Archive for the ‘Sexo en la oficina’ Category

Olga, mi compañera de trabajo

Viernes, Enero 25th, 2008

Esta historia sucedió algunos años atrás, cuando yo estaba soltero con casi 40 años de edad. Vivía solo en un departamento que tenía un dormitorio, suficiente espacio para mí.

Tenía una compañera de trabajo, Olga, que a varios los tenía babosos, aunque, para se honesto, no era muy bonita. Sí tenía bonito cuerpo, aunque no se apreciaba con las ropas que usaba normalmente. Ella tenía una pareja, con quien convivía algunos días a la semana, pues ella vivía a más de 100km de la ciudad, y no viajaba todos los días.

Un día ella se peleó con su pareja y se le presentó el problema de un alojamiento, a lo que yo gentil y desinteresadamente, le ofrecí compartir mi departamento mientras ella resolvía su situación.

Lo primero que hizo fue comprar un sillón-cama más cómodo, pues el que yo tenía era bastante malo, así que se instaló en el living-comedor mientras yo dormía solo en mi habitación.

Un día tenía de invitado a cenar a un muy bien amigo, quien al despedirse después de la cena, afuera del departamento, no escatimó en indagar sobre Olga:

– ¿Qué hay entre ustedes?, preguntó.

– Nada –  contesté rápidamente.

– Pero, ¿por qué nada? Ni tú ni ella tienen compromisos. ¿Por qué no se lo metes? Pude notar que andaba sin sostenes – agregó.

– ¿En serio? No me di cuenta – le dije.

Nos despedimos y volví a mi departamento algo caliente con el comentario de mi amigo.

Con Olga nos lavábamos los dientes juntos en el baño, y esta vez no fue la excepción. Ambos estábamos ya con pijamas, listos para acostarnos. Como era verano, mi pijama era un pantalón corto y una polera de mangas cortas; el de ella era uno de dos piezas, largo, azul oscuro, de seda, que le tapaba brazos y piernas.

Como mi padre es dentista, le ofrecí revisar su técnica de cepillado, observando detenidamente su boca sensual, imaginando mi pene en ella. En esos instantes se produjo el siguiente diálogo:

–         Me siento muy observada, más aún, casi invadida. Creo que nunca me habían observado tanto la boca alguien que no es mi dentista – dijo ella.

–         Sólo quiero que mejores tu técnica de cepillado – respondí.

–         ¿Quieres que te haga un masaje? – agregué rápidamente, cambiando el tema.

–         Bueno, pero acostada en la cama – me contestó.

Ella se tendió boca abajo en mi cama y yo me senté primero a un lado de ella y comencé a masajear su espalda.

–         Mejor si lo haces por debajo de mi pijama – me dijo.

Entonces le subí la pijama hasta dejar al descubierto casi la totalidad de su espalda.

Ella era delgada, un poco más baja que yo (1,62mt aprox.) con unos pechos no muy grandes, pero de buen tamaño, de caderas más bien estrechas y un culito redondito. Un cuerpo de una joven de 20, teniendo ella unos 35.

Como estaba incómodo, me senté sobre ella, precisamente sobre sus nalgas, sin siquiera pedirle autorización, pero ella no reclamó. En mis movimientos de masaje me inclinaba hacia delante, cada vez más excitado, por lo que mi pene iba creciendo en tamaño por la evidente erección. En cada movimiento hacía que mi pene se colocara entre sus nalgas, lo que a esas alturas ya me tenía muy caliente.

–         Para masajearte la zona baja de tu espalda, es mejor que te apoyes en las rodillas, así esa zona quedará más extendida – le inventé para que se pusiera en 4 patas.

Ella levantó sus caderas y se colocó como yo le sugería, muy obedientemente.

–         ¿Así está bien? – me preguntó.

–         Sí, está muy bien. Cuéntame cómo se siente ahora – le dije, mientras rozaba mi pene por sus nalgas y mis manos se deslizaban por su espalda, pasando por sus costillas hacia sus pechos, rozando suavemente sus senos.

–         Se siente mejor – contestó.

Entonces mis roces eran cada vez más groseros, clavándola cada vez más fuerte con mi pene en su ano, siempre ambos con pijama y muy calientes

–         ¿Sabes? Creo que es mejor que utilicemos alguna crema o algo similar para que el deslizamiento sea más suave – agregué.

Me paré y fui al baño en busca de algo así, y encontré vaselina líquida. Ella mantenía su postura en 4 patas, con su culito bien parado y su espalda descubierta.

–         Esto servirá – le dije, mostrándole la vaselina.

–         Te voy a colocar un poco a ti primero – agregué.

–         No quisiera estropear tu pijama, así que te lo voy a bajar un poco – añadí.

Ella nada decía, Se notaba que estaba tan caliente como yo.

Procedí a bajar sus pantalones lentamente, claro que los bajé mucho más de lo necesario, y junto con sus calzones, dejando al descubierto ese exquisito culo, que torpemente yo no había notado antes.

Ella seguía sin decir palabra alguna, y mostraba su culo a plenitud, procurando incluso abrir sus nalgas para mostrar también su ano.

Tomé la vaselina y me coloqué en abundancia en mi dedo medio, el que comencé a deslizar desde la zona lumbar hacia abajo, hasta llegar a su ano. Luego le metí el dedo lentamente, hasta notar que quedaba bien lubricado. Repetí esta operación varias veces, primero con un dedo, luego con dos y hasta con tres dedos, para asegurar una buena dilatación y lubricación. Todo esto era combinado con un diálogo de indirectas, diciendo que era bueno que se “hiciera” bien lubricado, claro que ese “hiciera” no se refería precisamente al masaje, mientras con la otra mano me ayudaba abriéndole más las nalgas, convirtiendo el masaje en un evidente preámbulo de penetración anal.

–         Ahora me voy a lubricar mis dedos – le dije. Me bajé mis pantalones cortos y comencé a colocar vaselina en mi pene.

–         ¿Quieres ver cómo quedaron mis dedo? – le pregunté con el pene completamente erecto.

–         Bueno – respondió.

–         Pásame tu mano – le pedí.

Ella extendió su brazo hacia atrás y coloqué su mano en mi pene, el que comenzó a acariciar con movimientos de masturbación.

–         Quedaron muy bien – me dijo

–         Empecemos entonces – agregué, y me puse detrás de ella, con la punta de mi pene en su ano, listo para metérselo.

–         Antes de empezar, ¿cómo te gustan los movimientos? ¿Lentos o rápidos? Porque esto es a gusto del consumidor – le dije.

–         Me gusta con movimientos rápidos – contestó.

–         ¿Y te gusta de a poco, o con movimientos profundos desde un comienzo? – pregunté nuevamente.

–         Profundo desde el inicio – respondió.

–         ¿Te gusta que te hablen mientras tanto como estímulo o prefieres en silencio? – agregué.

–         Me encanta que me hablen. Es un muy buen estímulo.

No podía ser mejor. A mí me encanta el diálogo erótico mientras culeo y me encanta meterlo hasta el fondo a la primera.

–         Bueno. Entonces prepárate porque vamos a comenzar – le dije.

–         Ya estoy lista – respondió.

Y entonces empujé con fuerza y le clavé todo el pene en su rico culito. En cuanto entró se escuchó un “ssssssssssssssssssssss”, algo así como un quejido de placer.

–         – ¿Te dolió? – le pregunté.

Ella sólo movió la cabeza para indicar una negación.

–         Entonces te voy a seguir culiando, porque tu culo está muy rico – agregué, mientras le metía y sacaba el pico del culo, con movimientos rápidos, tal como ella lo solicitó, disfrutando de una vista panorámica espectacular de sus nalgas abiertas y mi pico perdiéndose por completo en su interior.

En un momento ella propuso cambiar de posición y se tendió de lado en la cama, con su espalda hacia mí. Yo le levanté una pierna para lograr mejor visión de su culo y empecé a meterlo nuevamente. Noté que en esa posición las metidas eran más profundas, pues nada quedaba afuera, mientras que al estar ella en 4 patas, sus nalgas impedían una penetración total.

Seguimos culiando así un buen rato, hasta que sentí que iba a acabar, lanzando un buen chorro de semen bien adentro de su culo.

Al terminar, se produjo el siguiente diálogo:

–         Creo que esta es una de las veces que he culiado con más erotismo. Fue un preámbulo exquisito – le dije

–         La verdad es que yo también estaba muy caliente. Me gustó mucho – agregó.

Para resumir lo que sucedió los días siguientes, voy a decirles que culiábamos 3 veces al día: una en la mañana, antes de irnos al trabajo; una al regreso del trabajo, como a las 19:00; y otra antes de dormir. Lo hacíamos en el baño, en la cocina, en el living, en todas partes. Había tardes después del trabajo en que decidíamos andar sin ropa, por lo que nos calentábamos rápidamente y teníamos que culiar casi de inmediato.

Esta historia duró un par de meses, pues después ella decidió volver con su pareja. Claro que se la devolví bien culiada, por todos lados, pues también me lo chupó y se tragó el semen, se lo metí por la vagina, pero la mayoría de las veces se lo hice por el culo, pues a ella y a mí nos gustaba más y decía “se siente más apretadito”. Y la verdad, es así: más apretadito. Hay que agregar que las veces siguientes no necesitaba dilatárselo, sólo un poco de vaselina, luego se lo metía entero y ella hacía siempre la misma exclamación de placer: “ssssssssssss”.

Mi amiga la laboratorista

Sábado, Diciembre 8th, 2007
Que tal lo que voy a narrarles sucedio hace tres años.
yo medico recien egresado empezando mis primeras armas en un consultorio que esta a las afueras de la cuidad de buenos aires, entre las personas que atendiamos compartia el consultorio con una laboratorista , de 45 años siempre con las muestras de sangre y analisis, delgada, con unas piernas bien toneadas, una cintura deliciosa, y unos senos que invitan a mirarlos.
Fue una de esas tantas mañanas que luego de atender las ultimas fichas quedabamos solos, ahi en el segundo piso, varias veces le habia insinuado palabras provocativas hasta una vez le hice tocar mi verga dura, asi se dio que un sabado tardecita, cerramos la puerta, un poco con miedo por que nos descrubieran y sin evitar lo que se venia, la rodee con los brazos por su espalda, llegue a su cintura y con movimientos rapidos fui soltando su cinturon y bajandole el pantalon se me expuso ese culo imponente,  la apoye sobre la camilla  y  de un solo hecho le enterre  la verga, hasta hacerle sentir sollozo, tras sollozo, lo rico del sexo y la aventura, nuestros gemidos eran pausados y silenciosos para que no nos escuchen abajo, con movimientos ardientes sentia que iba a explotar , luego se da di por adelante mientras le salian sus jugos hasta que termine mientras ella se desvanecia, luego nos vestimos rapido y cada quien a sus cosas, pero cada ves que se da vivimos esa locura una y otra ves .cogiendo y en otras ocasiones me hecha unas mamadas  que les contare despues que rico.

La secretaria

Jueves, Septiembre 27th, 2007

Vanina era una joven secretaria de 19 años con mucho por aprender. Era morocha y tenía un físico estupendo. Simplemente les diré que tiene perfectas lolas y una perfecta cola. Las palabras hermosa/s quedan chicas, por eso solamente diremos que sus tetas y su culo son perfectos. Su pelo es negro como ya dije, y lacio, con un flequillo muy sexy.

