo espiaba, y si había hecho efecto, estaba tirado en la cama con su pants en las rodillas y acariciándose su miembro para sus casi 15 años estaba muy desarrollado, eso me tenia casi enloquecida, no sabia que hacer, no sabia que decir, empecé otra vez a tocarme y en un momento lo decidí, empuje la puerta y entre el se asusto, y se quedo inmóvil, yo llegue y sin decir nada tome su pene en mi mano, y comencé  a masturbarlo, solo subí y baje su pellejito unas 3 veces y eyaculo embarrando mi mano, sin soltarlo le dije que ya era todo un hombrecito y que sabia que me espiaba y que después de eso venia a masturbarse, el seguía en silencio, me incline le di un beso en la mejilla y uno muy suave en sus labios, después de eso, sucedieron unos 15 días de silencio entre nosotros casi no hablábamos y eso me tenia muy preocupada, tenia por momentos sentimientos de culpa y en otros unos deseos enormes de volver a hacerlo, ya no había llevado a mi amigo y casi no tenia ganas de estar con el, llego un fin de semana que había hecho una comida para el cumpleaños 13 de mi hija, mis hijos con sus primos y algunos amigos jugaban y pasaban el rato, como es costumbre en las fiestas mexicanas al final los mayores terminamos tomando y ya mareados solo quedábamos mi hermana con su esposo y mis sobrino quienes terminaron quedándose por lo avanzado de la noche, dispuse la recamara de mi hija para mi hermana y mis sobrinos se quedarían en la de mi hijo, mientras mi hija se cambiaba y mi hermana ya dormía mi hijo seguía con el play station en la recamara, ya con mi acostumbrada playera fui a pedirles que se durmieran, y aun recuerdo los ojos llenos de morbo de mi hijo y mis sobrinos al verme entrar así, insistieron de sobra en que me quedara a jugar, cosa que acepte pidiéndole que bajaran la voz pues no quería que mi hermana me viera así, los tres ponían mas atención a mis piernas y mis pantaletas que asomaban mas que al juego, fue una sensación que me pareció muy perversa y excitante, no se cuanto tiempo estuve ahí con ellos incluso termine sentada en el piso dejando ver todo lo que pudiera dejar al descubierto mi tanga, al final me fui a dormir y termine viniéndome deliciosamente tras una rica masturbada en el baño, entonces me daba cuenta de las cosas, me gustaba que mi hijo me viera pero mas allá me encanto que mis sobrinos que tenían de la misma edad de mi hijo, también habían despertado mi morbo, empecé a hacer cosas temerarias, en la junta de firma de boletas de mi hijo, me senté de tal manera que accidentalmente se me viera la tanga, algunos chicos volteaban a verme con disimulo y eso me promocionaba una excitante humedad en mi entrepierna, terminaba dándome dedo como loca, al mes de ese primer encuentro entre mi hijo y yo el asunto llego a su culminación, el sábado que yo no trabajo mi hija tenia ensayo en la escolta y me quede con mi hijo me levante y me puse solo mis pantaletas, el saber que estábamos solos me puso como loca, le lleve un jugo a su cama el veía tele y me veía como hipnotizado mis pechos, empezó a tomar el jugo y levante las cobijas entre jugando, buscaba que se levantara cuando vi. tenia su miembro totalmente erecto, y como duerme con un short pero sin truza se notaba todo a su máximo esplendor, le dije mira como estas, otra vez sucedió lo mismo sin pensar puse la mano sobre su pene, y le di un beso en la boca, esta vez el beso fue largo largísimo donde mi lengua hurgaba en su boca, el reacciono, me abrazo y empecé a guiar sus manos, enseñándole como acariciar mi espalda, mis pechos lo puse a lamerme los pezones, y a mamarme las tetas, yo estaba excitadísima, el me mordía y me manoseaba toscamente poco a poco le fui enseñando como hacerlo, me levante y me quite la pantaleta, me acosté y lo puse sobre de mi guiando su miembro a mi vagina, me penetro no duro ni 5 segundos adentro y termino, fue muy excitante para mi, lo acosté y empecé a chuparle el pene, fue delicioso sentir ese pene casi sin nada de vello, aun chico y delgadito, se lo chupe un ratito y volvió a eyacular, lo estuve acariciando mucho rato, y le dije que por todo eso estaba muy excitada que me tenia que ayuda y le pedí que me acariciara los pechos y las piernas mientras me masturbaba, el no perdía detalle de todo eso, hasta que explote en un orgasmo mas que delicioso mas que extenuante, me volvió a la realidad el teléfono, era mi hija que me pedía permiso para irse con su papa y que regresaría al otro día, esa noche me lleve a mi hijo a mi cama, le fui enseñando poco a poco como tocar a una mujer, como darme placer, le enseñe como lamerme la vagina y como moverse mientras me penetraba, las posiciones que podíamos hacer, cojimos delicioso, fue una noche maravillosa, el se volvió mas abierto conmigo me buscaba en todo momento, cuando sabia que su hermana no nos veía, me acariciaba las nalgas y las piernas, era el juego mas sucio y perverso pero muy excitante,  cuando podíamos el se me aceraba y me decía al oído quiero, yo sabia que significaba, como siempre teníamos la libertar de estar solos en ciertos momentos, lo llegamos a hacer el la sala el baño, en todas partes y me daba un placer infinito y maravilloso, yo lo hice hombre y le enseñe todo lo que un hombrecito debe saber, aun seguimos haciéndolo se ha desarrollado como va a un gym ha formado un cuerpo envidiable, el también se ha vuelto muy morboso, muy perverso, a veces va y me platica que hace con su novia, como la toca, incluso en una ocasión yo le sugerí que la trajera a ala casa cuando fueran a hacerlo pues quería esconderme y ver como lo hacia, el dijo que si de inmediato, lo mas morboso de todo fue cuando hace unos dos meses lo descubrí espiando a su hermana que esta mas que desarrolladita, estaba muy excitado yo lo abrace por atrás y estuve masturbándolo unos segundos mientras el miraba, muchas cosas muy perversas se me han ocurrido desde entonces, no se que pueda pasar, no se como lo tomaría mi hija, cada cabeza piensa diferente, hay muchas cosas y detalles llenos de placer, de morbo que no puedo describir acá pues seria muy largo, no se cuanto mas dure esto pero por lo mientras lo disfruto mucho, ahora y pensando en eso, hace unos días permití por primera vez que mi ahijado viera mas de la cuenta, tal vez sea el siguiente, no lo se, espero comentarios como dije muy sinceros y honestos, mi correo es gabymargo68@hotmail.com escriban por favor. Gabriela.

Primera experiencia Merida, Yuc. (Hombre-perro)

Sábado, julio 14th, 2007

Hola a todos les contare esta historia que tiene ya algunos años, pero me animo a escribirlo pues me encantaria que se repitiera, vivo en la ciudad de Mérida, Yucatán, México y tengo 24 años, no me considero de mal aspecto de hecho a la gente le agrada estar conmigo dado esto, y pues si tengo mi pegue, ok ahora si vamos a lo que es.
 
Hace mas o menos 10 años, pues me encontraba en el apogeo de la pubertad y las hormonas estaban al cien, habia descubierto la pornografia desde ya hace tiempo, y pues a veces me masturbaba viendola, aunque suene curioso me daba mucha pena acercarme a las mujeres y por eso pues no habia podido tener alguna experiencia hetero, solamente alguna vez con un amigo que me llevaba mas años, como uno o dos, pero estando aun mas chico, pues tuve mi primera experiencia sexual, pues experimentabamos con nuestra sexualidad y pues esa fue mi primera experiencia homo, de ahi en adelante eso entraria en mi mente, y pues por eso me considero bisexual, por que me encantan las mujeres, aunque no siempre se puede encontrar una que comprenda esta manera de vivir, ok, continuando con el relato, pues llegue a la casa de un tio mio, el cual contaba con un perro Rottweiller, muy docil y jugueton pero pues con la apariencia que tenia inspiraba respeto, este perro tendria unos 2 años por esos momentos, y nunca habia sido cruzado, entonces a veces se te subia a la pierna, y comenzaba a hacer su baile, no lo habia tomado en cu3enta antes, pero aquel dia de verdad estaba caliente, y sali al patio con la intencion de ir a un estudio que se encontraba en este, claro sin intenciones de nada. solamente iba a la computadora a jugar un rato, de hecho no habia nadie en la casa pues mi tio habia salido y pues considere que iba a tardar, asi que al dirigirme hacia el estudio donde estaba la computadora, me encontre al perro quien siempre me recibia como si fuera su dueño pues yo me ponia a jugar con el lanzandole la pelota, etc. pero aquel dia cambiaria el juego, y el lo iniciaria esta vez, pues al saludarlo, este se me subio a la pierna como lo hacia a veces pero esta vez no lo baje, el me tomo por sorpresa por la espalda y perdi el equilibrio y caí en cuatro, y este empezo a tratar de penetrarme, pero me pare rapido y lo corri, me meti al estudio y encendi la computadora, pero esa imagen y lo que habia pasado no me la pude quitar de la mente, y el perro en la puerta del estudio echado, me puse muy caliente vale la pena decirlo pues a pesar de ser una idea confusa la que tenia en mente recorde lo que hacia con mi amigo antes, asi que lo llame, y me lo vi, lo comence a acariciar, y este volvio a hacer lo mismo trato de montar mi pierna, pero esta vez no me tiro, sino que esta vez, solamente lo hice a un lado pues seguia calentandome, y me puse en cuatro, pense que que tenia que ver ue era lo que hacia, pero al estar solo en casa, pues podia ponerme mas comodo aunque no podia estar tan seguro asi que solamente me baje el pantalon, que era un pants,osea rapido de poner, asi que me puse en cuatro y este al verme en esa posicion no perdio tiempo y me monto, claro al principio no lograba acertar, pero el simple hecho de sentir su pene rozando mi ano, me ponia al 100, de verdad que estab viviendo un extasis tremendo solamente con estar en esa condicion, y en uno de esos intentos lo cual no tardo mucho pero sentia que fuera asi, logro penetrarme de inmediato senti placer pues con la lubricacion que tienen los perros no me dolio en lo absoluto cuando entro, al entrar inmediatamente comenzo a entrar y salir (solamente de recordarlo me pongo caliente otra vez) yo no podia creer lo que estaba haciendo me encontraba en una situacion en la cual jamas habia pensado, pero me encantaba, me encantaba sentir como gemia el perro, y sentir como me penetraba, de manera rapida, y dura, derrepente, el se bajo de mi espalda, pero yo estaba al cien, y lo voltee a ver hasta ese momento fue cuando realmente pude comprender lo que estaba dentro de mi y que me daba tanto placer, era un miembro de aproximadamente 22 o 23 cms, con todo y bulbo, pero esta muy grueso, en ese momento me asuste por que nunca habia visto el pene de los perros, o bueno al menos no habia puesto atencion, este perro comenzo a lamerse, y yo seguia caliente pero me imagine que llegaria mi tio, y me moriria de verguenza de que me encontrara en esas condiciones aunque estaba lejos de la entrada y podria escuchar si llegaba, pero me subi los pantalones y me puse en la computadora, estaba hyper excitado, me hacen falta palabras para describir lo que sentia en ese momento, y aunque trate de poner atencion a la computadora, no lo lograba solo de pensar en lo que acababa de suceder, y volteaba a ver al perro, y este estaba como si no le importara nada mas, se seguia lamaiendo echado, y pues tambien me quede pensando que no habia eyaculado, hasta ahora no comprendo eso pero no importa, al saber ersto pues nada habia corrido por entre mis nalgas, el morbo, la excitacion y la idea que me rondaba una y otra vez, me decidi a volver a intentarlo, el perro al ver que me levante de la silla se me puso enfrente como diciendo a donde vas, pero yo sabia exactamente a donde iba, asi que me agache un poco y le toque su pene envuelto ya en su vaina,al sentir esto el perro se comenco a excitar inastantaneamente, asi que no perdi mas tiempo, pues veia que sacaba chorritos de liquido, crei que era su semen pero despues me entere que es un lubricante natural, actua rapido me baje el pantalon a la altura de las rodillas nuevamente, y este al verme nuevamente asi no perdio tiempo pero esta vez solamente hizo 3 intentos y logro penetrarme otra vez estaba dentro de mi y me poseia de una manera increible, me encantaba sentir como me penetraba una y otra vez, pero se volvio a salir pero esta vez, comenzo a lamerme el culo, una y otra vez, sentia delicioso esa experiencia, yo me abandonaba a su lengua, y despues me volvio a montar, esta vez me agarro fuertemente con sus patas delanteras, y comenzo a tratar de atinar en mi ano, pero esta vez yo le ayude, estaba super exciatado asi que comence a mover mi culo para que este acertara rapido y asi fue comenzo a cogerme nuevamente, ahi estaba entrando y saliendo ese pedazo de carne canino poseyendome entraba y salia una y otra vez, sentia delicioso esa experiencia una y otra vez, me abrazaba fuertemente por mi cintura, y gemia, yo no emitia ningun sonido mas que un leve ahhh, cada vez que arremetia contra mi, esta en el cielo, me encantaba, sentir ese pedazo de carne y la manera en que me cogia, y derrepente, siento como empieza a inflarse su bulbo, por que sentia como entraba y salia de mi ano, pero derrepente ya no pudo entrar, pero yo segui disfrutando aun sin saber para que era ese extremo, y el perro seguia, hasta que derrepente se detuvo y se quedo en mi espalda yo seguia moviendome, pero ya no era lo mismo, me encantaba sentir esa fuerza con la cual arremetia contra mi, y aunque solo el hecho de tenerlo encima y su pene aun dentro de mi me excita mucho, se quedo asi por 2 minutos aproximadamente, y se bajo de mi espalda al no estar abotonado, no hubo problemas y al salir su pene de mi ano, senti delicioso ya me habia venido como 2 veces en el suelo, pero queria seguir disfrutando, al salir la punta de su pene de mi ano solamente se escucho como un chasquido, y senti como salio una que otra gotita de semen de el, pero yo me sentia totalmente extasiado, el comenzo a lamer mi culito, y senti delicioso, eso que habia hecho, despues el unicamente se echo en un rincon a lamerse, y ya con los deseos controlados aunque no al 100% me subi el pantalon, y no fue sino hasta ese momento que senti algo extraño fui al baño y me di cuenta de que magnitud habia sido su venida, estaba impresionado, y seguia excitado pero ya no hicimos nada mas por temor a la llegada de mi tio, del inicio al final habran pasado unos 40 o 50 minutos, esos que marcaron mi vida para la zoofilia.
 
Tengo mas experiencias con este y otros perros que despues les contare, espero sus comentarios, ideas, y tambien por este medio digo que me gustaria conocer a gente de aqui de Mérida o de pueblos o ciudades vecinas que cuenten con perros machos dado que ya no tengo ninguno y me gustaria revivir experiencias, e intentar cosas nuevas como hacer un video mientras me lo hace el perro, de lo demas si lo hablamos no creo que haya problema, gracias por leer estas lineas, mi e-mail es: cockerspamx@yahoo.com.mx.
 
hasta pronto
 
Cocker Spa

Mi nuevo amigo William

Miércoles, julio 11th, 2007

Hola, soy Carmelo, tengo 53 años y soy de Puerto Rico. No acostumbro salir desde que comencé mis estudios postgraduados y, ahora que me gradué pensé que salir a compartir con mi concuñado y algunos de sus amigos no sería mala idea.  Eran, aproximadamente, las siete de la noche y la barra donde estos comparten los viernes la cierran a las ocho (8:00pm).  Nos tomamos unas cuantas cervezas y sin darme cuenta dieron las 8:00 y noté que el dueño de la barra cerraba las ventanas, fue entonces que decidí ir a una barra cercana, pero me fui sólo.  De momento no pensé en detenerme allí, pero vi algo que me llamó la atención y no quería perder la oportunidad de verlo de cerca.  Era un joven bastante robusto, un poco pasado de peso y bien parecido que hablaba con un amigo en la puerta de la barra.  Entré y pedí una cerveza, mis ojos no dejaban de mirar aquel monumento, pero de repente se despidió de sus amigos y se fue.  No era de este pueblo y lo acompañaba otro joven, menos apuesto que mi gordito.  Me quedé con los deseos de conocerle, pero, esto no termina aquí.  
En el grupo que compartía con aquel joven había un hombre mayor, algunos 50 años, gordito bien distribuido y con un bulto que al verlo me impresionó.   No era muy alto, pero se notaba que tenía algo bueno debajo de la ropa.  Después de varias horas allí el hombre se acercó y me preguntó si podía usar la silla que yo tenía al frente, le dije que no había inconveniente y se sentó cerca de mí.  
Wao, pensé tantas cosas para poder entablar una conversación, pero no fue necesario, ya que entre sus amigos había un señor mucho mayor que él y cantaba a capela canciones del ayer.  Todos le aplaudimos y comentábamos lo bien que lo hacía.  En eso mi hombre me comentó que cuando ese señor era joven cantaba con un trío de voces y guitarras y que aún conservaba su bonita voz.  Fue entonces que aquel viejecito decidió marcharse por que su hijo le apresuraba.  Me estaba quedando cada vez más a solas con mi gordito.  Cada vez que le miraba a los ojos me detenía para que notara que me gustaba.  Él también me miraba de la misma manera.  Entre las charlas que tuvimos me torné un poco suelto de manos y cada vez que podía le tocaba en los hombros.  Hubo un momento en que el levantó su brazo para tomar un sorbo de su cerveza y mi mano quedó pegada del mismo, aproveché para con mis dedos juguetear con los vellos de su brazo.  Mi hombre no se inmutó y seguimos hablando de distintos temas, especialmente de sexo con mujeres, que yo no avalaba, pero le seguí su juego.  Hablaba de que necesitaba que alguien le regalara una pareja de gallo y gallina para comenzar una crianza en su nueva casa.  Su casa estaba a medio terminar y se la entregarían dentro de dos semanas.  Yo le comenté que yo tenía una crianza de gallinas y que si las buscaba yo se las regalaba.  De inmediato me dijo que cuándo podía pasar a buscarlas y yo le dije que cuando quisiera.  Me sugirió que las buscáramos en ese momento, pero yo le dije que no podía porque mi esposa estaba durmiendo y no quería llegar con personas a esa hora.  
Dentro de la conversación, que no era entre nosotros únicamente, porque se unió otro señor que se había quedado sólo en su mesa y decidió acercarse, surgió el tema de la impotencia sexual, y el dueño de la barra ofreció un remedio.  La cáscara de Almácigo Rojo hervida servía como una Viagra.  Mi gordito dijo, “a mi me hace falta porque no se me para” yo le interrumpí y le dije, “cómo es posible que un hombre tan joven como usted tenga ese problema” me dijo que la diabetes y la presión arterial alta le afectaron su funcionamiento y ya no podía sostener relaciones.  En un momento pensé que había estado perdiendo mi tiempo, pero la atracción era tan grande que en mis adentros me decía que no importaba, que aunque fuera flácido tenía que tener aquel bulto que tanto me había llamado la atención.  En eso le interrumpí y le dije, “hace mucho rato que estamos hablando y no nos hemos presentado, yo soy Carmelo”, él me respondió, yo soy William y nos dimos las manos.  Continuamos la conversación y él me dice, “¿me acompañas a buscar cáscara de Almácigo Rojo?”.  De inmediato le dije que sí, y él seguía insistiendo en que fuera con él a buscar el dichoso árbol, y yo seguía diciéndole que sí.  Ya iba viendo que su intención era salir a solas conmigo.  Estuvimos allí hasta que dieron las 11:30pm y el dueño de la barra comenzó a cerrar ventanas y puertas.  Mi amigo, o sea, mi gordito, mi hombre, William, me invitó a seguir a la próxima barra que cerraba muy tarde en la madrugada. Nos acompaño aquel otro señor que se había unido en nuestra conversación.  
Una vez allí nos tomamos una cerveza y nuestro auto-invitado se retiró a hablar con otras personas que se reunían fuera de la barra.  Ahora nos quedamos completamente solos.  William me preguntó que cómo le parecía su amistad y sin pensarlo le dije que le consideraba un ser especial porque tenía un ángel muy agradable.  Volvió a insistir, ¿pero, te agrado?, sí, le respondí, ¿Te gusto?, claro que sí, le dije.  Volvió a preguntarme “¿te gusto como hombre?, síííííííí’, le dije sin pensarlo.  Me dijo, ¿que hacemos?, pues vamos a tu casa, le dije, pues ya sabía que no estaba habitada.  Me dijo, sígueme. Y le seguí hasta su casa.  No entramos porque el sitio es tan solitario que nos quedamos frente a ésta.  No dudé en abrazarme a él y comérmelo en un beso que comenzó nuestro momento de pasión.  Mi mano se me fue hacia su paquete que era enorme, y estaba parado.  Le dije “me mentiste al decirme que no se te paraba”, y me dijo que no quería ilusionarme hasta que se diera el momento.  Yo le pregunté que si yo le había gustado y me dijo que durante toda la noche se daba cuenta de mis miradas, y que él también sentía lo mismo.  
Ya dejamos de hablar y empecé a vivir aquel cuerpo que tanto me gustó y que se desnudaba para dejarme disfrutar de aquel pecho velludo, su panza bastante pronunciada y aquel descomunal animal que colgaba en su entrepierna.  Es muy grueso y largo, su tronco es mucho más grueso que los que yo había visto en toda mi vida.  Me arrodillé y me metí aquel hermoso glande en mi boca, casi no me cabía, lo fui tragando poco a poco hasta que lo pude meter completo en mi boca, que delicia, me moría por hacerlo y se me dio.  Sus huevos son redonditos y muy duros.  Besé toda su extensión y traté de meterme sus huevos a mi boca, pero no me lo permitió.  Seguí mamando aquel manjar que me sabía a la gloria.  Ya me desesperaba por tener su leche en mi boca, pero me dijo, creo que no me voy a venir porque hemos bebido mucho y se me está bajando.  Entonces me incorporé y volví a besarlo, esta vez más apasionado y con mi mano le masturbaba, se le puso muy dura y gemía de placer, en eso descargó en mi mano y bajé a buscar el néctar que tanto había deseado.  Logré tragarme bastante de su sabrosa leche y luego le besé y me masturbé para completar aquel momento  de placer que no sé si volveré a vivir.  Lo que les cuento pasó anoche. Le di mi número de celular, pero no sé si me llamará.  Estaré esperando porque me prometió que en nuestro próximo encuentro quería metérmela toda.  Eso espero y que sea pronto, les contaré si sucede.    

