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Maravillas en el país de la delicia / Capítulo 6: Polaroid

Lunes, diciembre 6th, 2010

Maravillas se despertó con aquella frase flotando por su cabeza: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Su columna vertebral era una palanca apaleada y adormecida que intentaba levantar todo un mundo que era su cuerpo. Cuando estuvo lo suficientemente despierta, se le ocurrió apoyarse en las manos. Así, a duras penas, se sentó en la cama. Una cama amplia, con las sábanas totalmente revueltas, como si todo un grupo de niños hiperactivos hubiera estado jugando en ella como terapia.

Todas las entradas de su cuerpo le dolían, y eso muy pero que muy preocupante. Le dolía la mandíbula, igual que cuando reía con ganas durante un buen rato. Tenía la garganta irritada. No tenía nada que decir, sola en aquel cuarto, así que no dijo nada, y no sabía si podría hablar con aquel dolor. Lo más alarmante era el dolor de culo. No los glúteos, sino el ano, el conducto anal.

Y no recordaba nada. Su cabeza aun estaba espesa como una sopa abandonada sin comer.

Su ropa estaba retorcida, tuvo que ajustársela hasta estar cómoda. Su ropa interior estaba revuelta, como puesta a prisa y de malas maneras.

Estaba en un enorme cuarto muy bien decorado, de colores tostados, una pequeña lámpara iluminaba desde el suelo, en un rincón. ¿Pero dónde estaba?

Vio una corbata en el suelo. Era una corbata normal: azul con rayas verdes. Entonces su cabecita empezó a recordar. Le dolió hasta la raíz de cada pelo.

Había ido a una fiesta. Su prima Conchi la había convencido, había insistido en que tenía que ir, porque nunca había estado en una fiesta así, y quizá nunca podría volver a estar. Fue a la casa y buscó a su prima para no sentirse sola. No conocía a nadie. Todas eran mujeres. Y por lo visto todas locas. Una, muy guapa, le suplicó que montara sobre ella como un caballo. Después estuvo en un cuarto de baño que se convirtió de pronto en el lugar más interesante de la fiesta, y se atestó de gente. Otra mujer le declaró que estaba enamorada de ella. Luego participó en un concurso de besos y ganó, pero… Sí, aquel flash.

Alguien le echó una foto justo cuando besaba a la chica. Quería buscar a aquella persona, pero dos chicas muy amables, que ya no recordaba muy bien, la llevaron al piso de arriba para darle un premio. Su premio era ver como le hacían todo tipo de perversiones a una adolescente atada a una mesa, y hacerle lo que quisiera, pero ella no quiso participar. Vio cómo una se orinó en la cara de la chica. Después se encontró con tres tías vestidas de traje y corbata, que le pagaron dinero por comerse una sospechosa tarta. Se palpó el bolsillo trasero de los pantalones: el dinero seguía allí. No le apetecía contarlo.
¿Qué pasaba después? Después de la tarta todo se vuelve muy borroso. No había encontrado a su prima. Estaba en la cocina y entonces…

Aquel flash otra vez…

Sí, ve aquel flash de una cámara de fotos brillando al final de un pasillo, y se encamina hacia allí. Por el camino, empieza a flotar. Se toca la cara y se pregunta porqué tiene esa sonrisa de idiota. Supone que es feliz. ¿Por qué no va a ser feliz? Al fin y al cabo se siente muy bien. Se siente de puta madre.
Sigue andando por el pasillo hacia las voces, y cada uno de sus pasos parece una nube. Una de sus rodillas cruje. Una vez oyó que las articulaciones de las rodillas están rellenas de líquido o algo así. ¿Cómo va a ser posible eso? Es más… ¿Qué coño importa ahora eso?

Llega a una puerta de cristal entreabierta. Da a un pequeño jardín interior. Ve plantas, y flores, y macetas, y mujeres que se mueven y cuchichean y ríen sus bromas privadas.

Allí está el flash, estallando una y otra vez.

Entra en el jardín.

Dos chicas comparten posturas muy sensuales, y otra, de espaldas a ella, las fotografía. Es una chica muy alta, hermosa. A Maravillas le recuerda a algún animal salvaje africano, quizá una mezcla paradójica entre antílope y pantera. La chica parece mestiza, tiene una preciosa piel color caramelo tostado, limpia y brillante. Sus piernas parecen no acabar nunca, suaves. Las puede ver perfectamente porque la chica lleva una falda cortísima. Arriba lleva una camiseta de tejido plástico y brillante, color rojo oscuro. Está embebida por su trabajo. Cada vez que pulsa el disparador, de la cámara sale una tarjeta blanca. Es una cámara Polaroid.

Las dos chicas se abrazan, se miran, se tocan y se besan para la cámara. Se nota que se quieren de verdad. O al menos se desean de verdad. Una mira a la otra a los ojos, le acaricia la cabellera rubia, hunde su cara en ella y muerde su cuello suavemente con los labios. Miran a la cámara. Cada movimiento está muy calculado, y a la misma vez es improvisado sobre la marcha del juego. Las chicas se tocan con la punta de la lengua. Aguantan la posición para otra foto más.

- Joder, vaya colección estoy haciendo gracias a vosotras, nenas -dice la fotógrafa-. Esta la voy a mirar y volver a mirar un millón de veces, os lo aseguro.

Ellas ríen. Una se levanta y se quita los pantalones. Se sitúa de espaldas a la cámara. La otra sujeta sus bragas blancas y tira de ellas fuerte hacia arriba, las estira al máximo haciendo que se ajusten en sus ingles, se claven en su carne. Ella pone cara de sufrimiento. Maravillas puede ver la forma apretada de una vulva.

- Quiero mi foto -dice Maravillas. Su voz le suena extraña, como si perteneciera a una mujer desconocida, más grande, más importante.

Las presentes la miran. La fotógrafa con anatomía africana se vuelve y por fin puede ver su rostro. Se había equivocado: no es africana, sino más bien hindú, o una mezcla entre hindú y árabe. Un precioso rostro ovalado sin defecto alguno. Unos ojos negros almendrados que dan ganas de echarse a dormir cuando te miran, una piel tostada, unos labios gruesos pintados de rojo oscuro, satinados. Unas orejas pequeñas, un pelo negro como el carbón, muy corto y engominado. Todo eso mirándola desde lo alto de un cuello esbelto como el brazo de una niña, adornado con algunos colgantes y finas cadenas de oro.

- ¿Perdona? -dice ella, agitando dos o tres polaroid en su mano para que acaben de revelarse.

Las chicas que posaban para la sesión de fotos, sonríen maliciosamente.

- Quiero mi foto. Ya sabes la que digo. Me hiciste antes una, cuando estaba con una chica.

- Sí, es cierto. Cuando estabas dándole un morreo bestial a una tía.

- Quiero que me la devuelvas.

Mientras habla, siente cómo el suelo se inclina hacia un lado y otro. Sus piernas intentan compensar la inclinación.

- Oh. Qué pena. Lo siento, no la tengo yo.

- Sí que la tienes. Tú me la hiciste. Sabes a qué foto me refiero, así que fuiste tú…

- Muy lista…

- Quiero que me la devuelvas. No quiero que nadie vea esa foto.

- ¿Ah, no? ¿Qué tiene de malo? ¿Acaso no te gustó besar a esa chica? ¿O es que insinúas que es malo que las mujeres se besen? Te da vergüenza lo que puedan pensar otros al verla, ¿Verdad?

- Prefiero guardármela yo.

- Ya veo… Pero, en serio, no la tengo yo.

- ¿Entonces…?

Antes de que acabe la frase, otra chica aparece tras una columna del patio. Es una copia exacta de la fotógrafa. Mismo cuerpo, mismos pechos haciendo esa preciosa curva bajo su ropa, mismas piernas larguísimas, misma sonrisa rojo oscuro y marfil, mismos ojos negros y misma piel tostada.

Entre sus dedos, de uñas pintadas de negro, agita una polaroid. Maravillas adivina perfectamente la imagen que aparece en ella. Se acerca a su gemela, con sus finos tacones resonando en las baldosas, y entonces, junto a ella, ya no son original y copia, sino la misma cosa.

- Esta chica quiere su foto.

- Mmmmh… No. Creo que me gusta mucho. Quiero quedármela.

- Por favor. Devuélvemela.

- ¿Tú que piensas?

- Mmmmh… Sigo pensando que no. Es una foto bastante buena, ¿sabes? Quedará muy bien en nuestra colección de besos.

- Yo estaba pensando lo mismo.

- ¡Por favor, os lo pido muy en serio! -la cabeza de Maravillas empieza a dar vueltas, siguiendo el ritmo de la estructura de la casa, que de pronto parece construida sobre la cubierta de un barco que surca las olas en alta mar- Está bien, ya veo. Vamos a negociar, ¿de acuerdo? ¿Queréis dinero? Podemos llegar a un precio razonable.

- Dinero… Mmmmmh… No.

- ¡Poned un precio, al menos! Quizá lo pueda pagar.

- No, no nos interesa el dinero.

Maravillas siente como se avecina otra extraña situación. Lo puede sentir en cada palabra y en cada movimiento.

- ¿Entonces? ¿Hay algo que pueda hacer para que me deis esa foto?

Las gemelas se miran. Durante unos momentos comparten algún pensamiento. Y no parece muy bueno.

- Puede que lo haya -dice una de ellas.

- ¿Qué?

- Ven con nosotras.

Diciendo esto, la chica desaparece por otra puerta de cristal, al fondo del patio. Maravillas se rinde y sus pies la siguen. De repente, se da cuenta de que su sentido del peligro y su sensatez ya no están. Deben haberse tirado juntos, cogidos de la mano, por la borda del barco. Ya no recuerda por qué está pensando en un barco.

Tras ellas, la chica de la cámara se despide de sus modelos con un beso en los labios.

- Gracias, chicas. Habéis sido muy buenas. Tenemos que volver a contactar.

Una de las gemelas se llama Imán. La otra se llama Myra. Es casi imposible saber cuál es cuál, sobre todo cuando tu cabeza se empeña en olvidarse de lo que estabas pensando hace un segundo, en cambiar los muebles de la habitación de ubicación, y en decir que sí a todo lo que te proponen.

Maravillas dice que sí a todo. Tan sólo quiere hacer lo que tenga que hacer para que le den esa maldita foto… ¿Qué tenía esa foto? ¿Por qué es tan importante? Ah, sí, ya recuerda, se supone que en ella sale morreándose con otra chica, o algo así.

Es una habitación muy acogedora, iluminada tenuemente, toda de tonos tostados. En un lateral hay una puerta cerrada. Una de las gemelas cierra la puerta tras ellas. Maravillas oye como echa el pestillo. Dejan caer un macuto negro junto a la cama.

- Te vamos a devolver la foto -dice la voz de una de las gemelas-, cuando acabemos de representar algo.

- Una fantasía, digamos.

- Sí. No te pienses que somos unas cualquiera. Tenemos nuestro gusto.

- No me digas… -dice Maravillas, burlona, que ya cree haber escuchado algo parecido hace poco.

- Llevamos tiempo pensándola hacer, ¿verdad?

- Sí, y ¿sabes qué? Por fin hemos encontrado a la chica apropiada: tú.

- Y si no quieres, ya sabes… Internet es una herramienta muy interesante hoy en día. Los besos entre chicas son un material muy apreciado.

- Es muy fácil. Tú déjanos guiarte…

Se aproximan a ella, una por delante y otra por detrás. Sus cuerpos se mueven tan suave y elegantemente que casi no puede oírlos, oír el roce de sus ropas, sus pasos en el suelo.

Maravillas se deja llevar.

¿Por qué está haciendo esto? Había un motivo, algo relacionado con una foto, o una carta…

La desnudan con dedicación, como si estuvieran preparando a la novia para la boda. Una le saca la camiseta, el pelo se le queda revuelto y vuelve a ponérselo bien. La otra le desabrocha el pantalón. Ponen cuidado en cada movimiento, parecen no tener prisa, disfrutar el momento.

Su pantalón está en el suelo, levanta un pie, y luego otro, para que se lo saquen. Siente una mano en su espalda. No está fría. Es muy suave y cálida. La mano manipula su sujetador, hasta que siente cómo se abre el broche. Se resiste a que se lo quiten, pero la otra chica le abre los brazos para que no se cubra los pechos. Ambas se sitúan ante ella, con una extraña sonrisa, y observan sus pechos. Imán y Myra están muy juntas. Mientras disfrutan la visión de sus pechos desnudos, se abrazan un momento.

Luego le toca a las bragas. Unos dedos finos sujetan el elástico y comienzan a desplazarlo hacia abajo. Durante todo el recorrido, puede sentir el dorso de esos dedos acariciando suavemente la piel de sus piernas, desde sus caderas, pasando por sus muslos y rodillas, hasta la dureza de hueso de sus tobillos.
Le quitan los zapatos y los calcetines.

Una de ellas se va para abrir un armario empotrado y comienza a remover y sacar ropa, mientras la otra se queda observando de arriba a abajo su cuerpo totalmente desnudo, riéndose. Maravillas también sonríe, pero por seguir la corriente, porque no sabe qué tiene de gracioso como para reírse. Debe ser algo que está pensando.

La visten de hombre. Ese debía ser su plan, la escenificación de la que hablaban.

Le han puesto unos slips muy ajustados. Pero no se quedan muy ajustados en el cuerpo de una mujer. Por detrás le quedan bien, se adaptan a su culo, le quedan interesantes. Pero por delante le queda un hueco colgando. Le meten un calcetín enrollado y se lo retocan hasta que parece un auténtico paquete.

Está cálido y apretado. Maravillas se pregunta cómo será llevar eso todos los días ahí. Quizá lo pruebe alguna vez, después de todo esto.
Le han vendado los pechos con un pareo. Se los han apretado mucho, para que no se noten. Los nota comprimidos contra la tela sedosa, asfixiantes en cada inspiración.

Un pantalón negro con cinturón, una camisa blanca, una corbata negra, unos calcetines de ejecutivo, unos zapatos de piel y un grueso reloj de pulsera. Le recogen el pelo en un moño.

La puerta lateral resulta ser un cuarto de baño, blanco, pulcro, enorme. La llevan ante un espejo y las tres miran el resultado. Si no fuera por su cara, se diría que es un hombre, un hombre de vestir elegante, quizá algo anticuado.

- Pero mira que barba tienes… -dice Myra, o Imán, sujetando su barbilla- Vamos a tener que afeitarte.

Mientras una la afeita, la otra se marcha de vuelta al cuarto. No puede ver qué hace, pero al rato oye el correr de una cremallera.

Su hermana le afloja el cuello de la camisa y la corbata.

Con agua caliente, humeante, le humedece toda la cara. Luego se llena la mano de espuma de un spray, y se la va repartiendo: las mejillas, bajo la nariz, la barbilla, el cuello… La sensación es muy agradable. Maravillas nunca se ha afeitado ninguna parte del cuerpo, la espuma casi le produce calor sobre la piel, siente su peso ligero, esa masa blanca de millones de diminutas burbujas sobre su cutis.

Comienza a afeitarla con una maquinilla de plástico azul. Pero no la afeita de verdad, sino con el dorso de la maquinilla. Maravillas da gracias en su interior, porque después de esto, le podrían salir unos pelos negros y gruesos como púas de cepillo.

Franja a franja, la espuma va desapareciendo de su rostro gracias a las manos atentas de la chica de piel color café.

Parece como si el calor extraño que la espuma produce en su cara se fuera contagiando por su cabeza, por todo su cuerpo, hasta sus muslos. Imagina sus muslos poniéndose poco a poco de color rojo, como los de una niña a la que han dado una azotaina por portarse mal.

Siente una mano apoyada en su cintura, entre su espalda y su trasero, mientras la afeitan.

Las hermanas se intercambian. Una se va y la otra vuelve. La que acaba de volver no ha cambiado en nada aparentemente. No se puede saber qué ha estado haciendo a sus espaldas. Acaba el afeitado: con cuidado va pasando bajo su nariz y su mandíbula, hasta que no queda nada de espuma. Después le aclara los restos de jabón con agua muy caliente, le seca la cara con una pequeña toalla blanca. La sensación de presión de la espuma en su cara ha desaparecido. Sacude una botella sobre su mano: el líquido azulado huele a alcohol. Lo reparte por su cara afeitada. Los dedos finos y frescos masajean su cutis un buen rato.

Una mano aprieta su blando paquete. La otra hermana ha vuelvo. Lo aprieta y masajea. Siente la barbilla aguda sobre su hombro, su aliento cerca de su oreja. Tiene a las dos hermanas muy pegadas a su cuerpo. La examinan de arriba a abajo. Su calcetín es insensible, pero no sus ingles, que siguen subiendo de temperatura con las caricias y apretones.

- Mmmh, qué guapo.

- Bien afeitadito, así sí que estás bien.

Le ajustan de nuevo el cuello de la camisa y la corbata. Otra mano se posa sobre su vientre. Siente algo duro contra su muslo, por detrás. No puede identificar qué es.

- Y ahora…

- Ahora te vamos a tratar como te mereces…

El tono en que lo dice no inspira mucha confianza.

- Te vamos a tratar como os merecéis todos los tíos que os traten.

- Eres como los demás, ¿verdad? -la mano aprieta fuerte su calcetín, haciéndola mover el culo hacia atrás, contra su acosadora- Eres como todos. Un maldito obseso, siempre buscando sexo…

- Y siempre buscando satisfacerte a ti mismo.

- Te encanta follar, pero nunca piensas en qué sentimos nosotras, ¿verdad?

- No te molestas en hacernos gozar ¿verdad? Eres de esos, claro que sí…

- Te encanta que te masturben, ¿eh? Que te hagan una buena paja… -y la mano comienza a subir y bajar sobre su falso pene.

- Te gusta ir al grano, que te hagan una paja, rápido y fuerte, con toda la mano, mientras ponemos esa cara, como si nuestra vida dependiera de que te corras o no…

La chica se arrodilla. Abre su bragueta y mete una mano. Masturba su falso pene rápida y furiosa, mirándola a los ojos, los dientes apretados tras sus labios abiertos.

- Así, ¿verdad? -dice una voz a su oído- A todos os gusta lo mismo. Pues esta vez no va a ser así. Esta vez vas a ser tú el que recibas. Vas a saber cómo se siente una pobre chica cuando se cruza con un salvaje de tu especie…

La masturbación cesa bruscamente. Las dos chicas se separan de ella. Levantan el borde de sus minifaldas. De una especie de tanga de cuero negro sale un pene de goma, también negro. Si no fuera por las falsas venas que recorren su superficie, casi no le darían asco. Ambas acarician sus penes. La miran a los ojos, observando su reacción.

- ¡Al suelo, cerdo!

De un empujón en el hombro, la obligan a arrodillarse. Ahora son ellas las que se masturban a escasos centímetros de su cara. Observa con curiosidad los falos de goma. Sabía que existían, que los venden en ciertas tiendas, pero nunca había visto uno en directo. Se da cuenta de que su yo de antes (de un antes bastante reciente, adivina) seguramente habría sentido asco y rechazo al ver algo así, quizá miedo también.

- ¿Te gusta que te la chupen? ¿Eh? Sí, te gusta que te la chupen. Que te hagan una mamada larga, húmeda y profunda… ¡Pues ahora vas a mamar tú!

La sujeta por la cabeza y ella intuye lo que debe hacer. Sobre todo porque ve el falo acercarse hacia su boca. Abre sus labios y siente entrar en ella la goma tibia.

- Chupa, vamos… Chúpame el capullo…

La frase, dicha por una boca femenina, resulta muy extraña.

Sus labios se cierran alrededor de lo que simula ser el glande. Es como una bola dentro de su boca.

- Venga, saboréala. ¿Es que no te gusta? Si te gusta que te lo hagan, tienes que estar dispuesto a hacerlo tú… Cabronazo.

- Venga, saboréaselo bien… Con la lengua.

La bola de goma entra y sale en su boca. La saborea con la superficie de su lengua, pero todo lo que encuentra es un neutro sabor a látex.

Las gemelas saben cómo convertirlo en una felación auténtica. Mueven mágicamente sus caderas y manejan la cabeza del chico, oyendo el chup chup de su pene entrando y saliendo. Le obligan a masturbar el otro pene mientras su boca está ocupada.

- Ahora la mía, venga… chupa, cerdo…

La boca cambia de pene, y es el otro el masturbado. Su mano resbala sobre una película de saliva.

- Te gusta cuando te pasan la lengüecita por toda la punta, y cuando te acarician el capullo, ¿eh? Vamos, quiero que me lo hagas ahora a mí…

Maravillas obedece. Extrae el pene de su boca y pasa la lengua alrededor del glande. Mira a la chica a los ojos, para saber si lo está haciendo bien. Parece que sí, bastante bien. Acaricia la punta con rápidos toques, y se la vuelven a meter de golpe en la boca.

El cuello empieza a dolerle, porque la obligan a mover la cabeza cada vez más rápido. Intenta descansar un momento para estirar el cuello, pero no dejan su boca escapar, y vuelven a meterle una polla.

- …Te gusta que la chica se la meta entera en la boca, que se la coma entera, por grande que sea, que se la meta hasta la garganta por larga y gorda que sea, ¿verdad? Eso te excita, aunque para ella sea desagradable, aunque se esté ahogando… Pues ahora vas a saber lo que es eso.

Entonces Maravillas siente el miedo, pero lejano y acolchado, como el calcetín bajo sus slips.

Nuevamente cambian de pene, el otro entra en su boca. Su cabeza es sujetada por cuatro manos. El pene en su boca profundiza más y más. Se desliza sobre su lengua peligrosamente hacia el final de su boca, hacia el precipicio de su garganta. Se asusta. El extremo del pene roza el fondo de su paladar. Intenta sacársela de la boca pero las manos no la dejan retroceder.

- Ah, no, ahora vas a pagar todas esas veces que te has empeñado en meterle a la chica la polla hasta la garganta…

- Tú sólo abre la garganta todo lo que puedas. Relájate, eso es… Relaja tu lengua y abre la garganta. Imagina que estás tragando un sabroso trozo de carne… Respira por la nariz… Muy bien…

Las instrucciones entran por sus oídos, recorren su cerebro y de ahí se transmiten perfectamente a su cuerpo, llegando a hacer algo que jamás creería que llegaría a hacer. Aunque siente los temblores de las náuseas, deja el pene resbalar por su lengua y entrar en su garganta. Abre un poco los ojos para ver. Tiene toda la polla metida dentro, hasta la base. Sus labios están besando el tanga negro.

La chica mueve un poco la polla dentro de su garganta, disfruta con el jugueteo perverso, incluso se ríe. Por fin la saca y la dejan respirar un momento. Toma aire desesperadamente.

- Ahora me toca a mí… ¿Es que me vas a olvidar?

Mientras aun dura en su garganta la sensación que le ha dejado, su hermana le mete la suya. Lentamente, repite la operación hasta metérsela entera. Siente el falo de látex taponando su garganta. La sujeta por el pelo y le hace el amor como se lo haría por la vagina.