Trabajando era realmente muy eficiente y eficaz en todas las tareas que le encomendaban, pero se ve que esto no era lo que le interesaba, ni suficiente para su jefe, el arquitecto Fernández.
Un día, Vanina debía aprender una nueva tarea que no sabía realizar. Y que el arquitecto Fernández le tenía que enseñar. Era un martes a eso de las 10 hs. cuando el Sr. Fernández llamó a Vanina diciéndole: “Vanina, venga por favor a mi oficina que le voy a enseñar a utilizar el software para preparar las licitaciones”. A lo que Vanina respondió inmediatamente: “Enseguida voy”. Vanina se acercó a la oficina del Sr. Fernández y se paró en la puerta. “Pasé, adelante” dijo el Sr. Fernández. El Sr. Fernández permanecía en su silla al lado de la computadora. No había ninguna otra silla en la oficina. Vanina se acercó a la PC y se quedó parada al lado. El Sr. Fernández comenzó a apretar unas teclas en la computadora y a explicar simultáneamente algunas cosas referidas al uso del software a Vanina. Sin embargo al poquito tiempo, le dijo en tono de sugerencia: “¿Porque no se sienta?”. Vanina no veía a dónde y efectivamente no había a dónde. “Aquí” dijo el Sr. Fernández, al tiempo que con la palma de sus manos daba golpecitos en sus muslos, dando a entender perfectamente cuál era la “silla” que le esperaba a Vanina. Vanina dudó un instante que duró una eternidad para ambos. Y dijo: “No, gracias. Prefiero quedarme parada”. El Sr. Fernández no insistió y continuó explicándole el procedimiento. Al tiempo, unos quince minutos, volvió a insistir pero con más enfásis. Vanina volvió a dudar, pero esta vez el arquitecto la miró de una forma, que finalmente Vanina accedió, aunque sin pensarlo demasiado a sentarse en sus rodillas. Rápidamente el miembro del Sr. Fernández se empezó a erectar y Vanina comenzó a sentir en su culo, la apoyada del miembro del Sr. Fernández. Vanina trataba de no moverse, mientras el Sr. Fernández continuaba explicándole, pero a veces se hacía inevitable y a cualquier movimiento de Vanina, el Sr. Fernández se ponía aún más duro y erecto. Las explicaciones a nivel técnico cada vez eran peores y el Sr. Fernández parecía concentrado en otra cosa. Luego de otros quince minutos de explicaciones, le pidió a Vanina si podía pararse un segundo con la excusa de que le estaba sonando el celular. Vanina se paró y quedó delante del Sr. Fernández, con el culo prácticamente a la altura de su cara. Fernández atendió la llamada y una vez que finalizó cuando Vanina estaba volviendo a sentarsele encima, este muy rápida de reflejos y sin mediar palabra le subió la falda a la cintura, dejándola en tanguita al aire. La tanguita era blanca. Vanina se sentó en tanguita encima del Sr. Fernández, anonadada por la situación. Ahora sentía plenamente al Sr. Fernández que ya tenía una erección descomunal que no podía disimular. 
Por otro lado el Sr. Fernández tenía en su oficina, puesto el aire acondicionado en modo calor al máximo y la alta temperatura ya comenzaba a sentirse en el amibiente. Vanina que todavía conservaba puesto su saco del trajecito “sastre” tipo ejecutiva con el que había ido ese día a trabajar decide sacárselo. El Sr. Fernández la ayuda y esta queda en camisa. Sus pezones estaban bien erectos también. En varias oportunidades el Sr. Fernández se inclinaba hacia delante por encima del hombre de Vanina y echaba una buena mirada a su escote. Llegado un punto le pregunto: “¿No tiene calor? Déjeme ayudarla” y acto seguido sin dejar tiempo a que Vanina respondiera, le desabrochó los tres botones superiores de la camisa. Sus senos ya comenzaban a salir afuera. Su corpiño era muy ajustado y estaba a punto de estallar. Era blanco también. Los botones que faltaban de la camisa, se los desabrochó Vanina misma, ya que dada la situación actual, tres botones más o menos era lo mismo y realmente hacía “calor” en esa habitación. Por eso mismo, una vez desabrochada la camisa, se la sacó y la arrojó a un costado. Quedando en lo sostén. 
Ahí el Sr. Fernández le dijo: “A ver Vani, parece un segundito”. Vanina obedeció quedando nuevamente con el culo casi a la altura de la cara del Sr. Fernández. “Dese una vueltita” le pidió este último. Y ella así lo hizo. El Sr. Fernández aprovechó la ocasión para terminar de quitarle la pollerita que para ese entonces la tenía de cinturón. Quedando plenamente en ropa interior, el Sr. Fernández le dijo: “Vani, está no es la bombachita reglamentaria de la empresa. No tiene bordado el nombre como es obligación”. A lo que Vanina contestó: “Sí ya lo sé, es que la empresa se llama “Warsmarstein, Fernández, Baciteh & Asociados” y ese nombre tan largo no entra en las diminutas bombachitas que uso yo”. Fernández: “Bueno, puede ser, puede ser. Por esta vez está disculpada”.
“Bueno continuemos con la explicación” dijo el Sr. Fernández y Vanina volvió a sentarse ahora semi-desnuda encima de él. Claro que la situación era rara, pero ella quería conservar y destacarse en ese trabajo. El Sr. Fernández continuó explicándole hasta completar la explicación de todo el procedimiento. Al llegar al final le dijo: “Bueno vamos a practicarlo ahora. Si te equivocas una vez, te desabrocho el corpiño. Si te equivocas dos veces, te saco la bombachita. Si equivocas tres, bueno no sé todavía”. Vani empezó con el procedimiento venía muy bien, había hechó 10 de los 35 pasos sin equivocarse, pero en el nro. 11 se equivocó y sentadita en el Sr. Fernández esperó lo que se venía. El Sr. Fernández desabrochó su corpiño y sus pechos salieron hacia fuera como liberados. Continuó realizando el procedimiento, mientras el Sr. Fernández le acariciaba los pechos. Luego este se calentó aún más y comenzó a apretarlos fuertemente. Vanina continuó bien, pero al paso nro. 27 del procedimiento volvió a fallar y cumpliendo lo que se había dispuesto se paró delante del Sr. Fernández y espero paradita, que le sacaran la tanguita. Y así lo hizo el Sr. Fernández. Muy suavemente le bajó la bombachita y la dejó completamente desnudita en su oficina. Que pedazo de hembra tenía delante de sí. Cuánta líbido y lujuria le despertaba esta niña de 19 años. Que haría ahora se preguntaba, o hasta dónde llegaría. Vanina permanecía desnuda y parada frente a él, hasta que él dijo: “Bueno, de acá en más no importa cuánto te equivoques o no. Si haces el resto del procedimiento perfecto o no. Lo único que yo sé y que me importa es que me vas a chupar la pija, ¡Ahora!”. Vanina que ya estaba “jugada” se arrodillo y comenzó a mamarle la verga. Mamaba y lo miraba. Mamaba y miraba al Sr. Fernández. Al Sr. Fernández le encantaba que lo miraran mientras le chupaban la pija. Y la forma en que lo miraba Vanina, lo calentaba aún más, de manera especial. Cada tanto, Vani lamía los testículos del Sr. Fernández, cada tanto se metía la verga bien hasta el fondo de su garganta, cada tanto se ayudaba con una mano, ya sea para masturbarlo o hacerle “caricias”, pero nunca dejaba de mamar verga. Estuvo así, unos 15 minutitos chupando, y finalmente el Sr. Fernández acabó sin avisar, en la cara de Vanina que terminó tragando buena parte del semen. 
Vanina se limpió un poco y se paró. Amagó a vestirse, pero Fernández le dijo bien clarito: “Que hacés, no te vistas todavía nena, que tengo algunas cositas más por enseñarte”. Ese día por suerte no había más nadie en las oficinas de ese sector de la empresa. Por eso Fernández le ordenó a Vanina: “Anda a la cocina y traéte dos cafés”.

Vanina va desnuda a la cocina, prepara los cafés y los trae luego a la oficina Fernández. Se toman un café cada uno, mientras charlan de distintos temas, como si no hubiera pasado lo que acababa de pasar.
Una vez terminados los dos cafés, el Sr. Fernández decide que es el momento de volver a la acción. Fernández permanece sentado en su sillón, del que nunca se movió. Vanina camina hacia él y se le sienta siguiendo sus indicaciones encima. El Sr. Fernández comienza a penetrarla lentamente al principio. Vanina comienza a subir y bajar al ritmo cadencioso del Sr. Fernández. Vanina va sientiéndo como el pene del Sr. Fernández le entra bien adentro, erecto y hacia arriba. Ella como mujer, pone sus pechos bien a disposición de él, es decir, en su cara. Le pone sus dos tetas en la cara, para que este se vea obligado a lamerlos, cosa que le encantaba sentir a Vanina. La excitaba muchísimo que los hombres cayeran rendidos ante el poder de su poderosa delantera y le encantaba que sambulleran sus caras en sus senos. El Sr. Fernández continúa con su ritmo propio al penetrarla, pero comienza a lamer descontroladamente los pezoncitos de Vanina. Los mismos se erectan cada vez más, y Vani se excita cada vez más. Se humedece cada vez más. Las manos del Sr. Fernández, permanecían firme en el culo de Vani, pero de a poco este empieza a alternar y a tocarle un poco las tetas. Mientras tanto, Vanina subía y bajaba, recibiendo la penetración de su jefe. De tanto subir y bajar, subir y bajar, su jefe finalmente no pudo contenerse más y acabó dentro de ella. Ella también lo hizo jadeando y gimiendo casi al mismo tiempo que él. Se tomaron un momento los dos para gozar del punto máximo del orgasmo y luego, Vanina se bajó de encima de él.
Desnudita como estaba, estaba juntando sus ropas, que estaban desperdigadas por todo el suelo de la oficina. Cuando se estaba yendo, desnuda con su ropa en las manos, hacia el baño para cambiarse, escucha desde su espalda que el Sr. Fernández le dice: “Vanina, sos una gran empleada, seguro vas a hacer una larga y prometedora carrera en esta compañía”. Vanina no le contestó y salió de la habitación.
 
Si quieren enviar sus comentarios, escríbanme a:

julieta_s24@hotmail.com

Trabajando en el sotano

Viernes, Junio 8th, 2007
No habían pasado ni dos meses desde que entre a laborar en una empresa,
cuando sucedió la experienia que les voy a contar.

Una compañera, con la cual había estado compartiendo el escritorio por falta
de espacio, me pidio que le ayudara a buscar unos documentos en el archivo
muerto. Acepté y como mi jefe no se encontraba, nos dirigimos al sotano de
un edificio continuo. Solicitamos las llaves a la encargada, entramos y nos
dispusimos a buscarlos.

Despues de bajar cajas y no encontrar los documentos, mi compañera se sento
en una caja que había en el piso. Llevaba un falda azul larga, con una
abertura al lado, y la cual al sentarse se abrió y dejo al descubierto su
larga y esbelta pierna hasta el muslo. Aunado a ese panorama tan exquisito,
su blusa blanca dejaba ver por encima del primer botón desabrochado, una
buena parte de sus senos blancos, erguidos como dispuestos a enfrentar una
batalla.