Flor de Jazmin

Sábado, julio 7th, 2007

La estación de tren, ELLA distraída con un cartel publicitario, me acerco, digo dos palabras al oído y el trato esta hecho , le abro la puerta del carro, descaradamente  deja ver su ropa interior, figuro una sonrisa, enciendo un cigarrillo y me meto al carro.

El viaje es  silencioso, casi fúnebre, una, dos, no se cuantas veces observe sus piernas, ELLA fría, distante, miraba al interminable asfalto, nuestro objetivo son 20 kilómetros o mas; es agradable vivir en el campo, lo desagradable en ciertas ocasiones, es la falta de compañía, y la hiriente necesidad de un cuerpo; que tonto casi me paso de la desviación, la carretera ha sido maltratada por un tráiler y su presa, un pequeño carro compacto que desgraciadamente perdió la batalla machacando a sus tripulantes. ELLA con su mirada sobre la carretera, habrá sido buena idea traerla después de todo??.

Abro la puerta de ELLA, nuevamente veo su ropa interior, la conduzco hacia mi hogar, una casa en las lejanías de alguna ciudad, entramos, por fin conozco su voz. Me pregunta la ubicación de la recamara.

Entra, se quita el abrigo, menciona que necesita ir al tocador, 3 minutos, sale…

ELLA es alta, 1.80 aproximadamente, huele a jazmín, tez blanca, muy blanca, cabello negro lizo hasta la cintura, ojos verdes, labios gruesos con un rojo cautivador, nariz pequeña, largos dedos, trae puesto un conjunto de ejecutiva, piernas largas y delgadas.

… se quita el conjunto, deja ver un coordinado de satín negro, su figura esbelta hace que mi erección ahora sea notoria, ELLA fría como una estatua de cera da un paso al frente me observa y besa suavemente, su aliento me transforma, deleita mis sentidos, sabe a durazno, su lengua recorre mi boca inspeccionando, indagando, ahora es la respiración la que traigo acelerada, mis manos se dan la libertad de recorrerla, primero su espalda suave, sus trasero duro firme, la cadera estrecha, ELLA sostiene mi rostro, lo acaricia una y otra vez,  ese beso que fue el único.

ELLA se aleja unos pasos, se va despojando de su ropa hasta quedar completamente desnuda

YO sigo el juego y me quito la ropa.

ELLA se arrodilla, coge  mi pene entre sus manos tomándolo firmemente pero sin hacerme daño me acaricia suavemente, arriba, abajo, su boca ahora es la que toma posesión de mi objeto, lame, recorre, explora, su lengua llega a cada parte de el, succiona, chupa, mordisquea, sus manos tocan ahora mis nalgas llevando un compas rítmico, como un reloj viejo de péndulo, tic adentro, tac afuera, gotas de saliva llegan hasta mis testículos, su respiración cálida sobre mi abdomen me trasporta, forma un punto y aparte de esta habitación, de cuando todo era feliz, de un rico caldo, de un estofado calientito. Me sobresalto cuando ELLA se pone de pie, su respiración es medio agitada, en cambio, la mía es tranquila. 

ELLA se dirige a su bolso toma un objeto, lo pone debajo de la almohada, me invita  acercarme nuevamente el olor a Jazmín, un rico olor como su entrepierna, ahora ELLA recostada en la cama, me incita a hundirme en sus piernas, que llegue al punto final, su suave intersección, mi lengua recorre su dulce entrada,  separa sus labios que poco a poco se abren como… si, como una delicada flor, como un manantial brota su licor que embriaga y te crea adicción , introducir la lengua para extraer mas, ELLA mueve su cadera a un ritmo pretencioso, sutil, exigente, cada vez mas demandante a que mis ataques a su clítoris sean mas constantes, mas insistentes, sus manos recorren sus senos, tan perfectamente blancos con un pecado en medio, una isla rosa que lleva un volcán en erupción, sus gemidos hacen eco en la habitación.

YO me pongo de pie

ELLA se pone de pie.

Somos  dos boxeadores que sabemos la regla del juego, me acuesta en la cama. Como un dócil felino se acomoda para que pueda entrar en ELLA, suelta un leve gemido, YO una lagrima, me levanto, la abrazo,  la sensación de estar dentro, de la piel que roza mi pene, de cómo lo presiona, su cadera se mueve a un mejor compas, mi boca besa apetitosamente sus senos, esas blancas palomas que llena mi saciedad, el sudor recorre mi espalda, sus gemidos hacen toda una pieza bien ejecutada de alguna obra de Mozart, sujeto firmemente sus nalgas, suaves, eternas, ELLA hunde sus uñas en mi espalda primero son caricias al compas de el choque de las caderas, ahora, me hace daño, sus uñas rasgan mi piel, dulce tormento, no creo que sea sudor el que recorre mi espalda, ELLA se da cuenta, toma un poco de ese liquido y lo pone en mi boca, efectivamente es sangre, un sabor acido, sutil, mi deseo se incrementa,  la tomo de los hombros y ahora ella es quien esta debajo de mi pero, la volteo, agarro sus caderas y la penetro salvajemente, cual apareamiento canino, dos tres quince , ELLA, gime, grita, aúlla por mis ataques,

ELLA mete la mando debajo de la almohada saca una daga, sonríe, gira de posición, la clava en mi pecho, caigo, ella se monta nuevamente, se  introduce mi pene, hace movimientos adelante, atrás, me agarra los testículos,  nuevamente el olor a jazmín. El Jazmín del patio trasero. 
 
 
 
 
 
 
 

El Jazmín que mi esposa regaba

Mi esposa con un niño

El niño jugando dentro del carro mientras mi esposa manejaba, distrayéndola y haciendo chocar debajo de un tráiler.

No quedaron vivos.

La daga sale de mi piel y se hunde en mi estomago. 
 
Mi vida se acabo desde el instante de la noticia.

Varios intentos de suicidio.

Ninguno con suficiente valor.

Una recomendación

ELLA. 

Un asesino profesional.

ELLA.

Servicio completo. 

La ultima y mortal daga en el cuello, eyaculo, suficiente paz. 

He terminado. 

Yamilé

Jueves, junio 28th, 2007

Yamilé, ese era su nombre, un nombre exótico y la vez hermoso, sugerente, cálido.
 
Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi, era un miércoles lluvioso y frío, yo trabajaba como cada mañana en el despacho y Marta, mi secretaria, me comunicó que había una mujer en la sala de espera que deseaba hablar conmigo. Le dije a Marta que me diera cinco minutos y que luego la hiciera pasar.
Ante mí apareció una joven de belleza arrebatadora, no era solo que tuviera un cuerpo espectacular, ni que fuera tremendamente atractiva de cara, tenía un algo especial, como un halo, su forma de moverse, sus gestos, su mirada, su dulce y musical voz cubana, todo en ella era mágico y seductor.
 
Hola buenos días, mi nombre es Jesús, ¿en qué puedo ayudarla? – Dije mientras la miraba profundamente a los ojos.
Buenos días, me llamo Yamilé García y necesito los servicios de un abogado, unos amigos me recomendaron su bufete.
Muy bien, dígame de qué se trata y veremos a ver que es lo que se puede hacer.
 
El asunto no era muy complicado pero llevaría algún tiempo solucionarlo, se trataba de una herencia que había recibido y una reclamación presentada por un pariente suyo que se entendía perjudicado. Acepté el caso, le informé de cuales eran mis honorarios y le solicité que al día siguiente me entregase toda la documentación de que ella disponía, como así hizo.
Durante una semana no volví a verla, mantuve reuniones con el abogado de la otra parte, revise el testamento y le expuse mi opinión al juez. Volvimos a vernos una tarde en la que yo le expliqué las actuaciones que había llevado a cabo y cual era mi impresión respecto al tiempo que tardaríamos en tener un resultado definitivo.
Una vez terminada nuestra reunión la invité a tomar un café y ella aceptó, charlamos y nos contamos un poco de nuestras vidas, era cubana aunque llevaba ya 15 años viviendo en España, era profesora de Inglés en una conocida academia y por lo que yo entendí era soltera.
Es extraño como pueden desarrollarse los acontecimientos, durante toda nuestra charla no dejamos de mirarnos a los ojos, como si tras de ellos hubiese un abismo en el que quisiéramos estar. Con la conversación y el embobamiento que yo tenía, unas gotas de café mancharon mi pantalón, ella rápidamente pidió un poco de gaseosa y un paño al camarero y me frotó con él. La mancha estaba sobre un muslo cerca de la rodilla (para nada en un lugar “comprometido”), sin embargo notar sus manos sobre mi pierna hizo que se me erizara la piel y que un ligero escalofrío corriera por mi columna.
Quizás ella lo notó, o quizás solo fue un impulso, pero el caso es que sin darme cuenta ella me estaba besando, y a mí me parecía como lo más normal del mundo. Pagamos y salimos del local, la agarré de la cintura y esta vez fui yo quien la besó apasionadamente, nuestras lenguas se unían y enlazaban con frenesí, exploraban las bocas, mezclaban nuestras salivas.
 
¿Quieres venir a mi casa?
No sé si podré aguantar tanto – dijo con una pícara sonrisa.
 
Cogimos mi coche y pusimos rumbo a mi piso, pero Yamilé como había dicho antes no podía o no quería aguantar hasta llegar a casa. Sus manos acariciaron mi entrepierna, sobándome una y otra vez, hasta que notó como comenzaba a tener una erección bajo los pantalones. Me bajó la cremallera y desabrochó los pantalones, su mano acariciaba ahora mi sexo por encima de mi ropa interior y hacía que mi erección fuera en aumento. 
Pero ella quería más, lo quería todo, y lo tomó. Su mano se introdujo bajo mis boxer y atrapó mi pene excitado y duro. Sacó mi sexo de los calzoncillos y se quedó mirándolo unos segundos. No es que tenga un pene enorme, pero tiene unas proporciones más que aceptables.
 
Es hermoso, me gusta y es mío! – dijo mirándome a los ojos.
 
Sonreí, sus manos comenzaron a acariciar toda mi polla, y poco a poco comenzaron una lenta y maravillosa masturbación. La sensación era maravillosa, sus manos resbalaban por todo mi pene, acariciando el glande y bajando hasta la base, jugando con los testículos, lentamente al principio y poco a poco aumentando el ritmo de la masturbación. Estaba en la gloria, pero debía de concentrarme en conducir. 
 
Tengo hambre! – dijo de forma muy graciosa.
 
Sin darme casi cuenta agachó su cabeza hasta mi entrepierna y sus labios rozaron mi glande, luego su lengua lo rodeó y jugó con él, después sus labios atraparon todo mi glande mientras éste en el interior de su boca era agasajado por una lengua húmeda e inquieta. 
 
Dios mío, eres increíble, una hermosa diablilla que me vuelve loco!!
Jajaja, y eso que aún no he empezado a enloquecerte!!!
 
Su boca subía y bajaba por toda mi erecta polla, su saliva empapaba mi pene e incluso mojaba mis testículos, su lengua daba lametones que me hacían gozar como nunca antes había experimentado. Me volvía loco. 
Tuve suerte y al lado de mi casa encontré un sitio para aparcar.
 
Hemos llegado cielo, subamos.
Te ha salvado la campana! Jaja, con el hambre que tengo quería acabarme el helado.
Jajaja, no seas glotona, tenemos todo el tiempo del mundo.
 
Entramos en el ascensor y coincidimos con un matrimonio que vive dos pisos encima de mí, yo me situé al fondo, Yamilé delante de mí un poco de lado y los vecinos pegados a las puertas. Decidí que ahora era yo quien quería ser un diablillo. Poco a poco puse mi mano en la cintura de Yamilé y la fui poco a poco bajando hasta su turgente culito. Acaricié esa hermosa redondez sobre la tela de su ajustada falda, ella dio un ligero respingo pero mantuvo la compostura ante mis vecinos, mi mano siguió bajando y se introdujo bajo la falda acariciando sus braguitas, separando éstas e introduciendo mis dedos entre sus labios vaginales, los noté húmedos, viscosos, turgentes, ardientes. 
Yamilé mientras se mordía los labios para que ningún sonido saliera de su garganta.
Mis dedos continuaban hurgando su intimidad, explorándola, excitándola, penetrándola y masturbándola lentamente. Retiré mi mano y mirando a mi hermosa criatura olí su perfume más íntimo, derramado en mis dedos, y luego me llevé estos a la boca para saborear su esencia. Ella me lanzó una mirada llena de fuego, una mirada que exigía que mi mano volviera a las profundidades de su entrepierna, pero ya no podía ser, llegamos a mi planta y el ascensor de detuvo. Nos despedimos de mis vecinos y sin decirnos nada caminamos hasta la puerta de mi casa, la abrí y entramos.
 
¿Te apetece tomar algo? – le susurré al oído.
¡Sí! ¡a ti! – dijo con aquellos ojos brillantes y encendidos.
 
La atraje a mí por la cintura, la estreché entre mis brazos con pasión y la bese con auténtica lujuria. Su mano bajó y apretó mi paquete, la tomé en brazos y la llevé a mi habitación. Lentamente se fue desnudando ante mí, con una sutileza y sensualidad increíble, yo mientras también me quitaba la ropa.
Los dos completamente desnudos, contemplándonos mutuamente durante unos segundos, observando en silencio cada centímetro de la piel del otro, silencio que rompimos al besarnos, uniendo nuestros cuerpos en un abrazo de brazos y piernas, acariciándonos la nuca, la espalda, los muslos. Dedos que desean descubrir, bocas que se desean explorar, pieles que se desean unir, sensaciones, sabores, olores…
Lánguidamente nos fuimos recostando sobre la cama, besaba sus labios y su cuello, de su garganta salían pequeños gemidos, quería más….. mi boca bajó hacia sus pechos, hermosos, jugosos y puntiagudos, mi lengua lamió el derecho, acarició dulcemente su aureola dejando un rastro húmedo a su paso, jugó con un pezón tremendamente excitado, mis labios se apoderaron de él, lo absorbieron, como una vuelta a la niñez intentando extraer la leche materna, su respiración y sus gemidos se volvieron más acelerados. Repetí las caricias en su otro pecho. 
Su mano tiró dulcemente de mi cabello y me hizo abandonar sus pechos, volvimos a besarnos, a mezclar nuestras salivas, a luchar con nuestras lenguas. Nuevamente mi boca bajaba por su cuello, esta vez no se detuvo en sus pechos, pasó entre ellos y se detuvo en su vientre, besándolo, lamiendo con deleite las proximidades de su precioso ombligo, empapándolo, penetrándolo lentamente con mi lengua, notando las contracciones que ella experimentaba con cada caricia de mi lengua.
Bajé mi rostro a las profundidades de sus piernas, comencé besando suavemente sus muslos, mis manos acariciaban los rizos ensortijados de su bello púbico, el olor de su sexo era penetrante, atrayente, aproximé mis labios a su sexo y recorrí con mi lengua sus labios vaginales, empapándolos, separándolos poco a poco, su vulva sonrosada era un imán para mí, lamía con pasión, con deleite, con locura… Mi lengua la penetraba en círculos, sus jugos comenzaban a fluir, uniéndose a mi saliva, su clítoris ya muy excitado me llamaba para que le prestara la dedicación adecuada, mis labios se apoderaron de él, muy suavemente, mi lengua lo martirizaba dulcemente a la vez que mis dedos la penetraban, su orgasmo se aproximaba muy veloz, aumenté el ritmo de penetración de mis dedos, mi lengua lamía con velocidad su clítoris… de pronto estalló, el orgasmo se apoderó de ella, sus flujos viscosos empaparon sus nalgas.
Levanté la vista y la contemplé, con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior, con la frente perlada de gotas de sudor, las mejillas encendidas… era la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra.
Abrió los ojos, me miró.
 
Ven, bésame – dijo en un susurro.
 
Obedecí, nuestras bocas se unieron de nuevo durante unos minutos, rodando ambos sobre la cama.
Se colocó sobre mí, sentada sobre mi vientre, notaba la humedad de su sexo sobre mi piel, era la criatura más sensual que había visto nunca.
 
Ahora me toca a mí hacer que disfrutes.
Estoy en tus manos, me entrego por completo a ti.
 
Se bajó de encima de mí, sus delicadas manos tomaron mi pene ya excitado, lo acariciaron con dulzura y muy despacio su boca se apoderó de mi polla, me volvía loco, sus labios y su lengua se enseñaban con mi glande, mi pene estaba tieso y duro como una roca. Su mamada era increíble, lamía todo el tronco de mi sexo, chupaba con deseo mi glande y era capaz de introducir prácticamente la totalidad de mi polla en su boca, sus manos masajeaban mis testículos… me estaba llevando al clímax. Estaba a punto de correrme.
 
Cielo, voy a terminar – dije entre jadeos.
Mmmmmmmm – esa fue toda la respuesta que obtuve.
 