Dejan respirar unos momentos al muchacho y lo llevan de la mano de nuevo al interior del cuarto, hasta la cama. De repente es consciente otra vez de su pecho. Su respiración se ha acelerado y sus pechos se comprimen agobiantemente contra la tela.

La empujan sobre la cama. La besan con lujuria, buscando su lengua, mojando sus labios. Maravillas sólo abre la boca y se deja hacer. Si tiran de su lengua con los dientes, ella colabora y la saca, si la succionan desde otra boca, ella no se resiste. Si le muerden los labios, ella se queda quieta.

Las dos hermanas se la reparten, la pasan de una boca a otra, hasta que ya no sabe de quién es la saliva caliente que corre por sus mejillas. Al mismo tiempo, siente cuatro manos acariciándola, ayudándola a aceptar el hecho de que, a pesar de todos los abusos, se está excitando.

Definitivamente, ha olvidado el motivo por el que está haciendo esto. Ya sólo recuerda manos acariciándola, desabrochando botones, bocas besándola, buscándola.

Unas manos se deslizan bajo la camisa. La mano está caliente, pero su vientre lo está mucho más, y la diferencia de temperatura la hace estremecerse.

Otra mano acaricia su pene. Cada apretón, cada dedo que lo recorre desde la base hasta la punta la excitan tanto, que juraría que está empezando a sentir que tiene uno de verdad.

Las caricias y los besos cesan. Las gemelas color café contemplan al muchacho: excitado, desconcertado, expectante.

La hacen rodar sobre la cama hasta ponerlo bocabajo.

- Apuesto a que hay otra cosa que te excita…

Elevan su trasero. Desabrochan el cinturón y los pantalones y se los bajan. Siente que se avecina algo peor que una felación profunda.

- … Seguro que te encanta metérsela a las chicas por el culo. Hasta más que por el coño, ¿eh?

- Seguro que te encanta sentir como tu polla se va metiendo en ese agujero tan estrecho, mientras ella se resiste o te pide que seas suave, que le duele…

- … Y tú se la metes hasta el fondo, hasta que tus huevos golpean con su culo. Y te la follas como un bestia, sin pensar en ella…

- Y seguro que ni siquiera le acaricias el coño mientras lo haces. Te corres tú solo como un egoísta de mierda. ¿Crees que a todas las tías les encanta que se la metan por ahí? ¿Crees que todas se corren como tú?

- … Culo, ano, esfínter, orificio trasero, intestinos, agujero…

- Ahora vas a saber lo que es eso, cerdo…

Imán (que quizá es Myra) abre la cremallera del macuto y extrae un tubo. Está mirándola, intrigada, cuando siente algo húmedo caracoleando en su ano. La otra gemela se lo está lamiendo. Embadurna bien el orificio y alrededores. Maravillas intenta darse la vuelta, pero la otra chica la sujeta y la obliga a volver a su posición. La lengua parece blanca en esos labios oscuros, en ese rostro color tostado. La tarea sigue y sigue hasta que la lengua está prácticamente chapoteando en saliva. Parece que no le da asco hacerlo.

Entonces es el turno de su hermana. Desenrosca el tapón del tubo y aprieta: un gel semitransparente cae sobre sus dedos. Le embadurna el ano.

- Ufff…

La vaselina se siente bastante fría. Le aplica dos o tres veces más. Luego se embadurna el dedo índice.

Lo primero que siente es la uña, bastante larga. Tras la uña se va abriendo paso el dedo.

- No te esfuerces en cerrarlo o te dolerá… -dice una voz tras ella.

Intenta relajarse y lo consigue en gran medida. El dedo sigue abriéndose paso poco a poco. No le hace daño, pero se siente extraña, como si de repente tuviera diez dientes más en la boca, o dos corazones. Se concentra aun más en la relajación y siente como el dedo resbala dentro de ella mucho más fácilmente.

Un poco más…

Se lo ha metido hasta el nudillo. Siente cómo comienza a moverse en su interior, dilatando la entrada poco a poco. No le duele pero es algo violento. Se queja, pero ellas parecen no oírla.

El dedo entra y sale. Empieza a pensar que podría acostumbrarse a la sensación. Entonces siente una segunda uña hurgando su entrada, un segundo dedo penetrándola. Cuesta bastante más. Tiene que hacerlo despacio para que los músculos se vayan acostumbrando. Finalmente, también consigue meterlo entero. Comienza ahora una lenta penetración. Son increíblemente largos y delgados, llegan muy lejos dentro de ella. Pone todo su empeño en relajarse, en abrir la entrada todo lo que puede, pero tiene miedo de hacer demasiado esfuerzo, podría escapársele un pedo o algo peor.

Los dedos giran en su interior.

- ¡Ay…!

- ¿Duele?

- Pues sólo son dos dedos, imagínate cuando le metes tu polla a esas pobres chicas…

- En realidad no tienes que imaginártelo. Vas a saber lo que se siente ahora mismo…

- ¿Ya?

- Ya…

La chica se sitúa detrás de ella, de rodillas. Los dedos entran y salen un par de veces más y luego desaparecen. Entonces llega el pene. Siente el glande, la bola de goma que antes tuvo en su boca, apretarse contra la entrada. Seguro que es bastante más gruesa que dos dedos femeninos. Respira hondo y le ordena a su ano abrirse al máximo. No es suficiente: cuando el pene empieza a resbalar en su interior, siente dolor. La vaselina lo hace todo un poco más fácil.

Después de entrar y salir un par de veces, su ano está acostumbrado… Y comienza a follarla. La sujeta por los hombros y la embiste una y otra vez. Se queja, grita, no le importa que la estén oyendo en toda la casa. Ojalá alguien la esté oyendo y acuda en su ayuda. Sus exclamaciones son cortadas por una boca que de pronto cubre por completo la suya. Unos labios gruesos y calientes le roban el aliento, una lengua repta dentro de su boca, buscando su propia lengua, obligándola a unirse al baile. Se sujetan por las puntas y comienzan una danza sin orden.

Oye tras ella los gruñidos animales de su amante. Su cuerpo es sacudido hacia adelante con cada penetración. Gruñe dentro de la boca de la hermana.
Cuando parecen cansadas, se intercambian los papeles. Siente su ano frio de repente, lo imagina abierto, redondo y reluciente de vaselina. Escuece.

Entonces la penetran de nuevo, esta vez la sujetan fuerte de las caderas. La otra se dedica a masturbar su pene negro ante su cara. Parece que lo hace con furia, con rabia, como si la odiara por estar mirando, como si ella fuera la culpable de algo. Masturba el pene resbaladizo ante su cara, golpea con él su boca, sus labios, lo pasa por su nariz, por sus mejillas, su frente, dejando un rastro de caracol, como si quisiera humillarla.

- ¿Te gusta, cabrón? Ahora sabes lo que se siente, ¿eh? ¿Te gusta que te traten así? ¿Que te den por el culito? Seguro que hasta te está gustando…

- ¿Te has corrido? -le dice una hermana a otra. La sesión anal ya ha acabado. La miran, tirada en la cama, expectante.

- No. Todavía no.

- Yo tampoco. Pues no hay un buen polvo sin una buena corrida…

- Ya se sabe que en cuanto los tíos sueltan su estúpida leche, se acaba todo, ¿verdad?

Se quitan los penes protésicos. Los envuelven en una tela y los guardan en el macuto. Sacan un par de otros instrumentos. No puede ver lo que son: se los colocan de espaldas a ella. Sólo puede ver cómo se ponen un par de tangas de plástico rosa.

Cuando se dan la vuelta, sigue sin comprender exactamente qué son. Son también falsos penes, esta vez de color rosa. En la mano llevan algo en forma de pera de goma, conectada a los penes con un delgado tubo transparente.

- ¿Sabes qué es lo malo de los tíos? -dice una, mientras se acercan de nuevo a la cama- Precisamente eso. Que sólo se corren una vez y se quedan hechos polvo, ya no pueden seguir… hasta después de un rato. Se corren una vez y ya está…

- Me dan pena…

- No como nosotras. ¡Multiorgásmicas! Dios hizo algo bueno por una vez.

La sientan al borde de la cama. Se masturban ante su cara.

Está cansada. Deja que sus ojos se cierren. No quiere ver nada más. La respiración le pesa.

La primera impacta en su cuello. El líquido viscoso baja por su piel, internándose bajo su camisa. Está frío.

La segunda impacta en su mejilla, un chorro fuerte que baña su cara. Los finos surcos bajan hasta su barbilla.

La tercera en la frente. La sujeta por la barbilla y apunta bien: se corre en su frente. Un chorro abundante de líquido frió, blanco y espeso. Siente como baja por la sien. Un hilillo resbala por su nariz.

La cuarta le cubre la otra mejilla. Ahora siente las dos húmedas, pastosas.

La quinta le salpica la barbilla. La mayor parte cae al suelo. De su barbilla queda colgando un hilo espeso.

La sexta baña su boca, sus labios cerrados.

La hacen abrir bien la boca.

La séptima, la octava, la novena, la décima… le inundan la boca a pesar de su resistencia, con disparos furiosos. Le cierran la boca y la mayor parte del líquido rebosa fuera por sus labios.

- Traga… -le dicen, y no le dejan opción, le mantienen la boca bien cerrada- No es nada químico, es todo natural. Trágatelo todo…

Tiene un sabor neutro, nada especial, quizá algo dulce, pero espeso y frío. Le abren la boca, comprueban que está vacía.

- Te lo has tragado todo…

- Buen chico…

Sus ojos siguen cerrados. Siente el cerebro espeso como plomo fundido.

Por fin, no hay manos que la retengan ni la manejen. Se desploma sobre la cama. Su mente entra a ciento veinte por hora en un negro túnel. Antes de dormir, aun puede oír voces.

- ¿Qué le pasa a esta? Se ha quedado roque por fin.

- Debe haber tomado algo fuerte en la fiesta.

Pasos por la habitación. Unas cortinas se descorren.

- ¿Qué? ¿Te lo has pasado bien?

- ¿Lo has visto todo?

- Todo. Sois la leche -una voz de chico.

- Bueno, Shoon. Ahora ya sabes. A partir de hoy nos debes un favor.

- Contad conmigo para lo que queráis.

- Ya se nos ocurrirá algo.

- Estaremos en contacto.

El sonido de una puerta que se cierra, y Maravillas cae en un profundo sueño sin sueños.

…….

Finale presto con tutto
Bueno, sí. Todo eso. Podía ser.

Pero…

¿Todo eso pasó? ¿Pasó de verdad? Más bien tenía toda la pinta de un sueño o una alucinación. ¿De verdad se dejó abusar por dos gemelas por una foto?
Fue hacia las cortinas del cuarto y las descorrió de golpe. No había nadie. Tras la persiana vio la luz de un amanecer incipiente.

Se palpó el trasero: en el bolsillo derecho había algo duro. Era una foto polaroid. Se reconoció a sí misma y a la chica con los ojos vendados a la que besaba.

Aquella parte sí era real, al menos. Pero, ¿y lo demás? ¿No lo habría soñado? ¿Habría tomado, inocentemente, alguna droga en la fiesta, algo alucinógeno, y ahora no lo recordaba?

¿Y qué tendría aquel maldito pastel?

Pensó la posibilidad de poner un poco de orden en el cuarto y hacer la cama. Pero, qué coño, ya había tenido bastante. Que la hiciera otra. Ella tenía su foto y se largaba de allí. Estaría fuera antes de que amaneciera.

Abrió la puerta, y allí estaba ella: una cara familiar. Le costó unas largas décimas de segundo recordar a Pony Girl.

- La he encontrado. Tu prima.

Cogida de la mano, la llevó en volandas, atravesó toda la casa en una frenética carrera. Los pies de Maravillas tenían problemas para conservar el contacto con el suelo.

Maravillas viajó a través de ciertos paisajes familiares.

Vio unas puertas que ya conocía, cerradas, tras las que se habían llevado a cabo extrañas reuniones. Galopando, bajaron unas largas y anchas escaleras. Cruzaron un largo pasillo decorado con inquietantes cuadros protagonizados por ratones o hamsters, pasaron ante un cuarto de baño, a través de cuya puerta abierta tuvo la extraña visión de una mujer usando de pie el retrete, mientras alguien roncaba en la bañera. Cruzaron una cocina, donde una chica que también conocía sacaba una botella de leche de un frigorífico, como desayuno, y atravesaron un enorme salón de estar donde ya tan sólo quedaban dos chicas muy jóvenes bailando, inundadas de amor. Siguieron viajando por pasillos y habitaciones, hasta llegar al exterior por una puerta, al jardín.

Por todas partes vio los restos de la fiesta, poco antes del amanecer. Chicas dormidas al borde de la piscina, sin bikini, mujeres que hablaban entre ellas en voz baja, para no despertar a las dormidas, una mujer paseando y tomando una copa en soledad, conversaciones y caricias tras los setos, copas y botellas por el suelo, prendas de ropa olvidadas en la rama de un limonero o sobre una mesita de jardín, un perro, largo como un tren, buscando a su dueña.

- Es ella, ¿verdad? -dijo Pony Girl, muy satisfecha.

Conchi se estaba atando el zapato. Apoyaba el pie en un balancín, el mismo en el que una pelirroja gordita muy linda dormía a pierna suelta.

La tocó en el brazo y se volvió.

- ¡Mara! ¡Ya era hora! -dijo con una enorme sonrisa. La abrazó y la besó- Mira, ¿te gusta? Me la han regalado.

Sobre el vestido negro largo llevaba una camiseta blanca con el conejito de Playboy estampado.

- Oye, vámonos, ¿quieres?

- Claro que sí. Ya me estaba preparando para irme. Como no te encontraba…

Los nervios casi la hacen olvidar a Pony Girl. Le dio dos besos. En realidad tenía cara de buena persona. Y unos pechos… Eso sí podía recordarlo. Se acercó a su oído y le susurró.

- Espero que pronto encuentres a alguien que te ayude a liberarte.

- Lo intentaré… -respondió.

Conchi y Maravillas se marcharon tomadas del brazo. Conchi miraba al suelo, meditando sus cosas.

- ¿La conoces? -dijo.

- Sí. No es mala chica.

- ¡Bueno, bueno! Al final viniste a la fiesta. ¿Cómo es que no nos hemos encontrado en toooda la noche?

- ¡Te he estado buscando todo el tiempo!

- ¿En serio? Bueno, pues tiempo habrás tenido para divertirte, digo yo.

- Bueno, es posible.

- ¿Es posible?

- Sí. Puede ser. No sé. Creo que lo entenderé mejor si se lo cuento a otra persona.

- Pues ya sabes…

Aquella sonrisa le hizo sentirse afortunada de que Conchi fuera su prima, igual que cuando eran niñas.

- ¿Quieres que te lo cuente?

- Claro. Cuéntame todo lo que has hecho esta noche, por Dios. Del principio al final.

Llegaron a la muralla de la parcela. Pulsaron un botón y la puerta metálica comenzó a abrirse.

FIN… ¡POR FIN!

EPÍLOGO

Dios mío, por fin se acabó. Me ha costado mucho tiempo y esfuerzo acabar el último episodio de esta serie, pues últimamente tengo poco acceso al ordenador. No obstante, aquí lo tenéis: el final. Espero que lo hayáis disfrutado. A mí me cuesta creer que la serie haya tenido un final de verdad. Además, es mi primera serie larga de relatos eróticos.

Quiero dar las gracias a todas las personas que me han escrito por correo electrónico para animarme, opinar, adularme, criticarme, hacer sugerencias y peticiones. Por favor, seguid escribiéndome, sobre todo ahora que la serie acabó, para decirme qué os ha parecido. Me hace muy feliz leer vuestras palabras.

Solo unas últimas palabras para alguien llamado DJ Shoon: ¿Has visto? Creías que me había olvidado, ¿eh?

Muchas gracias a todos y todas.

¿Algo que decir? eslavoragine@hotmail.com

Maravillas en el país de la delicia / Capítulo 5: La tarta

Lunes, diciembre 6th, 2010

La primera mitad de este capítulo lo escribí mientras escuchaba “Metrópolis”, de Blind Guardian, por raro que parezca. En la segunda mitad estaba escuchando “Schizoid Dimension. A tribute to King Crimson”. Lo digo sólo como curiosidad para los o las lectores o lectoras.

Maravillas tenía ahora dos opciones. En realidad tenía una tercera, que era mandarlo todo a la mierda y salir de aquella casa ya mismo. Sin embargo, las otras dos eran bastante más sensatas. Una era buscar a su prima, que sería para ella como un flotador salvavidas en medio de un mar de mujeres desconocidas abiertamente sexuales. La otra opción, la cual le inquietaba bastante, era la de buscar a alguien (probablemente mujer, como todas las demás invitadas a la fiesta) que rondaba por ahí en posesión de una foto de ella besando a otra mujer. ¿Qué tenía de importante aquella foto? ¿Qué mal podía hacerle en manos de alguien que no le conocía ni importaba en absoluto? ¿Acaso la podría utilizar para hacerle chantaje? ¿Acaso era Maravillas tan importante, acaso tenía algo que le pudieran pedir a cambio? Ignoró el sudor frío que le bajaba por la columna vertebral al imaginar aquella foto rodando de mano en mano, y decidió que era su última oportunidad para encontrar a Conchi. Si su siguiente búsqueda la obligaba a tener que relacionarse con más de dos mujeres (probablemente locas y pervertidas) abandonaría la búsqueda y se marcharía de la enorme casa sin despedirse de nadie, echando rayos y centellas de furia por las orejas.

Bajó todas las escaleras que había subido anteriormente para contemplar una sesión privada de abusos hacia una adolescente con antenas de abeja. Su supuesto “premio”. Oyó música. Le resultaba familiar. Era un blues de ritmo profundo y repetitivo. No el blues recargado y transformado de los blancos. Aunque la voz masculina era muy suave y aguda, seguramente la de un blanco, tenía aquel ritmo insistente, como el traqueteo de un tren cargado de esclavos negros. El bajo retumbaba por todo el pasillo. Una armónica introducía algunas notas de vez en cuando. ¿Cómo se llamaba aquella canción? Buscando en su memoria el título y el nombre del cantante, Maravillas se olvidó unos instantes de la impactante escena que había visto anteriormente.

¿Era “In the Road Again”? You know, the first time I travel… in the rain storm, in the rain storm… Donde hay música, hay fiesta, montones de personas hablando, cantando, flirteando, bebiendo y fumando. De hecho, eso se oía conforme se acercaba por el pasillo, así que se encaminó decidida. Aquel sería su último intento. El salón parecía el lugar espacioso y acogedor apropiado de la casa para pasar largos ratos sin hacer nada importante, sobre todo en invierno, junto a la chimenea, oyendo música en un enorme equipo, viendo la tele, leyendo lo que fuera, durmiendo la siesta en uno de aquellos largos sofás que parecían tan mullidos. Quizá era dos o tres veces mayor que el salón de su casa. También era el lugar adecuado para una buena fiesta. Efectivamente, el salón estaba atestado de mujeres, apoyadas contra la pared, sosteniendo o bebiendo una copa, charlando con un entusiasmo propio del momento avanzado de la noche.En el centro del salón, una chica bailaba a solas al ritmo hipnótico del blues. Sus ojos estaban cerrados, su vestido negro brillante se retorcía sobre su cuerpo con cada movimiento. Era una isla bailando en un mar de mujeres. So mama please, don´t you cry no more, don´t you cry no more… Maravillas paseó por el salón, echando un vistazo, haciendo todo lo posible por pasar inadvertida. – ¡”I´m sorry”! -exclamó con voz aguda una chica rubia de nariz afilada, situada junto al equipo de música. Y efectivamente, comenzó a sonar aquella canción. Maravillas la conocía bastante bien. Hubo una época de su adolescencia, la que tienen todas las buenas canciones, en que la oía todos los días varias veces. No recordaba el nombre de la canción, pero sí que cuando la grabó, en la época de la gomina, las diademas y los babana split, la chica no tenía más de dieciséis años. Era, pues una canción interpretada por una voz de candidez extrema, que pedía perdón no sabía todavía a quién.

I´m sorry… so sorry… please accept my apologies… ¿Cómo negárselo? Aquella canción parecía ser allí un clásico o algo parecido, porque cuando empezó a sonar, se armó un alboroto y todas las mujeres se apresuraron a buscar una pareja para bailar bien agarradas. La escena era propia del baile de fin de curso de uno de esos institutos de las teleseries. De fin de año o de primavera, da igual. “Oh-oh, pensó Maravillas, este es el momento en que empiezan a pasar cosas raras y a mi me pillan en medio. Yo me largo”.

Y se escabulló disimiladamente para buscar en otro lugar su última ocasión de encontrar a su prima.

Así que no sabremos lo que pasó en aquel baile, en aquel salón. Sí puedo decir, por ejemplo, que más de una pareja acabó besándose o palpándose el culo, alguien se subió a una mesa y enseñó una teta a la concurrencia, cosechando risas y ovaciones, una mujer pidió en matrimonio a otra, la cual aceptó, y que alguien vomitó tras un jarrón, y hubo quien opinó, para asombro de las demás, que hecho de forma estética, resultaba excitante ver vomitar a una chica. Baste con este pequeño resumen de todas las cosas que pasaron allí hasta que acabó la fiesta. Maravillas atravesó un pasillo de aspecto relativamente silencioso y normal. Relativamente silencioso porque en aquella mansión la música, los golpes, el arrastrar de muebles, las conversaciones y otros sonidos producidos por la voz en dudosas situaciones, todo aquello se filtraba por cada rendija de su estructura, como el moho. Y relativamente normal por los cuadros que adornaban cada lado del pasillo. En todos ellos, versiones de obras famosas, las cabezas de las personas habían sido sustituidas por las de ratones. La Mona Lisa, La Odalisca, las Meninas, la Maja Desnuda, Jesús y sus apóstoles en la última cena, tenían ojillos redondos, nariz inquieta y bigotes. Maravillas no quería imaginar qué tipo de pervertida era la dueña de aquella casa que coleccionaba semejante material. ¿Coleccionar? Quizá incluso lo pintaba ella todo, lo cual era peor. Llegó a una cocina. Le era familiar. Se dio cuenta de que un par de horas antes ya había pasado por allí, aunque habría llegado desde otro pasillo. Ya no estaban la chica que dormía sobre la mesa y la que bebía leche, la del gracioso bigote blanco.

En su lugar había tres mujeres sentadas ante la mesa de madera. Si el programa “Caiga Quien Caiga” se hubiese vuelto a emitir y esta vez las presentadoras fueran mujeres, habrían tenido aquel aspecto: camisas blancas, trajes negros impecables y corbatas también negras. Una de ellas, de pelo negro recogido en un moño, tenía el cuello de la camisa levantado, dándole un aspecto rebelde o trasnochado. Otra llevaba gafas negras, a pesar de la poca luz que había en la cocina.

Las tres estaban muy serias. Maravillas pasó ante ellas sin mirarlas, intentando no desbocar una extraña cadena de escenas sexuales. Pero las tres la siguieron con la mirada. – ¡Eh! -dijo la única rubia de los tres. Tenía la melena desbaratada y era realmente guapa. Y Maravillas se detuvo. – ¿Sí…? -respondió dubitativa.

- ¿Puedes acercarte?