Sin saber que hacer ante esa imagen tan excitante, me limite a pedrile que
se cubriera. Pero cual seria mi sorpresa, al contestarme que lo hacia para
que yo disfrutara de esos encantos; sabiendo que esto podria terminar con mi
siguiente comentario, asumi el riesgo y le aclaré que no me iba a conformar
con mirar. Contrario a mi primer pensamiento, se colocó de pie y dijo que no
sólo la pierna, sino todo lo que yo quisiera podía tocar.

No lo creía, esta mujer alta, delgada y que más allá de su físico, toda ella
me encantaba, me estaba invitando a disfrutar de todo ese cuerpo lleno de
sensualidad.

Debido a mi momentaneo silencio, me cuestiono si no me gustaba. Mi respuesta
fue que estaba equivocada, una mujer como ella era todo una encanto. Pero mi
respuesta, no fue lo sufientemente clara para ella. Con cara de desilusión
me dijo que si sólo eso me inspiraba. Quede sin palabras, la tome de los
brazos y la atraje hacia mí.

Sin decir palabra alguna la abrazé por la cintura y acerque mi boca a la
suya. Lo que se inició como un beso dulce y delicado, pronto se convirtió en
un morboso juego de lenguas, las cuales no dejaban de enredarze para
separarse y volver a juntarse.

La exitación comenzó a aumentar en ambos. Podía sentir sus senos frortandose
a mi cuerpo, lo cual aumentaba todavía más la exitación.

Baje mis manos hasta sus gluteos, eran como se veian: firmes y llenos, una
delicia. Me recargue en el anaquel y doble un poco las piernas para quedar
al nivel de su sexo. Su reacción fue la que esperaba, comenzó a pegar su
sexo al mio, era algo exquisito. Por debajo de su falda meti mis manos y
comenze a acariciar sus muslos, senti una diminuta prenda de vestir, que no
estorbaba para acariciar con todo gusto sus trasero respingon.

Ya no podía más la excitación, ambos habiamos llegado al climax…

Se dío vuelta sin dejar de besarme, y coloco su trasero pegado a mi sexo, se
movia con empujoncitos lentos, mi musculo ya listo para repeleer el ataque
lo disfrutaba al maximo. Subi mis manos a sus pechos y los acaricie por
encima de su blusa. Sin saber como, la blusa se desabrocho por completo, lo
cual aproveche para levantar el bra y poner al descubierto ese par de
monumentos. Sus pezones estaban como dos cerezas adornando un pastel.

Dejandome llevar por mis impulsos, la retire un poco, desabroche mi
pantalón, bajé el siper y saque mi miembro. Suponiendo ella lo que hacía,
paso una mano hacia atrás; al sentirlo, lo tomo con delicadeza y lo acaricio
como si fuera a masturbarme.

Con la otra mano levantó su falda e hizo a un lado su diminuta prenda.
Acerco su trasero y coloco mi miembro en su entrada. Estaba mas que mojada y
caliente. Un leve empujón bastó para que entrará en toda su cavidad. Tomó
mis manos y las colocó en sus pechos.

Así, acariciando ese par de jugosas carnes, iniciamos un candente vaiven de
caderas. A cada empujón mío un empujón de ella hacia que mi trozo de carne
chocara en lo mas intimo de su ser.

No tarde mucho en sentir un abundante liquido que brotaba de ella y escurria
hasta mis piernas. No conforme con eso, la retiré y me acomodé sobre la caja
donde se había sentado ella. La volté frente a mí y la hice colocarse sobre
mí. Mientras frotoba su clitoris contra mi miembro, yo me dedique a
disfrutar der sus pechos.

Antes de que disminuyerá la excitación, la invité a introducirse mi trozo de
carne, indicandole con mi manos que levantara sus nalgas. Con su mano la
puso en puerta y dejo caer todo su peso para clavarse literalmente todo mi
trozo de carne.

Comenzó a cabalgar como una loca, subia y bajaba como si estuviera sobre un
potro desbocado. Yo tomaba sus pechos para no perderlos de mi boca. Los
degustaba con la más inmenso placer.

No me quizé contener más y deje explotar mi miembro con todo el placer que
ello conducía. Al sentir mi última respuesta, dejó de moverse y disfruto del
contacto de ese líquido caliente que llenaba sus entrañas.

La encargada de las llaves, quien minutos antes habia entrado a
solicitarlas, de una manera considerada espero hasta el último momento para
no interrumpir nuestro delicioso encuentro e hizo hacer notar su presencia.

Mi compañera pretendió ocultar su rostro, recargando su cara sobre mi pecho.
Me limite a estirar mi mano para entregarle las llaves. Le ofrecí una
disculpa con una sonrisa, la cual respondió con una sonrisa de complicidad y
haciendo negativas con movimientos de cabeza, se dió media vuelta y salió.

Al oír el cerrar de la puerta, nos levantamos y nos apuramos a arreglar
nuestra vestimenta, la presencia de la secretaria nos hizo sentir una
sensación de peligro, que disimulamos mutuamente con una pequeña risa,
seguida de un corto beso.

Al salir, mi compañera trató de caminar aprisa para no tener que enfrentar a
la encargada, pero no resultó. Apenas dió dos pasos y la llamó por su
nombre, no le quedó más remedio que regresar. Sabiendo que la llamada era
sólo para ella, seguí mi camino al baño de los obreros. Entre y me revisé
buscando borrar toda evidencia de tan placentero encuentro. Limpie a mi
cansado compañero con un papel humedo para reducir el olor y verifique en el
espejo estar lo mejor ordenado posible. Ya listo, me diriji a mi lugar de
trabajo. Al parecer nadie había notado nuestra ausencia. Al poco rato
regresó ella, mejor arreglada que yo. La encargada le indicó que pasará a su
baño a asearse bien y a arreglarse.

Era de comer y salimos a disfrutar de una suculenta comida, la cual
acompañamos expresando mutuamente las emociones vividas apenas unos minutos
atras. Mi compañera, había hecho un pacto de confidencialidad con la
encargada de las llaves, por lo que nuestro secreto, estaba seguro…aunque
despues tuve la necesidad de afianzar esa confidelcialidad, haciendole una
visita a la encargada de las llaves….

AUTOR:PEGASO69
pasale69@hotmail.com

En el Taller caliente

Domingo, Abril 22nd, 2007

Hola, mi nombre es Elisa y soy diseñadora, tengo un taller de serigrafía, soy chaparrita de 1.56, morena clara senos pequeños pero sabrosos, mi mayor atractivo es mi trasero y soy muy velluda. Me dedico a diseñar boxers eróticos para hombre, lo cual me calienta mucho.

Había tenido poca chamba y me hicieron un pedido urgente de boxers, tuve que hacer los originales a toda prisa y nos dispusimos a hacer el bomberazo. Al estar imprimiendo los primeros boxers manche mis jeans, son buenos y no podía permitir que se echarán a perder. Tenía que desmancharlos, la única manera era quitándomelos.

Después de pensarlo, pues tengo tres chavos trabajando conmigo, decidí quitármelos y quedar en pantis.

Los chavos primero me vieron con cara de sorpresa, pero se notaba que les gustaba lo que veían. Yo veía como me miraban y no pude evitar calentarme. Se ofrecieron a ayudarme a desmanchar mi pantalón. Pero les dije que yo podía sola. Se me quedaban viendo y yo más caliente.

Estábamos horneando y la temperatura era elevada, tenía ganas de tocarme y no pude evitarlo, ellos se dieron cuenta, Raúl el mas aventado de los tres se acerco y me acaricio el trasero, trate de rechazarlo, pero estaba muy caliente. Me bajo mi panti y comenzó a acariciarme mi panocha. No podía mas y me quite la camiseta, los otros dos se acercaron y me acariciaron los pechos y me besaron, estaba a mil y en cualquier momento podía entrar una persona.

Raúl hizo que se la mamara, Luis me la metió por el culo, fue delicioso, la tiene larga y delgada. Mientras René me acariciaba. Finalmente René se acomodó y me la metieron por mis tres orificios. El primero en venirse fue Raúl, yo tuve un rico orgasmo Luis se movía frenéticamente en mi culo hasta que me dio su leche. René me inundo la panocha.

Nos recuperamos, yo me limpie y seguimos imprimiendo en otro día mas de trabajo.

Fantasias de una secretaria

Miércoles, Marzo 14th, 2007

Mi nombre es Laura, tengo 24 años y trabajo en una oficina de secretaria. Me gusta mi trabajo porque tengo mucha tranquilidad para hacer todo el papeleo, casi siempre estoy sola en la ofi, excepto de unas pocas veces que pasaban mis jefes con previo aviso.

Un día, que no tenía muchas ganas de trabajar, me metí en Internet y empecé a leer unos cuántos relatos eróticos, me gustaba la fantasía de practicar sexo con un extraño maduro, por ejemplo.

Y en mitad del relato, entró un chico preguntando con acento de búlgaro si le podíamos ofrecer trabajo en una obra, y le dije que de momento no necesitábamos a nadie, intenté todo para acortar su visita para poder seguir leer ese relato tan excitante que había dejado mi tanga mojado y a mi con unas ganas de tocarme los pechos y el clítoris que me picaba de tantas ganas.
Pero el chico no quiso, empezó a hacerme cumplidos, decía que le gustaría estar con una chica tan simpática como yo … vamos, que no se venció.

Le miré bien, y no me gustaba nada, era bajito, feo de cara y de cuerpo, demasiado desesperado, parecía que nunca había estado tan cerca de una chica como yo, me decía todo el tiempo que yo era la chica mas guapa que había visto jamás.

En ese momento pensé jugar un poco con el; ya no intenté acortar la conversación, al contrario. Quería pasármelo bien y empecé a tocarme el pelo, decirle que estaba muy sola últimamente, que ningún hombre me entendía, empecé a desabrocharme un botón de mi blusa y le miré con ojos de gatita.

El chico se quedó en blanco, pero con una sonrisa muy grande.

En ese momento le pregunté si realmente tenia ganas de estar con una chica como yo, y claro, me dijo que si.

- Que me harías? Que te gustaría hacer?

El: me gustaría tocar tus pechos.

Cogí su mano derecha y la metí bajo mi blusa, al principio se quedó perplejo pero a los 2 segundos empezó masajearme mis pechos con torpeza, lo que me excitó mas todavía. Entonces le pregunté de nuevo:

Que harías después de tocarme el pecho?

Me dijo que le gustaría tocar mi coño. – pensé, que morro tiene, pero voy a cumplir , a ver como reacciona.

Me abrí de piernas, subí mi falda y aparté el tanga para que salieran mis labios carnosos esperando alguna caricia. Me miró, no se lo podía creer, lo que me ponía más cachonda todavía. Se arrodilló delante mía y empezó a tocarme el coño con dos dedos con muchos cuidado pero igual de torpe y mirando cada detalle.

Incluso me preguntó si podía hacer una foto de mi coño, mis pechos para recordarlo todo mas adelante. Le dije que si pero para mas tarde, porque quería que me lamiera mis partes ya húmedas , cogí su cabeza entre mis manos y le apreté hacia mi sexo, después le aparté un poco, le cogí el dedo índice suyo y me lo metí dentro de mi coño, lo saqué y lo metí con mas fuerza… como a mi me gusta, repetí varias veces, y me encantaba. Empecé a ponerme mas cachonda tenía tantas ganas de ser penetrada ya pero me aguanté para alargar ese placer.

