Archivo de la categoría: Lésbicos

Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Cosa de minas

Hola soy Florencia, Flochu, Flor, Florcita… la sin tetas. Tengo 16 años y vivo en Argentina, y tengo a mi mejor amiga Romina, que tambien tiene mi edad, y es com´pañera mia del colegio, que tiene unas tetas enormes, ENORMES, desde los 12 años que se le desarrollaron y nosotras somos amigas desde que teniamos 6, en fin, se imaginaran, todos los chicos la miran a ella y a mi ni pelota.

El otro dia estabamos en mi casa, yo soy hija unica, mis papas trabajan, y hago lo que quiero, sin ire al carajo claro. Y viene Romina, y bueno, estabamos boludeando en la pieza, charlando, y otra vez me le quejo de que no me salen las tetas.

Romina: y que boluda, igual sos re linda, a los tipos les gustan las minas flacas, como vos, boluda yo estoy re gorda, no puedo bajar el culo…

Yo: bueno pero por algo ya debutaste forra. Yo sigo virga y con unas ganas…

Romina: ya te dije que fue un garrón, los tipos son re torpes

Yo sabia que ya hace rato veniamos boludeando, piquitos, abrazos, todo con cariño. Pero yo ya tenia ganas de que me chupe la concha. Y le dije

Yo: sabes que me estoy depilado la concha? ayer me hice dos pajas, de lo que me calienta estar sin un pelito.

Romina: toda toda?

Yo: hasta el culo

Romina: ajjaja que hija de puta

Yo:  me quedo re lindo

Romina: y dos pajas te hiciste? que pajera jajaj

Yo:  si, esta barbaro. Vos esta toda peluda?

Romina: que forra que sos

Yo:  para que te copes, capaz te gusta

Romina:

Yo:  te muestro?

Romina: dale

Yo que estaba descalza y con joggins y remera, en vez de bajarme los joggins me los saque x completo, igual que la bombacha. Y tirada en la cama me abri de piernas y le mostre, toda mi concha bien depiladita.

Yo: mira que linda esta. Tocala, vas a ver q suave

Romina: que torta que sos

Yo:  y? un cachito, no pasa nada

Romina acerco la mano y me la puso sobre la vagina

Yo:  dale un besito, no seas mala

Romina: estas segura?

Yo:  por favor, pasale la lengua

Romina se acosto, acerco los labios dando un piquito en la pelvis, y luego saco la lengua y la metio entre mis labios vaginales, llegando a abrirse camino y lamer suavemente mi clitoris. Ahi le agarre la cabeza y la hice seguir lamiendo, hasta que en unos minutos llegué al orgasmo…

Yo:  ahora te toca a vos, gorda puta

Romina: para tarada, no me hables asi…

Me acerque y le dije

Yo:  sos hermosa, y te quiero. Pero me re caliento puteandote un poco…

Romina: bueno, por hoy nomas

Yo:  asi me gusta… putita sumisa…

Continuara

 

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Masturbandome con fotos de chicas

Hola seré directa y espero que la pasen bien rico.

Les quería contar que yo soy una mujer muy caliente y me encanta venirme me masturbo casi todo el tiempo y acabo a chorros, me gusta admirar mi cuerpo verme las tetas hasta que me masturbo y así siempre, bueno la cosa es que un día recién bañadita y rasuradita puse en mi cama un gran espejo junto a mi y me quite la ropa externa y me quede con la interior.. Comencé a sacarme fotos de mi cuerpo y luego comencé a tocarme me acariciaba los senos y me acariciaba el Clítoris y con las puntas de los dedos recorria mis labios vaginales y comencé a sentirme excitada me moje e introduci mi dedo índice en mi vagina luego el mediano, el anular y así hasta que moje y mi vagina ya estaba dilatada y yo comenzaba a encenderme más y más..
De pronto me metí un consolador que tenia y rebasaba el placer y acababa a chorros cada vez que me lo introducía y obviamente como me gusta tocarme conozco mi punto G entonces salia chorros de mi acabada.. De repente una amiga y yo comenzamos a hablar y no se por que pero comenzamos a mandarnos fotos desnudas y me mando sus tetas su vagina y su culo y uh que rico luego yo me tomé un video Masturbandome y se lo envié y ella se masturbo también y yo sentía un placer inmenso que me quede con el consolador adentro y bajaban chorros de mi vagina hasta mi culo mis pezones estaban duros y erectos.. Estaba presa de la calentura.. Luego le dije que nos pusiéramos de acuerdo para tener sexo y la traje a mi casa fumamos y tomamos un poco.. Luego se dio todo y empezaron a comernos las ganas que sentíamos de cogernos, pero antes de eso cuando empezamos a beber y fumar le dije que estuviéramos en ropa interior para solo ir al “mandado” y así fue, ya entonces la tire en un sillón que yo tengo es ideal para esas cosas y ella traía puesto un cachetero yo tenia una tanga y la acosté con las piernas abiertas y le amarre las manos.. Primero le solté el brassier y empecé acariciar sus senos y se pusieron duros de una y empecé a pasarles mi lengua de arriba abajo y al rededor de la areola y comenzó a gemir.. Luego con mi dedo de En medio lo la mi y se lo metí en la vagina y se le fue de una a la muy guarra y genial como loca en fin hice lo mismo le dilate la vagina hasta que me acabo en la boca y me comí su relleno todo cayó en mi lengua.. Luego con el consolador que tengo lo amarre a un cinturón y me lo puse y comencé a meterselo en la vagina ella estaba hasta sonrojada de placer y acababa a chorros enormes yo estaba muy excitada también, pero solo estaba mojada.
Luego era mi turno de recibir placer y mi amiga me dijo que quería desquitarse lo que le había hecho y así fue..
Me arranco el brassier e hizo a un lado mi tanga y comenzó a meterme los dedos y a chupar mis pezones como loca y entonces me encendí y acababa a chorros luego la muy guarra me puso en 4 y me metí a el consolador mientras lamia mi Clitoris y se comía mi acabadura yo estaba más que loca gritando de placer y me pegaba nalgadas muy duro que se escuchaba como una guerra y acabe en su cara también luego, tijereamos un rato hasta que se unieron nuestros fluidos vagina les y mi vagina pulsaba no se si ella también.. Luego nos bañamos y cambiamos y fuimos por pizza y cerveza, y esto nadie lo ha sabido nunca solo ustedes.. 3:D

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Me niego a ser Lesbiana (Parte 10)

Verdad y Consecuencia.

Mis furiosos ojos se clavaron en los de Lara, no podía creer que estuviera en mi casa para arruinarme la coartada. Pensé rápido y tuve una súbita idea que en un principio me pareció brillante, yo le había dicho a mi madre que iría a la casa de una Lara, pero nunca aclaré cuál.

-Esta Lara no mamá –intenté aparentar tranquilidad- la otra. La que vino a mirar películas el otro día.
-¿Esa no se llama Edith? –ladró.
-Se llama Lara Edith, a veces le digo por el segundo nombre para evitar estas confusiones, como ésta. Si yo te dije que se llamaba así –logré hacerla dudar, sabía que ella no recordaría si especifiqué cuál era su nombre.
-Eso me importa poco. ¿Por qué motivo estás pasando tanto tiempo con mujeres? Te vas toda la noche a “dormir” a la casa de alguna y volvés a cualquier hora.
-¿A qué te referís con eso?
-¡Me refiero a esas cosas que se dicen de vos Lucrecia! Todo el mundo anda diciendo que sos… que sos lesbiana.

Ahora si estaba muerta, o peor aún, me torturaría lentamente por el resto de mi vida hasta que yo le suplicara que me mate. Tal vez si la provocaba más me mataría rápidamente y terminaría con todo el sufrimiento hoy mismo. También podía robar el auto y huir, hasta que me denunciaran y la policía me encontrara a pocos kilómetros de mi casa y evitara que me tire de un puente con coche y todo. No, eso sería una cobardía y arruinaría un bonito auto. Debía enfrentarla, ella no era dueña de mi vida.

-¿Y si lo fuera habría algún problema? –sus ojos se transformaron, parecían los del mismísimo Satanás.
-¡Claro que habría problemas! ¿En qué pensás Lucrecia? ¡No me digas que es cierto lo que dicen!
-¿Quién lo dice? –intentaba elevar mi vos sobre la de ella.
-Las hijas de mis amigas, dicen que te vieron con mujeres. Besándolas y haciendo quién sabe qué otra cosa, yo no puedo creer que siquiera se digan cosas así de mi hija… hasta dicen que vieron un video donde estás…
-¡Basta mamá! ¡No te metas en mi vida! ¡Si, me gustan las mujeres! ¿Y qué? Seguramente las santitas de las hijas de tus amigas se habrán cachondeado mirando el video –estuve a punto de pasar por su lado para irme a mi cuarto pero me detuvo agarrándome del brazo.
-¡Malcriada de mierda! ¡Yo te voy a enseñar! ¿Cómo me vas a decir una cosa así?

Levantó su mano derecha y apuntó hacia mi mejilla, en cuanto la estaba bajando para castigarme con toda su furia, Lara se interpuso y la tomó por la muñeca. Ella es más bajita que mi mamá pero en ese momento inspiraba más miedo, nunca la había visto así de furiosa.

-¡Vos no te metas pendeja! –Le gruñó Adela mientras, por un impulso, levantaba la mano una vez más para cargar contra mi ex novia- ¿Quién te creés que sos?

Lara estiró el dije que colgaba de su cadenita y lo sostuvo entre sus dedos frente a los ojos esa mujer rabiosa. Allí estaba la estrella de David amenazando a mi madre. Ella no entendió nada hasta que la muchacha habló.

-Si me pega voy a decirle a todo el mundo que usted es antisemita –la furia de mi madre se desplomó.
-Pero… pero yo no soy… eso es mentira…
-Es su palabra contra la mía, en lo que a mí concierne usted se enojó porque soy judía. Además soy lesbiana y soy la novia de Lucrecia. ¿A quién le va a creer la gente?

Cuando imaginé esta situación supuse que mi madre sufriría un triple infarto, por suerte no fue así, en este momento la detestaba pero no la quería muerta, sólo la quería abatida y fuera de combate. Así fue cómo quedó. Tuvo que sentarse en una silla, tenía demasiada información nueva en su cabeza y no sabía cómo asimilarla. Sus ojos se llenaron de lágrimas, actuando con rapidez tomé q Lara de brazo y la llevé hasta mi cuarto antes de que mi mamá pudiera reaccionar.

-¿Qué fue todo eso, vos querés que nos maten? –increpé ni bien cerré la puerta con llave.
-Solamente le dije la verdad.
-No del todo, yo no soy más tu novia.
-Técnicamente nunca cortamos, sólo nos distanciamos.
-Técnicamente me cagaste la vida Lara.
-De eso vine a hablarte. No te pido que no te enojes, ni siquiera pretendo que me creas, sólo te voy a pedir que me escuches.

Tenía ganas de tirarla por la ventana pero mi enojo no era con ella, sino con mi madre. Además ella me defendió cuando la cosa se puso fea. Intenté serenarme un poco y me senté en una silla, le hice señas para que hiciera lo mismo. Me esforcé por actuar de forma madura por una vez en mi vida.

-Te escucho y si de paso se te ocurre alguna forma de dejar el país en poco tiempo, decimela. Cuando mi mamá reaccione nos va a tirar todos los santos y vírgenes por la cabeza. Puede que hasta intervenga el Vaticano.
-Por tu mamá no te preocupes, yo me encargo de eso.
-Ah sí claro, como si fuera tan fácil dominar a un pequinés rabioso, pero bueno, vos tenés más experiencia en eso.
-No te metas con el Puqui que no te hizo nada –me señaló con el dedo manteniendo el ceño fruncido.
-¿Cómo que no me hizo nada? Me mordía toda cada vez que iba a tu casa.
-Será tu culpa, porque no le caés bien a los pequineses. Ni siquiera a tu mamá. Confiá en mí, yo me encargo de ella.
-Como si pudiera confiar en vos.
-Eso lo veremos. ¿Podés estar callada por un rato y escucharme? –Asentí- gracias, un día de estos te va a explotar la cabeza por decir tantas boludeces juntas Lucrecia –estuve a punto de quejarme pero me hizo callar levantando su mano- tengo que contarte algo, como te dije antes, no pretendo que me creas. Después de lo que hiciste por mí el día del examen me di cuenta de algo. Supe que todavía me amás –se me ablandó el corazón al escuchar eso, luego de una pequeña pausa, prosiguió- porque vos te preocupaste por mí por más que estuvieras enojada conmigo. Eso es amor de verdad –me tomó de la mano y casi me derrito, una lágrima abandonó mi ojo y rodó por mi mejilla- yo también te amo, tanto como el primer día. No estoy enojada con vos, sólo estaba dolida y por orgullosa nunca te quise hablar, pero hoy vine a hacerte frente y a tragarme ese orgullo. Entiendo que te hayas enojado por lo que pasó con el video, yo también me hubiera puesto igual. Pero tengo que decirte que no fui yo la que lo difundió. No me creas si no querés, no tengo pruebas, es sólo mi palabra.
-Si no fuiste vos, ¿quién fue? –pregunte con la cara empapada de lágrimas y un nudo en la garganta.
-Fue Cintia, esa chica odia las lesbianas y es más lesbiana que vos y yo juntas. Ese día me revisó el celular sin permiso le envió el video a no sé quién carajo, y también se lo guardó para ella. Cuando me di cuenta de esto ya era muy tarde, creeme que casi la mato. ¿Vos pensás que ella dejó de hablarme porque vos te peleaste conmigo? No fue así. Le dije que si se me acercaba una vez más, le rompería la cara y creeme que lo hago.

Le creí, tal vez sólo porque quería creerle, pero con esa explicación muchas cosas tenían sentido. Lara no ganaba nada difundiendo el video, en cambio Cintia se regocijaría del enorme quilombo que ocasionó.

-Ahora la voy a matar yo –dije totalmente furiosa.
-No hace falta que la mates, conque la humilles como ella te hizo a vos, es suficiente.
-No te imaginaba tan vengativa.
-A la mierda la moral, esta hija de puta casi nos caga la vida y a Tatiana le hizo mucho daño también. No se merece que se la dejemos pasar. ¿Entonces sí me creés?

Mi llanto me impedía hablar con claridad, ya no sólo lloraba por melancolía sino también por la furia que me estaba carcomiendo las tripas, por culpa de esa desgraciada yo perdí preciosos días junto a Lara. Estaba muy conmovida, la pobrecita tuvo que soportar un montón de cosas malas por todo ese lío y por mi culpa, porque yo no quise escuchar su versión de los hechos.

-Vení para acá, mi chiquita.

La abracé y le di el beso más sincero que di en mi vida, aunque no el mejor, porque no podía dejar de llorar. Ella me abrazó y me acompañó rítmicamente con el llanto.

-Perdoname Lara, de verdad. Tendría que haberte escuchado.
-Y yo tendría que haberte contado antes –se limpió las lágrimas del rostro.

Volvimos a abrazarnos y nos quedamos así mientras nos tranquilizábamos, ocasionalmente nos dábamos algún tierno beso en la boca, hasta que los besos pasaron de ser consoladores a ser apasionados, amorosos y lujuriosos. Tomé sus preciosas manos y las acaricié mientras daba suaves besos en su delicado cuello.

-¿Vamos a la cama? –me preguntó.
-Me encantaría Larita, creeme que sí, pero ya estoy fundida. Fue una noche muy larga.
-¿Te acostaste con alguien? –Me quedé muda- podés contarme, en serio. No me voy a poner celosa, espero que te hayas acostado con muchas mujeres en mi ausencia –su sonrisa fue sincera y hasta noté cierta picardía en ella.
-Sí, me acosté con una chica –de pronto recordé que ella sabía quién era, al menos en parte- con Samantha, la chica del baño ¿Te acordás?
-¡Sí, me acuerdo! Que loco, ¿y cómo es, está buena?
-No está más buena que vos.
-Vamos, no me vengas con esos cuentos, sé sincera.
-Lo digo en serio, vos a mí me gustás mucho, pero siendo honesta, Samantha es hermosa. Es pelirroja y tiene unos ojitos que matan. ¿Y vos te acostaste con alguna en todo este tiempo?
-Sí, algo hubo. Por eso casi repruebo el examen.
-¿Estabas teniendo tanto sexo que te olvidaste de estudiar?
-No exactamente. ¿Ubicás a la profesora Jimena Hernández?
-Claro es… es una de las que estaba en la mesa de examen ese día.
-Me acosté con ella.
-¿¡Qué!? –no lo podía creer, esa profesora tenía más de 40 años, aunque debía admitir que tenía cierto atractivo- no sabía que fuera lesbiana.
-Ni yo tampoco, pero ella me lo confesó. Nos vimos varias veces y como se encariñó conmigo me dijo qué temas me iban a tocar en el examen, yo debía estudiar sólo eso. No me gusta hacer trampas pero era una evaluación demasiado importante como para no aceptar un poquito de ayuda. Todo iba bien hasta que la mina se obsesionó conmigo, quería que vaya a vivir a su casa, poco más me pide matrimonio.
-A la mierda ¿y vos qué le dijiste?
-Obviamente le dije que no. Eso la enfureció, por eso se encargó de darme otro tema en el examen, no entendía nada de nada, si no fuera por tu ayuda tendría que re cursar toda la materia.
-Mirá que te metés en líos chiquita.
-Mirá quién habla, tu mamá está a punto de llevarte a la hoguera y quemarte como a Juana de Arco.
-¿No dijiste que me ibas a ayudar con eso? Por cierto, ¿Cómo pensás hacerlo?
-No sé si da para contarte.
-Contame, necesito saber para poder dormir tranquila.
-Bueno, pero no te va a gustar. Resulta que esa noche en que tu mamá organizó una fiesta para sus amigas…
-Y vos le conseguiste el salón.
-Así es, la cuestión es que la fiesta no fue como ella lo tenía pensado. Fue un tanto subidita de tono. Bastante subida de tono. Ella no lo sabía, pero pidió el “Menú completo” y en la jerga de mi tío, eso significa otra cosa.
-¿Qué me estás diciendo Lara? –no lograba comprender a qué se refería.
-Que en la fiesta hubo strippers y todo se descontroló bastante, especialmente tu mamá. También hubo algunas filmaciones, tengo algunas de esas en mi poder, mi tío me hizo el enorme favor de pasármelas antes de borrar los originales, le dije que sólo las iba a usar en una emergencia y esta es una.
-¿Vos sabías que la fiesta sería así?
-Sí, pero mi tío también organiza eventos “normales” pensé que tu mamá pediría uno de esos.
-¿Pero qué hizo ella en esa fiesta?
-Digamos que hizo cosas que una esposa, madre, apostólica, católica y romana, no debería estar haciendo. Las amigas tampoco se quedan atrás.

Abrí grande los ojos, no podía creer que mi madre se hubiera visto envuelta en una fiesta de esa índole, tampoco me entraba en la cabeza imaginar a sus amigas en esa escena.

-No me des más detalles –le pedí- sólo hacé lo que tengas que hacer.
-¿No te molesta que lo use en su contra?
-No, quiero que de una vez por todas admita que no es perfecta y que ella no puede estar juzgando la vida de los demás como si fuera Dios Todopoderoso. Al parecer ella también hace de las suyas y no es quién para decirme lo que puedo hacer o no.
-Entonces voy ahora mismo a hablarle. Vos si querés acostate a dormir, ¿querés que vuelva o me voy?
-Volvé, pero si estoy durmiendo no me despiertes.
-Si estás durmiendo ¿te puedo violar? –me hizo reír con ese comentario.
-Si me pedís permiso no sería violación, pero sí, podés hacerme lo que quieras.

Lara salió de mi cuarto con firmeza y decisión. Me asomé por la puerta y vi que caminaba hasta el comedor, desde aquí pude escuchar que se sentaba en una silla y casi de inmediato mi madre rugió.

-¿Qué querés ahora?
-Siéntese Adela, esto que le voy a decir no le va a gustar –su voz sonaba tranquila pero a buen volumen- esto se llama chantaje y extorción…

Con una sonrisa en los labios cerré la puerta del dormitorio. No quería escuchar lo que le diría a continuación, me bastaba con que todo se solucionara. Me desnudé completamente y me acosté en mi cama que tanto me extrañaba. No hay nada mejor que regresar a la cama propia luego de una larga noche de sexo y alcohol. Me quedé dormida apenas apoyé la cabeza en la almohada.

No tengo idea de cuánto tiempo dormí, pero me desperté al girar y encontrarme con alguien acostado a mi lado. Me tranquilicé cuando supe que era Lara. Estaba dormida y completamente desnuda. La abracé y besé su frente, la chica abrió los ojos al instante.

-Era cierto que no tenés sueño profundo –le dije somnolienta.
-Vos fuiste la boluda en creerlo, pero no te imaginás cómo me calenté cuando lo hiciste por primera vez.
-Lo que no te voy a perdonar es todo ese teatro que me hiciste la vez que te “despertaste”.
-Eso es para que aprendas a no jugar conmigo –me dio un besito en los labios.
-¿Cómo reaccionó mi mamá?
-Emm, a tu mamá la internaron.
-¿Me estás cargando? –pregunté sentándome en la cama.
-No, para nada. No es broma, pero no te preocupes, está bien. Sólo se le bajó la presión, o se le subió… o se le cruzaron los cables. No sé. La cosa es que se descompuso y tu papá la llevó al sanatorio.
-¿Pero en serio está bien?
-Si Lucre, el médico dijo que sólo fue un disgusto, aunque ella nunca dijo a qué se debía. De eso me encargué personalmente. Mañana mismo le dan el alta.
-Bueno, tal vez no le haría mal estar internada un rato, en una de esas se dan cuenta de lo loca que está y se la llevan al manicomio.
-Mucho no le falta, creo que tu hermana heredó la locura de ella.
-Sí, totalmente. ¡Epa! –me sobresalté cuando sentí la mano de Lara hurgando en mi vagina.
-No te imaginás cuánto te extrañaba Lucre –pegó su frente a la mía.
-Si me lo imagino, yo te extrañé igual. Pero no te estoy metiendo mano sin previo aviso.
-Es que ya estoy excitada, hace rato que espero que te despiertes. Me alegra mucho que estemos juntas otra vez.
-Te voy a confesar que ya estaba pensando en perdonarte por lo del video, ya no me importaba, sólo quería estar con vos otra vez.
-Es bueno saberlo –me dio un húmedo beso, casi tan húmedo como lo estaba mi entrepierna debido a tanto toqueteo.
-Antes de que lo hagamos quiero dejar algo en claro y perdón si eso arruina todo, pero quiero decirlo.
-Te escucho –no apartó su mano, acomodé su cabello mientras pensaba cómo decírselo.
-Creo que nuestro primer error fue ponernos de novia tan rápido, no creas que no te amo, porque si lo hago, pero somos jóvenes y tenemos muchas cosas por las que vivir.
-Y muchas mujeres para probar –sonrió.
-Bueno sí, me refiero especialmente a eso. No quiero que nos privemos de otras experiencias, tengo un amigo gay que lleva una relación abierta con un hombre. Cada uno se puede acostar con quien quiera, pero ellos saben que el aprecio que se tienen es especial.
-Entiendo ¿vos querés que hagamos lo mismo?
-Sé que suena a locura, pero si no te molesta…
-No para nada, como te dije. No soy celosa, la celosa acá sos vos –metió un dedo en mi agujerito.
-Yo no soy celosa.
-Si lo sos, si hubieras visto la cara que pusiste cuando nombré a la profesora.
-Eso fue porque me sorprendió –me estaba calentando mucho, comencé a acariciar sus piernas, la suavidad de su piel me volvía loca.
-No fue por eso, pero bueno, no quiero discutir. Entonces seguimos como novias, pero en una relación abierta. Cada una puede acostarse con quien quiera.
-Sí, más o menos así, igual después lo vamos a hablar mejor. Ahora abrí esas piernas que te la voy a comer toda.
-Esperá que busco el celular, así lo grabo.
-¡Pelotuda! –no pude evitar reírme pero como castigo, pellizqué su clítoris.

Comencé a chupar uno de sus pezones, a pesar de haber tenido tanto sexo la noche anterior, estaba tan excitada como si hubiera pasado un mes de abstinencia, el estar con Lara renovaba mi libido. Extrañaba este cuerpo como un perro fiel que echa de menos a su amo. Descendí lentamente cubriendo su cuerpo con mis besos hasta que logré colocarme justo entre sus piernas, lamí su blanco y suave pubis, mi lengua trepó por su monte de venus y luego descendió por una ladera, llegó a la cara interna de uno de sus muslos, siempre humedeciendo todo a su paso. Repetí ese recorrido unas tres veces y cuando mi lengua llegó al centro del placer me transmitió ese intenso y embriagador sabor a sexo femenino. Lamí una y otra vez, quería sentir el flujo que corría por ese manantial cayendo en mi boca y luego permitirme explorar en las profundidades de esa rosada cueva. Todos los rencores se disiparon para dejar sólo el placer y la renovada confianza. Estaba feliz porque todo se haya solucionado entre nosotras, si tan sólo hubiéramos sido menos orgullosas, el conflicto se hubiera solucionado en un día, pero eso no importaba ya, juntas recuperaríamos el tiempo perdido. Seguí comiéndosela con ansias durante unos segundos mientras ella gemía de placer y acariciaba mi pelo.

Luego me tendí de espaldas en la cama, levanté las piernas y las sostuve con las manos por debajo de las rodillas dejándolas bien abiertas. Ella comprendió de inmediato mis intenciones. Se lanzó sobre mí y comenzó a lamer mis nalgas y muslos con la clara intención de provocarme. Su lengua pasaba alrededor de mi vagina sin siquiera tocarla, yo me estaba desesperando, quería que me la comiera toda. Necesitaba sentir la boquita de mi querida Lara en mi sexo. Aguardaba impaciente con los ojos cerrados cuando sentí dos dedos penetrándome por el orificio vaginal, no gemí pero mi respiración cambió de ritmo drásticamente. Un segundo después su boca comenzó a succionar mi clítoris, esta sensación fue muy intensa, esperaba que comenzara con algo suave pero me tomó por sorpresa. Parecía que mi botoncito escaparía de su capullo para siempre, pero una mística fuerza lo mantenía unido a mí enviándome potentes oleadas de placer, una tras otra.

-¡Te amo Lara! –grité mientras jadeaba copiosamente.

Ella trepó por mi cuerpo sin quitar los dedos de mi agujerito y pegó su cara a la mía, sus ojos negros se clavaron en mi alma.

-Yo también te amo Lucrecia –me besó como sólo una gran amante sabía hacerlo. Aplicaba intensidad durante y segundo y luego suavizaba los movimientos, eso me transmitía pasión y amor al mismo tiempo- vamos al baño, te quiero enseñar algo.
-¿Qué es? –pregunté divertida e intrigada.
-Ya vas a ver. Abrí la ducha cuando entres.

Obedecí como niña buena, caminé dando saltitos hasta el baño y dejé el agua correr para que se calentara un poco. Lara se unió a mí en cuestión de pocos segundos. Nos besamos otra vez y luego me chupó las tetas provocándome suaves punzadas de placer. Esta chica tenía un don especial conmigo, siempre sabía qué hacer en el momento justo, aunque ni yo misma lo esperara. Cuando el agua ya estuvo tibia me dijo:

-Bajá la ducha –la miré sin comprender- es una ducha de mano, se puede desprender del soporte ¿Nunca te diste cuenta?
-Sí, pero no entiendo para qué querés que la baje –sin embargo le hice caso, ella era muy bajita y no llegaría nunca hasta allá arriba.

Me arrebató la ducha de las manos y pegó su cuerpo al mío, el agua tibia cayó sobre nuestros pechos, luego mojó mi espalda, eso sumando a sus caricias me relajaba mucho. De pronto volvió al frente y el agua comenzó a acariciar mi pubis, bajó más y la colocó entre mis piernas. Solté un impulsivo gemido, no me esperaba eso, gemí una vez más flexionando las rodillas, el placer era enorme. El agua hacía vibrar mi clítoris, se colaba por mi sexo y acariciaba mis labios vaginales, todo al mismo tiempo y con una gran intensidad.

-¡Ay Lara, ay! –gemía e intentaba quedarme quieta pero me era imposible.

Una mezcla de cosquillas y goce me invadía. Nunca se me había ocurrido hacer algo así con mi propia ducha. Al parecer ella notó mis dificultades por permanecer erguida.

-Sentate en el piso –me pidió.

Lo hice poniendo mi espalda contra una pared, separé las piernas y ella se sentó a mi lado, en la misma posición. De inmediato comencé a masturbarla justo cuando ella volvía a invadir mi intimidad con la potente lluvia de agua tibia. Esto era alucinante, no podía creer que todo este tiempo tuve a mi alcance tan increíble fuente de placer y ni siquiera lo sabía. Cerré los ojos mientras mi cuerpo se estremecía, mis gemidos eran muy fuertes y sinceros, no podía controlarlos, me encantaba esta nueva sensación, pero no quería ser la única que lo disfrutara. Después de unos segundos tomé el mando de la ducha y la llevé hasta su entrepierna mientras ella me estimulaba con los dedos. Comenzó a gemir tal y como yo lo había hecho, se retorció de placer y buscó mi boca con la suya. Fue un beso prolongado que nos permitió jugar con nuestras lenguas sin dejar de estimularnos una a la otra. La siguiente vez que el chorro de agua tocó mi vagina, tuve un intenso orgasmo, pero Lara no se detuvo. Le metí dos dedos mientras ella hacía que el tibio líquido llegara a cada rincón de mi sexo, de no haber tenido tantos orgasmos la noche anterior, seguramente esta nueva experiencia me hubiese provocado dos o hasta tres, pero luego del primero quedé rendida. Tuve que apartar yo misma a mi novia. ¡Es cierto! Ya éramos novias otra vez. ¡Qué bien se sentía eso!

Para demostrarle lo feliz que estaba me arrodillé en el suelo y quedamos cara a cara. La besé y pegué la ducha a su vagina. ¡Cómo extrañaba sus gemidos! Me encantaba escucharlos, aunque sonaran apagados al tener mi boca pegada a la suya. Permanecí en esa posición de ataque hasta que supe que su orgasmo era inminente, ahí aparté la regadera y metí la cabeza entre sus piernas. Quería que sintiera mi boca en ese momento de intenso gozo. Chupé su clítoris y succioné sus labios vaginales, ella gemía enérgicamente y sacudía las piernas. Por lo prologando de su orgasmo me imaginé que debieron ser al menos dos juntos.

Luego de disfrutar tanto quedamos un tanto más aceleradas de lo que ya estábamos, pero pudimos ducharnos con normalidad, cada una enjabonó el cuerpo de la otra y nos reíamos como si nunca nos hubiéramos separado. Recordaba nuestros meses de amistad y durante ese tiempo nunca imaginé que alguna vez lograríamos una conexión tan grande. Para mí el estar duchándome de forma tan natural con otra persona era un gran logro que me demostraba la confianza que tenía con Lara.

Al día siguiente fue jueves, justamente como aquél terrible día en que nos peleamos, pero este jueves no sería así, esta vez solucionaríamos un viejo problema que no sólo nos aquejaba a nosotras dos.

El plan fue trazado por Lara, pero debía ser yo quien lo ejecutara. Estaba dispuesta a hacer ese sacrificio por un bien mayor. Esa misma mañana, luego de clases, intercepté a Cintia. La chica tenía el cabello exageradamente arreglado y su ropa intentaba realzar su magra figura. Todo en ella parecía un intento desesperado por mostrar una belleza de la cual carecía, al menos en mi opinión.

-¡Que linda estás hoy Cintia! –mentí, su atuendo rozaba la vulgaridad. No podía evitar notar lo ajustado que era su pantalón, tanto así que marcaba la división de su vagina. A veces me excitaba viendo eso en ciertas mujeres, pero en ella no quedaba bien, o tal vez era porque la detestaba.
-Gracias Lucre, vos también –yo iba vestida con una blusa normal y una pollera floreada, nada fuera de lo común. Me dio la impresión de que la muchacha estaba siendo condescendiente.
-¿Hacés algo ahora?
-No nada. Estaba por volver a mi casa.
-¿No querés tomar alguna gaseosa o algo así?
-Bueno dale –la idea parecía gustarle.

Fuimos hasta la cantina y compramos una botella de Sprite de litro y medio. Por suerte todas las mesas estaban ocupadas por lo que tuvimos que buscar un lugar más apartado. La llevé hasta un patio cerca de los vestuarios, que era justo donde la quería. Cuando nos sentamos inicié la etapa más difícil del plan, debía ser cuidadosa y manejar la situación con mucho tacto, pensando muy bien mis palabras antes de decirlas.

-¿Alguna vez te acostaste con una mujer? –La bomba cayó y detonó tan rápido que ella no supo cómo reaccionar- es solamente una pregunta Cintia, si no querés responder, está todo bien.
-¿Por qué lo preguntás?
-Por nada. En serio, sólo me dio curiosidad. No me hagas caso.
-¿Vos pensás que me acuesto con mujeres?
-No dije eso, fue solamente una pregunta. ¿Ya estás preparando el trabajo práctico que nos encargaron? –cambié de tema drásticamente.
-Por algún motivo preguntaste –tomó un trago directamente desde el pico de la botella- ¿no me estarás insinuando algo?
-¿Habría algún problema si lo hago? –pregunté levantando una ceja y mirándola a los ojos, confiaba en que si había algo de encanto seductivo en mí, ella lo notara.
-A mí ya me parecía que me mirabas con ganas –resultó ser bastante egocéntrica y mentirosa, yo solía mirarla con asco y odio.
-¿Se me nota mucho? Es que sos una chica muy linda, pero no me hagas caso, sé que nunca estarías con una mujer.
-Con una como vos, tal vez sí –la miré simulando sorpresa.
-¿En serio me lo decís? No me hagas ilusionar en vano. Yo sé que vos sos heterosexual.
-Podría hacer una excepción, en las circunstancias apropiadas –la chica mordió el anzuelo más rápido de lo que yo pensaba.
-¿Y cuáles serían las circunstancias apropiadas? –acaricié su pierna y me acerqué mucho a su cara.
-No sé, si estuviéramos solas, donde nadie pudiera vernos –su mano se posó sobre mi rodilla y fue subiendo lentamente.

Miré para todos lados como si buscara algo en particular, lo cierto es que sabía exactamente dónde estaba lo que precisaba en ese momento.

-Seguime –le dije tomándola de la mano.

Caminamos hasta los vestuarios y presioné suavemente la puerta como para comprobar si estaba abierta. Sabía que la encontraría así. Ingresamos intentando escapar de la mirada de algún curioso. Ella dejó la botella de gaseosa sobre un banco y de inmediato la increpé. La empujé suavemente contra uno de los casilleros y me pegué a ella.

-¿Nerviosa? –le pregunté desafiante- porque si te vas a echar para atrás, mejor dejamos las cosas así.
-No me voy a echar para atrás.
-Demostramelo.

Sin esperar ni un segundo más, me besó. Al parecer a la homofóbica le calentaban las mujeres tanto como a mí, aunque la verdad no me hacía mucha gracia que sea ella quien me coma la boca. Intenté prolongar la situación lo más que pude pero sus inquietos dedos de colaron bajo mi pollera y comenzaron a toquetearme la entrepierna. Me estaba impacientando, Cintia parecía decidida y yo titubeaba.

-¿Qué pasa Lucre, es demasiado para voz? –me preguntó al notar mi nerviosismo.
-Al contrario, estoy pensando que no te animarías a más –le dije esto por puro orgullo, ni siquiera era parte del plan.
-Ahora mismo vas a ver que sí.

Me obligó a retroceder hasta que quedé sentada en uno de los bancos que estaba contra una pared. Se arrodilló ante mí y comenzó a quitarme la bombacha. No quería quedar como una cobarde frente a ella, pensé que si apuraba las cosas la haría retroceder. Abrí las piernas y con los dedos separé mis labios vaginales. Ella tuvo un primer plano de mi sexo y en lugar de asustarse, se lanzó sobre él. Por la forma en la que empezó a chuparme el clítoris supe que no era la primera vez que comía una vagina. La muy maldita se la pasaba hablando mal de las lesbianas y ella debía serlo tanto como yo. La muy puta pasó de hacerse la mosquita muerta a estar chupándomela sin asco en cuestión de minutos. Subí los pies al banco, esta posición le daba vía libre a Cintia para lamerme la intimidad a gusto. Si bien no pretendía disfrutar con esto, tampoco soy de madera. Mi cuerpo comenzó a reaccionar ante tan intensivo tratamiento.

