Archivo de la categoría: Lucha erotica

Paula y el Taekwondo

Hacía un año que vivía con Paula. Trabajábamos en una oficina, cerca de casa. Ella mediría 1.68, pesaría unos 63 kg, blanquita, pelo castaño, linda boca, lindas curvas. En ese momento ella tendría unos 25 años, yo un par menos. Ella tenía mucho carácter. Se había anotado en un gym cerca de casa y la verdad es que al poco tiempo se le notaba bastante. Se le estaba poniendo bien definido el cuerpo, sin inflarse se iba marcando. Un lujo. Hacía un par de meses que estaba tomando clases de taekwondo, respecto a lo cual yo solía burlarme. Que mal que hacía. Ése sábado ella se despertó temprano y partió hacia su clase de tkd, vestida con un joggin ajustado celestito que le quedaba muy hot, y una remera blanca bien ceñida, que marcaba su pecho turgente. Me dijo que a media mañana volvería con un compañero para practicar unas patadas. No le dí mucha importancia, cuando se fué dejé puesta una porno en el DVD… y me quedé dormido. Gran error. Para cuando ella volvió con Tomás, su compañero, yo estaba tirado en la cama, en remera y boxers pero al palo, y la porno continuaba. Pelotudo! me dijo, despertandome. Te parece manera de hacerme pasar verguenza! Ahora vas a ver lo que aprendo en las clases. Y recibí aún medio dormido mi primer patada en los huevos. El otro chabón miraba medio embobado, sin saber que hacer, pero con cierto placer. Paula se despacho con una lluvia de golpes en el estómago, en la cara, muchos rodillazos en los huevos, patadas al estilo 540. Me daba golpes secos que me iban atontando. Piñas cortitas a la cara, también a los huevos. De momentos me hacía alguna llave y me humillaba pasandome las tetas por la cara, para encenderme, que se me parara.. y luego patadas y piñas a los testículos. En un momento me ató con el cinturón a la cama, y le pidió a Tomás que se acercara. Comenzaron a besarse delante mío, yo estaba medio desmayado pero entendiendo lo que venía pasando. Luego el la apoyaba, se fueron sacando de a poco la ropa.. hasta que ella le empezó a chupar su pija, y mientras yo estaba noqueado… ellos cojieron encima mío. Pero yo también llegué a acabar, a eyacular, tal era mi sadismo y mi calentura.

Si sos de Buenos Aires y querés dominarme con artes marciales (aunque sólo seas cinta amarilla), contactame a young19821@gmail.com

Ana. Parte 1. Perras callejeras.

Ana. Parte 1. Perras callejeras.

Por: Anónimo.

Advertencia: este relato narra situaciones de extrema violencia que pueden herir su sensibilidad. Si cree que eso puede ser así por favor no lo lea.

Todos los personajes y lugares que aparecen aquí son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia

 

Ana

Había peleado más veces, pensó Ana mientras conducía su coche en dirección a León. Su pensamiento se dirigió hacia la pelea que había tenido lugar hace más o menos un año en Mieres con una tal Olga. Había acudido allí para darle a esa zorra una paliza por encargo y había sido ella quien había acabado apaleada. Un poco más y ahora se estaría pudriendo en un cochino hoyo lleno de gusanos. Había estado además a punto de quedar mutilada para toda la vida y de que manera.

Hace un año….

Ana conducía su moto por la autopista a la altura de León. Su destino se encontraba aun a unos setenta kilómetros pero a la velocidad que iba no tardaría en llegar más que unos veinte minutos. La temperatura era muy baja , del orden de menos dos grados y a esa velocidad la sensación térmica era aun mayor pero la chica iba bien provista con unas ajustadas botas por encima de la rodilla y un ceñidísimo leotardo negro con tirantes que protegía sus piernas del viento.

El destino final de Ana era un taller de metalurgia ubicado en uno de los polígonos industriales de Mieres. Allí debía cumplir un encargo por el cual ya le habían pagado tres mil euros. Era muy raro ver a una mujer dedicarse a dar palizas por encargo pero Ana se dedicaba a ello hacía más de diez años y se consideraba una buena profesional. Aceleró un poco más para acortar el tiempo pues tenía prisa por volver a casa……aquello no le llevaría más de dos minutos.

Olga se encontraba apoyada sobre una de las bancadas de trabajo de su taller. Era un edificio de unos mil metros cuadrados lleno de maquinaria y completamente aislado. El negocio se había ido a la mierda y había acumulado un montón de deudas algunas de ellas impagables. Mañana mismo se iría del país para evitarse problemas. El frío en el interior de la nave era tremendo pues desde hacía días no funcionaba la calefacción y el vaho acompañaba cada una de las exhalaciones de la chica mientras andaba por el edificio. Las pesadas botas de Olga hasta la rodilla hacían un ruido característico y el leotardo negro marcaba unas fuertes y poderosas piernas fruto de muchos años de trabajo. Llevaba puesto únicamente un ceñido jersey marrón grueso y corto bastante sucio tras haber estado revolviendo en la montaña de archivos.

Ana entró con la moto en la calle 3 del polígono industrial sur. La mayor parte de las naves estaban abandonadas y en evidente estado de ruina. Le habían dicho que no había ninguna posibilidad de que la tal Olga estuviese allí pero que había que comprobarlo y en caso de estar ella ya sabía lo que tenía que hacer. Había dejado una deuda de trescientos mil euros a una empresa de suministros de Madrid y  aunque la deuda era incobrable querían asegurarse de que por lo menos se llevara un buen recuerdo. Aparcó la moto en un lugar discreto y se dirigió andando por la acera. Tres naves más allá y habría llegado.

 

Todo el suelo de la nave estaba lleno de restos de todo tipo y de herramienta….Olga se agachó para recoger unas tijeras cuando escuchó un ruido que provenía de una de las puertas traseras que no estaban cerradas con llave. El negocio se había terminado pero aquello era suyo y no le gustaba que nadie anduviese merodeando por allí. Los fuertes taconazos de sus botas se sumaron a otros que se oían en la sala contigua. De inmediato supo por el ruido que se trataba de otra mujer.

Ana entró en la nave y tras atravesar un paso de vehículos vio a una chica de unos treinta y cinco años morena y con un ligero exceso de peso.

Eres Olga…..preguntó Ana. La chica se acercó a ella mientras la observaba. Si…respondió. Soy yo….¿y tu quien coño eres? Le preguntó mientras miraba el pelo de Ana teñido de rojo .Esta se quitó la cazadora de cuero dejando a la vista un jersey negro y una cortísima falda sobre sus medias mientras contestaba. Trescientos mil…..Trescientos mil pavos debes y como no los vas a pagar te vamos a dar una lección para que aprendas lo que es bueno. Ante la atónita mirada de Olga Ana sacó de su chupa tirada en el suelo una cadena de un metro y medio de larga y con ella apoyada en el hombro se acercó a la morena.

El polígono industrial estaba completamente vacío de modo que nadie escuchó el alarido de dolor de Ana……….la cadena había caído al suelo y Ana de rodillas intentando sofocar con su mano derecha el dolor y la inflamación en los genitales. La brutal patada de Olga en el coño de Ana había levantado a ésta diez centímetros del suelo y había reventado la braga del leotardo. Los alaridos de dolor eran atroces y su coño expuesto quedó completamente negro a causa del derrame interno.

Olga asestó entonces una salvaje patada en la cara de Ana aún de rodillas que la hizo caer hacia atrás entre una nube de polvo. Ana aún bajo el shock no podía creer aquello cuando recibió una nueva patada en el hígado que le provocó una salvaje arcada y una vomitona entre las risas de Olga. Ana tirada en el suelo vio las pesadas botas y las piernas de la morena envueltas en medias avanzar hacia ella con decisión. Olga pisó la cabeza de Ana y a continuación la agarró del  pelo y de un tirón bestial y hacia atrás la levantó

poniéndola nuevamente de rodillas. Los dos puñetazos atizados por la morena fueron de una violencia tal que dos dientes de Ana salieron despedidos a tres metros entre una hemorragia brutal en la boca. Olga se encontraba con las piernas abiertas y Ana sacando fuerzas de flaqueza asestó un furioso puñetazo en el coño de la morena que fue recompensado por un alarido de dolor espantoso. Olga caminaba agachada entre gritos y con su mano agarrándose la vulva dolorida mientras Ana se levantaba del suelo y cogía la cadena. Sin embargo aun estaba debilitada por el salvaje ataque inicial de Olga y no pudo aprovechar la ocasión debidamente…. . Olga aun estaba agachada cuando Ana atizó un fuerte golpe con la cadena en la espalda de la morena pero esta la agarró de ambas piernas y la tiró de nuevo al suelo dejándola sentada. En esta posición Ana recibió otra feroz patada en la cara que la dejó esta vez tendida panza arriba….la chica sangraba por la nariz y por la boca profusamente pero la pelea o mejor dicho la paliza continuaba y Olga sin perder tiempo se lanzó sobre Ana. Olga cabalgaba sobre la chica que se debatía entre un ataque de histeria y pateaba como una loca. Los puñetazos comenzaron a llover sobre la cara de Ana… uno y otro y otro….cada golpe era recompensado por nuevos gritos histéricos pero desde allí nadie la oía. Olga se levantó sobre Ana y amarrándola del pelo la dejó de nuevo en posición sentada. El aspecto del rostro de la chica era atroz. Olga reía como una loca mientras agarró a Ana de un brazo y la lanzó de un modo salvaje contra uno de los pilares metálicos del edificio. El trallazo fue espantoso y Ana quedó con la cara y el cuerpo pegados a la viga y con una pierna por cada lado de la misma. Estaba en estado de shock por lo que no pudo advertir que de nuevo su enemiga se acercaba por detrás para machacarla viva. Olga de un violento tirón arrancó el jersey de Ana dejando e ésta solo con el leotardo y tras esto la agarró del pelo arrastrándola panza arriba unos veinte metros por el cochino suelo de la nave entre espantosos gritos. La morena supo que la Olga la iba a matar si podía de modo que haciendo un esfuerzo se levantó y se encaró con ella.

Pelea entre Ana y Olga

Olga avanzaba hacia Ana y esta al verlo le atizó una violenta patada al coño pero la punta de la bota quedó a cinco centímetros de la braga del leotardo de la morena. Esta con un rápido movimiento le sacó la bota y la tiró. Ana asestó entonces otra patada a la vulva de su enemiga con la otra pierna aun calzada pero Olga la detuvo con las dos manos y tras sacarle también la bota le atizó un salvaje golpe con ella en toda la cara que de nuevo la dejó sentada y con las piernas abiertas. Olga vio el coño de su enemiga a través de agujero en los leotardos con un piercing que colgaba escandalosamente del inflamado clítoris….En la soledad del abandonado polígono nadie oía los alaridos de Ana. Olga agarró el piercing y tiró de el hasta subírselo a la altura del ombligo……Ana, presa de un ataque de pánico y sobreponiéndose al dolor logró coger la mano de la morena. Olga reía y tiraba del apéndice y Ana intentaba entre atroces alaridos evitar la amputación mientras se movía frenéticamente sobre su culo con las piernas abiertas.

 

Finalmente Olga soltó la presa y atizó una nueva patada en la cara de Ana que la dejó panza arriba entre gemidos de dolor. Pero aún quedaba una cosa más. Llena de rabia. Olga agarró a Ana del pelo y la puso de rodillas mientras cogía las tijeras del bolsillo……

Sólo un minuto después y aún en el suelo se dio cuenta de que le habían pelado la cabeza. Olga junto a ella reía. A continuación abandonó el edificio…..tenía que coger un avión en dos horas.

 

Ana intentó olvidar aquella pesadilla. Esta vez la pelea no era por una afrenta o por un ajuste de cuentas sino por dinero. 100.000 euros para la que quedara en pié y otros 30.000 si la pelea duraba más de 15 minutos. El asunto era arriesgado pero merecía la pena y además en ese momento ella no tenía nada que perder.

Hace una semana, una chica oriental-concretamente de China-la propuso el trato y ella lo había tomado con mucha desconfianza más aún cuando la china le dijo quién sería su adversaria en la pelea. Eso parecía más bien una encerrona pero tras pensarlo media hora descolgó el teléfono y llamó para confirmar la cita.

León.

Nave 6.

Sótano 2

10.45 PM.

Cris subía y bajaba, subía y bajaba entre atroces alaridos provocando la risa de las dos guardianas que custodiaban la puerta de acceso. No era cosa de que a la chica le diera por arrepentirse. En aquel edificio se salía tras haber ganado la pelea o muerta.

Sin embargo no era el caso de Cris y los gritos que se escuchaban tras la puerta del almacén lo atestiguaban .Dentro de la vagina de la chica, un pene de 18cm luchaba por tocar el útero. Las piernas de Cris embutidas en unas medias gruesas y unas botas de espanto se flexionaban una y otra vez marcando su feroz musculatura. David se encontraba bajo ella con la polla completamente loca. Cris seguía jadeando a un ritmo acompasado con su movimiento ascendente y descendente mientras David pensando en lo que se avecinaba y que el presenciaría logró su segunda eyaculación dentro del coño de la rubia.

La chica se levantó del mugriento y asqueroso colchón sobre sus botazas, se ajustó las medias sobre la cintura y se colocó un suspensorio de cuero en los genitales. Mientras David aún estaba en estado casi de shock, Cris se colocó un ceñido vestido negro y tras ajustarse las botas con dos fuertes taconazos abrió la puerta y ante la mirada de las dos guardianas comenzó a descender las escaleras hacia las profundidades del sótano 3.

Su profesión le había llevado a conocer a Leí Ming, una china cuya actividad era organizar peleas clandestinas de mujeres. Esa relación duraba ya más de dos años y era ya la segunda vez que bajaba a pelear al sótano 3…..

Mientras tanto Ana estaba entrando en los suburbios de León y sólo eran las 10.30 de modo que tendría tiempo de sobra para visitar y recoger a Rubén….sería uno de los privilegiados que asistirían a la pelea.

Tras aparcar el coche se dirigió andando a través de una de las viejas calles del Barrio Húmedo hasta localizar el Número 25. Ana caminaba sobre la acera y sus botas hacían un ruido característico. Los leotardos marcaban sus fuertes piernas y las protegían de los -18º……aún faltaban tres horas para la pelea.

La china le había ofrecido esta segunda pelea tras el horrible resultado de la primera. Cris no tenía más remedio que aceptar pero lo hizo de buen gusto al saber quien era su contrincante. Una zorra analfabeta a la cual le sacaba una cabeza y media no sería ningún problema….

 

Barrio Húmedo.

León.

11.30 PM.  

Rubén eyaculaba dentro del coño de Ana. Era su segunda corrida entre las piernas de la morena cuyas medias parecían a punto de reventar. Sin embargo aún podría eyacular otra vez posiblemente y posiblemente otra. Lo que iba a ocurrir en menos de dos horas volvía loco a su cerebro y a su polla. Cuando Ana entró en el apartamento y le confirmó la noticia casi no podía creerlo….una pelea con Cris sería una experiencia terrible para Ana, pero Rubén la conocía bien y sabía que tenía muchas posibilidades contra esa puta yegua

Bajo la sorpresa de Ana, el chico sacó su polla de entre sus piernas diciendo que prefería reservarse para dentro de un rato. Ana sonrió….conociéndole se correría seis o siete veces durante la pelea.

 

Nave 6.

Sótano 3

11.50 PM.

Leí Ming sabía escoger peleadoras.  Llevaba más de diez años haciéndolo y esa experiencia garantizaba que la pelea de hoy sería excepcional y sangrienta. Ana había tardado media hora más que Cris en aceptar el reto pero los 30.000 euros adicionales si la pelea duraba más de 15 minutos la acabaron de convencer. Ana había sido escogida por su sadismo y amoralidad  y era una chica físicamente fuerte y en buena forma a pesar de su forma de vida.

Cris sin embargo había aceptado en el acto-no tenía más remedio que hacerlo-pero no le había extrañado nada. Sus dos metros y 89kg garantizaban una media hora de tortura para la morena y la derrota. La rubia no dudaba de que la pelea sería terrible para Ana y que ésta no tenía ninguna posibilidad. Por eso las apuestas entre los asistentes estaban como estaban…

 

Leí Ming había conocido a Cris hace años y ésta rápidamente comenzó a trabajar con ella escogiendo chicas para organizar peleas. Había bajado una sola vez a pelear con otra mujer y a pesar de su tamaño y fuerza había perdido. Había faltado muy poco para que ahora mismo estuviera muerta.

. Cris avanzaba junto a una de las guardianas por el pasillo de servicio del sótano dos de la antigua fábrica de productos químicos de León. Sus botas hasta la rodilla elevaban aún más su estatura y las medias junto con el ajustado vestido contrastaban con su cabellera rubia y marcaban un cuerpo trabajado por años de ejercicio.

Mientras avanzaban por el pestilente pasillo hacia el vestuario donde esperaba la doctora para administrarla una dosis de anfetaminas oía lejanamente unos gritos debajo de ella. Cinco niveles más abajo dos chicas rusas enfundadas en trajes de neopreno peleaban en un tanque de agua.

 

Calle 23

Polígono de torneros (León)

El coche avanzaba por la calle 23. Ana conducía y Rubén la acompañaba.

Tres vías de ferrocarril recorrían la calle y había numerosos desvíos hacia antiguas zonas de almacenamiento ahora en ruinas. La nave 6 era un edificio de unos seis mil m2 con diez sótanos y dos accesos ferroviarios que antiguamente era una fábrica de lejía.

Ana detuvo el coche, cogió su bolso y junto a Rubén se dirigió hacia el monstruoso edificio…eran las 12.10.

 

Nave 6

La chica llamó a la puerta y una mujer oriental vestida con unos vaqueros y unas botas la recibió y la condujo a través del laberíntico edificio hacia el sótano tres a dieciocho metros de profundidad. La pelea se llevaría a cabo dentro de uno de los viejos tanques de lejía convenientemente habilitado.