Le saqué su dedo y me cogí dos y me los metí de nuevo, y de nuevo, mmh… como disfruté con ese juego, después me metí sus tres dedos, mientras yo me tocaba mis tetas pellizcando mis pezones. De vez en cuando le tenía que subir la vista para que no se perdiera nada de lo que estaba haciendo yo.

Le enseñé como tocarme el clítoris, como penetrarme con su lengua, era fabuloso.. quien iba a saber que un chico tan feo se dejaba manejar tan fácil… no me arrepentí ni lo mas mínimo.

Entonces llegó el momento de bajarle yo los pantalones de la marca de la pava, sucios; yo arrodillada y el sentado en mi silla de secretaria.

Me encontré con una polla hermosa, bien grande y rígida, me acerqué lentamente, me humedecí los labios y empecé a lamerle la polla entera, me la metí con todas mis ganas en la boca, bien adentro, la saqué para acercarme a sus huevos durísimos, se los chupé enteros, y me ponía cada vez mas cachonda, me encantaba chuparle la polla a ese tío desconocido, le iba a dar una lección de lo que es capaz de hacer una chica guapa sentada todo el día en una oficina.

Y si, se lo demostré porque al poco tiempo empezó a retorcerse del gusto del orgasmo que le estaba pasando; y se corrió bien corrido en mi boca. Me tragué la mitad, la otra mitad la restregué en mis tetas…. Me daba tanto gusto sentir su leche encima de mi, que empecé a masturbarme delante de el, ya me había subido a la mesa- justo enfrente de el, y ahí estaba masturbándome como una loca, cachondisima, rogándole que me penetrara, y gracias a dios, hizo lo que le había pedido, con una fuerza tremenda, ya no sabia por donde sujetarme.

Me daba bien fuerte, y además con unos movimientos circulares, le sentí tanto, que solamente podía chillar del gusto que me daba ese tío.

Recordando ese encuentro con ese chico, la verdad es que no me acuerdo de las veces que me he corrido, pero fue mi mejor experiencia sexual.

Todavía utilizo esa experiencia para masturbarme con mi juguete. Espero que os pueda servir mi experiencia igual que a mi….

Tres secretarias calientes y buenas para el sexo en grupo

Domingo, Marzo 11th, 2007

¡Hola!

Bueno, esta historia sucede hacia un año.-

Yo recién empezaba a trabajar, la verdad que con el cargo que tenia en una empresa de seguridad debía asistir de etiqueta, con corbata, camisa, tela, etc., y sinceramente la pinta era la mejor, en la primera semana, converse mucho, con la secretaria de gerencia, un mujer, mucho menor de edad que yo, (bueno 4 años menor, yo tengo 21) era hermosísima, unas nalgas redonditas, paraditas, una tetas gigantes acompañadas de un escote formal insinuante a muerte, era hermosa. conversaremos mucho, eran varias horas del turno que conversábamos. Una noche que terminábamos de trabajar, estábamos solos en la oficina, gerencia, y administración se habían retirado, quedaba la secretaria de gerencia y yo administrador jefe, ambos, antes de salir, le invite a tomar un café en la misma oficina, y a seguir conversando, en ese momento entró al baño a retocarse un rato, y cuando salió se dio un tropezón que casi se va de cabeza al suelo, en ese tropezón, la alcancé a agarrar, pero ese agarron fue mas de los ambos esperábamos, en mi intento desesperado por evitar que se cayera, lo primero que agarré fue una de sus tetas, y en el forcejeo, esa misma teta salió del scote, dejándola al aire, o a vista y paciencia del mas caliente con ella. ella no atinó a nada, y yo por evitar algo (no se que) me acerqué y le acomodé la teta que estaba afuera, ella solo mira como yo le tocaba su pecho y lo acomodaba, según ella caballerosamente, y al fin le digo, “vamos a mi oficina, que esta listo el café que quedamos”, fuimos ala oficina servimos el café, y me da por encender el televisor, en un canal X donde estaban dando un programa de educación sexual y placer sexual, sin tomar “mucho” en cuenta la televisión, conversamos y luego de harto rato de conversar, se me ocurre decirle que “tenia unas tetas increíbles, y que tenia ganas de tocarlas hace rato”, ella se sonroja, y su mano trata de acomodar algo debajo de su falda a la altura de su entrepierna, y por ultimo se acomoda las tetas. Seguimos conversando, deja luego su taza, en el escritorio, se pone detrás de mi y me dice al oído “así es que te gustaron mis tetas, y hace rato querías tocarlas” si le digo, muy confiado, y creyendo que me estaba molestando, cuando sale de atrás, se pone en frente y a sabiendas de que ya no vendría nadie mas a la empresa, se saca la blusa, con ese scote que me volvió loco todo el día, y dejó sus tetas a mi vista, y se puso en frente y me pidió que se las tocara, que eran mías.

Yo ni corto ni perezoso, me agarre de sus tetas, las tomé, las agarre, las chupe, y mientras las chupaba, le agarraba las nalgas, le bajé el cierre de la falda, la despojé de ella, le saque la tanga, ella me desnudaba también, al final terminamos ambos denudas, ahí, me di cuenta de que tenia a la mujer mas bella y caliente de la empresa a mi entera disposición, lista para abrir sus piernas tomar su clitoris, y guardar mi verga dentro del jugoso sexo de la secretaria de gerencia.

En el mete y saca de la verga dentro de la vagina de Catalina, escuchamos a alguien que estaba en el star de la oficina, yo me despego de mi sexo, me pongo algo del pantalon, y salgo y veo, a un secretaria del administrador de contratos, Daniela, hermosa, con menos culo, pero hermosa. Le pregunte, que hacia ahí, y me responde que se había devuelto al baño, y le pregunto para callado, si había escuchado algo de lo que había pasado allá adentro, ella me responde ” no se preocupe jefe, si o conozco a la Cata, yo me quedo callada”, esta bien, le dije en todo caso ya terminamos luego de la interrupción, y le dije si quería un café, mas que mal estaba fría la noche, ella aceptó, entro a mi oficina, y se da cuenta que Catalina estaba con solo una taza en las manos y nada mas, su ropa esta esparcida en mi oficina, además de estar de piernas abiertas, y con la entrepierna mojada, y yo con el puro pantalón, sin ropa interior, y se notó por sus pezones erectos, que también le gustaría estar debajo mío, con mi verga dentro de su culo. Yo le digo, ponte cómoda, ella se sienta, ¡no! le digo mas cómoda, y le acaricio las tetas y comienzo a desabrocharle la blusa, dejándola solo con sostenes, luego sin mas ella me besa, y empieza sacarse la falda, y queda en las mismas condiciones que Catalina, desnudas para mi solito, listas para seguir teniendo sexo, penetrándolas hasta mas no poder, y hacer lo que quiera con ellas.

El sexo fue lo mejor, dos mujeres a cuestas, esperando que se la meta o en el culo o en la vagina o en la boca, a Catalina la tenia boca arriba, con las piernas abiertas, y atravesada por el culo, con una verga grandota, mojada y jugosa.

Daniela de pie me acariciaba la cabeza y me entrega su vagina para que se la chupe, para que mi lengua juega desesperada en su vagina, y con una mano, jugaba con sus tetas, nos turnábamos en el sexo oral, las turnaba en las penetraciones, pero sin que les faltara a una de ellas, después con las cabezas juntas en una silla acariciándose las paginas, y jugando con su culo y ambas como podían chupando mi verga esperando uno de tantas eyaculaciones, que les di tanto en su culo, su vagina, su ombligo, espalda, esta vez fue en la boca de ambas.

Esa noche, Daniela se quedo en la oficina, al igual que yo y Catalina, bueno para cuando terminábamos, teníamos que ducharnos, y salir del turno, solo bastaba marcar tarjeta y retíranos.-

Pero de una vez, cada vez que nos quedábamos solos en la empresa, donde quedábamos, en el hall, en mi oficina, o en la oficina de quien queramos tener sexo, nos quedábamos.-

En la tercera vez que estuvimos en sexo en la oficina, se nos agregaron dos personas mas, una niña de 18 años, y una joven, pololo o novio de Valentina, ella delgadita, buenas tetas, buen culo, lo chupaba como diosa (comprobado esa noche), así empezamos a tener sexo entre 5, dos varones, tres mujeres que les gusta el sexo, que se te desnudan cuando quieren a la hora que quieren o quieres, derrepente en horario de trabajo, en medio turno de día, llegaban de a una a la oficina, se desnudaban, y se la metia, la follaba, le agarraba las tetas, se las chupabas, le chupabas la vagina, la culeabas, de todo, después se vestían, y salían como si nada, esperaban un rato, y llegaba la otra y lo mismo disfrutas, todo el día teniendo relaciones, sexo, calentura de la que quieras, con tres de las mujeres, mas lindas de la empresa, mas cuando Carlos tenias que hacer consultas sobre personal y las calentonas van llegando de a una, nuevamente y la orgía se arma. Nuevamente.
Bueno de mas esta decirles que mas de una vez nos descubrieron teniendo sexo en las oficinas y en orgías.-

Pero mientras mas nos pillaban, mas mujeres y hombres se unían a las orgías.-

Bueno.-

Esa es la historia, espero les guste.-

Adiós.-

Mi secretaria

Jueves, Enero 11th, 2007

- El empleo es suyo

Cerró la carpeta con un golpe seco, la dejó encima de la mesa y apoyó ambas manos sobre ella.

- De todos los candidatos usted ha sido el que mejor ha superado todas las pruebas. Creemos que el puesto de jefe de la sección de ventas le vendrá como anillo al dedo. Pero recuerde que en esta empresa somos un equipo. Las individualidades no están bien vistas porque…

Bla, bla, bla. Siempre el mismo cuento. Cada vez que entras a trabajar en una empresa te sueltan las mismas tonterías. ¿Tendrán alguna grabación debajo de la cama diciendo lo mismo todas las noches para aprendérselo de memoria?

El caso es que mientras el encargado de personal no dejaba de hablar, yo me sentía inmensamente contento. Aquel puesto era el más importante que había tenido que desempeñar hasta entonces. Era la primera vez que me asignaban un despacho propio y secretaria personal. Iba a tener a mis órdenes a toda una plantilla de empleados, y lo único que debía de hacer para ascender en la empresa era aumentar en un 10% el nivel de las ventas.

Pocos minutos después, me dirigía hacia lo que para mí era la culminación de una vida de estudios y malos tragos. Había tenido que renunciar a muchas cosas para estar allí. Había pasado por trabajos de mala muerte con el fin de conseguir experiencia y un curriculum. Pero al final lo había conseguido. Cuesta mucho entrar en el mundillo, pero una vez dentro, lo único que puedes hacer es seguir subiendo. Ni siquiera la historia que me habían contado sobre el señor Diez, mi antecesor en el cargo, podía ensombrecer mi ego en aquellos momentos. Según decían, a los pocos meses de estar trabajando allí, el estrés pudo con él. Un día no se presentó a trabajar, y en su lugar envió una nota diciendo que se iba a realizar un viaje por el mundo. Dejó su empleo, a su mujer y a sus tres hijos y nadie le había vuelto a ver.