- ¿Porqué? Estoy un poco ocupada.

- No tienes tanta pinta de ocupada -dijo la del cuello alzado.

- ¿Puedes acercarte por favor?

- Depende para qué…

- Acércate, no puedo levantar mucho la voz. Además, sólo es un momento. Maravillas se acercó y apoyó las manos en la mesa. Sacó de donde pudo su aspecto de mujer cansada y segura de sí misma. – ¿Síiii? -dijo, alargando el sonido de la “i” de modo sarcástico.

- Estamos buscando a alguien que…

- … Que quiera hacer un trato -completó la frase la del cuello alzado. La chica de las gafas parecía más amiga de mirar que de hablar.

- Sí, es más bien un trato, ¿no?

- Claro.

- Mira, yo… -quería decir Maravillas- La verdad es que no sé qué tipo de tratos se hacen en esta fiesta, pero prefiero irme, lo siento.

- ¡Es un trato con dinero, ¿eh?! -se apresuró a señalar la rubia- Vamos, te damos dinero si haces algo.

- Una cosa muy sencilla -dijo la del cuello alzado. Maravillas torció la boca. Al menos, si era lista, podría salir de aquella locura con algo de dinero. – ¿Cuánto?

- ¿No quieres saber primero qué vas a hacer? -dijo la del cuello.

- ¡Calla! Muy bien, quiere saber cuánto dinero… A ver… -intercambiaron miradas- Cuatrocientos.

- ¿Cuatrocientos? ¡¿Euros?! -exclamó Maravillas.

- ¿Euros? ¡Claro que euros! ¿Qué van a ser, piedrólares?

- ¿Qué son piedrólares?

- La moneda de los picapiedra -murmuró la chica de las gafas negras-. En realidad eran conchas.

- ¿Bueno, te parece bastante?

- Depende.

- Depende, claro. Ahí está el quid de la cuestión. Verás como es mucho dinero por una tontería. De una encimera tras ellas, la mujer rubia sacó una tarta y la colocó sobre la mesa. Una típica tarta americana, seguramente de frambuesa. La chica de las gafas gimió débilmente. En realidad las tres parecieron inquietarse con aquello sobre la mesa. Cuando la rubia la llevaba en sus manos, parecía manejar un diamante recién pulido, o una cabeza nuclear. – ¿Qué? -preguntó Maravillas, audaz.

- Te damos cuatrocientos euros si te comes la tarta delante de nosotras -dijo la rubia. Maravillas no sabía lo chistosa que era la cara que puso. Quizá si hubiese tenido un espejo delante, habría salido corriendo y riendo.

Un puñado de billetes nuevecitos salió del bolsillo de la chica del cuello alzado, revoloteó un poco en el aire y volvió a esconderse. – Si me como la…

- Sí, pero… -la chica del cuello alzado dudaba al intervenir- No te la comas así, a lo tonto. Verás, somos una especie de… de…

- Fetichistas -dijo la señorita gafas negras.

- Sí, algo así. Queremos que te la comas… Con esmero, disfrutando de cada bocado.

- Queremos ver como te la comes poco a poco y… de forma sexy -dijo la rubia. Conforme hablaban, podía ver como se inquietaban en sus taburetes, como se les hacía la boca agua. De repente parecía que no cabían en sus ropas.

- Sí, imagina que es un… bueno, una… Bueno, lo que tú quieras.

- No, qué hostias -dijo la rubia, tajante-. Imagina que es un coño. Un coño limpito, jugoso y blandito. Ya me entiendes… Venga, tienes pinta de chica que sabe ser muy sexy cuando quiere. ¿A que no me equivoco? Maravillas se relamió, pensando. – Un momento. Claro. ¿No llevará una droga o algo de eso?

- Joder, claro que no. No se trata de eso.

- Si noto que lleva algo raro… Os lo aviso: aquí hay un montón de gente, saldré corriendo y pidiendo socorro… Las tenía a las tres pendientes, mirándola a ella y a la tarta. Por extraño que pareciese, estaban excitadas. – Que sean quinientos. Todavía no he tenido uno de esos.

- ¿Quinientos…?

- Sí, sí, los tenemos, lo que sea, venga…

- Empieza con los dedos… Cuando Maravillas hundió los dedos índice y corazón en el centro de la tarta, se hizo un gran silencio. Sólo se oyó el constante runrún de la fiesta, roce de ropas, la viscosidad de la tarta, un triple suspiro. Se llevó los dedos a la boca y probó. Sabía a frambuesa. Las tres no le quitaban el ojo de encima en cada movimiento. Pensó que daba igual. Se comería lo que fuese, cojería el dinero y después se iría de aquella fiesta de ex-internas del psiquiátrico, se daría una ducha en su casa y mandaría a la mierda todo lo que había visto aquella noche. Chupó toda la frambuesa en sus dedos. No notó ningún sabor extraño. Lo comprobó introduciendo de nuevo los dedos, llevándose un trozo del pastel. No sabía identificar el sabor de un somnífero o algo parecido, pero allí no había nada raro. De hecho, estaba buena, incluso un poco caliente todavía.

Sin dejar de observar el espectáculo, las tres chicas se aproximaron entre ellas. Ya no parecían siniestras ni charlatanas. La chica rubia echó sus brazos sobre los hombros de sus amigas. Era divertido. Comprobó que cuando metía un dedo en la tarta y removía un poco el interior, las hacía retorcerse en los taburetes, apretarse más unas con otras, incluso gemir. Arrancó un buen trozo con los dedos y se lo metió en la boca. Lo masticó. La masa también estaba muy buena.
La chica del cuello alzado hundió su cara en la melena rubia de su compañera, para besar su cuello, y ella se dejaba hacer. La rubia apretó contra ella a la chica de las gafas negras.

Sintiéndose malvada, Maravillas pensó qué podía excitarlas aun más, cuál era el gesto erótico más típico que podía hacer con una tarta. Recogió un pegote de relleno de frambuesa con el dedo y se lo metió en la boca. Lo saboreó. Comenzó lentamente a meter y sacar el dedo entre sus labios.

Surtió efecto. La rubia parecía mandar allí, parecía acostumbrada a reclamar atención. Apretaba a las chicas contra ella. La del cuello alzado recorría húmedamente todo su cuello con los labios, la de las gafas se abrazaba fuerte a ella. Su mano subía por su vientre, acercándose a uno de sus pechos. Era una extraña modalidad de danza sincronizada, con una directora de orquesta que comía tarta. La chica del cuello desabrochó los botones de la chaqueta de la rubia, para que la otra chica pudiera acariciarla por encima de la camisa. Acarició su vientre, y subió poco a poco de nuevo hasta su pecho. Maravillas no sabía cuánto quería ver de aquello, pero decidió probar sus límites. Cuando se hiciera desagradable, pediría su dinero y se marcharía.

Efectivamente la chica de gafas atrapó el pecho. Entre sus dedos pareció crecer, de pronto parecía grande y blando, todo un placer al tacto. Lo masajeaba y estrujaba con delicadeza, mientras su dueña arqueaba su cuerpo en el taburete. La chica del cuello alzado le lamió el cuello. Su mano bajó hasta los pliegues de la camisa que quedaban sobre su vientre. Y nunca, nunca, dejaban de observar cómo ella se comía la tarta. Con cada nuevo gesto, con cada nuevo bocado que tomaba, gozaban y se encendían aun más, compartiendo una excitación encadenada que no dejó indiferente a Maravillas. Al menos no dejó indiferente a los mecanismos involuntarios de su cuerpo. Maravillas acercó su cara para dar un bocado directamente del recipiente. Eso las encendió al máximo. Verla sumergirse en el relleno, chapotear con su boca, resbalar la frambuesa por las comisuras de sus labios, por su barbilla… La mano que acariciaba el vientre pasó directamente a estrujar el muslo, y de ahí a la entrepierna. Uno de los dedos frotaba con especial ahinco la apretada ranura que se había formado en los pantalones allí. La chica de gafas desabrochó la camisa con impaciencia. Se enfadó con los tozudos botones. Sacó el pecho de la copa del sujetador. Lo trataba con admiración, como a un ídolo. Era pálido, de buen tamaño, parecía mullido y suave. La aureola estaba ya hinchada, pero el propio pezón no estaba erecto aun. La chica se encargó de acariciarlo y pellizcarlo hasta ponerlo en posición de firmes, mirando hacia Maravillas. Se sintió un poco rara. La chica de las gafas lo atrapó fuertemente entre sus dedos y se lo llevó a la boca. Lo atrapó y chupó con fuerza. La mano de la otra chica le bajó la cremallera y se introdujo bajo la tela entre sus muslos. La mirada de la chica de melena rubia revuelta decía “¿Has visto lo que tengo? ¿Has visto lo que puedo hacer?”.

Maravillas acabó comiéndose sola la tarta, sin que nadie la mirase. Las chicas se habían abandonado al sexo. Cada una le comía golosa un pecho a la rubia y le acariciaba bajo la tela del pantalón. Ya tenía los ojos cerrados y sólo gozaba entre sus manos. Cuando podía las besaba con verdadero cariño, como agradecimiento, y las dejaba volver al trabajo. Su camisa y su traje estaban totalmente abiertos, tan sólo estaba la corbata negra encima de un cuerpo bonito, no falto de carne, una piel pálida, suave, brillante y limpia cubriendo unos músculos que se contraían y retorcían bajo las frenéticas caricias de las manos de sus amigas y amantes. Hacia el final, dejaron la delicadeza a un lado y la masturbaron ferozmente, haciéndola contener sus gritos y levantarse en el taburete. Maravillas las miraba desde el otro extremo de la cocina. Más bien las miraba de reojo. Mientras tanto, rebañaba el último resto de tarta.

Las chicas de negro se recomponían la ropa y se besaban tiernamente en un triángulo vicioso, cuando Maravillas arrojó la bandeja de la tarta sobre la mesa, haciendo un ruido metálico. – ¿Qué? Casi no me he dado ni cuenta… -decían, confusas.

- Lo has hecho muy bien. Muy sexy, con buen gusto. Cómo una verdadera especialista. “¿Habrá especialistas que se dediquen a esto?”, se preguntó Maravillas. – Quinientos euros -pidió, extendiendo la mano sobre la mesa.

- ¿No habíamos dicho cuatrocientos?

- Estoy muy cansada. Por favor, no me apetece mucho discutir.

- Vale, vale… -de mala gana, la chica del cuello de camisa alzado buscó, y reunió quinientos entre los dos bolsillos- Toma. Lo siento, no es un billete -dijo con una sonrisa sarcástica.

- Da igual. Ya los cambiaré en un banco. Bueno, ¿me los he ganado, o no me los he…? La cortó el brillo de un flash, más allá, al final del otro pasillo que daba a la cocina. Recordó su foto besando a otra chica, y se fue a paso ligero hacia allí, con quinientos euros en el bolsillo. – ¿Qué pasa? -preguntó la rubia, cuando se quedaron solas en la cocina- ¿No le habéis puesto “eso” a la tarta?

- Claro que se lo he puesto. Ya debería estar drogada.

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Continuará… ¡En el último capítulo de la serie! ¿Te ha gustado?

No dudes en escribirme tu opinión: eslavoragine@hotmail.com

Maravillas en el país de la delicia / Capítulo 4: La Chica-abeja

Lunes, diciembre 6th, 2010

Las cosas empezaron a repetirse, sólo que con detalles distintos. Maravillas, la chica del pasillo y la otra chica, la que la había elegido como mejor besadora, subieron otras escaleras. Unas anchas y lujosas escaleras cuya alfombra atenuaba sus pasos. No se soltaban de su brazo, por lo cual no podía buscar a la fotógrafa que tenía en su poder la instantánea en la que besaba a otra mujer.
De nuevo se oyeron risas y voces cercanas.

De nuevo entraron por una puerta para entrar en una habitación, sólo que esta era bastante más amplia, era un salón de billar, débilmente iluminada por una lámpara sobre la mesa verde.

De nuevo cerraron la puerta tras ella.

Nuevamente la habitación estaba llena de mujeres inquietas, pero esta vez, por sus expresiones, no se diría que sólo querían besar a la chica que había en el centro.

Porque de nuevo había una chica en el centro, sobre la mesa de billar. Pero esta no estaba vendada. Esta estaba sujeta de pies y manos a las patas de la mesa con cuerdas, con bastante holgura para removerse sobre ella, pero no para escapar.

La chica vestía sólo una camiseta y unas braguitas. En su cabeza, sobre una diadema, llevaba dos muelles acabados en bolitas rojas que danzaban con cada movimiento. La chica parecía una abeja.

De nuevo las mujeres que hacían corro a su alrededor planeaban algo.
La chica intentaba ser buena, mostrarse tranquila y sonreír, demostrar que tenía sentido del humor. Pero, mientras tanto, intentaba librarse de las ataduras de las muñecas.

- Vamos, tías, ya vale -decía-. No hace falta tomárselo todo tan al pie de la letra. ¿Es que no sabéis cuándo una está de tonteo? ¡Venga, hombre, las cuerdas no hacían falta, yo ni siquiera he dicho nada de cuerdas!
Maravillas inspeccionó todos los rostros. ¿Sería una de ellas su fotógrafa?

Una mujer de unos cuarenta años se adelantó a la mesa. Parecía enfadada. Un enfado de juego. Iba vestida toda de negro: medias, botas, minifalda, chaqueta… Su maquillaje era agresivo. Sus labios, muy rojos. A Maravillas no le habría extrañado que hubiera asesinado ya a sus tres maridos para quedarse con sus viñedos y sus mansiones, y que la llamaran “La Viuda Negra”.

- Esta chiquilla -les dijo a las demás, alzando la voz-, ha propuesto un juego y ahora no quiere jugar. Eso no está bien… -dijo, ronroneando las palabras-

Me parece que aquí hay alguien que la próxima vez que se emborrache fuera de casa, se lo pensará dos veces antes de ofrecerse para un juego así. ¿Verdad?

Las mujeres rieron. Se iban acercando al billar. Parecía que se la iban a comer con cuchara.

- Esa chica -le susurró a Maravillas su amiga de los besos- tiene sólo diecisiete años. Qué preciosidad… ¿Puedes creerlo?

Maravillas se fijó bien por primera vez. Verdaderamente, la chica era preciosa. Era un poco delgada pero era increíble que tuviese aquel cuerpo a su edad. Se inquietó. Allí iba a pasar algo con una menor, y no estaba seguro de querer verlo.

Una chica joven se acercó a la mesa. Llevaba un largo vestido de tejido plástico rosa. Posó una mano sobre la espalda de la atada.

- Ahora no puedes echarte atrás -dijo, también dirigiéndose a todas en general-. Te has ofrecido para este juego de buena gana, todas lo hemos oído.

Ahora debes afrontarlo.

- ¡¿Pero no véis que estaba borracha?! ¡Y en serio: no hace falta que me atéis! ¡Desatadme! -decía ella, luchando con las cuerdas.
- ¿Porqué? -dijo la Viuda Negra- Así es más divertido. Más excitante. Además, ya te has arrepentido demasiado. No queremos que salgas corriendo.
- Está bien… está bien… -murmuró la chica, viéndose acorralada- Pero por favor, no me hagáis daño.

Las otras símplemente sonrieron.

- ¿Qué es esto? -preguntó Maravillas a sus acompañantes- ¿Qué va a pasar?
- Se ha ofrecido para hacer un juego. Para satisfacerlas a todas, una por una. Y desde hace un rato, parece que empieza a echarse atrás.
- ¿Cómo satisfacerlas?
- Cada una de las que hay aquí pueden acercarse y hacerle lo que quiera, lo que más desee. Eso había dicho ella. Este es tu premio, para eso te hemos traído.

- ¡Pero deja de mirarme así! -la riñó la chica del pasillo- No va a pasar nada malo, y además, puedes hacer lo que quieras. Mira, si sólo quieres hacer eso.
La primera fue una mujer con unas larguísimas piernas. No parecía que llevase medias. Mostrando una increíble pericia, se subió a la mesa de billar sin que los largos tacones la hiciesen caer desde una altitud desnucante. Situó una pierna a cada costado de la chica-abeja. Miró a su alrededor: todas las mujeres la jaleaban, algunas gritaban obscenidades, como “fóllatela”, “destroza esa putita” o “desvirga a esa zorra”. Después volvió a centrarse en la víctima, que esperaba con la respiración contenida y los labios apretados. La mujer de las larguísimas piernas sujetó con delicadeza la goma de sus bragas entre sus dedos. Comenzó a tirar hacia arriba. Tiró y estiró. La tela se puso tirante. La prenda se convirtió en un fino jirón que empezaba a perderse entre las carnes. Tiró hasta que la tela apretaba al máximo el pubis de la chica, hasta que sólo era casi un hilo partiendo la línea de sus nalgas. Tiró hasta que la chica-abeja comenzó a retorcerse y quejarse de dolor, y siguió tirando, y tanta era su excitación por ver aquella fantasía realizada que, mientras estiraba las bragas más allá de lo posible, metió su propia mano entre sus piernas y comenzó a masturbarse con furia, a frotarse en círculos. Y cuando la carne púbica y la rajita del culo de la chica no podían aguantar más, la torturadora se corrió furiosa entre espasmos. Las espectadoras aplaudieron. Bajó de la mesa, resoplando, y se perdió entre el público. Las bragas no eran más que una floja tira de tela que colgaba de sus muslos.
La chica-abeja parecía siempre a punto de llorar.

La siguiente fue la chica joven que había hablado antes, la del traje plástico rosa. Se situó ante ella y dedicó un buen rato a mirarla a los ojos con cariño. Las demás gritaban impacientes. Por fin se subió a la mesa, se tumbó en ella, situándose bajo la chica-abeja. Con esmero le fue subiendo la camiseta hasta las axilas. No llevaba sujetador, sus pechos quedaron a la vista de todas, con esa curva única que sólo tiene un pecho colgante. La chica del plástico rosa quería lamerlos hasta el fin. La obligó a bajar un poco, hasta que llegaron a su boca. Aquellos pechos eran muy bonitos, voluminosos y suaves, pero viendo cómo ella los chupaba, parecían la cosa más delicada y deliciosa del universo. Podía oírse cómo gemía mientras atrapaba el pezón en su boca y succionaba como una lactante. No era violenta, era suave. Tenía todo el tiempo y la ternura del mundo. Chupaba hasta que los pezones salían de su boca gruesos y pegajosos. Primero uno y luego el otro, hasta dejarlos duros y brillantes. Los lamía, más bien los rozaba con la punta de la lengua. Uno, otro, el uno, el otro… Pequeños y duros. Y mientras, la chica-abeja no podía esconder su expresión de placer.

Luego la chica de plástico se desesperó, quería perderse en ellos y quería perderlos dentro de su boca, se abrazó fuerte, aplastó la suave carne contra su cara, gimiendo de impotencia al no poder tragárselos enteros, pero los mordió y los aspiró con fuerza. La chica abeja comenzó a quejarse, las cuerdas no le permitían escapar.

La chica del plástico rosa se dio por satisfecha. Se retiró de debajo de la chica atada, y se levantó como borracha, limpiándose la saliva que le corría por la comisura del labio.

La siguiente mujer fue más directa. Resaltaba su mueca de ansia. Se quitó la falda y las bragas y subió a la mesa. Se situó a horcajadas sobre la chica, agarrándola fuerte de la cabellera. Examinó su cuerpo hasta encontrar un lugar propicio. Se relamió con la idea. Brusca, obligó a la chica-abeja a inclinar hacia adelante la cabeza y apartó su pelo, sin soltarlo. Puso su entrepierna sobre la nuca desnuda y pareció la mujer más satisfecha del mundo. Le faltaba gruñir. Frotó su coño contra aquella nuca adolescente, que Maravillas imaginó cubierta de vello suave e invisible de tan rubio. Se masturbó con furia contra la nuca, sin dejar de utilizar rudamente aquel puñado de cabellera como riendas.

Los vítores y exclamaciones de ánimo fueron esta vez más potentes que las anteriores ocasiones. Acompañaron los movimientos de las caderas arabescas, hasta que la mujer apretó los dientes entre espasmos y perdió el control de su cintura.
El cuello de la chica-abeja quedó reluciente, con sus preciosos cabellos castaños cayendo a un lado de la cabeza.
Perecía derrotada.

La siguiente parecía muy joven, quizá menos de veinte años. Se masturbó bien profundamente con dos dedos mientras besaba a la chica-abeja de la forma más húmeda y sexual, lamiendo toda su boca y alrededores, comiendo sus labios, introduciendo su lengua en lo más hondo, obligando a la lengua a salir a base de dientes, chupando, lamiendo, mordiendo…
Maravillas vio las delicadas manos retorciéndose, haciendo crujir las cuerdas.

La chica llegó al orgasmo y dejó paso a la siguiente.
La siguiente resultó ser una pareja. Una chica de melena corta parecía la dominante. Se excitó al extremo dando sonoras cachetadas al redondo trasero de la chica atada, mientras su pareja le practicaba el sexo oral, por debajo de la minifalda y por encima de las bragas, sin desvestirla. Quién sabe cuántas veces en su vida soñó con ver cumplida una fantasía como aquella.
Se corrió exclamando suciedades como “Eso es, cariño, cómemelo todo…”, “Mira qué rojo se le está poniendo… ¿quieres que le pegue más fuerte?” y

“¡Te voy a despellejar el culo a golpes, pequeña guarra!”.

Al acabar, la pareja decidió retirarse de la habitación, compartiendo una tierna mirada que sólo podía presagiar otra fiesta inmediata, esta vez privada, sólo para amantes.

La cosa fue degenerando.

Una mujer la obligó a chuparle el clítoris. Aseguró haberse corrido tres veces en sólo el tiempo que le tocó.
La siguiente se deleitó probando el anillo de su culo, como si de un pequeño helado de chocolate se tratara, e intentó en vano penetrarlo con la lengua.
Lo dejó bien húmedo para la siguiente, que decidió aprovechar y hacerla probar el sexo anal, mientras ella misma se masturbaba. No pudo pasar de los dos dedos, no parecía caber más en aquel estrecho conducto.

La siguiente frotó su coño contra sus nalgas.

La siguiente pareció limitarse a masturbarse delante de ella, en una difícil postura. La sorpresa fue cuando, entre gruñidos de gusto, soltó un potente chorro de orina contra la cara de la chica-abeja, que apretó los ojos y la boca. Un chorro que no acababa nunca, en todas direcciones.

Todas aplaudieron y gritaron.

Fue entonces cuando Maravillas decidió irse del cuarto, sin importarle lo descortés que pareciera a ojos de las amigas que la habían llevado allí como premio. Ni siquiera las miró mientras cruzaba la puerta.

Bajó por las escaleras rojas, mientras oía unos últimos gritos, lejos, en la habitación:

- ¡Méteselo todo, no lo dejes salir…!

Continuará…

¿Algo que decirme? eslavoragine@hotmail.com

Maravillas en el país de la delicia / Capítulo 3

Lunes, diciembre 6th, 2010

Maravillas buscaba el jardín, buscaba la puerta que la llevaría fuera de aquel aire caliente y aquel bullicio de mujeres interminables. Por el camino no hizo caso a nada. Si alguien le habló puso su cara más amable y pasó pidiendo perdón.