Y lo que tenía que suceder sucedió, estallé dentro de su boca y ella no dejó que prácticamente nada de mi semen se escapara. Jamás ninguna otra mujer me había hecho gozar tanto con el sexo oral, ella lo hacía con deleite, con una pasión y un dominio increíbles.
Se recostó a mi lado, nos acariciamos tiernamente, dejando que nuestros cuerpos se relajaran y descansaran un poquito, al cabo de un par de minutos se levantó de la cama y fue al cuarto de baño.
Apareció unos segundos mas tarde, se apoyó sensualmente en la puerta.
 
¿Preparado para otro asalto?
Por supuesto, acabamos de comenzar! – le dije sonriendo pícaramente.
 
Gateó sensualmente sobre la cama hasta colocarse sobre mí, nos besamos lascivamente, notaba el calor de su sexo sobre mi vientre, su humedad, mi sexo comenzaba a dar muestras de excitación.
 
Mmmmmm, parece que algo empieza a crecer entre nosotros dos! Jaja.
Jajaja, pues al parecer sí! Jaja.
 
Sus manos tomaron mi ya más que excitado pene, lo acercaron lentamente hacia su sexo y comenzó poco a poco a pasarlo sobre sus labios vaginales, acariciándolos, frotando mi polla sobre ellos y consiguiendo que éstos se fueran entreabriendo poco a poco a la vez que se humedecían tremendamente. Nuestra excitación era máxima, tenía unas enormes ganas de penetrarla pero no quería demostrarlo, quería que fuera ella quien me lo pidiese, nuestros gemidos eran cada vez más profundos y subidos de tono. 
Acercó su boca a mi cuello, me besó, me lamió con desesperación mientras mi pene la masturbaba como si de su mano se tratase, acercó su boca a mi oreja y me susurró en un gemido:
 
Dios mío, hazme el amor, no puedo aguantar más sin sentirte en mí, mmmmmm.
 
Acerqué mi polla a la entrada de su empapado sexo, muy lentamente la comencé a penetrar, introduje tan solo mi glande y me quedé quieto, quería que notara nítidamente como cada centímetro de mi sexo horadaba su interior, con una tremenda parsimonia la penetré centímetro a centímetro, su desesperación y ansia iban en aumento.
 
Másss, máaasssssss, todaaaaa.
Tranquila cielo, tranquila, tenemos todo el tiempo del mundo para disfrutar.
 
Mi pene por fin la penetró por completo y durante unos segundos me mantuve en una absoluta quietud en su interior, para después, y nuevamente muy despacio, salir centímetro a centímetro de su tremendamente lubricada vagina.
Cuando mi polla estaba a punto de salir de su sexo la penetré completamente con un golpe de cintura y comencé a penetrarla a un ritmo duro y frenético.
 
Ahhhhhhh, ssiiiiiiiii, massss, masssss.
 
Volví a alterar el ritmo de mis embestidas, ahora el ritmo era acompasado, uniforme.
 
Dios mío, eres maravilloso, no te detengas nuncaaaaaaaaaa.
No mi vida, tú eres la maravilla, me absorbes, me exprimes, y me encantaaaaaaa!
 
Nuevamente aumenté la velocidad de mis penetraciones, cada vez más rápidas, más profundas, mas duras, sus uñas se clavaban en mis hombros, sus gemidos eran roncos, ahogados, como si se quedase sin respiración. Sus dientes mordían su labio inferior, el sudor nos cubría por completo, arroyaba por su espalda. Dios, era el mejor polvo de mi vida, así estuvimos durante no sé cuanto tiempo, cambiando los ritmos y la fuerza de las penetraciones, impidiendo que nuestros cuerpos se acostumbraran a una frecuencia establecida, a veces mi mano se colaba entre nuestros cuerpos y masturbaba su clítoris tremendamente duro a la vez que la penetraba, otras veces mis manos bajaban por su espalda hasta su hermoso culo y lo amasaban, lo pellizcaban, lo azotaban sin rudeza, incluso en alguna ocasión alguno de mis dedos se colaba entre sus nalgas e intentaba penetrarla analmente.
El clímax se acercaba, la crispación era máxima, las venas del cuello de Yamilé se veían tremendamente hinchadas, el sudor lo empapaba todo, el orgasmo se aproximaba como una locomotora sin frenos…… y de repente una tremenda humedad empapó mi sexo, Yamilé había estallado, sus fluidos viscosos, calientes y olorosos me empapaban y yo ya no podía más así que me dejé ir, la inundé, creo que nunca antes había experimentado un orgasmo tan devastador, por unos segundos fue como si el tiempo se detuviera y la tierra dejara de rotar.
Los dos, desmayados, exhaustos y entrelazados nos acariciamos como si fuéramos unos gatitos para unos minutos después abandonarnos a un ligero y reparador sueño.
 
Mi relación con Yamilé duró un par de años en lo que se podría considerar una relación normal y otros dos años de forma intermitente como si de un par de amigos especiales que se reúnen de vez en cuando para disfrutar de la vida se tratara, luego el destino nos separó y ya no hemos vuelto a vernos, aunque siempre estará presente en mi memoria.
 
 
P.D.: Para cualquier opinión o pregunta, o simplemente para charlar, bien por e-mail o en el msn el_suspense@hotmail.com

Un Hogar Completo (XVIII).. Rosy y los obreros

Miércoles, junio 27th, 2007

En este capítulo comentamos como, después de un accidente, Mario es testigo de excepción de las andadas de su criada mayor, Rosa, la de cuerpo voraz y edad adulta.
Tal y como había anunciado, había entrado al semi-retiro, o sea trabajaba aún menos que antes.  Así podría dedicar más tiempo a mi cuido personal, y a compartir más con toda la gente que se había convertido en mi círculo de amigos dada la llegada de Rosa a mi casa.
Una de las primeras actividades a las que me avoqué, fue la compra de una casa que estaba al otro lado de mi cuadra, con la que compartía linderos de fondo de patio (como quien dice espalda con espalda), era un terreno chiquito, con una casa pequeña, pero bonita; (para aquellos que conocen San José saben que en el oeste puedes encontrar una casa de un millón de dólares a la par de una de diez mil, y a la par de un sembrado de tomate!!).  Esta casa era parte fundamental de mi plan de solución definitiva para el perenne problema de las criadas o domésticas.  Una vez adquirida, traje arquitectos y obreros de construcción para la necesaria remodelación, la cual incluía un portón que comunicaba ambas propiedades.  En una que va y otra que viene, fui a “inspeccionar” la construcción del segundo piso (como si yo supiera algo de obras civiles!!), el resultado primario de dicha “inspección” fue una caída desde 3 metros, con las consiguientes quebraduras de tobillo (enyesado por tres semanas) y muñeca izquierda (otras tres semanas de escayola).  El lado bueno del asunto es que la inmovilidad forzada me permitió tomar unas vacaciones de mi ajetreada vida, y el lado malo es que pasé en silla de ruedas al menos dos semanas.  Aunque tengo que admitir que me divertí como enano jugando por todo el segundo piso con mi silla de ruedas.
Obviamente, todo mundo desfiló por mi habitación a saludarme, desde mi gerente Rodrigo, hasta mis amigas y amigos; incluyendo a la familia de Rosa, Gladys, su hermana y su madre, con la que me había echado el último polvo antes de este accidente, y la grata sorpresa de Adelia y su hermano Ramón, con quien ella ya convivía en términos maritales.  Igualmente grato fue recibir las llamadas de mi hermana Lidia y su marido, mi sobrinita querida y su hermano, y mi tía favorita, una vieja loca que tengo como 9 mil años de no verla.
La verdad, fue un descanso, aunque mis habituales amantes (Rosa y su hija Mayra, y Gladys mi estimada rata de biblioteca) decidieron que no estaba en condiciones de recibir siquiera una mamada de misericordia;  se desvivían cuidando de mi, como nunca nadie lo había hecho.  Gracias a estos mimos, para el final de la segunda semana de convalecencia estaba muy saludable y descansado, pero estaba que me cogía solo de las ganas de tener sexo.
En esas estaba yo mirando por mi ventana de mi habitación (en segundo piso) hacia la piscina, en un mediodía extrañamente soleado y caluroso,  en el mes de agosto, cuando la lluvia llega puntualmente a la 1.30 de la tarde, cuando observé la curiosa escena de mi criada bañándose en la piscina, ¡en horas de trabajo!!!.  Rosa, que recién se había teñido el pelo rubio,  estaba con un vestido de baño bikini tipo hilo dental (colaless), de tela sintética que se transparentaba bastante al mojarse, o sea, aparte de alguna arruguita por acá y allá, se veía soberbiamente putona.  La vi acercándose a la pileta con andar de diosa veterana (deliciosa mujer de 50 años), como dando espectáculo.  En esas observaciones estaba yo, cuando entra en mi habitación Ángela, mi criada, que era la antítesis de Rosa, baja, culona, tetona, buenas piernas, media gruesa, pero sin rollos; pero más santulona que la Madre Teresa; usaba el uniforme de trabajo de su gusto: blusa de botones y falda por la rodilla.
“Mario, ¿qué mira?, vea que acá le traigo el almuerzo”, dijo poniendo la vianda sobre una mesita y acercándose a mi,  observando el show que daba su compañera de trabajo.  “Eso es lo que quisiera almorzarme yo!!”, le dije señalando a la ninfa cincuentona de la piscina.  “Mhja…  esa perdida, seguro lo hace para alborotar a los empleados de la construcción”.  
Y no se equivocaba.
Antes de poder responderle a Ángela, se acercaron a la piscina dos obreros que, extrañamente no participaban del almuerzo con sus compañeros en la construcción vecina, sino que prefirieron la sombra del árbol de mango que, majestuosamente, reinaba en el jardín, desde las cercanías de la piscina.  
Las frases gordas no se hicieron esperar:  “Ayyy doña Rosa, ¿todo eso es suyo?”, “Doña Rosa, de haber sabido que usted estaba mejor que su nieta ni la vuelvo a ver a la chiquilla”, “Doña Rosa, ¿no necesita que le hagan un trabajito?, en la casa digo… jaja”, “Doña Rosa, venga y la seco con la lengua”,  “Usted está para comérsela, con todo y bikini, aunque después tenga que cagar la tela”, y cosas por el estilo.  Rosy, hacía que no los escuchaba, pero lo hacía, y prueba de ello es que no dejaba de exhibirse, entraba y salía de la piscina, moviendo su delicioso culo al subir las escalinatas de la pileta, se sacudía el pelo, se separaba con las manos la tela del hilo dental del culo, en general los tenía ya locos a los dos muchachos.
“Que puta que es!!”, dijo Ángela, “mire como ya se les puso dura la cochinada a esos degenerados” me dijo, señalando la entrepierna de los obreros, que ya se estaban toqueteando sus vergas.  Ese comentario no hablaba muy bien de la castidad de Ángela, puesto que de seguro tenia rato de estarles viendo las pingas.  “Ya me voy…” dijo finalmente, con voz un poco temblorosa.  “No, quédate y me haces compañía, quiero ver en qué termina este asunto”.  Ella me miró y haciéndose la indiferente, me dijo “si usted lo pide, pero esto no puede terminar en otra cosa que no sea el pecado y la lujuria” (no se ustedes, pero a mi las palabras “pecado y lujuria” me suenan tan bien).  Dicho eso, volvió a mi lado, y se quedó de pié exactamente junto a mi, que estaba en mi silla de ruedas; por mi mente pasó… “si quisiera tocarle todo ese rico culo me queda perfecto”, pero nada más fue un pensamiento.
Abajo en la piscina, Rosa hizo la parte culminante de su acto de seducción.  Tomó su toalla, se la puso alrededor del torso, y con diestros movimientos de manos se sacó ambas partes del bikini y las tiró al suelo, recostándose en una tumbona y recogiendo una pierna; de tal forma que se mostrara uno de sus muslos, a los muchachos que la sabían totalmente desnuda bajo la tela.
Mirandolos al otro lado de la piscina, los llamó y les dijo… “Muchachos, ¿no quieren venir a hacerme compañía?”.  Ni locos ni tontos ambos brincaron a su lado, donde pude observarlos claramente; uno de ellos se llamaba Carlos, era delgado, blanco y de estatura media, el otro era Jefry, más bajo y moreno, un poco gordito, ambos debían andar entre los 18 y 20 años.
Al llegar junto a ella, mi criada Rosa les dijo “ustedes son tremendos, ¿serían capaces de hacerle esas barbaridades a una mujer que podría ser su abuela”.   Jefry, que era más salido y dicharachero, se agarró la verga sobre la tela del pantalón, y le dijo “Doña Rosa, si mi abuela me parara el garrote como usted lo hace, ya hace tiempo me la hubiera cogido, a la vieja puta esa!!!”.   Rosa soltó una carcajada y estirando la mano le agarró la verga, que se notaba paradísima bajo la ropa del chico, diciéndoles “entonces ¿Qué esperan?, les quedan veinte minutos antes de volver a la obra!!”.
Carlos, que ya se había acuclillado frente a ella con la esperanza de ver algo, se vió recompensado cuando Rosy simplemente se desató la toalla y abrió las piernas, haciéndole el gesto inequívoco de que empezara a chuparle el chochito.  En menos de medio minuto ya había empezado la acción.  Jefry parado junto a ella, le ponía su pene en la boca desesperada de Rosa, mientras Carlos se deleitaba de mamar semejante manjar rosado; muy similar al de una chiquilla adolescente (hoy en día doy fe de que lo tiene igual de rico que su nieta).
“Vieja chocha, coma picha, que eso es lo que está pidiendo desde hace rato”, decía Jefry mientras se movía hacia delante y atrás, penetrando con su corto pero grueso pene a la boca de Rosa.  Al rato ella soltaba la verga, y lo masturbaba con fuerza, diciéndoles a los chicos.  “Ricoo  que rico, mámeme el coño cabroncito, que después se lo va a coger todo…  tráigame esa verga, que quiero chuparle hasta los huevos maricón”.  Y seguía en el proceso de mamada.
Ángela, de pie a lado mío, susurraba de cuando en cuando “Que puta…  que puta!”, como censurando a su compañera en la piscina; pero cuando miré hacia arriba, pude ver una cara más de envidia que de censura, así como el inconfundible sudor e hinchazón de labios que delatan a una mujer excitada, amén de que se le marcaban ya los pezones, bajo su brassier horrible y su blusa no menos espantosa.  “Aja…!!!  Con que la vieja cabrona se calentó” pensé yo para mis adentros, sabiendo que esta era la oportunidad de oro, para calentar de una vez por todas a esta mojigata de buen culo y prominentes tetas, no importa que tuviera 60 años, esta enana estaba para cogérsela.
“siiii  cómame el coño, cabrón chupa más, que ya me vengo playo de mierda, me vengoooo” decía Rosa, mientras Carlos aceleraba la mamada, haciéndola perder el ritmo de la otra mamada, la que estaba recibiendo Jefry.  “Ahghgdhghghgahgh, siiiiiii masssss ahghghghg” gritó, mientras se arqueaba del orgasmo en la cara de Carlos.  
Sin esperar mucho, el muchacho se quitó la ropa, y sin pedir permiso se recostó hacia delante, metiéndole su largo bate en la empapada vagina.  “ayyyy siiiii… métamela cabrón métamela…”,  y mientras era cogida, aceleraba la mamada, no fuera que se le bajara la verga al gordito dicharachero.
“Chupe puta, chupe verga, que eso es lo que quiero…  abuela puta!!!” decía uno, mientras el otro solo le decía “tome abuelita, tome picha por puta…  tome picha por puta!!”
Dos o tres minutos estuvieron en semejante movimiento, mientras en el segundo piso yo hacía mi movida: descarada, pero suavemente estiré mi mano, agarrando la pierna de Ángela desde atrás, posando la palma de mi mano en la parte interna de la pierna, empecé a subirla y bajarla suavemente, en una caricia con las yemas de los dedos, desde la parte de atrás de la rodilla, hasta más arriba de medio muslo.  Al sentir la caricia, Ángela me volvió a ver, nuestras miradas se encontraron, su cara tenía un gesto de disgusto y lujuria, no dijo nada, simplemente volvió a su vista a la escena de la piscina, pero cambió el peso de las piernas, abriéndolas, siempre de pié, pero abriéndolas unos cuantos centímetros, lo cual era la confirmación de que le gustaba lo que veía y lo que sentía, y de que quería más.
Abajo, ya Jefry había tomado el puesto de penetrador y le metía su gruesa verga a mi doméstica hasta los huevos, mientras que Carlos se hacía mamar la pinga. 
“Toma vieja puta, ¿estaba falta de verga?…  toma por perra!!” decía el gordito, sin detener la penetración salvaje, como si fuera la primera y ultima vez que cogiera en su vida.  Carlos se agachaba y le apretaba las tetitas deliciosas a Rosa, diciéndole cosas en voz baja que no podían ser menos que frases sexuales del mismo calibre.
La mujer no se quedaba atrás, y sacando de su boca el tesoro que no quería soltar, les decía “Maricones, asaltaviejas, ¿querían coger?, van a ver lo que es una cogida, maricones!!”, y procedió a chuparle los huevos a Carlos, que solo acató a volver la cara al cielo y a poner los ojos en blanco “Siiiii  abuelita, siiii que rico mama, mi amor”.
Después de un momento, ella se separó de ambos, sentó a Carlos con las piernas abiertas en la tumbona, y poniéndose de cuatro patas siguió la mamada, “deme desde atrás negrito, no pare de darme verga, que me estoy regando”; no había terminado de decirlo cuando el grueso instrumento juvenil estaba penetrándole la vagina, como si fuera una máquina de coser.
Carlos, parecía no aguantar más, así lo anunció, sin embargo Rosa tenía otros planes “no papito, usted se riega cuando yo quiero y como yo quiera.  Negro, cambie de lugar con Carlos; usted flaco, agarre ese bronceador de ahí y me lo empieza a poner en el culo, cuando ya esté bien embarrado, me mete un dedito y luego el otro, si lo hace suavecito va a ver que rico la pasa”.
Los dos jóvenes se miraron el uno al otro, sorprendidos y encantados, “Esta cabrona abuela de veras quiere picha!” dijo Carlos, mientras se ponía abundante bronceador en los dedos, procediendo a masajearle el culo; “Noooo, mi hermanito, que este es el mejor polvo que me he echado en mi vida, esta vieja loca sabe sus cosas!!” le respondió su colega obrero.
En el preciso instante en que le tocaban el culo, sonó un trueno poderoso y se dejó venir la lluvia, en forma de un soberbio aguacero, que los terminó de empapar en menos de un minuto.  A partir de ese momento tanto Ángela como un servidor perdimos la capacidad de escuchar algo más que los gritos de Rosa, cuando le estaban metiendo dos dedos en el culo.  Sin embargo la lluvia le añadió un toque de sensualidad salvaje a la escena que me hizo sentir aún más fuerte mi propia erección.
Rosa acercó al borde de la tumbona al cuerpo de su gordito amante, y procedió a sentarse en dicha pingota, mientras por señas le decía a Carlos que no parara de suavizarle el culo, que aprovechara el movimiento para hundirle más los dedos en los intestinos.  El agua bajaba a chorros por los tres lascivos cuerpos, mientras que Rosa movía el pelo de un lado al otro, no para sacudirse el agua, sino porque su excitación la había llevado a un nuevo orgasmo.
Yo no podía soportar más la erección y traté de sacarme la verga de mi pantalón corto con la única mano que podía mover, por lo que solté la pierna de Ángela para tratar de hacerlo; pero era tal la excitación que no lo lograba, ella se percató de que dejé de tocarla y miró hacia abajo, para darse cuenta de lo que yo hacía; sin decir nada, y con el ceño fruncido, se agachó y liberó mi pene de su encierro, pude ver que se había soltado varios botones de la blusa y que su sostén estaba desacomodado, señal inequívoca de que se estaba toqueteando las tetotas. Me dio un par de sobadas de pinga antes de ponerse de pié de nuevo; solo que esta vez, apenas se puso de pié, abrió mucho más las piernas y tomó mi mano, poniéndola en donde había estado anteriormente.  Yo aproveche que la escena de abajo era cada vez más excitante, y finalmente subí mi mano hasta su coño, el cual pude sentir por primera vez.  
Tenía unos labios grandes que se sentían acolchados por el calzón de abuela que usaba, y un clítoris que debía ser grandote, puesto que se sentía bajo la tela.  Al sentir mi mano invadiendo su entrepierna, Ángela soltó un gemido calladito, aprobando el avance de mi mano; y cuando sintió a mi mano tratando de hacerse lugar para llegar a su peluda panocha, simplemente se metió las manos bajo la falda y se sacó el calzón con facilidad y en  silencio, sin siquiera quitar la vista de su compañera de trabajo, permitiéndome masturbarla con plena libertad.  Yo volví a verla hacia arriba y cuando nuestras miradas se encontraron le dije secamente, “sácate las tetas, para que te las toques tranquila, quiero verte manoseándote las tetas”, ella me miró, con la misma cara de enojo, pero procedió a abrirse la blusa completamente y a quitarse el brassiere, continuando sus pellizcos y manoseos en semejantes ubres, lo que le producía unos gemidos ahogados bastante excitantes.  Al ver las tetas al aire, decidí mejorar la masturbación, penetrándola desde mi posición con un par de dedos, mientras con el pulgar le tocaba la entrada del culo, sin penetrarla.  En resumen, la vieja Ángela estaba entregada a la lujuria y al pecado; tal y como yo quería.
Abajo la escena estaba a punto de llegar a su acto culminante, donde Rosa no paraba de ensartarse una y otra vez la verga del obrero, gritando sandeces, mientras le hacía señas al otro de que la penetrara en el culo, en esa misma posición.
Carlos se acomodó detrás de ese delicioso culito,  y empezó a penetrarla.  Conforme iba desapareciendo su larga picha en el ano de la zorra, ella iba disminuyendo sus propios movimientos, al sentirse cada vez más llena de picha por todos su huecos.  Sus gritos los ahogaba la lluvia, pero sus gestos lo decían todo, se estaba acercando inexorablemente al éxtasis final.  Carlos gritaba cosas inaudibles, mientras aceleraba el ritmo de la enculada, al tiempo que Jefry solo se dejaba montar por la zorra y le apretaba una y otra vez los pechitos hermosos.  La acción tenía que terminar pronto, los tres rostros eran una obra de arte sexual; los gestos y gritos anunciaban orgasmos por doquier.  Y así sucedió.  Gracias a tantos orgasmos que le he dado a Rosa, pude reconocer los gestos de ahogo y los ojos totalmente abiertos de su orgasmo, aparte de que se tiró para atrás, clavándose ambas pingas con todas sus fuerzas.  Inmediatamente Jefry, espoleado por el orgasmo de su amante, empezó a brincar y a temblar incontroladamente, dando signos de alivio, cuando le inundó la vagina de leche a mi amiga.  Poco después Carlos, seguro más veterano en las lides, sacó su verga del pequeño culo, y poniéndose de frente a Rosa le ofreció la verga; no más ella la tomó en sus manos, cuando el semen empezó a salir a borbotones de su pene, manchándole toda la cara a la abuela lasciva y dejando caer parte de su leche encima de su amigo, que para ese momento tenía una cara beatífica.
Observando que se acercaba el momento, hacía un minuto yo había acelerado mis masturbaciones a la vagina de Ángela, la cual, apenas observó salir el semen de Carlos, empezó a gemir en susurros, y cerró sus piernas, atrapando mi mano dentro de su vagina. “Ahhhhhhh  siiiiiiiiiiii”, fue solo un susurro, que dejó ir toda la tensión sexual acumulada desde hace quién sabe cuántos años.  Al separar sus piernas pude liberar mi mano, acariciándole el culo, sabiendo que en pocos días iba a cogerme a esta beata sesentona.
Ella, sin decir nada, se puso el sostén, se acomodó las tetas y la blusa, y cuando estuvo segura de que se veía igual que cuando entró a la habitación, me miró, y vio mi pene erecto, rebosando de liquido preseminal, dando pequeños brinquitos de la excitación que tenía.  Se agachó, me agarró la verga, y metiéndosela en la boca, me dio una mamada súper suave de diez segundos, al cabo de los cuales le eyaculé abundantemente y sin parar por espacio de un minuto; se la tragó toda y siguió lamiéndome la verga hasta que la dejó limpiecita.  Luego la volvió a poner en su sitio, y me dijo “para que vea que soy agradecida, y que puedo hacer lo mismo que esa otra”,  dijo señalando hacia donde estaba Rosa,  “lo que pasa es que yo no soy una puta, como ella; pero hasta las mujeres decentes tienen sus momentos de debilidad”, y se volvió a traerme el almuerzo que estaba más que frío.  En ese momento miré hacia la piscina y ya no quedaban más rastros del suceso, que las dos partes del bikini de Rosa, tirados con donaire.
La misma Rosa, entró en ese momento, con un paño en el cuerpo y con otro secándose la cabeza.  Ángela se levantó diciendo “voy a ir a calentar esta comida, más tarde se la traigo… me avisa cuando quiera almorzar”, y al pasar junto a su compañera de trabajo le espetó por lo bajo “puta!!!”, saliendo dignamente por la puerta.
Rosa y yo estallamos en carcajadas incontenibles ante el exabrupto de la mojigata.  “Mario, perdón, no sabía que ella me iba a ver; yo quería que me vieras vos; que has estado tan falto de sexo, pobrecito, mi intención es que te masturbaras riquísimo viéndome; jeje, aunque bueno, también tenía días con ganas de que esos dos idiotas me dieran verga!!”.
“Tranquila, no te preocupes, yo lo arreglo, solo no le hagas caso a ella, va a estar unos días furiosa contigo”, le dije.  “Ayy Mario, lo que pasa es que esa vieja quiere que le metan una pinga hasta adentro, eso es todo”, dijo mientras salía, para toparse en plena puerta a Gladys quien de inmediato preguntó, “¿Quién quiere picha, Rosy?”, habiendo escuchado la última parte de la conversación.  “Esa zorra mojigata”, dijo Rosa saliendo a vestirse y continuar sus labores al frente del mantenimiento de la casa.
Mi amiga Gladys, aprovechando que no tenía clases esa tarde, decidió visitar a su amante lesionado, Se veía desastrosa, venía empapada hasta los huesos, con la blusa de uniforme empapada y pegada a sus deliciosos pechos de niña treceañera, se notaban los pezones parados, duros y oscuros a través de la tela mojada.
Gladys me besó, me tomó las manos y se las puso en su mejilla, en un gesto de cariño que me encanta; pero sus agudos sentidos le hicieron percibir el aroma de jugos de vaginales en mi mano derecha, sin preguntar nada se agachó a mi entrepierna y olisqueó el semen.  Levantándose de un salto se me encaró y me dijo en tono de regaño: “¿No quedamos en que mientras convalecías no ibas a coger con nadie?!!, cabrón desconsiderado!!!, ¿para qué putas te cuidamos tanto, si nunca haces caso?!!!  Una aguantándose las ganas de coger, para que te repongas bien y me salís con esta mierda!!”; de veras se había enojado.  “Suave, no dispares, ya te cuento”, y procedí a darle la historia completa; al final de la cual, me ayudó a acostarme a hacer la siesta, y mientras se desnudaba para acompañarme me dijo, “Si quieres cogértela yo tengo una idea que puede funcionar”.  Se acostó desnuda bajo las cobijas y dándome un beso me dijo, “¿no te importa que me masturbe, es que me dejó caliente esa historia?”.  Yo le sonreí  “claro amor, esta es tu cama; por cierto, creo que tengo a la persona perfecta para iniciarte en el sexo lésbico, tal y como me lo pediste, va a tomar un par de semanas más, pero ya no busques más, solo ten paciencia y confía en mí”, le dije y me volví de lado, para dormir mi merecida siesta, lo último que recuerdo escuchar fueron los gemidos de mi amante adolescente, mientras obtenía su, igualmente merecido, orgasmo.
La historia la seguiré en el siguiente capítulo, les parece?