Mi secretaria no estaba en su sitio. Tenía un pequeñísimo despacho a las puertas del mío, así que nadie podía pasar dentro sin que ella le diera permiso para hacerlo. Pero si no estaba allí, no podría cumplir ese encargo. No quería comenzar siendo duro con ella, pero le daría una pequeña regañina en cuanto pudiera. A los empleados hay que demostrarles la fuerza de carácter de uno. Tienes que causar respeto para que te respeten.

Mi despacho no era enorme, pero desde luego era mayor que cualquier otro sitio donde hubiera trabajado. Incluso era mayor que aquella habitación de mi anterior trabajo donde estábamos metidos siete personas durante todo el día. Miré por el ventanal. La vista era relajante y tranquilizadora. A lo lejos podía distinguir…

- Buenos días

Aquella voz me sobresaltó. Me volví para encontrar a una atractiva mujer de unos treinta años, alta, morena y con un rostro inquietante. Iba vestida con la corrección que aconsejaba la empresa. Una blusa blanca de manga larga, botones abrochados hasta el cuello, falda oscura por encima de las rodillas, medias negras y zapatos de tacón, aunque sin exagerar.

- Buenos días – respondí – Supongo que usted debe de ser…

- … su secretaria. Mi nombre es Laura. Lamento no haber estado aquí cuando ha llegado usted, pero tenía que hacer unas copias. y mi fotocopiadora se ha estropeado.

La excusa era correcta. No me pareció oportuno reñirla tan pronto, así que opté por ser amable con ella.

- No se preocupe. En lo sucesivo le agradeceré que me avise cuando tenga que ausentarse de su puesto. No soy una persona exigente. Creo que seremos buenos amigos. – a los empleados siempre les gusta que les digan estas cosas – Lo único que deberemos de hacer es trabajar como un equipo.

Cuando me di cuenta de que estaba a punto de recitarle el rollo que me acababa de soltar el encargado de personal, sonreí levemente.

- Bien, señorita Alvarez…

- Laura, por favor.

- De acuerdo, Laura. Por favor, póngame al día.

Resultó ser una empleada muy eficaz. Cumplía todos mis encargos de manera rápida y eficiente. Se amoldó muy bien a mi forma de trabajar. Lo único que yo exijo a mis subordinados es que puedan leerme el pensamiento. Y ella casi lo conseguía muchas veces. Sabía exactamente cuando necesitaba una taza de café. Nunca repetía  dos veces la misma excusa a la misma persona. Cuando tenía que quedarme a trabajar hasta tarde, casi siempre se quedaba conmigo para ayudarme. Se adelantaba a mis deseos cuando le pedía información, e incluso cuando no se la pedía. Parecía disfrutar con su empleo. Era correcta en su trabajo y en su forma de ser y de vestir. Nunca llevaba pantalones. Las faldas las prefería cortas. Las medias siempre negras, y los zapatos con un cierto tacón. Me pregunté como una mujer como ella no ascendía en la empresa. Me informé. Llevaba ya varios años trabajando allí, pero parecía estar un tanto gafada. Todos los jefes que le asignaban, al poco tiempo desaparecían, abandonaban la empresa o eran trasladados, así que no pasaba el tiempo suficiente con nadie que pudiera recomendarla para un ascenso.

Una noche, muy tarde, éramos ya las únicas personas trabajando en la empresa. Tenía una operación importante entre las manos y no podía dejarla pasar. Me encontraba cansado, pero al día siguiente tenía que presentar un informe y no podía permitirme el lujo de irme a casa. Como siempre, ella adivinó mis pensamientos y me trajo un café, muy caliente y con dos terrones de azúcar. Mientras lo tomaba noté un cierto sabor agridulce, pero lo achaqué a mi nerviosismo. Aparte de eso, estaba delicioso. A los pocos minutos me encontré cansado. Muy cansado. Terriblemente cansado. Apenas podía mantener los ojos abiertos. La visión se me nublaba por momentos, hasta que mi cabeza cayó sobre los papeles que abarrotaban mi mesa. Lo último que recuerdo fue la borrosa figura de mi secretaria mirándome fijamente desde la puerta del despacho.

Después, la oscuridad.

Cuando desperté estaba solo. Eran las siete de la mañana. Mi cabeza parecía una bombona de butano a punto de explotar y mi visión era un tanto borrosa. Como pude, revisé los papeles. El trabajo estaba ya muy adelantado. La noche anterior lo había dejado casi terminado antes de dormirme.

De dormirme. Sí. Eso fue. El cansancio había podido conmigo y me había dormido. Lo que no entendía era porqué no me había despertado Laura.

Pero eso ya no importaba. Tenía que terminar el informe para llevarlo a gerencia. Me apresuré a ello y en menos de un par de horas lo dejé en la mesa de Laura con una nota para que lo entregara en cuanto llegara. Ya más tranquilo, me senté en mi sillón y me permití el lujo de dar una pequeña cabezadita.

- Buenos días.

Tenía la maldita costumbre de sobresaltarme. Abrí los ojos y me incorporé sobre el sillón para que no se diera cuenta de que me había dormido.

- ¿Ha dormido bien? – Una amplia sonrisa de complicidad se dibujó en su rostro.

- ¿Porque no me despertó anoche?

- Comprobé que el informe ya estaba muy adelantado y no lo consideré necesario. Lleva muchos días trabajando en esto sin descansar, así que decidí dejarle dormir. ¿Hice mal?

Su voz sonaba como la de una niña pequeña cuando quiere ser perdonada por algo que ha hecho y que sabe que no está bien.

La verdad es que, habiendo terminado el trabajo, la cosa ya no tenía mayor importancia.

- No se preocupe, Laura. Ahora lo único que quiero es descansar un poco.

Me sentía enormemente cansado, como si en vez de dormir, me hubiera pasado la noche descargando camiones. Intenté desperezarme. No era algo que soliera hacer delante de mis subordinados, pero por algún motivo, no me importó hacerlo delante de ella. Una pequeña molestia en un costado me impidió hacerlo completamente a gusto. Toqué por allí y encontré un pequeño moretón, como si me hubiera golpeado. No era muy grande, pero dolía horrores. El golpe debió de ser muy fuerte, pero no recordaba haberme dado ninguno.

- Cerraré la puerta e intentaré no pasarle llamadas durante un par de horas. Si quiere echarse un rato en el sofá, le despertaré si viene alguien.

Se dirigió hacia la puerta con unos increíble e insinuantes movimientos de cadera. ¿Siempre se había movido así? Nunca antes me había dado cuenta. La miré de arriba a abajo. Vestía como siempre, elegantemente, con falda y medias negras. Sus piernas, envueltas en maravilloso nylon negro. ¡Dios mío! ¡Que piernas!. Y sus zapatos. Eran maravillosos. Negros, con un tacón de aguja más propio de una fiesta que de unas oficinas. ¿Porqué nunca antes me había fijado en aquellos zapatos? ¿Como había podido no haberme fijado en ella de aquella manera? Con cada movimiento de caderas que realizaba, una palabra se dibujaba en mi cerebro: fóllame, fóllame. Cada paso que daba, cada taconazo que sonaba en el suelo, me parecían los sonidos más maravillosos que pueden provenir del cuerpo de una mujer. Se detuvo en la puerta. Me miró. Sonrió enigmáticamente y la cerró.

Me quedé solo.

Solo con mis pensamientos.

Y en mis pensamientos solo estaba ella.

Me quedé solo con ella.

¿Que diablos me estaba ocurriendo?

Ella no era más que una subordinada. La empresa prohibía tajantemente las relaciones entre sus empleados.

Pero aquellos zapatos…

¿Zapatos? Yo nunca había sido un fetichista. Me gustaban las piernas de las mujeres, claro, y más aún cuando están envueltas en nylon. Pero de ello a lo que había sentido cuando miraba sus zapatos…

De todas las partes del cuerpo de una mujer los pies no eran mis preferidos a la hora de excitarme. Sin embargo, noté que mi pene estaba completamente dispuesto para la batalla. Lo había estado desde que miré sus zapatos.

Me acosté sobre el pequeño sofá que había en el despacho. Intenté dormir, pero no lo conseguí del todo. No podía quitarme aquellos maravillosos zapatos negros de la cabeza.

Medio adormilado, me encontré a mi mismo masturbándome mientras pensaba en ellos.

Me despertó el teléfono un par de horas después. Era Laura para decirme que el gerente quería verme para discutir mi informe. Todavía no había acabado de colgar el teléfono cuando ella entró en el despacho con una pequeña bolsa de aseo en sus manos.

- Aquí encontrará todo lo que necesita para afeitarse y acicalarse un poco. No puede ir a ver al gerente así. Tiene una pinta horrible.

Me miré a mi mismo y comprendí que tenía razón. Toda mi ropa estaba arrugada, e imaginé mi rostro dejando entrever la primera barba de la mañana.

- La ropa no será problema. Si se pone la chaqueta y procura estar de pié el menor tiempo posible, no se darán cuenta. Acérquese al cuarto de baño y aféitese.

- ¿De donde ha sacado esto?

- Su predecesor, el señor Diez, también solía quedarse dormido en el despacho muchas noches.

- ¿Fue usted la secretaria del señor Diez?

- Si. Hasta que se marchó. Ya sabe…

- Sí. Ya lo sé.

Nadie me había dicho que ella fuera su secretaria. Supongo que pensaron que no tenía importancia.

Yo tampoco se la di. Me afeité, me acicalé un poco y fui a la reunión con el gerente.

La cosa salió estupendamente. Mi primer trabajo de importancia había sido un éxito. Incluso el gerente me invitó a comer. Pasamos toda la tarde discutiendo el informe y bien caída la noche me felicitó y nos despedimos. Estaba contento. Casi eufórico cuando llegué a mi despacho. Era Viernes, aquella noche ya no tenía que trabajar, el gerente me había felicitado y tenía todo el fin de semana por delante. La vida me sonreía.

Me sorprendí al encontrar allí a Laura. Apenas quedaba ya nadie trabajando.

- ¿Todavía no se ha ido a casa? – pregunté mientras me dirigía a mi mesa y me sentaba en mi sillón.

- Quería saber como le había ido.

Había un tono de sinceridad en su voz. Parecía como si le importara realmente que yo triunfara. Enablé una enorme sonrisa de satisfacción y la miré.

- Me ha felicitado.

- ¡Lo sabía! La verdad es que se lo merece. Ha trabajado mucho en este proyecto como para que no se lo reconocieran.

Mientras hablaba, se acercó a la mesa, la bordeó y se colocó en la parte de atrás, donde yo me encontraba.

- Me gustaría celebrarlo. ¿Quiere venir mañana a cenar a mi casa? Soy una buena cocinera. Le aseguro que no le decepcionaré.

¿Cenar en su casa? ¿Se había vuelto loca? ¿Quien se había creído ella que era?

- Verás, Laura, el caso es que yo…

- No puede negarse. Ya lo tengo todo preparado.

Me molestó el casi imperceptible todo de condescendencia de su voz. Parecía una madre intentando razonar con su hijo pequeño. En un acto de confianza inconcebible, se sentó en la mesa, dejando en alto sus hermosas piernas… y sus zapatos.