Cuando llegó al jardín y se perdió entre la noche de las palmeras, sudaba. Su ropa ya no parecía suya, quizá de una mujer más grande. Quizá la excitación la había hecho encoger. Quizá era un efecto secundario maligno que ejercía en ella el sexo. Pero, en ese caso, ¡ella nunca podría llegar a practicar el sexo con su pareja! ¡Iría menguando y menguando, y con el paso del tiempo llegaría a desaparecer! ¡Sería una mujer sin sexo para toda la vida!

- Pero qué chorradas estás pensando, Maravillas… Céntrate, es sólo toda esta locura de fiesta…

Apoyada contra la palmera, cerró los ojos y respiró profundamente.
Ni siquiera en aquel rincón oscuro podía descansar, huir. Junto al pequeño jardín de palmeras estaba la enorme piscina que irradiaba luz. Un par de chicas en bikini pasaron corriendo y riendo frente a ella. Una llevaba la parte de arriba de un bikini en la mano. La otra la perseguía por todo el jardín.

- ¡Ven aquí, cabrona! ¡Te voy a matar! -reía.

Sus pechos botaban libres con la carrera.
Maravillas miró para otro lado.
Se perdió entre las sombras de las palmeras. Necesitaba andar un rato, estar sola. Caminó hasta que se alejó el bullicio, hasta que su respiración se calmó, paró de sudar y las cosas raras dejaron de pasar por su cabeza.

Estaba pensando en irse de aquella fiesta disparatada sin encontrar a su prima, cuando oyó una voz junto a ella, en la oscuridad.

- Hola. ¿Paseando sola?

Se le acercó en silencio una mujer de unos cuarenta años. Sus ojos azules parecían iluminar las palmeras. Quizá era la luz de la piscina cercana. Llevaba las manos en los bolsillos y una camisa roja.

- Sí. Estaba relajándome un poco.
- Eso está bien. Yo lo hago también en las fiestas. A veces tanta gente agobia, ¿verdad?

Maravillas sonrió.

- Sí.
- ¿Estás bien?
- ¡Sí, claro! Es que… Estaba pensando en irme.
- ¿En irte de la fiesta? ¿Y eso por qué?
- No lo sé.
- Pues si no los sabes, no lo hagas.
- Parece lo lógico, ¿verdad?

Se hizo un corto silencio.

- ¿Sabes? -dijo la mujer- Quizá te parezca una locura, pero te he estado siguiendo.
- ¿Cómo? ¿A mí? -quizá era hora de empezar a alarmarse un poco.
- Sí, pero te ruego que no te preocupes. Es sólo… Bueno, te he seguido hasta aquí para decirte una cosa.
- ¿Qué cosa?
- Pues… Te he estado observando y… Quería decirte que estoy enamorada de tí.

Maravillas quedó cortocircuitada y luego rió.

- ¡Ya, sí! Parece que eso les pasa a muchas esta noche, porque si yo le contara…
- No te lo crees…
- Mire, estoy un poco confusa…
- ¿Cómo no voy a enamorarme? ¿Te has visto bien?

Maravillas se miró las manos, como si aquella mujer se refiriese a ellas, como si allí estuviera la belleza que la había enamorado.
- Eres… Vas dejando detrás tuya un rastro de sensualidad y calma. Quizá otras no lo vean, pero yo sí. Si pudieras verte como te veo ahora mismo… seguramente te enamorarías.

Maravillas calló. Aquello era lo más bonito que le habían dicho nunca, aunque quizá ya lo había oído antes en otra parte, por ejemplo en una película.

- Gracias. Nunca me lo había dicho.

Se acercó y besó en la mejilla a su enamorada.

- Ahora me siento bastante mejor. Muuucho mejor…
- Me preguntaba si lo que queda de esta noche tan extraña, podríamos pasarla juntas, conociéndonos un poco, dándonos una oportunidad… Pero todavía no me crees, ¿verdad?

- ¡No! -dijo Maravillas, alejándose entre las palmeras- Pero muchas gracias. Ha sido precioso. Ahora me siento especial. ¡Chao y suerte!
La mujer quedó sola en la oscuridad de las palmeras. A los pocos segundos oyó un tintineo que se acercaba. Una chica vagaba sola. De una larga y fina trenza le colgaba un cascabel.

- Hola -dijo ella.
- Hola… ¿Paseando sola?
- Ya ves.
- Oye, perdona que te diga esto. Quizá te parezca una locura, pero…

Sin duda lo que fallaba era la táctica. Llevaba toda la noche buscando a Conchi y no había encontrado más que un montón de pistas que sólo la conducían a participar en delirantes escenas. Seguro que si dejaba de proponerse encontrar a su prima, ¡puf!, aparecería ella sola de detrás de un arbusto, o de un par de chicas besándose. Así que a partir de entonces, nada de buscar. Se dejaría llevar.
En el jardín, multitud de mujeres conversaban y disfrutaban de unas copas. Maravillas pasó junto a dos mujeres de aspecto elegante.

- Claro que soy anti-globalización. Tú ya sabes que yo siempre he estado a la última…

“¡Por Dios…!” pensó Maravillas, sufriendo lo equivalente a una arcada mental.
Otro grupo de chicas en bikini. Alrededor, un corro de espectadoras riendo y gritando consejos. Jugaban a un famoso juego: el Twister. Debían estar jugando a eso, porque sobre el césped estaba la típica ruleta de colores. Sin embargo no había tapete. Maravillas tuvo que reir ante la genial idea que alguien había tenido de pintar los círculos de colores en distintas partes del cuerpo de las chicas.
Mano derecha al verde, pie izquierdo al amarillo…

- ¡Maravillas!

Tardó poco en reconocer la cara de la chica junto a ella que la saludaba: se habían conocido al principio de la fiesta, en el abarrotado recibidor de la casa, yendo en direcciones contrarias. Recordó también como un detello la mano apoyándose en su hombro para no perder el equilibrio.

- ¡Ah, hola!
- ¡Qué bien, veo que ya empiezas a pasártelo bien!
Debía haber visto la sonrisa en su rostro. Seguramente ésta creció unos centímetros más.
- Sí, bueno. Pero, oye, ¿cómo sabes mi nombre?
- Pues, me lo han dicho. ¡Qué divertido es esto! ¿A quién se le habrá ocurrido? -señalaba a las jugadoras de Twister, partiéndose la cintura de risa. Dos chicas caían al suelo: era imposible tener cada una el pie en el ombligo de la otra mucho rato.
- ¡Pero ¿quién te lo ha dicho?! -tenía que hablar muy alto, las demás chillaban y jaleaban.
- ¡Pues gente! ¡Qué más da!

La chica del pasillo seguía tronchándose de risa. La gente comenzó a vitorear. Una de las participantes, una escultural rubia, tenía sus pechos (uno rojo y otro verde) ocupados ya por cinco manos distintas, y alzaba los brazos, orgullosa.

- Oye, ¿quieres ver otra cosa también muy divertida? -le susurró al oído.
- Bueno, intento divertirme un poco, así que…
- ¡Ven!

La tomó de la mano y la llevó lejos, a un porche trasero de la mansión. Aquel lugar estaba bastante oscuro. Subieron un par de escalones y entraron por una puerta. Antes de entrar, le dio tiempo de ver a dos chicas en el porche. Una sentada en una silla y la otra arrodillada frente a ella.

- ¿Esa le estaba haciendo a la otra… lo que yo creo que le estaba haciendo?
- ¿Quién sabe? Tendrás que fiarte de tu imaginación. ¡Venga!

Su nueva amiga la arrastró de la mano al interior.
El silencio en aquella parte de la mansión resultaba extraño, como si fuera un mundo aparte dentro de la ruidosa fiesta, una burbuja. Sin embargo, unas risas se oían más adelante.

- Te voy a llevar con unas amigas. Hemos organizado un concurso…

Entraron en una habitación y cerraron la puerta tras ellas. Era un cuarto de aspecto anticuado, decorado con cuadros rancios y alicatado en madera. Parecía un lugar destinado a coleccionar mesillas antiguas, y sobre ellas, jarrones antiguos, y junto a ellas, sillones y divanes antiguos. En una estantería, un reloj dorado de péndulo, también antiguo.
Todas las presentes callaron al entrar ellas.
En el centro, una joven sentada en un reposapies, con los ojos vendados.

- ¿Quién ha entrado? ¡Decídmelo! -dijo, pero no obtuvo respuesta de ninguna de las presentes.

La chica del pasillo le pidió a Maravillas silencio con gesto.

- ¿Qué tipo de concurso es? -le preguntó al oído.
- Un concurso de besos -le contestó ella, con una sonrisa interesante, y le indicó atención.

Después de haber examinado a Maravillas de arriba a abajo, las mujeres siguieron con el juego.

- Bueno, Teresa, tú relájate -dijo una de ellas-. Ahora va el siguiente beso. El número… ¿qué numero tocaba?
- El ocho -le apuntaron.
- Allá va -dijo ella-. El número ocho. ¡Fíjate bien, que no se te olvide…!

Una de las chicas se acercó y se arrodilló ante la vendada. En su andar podían oírse los tambores de los salvajes que van a cazar antílopes.
Más que un beso fue una lamida. Lamió en toda su extensión los labios de la chica ciega, lentamente, empapándolos. Maravillas casi pudo oír el raspar de los poros de la lengua contra las grietas de la piel de los labios. El corro femenino vitoreó y silbó el caliente beso. La chica vendada rió y saboreó.

- Prefiero guardarme mi opinión para el final… -dijo con una sonrisa misteriosa-. ¡Siguiente…!
- ¡Vaya, ahora los pides y todo! ¿Eh?

Otra chica se arrodilló frente a ella.

- ¡El número nueve! -dijo alguien.

Este fue un beso mucho más suave. Un beso clásico atrapando los labios. Sin embargo, al final el labio inferior fue succionado y estirado sin piedad, hasta ser devuelto a su posición con un húmedo ¡plop!
La chica vendada se erizó. Le costó sonreir. Era evidente en su cuerpo que estaba muy excitada.

- Vaya, vaya… -fue todo lo que dijo- ¿Siguiente?

Todas confabularon con miradas y empujones para que se acercara Maravillas.
Ella nunca había besado a una chica. Una vez besó a un chico, pero no le gustó. Cuando se dio cuenta, había algo húmedo serpenteando dentro de su boca. Recordaba la sensación de intrusión, pero también el apagón en su mente y casi en su cuerpo, una sensación como ninguna otra anterior, y una pequeña humedad descarada que crecía entre sus piernas.
Recordó. Pensó en todo aquello cuando tenía el rostro de la chica vendada ante ella, su boca esperando…

- El número diez… -murmuraron.

Pensó en aquello, en cómo sería para ella el beso perfecto. Pensó en ello y se dijo:

<<¡¿Qué coño…?!>>

Y la besó.

Esta vez era ella quien besaba, quien elegía cómo se hacían las cosas. Esta vez sí le gustó.
Se oyeron en la sala aplausos, quedos pero sinceros, y algún gemido.
Justo en el momento del beso, el flash de una cámara de fotos inundó la estancia. Se oyó la puerta abrirse y cerrarse de nuevo.
La chica vendada no dijo nada, pero su sonrisa decía algo bueno. “Miraba” al suelo, como pensativa. Maravillas la vio pasarse la punta de la lengua por los labios.

- ¡Bueno,tía, esto ya está! -dijo una- El trato eran diez besos. ¡No quieras abusar!
- Eso. Ahora tienes que dar el veredicto.

Maravillas buscaba a su alrededor alguna pista de quién había sido la fotógrafa furtiva, pero era evidente que ya había desaparecido.
La venda le fue retirada a la chica de los besos. Todas en corro a su alrededor esperaban un número de sus labios. Maravillas temblaba pensando en la foto. Tenía que irse de allí enseguida.

- Bueno… -dijo la chica de la venda- La verdad es que es muy difícil, como siempre se dice en estos casos. Todos los besos han sido muy buenos, y algunos hasta me han puesto cachonda…
Las mujeres jalearon. Alguna atrevida incluso la llamó “guarra”.
- … Pero si tengo que elegir uno, creo que ya lo he decidido. El que más me ha gustado, por su sencillez, por su ternura… en fin, por lo que me ha hecho sentir, es el número…

Imitaron un redoble de tambor, taconearon y golpearon una mesilla con los nudillos.

- ¡Diez!

No sabía por qué, pero se lo imaginaba. Aquella noche todas las cosas raras parecían tenerla como centro geométrico.
Todas vitorearon y aplaudieron. La abrazaban, le daban la enhorabuena, y se daban codazos entre sí, insinuando quién sabe qué, quizá que algo podía ocurrir más adelante entre besadora y besada.

Como pudo, Maravillas se fue despidiendo de todas. Salió de la habitación para buscar a la fotógrafa.
La chica de los besos y su amiga del pasillo aparecieron por detrás, agarrándose una a cada brazo. Parecían muy interesadas en profundizar aquella amistad.

- ¿A dónde vas? -dijo la chica de los besos- Eres la ganadora, ¿es que no lo sabes?
- Sí, pero, en serio, tengo que irme. Tengo…
- No te puedes ir ahora, muchacha -dijo la chica del pasillo-. Como ganadora, tienes derecho a participar en algo muy especial.
- Algo privado. Sólo para amigas.
- Es un secreto… -susurró.
- Seguro que es muy interesante, pero lo siento mucho, me ha surgido algo que debo arreglar enseguida…
- Claro -dijo la chica de los besos-. Tranquila. Yo sé lo que sucede.
- Ah, ¿sí? -dijo Maravillas. Y pensó <<Permíteme que lo dude>>.
- Claro. No hay prisa. Te vamos a ayudar. Síguenos.

Y las tres, cogidas del brazo, subieron unas anchas escaleras. En el piso de arriba esperaba un premio privado.

20/9/02

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Maravillas en el país de la delicia / Capítulo 2

Lunes, diciembre 6th, 2010

12 de abril de 2002

Ameno intermezzo, algo extraño y con cierta reminiscencia cinematográfica

En el camino de búsqueda de su prima por la casa, por las manos de Maravillas fueron pasando gran cantidad y variedad de vasos y bebidas. Ya que estaba en una fiesta donde todas parecían pasárselo bien, al menos debía beber todo lo que le pidiera el cuerpo. Aunque sólo fuera eso. Ya había tenido bastante ración de emociones con Pony Girl y su paseo.

Sin embargo no podía engañarse a sí misma. El encuentro la había dejado muy excitada. Ahora todo su cuerpo estaba a una temperatura superior a la que tenía cuando había llegado. Había dado placer, había satisfecho la fantasía de una chica, muy hermosa, por cierto, pero ella no había sido satisfecha. ¿Qué pasaba con ella? ¿Debía seguir así toda la vida, siendo tan educada, manteniéndose en esa impecable actitud de princesa tímida y llena de secretos, mirando cómo los demás disfrutaban abiertamente del sexo simple y sincero?

En esos pensamientos estaba cuando se bebió de un sólo trago un cubata que alguien le ofreció al pasar por un corredor lleno de chicas bailando. Ni siquiera vio la cara de quién la invitaba. De pronto decidió que un cubata de un sólo trago y sin miramientos era algo alarmante, y que debía calmarse un poco. Su cerebro mareado decía lo mismo. También decía “¡Que paren el barco, que me bajo!”.

Debía buscar a su prima. No quería estar sola allí. Todo era muy agradable, una casa llena de mujeres dispuestas a cualquier cosa, desde una charla sobre pintura hasta una sesión de besos tras una palmera en el jardín. Gente parecida a ella, sólo que sin complejos. Pero nunca le había gustado estar sola. Debía encontrar a Conchi, entonces se sentiría más cómoda.

Llegó a una cocina, una enorme. Todas las habitaciones de aquella casa, fuera quien fuera el propietario, parecían enormes. Sorprendentemente, estaba casi deshabitada. Sentada en una silla, una chica dormitaba con la cara entre los brazos y apoyada en una mesa de madera envejecida. Tenía el pelo revuelto y -aun sin verle la cara- aspecto de haberse divertido más de lo que su cuerpo pudo aguantar.

Y eso que la noche acababa de empezar.

De espaldas a Maravillas, otra chica con minifalda de cuadros escoceses buscaba en la nevera una botella de leche para tomar un vaso.

— Perdona… —dijo Maravillas— Estoy buscando a alguien. A lo mejor tú puedes ayudarme.

La chica se dio la vuelta. Tenía un gracioso bigote blanco de leche, y no parecía saberlo.

— ¡Ah, hola! Perdón… —tragó y se relamió. El bigote blanco seguía estando allí- Perdona, estaba bebiendo. —la chica era deliciosamente risueña—

Dime… Oh, pero, ¿quieres un poco? —dijo, ofreciéndole la botella blanca.

— No, muchas gracias. Estoy buscando a mi prima Conchi. Me ha invitado a esta fiesta, pero no sé dónde está ella.

— ¿Conchi? Mmmmh… —meditó, bebiendo.

— Sí, creo… Creo que es amiga de la dueña de esta casa. Se conocieron por un amigo común, un arquitecto, un tal Ventura. Un tío insoportable, dice ella -Maravillas rió al recordarlo- pero buena persona. Bueno, no sé si tú…

La chica del bigote meditó.

— Mmmh. Sí, puede que conozca a la hermana de ese arquitecto. Se llama Alba. ¿La conoces?

— No. Creo que no.

— Pues quizá ella sepa dónde está tu prima. Suele saber dónde está todo el mundo. Es, ya sabes, una controladora. Y además es muy amiga también de la dueña. Casi se puede decir que han organizado la fiesta entre ellas.

— Gracias. Si me dijeras dónde está…

— Claro, mujer. Mira, ¿siguiendo este pasillo? Pues tuerces a la izquierda. Por esa zona encontrarás un cuarto de baño. Por ahí la dejaron hace un rato, creo.

— ¿Le pasa algo?

— No bueno, está un poco pedo, ya me entiendes. Hay gente que no sabe lo que bebe.

— Por el pasillo a la izquierda, vale, muchas gracias. Por cierto -dijo, cuando ya estaba a punto de dejar la cocina- ¿Quién es la dueña de esta casa?

La chica tomó otro trago de leche.

— La verdad… no tengo ni idea.

Por el pasillo y luego a la izquierda se iba siguiendo el reguero de una música débil, como salida de una radio. Un tango, o quizá otra cosa. Maravillas no era muy buena catalogando aquel tipo de música.

La música salía de detrás de la puerta de madera del cuarto de baño. Un letrero decía “Señoras”. Se cansó de llamar con los nudillos sin que le respondieran, así que entró.

Dos chicas, sentada una sobre otra en el retrete, se exploraban mutuamente. Le dedicaron una mirada desconfiada a Maravillas al entrar, como de perras guardianes, pero parece que la aceptaron como una molestia inofensiva. Volvieron a los besos y las caricias bajo la tela. Para ellas parecía que aquella era la última noche del mundo.

En la bañera, había otra chica en plan zombie, agarrada a una botella. Una zombie muy linda, pero una zombie beoda en toda regla. Tenía los ojos entornados, parecía pensar en algo muy trascendente para la humanidad, o quizá sólo en si valdría la pena el gran esfuerzo de llevarse la botella a los labios para dar otro trago.

No había nadie más allí.

— Ejem… —titubeó Maravillas— ¿Está por aquí una tal Alba?

La chica de la bañera no reconoció su nombre hasta que lo pronunciaron por tercera vez.

— ¡Yo! —exclamó de pronto, levantando la mano— ¡Yo! ¡Yo me llamo Alba!

— Estoy buscando a…

— ¡¿Qué?!

— Todavía no he dicho nada… joder… -borracha o no, Maravillas no se atrevió a decir esto último sino por lo bajo. Ella era así.- Digo que estoy buscando a alguien. Se llama Conchi. Es mi prima. Me han dicho que tú la conocías…

— Bueno, sí, oye… ayúdame primero a levantarme, ¿quieres, guapísima?

Dejó la botella en la bañera y le tendió la mano. Maravillas la ayudó a incorporarse fuera de la bañera, pero no fue tarea fácil. Aquella chica se resbalaba e inclinaba todo el tiempo como si lo hiciera aposta. Una vez de pie se abalanzó a abrazarse a Maravillas, buscando un apoyo. Parecía que estaba muy a gusto de aquella manera, incluso Maravillas estuvo a punto de preguntarle si se había dormido.

La zombie la miró a los ojos. Verdaderamente era una mujer hermosa. Ridícula en su borrachera, pero hermosa. Sus ojos rasgados rebosaban amabilidad y deseo. Su nariz también. pequeña, muy fina.

La cogió de la mano y la cintura.

— ¿Quieres que bailemos…? -le preguntó. Las eses silbaban entre su dentadura y sus labios cuando las pronunciaba, sonaba como una serpiente.

— Yo, la verdad es que no venía aquí a eso.

— Vale, vamos a bailar.

Comenzó a moverse lentamente, llevando a Maravillas al ritmo de la vieja música de la radio, quizá un bolero. La abrazaba fuerte contra ella. Maravillas descubrió unos pechos muy pequeños aplastados contra los suyos, bastante más voluminosos. Aquella era el tipo de mujer hermosa pero delgadísima con apenas un pecho de niño, ni siquiera de niña. Era el prototipo de bailarina. Y la verdad es que bailando perdía toda su ridiculez y torpeza etílica. Se sentía bastante a gusto entre sus brazos, incluso caliente y acogida, sin necesidad de tener que aprender a bailar, cosa que en realidad no hacía muy bien.

— Mmmmh… ¿qué me querías preguntar?

— Estaba buscando a Conchi.

— Mmmmh, sí… Habrase visto par de guarras. Míralas, ahí, dándose lengua y metiéndose mano hasta en el carné del paro. Sí, vaya par de… Así no hay quien pueda meditar tranquila… Bailas muy bien, ¿sabes?

— Pues qué gracia, porque en realidad no sé bailar muy bien.

— Chorradas. Bailas de miedo.

Siguieron bailando.

La chica le echó una mano al culo. No era la mano que el chico llevaba disimuladamente, milímetro a milímetro, al trasero de su chica en el baile del instituto. Le cogió descaradamente un cachete y se lo apretó.

— ¡Oye! —rió Maravillas, por no llorar— ¿Qué confianzas son esas?

— Mmmmh… —gimió ella— ¿El qué? ¿Qué pasa?

Bajó la otra mano y le cogió el segundo cachete. Rió como una sinvergüenza.

— ¿Es que hago algo malo?

— Te pasas un poco, ¿no crees?

La puerta del baño se abrió. Entró una chica con mucha prisa, abriendo su bolso. Cerró tras de sí.

— ¡Nada, nada, seguid con lo vuestro, como si no estuviera! Es que la puta lentilla se me ha vuelto del revés, y necesito… Aaaaaah…

Fue ante el espejo y comenzó a hurgarse en el ojo enrojecido y lacrimoso. No parecía dar con el artilugio.
Siguieron bailando. Maravillas sintió su respiración en el cuello. Los vellos se le pusieron de punta, un estremecimiento recorrió su cuerpo. Luego sintió unos labios que sólo parecían querer regalarle besos suaves, nada más.