Saludos, si quieren me pueden escribir a Cotico: tico6013@yahoo.com

 

Cuando tu amigo tiene una mama sexy

Viernes, junio 22nd, 2007

Hola, mi nombre es Roberto, pero mis amigos me dicen Tito.

Bueno, lo que les voy a contar ahora es una historia real, y cuando digo real es que es real. He estado leyendo algunos otros relatos y hay algunos que son realmente fantásticos, aunque muy entretenidos y graciosos a la vez.

Tengo 18 años recién cumplidos, y esto me paso más o menos en Septiembre del año pasado.

En el colegio nos habían pedido hacer un trabajo en grupos sobre recursos tecnológicos y servicios y no se que otras tonterías mas, y, como casi siempre, quise ser con un amigo, Ricardo, debido a que su mama (40 años), que estaba separada, estaba riquísima y me volvía loco de tan solo mirarla, y siendo con el tendría una oportunidad de por lo menos insinuármele.

Bueno, acordamos juntarnos un sábado en la tarde en la casa de Ricardo, lugar perfecto para intentar por primera vez en mi vida algo.
Por fin llegó el sábado.

Se suponía que yo tenía que llevar la información que nos habían entregado en clases a cada grupo, pero la deje en casa, adrede, ya que quería tener la mayor cantidad de posibilidades para tirarmela.

Llegue como a las 3 de la tarde a casa de Ricardo. El me estaba esperando con todos sus materiales listos sobre la mesa del comedor. Le pregunte por su mama y me dijo que estaba en la cocina por si la queria ir a saludar mientras Ricardo arreglaba todo para empezar.

Fui caminando lentamente hacia la cocina, me tome mi tiempo, ya desde la distancia alcanzaba a oler esa fragancia que tanto me gustaba de ella. Cuando entre a  la cocina, ella estaba sentada en la mesa de diario tomando un vaso de jugo y trabajando en su computador. Llevaba puesto una bata de dormir, por lo que supuse que no se habia bañado aun, y que lo haria después, algo muy bueno para mi plan.

No quitaba los ojos del computador, por lo que hice mucho ruido para que levantara la vista. Desde el angulo en el que estaba se le alcanzaban a ver esos lindos pechos con los que habia estado soñando por mucho tiempo.

Se levanto y me dio un caluroso saludo de beso en la mejilla, con el que yo intente de acercar lo mas posible mis labios a los suyos.

Se volvio a sentar en el computador y en eso entra Ricardo preguntandome donde habia dejado la información  para terminar el trabajo. Yo le dije como preocupado que la habia olvidado en casa. Me mando un par de insultos y dijo que iria el a buscarlos, ya que era mas rapido y volveria antes.

Se me olvido decirles que mi casa queda a mas de 30 minutos en bici, por lo que pasaria mas de 1 hora antes de que volviera.

Ricardo se fue apresurado y me dejo solo en casa con  Daniela (su mama). Mi plan iva a la perfeccion.

Unos segundos después de que Ricardo ya se habia ido, me sente al lado de ella y le empece a meter conversa sobre el colegio, que nos faltaba poco para la fiesta de graduación, etc… mientras miraba cautelosamente esas lindas tetas que tenia, que eran asi como el tamaño perfecto para una mano, ni muy grandes, ni muy chicas, eran las que a mi mas me gustaban por lo menos.

Al parecer, como ustedes sabran se dio cuenta. ¿Por qué sera que las mujeres siempre se dan cuenta cuando las miran?

Comprendio que la estaban mirando mucho, y para escapar de mis ojos, dijo que tenia que ir a bañarse. Se paro para irse y me hiso cariño suavemente en la cabeza diciendome que era todavía un chico muy travieso. Esto definitivamente me puso a mil.

Se fue en direccion al baño, y mientras salia de la cocina, pude ver como, descaradamente se levantaba la camisa de dormir y dejaba descubiertas sus lindas nalgas blanquitas, sin si quiera mirame, tan solo rió un poco. Esta mujer si que tenia un culo de ensueño.

Sabia que esta era mi oportunidad, se me habia insinuado hacia 2 segundos, mostrandome su bello culo, estaba seguro, pero no se porque, me quede sentado en la mesa de diario asi como esperando algo.

Me puse a ver el reloj que estaba colgado en la pared mientras escuchaba como esta yegua prendia la ducha. Ya habian transcurrido como 10 minutos desde que Ricardo se habia ido.

Debia actuar ahora, ya que esta era mi oportunidad, y no tomarla ahora si que seria algo de un pobre estupido.

Me levante y fui caminando decidido hacia el baño. Daniela, para sorpresa mia, la habia dejado entreabierta, algo que nunca antes habia visto que lo hiciera.

Abri un poquito mas la puerta y ahí estaba ella, duchandose y jugando con la ducha telefono entre sus nalgas. Con una mano se tocaba los pechos  y piernas, y con la otra sostenia la ducha telefono, la cual pasaba por su lindo anito y por su conchita depiladita.

Esto ya era el colmo, estaba parado ahí, justo afuera de obtener lo que queria, y no me atrevi, por lo que me empece a masturbar.  Me baje los pantalones y saque mi polla que ya estaba roja, asi como si me hubiera estado masturbando por largo tiempo. Con mi mano derecha comence frotarme la polla, y con la izquiera por mientras me masajeaba un poco el ano, un lugar que me encantaba (no piensen que soy gay por lo del ano, ya que muchos hombres se sienten realmente excitados al frotarse el ano).

Ella estuvo largo rato mirando de vez en cuando hacia la puerta entreabierta, y mas o menos como después de unos 5 minutos donde estuve masturbandome afuera, me dijo que entrara, ya que necesitaba a alguien que le enjabonara la espalda, ya que tenia los brazos adoloridos por el gimnasio.

Por fin, entre!

Ahí estaba ella, desnuda con sus lindos senos y su escultural figura mirandome. Cabe decir que su conchita estaba buenisima, y que tenia todo un culazo.

Me pidio que me desnudara para que no mojara mi ropa y pudiera entrar con ella.

Cuando entre a la ducha roce su culito con mi pene y toque con mi mano su conchita. Por fin ese culito y esa conchita ivan a ser mios.

Se puso de espaldas a mi y me paso el shampoo para que la enjabonara. Me fije que habia empezado otra vez a sobarse entre sus piernas son sus lindas manitos.

Apegue lo mas que pude mi pene en su culo y de repente la empujaba duramente para que sintiera la clase de polla que tenia detrás. De la nada ella se dio vuelta y me dio un largo beso en la boca, donde aproveche para agarrarle el culo y para sobarle la conchita con mi polla, que ya tenia unas ansias desesperadas de entrar. Me empezó a besar el cuello y rapidamente bajo hasta el pene. Le dio unas lamidas y luego se lo metio entero en la boca.

Con una mano acariciaba mis testículos y con el dedo indice de la otra, buscaba mi ano en mi culo. Yo por mientras tocaba sus senos y pensaba en lo que haria Ricardo si me viera asi con su madre.

Cuando estuve casi a punto de terminar, le dije que parara, y que queria meterle mi polla en su conchita.

Ella me dijo que mejor que no, ya que no tenia condon y no queria arriesgarse. Entonces le dije que me dejara romperle el culito.

Ella me miro media asustada y me dijo que hace mucho tiempo que nadie se lo metia por el culo. Le dije que no temiera y que iva a disfrutar.

Ella accedio, pero me pidio que antes yo hiciera algo por ella, por lo que ella se puso de espaldas y yo acerce mi boca a su conchita, la cual empece a besar y a meterle mi lengua mientras acariciaba su clítoris con mi nariz.

Después de un rato dandole sexo oral, tuvo un orgasmo con unos gemidos que de seguro hasta Ricardo los escuchó.

La verdad es que yo nunca en mi vida lo habia metido por el culo, pero según lo que hbia aprendido en algunas películas porno, decidi hacerlo.

Le pedi a Daniela que apoyara sus piernas en mis hombros. Yo por mientras con mis dedos iva haciendo espacio en su ano para que cupiera mi polla.

Estuve un par de minutos dilatandole el ano hasta que me decidi y lentamente (según ella me lo habia pedido) le fui metiendo mi polla.

Me di cuenta de que su ano apretaba mucho y ella gemia no se si de dolor o de placer.

En una de esas, decido y se la empiezo a meter como furioso mientras toco sus lindas tetas, ella grita y gime, y cuando estoy por acabar le saco la polla del ano y la froto contra sus tetas mientras de ésta salen litros y litros de leche que chorrean por sus tetas, y que llenan su boca. Se la tomo todita.

Acerco mis labios a los suyos, que todavía estan llenos de leche, y mientras con una mano froto su clítoris, la beso con un beso muy tierno que sellaria una vida sexual que perduraría.

Después de eso nos lavamos un poco, y justo cuando habiamos salido del baño, Ricardo entra a la casa apurado con todos los materiales que a mi se me habían “quedado”.

Por suerte Nos habiamos secado el pelo con secador y no parecía como si estuvieramos mojados, por lo que Ricardo no sospecho nada.

Que habria hecho si me hubiera descubierto.

Hace como 2 meses que no veo a Daniela, pero tenemos prometido que la proxima vez que nos veamos me va a dejar meterselo por la conchita, ya que la segunda vez que nos vimos, solo nos dimos un poco de sexo oral.

Después les cuento mi aventura en su conchita.

Saludos.

El hechizo del toro

Viernes, junio 22nd, 2007

En una de esas frescas mañanas, montado con gran majestuosidad sobre su robusto alazán, se hallaba el fiel capataz abocado a lograr concretar el servicio que un recio toro overo debía realizar sobre una vaca en celo. Sentada sobre un viejo y grueso tronco que desde largo operaba a guisa de banco, ubicado al costado del potrero en que maniobraban hombres y animales, se hallaba la joven estanciera Marcia Paula contemplando aquel cuadro que, en realidad, había visto pasar muchas veces ante sus pupilas, sin que nunca le atrajera especialmente, como para decidirse a examinarlo in extenso. El diligente capataz, que se sabía observado por los ojos más bellos del mundo, dirigió a su patrona un natural saludo colocando el mango de su fusta próximo al ala del sombrero y luego prosiguió con sus tareas en pro de la aproximación de ambos animales.

     La atención de Marcia Paula, concentrada en un principio en su amante, fue derivando poco a poco, y cada vez con mayor intensidad, hacia la acción de la cópula de los animales. Se gratificó contemplando la gallarda estampa del overo semental y todas las piruetas, correrías y cabriolas que la exuberante testosterona le inducía a realizar como prolegómenos del apareamiento.

     Una vez que el toro hubo olfateado los humores de la hembra, se hizo ostensible que entraba en estado de franca erupción y, después de hacer trepidar el suelo con sus patadas, aradas y carreras, y de hacer vibrar el aire con sus sonoros bufidos, comenzó a soltar la majestuosa verga, la que en contados segundos se halló presta para el servicio, como un inmenso ofidio tropical arborícola dispuesto a saltar sobre su presa. Marcia Paula, al contemplar aquel miembro, no pudo evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo… una suerte de sensación ambigua, originada en una controvertible mistura de placer y de pavor.

     La embravecida bestia, en su aparatoso y grotesco cortejo, recorrió a toda velocidad un par de veces la periferia que marcaba la cerca del estrecho potrero, disparando coces a diestra y siniestra. Su magno apéndice se bamboleaba y agitaba a tenor de su loca carrera y, esporádicamente, incorporaba a esos movimientos sus propios estertores de deseos.