Ana y Rubén entraron en los vestuarios del sótano 3 que consistían en una sala de unos veinte metros de longitud llena de lavabos y retretes destrozados. A uno de los lados había una taquilla completamente nueva que desentonaba con el resto y en el techo cinco fluorescentes parpadeaban frenéticamente entre zumbidos dando a la estancia una atmosfera muy irreal.

-La pelea comenzará en media hora… tienes la ropa en la taquilla- informó la chica oriental a Ana.

 

Vestuario 6

Cris se encontraba en el vestuario 6 cuando fue informada por David de la llegada de su adversaria.

La rubia abrió la taquilla y sacó la ropa para la pelea y tras desvestirse comenzó a calzarse no sin dificultad unas mallas de leotardo desde los pies hasta el cuello. No era fácil encontrar esas mallas para una chica de su tamaño pero eran muy elásticas, ajustaban al máximo y además ya se irían dilatando durante la pelea. Los gritos aún se escuchaban en el piso inferior. La pelea de las rusas duraba ya más de media hora……sonrió mientras

se calzaba unas ajustadas botas hasta la rodilla, un cinturón, un correaje para sujetar los pechos y unos guantes. La malla también cubría los brazos de la chica de modo que el aspecto de Cris era espectacular. No quería correr riesgos de modo que se ajustó en la cabeza un casco metálico ceñidísimo que dejaba al descubierto una coleta rubia por la parte posterior.

 

Sótano 3 vestuarios

Mallas de leotardo, botas, guantes y correas….muy adecuado para la pelea, pensó Ana .mientras se ajustaba las botas con un par de fuertes taconazos. Las botas eran bastante viejas y estaban usadas pero tenían un puntazo de acero de espanto. La chica sonrió al verlo. Esas botas podían causar una auténtica carnicería en el vientre y en el coño de Cris…

No obstante el piercing genital podría causarle a ella muchos problemas si Cris conseguía agarrar o patear su entrepierna. De todos modos no se preocupó por ello pues ya había peleado con el y lo había logrado conservar.

Escuchó unos gritos que provenían de una de las esquinas del vestuario….ya vestida se aproximó a una rejilla de unos dos por dos metros. Se colocó sobre la rejilla en cuclillas mientras veía a unos diez metros de profundidad a dos chicas vestidas con una sudadera gris, botas y un panty negro. Ana miraba sonriendo la terrible pelea entre las dos chicas…..Se trataba de una morena bastante grande y de otra chica menuda con el pelo castaño. La pequeña le estaba dando lo suyo a la morena que parecía a punto de volverse loca.

Silvia tenía bien agarrada a Susana y no pensaba soltar las tenazas de entre los muslos de esa zorra. De repente vio a una chica sobre la rejilla del techo viendo el espectáculo.

Ambas mujeres intercambiaban una mirada cuando la puerta del vestuario se abrió.

 

12.50.

10 minutos para la pelea.

La chica que la había acompañado al vestuario entró de nuevo en el mismo, pero Ana vio que iba vestida igual que ella y que además llevaba un fusil AK-47 de asalto.

La chica acompañó a Ana y a Rubén por un pasillo de unos cien metros mal iluminado y con un hedor insoportable. Al acabar éste descendieron por una trampilla que desembocaba a una sala donde confluían dos tuberías de ciento ochenta cm. Llenas de calcita. En el suelo había una trampilla con una escalera y tras descender se encontraron en una estancia de unos 3×3 metros construida íntegramente de hierro. En ese momento entró otra chica vestida también como ellas pero con un maletín médico y un estetoscopio. Le ordenó a Ana que se quitara el guante.

¿Qué coño es esto? Preguntó Ana. Anfetaminas y estimulantes…. Queremos que bailéis bien allí abajo, dijo la chica mientras inyectaba una dosis considerable entre los dedos de la morena.

Mientras a unos cincuenta metros de allí Cris recibía una segunda dosis de anfetaminas la doctora hizo entrar a Ana a través de una trampilla hacia el foso de lejía.

Cris, acompañada por una de las guardianas avanzaba hacia el foso por el pasillo de servicio 4. La rubia caminaba por el pasillo con sus pesadas botas y con las mallas marcando sus poderosas piernas. Los gritos del nivel inferior ya habían cesado. Por lo visto la pelea había terminado.

Ana ya se encontraba en el foso cuando la trampilla del lado opuesto se abrió y pudo ver a Cris descender los quince peldaños hasta el suelo del foso entre aullidos y silbidos.

En la parte superior del tanque seis chicas y dos chicos presenciaban el espectáculo. Habían pagado más de 100.000 euros por estar allí.

El tamaño de Cris era descomunal y Ana no pudo evitar reírse al ver las botazas y las mallas de la rubia a punto de reventar. Dos videocámaras estaban enfocando hacia abajo para grabar todo el combate y otras tres guardianas vestidas igual que las duelistas armadas con fusiles de asalto se colocaron en un nivel aún superior al de los espectadores.

Cris acabó de bajar y se enfrentó a Ana…. Los silbidos y alaridos subieron inmediatamente de tono por parte de los espectadores. Acometía la pelea con mucha confianza y estaba segura de ganar. El 1.74 de Ana le provocó una sonrisa divertida.

Ana observó de nuevo con sus ojos rasgados las botas y las medias de Cris que dejaban entrever una fuerte musculatura hecha a base de mucho ejercicio y esteroides. La mirada de Ana se clavó en la entrepierna de la rubia. Esta al darse cuenta se quitó el suspensorio y tras arrojarlo al suelo se ajustó las medias a la cintura con un tirón. Tras éstas se transparentaba levemente una vulva con dos gruesos labios totalmente depilada y un clítoris de unos cuatro cm.

Acciones preliminares.

Ley Ming apareció en la parte superior del tanque vestida con un conjunto de falda corto, un panty negro y unas botas hasta la rodilla para dirigirse a las duelistas. Ming cogió el micro.

Pero los asistentes no perdían detalle del interior del foso pues las dos chicas habían iniciado las escaramuzas previas a la pelea.

Ana también se había quitado el suspensorio y se lo había arrojado a la cara a Cris mientras miraba la entrepierna de ésta.

Cris comenzó a estimularse el clítoris con su mano derecha delante de Ana. La malla era tan ceñida que tanto la vulva como el enorme apéndice eran claramente visibles a través de ella. En diez segundos y ante la mirada atónita de Ana el clítoris alcanzó un tamaño dos veces mayor y Cris oprimiéndoselo con los dedos por ambos lados lo mostró a la morena con un gesto asqueroso y obsceno riéndose sádicamente.

Las chicas que presenciaban el espectáculo rompieron en gritos histéricos al ver el gesto de la rubia.

Mientras Cris mantenía pinzado el clítoris entre los dedos a través de la malla incitando a Ana, ésta presa de una indignación inaguantable dio un paso para atacar a su enorme enemiga pero ésta se retiró rápidamente con una sonrisa en la boca.

Los gritos de las asistentes eran atroces….¡ATACA ANA ATACA¡¡¡¡….¡¡USA LAS BOTAS¡¡¡….ARRANCASELO…¡¡¡ARRANCASELO HIJA DE PUTA¡¡¡¡      Cris pinzó otra vez el clítoris en un nuevo gesto obsceno…..Pero ésta vez Ana lanzó una brutal patada al coño de la rubia que ésta pudo esquivar por muy poco entre los aullidos de las asistentes.

El fallido ataque al coño de Cris había desatado entre las espectadoras una locura feroz. Ambas mujeres comenzaron a girar en el foso. Ana pateó el suelo dos veces para ajustarse las botas y se enderezó las medias mientras intercambiaba con su enemiga unos insultos salvajes. Las anfetaminas estaban haciendo efecto en las chicas y eso se notaba.

Ming por fin pudo hacer su alocución……Quiero una buena pelea. Para eso se os paga….dicho esto las guardianas montaron sus AK-47 perfectamente engrasados. Entre una barahúnda de silbidos y aullidos Ana y Cris cogieron las armas.

Una maza de un metro de punta de acero, una bola de hierro con metro y medio de cadena y dos aerosoles de ácido corrosivo. Los guantes de las chicas dejaban los dedos al descubierto pero sólo Ana tenía las uñas preparadas para la pelea. Las mallas eran tan ceñidas que tanto los pechos como las vulvas de ambas paleadoras se transparentaban a través de ellas pero ello no amedrentaba a las chicas sino todo lo contrario.

 

La pelea.

Ming se puso en pié……comenzad.

Las luces cambiaron de blanco a rojo dando a la estancia una atmosfera de irrealidad total y marcando las caras de ferocidad de las chicas. En ese momento esgrimieron las mazas con ambas manos manteniendo la cadena con la bola colgada al cinto. Cris con una sonrisa

sádica en la boca y Ana con una mirada felina tras la que se ocultaba algo siniestro. Las chicas de la parte superior jaleaban excitadas por la escaramuza previa.

De repente Cris con un salvaje alarido lanzó un golpe de mazo contra el cráneo de Ana pero ésta lo esquivó con facilidad y girando sobre sí misma asestó un mazazo bestial y desde abajo en la mandíbula de la rubia que sonó como un trallazo espantoso y levantó una exclamación de las asistentes. Cris soltó la maza y se llevó las manos a la cara momento que fue aprovechado por Ana para sacudir otro mazazo bestial en el coño de Cris…..ésta cayó de rodillas con la cara ensangrentada y el mazo de la morena aun castigando su coño. Los alaridos de dolor eran atroces. Ana con su rostro felino pegado al de Cris soltó la maza de entre los muslos de su enemiga y girándose de nuevo sobre sí misma atizó un nuevo y despiadado golpe en el cráneo de la rubia, justo en el casco metálico y que hizo un ruido como al golpear una cacerola.

Ana arrojó la maza y rápidamente descolgó la cadena con la bola. Las asistentes estaban ya fuera de sí y Cris aun de rodillas intentando sobreponerse al dolor pero Ana ya bailaba alrededor de ella volteando la bola sobre su cabeza. La pelea comenzaba ahora y habida cuenta de lo sucedido en el foso había pelea. Ana asestó un salvaje golpe con la bola de nuevo en la cabeza de Cris, luego otro y otro abollando el casco de acero. Cris caminaba a gatas cuando dos nuevos golpes cayeron esta vez sobre sus riñones. Los gritos de sufrimiento y rabia de la rubia eran atroces. Ana le pateó la boca poniendo fin a estos momentáneamente. Cris escupía los dientes tras la cruel patada y desde el suelo vio las piernas da Ana con sus botas y sus medias avanzar hacia ella. Un nuevo mazazo en el cráneo y nuevos alaridos de dolor volvieron a exacerbar a las asistentes.

Ana se separó unos metros de su enemiga y ésta entre salvajes insultos logró levantarse y descolgar su bola del cinturón. Cris comenzó a voltearla sobre su cabeza para atacar pero Ana con unos reflejos felinos clavó una brutal patada en el coño de la rubia….una patada tan bestial que provocó en Cris una violenta arcada y a continuación una vomitona brutal…..la chica cayó de rodillas y luego de costado…el suelo del tanque ya estaba lleno de sangre y fluidos de Cris pero no había tregua.

Ana arrojó la bola y se lanzó sobre Cris logrando no sin dificultades colocarse sobre ella pues la rubia ya sufría  un ataque de histeria y rabia debatiéndose en el suelo entre espasmos de dolor.

Los gritos provenientes de la parte superior del tanque se elevaron cuando Ana acomodó su cuerpo sobre el de Cris. Su posición era sólida y la morena comenzó a sacudir animada por los gritos una serie de furiosos puñetazos en el machacado rostro de la rubia. Esta bajo ella intentó en vano protegerse la cara con ambas manos pero Ana aprovechó el movimiento para atizar seis feroces puñetazos en el pecho izquierdo de Cris que provocaron en el una inflamación atroz.

Por su posición, Ming podía ver a Ana de espaldas montada sobre la rubia. Cada puñetazo de la morena era correspondido con frenéticos movimientos de las piernas de Cris embutidas en mallas y botas pero el ataque seguía….y la inflamación en el pecho era tal que reventó la malla

del leotardo y salió hacia fuera….Obedeciendo a un instinto feroz, Ana asestó un salvaje mordisco en el pezón, arrancándoselo y a continuación escupiéndoselo en la cara….la bestialidad de la pelea entre estas dos mujeres no tenía limites. Por fin Ana se levantó rápidamente y cogiendo la coleta de Cris la levantó dejándola en posición sentada…..el aspecto de la rubia era atroz. El rostro estaba destrozado, tenía una hemorragia brutal en la nariz y ambos ojos amoratados e inyectados en sangre y rabia. Parte de la dentadura yacía por el suelo junto a su pezón masticado. Los dos ataques al coño habían sido de un salvajismo tal que habían reventado la malla del leotardo……la vulva y el enorme clítoris aún erecto tras la estimulación previa a la pelea se exhibían con toda su crueldad y con un aspecto atroz.

Nuevamente Cris cayó hacia atrás y entre salvajes alaridos comenzó a sufrir un nuevo ataque de histeria y nervios. Ana se lanzó de nuevo sobre ella….el increíble desarrollo de la pelea había provocado en las asistentes un morbo feroz. Las chicas estaban histéricas y animaban a Ana en su cruel ataque pero de nuevo la atención se centró en lo que ocurría dentro del tanque.

Enardecida por los gritos de las asistentes que antes de la pelea animaban a Cris, Ana montada a horcajadas sobre la enorme chica comenzó de nuevo su ataque. Los puñetazos caían sobre el rostro de Cris pero de repente Ana atacó con su dentadura hasta ahora intacta la cara de la rubia….los resultados fueron terroríficos. El primer mordisco seccionó el labio inferior con una violencia tal que uno de los trozos salió disparado y con el segundo la morena consiguió dejar entre sus dientes un trozo de la oreja derecha de la rubia. En medio de la hemorragia Cris pateaba como una loca con sus inflamadas piernas.

Ana escupió la oreja en la cara de Cris pero el ataque continuaba. La mano derecha de la morena ya descendía como un reptil hacia el coño de la rubia. A pesar del mazazo y la patada el clítoris de

Cris aún estaba erecto y colgaba escandalosamente sobre el chocho. Diestramente Ana mordió la nariz de la rubia mientras pinzó el clítoris con la mano, lo enrolló en el dedo y de un salvaje tirón lo amputó……los alaridos de Cris eran inhumanos y la acción fue acompañada desde las butacas superiores con exclamaciones y aullidos de lobo. Sin perder tiempo se levantó y se alejó de la rubia. Con el apéndice aún en la mano comenzó a dar vueltas riéndose alrededor de Cris que se debatía y pateaba en el suelo. Al ver a Ana bailando a su alrededor con su clítoris en la mano soltó un cruel grito de rabia que fue correspondido con risas desde la parte superior. Ante los ojos horrorizados de la rubia Ana arrojó el apéndice al suelo y lo aplastó de un pisotón…Cris cayó de nuevo hacia atrás entre gritos de horror

Creyendo ya en una victoria segura, Ana se acercó desde delante a la enorme chica para rematarla con el mazo pero de repente y desde el suelo Cris lanzó una feroz patada al coño de Ana. Una patada tan salvaje y ajustada que levantó a Ana diez centímetros del suelo y aunque pudo mantenerse en pié el dolor le provocó una arcada seguida de un violento vómito. Ana caminaba con la mano en el coño y agachada entre alaridos de dolor y por eso no pudo ver a Cris que se había levantado. La rubia golpeó la parte posterior de las rodillas de Ana y esta cayó al suelo de bruces .Sin esperar nada Cris tiró hacia atrás del pelo de la morena y le golpeó el rostro dos veces contra el suelo destrozándole la nariz y provocándole una fuerte hemorragia. Seguidamente y de un modo brutal tiró de ella hacia  atrás poniéndola en cuclillas. Las asistentes estaban fuera de sí y proferían gritos atroces…..

……la patada en el coño había también reventado la malla del leotardo de Ana…..rápidamente Cris metió la mano entre las piernas de la morena por la parte de atrás y le agarró con una fuerza brutal el clítoris con el piercing….Ana se encontraba en cuclillas con Cris agarrando su piercing entre atroces gritos de dolor. Los gritos de las asistentes eran feroces. ¡¡¡PELEA….PELEA ANA¡¡¡….¡¡CIZALLALE EL CLITORIS HIJA DE PUTA…HIJA DE PUTA¡¡¡¡¡

Cris tiró salvajemente hacia atrás alongando el órgano diez o doce centímetros. Los alaridos de Ana eran brutales y Cris tiraba mientras se acercaba a su oreja diciéndola……o pierdes la pepitilla o la pelea…..Ana no pensó en la alternativa. Entre alaridos Ana salió corriendo en cuclillas hacia delante y su clítoris quedó amputado en la mano de Cris…….ojo por ojo.

Ana cayó boca abajo y Cris sobreponiéndose al dolor saltó a horcajadas sobre su espalda rápidamente. Una bolsa de plástico arrojada desde arriba cayó a su lado y Cris con velocidad felina la colocó en la cabeza de Ana. La rubia tiró hacia atrás de la cabeza de la morena embutida ya en la bolsa…la asfixia comenzaba a ser insoportable y Ana pateaba con sus piernas embutidas como una hiena. No obstante conservaba cierta movilidad en uno de sus brazos y no sin dificultad logró deslizar una mano y clavar una de sus uñas de seis centímetros en el juego posterior de la rodilla de Cris…….un salvaje alarido fue la recompensa. Cris aflojó la presión de la bolsa momento que fue aprovechado por Ana para quitársela de la cara, deslizarse por debajo de su enemiga y tras darse la vuelta en el suelo asestar una salvaje patada en la cara de la rubia que aún se hallaba de rodillas. El trallazo fue brutal, salpicando de sangre y mocos el lateral del tanque……rápidamente Ana se descolgó el aerosol de ácido y roció la cara de Cris con el.

Las asistentes estaban histéricas y Ming animaba a Ana. La bestialidad de la pelea no tenía límites.

Cris corría por el foso completamente loca con las manos en la cara entre una nube de humo que olía a carne asada…….el ácido corroía la carne y el casco metálico de la rubia que ya se encontraba fuera de si. Ana recogió la cadena con la bola y con cautela se acercó a Cris.