-Así, así. No pares, me encanta –comencé a decirle entre jadeos. En realidad sólo intentaba ganar tiempo y que ella permaneciera allí.

Miraba a cada rato la puerta del vestuario y ésta no se abría. Cintia notaría que me estaba mojando y eso elevaría su ego, mordí mi labio inferior para reprimir un gemido pero su lengua se estaba clavando en mi agujerito y eso me producía mucho placer. Para colmo acompañaba la acción frotándome el clítoris con la yema de los dedos.

-Se nota que te gusta –le dije para exponerla más- se ve que no es la primera vez que lo hacés.

No me respondió, estaba muy entretenida dando chupones a mi clítoris mientras se desprendía el pantalón. Vi que metió una mano dentro y comenzó a masturbarse. Después de unos segundos se puso pie bajando su pantalón hasta las rodillas. Dio media vuelta y se inclinó hacia adelante formando una L y expuso su almejita apretada y divida en dos. Por el centro de los labios bajaba un líquido viscoso y transparente, no veía señales de vello púbico.

No quería llegar más lejos con ella, pero tampoco quería que todo el plan se derrumbara porque yo no me animé a seguir. No tuve más remedio que ponerme de rodillas frente a sus nalgas, las acaricié suavemente intentando ganar algo de tiempo. Al fin y al cabo era sólo una vagina más, igual a todas las otras que chupé. Debía pensar en otra persona, su posición me facilitaba mucho las cosas ya que no podía ver su cara. De pronto imaginé que se trataba de Anabella, esa fue una decisión acertada y me lancé de boca. Quería hacerme la idea de que la monjita estaba recibiendo mis intensas lamidas y yo debía demostrarle que tan buena era. El sabor me agradó mucho a pesar de ser tan intenso, salado y amargo. Al parecer estaba haciendo un buen trabajo porque ya podía escuchar sus gemidos. Introduje dos dedos sólo para sentir esa tibia viscosidad por dentro, pero ya estaba fantaseando con la idea de que ella me la comía.

-¡Quiero que me la chupes toda! –pedí mientras volvía sentarme sobre el banco levantando las piernas.

Cerré los ojos para no verle la cara, yo sólo quería imaginar a Anabella, con su preciosa cabellera color chocolate hundiéndose entre mis piernas. Cuando sentí sus labios deliré de placer y gemí con ganas, el tiempo pasaba y yo me encontraba perdida entre mis pensamientos y el placer físico, ya casi no recordaba por qué motivo estaba haciendo esto.

Volví a la realidad cuando escuché el sonido de la puerta abriéndose, sostuve la cabeza de Cintia para que no pudiera voltear de inmediato y fijé la vista en las recién llegadas. Mi expresión de lujuria debía ser más que evidente y grotesca.

Allí estaba Tatiana que venía acompañada, por extraño que resulte, por Jorgelina, la chica promiscua del grupo, Daniela y Laura, que eran heterosexuales y se habían dejado lavar la cabeza por la homofóbica. También estaban las dos Laras, me sorprendió ver a la más pequeña allí pero luego recordé lo bien que se llevaba con Tatiana. No me importaba que ellas me vieran medio desnuda y en pleno acto sexual, de hecho eso me cachondeó un poco y creo que por la expresión en mi rostro, se notó. Cuando Cintia pudo liberarse de mis garras volteó para mirar atónita a las chicas.

-Ah bueno –Daniela fue la primera en hablar- ¿no que no eras lesbiana?
-¿Eh? No… yo… este…
-¿Ahora vas a decir que Lucrecia te obligó? –Replicó Jorgelina- no parece que la estuvieran pasando tan mal –no bajé los pies del banco, todas podían ver mi vagina al desnudo. No tenía idea de que el exhibicionismo pudiera calentar tanto.
-¿A ella también le vas a gritar “lesbiana de mierda”? –esta vez fue Tatiana la que vociferó.

Cintia no sabía dónde meterse, ni siquiera atinó a ponerse de pie, sólo intentó acomodar su pantalón para cubrir su desnudez. Tuve que juntar mis piernas para que mi actitud no pasara a ser vulgar, aunque si fuera por mí me hubiera masturbado frente a la vista de todas mis amigas hasta tener un delicioso orgasmo. Era una sensación completamente nueva para mí.

-¡Yo no soy lesbiana! –gritó la homofóbica.
-Parece que sí lo sos, o al menos te gusta mucho chupar conchas –mi novia parecía ser la más enfadada de todas- ¿por qué no lo admitís de una vez y dejás de molestarnos? A Tatiana le hiciste algo muy feo.
-¿Qué le hizo? –preguntó Laura roja por la vergüenza.
-Se puso a jugar a “las enfermeras” con ella –contó Lara- dejó que Tati se la chupe y después empezó a gritarle de todo, cosas horribles, hasta la echó de la casa en la mitad de la noche –Tatiana tenía los ojos brillosos por las lágrimas.
-¿Eso es cierto Tati? –Daniela no podía creerlo.
-Sí, es cierto. Por eso me odia tanto, por lo que pasó esa noche… y mirá ahora, está comiéndosela a Lucre con mucho gusto.
-Entonces sí te gustan las mujeres.
-¡No! Ustedes no entienden, es puro cuento de estas locas de mierda –la rabia le hacía decir incoherencias que no tenían fundamento alguno.
-¡Pero si te vimos, Cintia! –Recordó Jorgelina- ¿por qué le hiciste una cosa así a Tatiana si a vos también te gustan las mujeres?
-Eso no fue lo único que hizo –Lara estaba dispuesta a exponerla completamente- ella fue la que difundió el video de Lucrecia. Lo sacó de mi celular sin mi permiso. No sé por qué hizo una cosa así –todas miraron a la culpable con ojos chispeantes.
-Yo creo saber por qué lo hizo –Tatiana sonaba un poco más tranquila, al parecer quería que su voz sonara firme y convincente- a mí se me parece obvio que a Cintia le gusta Lucrecia, siempre la está mirando de forma diferente y no es algo reciente, viene desde hace mucho. Cuando ella vio el video en tu celular supo que se estaba acostando con vos y eso la llenó de celos y envidia, porque así es como reacciona ella. No puede ver feliz a la gente, le jode la felicidad de los demás.
-¡Callate puta!

Cintia dio un salto hacia Tatiana y justo cuando estaba por pegarle un puño cerrado se clavó en su mejilla y le hizo golpear la cabeza contra la puerta de un guardarropa. Supuse que el golpe provino de Lara, pero estaba equivocada. Allí estaba Jorgelina con el brazo extendido como campeona de boxeo. La homofóbica quedó tan aturdida que no pudo ponerse de pie para devolver la atención.

-Sos una hija de puta Cintia ¿cómo vas a hacer una cosa así? Hacerle eso a Tati y también a Lara y Lucrecia. ¿Vos no tenés códigos de amistad?
-¿Ahora defendés lesbianas, no serás una? –la golpeada tenía sangre en la comisura de su labio.
-No hace falta que sea lesbiana, me parece que vos deberías dejar en paz a las chicas y que hagan su vida. Todo este tiempo nos alejaste de Tatiana porque dijiste que te robó plata cuando fue a tu casa –yo no conocía esa historia- sos una mentirosa de mierda. Ahora entiendo muchas cosas, por eso siempre insistías para que nos vistiéramos juntas, querías verme desnuda.
-¡Mentira!
-Ya no tenés con qué defenderte, Cintia –Lara se acercó con su corta y amenazante estatura- mejor andate porque si no te voy a pegar yo también. Lo que me hiciste a mí tal vez te lo pueda dejar pasar, pero que hayas perjudicado a Lucrecia, eso sí que no te lo perdono. Además también maltrataste a Tatiana cuando ella sólo te siguió la corriente con tus jueguitos. Si te gustan las mujeres deberías admitirlo de una vez y no joderle la vida a toda lesbiana que se te cruce por el camino y mucho menos si son tus amigas.

La agredida titubeó pero al final se levantó y abandonó el vestuario con paso firme, vi que estaba llorando, por un momento me dio mucha pena, pero luego recordé que ella se las buscó, ella nos trató como basura.

-Espero que después de esto podamos volver a ser amigas –dijo Tatiana refiriéndose a las tres chicas que tanto tiempo estuvieron apartadas de ella.
-No se lo tomen a mal, pero a mí todo esto de las lesbianas me pone un poquito incómoda. No creí que hubiera tantas –Laura era tan tímida como Edith– parece una plaga.
-Pero eso no quiere decir que no podamos ser amigas. Es como que ustedes tengan amigos varones ¿acaso se quieren acostar con todos sus amigos?
-No, claro que no –dijo Daniela.
-Yo sí –aseguró Jorgelina.
-Bueno, pero vos sos re puta –Laura lo dijo como chiste y nos reímos, incluso la aludida.
-Eso es lo importante, que tengamos las cosas claras, no tenemos por qué juzgarnos por nuestras preferencias sexuales, ni religión, ni nada de eso.
-¿Ahora defendés los derechos humanos Lucre? –me preguntó mi novia.
-Un poco sí, es que me jode que discriminen y más dentro de un grupo de amigas.
-¿Quién es esta? –Lara se refería a la más pequeña, a la cual no conocía.
-Lara, ésta es Lara.
-¿Se llama igual que yo?
-Así es.
-Me cae mal.

Edith sonrió con simpatía como si hubiera escuchado todo lo contrario.

-Te va a caer mucho mejor cuando la conozcas bien –aseguré- además a ella también le encantan los libros de fantasía épica.
-Y también me gustan las mujeres –le guiñó un ojo a mi novia.
-Bueno está bien. Por ahora lo dejamos en neutro.
-¿Por qué tardaron tanto? –Pregunté- la tipa ya me estaba violando –¿o yo dejé que me violara?
-Es culpa de ellas –Tatiana señaló a las heterosexuales del grupo- que no querían seguirme. Estuvimos un buen rato para convencerlas.
-Es que yo no imaginaba que veríamos algo así –Daniela lucía un tanto desconcertada- vi chicas besándose o haciendo otras cosas, en videos, pero nunca vi algo como esto en vivo y en directo.
-Da un poquito de asco –afirmó Jorgelina- pero todo bien, no las vamos a juzgar. Ustedes pueden seguir haciendo lo que quieran, siempre y cuando respeten nuestra posición.
-Y tal vez sea prudente que no uses escotes tan exagerados –esta vez fue Edith la que acotó- se te ven todas las tetas nena, un día de estos te van a violar en la calle, o te voy a violar yo.
-Coincido con mi tocaya. Dan ganas de comerlas todas.
-¡Hey! Dejen de acosarme –se quejó mientras cubría sus redondos senos con las manos, fue muy gracioso verla avergonzada por primera vez.

No es que quisiéramos celebrar la desgracia de Cintia, pero después de lo ocurrido fuimos todas juntas a tomar un helado. Tatiana se veía más feliz que nunca al ser aceptada una vez más en el grupo de amigas, además le pidieron disculpas por haber pensado mal de ella. Las de preferencias lésbicas demostramos que podíamos pasar una tarde normal con amigas sin estar provocándonos mutuamente, aunque después de las lamidas que recibí, estaba bastante caliente y tuve que esforzarme para que no se notara. Me ayudó mucho el hecho de tener de vuelta a mi Lara, no dejábamos de mirarnos a los ojos en cada ocasión que teníamos, yo no eran esas miradas que desnudan sino que había verdadero cariño y admiración en ellas. Nos tomamos de la mano por debajo de la mesa y entrelazamos nuestros dedos simbolizando una fuerte unión.

En ese divertido rato pensé en lo valiente que fue Lara en ir a mi casa para blanquear la situación, porque si lo analizaba desde su punto de vista, la idiota había sido yo por no confiar en ella y por no escuchar su versión de los hechos. Ella me enseñó que no es bueno ser tan orgullosa, mucho menos con la gente que uno quiere de verdad. No pude evitar pensar en Anabella. Desde mi punto de vista ella era una miedosa que no sabía valorar la amistad, pero debía serenar esos pensamientos y admitir que en su posición de monja podía ser muy problemático que la vieran tanto tiempo acompañada por una chica que era famosa por ser lesbiana. Pucha, ahora hasta mi madre lo sabía. No crucé palabra ni mirada con ella desde que mi novia la chantajeó. ¿Le contaría a mi padre sobre mi condición sexual? Esperaba que lo hiciera y que ya quedara en el pasado de una vez, aunque al mismo tiempo temía por las consecuencias.

Cuando la improvisada reunión de amigas finalizó Lara me preguntó qué haría a continuación, antes de que me proponga algo le dije que debía solucionar un problema con alguien importante, prometí que luego la visitaría en su casa para darle los detalles, ella accedió de buena gana y comencé a caminar sola con rumbo fijo hacia la Universidad.

Intenté pasar desapercibida todo el tiempo, especialmente cuando llegué al área que pertenecía al convento. Verifiqué que nadie reparara en mi presencia y me dirigí tan rápido como pude hasta llegar a una conocida puerta. Golpeé una vez y no obtuve respuesta. Segunda vez y nada ocurrió. Tal vez fue mala idea venir sin anunciarme, miraba sobre mi hombro todo el tiempo, temerosa de que alguna de las Hermanas apareciera de pronto o que la Madre Superiora estuviera escondida detrás de una columna acechándome. Ya me imaginaba a la viejita saltando ante mí sosteniendo su rosario con una mano y una pesada cruz en la otra para exorcizar todos mis demonios lésbicos.

Cuando me disponía a golpear por tercera vez, la puerta se abrió. Anabella quedó tan sorprendida al verme que dejó caer el Smartphone que tenía en su mano. La imagen que brindaba era muy contradictoria, enfundada en sus hábitos negros con detalles blancos dando toda la apariencia de vivir en la Europa medieval y a la vez se podían ver unos cables blancos saliendo del velo a la altura de sus orejas, al parecer eran auriculares conectados al moderno teléfono que ahora estaba tirado en el piso y sin la tapa trasera.

-Tengo que hablar con vos –le anuncié en voz baja.

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Me niego a ser Lesbiana (Parte 9)

Karma Police.

Este era un asunto que necesitaba ser resuelto lo antes posible. Tenía que hablar con Edith ya. Intenté llamarla por teléfono ni bien me levanté pero ella no respondió, tal vez me odiaba, tal vez habló con sus padres por lo ocurrido y era sólo cuestión de tiempo que alguno de ellos viniera a darme una tremenda paliza, la cual merecía. Ya me imaginaba toda morada y luciendo ventanas negras donde antes tuve dientes. Fui en taxi hasta la Universidad, éstos solían llegar rápido en esta zona de la ciudad y yo no quería perder tiempo sacando mi auto del garaje.

Telefoneé a Edith ni bien me apeé del taxi, por suerte esta vez contestó al primer timbrazo. Le dije que tenía que hablar con ella urgente y le pedí que me esperara en un amplio patio interno del establecimiento que por lo general estaba vacío a esta hora. En menos de cinco minutos me encontré con ella en el lugar acordado, estaba muy nerviosa y atemorizada, por lo que me sorprendió mucho verla tan radiante y alegre. Aún llevaba sus enormes gafas, pero su cabello permanecía tan liso y suave como yo lo había dejado. Su vestimenta era más jovial que de costumbre, tenía un pantalón tres cuartos color azul marino que le quedaba muy bonito y una remera verde agua que resaltaba un poco sus pechos, ahora si parecía una chica de 18 años.

-Hola Lucrecia –me saludó con una sonrisa.
-Edith… digo, Lara…. No importa, como te llames. Te quería pedir disculpas por lo que pasó ayer, me comporté como una loca con vos… te hice cosas horribles, me siento muy mal… decile a tus papás que no me peguen… -mi cerebro se llenaba de incoherencias cuando me ponía nerviosa.
-¿De qué hablás?
-Es que ayer… abusé de tu inocencia –dije esto último en voz baja, aunque estuviéramos solas.
-Estás actuando como una loca, Lucre –comenzó a reírse- te voy a dejar algo en claro, a ver si con eso te tranquilizás. Yo no soy tan inocente como aparento, sé muy bien lo que pasó ayer y sabía lo que intentabas hacer desde el primer momento, estaba nerviosa, no lo voy a negar, fue mi primera experiencia sexual, pero si en algún momento me hubiera sentido forzada, te lo hubiera dicho. Además yo también te provoqué, a mi forma… ni yo sabía que tuviera una forma de provocar.
-¿O sea que no te molesta haberte acostado con una mujer?
-No, al contrario. Yo veo el sexo como algo sin género, siempre me dio igual si pasaba con un chico o una chica y me alegra un montón que haya pasado con vos. No lo podía creer, que una chica tan linda se fijara en mí y que al segundo día que nos vemos, hagamos esas cosas. Eso no me lo imaginé nunca, ni en mis más locas fantasías eróticas. No te imaginás lo contenta que estoy –me dio un fuerte abrazo- además le conté a mi mamá y ella se alegró tanto como yo, especialmente por mi cambio de look. Dice que tengo que vestirme como una chica de mi edad.
-¿Eh? ¿Le contaste a tu mamá? –no podía creerlo, ahora si iría a la cárcel.
-Sí claro, yo le cuento todo. No te preocupes por ella, es bisexual. Me crie en ese entorno, tal vez por eso no tengo prejuicios a la hora de acostarme con mujeres. Espero que se repita alguna vez y que no quede en una simple calentura.
-Este… no, claro que no fue una simple calentura –si lo fue, pero no podía negar que la chica me caía bien- vos me gustás mucho –le sonreí ya más tranquila- no te digo que vayamos a comenzar una relación amorosa, porque no busco eso con nadie, no después de lo que me pasó con…
-Con la otra Lara. Te entiendo perfectamente. Yo tengo 18 años y mi mamá me recomendó que lo del “noviazgo” lo deje para más adelante. Que ahora tengo que disfrutar de otras cosas de la vida, como del sexo –me guiñó un ojo pero enseguida se puso toda roja y apartó la cara, si bien estaba más confiada, seguía siendo la tímida chica de siempre.
-Da muy buenos consejos tu mamá –me acerqué a ella con paso sensual- entonces habrá que disfrutar del sexo mientras se pueda.

Me sentía aliviada, mi alma ya estaba tranquila una vez más. La tomé por la cintura y esperé a que ella levantara la cabeza. Instintivamente miramos alrededor para comprobar que estábamos completamente solas y nos besamos. Fue un beso tranquilo pero con mucho cariño. Como si fuéramos viejas amantes. Cuando nos separamos activamos una actitud de amigas comunes y corrientes. Por si llegaba a aparecer algún curioso.

-Tenés que conocer a mis amigas –le dije a Edith- te van a caer muy bien, especialmente Tatiana.
-Gracias Lucrecia, vos me cambiaste la vida en un día. No te imaginás cuánto.
-Espero que esos cambios sean para bien –caminamos por el pasillo.
-Sí, lo son. Al menos por ahora. Nunca creí que las chicas lindas se podrían fijar en mí –dijo esto más para ella misma.
-No pienses esas cosas Edith, vos sos una chica con muchos atractivos, sos muy linda –vestida así era bonita- sos culta, inteligente y simpática. Solo deberías levantar un poco esa autoestima, pero siempre manteniendo un poco de tu timidez, que te da un toque muy especial –se sonrojó.
-Voy a encargar lentes de contacto, pero no sé si me voy a acostumbrar a usarlos. ¿Podrías ayudarme a elegir otro marco para mis nuevos anteojos?
-Claro que sí, dalo por hecho.

Ese día nuestra amistad quedó sellada. Edith comenzó a reunirse con mi grupo de amigas en cada receso que teníamos en común y si podía se quedaba después de clases con nosotras. La pequeña se ganó nuestro aprecio por unanimidad, especialmente el de Tatiana, que apenas se enteró de las inclinaciones sexuales de la nueva integrante, comenzó a mirarla con otros ojos. Me causó mucha gracia el día en que las descubrí besándose en los vestuarios, fui hasta ese lugar con la clara intención de sorprenderlas. A las pobres muchachitas casi les da un infarto cuando me vieron pero les dije que podían hacer lo que quisieran, que yo no era dueña de ninguna. Sé que sólo fueron puros besos y no llegaron a más, pero me alegró verlas tan felices juntas. Lo único malo es que para reunirnos con Tatiana por lo general debíamos hacerlo aparte de las otras chicas, porque en el grueso de mi grupo de amigas casi siempre estaba Cintia, la homofóbica que cada día me caía peor. A mí me tenía cierto respeto, no hacía comentarios sobre mis preferencias sexuales, pero me molestaba mucho que se la agarrara con Tatiana o hasta con Lara, mi ex Lara. Ella no tenía derecho a opinar sobre los gustos sexuales de nadie, ella misma abrió las piernas por puro gusto para que una mujer le comiera la rajita y después se hace la inocente con respecto al tema.

A Samantha la vi poco en el transcurso de la semana, por lo general estaba cargada de trabajo y aprovechaba pequeños momentos libres para sentarse conmigo en la cafetería de la Universidad. No le molestaba que los curiosos hablaran de nuestra amistad, si al fin y al cabo era cierto que pretendíamos acostarnos. En nuestras breves reuniones por lo general contábamos anécdotas de nuestras vidas, la mayor parte de las suyas hacían referencia a los malos tratos de su ex novio, el chico solía tener reacciones violentas, aunque sin llegar a la violencia física. Me alegraba mucho saber que ya no estaban juntos. Eso me demostró que Sami era una chica inteligente que sabía cuidarse sola.

En los días siguientes luché contra mis impulsos sexuales tanto como pude, mi meta era no mantener relaciones sexuales con nadie durante al menos dos semanas, para lograr eso debía masturbarme casi todos los días, mi cuerpo se volvió un reloj sexual activo, antes estaba dormido, letárgico, el sexo le daba lo mismo, pero cuando descubrió los placeres carnales, todo cambió. A pesar de mis intentos, casi llegando al final de la segunda semana caí en la tentación la noche en que Edith vino a mi casa a mirar la segunda película del Señor de los Anillos, ella ya la había visto decenas de veces por lo que no le entusiasmaba tanto, pero yo estaba mucho más metida en la trama y la calidad de imagen, por lo que me facilitaba un poco las cosas. Ocasionalmente nos dábamos un inocente beso, una cosa llevó a la otra y terminamos teniendo sexo duro y apasionado. No estaba orgullosa de mí misma, pero tengo que admitir que la pasé muy bien.

Creo que no hubiese aguantado ni una semana de no haber tenido que estudiar tanto. La velada de películas fue un receso que necesitaba para despejar un poco mi mente. El lunes siguiente a mi noche con Edith tendría un examen sumamente importante, llevaba mucho tiempo preparándome para aprobarlo con la mejor nota posible, yo nunca estudiaba sólo para aprobar con lo justo y necesario, ese era un riesgo que no me gustaba correr, mi meta era buscar la calificación perfecta, entonces si cometía algunos errores, al menos me garantizaba que pasaría el examen.

Cuando llegó el gran momento intenté relajarme lo más posible, no pensar en nada referente a lo que vendría, me puse a mirar en mi celular nuevas novelas que podría adquirir ahora que me había quedado sin libros del Señor de los Anillos, obviamente agregué la tercer parte a mi lista de futuras compras. Esto me distrajo tanto que cuando llegó la hora de la evaluación, hasta me tomó por sorpresa. Vi que todos los alumnos entraban a la gran aula y me apresuré por seguirlos. Quería un buen asiento, no me agradaban los que estaban demasiado cerca de los profesores, me ponían sumamente nerviosa.

Me senté a mitad de la segunda fila desde la pared de la puerta de entrada y para mi desagrado comprobé que en la primera fila, a escasos metros de mí, se encontraba Lara. La miré con enfado, pero ella ni siquiera se percató de mi actitud amenazante. La vi más pálida de lo normal, supuse que estaba un poco abrumada ante la importancia del examen, el reprobarlo significaba cursar otra vez una materia muy densa. Repartieron las copias con las consignas a responder, desde mi posición tenía una vista perfecta de la mesa de Lara, podía ver su hoja de examen por encima de su hombro, si bien no podía leer las pequeñas letras, supe que le tocó el mismo tema que a mí. Por lo general dividían la evaluación en tres temas con algunas diferencias y se repartían de forma intercalada, para evitar que los alumnos se copiaran o evitar que sepan de antemano cuáles eran las preguntas del examen. Al parecer en este caso no era así o habían repartido mal las hojas, porque de lo contrario a Lara debía tocarle un enunciado diferente.

No tenía tiempo que perder, tomé mi bolígrafo y comencé a leer, buscando esas preguntas capciosas que responden enunciados anteriores, casi siempre había pequeñas trampas de ese tipo. Luego de la primera lectura comencé a responder desde el primer punto, salteando aquellas que requerían que me pusiera a pensar atentamente, primero descartaría las que podía responder sin esfuerzo. Esto lo hacía porque si el tiempo se terminaba, no quería dejar en blanco aquellos temas que conocía a la perfección. Me sorprendió la simplicidad del examen en general, algunas preguntas me mantuvieron pensando unos minutos pero pude responder a todas. Cuando me encontraba haciendo las últimas revisiones antes de entregar miré por casualidad a Lara. Me resultó muy extraño verla tan nerviosa, su pie izquierdo repiqueteaba en el piso y daba vueltas al papel en sus manos una y otra vez como si intentara descifrar en qué idioma estaba escrito. En ese momento sentí una pena enorme por ella, si bien después de lo ocurrido mis amigas me apoyaron, Lara se quedó sola, sin amiga alguna. A veces me entristecía verla caminar tan sola por los pasillos de la Universidad, si bien estaba muy enfadada con ella, yo no pretendía que la dejaran abandonada. Tal vez todo esto hizo mella en ella y no pudo concentrarse lo suficiente como para estudiar. Conocía a Lara muy bien y sólo una gran preocupación la haría fallar en sus estudios. No podía negar que aún la quería y me entristecía mucho verla así, no quería que ella tuviera que cursar otra vez toda la materia por culpa de un simple exámen.

Carcomida por la lástima cometí uno de los actos más riesgosos de mi carrera estudiantil. Pude notar qué espacios tenía en blanco en su hoja y sabía perfectamente qué enunciados le daban más trabajo. Comencé a anotar las respuestas a estos enunciados en un papel en blanco con la letra tan pequeña como pude, todo el tiempo miré a los profesores que estaban más concentrados en tomar mates y jugar con sus celulares que controlar a los alumnos. Además hacía años que yo escapaba de la mirada exhaustiva de éstos, al principio creían que hacía trampas en los exámenes, debido a mis altas calificaciones, pero luego supieron que era todo a base de arduas horas de estudio. Cuando tuve listo el papel con las respuestas, guardé todos mis útiles escolares, tomé mi bolso y me levanté simulando estar apresurada, dejé caer mi examen cerca del pupitre de Lara, ésta me miró sorprendida como si recién se percatara de mi presencia, en el momento en que me agaché para recoger la hoja, extendí una mano hasta las piernas de mi ex novia y dejé entre ellas las respuestas del examen. Casi le da un infarto a la pobre, no sabía cómo reaccionar, tuve que demorarme más tiempo de lo necesario para reanudar la marcha, lo hice sólo cuando la chica cerró las piernas para cubrir el papelito. Ahora todo dependía de ella. Entregué mi examen y sonreía a todos los maestros dándole más tiempo a Lara de acomodarse y así asegurarme de que ninguno sospechaba nada.

Como siempre fui la primera en entregar y fui hasta la vacía cafetería a tomar un capuchino de la máquina. Estaba un tanto excitada, no sexualmente, tampoco estoy tan loca, pero la adrenalina recorría mi cuerpo como esa vez que tuve sexo con Lara en el baño de la Universidad. Rogaba que nadie la descubriera haciendo trampas, eso significaría una tremenda sanción para ambas, porque allí estaba mi letra. Diez minutos más tarde vi salir a algunos alumnos, por suerte nadie se me acercó, tenía ganas de estar sola un momento. ¿Haciendo qué? No sé, pensando supongo. Tan ensimismada estaba en estos pensamientos que me sobresalté al escuchar la voz de Lara a mi espalda.

-Gracias Lucrecia –me dijo serena.
-¿Eh? Ah, sí. De nada –no esperaba que viniera a agradecerme.
-Creo que salió todo bien, eran muy buenas las respuestas. Las cambié un poco para que no queden tan parecidas –miró al piso- No pude estudiar bien –se la veía muy triste.
-¿Por algún motivo en particular?
-Cosas de la vida –se encogió de hombros- tengo algo para vos –buscó en su bolso unos segundos y extrajo un grueso libro y los dos discos de Radiohead que le presté- el libro te lo regalo, lo otro te lo devuelvo. Ah, también podés quedarte con los otros libros. Gracias.

La tensión en el ambiente era tan fuerte que si alguien se hubiera acercado a saludarnos lo hubiéramos mordido por puro instinto de defensa canino.

-A los discos dejatelos –intenté suavizar un poco mis palabras- es que ya me los compré otra vez. Te los regalo –tomé el libro como si fuera Gollum intentando agarrar el anillo. De verdad me moría de ganas por comenzar a leer la tercera parte.
-Ah bueno, gracias. La verdad es que me gustaron mucho, Radiohead es una buena banda.
-Si lo es. Mirá Lara, no pienses que hice eso porque te haya perdonado, todavía estoy enojada con vos. Gracias por los libros, pero esto no cambia nada.
-Entiendo –dijo cabizbaja- bueno, gracias por tu ayuda, otra vez. Chau.

Se alejó caminando a paso lento, ¿por qué todo tenía que ser así? Me partía el alma verla tan triste, tenía ganas de abrazarla, besarla y decirle cuánto la amaba, pero no podía. No después de lo que me había hecho. Sentía que ya no podía confiar más en ella.

Esa situación me dejó con mal sabor de boca, para colmo no tenía planes para esta tarde, había decidido tomármela libre para descansar de las arduas horas de estudio. Cuando terminaron las clases del día me di cuenta de que no tenía ganas de volver a mi casa y encerrarme en mi cuarto, que era la única forma de no tolerar a mi familia. Recorrí los pasillos de la Universidad buscando algún sitio apropiado para sentarme a leer un rato y di con un pequeño patio interno perdido en ese inmenso laberinto. Si se contaban todas las áreas y conexiones de las distintas instalaciones, uno se sorprendía de lo increíblemente grande que era el edificio. El pequeño patio estaba bien cuidado, con césped en cuatro cuadrados divididos por dos caminos de piedras que formaban una cruz al unirse en el centro. Hasta me causó cierta gracia encontrar un jardincito tan bonito y florido. Lo mejor era que lo tenía para mi sola. Me senté en uno de los bancos y saqué el libro que Lara me dio. Apenas había leído tres páginas cuando mi visión periférica me advirtió que alguien caminaba frente a mí, cuando levanté la vista me topé con los ojos de una monjita a la que conocía muy bien.

-¿Qué hacés vos acá? –me preguntó con poco tacto.
-¿Acaso no puedo sentarme acá, hay algo que lo prohíba? –justamente tuve que toparme con Anabella el mismo día que hablé con Lara, parecía que el karma estaba aburrido y decidió jugarme una mala broma.
-¿No me estarás siguiendo? –movió nerviosa sus dedos.
-¿De qué hablas? Vos estás paranoica.
-Esto no es parte de la Universidad, pertenece al convento.
-No sabía, como está todo conectado uno se pierde, ¿sabés? Además eso no me impide sentarme acá, no estoy molestando a nadie.
-Es que me parece demasiada casualidad verte acá.
-A ver Anabella, ¿qué tiene de raro que yo esté acá? –tenía ganas de tirarle el pesado libro por la cabeza.
-Este es el lugar al que siempre vengo cuando quiero tomar un poco de aire y estar sola. Casi nadie viene para acá.
-Yo lo encontré de casualidad. Ni siquiera sabía que vos venías.
-¿De verdad? –se sentó en el banco enfrentado al mío.
-Claro Anabella –tenía un nudo en la garganta- no pienses que sos el centro del mundo. La verdad es que ni siquiera tenía ganas de verte. Me dolió mucho la forma en que me despachaste, pero ya estaba dejando eso atrás.
-Yo no te despaché.
-¿Ah no? –Apreté el libro entre mis dedos hasta que los nudillos se me pusieron blancos- me tachaste de tu vida como si yo nunca hubiera existido, como si nunca hubiéramos sido amigas. Todo porque soy lesbiana y al parecer eso a vos te jode mucho, o te da miedo. En una de esas pensás que es contagioso.
-A mí no me molesta que seas lesbiana.

Esta vez no pude resistirme, le arrojé el libro con fuerza pero ella logró esquivarlo, de haber sabido que las monjas tenían tan buenos reflejos le hubiera apuntado al medio del pecho y no a la cabeza.

-¡Claro que te molesta! Vos misma lo dijiste. Me pediste que no te visite más porque ahora todo el mundo sabía que me gustan las mujeres. ¡Ese fue el motivo! –mis ojos se llenaron de lágrimas.
-Tranquilizate Lucrecia, por favor –su voz permanecía tan serena como la de un cura en un velorio- te pido disculpas. Tenés razón, ese fue el motivo, no te lo puedo negar.
-Eso no arregla nada las cosas, ni me tranquiliza –tenía los puños apretados, en cualquier momento hacía puré de monja.
-No fue mi intención hacerte enfadar –recogió mi libro que por suerte seguía con todas sus páginas unidas- a veces cometo el error… es que… bueno, vos ya lo habrás notado.
-No te entiendo una mierda.
-A veces me avergüenzo de mi misma. Tengo la mala costumbre de hablar como si yo fuera dueña de la verdad, como si yo supiera todo y lo cierto es que no sé nada. Estoy todo el día encerrada en estas paredes y no tengo más vida que la que le dedico al Señor.
-Es lo mismo que te vengo diciendo desde el día en que te conocí, Anabella.
-Lo sé. Pero me cuesta mucho asumirlo –acarició la tapa del libro como si se tratara de un gatito mientras leía el título- ni siquiera leí libros que no tuvieran que ver con las Sagradas Escrituras. No pienses que te pedí que te vayas porque no te quería.
-Me pediste que me vaya porque sos una miedosa. Nunca tomas riesgos y sólo tuve que verte durante pocas semanas para notarlo. Sos demasiado transparente, aunque te escondas detrás de esa sotana, hasta esos días que no la tenés puesta dejás ver… dejás ver… -de pronto un recuerdo me invadió. Se clavó en mi mente como los clavos de la cruz- esa tarde… cuando me dijiste que no te vea más, no tenías puestos tus hábitos.
-¿Y eso que tiene de raro? Te dije que no siempre los uso.
-No es sólo eso. Tampoco llevabas la cruz que te regaló tu papá, me dijiste que siempre la llevabas –ahora mismo podía verla colgando de su cuello, la pálida madera contrastaba con el negro de su atuendo- ¿por qué no la tenías puesta?
-Eso es personal Lucrecia, no te voy a contestar.
-El video que Lara grabó también era personal y sin embargo todo el mundo lo vio, vos inclusive. Decime, ¿por qué te sacaste la cruz ese día?
-Porque no tenía ganas de usarla…
-No me mientas –las lágrimas brotaron una vez más- estoy harta de que me mientas y que me des las espalda, que me trates como si fuera una chiquilla ingenua. Por primera vez te pido que seas totalmente honesta conmigo, así voy a saber que al menos confiaste en mí por un instante –se puso tensa y sus mejillas se sonrojaron- si te quitaste la cruz es porque sentías que no la merecías, es porque hiciste algo malo, algo que te hizo sentir culpable, que te hizo sentir sucia –miré a sus ojos, supe que había acertado – ese día te masturbaste.
-Pero… pero yo te dije que a veces lo hacía y que…
-Esta no fue como otras veces, ¿lo hiciste mirando mi video? –se quedó muda con los ojos abiertos- contestame Anabella.
-No tengo por qué contestar esas cosas. Ya te dije que fue un motivo personal y por más astuta que te creas, a veces te podés confundir y podés juzgar a las personas de forma errónea. Ese día le di la cruz al Padre para que la bendiga.