     De pronto vino a detenerse, cercado de por medio, como paralizado por un rayo y con extraña e incomprensible espontaneidad, frente a la patrona de la estancia. Luego de unos instantes de total inmovilidad en que quedó como pasmado contemplando profunda y curiosamente a la princesa, bajó y levantó sucesivamente su astada testa con la suavidad de un saludo; luego concluyó por mantenerla en alto y emitió un inefable bufido que sonó como el clamoroso viento de un heraldo. Realizó acto seguido algunos corcovos, efectuó un par de grotescos meneos y balanceos, giró dos o tres veces alrededor de sí mismo… y después de patear briosamente el piso prosiguió con su enfática danza.

     Marcia Paula quedó azorada ante el extraño «parate» del animal en medio de su efervescencia, lo cual vino a robustecer aquel singular estremecimiento que en ella se despertara unos momentos antes. ¿Qué hecho, residente en ella, pudo haber llamado la atención del overo como para que alterase de tal manera sus brutales manifestaciones, pasando olímpicamente de la furia portentosa a una increíble y fugaz actitud de cuasi contemplación?… ¡Qué conducta tan extraña!… Mas, ¡oh!, ipso facto se le presentó nítidamente la escena de niña, cuando un malhumorado toro la corrió y, una vez que ella hubo tropezado y caído, se limitó a acariciarla con su hocico.

     Aunque perpleja por todo ello, tampoco dejaba de observar con golosa contemplación lo atinente al toruno miembro copulador, en los momentos previos al apareamiento. Así, seguía con particular delectación su agitado bailoteo en concordancia con la furiosa carrera del toro, que aún daba por el potrero algunas vueltas enloquecidas. Al momento de montarse sobre la vaca, observó Marcia Paula cómo aquel miembro adquiría una posición casi horizontal y, en medio del frenesí del macho en su rítmico avance hacia la hembra, le vio oscilar pesadamente hacia arriba y hacia abajo, dando la impresión, por momentos, de que fustigaría la propia panza de la bestia… A raudales derramaba la escena la sensación del furioso anhelo que embargaba a ese protagonista principal, en la afanosa búsqueda de la morada que habría de saciar su ancestral voracidad por comunicar vida a la vida.

     Al contemplar tan impresionante cuadro, previo al natural apareamiento de aquellas bestias, la patrona se puso a temblar de emoción, sin saber a qué atribuirlo. En contados segundos más, ambos animales se hallaban en plena acción de cópula. Presa de una indecible excitación, la princesa se puso de pie y haciendo un sustancial esfuerzo para disimular su estado, saludó a Ramón y a la peonada con las manos. Tratando de alejarse lo más rápidamente posible de aquel teatro, prosiguió su caminata por los campos.

     ––Parece, Don Ramón, ––dijo el peoncito José–– que el overo ha reconocido a la patroncita y se decidió a hacerle un cordial saludo.

     ––¿Cómo diablos ––apuntó otro integrante de la cuadrilla–– pudo haberse frenado de tal manera en medio de la calentura?

     ––Se ve que quiso rendir un justo homenaje a la hermosura de la niña ––interfirió un tercero––. Está claro que la ha reconocido… Después de todo ella es la dueña de la estancia.

     ––No creo que el overo sepa distinguir tanto ––arguyó otra voz––, pero si de algo estoy seguro es que a don Melitón no le hubiera hecho tanta fiesta. ¡Claro que el overito ha visto la belleza de la niña!… y le ha querido dedicar unos momentos de mirada engualichada.

     Rosauro, un veterano que ya doblaba largamente el codo de los cincuenta, colocó la punta del mango de la fusta en la parte frontal del ala del sombrero y lo corrió hacia atrás, descubriendo gran parte del enralecido cráneo.

     ––No es la primera vez que ocurre esto ––dijo con voz grave y en tono de autorizada sapiencia campera––. Yo mismo he visto algo parecido hace más de veinte años, cuando la princesa era niña. La corrió un toro dentro de un corral; ella se cayó de bruces y ninguno de los que observábamos dábamos ya dos centavos por la vida de la pequeña. Sin embargo, el toro se limitó a tocarla con el morro y, ¡cosa tan extraña como la de hoy!, se aquietó totalmente… Más… diría que se comunicó con la niña, pues ésta acabó acariciándole con su manita el testuz y entonces el toro se meó de gusto. Conclusión, que es como si se hubieran hecho amigos… y la princesa salió del trance sin el más mínimo rasguño.

     ––¡Ohhh! ––exclamaron todos, asombrados.

     Ramón se limitó a sonreír ante esas ocurrencias y en ningún momento emitió opinión sobre el asunto, dando la sensación de que prestamente deseaba acabar con los comentarios. En consecuencia, sin dejar de sonreír y de asentir, instó a la cuadrilla a la prosecución de las tareas.

ATISBOS TAURINOS
     Días después, la exultante y más que satisfecha patrona de la Estancia La Soya daba rienda suelta a sus apetencias literarias y se dedicaba a buscar en la biblioteca de la mansión alguna obra para prodigarse unos momentos de relajante lectura. No estaba segura de cuál sería el tema que por aquellos momentos interesaría a su ánimo: quizás algo de historia, o alguna leyenda, o, tal vez, deseba recitar algún escogido poema de entre la pléyade que allí existía.

     Mientras recorría en su nutrida biblioteca los estantes de libros de todos los formatos, dimensiones y colores imaginables, iba pensando, con un dejo de resignación, cómo en este particular aspecto de la vida se presentaba la «gran diferencia» entre ella y su amante. Ella era, a todas luces, un espíritu cultivado, que dedicaba largas horas a la lectura, en tanto que su Ramón…

     «Bueno -se decía, haciendo gala de su natural amplitud de espíritu-, ¡zapatero a tus zapatos!… Pero no puede dudarse de las relevantes cualidades de mi Ramón como ser humano. ¿O es que su hombría de bien, lealtad y nobleza no han de tomarse en cuenta? Además, cuestión de no menor importancia, realiza su trabajo a la perfección y es sumamente inteligente en la resolución de las cosas prácticas. Es, ante todo, un hombre práctico… Y si se analiza su personalidad en cuanto a su capacidad de la relación humana, hay que concluir, definitivamente, que se sabe hacer querer por la peonada, porque tiene seguridad en sí mismo y un natural respetuoso para con todos; y esto es cosa independiente del nutrimento libresco. Más bien ha de creerse lo contrario: el excesivo alimento en tal sentido contribuye a dotar al individuo de cierto arrogante fariseísmo.»

     En tanto que estaba sumida en estos tan sustanciales pensamientos, sus irresolutos dedos hojeaban un libro que acababa de sacar al azar y, al pasear la vista por el índice, encontró un título que llamó poderosamente su atención: ‘La reina y el toro’. Sin saber por qué, se le redoblaron los latidos de su corazón. Llena de la más extraña ansiedad, se fue a sentar en un mullido sillón… y comenzó a buscar la página del capítulo correspondiente.

     «¡Flor de coincidencia es ésta!… -murmuró-… Veamos: los otros días, observando el apareamiento del enorme overo aquel, que me dejó absurdamente impresionada, ¡como si hubiera sido la primera vez en mi vida que contemplara tal hecho!; después, el extraño «parate» de la bestia en medio de sus furibundos retozos, para observarme con inefable mirada; y ahora, de los estrados de la cultura, se me aparece un capítulo de este libro con tan insinuante título… En fin, veamos de qué se trata.»

     Mas tenía clara noción de que su curiosidad iba más allá de la meramente literaria. Se sentó cómodamente sobre el sofá, puso algo de música melódica a baja intensidad, se sirvió una copa de whisky y se sumergió en la lectura.

     Leyó reconcentradamente, deteniéndose con frecuencia al fin o en medio de frases y párrafos. Por momentos, ponía sus ojos en el cielorraso y meditaba profundamente las palabras. A veces, las repetía remarcando sus sílabas… Y así se estuvo más que absorta en la lectura de aquella narración.

     Al concluir, una media hora después, se quedó pasmada. Se recostó sobre el sofá, puso el libro, aún sostenido por su mano, a un lado del cuerpo y nuevamente clavó la estática mirada en el cielorraso. Luego, entrecerrando los ojos, comenzó a regurgitar en su mente todos los conceptos, hechos y razones que había captado en aquella lectura y a enhebrar las vivencias que le habían suscitado; y así dio nuevamente rienda suelta a sus tumultuosos pensamientos:

     «¡La reina Pasífae!… ¡Que se apasionó por un toro!… ¡Por una maldición del dios del mar!… E hizo construir por Dédalo una vaca artificial para que el toro la poseyera… ¡Bueno… bueno!… ¡Esto sí que ya no ha de considerarse casualidad! ¿Por qué habría de ocurrirme tan precisamente a mí, y en esta especial circunstancia por la que atravieso, el que se me cruce una historia de tal tipo?»

     Al recordar la escena del toro, el tenor de sus movimientos y la intensidad de su mirada para con ella, sintió una erupción que la llenó de voluptuosidad y de espanto. Pensar que la imagen de esa escena la había perseguido con porfiada tenacidad, prodigándole, cada vez, un regusto de misteriosa sensualidad, de cosquillosa incitación a lo prohibido. Y ahora, como por un juego del azar, ¡viene justo a caer en sus manos esta bendita historia de Pasífae, la esposa del rey Minos y madre del Minotauro!… ¡Es cosa de no creer la concatenación de estos acontecimientos! Es como… si alguna potencia superior estuviera dirigiendo sagazmente los hechos de la vida de Marcia Paula hacia… ¿Hacia dónde?

     Retomó la lectura del libro y, al proseguir husmeando por los entresijos del volumen, encontró, bastante más adelante, otro título que lucía: ‘El Toro y la princesa’. Se trataba de una alusión a la pasión amorosa que la inocente virgen Europa, la hija del rey Agenor, había despertado en el máximo dios del Olimpo, el Supremo Júpiter o Zeus. Sin más, volvió a los anaqueles de su biblioteca y tomó La Metamorfosis de Ovidio; hojeó nerviosamente sus páginas… y finalmente se puso a recitar:
     No bien se reúnen ni moran en un solo sitio/

     la majestad y el amor; la gravedad del cetro dejada,/

     aquel padre y rector de los dioses que con fuegos trisulcos/

     tiene armada la diestra; que con el ceño el orbe sacude,/

     la faz de un toro se viste y, a los novillos mezclado,/

     muge, y en tiernas hierbas hermoso pasea./
     Marcia Paula, ahora sonriente, reflexionó:

     «Tal parece que el poderoso Jove, el padre y rector de los dioses que lleva el arborescente rayo en la diestra y que con su solo ceño sacude al mundo, adolece del muy humano pecado del adulterio. El majestuoso Júpiter, hermano y esposo de Hera, la vengativa y celosa diosa de los bellos brazos, se viene a enamorar de la princesa Europa, como tantas veces lo había hecho con otras mortales. Decide, pues, poseerla, transformándose en un hermoso toro blanco provisto de un par de breves cuernos que ostentan la transparencia de la gema. Y asume entonces una expresión dulce y pacífica para ganar la confianza de la tímida virgen.»

     «¡Dulce y pacífica!», se repitió. Y recordó el «parate» del overo y su extraña y densa mirada.

     La princesa de La Soya echó un buen trago de whisky en su boca para aplacar la aridez que había ganado su garganta y, a continuación, volvió sus ojos a la lectura, para seguir declamando de esta suerte:
     Su color es de nieve a la cual ni los vestigios del duro/

     pie pisaron, ni ha disuelto el Austro lluvioso./

     Músculos yerguen sus cuellos; la papada cuelga a sus hombros;/

     cuernos, en verdad, parvos; mas pudieras jurar que están hechos/

     a mano, y más que una pura gema, son transparentes./

     Amenazas, en su frente, ningunas, ni luz formidable;/

     la paz, su rostro tiene. La de Agenor nacida se admira/

     de que tan hermoso, de que combates ningunos amague;/

     mas aunque suave, temió tocarlo primero./

     Pronto se acercó, y alargó flores a las cándidas bocas./

     Goza el amante y, mientras viene el placer esperado,/

     besos da a las manos; apenas ya, apenas lo restante difiere./
     La princesa no pudo ahora evitar recordar el incidente, cuando pequeña, con aquel bravo toro que furiosamente la persiguió en el corral, mientras Sebastián Toranzo la traía de vuelta del bosquecito.

     «Amenazas, en su frente, ninguna» -repitió con alto tono declamatorio-… ‘La paz, su rostro tiene’… ‘Besos da a sus manos’… Según todo el sentimiento de mi recuerdo de niña, el toro que me persiguió, diría, me trató de idéntica manera, como si fuera una mascota de mi propiedad. Recuerdo muy claramente con qué complacencia recibió la caricia que le prodigué en el testuz.»

     Un impensado escalofrío recorrió su cuerpo. Lo aplacó con un nuevo trago de licor. Luego volvió al análisis de su lectura.

     «Y finalmente -prosiguió- la hija del rey Agenor, sobre las espaldas del transmutado dios y tomada de una de sus manos en un cuerno y depositada la otra sobre el divino lomo, es transportada por el amantísimo toro por sobre las ondas del océano y… termina éste dando satisfacción a su lujurioso anhelo… ¿Cómo?… Mas he aquí, en este segundo caso, que el toro toma la iniciativa y es el propulsor de la unión carnal. ¡Claro que se trata nada menos que del más poderoso de los dioses del Olimpo!»

     Y prestamente se quedó imaginando cómo, por influjo de los divinos poderes, puede una bestia de tal naturaleza tomar conciencia de un acto de amor con una mujer y, desde una visión pragmática, cómo pudo realizarlo. ¿De qué medios se habría valido Dédalo para ejecutar su obra?

     Finalmente, despojándose de las ensoñaciones en que se había sumido, volvió a la realidad y se fue a preparar otro whisky. A continuación abrió nuevamente las compuertas a las turbulentas aguas de su mente:

     «¡Maldita sea mi suerte que hace que el pensamiento del toro me persiga como mi sombra! Cada vez que así ocurre percibo como una dilatación de mi ‘vacío’. Es como si… como si… estuviera efectuando un llamado. Es menester, Marcia Paula, que erradiques definitivamente tales ideas de tu alocada cabeza… O terminarás por enloquecer…

     »¿Cómo habría logrado la vehemente Pasífae introducirse dentro de la bendita vaca?… Para nada debe resultar tarea fácil elaborar el artificio necesario para posibilitar físicamente tan especial apareamiento, ni mucho menos el conseguir meter semejante engaño en los tuétanos del animal.

     »Al fin de cuentas… ¡oh, Marcia Paula!, no te hallas sola en este fatídico síndrome del ‘vacío’ del que eres víctima. ¿Qué dios del mar, del aire, de los campos, de los montes, del sol, de las tinieblas, o del mismísimo Averno me lo habrá insuflado a mí? ¿Por qué me persigue, casi implacablemente, la imagen de aquella enhiesta y descomunal verga taurina? ¿No me dicta a cada instante mi aterrada razón las razones de tamaño desafuero? ¿No tengo acaso más que suficiente con el amor de mi Ramón y con su admirable lampalagua?

     »Será menester, Marcia Paula, que hagas todos los esfuerzos necesarios para eliminar de tu aterida mente aquellas dos exóticas imágenes: la enorme verga de la bestia y la intensa mirada a ti dirigida. Al fin, la magnitud de su miembro no es otra cosa que una manifestación de la naturaleza, y que está acorde con su función y con la complexión de la especie de que se trata. Tú lo ves descomunal sólo porque lo humanizas y crees que…

     »Tú tienes a lampalagua que es, por añadidura, el apreciado apéndice de un bello ser de tu propia especie, el cual está provisto, además, de una pléyade de dones que confieren belleza a su alma. ¿Qué más puedes pedir?…

     »¿Y qué tal si resultaras perdidamente enamorada de… un toro; de lo cual por momentos tienes serios barruntos? ¡Tal como le ocurrió a la esposa del rey de Creta, la profunda Pasífae!… ¡Puaj!… ¡Todos los caminos conducen al infierno!… Dentro de un cuero de vaca: ¡qué ridículo!… Y para colmo, después venir a parir un ser monstruoso, fruto de tal unión… Eran verdaderamente imaginativos estos griegos. Pero en realidad, por tal peligro de embarazo… no hay cuidado… ¡Dios… qué dimensiones las de aquella verga! Es como… un palacio de chocolate: alegra la visión de la escena, pero puede matar de indigestión…»

     Con la policromía de un caleidoscopio pasaban por sus laceradas mientes tan extraños y contradictorios pensamientos que, por momentos, la sumían en el deleite y, en otros instantes, le insuflaban un torrente de pavor… Nuevamente sintió que su garganta ardía. No encontró nada mejor que apagarla con otro trago de whisky…

     Poco después, bajo el narcótico efecto del alcohol, la princesa acabó por sumirse en un sueño, en el mismo sofá en que se hallaba. Sin darse cuenta, los libros que tenía entre sus manos fueron a parar a la silenciosa y mullida alfombra y, en una suerte de disipada duermevela, se le presentó una densa escena onírica.

     Así, se vio en un teatro, sentada en una butaca muy próxima al escenario. Sabía que había allí congregada una gran cantidad de espectadores, pero la presencia de los demás era difusa. Una vieja, ¡muy vieja y contrahecha!, con una fortísima inclinación hacia delante y con todas las apariencias de una bruja medieval, era el único actor que se presentaba en la escena y estaba a la sazón iluminada por un potente halo de luz rosada. El desagradable personaje se apoyaba sobre un arborescente bastón, en tanto que con cascada y antipática voz descerrajaba un monólogo cuyas razones no entendía, o dejaba indolentemente que se escurrieran con toda libertad por la atmósfera del lugar. Entrecortaba su estentórea peroración con risas gélidas y cínicas… La forzada espectadora comprendía que aquel basilisco no podía sino ser un espectro malévolo.

     De repente, aquel actor esperpéntico se dirigió a ella con escasamente contenida furia y en tanto que la increpaba con duras palabras, iba agitando convulsivamente su bastón, que no dejaba de señalarla. Y vio entonces que aquel báculo tomaba la forma de la inmensa verga de un toro, a la que ella observaba con atónita mirada…

     Acto seguido, apareció un segundo halo de luz, blanca esta vez, que iluminó el palco principal del teatro. En él se hallaban dos mujeres de singular belleza: una de aspecto maduro, la otra con todos los signos de la doncellez. Ambas se pusieron de pie y recibieron una fuerte ovación.

     ––Yo soy la profunda reina Pasífae ––exclamó la primera.

     ––Yo me llamo Europa ––dijo la segunda–– y soy la princesa hija del rey Agenor.

     De inmediato retomó la palabra la arpía del escenario y, siempre apuntando con su transmutado bastón a Marcia Paula, vaticinó:

     ––¡Tú, la hija de Aranda y Puig, deberás pronto compartir el palco!… Y te convertirás en cofrade de esas mujeres del bestialismo…

     Entonces la princesa despertó raudamente y se mantuvo aún unos cinco minutos recostada, profundamente impresionada por la naturaleza del sueño. Luego, venciendo alguna dificultad para mantener el equilibro, fue a colocar los libros en el estante de la biblioteca. Mientras se golpeada la cabeza con la palma abierta de la mano en un intento de aventar las brumas del horroroso sueño, se dirigió afuera. Allí se encontró con el capataz que acababa de regresar, sin haber desmontado aún, de su visita a lo de don Zoilo.

     ¡Qué enormes deseos de echarle los brazos al cuello, como lo haría una novia corriente!… ¡Qué hermosa estampa gasta sobre su alazán!…

LA PRIMERA CITA
     Una de esas mañanas de sus comunes paseos por la estancia, se hallaba Marcia Paula profundamente cavilando sus cuitas y necesidades cuando al doblar por la esquina de uno de los potreros descubrió precisamente a la asaz desenvuelta Adelita.