Un salvaje golpe de bola en el casco machacado de la rubia inició el ataque…….y otro….y otro…el cráneo de Cris se inflamaba a lo bestia tras la pieza de acero y la chica intentaba quitárselo entre espantosos gritos de dolor y rabia mientras sufría el salvaje ataque de Ana. Los golpes llovían sobre su cráneo y el último de ellos de una violencia inusitada arrancó por fin el casco que fue a parar rodando al otro extremo del tanque. Los gritos de Cris se sumaban al alboroto que provenía de las butacas superiores. Ana soltó la maza y se acercó a Cris. El efecto de ácido había ya pasado y  el rostro de la rubia tenía un aspecto atroz, totalmente abrasado y sin un solo pelo en el cráneo. Sin embargo aún conservaba la visión de un ojo y pudo ver a Ana acercarse mientras se levantaba.

Ambas mujeres comenzaron a girar en el foso esgrimiendo los puños y bailando. Las anfetaminas mantenían a las peleadoras en un estado de gran excitación y con los ánimos enardecidos a pesar de los atroces daños físicos sufridos durante la pelea

Ana sacudió un puñetazo a Cris en toda la cara y la rubia le devolvió dos que le saltaron un diente pero la morena reaccionó atacando el vientre de Cris con dos lacerantes puñetazos……Cris atizó un gancho en las narices de Ana y un puñetazo en la nuca pero Ana se retiró un paso y clavó una patada en el coño de la rubia, un puñetazo en toda la nariz y otra patada en el pecho al descubierto. Cris quedó agachada y ana sacudió un rodillazo brutal en la cara abrasada de la chica, la cogió por lo poco que quedaba de la coleta y empujándola esta vez hacia abajo le propinó otros dos rodillazos más pero Cris metió su mano entre los leotardos de Ana introduciendo su dedo en la vagina sacándoselo después con un tirón brutal y hacia arriba. El salvaje ataque produjo un grito desgarrador de Ana y ésta cayo al suelo con las manos en el coño dando dos vueltas sobre sí misma. Cris no desaprovechó la ocasión y lanzándose sobre ella comenzó a molerle la cara a puñetazos. Cris cabalgaba sobre Ana.

Ming desde su posición veía esta vez la espalda de Cris y Ana debajo pateando como una loca con las piernas embutidas en los leotardos. Ana escupía los dientes entre atroces gritos de rabia y dolor pero Cris no paraba en su castigo. De repente la rubia se adelantó un poco y colocó su coño sobre la cara de Ana…..la asfixia comenzó a ser insoportable así como la humillación…solo había una salida. Las risas de Cris se transformaron en salvajes gritos acompañados de movimientos frenéticos cuando Ana mordió su coño……la rubia se pudo despegar entre los silbidos de las asistentes cayendo de costado y comenzando a dar vueltas en el suelo como una loca mientras Ana se levantó y comenzó a dar vueltas alrededor de Cris riéndose con su rostro mutilado. El aspecto de Cris era horripilante. La pelea había tomado un rumbo totalmente inesperado y dramático para la rubia. Cris en el suelo pateaba histéricamente y sus poderosas piernas con leotardos y botas se convulsionaban ante la risa de Ana satisfecha con su hazaña. La morena con dos movimientos felinos se lanzó contra la rubia y le sacó las botas una detrás de otra arrojándolas al otro extremo del tanque. Esta última acción fue acompañado por silbidos de lobo procedentes de las asistentes……¡¡¡LAS BOTAS NO……¡¡¡LAS BOTAS NO HIJA DE PUTA¡¡¡ gritó Cris mientras se ponía en pié sobre sus pies sólo cubiertos por las medias.

Ana ya había agarrado la maza y asestó un salvaje golpe en cada uno de los pies de Cris…..girando sobre si atizó un brutal golpe en la cara de la rubia que se encontraba agachada y que la lanzó hacia atrás y de lado quedando tendida en el suelo del foso. Ming a través de la megafonía ordenó a Ana… ¡ACABA CON ELLA.

Las guardianas apuntaron sus fusiles hacia el foso mientras Ana desnucó a Cris con un certero golpe. La pelea había terminado y Ana había ganado.

 

Sótano 8

Mientras dos cirujanos chinos cosían a Ana en uno de los botiquines el cadáver de Cris era arrojado a uno de los fosos de residuos del nivel inferior. Allí quedaría junto a otras seis mujeres que la habían precedido.

Ming hablaba con Silvia tras su pelea. Le había ofrecido cien mil Euros por pelear con Ana y había aceptado en el acto. La china descolgó el teléfono y marcó el móvil de la morena.

 

Dos meses después.

Ana conducía de nuevo su coche en dirección hacia León. Habían podido recomponerle más o menos la boca y coserle el clítoris. Lo demás no tenía importancia. Los 130.000 euros ya estaban en su cuenta y Cris se pudría en un cochino tanque de residuos. Ana sonrió al imaginar que aspecto tendría ahora después de dos meses con esas cochinas mallas puestas. En casa tenía las botas de Cris tomadas como trofeo y hoy se traería las de Silvia…..

FIN

Angeles caídos

I

La casa estaba a oscuras, con el jardín lleno de malezas y señales de abandono. Era un enorme chalet ubicado en la calle Olleros, en Belgrano. Para llegar a la puerta de entrada había que subir por una corta escalera de piedra.

Las chicas bajaron del taxi y se dirigieron a la casa. Era una fría medianoche de invierno y ellas se abrigaban con largos tapados. Romina, la rubia, tenía las llaves. Después de todo, era una de las casas de su familia. Verónica, la pelirroja, la seguía a dos pasos.

Las dos estaban muy serias para sus quince años.

Romina abrió la puerta, agarró un candelabro del suelo, encendió la vela y le hizo seña a la otra para que pasara. Luego cerró la puerta y se dirigió a la cocina, dejando a su compañera en la oscuridad del pasillo. En la cocina estaba la llave principal de la luz. Cuando la pulsó, la habitación se iluminó, pero el pasillo siguió igual.

Romina salió de la cocina y le hizo un gesto a Verónica para que la siguiera. Llegaron a una habitación vacía e iluminada, que olía a encierro y humedad. Además de una gruesa alfombra, un montón de frazadas tapizaba el piso. La habitación no tenía ventanas y quedaba en el medio de la casa.

Las chicas se quedaron frente a frente un instante.

Romina tenía ojos celestes, nariz pequeña y hoyuelos en las mejillas que le daban un aire de nena. De nena terriblemente seria.

Verónica deslumbraba con sus ojos verde esmeralda. También parecía una bebita enojada.

Se midieron con miradas de odio.

Después Romina se quitó el tapado y lo tiró a un costado. Verónica hizo lo mismo. Ambas llevaban vestidos de noche, muy escotados y cortos. Tenían cuerpos soberbios. Las tetas de ambas parecían de mujeres de veintitantos.

Se desnudaron rápidamente, a los tirones.

Esa carne joven, fresca, perfecta, ahora se mostraba en todo su formidable esplendor. Sin una palabra, fueron en busca de la otra y se abrazaron por el cuello con una mano y forcejearon en silencio y atacaron las tetas contrarias con la otra mano y así terminaron cayendo al piso.

Se revolcaron como animales, gimiendo y sacándose la furia acumulada por meses. Se golpearon los rostros tan salvajemente que terminaron soltándose y rodando cada una para el lado contrario. A las dos les habían saltado las lagrimas y lloraban en silencio, con las caritas enrojecidas y contraidas por el dolor.

No pasó mucho para que, a cuatro patas, como perras furiosas, se buscaran. Se agarraron de los pelos y ahora, llorando a los gritos, rodaron por el cuarto, brutalmente enzarzadas.

¿Qué feroz locura hacía que estas bellísimas bebitas de piel suave se estuvieran atacando sin piedad? ¿Qué asunto había entre ellas, que cuestión debían dirimir, para tener que golpearse, arañarse y morderse de esa manera?
II

Lo cierto es que se odiaron desde el primer día.

Romina venía de otro colegio y, cuando la vio, Verónica supo que era su rival.

Hasta ese momento, Verónica había sido la mejor en esa escuela: la más inteligente, la más estudiosa y, sobretodo, la más hermosa. Era la nena mimada de papá y mamá y de todos los que la conocían. Los pibes del secundario se babeaban por ella y eso la hacía sentirse muy bien. Todavía no había debutado, pero ella sentía que, con las miradas afiebradas, ya se la voltearon mil veces.

Cuidaba su virginidad de un modo perverso: Fantaseaba con coger pero no quería perder su virgo. Era algo suyo y el día que lo perdiera, ella sentía que iba a convertirse en una más del montón.

Cuando Romina apareció, todas las miradas fueron para ella. Inmediatamente las compararon.

Romina tampoco había entregado su sexo y consideraba que eso la hacía superior a las otras que, por una momentánea calentura, perdían su “marca”. Gozaba enloqueciendo a los chicos. Se los imaginaba pajeándose por ella, mientras Ella se paseaba por entre la fila de masturbadores, como si fuera una Reina Virgen.

Las dos tenían carácter fuerte. Eran nenas caprichosas, de familias con muchísimo dinero y estaban acostumbradas a ser consentidas por sus padres y por todo el mundo. No soportaban compartir ningún privilegio. Nunca habían perdido a nada y no estaban dispuestas a empezar ahora.

Un día se cruzaron insultos en el baño de la escuela, solo porque las dos quisieron usar la misma canilla. Estuvieron a punto de golpearse, pero otras chicas las separaron. Fue la primera de una larga serie de mutuas provocaciones.

Por teléfono solían amenazarse y prometerse palizas y terribles humillaciones.
Al final, una noche de furia se desafiaron telefónicamente para encontrarse en una esquina, en pleno Barrio Norte. Ahí acordaron arreglar sus asuntos esa misma noche, a solas. Lo harían en una casa desocupada de la familia de Romina.
III

Luego de un violento intercambio de cachetazos, las dos gatas se abrazaron y libraron un feroz duelo a tetazos. Aferradas a más no poder, terminaron cayendo otra vez al piso. Allí comenzó una silenciosa batalla plena de forcejeos y llaves, donde las jóvenes hembras tensaban al máximo sus músculos para tratar de dominarse. En un momento, una lograba ponerse encima de la otra y al instante las posiciones se invertían. A veces quedaban de costado y parecía que ninguna podría prevalecer.

En un supremo esfuerzo, y aprovechando un momentáneo aflojamiento de su adversaria, Romina agarró fieramente del pelo a Verónica y la puso de espaldas. Sorprendida por el intenso dolor, Verónica soltó a su rival. Romina no perdió la oportunidad y se le sentó encima. Luego le pegó un par de cachetazos y le tiró del pelo hasta que la otra pidió que parara.

Romina la soltó y fue gateando hasta un rincón de la habitación y se quedó allí, sentada en el piso y apoyada contra la pared. Estaba cansada y dolorida.

Verónica se repuso bastante rápidamente y también se arrastró hasta un rincón opuesto.

Durante unos minutos, solo se escuchó el jadeo entrecortado de las dos niñas. Estaban bañadas en sudor, a pesar del frío, con el maquillaje todo chorreado por las lagrimas y el pelo revuelto.

De pronto se encontraron mirándose fijamente. Instintivamente adoptaron una pose cada vez más desafiante.

Querían más. No estaba dicha la última palabra. No se habían dado todo lo que se tenían que dar.

Gateando, se buscaron y la lucha se retomó a zarpazos hasta terminar nuevamente abrazadas y rodar en un lento y excitante combate, lleno de fricción. Gemían de dolor y frustración por las llaves que se aplicaban. Pugnaban por vencer y demostrar quien era la mejor hembra. El sudor fluía de esos hermosos cuerpos que se refregaban furiosos. Cada hembra era inundada por el fuerte e inquietante olor de la otra. Por momentos, las piernas se destrababan y entonces pataleaban en el aire hasta volver a enredarse. Mejilla a mejilla se soltaban sucios insultos.

Romina había confiado demasiado en su superioridad. Creía que la primera vez había demostrado que era más que Verónica. Pensaba que la otra estaba más cansada que ella. Sin embargo, Verónica logró zafar un brazo y poner a su enemiga de espaldas. Salvajemente disputaron a manotazos por el control de la situación, hasta que finalmente Verónica logró imponerse y le retorció las tetas a su oponente hasta que está reconoció la derrota.

La nueva ganadora abandonó a su víctima y se fue a un rincón a descansar.

Verónica tenía una sorpresa preparada y cuando perdió, la primera vez, creyó que no la iba a poder a hacer. Vio que su rival se recuperaba. Romina se acariciaba las doloridas tetas y la miraba con rencor.

Verónica se arrastró hasta donde había quedado tirada su cartera y sacó un par de robustos y hermosos consoladores de metal, uno dorado y el otro plateado. Los había comprado por teléfono y estaban sin estrenar. Era el momento de un duelo de pijas.

Romina agarró al vuelo el falo plateado que le tiró su rival. No era necesaria ninguna aclaración.

Las dos se levantaron, blandiendo los metálicos penes como si fueran cuchillos y se encontraron en el medio de la habitación. Con la mano libre se buscaban las piernas. Sin embargo, las dos se agarraron al mismo tiempo de los cabellos y quedaron pegadas una contra otra. Forcejeaban a pleno insulto e intentaban empalarse recíprocamente. Se defendian cerrando las piernas hasta que fueron al piso y atacaron la concha enemiga con tal pasión que descuidaron la propia.

Las dos vírgenes se enterraron los fierros al mismo tiempo y, salvajemente, compitieron por ver quien serruchaba más rápido, más fuerte y más adentro.

Ahora, ya entregados sus tesoros, abrieron bien las piernas, para mostrar que aguantaban cualquier cosa. Se arrancaron desgarradores alaridos de dolor, pero ninguna trató de salirse del palo agresor.

La sangre de la virginidad destruida empezó a chorrearles los muslos y eso solo hizo que se clavaran más duro. Los gritos enloquecidos atronaron el lugar, hasta que, poco a poco, fueron transformándose en jadeos de placer.

Cuando volvió el silencio, las hembras entendieron que ya toda pureza era imposible. Se la habían sacado a puro fierro y nunca más volvería. Estaban manchadas con sangre de mujeres nuevas. Sangre impura que ahora las llamaba.

Una ola de insana pasión las inundó.

Excitadas manosearon ansiosas la sangre rival y se la refregaron por las propias tetas. Se untaron sus calientes mejillas con el liquido de la enemiga y se cruzaron feroces insultos, tratándose de putas, de perras reventadas, de guachas sucias y otra vez de putas.

Pegoteadas en sangre mezclada con flujo y arrodilladas frente a frente, siguieron gritándose insultos en un crescendo impresionante. Se decían todas las cosas asquerosas e inmundas que alguna vez habían querido decir. Se aullaban groserías con las caras casi pegadas. Las alzadas y abundantes tetas bailaban temblorosas por la agitación de sus dueñas. De los insultos pasaron a escupirse en pleno rostro y de ahí se inició un violentisimo intercambio de golpes. Ninguna se defendía. Las lagrimas saltaron junto con la sangre de narices y labios lastimados.

Enceguecidas por el dolor, terminaron abrazándose y rodando por el suelo ensangrentado.

Primero se mordieron los labios pero enseguida eso se transformó en un beso apasionado en el que las lenguas entraron y probaron todo.

Calientes como el Infierno, siguieron chupándose y acariciándose. Después las bocas probaron conchas y sangre y se dieron salvajes orgasmos y gritaron enfebrecidas, pero de placer.

Se gozaron durante horas. Como gatas se limpiaron la sangre y se curaron las heridas a pura lengua.

Después, bien limpitas, se acostaron boca arriba una al lado de la otra, los pies de una a la altura de la cabeza de su amante, y se dieron placer a puro consolador.

Terminaron exhaustas y bañadas en flujo.

Amanecía cuando decidieron vestirse.

Luego de haber estrenado las conchas, ahora apenas podían caminar.

Lastimadas y doloridas, pero felices, probaron sus lenguas por última vez y se despidieron, prometiéndose repugnantes y deliciosos goces futuros.

(c) Tauro, 2000

Si querés decirme algo, mandame un mail: tauro_ar_2000@yahoo.com

Duelo de putas en el pinar

La vi en su casilla y me juré que la cosa no iba a quedar ahí.
Esa tarde estaba paseando por la orilla de la playa. Soy una hembra hermosa y me gusta ser una hembra hermosa. Me gustan mis tetas, mi culo, mis piernas, mis ojos, mis labios, mi nariz y mi cuerpo en general. Me gusta tomar sol y tostarme en la arena. Me gusta estar fuerte. Me gusta pasearme en tanga y que los tipos me miren y se calienten conmigo. Me gusta mi piel suave y los dedos de mis pies. Me gustan mis manos. Me gusta ser el centro de las miradas y que los hombres sueñen con romperme el culo.
Por eso, cuando la vi en su casilla, me juré que la cosa no terminaba ahí.
La perra era la salvavidas de la playa. Ahí estaba, con su malla, mostrando el culo y las tetas a todo el mundo. Ahí estaba, poniendo cara de arrogante.
Era mi rival. Solo por estar ahí, era mi rival.
Pareció notar mi presencia y me miró, aparentando indiferencia. Pero yo supe que era su rival.
Me le fui derechito. No me gustan las cosas poco definidas. O era su playa o era la mía.
Me metí en la casilla y me le paré enfrente.
– ¿Necesitás algo?. – Me dijo.
– ¿Te caliento, yo, eh? – Repliqué.
– ¿Qué té pasa?
– Contestame. ¿Te caliento yo?
– ¿Qué querés?. – la voz de la hija de puta ya no era tan suavecita.
– Te quiero romper la cara.
– ¿Y por qué?
– Por que sí. Porque se me canta. Porque yo soy la mejor yegua de la playa y vos no vas a estar acá mostrando el culo como una puta.
– Rajá, boluda…
A mi nadie me dice boluda y menos una puta que quiere hacerse la mejor.
Le tire un cachetazo pero me lo paró con la mano izquierda y quiso cachetearme a su vez, pero ahí la detuve yo. Forcejeamos unos segundos y nos soltamos. Nos quedamos mirando hasta que yo le dije:
– ¿Tenés miedo de pelear?
– Acá no se puede.
– Vamos a cualquier lado.
La turra dudó un rato y al fin me dijo:
– Ya sé donde.
Salimos de la casilla sin más palabras. La gente se iba apresuradamente. En el cielo se anunciaba una tormenta. Aquí abajo también.
Mi rival empezó a ir hacía el pinar y yo la seguí.