Al decir esto se puso de pie y dejó el libro sobre el banco. Abandonó el patio con ese rápido andar de las monjitas, parecía que estuviera flotando sobre el suelo. El día fue una mierda. Recordar a esas dos mujeres me dejó muy molesta y triste a la vez. Estuve toda la tarde encerrada en mi cuarto, no sabía qué hacer. Al otro día fue más o menos igual, no quería ver a nadie, pero ya casi llegando la noche recordé que el miércoles era feriado, no tendríamos clases. Supe que esa era la oportunidad indicada para alegrarme, podía salir a divertirme con mis amigas, comencé a llamarlas una a una, comenzando por Tatiana, si ella me decía que sí entonces limitaba el grupo al que podía recurrir, como accedió encantada, telefoneé a Edith, la chica se alegró tanto al recibir la invitación que me llevó un buen rato calmarla para que me permitiera seguir llamando. La tercera en la lista era Samantha, que aún no formaba parte de ningún grupo dentro de mis amistades y como sabía de sus inclinaciones sexuales, no tendría problemas con las otras dos. La pelirroja se sorprendió por la invitación, nunca había salido a bailar con alumnas de la Universidad, pero le insistí hasta que logré convencerla.

Cuando ya estuve lista y arreglada para salir, me topé con mi madre en el pasillo que daba a los dormitorios.

-¿A dónde vas? –me preguntó analizando mi atuendo.

Agradecí enormemente el haber empleado la antigua treta de ponerme ropa común sobre el vestido y así aparentar que era una salida casual.

-Voy a la casa de Lara, vamos a mirar unas películas –respondí tranquila, ella no sabía de mi discusión con ella así que podía usarla tranquilamente como excusa, era muy improbable que la llamara.
-Bueno, pero andá en el auto. No quiero que andes por la calle tan tarde.
-Está bien –de todas formas estaba en mis planes ir en el auto.

Les prometí a mis amigas pasarlas a buscar, comencé con Sami, por ser la que vivía más cerca de mi casa. Casi me da un soponcio cuando la vi enfundada en un corto vestido verde manzana que hacía resaltar el rojo de su cabello, además se le marcaban un poco los pezones y eso me calentó desde el comienzo.

-Estás hermosa –me dijo en cuanto se subió al auto, yo estaba babeando mirando todo su cuerpo- aunque te queda un poco corto el vestido.

Miré hacia abajo, me había decidido por un hermoso vestido color gris perla que compré pocos días antes para una ocasión como esta, me encantaba cómo me quedaba y era el más corto que me había puesto en mi vida, como tenía las piernas algo separadas para poder presionar los pedales del vehículo, podía verse parte de mi blanca bombacha.

-No sé cómo saludarte –continuó diciendo mientras se acercaba a mí.
-Yo sí sé cómo.

Giré mi cabeza y le di un intenso beso en la boca. Esta vez no me lo esquivó, todo lo contrario, me demostró que le gustó mi saludo y en pocos segundos sentí su mano derecha sobre mi muslo. La deslizó hasta que acarició la zona de mi vagina por arriba de la tela. Me aparté de inmediato.

-¡Epa! Cuidadito con las manos o podés terminar mal –le advertí con una sonrisa.
-Perdón, no me aguanté –me miró sonrojada- ¿sabías que nunca se la toqué a otra mujer?
-¿Nunca? Bueno, eso se puede solucionar ahora mismo.

Tomé su mano y la devolví a mi entrepierna, ella apoyó suavemente los dedos y los movió en círculos estimulando mi clítoris, un agradable cosquilleo me recorrió el cuerpo. Siguió tocando durante unos pocos segundos y luego se apartó.

-No, seguí, seguí –pedí entre jadeos.
-Lucre, estamos en el medio de la calle, cualquiera nos puede ver.

Recordé que debía limitar mis impulsos sexuales y asentí con la cabeza mientras ponía el auto en movimiento. Hablamos alegremente todo el camino hasta la casa de Tatiana. La morocha estaba que rajaba la tierra, con un impresionante vestido blanco con amplio escote que se unía en el centro de sus pechos con una pequeña arandela, daban ganas de quitarla con los dientes. En cuanto se sentó en el asiento trasero, las presenté.

-Samantha, ella es Tatiana.
-Ah sí, la conozco. La vi un par de veces con vos –noté cómo miraba los voluptuosos pechos de mi amiga que lucían esplendorosos dentro de su escote.
-Hola Samantha, un gusto.

Advertí de antemano a Tatiana para que no mencionara el mensaje con la foto que me mandó la pelirroja, no quería que ninguna se pusiera incómoda. La tercera parada fue en la casa de Edith, su casita era pequeña pero estaba pintada con bonitos y alegres colores, la niña salió saludando hacia adentro, una mano le devolvió el saludo. Vi que llevaba puesto un divino vestido amarillo que resaltaba enormemente su encanto juvenil y marcaba su menuda figura. Esperaba que ninguna notara mi deliberada selección de amigas pero la pequeña echó todo al traste ni bien se sentó.

-¿Ella también es lesbiana? –preguntó con una indiscreta ingenuidad. Tatiana comenzó a reírse y yo tuve que disimular, a la que no le causó gracia fue a la aludida.
-No es lesbiana –dije acelerando antes de que Samantha quisiera salir corriendo.
-Ah bueno, yo tampoco lo soy –afirmó Edith- a mí me da igual.
-Digamos que a mí también –respondió Sami.
-Sí, yo soy bisexual –dije con poca convicción.
-Cobardes. ¿Acaso la única lesbiana soy yo? –se quejó Tatiana.

Ni siquiera les pregunté a dónde querían ir, supuse que no había mejor opción que la misma a la que venía recurriendo en todas mis salidas. Afrodita se había transformado en mi sitio predilecto para tomar algo con “amigas”. En cuanto llegamos me alegré de ver a Miguel, me reconoció al instante y con una sonrisa me invitó a pasar.

-¡Pero cuántas chicas lindas que te acompañan hoy! El gerente del club va a tener que darte un pase VIP.
-¿Regalan algo con el pase VIP? –pregunté bromeando.
-De hecho no es que te regalen algo, pero podés tener acceso a las habitaciones de los pisos superiores por un precio reducido –señaló hacia arriba.

El edificio contaba con cuatro pisos pero yo creía que eran sólo departamentos. Tal vez en alguno de ellos vivía el dueño del local.

-Ah, eso sería muy útil –le guiñé el ojo a Tatiana y mis amigas se rieron.
-Entonces acompañame y hacemos los arreglos.
-¿Eh, de verdad? Pero si sólo vine tres veces.
-Pero no pudimos evitar notar cómo acaparas la atención, y tus amigas también. Hoy sólo puedo ofrecerte el pase VIP a vos sola, pero puedo ir consiguiendo de a uno por vez, si les interesa.
-Me parece buena idea –le sonreí y lo acompañé a través de una puerta que estaba bastante disimulada.

El pasillo era angosto y Miguel apenas cabía, si pasaba por al lado de una lámpara debía inclinarse de lado para no voltearla con sus anchos hombros. Llegamos a una pequeña oficina que no tenía más que una mesa negra, una computadora y algunas chucherías típicas. El guardia de seguridad tocó un pequeño timbre que sólo emitió una luz y una segunda puerta se abrió casi al instante, de allí salió un joven rubio de buen aspecto que estaba prendiendo los botones de su camisa, pude ver sus pectorales marcados y una vez más confirmé que los hombres me atraían cada vez menos, no podía entender como semejante escultura masculina no me movía un pelo.

-Te presento al señor Pilaressi, el propietario y dirigente de todo el establecimiento.
-¡Rodrigo! –era mi amigo gay.

Nuestro contacto se mantuvo por mensaje de texto en estos últimos días pero me di cuenta de que era un chico muy educado y bastante inteligente, a pesar de mis prejuicios al respecto, me imagine que un chico rubio y apuesto no tendría muchas neuronas, pero por su forma de hablar demostraba que no era ningún imbécil y mucho menos ahora, que sabía que era el dueño de Afrodita, aunque tal vez tuviera un padre adinerado que pagaba por todo esto para mantener alejado y ocupado a su hijo homosexual.

-Que tal Lucrecia, te estaba esperando, me imaginé que volverías un día de estos.
-No sabía que vos eras el dueño.
-Prefiero que nadie lo sepa de entrada, es increíble la cantidad de gente que busca amistad por conveniencia, además me gusta deambular por el boliche sin que nadie sepa quién soy. Como un cliente más. Hasta pago las bebidas.
-¿Pero por qué las pagas? Si el lugar es tuyo.
-Porque eso es lo que paga el sueldo de los empleados de la barra. Además yo no controlo el 100% de la concesión de las mismas. En fin, no te voy a aburrir con detalles del negocio.
-No me aburre, estudio Administración de Empresas y el tema me interesa.
-¿Ah sí? Bueno, te prometo que un día nos juntamos a charlar al respecto y tal vez puedas darme algunos consejitos. Esto es para vos –me alcanzó una tarjeta dorada con mi foto impresa en ella- me imagino que Miguel ya te habrá puesto un poco al tanto.
-¿De dónde sacaste la foto? –pero ya sabía la respuesta.
-Es la que tenés de perfil en todos lados, me tomé el atrevimiento de robarla, sé tu primer nombre, pero me costó un poco averiguar tu apellido, hasta que te ubiqué en Facebook.
-Lucrecia Zimmermann –leí en voz baja.
-¿Sabías que soy gran admirador de Bob Dylan? Por eso me sorprendí tanto al conocer tu apellido.
-Ah sí, es el apellido real de Dylan, pero el mío es con dos N. –yo también había notado esa similitud- A mi madre le molesta un poco porque suena a apellido judío –estaba maravillada con esa tarjeta, no sólo por el hermoso diseño dorado sino porque me otorgaba cierto status dentro de Afrodita- muchísimas gracias por el pase VIP.
-Con eso también podés tener una cuenta en la casa y pagarla en cómodas cuotas.
-Perfecto ¿y puedo hacer que mis amigas consuman con la misma cuenta?
-Sí, siempre y cuando vos estés presente.

Agradecí nuevamente a Rodrigo y volví con mis amigas enseñándoles la reluciente tarjeta. Nuestros coloridos vestidos y llamativos cuerpos atraían la mirada de muchos de los presentes en el boliche, ahora sabía a qué se refería Miguel, al parecer no era sólo cuestión de amistad el que se me otorgue el pase VIP, a ellos también les convenía tener clientela que “alegrara” la vista. Comenzamos a tomar, esta vez me decidí por probar algún trago nuevo, pero no quería abusar ya que debía manejar. Samantha me recomendó uno llamado Pisco Sour, el cual conoció en un viaje que realizó a Perú. El trago era fantástico. Nos pareció tan bueno que todas pedimos lo mismo, sólo debíamos tener cuidado ya que era un poco engañoso y tenía gran porcentaje de alcohol. El sabor a limón era refrescante y le daba un toque agrio, a pesar de que el trago fuera tan dulce.

Noté que una mujer de cabello negro, bastante bonita y bien arreglada, miraba hacia nosotras con más frecuencia que el resto de los presentes, comenzamos a debatir sobre qué intenciones tendría.

-Yo creo que te mira a vos Lucrecia –dijo Edith- te tiene ganas.
-No, a mí no me mira, lo sé porque cuando la miro a los ojos le importa poco, no intenta apartar la mirada ni muestra interés.
-Que analítica –Samantha me estaba acariciando la espalda de forma disimulada mientras yo daba sorbos al trago.
-Está mirando a Tatiana –continué diciendo- sí, te mira a vos Tati.
-¿A mí? Vos estás loca ¿por qué me va a mirar a mí?
-Porque te tiene ganas –repitió Edith.
-Hacé una cosa Tati –sugerí- caminá hasta la punta de la barra y preguntale cualquier cosa al chico que atiende, nosotras te decimos si te mira a vos o no.

La morocha obedeció y cuando regresó pocos segundos después no nos cabía ninguna duda, la mujer la siguió con la mirada todo el tiempo.

-Invitale un trago amiga –le dije alcanzándole un vaso intacto de Pisco Sour- vas a tener suerte.
-Me gustan las veteranas –sonrió, tomó el vaso y caminó con paso firme hasta la mesa en la que se encontraba la mujer.

Nos alegramos cuando las vimos conversando alegremente, la mujer no perdió tiempo y comenzó a acariciar la pierna de mi amiga mientras le susurraba cosas al oído. En ese momento se nos acerca Rodrigo, se lo presenté a mis amigas y olvidé que ellas no eran totalmente lesbianas. Si hubieran sido hombres, las dos hubieran tenido una notoria erección al ver al muchacho rubio. Resultó totalmente obvio que ambas estaban maravilladas con él, Samantha disimuló un poco más, creo que por respeto a mí, pero Edith parecía fuera de sus cabales.

-¿Quién es este papito? –preguntó con la boca abierta.
-Él es mi amigo Rodrigo –no di más detalles porque sabía que a él no le agradaría eso- ellas son Edith y Samantha.
-Un gusto señoritas ¿qué tal la están pasando?
-Ahora mejor que nunca –dijo Edith con vos sexy.

A pesar de no ser hermosa, la chica tenía un sutil encanto femenino que me agradaba mucho, además hoy estaba muy bien vestida y arreglada, su cabello estaba más suave y lacio que nunca y los ojos resaltaban, no por unas horripilantes gafas, sino por unas mucho más bonitas y modernas que eligió con mi recomendación.

-Qué simpática es tu amiga –me dijo el adonis con una amplia sonrisa.
-Y tengo más virtudes –la chica estaba descontrolada, hasta causaba gracia verla así.

Luego de unos segundos tuve que intervenir de forma sutil para advertir a Rodrigo de lo que estaba pasando, lo llevé hasta el otro extremo de la barra con la excusa de que me recomiende algún otro trago, a pesar de que el Pisco me gustó mucho quería algo con menos graduación alcohólica.

-¿Pasa algo malo? –me preguntó.
-No nada, por ahora. Sólo te quería decir que Edith es una chica un tanto especial, no está acostumbrada a este tipo de salidas, es como si recién estuviera descubriendo el mundo. Hace poco perdió la virginidad… conmigo –no me molestó dar esos detalles a mi amigo- y ahora está en una etapa en la que se quiere acostar con todo lo que ve, lo sé porque yo pasé por lo mismo… estoy pasando por lo mismo, con la pequeña diferencia de que a mí los hombres no me interesan.
-Sigo sin ver el problema.
-Es que tengo miedo de que ella se haga ilusiones con vos y que después tengas que rechazarla.
-¿Y qué te hace pensar que la rechazaría?
-¿No que eras gay?
-Y lo sigo siendo, pero eso no descarta que de vez en cuando pueda divertirme con una chica, siempre y cuando encuentre una que me caiga tan bien como para hacerlo.
-Bueno, pero ella no es una reina de belleza. En serio, no quiero que la chica termine lastimada, me cae muy bien y la quiero ver feliz.
-Tal vez no sea la más bonita del boliche, pero es una de las más simpáticas. Además te digo una cosa, tiene tanta ternura natural que hasta me da un poco de morbo imaginarla sin ropa.
-Verla sin ropa es lo mejor, te lo aseguro. Yo creo que si se acuesta con vos va a ser como ganarse el premio mayor, la chica debe estar alucinando con que eso pase y estoy segura de que ya está pensando que no tiene chances, porque a veces se tira abajo solita.
-Entonces tendré que hacerle ver que sí tiene chances. ¿Estás segura que ella querrá? No quiero rebotar en frente de todos.
-Creeme que si rebotás Samantha te agarra al vuelo –nos reímos los dos- pero a la colorada déjamela a mí, tengo cuentas pendientes con ella.

Volvimos con mis amigas portando un nuevo trago propuesto por Rodrigo, al muchacho no le gustaban las cosas muy sofisticadas así que se decidió por un trago típico argentino, Fernet con Coca-Cola, tengo que confesar que no era gran aficionada a tomar esto hasta ahora, estaba mejor de lo que yo recordaba, si bien el sabor era amargo, la gaseosa le daba un toque muy agradable. Debía parar de tomar o luego no podría conducir ni media cuadra, aunque ya había pensado en eso, si estaba muy borracha me iría en taxi y le pediría a Miguel que estacionara mi auto en alguna parte, confiaba lo suficiente en él como para hacer eso.

En ese momento noté que Tatiana y la misteriosa mujer habían desaparecido, supuse que estarían perdidas en alguno de los cubículos con cortinas rojas o que tal vez habían optado por alguna habitación. ¿Cómo no se me ocurrió antes preguntar por eso? Nos hubiese ahorrado la búsqueda aquella noche de hotel con Tati.

La noche transcurrió de forma rápida y divertida, pude bailar bastante apretada con Samantha, lo cual me puso un poco cachonda y esperaba que surtiera el mismo efecto en ella. Edith y Rodrigo permanecieron charlando junto a la barra, al parecer se llevaban muy bien, la chica no paraba de sonreír, temía que su quijada quedara trabada en esa posición. El paso que dieron estos tortolitos me dejó muy sorprendida. De pronto se estaban besando, la pobre muchacha debía ponerse en puntas de pie para llegar hasta la boca de su amante. Cuando se separaron noté que ella estaba roja como el cabello de Sami y él sonreía grácilmente. El rubio me hizo una seña con las manos que no comprendí, acto seguido desapareció llevando a Edith prendida del brazo.

-¿A dónde van? –le pregunté a la pelirroja.
-¿A dónde pensás que van? A ponerla, estos se van a un cuarto –abrí grande los ojos, mi pequeña Edith se iba a convertir en mujer.
-Ay, qué tiernos. Seguro la van a pasar muy bien –miré a mi alrededor, no había señales de Tatiana- creo que solo quedamos nosotras –puse los brazos sobre sus hombros.
-No te voy a negar que estoy nerviosa, pero te cuento un secretito –se acercó a mi oído- el alcohol me pone cachonda.
-Ya mismo voy a pedir lo más fuerte que tengan. ¿Si es alcohol puro te da igual? –ella se rio.
-No hace falta, ya tomé suficiente –entrecerrando los ojos acercó su boca a la mía y nos unimos en un beso.

Si su idea era calentarme, lo estaba consiguiendo a la perfección. Sentí su mano subiendo por la cara interna de mis piernas hasta tocar suavemente mi rajita.

-En estos días estuve pensando mucho y decidí que quiero hacerlo –me dijo con su natural sensualidad.
-Entonces no se habla más. Seguime.

Pregunté a Miguel dónde debía pedir una habitación, él me llevó a través de un pasillo amplio y bien iluminado hasta que llegamos a una ventanilla con una recepcionista tras ella. Agradecimos al gigante calvo por la atención y reservamos un bonito cuarto. Fue un trámite que duró pocos segundos, la tarjeta dorada facilitaba mucho las cosas. Me preguntaba si Rodrigo había hecho averiguaciones sobre cuentas bancarias a mi nombre o si simplemente confiaba en que yo pagaría todo eso. Me incliné más por lo segundo.

La habitación era preciosa, la cama envuelta en blanco me recordaba un poco a mi propia casa, pero sabía que no estaba allí y eso era lo que más me gustaba de los hoteles, que mi familia no andaba cerca. Nos sentamos en el borde de la cama y nos miramos a los ojos, quería crear un ambiente de relax para mi nueva compañera sexual. Podía atacar de mil formas diferentes pero intenté evaluar la situación y así encontrar la más propicia. Acaricié suavemente una de sus piernas mientras acomodaba su cabello con mi otra mano. Desde que corté con Lara ya no veía tanto el romanticismo del acto sexual, aunque era un factor importante que no podía quitarme, me encantaba besar, abrazar, acariciar y decir cosas lindas a mi pareja, así sea alguien con quien me acostaría una sola vez.

-Me matan tus ojos –le dije casi susurrando justo antes de besarla en la boca. Luego la dejé respirar, no quería que se sienta presionada.
-Lucre ¿qué te excita de las mujeres?
-Todo. Pero me imagino que buscás una respuesta más específica –asintió con su cabeza mientras yo le acariciaba una mejilla- me gusta lo prohibido, saber que me excito pensando en una mujer, me encanta la sensualidad femenina, de la cual vos tenés de sobra. Me fascina el desafío que implica calentar a una chica, especialmente si no es lesbiana o si nunca se acostó con otra mujer.
-Conmigo lo estás logrando a la perfección, estoy muy excitada. No pensé que una mujer me pudiera poner así –pasó sus dedos sobre mi muslo y llegó hasta mi bombacha blanca, comenzó a tocarme toda esa zona- contame más, en lo sexual ¿qué es lo que más te calienta de las mujeres?
-Me calienta poder tocarlas –hice lo mismo que ella y llegué a su entrepierna, sentí las pequeñas protuberancias que delineaban su sexo- me encanta sentir un pezón dentro de mi boca, me vuelve loca pasar la lengua por todo el cuerpo de la chica, especialmente entre las piernas. Me encanta ver cómo se mojan mientras están conmigo.
-¿Cómo se siente chupar una vagina? –la charla se estaba tornando sumamente erótica y yo ya estaba empapando mi ropa interior.
-Es maravilloso, no es fácil describirlo con palabras, tenés que sentirlo. Ver cómo una vagina se abre cuando pasar la lengua, sentir ese sabor prohibido y ese olor que te embriaga. Tener la sensación de que el mundo se detuvo por completo y sólo estás vos con esa vagina y la chica a la cual ésta pertenece. Escuchar el gemido de una mujer en celo y saber que lo hace por el placer que le estás dando.
-Me encanta tu forma de hablar.

Caímos al unísono de lado sobre la cama, nuestras piernas quedaron fuera de la misma pero no nos importó. Tomé su vestido por debajo y comencé a subirlo, ella hizo lo mismo con el mío. Ninguna de las dos llevaba sujetador, por lo cual pudimos mirarnos los pechos cuando nos despojamos de nuestra ropa. Sus pezones eran diminutos, con areolas apenas visibles, muy diferente a los míos que estaban muy bien definidos y abarcaban más área. Pasé un dedo alrededor de los suyos, estaba bien durito, esto explicaba por qué se le marcaban tanto sobre la tela del vestido. Al parecer mis caricias le produjeron cosquillas porque se apartó riéndose. Sabía que debía ser yo quien llevara las riendas y también sabía que no debía presionarla mucho. Acaricié su vientre bajando con precaución, como ella me permitió llegar hasta su pubis supe que no tendría problemas en dar el siguiente paso. Levanté sus piernas y le fui quitando de a poco la bombachita blanca. En cuanto sus piernas descendieron vi un monte de venus lampiño y bien definido.

-No tiene más pelitos –dije recordando la foto que me envió a través de Tatiana.
-Me la depilé hoy, sabía que iba a ser una noche especial.
-En eso no te equivocás. Ponete cómoda.

Se acostó a lo largo de la cama poniendo su cabeza sobre la almohada, estaba tan ansiosa como yo cuando di mis primeros pasos en el sexo lésbico.

-¿Por dónde querés que empiece? –le pregunté para elevar aún más su ansiedad.
-La verdad es que llevo un tiempo largo de abstinencia y no aguanto más –respondió abriendo las piernas- quiero ver cómo me la comés.
-Tus deseos son órdenes, hermosa.

Al fin probaría esta preciosura, los labios de su vagina eran casi tan pálidos como su piel, eran suaves en la primera mitad, desde el clítoris, y rugosos al final. Acerqué mi lengua y di una pequeña lamida para comprobar que el sabor sexual era tan delicioso como yo suponía. Ella inclinaba la cabeza hacia adelante, esforzándose por ver bien. Cerré los ojos y me dejé llevar, los primeros lengüetazos fueron suaves, en ocasiones apretaba el capullo que envolvía su clítoris con mi boca, ya podía escuchar la respiración agitada de Samantha y el que intentara separar más las piernas me indicaba que disfrutaba de mis chupadas. Lamí con la punta de mi lengua desde su ano hasta su ombligo sin detenerme. Repetí la acción sólo que esta vez no me detuve, seguí hasta sus pechos y me prendí a sus pezones, aprovechando para que mi cuerpo quedara en contacto con el suyo. Me entretuve un buen rato con sus sabrosas tetas y luego regresé a la jugosa almejita. Todo el tiempo de espera valió la pena, la pelirroja estaba muy rica. Seguí chupando con ímpetu haciéndola gozar, tal como lo había dicho, me encantaba escuchar gemir a una mujer, especialmente si lo hacía en respuesta a mis atenciones.

-Quiero probar yo también –me dijo con la respiración entrecortada.
-Eso me encantaría.

Me aparté dejándole lugar para sentarse en la cama, yo quedé en posición de perrito y ella me despojó de mi bombacha con vuelitos blancos. Estaba más que entusiasmada. Abracé una mullida almohada y esperé. Lo primero que sentí fueron sus manos sobre mis nalgas y casi al mismo tiempo, las besó. Luego sus dedos fueron a acariciar mi rajita que a pesar de estar tan húmeda, estaba sedienta de sexo.

-Se siente muy bien –me dijo mientras exploraba la superficie de mi intimidad femenina.

A continuación introdujo un dedo, solté un gemido al tenerlo adentro por completo, yo misma podía sentir la calidez de mi cavidad vaginal. Un segundo dedo acompañó al primero, empezó a penetrarme con ellos tal y como lo haría un pene, con la diferencia de que sus dedos giraban de un lado a otro mientras entraban y salían, tuve que acostarme boca abajo y abrazar más fuerte la almohada, mis gemidos llenaron la habitación, a pesar de su nula experiencia en sexo lésbico, la muchacha era muy instintiva y sabía cómo dar placer a una mujer. Su pulgar jugaba con mi clítoris mientras seguía bombeando con el índice y el dedo mayor. Su mano se movía cada vez más rápido, a ella también la entusiasmaba todo esto y seguramente se estimulaba al verme gozar de tal forma. Pasados unos minutos ella se detuvo y aproveché la ocasión para darme la vuelta y abrir las piernas. Pensé que ella titubearía y dudaría al ver mi sexo tan cerca de su rostro, pero en menos de un segundo me demostró lo equivocada que estaba. Se lanzó directamente, sin miedos. Comenzó a chupármela con gusto como si lo hubiera hecho muchas veces antes, lo hacía con tantas ganas y con tanta seguridad que mi excitación aumentó considerablemente.

Mientras más tiempo pasaba, más ganas le ponía Samantha al sexo oral. Mi vagina estaba de fiesta y todo el jugo que salía de ella terminaba dentro de la boca de mi nueva amante. ¿Quién necesitaba a los hombres? Esto no tenía comparación. La sensualidad de una mujer era algo inigualable. La dejé un buen rato chupando pero yo quería volver a la acción, sorprendiéndola me lancé sobre ella y la hice girar hasta que quedó de espalda contra la cama, sin pensarlo ni un segundo comencé a meterle los dedos, ahora su vagina estaba mucho más húmeda que antes y ella soltó un fuerte gemido mientras yo la penetraba. Abrí un poco la boca y me acerqué a la suya, en nuestro beso intercambiamos los fluidos vaginales y entrelazamos las lenguas. Instintiva y acertadamente ella buscó mi almejita y comenzó a masturbarme con destreza. Así fue que llegué a mi primer orgasmo de la noche. Se lo hice notar gimiendo de una forma muy particular. Seguí tocándola sin parar, ella disfrutaba pero el momento que yo tanto esperaba no llegaba.

-¿No tuviste un orgasmo, cierto? –pregunté.
-No soy de “orgasmos fáciles”, muchas veces ni siquiera llego a tener uno, pero la estoy pasando bárbaro, me encanta todo lo que hacés. Me gustás mucho Lucrecia –me estampó un fuerte beso en la boca.

Una vez más le brindé los placeres del sexo oral, en cuanto bajé hasta su vagina ella comenzó a susurrar “Sí, sí. Comemela toda mamita”. Esas palabras me incentivaron mucho, puse todo mi empeño en darle una buena chupada. Si a esta chica le costaba llegar al orgasmo entonces sería todo un desafío. Mientras succionaba su clítoris le metía los dedos por el agujerito. Ella arqueaba su espalda y presionaba sus pechos. De hecho yo también disfrutaba con la idea de poder seguir jugando con esa almejita, Samantha provocaba una atracción como de imán conmigo. Entre jadeos, lamidas, estremecimientos y exploraciones vaginales fui llevándola al clímax, pero una vez más, su orgasmo nunca llegó, aunque esta vez supe que no era imposible.

Nos pusimos de rodillas en la cama y comenzamos a besarnos apasionadamente. Acaricié su espalda y ella imitó mis movimientos, inclusive cuando llegué a sus nalgas y las sobé. El besar sus gruesos labios me transmitía una calidez similar a la que produce una buena probada de miel pura. Toqué su vagina humedeciendo mis dedos con ella y decidí tomarla por sorpresa. Fui hasta su culito y presioné fuerte, mi dedo mayor se enterró en el con suavidad y Sami dio un respingo, quedó con los ojos bien abiertos y me miró sin apartarse mucho.

-¿Y eso qué fue? –moví un poco el dedo dentro de ella.
-Te metí un dedo en la colita –le dije con una sonrisa, al parecer le estaba gustando porque entrecerraba los ojos y abría la boca formando una O.
-Ya sé que me lo metiste… Ahhhhh –inicié el bombeo tan rápido como la posición me lo permitía- nunca me habían hecho eso.
-¿Te molesta? –a pesar de mi pregunta no me detuve, su apretado culito era muy apetecible.
-La verdad que no –buscó entre mis nalgas hasta que llegó a mi orificio prohibido, sin pedir permiso clavó un dedo en él, ese dolor agridulce me hizo gemir.

Volvimos a fusionarnos en un beso y aproveché mi mano libre para estimular su clítoris, a ella le pareció buena idea porque hizo lo mismo con el mío. Sentía que iba a escupir el corazón en cualquier momento. Quería gemir pero el tenerla pegada a mi boca me lo impedía, lo cual aportaba un condimento extra a mi desesperación sexual. Me animé a ir con un segundo dedo por su colita, sentí como ésta se dilataba y me permitía pasar, fue como decirle “Meteme dos dedos” porque pocos segundos después ella consiguió hacerlo en mi trasero. Necesitaba aire, aparté mi cabeza y la puse a un lado de la suya, apoyando el mentón en su hombro. Nuestros gemidos estallaron al unísono. Introduje dos dedos en su vagina procurando frotar su clítoris con la palma de mi mano y supe que estábamos en perfecta sincronía. Mi segundo orgasmo se avecinaba y quería que ella me acompañara en esta, aceleré mis movimientos y pasé la lengua por su suave cuello de marfil hasta llegar al lóbulo de su oreja, el cuanto lo lamí y besé noté como mi mano se llenaba de flujos vaginales y sus gemidos se hacían cada vez más intenso, al igual que los míos. Ambas sentíamos una extraña necesidad de huir de esos dedos de placer, pero permanecimos juntas todo el tiempo, aunque nuestros cuerpos parecieran no tolerarlo.

Esa noche con Samantha fue inolvidable. Supe que ese era sólo el inicio de una gran amistad cargada de sexo lésbico. Nos dimos un rápido baño, por un momento quise que nos ducháramos juntas pero decidí que era mejor darle un poco de intimidad, no quería asfixiarla. Esperé acostada en la cama pensando en todas las hermosas aventuras que estaba viviendo con mujeres. Esto estaba marcando un estilo en mi vida. Ya no era simple curiosidad, era necesidad, tanto física como emocional. En ese momento recordé a Tatiana, me apresuré a llamarla.

-Hola Tati, ¿Dónde estás? –pregunté apenas respondió.
-Hola… ahhhhh… hola Lucre, ahhhh. Estoy bien, no te preocupes.
-Upa, parece que la estás pasando bien –no pude evitar sonreír.
-La estoy pasando genial ¡Ahhhhhh!
-¡Qué bueno amiga! ¿Te espero así te llevo a tu casa?
-No hace falta, no estoy en Afrodita, yo después me vuelvo en un taxi, no te preocupes. ¡Ahhhh siiii, así!
-Está bien amiga, no te jodo más. Pasala lindo, mañana hablamos.

En cuanto estuve limpia y con toda mi ropa en su lugar abandonamos la habitación, ni bien salimos nos encontramos con Rodrigo y Edith, estaban sentados en un pequeño apartado con sillones y una pequeña mesa de vidrio, pude ver cuatro vasos de Fernet con Coca-Cola sobre la mesa, dos estaban intactos por lo que supe que nos estaban esperando.

-Ah, aparecieron. Tenía miedo que la bebida se caliente pero supuse que tampoco se quedarían a vivir allí dentro –dijo el rubio ni bien nos acercamos.

Edith estaba más feliz que nunca, sus facciones parecían mucho más hermosas que antes, el buen sexo embellece a las mujeres. Sí, ya era una mujer. Si alguna vez fue una niña, esa niña ya había quedado en el pasado. Me conmovió verla tan alegre. Estuvimos charlando de cualquier cosa, intentando evitar los temas obvios como los detalles en la cama de cada pareja, no hacía falta hablar del tema ya que era evidente que todos la habíamos pasado muy bien. Dejé mi vaso de Fernet por la mitad, no porque no me gustara sino que no pretendía emborracharme justo ahora que ya estaba con la mente despejada gracias al renovador baño.

-Cuando quieran ir, me avisan. Yo las llevo en el auto.
-Si es por mí ya podemos volver –me contestó Samantha.
-Bueno vamos –Edith no parecía tan contenta por marcharse.
-Si querés después te llevo yo –intervino Rodrigo.

Esto si se me hizo raro. Una cosa era que él accediera a acostarse con la chica y otra es que de verdad quisiera pasar tiempo junto a ella, el chico era un galán, un romántico. No se lo había tomado sólo como sexo casual.

-¿De verdad? –La sonrisa de la más pequeña reapareció –bueno dale. Llevame cuando quieras… o no me lleves, me da igual –nos reímos por su comentario.
-Bueno, nosotras nos vamos.

En cuanto estábamos en el auto me di cuenta que entre una cosa y otra la noche se empeñaba en dejarnos solas a Samantha y a mí, lo cual era una ventaja para nosotras. Conduje hasta su casa mientras charlábamos de diversos temas, ese era otro gran punto a favor con ella, no sólo demostró ser una gran amante sino que además era una gran compañera. Siempre tenía algún tema de conversación y era imposible aburrirse a su lado.

-¿No vas a pasar? –me preguntó en cuanto llegamos a destino.
-Si no te molesta… -le sonreí.
-Claro que no, vamos adentro –me guiñó un ojo, aquí habría guerra otra vez.

Hicimos el amor con la misma pasión que la primera vez, sólo que ahora estábamos en la intimidad de su hogar, lo cual aportaba un ambiente más acogedor. Recorrí cada centímetro de su cuerpo y otra vez disfrutamos de penetraciones anales, al parecer a ella le gustaron tanto como a mí. Ya estábamos estableciendo un código para esto, el arrodillarnos una frente a la otra era señal inequívoca de que queríamos hacerlo.

Regresé a mi casa ya bien entrada la mañana, eran casi las diez. Como soy precavida le pedí prestada algo de ropa casual a Samantha, para que no fuera obvio que regresaba de un boliche lleno de lesbianas dirigido por un adonis homosexual. Ni bien entré a la casa por la puerta del garaje me encontré con mi madre con una cara que me recordó al inmundo pequinés que tenía mi ex novia.

-¿Se puede saber dónde estuviste toda la noche? –ni la policía sería capaz de interrogar de una forma tan atemorizante.
-Te dije que iba a la casa de Lara…
-¿Así que de Lara eh?

Se apartó hacia un lado y detrás de ella apareció la ya mencionada Lara, estaba sentada en una silla con las manos entre las rodillas, lucía avergonzada y debería estarlo, por poner mi cabeza en una guillotina dirigida por mi madre. ¿Qué carajo hacía en mi casa?

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Me niego a ser Lesbiana (Parte 8)

Mujer misteriosa.

Ni bien desperté supe que era domingo. Eso me entristeció mucho, éstos eran los días en los que solía visitar a Anabella y esta vez no podía hacerlo, no podía llamarla siquiera, era como si de pronto hubiera dejado de existir. Un sentimiento abrumador. Podía sentir el vacío en la boca de mi estómago. No podía borrar a alguien como ella de mi vida. Tenía ganas de quedarme todo el día en la cama y que terminara de una vez, pero sabía muy bien que eso no me ayudaría en nada.