En aquel preciso momento, Maravillas comenzó a pensar que nunca encontraría a su prima.

La puerta se abrió. Entraron dos chicas jovencísimas, Maravillas les echaba no más de diecisiete. Sus ropas de mujer provocativa y abiertamente sexual no la engañaban. Reían y decían tonterías sin parar.

— ¡Eh, qué buena idea! —dijo una de ellas — Vamos a bailar, ¿te parece?

— Venga. Pero una tiene que hacer de hombre, ¿no?

— Tú me llevas que eres más alta.

Y las dos chiquillas se unieron al salón de baile, agarradas la una a la otra, muy acarameladas.

— ¿Te imaginas? Dentro de un tiempo oiremos esta canción y diremos: “¿Oyes? Está sonando nuestra canción…”.

— Sí…

Mientras tanto, la chica de la lentilla tenía el ojo aun más rojo y la paciencia aun más alterada; las chicas del retrete no se daban ni un respiro. Los sonidos de sus succiones y lametones se oían mezclados con la música.

Otras tres mujeres se asomaron al baño y decidieron entrar. Rondaban la treintena. Iban en busca desesperada de bebida, y encontraron la botella en la bañera. Ni siquiera pensaron que alguien podía haberla estado chupeteando y babeando. Comenzaron a llenar sus copas y a brindar, entrelazando sus brazos.

El cuarto estaba abarrotado. No era precisamente un lugar amplio. Maravillas y su nueva amiga —que le amasaba el culo ya como si hiciera pan— bailaban entre la bañera y una mesilla con estanterías y toallas, rozándose con la chica de la lentilla. Cuando alguien más entró en el baño, todas se tuvieron que apretar. Maravillas y la bailarina sintieron sus cuerpos más juntos que nunca.
Se miraron a los ojos.

La chica recién llegada levantó exclamaciones y silbidos. Por todo atuendo llevaba una mini-cazadora de cuero negro que seguramente le habría robado a su hermana de diez años, una rocker precoz. En su cabeza, una gorra negra de motorista, también de cuero. Unas botas negras altísimas, con tacón metálico, unas medias y un tanga. Un ejemplar increíble.

Traía un pequeño radiocasette.

— ¡Mariola! —comenzó a llamar— ¿Alguna de vosotras es Mariola?

— ¿Qué? ¡Yo! —exclamó la chica de la lentilla. Al volverse mostró un ojo rojo que lloraba como el de una Magdalena— ¿Qué pasa?

La chica nueva se abrió paso como pudo hasta llegar a ella.

— Hola cariño. Soy tu streaper. Esto es un regalo de cierta persona que te quiere mucho. Lo ha pagado todo, así que tú solo mira y disfruta… Y si eres buena, puede que incluso te deje tocar un poco.

— Ooooh, mierda, precisamente ahora tengo el ojo así. Me voy a perder el cincuenta por ciento… ¿De verdad te han pagado para que bailes para mí?

— Eso es, cariño. Sólo para ti.

La motorista puso en marcha el radiocassette. Amablemente, alguien había apagado previamente la radio.

La nueva música era muy sensual y potente, un soul lo suficientemente lento como para que algunas pudieran seguir bailando, mientras otras dejaban sus brindis para gritar cosas como “¡Eso es, mueve el culo!”, “¡Vaya cuerpazo! ¡A ver si lo manejas igual de bien fuera del trabajo!” o “Bombonazo, eso es carne y no lo que me dan en la charcutería!”. Todo ello bastante facilitado por el estado de embriaguez que allí cundía.

El cuerpo de la chica en movimiento era un espectáculo para los ojos y las hormonas. Era toda una profesional. Bailaba, se retorcía, acariciaba su cuerpo de curvas perfectas, se inclinaba hacia adelante, y cuando la chica del ojo rojo hacía además de tocarla, se retiraba y la castigaba con la mirada. Se contoneaba ante ella al ritmo negro del soul. Sus enormes pechos temblaban insoportablemente a cada paso. Su preciosa cara destilaba malicia y saber hacer.

Maravillas sintió una mano entres sus muslos, tanteando sus bragas. Miró hacia atrás: la chica sentada en el retrete la acariciaba, sin dejar por ello de besar a su novia. Le guiñó un ojo.

— ¡Será posible! ¡Nunca he visto cosa igual…!

Una rubia salida de la nada, se les acercó.

— ¿Os importa que baile con vosotras…?

Con una mirada de la bailarina, como si ella fuera su propietaria, la compartieron. Ahora Maravillas era la pareja de baile de ambas. Aquella mano seguía bajo sus muslos, y no podía alejarse de ella. Apenas tenía espacio para bailar…

La recién llegada no dejaba de mirarla. Habría visto algo especial en ella. Maravillas se sentía halagada, pero no se atrevió a devolverle la mirada. Se sonrojó, en parte también por el calor que hacía en aquel cuartucho.

Una mano sobre su pecho. Su nueva pareja la acariciaba. La miraba como esperando una reacción. No podía estar en todo: intentaba evitar aquella mano que le bajaba las bragas para acariciarla por debajo, incluso la reprendió, pero en aquel bullicio nadie le hizo caso.
Sus compañeras de baile estaban prendadas cada una de uno de sus pechos. ¿Qué tendría ella que atraía a tantas chicas? ¿Le habían colgado en la espalda algún cartel de “Estoy cachonda, lo hago gratis”?.

La streaper cogió la cara de la chica de la lentilla y la insertó entre sus enormes pechos, restregándola contra ellos, dejándola que disfrutara unos segundos de algo que no iba a probar más que en sueños, horas más tarde, quizá.

“Me encanta mi trabajo”, decían sus ojos.

En plan exhibicionista, entró una mujer muy elegante con un dogo enorme sujeto de una correa. Todas estallaron en monerías, caricias y mimos para el enorme animal.

El cuarto estaba a reventar.

Ahora eran las dos chicas del retrete las que intentaba alcanzar su vagina, mientras sus compañeras de baile le propinaban mordiscos en las tetas por encima de la ropa. Maravillas estaba algo angustiada: tener tantos cuerpos humanos pendientes de ti, sobándote, comprimiéndote, manejándote. Aquellas manos habían alcanzado su vagina, ya húmeda. Estaba muy agobiada, incluso asustada, y aun así húmeda. Increíble. Una buscaba su clítoris en vano, mientras la otra jugueteaba con sus labios.

Intentó quejarse, por algún motivo, pero no lo hizo.

Entraron tres mujeres más, armando jaleo. Una de ella, entre gritos, agitó una botella de cava. El tapón salió volando y cayó sobre todas ellas una lluvia de espuma blanca. Unas aplaudieron y otras se cagaron en su madre por mancharle el traje.

Mientras la chica de la lentilla lamía la línea del culo de la streaper, mientras alguien le acariciaba los labios vaginales, mientras un par de jovencitas al fondo bailaban y se besaban enamoradas, mientras una boca le besaba el pecho izquierdo y otra le mordía el derecho, mientras un montón de manos acariciaban el pelaje corto del dogo, mientras la streaper le dedicaba una mirada disimulada de vampiresa, mientras un dedo torpe rondaba su clítoris sin encontrarlo nunca, mientras le era acariciado el culo, y la espalda, y besado el cuello y los hombros por un montón de bocas y manos que ya no sabía de dónde habían salido, mientras sonaba la música soul… Mientras todo eso ocurría, Maravillas creyó tener el primer orgasmo compartido de su vida. Ni siquiera la habían penetrado, pero con todo aquello lo sintió. Al menos eso creía. Fue una sacudida que le subió de la cintura hasta el cuero cabelludo, un calor que venía en ráfagas y más ráfagas, que iba y volvía, que se apagó como el último rescoldo de la chimenea en invierno. Esperaba que hubiera habido algo penetrándola, o al menos lamiendo, esperaba un chorro enorme de algún líquido saliendo de su vagina, quizá por algún concepto erróneo sacado de alguna película o alguna ilustración de cómic japonés. Nada de eso sucedió. Y no podía comparar con ningún otro orgasmo provocado por otra persona (por todo un tropel de personas), pero estaba casi segura de que lo fue.

Estuvo a punto de caer al suelo, pero un montón de manos lo impidieron.

Asustada, desorientada, se libró a la fuerza de aquellas manos y bocas. Le costó un gran esfuerzo, pero se libró, y se abrió paso hasta salir por la puerta del cuarto de baño. Al volver su vista atrás, no vio un vacío donde ella había estado. Vio chicas besándose y queriéndose, vio cava y fiesta. Incluso vio algo extraño: un perro que si se pusiera de pie sería más alto que una persona. ¿Qué hacía allí?

Maravillas se marchó.

Sentía que aquel era un momento para estar sola.

Continuará…

19 de abril de 2002

eslavoragine@hotmail.com

Maravillas en el país de la delicia

Lunes, diciembre 6th, 2010

INTRODUCCIÓN. EXTRAMURO

— ¿Cómo has dicho que te llamas? —repitió la voz del interfono. En medio de éste, el cristal cóncavo de una cámara la observaba inexpresivo. Odiaba aquellos interfonos con cámaras incorporadas. Tenías que hablar ante ellos como una estúpida mientras, al otro lado, te observaban como querían.

— Maravillas —repitió a su pesar.

De nuevo silencio. Al otro lado de la línea creyó oír risas. Tenía un montón de anécdotas estúpidas que contar con el tema de su nombre. Estaba acostumbrada. Esperó. Además de risas, oyó algunas notas de música a todo volumen.

Miró a su alrededor. Fuera de la casa, a un lado y a otro, la carretera, tragada ambos extremos por la oscuridad absoluta de la noche. No se sentía cómoda en aquella situación. La gente y el ruido allí dentro y ella allí fuera, sola.

— ¿Qué nombre es ese? —dijo la chica del interfono, riendo— Nunca lo había oído. ¿Es sudamericano? — No lo sé, pero soy española. Oye, ¿puedes abrirme, por favor? — Está bien. ¿De parte de quién dices que vienes? — De Conchi. Es mi prima.

— Tu prima, claro —volvió a reír, acompañada por las risas de otras chicas.
No comprendió exactamente dónde estaba el chiste—. Venga, pasa, Maravillas. Que te lo pases bien…

— Gracias.

Un chirrido eléctrico y la puerta metálica chasqueó. Maravillas la empujó y entró. Alguien había escrito en un folio con rotulador y lo había pegado allí con adhesivo, más a modo de broma que como advertencia seria, seguramente…

PERMITIDO SÓLO CHICAS

Y Maravillas entró en la fiesta…

CAPÍTULO I. PONY GIRL

Concha no le había explicado exactamente a qué tipo de fiesta la había invitado, pero comenzó a hacerse una idea.
Un camino débilmente iluminado llevaba hasta la casa, hacia la luz, la música, las siluetas danzantes tras las cortinas, en las ventanas.
Se asustó. De un rincón oscuro, tras un todo-terreno, salieron dos chicas, como de la nada. Iban tomadas de la mano. Sonrieron avergonzadas y bajaron la vista al pasar ante Maravillas, como si las hubieran pillado haciendo algo indecente. Seguramente emigrarían a lugares más cálidos, o tranquilos.

— Pero… ¿adónde he venido yo a parar? —pensó Maravillas en voz alta.

Demasiado. Sacudió la cabeza y siguió andando.

El camino llevaba hacia la parte delantera de la casa. Llegó al bullicio.

Ante la casa había una enorme piscina con la forma curvilínea de una habichuela. Dentro de ella, y alrededor de ella, multitud de chicas. Chicas en bañador, chicas en bikini, chicas en vestido vaporoso. Una chica saltando del trampolín, clavándose como una lanza en el agua fosforescente. Una chica subiendo las escaleras, colocándose el bañador de una pieza, desplazado hacia abajo por efecto del agua al salir. Tres chicas sentadas al borde, riendo sin parar, chapoteando con los pies en el agua, levantando tremendo bullir. Dos chicas en un rincón, sobre toallas, una caracoleando con el pelo de la otra en sus dedos, la otra haciéndose la interesante. Chicas paseando, chicas tomando una copa, chicas recién llegadas que saludaban con un par de besos y chicas que presentaban chicas a otras chicas. Chicas en ropa de baño, chicas elegantes, chicas informales…

Maravillas se mordió el labio, rabiosa. Si aquello era una prueba de su prima, se iba a enterar. Llenó sus ojos todo lo que pudo y luego se obligó a tomar una decisión. Estaba perdida. Debía encontrar alguna cara conocida.
Buscaría a su prima, pero ¿dónde?

Subió unos amplios escalones, y cruzó el porche en dirección a la puerta principal de la casa. De camino, una chica le sonrió de una forma que no pudo interpretar. La verdad, era una chica muy guapa, tenía unos ojos de impresión.
En el jardín era parloteo. En el interior de la casa era la música a todo volumen. Blues y jazz con unos bajos que le hacían temblar el vientre.
La casa era enorme y sin embargo, estaba abarrotada. El recibidor parecía por alguna razón el lugar preferido de reunión. Unas se apoyaban en la pared y otras simplemente se quedaban en medio del pasillo, estorbando de vez en cuando, entre música, conversaciones, copas y risas.

Maravillas se abrió paso entre un pasillo humano. Tuvo que apretarse un poco entre los brazos, las caderas y los muslos. Sintió el tacto suave de varias telas diferentes en sus brazos desnudos, pues llevaba puesta una camiseta blanca de manga corta. Sintió varios aromas, todos ellos femeninos, todos ellos dulces y suaves. Sintió también algunas miradas al pasar, miradas curiosas, quizá, hacia la intrusa, o quizá sólo hacia su minúscula falda, casi de uniforme de colegiala.

Otra chica quería cruzar también el pasillo, pero en dirección contraria, para salir por la puerta. Maravillas y ella se encontraron y tuvieron que hacer equilibrios para poder pasar. Una mano se apoyó en su hombro, y recibió una amable sonrisa.

— Perdona, lo siento…

— No pasa nada…

— ¡Hasta luego!

Llegó hasta un salón atestado de gente. Cada habitación parecía mayor que la anterior. Sobre una mesa de madera de aspecto caro habían montones de botellas a medio vaciar de cerveza, champaña y otros licores que no pudo identificar… Copas, vasos de usar y tirar, canapés, patatas fritas, servilletas de papel arrugadas. Chicas de pie, chicas sentadas en el sofá, apretadas unas contra otras para caber, chicas bailando, chicas hablando, chicas riendo, chicas mirando por la ventana, solitarias…

Por algún sitio debía empezar a buscar a su prima.

Se fijó en una mujer alta, con un elegante vestido negro, brillante, rodeada de otras muchas mujeres que la escuchaban hablar. Tenía aspecto de importante.

— Perdona —le dijo, tocándola suavemente en el hombro. La mujer brillante se volvió.

— ¿Sí? — Perdona que interrumpa. Estoy buscando a Conchi, mi prima. Ella me ha invitado a esta fiesta, y quería saber si alguien de por aquí la conocía, o me podía decir dónde está…

La mujer brillante sonrió.

— Supongo que me has visto aspecto de anfitriona, ¿no?

Una chica muy joven y pecosa rió como una ardilla. En su mano se tambaleaba un vaso con líquido oscuro.

— No es eso, es que…

— La casa no es mía, ¿sabes? Sólo soy otra invitada… ¿Conchi, has dicho? — Sí.

Examinó de arriba a abajo a Maravillas.

— Llamad a Pony Girl. Seguro que ella la conoce.

La mujer brillante y la chica pecosa compartieron una mirada maliciosa. Una chica se alejó llamando a una tal Pony Girl.

— Ella conoce a mucha gente aquí, ¿sabes? —le explicó la mujer con aspecto de anfitriona.

A los pocos instantes llegó una chica. Sus pasos eran casi un trote enérgico sobre aquellas largas piernas, brillantes y suaves, descubiertas por un vaquero cortado sobre sus muslos. Traía una melena rubia revuelta y una carita interrogante.

— Pony, mira a ver si puedes ayudar a esta chica.

— Cómo no. ¡Ven conmigo!

Se fue por un pasillo y Maravillas la siguió. Tras ella, en el último momento, otra mirada cómplice de la mujer brillante y su chica pecosa, por encima del borde de sus vasos.
Siguió a Pony Girl por un concurrido pasillo, atravesaron una cocina…

— ¿A quién has dicho que buscas? — Se llama Conchi, es mi prima.

— Es… ¿Cómo es? — Pues… Creo que lleva un vestido negro, guantes largos… No se parece en nada a mí, ella es de un castaño muy claro, y es de piel mucho más clara.

Creo que me dijo que es amiga de la dueña de la casa. Se conocen por un amigo arquitecto, o algo así.

— Conchi… Conchi… Puede que conozca a alguien por aquí. Desde luego me suena.

— Esta casa parece que no se acaba nunca.

— Es enorme, ¿eh? Me encantaría tener una así yo, en el futuro.

— Toma, y a mí…

— Espera un segundo…

Al pasar por otro salón, hizo que alguien le diera una mochila de plástico amarillo y se la echó al hombro. Maravillas no preguntó.
Siguieron internándose en las tripas de la casa. Llegaron ante una puerta doble, de madera muy decorada. Pony le hizo una seña con la mano para que pasara. Entraron a un despacho en penumbra, con una mesa de trabajo y muchas estanterías. El sonido de sus pasos era atenuado sobre un suelo enmoquetado. Pony cerró la puerta tras de sí y la música pasó a ser un murmullo retumbante. Dejó la mochila sobre la mesa. El plástico crujía.

— Oye, ¿por qué te llaman Pony Girl? — Ya sabes, es divertido. Mis amigas ya me llaman así, y me gusta. Es como un nick.

— ¿Un qué? — Eso, un mote, en inglés. ¿Es que no te gusta? — ¡Sí, claro, es muy gracioso!

Pony Girl le sonrió, agradecida.

— No quiero parecer pesada, pero ¿sabes dónde está mi prima o no? — Mira…
Pony Girl se dirigió a una puerta que había en un costado del despacho. Con extremo cuidado, giró el picaporte y entreabrió la puerta. La luz de alguna lámpara iluminó el despacho. Maravillas oyó algo extraño en la habitación de al lado, como un roce de telas y un suspiro.

— ¿Está ahí? — Ssshhh… —Pony le pidió silencio con un dedo sobre sus labios—. No estoy segura. Tú dirás si es ella o no…

Maravillas se asomó por la rendija de la puerta. Efectivamente, en aquel cuarto, sobre una cama de matrimonio, había tumbada una chica que coincidía con la descripción de su prima que había dado: pelo castaño claro, vestido negro y guantes largos. Pero no era ella. La última vez que la vio, no recordaba que tuviera la cabeza de otra chica entre sus muslos. Una cabeza de melena muy corta, que hacía movimientos obsesivos, haciéndola retorcerse de gozo. La chica que no era su prima gemía muy suavemente, su boca abierta en una mueca de dolor delicioso, sus dedos retorcían las sábanas.

— Así, así, cariño… —susurraba a la chica obediente entre sus piernas— Me encanta, eres una delicia… Nadie me lo había comido nunca tan bien… Mmmh, vas a hacer que me… que me corra… oooommmh…

Los lametones se aceleraron. La que no era su prima cogió a la otra del pelo con mucha fuerza, casi se diría que le iba a hacer daño. Por fin, su cuerpo dijo a gritos que había llegado al orgasmo, una vez, y otra, y otra, y otra… Como en oleadas que parecían alejarse y luego volvían, cada vez más tenues, hasta que se relajó por completo sobre la cama, respirando como un animal herido.
Maravillas notó los brazos de Pony Girl, que la abrazaba desde atrás, mientras ejercían de voyeurs. Sintió el calor, el finísimo cuerpo, suave y perfecto al tacto. La carne generosa de los pechos contra su espalda.
Maravillas siguió espiando.

Las chicas se incorporaron en la cama, comenzaron a besarse. Ahora que la veía bien, sin convulsiones de placer, estaba claro que no era su prima.

— Cariño, vas a ser mi chica de los sábados… Me ha encantado. Ahora me toca a mí. Te voy a hacer una paja como nunca has recibido…

— ¿Sí? — Sí —corroboró la chica que no era su prima, con otro beso en los labios—.
Te voy a lamer el coño, y cuando te hayas corrido, te meteré un dedito, y luego otro y otro y otro… —mientras hablaban, no dejaban de luchar con sus labios y lenguas- … y te voy a penetrar hasta que te meta toda la mano, y te folle con mi puño…

— ¿Sí? — Sí… —y firmó su promesa con un profundo beso que intentó llegar a lo más profundo de su interior.

Volvieron a tumbarse sobre la cama, esta vez era la chica parecida a Conchi la que se situaba encima.

Las manos de Pony Girl habían comenzado a acariciarla. Tan suave, que casi no lo había notado, embelesada como estaba en el espectáculo secreto. Cuando una mano subió hasta uno de sus pezones, se dio la vuelta.

— Oye, oye… —dijo Maravillas, con la respiración acelerada— Quiero que sepas que no quiero… No quiero rollos raros. Yo sólo quiero encontrar a mi prima, y esa no es. Lo siento. No quiero molestar. Yo… Puedo buscarla yo sola si quieres…
Fue a liberarse del abrazo, pero algo la detuvo. Quizá fuera aquella mirada dulce de Pony Girl, aquellos ojos azules mirándola con comprensión. Ya no parecía simplemente la chica inquieta de hacía unos minutos. La chica desconocida, quizá la chica atolondrada y facilona, la chica tonta.

— Entiendo… —dijo en voz muy queda, casi susurrando— Oye, no tienes porqué negar que te gustan las chicas. Si no, ¿por qué habrías venido? ¿Por qué te habrían invitado? — Me ha invitado mi prima. Vengo porque ella viene.

— Pero no creo que hayas venido solo para charlar con tu prima. Tú no eres tonta… No tengas miedo. Todas aquí somos iguales, no hay nada que ocultar. Sólo una fiesta para pasarlo bien. ¿Entiendes?
Maravillas asintió con la cabeza. Realmente, aquella Pony sabía calmar a la gente. Habría tranquilizado a un soldado lleno de metralla y chorreando sangre por todos lados en medio del campo de batalla, sólo hablándole, prometiéndole que todo iba a salir bien, que la ayuda estaba en camino, que su madre tardaría poco en llegar y todo tendría un final feliz de película de Hollywood.

— Entonces… ¿Tienes miedo de algo?
Maravillas negó con la cabeza. Por el momento ya no quería librarse de aquel abrazo.

— No hay nada que ocultar. Lo entiendes, ¿verdad?
Maravillas asintió.

Los labios de Pony se fueron acercando y ella no los rehuyó. ¿Cuántas ocasiones volvería a tener en su vida de estar con una chica tan hermosa como aquella? La besó suavemente, apenas tocándose sus labios.

— Pues yo me he puesto muy caliente viendo a esas dos… —dijo Pony— Y cuando me pongo caliente, sólo sé hacer una cosa…
La volvió a besar, esta vez con más morbosidad. Estrenaron sus lenguas.
Maravillas se dejaba llevar: allí la que tenía la imaginación era Pony.

— ¿Y qué es eso? —le preguntó.