Eran tan hermosas, tan dulces, tan suaves, tan exquisitas… Las veía y le agradecía a Dios por el regalo. Estaban ahí, en un pequeño claro del bosque de pinos. Yo había andado vagando por entre los arboles, escapándole a la playa y a una amenaza de tormenta inminente que, sin embargo, se demoraba en truenos lejanos.
Llegué a ese lugar solitario porque me equivoque el camino.
Y las vi.
Parecía que recién acababan de llegar. Me quedé oculto entre los arboles, paralizado por su belleza. Caía la tarde y toda esa parte de la costa estaba desierta. El viento soplaba con la suficiente energía como para levantar algunas hojas y un poco de arena.
Una de ellas era rubia, de ojos verdes y de piel deliciosamente tostada, casi hasta la negrura. Iba descubierta con solo una tanguita amarilla. Tenía ubres generosas que parecían querer reventar. Su cuerpo había salido del mejor gimnasio, igual que el de la otra. Esta era una leona pelirroja de pelo largo casi hasta la cintura, peinado en una trenza. Era una diosa de piel dorada, vestida con la malla roja de los salvavidas del lugar.
Se miraban, frente a frente, con una rara expresión, mezcla de furia contenida y de deseo.
Dos hembras magnificas frente a frente, hermosas hasta lo indecible, es uno de los más fascinantes espectáculos que un hombre puede contemplar. Ver esa carne sedosa es ver la Gloria de Dios. Un hombre está autorizado a matar por esa belleza, aunque le cueste el Infierno
Se quedaron un rato en silencio, hasta que, finalmente, la pelirroja habló:
– Bueno… ¿lo hacemos o no lo hacemos?
Por toda respuesta, la rubia se sacó la tanga.
La otra se despojó de su ropa.
Me sentí un privilegiado. Como el único espectador de una escena que transcurría en un mundo distinto. Un mundo Primordial. Un mundo sin más ley que la de la Naturaleza. Un mundo en el que las cosas tenían otro valor.
Se lanzaron una contra otra sin decir palabra. Se aferraron de los pelos y con un grito conjunto fueron a parar al suelo, donde comenzaron a revolcarse como animales enloquecidos. Se batieron a cachetazos, tirones, mordiscos y arañazos. Peleaban con furia y se retorcían esos cuerpos de belleza inaudita.
Y ahí estaba yo, como hipnotizado. Absorto y excitado ante esa batalla campal. Ausente del mundo y embelesado por semejante espectáculo.
Veía como la rubia le apretaba las tetas a la pelirroja y como esta, aullando y puteando, quería arrancarle los pelos a su rival. Se insultaban, se escupían, se mordían, rodaban salvajemente enzarzadas por la arena que se arremolinaba. Eran toda pasión, todo fuego, toda lujuria, toda desesperación. No había limites.
¿Y que hacía yo ahí, mirando esa lucha a muerte? ¿Por qué luchaban? ¿Por qué me excitaba tanto?
Era testigo de un duelo, donde se luchaba por algo que no puedo entender. Pero había existido un desafío y ahí se estaban dando sin piedad.
Ahora la salvavidas le estaba comiendo la concha a su rival. La rubia pataleaba furiosa y aullaba. Por fin logró salirse y ahí nomás, arrodilladas, se dieron con todo. Con una mano sujetaban a la oponente y con la otra se golpeaban y tironeaban brutalmente, golpe a golpe, tirón a tirón, grito a grito.
Se soltaron, cansadas y llorosas, a los diez minutos. Las dos tenían marcas en la cara y en el resto del cuerpo. Quedaron arrodilladas y jadeantes.
Yo tenía una erección formidable y estaba con la pija en la mano, masajeandola suavemente.
El viento era cada vez más fuerte. Empezaron a caer unas gotas. Recién entonces volví a mirar al cielo. Las nubes eran negras y los relámpagos estaban casi sobre nuestras cabezas.
El contacto con el agua pareció revivir esos cuerpitos divinos, hechos para besar y chupar y mimar hasta morir.
La rubia miró a su compañera y sus ojos dejaron bien en claro que esta pausa no era más que una tregua que estaba llegando a su fin. La pelirroja estuvo de acuerdo porque le mostró los dientes. La rubia se empezó a acariciar sus formidables tetas, mientras provocaba a la otra. Le mostraba las tetas. Se pellizcaba los pezones y hacía gestos como de “estas son tetas, no la mierda que vos tenés”. La salvavidas empezó a manosearse los pechos en la misma actitud, pero lo acompañó con un toqueteo a su conchita.
La lluvia caía más fuerte.
– Putaaahhh. – Susurró la pelirroja.
– Guuachaahh. – Contestó la otra.
– Putaaahhh.
– Malcogida
– Putaaahhh
– Sucia, puta…
– ¡Putaaa!
– ¡Callate, puta!
– ¡PUTA!
– ¡AAAGHH!
Diluviaba cuando se agarraron de nuevo. Se prendieron de las tetas, de las conchas y de los pelos y se mordieron y se golpearon y se revolcaron y se refregaron como si fuera la primera y la última vez. Estaban entrelazadas de tal manera que costaba distinguir quien era quien.
Yo me hacía la paja de mi vida.
Ahí las tenía. Dos mujeres jóvenes, increíblemente hermosas, con cuerpos delicados y hechos para el placer, que estaban luchando como fieras. ¡Y todo para mí!. Y yo me daba y me daba con la mano.
Las hembras gemían y se seguían revolcando. No había reglas.
De pronto, la cara de cada una logró hundirse en la concha enemiga. Cada gata cerró sus piernas sobre la cabeza intrusa y aferró con sus brazos las caderas del cuerpo invadido. Prendidas en ese brutal sesenta y nueve, rodaron de un lado para otro, alternando quien quedaba encima. Terminaron empatadas, tendidas de costado, con los hermosos pies pataleando mitad en el aire y mitad en la arena. Los cuerpos se arqueaban alternativamente.
Finalmente, luego de furiosos estremecimientos, se aflojaron y yo lancé el más fabuloso polvo de mi existencia, y también me aflojé.
Sentí que gemían quedamente, bajo la lluvia. Luego, parecieron dormirse.
Aproveché para huir sin ser visto.

No sé bien cuanto tiempo pasó.
Nos habíamos estado comiendo las conchas hasta que explotamos en un feroz orgasmo simultaneo que nos dejo temporalmente fuera de combate. Las gotas que seguían cayendo fueron volviéndome en mí. Me incorporé y la vi.
Ella estaba arrodillada y me miraba con fijeza. El pelo rubio y enmarañado se le pegaba en la cara.
Se veía hermosa y salvaje, más aún que cuando se metió en mi casilla para provocarme. Se notaba que moría por más guerra. Sus ojos pedían lucha.
Yo no me quedaba atrás.
Gateamos presurosas y calientes hasta encontrarnos y prendernos en un abrazo desesperado.
Teníamos que mostrarnos todo y llegar hasta lo último.
En mis años de guardavidas tuve varias luchas de gatas. La primera fue con mi propia instructora. Nos retorcimos las tetas hasta que terminó aceptando que yo era mejor salvavidas y más hembra que ella. Otra vez me peleé con una colega para ver quien se quedaba con el puesto en un balneario que tenía una vacante. Nos revolcamos en un vestuario solitario hasta que ella se rindió y acabó chupándome la concha en gesto de sumisión.
Pero la de esta vez era, lejos, la mejor lucha de mi vida. Esa perra era muy fuerte y me provocaba de solo mirarla.
Nos golpeamos con furia hasta hacernos gritar de dolor. Se iba a entregar o se iba a entregar. Parece que la concha rival nos atraía como un imán porque nos concentramos en su búsqueda. Buscábamos morder y arañar ese agujero, al tiempo que tratábamos de proteger el propio. Las conchas largaban torrentes de flujo. Yo no podía estar más tiempo sin esa cachucha sucia y olorosa pegada a mis labios y parece que a ella le pasaba lo mismo.
Al final, cada una se entregó a la otra y nos revolcamos de aquí para allá, atravesadas por el placer.

(c) Tauro, 2000

Si querés decirme algo, mandame un mail: tauro_ar_2000@yahoo.com

La competencia

Le iba a curar todos los vicios a esa pendeja. Todo el día me estuvo buscando, la muy puta. Tenía un cuerpo infernal y dieciséis años. Los tipos la miraban y se babeaban. A mí casi no me daban bola. A mí, que en todo el viaje hasta esa estancia se me habían estado tirando encima.
Ahora se pajeaban por la pendeja., que andaba por ahí mostrando el culo, embutido en la pollerita berreta de las sirvientas de ese antro. Tengo veintiocho años y me hacian sentir como una vieja.

¡Un día de campo perfecto, el mío!, con una perra puta que me desafiaba.
Era la hora de la siesta y no había un alma levantado. Solo yo estaba bajo una sombrilla al lado de la pileta.
Llamé a la pendejita y le pedí una bebida. Tardó en traerla y me la sirvió de mala manera.

No me gusta que una turrita provinciana se quiera pasar de viva conmigo.
– Nenita, ¿Por qué no atendés bien a la gente, en vez de andar mostrando el culo, eh?
– Yo muestro el culo y muestro las tetas porque a mí se me canta y porque tengo para mostrar.
– ¡No me faltés el respeto, borrega, porque…!
– ¿Querés comparar?
– ¿Qué?
– ¿Queres ver quien tiene mejor culo y mejor tetas?
Me tomó por sorpresa y no supe que decir. Ella continuó.
– Hay un lugar donde no molesta nadie a esta hora.

Sin una palabra, me levanté de mi reposera. Ella echó a andar y yo la seguí hasta un sulky. Enganchó el caballo y subimos.

Condujo hasta un galpón que quedaba como a dos kilómetros de la casa principal. Parece que ahí guardaban forraje. El piso estaba cubierto de pasto seco. El techo era de chapa y hacía un terrible calor.
– Bueno, – Dijo la putita. – acá no molesta nadie. ¿Te muestro las tetas?
– Si querés pasar mucha vergüenza…
– Vergüenza vas a pasar vos….
Se sacó la remera y exhibió un par de tetas tremendas. Eran llenas, firmes, redondeabas y estaban bien paradas. La piel le brillaba por el calor y no se veía una marca, una imperfección. Los pezones eran grandes, rosados y puntiagudos. Mis tetas se pusieron bien duras y me saqué la blusa en un movimiento. Lo mío es también de la mejor calidad. A mí me han chupado las tetas hasta ahogarse y ahí están, tan fuertes y paradas como las de una pendeja, y me he agarrado de los pelos con las mejores perras para defender lo mío. Hice aullar de dolor a unas cuantas que me provocaron.

Ella se acarició los pechos, exhibiéndolos con deleite. Eran instrumentos mortíferos y de una belleza insultante. Una belleza que había que curar a cachetazos, si era necesario.

– Para ser una vieja están pasables. – Me dijo, pero se le notaba la envidia.
– Dentro de un par de años, cuando estés gorda como una vaca, no vas a tener tetas, vas a tener ubres.
– Dentro de unos años yo voy a estar más fuerte y a vos ya te habrá comido la celulitis.
– En tu culo tendrás celulitis.
– ¿Querés ver?
– Vos vas ver un culo…
La idea de andar exhibiéndome y compitiendo con esa atorranta me calentaba tremendamente. Quería arañarle las tetas. Nos sacamos el resto de la ropa mientras nos cruzábamos miradas filosas como cuchillos y calientes como carbón al rojo. Nos mostramos culos, piernas y cinturas. Aún desnuda, tenía muchísimo calor.

– ¿Querés ver quien tiene tetas más duras? – Me preguntó
– Dale.
Nada mejor me podía pedir. Tenía ganas de darle una buena refregada. La putita se acercó y se me puso tetas contra tetas. Era un poco más baja que yo, pero se paró en punta de pies para que nuestros pezones hicieran contacto. Fue como recibir una dulce descarga que, desde las tetas, inundó todo mi cuerpo. Quedamos así mirándonos fijamente, sin pestañear casi. El sudor me bajaba por el cuello, seguía entre las tetas y se me escurría hasta los muslos. Mi concha era un horno. La pendeja olía dulce y salvaje. Un animalito que me provocaba. Luego yo puse las manos a ambos lados de su cadera. Ella me imitó. Empezamos a refregarnos los pechos, pinchándonos con los pezones, probándonos. ¡Que hermoso!. Primero nos frotamos lenta y sensualmente, pero luego fuimos haciéndolo cada vez más rápido hasta que, en vez de acariciarnos, nos raspábamos y así seguimos hasta que empezamos a darnos tetazos. Eran fuertes topetazos, hembra caliente contra hembra caliente, mientras nos clavábamos las uñas en la espalda. Excitada y furiosa, la agarré de los pelos y la tiré al piso.

Ahí empezó la batalla.

Nos revolcamos, hechas un amasijo frenético de carne caliente y transpirada. Me quiso morder una teta y le di una cachetada para que supiera quien era yo. Ella me la devolvió y eso me puso loca. Soy más mujer que cualquiera. A mí no hay pendeja que me pegue. Nos sacudimos a golpes y mordidas, gritando y puteando.

La atorrantita tenía un cuerpo fuerte y peleaba como una gata. Quería domarla y hacerla comer de mi mano y que me chupara la concha y me pidiera perdón y me volviera a lamer la concha con dulzura y adoración. Quería que admitiera que era una pendejita ignorante de mierda y que yo era más hembra y más hermosa que ella y que me suplicara que le comiera las tetas. Quería que llorara de deseo y que se comiera los mocos y que me regalara la conchita para que yo hiciera allí mi voluntad. Quería que se me entregara para siempre.

Nos dábamos sin asco, calientes, mojadas y enfurecidas. Dos cuerpos deliciosos e igualmente potentes, que explotaban y se repelían y se atraían.

Me le puse encima, sentada en su concha, le agarré los brazos y empece a morderle esas soberbias tetas de hembra joven. Ella se debatía y gemía y eso me calentaba más y más. La carita se le contraía en muecas de furia salvaje.

Creí que ya la tenía pero me confié demasiado y ella aprovechó para soltarse, tirarme de espaldas y retorcerme la teta izquierda con una mano y hurgarme salvajemente la concha con la otra.

– ¿Te gusta, vieja puta? – Me dijo.
– ¡ Soltame, puta!
– Tené, tené…
– ¡Aaaahhhh!
– ¡Aaaauuuuuyyy!

Había conseguido agarrarla del pelo y por eso la perra gritaba como loca. Le tiré del pelo hasta que me soltó. Entonces la dejé y me arrodillé. Ella hizo lo mismo. Quedamos frente a frente jadeando. Ella lucía salvaje y enrojecida.

– ¿Más teta? – Le dije.
Por respuesta, se puso en pie. Yo la imité y nos abrazamos y empezamos a tetearnos violentamente. Nos agarramos los pelos a la altura de la nuca y seguimos chocándonos las tetas. Finalmente, nos trabamos en un fuerte abrazo que nos dejo pegadas. Le metí mi muslo en su entrepierna y ella me devolvió la atención. Seguíamos tirándonos los pelos.

– Aahh, puta, que buenooo…
– Si, siii…
– Te doy, te doyyy…
– Aaaahhh aaaaaahhhh…
– Siiiii….
– Aaaaahhhh…
– Teneee…
– Vooos, vos…
– Guachaaa…
– Noo, aaaahhhh…
– ¡Soltameeee…!

Nos soltamos solo para volvernos a tirar una contra a otra y caer al pasto.

Desparramadas en el piso, cambiamos golpes, arañazos y patadas.
– Teneeé…
– Aaaaayyyy…
– ¡El pelo nooo…!
– ¿Ah, no?
– Aaaauuuuhhhh…
– ¿Ah, no?…
– Turraaa…
– Putademierda…
– Forraputaaaa….

Era algo salvaje y excitante el probarse con una hembra tan joven. Le agarré la concha húmeda y me tragué una de sus tetas. La nenita abrió bien grande las patitas y mi mano se enterró en su agujero. Le solté la teta y me fui de cara a su cachucha sin sacarle la mano. Le chupé el clítoris y ella me respondió aferrándose de mi cabello. Era una chiquita muy desobediente. Saqué los dedos de ese agujero y se los metí en el otro. Me tironéo más fuerte. Forcejamos un rato y nos soltamos.

De vuelta nos arrodillamos frente a frente, midiéndonos y lamiéndonos las heridas. La bebita se veía deliciosa, con la carita enrojecida, el pelo enmarañado y el cuerpo todo bañado en transpiración. Le chorreaba el flujo. Estaba a punto. No podía esperar más. Tenía que comérmela.

– Dame la concha, guachita, dámela. – Le dije.
– No…
– Dámela…es mía
– No…
– Dámela…la quiero ya.
– ¿Y vos que me vas a dar?
– Toda mi concha es para vos.
– ¿Toda?
– Toda.
– ¿Te la voy a poder chupar?
– Claro…toda me la vas a poder chupar. Pero me tenés que dar la tuya.
– Te quiero chupar las tetas….
– Si, mi nena si…
– No soy tu nena…
– Si, bebe, sos mi nena. Mirá como me pongo por vos. mirá que mojada que tengo la cachuchita. Mirá como tengo paradas las tetitas…¿Sabés como te voy a dar con mi lengüita?
– ¿Estás muy mojada?
– Si, mi chiquitita. Mirá, mirá mi juguito. ¿Ves como lo saco de la conchita?. Mirá como me lo refrego por las tetas. Vení, entrégame todo…
– Yo también estoy muy caliente…mirá…
– Vení…
– ¿Y me vas a chupar toda?
– Toda…
– ¿Me vas a sacar las ganas?
– Todas…te voy a dejar como a una nena buena con ganas de dormir.
– ¿A ver como me lo vas a hacer?
– Siii…

La nena vino a mi encuentro, muy obediente y llena de deseo. Por fin se me entregaba esa cosita deliciosa. Nos abrazamos y nuestras lenguas se encontraron en un chupón deliciosamente largo y profundo. Nos acostamos y recorrimos nuestros cuerpos con adorable lentitud. La chupé y acaricié toda y la recorrí y la comí y la tuve toda, toda, nada más que para mí. Nos dimos los más exquisitos placeres. Nos tuvimos y nos penetramos una y otra vez.
– Mi amor…
– Sí, siiii…
– Dale, asiiiií….
– Como me gusta, aaaaahhhh…
– Aaaaaahhhhhh……
– Aaaaaaahhhhhh….