Obtuve fuerzas para levantarme pensando en Tatiana y en todo lo que hicimos durante la noche, esa fue mi primera sonrisa del día. Debía pensar en cosas bonitas y procurar mantener mi mente ocupada. Me di una buena ducha que logró traer un poco más de vida a mi cuerpo. Intentaba moverme rápido, hacer las cosas con buen ánimo, no dejar que la depresión me tumbara, aunque todo me costara el doble de esfuerzo.

Un tardío almuerzo me revigorizó casi por completo, mientras comía recordé la sugerencia de mi nueva compañera sexual, debía llamar por teléfono a la tal Samantha. ¡Esperen! La tarjeta. Yo la dejé junto con el celular y no estaba allí. Abandoné mi plato y corrí hasta mi dormitorio. Mi mayor temor es que mi madre haya entrado mientras dormía y al ver esa extraña nota hubiese pensado mal, bueno de hecho pensando mal acertaría, mi intención era conocer a una nueva chica con fines sexuales, si es que todo salía bien.

Por suerte mi paranoia no siempre acierta. Encontré la tarjeta debajo de la cama. Antes de perderla una vez más, guardé el número en mi teléfono. Lo miré durante unos segundos en esa pantalla de alta definición que me rogaba que apretara el botoncito verde que iniciaría la llamada, lo cierto es que estaba muy nerviosa. No sabía cómo encarar la situación.

¿Quién apretó el puto botón? Debí ser yo; en la pantalla apareció la palabra “Llamando”. Estuve a punto de cortar cuando escuché una vocecita robótica en bajo volumen, sin duda era una mujer. Para no quedar como una maleducada coloqué el celular en mi oreja.

-Hola –dije sin emoción alguna.
-Hola, ¿Quién habla?
-¿Samantha?
-¿De parte de quién? –la chica parecía reacia a identificarse.
-Mi nomb… -tragué saliva- mi nombre es Lucrecia. Yo soy la…
-¡La chica del baño!
-¡Sí! ¿Cómo sabés?
-Porque vi tu video.
-¿Y eso qué tiene que ver? En el video no digo mi nombre –fue una gran suerte que Lara tampoco lo dijera mientras grababa.
-Es que después de verlo te crucé en la Universidad y te escuché hablando con una amiga, me di cuenta enseguida de que tenías la misma voz que la chica del baño, aunque ya me lo imaginaba. Bueno después yo…
-Sí, al resto de la historia lo conozco –no quería decirle lo buena que me pareció la foto de su vagina, me daba una vergüenza tremenda.
-Ah, perfecto. No pensé que fueras a llamar –su voz era suave y sensual, un punto a favor.
-Yo tampoco lo pensé –me insulté mentalmente- este… quiero decir que no tenía en mente llamarte, pero hoy me decidí.
-¡Perfecto! –Para esta chica todo parecía ser perfecto- ¿Te gustaría que nos encontráramos para charlar un día de estos?
-Eso depende.
-¿De qué?
-Es que vos tenés ventaja, ya me conocés la cara… y más que eso. Yo no sé nada de vos –“Solamente sé cómo sos entre las piernas” pensé.
-¿Me estás pidiendo que te mande una foto mía?
-Sí, pero de tu cara. Nada más –no quería quedar como una ladrona de contenido pornográfico, esos días delictivos ya los había dejado atrás.
-Veremos… a ver ¿Cuál te puedo mandar? –Me dio la impresión de que estaba tocando la pantalla de su celular- ¡Ya sé, ésta!

Más nerviosa que nunca esperé la imagen, se demoró más de lo que yo podía tolerar. Miré fijamente la pantalla aguardando que algún mensaje apareciera, ya estaba pensando en que se arrepintió cuando apareció el ícono de “Mensaje Nuevo” lo abrí apresurada y vi aparecer una foto ocupando toda la pantalla. Allí estaba ella, con sus gafas de culo de botella, su piel como vela derretida, una sonrisa de dientes amarillentos y un velo de monja. ¡Era Francisca, la Madre Superiora! De pronto recordé que yo le había preguntado sobre el sexo entre mujeres y también rememoré las palabras del mensaje que incluía la foto de la vagina “Decile que me acuerdo de lo que me dijo una vez”.

Estuve a punto de arrojar el teléfono por la ventana y que cayera en la misma cabeza del Papa cuando escuché una risita proveniente del aparato.

-¿Te gustó? –Samantha no dejaba de reírse.
-¡Desgraciada! Casi me matás de un infarto, por un momento creí que de verdad eras la viejita –no tenía lógica alguna suponer eso, pero mi cerebro casi estalla.
-Si querés verme la cara va a tener que ser en persona.
-Está bien –lo dije más por curiosidad que por otra cosa, cada día me parecía más a Pandora- ¿Dónde y cuándo?
-En la Universidad, pero hoy no puedo, va a tener que ser mañana.

Acordamos encontrarnos en un banco situado en el centro del patio posterior a las cinco de la tarde. Mi instinto femenino me dijo que debía ir en auto, o tal vez era porque no tenía ganas de caminar. Maldito vehículo, se estaba tornando adictivo. Me parecía demasiado cómodo el poder desplazarme con él a donde yo quisiera sin tener que pedir permiso a nadie.

Opté por vestirme de forma casual, un pantalón de jean blanco, no muy llamativo y una linda blusa turquesa, demasiado llamativa, pero sólo por lo incandescente del color. Hecha un manojo de nervios me acerqué al patio a la hora acordada. Me detuve en seco en cuanto vi a una chica sentada en dicho banco. Todavía estaba lejos y aproveché para acercarme cautelosamente sin que me viera, no quería generarme ninguna expectativa, nada de pensar si sería linda o fea, o creer que se acostaría conmigo a la primera ¿Tendría pechos grandes? ¿Cómo se vería desnuda? ¿Le gustará mi aspecto? Por suerte me propuse no hacerme la cabeza con planteos y preguntas absurdas que no podía responder.

Me acerqué flanqueando el patio todo lo que pude, noté que estaba leyendo un libro, eso me daría ventaja. Sin prisa pero sin pausa logré colocarme frente a ella, quedando a unos cinco o seis pasos de distancia. Tengo que admitir que la chica no cumplía con las expectativas… esas que yo nunca me hice. Su cabello parecía una esponjita de bronce de esas que no uso porque nunca lavo los platos. Llevaba unos grandes anteojos que hacían parecer discretos y modernos los de Sor Francisca. Su rostro no tenía gracia alguna, demasiado estándar, demasiado común, demasiado… ¡Me vio! Ya no había tiempo de esconderse. Ya me estaba sonriendo.

-Hola –saludé intentando parecer lo más simpática y divertida posible.
-Hola –su sonrisa no estaba tan mal ¿o sí?

Vamos Lucrecia, no seas tan superficial, la chica parece ser simpática. ¡Hey miren! Está leyendo El Señor de los Anillos. Eso era un punto a favor.

-Yo estoy leyendo el mismo libro –esta vez mi simpatía fue sincera, leí bien el título en el dorso- ah no, ese es el tercero. Yo recién voy por el segundo.
-El segundo es mi favorito –la chica parecía cordial- ¿Por qué parte vas?

Estuve a punto de responderle cuando alguien tocó mi hombro, me giré para ver de quién se trataba y allí me encontré con una muchacha preciosa, de cabello rojo carmesí y ojos verdes, parecía haberse escapado de un concurso de belleza luego de haber ganado los tres primeros puestos. Me quedé boquiabierta.

-Hola Lucrecia, yo soy Samantha –me dijo la recién llegada- perdón, se me hizo un poquito tarde.

¿Qué era “tarde”? ¿Quién era Samantha? Yo estaba perdida en sus ojos y no me quería ir de allí.

-Ah… este… hola Samantha –mi voz sonó como la de un camionero en celo, me faltaba babear y rascarme los huevos. Hasta tuve que reprimir el impulso de decirle “¿Qué hacé’ mamita?”.
-¿Vamos a sentarnos por allá? –señaló un banco vació al otro extremo del verde césped. Verde, como esos ojos que me derretían, literalmente, comenzando por mi entrepierna.
-Si obvio –con vos a donde quieras, amor. Contenete Lucrecia, no la cagues.

Saludé con la mano a la chica del libro como para despedirme de ella y apenas noté su expresión de tristeza, ni siquiera respondí a su pregunta, pero en ese momento estaba flotando en el aire detrás del manto de fuego que formaban esos finos cabellos. Aunque había que admitir que el rojo intenso era a base de tintura, un detalle que me importaba muy poco. Nos sentamos y me quedé mirándola en silencio.

-Me estás poniendo nerviosa –me dijo la pelirroja.
-¡Ay perdón! Es que… no me di cuenta…
-Sí, todavía no dijiste que te parezco, al menos quiero saber qué tal fue la primera impresión, dicen que eso es lo que cuenta.

¿Qué le iba a decir? “Mi primera impresión fue que estabas re buena, te quiero arrancar la ropa con los dientes y comerte la vagina acá mismo y que todo el mundo nos mire” Medité esa y otro par de opciones y al final me decidí por algo más suave.

-Sos muy linda, no tenés ni que preocuparte por la primera impresión –me sonrió.
-Gracias, vos sos mucho más linda que yo -¿Tendrá problemas de la vista la muchacha?
-Igual yo pienso que la apariencia física no es lo más importante –aunque en este caso me costaba pensar en otra cosa, esa boquita rosada con labios carnosos me provocaba demasiado- todavía no sé nada de vos.
-No sé qué puedo contarte…
-¿Por qué me dejaste tu número en el baño?
-Es que te escuché diciendo esas cosas… y… y… -bien, la puse nerviosa, punto a mi favor- y me dieron ganas de conocerte mejor –sus mejillas estaban tan rojas como su cabello.
-¿Conocerme en qué sentido? – levanté una ceja dejando salir mi depredadora lésbica.
-Como amigas… supongo -“Amigas son las tetas, vos me tenés ganas” pensé. Pero debía mantenerme serena e impedir que mi ego se inflara demasiado.
-Me parece bien, igual no tomes tan en serio las cosas que te dije esa vez. Las dije sin pensar, en un momento de calentura.
-Todo bien, ¿estabas con la chica del video?
-Odio ese video… y a esa chica también –miré el piso con el ceño fruncido.
-Perdón, no quise ser indiscreta –al menos era educada.
-Nunca te vi en la Universidad –cambié de tema bruscamente- ¿Qué carrera cursás?
-Yo no curso, trabajo acá. Soy secretaria administrativa –algo con ciertas similitudes a mi carrera pero con menos “status”.
-¿Ah sí? –eso explicaba cómo obtuvo el número de Tatiana, mi amiga también trabaja aquí y seguramente Samantha tenía sus datos en los archivos- ¿Qué edad tenés?
– Veinticinco. Soy cuatro años mayor que vos –me quedé mirándola- es que tengo tu ficha académica. Sé más de vos que vos misma –me guiñó un ojo.
-¿Entonces por qué nunca me llamaste?
-Lo pensé mil veces, pero esperaba que lo hicieras vos, valió la pena la espera –me hizo sonreír como una estúpida.

En ese momento nos percatamos que el patio se estaba llenando de gente, al parecer había un receso entre materias para alguna facultad con muchos alumnos. Nos pusimos un poco incómodas, sabía muy bien que yo era como una oveja negra y toda mujer que se viera a mi lado quedaría marcada como “Lesbiana”, aunque a mis amigas eso no le importaba, mucho menos a Tatiana, que era más lesbiana que yo.

-¿Querés que vayamos a otra parte? –Le pregunté- podríamos ir a mi casa, no creo que a mi familia le moleste que estemos ahí.
-También podemos ir a mi casa, no quiero ocasionarte problemas.
-No es problema, de verdad, no molestás.
-Preferiría que vayamos a mi casa.
-En serio, creeme, a mi familia no le va a joder que…
-En mi casa no hay nadie.
-Vamos a tu casa.

Antes de partir le pedí que me esperara un par de minutos, aunque no lo parezca me quedé pensando en esa chica con el libro de Tolkien. No fue muy cordial de mi parte dejarla hablando sola, además tenía que ver a las mujeres de forma objetiva, no todas eran para tener sexo, podía tener amigas, como Jorgelina, que estaba buena pero no me permitía acostarme con ella. La muchachita estaba sumergida entre las páginas del libro, parecía una estatua.

-Hola, perdoná que te moleste otra vez –me miró con una linda sonrisa de rata de biblioteca.
-No me molestás.
-Disculpá que me haya ido sin responderte, es que justo llegó una amiga.
-Todo bien, no te hagas drama –la chica era alegre, aunque su suave vocecita me indicaba que era muy tímida. Supuse que yo debía dar el siguiente paso.
-¿Querés que te deje mi número de teléfono? Así nos juntamos un día a charlar del libro… si no te molesta –tenía miedo de que ella también haya visto mi video erótico y que eso la espantara.
-Me parece muy buena idea. Llamame cuando quieras –sacó su celular que era más antiguo que las puertas de Babilonia y guardó mi número, por un momento pensé que sacaría un cincel y lo tallaría en la pantalla, pero en contra de todo pronóstico, el modelo venía con teclas y botones.
-¿Cómo te llamás?
-Lucrecia –aparentemente no me conocía, eso fue un alivio- ¿Y vos?
-Lara.
-¿Me estás cargando flaca? –se le borró la sonrisa en un parpadeo.
-¿Eh? No, para nada ¿Por qué?
-¿De verdad te llamás Lara?
-Creo que sí, ¿querés que me fije de nuevo en mi documento? –Me sonrió una vez más- ¿tiene algo de malo mi nombre?
-Es que es el mismo nombre de… -no digas ex novia- de mi ex… amiga.
-Ah, ya veo. Pero Lara es un nombre bastante común.
-Supongo. ¿Tenés segundo nombre al menos?
-Edith.
-Entonces te voy a decir Lara Edith.
-No me gusta.
-Qué lástima. Bueno Lara Edith, nos vemos un día de estos, tengo que irme. Después escribime así guardo tu número.

Caminé hasta mi auto y allí estaba Samantha esperándome, tal como le indiqué. Nos pusimos en marcha y me dio algunas indicaciones de cómo llegar hasta su casa, quedaba bastante cerca.

-¿Y esa chica? –me preguntó.
-¿Celosa?
-¿Eh? No, no. Para nada –se sonrojó- solamente preguntaba.
-No sé quién es, la conocí hoy. Parece simpática, además el gusta leer, como a mí.
-A mí también me gusta leer –estaba celosa- Edgar Allan Poe, Stephen King, Lovecraft, etc.
-No leí ninguno de esos ¿Son buenos?
-¿Buenos? –Pensé que de sus ojos verdes saldría algún rayo mortal que me fulminaría al instante- ¿no los conocés? –Me sonaban los nombres de alguna parte pero lo cierto es que no los conocía- Escriben novelas y cuentos de terror, por decirlo en rasgos generales –me agradaba su forma de hablar, parecía una chica inteligente. Ese era un factor muy importante en mis gustos por las mujeres, las que no me parecían inteligentes no me agradaban tanto, aunque fueran bonitas.
-Lo mío es la fantasía épica. Me gusta más ese género, pero te prometo leer alguno de los que nombraste.

Llegamos a su casa, mejor dicho, departamento. El edificio era muy bonito, aunque tenía pocos pisos. Ella vivía en el cuarto, por suerte tenía ascensor, subir cuatro pisos en escalera no era uno de mis deportes predilectos. Era cierto que le gustaba leer, mucho más que a mí. Hasta me sentí avergonzada ante tanta cantidad de libros, la mayoría de los míos eran sobre la carrera de Administración, pero en cuanto a literatura general mi biblioteca era bastante pobre. Tenía títulos y autores que yo jamás había oído nombrar y otros de los que había escuchado hacía pocos minutos, en el auto. Al notar mi expresión me sonrió con un poco de malicia burlona. Los libros estaban esparcidos por todas partes, aunque no estaban desordenados. Había pilas de ellos sobre cualquier superficie plana capaz de resistir el peso.

Me ofreció una silla para sentarme y trajo una jarra con jugo de naranja. Llenó dos vasos y se sentó cerca de mí. Le sonreí como boba por enésima vez en el día.

-Este… quiero dejarte algo en claro primero –ella estaba tan nerviosa como yo- no pienses que va a pasar algo… algo como eso que hacías con tu amiga…
-Ah sí, quedate tranquila, no soy una loca que salta sobre la primer mujer que ve –si lo era, pero tampoco era necesario que ella lo supiera -además ni siquiera sé cuáles son tus… inclinaciones.
-De eso quería hablarte –se me aceleraba el pulso al tenerla tan cerca, sólo había veinte centímetros entre mi cara y la de ella- a mí todo este asunto de las mujeres me da curiosidad, no te voy a mentir, de hecho corté con mi novio por ese tema.
-¿Él no quiso trío? –ni yo me creía estar haciendo esas preguntas.
-No fue exactamente por eso, es que le daban muchos celos si yo miraba a una mujer y se molestaba mucho si yo afirmaba que me gustaban. Me di cuenta de que era un tipo muy posesivo y autoritario, eso no me gustó. Cortamos hace casi tres meses… y desde entonces no estuve con nadie –eso me sonó a indirecta pero se lo dejé pasar.
-Qué tipo estúpido, se perdió la oportunidad de hacer un trío con vos y otra chica hermosa, sólo por ser prejuicioso y posesivo – me quedé pensando un segundo -¿Probaste alguna vez…?
-Solamente besos –me interrumpió- no llegué más lejos que eso. Vos me parecés hermosa, pero no quiero que te hagas muchas ilusiones, no me animo a ir tan rápido.
-Todo bien Sami. ¿Te puedo decir Sami? –Asintió- de hecho yo tampoco ando como ave en busca de presa. Estoy tranquila en ese sentido porque hace poco tuve relaciones con una chica -¿Qué hacía contándole esas cosas?- y me dejó bien satisfecha. Además yo también pasé por las mismas dudas que vos y…

Cerré los ojos automáticamente apenas sentí sus labios sobre los míos. Apresuré el beso por instinto. No podía creer que estuviera comiéndole la boca a una chica tan hermosa. Sentí una suave caricia en mi pecho izquierdo seguida de un firme apretón. Aventuré mi lengua en busca de la suya y la rocé con delicadeza, Sami giró la cabeza hacia el otro lado añadiendo intensidad a nuestra lésbica unión. La mano sobre mi teta me provocaba una tremenda calentura, más de la que ya hacía acto de presencia en mí. El beso se extendió a lo largo de varios segundos, estuve a punto de avanzar hacia el siguiente paso pero ella se apartó.

-Perdón, no me aguanté –me dijo avergonzada.
-No pidas perdón, me encantó tu beso.
-Gracias –una tímida sonrisa se dibujó en sus ahora húmedos labios- aunque te parezca una histérica, sostengo lo que te dije antes. No te hagas ilusiones.
-Comprendo perfectamente, voy a ir a tu ritmo y si sólo vamos a ser amigas, está perfecto por mí –no lo estaba, yo la quería desnuda y entre mis piernas.

El resto de la tarde estuvo plagada de dudas, a veces tenía la certeza de que me estaba provocando, que en cualquier momento terminaríamos en la cama, para colmo mi calentura iba en aumento y la satisfacción que me dio acostarme con Tatiana quedó relegada en pocos minutos. Samantha no se apartaba de mí, siempre mirándome fijamente con esos poderosos ojos. Hablamos de los libros que habíamos leído, era un tema interesante y divertido pero yo tenía la mente puesta en otra cosa y me costaba concentrarme. Ya muy entrada la tarde posó su mano sobre la mía. Ni siquiera presté atención a sus palabras, no aguanté más y me abalancé sobre ella. Busqué su boca y encontré sólo el aire.

-¡No, pará! –me dijo apartándose. Eso me recordó amargamente a mi primer intento de besar a Lara.
-Perdón, es que estás tan cerca… no pude aguantarme.
-Todo bien, la culpa es mía. Yo te besé primero. Disculpame, es que estoy nerviosa.
-Me imagino, yo pasé por lo mismo –pero yo no le esquivaba los besos a nadie. Mucho menos si era una linda chica.

Lo cierto es que me enfadé un poco con ella, primero me invita a su casa, luego se sienta a medio centímetro de mí y también me besa, ahora yo intento darle un pequeño besito en la boca… y tal vez algunos más entre las piernas, y la chica se pone histérica. En momentos como este comprendo por qué los hombres emplean tanto la frase “¿Quién entiende a las mujeres?”. Aunque también hay hombres histéricos y no hay nada peor que uno así.

-Mejor me voy –le dije en un tono neutro, pero ella notó mi enfado.
-Ay perdoname, en serio. Soy una boluda, pero es que tengo un quilombo bárbaro en la cabeza, me están pasando muchas cosas juntas.
-En serio te entiendo Sami, a mí me pasó igual que a vos hace poco tiempo –no podía creer cuánto había cambiado mi forma de pensar en un lapso tan corto- es sólo cuestión de que te quites los miedos, al menos te animaste a besarme –le sonreí.
-Sí, eso es cierto. Supongo que es un avance. Es una pena que te vayas.
-No pienses que me voy por lo que pasó –si me iba por eso- es que hoy no avancé nada con el estudio –eso también era cierto. Además creo que me estoy volviendo más loca de lo habitual, tengo que sacarme un poco el sexo de la cabeza. Te prometo que otro día nos vemos otra vez.
-Bueno así sí –era muy hermosa cuando sonreía.

Acordamos que nos mantendríamos en contacto telefónico o por internet. Nos estábamos despidiendo y justo antes de que abriera la puerta me empujó contra la pared y me estampó un beso en la boca. Me pareció aún más intenso que el primero, también duró más tiempo.

-Para que veas que no me arrepiento –me dijo abriéndome la puerta.
-Es bueno saberlo, lo peor que podés hacer es arrepentirte. Me gustan tus besos.

Regresé a mi casa donde mi familia me esperaba con la cena, no intercambiamos ni una sola palabra, cada uno estaba ensimismado en sus pensamientos, bueno Abigail siempre estaba metida en su propio mundo, lo cual no era de extrañar. Por mi parte no podía quitarme de la cabeza lo sucedido con Samantha. Después de comer me di una ducha y me metí en la cama a leer un libro. Tuve que esforzarme por no masturbarme, me dije a mi misma que de vez en cuando necesitaba controlarme un poco. Hoy no sólo me desesperé con la pelirroja sino que hasta me enfadé con ella por no acostarse conmigo. No podía pretender que la chica estuviera dispuesta al sexo la primera vez que nos veíamos las caras. Me relajé de a poco hasta que por fin concilié el sueño.

Supuse que al no toquetearme tanto mis hormonas se calmarían, pero estaba equivocada. Me desperté con la vagina hecha un cuenco viscoso. Pasé la mano sobre ella y me estremecí de placer “Basta Lucrecia, no podés ser tan pajera”, me dije y fui al baño para lavarme. Tenía que pensar de otra forma con respecto al sexo ya que me estaba convirtiendo en una chica demasiado promiscua y eso no me agradaba.

En los siguientes días hablé con Samantha y Tatiana utilizando sólo mensajes de texto, así no las tenía tan cerca y me era más fácil resistir la tentación. El jueves de esa misma semana se me ocurrió una idea para no pensar tanto en el sexo. Llamé a Lara Edith, la chica del libro de Tolkien. Se puso muy contenta cuando la invité a mi casa y me dijo que iría a visitarme con mucho gusto. Le di mi dirección y la chica fue muy puntual, acordamos vernos sobre las 4 de la tarde y justo esa hora, ni un segundo más, ni uno menos, apareció. Yo aún estaba vistiéndome y tenía el cuarto hecho un desastre. Cuando mi madre me anunció la llegada de mi nueva amiga, me desesperé. Edith entró mientras yo arrojaba ropa dentro del placard.

La muchacha estaba aún peor que el día en que la conocí, me alegré ya que eso no me excitaría en lo más mínimo. Su cabello rebelde me recordaba al de un viejo jugador de fútbol colombiano ¿Cómo era su nombre? Algo como de ramas y baldes. No importa. El punto es que a la chica sólo le faltaba el bigote. Su atuendo no era desagradable, pero si muy pasado de moda, una pollera súper larga con un estampado horrible que me recordaba a las faldas alguna de mis bisabuelas y una especie de camisa blanca demasiado grande. La saludé con simpatía, si ella no se molestaba en disimular el desorden ambulante que era, yo tampoco debía molestarme por hacerlo con mi montaña de ropa.

La charla fue muy divertida, a ella le agradaban los mismos personajes que a mí en el libro, los cuales no eran los típicos que solía preferir la gente. En un momento ella se quitó los enormes parabrisas que usaba a modo de gafas y los limpió con un paño. Me di cuenta que sin eso puesto su aspecto mejoraba considerablemente, su carita ya no parecía la de una mosca y hasta se podía decir que tenía rasgos delicados.

-¿Nunca pensaste en usar lentes de contacto? –le pregunté.
-Em, no nunca. Es que me parecen más cómodos estos anteojos.
-Puede ser, pero impiden que tu cara se luzca.

Tampoco es que la chica fuera una preciosidad, pero tal vez con algunos cambios de look se podría mejorar un poco su aspecto. Al menos hacerla parecer una chica de 22 y no una señora de 40.

-¿Te gustaría que te planche el pelo? –fue uno de los pocos arrebatos de feminismo que me permití en mucho tiempo.
-¿Te parece, no se me va a quemar el pelo?
-No para nada, mi planchita es buena –si se le quemaba seguro que no empeoraría.
-Estaría bueno, para probar –me sonrió- nunca lo hice.

El hacer de estilista me entusiasmó. En pocos minutos Edith ya estaba sentada frente al espejo mientras yo luchaba incansablemente contra su maraña de cabello. Intentaba ser sutil para no dañarlo demasiado, pero quitar esos rulos era una tarea complicada. Ella me seguía contando cosas de los libros de Tolkien, siempre intentando no arruinarme la trama de aquellos que yo aún no leía. Casi media hora más tarde vi aparecer a una chica alegre y simpática con un decente pelo lacio. No se podía decir que la chica fuera una hermosura, pero sí cambió mucho. Al menos era diferente.

-¡Me encanta! –Me dijo con una amplia sonrisa- parezco otra persona.
-Ya que estamos en el salón de belleza y vos sos muy bonita, podemos probar cómo te queda un poquito de maquillaje -estaba siendo honesta con ella, la chica tenía cierto potencia.
-Bueno, pero un poquito nomás, nunca me maquillo.

Esta vez la coloqué frente a mí y comencé a acicalarla, moldearla, pintarla y esculpirla. Siempre intentando no exagerar. Cubrí sus labios con un color sutil que apenas se diferenciaba de su piel natural, pero lo aportaba un glamoroso brillo. Mientras delineaba sus ojos la noté algo incómoda, tal vez tenía miedo de que le clavara el lápiz. Tres o cuatro… o seis retoques más y ya estaba lista. Al mirarse al espejo no lo pudo creer.

-¡Wow! ¿Esa soy yo? –ahora su sonrisa era radiante, se acercó un poco al espejo para ver mejor, sin los anteojos se le complicaba un poco.
-Estás hermosa Edith.
-¿Ahora me decís Edith? ¿Tanto te molesta mi nombre?
-No es que me moleste –si me molestaba- es sólo para no generar confusiones –sus ojos se clavaron en una pequeña pila de ropa sobre mi cama y tuve una nueva idea- ¿Te querés probar algo?
-¿Algo como qué?
-No sé, algo que te guste. Si te gusta cómo te queda te lo regalo.
-¿De verdad?
-Sí, de verdad. Tengo más ropa de la que uso. Siempre la termino regalando.

Me costó un poco orientarla con la elección sin que ella lo notara demasiado. Si la hubiese dejado elegir se llevaba mi ropa para la iglesia, no es que yo la quisiera, pero sabía que ese no era el estilo que ella necesitaba. Seleccioné una pollera gris que llegaría hasta la mitad de sus muslos, a pesar de ser más alta que ella, la diferencia no era tanta. También le di una camisa blanca, aunque mucho más hermosa que la que tenía puesta. Me senté en la cama y le indiqué que se vistiera en el baño. Así lo hizo aunque demoró un poco en salir; por un momento pensé que se había arrepentido de la selección de vestuario, pero al final salió mostrándome cómo le quedaba.

Si bien mantuvo sus medias largas y unos zapatitos negros sin gracia, ahora se podían apreciar sus piernas, eran parecidas a las mías, sólo que un tanto más cortas. La camisa se ceñía a su torso con elegancia, me di cuenta que parecía una colegiala, pero una bien bonita y arreglada. El ego se me subió un poquito, había hecho un milagro con esta chica. No era una Samantha, pero sí atraería a muchos hombres.

Se sentó junto a mí en la cama. La falda se le subió un poco, sus muslos parecían suaves. La miré a los ojos y ya no la vi como la chica que entró a mi cuarto. Esta era una mujer, una mujer de…

-¿Cuántos años tenés? –no se lo había preguntado.
– Dieciocho.
-¡Ah, qué chiquita! Pensé que era más grande.
-No, empecé este año en la facultad –ya sabía que estudiaba Psicología. Me lo contó durante nuestra charla.
-¿Y tenés novio? –mi pregunta no le pareció rara.
-No tengo. Nunca tuve y no sé si quiero tener.
-¿Por qué? Siendo tan linda… seguramente hay muchos chicos interesados en vos.
-Si los hay nunca me enteré –se apenó un poco- la gente nunca se me acerca. Nunca.
-Yo me acerqué –aunque lo hice por error- y me pareció que eras una chica muy inteligente.
-Gracias, todavía me sorprende un poco que me hayas hablado.
-¿Pero por qué decís eso? –casi sin darme cuenta me acerqué un poco a ella.
-Es que vos sos de esas chicas lindas que parecen estar siempre rodeadas de amigas. Yo no soy así ni tengo amigas.
-Ahora tenés una. Y si sos muy hermosa, tal vez no lo aparentabas por tu forma de vestir –me miró extrañada- no te lo tomes a mal, pero deberías considerar cambiar un poco tu vestuario, vestirte como alguien de tu edad –pucha, es lo mismo que le dije a Anabella- así no le negás al mundo tu belleza –puse una mano sobre su rodilla sin medir las consecuencias, por suerte no dijo nada- ¿De verdad nunca tuviste novio, o alguno que te haya besado?
-Nada. Soy muy tímida, me da mucho miedo hablar con los hombres. Siempre fantaseé con la idea de que algún día uno me besara, al menos. Pero lo cierto es que ni sé cómo son los besos –me puse nerviosa y un instinto depredador se activó en mí.
-Con tu nuevo aspecto vas a ver como muchos se van a acercar a besarte –acaricié su pierna- de vez en cuando tenés que permitirles ver un poquito más –con la mano libre desprendí el primero de los botones a presión de la camisa- no te tapes tanto –desabroché el segundo- haceles saber que tenés buenos atributos de mujer –al quitar el tercero ya podía ver sus senos y se advertía el inicio de un sostén de encaje blanco –tenés buenos pechos –eran más pequeños que los míos pero me sorprendió que fueran tan perfectos, supuse que tendría lunares o granitos, pero no había nada que manchara su tersa piel.
-Gracias –dijo con una vocecita casi inaudible, yo intentaba mantener la mirada fija en sus ojos y ella se esforzaba por mirar hacia otro lado.
-Tu boquita también es muy linda –decir esas cosas ya era una señal inequívoca de cachondez- es una pena que nadie la haya besado –me acerqué lentamente como una leona acechando a una pequeña cebra- al menos deberías saber qué se siente.

Acaricié su labio inferior con mi boca semi abierta. Apreté apenas para sentir lo suave y acolchonado que era. Edith ni se movió, repetí la acción cerca de la comisura de sus labios, giró la cabeza un poco, apartándose de mí, pero yo no iba a ceder tan fácil, me acerqué y ataqué una vez más su labio. No eran besos propiamente dichos, sino que más bien era como masajearle la boca usando la mía.

-En mi opinión, las mujeres besamos mejor que los hombres –le dije en un susurro.

No dejé de hacer pequeños intentos de comerme su boca, ella intentaba alejar su cara de mí pero yo adivinaba sus movimientos y siempre estaba allí una vez más, para hacerle sentir la dulzura de mis labios. Lo tomé como una victoria cuando ya no se movió, pude mantenerme pegada a ella más tiempo y luego comencé a besarla con calma, esto ya se veía como un verdadero beso, hasta ella movía los labios. Mi mano derecha subía por la cara interna de su pierna. Decidí darle una tregua tras unos segundos.

-¿Te gustó? –le pregunté.
-Sí –casi no pude oírla.
-Ahora ya sabés lo que se siente –no me aparté de ella, desde esta posición tenía una gran vista de su escote, mi vagina se estaba humedeciendo- eso lo podés hacer siempre que quieras, con una chica –fui muy insistente en este punto.
-Puede ser, pero con las chicas sólo podes besar.
-¿A qué te referís? Ah, ya sé. Es cierto que las mujeres no tenemos pene, eso lo sabrás más que bien, pero sin embargo hay muchas cosas que podemos hacer, que te van a gustar mucho –trepé con las yemas de los dedos por su muslo mientras intentaba separar levemente sus piernas.
-¿Cosas como qué?
-Te podría mostrar –sus mejillas estaban rojas, a pesar de la sutil base de maquillaje.

Besé su cuello, ella levantó la cabeza por instinto. Descendí lentamente hasta llegar a su pecho, luego llevé mi boca hasta la cima de uno de sus senos. De verdad eran muy suaves, no sólo le di un par de besitos sino que también aproveché para pasar un poco mi lengua. Mi mano aventurera ya estaba a pocos centímetros de su bombacha. Quise tomarla por sorpresa, fui rápido hasta su boca y volví a besarla, nuestras lenguas se encontraron al instante, le demostré lo que podíamos hacer con ellas. Edith intentaba inclinarse hacia atrás para alejarse pero yo la seguía con todo el peso de mi cuerpo. No quería golpear su cabeza contra la pared, por eso me detuve y me aparté sólo para que ella pudiera sentarse otra vez.

-Cuando estás sola –mantuve mi voz suave y sensual- ¿te gusta tocarte acá abajo? –rocé su entrepierna, podía sentir el calor que manaba.
-A veces si –lucía muy avergonzada.
-Lo más lindo es cuando otra persona lo hace por vos –mis dedos percibieron algo abultado debajo de la tela, se trataba de su clítoris, ella reaccionó al instante cuando lo toqué- ¿Te gusta?

No respondió pero tampoco negó. Seguí tocando con suavidad, intentando estimularla de a poco. Mi frente estaba pegada a la suya y la besaba en la boca en intervalos cortos. Ella estaba rígida, pero recibía mi cariño sin chistar. Moví los dedos en círculos presionando levemente su botoncito, ya podía notar su respiración agitada y la humedad invadiendo su sexo. De pronto ella comenzó a moverse como si intentara huir.

-No te pongas nerviosa, te va a gustar, ya vas a ver –esto la tranquilizó apenas, logré sedarla más dándole un beso.

Aparté su bombacha hacia un lado, toqué esa viscosa área con labios rugosos adornados con muchos pelitos rebeldes. Recordé todos los consejos de Tatiana más la experiencia que adquirí en estas últimas semanas. Lo toqueteos eran suaves pero buscaban puntos específicos, presté atención a sus expresiones faciales para saber dónde le agradaba más, aunque era difícil de determinar, reaccionaba con cierta preocupación a todo lo que le hacía. Sumergí mi mano izquierda entre sus pechos y logré sujetar uno por dentro del corpiño, su duro pezón acarició mi palma. Me incliné hasta él y luego de liberarlo comencé a lamerlo.

Mientras le daba placer pude percibir que Edith separaba un poco las piernas. Quería que ella experimentara por primera vez el extraordinario placer que provocaba una buena lamida. Me puse de rodillas ante ella y fui bajando su bombacha, con eso descubrí que ya no se oponía en absoluto.

-Esto te va a encantar –le avisé.

Abrí sus piernas hasta que las subió a la cama, levanté la pollera y pude ver su conejito peludo, tenía bastante bello en su zona baja, luego le sugeriría recortarlo, aunque yo tenía mi entrepierna un tanto descuidada y con algunos pelitos cortos asomando y no podía dar gran ejemplo. Lamí las dos caras internas de sus muslos y como me gustaba sorprender, sin que ella lo pudiera anticipar demasiado, le di una chupada en su salado clítoris. Esto le produjo un placentero estremecimiento. Debía admitir que disfrutaba mucho comiendo vaginas, mucho más de lo que yo supondría, el placer que recibía no era físico, pero era casi tan intenso como si alguien me la estuviera chupando a mí. Sus labios eran robustos, podía estirarlos en buena medida mientras los mantenía dentro de mi boca.