- La empresa prohibe expresamente… prohibe… la empresa…

No conseguía concentrarme. El incesante balanceo de sus pies me tenían casi hipnotizado. Aquellas maravillosas piernas, culminadas con los más increíbles zapatos que habían visto nunca.

- No te preocupes por la empresa. Nadie tiene porqué enterarse, ¿no crees?

- Yo no… puedo… no…

- ¿Te gustan mis zapatos?

La pregunta me dejó helado. Se había dado cuenta de que la miraba. Intenté recuperar mi compostura pero no pude apartar mis ojos de aquellos maravillosos zapatos.

- Me parece que sí que te gustan, ¿no es así? Pues tengo algo mejor aún para enseñarte.

Con un movimiento dejó caer al suelo sus zapatos. Sus pies aparecieron radiantes, cubiertos también por el oscuro velo de las medias negras. Sin darme tiempo a reaccionar, los acercó a mi cuerpo y comenzó a tocar mis piernas con ellos.

- Ya veo que te gusta mucho mirarme. ¿Te gusta también que te toque?

No podía casi moverme. Notaba que mi cuerpo no quería obedecerme. Haciendo un esfuerzo increíble, conseguí levantar la vista, para darme cuenta de que lo que ahora me atraía eran sus pechos. La blusa que llevaba puesta era transparente. Durante todo el día había ido enseñando el sujetador a través de la suave tela blanca. Pero ahora no llevaba. Se lo había quitado. Bajo el velo de la tela aparecían radiantes sus oscuros pezones. La forma de sus pechos era claramente visible desde donde yo estaba. Menos de un metro me separaba de ella. Sus pies seguían jugueteando con mis piernas. Levantó uno de ellos y lo colocó sobre mi vientre. Al hacerlo, mis ojos volvieron a verse irremediablemente atraídos hacia ellos.

¿Que demonios me estaba ocurriendo? Yo no podía estar allí, mirando los pies de mi secretaria como si fuera un colegial enamorado de su profesora. ¡Ni siquiera me gustaban los pies!

- ¿Estas seguro de que no quieres venir mañana a mi casa?

Una perversa sonrisa cruzaba su rostro cuando deslizó su pie hacia mi ingle. El contacto de su pie con mi pene a través de la tela del pantalón me causó un efecto inmediato. Noté la presión de mi sexo sobre los pantalones, intentando liberar sus energías. Laura también lo notó. Incrementó sus juegos ayudándose del otro pie y presionando como si fuera una verdadera profesional. Me estaba masturbando con sus pies, y lo peor de todo era que yo la estaba dejando hacerlo.

- ¿Te gusta esto, mi duro jefe?

De todo lo que estaba ocurriendo, el oír mi propia voz no fue lo que menos me sorprendió.

- Ssssssi

- Quieres que siga con ello, ¿verdad?

- Sssi, pppor favvvorr

- Pues entonces tendrás que venir mañana a mi casa.

¿Porqué estaba tan empeñada en aquello? ¿Para qué diantres tenía que ir a su casa? ¿Creía realmente que podía obligarme a ir?

- De acuerdo, de acuerdo. Iré, pero no paressss…

¿Había dicho yo aquello? Me horroricé al comprobar que así había sido. No podía dejar de mirar sus pies mientras realizaban su placentero trabajo con mi sexo. Cada vez me sentía más y más excitado.

- Muy bien, así me gusta. Te has portado bien, y voy a darte tu recompensa. Vas a correrte, como nunca antes en toda tu vida te habías corrido. Te gustan mis pies y vas a correrte gracias a ellos, y cuando lo hagas, tu vida nunca volverá a ser la misma. Vas a correrte… ¡ahora!

Justo en el instante en que ella lo dijo, los espasmos comenzaron a recorrer mi cuerpo. El placer era increíble. Nunca antes había sentido un orgasmo como aquel. Mientras me corría, sus pies seguían presionando sobre mi pene, al ritmo de las convulsiones, causándome aún más goce, si eso era posible. Después de cuatro o cinco sacudidas, mi cuerpo quedó sin fuerzas, exhausto en el sillón. Yo seguía mirando sus pies como un pajarillo hipnotizado por una serpiente mientras notaba como una mancha húmeda aparecía en mis pantalones. El semen había quedado todo en mi ropa interior y comenzaba a dar muestras de su existencia.

Con la voluntad rota y mi cuerpo sin fuerzas, como una marioneta, la miré mientras sus hermosos pies volvían a introducirse dentro de sus increíbles zapatos, y sus más aún hermosas piernas la llevaban hacia la puerta del despacho.

- A las ocho y media. Tienes mi dirección sobre tu mesa. Hasta mañana, jefe.

Con una diabólica sonrisa en su boca, cerró la puerta y me dejó solo con mi angustia, y con mis pantalones mojados de semen.

Cuando estaba a punto de llamar al timbre me pregunté, por enésima vez en la noche, el motivo por el que mi cuerpo se había dirigido allí. Era como si mi mente no tuviera ya el control de mis músculos, o como si, inconscientemente, fuera impulsado por una fuerza misteriosa y me viera impelido a realizar cosas contra mi voluntad. Haciendo un último esfuerzo, intenté no tocar el timbre de la puerta, pero fue en vano. La odiosa campanilla sonó cuando mi dedo presionó sobre el botón.

Pese a todo, no estaba preparado para la visión que me esperaba cuando se abrió la puerta. Una mujer me miraba con cara de odio. Le devolví la mirada, pero con temor en mis ojos, mientras me daba cuenta de que llevaba los pechos al aire. Dos tiras de cuero se cruzaban entre sus pechos para desaparecer tras su espalda. No llevaba pantalones, ni falda, ni siquiera bragas. Solamente un liguero negro, unas medias del mismo color, y unos inconcebibles zapatos negros con un tacón de aguja de más de 10 centímetros de altura. Pero lo que más me sorprendió fue que los ojos que con tanto odio me miraban eran los de Laura, la eficaz secretaria que de alguna forma me había hecho ir hasta su casa, después de proporcionarme el mejor orgasmo de toda mi vida.

- ¡Entra, cerdo!

Sus palabras se clavaron en mí como cuchillos, mientras comprobaba asustado como mi pene reaccionó a aquel insulto con una casi inmediata erección. Aunque intenté rebelarme con todas mis fuerzas, entré en la casa como un cordero que sabe perfectamente que la puerta que cruza le conduce hasta el matadero.

Escuché como la puerta se cerraba detrás de mí cuando súbitamente me di cuenta de que el suelo ascendía vertiginosamente hacia mi cara.

Tumbado en el suelo comprobé que me habían empujado sin miramientos.

- A partir de este momento, solo te pondrás de pie en mi presencia cuando yo te dé permiso, ¿entendido?

Aquella mujer estaba loca. Cerré mis ojos y comencé a desear con fuerza: esto no me está ocurriendo, esto no me está ocurriendo…

Un fuerte dolor sacudió mi costado, obligándome a arquearme sobre mi mismo, cuando ella me golpeó con su pié.

- ¿Es que no me has oído?

- Ssssi, ssi.

- Te he dicho que solo te pondrás de pié cuando te dé mi permiso. ¿Entendido?

- Sí.

No quería que volviera a golpearme, así que decidí seguirle la corriente.

- Muy bien, no te muevas de aquí. tengo algo que hacer.

Y me dejó tendido en el suelo, con un enorme dolor en el costado, y llorando como un niño pequeño.

Pero nada de aquello me preocupaba más que el que mi pene estuviera en continua erección desde que ella me había abierto la puerta.

Al cabo de unos minutos escuché el sonido de sus tacones contra el suelo. Entreabrí los ojos para mirar como se sentaba en el sillón que había en medio de la habitación. Llevaba una cadena en la mano. Siguiendola con la mirada comprobé estupefacto que terminaba en un collar que se encontraba alrededor del cuello de un hombre semidesnudo. Apenas llevaba unas tiras de cuero sobre el cuerpo, similares a las de ella, y un par de tiras más alrededor de las piernas. Estaba arrodillado, casi como si estuviera a cuatro patas. Aparte de eso, la única peculiaridad que podía observar en él era que su pene estaba tan erecto como un cuchillo de cocina dispuesto a trinchar un pavo.

- ¿No saluda a nuestro invitado, señor Diez?

Laura no se dirigía a mí, sino al hombre que tenía a su lado, atado con una correa como si fuera un perro.

- Hola – fue la escueta respuesta del hombre

¿Diez? ¿Había dicho señor Diez? ¿Mi predecesor?

Se suponía que ese hombre se había visto afectado por el estrés y se había ido de viaje.

Ella debió de ver la estupefacción en mi rostro, y con la misma eficacia que me leía el pensamiento cuando estábamos trabajando, lo hizo también en esta ocasión.

- Sí. Es el señor Diez. Y aquellos de la esquina son sus otros predecesores.

Miré hacia donde me había señalado. Acurrucados, a cuatro patas, desnudos excepto por las tiras de cuero como las del señor Diez, habían tres hombres más. No reconocí sus rostros, pero sí que reconocí la erección que todos tenían. Al parecer todos los hombres en aquella casa tenían… teníamos la misma capacidad de permanecer en erección durante largo tiempo.

- Tengo los zapatos sucios. ¿No te apetece limpiármelos?

¿Limpiar sus zapatos? Claro, ¿porqué no? Con tal de que no me pegara cogería un trapo y los limpiaría. Me arrastré hacia ella y comencé a limpiárselos. No fue hasta algunos segundos después cuando me di cuenta de que no estaba usando ningún trapo, sino ¡mi propia lengua!.

- Muy bien, muy bien. así me gusta. Eres muy obediente.

¿Como podía estar limpiando los zapatos de una mujer con mi lengua? No podía comprenderme a mi mismo. De cuando en cuando, algunos de mis lametazos se salían de los zapatos e iban a parar a sus pies, cubiertos por la fina tela de las medias. El sabor de la piel de los zapatos, unido al del nylon de las medias, en lugar de repugnarme, me llenaba de una extraña excitación. Mi pene seguía erecto como nunca, llegando a producirme un cierto dolor cuando me movía. Laura, de nuevo, leyó mi mente.

- ¿Te aprietan los pantalones? Eso tiene fácil solución, querido. ¡Quítatelos!

¿Se habría creído esa loca que me iba a quitar los pantalones delante de ella?

¡Ni hablar!

Noté una especie de liberación cuando mi pene consiguió salir del aprisionamiento de mis pantalones y mis calzoncillos. Antes de darme cuenta, sin saber el motivo por el que lo había hecho, me encontraba desnudo de cintura para abajo. Mi pene parecía querer alcanzar el cielo, apuntando directamente al cuerpo de mi secretaria.

- ¿Te alegras de verme, corazón? – Una cínica sonrisa convertía su rostro en el reflejo mismo de la depravación – Demuéstramelo. ¡Mastúrbate!

Esta vez no me cogió por sorpresa el encontrarme a mi mismo obedeciendo su orden. Comencé a jugar con mi pene, con suaves movimientos al principio, aumentando el ritmo a medida que mi voluntad desaparecía mientras mis ojos no podían apartar la vista de sus pies. No conocía el motivo, pero a cada minuto que pasaba, me sentía más y más excitado por ellos.

- ¿Sientes curiosidad de saber lo que te ha pasado, querido?