No hay mejor final para una lucha de hembras, que un empate con premio.

(c) Tauro, 2000

Si querés decirme algo, mandame un mail: tauro_ar_2000@yahoo.com

Amigas a medias

Hay historias difíciles de creer, lo reconozco. Cosas que a uno le pasan y que parecen de pelicula barata. Lo que vi hace un tiempo entra en esa categoria.

Vivo en un viejo edificio, en San Telmo. Mi departamento es amplio, pero siempre está rompiéndose algo.

Solo sigo ahí porque el alquiler es barato. Pero, cuando no es un caño de agua, es la instalación eléctrica o algo por el estilo. Lo mismo pasa en los otros departamentos. Tengo habilidad para arreglar cosas, así que no solo soluciono mis problemas sino que, a veces, les doy una mano a los vecinos.

Hace poco se mudaron dos chicas al departamento de al lado. Una de ellas, de nombre Celia, me pidió si la podía ayudar porque se les había cortado la luz.

Fui, y como solo habían saltado los tapones, arreglé el asunto fácilmente.
En agradecimiento, las chicas me invitaron a tomar un café.

¡Las chicas!. Realmente, hay que hablar de ellas:

Celia tendrá veinticinco años. Es una morocha de piel muy blanca, con ojos azules y labios carnosos. Me impresionó su cuerpo, muy bien torneado. Su compañera, Betty, tal vez de veinte años, era una rubia un poco más baja que su amiga y con un par de tetas y un culo verdaderamente apabullantes.

Las dos estaban sentadas en un sofá, justo frente al sillón desde el que las miraba. Así como Celia se veía como una mina naturalmente fina, Betty, por su parte, destilaba agresividad, como un animal salvaje. Las dos llevaban minifaldas, pero la de Betty era ultracorta. Sus espectaculares piernas se cubrían con unas medias caladas que eran pura provocación. Uno no podía dejar de fijarse en ellas.

Precisamente, Celia se fijó.

Desde ese momento, yo pasé a no existir para ellas. El dialogo que siguió a continuación es digno de ser contado, palabra por palabra.

Celia: – No quiero que me uses la ropa, te lo pido por favor.
Betty: – ¿Qué ropa te estoy usando?
Celia: – Que yo sepa, esas medias son mías…
Betty: – Que yo sepa, no.
Celia: – Disculpame, pero estoy segura que esas medias son mías.
Betty: – No.
Celia: – Probablemente estás confundidas. Serán parecidas a otras que…
Betty: – No. Son mías.
Celia: – Bueno, no quería llegar a esto, pero si no queres admitirlo…
Betty: -¿Qué pasa?
Celia: – Pasa que yo vi cuando sacabas esas medias de mi cajón. No quería decírtelo, pero…
Betty: – Mentirosa…
Celia: – No me llames mentirosa…
Betty: – Es una mentira.
Celia: – Por favor, no me llames mentirosa…
Betty: – Es una puta mentira.
Celia: -¡No me digas puta! Te estoy hablando bien…
Betty: -¡Yo te digo lo que se me canta!
Celia: – Por favor…no te pasés…
Betty: -¡Es una puta mentira y vos sos una puta mentirosa!
Celia: -¡No insultés!
Betty: -¡Una malcogida, eso sos!
Celia: -¡Atorranta!
Betty: -¡Malcogida! (La empuja).
Celia: -¡Puta de mierda! (Devuelve el empujón).
Betty: -¿Queres pelear, puta? (Se levanta).
Celia: -¡Hija de mil putas! (Se levanta)
Betty: – Sin ropas, ¿eh?. Hembra a hembra. (Se empieza a sacar la ropa).
Celia: – Puta de mierda…puta (Se saca la ropa).

Lo último que se sacó Betty fueron las medias en discusión. Ahora las dos estaban desnudas y Betty seguía con las medias en la mano.Betty: – ¿Ves tus medias, hija de puta, las ves bien?.

Entonces Betty procedió a desgarrar las medias y a arrojarle a Celia los pedazos. Esta se abalanzó sobre su rival, se agarraron de los pelos y, aullantes, fueron a parar al suelo hechas un palpitante amasijo.

Ante mis desorbitados ojos, se empezaron a revolcar, patear, arañar, golpear e insultar como animales enloquecidos. Se daban sin asco. Yo estaba paralizado y no osaba detenerlas. Se castigaban fieramente, devolviéndose golpe por golpe, mordida por mordida, insulto por insulto. Era imposible adivinar quien podía triunfar. En un momento, manotearon simultáneamente la concha enemiga y empezaron a tironearse mientras gemían de dolor, con las piernas bien abiertas y las tetas temblando. Después se soltaron y se agarraron a cachetazos y se reputearon y después se mordieron las tetas y después se volvieron a tirar de los pelos y se escupieron y gritaron y yo no sabia más que hacer, petrificado en el sillón.

Las veía revolcarse y enloquecido, temía que se mataran y, al mismo tiempo, no quería intervenir. Es increíblemente excitante ver a dos mujeres hermosas batirse con tal fiereza. El corazón me latía violentamente. No podía ni pestañear. Peleando, las mujeres parecen estar hechas para eso. Ni se les ocurre defenderse o protegerse. Como un huracán descontrolado se atacan sin tregua. Dos hembras tiradas en el suelo, entrelazadas, pataleando y golpeándose, parecen una gran y crepitante fogata que se contorsiona y crece y brilla, más y más, hasta consumirse y agotarse por completo. Esas mujeres, al desnudarse, ofrecen valientemente a su enemiga sus tesoros más preciados. Las tetas, abundantes, duras y jugosas son apretadas, retorcidas, mordidas y arañadas sin piedad.

Celia y Betty aullaban, pero ninguna soltaba a la otra.

Finalmente, Betty consiguió ponerse encima de su rival y, tomadas de los pelos, empezaron a darse tetazos furibundos. Al principio, Celia replicaba los golpes de teta mientras trataba de sacarse a Betty de encima, pero fue aflojando hasta no oponer más resistencia. La rubia, a pesar que ya había ganado, todavía le dio tres tetazos más, refregándose bien contra la morocha. Cuando se quedó conforme, descendió lentamente por el cuerpo de su compañera, hasta que llegó a la concha derrotada. Entonces se dio vuelta, quedando con el culo hacía la cara de la morocha y acto seguido empezó a lengüetear esa concha que se le había entregado.
Enseguida Celia empezó a gemir de placer. Betty hundió su cabeza en el hermoso agujero de su amiga. Celia gimió más fuerte y atenazó dulcemente la cabeza de la rubia con sus piernas. Betty aplastó su cuerpo al de la hembra derrotada y entonces esta pudo entrar con su lengua en la concha de la ganadora.

Gemían y se contorsionaban de placer. Así enzarzadas, rodaban para un lado y para otro, con movimientos que cada vez se hacían más intensos, hasta alcanzar un ritmo frenético y terminar colapsando con un violento espasmo común.

Las hembras quedaron en calma, aún abrazadas.

Me fui de ahí, tratando de no hacer ruido. Igual no creo que lo hubieran notado.

Al otro día yo estaba en casa, todavía impactado con lo ocurrido, cuando sonó el timbre de la puerta.

Era Celia. Estaba vestida con una bata y chinelas, como si recién se hubiera levantado de la cama. Tenía el labio inferior lastimado y el ojo izquierdo un poco hinchado y violáceo.

La hice pasar. Venía a disculparse por el espectáculo del día anterior. Me dijo que con Betty eran pareja desde hacía unos meses, pero que la cosa se hacía cada vez más difícil. No era la primera vez que peleaban. En realidad, la primera vez que se vieron terminaron a los golpes.

Celia es dueña de un pequeño gimnasio y necesitaba contratar una profesora de aparatos y aeróbic. Puso un aviso y examinó a las postulantes una tarde de sábado. Ya estaba por cerrar cuando llegó Betty. Aunque la encontró extraordinariamente hermosa, Celia le dijo que llegaba tarde y que ya cerraba. Betty le contestó en forma muy insolente. Celia replicó de igual manera y Betty la insultó. Celia entonces le dio un cachetazo y Betty se lo contestó. Quedaron mirándose un rato, entre furiosas y sorprendidas por la situación. No hacía dos minutos que se conocían. Betty le señaló una colchoneta con la cabeza y Celia asintió. Descalzas sobre la colchoneta y enfundadas en mínimas mallas de gimnasia, se trenzaron en un violento combate, hasta acabar haciéndose el amor toda la noche.

Desde esa ocasión eran pareja y trabajaban juntas. Pero estaban llegando a tener una pelea por semana. Parecía como que discutían por cualquier cosa, por el solo pretexto de poder luchar y después terminar amándose por horas. Ahora casi no cogían sin pelear previamente. Era una locura y un infierno, pero también era terriblemente excitante. Como una droga. No podían dejar de estar juntas, de provocarse y de pelearse, para después amarse con pasión. Luego sufrían por varios días las consecuencias de los combates y se prometían no volver a hacerlo nunca más, o pensaban en separarse, hasta que terminaban peleando y gozando y sufriendo de nuevo.

Por mi parte, no sabía que decir, más allá de las banalidades de circunstancia. El timbre me saco del apuro.

Era Betty.

Llevaba una bata que dejaba al descubierto sus magníficos muslos e iba descalza. Tenía el pómulo izquierdo morado.

No necesite franquearle el paso, porque entró por su cuenta.

Las dos mujeres se miraron con un odio viejo.

Me apresuré a cerrar la puerta.

Betty se le fue encima y rodaron por el suelo, a los gritos.

Se arrancaron las batas. Ninguna tenía corpiño, gracias a Dios. Las bombachitas no duraron mucho, de todas maneras. Los pedazos quedaron desparramados por el piso. Al mismo tiempo los dedos fueron a las conchas contrarias, pero, esta vez lo que hicieron fue masturbarse recíprocamente hasta terminar agotadas y llorando, luego de un violento orgasmo conjunto.

Lloraron en silencio unos instantes, mientras yo seguía parado en el mismo lugar, como hipnotizado.

Después, aún jadeantes, se incorporaron y quedaron arrodilladas, frente a frente.

Betty: – Puta…te tengo que domar…
Celia: – No…
Betty: – Vas a hacer lo que yo diga…
Celia: – No…
Betty: – Si…
Celia: – No…
Betty: – Si…
Celia: – Yo mando…
Betty: – No…
Celia: – Yo…
Betty: – Yo…
Celia: – Yo…
Betty: – Yo…

Se agarraron de los pelos.

Celia: – ¡Me vas a soltar o…!
Betty: – ¡Soltá vos, puta!
Celia: – ¡Soltameeé!
Betty: – ¡Me vas a hacer caso o…!

Los gritos sustituyeron a las palabras. Se zamarrearon de los pelos un buen rato, hasta terminar tiradas en el piso, pegadas una a otra como ventosas, retorciéndose y rodando por el suelo.

Estaban bañadas en transpiración. Ahora, más que para lastimarse, luchaban por dominarse. Se refregaban una contra otra como si quisieran sacarse la piel a tiras, mientras intercambiaban jadeos e insultos. Finalmente, Celia, que estaba debajo, cruzó sus piernas sobre las caderas de la otra. Bien abrazadas, Betty empezó a darle como si se la estuviera cogiendo y las dos fueron subiendo el volumen de sus gemidos hasta que ambas acabaron simultáneamente.

Hasta ahora no he vuelto a presenciar otra pelea, pero los gritos que oí la semana pasada no me dejan dudas acerca de que los combates prosiguen. Lo único que sé es que, mientras Celia y Betty sigan viviendo en este edificio, no pienso en mudarme.

(c) Tauro, 2000

Si querés decirme algo, mandame un mail: tauro_ar_2000@yahoo.com

A solas, y con mucho tiempo

Si me preguntarán porque me gusta luchar con otras hembras, contestaría que lo que más me gusta de eso es el despojamiento.
Si, cuando se lucha sexualmente, una no es Cynthia González, 29 años, peluquera, soltera, blanca, más o menos católica, argentina, etc., contra otra Fulana de tal, con tal o cual edad, trabajo y nuevamente etc. Ahí somos dos hembras jóvenes y desnudas que pelean para ver quien es mejor. Absoluta igualdad. No hay privilegios ni diferencias sociales. Nada más dos mujeres solas, frente a frente, cuerpo a cuerpo, piel a piel. No se pelea por dinero, por prestigio, ni por nada más que el dominio y el goce.

Yo llevo varios combates en mi haber y sé que es difícil conseguir una buena contrincante.
Cuando vi a Erika me di cuenta que era justa para mí. La conocí en una fiesta organizada por un amigo común. Erika es alta, 1,75 más o menos, de piel blanca y suave, rasgos delicados pero firmes, hermosos pechos, cola y piernas. Su pelo es rubio, largo y rizado. Tiene ojos grises y su mirada puede ser muy dura. Llevaba un vestido azul semitransparente y accesorios del mismo color. Yo soy tan alta como ella. Mi pelo es castaño oscuro, un poco más corto que el de ella. Mi piel también es más oscura y tengo tan buen físico como el de ella. Mis ojos son azules. Llevaba un muy ajustado vestido amarillo brillante con franjas negras a los costados. Nuestras piernas lucían maravillosamente desnudas, bien visibles debido a nuestros cortos vestidos.
Nos odiamos y excitamos instantáneamente.
Tal vez no entiendan que significa esto. Es simple. Una odia a la otra porque es hermosa y la desea por eso. La odia, porque siente que su belleza la convierte en una competidora, en una rival. La desea porque la ve tan exquisita, tan femenina, que dan ganas de besarla, chuparla y abrazarla. Es una sensación extraña que te recorre todo el cuerpo. Te excita la idea de pelear por ver quien es la mejor, quien es más hembra y después gozarla toda.
Estuvimos provocándonos, primero con miradas y luego con gestos obscenos, por más de dos horas. Sin cruzar una palabra, por supuesto. Todo con la máxima discreción.
Yo estaba hirviendo. La transpiración me bajaba por las piernas. Ni prestaba atención a lo que me decía el idiota que tenía al lado. Finalmente, me acerqué al grupo en el que estaba Erika. Mientras iba caminando la desafié con la mirada, como diciéndole “a ver si te animás a quedarte”. Y se quedó.
Mientras hacíamos como que escuchábamos a los demás, nos mirábamos de reojo con desprecio. Finalmente, le hice un gesto y me encaminé al baño, rogando por que me siguiera. Así lo hizo. A solas, me miró fijamente y me dijo:
– ¿Qué te pasa a vos conmigo?
– ¿Y a vos que te pasa?. – Le contesté, haciendo esfuerzos por no gritar.
Se puso colorada como un tomate, de la furia. Creí que se me tiraba encima. Hubiera sido un papelón con tanta gente cerca. A mí se me había erizado la piel.
– ¿Queres pelear, no?. Yo también tengo ganas de pelearte. -Le susurré rápidamente.
– ¿Por qué?.
Su replica fue pura formula. No parecía sorprendida.
– Porque sí. Para ver quien es mejor.
– ¿Cuándo y donde?
– Ahora. En un lugar que yo conozco.
– Vamos..
– Esperá. Para evitar sospechas, dentro de un rato salgo yo sola y después vos. Yo te voy a estar esperando.
– Está bien.
Debo aclarar que ambas ya habíamos tomado unas cuantas copas y que en el lugar hacía calor. Eso contribuyó para que estuviésemos tan calientes. Antes de irme, tomé dos copas más y Erika también. Salí a la calle con esa rara sensación de bienestar que a veces da el alcohol.
Al rato salió. Erika. Sin decir palabra paré un taxi, subimos y nos dirigimos al lugar del combate. En el auto ni nos miramos. Llegamos y la hice entrar en la casa. Una vez dentro, Erika hizo un gesto de querer abalanzarse sobre mí, pero la atajé diciéndole:
– Esperá. Hay un lugar donde hacerlo.

Tal vez ustedes no lo sepan, pero una lucha entre hembras es un asunto que hay que preparar con gran cuidado, paso a paso.
Yo vivo en un pequeño departamento. Luchar ahí con libertad es imposible. A una le gusta gritar y putear y los revolcones y golpes hacen de por sí bastante ruido. Los vecinos oirían todo. Estar cuidándose para no hacer ruido no tiene gracia, porque justamente se pierde el “despojamiento”, el mandar todas las convenciones a la mierda y gozar y luchar como animales.
Así que, para eso uso la casa de mi finada abuela, que esta desocupada por la sucesión. Yo tengo las llaves con la excusa de hacer de tanto en tanto la limpieza. Es una casona de nueve habitaciones, rodeada de jardín. Ahí nos podemos matar sin que nadie se entere. Todos los cuartos de la casa están vacíos, excepto uno. Se trata de una habitación sin ventanas cuyo piso cubrí con colchonetas.
No hay electricidad, así que hay que manejarse con velas y un potente farol que uso para iluminar “el recinto de combate”.

Otro tema que hay que tener en cuenta es el de la ropa. La primera vez que peleé con otra mujer, ambas estabamos vestidas. Yo terminé con la blusa desgarrada y la pollera descosida, entre otras cosas. La otra estaba peor, pero como la cosa fue en la casa de ella, di gracias a Dios de haber llevado un tapado, porque si no, mi regreso hubiera sido lamentable.