Edith se inclinaba hacia atrás y gemía con timidez, como si no quisiera ser oída. Mi tarea consistía en hacerla llegar al orgasmo lo más rápido posible, quería que ella sintiera todo el placer que podía otorgar el sexo oral. Era yo la primera persona que se metía entre esas piernas y eso me estimulaba más. Mi técnica resultó, no tuve que chupar más de 7 u 8 minutos. Sus jugos sexuales manaron indicándome que estaba llegando a un orgasmo, apliqué más energía a las chupadas sobre su clítoris. Sus piernas se sacudieron y yo hice lo mismo con mi cara, me mantuve haciéndolo hasta que supe que su clímax sexual ya estaba menguando.

Por más placentera que haya sido esa situación, yo aún no estaba satisfecha. Me quité toda la ropa en pocos segundos ante la expectante mirada de Edith y me tendí sobre la cama con las piernas abiertas.

-Vení –le dije haciendo señas con mi brazo y mostrándondole la más encantadora de mis sonrisas.

Dudó unos instantes, su respiración estaba agitada y parecía confundida. Pensé que no se animaría pero sin embargo colocó su rostro frente a mi sexo, lo miró durante unos segundos hasta que se animó a dar una leve lamida. Noté un gesto de desagrado, pero lamió una vez más.

-No me gusta –me dijo apenada.
-No te preocupes, al principio a mí tampoco me gustó -Eso la animó a probar una tercera y una cuarta vez, emití un gemido un tanto exagerado para estimularla- a mí me encanta como lo hacés.

Me sonrió e intentó imitar lo que yo le había hecho. ¡Qué placer! Era como si no me la hubieran chupado en meses, supe que lo que más me agradaba era que esa tímida chiquilla que acababa de conocer estuviera manteniendo relaciones sexuales conmigo. Una tiene su ego y me sentía superada al haberla conquistado de esa forma. Cuanto más tiempo transcurría mejor era la actitud de Edith, ya me la estaba comiendo con entusiasmo, sin titubear. Froté mi clítoris con una mano y mi pezón derecho con la otra.

-¡Seguí chiquita, seguí que me encanta! –dije gimiendo como una posesa.

Captó mi mensaje, comenzó a chupar fuerte, aparentemente notó que me gustaba cuando metían la lengua en mi agujerito ya que daba un chupón en algún punto exterior y luego la introducía. La dejé trabajar durante unos minutos y antes de llegar al orgasmo la detuve, quería acabar viéndola a la cara. Le pedí que se acostara a mi lado. Cuando lo hizo comencé a besarla apasionadamente buscando su vagina con los dedos. Tuve que guiar su mano a mi entrepierna para que comprendiera que deseaba que me toque. Sus labios bajos se abrieron en cuando presioné hacia adentro. Noté la inequívoca señal del apretado himen pero esto no me detuvo, empujé hacia adentro con fuerza y la desvirgué. Ella fue la segunda Lara que perdió la virginidad conmigo. No pude evitar sonreír.

-Felicidades, ya no sos más virgen –le dije penetrándola tanto como su cerrado sexo me lo permitía. Una tímida sonrisa se dibujó en su rostro.

Nos tocamos mutuamente, tuve que darle pequeñas instrucciones y mostrarle con el ejemplo cómo debía penetrarme y cómo me gustaba que me frotaran. Comencé a sacudirme cuando ella encontró algún punto ideal en mi interior y en pocos segundos acabé. Mientras gozaba de mi orgasmo, le comí la boca.

-Tenés mucho talento para el sexo –la felicité sacando los dedos- aprendés rápido.
-Gracias –dijo agachando la cabeza.
-La pasé muy lindo –noté el rojo resplandor de una virginidad que se fue entre mis dedos –vamos a lavarnos.

En el baño ella optó por lavarse utilizando el bidet mientras yo lavaba mis manos con abundante agua y jabón. Luego me vestí y ella se colocó su bombacha y acomodó la ropa. La que llevaba puesta y la que se había quitado.

-Se me hizo muy tarde –me dijo con voz queda.
-¿Querés que te lleve a tu casa?
-No, está bien. Me tomo un taxi, no te preocupes.

Le insistí varias veces pero ella prefirió irse en taxi. No pude oponerme. Mi estado de ánimo mejoró enormemente, ya no estaba desesperada por sexo, me sentía satisfecha física y emocionalmente. Me acosté temprano para estar fresca para mi jornada matutina de estudio.

Cuando estuve en la cama me puse a pensar en Edith, una chica ingenua, de tan sólo dieciocho años que perdió su virginidad… me quedé helada. Me recordó mucho a mi experiencia con ese estúpido que me desvirgó aprovechándose de mi ingenuidad. En ese momento supe que yo le había hecho lo mismo, prácticamente abusé de ella. No le di opción de elegir, simplemente la llevé al sexo sin ponerme a pensar si realmente ella estaba lista para dar semejante paso, arrebaté su virginidad como si no me importara en lo más mínimo.

Rompí en llanto, lloré hasta que me quedó la cara hinchada y los ojos me dolieron, me sentía pésima. Me convertí en una mujer promiscua que abusaba de chiquillas ingenuas. Me odiaba a mí misma. Por primera vez en mucho tiempo recé. Recé para que Edith pudiera perdonarme algún día.

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Me niego a ser Lesbiana (Parte 7)

Euforia y Furia.

Estaba shockeada, el ver ese video en manos de Anabella me revolvió el estómago, no sólo porque ella me viera practicándole sexo oral a una mujer, sino también porque si había llegado al teléfono de una estudiante del colegio secundario quería decir que mucha gente lo había visto.

– ¿Cómo… cómo? No entiendo.
– Me apena decirte que esto se está esparciendo por todas partes – la voz de la monjita mostraba sincera pena – no sé de dónde salió ni quién es la chica que está con vos, pero ambas están en un problema.
– ¡La voy a matar!
– ¿A quién?
– ¡A mi novia!
– ¿Novia? – se quedó helada – ¿Tenés novia?
– Ya no. Después de esto no – los ojos se me llenaron de lágrimas, me sentía traicionada y humillada.
– Esperá Lucrecia, serenate un poquito. Te va a hacer mal…

Miró el video que continuaba reproduciéndose en el teléfono, justo iba por la parte en que yo lamía la cola de Lara. Los ojos de Anabella parecían dos huevos fritos.

– ¿Le estás…?
– Si Anabella, eso mismo. No me mires con esa cara. Me hacés sentir peor. Ya me estoy arrepintiendo de todo, de haber estado con ella… de pedirle que fuera mi novia, hasta me arrepiento de que me gusten las mujeres.
– No creo que esto te sirva de mucho, pero yo te aconsejé que no cayeras en esas tentaciones. Las mujeres nos están hechas para mantener relaciones sexuales entre sí. Mucho menos relaciones sentimentales.
– ¿Desde cuándo sos una experta en el sexo? No te ofendas Anabella, pero sos la menos indicada para opinar al respecto – estaba enojada con el mundo.
– Tenés razón. Te pido disculpas – detuvo el video y guardó el teléfono – no creas que te muestro esto para que te pelees con tu… novia. Ni siquiera sabía que lo era. Es que sentí la obligación de avisarte.
– Está bien. Hiciste lo correcto. No es tu culpa. De todas formas me hubiera enterado, mejor que sea lo antes posible. Perdón, estoy muy enojada y no quiero agarrármelas con vos.
– De hecho tengo otra cosa que decirte y puede que sí te enojes conmigo. Estás en todo tu derecho – miré el piso con los ojos abiertos al máximo, no estaba lista para recibir otra mala noticia.
– ¿De qué se trata? – pregunté sin mirarla.
– Estuve pensándolo bien y prefiero que ya no vengas a visitarme – lo de Lara fue una puñalada por la espalda, esta me dio directo en el pecho – es que me puedo meter en graves problemas si ven que pasamos tanto tiempo juntas, más si lo hacemos a solas. No va a pasar mucho tiempo hasta que alguna de las Hermanas comience a pensar mal de nuestra amistad.
– Pero… pero somos amigas. Te pido por favor Anabella, no me hagas esto. No ahora – lloraba intensamente esta vez me quería morir en serio.
– Siempre te voy a recordar como mi amiga. Mi primer amiga de verdad. Mi mejor amiga. Aunque sólo nos hayamos visto pocas veces. Pero es mejor ponerle fin ahora, antes de que nos metamos en problemas.

Me enojé mucho más, la rabia me lleno el cuerpo. La miré con una ira asesina.

– Vos tenés miedo. Todo el tiempo tenés miedo. Por eso no vivís. Ahora vas a dejar que el miedo te aleje de tu mejor amiga. Vos nunca tomás riesgos. Lo malo que te pasó ya quedó en el pasado pero vos seguís aferrada a una vida vacía y sin emociones.
– Entiendo que estés enojada…
– No me interrumpas, estoy hablando – enojada era poco, a eso había que sumarle dolida, traicionada, pisoteada, humillada y muchas cosas más – este es el momento en que más necesito tu amistad y vos me das la espalda – en ese momento recordé unas palabras que mi madre repetía a menudo – ¿A qué te suena si te digo: Sobrelleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo?
– Gálatas 6:2 – no lo pensó ni un segundo – No se dejen engañar, las malas compañías corrompen las buenas costumbres – ni siquiera sabía de dónde era eso, como no dije nada, me respondió – Corintios 15:33

No podía competir con versículos contra una monja, pero al menos quería dejarle bien en claro lo que sentía en ese momento.

– ¡Andate a la mierda Anabella! – me levanté y me fui dando un portazo.

Esa tarde, antes de que la monja me llamara, había acordado verme con Lara en el patio de la Universidad, ya debía estar llegando tarde a mi cita. Fui hasta allá hecha una furia. Si la Madre Superiora se hubiese cruzado en mi camino le hubiera dado una patada en el mentón sólo por haberme presentado a Anabella.

Llegué al patio sin matar a nadie… por ahora. Vi a mi novia… mejor dicho, ex novia, sentada en uno de los bancos del patio, estaba de lo más tranquila.

– ¡Me cagaste Lara! – le grité apenas la tuve cerca – ¿Qué tenés en la cabeza, cómo se te ocurre mandar ese video? – noté el pánico en su rostro.
– Perdón es que yo…
– ¡Perdón nada! Ahora todo el mundo va a saber que soy lesbiana. ¿Te imaginás que pasaría si mis viejos llegan a ver eso? Me mandan a un internado en Groenlandia hasta que se me congele la concha – estaba tan enojada que ni me importó gritarle esa palabra.
– No pensé que…
– ¡Claro que no pensaste! Total a vos solamente se te ve la concha – se la dije otra vez – a la que se le ve la cara es a mí y bien clarito. No te quiero ver más Lara. Esta no te la perdono – sentía que mi vida se estaba derrumbando – no me hables ni me llames más.

Me alejé de ella a paso furioso, estaba tan descontrolada que se me bajó la presión y tuve que sentarme contra un árbol para no desmayarme. Metí la cabeza entre las piernas y de a poco fui recomponiéndome, pero la bronca y el dolor permanecían intactos.

– ¿Flaca estás bien? – me preguntó una chica. Cuando levanté la cara ella se sorprendió – vos sos la chica…
– ¿Me podés dejar en paz? – ni sabía quién era, pero ella ya me conocía. Seguramente al video lo había visto media Universidad y posiblemente ya estaba dando vueltas por toda la ciudad… y por internet.
– Perdón. Es que te vi mal. ¿No querés que llame a alguien?
– No, dejame sola.

Por suerte se fue. Estuve sentada sin moverme durante 20 minutos. Luego me subí a un taxi, fui hasta mi casa y me encerré en mi cuarto a llorar hasta que me quedé dormida. Había perdido a las dos personas que más quería en cuestión de pocos minutos.

Me pasé los siguientes días con una depresión tremenda. Con suerte me vestía para ir a la facultad, iba toda despeinada y desalineada. A veces ni siquiera concurría a las clases. Me quedaba en casa leyendo los libros que Lara me prestó, si bien me recordaban mucho a ella la trama me envolvía y me hacía pensar en otra cosa, al menos por un rato.

Una tarde, creo que era Lunes… o Jueves, estaba sentada en el patio de mi casa con los pies sobre el sillón y el mentón sobre las rodillas. Escuché unos pasos pero ni siquiera me volteé para ver de quién se trataba. Podía ser la mismísima Parca que me importaba muy poco.

– ¿Estás bien hermana? – era Abigail, hubiera preferido que sea la Parca. Cómo habrá sido de patético mi estado para que ella se acerque a hablarme.
– No, la verdad que no – ya ni me salía disimular.
– ¿Por qué, qué te pasó? – se sentó en un sillón frente a mí.
– Me pelé con mi… – casi digo novia – con mi pareja.
– ¿Con Lara? – si me hubieran apretado los pezones con tenazas no me hubiera sobresaltado tanto.
– ¿Cómo sabés? – tal vez vio el video y lo dedujo.
– Es que un par de veces las escuché mientras tenían sexo. Es que tu cama está contra la pared que da a mi cuarto.
– ¿Y a vos eso te molesta?
– No Lucre, para nada. Al contrario, me alegra que salgas con mujeres – su sonrisita era preciosa pero sus ojos se fijaban en uno con una intensidad que espantaba.
– ¿Por qué te alegra?
– Así tengo menos competencia. Vos te quedás con las mujeres y yo con los hombres.
– Prometeme que no le vas a contar a nadie, mucho menos a mamá – asintió con la cabeza – Yo no quiero muchas mujeres. A mí con una me basta. Sólo la quería a ella.
– ¿Segura? – maldita enana ¿Acaso podía leer la mente? No me extrañaría que fuera así – vos ahora estás hecha mierda porque pensás que Lara era el amor de tu vida, que era la única mujer que existía en el mundo, lo cierto es que el mundo está lleno de gente y siempre vas a conocer a alguien que sea tan o más interesante que ella. Puede que allá afuera haya muchas mujeres mejores que Lara esperando por vos.
– Gracias hermanita – estaba sorprendida – tus palabras son muy sabias ¿De dónde las sacaste?
– Es lo que le digo a todos esos boludos que se enamoran de mí. Se creen que por un… beso ya me voy a casar con ellos.
– ¿Beso? No creo que te estés refiriendo a besos Abi. ¿Qué andás haciendo? Vos sos muy chiquita.
– No soy chiquita, tengo 18 y tengo las cosas más en claro que vos. Eso te lo aseguro. Podré estar loca, pero sé sacarle provecho a mi locura. No me obligues a emplearla con vos.

Me apuntó a la cara con su dedo índice, su mirada era amenazante, un segundo después ya sonreía con ternura. Madre mía, la chica estaba como una cabra. Pero bueno, a veces los locos dicen grandes verdades.

– Está bien, no es necesario que me cuentes nada. Solamente te pido que te cuides.
– Mejor que se cuiden ellos… – miró al piso como si estuviera planeando cavar una tumba.
– Emm, sí. Supongo que eso también es importante. En fin, voy a intentar ponerme mejor. Gracias por tus palabras.
– ¿Querés que vaya a hacer entrar en razón a Lara? – me la imaginé torturando a la pobre muchacha. Colgándola con anzuelos de los pezones o cosas por el estilo.
– No Abi, no es necesario. En serio – le di un abrazo con la misma calidez y tranquilidad con la que alguien puede abrazar una granada de mano sin seguro – ya hiciste mucho por mí.

De verdad me reconfortó mucho hablar con ella, ese día empecé a responderles los mensajes a mis olvidadas amigas. Hasta fui a la casa de Jorgelina, una de ellas. Estuvimos tomando mates y riéndonos durante un buen rato. Ella era una chica bastante promiscua y todas lo sabíamos ya que ella hablaba del tema abiertamente. Era heterosexual al 100% por lo cual ni siquiera intenté avanzarla. Cuando vio mi video porno no se escandalizó ni dejó de hablarme, le parecía de lo más bien. Me dijo que la que armó una tremenda fue Cintia, esa chica que había echado a Tatiana de su casa. Se la había pasado hablando mal de mí y de toda lesbiana que conociera o no. Me alegré que no todas mis amigas fueran tan estúpidas como ella.

Jorgelina solía vestir ropa provocativa y no hice más que mirarle las tetas a través del prominente escote de su remera sin mangas. No eran tan grandes, pero si estaban bien definidas y bronceadas por el sol. Fue obvio que ella notó que mis ojos quedaban rebotando entre sus gomas, pero no me dijo nada. Hasta se inclinaba un poco hacia adelante como diciendo “Mirá tranquila, siempre y cuando sea solo mirar”. Eso último me lo dejó en claro cuando me dijo que me golpearía si intentaba seducirla, pero que yo podía andar con cuanta mujer quisiera.

Esa noche intenté masturbarme pensando en sus tetas, pero no logré concentrarme. Fue muy frustrante. Creí que un poco de sexo, aunque fuera sola, me haría poner mejor pero al parecer ya no disfrutaba tanto de la autosatisfacción o no estaba de humor como para hacerlo.

Me puse a recapitular todas mis acciones en los últimos tiempos, mi vida dio giros bruscos e inesperados. Tal vez todo sea mi culpa por ir tan rápido, por no medirme. Salté de cabeza hacia un mundo desconocido. O tal vez mi único error fue confiar en Lara… y creer que Anabella valoraba nuestra amistad. Estuve a punto de llorar una vez más cuando me llega un mensaje de texto al celular. Era Tatiana:

~ Hola Lucre, ¿Cómo te sentís, ya estás un poco mejor?

Ella también vio el famoso video y quedó indignada por la actitud de Lara, tanto que dejó de hablarle. A mí no me molestaba que mis amigas le hablaran, pero ellas lo decidieron así, aparentemente todas se pusieron de mi parte, excepto Cintia que se puso en contra de las dos. Tener el apoyo de mis amigas me reconfortó mucho.

Me causó un poco de gracia el imaginar que Tatiana me viera como estaba ahora. Acostada al revés en mi cama, con mis piernas levantadas apoyadas contra la pared que daba al cuarto de mi hermana y sin nada abajo, pero arriba iba completamente vestida, hasta con corpiño. Seguía tocándome más por hacer algo con las manos que por verdadera excitación.

~ Hola Tati, todavía estoy un poco triste pero me alegra mucho que me escribas.

No quería llamar la atención pero tampoco quería mentirle. Si le decía que estaba espléndida no me creería.

~ Me imaginé. Tenés que hacer algo Lucre, divertirte un poco. ¿Hace cuánto no salís?
~ Hoy visité a Jorgelina, la pasé muy bien.
~ Si, me contó. Pero me refiero a salir a bailar, a tomar algo. A dar una vuelta.
~ Hace mucho que no hago eso.

Mi última salida fue al boliche gay, Afrodita, la noche en que tuve sexo con una desconocida, el recordarlo me estimuló un poco y la masturbación estaba llevando buen ritmo ahora. Me alegré por eso y me esforcé por recordar el sabor de esa vagina anónima.

~ Tenés que salir amiga. Divertirte un poco, aprovechá que hoy es sábado.
~ No sé, no estoy de ánimo. Con decirte que no puedo ni masturbarme, hace rato que estoy probando, voy bien un ratito y después decaigo.

No me molestaba hablar de temas sexuales con ella, Tati era básicamente mi tutora, mi sexóloga, sentía que podía contarle casi cualquier cosa.

~ Justo tenía algo para darte. A ver si esto te levanta el ánimo y te estimula para tu masturbación.

Me envió una foto, a primera vista supe de qué se trataba. Era una vagina, abierta con dos dedos y llena de pelitos prolijamente cortados. La piel era más pálida que la de Tatiana así que de inmediato supe que no era ella.

~ Qué buena foto ¿Quién es?
~ Una de tus admiradoras secretas. No sé quién es, sólo me pidió que te haga llegar la foto.
~ ¿De verdad? ¡Qué loco!
~ Si, después te cuento bien cómo fue. Vos me prometiste que saldrías conmigo al menos una vez si te definías como lesbiana.

Lo recordaba muy bien, no es que esté 100% definida como lesbiana pero no era argumento para quebrar una promesa.

~ Está bien, vamos a salir. Esta noche paso a buscarte por tu casa.
~ ¡Dale! Qué bueno. Igual salimos como amigas, no te sientas obligada a hacer nada.
~ Gracias, es bueno saberlo. Me deja más tranquila.

Arreglamos los últimos detalles para nuestra salida y me puse a mirar esa foto. La vagina era muy hermosa, estaba húmeda, señal de que estaba masturbándose en el momento que la tomó. No sabía quién podía ser pero me recordó a la chica llamada Samantha que me dejó su número de teléfono en el baño de la Universidad. Tal vez había averiguado quién era yo, con esto del video me volví toda una celebridad.

Me metí dos dedos fantaseando con esa chica, no sabía cómo era su rostro pero si era tan lindo como su vagina, sería preciosa. Ese clítoris rosado asomándose me fascinaba. Masturbarme y llegar al orgasmo me levantó mucho el ánimo y me alegró el día, además la idea de tener una admiradora secreta me emocionaba y levantaba mi ego.

Me bañé y me arreglé un poco. Me puse la pollera más cortita que tenía, era pegada al cuerpo y marcaba muy bien mis largas piernas, también me puse una linda y diminuta tanga negra. Me había comprado toda esta ropa para estar con Lara pero nunca tuve la oportunidad de usarla con ella. Una blusa negra tipo corset completaba mi vestimenta y marcaba bien mis pechos, sonreí al verme al espejo. No quería quedar como narcisista pero la verdad es que estaba bonita, lo único que no me agradaba era el color de mi cabello. Me encantaría que fuera negro.

Como saldría con el auto decidí que tomaría menos alcohol que la última vez. Llegué a la casa de Tatiana, era la primera vez que la visitaba. Me hizo pasar mientras se daba los últimos toques y me apenó bastante ver en qué condiciones vivía la pobre chica. Sabía que era hija única y que sus padres eran honestos y trabajadores, pero la precaria situación económica era evidente. La casa estaba limpia y ordenada pero era muy pequeña, tan sólo mi cuarto abarcaba casi la mitad de la vivienda. Se me hizo un nudo en la garganta. Me pregunté cómo harían para costear la Universidad, por más que Tatiana trabajara para reducir la cuota, ésta aún sería considerablemente alta. Por suerte a la chica le iba bastante bien en sus estudios.

– Estoy lista – me dijo pocos minutos después y ahí reparé en lo hermosa que estaba.

Su voluptuosa figura estaba finamente envuelta en un atuendo similar al mío, pero de color azul eléctrico. Su pollera era más suelta y la blusa se sostenía con dos finas tiritas de sus hombros. Estaba muy bien maquillada, era llamativa pero no vulgar. Sus gruesos labios estaban pintados de un rojo suave y tenía delicados brillitos y sombras alrededor de los ojos.

– ¡Wow! Estás hermosa Tati – lo dije con gran sinceridad.
– Gracias Lucre. Vos también.

Subimos al auto y comenzamos a recorrer las calles charlando un poco.

– Contame, ¿cómo es que te llegó la foto de mi “admiradora”?
– No hay mucho que contar. Me la mandó por mensaje, el número figuraba como “Desconocido” y decía algo así como: “Si conocés a la chica del video hacele llegar esta foto. Decile que es hermosa y que no me olvido de lo que me dijo una vez.”
– ¡Ya sé quién es! O sea, en realidad no sé.
– Ah claro. Entiendo.
– Tiene que ser la chica del baño. La que me dejó su número de teléfono. Se llama Samantha.
– ¿Qué baño?

Le relaté lo ocurrido con Lara en el baño de la Universidad.

– ¿Y vos nunca la llamaste? Es evidente que la chica está muy interesada en vos Lucre. Deberías llamarla.
– Lo voy a pensar.

Llegamos a la puerta de Afrodita, el boliche gay. Tatiana sólo lo conocía de nombre, era la primera vez que venía. Me sorprendió un poco pero luego recordé que el lugar era bastante caro, cada trago costaba una fortuna, así que no dije nada. Al pararme en la entrada reconocí a uno de los guardias de seguridad, era el que me ayudó con el inconveniente con esa lesbiana que parecía hombre.

– Hola linda – me saludó. Era un hombre de hombros exageradamente anchos, sus brazos parecían barriles y su cabeza era como un huevo, la llevaba completamente afeitada – que bueno verte por estos lados otra vez. Si llegás a tener algún problemita, avisame.

Sospeché que estaba intentando ligar conmigo, lo cual me enfureció un poco.

– No te hagas ilusiones. Soy lesbiana – le dije. Sonó tan raro viniendo de mi boca.
– No te las hagas vos. Soy gay. Me llamo Miguel.
– ¡Uy, perdón! Es que… – genial Lucrecia, una persona tiene un gesto desinteresado y honesto con vos y lo tratás como si fuera trapo de piso – yo me llamo Lucrecia y ella es Tatiana – intenté arreglar un poco las cosas.
– Todo bien. No pasa nada. Espero que se diviertan. Están muy lindas las dos – era un amor. Tres toneladas de puro amor gay.

Ingresamos al boliche y analizamos el entorno. Instintivamente busqué a esa desconocida con la que había tenido sexo, pero no la vi por ninguna parte. Me alegré porque tenía miedo de que se enojara conmigo por rechazarla. Nos acercamos a la barra y pedí dos “Sex on the beach”

– Tenés que probar esto Tati, está buenísimo.

Nos pusimos a tomar despacio mientras intentábamos deducir quién era gay, quién lesbiana, quién bisexual y hasta marcamos a algunos como heterosexuales, ya que el boliche no discriminaba.

– Ese pelotudo vino a levantar lesbianas – dijo Tati señalando un muchacho algo retacón con barba de unos días y piel bronceada por el sol.
– Bueno, con nosotras va muerto – lo dije porque el tipo en cuestión venía caminando hacia nosotras.
– ¿Cómo andan criaturitas bellas? – nos dijo ni bien estuvo parado delante nuestro, su actitud era soberbia en extremo.
– Bien gracias – contesté sin entusiasmo y di unos sorbos al trago.
– Si están buscando a un buen candidato para un trío dieron con el hombre justo.
– Que sutil, que humilde – me estaba enojando con él – pero no buscamos eso, gracias.
– Vamos linda, no te pongas así, vas a ver que te gusta cuando pruebes – intentó acariciarme el pelo pero lo aparté de un manotazo.
– Hey amigo, no molestes a las chicas.

Esas palabras vinieron de un muchachito rubio con el cuerpo de un dios griego. Parecía tener unos 25 años. Era hermoso, no exagero al decir que me recordaba un poco a Brad Pitt. Lo extraño es que mi instinto heterosexual no se activó para nada. Admitía que el chico era lindo sólo porque era más que obvio y sé reconocer la belleza en las personas. Creo que Tatiana opinaba igual que yo.

– ¡Qué te metés, puto de mierda! No me digas amigo porque te voy a romper la cara.
– Calmate loco – la voz del rubio era varonil, no sabía por qué este idiota afirmaba que era gay – nadie te hizo nada. ¿No sabés que la regla de este lugar es no molestar a la gente?
– Yo no estoy molestando, estoy invitando a las chicas a una linda fiestita.
– Estás molestando flaco – dijo Tatiana – mi amiga ya te dijo que no.
– Creo que ya te lo dejaron en claro – dijo el rubio con voz suave.
– ¡Que no te metas, anda a que te rompan el culo por ahí, puto de mierda! – empujó al muchacho y éste ni siquiera se enojó – andate antes de que rompa la cara, putito.

En eso una gran sombra eclipsó las luces del boliche y una enorme silueta calva apareció a espaldas del brabucón. Era Miguel.

– ¿Tenés algún problema flaco? – su voz resonó como un trueno de Zeus.
– ¿Eh? No, no. Ninguno – se puso pálido al voltear y ver a ese gigante – es que el maricón este me está molestando – gran error, me reí porque me imaginaba lo que vendría.
– Ah mirá vos – dijo el guardia de seguridad – yo también soy maricón – su mano derecha se cerró como una tenaza en el cuello del imbécil – ¿tenés algún problema con los maricones? – lo levantó sin problemas hasta ponerlo a la altura de sus ojos. Intentó hacer pie pero no encontró más que aire bajo las suelas.

El tipo se meó encima. Literalmente. La orina manchó todos sus pantalones. De más está decir que no pudo ni responder a la pregunta de Miguel. Un minuto más tarde lo vi volando por la puerta de entrada hacia la calle. Un empleado de limpieza tuvo que acercarse a trapear el suelo.

– Gracias por ayudarnos – le dije a nuestro héroe rubio, porque el calvo no volvió, se quedó custodiando la puerta.
– De nada, me molestan mucho este tipo de imbéciles que vienen a un boliche gay pensando que las mujeres se les van a regalar.
– ¿Hace mucho que venís? – le pregunté.
– Si, bastante. Me llamo Rodrigo – nos tendió su mano – no se asusten, no estoy intentando “engancharlas” yo soy la pareja de Miguel. El pelado ese que…
– Si, lo conozco. Tiene buen gusto ese Miguel – sonreí porque la pareja me pareció muy tierna.
– Vos le podrías haber pegado tranquilamente a ese estúpido – aseguró Tatiana.
– Puede que sí, pero no sería correcto. Para eso están los guardias de seguridad. Además me encanta ver como Miguel siempre viene a ayudarme – se acarició el pelo y sonrió. Era todo un Adonis.
– ¿Hace mucho son pareja? – quise saber.
– Unos cuantos meses, en realidad no somos una pareja fija. Estamos juntos todo el tiempo que podemos pero cada cual hace su vida.
– ¿Hasta están con otros hombres?
– A veces sí. Ninguno de nosotros posee al otro. La verdad es que nos llevamos muy bien. Por cierto, ese es el mejor trago del boliche. Buena elección.

En ese momento supe que había ganado un nuevo amigo. Lo invitamos a tomar con nosotros. La charla fue muy divertida. Hasta le di mi número de teléfono para que podamos seguir conversando alguna otra vez, le dije que si quería podía visitarme junto con Miguel, a mi madre le encantaría tener una pareja de fortachones homosexuales rondando por la casa. Seguramente después llamaría un exorcista para que la limpie de pecados y demonios. Un rato más tarde Rodrigo se fue a hablar con otro chico, era cierto que a Miguel no le molestaba porque en cuanto los vio besándose, sonrió. Qué extraña pareja.

Tatiana se paró más cerca de mí, supe que con eso le estaba diciendo a las demás chicas del boliche que ella estaba conmigo. La tomé por la cintura y la acerqué más. Seguimos conversando como buenas amigas, todo parecía bastante normal hasta que giré para dejar mi vaso vacío sobre la barra, su carita sonriente quedó muy cerca de la mía. Agaché la cabeza por pudor. Estaba divina. Sus cachetes regordetes me parecían de lo más simpáticos. Se volteó más hacia mí y acarició mi cabello. No se movió, esperó. Cuando yo me decidí, la besé. Fue mi primer beso a una mujer en público. Sentí una enorme liberación, allí nadie me juzgaría. Su boca sabía al trago que estábamos tomando, sus besos eran deliciosos. Acaricié la parte trasera de una de sus piernas hasta llegar a su cola, era muy suave y tibia, supe que llevaba ropa interior pequeña porque su nalga estaba completamente desnuda. Dejamos de besarnos pero no nos separamos. En ese momento habíamos puesto la firma de lo que haríamos esa noche.

– Te prometo que esta vez no me voy a echar para atrás – la hice sonreír.
– ¿Querés que vayamos a un lugar privado?
– ¿Como ese? – señalé los cubículos que podían cubrirse con una cortina.
– No, eso no es tan privado como lo que tengo en mente.
– ¿Entonces, a dónde querés ir? – aún conservaba una buena dosis de ingenuidad.
– A un telo Lucre.

Se me aceleró el corazón, nunca nadie me había invitado a ir a uno de esos lugares. Jamás había visto uno ni siquiera por fuera. Que sea una mujer tan bonita la que me lo pida me generó más morbo. Me gustaba lo prohibido, al menos lo que para mí estuvo prohibido durante años.

– Me encanta la idea. Vamos – ya estaba decidida.

Pagué los tragos consumidos y salimos tomadas de la mano. En la puerta saludé a Miguel y le di las gracias por todo. Nos deseó buena suerte y subimos al auto.

Las calles estaban llenas de gente y tuve que manejar despacio. Tati me acarició la pierna derecha para mantenerme a temperatura ideal. Su mano buscaba constantemente mi ropa interior. Hubo un par de peatones que notaron las caricias de mi amiga pero no me importó, al contrario, la situación me divertía mucho. Tuve que confesarle que nunca fui a un telo y no sabía dónde podía encontrar uno. Ella me dio indicaciones hasta que llegamos a un sitio oscuro y de mala muerte. No me gustó para nada.

– No te ofendas Tati, pero me da un poco de miedo entrar a ese lugar. Parece la casa de Jack el Destripador ¿No hay otro mejor?
– Mejores hay muchos, pero son carísimos.
– No te preocupes. Yo invito. Vamos a pasarla bien en grande – le guiñé un ojo.
– Pero vos ya pagaste los tragos.
– Hoy invito yo. En serio Tati, no te preocupes.

Me llevó un par de minutos convencerla. Accedió porque la amenacé con llevarla a su casa. A continuación me guio hasta el hotel más bonito que se le ocurrió, estaba bastante alejado de la zona céntrica, por no decir en la otra punta de la ciudad. Cuando llegamos noté la gran diferencia, tenía una entrada propia para vehículos y todo estaba muy bien decorado. Ni siquiera tuve que bajarme del auto para reservar una habitación, estaba nerviosa y ansiosa. Reservé una que figuraba como “Tradicional” pero que también era de las más bonitas, según el recepcionista.

– Pedile preservativos, esos los compro yo – me dijo alcanzándome un billete.
– ¿Preservativos, acaso tenés miedo de que te deje embarazada? – me reí como tonta, no entendía nada.
– Ya vas a ver para qué son.

El muchacho que nos atendió supo que éramos dos mujeres pero no le resultó extraño que compráramos los dichos profilácticos.

La habitación era preciosa. La decoración era exquisita y luces rojizas generaban un ambiente increíble. De hecho casi todo era rojo pasión. Estaba encantada. Cuando ya estaba por tirar a Tatiana arriba de la cama, ella me detuvo.

– Esperá, me quiero dar un baño. No me tardo nada. No espíes.

Se metió al baño y escuché la ducha, mi ansiedad crecía sin control, esta chica me estaba volviendo loca, supuse que lo hizo a propósito, para que me carcomiera la cabeza. Me puse a mirar todo, la cama era gigante, allí podrían dormir cuatro o cinco personas fácilmente. Al menos personas de mi tamaño. Noté una especie de camilla similar a las que usan para hacer masajes, supuse que para eso estaba. Los cuadros eran bonitos y parecían originales. Nada de copias impresas. Eso le daba mucho prestigio al lugar. Valía la pena haber pagado tanto.

Tatiana salió envuelta en una toalla, hasta llevaba el cabello húmedo. No podía ver mucho más de lo que me mostraba cuando tenía el vestido, ya no llevaba maquillaje y estaba igual de hermosa. Le dediqué una amplia sonrisa y le dije que yo también quería darme un baño. No quería quedar como una roñosa. En menos de cinco minutos salí envuelta en mi toalla, no sé para qué, porque se me cayó al piso ni bien abrí la puerta. Me quedé paralizada y sorprendida.

Sobre la cama estaba Tatiana, completamente desnuda y con las piernas abiertas mostrándome su vagina, la cual estaba abriendo con sus manos.

– Esta me la debés – me dijo mirándome a los ojos – no sabés cuánto lo esperé.