¿Lo que ha pasado? Si, si. Quería saberlo. Quería que me explicara porqué no podía controlar mis impulsos, porque me estaba masturbando delante de ella y de cuatro hombres más.

- Es muy sencillo. Todos los hombres sois unos cerdos. Os aprovecháis de las mujeres en la vida y en los negocios. Nos tratáis como esclavas. Tan solo nos permitís ser vuestras secretarias, en lugar de vuestras compañeras o vuestras superiores. Tú y todos ellos – señaló a los otros – habéis pasado de ser mis jefes a ser mis esclavos.

Desde el fondo de mi alma conseguí fuerzas para hacer una simple pregunta.

- Pero… ¿como…?

- Es muy sencillo. Una pequeña cantidad de cierta droga en el café, y quedáis indefensos. Primero notáis somnolencia, pero es algo más que eso. Dejáis la consciencia, aunque sin entrar directamente en el sueño. La droga causa un efecto narcótico que actúa sobre el centro de voluntad del cerebro. Una vez drogados, sois muy susceptibles a la hipnosis. Cualquiera con unos mínimos conocimientos puede haceros pasar del sueño de la droga al trance hipnótico. Después, unas simples sugerencias post-hipnóticas os convierten en mis esclavos. Como animales que sois, la primera muestra de humillación es el amor que sentís hacia mis pies. Adoráis mis pies, y no tenéis más remedio que obedecer mis órdenes cuando los estáis mirando. Después, ya es fácil jugar con vosotros. Una vez en mi casa ya sois míos completamente. Nunca más volverás a salir de esta casa, al menos sin mi permiso. Escribirás una carta a la empresa despidiéndote. El estrés causado por la necesidad de acabar el informe de ayer pudo más que tú. Todavía no he decidido a donde vas a decir que te has escapado, pero seguro que algo se me ocurrirá.

Mientras ella hablaba, yo seguía masturbándome con todas mis fuerzas. A medida que sus palabras iban entrando en mi cerebro, el deseo iba consumiendo los últimos restos de mi voluntad. Sus pies salieron de sus zapatos para juguetear de nuevo con mi pene, aunque en esta ocasión, el suave tacto del nylon de las medias directamente sobre la piel de mi órgano más sensible me produjo unas inmensas oleadas de placer.

- ¡No te corras! Todavía no te he dado permiso.

Mis testículos estaban a punto de estallar, pero me encontré sin fuerzas para correrme. Ella lo había ordenado y a pesar de que mis manos se movían frenéticamente sobre mi pene, no podía llegar de ninguna manera. El placer de la masturbación, unido al dolor de mis testículos, creaban unas sensaciones que no había sentido en toda mi vida. Sentí como una de mis manos cogía su pié y lo restregaba sobre mi pene, mientras que mi otra mano seguía frenéticamente intentando obtener lo que se me había prohibido.

Mientras tanto, ella se reía ruidosamente. Sus carcajadas tan solo me hacían sentir más placer. Todo lo que ella hacía o decía incrementaba mis sentidos hasta límites insospechados. El calor de su piel llegaba a mi mano y a mi pene a través de la suavidad de sus medias. Apenas podía mirar a otra parte que no fueran sus pies. Tenía delante de mis ojos la gloriosidad de su sexo totalmente al descubierto, abierto completamente el tener que mantener uno de sus pies sobre mi sexo y el otro apoyado en el suelo. Adivinaba sus pechos moviéndose seductores al ritmo que yo agitaba su pierna con mis bruscos movimientos intentando usar su pie para llegar al orgasmo. Pero a pesar de todo, yo no podía apartar mi vista de aquellos maravillosos y deseables pies. Sabía que mi sentimiento era forzado, que no era más que una sugerencia post-hipnótica que ella me había implantado. Pero nada tenía ya importancia. Tan solo la necesidad de llegar al orgasmo.

Mi pene comenzaba a resentirse de los esfuerzos a los que le estaba sometiendo. La fricción sobre mi piel empezaba a dolerme. Ella seguía riendo. En una huidiza mirada conseguí verla, exuberante, riéndose de mí mientras usaba su mano para masturbar al señor Diez, cuyo rostro reflejaba una felicidad absoluta y una gratitud sin límites por usarle a él para darse placer a sí misma.

- Muy bien, creo que ya estas listo. Cuando yo te diga, te correrás. Y cuando lo hagas, con cada gota de semen que salga de tu polla, tu voluntad desaparecerá por completo. Te convertirás en mi esclavo, en mi perro personal, en un animal de compañía, dispuesto siempre para mí, con la polla siempre a punto para mi placer. Jamás pensarás en darte placer a ti mismo si no es para proporcionármelo a mí. Tu vida no tendrá ningún otro sentido más que amarme, obedecerme y servirme. Nada será más importante que yo.

Cada una de sus palabras era un cuchillo que perforaba el centro del placer de mi cerebro. No importaba lo que decía, tan solo deseaba correrme, llegar al orgasmo e irme de aquella maldita casa para siempre. Irme. Correrme. Tocar sus piernas. No volver nunca. Besar sus pies. Salir de allí. Lamer sus zapatos…

- Ya puedes correrte.

Fue como si un invisible tapón fuera apartado de la punta de mi pene. El semen comenzó a salir con una presión extraordinaria. Mis manos, el suelo, y sus pies se vieron inundados por oleadas de mi líquido blanco, causándome un placer mayor incluso que el de la noche anterior. Con el primer espasmo, mi mente comenzó a pensar en la forma de salir de allí. Con el segundo, pensé que tenía tiempo para pensarlo. No tenía prisa. Con el tercero, el más fuerte, no me importaba estar allí hasta el día siguiente. El cuarto y quinto espasmos fueron cortos, y el sexto casi inexistente. Cuando acabé de correrme, casi sin fuerzas, contemplé el espectáculo que había causado con mi orgasmo, pero de todo lo que vi, tan solo me importaba una cosa: su pie estaba completamente manchado con mi semen.

Una vez más, Laura leyó mi mente.

- ¡Límpialo, esclavo!

Sin dudar ni un solo instante, contento por la posibilidad de que mi lengua volviera a tocarla, comencé a lamer su pie. La suavidad del semen se confundía con el sabor agridulce de las medias. No era algo tan desagradable el beber semen. Al fin y al cabo, era mío. Con el rabillo del ojo contemplé como el señor Diez se corría a la orden de Laura y su pene perdía fuerza y erección, tal y como me había pasado a mí. Pero al comprobar mi propio órgano, contemplé como cada vez que lamía el pie de Laura, volvía poco a poco a la posición de erección original, increíblemente a punto para lo que fuera necesario. Perdido en mis observaciones, no me di cuenta de que ya no quedaba semen en el pié, a pesar de que yo seguía lamiendo como si hubiera pasado varias semanas sin comer.

- Ya está bien, esclavo. Ahora ven aquí y lámeme el coño.

Aquella orden me complació. Contento y con nuevas energías, me acerqué a ella. Lo único que tenía en la cabeza era cumplir su orden, darle placer. Lejos, en el fondo de mi cerebro, una pequeña, minúscula idea intentaba no morir aplastada por el peso del deseo. La idea de escapar era ya tan minúscula que no me di cuenta ni de que se desvanecía en el olvido absoluto. Cuando desapareció, ni una sola parte de mi cerebro lo lamentó. Del fondo de mi alma, reflejando mis verdaderos anhelos, mis únicos deseos de servir a aquella mujer, salieron mis siguientes palabras.

- Gracias, ama.

La secretaria (Capí­tulo 2)

Miércoles, Enero 10th, 2007

Dos empresarios fundidos deben huir de la empresa. Antes de hacerlo, se sacan el gusto de cogerse a su secretaria.
Rodrigo se sentó en su sillón, satisfecho después de los azotes que le había aplicado en las nalgas a Julia, nuestra secretaria, y por el polvo que le había hechado a continuación. Yo estaba más que caliente después de todo lo que había visto hasta el momento, y ahora me había llegado el turno de disfrutar del cuerpo de nuestra empleada.
En primer lugar la tiré al piso, boca arriba, y yo me recosté, vestido como estaba, sobre ella, que con su pollera arremangada hasta la cintura y sin bombacha me rozaba el bulto con su concha, y por encima del corpiño le pellizqué un buen rato los pezones, que ya estaban duros, durísimos. Desde hacía años que yo ponía bien fuerte el aire acondicionado para ver como el frío le endurecía los timbres a la pobre chica, que intentaba ocultarlos poniendose algún chalequito por encima de la blusa. Ahora, lentamente le iba bajando los breteles del corpiño, y descubriendo las aureolas rozadas que lamía con ganas. Le agarraba los pezones y se los estiraba con fuerza, lo suficiente como para causarle dolor, y se los besaba y chupaba desesperadamente, con las ganas de un deseo reprimido mucho tiempo. Me paré y me desvestí por completo, y sacándole la mordaza le expliqué
—Si te resistís, además de cojerte te voy a cagar a trompadas. ¿Vas a hacer todo lo que yo te diga?
Asintió con la cabeza. A pesar de que ya no estaba amordazada el terror le impedía gesticular palabra. Le dí un beso en la boca, un beso largo y profundo, de lengua, y luego me senté en su cara
—Lameme las bolas
Mientras ella me pasaba la lengua por los testículos yo me pajeaba lentamente, y le amasaba las tetas con mi mano libre. De a poco me fuí acomodando, de manera que su lengua fuera llegando hastami culo. No tuve necesidad de darle más ordenes. ella sóla entendió lo que debía hacer. Me pasaba la lengua por el agujero del culo, y a mí la pija se me paraba de una forma descomunal. Dejé de masturbarme, pues sin dudas si lo seguía haciendo hubiera acabado sin demoras, y aún tenía ganas de jugar un poco más con ella. Le saqué los lentes para que no me lastimara, y mientras ella me lamía el culo yo me senté con todo mi peso contra su cara, levantándome un poco cada tanto para que ella pudiera respirar. Después me incliné hacia adelante, quedando en un 69, y le metí la pija en la boca. Hubiera querido chuparle la concha, pero la tenía impregnada del semen de Rodrigo, y eso me daba un poco de asco, por lo que sólo la masturbé. Le separé bien los labios vaginales, y con mis dedos presioné a los costados del clítoris, para que este saliera. Estaba duro, y cuando se lo rocé con mis dedos ensalivados, Julia se estremeció. Ella estaba a punto de acabar, tal vez contra su voluntad, tal vez con ganas, pero el caso es que no podía resistir mucho más tanto juego sexual al que estaba siendo sometida. Me levanté y me puse de nuevo sobre ella, pero esta vez mirándola a la cara, mientras le apoyaba la cabeza de mi miembro en la entrada de la concha
—¿Querés que te la meta?
Julia no respondió. Miró hacia el techo con los ojos perdidos.
—Respondeme o te cago a palos, hija de puta.
—No. No quiero.
—¡Mentira!— y de un sólo golpe se la metí hasta el fondo. Estaba completamente lubricada. Me movía despacio, metiendo y sacandole lentamente la pija de adentro, mientras ella entrecerraba los ojos con expresión de goce. De a poco fue dejandose llevar, hasta que al fin escuché sus gemidos entrecortados. Rodrigo se acercó y le dijo al oido
—Viste que te iba a gustar. Sos una putita divina, te tendríamos que haber cojido así el primer día que entraste a la empresa.— y le acariciaba las tetas mientras yo no dejaba de cojerla cada vez más fuerte, y por lo tanto sacudirla con mis movimientos. Rodrigo se sacó los pantalones y se arrodilló junto a la cara de Julia, apoyandole la pija en la boca para que ella se la lamiera. Entonces ocurrió lo que se venía venir: Julia se empezó a mover freneticamente siguiendo mi ritmo, de manera que nuestras embestidas chocaban y en cada choque yo se la metía más y más adentro. Me rodeó la cintura con sus piernas, y apoyándose en las manos que tenía aún atadas a la espalda, dejaba la cintura en el aire y movía la pelvis para adelante y para atrás. Acabó dando gritos de placer, cerrando sus ojos con fuerza como para evitar vernos.
Yo estaba desesperado por acabar, pero me moría de ganas de llenarle la cara de semen a mi secretaria, que ahora nos sonreía con complicidad. Le saqué la pija de adentro en el último segundo y acercándole mi pene a su cara le acabé en el rostro, cubriéndole la cara con mi leche, que unos pocos segundos más tarde se mezclaría con la de Rodrigo. Era increíble, tenía semen en la boca, chorreando de las comisuras de sus labios, se le pegaban los párpados de tanta leche que tenía en los ojos, sus mejillas estaban cubiertas al igual que su frente, y la leche chorreba llegándole hasta las orejas. Rodrigo y yo nos levantamos, y nos limpiamos las pijas con la ropa  de la pobre chica, que había quedado en el piso, acostada boca arriba, incrédula de que esa cogida eterna hubiera terminado. Se levantó como pudo, pues tenía aún las manos atadas, y yo agarré la bombacha que estaba tirada en el piso y se la pasé por la cara, al principio desparramándole aún más el semen, pero luego limpiándola.
Rodrigo le desató las manos y la hizo vestirse con la misma ropa con que todos nos habíamos limpiado. Era un espectáculo verla cuando se puso la bombacha completamente llena de leche, y cuando estuvo ya vestida, no sólo la ropa estaba manchada, sino que sus medias estaban todas corridas y sus muñecas marcadas por las cuerdas que las mantuvieron atadas.
—Ya podés retirarte— le dijo Rodrigo, y ella se fue sin decirnos ni una palabra.
Nos apuramos a salir rumbo al aeropuerto. El avión salía en veinte minutos y no disponíamos de tiempo que perder.