Otra vez me pasó algo más complicado, pero también muy excitante. Trabajaba en un negocio de lencería y una vez nos quedamos solas con otra empleada, haciendo inventario de la ropa. Esa mina era una morocha muy sensual, de ojos negrisimos. Al rato de trabajar, se nos dio por probarnos algo de ropa. Meta sacarnos y ponernos bombachitas y sostenes cada vez más eróticos. Desfilábamos ante un espejo y competíamos para ver a quien le quedaba mejor la ropita. Al final, terminamos discutiendo por si un conjunto rojo de tanga, corpiño y medias que yo me había puesto era más lindo que el mismo conjunto, pero blanco, que ella vestía. De la discusión pasamos a los insultos, nos revoleamos unas cachetadas y después nos arrancamos mutuamente la ropa a manotazo limpio y la seguimos en el piso, desnudas y calientes, peleando como gatas. Al otro día hubo que responder por el desastre y nos echaron a las dos.
Así que desde ese día me contengo y me desnudo antes de pelear. Además, es más hermoso estar frente a frente completamente en cueros, exhibiendo nuestros cuerpos.

Erika pareció entenderme y me siguió por el interior de la casa. Caminábamos a la luz de una vela.
– Andá a la habitación de al lado. Ahí te podes sacar todo. Cuando termines, entrá al cuarto. Ponete linda.
Erika me sacó la vela que le mostraba de un manotón y se fue.
Yo fui a otra habitación y ahí me puse en bolas y me maquillé. Siempre me maquillo y me perfumo el cuello, las tetas y la concha antes de pelear. Una tiene que mostrar que es la mejor en todo.
Entré al cuarto de combate. Erika ya estaba allí. También se había perfumado y maquillado. Su físico era aún más espectacular de lo que había imaginado. Sus pechos estaban parados por la excitación. Sentí la suavidad de la colchoneta bajo mis pies. El farol iluminaba bastante bien, ahí colgado del techo, pero también mandaba mucho calor. Sería por eso, que las dos brillábamos de transpiración.
El olor de nuestros cuerpos se mezclaba con nuestros perfumes y el sahumerio de jazmín que había encendido. El aire era espeso. Nos fuimos acercando lentamente una a la otra. Nos mirábamos fijamente.
– Te voy a hacer mierda, puta. – Me dijo Erika.
– Vos sos puta, vos. Te voy a coger después de romperte la cara. – Le dije.
Pero todavía no hicimos nada. Este es un momento muy especial. Ahí estamos nosotras, dos mujeres, desnudas, hermosas, solas, sin que nadie pueda molestarnos, con todo el tiempo del mundo y la posibilidad de hacer lo que queramos. Podemos pegarnos, gritar, mordernos, besarnos, todo, absolutamente todo. Nadie lo sabría. Nadie se metería. No había convenciones ni reglas. No había que disimular ni que dar cuenta a nadie. Se podía ser todo lo animal que se quisiera. Decir lo que se nos antojara. Erika y yo teníamos posibilidades enormes. Eso es lo fantástico de este tipo de lucha sexual. La completa libertad. La posibilidad de disfrutar de los instintos, de dominar o de sufrir. Todo se reduce a términos muy simples: Quien es mejor. Quien manda. Por ejemplo, yo quería morderle las tetas a Erika hasta que me cansara y luego chupárselas hasta atragantarme. Pues bien, no tengo que pedirle permiso a nadie ni cuidarme de lo que diga nadie. Simplemente, peleo con Erika para conseguirlo.

Una vez, luché con una pelirroja y terminamos bastante lastimadas, pero son riesgos que hay que correr. Nos curamos, lamiéndonos las heridas una a otra como gatas. Fue la primera vez que probé sangre. Me salvé del SIDA por casualidad. Pero, repito, son riesgos que hacen la cosa más excitante. Se había hecho tan tarde y habíamos quedado tan agotadas, que nos quedamos dormidas, ahí mismo sobre la colchoneta, abrazadas y con las piernas entrelazadas. Pereciamos estar fundidas la una en la otra.
Cuando nos despertamos, estabamos tan bien en esa posición que no queríamos separarnos. Me acuerdo que como teníamos ganas de orinar, lo hicimos ahí mismo, en esa posición. El orín caliente nos chorreaba las piernas mientras nos restregábamos, aún entrelazadas. Pareció como si hubiésemos orinado mucho tiempo. Nos quedamos así mucho rato, tibiamente humedecidas, erotizadas por el olor a orina, mezclado con transpiración y algo de flujo. Nunca olvidare el increíble placer que sentí, especialmente desde el ombligo hasta la punta de los pies. Nunca lavé las colchonetas. Cuando tuvimos que separarnos, lloramos como locas. Pensar que la había odiado tanto. Eso es lo que tiene la lucha sexual: Una odia, ama, llora, grita, ríe, sufre, goza, todo al máximo, sin ninguna represión, con absoluta libertad. Como animales que hacen lo que quieren.

Aunque parezca mentira, pensaba en todo esto en los breves momentos que hacía que estaba parada frente al hermoso cuerpo de Erika. Creo que ella esta pensando algo parecido. Nos estabamos poniendo en clima. Le miré la concha, luego las tetas, suaves y desafiantes y, por último, la cara, dulce y feroz. Ella contestó mi mirada. Me hundí en la contemplación de su rostro, tan perfecto. Nos acercamos lentamente, una a otra. Quería hacerle daño, hacerla gritar.

Recuerdo una vez con una soberbia rubia platinada. Estabamos arrodilladas una frente a otra sobre la colchoneta. Nos agarrábamos el pelo con una mano y nos retorcíamos una teta con la otra. El tirón mutuo de pelo hacía que tuviéramos nuestras cabezas echadas para atrás. Ambas teníamos los ojos muy abiertos y nos mirábamos fijamente. En esa posición estuvimos bastante tiempo, no sé cuanto, sin gritar, aunque el dolor era insoportable. Pero estabamos como hipnotizadas. Hasta que, con un alarido final, nos soltamos. No nos hicimos nada por un buen rato. Pero después nos dimos hasta sacarnos las ganas.

Es difícil empezar una lucha. Hay siempre una tendencia a postergar el momento. Antes siquiera de tocarnos, Erika y yo jadeábamos. Al final, llegó el primer contacto. Una serie de manotazos culminaron en un abrazo que nos llevó al suelo, el lugar de batalla ideal para dos gatas excitadas. Ahí nos batimos como fieras, rodando una sobre otra. Eramos fuertes y no teníamos escrúpulos. Pude morderle las tetas y hacerla gritar, pero ella hizo lo mismo conmigo. Nos sacudimos las caras a cachetazos, nos escupimos, nos puteamos y nos arañamos.
En un momento yo estaba encima de ella, sentía su esbelto y adorable cuerpo debatirse debajo de mí y la dominaba. Rato después, yo estaba abajo. En otro momento, quedamos enganchadas de una manera que no podíamos separarnos. Nos golpeamos y mordimos salvajemente hasta que se nos soltaron las lagrimas. Miré a Erika. Tenía una expresión de furia. Estabamos absolutamente bañadas en transpiración. Respondió a mi mirada con un feroz cachetazo y yo le contesté con otro. Costaba dominarla. No se rendía. Nos agarramos del pelo y nos revolcamos a los gritos. Esa perra me iba a pedir piedad, sea como sea. Le iba a quitar esa mirada arrogante. Terminamos poniéndonos en pie, abrazadas, golpeando tetas contra tetas en forma brutal. Al final, de un golpe perdió pie. La sostuve para que no cayera y la besé en la boca con pasión, llenándola con mi lengua. Respondió con la suya y cruzó sus piernas sobre mis caderas. Nos chupamos como locas. Pero enseguida volvimos a tomarnos de los pelos y nos llevamos al suelo para revolcarnos con violencia. Todavía no había podido domar a esa yegua.
En realidad, una buena pelea es una doma mutua. A cachetazos, escupidas, mordiscos y tirones de pelo, nos vamos curando los vicios una a la otra. Una real contrincante te tiene que fajar y vos fajarla a ella. Cuando termina la pelea, una tiene que haber dado y recibido lo suyo. Por supuesto, lo mejor es ganar, pero por poco, o si no empatar; después de haberse dado con todo y quedar agotadas, vacías.
Por eso, no tiene gracia buscar una rival débil o una masoca que no te opone ninguna resistencia. En lucha sexual una quiere ganar, ser la mejor, pero también quiere “dársela” con otra hembra.
A veces una consigue un gran contrincante cuando menos se lo espera.

Una vez se me dio por ir a consultar a una adivina que me habían recomendado. La tipa tenía una santeria y vivía y atendía en la planta alta del local. Era una mina como de cuarenta y cinco años, con una cara de atorranta chupapijas tremenda. La boca era grande y de labios gruesos, pintados de rojo furioso. La nariz, ancha y ligeramente chata, le daba aspecto de animal salvaje. Me miró con unos ojazos negros hermosos y muy penetrantes. Tenía el pelo largo y negro, teñido, con una permanente que le daba multitud de rulitos. Estaba muy maquillada y llevaba las uñas largas, puntiagudas y pintadas de negro. Cargaba pulseras, collares y anillos chillones, y el enorme escote de la blusa le dejaba al aire una gran porción de un par de tetas que parecían querer explotar. Tenía un físico de veterana en gran estado, con piernas fuertes, apenas tapadas por una pollerita negra con la falda calada y un amplio tajo al costado. Llevaba zapatos negros, de taco altísimo, bien de prostituta vieja.
Me dio risa que se quisiera hacer la adivina con ese aspecto de puta barata y entonces empece a burlarme de sus “predicciones” cuando me tiraba las cartas. La mina era de pocas pulgas porque enseguida se calentó y me mandó a la reputa madre que me parió.
Enseguida empezó la batalla, porque ninguna de las dos era de dejar pasar una oportunidad como esa. Nos desafiamos a los gritos, mientras nos sacábamos las ropas. La traté de vieja puta degenerada y ella me aulló que yo era una pendeja puta y roñosa. Ya desnudas, observé que las tetas de esa perra seguían bien paradas y amenazadoras. Los pezones eran enormes botones rosados. También vi que tenía la concha completamente afeitada. Lo que se venía era una autentica lucha de gatas, porque las dos desbordábamos sensualidad y fiereza. Nos tiramos una contra otra como dos bestias y nos dimos la gran paliza. A tetazos nos conocimos la piel. La hembra peleaba muy bien. Después de revolcarnos por el suelo alfombrado y probarnos bien probadas, terminamos en la gran cama de esa bruja, chupándonos las conchas con fervor y adoración. Sus formidables y dulces tetas fueron mi postre y las mías, el de ella.
Nunca hubiera imaginado que la iba a pasar tan bien con el esoterismo.

Como sea, volviendo a mi nueva rival, en medio de la lucha empecé a besar a Erika en la boca. Mejor dicho, eran mitad besos, mitad mordiscos y uno que otro cabezazo, mientras nos retorcíamos las tetas. Un momento yo estaba encima. Otro momento, estaba abajo. Erika respondía beso con beso, mordisco con mordisco. Estabamos pegadas una a la otra, cara a cara, en permanente contacto, refregándonos y oliéndonos. Era extremadamente sensual. Nos soltamos las tetas, nos abrazamos y cara a cara rodamos una sobre otra, mordisqueándonos, buscando dominarnos psicológicamente. Ahora nos frotábamos las tetas con fuerza, a ver quien gritaba. Eramos dos cuerpos hermosos abrazados. Eramos la culminación de la perfección. Es una combinación única de fuerza muscular y suavidad de la piel.
– Dejate hacer. – Le dije.
– No..
– ¿Ya no queres más, no?
Estabamos inundadas por la mezcla de nuestros olores. Era algo muy espeso. Nos besábamos largamente. Las lenguas trabajaban a placer. Después nos chupamos todo el cuerpo, nos probamos cada centímetro de piel. Nos penetramos por todos los agujeros. Acabamos en un furioso 69, hundidas una en la otra. Nos separamos y, de rodillas, quedamos mirándonos.
La cosa no estaba terminada.
– Vos no ganaste. – Me dijo Erika. Su expresión era obstinada.
Me puse furiosa. Le iba a quitar todos los humos a esa puta.
Lo que siguió, duró unos diez minutos, pero nos dimos más que en todo lo anterior. Rodamos por todo el cuarto. Nos golpeamos con las paredes como bestias. Terminamos llorando a los gritos, después de arrancarnos unos cuantos pelos de nuestras conchas, ya en el colmo de la furia.
Estuvimos un rato separadas, llorando doloridas. Luego, gateamos una contra otra, nos abrazamos y estuvimos rodando por el cuarto fuertemente apretadas, sin golpearnos, ni besarnos, solo entrelazadas y gimiendo suavemente. Es una sensación muy rara: No queres separarte de la otra, no queres soltarla. Te parece que té falta algo sin ella. Tratábamos de tener contacto a lo largo de nuestros cuerpos. Yo sentía el soplo de su aliento contra mi cara. Era algo muy cálido. Queríamos comernos con las conchas y acunarnos allí hasta morir. Era algo de extraña plenitud.

Recuerdo una de mis primeras peleas. Fue con una alemana que estaba acá por una beca de estudios. Una rubia de ojos celestes. Yo trabajaba de vendedora en un negocio de ropa y ella vino a comprar. Nos tratamos mal de entrada y nos calentamos tanto que quedé en ir a su casa ses mismo día, a la salida del trabajo. Vivía en un departamentito de un ambiente y ya me esperaba completamente desnuda, no había necesitado ninguna explicación. Me saqué la ropa a manotazos y nos agarramos a cachetadas sin más. Después, aferradas de los pelos, fuimos de un lado a otro del pequeño cuartito. Chocamos contra muebles, rompimos adornos. Un desastre. La alemana tenía un físico imponente. Justo cuando estabamos tiradas en la cama, sonaron los golpes de los vecinos. Yo le estaba mordiendo una teta y tirándole de los labios de la concha. Ella aullaba de dolor, pero no por eso dejaba de tirarme los pelos con las dos manos. Seguían los golpes desde afuera y las voces de los vecinos, preguntando que pasaba. No nos habíamos dado cuenta del escándalo que hacíamos. Tuvimos que parar. Nos vestimos rápidamente, mirándonos con bronca. El cuarto era un quilombo: Objetos rotos, sillas tiradas, sabanas revueltas y desgarradas. Hasta un cuadro hecho pedazos. Son cosas de la calentura. Cuando se pasaron los gritos de afuera, me fui. Me había quedado con unas ganas terribles. A la semana volví, pero la alemana no estaba. Le dejé un mensaje, pero no contestó. Estuve mal como un mes. No habíamos estado ni un cuarto de hora peleando. Desde ese día es que uso la casa de mi finada abuela.

Ahora era distinto. Sentía los pezones de Erika bien clavados a mis pechos. Era la mejor postura para dos soberbios pares de tetas como las nuestras. Sus pendejos y los míos se mezclaban y acariciaban. Nuestros sensibles clítoris se rozaban. Frotábamos desde nuestros pies hasta nuestras caras. De las bocas escapaban ruiditos deliciosos, como suaves ronquidos. Las manos recorrían espaldas y colas con lentitud, delicadeza y persistencia. Seguíamos girando muy lentamente. Todos nuestros movimientos parecían previamente coordinados. Habíamos entrado en un ritmo propio, absolutamente natural. No éramos Cynthia y Erika. Eramos dos cuerpos unidos en total armonía, más allá del tiempo y del espacio, más allá del placer, del dolor, del poder y de todo. Estabamos domadas, rendidas una a la otra. Mejor dicho, estabamos rendidas a algo más grande que nosotras dos.
Sé que suena estúpido, pero es así.
Hay que vivirlo para comprenderlo. Repito que no es fácil tener una buena pelea. Hace falta una buena rival, un lugar y un tiempo adecuados y buena suerte. La lucha sexual es una purificación intensa, en la que conocés todo tu cuerpo y tus sentidos y tus sentimientos y tus emociones. Experimentás el dolor y el placer, el poder y la humillación, lo más bajo y lo más alto. Es la forma más extraordinaria de conocer tu cuerpo y tu alma, porque conocés lo bueno y lo malo de tus instintos, sin vueltas, sin disimulos.
Y digo que es una purificación porque en la lucha estás que “hervís”, estás caliente por el deseo, por el odio, por el placer, por la excitación, por el esfuerzo, por el dolor, por todo lo que te pasa. Sentís que tu cuerpo arde y en ese ardor se va quemando toda la impureza, todas las tensiones internas, hasta que, al final, (si tenés suerte), después de haber sufrido y gozado lo indecible, después de haber dado rienda suelta a tus instintos más contradictorios, te sentís plena, fundida con tu compañera y como si fueras parte de algo más grande que vos o que las dos.
Cuando por fin nos soltamos, nos vestimos lentamente sin decir una palabra y nos despedimos. No habría segunda vez. No puede haberla, después de lo que pasó. Ahora volvimos a ser Cynthia y Erika.
Pero por un momento, totalmente despojadas, habíamos estado con Dios, aunque a muchos pueda parecerle una blasfemia.
Solo quien puede llegar a intuir la increíble maravilla de la lucha sexual, comprende que, a pesar de todos sus riesgos, vale la pena.