— ¿Quieres saber lo que hago yo cuando me pongo cachonda? Ven, cariño…

La tomó de la mano y cerró la puerta tras la que espiaban. Cesaron los susurros de las sábanas, los jadeos y las palabras calenturientas en voz baja.
La llevó hasta la mesa del despacho, y sobre esta apoyó su trasero. Apoyó sus manos en la mesa y le dirigió una mirada inocente, casi auténtica.

— Desnúdame…

Maravillas le desabrochó la blusa, botón a botón, y se la quitó. Un sujetador blanco contenía dos pechos grandes y bellos, dignos de una estrella de las revistas o de internet. De pronto sintió que no podía esperar a probarlos.

Le desabrochó el breve pantalón vaquero y cayó al suelo. Pony se quitó las botas de cuero, dignas de una auténtica vaquera tejana. Los deditos de sus pies se agitaron sobre la moqueta. Pony observó la mirada dubitativa que Maravillas le estaba echando a sus bragas.

— ¿A qué esperas? Quítamelas, no seas tonta… Estoy deseándolo…

Tomó las gomas de los costados y tiró de ellas hacia abajo, dejándolas también caer al suelo también. Descubrió un pubis suave, de vello rubio, cuidadosamente recortado en un rectángulo estrecho. Era algo precioso, daban ganas de guardarlo en una cajita de madera y conservarlo para siempre junto a los buenos recuerdos.

Cuando ya estaba lanzada a desabrocharle el sujetador, Pony dijo “Espera…”, y tomando sus manos entre las suyas, guió sus movimientos para que bajara las copas del sujetador, pero no le permitió tocar el broche. Maravillas contempló el par de tetas más apetecibles que había visto nunca.
“Aunque la verdad es que aun he conocido pocas…”, pensó. Dos pechos grandes, redondos, autosuficientes, de piel aparentemente suave como el melocotón, con pezones de aureolas pequeñas.

— Que bonitas… —dijo Maravillas.

— Mmmh… Dos buenas ubres, ¿verdad? — ¿Ubres? —rió Maravillas.

— Sí, yo las llamo así. Como las de las hembras. Me encantan. Me encanta mirarlas horas y horas, y acariciarlas, y cuidarlas… ¿Y a ti? — Me encantaría mimarlas, sí.

— Pero, todavía no… Todavía no… Espera que lo prepare todo.

Y Maravillas detectó que Pony Girl hacía un enorme esfuerzo en retrasar su excitación con tal de realizar su ritual tal y como debía ser: perfecto.
Vestida sólo con un sujetador, que ya no cubría nada, Pony abrió la cremallera de su mochila de plástico amarillo. Dentro, un montón de cosas desconocidas entrechocaron y tintinearon. Maravillas volvió a dudar. No era aun una aventurera del mundo lésbico. Quería experimentar el amor, pero rehuiría de cualquier cosa desviada o dañina, sin importar lo amable que hubieran sido con ella.
Contempló las cosas que salieron de la mochila, incrédula.

— Ahora vas a saber de verdad por qué me llaman Pony Girl…
Primero, extrajo un sombrero de vaquero y lo colocó sobre la cabeza de maravillas. Estaba un poco arrugado al haber estado estrujado dentro de la bolsa. Después, con una perversa sonrisa, le puso una fusta en la mano. Pony Girl acarició unos instantes el adorado objeto y luego siguió sacando los aperos.

— Quiero que me montes… —dijo con el aliento temblando, mientras sacaba un cojín enfundado en cuero negro y se lo ajustaba a la espalda. La hebilla metálica de la correa, prieta bajo sus pechos, debía hacerle cierto daño.
Ahora Pony estaba ensillada.

— ¿Cómo has dicho? —dijo Maravillas.

— ¡Necesito que me montes, cariño! ¡Por favor, de verdad que lo necesito! —siguió extrayendo aperos de monta: un artilugio que se colocaba sobre la cabeza de los caballos para impedir que vieran hacia los lados y un mordiente con riendas— ¡Cuando me excito, ya no puedo parar! ¡Necesito ser tu montura, cariño! ¡Quiero que me montes! ¡Te llevaré donde quieras, pero por favor, móntame, es la única manera que conozco! ¡Móntame, sé mi amazona!

Las miradas de desespero y la respiración contra su boca no dejaban lugar a Maravillas para pensar. Pony la besó suplicante, como una niña que adula a su papá como modo de convencerle de que le compre el último capricho.

— ¿Lo harás? ¿Sí? — Yo… Madre mía. Será lo más raro que haga en toda mi vida, pero…

Maravillas examinó la fusta. La golpeó suavemente contra su mano, comprobando su dureza. Las miradas mutuas cerraron el acuerdo.
Lentamente, como en un ritual estudiado, Pony Girl se puso a cuatro patas.

Sus pechos colgantes parecieron aun más grandes en aquella postura. Dejó de mirarla a los ojos. Ahora ya no era una guía, ni una desconocida, ni una seductora. Ahora era su yegua de crines rubias. Se puso el mordiente entre los dientes, ya no podría hablar sino con gran dificultad.
Se sentó sobre el cojín de su espalda. Tenía miedo de apoyar todo su peso, pero no tuvo más remedio. Además, parecía que ese era su deleite: sentirla toda sobre su columna. Tomó las riendas de cuero. Todo accesorio era de cuero. Parecía formar parte de aquel ritual, el único que aquella pobre chica parecía conocer para satisfacer su ardor, no se sabía por qué extraños avatares de la vida.
“Aquí estoy, montando una chica, pensó Maravillas. Dios, qué hermosa es…
¿Y ahora qué hago? Veamos, supongo que debería tratarla como a un caballo.
Yo soy su amazona y ella es mi yegua. Está bien, allá vamos. Hagamos locuras. Demos un buen paseo…”.

— ¡Arre! —dijo, agitando un poco las riendas.

La montura comenzó a caminar por el despacho, al paso. Maravillas no pudo evitar reír. Si bien era la situación más excitante que había vivido nunca, también era bastante ridícula para ella.

Pasaron tras la mesa y el enorme sillón del despacho. Sintió el típico balanceo del cuerpo al montar. Levantó las piernas para que no arrastraran por el suelo. De ese modo, el equilibrio era algo inestable, todo dependía de la fidelidad de su querida yegua, de que no se volviera loca de repente y echara a galopar.

Sobre los movimientos sinuosos de Pony Girl, el despacho se convirtió en un paisaje sin fin, una pradera. Pasearon hacia la lejana puesta de un sol enorme y rojo, tras las nubes púrpuras y las montañas erosionadas con forma de mujer tumbada de costado. Cada paso de la yegua era transmitido al movimiento del cuerpo de su amazona. Las dos fueron una, se acompasaron los ritmos, se unieron las conciencias y se convirtieron en la mítica figura del centauro, esta vez mitad caballo y mitad mujer. Poderoso, imponente, sabio, tranquilo, salvaje y libre.

La piel de Pony Girl se veía preciosa bajo la débil luz del lugar. No pudo evitar acariciarla. Acarició su grupa. Sintió el fino pelaje, los músculos en movimiento, el sudor. Las caricias excitaban al animal. Acarició sus cuartos traseros, fuertes, compactos, amplios. Les dio un par de cachetadas, flojito.
Con cuidado de no soltar las riendas, una mano fue bajando hacia sus pechos, los amasó. Verdaderamente, eran algo totalmente distinto al tacto cuando colgaban hacia abajo en el aire, libres, maleables por la gravedad, algo puntiagudos ahora. El pezón ya estaba erecto y duro. Apenas un toque de sus dedos hacía temblar a la yegua. Podía oírse su respiración nerviosa, sus bufidos a través del mordiente. Cesó de caminar.

— ¿Porqué te paras ahora? ¡Habrase visto animal insolente! ¡Vamos, el paseo aun no ha acabado! ¡Hiá!
Y la golpeó con los talones en las ingles. Ella echó a trotar como loca por la pradera.
Maravillas estaba a cada momento a punto de caer al suelo.

— ¡So! ¡Sooooo!
Tiró de las riendas con fuerza, pero ella inclinaba la cabeza hacia atrás y seguía trotando y bufando.

— ¡So! ¡Sooooo! ¿No me oyes, bestia?
Siguió tirando de las riendas, pero más fuerte tiraba, más rápido trotaba ella y más fuerte resoplaba contra el hierro del mordiente.
Maravillas cayó de su montura. Se golpeó en la cabeza con la gruesa y retorcida pata de una mesa. El sombrero se aboyó y calló al suelo.

— ¡Auuh!

Pony se detuvo. Inmóvil, miró a su dueña. La imagen fue impactante para Maravillas. De sus labios caía un larguísimo reguero de baba blanca. Sus ojos azules miraban con temor al castigo.

— Será posible… Será posible, yegua estúpida… ¡Me has hecho daño! ¡Lo vas a lamentar, ya lo creo! —-dijo, totalmente entregada y divertida con su papel.

La tomó de las riendas y las ató al picaporte de un armario. Arregló el sombrero y se lo volvió a colocar. Tomó la fusta, contempló el trasero, dudó un momento… Y azotó.

Pony Girl se estremeció. Después del primero vino otro, y después otro, y todo un rosario de azotes en sus cuartos traseros. Se lo merecía. Había hecho daño a su ama, había sido una yegua mala, una pony mala, y debía ser castigada.

Usando sus propias manos se abrió las nalgas todo lo que pudo. Maravillas comprendió el gesto y comenzó a azotarla allí, primero en el ano y sus delicados alrededores, luego bajando, hasta que acabó golpeándola directamente sobre los labios mayores, ya abiertos, ya rezumantes y brillantes como los de una buena hembra en celo.

Nunca había hecho daño a nadie, ni quería hacerlo, pero como parecía que aquello era lo que quería su amante, aprovechó y descargó toda su rabia acumulada de años.

Con cada azote, los gemidos de Pony subían y subían de volumen, hasta que acabó gritando, aun con los dientes mordiendo el hierro, con los hilillos de saliva saltando y cayendo por su barbilla, con el orgasmo atravesando como mil agujas su columna vertebral, con el flujo saliendo a ráfagas de su coño y manchando la moqueta.

Pony Girl se dejó caer al suelo, exhausta, resoplando. También a Maravillas le costaba respirar con normalidad. Examinó la fusta de nuevo, ahora salpicada de flujos. Se atrevió a olerlos un poco, sin acercarse demasiado. Percibió cierto aroma a hembra, parecido al que ella misma sabía que producía por sus masturbaciones solitarias. Guardó el aparato en la mochila.

Le quitó el mordiente y le aflojó la correa, para que no la molestaran más.

La cubrió con la camisa y le dio un beso en la mejilla.

— Adiós, Pony. Has sido un cielo. Ahora me tengo que ir.

Pony Girl no respondió, ni si quiera se movió.
Maravillas se marchó del despacho, cerrando bien la puerta. Debía encontrar a su prima, y Pony Girl no parecía en condiciones de ayudarla mucho. Eso sí, había sido muy dulce, acompañándola en la experiencia sexual más atrevida y alocada de su vida, de su vida de chica desorientada y de su vida de chica que había descubierto, para mayor confusión, que le gustaban otras chicas.

La búsqueda acababa de comenzar, al igual que aquella extraña fiesta de extrañas invitadas.

Continuará…

eslavoragine@hotmail.com

Corto privado

Lunes, diciembre 6th, 2010

Escenario

Interior, día. Un amplio salón en un apartamento, espacioso, blanco, iluminado. La luz suave entra por un balcón, tras las cortinas blancas, que flotan ocasionalmente con una suave brisa.

En el centro del salón, un largo sofá, también blanco, mullido, sin brazos, sencillo, limpio.
En un rincón, al salón se une un pequeño minibar, con un par de taburetes altos y un frigorífico que contiene bebidas.

Personajes

Romina es la que ahora se sienta en el sofá, la más joven, la del rostro de indígena enfurruñada y misteriosa. Su pelo es negro y corto. Su piel oscura, suave. Sus labios gruesos, siempre como a punto del disgusto. Sobre su escaso bikini amarillo sólo la cubre una camisa blanca de algodón. Romina mira siempre a su alrededor, esperando, analizando, buscando, sopesando.

Ana tiene unos enormes ojos asombrados, una cabellera larga color castaño rojizo, que se empeña en no peinar y dejar salvaje. Sus mejillas siempre ligeramente sonrojadas, sus labios siempre fruncidos como al borde de un suave soplido. Viste una camisa blanca que no le llega al ombligo y unos shorts azules muy ajustados, de aspecto plástico, que apenas le cubren las nalgas.

Ana es la que se acerca al sofá donde está Romina sentada. Se miran. Ana se queda de pie y mira a Lidia.

Lidia es la que lo está grabando todo con su cámara de video. Su pelo es largo y dorado y su expresión divertida, se nota que disfruta como cineasta. Tiene los ojos azules. Viste una camiseta ombliguera y unos pantalones largos ajustados, acabados en campana. Se empeña en llevar esos zapatos negros de tacón incluso en casa. Aunque no puede verse por ahora, tiene un puñal tatuado en el gemelo derecho.
Romina y Ana atienden a Lidia.

- Muy bien. Acércate a ella. Miráos a los ojos.

Ellas obedecen. Se miran. Lidia desearía que su mirada fuera más pasional, más divertida. Sin embargo, no se puede negar que se están transmitiendo deseo. Un deseo refrenado.

- Dale la espalda a Romina, sitúate ante ella… un poco más cerca.

Lidia se mueve para captar la escena desde un nuevo ángulo, más cerca. El trasero de Ana está ahora frente a la mirada de Romina. Ella pregunta con la mirada.

La directora pone a trabajar la imaginación. Observa la escena, todos los elementos disponibles para hacer lo que quiera con ellos, examina a las chicas…

- Muy bien. Ya está. Vamos a hacer algo muy sensual. Acércate un poco más a ella. Ahora frótate así…

Lidia la guía para que comprenda. Quiere que Ana frote su culo contra el pecho de Romina. Pronto comprende y no le hace falta ayuda. Sube y baja muy lentamente, frotándose contra la camisa blanca. A Ana siempre le ha gustado hacer las cosas así: largas y lentas.
Romina permanece pasiva.

Sin despegar la vista de la pantalla digital, la directora sonríe satisfecha: sus actrices comprenden lo que quiere.
Se puede oír perfectamente el sonido de las nalgas deslizándose sobre el algodón, piel embutida en ropa contra piel embutida en ropa. Romina se arquea, sus pechos sobresalen aun más.

En el encuadre aparece la mano de Lidia, ayudando. Agarra uno de los pechos de Romina para facilitar la tarea. Sus pechos son grandes, angulosos y fuertes. Unas tetas perfectas, ha pensado siempre Lidia, y vuelve a pensarlo ahora que las aprieta entre sus dedos.
Las nalgas se deslizan sobre ese pecho. El pezón acaba por ponerse claramente duro, sobresaliente de la tela.
Perversa, Lidia sitúa el pecho de tal forma que Ana, en una de sus bajadas y en su consiguiente subida, frota su brecha cuan larga es contra el pezón erecto. El resultado es un gemido.

Romina mira a su directora a los ojos. Siempre esa mirada intraducible, de dureza, inacabable.

- Oh, chicas, qué bien lo hacéis. Sois muy buenas en esto. Va a quedar maravilloso. Dios, lo voy a ver una y mil veces…

La camisa de Romina se transparenta: debajo, una de las piezas del bikini ha quedado fuera de su sitio. El pezón se hiergue descarado contra la tela.
El frotamiento ha caldeado el ambiente. Esto sólo acaba de empezar.

- Quítale el pantalón… Pero muy lentamente…

Romina coje entre sus dedos la tela del minúsculo short. Algunos de sus dedos se introducen entre la tela y la piel del trasero, suave. Tira de la prenda hasta dejarla a la altura de las rodillas.

Ana no lleva bragas. Desde lo alto, mira la escena que se desarrolla tras sus propias nalgas, sin perder detalle sus enormes ojos.
Un trasero redondo, oscuro. Romina examina la piel con atención. Nunca había tenido la ocasión de hacerlo con tranquilidad.
Las tres miran el mismo punto.
Una mancha de nacimiento oscura en la nalga derecha, lo único que podría hacer imperfecto su trasero y, a la misma vez, tan hermoso y único.

- Lámeselo. Imagina que tiene sabor…

Sale la lenguecita de Romina y acaricia la mancha color chocolate. Acaricia todo su contorno y luego su centro, intentando encontrar, imaginar el sabor. Lidia oye el raspar de las papilas contra los poros de la piel, y se le erizan los pelos de la nuca. De pronto se da cuenta de que está excitada, mucho más de lo que imaginó en los preparativos que llegaría a estar, y tan sólo es el comienzo. Contiene el impulso urgente de acariciarse alguna parte del cuerpo, cualquiera que sea. Tiene que seguir sujetando la cámara, grabar, observar, dirigir.
Sujeta por atrás la cabecita de Romina para hacer que lama toda la nalga, desde arriba, donde la espalda pierde su nombre, hasta abajo, en el pliegue donde comienza el muslo.

Mientras observa, le gustaría tanto acariciarlas, tomar partido, disfrutar con ellas, están tan hermosas, más hermosas y sensuales que nunca antes. La duda la atribula. No había pensado hasta dónde tendría que mantener su papel de directora, no lo habían discutido, tanta fue la prisa por poner en práctica la fantasía de las tres.

Romina acaba lamiendo ambas nalgas por igual. Empiezan a tener el brillo y olor de la deliciosa saliva de Romina. Los ojos cerrados.
Ana no la va a dejar escapar. Sujeta su cabeza con una mano mientras sus nalgas comienzan a moverse con vida propia.

- Ahora pon la lengua dura -ordena Lidia.

La lengua de Romina da puntadas aquí y allá, hasta que atina a introducirse en la brecha entre las nalgas. Ahí los movimientos de Ana toman más conciencia, más profunidad.

- ¿Alguna vez te has comido un culo? -pregunta Lidia.
- Claro que sí -contesta Romina con su mirada dura.
- Pues vamos…

Primer plano de las manos morenas separando las nalgas, descubriendo el estriado orificio. Mirada de lava de Romina a la cámara. La lengua que comienza a lamer, a humedecer, los delgados dedos que ayudan a abrir paso, la punta de la lengua que cada vez se introduce un poco más, en una progresión casi imperceptible. Hasta que el ano de Ana acoge ya en su interior más de media lengua, serpenteando y chapoteando. Ana gimotea.
Rápido, primer plano del rostro de Ana, retorcido de placer, de esos labios que pone ella cuando algo le gusta, como si fuera a decir “uuuuh”.
Con la mano libre -la otra aun sujeta la cabeza de Romina, y la empuja cada vez más fuerte dentro de su culo- Ana se masturba, busca el clítoris entre sus labios rezumantes y se da frotamientos y golpes secos que la hacen temblar.
Finalmente, se corre, gruñendo.
Romina extrae su lengua con un sonido viscoso deliciosamente sucio.

- ¿Qué tal va la película? -pregunta Ana.
- Está quedando genial. Me alegro de que al fin nos decidiéramos. Creo que me voy a correr con sólo ver esta escena. Y todo gracias a vosotras, chicas.

Sois unas actrices estupendas.

- Yo no estoy actuando -dice Romina.
- Pues sigue así, cariño.

Ana y Romina son ahora madre e hija en el sofá. Romina la mira mientras se quita la camiseta. Los enormes pechos caen libres. Son mayores pero, secretamente, Lidia prefiere los de Romina.

Ana acoge a su hija en su regazo. Se miran con ternura. Le acaricia el pelo. Le besa la frente. La acuna entre sus brazos. Se coge un pecho y le pone el pezón en la boca. La hija lo coge entero dentro de su boca y comienza a mamar. Succiona con calma. De vez en cuando el pezón sale de su boca y la mamá tiene que volver a metérselo para que pueda seguir chupando.

Miran a la cámara. Ana con su niña en brazos. Romina con el pecho en la boca. La cámara de Lidia se calienta en sus manos.
Necesita tocarse pero, por absurdo que parezca, no está seguro de que deba hacerlo delante de sus amigas.

- ¡Ay! ¡No muerdas, niña mala…!

- Allá voy, mamita…

La idea de llamarla mamá ha sido de Lidia. Lo convierte en un incesto en toda regla.
Romina cruza la habitación. Zoom al largo falo de látex transparente, sujeto al arnés, zarandeándose en el aire, arriba y abajo, con el caminar de Romina.

Su mamá la espera sumisa, con el vientre apoyado en uno de los taburetes altos, ofreciendo su trasero desnudo, con sus ojazos expectantes.
Antes que nada disfruta acariciando su piel. La toca entre las piernas. Ya está mojada. Su mamá no puede esperar más.
Se agarra el pene y lo sitúa en la entrada. La penetra poco a poco, aprovechando la ayuda de cada resbaladizo flujo que sale de sus labios, hasta metérsela entera. La sujeta de las nalgas para follársela mejor.

- Así… -dice Lidia, tras su cámara- Despacio, sin prisa, cada vez más rápido, poco a poco, cada vez más rápido…

Romina es obediente. Aprieta los dientes mientras se folla a su madre, mientras empuja alante y atrás las caderas. El ritmo de las acometidas se acelera. La hace levantarse del taburete para cojerla de los pechos. Los agarra fuerte, estrujándose, se ancla en ellos para penetrarla aun más profundo y rápido.

- Oooh, sí mi vida… Síiii… cariño mío, así…

Son las últimas palabras de Ana.

Vistas desde atrás, Ana y Romina salen juntas del salón, se dirijen al cuarto del fondo. Caminan tomadas de la mano. Romina no se ha quitado el pene. Parece hacerla sentir bien.

En la cama blanca, sobre montañas de cojines igualmente blancos, se miran, se abrazan y al fin se besan con ternura. La cámara capta el sonido débil de los besos. Ana atrapa los labios de Romina entre los suyos, los estira sin apretar ni hacer el más mínimo esfuerzo, estira hasta que escapan y vuelven a su lugar. Salen a la luz las lenguas, que se acarician bien para que la cámara las vea, humedeciéndose mútuamente, lamiéndose, girando una en torno a otra.

Lidia oye también el chapoteo de las dos lenguas, y arde en deseos de hacer algo, de intervenir de una vez, de meter su lengua entre esas dos bocas, besarlas hasta saciarse, satisfacerse ya de algún modo, pero sigue dudando y se mantiene en su papel.
Pasan a los besos profundos. Es la escena preferida de Lidia: dos hermosas mujeres totalmente volcadas en el momento de obtener placer, con sus bocas hundidas una en la otra, como desesperadas.
Ana tumba a Romina bocarriba. Empieza a lamer sus gruesos labios mientras masturba lentamente el pene. Mira cómplice a la cámara mientras lame. Lidia tiembla. Romina se retuerce entre cojines, como si de verdad sintiera las caricias en su masculinidad.

- Volved a besaros… Quiero que os beséis lo más profundamente que podáis, que intentéis meter la lengua más profundo que la habéis metido nunca…

Lo hacen, se comprimen una contra otra, esforzándose por llegar más profundo de lo que nunca han llegado en otra mujer. Se oyen gorgoteos salir de sus gargantas.