La secretaria (Capí­tulo 1)

Miércoles, Enero 10th, 2007

Dos empresarios fundidos deben huir de la empresa. Antes de hacerlo, se sacan el gusto de cogerse a su secretaria.
Estabamos fundidos. Lo mejor era llenar las valijas con el dinero que habíamos juntado y huir, antes que los acreedores nos cayeran encima. Hacía meses que nos habíamos dado cuenta de que esa era la única salida, pero hasta ahora no habíamos tomado la decisión. Esa misma noche teníamos pasajes al extranjero, nos iríamos los dos, Rodrigo (mi socio) y yo, para siempre del país. No les habíamos dicho ni una palabra a los empleados. El lunes, cuando vinieran a trabajar, se encontrarían con la sorpresa, pero nosotros ya estaríamos lejos de su alcance. Sólo nos quedaba un gusto por darnos: cogernos a Julia, nuestra secretaria, fuera como fuera, por las buenas o por las malas. Por las buenas no iba a ser pues en los últimos días habíamos estado acosándola sin que ella se diera por aludida. Así que iba a ser por las malas. Años habíamos alimentado esa fantasía y había llegado el momento de llevarla a cabo. Si nos encontraban, daba lo mismo, pues la justicia ya tenía suficientes razones por estafa para dejarnos presos por el resto de nuestras vidas. Eran las seis de la tarde y ya todos los empleados se estaban por marchar. Marqué el interno de Julia y le indiqué que nos avisara cuando ya no quedara ningún empleado trabajando, y que antes de marcharse viniera a nuestro despacho que deseábamos hablar con ella.
Mientras tanto con Rodrigo continuábamos charlando sobre lo que nos gustaría que hacer con Julia, alimentando nuestro morbo más y más. Ya teníamos listas unas cuerdas y un rollo de cinta de embalar para someterla a cumplir nuestros deseos. En eso estábamos cuando un poco después de las seis y media Julia golpeó la puerta de nuestro despacho
—Ya se fueron todos los empleados… ¿querían hablar conmigo?
—Si, Julia. Pasa.
Entró en nuestro despacho y a mi se me paró la pija de solo pensar en lo que íbamos a hacerle. Julia era una linda mujer, de 22 años, 1,70 de altura, pelo castaño, lacio y largo y siempre suelto, y como siempre vestía muy discretamente, una pollera marrón que dejaba ver sus hermosas piernas, cuya belleza resaltaba al estar envueltas por medias de lycra blancas, una blusa de elegante corte, también blanca, y para completar con el atuendo de la secretaria perfecta, unos pequeños lentes de fino marco dorado.
—Servinos unos wiskies y sentate— dijo Rodrigo.
Como estábamos en su escritorio, él estaba sentado en su sillón, y yo frente a él, en una de las sillas. La otra estaba libre, para que Julia se sentara. Nos sirvió nuestros wiskies sin hielo y dejó la bandeja en el escritorio, y se sentó. Yo inicié la charla
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para nosotros, Julia?
—Tres años
—Como pasa el tiempo… parece mentira que hace tres años decidimos tomar aquella pendeja que estaba tan fuerte… ¿Te acordás, Rodrigo?
—Es cierto, siempre decíamos que nos la iba a chupar de maravillas
Julia nos miró desconcertada, no podía creer que estuviéramos hablando así delante de ella.
—Bueno, Julia… —dijo Rodrigo mientras de levantaba del sillón y caminaba hacia ella— es tiempo de que nos muestres esas tetas.
Julia intentó levantarse pero yo alcancé a agarrarla de los hombros mientras lo hacía y la senté de nuevo. Gritó desesperadamente pero Rodrigo le tapó la boca con su mano, y poniéndose detrás de ella le sujetó los brazos, inmovilizándola lo más posible. Mientras tanto yo con la cinta le tapé la boca, para que ya no gritara, y con las cuerdas que teníamos pare eso le até las manos a la espalda. Rodrigo acercó su sillón y los dos nos sentamos a cada lado de Julia, que no paraba de forcejear con sus ataduras ni de intentar de huir, pataleando y gimoteando pero sin poder abrir la boca y sin que la dejáramos levantarse. Los dos la empezamos a toquetear por encima de la ropa, manoseándole las tetas sin quitarle la blusa. Rodrigo puso una mano en una de sus rodillas y de a poco fue avanzando hacia la entrepierna. Cuando llegó ya había levantado gran parte de la pollera, y por debajo de sus medias se veía una bombacha blanca de algodón. Yo por mi parte le desabotoné por completo la blusa, y acariciaba sus pechos sin quitarle el corpiño blanco que tenía puesto, mientras no dejaba de darle besos en la mejilla. Ella, aterrada, nos miraba sin poder hacer nada, pues no tenía forma de defenderse de nuestro ataque. Rodrigo la hizo levantarse y la inclinó boca abajo sobre el escritorio, de manera de poder disfrutar de su culo. Le separó tanto como pudo las piernas, pues aún tenía puesta la pollera, y me indicó se que la sujetara mientras él se disponía a castigarla por ciertos errores que había cometido laboralmente en estos años. Sacó una regla de madera de uno de los cajones, una de esas largas de cuarenta centímetros, y con ella le aplicó un fuerte golpe en las nalgas. La pobre se inclinó mas sobre el escritorio, al cual yo la apoyaba con fuerza con uno de mis brazos, mientras con mi mano libre le acariciaba dulcemente los cabellos.
—¿Te dolió? Bueno, voy a darte otro y ya estaremos a mano, y olvidaré los errores que has cometido hasta ahora.
¡PAF! Julia lloraba… no sé si por el golpe o por la situación que estaba viviendo.
—Bueno, tranquila —le decía Rodrigo— no fue para tanto. Ahora te voy a subir la pollera y te voy a dar uno bien fuerte en las nalgas, y ya está, con eso habrá pasado todo.
Le subió la pollera hasta la cintura. Por debajo de las medias se veían las marcas rojas hechas por los dos golpes anteriores.
¡PAF!
—¡Mmmmmmhhh!— Julia intentó gritar pero la cinta que la amordazaba se lo impedía.
Rodrigo se le acercó por detrás, apoyándole el bulto en el culo, y se inclinó sobre ella para susurrarle dulcemente al oído
—Ese no ha valido. Debes soportarlo como una señorita. Te lo daré de nuevo, si no intentas gritar ni moverte ya no te lo haré más. ¿De acuerdo?
Julia, llorando, lo miró unos segundos, y luego asintió con la cabeza.
¡PAF! La pobre se inclinó hacia adelante por la fuerza del golpe recibido. Esta vez no se quejó.
—Bien— dijo Rodrigo, mientras le acariciaba la cola —pero te haz movido un poco. Ahora te daré un último golpe y ya habrá pasado todo.
Julia se giró tanto como pudo, y mirando a mi socio con sus ojos llenos de lágrimas, negaba con la cabeza.
—¿Cómo? ¿No te dije que debías aguantártelo sin moverte ni quejarte? ¿Y todavía te resistes? Dos golpes más, entonces.
Abatida, sin encontrarle salida a la situación, ella asintió.
¡PAF! Julia ni se movió.
—¡Bien! Ahora nos estamos entendiendo. El último te lo daré  sobre la bombacha. Portate bien y habremos terminado.
Le bajó las medias hasta los tobillos. Sus muslos quedaron desnudos, y las marcas de la regla se notaban mucho más fuertes.
¡PAF!
—¡Bien!— Rodrigo le acariciaba las nalgas. —Ese te dolió, ¿no es cierto? Si te hubieras portado bien desde el principio, ya habríamos terminado. Ahora te bajaré la bombacha y te daré un golpe en la cola desnuda, y ya está.
Julia volvió a resistirse. Se sacudía mientras Rodrigo le  bajaba la bombacha hasta las rodillas, y ni hablar de cuando le pegaba con la regla.
¡PAF! ¡PAF! ¡PAF! ¡PAF! ¡PAF!
Unos minutos más tarde, Rodrigo estaba satisfecho. Se acercó y le acarició la cola. Se metió un dedo en la boca y lo llenó de saliva, y después lentamente se lo metió en el culo a Julia. Ella contenía el aliento y abría los ojos tanto que parecía sorprendida por el dolor que estaría sintiendo. Con la otra mano Rodrigo se bajó la bragueta y sacó la pija, y se empezó a masturbar. Sin bajarse los pantalones, y rompiendo antes la bombacha y las medias de Julia, le separó las piernas tanto como pudo. Mientras con una mano le separaba los labios vaginales a nuestra secretaria, con la otra guiaba su pene que se introducía en esa conchita húmeda cubierta de un corto vello castaño. Yo se la sostenía, pues la pobre aún se resistía. Mientras Rodrigo se movía, con sus manos le pellizcaba y cacheteaba las nalgas, que por los golpes estaban completamente coloradas. A los pocos minutos acabó adentro de Julia, y mientras ella no paraba de llorar, yo me disponía a hacer mi parte.