     Llevaba ésta un aparatoso peinado, con el renegrido cabello muy ensortijado, abultado y revuelto, en una suerte de composición que destilaba gran sensualidad. Una parte de sus sedosos mechones caían sobre la rosada faz, en deleitosa armonía con los graciosos hoyuelos de sus mejillas y el brillante fulgor de sus ojos azabaches. Había depositado en sus labios una gruesa película de carmín, ampliando la incitante boca más allá de sus límites naturales y exagerando así la voluptuosidad que de ellos escapaba. Lucía en su talle una ajustada y breve falda y cubría su torso con una blusa muy suelta que, a partir de la punta de sus pechos, caía con la verticalidad de una cortina, cuyo ostensible alejamiento del ombligo ponía harto de relieve la generosa causa que provocaba tan insinuante separación. Total que la apetecible criada venía produciendo, en la medida en que circulaba por veredas, calles y callejas de la estancia, la momentánea parálisis de la tarea de quien la observara pasar, sea hombre o mujer.

     Esta estampa de la criada, rutilante y sensual, mucho molestó a Marcia Paula.

     —Buen día, patroncita, ¡dichosos los ojos que la ven! —saludó la jocunda niña.

     —Hola, Adelita… Por lo que veo hoy te has dedicado a emperifollarte sobremanera ––apuntó la princesa, con voz que olía a tedio.

     La moza se llevó coquetamente la palma de la mano a su cabellera, segura de haber causado una acendrada impresión en la patrona.

     ––¿Vio el peinado que me hice hoy?… Me he lavado con el mejor champú que conseguí en Villa del Buey.

     Marcia Paula rápidamente cambió el tema:

     ––Decime: ¿sabés si a esta hora ya ha llegado don Melitón desde la ciudad? Acordate que lo estamos esperando.

     —No, patroncita… No ha llegado hasta el momento. Y claro que sé que lo estamos esperando. Hace un ratito nomás que le estuve plumereando el escritorio que él usa cuando se llega por acá. Pero no se preocupe que don Melitón estará al llegar. Hortensia se halla preparando unos ñoquis al tuco que es para él exquisito almuerzo. Parece que la negra tiene un arte especial con esa comida. No bien meta el pie en la casa pegará el grito para que yo le cebe mate…

     Marcia Paula frunció el ceño…

     —Bueno, podés dedicarte a tus otras cosas —apuntó—, que esta vez el mate se lo voy a cebar yo; tengo que conversar con él. Hay muchas novedades en la estancia desde la última vez que se llegó por aquí.

     —¡Le juego que no va a poder ser, patroncita! A don Melitón le gusta que le cebe los mates yo… ¡Ya va a ver!

     —¿Ah, sí?… ¿Y se puede saber qué diablos tienen tus mates? ¿O creés que yo no sé cebarlos tal como a él le gustan? —replicó Marcia Paula, algo picada por la imprevista afectación de la niña.

     —No… es que… don Melitón se muestra muy a gusto cuando yo le cebo los mates… —se despachó, muy desenvuelta, la quinceañera—. Ya en varias ocasiones me ha elegido especialmente a mí en lugar de las otras criadas: ni la Tatiana, ni la Luciana… Él es muy tierno conmigo y se ha aficionado a que le cebe yo los mates. ¿No lo ha notado Ud. acaso?

     Ahora la patrona comenzó a maliciar dónde se hallaría el meollo de aquella cuestión, pues ya había descubierto síntomas afectuosos en las miradas que últimamente su padre dirigía a la mocosa. Y algo le empezó a musitar que el «look» que presentaba la criada estaba emparentado con la visita de su padre.

     ––¡Claro que no había notado tal cosa! ––Respondió, fastidiada–– ¿Y me podrías decir qué clase de afición te muestra don Melitón?

     ––Bueno, a él le gusta… tocarme.

     La princesa, ahora bastante más irritada, se mordió los labios y guardó un rato de silencio; luego inquirió:

     —¿Ajá?… ¿Y se puede saber dónde te toca?

     —Siempre me dice que estoy «lindaza»… Me aprieta los cachetes y los muslos… También me da chirlitos y pellizconcitos en la cola…

     Marcia Paula tragó saliva.

     —¡Está claro! Seguramente que después de tales masajes has de encontrar los glúteos suficientemente relajados como para sentarte a descansar cómodamente.

     No por inocente la criada dejó pasar la pulla de su patrona; por el contrario, con connotaciones socarronas, prosiguió:

     —Muchas veces se le ocurre a don Melitón «pesarme» las tetas; en los últimos tiempos es lo que más hace. Entonces siempre repite lo mismo: «¡Qué ubre magnífica para hacer la felicidad de nuestros mamones!… »

     —¿Ah, sí?… ¡Conque tenemos ahora que don Melitón se nos viene a aficionar a los pesos y medidas!… ¿Qué es eso de «pesar» las tetas?… ¿Qué clase de balanza usa?…

     —Pues, está claro: ¡las manos!, niña… ¡las manos!… Sencillamente que me pone sus manos por debajo de las tetas, las levanta y luego, mirando pensativo al cielo, consulta con vaya a saber qué balanza que dice que tiene en su interior y a continuación canta el peso que tienen.

     Marcia Paula contempló nuevamente las insinuantes puntas frontales de su criada… El tono bermellón ya se había enseñoreado casi totalmente de su rostro, mas trataba de contenerse. Así, prosiguió:

     —¿Y qué peso suele encontrar para tus tetas? Me imagino que, dada la frecuencia de esas operaciones, no debe variar mucho de una ocasión a otra, por lo que seguramente no es indispensable tanta reiteración del pesaje.

     —¡Qué sé yo!, amita. Lo único que le puedo decir es que… ¡el patrón es tan «jodón»!… Se le ocurre decir cualquier cosa: «Hay aquí varios kilos… Alcanza para amamantar a un parvulario»… y cosas por el estilo.

     —¡Vaya original manera de sopesar ubres y de sacar especiosas conclusiones! ––susurró entre dientes la patrona. Luego, autoritaria, espetó a la criada––: Pero, por lo que veo, tampoco vos mostrás remilgos a la hora en que deberías escurrir el bulto. ¿Nunca fuiste capaz de arisquear un poco tu humanidad a la mano traviesa?

     —Niña: ¡recuerde que se trata nada menos que del patrón de la estancia!…

     Marcia Paula observó una vez más los voluminosos pechos de su criada, que, debajo de la blusa y desde siempre, dejaban adivinar su total soltura, y quiso indagar acerca de la etapa a la que arribaría la singular operatoria paterna.

     ––Decime, ¿te toma el peso por encima de la blusa, o…?

     ––Al principio sí. Pero ya en las dos últimas veces me hizo desabrochar la blusa y… «A ver, mocosita -me dijo- sacá las ubres afuera que con esa tela de por medio no puedo trabajar con precisión». Entonces se puso detrás de mí y me calzó las tetas con sus manos y se puso a levantarlas que era un contento.

     ––¿Y vos no le dijiste nada?… ¡Desvergonzada!

     ––¡Amita, por favor! No me trate así… ¿Cómo defraudar de tal forma al patroncito de «LaSoya»?

     ––Bueno, bueno… ¡Está bien!… ––replicó Marcia Paula.

     Entonces estuvo a un tris de preguntar a la Adelita si las tales manipulaciones de sus aguerridos senos no habían pasado a mayores… Pero, considerando ya la inconveniencia de seguir adelante y ante el resquemor de ahondar aún más la indignación que la poseía, optó por poner punto final a aquella conversación. Empero, reflexionó: «¡Lo único que faltaba!… ¡Viejo verde de mierda!… Se ve que con mi copetuda madrastra, que va ya camino a la posesión de la majestad del pergamino, no le alcanza.»

     Estos molestos pensamientos introdujeron en ella una gran melancolía. Mientras así cavilaba, impensadamente se halló frente a un potrero con animales y se apoyó sobre el cerco. Y allí, ¡oh caramba!, precisamente, estaba el toro overo… y tan próximo al cerco, que se hallaba al alcance de la mano. El animal rumiaba en medio de la más apacible calma, con esa típica languidez vacuna que se presenta como rayana en la estulticia… Casi se diría que ni notó la compañía de la patrona, o que lo tomó con bovina naturalidad.

     Ella lo tocó por su costado, primero con la punta de los dedos dando al grueso pellejo unas cuantas rastrilladas. Sin inmutarse mayormente, el animal se limitó a efectuar un ligero sacudón de la piel en la zona del contacto con las uñas… y siguió rumiando con la mayor tranquilidad.

     Luego, con la palma de la mano, comenzó a acariciarlo suavemente, lo que pareció ser del agrado de la bestia, puesto que la llevó a recostarse contra la cerca.

     Marcia Paula no tuvo dudas de la aceptación de las caricias y se comenzó a instalar en ella la seguridad de que haría buenas migas con el animal.

     Sin dejar de masticar y ya rascándose contra el cerco en evidente actitud de satisfacción, el toro volteó su enorme cabeza y se puso a contemplar a la princesa que no cesaba de pasarle su mano, ahora por el lomo. Ella recordó la circunstancia del apareamiento, cuando el toro la miró de manera extraña; sólo que ahora proseguía rumiando indolentemente y su mirada era del tipo bobo.

     Luego, se animó a pasar adelante y comenzó a acariciarle la testa… En consonancia, oyó al toro emitir armoniosos y suaves bufidos de satisfacción…

     Como instigada por un sortilegio que ardía en lo recóndito de su ser, la patrona le empezó a hablar:

     —Parece ser, overito, que te agrada la caricia de tu dueña. En realidad no eres tan bravo ni arisco como te hace todo el mundo… Por el contrario, eres un verdadero mimoso… No sé por qué causa te has instalado en mí… Y ahora te comportas de una manera asaz complaciente… Tanto, que has conquistado mi cariño… Siempre estás en mi camino, ya en imagen, ya en presencia física, como en este caso.

     Saltó audazmente el cerco y se puso al lado mismo del toro y, en tanto que no cesaba de acariciarlo, le hablaba con extrema dulzura.

     ––Dime, «Mimoso», ¿qué te llevó, mientras te revolvías en el inicio de tu apareamiento la vez pasada, a frenar tan en seco tu desordenada furia?… ¿Qué potencia insondable determinó que te fijaras en mí y me contemplaras como pasmado por unos instantes?… Quisiera descifrar los códigos de tu cargada mirada.

     »¿Sabes?: mientras era niña uno de tus congéneres me persiguió con la mayor destemplanza y yo caí al piso. Él me olisqueó y, ¡caso prodigioso!, en contados segundos se convirtió en mi amigo y comenzó a acariciarme como él podía hacerlo: con su húmedo hocico refregando sutilmente mi cuerpo. ¿Tuve, acaso, el don de transmutar su bravura en ternura? ¿No está ocurriendo otro tanto contigo?…

     La bestia le aproximó el corpachón y comenzó a restregarse cariñosamente contra ella, al par que extendiendo su cabeza emitía suaves berridos de satisfacción. Pese a que, para sus parámetros de corpulencia y de conducta, era palmario que lo frotaba con sutileza, no dejaba de percibirlo como grotescos aunque afectuosos empujones el grácil cuerpo de la patrona.

     Y tanta era la confianza que ella había ganado que en ningún momento sintió miedo a que la bestia se vuelva agresiva.

     —He aquí, Mimoso, que según estoy viendo vamos a convertirnos en amigos… Grandes amigos… Así como vi gran amistad entre Hebe y Sultán y la Lucinda y El taba.

     Luego volvió a saltar el cerco y reanudó su marcha en dirección a las casas. Al poco trecho se detuvo y giró su cabeza hacia atrás para volver a despedirse de su nuevo amigo. El toro ya no rumiaba, no hacía sino contemplarla como arrobado, y ella tuvo la sensación de que había un dejo de melancolía en la expresión de la bestia.

     Depositó, sonriente y escénica, un beso en la ahuecada palma de la mano y lo sopló en dirección a ella.

     Con extraño sincronismo el animal emitió un suave mugido y, abandonando su estática posición, dio una vuelta con corcovos alrededor de sí mismo… Luego volvió a su rutinaria tarea de masticar.

     Marcia Paula reinició la marcha hacia el casco y finalmente, sin darse cuenta, remató así en su magín:

     «¡Ah, reina, reina! ¿Cómo te habrías arreglado para inducir a un toro a que te ame envolviéndote en un cuero de vaca? ¿Acaso sería ello posible? No digo resistir el desaforado volumen del miembro del toro (sintió un escalofriante regusto al pensar en ello), porque quizá eso se pueda dosificar adecuadamente; mas lo que resulta muy difícil de imaginar es el artificio al que hay que recurrir para ajustar tan disímiles conformaciones corporales, y mantener engañado al animal… Después de todo, estoy segura, el ancho de su miembro no es problema… No lo fue el de El Taba para la Lucinda, según lo vieron mis propios ojos… Y la cantidad de él a introducir se puede controlar: la cuestión es buscar la forma de arrimarse o separarse, según convenga… y ¡allí sí que no habría ‘vacío’ que no se pueda colmar!…»

     Se encontraba voluptuosamente sumida en estos pensamientos cuando vino a caer en la cuenta de que otra vez la toruna escena se había presentado en su tablado. Claro que esta vez…

     «Ese overo, ese toro, Mimoso, ¡oh, demonios, cómo vino a cruzarse en mi camino!… Parecía complacido ante mis caricias. Y yo…»

     Todo lo cual fue motivo para que comenzara a reprocharse denodadamente y tratara de nuevo de arrojar por la borda tales ideas, tan descabelladas cuan voluptuosas… Mas, serios barruntos asolaban su ser.

EL CABALLO DE LA INSINUACIÓN
     Poco después Marcia Paula se encontró en preparativos para ir de compras en compañía de Hortensia a Villa del Buey, el pueblo próximo a la estancia. Subieron ambas al vehículo «cuatro por cuatro» y poco después la patrona entraba en el almacén de ramos generales del vasco don Francisco Goycoechea, a quien todos conocían como don Pancho y también, según es usual por estas latitudes al referirse a todo nacido en la Madre Patria, como «el gallego».

     A la entrada del enorme local le llamó poderosamente la atención la presencia de un cuerpo de escultura representando un formidable caballo percherón. Nunca antes lo había visto. Se trataba de una magistral artesanía en escala natural, sobre la que el comerciante había colocado, en exhibición, diversos arneses para la venta. Aparecía ante la sensible mirada como una verdadera maravilla de sutil arte campero que, a no ser por la inmovilidad, se había de tomar por un ejemplar de caballo absolutamente real. Y allí se encontraba precisamente la belleza que emanaba de tal obra: la inefable sensación de vida que ponía en el espíritu del observador.

     Marcia Paula, en extremo deslumbrada, se detuvo unos instantes y le golpeó con sus nudillos, para venir así a comprobar que la pieza era simplemente un muy bien logrado armazón de madera, recubierto por la piel del caballo que representaba, excelentemente curtida. Sus ojos de vidrio parecían realmente naturales y en cuanto a sus crines, lo eran realmente; todos sus detalles hacían sentir la exquisitez y escrupulosidad de las apreciaciones morfológicas que sobre ellos había derramado el artista… Total que el conjunto ofrecía una notable sensación de verosimilitud de vida y era, a no dudarlo, una obra maestra de taxidermia.

     —Parece que a la preciosa moza de La Soya le interesa esa belleza —exclamó desde el interior, elevando su ibérica voz, un sonriente y amable Don Pancho, que desde largos minutos aguardaba el ingreso de la princesa a su negocio. Al hombre ya se le habían iluminado los ojillos, pues se trataba nada menos que de uno de los más importantes clientes de la casa.

     —¡Es realmente maravilloso este caballo!; destila vida por todos lados —repuso ella––. ¿Quién es el genio que se muestra detrás de tan bella obra?

     —¿Vio?… Pareciera que le falta sólo poder moverse y relinchar. Me costó mis buenos pesos, pero no es que el artista que lo hizo sea muy exquisito para cobrar, sino que realmente es una obra muy trabajosa. Y él es tan dedicado a su arte, que no trabaja si no lo hace con la perfección de los teutones. Éste que ve, niña Marcia, está hecho de tablillas de madera pero, según me lo dijo don Otto -que es su artífice-, ya está reemplazando ese material por el plástico duro, con lo que piensa llegar a formas más perfectas.

     —¿Cómo dice usted, don Pancho, que se llama ese artista?

     —Otto Friedrich Salinger. Por acá le decimos, como no podía ser de otra manera, «el alemán». Como todos estos germanos es muy parco de boca; al revés que nosotros, los «gallegos». Tampoco vive en el pueblo, sino en un paraje bastante metido en los campos, para el lado del este. Allí tiene su residencia, su chacra, su taller, su depósito y todo aquello que necesita para su vida y su labor. Allí da rienda suelta a sus chifladuras. En realidad no se gana la vida con estos trabajos; las malas lenguas dicen que recibe una muy buena pensión de su país de origen; lo cual, parece ser que está emparentado con su ascendencia directa a un gran oficial de la armada alemana de la última guerra; quiero decir, lisa y llanamente, que su padre fue importante oficial de los nazis. Fue sobreviviente de la ‘Batalla del Río de la Plata’ y resultó ser uno de los internados en la Argentina.

     »Pero volviendo al caballo, debo aclararle, niña, que esa maravillosa pieza está hecha con listones de madera de las dimensiones adecuadas y retorcidos convenientemente para disponerlos a la forma que se necesite dar según su ubicación; y el trabajo del cuero es una obra maestra de un taxidermista de gran nivel, como lo es nuestro lacónico amigo Otto. A mí me gusta decir que se trata de una réplica del Caballo de Troya… De hecho, pienso bautizarlo como el Caballo de Troya de Villa del Buey.

     —¿Caballo de Troya? —replicó, sorprendida, la princesa— ¿Qué sabe Ud., Don Pancho, del Caballo de Troya?

     —¡Ah, querida señora Aranda y Puig! Sé que el primitivo Caballo de Troya era una construcción de madera de los griegos que sitiaban la ciudad de Troya. Por supuesto que era enorme pues, según dicen, alojó muchos soldados en su vientre. Pretendía ofrecer engañosamente un emblemático reconocimiento al coraje con que Troya se había defendido del sitio y venía a insinuar la intención del sitiador de abandonar la contienda. En realidad, no era más que una gran estratagema que le costó muy caro a la ciudad sitiada. No creo que tuviera la sutileza del que está en mi entrada.

     »Mas digo que tienen un parecido… y es sólo por el hecho de tener ambos la panza vacía.

     Y lanzó don Pancho una sonora carcajada en la seguridad de haber logrado un chiste de buen calibre. La princesa contenía en sí una muy escasa cuota de humor, ya que había quedado muy impresionada y pensativa acerca de aquella escultura; así que siguió a don Pancho en la hilaridad con el fingimiento estrictamente necesario a que obliga la cortesía. Y luego le entregó un pedido que llevaba por escrito, una larga lista de artículos, productos y enseres, y le solicitó que preparara tal recado para el día siguiente en que mandaría una camioneta para su retiro.

     «El gallego» leyó ávidamente la lista para fijar con una ojeada veterana el monto de la operación.

     Luego ella se despidió del comerciante y, al llegar a la salida, se detuvo nuevamente frente al caballo. Pasó su mano por el lomo, entrelazó las crines entre sus dedos y aplicó nuevamente dos golpecitos con sus nudillos. Se puso a mirarlo por los cuatro costados y luego determinó escrutarlo por debajo. Después de dar varias vueltas alrededor de aquella escultura, se dijo:

     «¡Con la panza vacía!… ¡Caballo de Troya!… ¿Por qué no… Vacuno de Soya?»

     Sintió de inmediato un voluptuoso flujo que como un chorro de miel fluía por su columna vertebral.