Y Lidia no puede más, comienza a acariciarse la entrepierna. Le molesta la tela de los pantalones, se abre la cremallera y se toca sobre las bragas. Ahí es cuando el encuadre de la película empieza a tambalearse.
Ana y Romina se chupan las lenguas y se rebañan las bocas. Miran a Lidia, masturbándose ante ellas, cámara en mano.

- ¿Y ahora? ¿Qué más se te ocurre? -dice Ana, mientras vuelve a pajear a Romina.

Ana debe resistir la humillación.
Romina le da un beso. Luego le quita la camiseta. La directora ha decidido volver a ponérsela para hacer esta escena. Le encanta ver como desnudan a una chica, casi tanto como ver como se la follan.

Romina le reparte suaves besos por toda la superficie de los pechos, hasta tenerla retorciéndose de anhelo. Se detiene, la abandona y la mira. Acaricia los pechos con el dorso de sus dedos, describiendo amplias curvas que de vez en cuando cruzan sus pezones, amplios y suaves círculos oscuros.
La tortura. La besa y acaricia y la abandona cuando ve que la ha excitado, hasta que se vuelve a enfriar. La escena se alarga hasta unos buenos cinco minutos. Ana aguanta.

Romina coge bien los pezones, entre pulgar y corazón, y tira. La piel se estira hasta límites imposibles. Ana se muerde el labio. Los suelta y vuelven de golpe a su lugar. Repite la operación, los aprieta, estira y estira, los retuerce hasta arrancarle un gemido de dolor. Los suelta y se repliegan de un bote.
Romina araña los pechos. Clava las uñas en la abundante carne y baja dejando surcos blancos.
Muerde los pezones. Tira en todas direcciones, manejando como quiere a Ana, guiada por el dolor, con la boca abierta, callando una queja.
Aparece una nueva escena.

Romina se pone en pie. El falo vuelve a surgir ante la cara de Ana. Romina se masturba. Se agarra el pene y la golpea en la boca. Ana sigue sin resistirse. En lugar de eso, la mira desde abajo, con admiración. Romina se masturba y, en sus idas y venidas, de vez en cuando golpea la cara de Ana. Sus labios, que rebotan breve, deliciosamente, con el golpe. Sus mejillas, su barbilla. Restriega su polla desde la frente hasta debajo de la barbilla, humillándola.
Una sustancia blanca y espesa salpica la frente de Ana. Otra más. El yogur se estrella contra sus mejillas, chorrea hasta el cuello. Salpica sobre su boca, abierta a medias.
Lo mejor de esta escena es que Ana no cierra los ojos, lo recibe todo en su cara sin casi pestañear.
De pie, se abrazan con cariño, se besan.
Primer plano de los labios femeninos devorándose. El yogur lo embadurna todo.
La imagen tiembla.
Lidia se acaricia el clítoris.
Ana y Romina la miran.

- Bueno… ¿Y tú no vas a participar?
- ¿Es que no hay nada que no quieras hacer?

Primer plano de Lidia. Mira fijamente a cámara. Sus ojos azul claro son perturbadores. Por fin está ante la cámara, y no tras ella.

- ¿Estás preparada? -pregunta una voz.

Romina lleva ahora la cámara.

- Hacedlo antes de que me arrepienta.

Vuelven a estar en la cama. Lidia, de rodillas, agarrada a los barrotes de la cabecera. Ana le baja la cremallera y le quita los pantalones. Consigue sacárselos sin quitarle los zapatos de tacón. Lidia ha insistido en ello. Queda a la vista un precioso culito, blanco, como el resto de su piel. Ana toquetea un momento las bragas y luego se las quita. Se va y vuelve en un momento. Quita el tapón de un tubo de vaselina. Aprieta el contenido sobre su mano. Lo esparce a base de caricias por la vulva de Lidia. La cámara se acerca. La vagina de Lidia está bien brillante y lubricada. Lo poco que quedaba en el tubo se ha gastado. Ana abre otro nuevo y lo vacía un buen chorro sobre el trasero. Extrae prácticamente todo el contenido. Se recrea embarrando las nalgas, los pliegues vaginales, los muslos y, más arriba, los alrededores del ano. Finalmente, el ano mismo queda totalmente lubricado con una enorme cantidad de vaselina.

- ¿Empezamos?- pregunta Ana.
- No me preguntéis más, o puedo arrepentirme. Venga, empezad de una vez…

La fantasía de la directora comienza.
Ana le acaricia los labios vaginales. Le introduce un dedo y la masturba.

- ¿Otro?
- Sí…

Le mete otro dedo. Entran y salen. Lidia gime.

- ¿Otro más?
- Sí, vengaaa…

Ya son tres dedos los que follan lentamente a Lidia.

- ¿Te duele?
- Todavía no…

La cámara se acerca aun más a la escena de la vagina de Lidia penetrada por tres dedos. Aparece la mano de Romina, que acaricia su clítoris.

- ¿Quieres? -le pregunta.

Lidia gime por respuesta.
Le inserta un cuarto dedo. Lidia gruñe. Los dedos de Ana y los de Romina entran y salen a distintos ritmos.

- Otro…
- ¿Otro más…?
- A-há…

Lo intenta pero es difícil, cuatro dedos entrando y saliendo ya son muchos dedos. Se empeña hasta conseguir que el dedo se deslice entre los pliegues viscosos. La vaselina es una gran ayuda. El coño aparece enormemente dilatado.
Lidia grita con los dientes apretados. Tiembla agarrada con fuerza a los barrotes.

- ¿Pasamos a…?
- Oooooooh…
- ¿Sí o no?
- ¡Sí! ¡Venga!

Un dedo de Ana masajea el ano. Comienza a introducirse poco a poco, barrenando. Ana lo hace con delicadeza, hasta ensartárselo entero. Lo mete y lo saca.

- ¿Otro dedo?
- ¡Sí!

Masajea el esfínter hasta hacer sitio al segundo. Exploran el entorno, palpando la carne.

- Métele otro… -susurra Romina.

El tercero cuesta más, pero acaba por penetrar en sus entrañas. La penetración se hace más rápida y dura. La cabecera de la cama golpea la pared con cada sacudida.
Romina no puede usar la mano de la cámara, usa el pulgar de la otra mano.
Cuatro dedos dentro del coño y cuatro dentro del culo. Lidia aúlla.

La última escena es puro experimento. Lidia está agotada. Romina la obliga a levantar de nuevo el trasero, así que Ana debe estar grabando.
Romina saca un consolador, abre la funda de un preservativo y se lo pone. Lo embadurna de vaselina.

- No, por favor… No puedo más, dejadme descansar un poco… -gimotea Lidia contra los almohadones.

Romina por fin está sonriendo: le ensarta el consolador en el culo. Un primer plano demuestra lo dilatado que ha quedado. Se lo mete hasta el fondo y allí lo deja. Coge un segundo consolador, bastante más grueso, y lo embadurna de vaselina.
Asombrosamente, el segundo consolador acaba por caber en sus entrañas.
Romina los agarra y los mueve. Lidia se retuerce de dolor.

- ¡Ya vale! ¡Ya vale! ¡Está bien! ¡Corten!

¿Tienes algo que decir? No dudes en escribirme: eslavoragine@hotmail.com

Gracias a mi ex-novio

Lunes, diciembre 6th, 2010

¡Hola! Me llamo Carolina, soy ingeniera químico, tengo 29 años, vivo en Venezuela y estoy casada con un hombre que también es bisexual. Soy una trigueña bonita, sin llegar a ser una bomba sexy, aunque siempre he atraído a muchísimos hombres y mujeres. La historia que les voy a contar es la de mi primera experiencia con una mujer, lo que ocurrió hace 9 años mientras era estudiante de ingeniería en la universidad. Para ese entonces tenía un novio al que le debo el haber podido realizar mi mayor fantasía y decidirme a ser bisexual.

Recuerdo que cuando era adolescente tuve un sueño con Norma, mi amiga de la secundaria con quien después, en una ocasión mientras estábamos estudiando en su casa, me besé en la boca… Todo ocurrió sin mediar palabra. Ella acercó su cara a la mía y sin darme cuanta nos estábamos besando a boca llena. Para ese momento yo tenía 16 años y esa situación me asustó muchísimo. Recuerdo que cuando reaccioné me separé de ella, recogí mis cosas y me fui muy asustada a mi casa, pensando en lo que había pasado. Me di cuenta que me había excitado muchísimo y que en realidad me gustaba Norma, y por eso es que me sentía tan bien con ella y éramos tan buenas amigas. Pensaba en que lo que había ocurrido era un error y debía alejarme de ella… Me aterraba la idea de ser lesbiana o bisexual, porque pensaba en lo que iban a decir mis padres, mis familiares y mis amigos. También tengo que decir que estaba muy confundida, porque también me sentía atraída por los hombres.

Después de unas semanas de evitar a Norma, ella y yo nos reunimos para hablar. Me confesó que era bisexual y que se sentía atraída por mí. Me contó que ya había tenido relaciones sexuales con su novio y con otras mujeres, mientras que yo le confesé que aún era virgen y que no sabía que hacer ante lo que había ocurrido. Después de eso seguimos siendo amigas, nos graduamos de bachilleres y cada una inició una carrera en la universidad, y mantuvimos el contacto como buenas amigas que éramos, pero sin que nada volviera a ocurrir.

Pues sí, nada volvió a ocurrir durante cuatro años, aunque en ese tiempo nunca pude evitar tener fantasías en las que siempre estaba con Norma. Nada ocurrió hasta el año 1994 (yo tenía 21 años), en el que era novia de un hombre que significó mucho en mi vida, ya que fue el que me hizo ver al sexo como algo bello, que todos deberíamos disfrutar sin tabúes ni temores. JL (como voy a llamar a mi ex-novio) es heterosexual, pero de mente muy abierta. Un día, después de haber tenido relaciones en un salón de clases (me gustaba mucho quedarme totalmente desnuda en un salón de clases y que él me lamiera los pies, me chupara los pezones y me lamiera y chupara el clítoris, y después yo darle una buena mamada) él me volvió a preguntar por mi mayor fantasía sexual. Yo había rehuido el tema en varias ocasiones, pero ese día, desnuda y excitada como aún me encontraba, le confesé que quería saber qué se sentía tener relaciones con otra mujer. Le conté lo que me había ocurrido con Norma y mis fantasías con ella. Debo confesar que durante los cuatro años que pasaron desde lo ocurrido con Norma hasta ese día, y pese a mis fantasías, me había considerado totalmente heterosexual, pero en ese momento comencé a pensar en la posibilidad de ser bisexual. JL no pudo evitar asombrarse, aunque su cara me revelaba la complacencia que sentía ante mi revelación. Me dijo que a él también le gustaría verme con otra mujer y que si quería hacerlo pronto, a lo cual no contesté porque aún me asustaba un poco la situación. Después de varios meses en los que siempre, después de tener relaciones, hablábamos de mi fantasía, él me pidió y me sugirió no darle más largas al asunto y nos decidimos a cumplir mis sueños. Por supuesto, pensé en la reacción de mis padres y mis amigos si llegaban a enterarse de todo, pero la verdad es que en ese momento ya casi no me importaba.

Nos pusimos en contacto con Norma y salimos con ella a tomar café en varias ocasiones previas, para que ella y JL se conocieran y para ir creando un cierto ambiente que me diera confianza para dar ese gran paso. Por fin el gran día llegó. Fue el 25 de marzo de 1994, durante un bello día en la ciudad de San Antonio de Los Altos. Aprovechamos que la madre de Norma trabajaba en la ciudad de Caracas, y pasaba todo el día allí. El departamento en el que vivían quedaba a nuestra absoluta disposición.

Al principio los tres nos pusimos a hablar y a tomarnos unas cervezas. JL y yo estábamos muy cohibidos, hasta que Norma nos dijo que nos relajáramos y disfrutáramos el momento, a lo que JL reaccionó besándome y acariciándome. Luego comenzó a desabotonarme el sweter que llevaba puesto mientras me besaba y mordisqueaba el cuello. Después me quitó las sandalias y me besó y lamió los pies, mientras Norma nos observaba con cara que reflejaba el placer y la excitación que iba experimentando. Era la primera vez que otra persona me observaba en esa situación, y la sensación era muy rica y excitante. De pronto Norma se acercó y comenzó a acariciarme las manos y a darme dulces y suaves besos en las mejillas, en el cuello, la frente, la nariz y las orejas. Justo cuando empezaba a sentirme perdida sus labios se posaron en los míos y después me besó de una forma tan dulce y apasionada que aún hoy me excita bastante. Sentir su lengua con la mía ha sido una de las experiencias más divinas que he vivido. Cuando abrí los ojos, JL nos observaba con la cara más tierna que he visto en un hombre…

Ambos se apoderaron de mí. Norma me desabrochaba el pantalón, mientras que JL me quitaba la camisa y metía su mano por debajo de mi brasier, apoderándose de mis más que erectos y endurecidos pezones. Justo cuando Norma me quitó el pantalón JL me dejó a merced de ella, y fue cuando me terminé de abandonar y a entregar al placer. JL se sentó para observarnos. Norma seguía besándome y acariciándome mientras me encontraba en ropa interior, y cuando menos lo esperaba ella me quitó el brasier y comenzó a besarme los senos muy suavemente. Estaba tan fuera de mí, que no recuerdo cuando fue que JL se desnudó, pero lo cierto es que así estaba y había comenzado a desnudar a Norma, mientras ella me mordisqueaba y chupaba los pezones. En menos de lo que creí ya me encontraba totalmente mojada y fue cuando ella me dejó completamente desnudita. JL la terminó de desnudar delante de mí, y cuando los tres estuvimos totalmente como Dios nos mandó al mundo fue que en realidad se inició mi fantasía.

Norma me dejó sentada en el sofá, y se puso de rodillas frente a mí. Me volvió a chupar los senos, pero en esta ocasión con mucha más fuerza que antes. Me volvía loca verla y sentirla, pero de pronto paró y me dijo “ahora vas a sentir el verdadero placer”, y fue cuando separó mis piernas y sus dedos se apoderaron de mi almeja. Ella empezó a entrar y salir, a lo cual respondí con movimientos que eran casi inconscientes e involuntarios. De repente vi que se inclinaba más y empecé a sentir su lengua lamiéndome de una forma muy deliciosa y especial. Su lengua subía, bajaba, entraba y salía, y yo lo único que podía hacer era gemir y temblar, mientras JL nos observaba con mucha excitación. Él decidió participar de la fiesta y empezó a chuparme los senos. En ese momento sentí que terminaba de perder el control de mí misma y me volvía loca de placer. Norma se hizo de mi clítoris y comenzó a lamerlo y a chuparlo, lo que hizo que tuviera un orgasmo y me corriera en su cara. Se levantó y me besó mientras sus dedos volvían a entrar y salir de mi concha.

El sabor y el olor de mis propios jugos no hicieron más que excitarme muchísimo más y fue cuando decidí que ya era hora de pasar yo a la acción. Los senos de Norma eran como los míos: pequeños, redondos y paraditos… En pocas palabras me parecían bellos y muy provocativos. Empecé besándolos, pero (tal vez por mi falta de experiencia en ese entonces) comencé a comérmelos y a chuparlos con un gran frenesí que parecía una loca. Nunca imaginé que se sintiera tan delicioso tener en la boca el pezón erecto y duro de otra mujer y sentirlo con la lengua. Mientras, JL me observaba muy de cerca, para no perderse de ningún detalle (como me confesó después). Su cara había perdido los rastros de ternura, y ahora reflejaban puro placer y excitación.

Habría podido pasar toda la vida así, pero Norma me pidió a gritos algo que en realidad me daba temor y había creído que no iba a hacer… Norma me pedía a gritos que le comiera su almeja, que me la cogiera toda. Al principio dudé un poco en hacerlo, pero en medio del placer me atreví. Me agaché, pero lo primero que hice fue besarle las piernas (que es algo que me gusta que me hagan a mí). Ella volvió a pedirme que me la comiera, por lo que acerqué mi cara a su concha, aparté los bellos y la besé como si besara los labios de su boca. Al principio sentí un poco de nauseas, pero el olor a sexo húmedo me hizo reponer y me volvió a excitar. Además JL había comenzado a comerme mi concha de la forma en que me gustaba que él lo hiciera. Eso fue lo que me ayudó a animarme y cuando menos lo pensaba mi lengua estaba lamiendo la cuquita húmeda y roja de otra mujer. Fue en ese momento que completé mi viaje hacia la total bisexualidad. Había tenido fantasías con Norma, pero en ellas solo estábamos juntas, besándonos y acariciándonos. Jamás imaginé en forma realmente seria que llegaría a comer del manjar de otra mujer. Y debo decirles que es lo más delicioso que he probado en mi vida.

Con mi lengua seguía lamiendo el sexo de Norma, mientras JL se levantó y nuevamente se puso a observarme detalladamente. Después decidí experimentar otras cosas, como penetrarla con mi lengua y chupar y lamer su clítoris. Cuando empecé a chuparle el clítoris noté que ella comenzaba a temblar y a moverse y sus gemidos aumentaban, por lo cual empecé a hacerlo más fuerte y seguido hasta que después de un rato ella se corrió. El beber sus jugos fue algo extraordinario y sentí como que saciaba mi sed.

Ambas nos incorporamos y ella me pidió que le diera una mamada a JL, lo cuál hice inmediatamente. Él estaba muy excitado y estaba a punto de reventar. Comencé besándole el pene y luego me lo metí en la boca. JL empezó a gemir cuando yo empecé a darle una mamada que creo que jamás se la había dado así. Era como una especie de recompensa (según sus propias palabras) por haberme permitido cumplir mi fantasía. Para sorpresa mía, Norma se había puesto de rodillas y estaba chupándome la cuquita y el culo. De repente sentí como sus dedos me penetraban por el culo de una manera firme. Eso hizo que me excitara mucho más, lo que a su vez hizo que acelerara mis movimientos de boca y mano en el pene de JL. Después de un rato, cuando ya ninguno aguantaba más tanta excitación, él vació su leche en mi boca y en mi cara. Jamás había disfrutado tanto mamarle el pene a un hombre, como en esa ocasión mientras Norma me cogía por el culo con sus dedos. Ella se incorporó y empezó a lamer de mi cara toda la leche de JL mientras nos besábamos.

Así estuvimos muchas horas los tres juntos, haciendo el amor entre los tres. Mientras estábamos descansando (totalmente desnudos) nos pusimos a hablar y Norma preguntó si alguna vez me habían penetrado de manera doble, por delante y por detrás al mismo tiempo, a lo cuál contesté que no. Ella sugirió que lo hiciéramos y nos mostró un pene artificial con correas, como el que usan las lesbianas. Debo confesar que al principio me horroricé por el tamaño de aquella cosa y me negué a hacerlo, aunque en realidad mi negativa no fue muy contundente y convincente. Les dije que nunca había tenido sexo anal y que no me parecía, pero una vez más JL fue muy convincente y persuasivo y me animó a hacerlo. Llegamos al acuerdo de que primero yo me cogería a Norma y luego (si yo lo consideraba apropiado) ella me lo haría a mí.

Me puse el aparato y Norma se arrodilló frente a mí para chuparlo. El estar en esa posición, dominante, y ver una mamada desde la perspectiva de un hombre, fue algo muy divertido e interesante. Ella le pidió a JL que se recostara en el sillón y se puso de rodillas frente a él. Lugo levantó el culito y me dijo “¡penétrame, cógeme que soy toda tuya!”. La verdad es que no sabía que hacer, así que empecé a meterle el aparato suavemente, pero para sorpresa mía entraba muy bien en aquel hueco que ya había sido explorado. Mientras tanto ella le mamaba el pene a JL, quién no tardó en apartarla y levantarse para poder ver como me la cogía. Yo me movía igual a como lo hacía JL conmigo cuando él me cogía por delante, y a la vez metí mis dedos en la cuquita de Norma, que gemía y gritaba de placer. Así estuvimos un buen rato hasta que JL me dijo: “Caro es tu turno”…

Norma se incorporó y me quitó el pene de plástico, se lo puso y me dijo que me sentara sobre ella mirándola de frente. Me metió el pene en mi cuquita y empezó a cogerme suavemente, mientras JL me lamía los senos. Yo empecé a gemir mientras empezaba a subir y bajar al ritmo de las embestidas de Norma. Fue algo maravilloso. Me cogió duro durante bastante rato, lo cual me tenía al borde de un estallido. Hubo un momento en el que pensé en todo lo que había pasado y estaba pasando, en mis padres, mis amigos y amigas, en lo que dirían si me vieran, y hasta me dije: “Dios mío ¿qué estoy haciendo?. ¡Carolina te volviste loca!”, pero la excitación y el placer eran tantos que me respondí: “¡Nada!, esto te está gustando muchísimo y nada más”. Norma paró y me pidió que me pusiera boca abajo y levantara la colita, lo que hice de forma inmediata, pues quería experimentar que se sentía. Ella también me metió su pene de plástico muy suavemente, ya que todavía era virgen por el culo. Al principio me dolió mucho y grité de dolor. Se me salieron las lágrimas y le pedí que parara que ya no quería, pero ella (gracias a Dios) no me hizo caso y siguió. Ya cuando estaba totalmente dentro de mí, empezó a moverse y comencé a sentir una mezcla de placer y dolor, que hacían que cada vez me excitara más. Tengo que confesar que, aunque siempre disfruté que JL me cogiera, el nunca me había cogido tan duro y sabroso como lo estaba haciendo Norma en ese momento. Lo hizo durante un largo rato, hasta que dijo: “Ahora te lo vamos a hacer JL y yo al mismo tiempo”…

Estaba tan fuera de mí, que no protesté ni me negué, si no que me entregué al placer. Ella me pidió que me pusiera frente a JL y este me empezó a coger por mi cuquita. De pronto otra vez sentí el pene de Norma en mi culo, pero esta vez había entrado con mucha más fuerza y violencia, por lo que grité. Sin darme cuenta en realidad, me había convertido en el objeto de placer de esos dos seres: un hombre y una mujer… Ambos se estaban moviendo al mismo ritmo. Entraban y salían de mí al mismo ritmo, mientras que yo también había empezado a moverme de manera totalmente involuntaria… Jamás me había sentido así. Creí que iba a morir de placer. Empecé a gemir muy fuerte, y de repente me di cuenta que estaba gritándoles que me cogieran, que me cogieran fuerte y duro.

Luego descansamos. Norma y yo hicimos el sesenta y nueve, le comí la cuquita y le chupé las tetas varias veces en la tarde. Los tres hicimos el amor hasta la tarde, antes de que llegara la madre de Norma. Nunca en mi vida había tenido una experiencia tan fantástica como esa y creo que jamás se va a repetir, porque esa fue mi primera vez con otra mujer y la atesoro como unos de los momentos más felices de mi vida. Los tres volvimos a estar juntos al día siguiente y en muchísimas otras ocasiones. También Norma y yo lo hicimos muchas veces las dos solas y otras tantas ella, su novio y yo. Aunque JL y yo terminamos hace varios años, le estoy muy agradecida por haberme enseñado tanto y haber hecho que asumiera y aceptara mi bisexualidad. Gracias a él no soy una mujer frustrada. Gracias a él soy una mujer bisexual feliz.