Con el corazón repiqueteando me tiré sobre la cama. El colchón era muy suave. Pensé que iríamos de a poco pero su actitud me volvió loca. Abrí la boca y di una frenética chupada a su concha, estaba toda viscosa. ¡Era deliciosa! Separé más sus piernas y pasé mi lengua. Mis movimientos eran pausados pero intensos. Otra chupada, otra lamida. Tatiana gemía. En ese instante todos mis problemas se desvanecieron. Sus grandes muslos me envolvieron y quedé pegada a su carnosa almejita. Me llené la boca con sus jugos, me sentía como un monito hambriento comiendo una rica fruta madura. Era una excelente forma de dar inicio a nuestra velada sexual. Manaba tanto líquido que me vi obligada a dejarlo salir de mi boca de a poco para poder seguir chupando, mi cara estaba llena de saliva y flujo vaginal, las sábanas estarían igual dentro de poco. Fue soltando de a poco mi cabeza para abrir nuevamente las piernas. Para no seguir sorbiendo tanto, aunque si me gustara hacerlo, froté su clítoris con mis labios moviendo la cabeza rápidamente de un lado a otro, esto pareció gustarle mucho.

– Ay si Lucre, que bien que la chupás.
– Y eso que hasta hace poco era virgen.
– Vení hermosa, dame esa conchita que te la quiero comer toda.

No me iba a negar a su pedido, pero tampoco quería dejar de chupar. Me senté sobre ella y bajé la cabeza hasta que volvió a quedar entre sus piernas. Enseguida comencé a delirar de placer, las chupadas que me dio en el clítoris fueron mucho más enérgicas de lo que esperaba.

– Ahhh, Ahhhhh, Ahhhh Ay mamita querida – la chica tenía experiencia en sexo lésbico, no podía concentrarme en mi tarea de lamerle la rajita. Su lengua no paraba ni un segundo, se metía por cada recoveco de mi sexo – Ay Tati, Siiii. Me encanta.

Me esforcé por darle placer al mismo tiempo que ella me lo daba a mí. Aferrada a sus muslos hundí mi boca en el centro de la división de su vagina, que se abría como una flor en primavera. Nos perdimos en el tiempo paralelo del sexo, no sabría decir si estuvimos chupándonos mutuamente 15 minutos o una hora, lo que sí sé es que ambas lo estábamos disfrutando a pleno, sus labios vaginales me encantaban, eran mucho más gruesos que los míos o los de Lara, y se sentían sumamente suaves entre mis labios.

Tati me dio unos empujoncitos en las piernas indicándome que me apartara, me acosté sobre la cama y le sonreí.

– No puedo creer que estemos haciendo esto – me dijo.
– ¿Por qué no?
– Es que desde que apareció tu video con Lara te volviste la fantasía de todas las lesbianas de la Universidad y me parece muy loco que me hayas elegido a mí como… compañera sexual.
– Ay Tati, que tierna – me acerqué y la besé, teníamos las bocas llenas de flujos vaginales – pero si vos sos tan linda. Creeme que desde el día en que empecé a aceptar mi gusto por las mujeres que fantaseo con vos, especialmente después de lo que hicimos en el vestuario. Fue muy especial para mí.
– Tengo otra cosa que puede ser muy especial. No sé si lo habrás probado. Buscá los preservativos.

Intrigada y entusiasmada fui a buscar la cajita, dentro había tres. Tatiana rebuscó entre los cajones de las mesitas de noche hasta que extrajo un objeto. Me senté en la cama y vi de qué se trataba. Sonreí con la boca abierta, era un consolador color violeta.

– Me imagino que acá los deben limpiar muy bien, pero es mejor no arriesgarse, pasame uno de los preservativos.

Hice lo que me pidió, era la primera vez en mi vida que abría uno de esos paquetitos, estaba entusiasmada, me sentía como una niña con juguete nuevo. ¡Esperen! Pero si yo era una niña con un juguete nuevo.

– ¿Alguna vez usaste un dildo? – me preguntó
– ¿Así se llaman? pensé que era un consolador. Nunca usé uno.
– Es lo mismo. Abrí las piernas – dijo cuando ya le había colocado el profiláctico.

Mis nervios eran evidentes, nunca me había metido nada en la vagina más que dedos. Ella no se demoró. Posó la punta del juguetito sobre mi clítoris y comenzó a acariciarlo con él. Luego jugó entre mis labios, supe que intentaba dilatarme con cuidado. Apreté mis tetas y mantuve las piernas bien abiertas, quería disfrutar de cada momento. En eso percibo que el dildo está haciendo su primer intento por penetrarme, creo que generé tantas expectativas que me puse nerviosa y mis músculos vaginales se contrajeron. Sentí un poco de dolor pero por suerte Tatiana se detuvo casi al instante. No dejé de pellizcar mis pezones y ella lo intentó una vez más, pero sólo pudo introducir una pequeña parte y yo sentía que mi estrecha vagina no tendría lugar para el resto.

– Mejor probemos de otra forma – dijo mi compañera sexual – no quiero lastimarte.
– ¿Cómo hacemos entonces? Porque yo de verdad quiero saber qué se siente tenerlo adentro.

Colocó el consolador sobre el colchón, apuntaba al techo y ella lo sostenía firmemente con una mano desde la base.

– Sentate arriba y vas bajando tranquila. No te pongas nerviosa que no es tan grande.

Le sonreí y me coloqué en cuclillas sobre el pene plástico. Mis pies se hundieron un poco en el colchón pero me sostuve con la fuerza de mis rodillas. Cuando la puntita estuvo en mi abertura vaginal comencé a bajar lentamente, esta vez fue muy diferente, sentí la dilatación y la penetración al mismo tiempo, aunque sólo fueron un par de centímetros.

– Ahora subí otra vez – me indicaba mientras acariciaba mi clítoris.

Me elevé hasta que salió y bajé otra vez. La sensación fue mucho más placentera y suave. Tenía las manos en las rodillas y los ojos cerrados, quería concentrarme en esas nuevas sensaciones. De a poco noté que el dildo me penetraba más a medida que yo repetía la acción de subir y bajar. Las caricias de mi amiga me incentivaban a seguir y la lubricación de mi sexo sumada a la del preservativo, me facilitaban mucho la tarea. Ni siquiera el pene del desgraciado que me desvirgó era tan grande como este dildo. Todo esto era nuevo para mí y no quería apresurarme. Me fui acostumbrando a tenerlo dentro y dejarlo salir de a poco.

Pasados un par de minutos ya podía moverme más rápido. Me percaté de que literalmente estaba teniendo sexo empleando un consolador, las penetraciones ya eran limpias y se hacían cada vez más profundas, cuando el concepto de acto sexual se hizo presente en mi cabeza comencé a gemir y a moverme más rápido. Ya no era una prueba. Bajé tanto como mi estrecha vagina me lo permitió pero me levantaba asustada, hasta que en un momento pasó. Por mi calentura no medí los movimientos y bajé más de lo esperado, el dildo se me metió hasta que mis labios vaginales besaron la mano de Tatiana.

– ¡Ahhhh! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhhh!

Me gustó tanto que lo repetí una y otra vez, subiendo lo más que podía y bajando hasta donde daba. Podía sentirlo muy dentro de mi cavidad. Me enamoré de esa sensación. Todo me parecía inmejorable, pero Tati me tenía reservadas un par de sorpresas. Bajé una vez más y ella empujó desde abajo hacia arriba.

– ¡Ahhhhhh! ¡Se me clavó todo! ¡Ahhhhh! ¡Ay Tati, ahhhhh!

No lo podía creer el consolador se perdió por completo dentro de mi vagina, ella lo mantuvo dentro con su mano y de inmediato se lanzó a chuparme el clítoris. La succión de su boca me volvió loca, además lo acompañaba bombeando el dildo en mi interior, éste salía apenas un centímetro y ella volvía a meterlo.

– ¡Asiiii asiiii! ¡Ahhhhhhhhh!

Estaba descontrolada, nunca había estado tan excitada en mi vida, bueno, tal vez si con Lara, pero en este momento no quería pensar en ella. Dejé que Tati me diera placer durante varios minutos, en todo ese tiempo permanecí en cuclillas aunque las rodillas me dolieran. Pero ya no aguanté más, quería sentir mi placer prohibido, el que tanto me avergonzaba y que sólo me atreví a confesárselo a mi ex novia. Con un rápido movimiento me puse en cuatro sobre la cama, Tatiana sacó el dildo de mi vagina la cual dejó salir una buena cantidad de flujo sexual.

– ¡Metemelo en el culo! – rogué sin medir mis palabras – ¡metemelo!
– ¿Estás segura Lucre?
– ¡Si, dame por la cola! – separé mis nalgas y bajé la cabeza.
– Te va a doler.
– No me importa.

Pero Tatiana que era sabia en materia sexual no me hizo caso del todo. Metió otra vez el consolador en mi vagina y se limitó a lamerme la cola. Eso me encantó, pero no era lo que yo había pedido. Estuve a punto de reclamarle cuando sentí que me metía un dedo por el agujerito negro. ¡Qué placer! Ya con eso me bastó. Lo movió dentro, lo sacó y lo volvió a clavar mientras hacía lo mismo con el juguete sexual y exploté en un orgasmo. Mi vagina se llenó de líquidos, no lo noté, pero lo supe después, cuando vi las sábanas mojadas. Mis gemidos se incrementaron al máximo, ya no gemía. Gritaba. El saber que nadie en ese lugar se quejaría de mis expresiones sexuales me sirvió para descargarme, hice katarsis, fue como tachar todos los problemas de mi vida de una vez. Quería gritar, necesitaba gritar. Lo hice hasta que caí rendida en la cama.

Tatiana me abrazó de inmediato por un costado, la calidez de su cuerpo y la suavidad de sus grandes tetas me trasladaron a un mundo de paz y armonía. Me besó. La humedad de su boca me tranquilizó mucho. Su beso era apasionado, más que los que nos habíamos dado en el pasado. Movía su cabeza de un lado a otro sin desprenderse de mis labios. Busqué a tientas su vagina y comencé a masturbarla. Un hombre no podría darme tanto placer, no lo creía posible. No sentiría esa calidez, esa suavidad, ese deseo inmenso, esa lujuria. Allí fue cuando supe que las mujeres estaban en un escalón superior. Ya no diría que disfrutaría de mujeres hasta que consiguiera el hombre ideal, ahora sabía que la prioridad en mi vida sería el sexo femenino y si algún día encontraba un hombre que valiera la pena, pues muy bien, pero no lo buscaría.

– Perdón Tati, me puse como loca. Dije una estupidez. ¡Qué vergüenza! – recordé mi desesperado pedido.
– ¿Vergüenza, por qué?
– Porque… ¿Cómo te voy a pedir que me metas eso en la cola? – estaba sonrojada – no pienses que me gustan esas cosas… yo…
– Lucrecia, no tenés que explicar nada. Si te gusta el sexo anal está todo bien. Es normal. Pero te recomiendo que lo hagas de a poco, con calma. No podés meterte esto de una vez – me enseñó el dildo – te podés lastimar.
– ¿De verdad pensás que no es una locura?
– Y… si es una locura tengo que admitir que estoy loca. Porque a mí me encanta que me metan eso en el culo – sacudió el pene de plástico para todos lados.
– ¿En serio? – me senté en la cama y le sonreí, esa sí que era una buena noticia – ¿Puedo…?
– Sí que podés. Es más, eso te quería pedir.

Sin hablar más se puso en cuatro apuntando sus grandes nalgas hacia mí. Estaba más ansiosa que nunca. Me mandé de una y comencé a chuparle el culito, le pasé la lengua con ganas, con placer, sintiendo en mi lengua el contacto directo con ese misterioso agujerito.

– ¡Ahhhh! Se nota que te gusta, nunca me lo habían comido así.

Eso me incentivó. Comencé a dar lamidas largas partiendo desde su vagina hasta llegar a donde comenzaba su espalda.

– ¿Lo meto? – pregunté.
– Si, yo ya estoy acostumbrada… y estoy re caliente – me reí – metemelo.

Posicioné el consolador en la entrada trasera y apreté, el grito de placer de Tatiana fue tan fuerte como los de mi orgasmo. Lo pude meter hasta la mitad, lo saqué un poco y lo hundí más, en tres intentos logré meterlo completo, no podía creer que su culito se esté tragando todo el consolador.

– ¡Aaaaarrghhhh! ¡Ayyyyyy! ¡Ahhhhhhh! – empecé a bombear con fuerza – ¡Pará Lucre, pará! ¡AHHHH! ¡Me vas a partir la cola! ¡Ahhh!

Me detuve en seco dejando el dildo enterrado allí.

– ¡Ay Tati, perdón! No sabía… no me di cuenta – me entraron unos nervios tremendos – ¿Te lastimé? ¡Perdón!
– No me lastimaste – dijo jadeando, se sostenía las nalgas con las manos y yo apenas podía ver la base del consolador asomando por su ano – sólo lo hiciste muy fuerte de entrada. Al principio… – suspiró – al principio tenés que ir despacio. ¡Ay, cómo me duele!
– ¡PERDON! ¿Lo saco?
– No, no. Dejalo, si lo sacas va a ser peor. No lo muevas, ya me voy a acostumbrar.

Me acosté a su lado y le acaricié la cabeza, su cara de sufrimiento me partió el alma, estaba toda transpirada. Le di unos besitos suaves como disculpándome por mi falta de tacto. Eso surtió un buen efecto en ella, de a poco se fue calmando y me acompañó con los besos y las caricias.

– Sos linda Lucre. La estoy pasando genial con vos.
– ¿A pesar de que casi te rompo el culo?
– Si, porque si bien me dolió mucho, también me gustó. Aunque no lo haría de nuevo. Me siento invadida analmente, y eso me calienta.
– A mí también me calienta – le dije mientras me tocaba la vagina – ¿por qué será que me gusta tanto?
– Porque tenés deseo por lo prohibido. Por eso es que te acostás con mujeres.
– Puede ser – acaricié el centro de su viscosa rajita con mi mano libre – ¿Te sentís mejor?
– Mucho mejor. Date vuelta, con los pies apuntando para allá – me señaló la pared que tenía frente a sus ojos.

Nuestras piernas se entrecruzaron y de inmediato supe qué haría. Se posicionó hasta que nuestras vaginas quedaron juntas y empezó a balancearse. Me encantó sentir la humedad y el calor de su sexo sobre el mío. Con la punta de mis dedos apreté el consolador que aún tenía metido por completo, eso pareció gustarle. La acompañé con los movimientos de mi cadera mientras bombeaba su culito con el dildo. A las dos nos gustó tanto esa posición que ya no la cambiamos. Seguimos frotándonos mutuamente con fuerza, ella se sacudía como si estuviera cogiendo con un hombre, no había penetración, más que la de su cola, pero el placer era infinito, nuestros clítoris se besaban y se acariciaban como grandes amantes. Dimos rienda suelta a nuestros gemidos, era como si quisiéramos que los que escucharan supieran que se trataba de dos mujeres. Aunque dudaba que alguien pudiera oírnos porque nosotras no escuchábamos ningún ruido proveniente de afuera.

Nuestras vaginas estaban tan mojadas que podíamos frotarnos tan rápido como nuestros cuerpos nos lo permitieran. Apoyé mi cabeza contra el colchón y me pellizqué los pezones, no daba más, supe que Tatiana tuvo un orgasmo porque me baño la rajita con sus flujos, fue hermoso. A pesar de esto no dejó de moverse, siguió hasta que yo también llegué a clímax sexual, en cuanto esto ocurrió se echó de cara contra mi vulva y sorbió todo lo que salió de ella. Pataleé, gemí y suspiré. Cuánto placer obtenía de ella, pero había una cosa que quería probar a la que no le había dedicado tanto tiempo.

– Vení para acá – le dije arrojándome sobre ella.

Me prendí de sus grandes tetas, comencé a chuparle los rugosos pezones mientras con una mano metí y saqué el dildo de su cola. ¡Qué buenas tetas! Eran mucho más grandes que las mías. Lamiendo esas ubres me fui tranquilizando de a poco, noté que Tati ya estaba extasiada por lo que saqué el pene de plástico violeta y lo dejé sobre la cama. Trepé hasta su boca y le di un rico beso, eso dio por finalizado nuestro encuentro sexual.

– La pasé genial Tati. Sos mi bella genio. Aprendí un montón con vos.
– Y lo que todavía nos falta por aprender a las dos… – me acarició el pelo – gracias por darme esta oportunidad Lucre, fue una de las mejores noches de mi vida.
– Nada de oportunidad, me acosté con vos porque te tenía ganas, es así de simple.

Sonreímos y comenzamos a vestirnos. Tiramos a la basura el preservativo usado y lavamos bien el consolador, porque no éramos ningunas cochinas. Nos repartimos los dos profilácticos sobrantes para guardarlo como recuerdo de nuestra primera vez juntas.

Abandonamos el hotel, pude manejar muchísimo mejor que en mi última salida nocturna, había tomado poco alcohol y a esta hora de la noche ya ni lo sentía. Llevé a Tatiana hasta su casa mientras charlábamos.

– ¿Hablaste con Lara? Te pregunto ahora porque no quería sacar el tema antes – le dije.
– No le hablé. Estoy muy enojada con ella, lo que te hizo me dejó sin palabras, fue todavía peor que lo que me hizo Cintia a mí, porque ella me echo de su casa en plena noche, pero Lara te expuso públicamente. Fue un gesto horrible de su parte, no me lo esperaba de ella – sonaba verdaderamente indignada.
– Yo tampoco me lo esperaba, me dolió en el alma. Muchísimo – no pude contener mis lágrimas.
– No llores Lucre, ya está. Ya pasó. Sé que la querías mucho…
– No sólo la quería, la amaba. Lo peor es que todavía la sigo amando.
– ¿Cómo sabés que la amás de verdad? Estuvieron poco tiempo juntas.
– Si es cierto, pero fueron momentos muy intensos, además tengo que admitir que desde que la conocí le tengo un cariño muy especial. Es como mi segunda mitad, pero no lo vi así hasta que nos pusimos de novias – tuve que estacionar el auto porque de lo contrario iba a chocar – la extraño mucho – Tati me abrazó con fuerza, supe que ella también estaba llorando – perdón, no era mi intención arruinar la noche de esta forma.
– No Lucre, para eso salí con vos, para que puedas descargarte, sexual y emocionalmente.
– Gracias Tati, sos la mejor. Sos una amiga que vale oro.
– Vos también sos una gran amiga y muy noble. Además estás re buena y cogés muy bien – Eso me hizo reír mucho
– Vos también Tati, las dos cosas.
– Prometeme una cosa Lucre. Ahora que te definiste sexualmente y que tenés muchas admiradoras, llamá a alguna. Salí con alguien, conocé gente nueva.
– Hoy salí con vos.
– Si, pero no es lo mismo. Yo no sirvo para relaciones fijas, necesito estar libre. Estar con quien yo quiera cuando quiera. Podés hacerlo conmigo todas las veces que quieras y voy a ser tu amiga siempre, pero tal vez necesitás alguien que te contenga y que sea tu compañera de viaje.
– Que lindas palabras amiga. Te prometo que voy a llamar a esta tal Samantha mañana mismo. A ver qué tal está… si está tan buena como la foto que me mandó, entonces vamos bien.
– Si, totalmente.

Pude retomar el viaje y la dejé en su casa. Nos despedimos con un lindo beso en la boca. Esa misma noche, cuando ya estuve en mi cuarto, me puse a buscar esa tarjetita con el número de teléfono de mi nueva “admiradora”. La encontré en el cajón de mi ropa interior y la dejé junto a mi celular sobre la mesita de noche. Al día siguiente la llamaría.

Me fui a dormir, o al menos a intentarlo. A pesar de lo lindo que la pasé con Tatiana me di cuenta de que extrañaba mucho a Anabella y sobre todo a mi Lara.

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Me niego a ser Lesbiana (Parte 6)

Compañeras y algo más.

La noche en que concreté el acto sexual con mi amiga Lara me fui a dormir con la cabeza hecha un ovillo. No podía quitarme de la mente sus palabras: “Desde que te vi y me enamoré” ¿Lo habrá dicho por amor verdadero o sólo usó esa palabra para referirse a que le gusté desde el primer día?

No pude evitar recordar el día en el que conocí a Lara. Ocurrió una mañana en la que tuve un examen bastante importante, pero me resultó sencillo. Fui la primera en entregarlo y decidí ir hasta la cafetería de la Universidad a tomar algo para matar el tiempo ya que después tendría otra clase. Me encontraba con un rico capuchino en la mano cuando una chica bajita de cabello negro se me acerca y me dice:

– Otra vez me ganaste, yo no sé cómo hacés.

Me quedé con el vaso apoyado en los labios mirando a la recién llegada.

– ¿Perdón? – estaba tan desorientada como Adán el día de la madre.
– En el examen. Siempre entregás antes que yo.

La miré bien, si iba a mi clase ni siquiera me había fijado en ella. Esto no era de extrañar ya que éramos muchas personas en cada comisión.

– No sabía que estuviéramos compitiendo.
– Vos no lo sabías – se sentó en la silla a mi derecha – hace como tres exámenes que intento entregar antes que vos y no puedo.
– Pero un examen no depende de cuándo lo entregás, sino de lo bien que lo hacés.
– Ya sé, pero vos aprobaste todos con la nota más alta. Yo también. La única diferencia está en el tiempo.
– Será porque yo lo hago tranquila, sin competir con nadie.
– Puede ser, no lo había pensado así. ¿Te parece bien si uno de estos días estudiamos juntas?
– No suelo estudiar acompañada, me distraigo mucho con otra persona hablándome.
– Si, a mí me pasa igual, por eso te prometo que vamos a estudiar en serio. Sin boludear, a no ser que hayamos terminado.

Desde ese día comenzamos a estudiar juntas, por lo general lo hacíamos en la biblioteca de la Universidad, donde había menos distracciones. Siempre nos sobraba tiempo para charlar un rato y así fue como nos hicimos amigas.

Nosotras a veces hablábamos de chicos que nos gustaban, ahora me puse a recapitular todo eso y lo cierto es que lo que menos hacíamos era hablar de ellos, sólo nombrábamos a alguno, decíamos dos o tres pavadas y cambiábamos de tema. Ahora hasta dudaba que esos chicos nos gustaran de verdad, por mi parte podía decir que ninguno me gustó, pero mi inconsciente me obligaba a seleccionar ejemplares masculinos para poder conversar con mis amigas.

Al dormir tan mal me levanté toda dolorida, o tal vez era por tanto sexo. Me di cuenta que de un día para otro me había vuelto sexualmente activa. Me sorprendí mucho, nunca había estado con nadie desde que el hijo de su madre ese me desvirgó y de golpe pasé a tener relaciones con tres personas diferentes. Debía sentirme mal. Debía sentirme culpable. Debía sentirme una puta. Lo cierto es que me sentí muy bien. Dolorida o no, me fui a la facultad con una sonrisa que casi me disloca la quijada.

Decidí no hacerme más la cabeza. Me la jugaría a todo o nada. Me mandaría de frente, apenas viera a Lara, la encararía y le diría eso que tanto había pensado durante la noche. Si ella se negaba, pues mala suerte. Al menos lo intentaría. La vida seguiría. Sin ponerme nerviosa, se lo diría de una. ¡Allí estaba ella! Sentada sola en una silla de la cafetería, parecía algo triste. Me le acerqué por detrás. Era el momento, tomé aire y me preparé. Ya no había vuelta a atrás. Como soldado marchando a la guerra, siempre para adelante, aunque le cueste la vida. Se lo diría. Estaba segura.

– Lara… esteee – se dio vuelta y me miró – te quería decir que… – apreté con fuerza mis apuntes – ¿me podrías prestar la continuación del Señor de los Anillos? Es que ya estoy por terminar con la primer parte.

¡Lucrecia, sos una pelotuda! Así de simple. Ya no tenía remedio. Me odiaba a mí misma. Tenía ganas de colgarme de las tetas del para rayos de la iglesia. Ni siquiera era cierto que ya estaba por terminar el primer libro.

– Ah sí. Obvio, cuando quieras te lo alcanzo – me contestó taciturna.
– Lo cierto es que te quería decir otra cosa, algo más importante. Pero acá no. ¿Dónde podemos hablar tranquilas? – las dos estábamos tensas.
– Vamos a la capilla, ahí nunca hay nadie a esta hora.
– ¿A la capilla? ¿Segura?
– ¿Te creés que le tengo miedo al tipo ese que está en la cruz?
– No lo digo por eso, es que no me parece el lugar apropiado. Mejor vamos a otro lado.
– Te espero en la capilla.

Se levantó y se fue, ni me miró al pasar, yo sí la miré. Bueno en realidad le miré el culo. ¡Qué lindo que lo tenía! Mierda, ya estaba actuando como hombre ¿Será común esto en las chicas bisexuales?

No me quedó más remedio que ir a la capilla. La encontré sentada en una de las hileras del centro, sobre la fila de la derecha. Me senté junto a ella y la tomé de la mano. Esto alivió mucho la tensión. Ella me sonrió. Como no me salieron las palabras me acerqué y puse mis labios sobre los suyos. Ella sumó intensidad al beso en cuanto nos tocamos.

– ¿Qué me querías decir? – preguntó.

Yo miraba para todos lados, temerosa de que alguna monjita nos hubiera visto. También miré el piso porque si la Madre Superiora nos vio, ahora debería estar muerta o desmayada. Gracias a Dios todo estaba bien, no había nadie más que figuras bíblicas.

– Tal vez te parezca que voy muy rápido – comencé diciendo – o por ahí pensás que estoy loca y puede que tengas razón en las dos cosas. Anoche me quedé pensando en lo que hicimos y en lo que dijiste. No sé si lo dijiste en serio – me miraba con sus grandes ojos llenos de incertidumbre – pero recapitulando un poco las cosas y… – estaba dando demasiadas vueltas, así nunca diría nada – ah, ya fue. ¿Querés ser mi novia?

Lara saltó como si hubiera recibido un choque eléctrico. Me quedó mirando durante unos segundos sin emitir sonido alguno, creo que hasta dejó de respirar.

– ¿Lo decís en serio?
– Sí, no digo que nos comprometamos ni nada de eso, sólo digo que estaría bueno que salgamos juntas, para conocernos de forma más íntima.
– ¿Vos estás preparada para tener como pareja a una mujer?
– No, ni un poquito. Pero seguramente vos tampoco, es algo que podemos ir descubriendo juntas. Contestame Lara porque tengo los ovarios de moño. En cualquier momento los voy a escupir – decir boludeces en los momentos más inapropiados, mi gran barrera emocional.
– Está bien. Sí, quiero ser tu novia. ¿Lo dije bien o querés que te lo dé por escrito también?

Me sentí sumamente feliz, me lancé sobre ella y le comí la boca. La hice caer sobre el largo banco de la iglesia, pero a ninguna nos importó. Jesús podía bajar de la cruz y molernos el lomo a latigazos que no nos íbamos a separar.

Desde ese día comenzamos una hermosa relación. Intentábamos ser lo más discretas posible. Sólo nosotras dos sabíamos que éramos novias. No hacía falta que nadie más lo supiera. De hecho era la primera vez que teníamos pareja. Si bien Lara es preciosa y tuvo miles de ofertas de hombres, siempre las rechazó. Ella creía que lo hacía sólo por ser antisocial, ahora se daba cuenta de que en realidad ella siempre esperó por la mujer de sus sueños. Tal vez a mí me pasó igual. Prácticamente no tuvimos relaciones sexuales en esos días porque no queríamos que sea todo sexo. Queríamos demostrarnos que podíamos pasar buen tiempo juntas y así fue. Nos divertíamos mucho, salíamos a pasear por cualquier lado, íbamos a sitios discretos en donde pudiéramos besarnos sin armar un escándalo. Sólo una vez nos ganó la calentura y terminamos haciéndolo, aunque fue algo rápido.

Llegó el sábado de nuestra primera semana como pareja. Qué lindo se sentía eso de “tener pareja” a veces podía ser un poquito cursi. Nos encontrábamos en su casa mirando películas. Sus padres estaban en un casamiento al que Lara no quiso ir, para tener tiempo a solas conmigo. En esos días leí algunas cosas sobre parejas lésbicas y supe que por lo general había una chica activa y la otra pasiva. En nuestro caso en particular era difícil saberlo con certeza, porque las dos solíamos tomar la iniciativa en ciertas ocasiones, pero por lo general ella era más sumisa que yo. Ahora podía comprobar que tal vez ella sea la chica pasiva en nuestra relación. Estábamos sentadas y abrazadas en el sofá. Lara tenía la cabeza apoyada sobre mi pecho y yo la estaba rodeando con los brazos. Hice memoria y casi siempre que nos quedábamos abrazadas, lo hacíamos de esta forma. Era como si yo tuviera que protegerla todo el tiempo o como si ella se refugiara en mí.

Esa noche yo llevaba puesta una pollera que no llegaba a mis rodillas y la segunda película ya nos estaba aburriendo un poco, por eso no me sorprendí al sentir los dedos de Lara recorriendo la cara interna de mis piernas. En pocos segundos llegó hasta tocarme la entrepierna por arriba de la bombacha. Como dije, a veces ella tomaba la iniciativa y eso me encantaba. Cuando metió la mano dentro de mi ropa interior se sobresaltó y me miró con una sonrisa. Sabía muy bien a qué se debía su reacción y le devolví la sonrisa.

– Me encanta – me dijo.
– Supuse que como vos la tenés así, te iba a gustar.

Antes de venir a su casa me había afeitado por completo la entrepierna por primera vez en mi vida, la verdad es que era un lindo cambio, me agradaban los pelitos pero era bueno cambiar el look de vez en cuando. Gemí cuando los dedos de mi novia llegaron a mi clítoris. En pocos segundos me tuvo mojada y a su merced. Abrí las piernas y me recosté sobre el sofá. Sus labios buscaron los míos y su rosada lengua se hundió en mi boca. Estuvimos así durante unos cinco minutos. Apagamos el televisor ya que no pensábamos seguir mirando.

– Vamos a la pieza mi amor – ya nos decíamos así y a mí se me ponía la piel de gallina cada vez que lo escuchaba.

Fuimos hasta su cuarto besándonos a cada paso, no era la forma más rápida de avanzar pero sí la más apasionada. Cerramos la puerta por más que sus padres aún no estuvieran en la casa. Nos tendimos sobre la cama y nos fuimos desnudando entre besos y caricias. Rodamos por todo el ancho y largo del colchón comiéndonos las bocas y frotando nuestros cuerpos el uno contra el otro. A cada rato nos decíamos un bello y sincero “Te amo”. Todavía nos parecía extraño que hayamos llegado tan lejos en tan poco tiempo, pero al fin y al cabo esta era nuestra relación y podíamos llevarla al ritmo que quisiéramos, siempre y cuando las dos estemos de acuerdo. Nos quedamos quietas mirándonos a los ojos, yo estaba debajo.

– ¿Cómo querés hacerlo? – me preguntó.

Nos sabíamos nuevas en el tema del sexo por lo cual hicimos un trato, buscaríamos conocernos mejor en la cama, saber qué le gusta a la otra y experimentar con cosas nuevas, al menos una vez. Por eso mismo a veces nos deteníamos y preguntábamos qué podíamos incorporar o si queríamos probar algo nuevo. No quitaba la pasión del momento, al contrario, disparaba nuestra imaginación sexual. Mientras pensábamos nos acariciábamos en nuestras zonas más íntimas. Sólo habíamos tenido sexo una vez desde que nos pusimos de novias y aún teníamos un amplio mundo por recorrer.

– Con música, quiero hacerlo con música – se sorprendió ya que rara vez hablábamos de ese tema.
– ¿Qué clase de música?
– La que tengo en el celular – miré mi teléfono el cual estaba tirado en el piso – si es que todavía funciona.

Nos llevó poco tiempo conectar el celular a unos bonitos parlantes que Lara tenía en su cuarto. Fui preparada para la ocasión, tenía una selección de pistas de mi banda favorita, Radiohead, la cual mi madre odiaba y Lara ni siquiera conocía, aunque sabía que a las dos nos gustaba el rock.

Apenas comenzó a sonar la primera canción volvimos a la cama hechas un ovillo lésbico. La melodía nos absorbió al instante. Nuestros besos eran sumamente apasionados y nuestras vaginas se frotaban una contra la otra. Apreté sus nalgas con fuerza y ella me chupó con ansias un pezón. Yo aún me asombraba de que la anatomía femenina me calentara tanto. Empecé a masturbarla sin apartarme, ahora podía meter los dedos tranquilamente, a ella le encantaba sentir la penetración, aunque su vagina era bastante estrecha y debía hacerlo con cuidado para no lastimarla.

Volteamos una vez más. La dejé acostada de espaldas, de inmediato me deslicé hacia abajo hasta llegar a su entrepierna. Comencé a chuparla con la pasión que me transmitía la aguda voz de Thom Yorke. Me tragué todos sus jugos. A pesar de tener una almejita tan chiquita y delicada, Lara lubricaba muy bien. Eso tenía un efecto positivo en mi libido. Ella se permitió gemir tranquilamente, porque aunque sus padres regresaran, la música opacaría los ruidos.

Pude notar que mi novia buscaba a tientas su Smartphone que estaba sobre la mesita de noche. Cuando consiguió agarrarlo apuntó la cámara trasera hacia mí. Sonreí porque sabía que me estaba filmando, si ella quería tener un lindo recuerdo de este momento, yo se lo daría. Succioné su clítoris con fuerza para que el chasquido que producían mis labios al soltarlo se pudiera escuchar, al menos por debajo de la música. Luego metí la lengua en su agujerito, el teléfono estaba muy cerca y seguramente estaba tomando perfectamente la secuencia. Después de unos segundos levanté un poco sus piernas lo que generó que el apretado agujerito de su cola quedara frente a mi boca, lo lamí con la punta de la lengua y luego empecé a comerlo con ganas. Podía escuchar sus jadeos y eso me incentivaba a seguir, me producía mucho morbo sentir esa extraña textura en mis labios. Estuve dándole lengüetazos durante un buen rato hasta que supe que ya no grababa más.

Me tendí en la cama y la esperé con las piernas abiertas. Saltó hacia mí y comenzó a lamerme el ahora lampiño y suave monte de venus, el cosquilleo me hizo estremecer. El placer aumentó cuando me lamió el clítoris y fue bajando para recorrer toda mi vagina con su lengua. Me sacudí y rodeé su cabeza con las piernas. Me la estaba comiendo tan bien que me costaba mucho quedarme quieta. Sentí su lengua hurgando en mi agujerito y de a rato me daba unos tremendos chupones en el clítoris. Apreté más las piernas, no podía parar de gemir, cada minuto que pasaba me introducía más en el delicioso mundo del placer. Comencé a sobar mis tetas, pellizqué mis pezones, me lamí los dedos. Le pedía a Lara que no dejara de chupar y mi primer orgasmo de la noche llegó. La emoción me obligó a presionar más su cabeza con las piernas, la quería ahí, quería que siguiera chupando hasta que mi vagina estallara. El clímax sexual se extendió por unos quince segundos y ya más relajada la liberé.

– Eso fue fantástico mi amor – le dije jadeando, ella aún estaba sobre mi vagina, pero ya no me la estaba chupando – ¿Lara? – la miré, estaba quieta con la cara contra mi húmedo sexo – ¿Lara estás bien? – acaricié su cabeza, no se movía. Me senté de un salto – ¡Lara, Lara! – comencé a sacudirla con fuerza, la chica parecía un muñeco de trapo, tenía los ojos cerrados – ¡Ay por Dios, Lara despertate! – me desesperé.

¡Esto no podía ser cierto! La había matado, la asfixié con mis piernas o la desnuqué con mis movimientos. Empujé una vez más su cuerpo, se deslizó por la cama y cayó de cara al piso. No se movió más.

– ¡No Lara, NO! – mi rostro se llenó de lágrimas, me arrojé sobre ella y la abracé – ¡Lara por favor! ¡LARA! – sostuve su cabeza entre mis brazos, estaba pálida – ¡Ay Lara!

No aguanté más, cerré los ojos y comencé a llorar copiosamente. En eso sentí algo suave en mis labios. Me sobresalté, abrí los ojos y ella estaba ahí, sonriéndome cariñosamente.

– ¡Lara, estás bien! – sentí que el alma me volvía al cuerpo.
– Fue una bromita, espero que no te hayas enojado.

¿Enojada yo? ¿Por haber creído que maté a mi primer novia asfixiándola con mi vagina? ¿Enojada porque todo haya sido una macabra bromita? Para nada ¿Por qué debería estar enojada?