     «¡Claro, claro! -se repitió-… ¡Es una idea subyugante!… ¡Es una verdadera iluminación!… ¡Don Otto!: es obvio que he encontrado mi Dédalo…»

     Y se quedó como aturdida contemplando aquella pieza hasta que, pocos minutos después, vino a su encuentro la mulata Hortensia que había quedado en otro negocio para adquirir vituallas de despensa. Con sus ojos muy abiertos, que mostraban ese agradable contraste entre el azabache de sus pupilas y el níveo resplandor del resto de sus globos, dijo la criada:

     ––¿Vio, patroncita, qué cosa más real?…

     ––En efecto… Vámonos ahora, negrita.

     La princesa permaneció pensativa mientras conducía la camioneta de regreso a la estancia, en tanto que la mulata hablaba hasta por los poros.

     «¡Un vacuno! -reflexionaba-. Un robusto vacuno… ¡Un Vacuno de Soya!… Un vacuno como emblema de nuestro establecimiento y… ¡con el vientre vacío! Al igual que el Caballo de Troya… Con la entraña vacía, pero portadora del poder… ¡Qué magnífico apoyo me viene a presentar esta contingencia!… ¡Oh, en verdad que se trata del caballo de la insinuación!… Más, ¡diría que es el caballo de la iluminación!…»

FRENTE A FRENTE
     Era el atardecer de una brillante jornada, varios días después de una nefasta noche de amor insatisfecho con su amante Ramón, en que ella volvió a sentir su maldito «vacío». Fue el día del quicio de los amores de Marcia Paula con su capataz.

     Y era un magnífico atardecer, típico de las majestuosas pampas argentinas. El Sol se estaba llamando a retreta. Ningún espectáculo, como la puesta en la Pampa, puede compararse a la belleza de la inmersión del Foco del Mundo en el anchuroso océano del cosmos… habida cuenta de la inmensa horizontalidad del prado.

     El disco del Astro, de rosácea enormidad y menguada incandescencia, luego de tocar tangencialmente a la infinita línea del horizonte, comenzaba a verse tronchado por su polo inferior… Instantes después, las fauces etéreas de aquella insondable rectitud, habían devorado ya un segmento de su círculo.

     Salvaje horizonte pampero de rectitud perfecta e infinita. Tan impresionante como la del océano, se vislumbra como la línea que se genera por la intersección de aquella planísima y verde llanura con el azul manto del cielo… Rectitud inmaculada, que parece configurar el diseño del lejano pliegue con que el firmamento, que se aleja por sobre nuestras cabezas hacia el Poniente, es devuelto a nuestros pies en un plano de puro verdor y frescor de Pampa.

     Desde su apabullante inmensidad, la majestuosa Luminaria de la Vida iba entonces derramando por sus alrededores una rosada aura de bellos y caprichosos efluvios.

     Y así, en tanto que los apolíneos y rubicundos rayos herían alguna que otra ambigua nube, perezosa y dispersa, parecía poner un toque de arrobadora policromía en los dominios del señorial dorado de aquel paradisíaco atardecer.

     No existe, en verdad, espectáculo de mayor esplendor y exuberancia por estos escasos rincones del hemisferio sur del planeta, que la escena en que el inefable heraldo llama a las ceremonias del diario descanso del Astro Rey.

     Vete ya, a reposar… ¡oh, munificente Apolo!…, que por la opuesta banda del Levante será también presto llegada la hora del bostezo de la Pampa, cuando vibren los viscosos clamores de las trompas del nuevo rosicler…
     Ya el paisanaje y peonada de la Estancia La Soya se hallaban aquietados en sus casas y una densa y reposada calma se esparcía por campos y potreros. La Pampa se había llamado a silencio. Decenas de pequeñas columnas de humo, portadoras del apetitoso aroma y del crepitante son del churrasco, se elevaban, danzarinas, en torno de las casas. Sonaban guitarras y charangos mezclados a voces, casi siempre melodiosas… por momentos alcoholizadas.

     En tal circunstancia, una grácil y escurridiza figura femenina se desplazaba próxima a uno de los corrales… con la elegancia y flexibilidad de una gacela, con el sigilo de una pantera y con el ansia que sólo la voracidad es capaz de poner en el ánimo.

     Caminaba con la mirada fija, sin abandonar su aire cauteloso, y lanzando a veces una mirada perdida en lontananza sobre la infinitud de la fugaz llanura. Su paso era elástico, lento y maquinal, pero firme. Parecía, por momentos, que nada de lo que le rodease tuviera importancia. Pero todo en ella denotaba resolución, intrepidez, temeridad. Marcia Paula, que de ella se trataba, enfundada en su sencillo conjunto jean de pantalón y chaqueta, se deslizó por la parte inferior del cerco e ingresó a un pequeño corral en el que se hallaban varios animales vacunos, entre ellos, el que andaba buscando.

     ¡Oh, caramba!… ¡Qué extraña coincidencia!: el mismo corral que más de veinte años atrás fuera teatro del incidente con un fiero toro que la persiguió por un buen trecho… y con el cual acabó haciendo amistad…

     Ahora se encontró con aquel overo que, poco tiempo atrás, había visto aparearse y cuya deleitosa imagen tanto la había perseguido. En un principio la bestia mostró los clásicos signos del nerviosismo de su estirpe bravía ante lo que aparecía como una invasión de su territorio, se agitó en algunas vueltas alrededor de sí mismo y, dando pruebas de su natural vehemencia, fustigó el suelo con varias patadas. Plantada imperturbable frente a él, con la firmeza de un audaz coloso, la princesa susurró:

     —Mimoso, ¿acaso no me conoces?… ¿No recuerdas que hemos hecho un pacto de amistad?…

     Como por arte de encantamiento la movediza bestia se aquietó y quedó como pasmada. Lanzó una profunda mirada a quien se había colocado frente a ella, reiterando, casi en todos sus detalles, la increíble conducta inquisitoria de la anterior ocasión del apareamiento… y se fue aproximando mansamente a su dueña.

     A la princesa no le cupo duda de la reiteración de esa singular mirada y creyó ver que ella poseía algún sesgo sobrenatural.

     Se colocó a un costado de su enorme cuerpo, próxima a la cabeza, comenzó a acariciarle la robusta cerviz y luego, acercándose a su oreja, le siguió así hablando:

     —No sabes, querido amigo, cuánto tengo que sufrir… No he podido borrarte de mi mente y de mi pasión desde que te vi montar sobre aquella vaca. No he logrado destruir la imagen de tu preciosa verga, cuya visión forma parte de los sueños de mis noches y de la satisfacción de mis más preciados anhelos. Es mi conclusión que sólo ella será capaz de colmar mi «vacío». Este maldito «vacío» que está en permanente ampliación y que no sé dónde ha de acabar. Cuando encontré a Ramón me regocijé ante lo que creí que era el fin de mis cuitas. Pero no fue así: su bien conformada y robusta lampalagua ya no alcanza a refrigerar el ardor de este infierno mío y, tengo para mí, que dentro de la varonil estirpe ha de haber muy escasa ocasión de hallar otra igual. Ahora te toca el turno a ti, mi gentil Mimoso, para que acudas en ayuda de tu ama. Nos separa, no tanto las dimensiones de nuestros conjugados instrumentos de amor, cuanto la formidable muralla de las especies. Nuestras conformaciones no se avienen con el motivo de mis desvelos. Es como el ansia del sapo de convertirse en buey. Es como la inútil apetencia venusiana del eunuco. Tú tienes un peso varias veces mayor que el mío, pero el fabuloso anhelo que me posee y la frondosa pasión que a ti me empuja, han acuciado suficientemente los intríngulis de mi mente para que, mediante la industria de mi parte y un poco de paciencia por la tuya, logremos unirnos en un acto de amor. Creo haber hallado al redivivo Dédalo que construirá para ti una hermosa y coqueta vaquita, en la que podrás entrar huroneando sus entrañas como lo hiciste con aquélla de la vez pasada. Y yo, mi colosal Mimoso, ¡te estaré esperando!…

     Mimoso se había quedado muy quieto y en una actitud tal que parecía entender las palabras de Marcia Paula. Realizaba suaves y rítmicos movimientos con su cabeza, hacia arriba y hacia abajo, que mostraban bien a las claras el gusto que recibía de las caricias de aquellas delicadas manos, y que, por añadidura, hacía pensar que estaba dando una enfática señal de afirmación a las palabras de la patrona.

     Ella sintió como que la comunicación de ese algo inefable, que es el ánima de toda cosa viva, quedaba establecida con el enorme animal. Como tocada por un impulso incontenible, se arrodilló a continuación a la vera del toro y vio que estaba soltando parte de su miembro copulador. Arrebatada por el mismo tipo de éxtasis que había experimentado ante su primitiva visión, puso su mano sobre aquel aparato y comenzó a acariciar la zona genital del majestuoso toro; el órgano emergió entonces, en toda su plenitud. Marcia Paula estaba repitiendo las acciones que vio realizar a Lucinda Fonseca con El Taba, el ruano de su establo.

     —¡Ah, tú, «lampalagua» colosal!… Eres quien habrá de doblegar al maldito enemigo de mi «vacío». Eres enorme y por momentos me llenas de zozobra… de voluptuosa zozobra. Mas lo que dictan mis instintos es que habrás de prodigarme un acto pleno de amor… ¡Oh, tú, magnífica amiga!… ¡Te has dignado ponerte de manifiesto ante mis ojos a instancias de mis anhelos y de mis caricias!… ¡No puedo sino pensar que ello es espléndido augurio de lo que será!… ¡Qué enorme eres!… Te siento ya en el hervor de mis entrañas y sé perfectamente que no sólo he de poder contigo, sino que serás una fuente irradiadora de dicha insuperable.

     En medio de éstos pensamientos, dictados por las furias de la incontenible pasión de que estaba poseída, tomó con ambas manos a aquel miembro, lo atrajo hacia sí, y comenzó a besarlo con gran exaltación. En consonancia, el toro alzó suavemente su cabeza y emitió un par de tenues bufidos de satisfacción, dejando en el ánimo de Marcia Paula pocas dudas de la gustosa recepción que prodigaba a tan sentidas caricias. Se mantenía inmóvil y, por momentos, agitaba suavemente su testa hacia arriba y hacia abajo mientras proseguía con sus musicales bufidos de gusto. Parecería que Mimoso aspiraba el decodificado aroma de la perfumada flor del amor. Así lo entendía, al menos, la pasión de esta moderna y rediviva versión de Pasífae.

     Luego, Marcia Paula se levantó y se colocó exactamente frente a la testa del animal y, sin dejar de acariciar su cerviz, prosiguió hablándole con dulcísimo tono:

     ––Te diré, querido Mimoso, que por momentos me embarga la convicción de que eres Zeus… ¡Sí, efectivamente!… Creo que eres el supremo dios del Olimpo y que has ordenado poner en mí, tu princesa Europa de la Argentina, este deseo incontrolado, porque tú también te hallas apasionado. ¿Qué otra cosa he de pensar a partir de tu calma tierna, de tus miradas profundas, del regocijo que mis caricias te procuran, y de todos esos signos que ante mí has mostrado?…

     Ante la seráfica quietud del toro recordó los versos de Ovidio:

     ––Amenazas, en su frente, ningunas, ni luz formidable;/ la paz, su rostro tiene.

     En tanto que así susurraba, la princesa continuaba depositando repetidamente sus labios entre los peligrosos cuernos y, en determinado momento, notó que el toro, bajando la temible cabeza, empezó a olfatear con fruición su zona de entrepiernas. Lo tomó ahora de las astas como de un manubrio.

     —¡Así está bien!, amigo mío… ¡Así está bien! —musitó, arrobada— Así como yo te conozco a ti, es importante que tú me conozcas a mí. ¡Huele!…¡Huele el aroma de la hembra!… Así, Mimoso, las cosas van a ir mejor…

     »Goza el amante y, mientras viene el placer esperado,/ besos da a las manos; apenas ya, apenas lo restante difiere/…

     »Pero tú, ¡oh amoroso Zeus!, besos estás dando, que no a las manos sino al propio sexo de tu Europa…

     Sintió que la bestia resoplaba entre sus piernas y, en medio de su exacerbada imaginación se creyó muy próxima a un orgasmo.

     Ya la noche había entrado a apretar en toda su espesura, cuando la ambigua y extraña mezcla de humano y bovino, en que por entonces parecía haberse convertido Marcia Paula, se despidió de su nuevo y eminente amigo.

     —Adiós, Mimoso… hora es ya que parta. Nos volveremos a ver.

     Allí, en su hipersensibilizada imaginación, creyó percibir que, ante la despedida, el toro daba síntomas de tristeza… Y nuevamente sintió que la hería su penetrante y misteriosa mirada.

     Con la piel erizada por la voluptuosa sensación de lo prohibido, quedó Marcia Paula harto convencida de que acababa de sellar un pacto de amor con el singular overo; y a partir de este momento no tuvo dudas de que sus anhelos habrían de encontrar la consiguiente satisfacción. Concentró su imaginación en tal objetivo y descontó toda objeción.

     «Sé que lo habremos de conseguir -pensaba mientras marchaba hacia el casco-. Ya no me cabe la menor duda: si soy Pasífae, él es la divina ofrenda de Neptuno; si soy Europa, él es la configuración del mismo Zeus. Acabamos de refrendar un exótico pacto… Pero es obvio que alguien deberá ayudarme: ¿quién sino el mismo Ramón?»

     Y en su sigiloso regreso a la mansión, no dejó de percibir la lejana algarabía que las voces de las casas ponían en el aire, fruto indudable de la avanzada churrasqueada, generosamente regada con el elixir de la vid.

INICIO DEL PROYECTO
     Durante largos días, después de la noche del quicio de sus amores, no se vieron los amantes de esta increíble historia. Parecía que cada una de las partes actuaba tratando de evitar a la otra, en una suerte de paradójica, tácita y común determinación.

     Marcia Paula, acuciada por las incontrolables furias de la pasión que le embargaba y que, según estaba a la vista, ya se había declarado sin ambages, se hallaba enfrascada, con enfermiza fruición, en la tarea de imaginar y diseñar, primero en el pensamiento y luego a través de bocetos y croquis, lo que sería la obra cumbre de una figura escultórica y que quedaría para la antología de la Estancia La Soya: encomendaría al maestro alemán, Otto Friedrich Salinger, concebir y ejecutar una pieza parecida a la que observara en lo de don Pancho, pero en la figura de una robusta y sensual vaca, cuyo vientre se encargaría de contenerla a ella en la disposición adecuada para poder copular con su Mimoso. La conspicua potencia de tan recalcitrante obsesión, le prestaba poderosas alas para llegar a la firme convicción de que tal empresa sería del todo posible.

     «Si el Caballo de Troya -pensaba- pudo engañar a los habitantes de Ilión, es obvio que mi Vacuno de Soya pueda hacerlo satisfactoriamente con Mimoso. Aunque debe desconfiarse más de los ancestrales instintos del animal, que de la estúpida y orgullosa predisposición de aquellos hombres que, defendiendo su bastión, creyeron, en vista del legado del enemigo, haber ganado una guerra.

     »No está precisamente en la intención de la Naturaleza el permitir el acoplamiento de especies diferentes, siendo ésta, al parecer, una de sus leyes más inflexibles, aunque casos se conocen. Será menester pues recurrir al arte o industria, que es la manera en que la inteligencia del hombre ha logrado vencer en muchas ocasiones los férreos dictados de aquélla: tampoco figuraba entre sus leyes elementales el que el hombre pudiera volar; sin embargo…

     »Por otra parte albergo la absoluta convicción de contar con la complacencia de Mimoso, el marido al que será necesario engañar y de cuyos embates, furia y entusiasmo será menester cuidarse muy bien. Pero estoy segura de que es posible conseguirlo.

     »Pero ahora urge algo más importante: convencer a Ramón para que consienta en ayudarme a lograr el propósito… ¿Cómo hacerlo?… En fin, hablaré con él.»

     —Te estaba extrañando, malvado —dijo en tono sumamente cariñoso, una vez que lo tuvo a su lado— Vení, tengo algunos lindos bocados para recrear nuestros estómagos.

     Después, ella se sirvió una medida de Whisky y ofreció una gaseosa cola a su cuasi abstemio capataz. Dijo entonces:

     —Yo sé muy bien, mi querido Ramón, que la última vez que estuvimos juntos las cosas no fueron del todo como eran de desear y que, presa de gran nerviosismo, no me he comportado con vos. Con toda humildad te pido que sepas perdonarme. Pero es que hay algo que vos no podés ignorar, que es superior a mis propias fuerzas, y que me lleva de vez en cuando a esos dislates. Quizá pensés que lo único que quiero de vos es a tu lampalagua; pero sin negarte el aprecio que le tengo a ella, eso es sólo parte de la verdad. Y la verdad es que te has convertido en una importante y nutritiva raíz de mi vida, no sólo por los invalorables servicios de lampalagua, sino fundamentalmente por tu hombría de bien, por la maravillosa lealtad que sabés prestar a quien está a tu lado y, por lo que presumo, a todo cuanto te rodea en la vida.

     —No ha de ser para tanto, niñita, —replicó el capataz, candorosamente turbado—. Usted sabe que la quiero y que, como ya le prometí, haría cualquier cosa por mitigar el mínimo sufrimiento que tenga o pueda tener.

     Marcia Paula se abrazó fuertemente al recio pecho de Ramón y en medio de sentidos suspiros le comenzó a acariciar muy tiernamente. Cuando vio que un par de lagrimones emergían de los preciosos ojos, el maleable corazón del capataz quedó casi achicharrado. Luego murmuró:

     ––¡No sufra, niña!… Yo estoy a su lado y le ayudaré en cuanto me sea posible.

     Con estas palabras, pronunciadas con especial énfasis y sabiamente recalcadas, el sagaz Ramón le estaba dando pie para que Marcia Paula entrara en confianza y terminara por explicitar aquello que él ya conocía a la perfección, a través de los servicios de la curandera Ña Flora. Después de todo, entendía las dificultades por las que ella pasaba para comunicarle sus tan particulares vivencias.

     ––¡Ay, Ramoncito!… Desde hace un tiempo se ha incrustado en mi pecho un anhelo que puede aparecer como descomunal. Hay una idea fija que ronda mi mente y que me ha sido insuflada por no sé que desgraciado destino… Y hasta que no intente obedecer sus dictados no habrá paz en mí. Pero, a decir verdad, me avergüenza profundamente el hacerte participar de tales ansias… Mas, ¿a quién sino a vos, puedo pedir la ayuda que necesito?… A vos, precisamente, que ya te hallás al tanto en parte de mis cuitas.

     ––¿Se refiere, amita, a lo de la otra vez? ¿Acaso al hecho de que quedó Ud. insatisfecha de…?

     ––Así es, mi Ramón… El caso es que yo… —susurró mirando al piso con la mejilla aún pegada al pecho del capataz— yo creo que para apaciguar y llenar mi «vacío» interior, necesito… este… me refiero a que me parece… que debiera probar de aparearme con un toro… ¡Creéme, por Dios, mi amor!… ¡Es algo que me viene de afuera… que es superior a mis fuerzas, a mi voluntad y a mi inteligencia!… ¡Es un algo inescrutable e irrefrenable!…

     Y cuando hubo vomitado tan embarazosa confesión, tomó algo de distancia de él y le miró profundamente a los ojos esperando en vano las manifestaciones de espanto de Ramón y el rasgado de sus vestiduras. Pero tal no aconteció, lo cual, pese a que contaba con la prudencia y templanza con que él tomaba todas las cosas de la vida, no dejó de llamarle la atención. Por su parte, el fiel capataz también se había dispuesto esconder el conocimiento previo que acopiaba del asunto, para no afligirla más, y habiendo tomado conciencia de la extrañeza de la princesa por su tibia reacción ante la noticia que le daba, resolvió fingir un tanto de sorpresa en la emergencia.