Como les dije al principio, estoy felizmente casada con un hombre (lo llamaré JF) que también es bisexual. Nos conocimos en la universidad porque estudiábamos juntos. También tengo una pareja femenina (Gladys), con quién llevo una relación maravillosa. Con ella y mi marido he seguido compartiendo grandes momentos con mis amigas y también con él y sus amigos (créanme que es sabroso y excitante hacerlo con dos hombres, y ver como se cogen a tu marido). Por supuesto Norma también sigue siendo partícipe de esos momentos. Ella y yo sí seguimos en contacto y aunque ya no es mi pareja femenina, aún (de vez en cuando) hacemos el amor…

mujik_manriq@yahoo.com

Fantasías sexuales con Beatriz

Lunes, diciembre 6th, 2010

- Te estoy diciendo que no me gusta Beatriz. ¿Estas loco?
- Ah vamos, sería interesante.
- No inventes ¿te parecería interesante que . . . no sé, Alejandro, digamos, llegara y te dijera “Eduardo me fascinas y me excita imaginarte enseñándome las nalgas”?
- (Risas) No, pero no es lo mismo.
- Ay claro que es lo mismo, ya déjame en paz.
- Entonces no te vayas con ella . . .

Así hablábamos mi mejor amigo y yo; una mujer que tenía fantasías sexuales con Beatriz, así de simple. Todo porque nunca podría olvidar ese momento: un instante en una clase de matemáticas se agachó hacia adelante, con las nalgas levantadas para recoger su bolsa y a mí me encantó verla así. Todavía recuerdo hasta los pantalones que ella traía puestos.

Tenía razón Eduardo. De alguna manera las circunstancias me habían puesto en las manos la oportunidad de mi vida de ir a trabajar a Madrid y especializarme en administración de recursos humanos . . . y para colmo, Beatriz iría conmigo. Quería salir de viaje al extranjero pero sus padres nunca se lo habían permitido, a mí me conocían de la universidad y con la excusa de una excelente educación en Madrid, Beatriz convenció a sus padres y me dijo feliz un día que iría conmigo. A final de cuentas nos fuimos a Madrid, solas, un año. Yo me olvidé instantáneamente de todos los reclamos de Eduardo.

Beatriz era lo que se conoce como una “niña bien”. Vestía a la última moda, conocía a toda la gente de “sociedad”, hablaba mucho (y muy rápido), cuidaba su figura y su largo cabello para tenerlos siempre a la perfección, no tomaba, no fumaba, había tenido el mismo novio desde el liceo y era obvio que se casaría con él pero jamás en los cinco años que llevaban de novios, jamás habían pasado de darse un beso. A mí me parecía indeciblemente hermosa y nunca me pareció tonta, como otras niñas de su clase.

Nos llevábamos bien y nos acoplamos perfectamente a la nueva vida en Madrid. Yo estudiaba y le pasaba las notas, ella conocía la ciudad y me llevaba a los mejores lugares de paseo, yo cuidaba el departamento y hacía de comer, ella conocía gente y conseguía invitaciones a las fiestas de los chicos más populares.

Yo la acompañaba a estas fiestas pero me parecían aburridas, prefería a la gente de otro tipo, los escritores, los músicos, la gente de conversaciones de café, libros, cigarros y buen vino. Aprendí a fumar desde los 14 años y a tomar desde los 15 y con mi novio tenía sexo increíble. Casi el completo opuesto de Beatriz pero nos llevábamos bien.

Mi novio me llamaba todos los viernes en la noche. Yo me encerraba en mi habitación para hablar con él. La mayoría de las veces terminábamos cogiendo por el teléfono, excitándonos con las palabras y la imaginación. Sería el tercer o cuarto fin de semana que pasábamos allá, precisamente en uno de estos viernes, cuando Beatriz irrumpió en mi cuarto sin tocar siquiera y me encontró tirada en la cama, sosteniendo el teléfono con una mano y con la otra en mi entrepierna a punto de provocarme un orgasmo delicioso. Se quedó parada en la puerta un instante mientras acomodaba sus ideas, yo estaba desnuda y sólo me quedé mirándola mientras me despedía por el teléfono. Beatriz salió calladamente y cerró la puerta. Unos minutos después salí en bata y me metí en la cocina, ella me siguió.

- Perdóname, no pensé que . . . ¿te estabas masturbando verdad?

A mí me chocó el tono de reproche con que lo dijo, y le contesté bruscamente mientras salía…

- Si, y deberías intentarlo a ver si se te quita lo pendeja.

No nos hablamos en una semana.

El siguiente viernes me invitó a una fiesta un grupo de amigos míos de la Universidad. Quería hacer las pases con Beatriz así que la invité a venir pero le advertí que esta no sería una fiesta del todo parecida a las que ella acostumbraba. Beatriz contestó emocionada que iría, que quería aprender cosas nuevas y ver gente diferente. Yo me sentí como espécimen raro cuando dijo eso y me volví a enojar, decidí dejarla sola en la fiesta, al fin y al cabo ella era excelente haciendo amistades.

Nuestra aportación a la fiesta madrileña fueron dos botellas de excelente tequila alegremente aceptadas por la concurrencia en general. El vino fluyó como en las mejores fiestas y Beatriz por no quedarse atrás empezó a tomar. Yo no la perdía de vista, tanto por miedo a que se le subieran las copas como porque me moría de risa escuchando cómo se escandalizaba por palabras que en nuestro país no es usan con tanta naturalidad como en España. Alrededor de las dos de la mañana perdí a Beatriz entre la gente. Una de las muchachas me dijo que había ido al baño porque se sentía mal. Efectivamente, estaba en el baño . . . con un tipo amasándole los pechos como si pensara que eran naranjas a las que había que exprimir. Beatriz estaba completamente ebria y el hombre este también así que no me fue tan difícil quitárselo de encima. Entre una amiga y yo la llevamos a la casa, la metimos a la regadera y Lucía (así se llamaba mi amiga) se marchó.

Yo estaba enfadadísima conmigo misma por haber dejado a Beatriz sola en la fiesta y entre reproches que me hacía a mi misma no me daba cuenta que había comenzado a quitarle la ropa a Beatriz para meterla al agua. La apoyé contra la pared, de espaldas a mí para comenzar a desabrochar su blusa y quitar sus pantalones, los zapatos los había dejado en la entrada. Abrí la llave de la ducha mientras metía mi mano entre sus pantalones y su blusa para empezar a quitarla, Beatriz usaba la ropa extremadamente apretada y no podía quitarle los pantalones. Comencé a reírme al darme cuenta de lo imposible de la situación y la risa me hizo darme cuenta que estaba en la ducha con una mujer que me excitaba, que me fascinaba y empecé a ponerme nerviosa. Decidí que iba a tener que mojarme yo también si iba a quitarle la ropa, Beatriz no daba indicios de despertar por más helada que estuviera el agua, la senté en el piso y comencé a sacar sus pantalones como mejor pude. La piel de sus piernas era mil veces más suave y yo quedé jadeando sólo de imaginar que tras esa espalda estaban aquellos pechos deliciosos. Puse mis manos en sus caderas y ella se apoyó en la pared, metí mis dedos entre su piel y su party y comencé a deslizarla, de nuevo la piel de sus piernas, suave, blanquísima y yo imaginando lo que habría del otro lado. Rápidamente puse la bata sobre sus hombros y la arropé, le dije al oído “ven, vamos a que te acuestes”, ella se terminó de tapar y se tiró en la cama, hecha un ovillo, temblando. Yo me dirigía al baño a terminar de ducharme cuando escuché que me dijo “gracias”.

Me duché pensando en Beatriz y burlándome de mí misma por haberme excitado así, estaba mojada, y no por el agua de la ducha. Salí de la regadera y me fui a leer un rato a la sala, no tenía mucho sueño. Una hora después entré a ver si Beatriz necesitaba algo, me quedé clavada en la puerta, sin poder moverme. Beatriz estaba dormida, boca arriba, se había estado moviendo y su bata se había abierto dejando fuera uno de sus pechos. La luz de luna que entraba por la ventana la iluminaba, iluminaba su pecho, su rostro blanco, sus labios semiabiertos y parte de su muslo que también había quedado afuera. Suspiré, tenía ganas de acariciarla, de sentir su piel suave en la palma de mis manos, en los dedos, en mis labios, apretar esas piernas suaves, chupar suavemente esos pezones. Me acerqué lentamente, en silencio, tratando de no despertarla para seguir admirándola. Parecía una perfecta estatua de mármol, me hinqué a lado de la cama, sin esperanzas, exhausta, recargué mi cabeza en su mano, besé su palma y…

- ¿Ángela?
- ¿Te sientes mejor Beatriz? – Le pregunté mientras me acercaba de nuevo. Beatriz volteó la cara hacia la ventana, a mí me llamó la atención que no hubiera intentado tapar su cuerpo.
- Quiero pedirte algo pero me da pena. Enséñame a tocarme como lo hacías ese día, cuando estabas desnuda en tu cama, quiero sentir algo así. – Yo no pude contener una risa nerviosa.
- Estas borracha todavía Beatriz
- Si, lo se, todavía estoy un poco borracha, de otra manera no me hubiera atrevido a pedírtelo, por favor, enséñame. – Tomó mi mano y la dirigió hacia sus piernas; yo la quité rápidamente.
- Beatriz, tengo que decirte algo. Beatriz me gustas, me atraes como mujer, me atraes sexualmente me… me… me excitas, me fascina verte en este momento, desnuda. Me… me encantaría tocarte pero no así, no como tu quieres. Déjame darte placer Beatriz, déjame amarte.

Beatriz sonrió, abrió su bata y cerró los ojos. Me senté a su lado en la cama. No lo podía creer, había fantaseado tantas veces sobre ese momento que estaba en blanco, no sabía que hacer, nunca había tocado a una mujer, nunca había acariciado una piel suave, unos pechos, unas piernas y Beatriz era hermosa. Acerqué mi cara a su cuello, cerré mis ojos y respiré su aroma. Era dulce. Comencé a tocar su piel con mis labios, sus hombros, no me atrevía a tocarla con mis manos todavía. El primer beso que le di fue entre sus pechos, la besé tiernamente mientras sentía que rozaban mis mejillas y que Beatriz suspiraba. Me separé, con ternura tomé sus pechos entre mis manos, moviendo mis pulgares comencé a acariciarla un poco pero ya no resistía la tentación, tenía que sentir esos pezones en mi boca. Me acerqué, poniendo mis labios alrededor de su pezón derecho, sin cerrarlos, quería disfrutar el momento, acerqué mi lengua lentamente y lo besé. Fue una sensación deliciosa, empecé a respirar rápidamente y tenía sus pechos en mi mano, todo a un tiempo metí una de mis manos entre sus piernas, pellizqué su pezón con mis dedos y penetré su ombligo con mi lengua. Beatriz gimió, yo sentí como si hubiera tenido un orgasmo, mi cuerpo tembló y me sentía excesivamente excitada. “¿Qué vas a hacer?” Me pregunto Beatriz. Acariciando hacia adentro de sus piernas lentamente me acerqué a su oído y le dije “No voy a hacer nada que tu no quieras Beatriz, así que me vas a tener que decir si te gusta lo que voy a hacer” Beatriz abrió los ojos asustada, pero sonrió y dejó que me subiera en ella. Terminé de abrir sus piernas con mis caderas, bajando sobre ella y lamiendo sus pechos de nuevo, con una de mis manos empecé a acariciar sus piernas, volví a besar entre sus pechos y de ahí a bajar de nuevo. Dejé que mis pechos tocaran sus piernas, y seguí bajando. Llegué a sus caderas y comencé a besarlas, Beatriz respiraba rápidamente pero no decía nada “¿No te gusta Beatriz?” Sonreí maliciosamente mientras la veía asentir rápidamente y empecé a hacer rápidos círculos, ella empezó a gemir como una loca, de su vagina empezaron a brotar abundantes líquidos conforme yo seguía chupando, ahora usaba mis labios también, acerqué mi dedo corazón y lo empecé a introducir lentamente en su vagina, moviéndolo al ritmo de mi lengua en su clítoris ella arqueó su espalda retirándose de mi boca un momento y alcancé a ver cómo llevaba sus manos hacia sus pechos para acariciarse sola. “Sigue por favor no pares”, baje mi boca hacia ella de nuevo y pasé mi lengua dura desde el principio de su vagina hasta llegar a su clítoris en donde empecé a dar pequeños golpecitos con la punta de mi lengua, volví a meter mi dedo cuando la oí gemir y seguí haciendo círculos hasta que sentí su orgasmo en mi dedo, su vagina contraccionándose violentamente y Beatriz jadeando. Cuando se tranquilizó se quedó dormida.

Yo no lo podía creer. Mi mayor fantasía se había hecho realidad. Estuve masturbándome pensando en lo que había sucedido hasta que terminó la noche pocas horas después, no sabía cómo iba a reaccionar Beatriz a la mañana siguiente entre la cruda del alcohol y la cruda moral que probablemente le daría. Me levanté desde temprano y me metí en la cocina, mientras cerraba la puerta del refrigerador sentí una mano en mi hombro, era Beatriz, me dio la vuela y me besó en la boca. “Gracias”

Historia de dos amigas

Viernes, diciembre 3rd, 2010

No sé cómo sucedieron las cosas, pues la verdad nunca pensé que eso llegaría a pasar. La conocía hacía apenas dos semanas y no me había parecido más que una chica bonita y nada más. Pero tuvimos que hacer un viaje de estudio juntas, y empezamos a entablar una amistad femenina nada fuera de lo normal. Me cayó bien, especialmente porque teníamos ideas parecidas en varias cosas, por ejemplo en el sexo y en el amor. Ella vivía su vida con una libertad envidiable, claro, madre soltera, podía hacer lo que se le viniera en gana. En mi caso, un matrimonio de siete años me colmaba de esa felicidad tranquila y relajada que muchas mujeres de mi edad envidian.

Nos contamos algunas intimidades: cómo ella perdió a su esposo y yo en retribución, le comenté sobre cierta relación extraña y enfermiza que aún mantenía con un antiguo amor al que quería ponerle punto final, pues él siempre se había portado de manera muy egoísta conmigo y yo no me había querido dar cuenta. Mis recuerdos sobre esta relación nos acercaron aún más, pues ella vivía algo similar con un viejo amante.

Una noche, en que andábamos buscando un lugar donde dormir que no fuera muy caro, me acordé de un amigo que vivía de cantar en los bares y que me había ofrecido su casa amablemente. Lo contacté y quedamos que nos prestaría su departamento. Esa noche fuimos a verlo tocar al bar y después de algunas copas regresamos al depto., donde mi amigo abrió una botella de vino más. Allí comenzó una discusión que verdaderamente yo no pensaba llevar a ninguna parte. Empecé a hablar sobre mi particular forma de ver el sexo, materia harto conocida por mi amigo que también había sido mi amante. Él me preguntó si yo había estado con alguien de mi mismo sexo, le contesté que no, pero que no me cerraba a esa posibilidad. La noche terminó con la última gota de la botella y ella y yo nos dispusimos a dormir.

Las dos llevábamos ropas adecuadas para el calor de la noche. Prendas delgadas de algodón, consistentes en camisas finas y panties frescas. Nos acostamos una junto a la otra y comenzamos a platicar sobre nuestras respectivas experiencias sexuales, con quien nos gustaba más, quién de nuestros amantes cogía mejor… no recuerdo cómo (todavía sentía el calor de las copas en la sangre) nos quedamos calladas y nuestros pies, las puntas de nuestros dedos se tocaron. No recuerdo si fui yo o ella la que comenzó la caricia. Nuestros pies y piernas comenzaron a frotarse suavemente, ella se hallaba a espaldas de mi y era fácil realizar esa actividad. Me empecé a calentar de manera muy extraña. Poco a poco nuestros movimientos se hicieron más rápidos, más frenéticos y entonces pensé que podía tocar sus pechos, los cuales siempre me habían fascinado de alguna manera, con esa cierta envidia con la que quienes no los tenemos tan abundantes, miramos a las que sí. No me abalancé a ellos directamente, sino que toqué primero su cintura y su vientre, aún temiendo su reacción. Me encantó comprobar que ella también estaba calientísima… Por fin me animé a tocar sus montículos suaves y acolchados. Sus pezones duros me invitaron a dejar mis dedos recorrerlos con curiosidad. La sensación era tan distinta a cualquier otra que hubiera experimentado antes. Ella se volteó hacia mí y empezó a besarme. Sus labios pequeños y armoniosos se hundieron en mi boca en un beso femenino inolvidable.

Nuestras lenguas se encontraron tímidamente, pero pronto empezaron a explorarse, mientras las manos hacían lo mismo con nuestros cuerpos. Sus dedos largos se detuvieron también largo rato en mis pezones grandes y erectos, ella los manipuló de manera deliciosa, con la habilidad de quien se conoce perfectamente a sí misma. Por fin le quité la blusa y me encontré de cara con sus apetitosas redondeces. Casi con incredulidad deposité mi lengua sobre sus senos, ella se estremeció con un suspiro y comenzó a moverse suavemente debajo de mi boca curiosa y ávida. Recorrí sus pechos con mis manos y jugué con sus pezones entre mis dientes. Ella hundía sus manos en mi cabello ensortijado, mientras balanceaba el cuerpo para disfrutar y hacer más intensa las caricias de mi boca. Luego ella hizo lo mismo, se metió uno de mis pezones a su boca y comenzó a tocarlo con la lengua. Qué sensación aquella tan extraña: era como sentir una caricia tan extraordinariamente suave, que no existiera, y sin embargo su legua seguía allí, pequeña y golosa, chupando, succionando, lamiendo, exprimiendo. “Estás riquísima”, “Tienes unos pezones deliciosos” me decía entre jadeos, mientras se montaba encima mío y ponía a la disposición de mi boca _ la única vía de exploración que nos permitía nuestra nula experiencia en las artes de Lesbos_ nuevamente la textura de sus pechos. “No te vas a sacar de onda, ¿verdad?” me preguntó pícaramente… “no, no” le contesté apresurada, excitada, muy caliente…

Reanudamos los besos y mis manos se bajaron a sus nalgas, las que se empezaron a mover a un ritmo sensual, delicioso… “Estás deliciosa” le dije, “buenísima”… y era cierto. Su figura voluptuosa se movía encima mío enloqueciéndome de pasión, sus pechos se bamboleaban felices en mi cara, mientras yo turnaba mi boca en cada uno, o los sostenía con ambas manos mientras me hundía entre sus labios.

En un movimiento apasionado quedamos de costado, frente a frente. Así, con timidez deslicé mi mano hasta su sexo, pequeño y de vello escaso. Sus gemidos me hicieron saber que mi caricia era bienvenida, así que con delicadeza empecé a introducir mis manos en su rajita húmeda. Estaba tan mojada que la baba se escurría entre sus piernas. Casi al mismo tiempo ella hizo lo mismo conmigo. Sus dedos largos, hermosos, exploraron el interior de mi sexo con tanta familiaridad como si me tocara yo misma. Pronto empezamos a hundirlos una y otra vez mientras nos fundíamos en besos apasionados y húmedos. Ella localizó mi clítoris y comenzó a jugar con él, las dos nos tocamos mientras apretábamos nuestros cuerpos y los lamíamos con avidez. Ella volvió a montarse encima mío y sus labios recorrieron mi cuello, bajaron por mis senos, se detuvieron en mi vientre y bajaron poco a poco a mi sexo abierto y húmedo. Me sorprendió su voracidad y al mismo tiempo la delicadeza con la que empezó a comerme, su lengua penetró con curiosidad casi infantil en mi vulva. Mientras tanto, yo la miraba desde arriba, semi recostada en los almohadones de la cama, su abundante cabellera lacia le caía de lado mientras se afanaba en darme placer con su lengua, para entonces ávida exploradora de las profundidades de mi sexo que se extendía a lo largo de mi raja y por momentos se detenía nerviosamente en mi clítoris hinchado. No pude más y le dije: “ven, ven aquí, dame la tuya”… Ella obedeció al instante y puso su sexo a merced de mi lengua ávida, volátil. Sus gemidos se hicieron intensos, mientras mis manos apretaban sus nalgas hermosas y firmes y se deslizaban por sus muslos fríos y redondos. “Qué sabor el tuyo” le dije a media voz… “y el tuyo, rica, es de lo mejor” me contestó cachondísima…

Después de disfrutar las mieles de nuestros cuerpos en ese estupendo sesenta y nueve, ella se incorporó y se sentó en mis piernas, poniendo nuevamente sus pechos a mi disposición, yo mordía con ansias locas, chupaba, lamía, tocaba, masajeaba sus tetas grandiosas, mientras le clavaba mis dedos una y otra vez, disfrutando del calor de sus jugos. Cuando más excitadas estábamos, comencé a mover mis dedos con más prisa, mientras ella se babomboleaba de adelante hacia atrás, aún sentada sobre mis piernas. Se corrió dos veces en medio de suspiros y gemidos sensuales y cayó exhausta encima mío. Yo le acaricié su cabellera y lamí cariñosamente sus pezones. Se recuperó rápidamente y me dijo “ahora te toca a ti, querida”. Se montó encima mío y comenzó a morderme los pezones… “están duritos y hermosos” me decía coqueta, “eres de lo más bonita, estás cachondísima” susurraba a mi oído. Jugó con mis senos y mi sexo a la par, metía y sacaba sus dedos, jugueteaba con mi clítoris, besaba mi cuello y se fundía con mi boca… “muerde más” le suplicaba y ella obediente lo hacía… Pronto encontró el ritmo apropiado con el que frotar mi chocho, lo hizo maravillosamente bien, mientras con la otra mano oprimía con cierta fuerza mi pezón derecho. Yo apretaba las piernas para conseguir un orgasmo intenso y cuando éste empezó a llegar, ella comenzó a jalar mi pezón con fuerza a uno y a otro lado, de manera que el estímulo que me producía mi seno bamboleante, se juntara con la sensación que me produjo ese orgasmo inolvidable. Cuando exhalé el último gemido de placer, ella se incrustó en mi boca y nos besamos largamente, moviendo suavemente nuestras lenguas, tocándonos el cabello, acariciando nuestros rostros, besándonos las mejillas y el cuello. Nos arropamos un poco, pues ya era de madrugada y la brisa entraba por la ventana. Comentamos qué rica estaba la noche y qué rico lo que había pasado entre nosotras. Acordamos que éste sería un secreto entre las dos. Hasta hoy nadie, sólo ella y yo, sabemos lo que pasa entre nostras. Nuestras vidas continúan normales, y somos amigas más allá del sexo. Ella me cuenta sus aventuras y desventuras amorosas con los hombres, los problemas con sus hijas, hablamos del trabajo, a veces de otras personas (ya saben al fin mujeres), viajamos juntas en plan de madres de familia, organizamos fiestas familiares, hacemos proyectos juntas y si… algunas veces, también nos damos un tiempo entre nuestras actividades, para tocarnos, besarnos y jugar maravillosamente con nuestros cuerpos, encontrando aquello que sólo nosotras podemos darnos.