– ¡Te voy a matar! – la agarré de los pelos con fuerza y caí sobre ella al piso – ¿¡Cómo se te ocurre hacerme algo así Lara, estás loca!? Casi me da un infarto. Pensé que… pensé que… – ni siquiera me animaba a decir la palabra.
– Lo hice sólo para saber cuánto te preocupabas por mí – ella permanecía totalmente calmada.
– ¡Mucho me preocupo, mucho! Si te pasa algo yo me muero. ¿Entendés Lara? Me muero – la abracé con fuerza y seguí llorando.
– Perdón Lucre, no pensé que te lo ibas a tomar así. Perdoname, ya pasó. Ya pasó – me dio unas suaves palmaditas en la espalda.
– A veces tenés cada locura nena. Me hacés acordar a mi hermanita.

Nos quedamos abrazadas un largo rato sin decir nada.

– Prometeme que jamás me vas a hacer esto de nuevo.
– Te lo prometo Lucre.
– Bueno. Tengo que admitir que tenés talento para la actuación – intentaba mostrarme más calmada, aunque no podía ver la gracia en lo que hizo, tampoco quería hacerla sentir tan mal.
– Hacerse la muerta no requiere mucho talento.
– Si, pero te caíste de cara al piso y ni te moviste.
– Si, todavía me duele – se frotó la mejilla derecha
– Me alegro. Que te duela y mucho. Así aprendes que con estas cosas no se jode.

Volvimos a la cama, la música de Radiohead seguía sonando pero mi humor sexual estaba molido. Ella me acarició suavemente los pechos y el vientre.

– No tengo más ganas – me quejé.
– Ohh, no seas malita – hizo pucherito con su boca y casi me derrito de ternura.
– No Lara, todavía estoy enojada con vos.
– ¿Y si te doy unos besitos? – comenzó a besarme suavemente el cuello.
– No, ni con eso – su boca se encontró con la mía, el beso me gustó mucho, aunque ni me moví.
– ¿Y si te chupo las tetas? – me dio suaves mordiscos en los pezones y pasó la lengua por las aureolas.
– Que no, en serio. Ya no estoy de humor – siguió bajando con sus besos.
– Capaz que te cambia el humor si te chupo la conchita – esa palabra me agrada sólo si venía de ella. Me dio una buena lamida en toda esa zona, por instinto abrí las piernas.
– Creeme que no Lara.
– Ya sé. Te voy a chupar el culito – me hizo reír, ella sabía que ese era mi punto débil. Pasó su lengua por mi asterisco y el cosquilleo me calentó. Ya sentía mi vagina manando jugos otra vez. Dejé que me lamiera por un rato.
– Pero me lo vas a tener que chupar muy bien… y más que eso.

En pocos segundos me hizo cambiar de opinión, mis ganas de sexo se revigorizaron mientras su lengua recorría mi prohibido huequito. Con sus deditos me hizo delirar de placer, sin siquiera meterlos, lo mejor era que no se olvidaba de mis demás puntos sensibles, con su mano izquierda me acariciaba suavemente el clítoris. Me tuvo un par de minutos así, subiéndome la temperatura, mi termómetro interior reaccionaba como si lo hubieran sumergido en agua hirviendo.

– ¿Estás lista mi amor? – me preguntó con su vocecita tan cálida que era capaz de derretir la Antártida.
– Lista.

Su índice se enterró lentamente en mi culito. No paró hasta que entró completo.

– ¡Uyyyy siiii, que rico! Chupame la concha – fue la primera vez que lo pedí usando esa palabra, el morbo hizo que mi corazón latiera más rápido.

Me la chupó toda. Por momentos creí que me arrancaría el clítoris, mis gemidos se intensificaron o tal vez sonaban más fuerte debido a que la canción que sonaba en este momento era más suave. Supe que se trataba de “All I Need”, me pareció el tema ideal para este momento. Todo lo que necesitaba era a Lara conmigo. Siguió penetrándome por atrás con su dedito hasta que la canción llegó a su fin.

Le pedí que me permitiera cambiar de posición, me puse en cuatro sobre la cama y ella volvió a meterme el dedo apenas abrí mis nalgas con las manos.

– Ahh, cómo me gusta esto.

Pensar que hace unas semanas yo ni siquiera tenía intimidad con otra persona y ahora permitía que una chica me diera placer metiéndome dedos por el culo. Digo dedos en plural porque ya podía sentir que me estaba metiendo otro. Me ardió un poco, sentía que mi ano se estiraba. Miré hacia atrás. Lara estaba de rodillas a mi izquierda, se estaba masturbando copiosamente. A ella todo esto la excitaba tanto como a mí. Tal vez ella no disfrutaba tanto el sexo anal pero me había dicho varias veces que se calentaba escuchándome gemir, más sabiendo que era ella quien me cogía. Se sacó los dedos de la vagina y los extendió para que yo pueda lamerlos. Sus jugos sexuales eran deliciosos. Ya no podía estar enojada con ella, aunque la broma hubiera sido de muy mal gusto, la amaba y quería disfrutar de nuestro tiempo juntas.

Volvió a masturbarse. Apreté los dientes y comencé a resoplar, me estaba metiendo los dedos con fuerza, noté gotitas de sudor bajando por mi frente. Empecé a mandarme dedo yo también, mi conchita lo agradeció enormemente.

– ¿Te gusta mi amor? – me preguntó al oído.
– Me encanta.
– Se te está abriendo el culito.
– Abrimelo todo hermosa.

Se arrodilló detrás de mí y metió la cara entre mis nalgas, ella misma se encargó de separarlas. Mi culo estaba dilatado, lo supe cuando ella introdujo la punta de su lengua en él, casi me vuelvo loca. Me lo lamió tan rico que acabé. Mientras mi orgasmo se intensificaba ella metió cuatro dedos, dos por mi vagina y otros dos por atrás. Apreté las sábanas y creo que hasta las mordí. No apartó los dedos hasta que me tranquilicé.

– ¿Fueron dos? – me preguntó.
– No, fue uno solo, pero fue muy intenso – me tiré boca arriba en la cama – venga para acá mi reina.

Lara sonrió y se sentó sobre mi boca, de frente a mí, de esa forma ella podía mirar hacia abajo y encontrarse con mis ojos. Empecé a chuparla abriendo y cerrando mi boca, como un pez bajo el agua. Estaba muy mojada. Se apretó las tetas sin dejar de mirarme, podía sentir su agitada respiración. Tuve que masturbarme una vez más, la situación lo ameritaba, mi noviecita era divina, su blanca y suave piel brillaba con la luz, sus redondas tetitas se veían preciosas desde esta posición. En pocos segundos mi boca comenzó a llenarse de flujo vaginal, estaba teniendo un orgasmo. Cerró los ojos y llevó su cabeza hacia atrás. La chupé sin parar todo el tiempo y en lugar de detenerme seguí. Me estaba tragando todos sus jugos y yo también estaba cerca del tercer orgasmo de la noche.

– Así, así. Ahhhh, viene otro – me anunció.

Aceleré mis movimientos y su segundo orgasmo llegó casi detrás del primero. Se pellizcó los pezones y se meneó de atrás hacia adelante repetidas veces hasta que cayó rendida a mi lado. Tuve que seguir pajeándome un rato más mientras ella me miraba y acariciaba mis pechos. Cuando estallé una vez más, me besó. Tenía ese don de hacer las cosas que yo más quería sin que se las pidiera.

– Me gustó Radiohead – me dijo cuando ya estábamos tranquilas y abrazadas – me tenés que prestar algún CD de ellos.
– Te voy a prestar dos, que son mis favoritos. Uno se llama In Rainbows y el otro Ok Computer. Si los rompés te mato, pero te mato en serio.
– Te prometo que los voy a cuidar mucho. Estuvo bueno usar esa música para este momento.
– No creo que a Thom Yorke le gustara saber que la gente usa su música para tener sexo.
– Eso es porque no nos vio a nosotras.

Fuimos hasta el baño riéndonos y nos dimos una ducha rápida. Esa noche dormimos desnudas y muy pegadas una a la otra.

Al otro día nos levantamos muy tarde. Ya eran pasadas las 2 de la tarde, pero era domingo. No me importó. De pronto me acordé de Anabella.

– Me voy – le dije a Lara cuando terminamos de vestirnos – quiero visitar a mi amiga la monjita.
– Ok mi amor – me dio un beso – espero que no la termines pervirtiendo como hiciste conmigo.
– No, quedate tranquila – me reí – ella es muy devota. De pervertida no tiene nada. Y vos ya eras pervertida antes de conocerme.
– ¿Y vos cómo sabés?
– Porque me contaste que te matabas a pajas mirando porno, casi todos los días. Ni yo hacía eso.
– Pucha, una no puede ni confesar sus pecados. ¿No que los católicos eran más reservados con el tema?
– Los curas lo serán. Yo voy a usar todo lo que me digas en tu contra. Sabelo.

Antes de ir hasta la iglesia de la universidad fui hasta mi casa a cambiarme. Escogí ropa linda pero discreta. Un pantalón de jean no muy ajustado y una simple blusa negra con el logotipo de mi banda favorita en blanco. Esto tal vez alarmaría un poco a la monjita ya que se trataba de un oso dibujado con figuras geométricas, pupilas verticales y una grotesca sonrisa de dientes puntiagudos.

Fue una gran casualidad que llegara en ese momento. Anabella justo estaba saliendo por la puerta de la capilla. Sonrió al verme bajar del auto.

– Hola Lucrecia. No sabía que ibas a venir, tampoco sabía que tenías auto.
– Te quería dar una sorpresa. El auto en realidad es de mis padres, pero últimamente lo estoy usando mucho, me mal acostumbré a la comodidad.
– Acá también tenemos un auto, pero hay que pedirle permiso a medio Vaticano para que te dejen usarlo, además yo ni sé manejar.
– ¿Ibas a algún lado? Si querés te llevo. ¡Hey, no tenés tus hábitos!

Si bien llevaba puesto su velo en la cabeza, el resto de su atuendo era diferente. Una triste y aburrida pollera gris que llegaba hasta sus pantorrillas y una camisa blanca. También podía ver una sencilla cruz de madera colgando de su cuello.

– Tampoco es que estoy obligada a tener los hábitos puestos todo el tiempo. Además ahora me iba a hacer unas compras y es mejor viajar cómoda.
– Entonces subí que te llevo – dudó unos instantes – dale boluda subí… – me tapé la boca – perdón. Es la costumbre.
– La mala costumbre diría yo. ¿Así les decís a todas tus amigas?
– De hecho sí.

Accedió a que la lleve, cuando estuvo sentada en el asiento de pasajero le dije:

– Si querés dejá la puerta abierta, para que puedas saltar por si estamos por chocar contra algo, no soy muy buena manejando – se rio.
– No creo que seas tan mala – se abrochó el cinturón de seguridad, vi que lo dejó bien ajustado. Creo que le hubiera dado dos vueltas de ser posible.
– Gracias por la confianza – dije irónicamente.

Estuvimos dando algunas vueltas, fuimos a la zona céntrica de la ciudad donde abundaban los comercios. Me contó que necesitaba encargar ropa para ella y las demás hermanas. Me aburrí bastante mientras esperaba. Le dio tediosas indicaciones a una viejita que tomaba notas en un local lleno de ropa gris. Pensé que me había quedado daltónica.

– ¿Siempre son tan divertidos tus domingos? – le pregunté cuando salimos. Me alegró ver el semáforo cambiando de color, mis ojos aún funcionaban bien.
– De hecho este es uno de lo más divertidos en meses. Sin contar el de la semana pasada, cuando me visitaste.
– Ah que linda – le dije con una sonrisa – ¡Esperá! Tu vida es un embole.
– ¿Un qué?
– Un aburrimiento total, al igual que tu ropa.
– ¿Te parezco aburrida?
– Vos no sos aburrida, tu vida lo es. Tenés 28 años Anabella, monja o no. No podés vivir así. Tu máxima diversión debe ser contar las espinas de la corona de Cristo.
– Eso ya es un reventón para mí – me sonrió – puede que a veces me aburra un poco, hay días que no me entretengo ni con los jueguitos del celular y me desespero por encontrar alguna actividad.
– Hoy vamos a divertirnos – le prometí.
– Tené cuidado con lo que pensás hacer Lucrecia. Ya me imagino tus locuras.
– Hey, ¿pero cuándo hice locuras yo? No me contestes. Tenés que usar ropa más alegre, más divertida. Los colores no matan a la gente ¿Sabías?
– ¿No? Una aprende algo nuevo todos los días. Pero tendré que rechazar tu propuesta, primero no tengo dinero para comprarme ropa, segundo, no puedo estar por la vida vestida como una… una de esas que se paran en las esquinas.
– ¿Las inspectoras de tránsito?
– ¿Vos siempre tenés una respuesta para todo?
– No, todavía no puedo responder por qué una chica tan joven y linda como vos se rehúsa a disfrutar su vida. No importa lo malo que te haya pasado, vida hay una sola, es un regalo que Dios te dio y vos lo estás desperdiciando – sabía que la mención de Dios la haría recapacitar – por la plata no te hagas problema, yo pago, tomalo como un regalo de una amiga – estuvo a punto de negarse pero levanté la mano – es un regalo Anabella, no me hagas enojar. Además mirá mi ropa. Yo no parezco… “inspectora de tránsito” pero si estoy más alegre que vos.
– Está bien. Acepto sólo para que veas que si soy divertida, al menos una vez al año. ¿Llamás alegre a ese mono espantoso?
– Es un oso y no te metas con él que no te hizo nada y sonríe más que vos.

Subimos al auto y conduje directamente hasta la tienda en la que yo compraba mi ropa. Antes de bajar Anabella me dijo:

– Mejor me quito esto. Si ven a una monja probándose ropa de ese tipo se van a escandalizar.
– La escandalosa sos vos que…

Me quedé muda al ver su cabello cobrizo liberarse de la prisión de su velo. De pronto su rostro se volvió diez veces más hermoso. Su cabello flotaba como en una publicidad de shampoo, pero sin necesidad de efectos de cámara ni tanto photoshop.

– … que… que linda que sos – me miró con el ceño fruncido – este… te lo digo como amiga, no pienses nada raro… es que sos bonita… simpática… o sea, no es que yo quiera… tampoco es que no quiera… ¿cómo te explico?
– Lucrecia, callada te defendés mejor.

Tragué saliva y seguí su consejo. Entramos a la tienda y comenzamos a mirar ropa, ella parecía una heladera antigua enfundada en esa espantosa vestimenta. Quería encontrar algo que al menos marcara un poco su figura femenina pero que no matara de un paro cardíaco a la Madre Superiora.

Encontré un lindo pantalón de gabardina negro, pero necesitaba algo de color. Supuse que algún tono de rojo se llevaría bien con su color de cabello, aunque yo era pésima combinando ropa. Cuando encontré una blusa que me gustó le alcancé el conjunto a Anabella, ella miraba sorprendida los maniquíes que vestían ropa pequeña y ajustada, tal vez se imaginaba a ella misma vestida de esa forma. Era como salir de compras con una mujer del renacimiento.

– Probate esto, te va a quedar muy bien. Supongo que tenés el mismo talle que yo, somos prácticamente del mismo tamaño – No dijo nada, seguía anonadada, pero tomó la ropa y se metió en uno de los probadores.

La chica que atendía el local estaba más buena que nadar desnuda. Bueno, no es que lo haya hecho, pero me imagino que debe estar bueno. Era una rubiecita con una cintura de avispa. No dejé de mirarla hasta que Anabella salió, ahí toda la hermosura de la rubia se difuminó.

El pantalón marcaba el contorno de las largas piernas de la monjita sin llegar a ser indiscreto, la blusa roja no era escotada para nada pero dibujaba el contorno de dos grandes y redondos pechos. ¡Eran melones! ¿Cómo puede ser que cambiara tanto? Era como una chica común y corriente, como mis amigas de la facultad, pero mucho más hermosa. Aunque su belleza no se comparaba con la de mi querida Lara. ¿O sí?

– Te queda divino – la que habló fue la empleada del local.
– Eso lo llevamos, sin dudas – dije antes de que Anabella se arrepintiera. Su tímida sonrisa me decía que le gustaba mi forma de decirle que se veía espléndida con ese conjunto.
– ¿No te parece demasiado… ajustado?
– Para nada amiga, te queda hermoso – lo cierto es que la blusa le ajustaba más de lo que yo pensaba pero no se lo diría – te hace ver como de 30 años.
– ¿Entonces me hace ver vieja?
– No, con lo otro parecías de 48. Ahora te faltan unos pequeños toques para que lleguemos a tu edad.

Agregamos al canasto de compras un par de zapatillas que según la vendedora iban justo con ese atuendo.

– ¿Buscan algo de ropa interior? – preguntó la rubia.
– No, está bien – dijo Anabella
– Si, mostranos algunas bombachas – le pedí.

Podía notar la mirada inquisidora de la monjita clavándose en mi cuello pero decidí ignorarla. Las bombachas eran tipo colaless, de esas que se meten un poco entre las nalgas pero que no llegan a ser tangas. Además la tela no era nada transparente.

– Deme una de estas en rojo, otra en negro y una más en rosado. Con sus respectivos corpiños.
– No me voy a poner eso Lucrecia. Menos con esos colores. Ya tengo mi propia ropa interior.
– Seguro que con una de tus bombachas hacemos dos de estas – le dije – no te preocupes, no tenés que probártelas ahora. Decile a la chica el talle de tu corpiño así podés ponértelos cuando estés sola sin necesidad de cambiarlos. Vas a ver lo bien que te queda esto – sostuve una de las colaless tomándola por el elástico con ambas manos.

Se puso roja como un tomate pero al final accedió a llevar todo. Pagué con gusto, era dinero muy bien gastado. Agradecí la extensión de la tarjeta de crédito de mi madre, la cual casi nunca usaba. Además ella supondría que la ropa era para mí.

Mientras volvíamos en auto al convento no podía dejar de mirar de reojo los pechos de Anabella, eran dos pelotas. Si bien no eran gigantes ni grotescos, estaban muy bien formaditos.

– Si no mirás para adelante nos vamos a estrellar.
– ¡Ay perdón! – nunca me dejaba pasar una.
– Me parece un poco excesiva esta ropa. Las Hermanas se van a infartar cuando me vean así.
– Si alguna es lesbiana seguramente sí. Las otras sólo se van a morir de envidia – no pudo evitar reírse, y sus mejillas sonrojadas la hacían más bonita aún – prometeme que te vas a probar la ropa interior.
– Está bien, aunque sea la voy a probar. Pero eso no quiere decir que vaya a usarla. ¡Qué vergüenza me daría si alguna viera eso en mi cuarto!
– ¿Y por qué tendrían que verlo, acaso alguna entra a tu cuarto?
– No, solamente yo. Hay que llamar mucho la atención como para que lleguen a revisar tus pertenencias.
– Entonces no llames la atención – miré otra vez sus senos – aunque eso te va a costar un poco.
– Otro chiste más sobre mi cuerpo y me pongo la sotana hasta el día en que cumpla 80 años.
– Cada vez que te ponés esa sotana cumplís 80 años. De verdad no te entiendo Anabella, sos una chica tan linda, tan divertida e inteligente. ¿Qué hacés viviendo en ese convento? – de pronto se me ocurrió algo – ¿no tendrás miedo de que el hombre q te violó te encuentre? – se sorprendió con mi pregunta.
– No para nada. Eso no me da miedo.
– ¿Estás segura? Porque a mí sí me daría miedo.
– Es que está muerto. Murió el mismo día que mi papá. En un accidente en la ruta – quedé sorprendida por la gran coincidencia – de hecho chocó de frente contra la camioneta de mi padre… mejor dicho, mi padre lo chocó a él – se generó un incómodo silencio – Antes de morir mi papá me regaló esta cruz de madera. La hizo él mismo. Siempre la llevo conmigo.

Me quedé en silencio con un nudo en la garganta. No sabía cómo responder a eso y me aterraba decir alguna de mis estupideces, preferí quedarme callada. Seguí manejando hasta que llegamos a la puerta de la capilla. Pensé que su padre había hecho lo correcto pero no quería decírselo. Yo también hubiera matado a ese hijo de puta, pero comprendía su enorme tristeza. No era lo mismo saber que un trágico accidente la despojó de su padre a saber que él murió por culpa de un enfermo mental que no podía tolerar que una chica hermosa viviera feliz.

Cuando estacioné el auto no resistí el impulso de abrazarla. Al parecer ella lo necesitaba porque enseguida me rodeó con sus brazos. La posición era algo incómoda con cada una en su respectivo asiento, pero nuestras mejillas quedaron juntas y pude sentir su suave piel. Bajé un poco más la cabeza para sentir una leve caricia de su rostro. El olor de su cabello me transmitió mucha paz. De pronto un escalofrío me recorrió la columna vertebral, fue a consecuencia de los labios de Anabella, que se posaron suavemente sobre mi cuello. Permanecí estática con los ojos cerrados durante unos segundos, ella no se apartó. No era un beso, sólo tenía su boquita allí, pero el efecto en mí era tremendo. Un impulso me llevó a hacer lo mismo. Rocé su cuello con mis labios, tenía la piel suave de un durazno. En ese instante me olvidé del mundo, de mis problemas, de mi familia, me olvidé de mi novia. Le di un tierno beso y luego otro, subiendo de a poco. Ella se movió un poco y sus labios acariciaron mi piel, fue hacia arriba como lo hacía yo. Súbitamente se apartó de mí.

– Gracias por todo Lucre. Te prometo que voy a cuidar mucho la ropa – miraba para todos lados como si temiera que alguien nos estuviera espiando, lo cierto es que la calle estaba desierta. Su blusa parecía opaca comparada con el rojo de sus cachetes.
– No te preocupes, conque la uses me conformo. Más adelante podrías probarte algo más, no dejes de sentirte joven y bonita sólo porque estás al servicio de Dios – yo estaba tan nerviosa como ella.

Se bajó del auto llevando su ropa vieja en una bolsa, me saludó con la mano y me dedicó una luminosa sonrisa. Cuando se alejó no pude evitar mirar su respingada colita. Como si leyera mis pensamientos, giró su cabeza, me miró y miró su cola. Se paró frente a mí con los brazos en jarra, yo me hice mundialmente la pelotuda y me puse a limpiar imaginarias bolitas de pelusa en el asiento del auto. Pude ver que sonreía otra vez y tuve que sonreír como pidiéndole perdón una vez más.

Esa noche me encontraba acostada leyendo el libro que Lara me prestó, quería avanzar rápido ya que me había dado la segunda parte y aún no había finalizado la primera. En eso me llega un mensaje de texto. Era de Anabella.

~ Voy a tener que devolver la ropa interior, es demasiado chica.
~ Tal vez a vos te parezca chica – le contesté – lo cierto es que se usa así.
~ Pero YO no la uso así. Me queda espantoso, es una locura.

No pude evitar imaginarme cómo le quedaba ese precioso conjunto de ropa interior.

~ Si pudiera ver cómo te queda te daría mi opinión.
~ Pero no podés ver. Tendrá que bastar con mi opinión.
~ Podrías ver… podrías mandarme una foto.
~ Ni loca.
~ Sólo lo decía como amiga, me apena saber que siempre pienses mal de mí.
~ No pienso mal de vos. Al menos no siempre.
~ ¿Entonces me vas a mostrar?
~ ¡Me vas a volver loca Lucrecia!
~ Perdón. No era mi intención…

Ya no me contestó. Apenada retomé la lectura aunque me costaba concentrarme. Puse el libro sobre mi pecho y miré el techo. Un par de minutos más tarde mi teléfono volvió a sonar.

~ Confío en que no se la vas a mostrar a nadie.

Mi corazón dio un salto tan grande que casi sale por mi boca rompiéndome los dientes. Debajo del texto había una imagen espectacular. Una espalda suave y de piel clara que en la mitad superior tenía una línea roja, era el elástico del corpiño, no se veía el frente, pero bajé la vista siguiendo la curva de su columna hasta que dos nalgas partidas a la mitad como los gajos de una mandarina acapararon mi visión. Podía ver sólo la parte superior de la colaless que dibujaba un triángulo de tela roja, no era tan pequeño como el de una tanga, pero dejaba ver más de la mitad de la cola.

¡Cómo me metería de cabeza entre esas nalgas y le chuparía el culito hasta que los ojos le salgan por ahí!

~ Es bastante discreta Anabella. Hay ropa interior mucho peor.

¡Si te llego a ver en tanga te la arranco con los dientes con clítoris y todo!

~ Si querés podrías usarla con ropa suelta, así no se te nota tanto. Además son muy cómodas. Te queda muy bonita. Parecés un angelito.

¡Los ángeles no tendrán espalda, pero qué culo Dios mío!

~ Gracias Lucrecia. De verdad agradezco mucho todo lo que hiciste hoy por mí, hacía tiempo que no me sentía tan bien. Te prometo que alguna vez voy a usar la ropa interior.

¡Avisame cuando así voy para allá y hacemos una fiestita lésbica!

~ De nada Anabella, yo también la pasé muy lindo.

Nos despedimos en pocas palabras pero yo quedé totalmente excitada. No podía dejar de mirar esa foto. Todavía no podía creer que la hubiera mandado. Pocas veces me había calentado tan rápido en mi vida y mucho menos con una imagen, lo mío siempre era por imaginar situaciones… aunque ese culito sí que me despertaba la imaginación.

Me despojé de toda mi ropa, me chupé los dedos y comencé a tocarme imaginando todas las cosas que le haría si la tuviera delante de mí en ese momento. No podía ver su vulva, pero sí me la imaginaba apretadita en esa bombachita. Me metí los dedos pensando que era ella quien me lo hacía. Recordé sus suaves besos en mi cuello. ¡Tendría que haberle partido la boca en ese momento! Froté mi clítoris intensamente.

No sé cuánto tiempo estuve pajeándome, pero en ningún momento aparté la vista de esas preciosas y redondas nalgas. Me las grabé en la mente. Por suerte no le había prometido que borraría la foto. Me la guardaría para mí. Llegué a un bonito orgasmo que me hizo sentir culpable como en mis primeras masturbaciones.

No sólo estaba fantaseando sexualmente con mi amiga la monjita, que tanto confiaba en mí, sino que además tenía la sensación de estar siéndole infiel a Lara. Por pura culpa le escribí a mi novia diciéndole que la amaba mucho y que ella era la mujer de mi vida. Me respondió casi al instante diciéndome algo similar y que le encantaba que le dijera eso.

Pasaron algunos días y me mantuve cerca de Lara todo lo que pude. Hicimos el amor todos los días, ya sea en mi casa o en la suya. Eso fue un alivio para mí. Confirmé que estaba enamorada de ella y ya ni siquiera pensaba en Anabella, al menos no de forma sexual.

El jueves de esa semana recibí un mensaje de la monjita, me pedía que fuera a verla cuanto antes porque tenía algo importante para decirme. No entendía nada. Esa misma tarde fui hasta el convento hecha un manojo de nervios, no se me ocurría qué era eso tan importante que quería decirme. Golpeé su puerta y me recibió casi al instante. Otra vez estaba sin sus hábitos y con esa aburrida ropa que yo tanto odiaba, al menos no traía puesto el velo y podía admirarla con su hermoso cabello. Nos sentamos y me extrañó que ni siquiera preparara el mate.

– ¿Qué querías decirme Anabella?
– Hoy ocurrió algo que me dejó anonadada. De verdad no lo podía creer. Mucho menos viniendo de vos.
– ¿De mí? Pero si yo hoy estuve todo el día estudiando – vi que sacaba algo de una bolsa de tela, era un teléfono celular, pero no era el suyo.
– Esto se lo saqué hoy a una chica del secundario.
– La que roba sos vos ¿y la culpa la tengo yo?
– No es momento para chistes Lucrecia. No robé nada. Se lo saqué con la promesa de devolvérselo y no contarles a sus padres lo que vi.
– ¿Y qué viste?
– Esto:

Puso la pantalla del teléfono frente a mis ojos y me vi a mi misma sonriendo. Me quedé boquiabierta, era el video que Lara filmó el sábado por la noche mientras yo le chupaba la vagina.

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Me niego a ser Lesbiana (Parte 5)

Reacción inesperada.

Me quería morir. Esta vez más que nunca. ¡No podía ser! ¿Cómo fui tan estúpida? Supongo que envié el video a la última persona que me escribió y como una estúpida creí que se trataba de Lara. Hubiera preferido que ese video le llegara a mi madre antes que a la Hermana Anabella. Ya estaba pensando de qué forma me mataría, pero primero debía pedir disculpas, aunque fuera un gesto inútil. Escribí apresurada pero intentando ser lo más clara posible:

~ ¡PERDON! ¡Le pido mil disculpas Hermana Anabella! Créame por favor. Fue un error, una equivocación. No estaba pensando claramente. Estaba completamente borracha y confundí el destinatario. Estoy siendo sincera. Quería enviar ese inmundo video a mi amiga, ahora me arrepiento por eso y me arrepiento el doble por habérselo enviado a usted. Sé que no hay forma de que me perdone, pero al menos quería que lo supiera. Fue una gran equivocación.

Releí el mensaje antes de enviarlo y corregí los errores, esta vez quería hacer las cosas bien, aunque me temblaran las manos. Quería llorar. Me odiaba a mí misma, todo esto echaba por el caño mi noche de lujuria, ahora me arrepentía enormemente de todo, me sentía sucia, de cuerpo y alma. Envié el mensaje y arrojé el celular sobre la cama. Corrí al baño a darme una ducha. Ni siquiera esperé a que el agua comience a salir tibia, me metí bajo la lluvia fría rogando que eso al menos me limpiara el exterior y parte del espíritu. Me sentía una idiota total. Le di un golpe a la pared y los nudillos me quedaron rojos y adoloridos. Quería gritar. Me arrodillé en el suelo y agarré mi cabeza estrujándome el cabello con los dedos. Me quedé en esa posición intentando apartar todo lo malo que había hecho.

El agua tibia hizo un milagro en mí. Logró serenarme mucho y de a poco fui pensando con más claridad. No podía decir que todo lo que hice en la noche fue producto del desenfreno. No, para nada. Había planeado todo, yo quería que cada una de esas cosas ocurriera, mi único error fue confundir el destinatario del mensaje. Porque si se lo hubiera enviado a Lara, como debía ser, no estaría arrepentida. De nada. Ni siquiera de haber tenido sexo con una desconocida, así que debía ver las cosas como eran, sólo debía sentirme mal por lo que le hice a Anabella, nada más. De lo contrario me volvería loca.

Envuelta en una toalla volví a mi cama, las sábanas eran una mugre. Estaban todas húmedas. Vi que había recibido un nuevo mensaje. Al principio no me animé a leerlo, pero tenía que ser fuerte y enfrentar mis problemas.

~ Ya me parecía. Pero eso no quita la mala acción. Tampoco creo que debas culpar al alcohol. Entiendo que me llegó a mí por un simple error al presionar botones, pero de todas formas tenías intenciones de enviar esas cosas. Yo no puedo perdonarte porque no soy quién para juzgarte. Si buscás perdón te sugiero que lo hagas mediante la confesión. Al menos puedo decirte, para que no te sientas tan mal, no estoy enojada con vos. Hagamos de cuenta que esto nunca ocurrió. Te espero esta tarde, así vamos a poder charlar más tranquilas.

El alma me volvió al cuerpo. Esta mujer era una santa, otra monja me hubiera mandado a la hoguera. Le aseguré que iría esa tarde a verla, aunque en realidad me muriera de la vergüenza. No dije nada sobre la confesión ya que últimamente no veía a la iglesia como una ayuda, aunque a veces mi temor a Dios me hiciera opinar diferente. No me animaría a contarle eso a un cura, jamás. Aunque él fuera los oídos del mismísimo Dios.

Esa tarde fui en el auto hasta la Universidad. En realidad entré por la capilla manteniendo la cabeza gacha temerosa de la mirada acusadora de los santos, vírgenes y del mismo Jesucristo. Enfilé directo hacia los aposentos de Anabella ignorando a casi todos los que me crucé en el camino. Sólo saludé a Tatiana, pude verla a lo lejos entrando a un aula cargando un balde y un trapeador. Me dio un poco de lástima que la chica tuviera que hacer esos trabajos, más un día domingo. Pero ella parecía tomárselo con naturalidad y me saludó con una sonrisa. Al fin y al cabo era un trabajo digno y una forma de pago hacia la absurda cuota mensual de la Universidad. Ya había chequeado el monto y hasta a mí me pareció una locura total. No sabía cómo tanta gente podía costearla.

Anabella me recibió con una sonrisa. Iba enfundada en sus hábitos y volví a verla como si se tratase de una viejita caderona. Estuve a punto de arrodillarme ante a ella y suplicarle que me perdone por todo pero en ese momento me dijo:

– Ni se te ocurra empezar a disculparte otra vez, ya te dije que para mí es como si no hubiese pasado nada – asentí con la cabeza.

Ya instaladas, con mate de por medio, retomamos la charla desde el punto en que la habíamos dejado. No quería hablar sobre el incidente con el video y me alegraba que ella tampoco quisiera hacerlo.

– Me ibas a contar por qué fue que decidiste ser monja a tan temprana edad.
– Ah sí. Primero te aclaro que muchas Hermanas comenzaron con su servicio al señor a edad muy temprana. Eso de que las monjas nacen viejas es un mito, aunque tengo mis sospechas sobre Francisca, la Madre Superiora. Creo que ella si nació tal cual está ahora – me reí por su comentario – lo cierto es que, como te dije antes, mi historia es muy triste y no quisiera amargarte el día.
– Mi día ya se amargó desde temprano, por mi culpa. Así que podés contarme con confianza.
– Está bien. En mi vida ocurrió algo muy feo hace diez años. Ahora me siento mucho mejor y puedo hablar del tema sin entristecerme demasiado. Lo acepté como algo que ocurrió y aprendí a vivir con ello, gracias a la ayuda del Señor – hizo una pausa para tomar el mate y arrojó la bomba – fui violada por un hombre cuando tenía 18 años. Fue algo muy feo e impactante. Me maltrató y me golpeó mucho. Quedé destruida física y emocionalmente. Para colmo provengo de un pueblito chiquito y todo el mundo sabía lo que me ocurrió, hasta sabían quién era el violador, pero nadie hizo nada. Absolutamente nada. Por miedo. El hombre era peligroso e iba armado casi siempre. Un tipo de campo, bien rudo y brabucón que se creía el dueño del mundo.
– Que triste – se me llenaron los ojos de lágrimas de sólo imaginarme la situación – yo pasé por algo parecido, ni de cerca es tan trágico como lo tuyo, pero también me sentí abusada y ultrajada por un chico que se aprovechó de mi ingenuidad.

Anabella me tomó de la mano, la suya era muy suave y tenía los dedos fríos como teta de monja. No es que yo le haya tocado una teta a una monja, sólo era un dicho popular. Si ya se… mi cerebro a veces salta para el lado equivocado, es como una defensa personal ante los momentos tristes.

– Te entiendo Lucrecia, puede que eso mismo repercuta hoy en día en tu vida y te lleve a actuar de forma inapropiada – asentí con la cabeza – pero eso no fue todo lo que me ocurrió. Dos meses después, mientras me reponía de mis heridas y temía salir a la calle, mi padre falleció en un accidente de auto, en la ruta.

Me quedé helada. Pobre chica, en dos meses se le había ido la vida al caño. Yo estaba más triste que ella. No pude soportarlo, me puse de pie y la abracé fuerte. Mi maldito instinto lésbico reaccionó al instante, aunque yo no quisiera. Pude adivinar sus curvas bajo toda esa ropa, sus senos parecían grandes y firmes, ella se puso de pie para devolverme el abrazo.

– Gracias Lucrecia, no sabés cuánto bien me hace esto.

La pobre chica debía estar más sola que Hitler en Janucá. Froté su espalda con ambas manos, al no tener delimitación en la ropa cometí el error de bajar demasiado. Sentí una redonda nalga contra mi palma, para colmo estaba apretando con firmeza. Ella dio un respingo pero no me dijo nada, no sabía qué hacer. Decidí no moverme muy rápido y retirar la manos suavemente. Haría de cuenta que nada pasó, a menos que ella se quejara. La liberé de mis peligrosos brazos y volví a mi asiento. Ella hizo lo mismo, me miró con la misma sonrisa de siempre.