(c) Tauro, 2000

Si querés decirme algo, mandame un mail: tauro_ar_2000@yahoo.com

Una “femme” en verdad “fatal”

Esto sucedió hace algunos años cuando me anoté por primera vez en un gimnasio. Yo no tenía un mal cuerpo, pero quería modelarlo mejor, motivado por las vacaciones que todos los años pasaba con mis amigos en la playa.
Fue en ese lugar donde conocí a la mujer que haría cambiar mi opinión sobre el “sexo débil”.
Recuerdo que la veía con frecuencia haciendo algún ejercicio, pero no me llamaba la atención. Vestida siempre con un jogging holgado y un amplio buzo, era para mí una chica más. Pero esa imagen que tenía de ella cambió para siempre desde el día en que conocí su particular habilidad.
Una tarde cualquiera, cuando llegué al gimnasio a la hora acostumbrada, me sorprendió que no hubiera nadie haciendo ejercicios, aunque se escuchaba, sin embargo, un fuerte griterío que venía desde la cancha de basquet. Fuí entonces hacia allá para investigar lo que pasaba y, grande fué mi sorpresa al ver la escena que se presentaba ante mis ojos,
En el centro de la cancha, rodeados por un círculo de gente que gritaba y alentaba, había un hombre peleando con una mujer. Al principio no la reconocí, pero al acercarme más, ví que era ella. Llevaba puesta una ajustada bikini, que dejaba ver plenamente su espléndido cuerpo. Sus piernas eran gruesas y fuertes, de muslos bien torneados y poderosos. Tenía una cintura perfecta, con un abdomen liso y duro como una roca, que hacía exquisito contraste con sus grandes pechos, firmes y redondos, que se alzaban desafiantes en el amplio tórax. Sus brazos mostraban cada uno de los músculos, y estaban coronados por redondos y prominentes hombros. Su cuerpo era en verdad intimidante, y expresaba de una forma casi agresiva su fuerza y solidez, pero sin dejar por eso de ser claramente femenino.
Pero toda esa masa de músculos no era puramente estética. Usados con destreza y precisión, formaban un poderoso instrumento de castigo, como lo estaba comprobando el pobre sujeto que a ella se enfrentaba.
Tirado en el piso boca arriba, tenía alrededor de su cabeza las piernas de la mujer que, sentada sobre su pecho, la oprimía ferozmente. El hombre, cuyo sufrimiento era evidente, suplicaba que se detuviera pero ella, mostrando una sonrisa maliciosa, aflojaba la presión levemente hasta que el infeliz pensara que el tormento había terminado, y en ese momento, volvía a apretar con renovada fuerza.
Repitió este castigo varias veces hasta que se aburrió. Puso entonces al hombre boca abajo, se sentó sobre su espalda y, tomándolo por la barbilla, comenzó a doblar su cuerpo hacia atrás, en una posición por demas forzada y dolorosa. Lo mantuvo varios minutos sometido a esa agonía, mientras escuchaba complacida las súplicas del hombre, que no sabía como quitarse de encima a esa mujer que parecía querer quebrarle la columna. Pero ella dominaba totalmente la situación, así que lo soltó cuando estuvo hastiada de sus lamentos; y viendo que lo había dejado casi rendido, decidió finalizar el combate. Pero quería hacerlo de una forma espectacular, de modo que, parándose, se alejó unos metros hacia atrás del hombre y esperó a que tratara de incorporarse. Cuando éste, medio aturdido, comenzó a despegar su pecho del piso, la mujer saltó y, dando una voltereta en el aire, cayó sentada sobre la nuca del infeliz, que dió con su cara contra el suelo y quedó tirado allí, inconsciente.
Todos aplaudían y gritaban, menos yo, que estaba como atontado. Me sorprendió ver tal potencia y destreza, especialmente en una mujer, pero lo que más me impresionó, fué la excitación que me había producido la forma evidente en que ella disfrutaba dándole al hombre semejante castigo. Me encontraba transpirado, un leve temblor recorría todo mi cuerpo y mi miembro estaba indisimulablemente duro. Quizá fué esto lo que hizo que ella reparara en mí, porque cuando se iba, noté que me miraba de reojo y me sonreía pícaramente.
A partir de ese momento, empecé a ir al gimnasio en los días y horarios en que podría encontrarla. La veía haciendo sus rutinas o charlando con otras personas, y a veces nos cruzábamos en los pasillos, pero nunca reparaba en mí ni me daba oportunidad de hablarle. Pasó el tiempo y comencé a pensar que me había equivocado, cuando un día sucedió lo inesperado.
Era casi la hora de cierre y ya no quedaba nadie. Yo estaba terminando mi rutina de pectorales, recostado boca arriba en el banco cuando, al dejar la barra en el soporte posterior, la ví junto a mí. No sé como llegó, pero cuando me dí cuenta ya estaba encima mío. Parada, con una pierna a cada lado de mi cuerpo, se había puesto a la altura de mi pecho y me miraba con toda tranquilidad. Mi cara estaba a diez centímetros de su pelvis y, si bien no me estaba tocando, me sentía como debajo de una montaña. Estuvo así mirándome unos segundos hasta que, sin darse vuelta y sin dejar de mirarme fijamente, extendió uno de sus brazos hacia atrás y metiendo su mano por debajo de mi pantalón, tomó con firmeza mi miembro, que estaba ya duro, y lo retorció fuertemente como si se tratara de una rama que quisiera partir. Quise gritar por el dolor, pero me contuve, y entonces me dijo:
ñMe parece que te gustan las mujeres fuertes.
ñNo lo sé -le respondí- pero vos me volvés loco.
ñ¿Te gustaría tener un encuentro conmigo? -me preguntó
ñCreo que sí, pero no se nada de lucha y no quiero salir lastimado. Vi lo que le hiciste a ese tipo el otro día.
ñNo te preocupes, -dijo-, ese era un idiota con el que tenía un asunto que arreglar. Yo nunca lastimo a mis hombres, sinó después, no me sirven más. Si te animás, te esperro.
Me dió entonces un papel con su dirección y, tan rápido como vino, desapareció.

Esa noche fuí a su casa. Cuando llegué, me hizo pasar al living para tomar unas copas. Llevaba puesto un vestido negro ajustado, que mostraba las curvas de su firme y hermoso cuerpo. El pelo moreno, largo hasta los hombros, enmarcaba su bello rostro, de serenos ojos claros y labios sensuales.
Sentados en un sofá, charlamos de cualquier cosa y escuchamos algo de música. Debo confesar que yo estaba un poco confundió, porque esto parecía una cita común y corriente y, no sé por que, esperaba otra cosa. Pero de pronto, y sin ningún motivo aparente, se levantó y yendo hasta un mueble cercano, sacó una ajustada malla de hombre y me la dió. No dijo nada, pero su gesto fue elocuente. Me dirigió una sonrisa cómplice y, con un leve movimiento de la cabeza me señaló la escalera que había en aquella habitación, por la que subió rápidamente y desapareció. A los pocos minutos, cuando estaba terminando de cambiarme, oí su voz desde el piso superior que me decía: -¿Y, vas a venir o tengo que bajar a buscarte?.
Excitado, no me hice rogar y subí. Al llegar arriba vi que había, al fondo de un pasillo, una habitación iluminada. Me dirigí hacia ella y encontré, con gran sorpresa, un lugar perfectamente equipado para lo que iba a suceder. Tendría el cuarto unos 6 metros de lado, y su piso estaba recubierto totalmente por una gruesa colchoneta. A unos 50 centímetros de las paredes, había en todo el perímetro unas cuerdas de ring, sujetas a cada una de las esquinas, con el evidente propósito de evitar cualquier golpe contra los muros, y algunos espejos, hábilmente ubicados, reflejaban toda el área de lucha.
Estaba mirando todo esto cuando de repente me encontré tirado boca arriba en el suelo. Mara -ése era su nombre-, se había acercado por detrás mío, me había hecho una rápida zancadilla y tenía ahora un pié sobre mi cuello, mientras me retorcía el brazo y me decía:
ñ¿Qué te parece?, preparate porque esto recién empieza.
Se había puesto la misma bikini que llevaba aquel día en el gimnasio, y pude ver entonces de cerca cada músculo de ese formidable cuerpo que, ahora sobre mí, me tenía inmóvil.
Luego de unos instantes me soltó y dejó que me parara. Alejados unos pasos nos miramos y ella, con una leve sonrisa de superioridad, saltó rápidamente tomando mi cuello entre sus tobillos en una llave voladora que me dejó nuevamente tendido en el suelo. Algo mareado, traté de incorporarme lentamente, pero apenas pude poderme de rodillas, porque vino por detrás y tomando mi cuello bajo su axila me aplicó un asfixiante y mortal candado. Con mi cara aplastada contra su pecho, apenas veía sus ojos encendidos y una perversa sonrisa de placer. Si hubiera apretado un poco mas, me habría ahogado inevitablemente bajo su poderoso brazo, pero estaba claro que había muchas otras cosas que quería hacer conmigo, y no podía acabarme tan rápido. Así que al poco tiempo me soltó y, cuando logré recuperar el aire, me enfrenté a ella y traté de voltearla varias veces, pero sin éxito. Entonces, se alejó de mí y, dando un salto ágil y flexible, quedó sentada sobre mis hombros, con mi cara contra su abdomen. Como yo seguía de pié, se tiró hacia atrás, apretando con fuerza mi cabeza entre sus piernas y, pasando bajo las mías dimos una voltereta de increíbles resultados: yo quedé en el suelo boca arriba y ella sentada sobre mi cuello, sosteniendo mis piernas bajo sus axilas y aplastando mis brazos con sus rodillas. Sumergido así debajo de su entrepierna, apenas podía respirar, y me encontraba atrapado y torcido de tal forma que no tenía ningún movimiento posible, salvo el de mi cabeza, que estiraba como una tortuga tratando de tomar una bocanada de aire entre toda esa masa muscular que me lo impedía.
Pero ella no se conformaba con tenerme así inmovilizado. No le interesaba vencer por puntos o por cansancio. Comprendí entonces que lo que la excitaba verdaderamente era el pánico y el dolor que provocaba a su víctima. Por eso, se fue inclinando hacia adelante lentamente para aplicar la máxima tensión a mi cuerpo, que se retorcía cada vez mas, mientras ella jadeaba de gozo. Me tubo así un rato largo, disfrutando con cada gesto de mi rostro, que reflejaba el padecimiento al que estaba sometido, hasta que, de repente, me soltó. Quedé entonces tirado en el piso y mirando el techo, con todo el cuerpo dolorido. En esa condición, no pude reaccionar ante lo que estaba preparando para mí. Era una máquina incansable, y no me daba ningún respiro.
Echando mis ojos un poco hacia atrás, la ví parada sobre las cuerdas más altas en una de las esquinas del ring. Apenas tuve tiempo para darme cuenta de su intención cuando, como una ágil pantera, saltó sobre mí. Me es difícil describir todo lo que sentí en ese breve instante, que duró para mí más que un siglo. Vi a esa mujer volando por el aire con las piernas abiertas y los brazos extendidos. Ví como su cuerpo se acercaba rápidamente, agrandándose a cada instante y llenando todo mi campo visual con su tremanda masa muscular. Impotente, ví su entrepierna que venía directo hacia mi cara, tomando proporciones descomunales y sumerjiéndome en una creciene oscuridad hasta que, súbitamente, sentí el terrible impacto. El peso de su cuerpo, aumentado por la inercia del salto, me aplastó completamente y repercutió con violencia en cada uno de mis huesos.
Noté entonces que todo mi cuerpo estaba atrapado debajo del de ella, salvo mi cabeza, que quedó entre sus gruesos muslos, como encerrada entre dos altos acantilados. Yo apenas podía ver desde allí sus redondos y firmes gluteos, que se elevaban macizos frente a mis ojos, mientras esperaba aturdido que saliera de encima mío y me dejara levantar, porque pensaba ingenuamente que ese salto brutal había sido el castigo máximo.
¡Que equivocado que estaba! Descubrí allí que el verdadero castigo consistía en no darme respiro, sometiéndome incesantemente a variados y salvajes tormentos. Sentí entonces que con sus manos apretaba firmemente mis tobillos contra el suelo. Mirando luego de reojo sobre su hombro, calculó la posición exacta de mi cabeza y, sin perder un instante, cerró sus piernas musculosas y la sujetó firmemente. En ese momento comprendí su intención, pero ya era demasiado tarde. Sin escapatoria, solo podía prepararme para resistir el terrible castigo que se avecinaba. Así, lenta pero crecientemente, fué haciendo una presión sobre mi cabeza que pronto se volvió intolerable. Desesperado, yo trataba inutilmente de separar con mis manos sus implacables muslos, mientras escuchaba su excitada respiración y las exclamaciones de gozo que le provocaba mi padecimiento. Con horror, creí entonces que seguiría apretando despiadadamente mi cráneo hasta hacerlo estallar como una nuez. Pero ella sabía muy bien lo que estaba haciendo. Como pude comprobar después, ésta era una de sus prácticas preferidas y conocía perfectamente su poder y como llevar a su oponente hasta el límite. Me tuvo así un largo tiempo, y al igual que aquel día en el gimnasio, iba graduando el tormento para hacerlo mas duradero. Aflojaba cada tanto para darme algún respiro, pero volvía enseguida a apretar con mas fuerza, mientras disfrutaba mirando por sobre su hombro mi expresión de angustia, que la hacía gritar ¡¡¡Ssi, ssi, sssiiii!!! en un profundo éxtasis.
Cuando decidió que era suficiente me soltó y se fue a un rincón a descansar. Yo había quedado casi inconsciente pero podía verla sentada sobre las cuerdas, excitada y jadeante.

A los pocos minutos, hechándome un balde de agua sobre la cara me reanimó y me dijo:
-¿Te animás al segundo round?.
Yo lo dudé un poco, porque había recibido un castigo sin igual y estaba todo dolorido, pero sin embargo sentía un extraño placer que me excitaba y además, debía dejar limpio mi honor. Me paré entonces y le hice frente, esperando tener esta vez mejor suerte.
Pero éste no era un asunto de suerte sinó de experiencia, y yo no la tenía.
Con dos rápidos saltos se puso a mi espalda y, tomándome por la cintura me levantó del piso para apretarme entre sus brazos de acero, oprimiendo todas mis costillas y dejándome sin aire; pero pronto me soltó y caí parado otra vez. Saltó entonces ágilmente sobre mis hombros con un impulso tal que me hizo caer de boca contra el piso, con ella sentada en mi cabeza y aplastando mi cara en la lona. Se quedó un rato así, haciendo presión con todo su cuerpo sobre mi cráneo, como queriendo triturarlo contra el suelo. Oprimido por esos gluteos de acero, yo sentía mi cabeza a punto de reventar, pero cuando estaba ya casi por desmayarme, Mara se levantó y, rápidamente, se arrodilló sobre mis tobillos, me tomó de las muñecas y se hechó hacia atrás todo lo que pudo, doblando mi espalda como una banana y estirando hasta la última fibra de mi cuerpo. Cuando comprobó que me había llevado al máximo límite de tensión, se mantuvo así por un tiempo hasta que repentinamente me soltó, con lo que, reaccionando como un resorte, dí de bruces otra vez contra la lona.
En esa posición, traté de incorporarme, pero ella, rápida e implacable, cayó con una rodilla sobre mi nuca y tomando uno de mis brazos por la muñeca, lo llevó hacia atrás retorciéndolo como a un trapo mojado. Se paró luego ágilmente, y sin soltarme la muñeca me dió un fuerte tirón que me dejó sentado en el piso como un niño, totalmente desorientado.
Sus gruesas piernas musculosas, combinadas con sus fuertes brazos, podían formar una potente máquina letal, como comprobé en ese momento, porque decidió usarla en contra mio. Sentándose entonces en el piso a mi espalda, me rodeó la cintura con sus muslos y, pasando sus brazos por debajo de los míos unió sus manos en mi nuca, dejándome totalmente inmovilizado. Y sujetándome así firmemente, comenzó a comprimir todo mi cuerpo con cada uno de sus músculos, como una poderosa serpiente que rodeándome por completo quisiera romper todos mis huesos.
Yo sentía en mi cintura la brutal presión de sus piernas, que la ceñían despiadadamente en una mortal tijera, mientras el candado de acero que sujetaba mi torso me mantenía impotente e inmóvil. Mara dominaba totalmente la situación, jugando conmigo como si fuera un simple muñeco.
A veces se echaba de espaldas contra el suelo, con lo que mi cuerpo quedaba en el aire doblado como un arco y con mi cintura a punto de partirse entre sus poderosas piernas, y a veces, girando ágilmente, se colocaba encima mío, aplastándome bajo todo el peso de su macizo cuerpo, oprimiendo mi cara firmemente contra el suelo y estrechabando incansablemente la feroz tijera con la que estrujaba mi cintura.
Me sofocaba así casi hasta la asfixia o sentía que se me iba a partir la cintura; quedaba encima de ella, moviéndome ridículamente en el aire, o quedaba debajo, aplastado como un felpudo.
Mara parecía disfrutar enormemente sometiéndome a este castigo, que duró un tiempo para mí interminable durante el cual solo se oía el sonido angustioso de mi respiración, mezclado con las exclamaciones de ella, que gemía, gritaba o me decía, con voz entrecortada por la excitación y el esfuerzo: ¿Que te parece si aprieto un poco mas y te parto como a una rama?, ¿Te rendís o querés que siga hasta aplastarte? o me amenazaba: ¡Te voy a exprimir como a un limón! ¡Te voy a dejar hecho una bolsa de huesos rotos!

Y seguimos luchando así toda la noche. Yo había aprendido ya algunas cosas y a veces le oponía resistencia, pero solo lograba recibir palizas mayores.
Me sometió a todo tipo de llaves y tomas, saltó sobre mí como si fuera una colchoneta y me apretó y estrujó cuanto quiso. Pero debo decir que sabía lo que hacía porque nunca me lastimó. Quedé dolorido y lleno de moretones, pero a los pocos días estaba listo para repetir de nuevo la experiencia, porque lo cierto es que, si bién había llevado las de perder, por alguna extraña razón yo también lo había disfrutado.

Epílogo

Esa noche, cuando terminamos (quizás sea mas preciso decir cuando ella terminó conmigo) me dijo, con un pie puesto sobre mi pecho:
-Te portaste bien, no pensé que ibas a soportar tanto.
Yo, tirado en el piso y convertido casi en un despojo, le respondí con un hilo de voz:
-Apenas me levante, te voy a hacer carne picada.
Ella se rió con ganas y, agachándose un poco me dijo:
-Creo que te merecés un premio.
Tomándome entonces por la cintura, me puso sobre su hombro y me llevó hasta su habitación, donde me arrojó de espaldas sobre una amplia cama. Se subió luego sobre mí y comenzó así otro round, pero en esta ocasión, de naturaleza muy distinta.
No sé de donde saqué las fuerzas, pero me alegra decir que finalmente pude lucir mis habilidades hasta que, totalmente exhaustos y llenos de un indescriptible placer, nos sorprendió la mañana.