     ––¡Niña!… ¿Me puede repetir lo que ha dicho?

     ––Sí, que siento la imperiosa necesidad de aparearme con un toro…

     —¿Pero cómo es eso, niñita?… ¿Cómo puede albergar en su pensamiento tan extraña idea? ¡Usted y el bruto son dos cosas totalmente diferentes, patroncita!… ¿Cómo hará usted, delicada criatura de la especie humana, para enfrentarse con esa masa de músculos dotada de gran fuerza y, para colmo, de bravura? Pero, mi hermosa amita, ¿no le va a destrozar todo el vientre, caso que pudiese concretarse tal despropósito?

     —No, Ramón, no… vos por ahora no entendés. En primer lugar te recuerdo que, según lo dice el poeta mayor de nuestras pampas, el delicado hombre es el único animal que llora, pero es el que se los come a todos. Luego te hago saber que el toro no deberá montarse sobre mi endeble físico, ni tampoco será del caso pensar en introducir todo su miembro en mi vientre; yo… deberé poder graduar adecuadamente la porción necesaria… es decir, una vez que la verga se halle toda en el interior de una… vaca artificial.

     Ahora Ramón mostró verdadera extrañeza y vio que, aparte de que tendría elegido al marido (según se lo aportaran la arpía Ña Flora, la curandera), su ama había ya elaborado un plan de acción, el que daba la sensación de que se hallaba bastante refinado… Era evidente que ella había conversado largamente con la idea acariciada. No por nada era cuasi arquitecta. Y comenzaba a hallar una plausible explicación del anterior retiro de la princesa.

     —¿Y cómo se puede hacer tal cosa? —respondió, intrigado.

     —Fabricaremos una vaca de madera o de plástico duro recubierta por un cuero muy bien aderezado, es decir un perfecto trabajo de taxidermia, y yo me acomodaré en su vientre vacío. El conjunto deberá tener la suficiente resistencia y estabilidad como para soportar el cuerpo y las embestidas del toro; tendrá que tener un orificio muy bien diseñado en la parte que corresponde al genital de la vaca por donde ha de pasar la verga; y finalmente habrá que diseñar en el interior una plataforma y los dispositivos indispensables como para que yo pueda desplazarme con la mayor soltura que sea posible obtener. Tengo el nombre del increíble artista que puede realizar tan maravilloso trabajo. ¿Has visto acaso la representación del percherón que hay en la entrada de los almacenes de don Pancho Goycoechea en Villa del Buey?

     —¡Sí que lo he visto!… Ahora creo que voy entendiendo. Es realmente una pieza de sorprendente naturalidad esa que me menciona. La hizo don Otto, el gringo chiflado.

     —Así es, mi Ramón. Pues que el alemán fabrique, en lugar de un caballo, una vaca, y como no es posible pensar que yo realice personalmente tal encomienda, es aquí donde entra una parte importante de los servicios tuyos. Debés ponerte en contacto con don Otto y encargarle la tarea; nosotros podemos proporcionarle el cuero, ya que tenemos muchos. Arreglá el precio y todos los detalles, y por sobre todas las cosas la solución debe ser rápida.

     —Pero, mi patroncita, hay muchas cosas importantes a considerar antes de iniciar nada —replicó Ramón—. Y la primera de ellas es saber si será posible engañar a la bestia. No se olvide que estas atracciones amorosas están regidas por vaya a saberse que estímulos, que sólo pueden venir de las cosas vivas y de la misma especie. ¿Cómo haremos para inducir a un toro a que se monte sobre una escultura de vaca y a que pase su miembro por un agujero mentiroso? Y supuesto que lo consigamos, ¿cómo retenerlo en tal postura cuando entre a percibir el enorme vacío en que aquél queda inmerso y sienta la falta de fricción de las naturales paredes del conducto de la vaca?

     —Ya he pensado largamente en eso, mi perspicaz capataz. Y es ésta, con todo, la más indescifrable incógnita que nos queda por develar. Al principio pensé en ponerle primeramente una vaca de verdad y en celo y, cuando la bestia ya excitada entre a dar esos rodeos y vueltas que acostumbran antes de aparearse como ya vimos hacer, quitarle de la vista la vaca por algún procedimiento idóneo y poner rápidamente en su lugar la vaca artificial. Si esto se hace en los momentos previos al apareamiento propiamente dicho y con la adecuada oportunidad, es casi seguro que el toro no se va a andar con averiguaciones de último momento y lo tendremos prestamente arriba de la falsa vaca. Pero en realidad tal operación es bastante complicada, porque requeriría la colaboración de una verdadera cuadrilla, y no es el caso pensar en ello. Por lo tanto nos correremos el riesgo de que el toro acuda efectivamente a subirse por sí mismo sobre la vaca falsa.

     »De toda esta maniobra sólo estaremos enterados vos y yo, por lo que la realizaremos en horas de la noche en el corral chico del sur, que está en el otro campo, bien al oeste de la propiedad y bastante más allá de la vaguada y, por lo tanto, muy alejado y fuera de los ojos indiscretos. Actualmente no se usa tal corral. Pienso que debemos llevar al animal «adecuado» para este menester, y que no es otro que el que realizara el servicio cuando ambos estuvimos juntos observando la escena. Estoy segura que este animal querrá montarse de inmediato.

     —Tal parece, niña Marcia, que es como si hubiera concertado tan desigual matrimonio con el overo.

     —Y… a los fines prácticos y de la consumación de este proyecto deberemos pensar de esa forma —replicó ella—. Debemos asumir como que el marido ya está apalabrado.

     ––¿En verdad piensa que sería posible convencer al overo de que se monte sobre una pieza quieta, sin vida? ¿Cree Ud., patrona, que no se ha de percatar del engaño?

     ––Existen leyendas, querido Ramón… existen leyendas… Es posible que tengan fundamentos. Pero yo quiero decirte que no lo debés tomar a broma: es creíble que haya mucho de cierto en la base de tales narraciones. Yo te aseguro que el overo ha de comportarse como excelente novio en nuestro caso… —Y agregó en tono sonriente y con estilo de broma––: Hasta tiene su apodo. Se llama «Mimoso».

     —¡Está bueno… está bueno… Mimoso se llama el overo!… ¿Sabía Ud. que es uno de los más bravos y ariscos que hay en la estancia? Por mi parte, aunque tenga otro nombre de más miel que ése, he de cuidarme muy bien de ponerme en su camino.

     »Por otra parte, no será posible, mi patroncita, encomendar semejante artesanía a ese gringo grandote de don Otto sin que termine enterado del objetivo último de su obra, pues ésta ha de ir, a todas luces, más allá del gusto artístico que despierte el observarla. Aparte de dotarla de gran naturalidad (que por lo visto no va a resultar difícil de lograr por la habilidad del gringo), deberá considerar las cuestiones de la resistencia de esa estructura y de cuidar muy bien que se mantenga en pie ante las embestidas de la bestia; y, lo que es también de la mayor importancia, diseñar una suerte de hábitat para que usted, niñita, pueda desenvolverse con la comodidad en la que parece haber puesto sus miras. Total que don Otto Salinger también va a quedar enterado de este entuerto, y entonces ya seremos tres.

     —No cabe la menor duda de que el hombre no va a lograr un diseño acabado si no es en conocimiento de la función que ha de cumplir su pieza. Pero como se trata, según he podido averiguar, de un personaje hosco, bilioso y misantrópico, que tan sólo es capaz de amar su arte, es seguro que no se va a transformar en un centro difusor de la noticia. Así que no debemos preocuparnos mayormente por esto y confiar en su espíritu retraído y gruñón; por otra parte, él no tendrá por qué enterarse de quien es el destinatario último de su artificio, aunque lo sospeche, puesto que vos no se lo dirás. El verdadero problema ocurriría si hubiere menester de convencerlo de que acepte la propuesta de fabricar la vaca; en este aspecto tengo algún poco de duda. No vaya a ser que se le ocurra que no quiere saber nada por algún tipo de prejuicio o por lo extraño que le resulte el pedido…

     —Bueno, no creo que sea para tanto; por lo que sé, el hombre no es dado a gazmoñerías. Aunque si resuelve decir que no, será muy difícil convencerlo con razones de dinero. No debemos en tal caso levantar el monto a ofrecer porque esto no haría más que obstinarlo en su determinación, según el conocimiento que tengo de su carácter; antes bien, tendremos que insistir y cargar las tintas en la belleza que su obra pueda proporcionar, tanto por la maravilla que su vista ofrezca, como por la perfección acabada del funcionamiento que se espera y del éxito que se obtenga de ella.

     —¡Eso es hablar con inteligencia! —Replicó, maravillada, la princesa de la Estancia La Soya—. No me canso de sostener, pese a las ralas dudas de que te hablé, que el alemanote va a agarrar el convite. Tenés, Ramón, que manejar la cuestión con el tacto necesario, en el que confío inmensamente. Y con un poco de suerte habremos de contar en breve tiempo con nuestro «Vacuno de Soya».

     El entusiasmo y exaltación de la princesa iban in crescendo, pues ya para esos momentos se mostraba totalmente desinhibida y, como había ocurrido siempre, clavaba sus profundas y expresivas pupilas en las de su capataz.

     —Bueno, bueno, mi amita, me ha terminado convenciendo de la posibilidad de tal apareamiento, aún cuando no es de mi gusto. Sólo quiero que usted se cuide mucho y que salgamos todos con bien de esta emergencia. Mañana mismo me pondré en camino para ver a don Otto. Creo que le llevaré una media docena de cajones de buena cerveza, presente que esa gente suele agradecer muy especialmente y que para el caso puede contribuir a distender de entrada esa cara de vinagre que siempre usa.

     —Mucho te agradezco lo inmensamente bueno que sos para conmigo. Esto es algo que toda mi vida recordaré con gratitud infinita.

     —Me voy, patroncita, —apuntó el capataz—; mañana iniciaré la gestión sin falta… Pero antes me gustaría decirle algo más: si no ha considerado dónde podrá caber toda esa masa de carne del overo dentro de usted. Pienso que por más “vacío” que haya en su vientre no es posible consumar tal situación; sencillamente, pistón y émbolo se hallan en muy diferente escala.

     —Claro está, mi capataz, que allí yace el mayor misterio de todo. ¿Pero no conocés en nuestro medio la historia de El Taba y la Lucinda, que anda por todas partes?

     —Pues, no —contestó él— El Taba es uno de nuestros padrillos caballares. Y también conozco a la Lucinda, la esposa del Olegario; pero nunca nadie me ha deslizado algún comentario en el aspecto al que usted apunta.

     —Ocurre que te tienen por muy serio y la gente piensa que esos comentarios no te caerían del todo bien… Pues, te hago saber que se dice que caballo y dama suelen sostener recios apareamientos y con culminaciones más que satisfactorias para ambos.

     —Lo que es, yo… esa historia no me la trago.

     —No me gustaría seguir adelante con este tema; mas te digo, Ramón, que le preguntés al Gervasio Angulo, el del establo, si te interesa conocer sobre la cuestión. Si él decide hablar, podrás enterarte de ciertos asuntos… Yo tengo absoluta confianza en la veracidad de ello… y no digo más.

NUEVOS AUSPICIOS
     Por esos días, pues, la futura moradora de la estatua que se inmortalizaría como el «Vacuno de Soya» y transgresora en ciernes de los lindes biológicos del amor, visitaba en sus corrales al ingenuo y expectante novio. Como poseída de una suerte de narcosis en su andar de zombi, caminaba sin reparar -casi- en las condiciones de sus alrededores y sin cuidarse mayormente de sustraerse a cualquier eventual observador. Sólo atendía a las garantías mínimas de no hallar movimiento de persona alguna por tratarse del inicio de la noche y por reputar que los paisanos estarían ya reparando fuerzas en sus respectivas casas y muy atentos a la inexcusable cena de asado criollo.

     Al ir, pues, al encuentro de su Mimoso, denotando una seguridad en sus pasos que hubiera puesto los pelos de punta al eventual observador de la escena, la bestia se aquietó de inmediato y corrió a colocarse a su vera. Casi, se diría, con la misma simpatía y alborozo con que lo hace el can con su dueño cuando ha estado cierto tiempo alejado de él.

     No de otra forma entendía Marcia Paula estas conductas sino como una profunda compenetración que iba más allá de la normal lealtad canina, pues ella sentía a la perfección que ambos estaban atrapados en la inefable urdimbre de la atracción del sexo. Si bien para nada podía explicar tal fenómeno, ella pretendía «saber» a ciencia cierta que su apareamiento con el toro era cosa descontada.

     —Pronto… muy pronto —volvió a susurrarle al oído— habremos, Mimoso, de tener himeneo. Yo estoy haciendo para ti una preciosa y robusta vaca para que la puedas amar como te mereces. Ella habrá de esperarte muy quedamente, y tú te subirás sobre ella. No te preocupes si no se mueve mayormente… que su amor va por dentro y tú recibirás las satisfacciones que son debidas a tu parte. Por favor Mimoso: ¡No te niegues!… ¡Compórtate como el divino amador con la bella Europa!… Yo sé que me entiendes… Si estas palabras no llegan a un cerebro que pueda decodificar sus significados, sé a ciencia cierta que su influjo llega a tu bravo corazón de macho… Sé que tú comprendes bien lo que deberás hacer. No me vayas a fallar y pasa por alto la quietud de tu amada vaquilla. No puedo ofrecerte inicialmente el estímulo de una hembra de tu especie, de carne y hueso, como había pensado en un principio. Pero sé que cumplirás conmigo… porque has entendido…

     Y el toro hacía oscilar su testa hacia arriba y hacia abajo con suaves movimientos, que en la afiebrada mente de Marcia Paula sólo implicaban señales de asentimiento.

     Acto seguido, se colocó a un costado de la bestia. Poseída entonces por el síndrome de Europa y, expoliada aún más por su innata afición a montar, no dudó en saltar sobre el lomo del animal. Éste la recibió con una actitud imperturbable, muy lejos de lo que cabría esperar del humor de tal estirpe en parecidas circunstancias. A ella no le extrañó tal comportamiento… ¡No esperaba otra cosa!… Se recostó sobre la robusta cerviz y aproximando sus labios a la oreja, susurró: «… Osó la virgen regia, asimismo,/ sin saber a quién oprimía, sentarse en la espalda del toro…» Luego, ambos permanecieron muy quedos durante varios minutos…

     Tan pronto como hubo desmontado, quedó al costado y se puso a observar la región genital del toro. Allí pudo ver que nuevamente la bestia daba muestras de empezar a soltar su miembro. Recibió grandísimo gusto por tal hecho y volviendo a aproximarse a la inmensa testa e incentivada por tales augurios, continuó:

     —En todos los casos me demuestras, que te hallas enamorado de mí, como lo estuvo el tonante Jove de la virginal princesa Europa. Aquel omnipotente y lascivo dios se vistió de ti cuando la hermosa e inocente hija del rey Agenor se hallaba entregada a sus bucólicos juegos, y engañándola con su nívea cobertura y con su inesperada mansedumbre, logró poseerla. Tú te muestras igualmente, ¡oh, Mimoso!, tan tierno y apacible como aquella divina aparición taurina, pero no has de portar a tu amante sobre tus lomos a través de las ondas, como lo hizo aquél con la hermosa Europa, sino que ésta que aquí te habla, no virginal a los hombres pero sí a tu recia casta, te estará esperando sobre sus propios y protegidos lomos. Esos lomos que han de ser responsables de soportar tu peso y tus estertores de amor, mas que han de dar paso a la parte noble de la relación hacia una entraña en donde el arcano mora.

     »Si hubo lugar y tiempo para que la taurina forma del supremo dios del Olimpo deseara ardientemente a una bella princesa, ¿por qué no habrá de haberlo para que la princesa de La Soya retribuya esa pasión por un hermoso individuo de tu belicosa raza?… ¡He ahí, el eterno péndulo del destino!… Europa fue engañada por su amante; Marcia Paula ha de procurar engañar al suyo. Mas sólo en las apariencias, en las formas externas; pues en todo caso lo que te espera no es sino la voraz pasión de una hembra que, al igual que Jove, ha osado transponer los límites de la especie.

     »Y en la incandescente entraña de la hembra estaré esperando con todas mis ansias el refrescante bálsamo de tu hechizada verga; y sé, a ciencia cierta, ¡oh mi buen Mimoso!, que podré absolutamente contigo y con toda tu bravura y envergadura…

     Luego, como lo hiciera en la anterior ocasión, se arrodilló colocándose junto a los genitales. Y viendo que el inmenso órgano reproductor se había lanzado a la sazón al exterior cuan largo era, lo tomó con ambas manos y se deleitó sopesándolo, mientras le llevaba sutilmente hacia arriba y hacia abajo.

     En tanto que ella recorría con sus manos aquel instrumento con el que pensaba domeñar su «vacío», Mimoso parecía haber entrado en una suerte de éxtasis. Casi, se diría, que era la personificación del propio Zeus. «No eres -susurró la bella-, como el miembro del jorobadito, que resultó literalmente engullido, para sorpresa de su dueño. Tú eres mucho mayor, como corresponde a la complexión de tu especie. Pero estoy segura que has de seguir la misma suerte de aquél.»

     Luego la princesa se colocó nuevamente frente a la cabeza de la bestia hallándose completamente «mojada» por la excitación que la vista y el manipuleo de la verga le habían proporcionado y, en un rapto verdaderamente orgiástico, hizo descender un tanto sus jeans y su trusa y, poniendo en contacto con el aire su acuoso sexo, condujo hacia allí las narices del toro, tomándole decididamente la cabeza de las peligrosas astas. El animal olfateó con especial fruición y luego se puso deleitosa y delicadamente a resoplar sobre la famélica vulva. Las tibias y húmedas corrientes de aire que de su hocico fluían parecían tomar cuerpo en su intensidad, procurando una inigualable caricia a la región pubiana de Marcia Paula. Luego comenzó a lamerle la entrepierna con su áspera lengua. Por momentos, creía enloquecer de placer; mas, finalmente, aquello resultó demasiado estímulo que la obligó a alejarse del hocico de Mimoso.

     Ahora… su convicción de la hechizante atracción que ejercía sobre el animal era total.

     Cuando ella, dando fin a aquella demencial conjura, comenzó a alejarse del lugar, el toro la siguió con paso cansino y al quedar contenido por la cerca empezó a emitir sutiles bufidos, como lamentos de despedida… Con lo cual no era sino dable presumir que también el redivivo Jove había emprendido la transgresión de la barrera biológica de la especie…

     Durante los días que aún restaban para la entrega de la obra de Don Otto, la patrona realizó varias visitas más al toro con escenas de igual tenor. En una de esas ocasiones le pareció ver un bulto a la distancia con la conformación de alguien que gateaba alejándose rauda y sigilosamente de las inmediaciones del corral, pero pensó de inmediato que se trataría de un ternero o un perro grande. En realidad, extrañamente, las medidas de sigilo para no ser descubierta en esas instancias no le preocupaban, al parecer, mayormente.

     Al final se incrustó definitivamente en su espíritu la seguridad de que el animal se aparearía sin duda alguna. Mas no por ello dejaba de considerar la importancia de las cuestiones prácticas: sabía que los primeros segundos o minutos eran cruciales y que ella debería actuar con harta presteza… Estaría en la rapidez con que se desenvolviera, el que su Mimoso no perciba el abismo interior de los primeros instantes, luego de que su miembro atraviese las siliconas de la ficticia vulva. Entonces le recomendaba al oído tener la paciencia suficiente.

     (…)

     Continuará con «Coronación de la Pasífae de las Pampas»