Muchas veces repetimos después nuestros encuentros. Ella me enseño lo que sabía y yo pude enfrentarla mejor, aunque terminaban casi siempre con una aplastante victoria de esa mujer de incomparable fuerza y destreza.
Pero debo abandonar aquí mi relato porque, sigilosamente y por sorpresa, mi bella dama acaba de aplicarme una llave en el cuello que me está sofocando. Creo que está por comenzar un nuevo
combate, y no me lo quiero perder….

Lumix

Si querés contarme tu opinión sobre esta historia, escribime a lu_mix2000@yahoo.com.ar

Catfight

Mi admiración por Ariana venia desde hace mucho tiempo atrás, muchos la confundía con envidia basándose en que ella es tan bonita pero no, mi admiración por Ariana es tan solo amistad.

Es verdad que ella tiene una casa mas linda que nosotros y que no parecemos de la misma edad, ella rubia, con un cabello que casi alcanza su cintura y yo castaña, y desde no se cuanto utilizo este corte estilo militar. Mi nombre es Roció, soy delgada o mas bien menudita como dicen acá por Sinaloa, tengo 16 años y dicen mis tías que aparento 13 cuando mucho, voy al colegio de Bachilleres de Sinaloa numero 25, el que esta en la Campiña y en verdad, mi mejor deporte es el haberme convertido en la amiga de Ariana, así me llaman todos, la amiga de Ariana.

Fue en la prepa donde todo sucedió, a diferencia mía, Fernanda si sentía un odio por Ariana y ella si manifestaba su envidia, Fernanda era sin duda la mas alta del salón, la mas fuerte también, jugaba basket con los muchachos, solía ganarles, les hablaba con groserías como ellos lo hacen, pero muy contrario a lo que todos pensaban de ella, a ella le gustaba Miguel.

Ahora Miguel, un buchon que frecuentaba la prepa para cazar pollitas, llegaba patinando su pickup en la puerta, esperando que ellas mismas se acercaran con el, no era feo, al contrario, era del tipo campirano, un bronco como llamamos por acá, pero el negocio de su papá lo hacia llevar siempre dinero en la cartera, buena ropa y éxito con las viejas, incluyendo a Fernanda y Ariana.

Aun tengo mis dudas de lo que Roció sentía por el, ella podía tener a quien quisiera, podía hacerlos rogarles a sus pies y como no, era casi tan alta como Fernanda, media uno setenta y tres, como dije antes , su cabello lacio y rubio llegaba hasta su cintura, sus piernas eran perfectas, sin un solo bello mas que de color dorado, su sonrisa, sus verdes ojos y además de todo un busto de una mujer de 23 años, era una niña de 16 que hacia voltear por la calle a todos los hombres a su encuentro, era mi amiga Roció.

Ese día y como todos los días las tres llevábamos el uniforme del Cobaes, y las tres lo llevamos de forma distinta, Fernanda usaba el de los hombres, una camiseta con el logo al frente, siempre desalineada , siempre sucia, su falda a cuadros tipo príncipe de Gales llegaba hasta sus rodillas, es verdad, era la falda mas larga de toda la preparatoria pero de que me burlo yo, si convencía a mi mamá de llevar tela a la costurera para que me hiciera estos pantalones, nunca quise llevar falda, así que me hicieron dos pantalones de patoles para la escuela, de hecho, soy la única mujer que los lleva, y con mi corte de cabello y lo pequeñita que soy algunas veces me confunden con un niñillo, ja, el caso de Roció es otro, ella es una Barbie que provoca con enjuagues los hermosos rizos en sus cabellos, por uniforme lleva una blusa tipo polo color negro, con el logotipo en verde siempre impecable, su falda es solo un pedacito de tela que permite ver a cada paso la delicadeza de sus muslos y que también le evita esconder los colores pastel de su diminuta ropa interior, no usa calcetines, pareciera extender mas aun la longitud de sus piernas, siempre sonríe la princesa, siempre sonreía la princesa.

Se escuchó llegar la camioneta de Miguel, el rechinido de las llantas, la música de corridos en el estereo a todo volumen, nos asomamos a la ventana del salón y si, era Miguel, faltaban cinco minutos para terminar con Física y con eso terminar el día.

—Es todo , pueden marcharse— Dijo el maestro.

Salimos corriendo del aula y parecía que todas íbamos hasta el carro de Miguel, pasamos por la tiendita por el laboratorio, por la puerta y ahí justo en la ventana el nos dijo:

—Ariana, quieres que las lleve a algún lado—

—No— contesto mi amiga, siguiendo con su dulce caminar, fue así como Fernanda se entero que Miguel nunca seria suyo, que la morra que mas odiaba lo podía dejar ahí tirado con un solo no, y a ella ni siquiera la voltearía a ver, nadie le hacia caso y sin embargo ella odio a Ariana mas que a nada en el mundo y decidió vengarse, Miguel arranco su camioneta y se fue encabronado de ahí.

Fernanda corrió a su vieja camioneta azul y después de arrancarla subió a cuatro de sus machorronas amigas

—vamos a madrearnos a la Ariana, me la debe desde hace tiempo— Cosa que escucho toda la escuela y a pie corrieron a ver.

La camioneta se nos cerro a las dos, estábamos justo en medio de la calle y un circulo de estudiantes uniformados nos rodeaban, eran como cien que gritando me hicieron sentir pavor de lo que podría pasar, fue entonces cuando volteé a ver a mi amiga, tranquila, seguía sonriendo, parecía que a Ariana nada le importaba mas que no perder el porte.

—Te va a llevar la chingada guera de rancho, te voy a coger a madrazos—

Seguimos caminado hasta que al mismos tiempo nos detuvieron, entre dos de ellas me subieron cargando a la caja de la pickup y las otras dos se fueron sobre mi amiga, Fernanda estaba desesperada por pegarnos, era tanta su furia que vi como antes golpeo la camioneta tres veces con su mano derecha, se que le dolió.

—Puta de mierda, vas a aprender a la mala—

Tomó del cabello a Ariana y como una polea la aventó tres metros de ahí, la guera cayo al suelo queriéndose levantar de inmediato, Fernanda la tomó de nuevo del cabello hasta hacerla pararse y así de nuevo jalarla del pelo por la mitad de la calle.

—Suéltame pendeja, suéltame que me duele—

Toda la borregada estaba feliz, querían que la matara, pedían sangre de la que fuera y cualquier grito de Ariana se perdía entre tanta risa, de nuevo en el suelo, su rodilla tenia un raspón, fue ahí cuando me di cuenta que el semblante le había cambiado, ella estaba igual de asustada que yo y tal vez fue eso lo que le dio fuerzas para atreverse.

Al acercarse Fernanda de nuevo, los papeles cambiaron, fue Ariana quien de un brinco alcanzo los cabellos de Fernanda, tomándolos con tal saña que parecía le arrancaría la cabeza, ahora Ariana la tiro al suelo, se sentó encima de ella y sin mas ni mas de un tirón le arranco la blusa en dos trozos.

—WOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOW— Era el grito de la muchedumbre.

Ariana aventó la blusa a la muchedumbre y alzo los brazos en son de victoria. Tres de las amigas de Fernanda corrieron contra ella, la tomaron de brazos y piernas y la subieron a mi lado. La otra se levanto sin importar nada, sin importar que la vieran sin camiseta y subió a la caja de la camioneta, “PUM PUM” dos madrazos en la panza de mi amiga, no fueron suficiente lección.

La bola de mirones se acercaba como hormigas en hormiguero a la camioneta, nadie veía nada, solo se veían varias manos sobre Ariana, jalando pedazos de tela una y otra vez, nadie veía nada hasta que Fernanda se levanto y de un nuevo jalón levantó a Ariana, no había mas que un pedacito de blusa sobre sus hombros, la falda ya no estaba, ni siquiera un pedacito de la tela había quedado.

—Tubo Tubo!!!! — gritaban los de la bola

Ahora Ariana dejaba ver sus nalgas, tenia una tanguita color verde pastel, de adelante un moñito adornaba el pequeño triangulito mientras que por atrás preemitió que la escuela entera conociera la palidez de sus pompis. Arriba tenia un Bra del mismo color, un pushup que le daba mas tamaño a sus espectaculares tetas, se veía preciosa y rojiza, el color de su piel llegaba por la vergüenza.

Una de las viejas arranco la camioneta escapándose de la muchedumbre de mirones, caminamos a lo mucho tres cuadras cuando Fernanda detuvo la camioneta, saco unas tijeras de la cabina y regreso a la caja.

—Apenas comienza el dolor golfa, vas a pagarme lo que me hiciste con la mas grande vergüenza de tu vida—

¿qué podría ser peor?, la saco en calzones ante toda la escuela, no se que podría ser peor que eso, además el miedo no me dejaba ver mas allá de eso.
Tomo el cabello de Ariana y de un solo corte se quedo con toda la rubia cola de caballo de su enemiga, siguió cortando, tijerazos a lo loco que dejaban cada vez mas pelona a la princesa

—Yaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, por favor yaaaa detente! — pedía Ariana.

Y nada, no se detuvo hasta raparla con un rastrillo por completo, no dejo ni un pelo en su cabeza, ella lloraba tomando del suelo lo que quedaba de sus greñas. Así, la llevo ante un espejo y ahí, Fernanda se burlo de ella.

—Te quiero ver mañana en la escuela guera, jajajajajaja guera—

Después, soltó el Bra de un solo tijerazo, brincaron ante todas un par de tetas enormes, blancas como la leche, con un pezón rosa precioso. Ella solo veía su cabeza, olvido que solo la vestía una tanga pequeñita. La tomo con ambas manos, bajo la tanga enrollándola entre los muslos de la guera y al quedar al descubierto su vagina le dijo a sus amigas

—Deténgame a la puta bien, que todavía no termino con ella—

Delicadamente puso el mismo rastrillo con el que la rapo en su pucho y después de escupirle y sin importar sus gritos, resbalo la navaja por su panocha dejándola color piel, no dejo ni un pendejo ahí, y Ariana no paraba de llorar. Cuando la soltaron subió la tanga con dificultades por como se había enredado, ahora la tenia puesta y hecha bola entre sus nalgas.

La camioneta volvió a arrancar y esta vez tomo rumbo de regreso a la escuela.

—EEEEEEEEEEEEEEEEHHHHHHHHH! —GRITO EL PUBLICO AL VERNOS.

Nos rodearon de nuevo y fue Fernanda quien nos bajo de ahí, le dio una nalgada y arranco la tanga de un tirón, en medio de una muchedumbre estaba Ariana totalmente desnuda. Todos le metían mano, todos, eran mas de mil manos que no dejaban escuchar los llantos de mi amiga. A mi me bajaron después, me rompieron el ziper del pantalón a jalones y aun cuando no paso de mis muslos solo termine en calzones ahí.

Se fueron todos por fin, cubrí a mi amiga con pedazos de tela, subimos a un taxi con rumbo a casa de mi tía Aidé, ella sabría que decirnos, encestábamos una amiga mas.

carlos_rape@yahoo.com.mx

Pelea muy de machos

Todo empezó un día en la facultad de Ciencias Sociales, donde estudio. Mi nombre es Alejo Paradiso, tengo 25 años, curso el ultimo año de la carrera de Ciencias de la Comunicacion. Un Sabado por la mañana, acudí a clases con una resaca considerable, dado que la noche anterior me fui a la fiesta que unas amigas habian organizado. A mi me encantan las fiestas, el alcohol, las mujeres…soy un clásico “mujeriego empedernido”. Ahí estaba yo, sentado en el aula haciendo que escuchaba la clase (de la que no entendía nada de nada), cuando me pasan un papel los chicos de atrás diciéndome que tenía una cara de muerto terrible y si había andado de partusa. Como yo no soy muy sociable con los hombres, de hecho mis amigas son mujeres, le contesté en el mismo papel que me dejaran en paz, porque les iba a romper todos los huesos.

Aclaro que no soy un patovica, pero que tengo un cuerpo muy bien dotado: mido 1.85; ojos verdes, cabello negro, tez blanca y un bulto entre las piernas que hace gozar hasta a un muerto….mi pija es muy grande (26 cm) y tengo unos huevos redondos y bien formados. Por tal razon, trato de no ir a la facultad en pantalones que me marquen demasiado, como ser joggins. Ese Sábado fui de joggin y remera, para ir directo al gimanasio después.Volviendo al tema, cuando estos 2 idiotas leen el papel, el más grandote (alto como Yo, pero con un cuerpazo de pastillas y gimansio terrible) me escribe: “salí ya, porque te re cago a trompadas acá mismo”. Lo leí, lo miré y me le reí. Se levantó, con el otro atrás, me agarró de la remera y me arrastró hasta afuera, ante la mirada atónita de todos los presentes; entre ellas de 4 chicas a las que me había cogido ese mismo año y de la hermosa profesora de “Medios” que tenía una apariencia de puta relajada que me obsesionaba y a la que estaba tratando de seducir desde que empezó el cuatrimestre. Por esas razones, me hice el macho. Esto pasó:

En cuanto me sacó del aula, me empujó contra la pared y me dió una terrible trompada en el estómago que me dejó sin aliento; al grito de “levantate que recién empiezo cagón, te voy a dejar estúpuido”….me agarró de la cabeza y lo miró a su amigo preguntandole si me la daba ahora o jugaba un ratito más. Su amigo rió, todos estaban afuera; mirando. Sentía una bronca terrible, pero el dolor era más fuerte. Me acercó mucho su boca a la cara; y me dijo:

“Yo pego pocos golpes, pero dejo tirados a los imbéciles como Vos…..y practicamente impotentes”. Entendí al segundo. Iba a cagarme a golpes en las bolas!!!!!. Así fué. Le pidió a su amigo que me sujete las manos (que tenía en mi estómago por el dolor) y cuando me tuvo ahí a su disposición, ´su amigo solo decía: “a los huevos, Javi…para que no joda más; ni coja” y reía. Javi, así se llamaba, me miró y ante mi enorme bulto bien marcado por el jogging, me dijo: “que lástima, la tenés enorme parece…pero te va a quedar inútil…porque te voy a pegar tanto que la pija se te vá a caer solita”. El otro, que no sé su nombre, me tiro la cabeza para abajo y me pedía que me la mire para recordarla. Yo gritaba “tengo la pija dura, puto….te la voy a meter por el orto”. Ay nomás lo hice enojar. Javi me agarró los huevos con la mano, emepzó a apretarlos y mientras me sonreía, me los apretó tan fuerte que sentía mis testículos en otro planeta. Era un dolor increíble. Ël se reía. Me pregunta”duele papito”. Ahí nomás me clava un rodillazo en el medio de la pija que me hace marear. El otro hijo de puta me seguía sujetando, así que no podía ni soquiera masajearme el bulto para aplacar el dolor. Me soltaron. Tambalié, respiré profundo y me le fuí encima a ese pelotudo de javier. Lo de “pelotudo” estuvo muy bien dicho, porque cuando le agarré Yo a ël las pelotas…no podía creerlo!!!!!. “Soltame las bolas, puto de mierda”, me gritaba. Yo, que hice karate algún tiempo, le sonreí y le dije “quién ríe ahora, huevón”?. Ahí nomás, le apreté los testículos de una sola vez, en un cerrar y abrir las manos….Lo dejé estúpido a Él. Se retorcía, masajeándose la poronga con una mano y sobándose las pelotas con la otra. Lo miré desde arriba y, para mi sorpresa, verlo toquetearse tanto el bulto me dejó al palo. Traté de dimularlo, pero Javier me miraba desde abajo, es decir que tenía una visión practicamente panorámica de mi entrepierna. Me miró y sonrió. Empezó a sobarse la verga sin disimulo; desde el suelo ese gigantón me estaba seduciendo!. Yo nunca me había calentado con un tipo, pero entre tanto golpe de macho en esa zpna tan viril….tenía los huevos llenos de leche. Sentía deseo y, a la vez, rabia.Yo no era puto. Por ende, esperé a que se le notara bien parada, me acerqué, sonreí y apunté una patada terrible a ese pedazo que me excitaba. Me calentaba pegarle ahí. Sentir como le aplastaba la verga, como le retorcía los huevos. Más me calentó cuando, desde el suelo y con las 2 manos en su chota; empezó a gritar cosas, como: “en los huevos, hijo de puta”, “Uh!, me rompiste las pelotas” y cosas similares. Me excité como nunca en la vida de escucharlo aludir de esa manera tan ordinaria a su miembro. No aguntaba más, empecé a frotarme arriba del jogging. Priemro me pellizcaba las pelotas, luego con las 2 manos empecé a acariciarlas, sintiendo crecer mi enorme palo. Javier, a pesar del dolor, estaba excitándose también. Me preguntó: “qué te calienta de esta situación, huevón”?. Yo, apoyando muy suave mi mano abierta en sus pelotas, le dije: “pegarte ahí, vaaaa…acá”!; y ahí nomás cerré la palma de la mano y retorcí esos huevos gigantes. Sus insultos y quejidos, me ponían a cien. Sin dejar de apretujarlo de las bolas, emepecé a masturbarme y a amenazarlo con que lo iba a hacer tragarse mi leche mientras le arranacaba las pelotas a patadas.Lo decía y más me calentaba.El pobre tipo, seguía ahí tirado, con los pelotas y la poronga destruidas. Yo lo agarraba una y otra vez, pero siempre de los testículos, no tocaba ya su verga. Me vine, lo ensucié todo. Cuando terminé, solté al fin su entrepierna, achicharrada por completo, llevó automaticamente sus manos y empezó a masajearse. Lo dejé ahí solo, no me fuí sin antes amenazarlo con qué si volvía a joderme o contaba esto; lo iba a cagar tanto a golpes que iba a ser Yo quien le arranque la entrepierna, dije esto, lo miré, le dí un último apretón de huevos ; y me fuí.

Desde ese día, no dejé de pàjearme todos los dias acordándome de esas pelotas que aplasté, patié y manosié con tanta devoción. pero no repetí el hecho con ningún otro tipo. Me caso con una mujer muy bella, en algunos meses..pero no niego que cuando le hago el amor; extraño tener que apretujar entre sus piernas….Ella sería perfecta, si tuviera chota y bolas. En fin, no se puede todo en la vida.