– Ni me puedo imaginar cómo habrás reaccionado con mi mensaje – decidí sacar el tema para zanjarlo de una vez.
– La verdad es que al principio no entendí nada. La imagen se movía para todos lados y se escuchaban ruidos raros, pero de pronto supe que era… bueno. Vi de qué se trataba.
– ¿Y qué hiciste? – estaba muy nerviosa.
– Detuve el video y lo borré de inmediato. Tengo que admitir que me enojé y ofendí mucho. Pero luego lo pensé con más claridad. Lo más lógico era suponer que te habías confundido.
– Y así fue… creeme. Era para mi amiga.
– ¿Esa amiga con la que pasaron cosas? No entiendo cómo es que llegaste a tanto Lucrecia.
– Si, esa misma amiga. Yo tampoco lo entiendo, pero fue una serie de procesos que no pude controlar, por eso quería hablar con vos la última vez, quería saber cómo hacés para controlarte. Aunque ahora ya es muy tarde para eso.
– ¿Cómo hago para controlar qué? – o era tan ingenua como yo solía serlo o me estaba probando.
– Cómo hacés para… – tragué saliva – para no masturbarte – me miró con los ojos abiertos al máximo. Noté que eran de un color extraño, como ámbar – no me malinterpretes, pero sé que ustedes tienen que mantener la abstinencia sexual y no creo que lo hagan sólo por milagro del cielo, debe haber un método.
– De hecho lo hay. Es rezar mucho y servir a Dios.
– No te ofendas Anabella, pero yo hice eso mismo y sin embargo ahora no puedo parar de… – me quedé muda – bueno, ya sabés – noté que la estaba poniendo muy incómoda, ya ni cebaba mates.
– Este es un tema muy delicado, no sé si estoy preparada para hablar de esto.
– Es que sos la única con la que puedo hablarlo, a no ser que quieras que le pregunte a Sor Francisca si se masturba o no. Ahí si la termino de matar a la pobre viejita – no pudo evitar reírse, aunque se cubrió la boca.
– Mejor te mantenemos alejada de ella – suspiró – ¡Ay Lucrecia! – me miró como si yo fuera la mismísima Lucrecia Borgia – me llevás por un terreno sumamente difícil. Pero es mi deber responder con la verdad. Sólo quiero que prometas que no vas a hablar de esto con nadie – se lo prometí de corazón – lo cierto es que yo sigo siendo mujer, por más hábitos que me ponga. No te voy a mentir, a veces es sumamente difícil resistir a la tentación, pero por lo general suelo mantenerme fuerte. De verdad que rezar me ayuda mucho. Puedo pasar meses sin siquiera pensar en el tema, pero a veces el cuerpo se acuerda que también fui hecha con órganos sexuales – intenté imaginar cómo sería su vagina, pero esto era muy sucio, decidí evitar pensar en eso, volvió a tomarme de las manos – a veces caigo en la tentación y lo hago.
– ¿Lo hacés hasta terminar o te da culpa? – el corazón me latía muy rápido, no podía aparar la mirada de sus ojitos.
– Si empiezo lo hago hasta el final, porque sé que si me detengo es peor, luego las ganas vuelven más rápido. Al menos al quedar… satisfecha ya puedo olvidarme del tema por varios días. Aunque la culpa está latente – la imaginé tendida en su cama, vistiendo los hábitos y hundiendo la mano en su entrepierna, noté que me estaba mojando – cuando eso ocurre me confieso.
– ¿Le contás al cura que te masturbaste? – ella apretó mi mano al escuchar esa palabra prohibida. Me refiero a “masturbarse” porque a los curas sólo los evitaba yo.
– No con esas palabras. Sólo le digo que caí en la tentación, supongo que él sabe a qué me refiero. Debe saberlo porque la Penitencia suele ser severa. Aunque la cumplo al pie de la letra.
– Yo también sentía mucha culpa al hacerlo, pero anoche no lo sentí así. Me dije a mi misma que algo tan bonito y placentero no podía ser pecado. Nadie sale lastimado y hasta me siento mejor física y anímicamente.
– No digo que sea pecado hacerlo, siempre y cuando se lo haga con moderación… y no a tu ritmo actual – palazo en la nuca para la pobre Lucrecia – pero yo tengo un voto de castidad que debo cumplir.
– Claro, eso lo entiendo perfectamente. Pero yo veo por “castidad” el no tener relaciones sexuales con otras personas. Al menos debería permitirse la autosatisfacción.
– La autosatisfacción – esa palabra le gustó más – también es un acto sexual. Es tener sexo con uno mismo.

Pasé mi mano libre por mi entrepierna. Me estaba calentando. Por suerte ella no podía verme, la mesa me cubría. El pantalón blanco que tenía puesto era de tela liviana, por lo que mis toqueteos se sentían perfectamente.

– Y cuando lo hacés… ¿cómo lo hacés?
– Esa pregunta es un poquito personal Lucrecia ¿no te parece?
– Si, perdón. Tenés razón – que estúpida que fui – podés decirme Lucre.
– No, prefiero llamar a la gente por su nombre completo. Eso quiere decir que no me gusta que me digan Ana – asentí – Supongo que lo hago como lo hace cualquier otra mujer – respondió a mi pregunta de todos modos – esas cosas se hacen por instinto, no es que alguien tiene que venir a explicarte.
– De hecho se puede aprender más, cuando yo estuve con una amiga… ella me enseñó a tocar de forma más delicada y midiendo mejor los tiempos. La idea es esperar a estar bien lubricada para no hacerse daño y estimular la zona del clítoris – eso mismo estaba haciendo debajo de la mesa – no recurrir tanto a la introducción de dedos, al menos no al principio – Anabella estaba pálida como la luz de Cristo.
– Gracias por los consejos Lucrecia. Pero ¿te puedo pedir un favor?
– El que quieras.
– Poné las dos manos sobre la mesa, me estás poniendo un poco incómoda.

Ok, ya está. ¿Cuál era la forma más rápida y dolorosa de matarse? No podía ser que siempre me meta en estos quilombos. Tenía que terminar con mi miseria, pero ya. Lo peor es que no se me ocurría nada, ni siquiera arrojándome por la ventana me mataría, sólo haría enojar más a Anabella por romper sus bonitos cristales. Puse la mano del pecado suavemente sobre la mesa y me sonrojé al máximo. Bajé la mirada y quise soltar su mano, pero ella no me lo permitió.

– No llores – me dijo con su dulce vocecita. ¿Esta chica jamás se enojaba? Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando.
– Perdón, soy una completa estúpida – limpié mis lágrimas con una servilleta.
– No sos estúpida. Al contrario, sos muy inteligente. Desde que empecé a hablar con vos me di cuenta de que a veces decís grandes verdades, por más que te equivoques, como todo el mundo.
– Pero… pero cómo me voy a poner así justamente frente a vos. No pienses que me excito con vos, es que… la conversación… y las cosas que hice… me acordé de todo… – intenté quedarme callada para no decir más estupideces.
– Ya, ya. Ya pasó – me dio unos golpecitos suaves en la mano – entiendo que es por la conversación, a mí me pasa lo mismo – la miré sorprendida – si Lucrecia, no te puedo negar que tocar estos temas tiene repercusiones en mi cuerpo, pero yo sé disimularlas, vos podrías aprender a hacer lo mismo.
– Para vos es más fácil, estás vestida con cuarenta kilos de ropa.
– De hecho no es tanta, estos días de calor sólo uso el hábito y ropa interior. Pero no se lo digas a nadie – me guiñó un ojo, no sabía que las monjas supieran hacer eso.

Basta Lucrecia, dejá de imaginar a la monjita en calzones. Ella te está hablando de buena fe, no para que te pongas cachonda.

– Ah, pensé que debían usar alguna ropa especial debajo de eso.
– Por lo general usamos nuestra ropa normal debajo, pero hoy hacía demasiado calor y me gusta llevar mis hábitos. Me siento protegida con ellos.
– Claro, ¿quién se va a meter con una monjita tan astuta como vos? – me sonrió – Dejame decirte una cosa, como amiga. No deberías sentirte tan culpable por… por masturbarte – lo dije susurrando en complicidad – no creo que Dios se ofenda por eso, no estás haciendo mal a nadie.
– Agradezco tus palabras pero prefiero mantener mis votos. Al menos mantenerlos lo mejor que pueda. La confesión limpia todos los pecados pero tampoco quiero abusar de la bondad del Señor.

Miré la hora y vi que ya eran las 6:20 de la tarde. Sabía muy bien que a las 7 comenzaba otra misa y seguramente Anabella tendría cosas que hacer. Me despedí de ella amablemente y le prometí visitarla pronto. Me despidió con un cálido beso en la mejilla.

Caminé por los pasillos de la escuela y crucé hacia la Universidad, no estaba pensando muy claramente, no podía quitarme de la cabeza lo hablado con Anabella. En ese momento vi a alguien que no esperaba en absoluto. Parada frente a mí, con una amplia sonrisa, estaba Lara.

– ¡Al fin te encuentro che! – me dijo.
– Lara ¿Qué hacés acá? – tuve que repasar mentalmente los días, tal vez mi cerebro había colapsado y ya era lunes.
– Te estaba buscando.
– ¿Y cómo sabías que estaba acá?
– Me lo dijo Tatiana, que te vio entrando. ¿A qué viniste?
– A conversar con una monjita amiga – me miró como si yo fuera de otro planeta, de uno en el cual la gente sobrevivía a base de ostias y vino tinto – ¿no puedo tener una amiga que sea monja?
– ¿Eh? Sí, sí. Claro que sí. Perdón, hasta yo debo haber hablado con algún rabino… alguna vez – se quedó en silencio unos segundos – es que estoy nerviosa, necesito hablar con vos de algo muy importante – de pronto recordé por qué estaba esquivando a Lara.
– Te escucho – miró para todos lados y cuando vio que estábamos completamente solas habló.
– Es sobre lo que pasó la otra noche. Estuve pensando mucho al respecto. Mucho en serio. No creas que me tomé a la ligera lo que pasó y todo lo que me dijiste. Y decidí una cosa.
– ¿Qué decidiste? – pregunté temerosa.
– Que quiero probar. Quiero saber qué se siente, porque al igual que a vos, creo que me está gustando todo esto de… de las mujeres.
– ¿De verdad lo decís? – abrí grande los ojos, yo aún estaba mojada por los toqueteos en el cuarto de Anabella.
– Sí, de verdad. No creo que haga falta decirte que quiero probar con vos, no lo haría con otra – me conmovió tanto que la abracé.
– Solamente decime dónde y cuándo – estaba feliz.
– Acá y ahora.
– ¿Qué, estás loca?
– No más loca que vos. Seguime.

Caminamos a paso ligero hasta lo que yo sabía eran los baños. Entramos al de mujeres, estaba completamente vació. Agradecí que fuera domingo. Tomé a Lara por la cintura y la besé en la boca, ella respondió sin problemas, nuestros labios se masajearon mutuamente. Me encantaba besar mujeres, ya no podía negarlo.

– Vamos – dijo Lara señalando uno de los cubículos del baño – no quiero perder tiempo, no quiero otra interrupción.

Me recordó a mi actitud la noche anterior con esa chica desconocida. Estaba sumamente ansiosa porque esta vez no había alcohol de por medio. Intenté no pensar más de la cuenta. Mi amiga me empujó dentro, ella estaba más impaciente que yo, me dio un poco de gracia verla así. Quedé de espaldas a Lara y me tomó por sorpresa, ni bien cerró la puerta del cubículo se agachó y me bajó los pantalones, junto con la bombacha, hasta las rodillas. Casi al instante sentí su cara entre mis nalgas desnudas, no pensé que todo ocurriría tan rápido, debido a que ya estaba muy excitada, todos esos actos impulsivos me pusieron como loca. Me apoyé de manos contra la pared separando las piernas tanto como pude e intentando dejar el inodoro entre ellas.

Lara no perdió ni un segundo, su boca abarcó la mitad de mi vagina y la chupó, luego le pasó la lengua saboreando mis jugos. Mi almejita debía estar muy cargada de aromas sexuales, me encendía el pensar que Lara los estaba disfrutando, aunque no pudiera ver su rostro. Paré más la colita y la chica se prendió a mi vulva con la misma intensidad con la cual yo lo había hecho con la suya, o con la de la chica desconocida en el boliche. Ahora Lara actuaba con firmeza y seguridad. Me agarró de las nalgas con ambas manos y sentí unos intensos chupones en el centro de mi vagina.

Pasado un rato se las ingenió para meterme dos dedos sin dejar de lamerme, no pude evitar gemir de gusto. Todo esto era demasiado bueno. Sus dedos danzaban en mi interior buscando cada punto sensible. De pronto recordé lo que la chica del bar había hecho, me mordí el labio inferior, me di cuenta que tenía ganas de probar eso una vez más.

– Meteme… – no me animaba a pedírselo – meteme los dedos en la cola – si con eso no la espantaba, no lo haría más.
– ¿Estás segura?
– Sí, segura.

Tuvo la gentileza de humedecer mi ano usando mis propios flujos vaginales y pocos segundos después sentí ese rico ardor en mi agujerito trasero. Lo fue metiendo de a poquito, dándole tiempo a mi colita a acostumbrarse, en todo ese rato no dejó de lamerme, pudo ponerse debajo de mi vagina, allí encontró mi clítoris. Lara tenía talento. Me estaba haciendo gozar como nunca.

Cada vez que hundía su índice en mi ano me hacía suspirar, aunque me doliera y ardiera, me producía mucho morbo, me sorprendía que me agradara tanto. Nunca había siquiera fantaseado con esto, pero lo estaba disfrutando, aunque podía soportarlo sólo por un tiempo. Di media vuelta obligándola a quitar el dedo, pero estaba lejos de quedar satisfecha. Le sonreí, se veía tan linda de rodillas ante mí. Me quité el pantalón y me senté sobre el inodoro abriendo las piernas.

Separó un poco mis labios vaginales al pasar su lengua entre ellos, apreté su cabeza hacia abajo y me dejé llevar por el placer. ¡Mi mejor amiga me la estaba chupando! Todavía no podía creerlo. Mi respiración se estaba agitando, cada vez me costaba más reprimir mis gemidos. En ese preciso momento escuchamos ruidos dentro del baño, parecían dos chicas que venían conversando, posiblemente venían a la misa de las 19 horas. Me espanté. Una de ellas intentó abrir la puerta del cubículo, por suerte Lara había colocado la traba.

– ¡Ocupado! – grité – Ahhhhhhhhhhh – Lara me estaba chupando el clítoris intensamente.
– ¡Uy, perdón! – dijo una chica con una voz suave, volví a gemir, mi amiga no dejaba mi vagina en paz – ¿Estás bien?
– Vamos Sami – dijo una segunda voz femenina.

Estaba tan excitada que no podía parar de gemir, me di cuenta que me producía mucho morbo el que me escucharan, además no me conocían y no podían verme. El cubículo del baño no era de esos que dejan ver los pies, este cubría todo por completo.

– Vamos te digo – insistió la segunda voz.
– Pero algo le pasa a la chica. ¿Flaca, estás bien?
– Estoy excelenteeeeee, ahhhh – di una suave patada a una de las paredes mientras mi amiga me metía la lengua, todo esto me causaba mucha gracia, la calentura me desinhibía. Se ve que a Lara le pasaba lo mismo porque también gemía, aunque tuviera la boca ocupada.
– Vamos Sami, ¿no te das cuenta? Dejémoslas solas – insistió la segunda chica.
– ¿Solas?
– Son dos lesbianas boluda – intentaba hablar en voz baja pero podía escucharlas perfectamente.
– ¡Soy bisexual! – gritar eso fue un alivio, fue mi primera aceptación real de mis preferencias sexuales. De hoy en más me consideraría bisexual.
– ¿Dos chicas? – la primer chica parecía confundida, se quedó en silencio unos segundos – ¿Cómo te llamas flaca? – me extrañó que me preguntara eso, tal vez quería acusarme con la Madre Superiora. No le diría mi nombre.
– Eso no te va a importar mientras te la esté chupando hermosa – Lara se rio por mi atrevida contestación, ni yo lo podía creer.
– Vamos Sami, o te dejo acá.
– Esperá – dijo Sami.
– ¿Qué hacés, dale vamos? Apurate.

Mi calentura era brutal, ya gemía sin limitarme, tuve un orgasmo que me nubló aún más el buen juicio.

– ¡Ay si, chupamela toda divina! Comemela.

No lo decía sólo para Lara, quería que las otras chicas también escucharan. Jamás me había atrevido a decir semejantes cosas pero el mantenerme anónima me lo dejaba mucho más fácil. Escuché a las chicas saliendo del baño y empecé a reírme.

– ¿Vos estás loca? – me dijo Lara poniéndose de pie.
– ¿Me vas a decir que a no te gustó?
– Me encantó, me calenté muchísimo. ¡Mal!

En eso miramos al piso y vimos una tarjetita blanca que antes no estaba allí. Al parecer una de las chicas la había deslizado por debajo de la puerta. Lara la recogió y me la alcanzó:

– Al parecer tenés una nueva admiradora.

Escrito con tinta roja en la tarjeta podía leerse: “Llamame” a esto le seguía un número de teléfono, estaba firmada por Samantha. Me dio otro ataque de risita nerviosa. No pensaba llamarla pero igual conservé la tarjeta, para recordar el buen momento. Vi que Lara se estaba desprendiendo el botón del pantalón, estaba decida a seguir, me encantó que estuviera tan segura, yo también lo estaba. Ya no podía negar que me gustaban las mujeres. Al menos para tener sexo. Disfrutaría de esto hasta que llegara el hombre de mi vida y tal vez ahí ya no me haría falta acostarme con mujeres.

– No, esperá – le dije – vamos a hacerlo bien, como se debe. ¿Estás lista para llevar esta amistad a un nivel superior? – una amplia sonrisa se dibujó con sus preciosos labios.
– Si, lista y ansiosa.

Salimos de la Universidad tomadas de la mano, casi corriendo. Subimos a mi auto. Conduje directamente hasta mi casa mientras íbamos charlando.

– Amiga, perdoname por actuar tan rara, es que tenía muchas dudas – me dijo.
– No te preocupes Lara, de hecho te decidiste mucho más rápido que yo. Tuve las mismas dudas. Sé lo difícil que puede ser y te digo que todavía tengo mis miedos, pero al menos estoy mucho más tranquila.

Llegamos a mi casa y saludamos a mi mamá. Al vernos pasó de largo con su acostumbrada cara de perro rabioso y apenas si gruñó para saludarnos. Se ve que ya se había olvidado del favor que Lara le hizo al conseguirle su bendito salón de fiestas.

– No te preocupes Lara, es común que esté de mal humor. No te lo tomes en serio.
– Todo bien, no pasa nada – en ese momento pasamos frente al cuarto de mi hermana, ella estaba cambiando las sábanas de su cama, Lara se detuvo en seco al verla – Abigail – dijo en voz baja.
– Ah sí, mi hermanita – mi amiga tenía la vista clavada en ella – ¡Hey no la mires tanto!
– ¿Celosa? – preguntó sin dejar de mirarla – es muy linda.
– No estoy celosa – mentí – sí, es muy bonita – tuve que tirar del brazo de Lara para que me siguiera – pero vos viniste conmigo – entramos a mi cuarto riéndonos – ¿Cuándo te dije el nombre de mi hermana?
– Me lo dijiste una vez, es un nombre raro pero fácil de recordad. ¿Por qué preguntás?
– Es que yo no hablo mucho de ella.
– ¿No se llevan bien?
– Nos llevamos poco, o sea, nunca peleamos ni nada, pero ella está un poco… loquita. Es una chica bastante rara.
– ¿Rara como lesbiana?
– ¡No tarada! Abigail está loca en serio, va al psicólogo y todo.
– No hace falta estar loca para ir a un psicólogo.
– Si ya sé. Yo también fui a uno.
– Pero vos sí estás loca Lucre.
– ¡Te voy a matar! – la agarré de los pelos y nos tiramos sobre la cama, estaba tan linda que la besé en la boca – yo podré estar un poquito loca, pero ella está loca en serio. Me refiero a una locura clínica.
– ¿Es peligrosa?
– No para nada, de hecho es súper simpática y divertida. Pero puede tener ideas muy extrañas. Una vez llegó con el pelo teñido de fucsia. Decía que quería ser un muñequito Troll – las dos nos reímos.
– Son lindos esos muñequitos.
– Yo los odio, pero Abi los ama. Mi mamá se enojó mucho cuando le vio el pelo así, la hizo teñir otra vez con su color natural.
– Pobrecita. ¿Era muy chica?
– Me dio mucha pena. Ella lloró mucho. No era más chica de lo que es ahora, esto pasó el mes pasado. Mi mamá es muy estricta, más cuando se trata de nuestra apariencia, yo siempre quise tener el pelo negro pero ella no me deja.
– Pero vos ya sos grandecita – me dio otro besito – te quedaría hermoso el pelo negro. No tanto como a mí, obvio – dijo en tono burlón – pero sí te quedaría muy bien.
– Vos sos la más hermosa Lara – de verdad me gustaba esta chica, volví a besarla – sacate toda la ropa.
– Si señorita.

Nos desnudamos por completo, ya no había pudor entre nosotras. Le hice señas para que me acompañara al baño. Abrí la ducha y en cuanto el agua salió tibia, nos metimos debajo. Acaricié su cuerpo mojado, tenía una figura admirable y la piel sumamente suave. Todo cuanto deseaba era sentir su cuerpo contra el mío. La abracé, nuestros pechos se acariciaron mutuamente, mi pierna izquierda se deslizó entre las suyas y nos fundimos en un romántico beso, como ella es algo más baja que yo se vio obligada a inclinar la cabeza hacia atrás. Mi corazón daba martillazos pausados pero enérgicos. Sus labios mojados por el agua estaban más suaves y delicados que nunca. Pasé mis manos por sus redondas nalgas y busqué su vagina. La acaricié con suavidad, podía sentir cómo el agua de la ducha lavaba sus fluidos.

– Que bien besás Lucre – me dijo en voz baja cuando separamos nuestras bocas. Era la segunda mujer que me decía eso y me sentí muy bien, aunque tampoco permitiría que mi ego se disparara hacia las nubes.
– Y vos la… la chupás muy pero muy bien – era totalmente cierto – me encantó como lo hiciste.
– ¿Me harías lo mismo? – las dos sonreímos.
– Obvio. Me muero de ganas.

Bajamos lentamente hasta el piso, ella se acostó boca arriba dejando que la tibieza del agua salpicara por todo su hermoso cuerpito. Pasé mi lengua por su boca y fui lamiéndola por todos lados, seguí por el cuello y cuando llegué a sus tetas me detuve allí. Jugué con los pezones dentro de mi boca, dibujé círculos alrededor de ellos con la punta de mi lengua y los chupé mientras apretaba sus senos hasta deformarlos todos.

En su vientre también me quedé un buen rato, era suave y plano, parecía una planicie que se conectaba a lo lejos con un monte, el llamado monte de venus y hacia allí viajaba yo. Cuando llegué a él, lo besé. Separé sus piernas lentamente sin dejar de lamerle la cara interna de los muslos y cuando tuve el acceso libre fui directamente a su clítoris, quise tomarla por sorpresa, dejé mi delicadeza de lado y empecé a chupárselo intensamente. Ella soltó un fuerte gemido y arqueó la espalda, apreté sus tetas y succioné tanto como pude. Lara se retorcía de placer.

– ¡Te quiero Lucre! ¡Te quiero! – me dijo entre jadeos.

Me conmovió muchísimo, pero no dejé de comerle la vagina. La lamí por todos los rincones y chupé sus delgados labios estirándolos hasta donde se pudo. Aumenté la intensidad de mis chupadas para demostrarle cuánto me gustó lo que dijo. Vi el agujerito de su culito y no aguanté la tentación, quería probarlo. Comencé a lamerlo y pude escuchar su risa.

– Ay, me hacés cosquillas – se sacudió sin dejar de reírse – Ay no, pará.
– ¿Te molesta?
– No sé. Se siente raro.
– ¿Te molestó que te haya pedido que me metieras los dedos por atrás?
– No, para nada. Si a vos te gusta no tengo drama. Haría cualquier cosa que te guste – me lancé sobre ella y la besé locamente.
– Te quiero nena – le dije mirándola a los ojos – ¿De verdad harías algo así sólo porque a mí me gusta?
– Obvio. ¿Querés que te haga algo?
– Quiero que me lo chupes – de verdad me moría de curiosidad, quería sentir su lengua ahí atrás.
– Ponete arriba mío.

Así lo hice, me puse en cuclillas dejando mi cola sobre su cara, parecía una rana. Cerré los ojos y disfruté del agua cayendo sobre mi rostro y todo mi cuerpo. Me sobé los pechos y sentí un cosquilleo en la colita, era su lengua. Me estaba lamiendo. No dudaba en sus movimientos. Lo hacía como si se tratase de mi vagina. Me encantaba. Esto era perverso y sucio, hasta me avergonzaba estar mostrando a otra persona mis más bajos instintos sexuales, pero como se trataba de Lara no me importaba que ella supiera cuáles eran mis placeres, con ella me sentía cómoda. Comenzó a chuparme con fuerza, tuve que empezar a masturbarme, estaba tremendamente excitada. Sentí uno de sus dedos y me levanté un poco. Me lo metió provocándome ese dulce dolor anal. Me incliné u poco hacia adelante para que ella pudiera chuparme la vagina. Se prendió a mi clítoris sin dejar de penetrarme por atrás con su dedo mayor. Levanté sus piernas y me zambullí en su almejita. Quedamos chupándonos mutuamente. Luego de un rato pasé mi dedo índice sobre su asterisco, acariciándolo suavemente.

– ¿Puedo? – pregunté.
– Sí, dale.

Introduje la primera falange, estaba muy apretadito. Era como ponerme un anillo que me quedaba chico. Lo saqué y volví a entrar, repetí esa acción tres o cuatro veces hasta que logré meter el dedo completo. En ningún momento dejé de comerle el clítoris. De pronto ella movió el dedo en mi ano como si estuviera rascándome por dentro, tuve que soltar su botoncito para gemir, me encantó y le mostré lo lindo que se sentía moviendo mi dedo de la misma forma dentro de su culito. Juntas estábamos experimentando y descubriendo los placeres del sexo lésbico. Seguimos con lo mismo durante algunos minutos hasta que llegamos al orgasmo al unísono. Me sorprendió nuestra coordinación, pero eso hizo todo increíblemente placentero. Nos retorcimos de gusto y nos chupamos las vaginas. Cuando nos calmamos un poco me senté sobre su vientre.

No dijimos nada, sólo nos miramos con una gran sonrisa en los labios. Tomé el envase de champú y puse un poco en mis manos. Comencé a lavar su cabello llenándolo de espuma. Ella hizo lo mismo con el mío, nos movíamos un poco ya que nuestros sexos se estaban tocando y eso nos producía mucho placer.

– Esta es mi primera vez – dijo Lara mirándome a los ojos.
– ¿Y te está gustando? – lo dije de esa forma porque aún no habíamos terminado.
– Si, muchísimo. Ni soñando creí que sería así de buena. Te quiero pedir algo.
– Pedime lo que quieras.
– Quiero que me desvirgues. Quiero que esta sea mi primera vez en todo sentido.

Estuve a punto de negarme pero luego entendí su punto, si yo aún tuviera mi himen intacto me gustaría que se rompiera en este mismo momento.

– Yo sentí que mi primera vez fue cuando lo hicimos en tu casa – le aseguré.
– Lo que pasó en mi casa quedó incompleto. También me encantó, pero ahora estamos teniendo relaciones de verdad. Hasta el final.

Nos enjuagamos bien las cabezas y me tendí sobre ella para besarla. Llevé mi mano hasta su vagina deslizándola por todo su vientre. Puse dos dedos en la entrada de su cuevita virginal y la miré a los ojos.

– ¿Estás lista hermosa?
– Muy lista. Te quiero mucho – era un amor.
– Yo también te quiero mucho Larita.

Volví a besarla, el corazón casi me estalla por la ansiedad y la intensidad del momento. Presioné con dos dedos a la vez hacia adentro y sentí la presión de su himen resistiéndose, pero yo insistí y logré la penetración completa. Ella emitió un suave quejido que se perdió en mi boca. Me besó más fuerte y yo seguí con mi tarea de masturbarla, pero esta vez lo hacía por dentro. Ella también me penetró vaginalmente y comenzamos nuestro round final de sexo y amor lésbico bajo el cálido manto de lluvia. Le ofrecí una de mis tetas y ella la devoró completa. Nuestros dedos entraban y salían cada vez más rápido y el baño se llenó con nuestros gemidos. Luego me comí sus pechos blancos como la leche y continué haciéndolo hasta que sentí que estaba llegando al orgasmo. Apuré mi penetración y supe que Lara también estaba cerca de acabar, ella me tocó con más suavidad intentando que acabáramos al mismo tiempo y casi lo logramos. Nuestros orgasmos iniciaron con pocos segundos de diferencia, el de ella fue más extenso, supuse que tuvo dos juntos. Me dolía el vientre de tantos espasmos pero estaba más feliz que nunca.

Nos llevó un rato recomponernos pero cuando salimos del baño envueltas en toallas ya estábamos muy bien, aunque algo más alteradas que de costumbre. Nos secamos mutuamente las espaldas y fuimos vistiéndonos. Esta vez le presté algo de mi ropa, en realidad se la regalé. Le di un pantaloncito tipo capri de jean y me sorprendió lo ajustado que le quedaba, pensé que al ser más bajita le quedaría más suelto.

– Que culito que tenés mamita – le dije apretándole una nalga. Con eso ya aceptaba totalmente que mirarles el culo a las mujeres me calentaba.
– Y es todo para vos – me contestó dándome un piquito.

Sabía que pronto debería marcharse pero igual nos sentamos un ratito a charlar.

– Te digo una cosa – me dijo en complicidad – yo sabía que nosotras dos íbamos a terminar haciendo esto.
– ¿Sabías que íbamos a tener sexo? Yo no me lo imaginé nunca.
– Si, lo sabía. Estaba segura, mi instinto me lo decía, casi desde el día en que te conocí. Por eso no me enojé cuando me la chupaste esa noche.
– La noche en que te desperté.
– No, la noche anterior. La primera vez – me quedé perpleja, boquiabierta, anonadada. Como Lara vio que yo no iba a reaccionar de aquí a mil años, continuó hablando – me pareció un poco loco que te animaras, pero la verdad me gustó mucho.
– ¿O sea que estuviste despierta todo el tiempo?
– Casi todo. No tengo el sueño tan profundo como pensás.
– Pero si ni te movías… casi ni respirabas… yo pensé que…
– Me costó mucho quedarme tan tranquila, pero quería ver hasta dónde ibas a llegar. La que tiene sueño profundo sos vos.
– ¿Yo, por qué? – cada vez entendía menos.
– Porque después yo te hice lo mismo y ni te enteraste.
– ¿!QUE!?
– Si, te pasé la lengua por ahí. Dormías como una morsa, como decís vos.

No podía creerlo, en un segundo pasé de ser la violadora a ser la violada. No sabía cómo reaccionar, estaba tildada. Mi cerebro hizo cortocircuito y comencé a reírme como loca.

– Que hija de puta – creo que fue la primera vez en mi vida que dije eso – y yo sintiéndome mal todo ese tiempo. ¡Te voy a matar!
– No te dije nada porque soy un poquito cruel, te quería ver sufriendo, pero un ratito nomás – acto seguido me dio un rico beso.
– ¿Y la segunda noche?
– Esa noche estaba despierta desde el principio, me levanté porque casi me hacés acabar. Ya no pude disimular más.
– No hay quién se resista a mi boquita – le dije sonriendo burlonamente – ¿pero por qué me dijiste lo de no generarme ilusiones y todo eso?
– Porque al igual que vos yo también dudé, como te dije en el auto. Tenía miedo de estar usándote por una simple calentura. Pero ahora sé que no es así. De verdad quiero estar con vos.
– ¿Estar conmigo cómo?
– Así, como amigas con derecho a roce.
– Me parece bien entonces. Me gusta la idea – mi sonrisa era sincera – Te la voy a perdonar sólo porque terminó todo bien.
– Esto recién empieza Lucre – me miró con lujuria – yo también te voy a perdonar que me hayas robado el video. Eso no se hace, una no puede ni hacerse una paja en paz y hacer un video que ya se lo afanan.

Me puse de pie de un salto, ya eran demasiadas sorpresas juntas. No sabía si correr o abrazarla para pedirle perdón. Hice lo segundo sólo porque correr no me llevaría a ninguna parte.

– Perdoname, en serio. No lo hice a propósito, es que ni siquiera estaba pensando. Me dio mucha curiosidad – volví a mi asiento – ¿Cómo te diste cuenta que te lo saqué?
– Porque lo borraste. No sé qué tocaste, la cosa es que terminaste borrando el video, sabía que lo habías visto y supuse que me lo habías robado, pero no estaba segura. Vos ahora me lo confirmás.
– Que boluda soy, para colmo confesé todo. Hasta tenía la oportunidad de negarlo y no lo hice.
– Es que sos pésima mintiendo Lucre. Además no te preocupes, de todas formas ese video era para vos.
-¿Para mí?
– Si, lo filmé una noche que estaba muy caliente con vos y casi te lo mando, estuve a un segundo de mandarlo y se iba a ir todo a la mierda. Por suerte me contuve.
– Si amiga, por suerte. Porque si me lo hubieras mandado en frío me lo hubiera tomado mal, capaz que hasta me enojaba. Qué se yo, no sé cómo hubiera reaccionado – lo cierto es que no lo sabía – ¿Desde cuándo te gustan las mujeres a vos?
– Desde que te vi y me enamoré.

Me quedé muda. Ella se tapó la boca como si hubiera hablado de más.

– Me tengo que ir – dijo poniéndose de pie.

Fui tan estúpida que ni siquiera la saludé cuando se fue.

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Me niego a ser Lesbiana (Parte 4)

Descarga emocional.

Mi amiga se despertó y mi vida llegó a su fin. Fue el peor susto que recibí en mi mojigata existencia. Sus ojos parecían la mirada acusadora de mil personas y yo aún seguía aferrada como sanguijuela a su vagina. Ni siquiera podía decir el típico “No es lo que parece”. De hecho era justamente lo que parecía.

– ¿Lucre? ¿Qué haces? – su vos era calma y somnolienta – ¡Lucrecia! ¿¡Qué estás haciendo!? – el grito de Lara resonó en mis oídos – ¿¡Qué hacés!?

Se alejó de mí pataleando hasta quedar apoyada contra el respaldar de la cama, respiraba agitadamente y el terror de su expresión fue contagioso. Entré en pánico.

– Lara, ¡Perdón! ¡Perdón! – le dije con los ojos vidriosos por las primeras lágrimas – ¡No quería, te juro que no quería!
– ¿¡Estás loca!? – en su voz noté odio, desprecio, repugnancia.
– ¡No! Es que últimamente… las mujeres… y Tati me dijo… todo eso del experimento… el beso… los videos… y estuve mirando porno… las lesbianas… el verte desnuda… dormís como morsa… yo no pensé que… – hablaba entre llanto, ni yo comprendía lo que decía pero los espasmos me impedían hablar con claridad – ¡Perdoname!
– Calmate Lucre, tranquilizate. Te va a dar un ataque – lucía igual de espantada que antes pero al menos no me estaba gritando.
– ¡Soy una estúpida! ¡Una loca de mierda! – tenía ganas de salir corriendo desnuda a la calle y tirarme del puente más cercano – ¡No merezco perdón de Dios!
– No metas a Dios en esto. Calmate, en serio. Te estás hiperventilando – abrió a tientas el cajoncito de la mesita de noche y extrajo una bolsita de nylon transparente – tomá, respirá ahí dentro.

Tomé la bolsa, no creía que eso fuera a ayudarme, no entendía que era eso de hiperventilarse, sólo quería llorar. Coloqué la bolsa alrededor de mi boca como hacen en las películas y seguí respirando agitadamente.

– Ya pasó, ya pasó – me decía Lara – no te quise gritar, es que me asustaste, no me esperaba eso – la miré sin dejar exhalar e inhalar, ella también estaba llorando pero ya no parecía tan enojada, más bien estaba desorientada – ¿Cómo se te ocurre hacer algo así? – no me lo dijo acusadoramente, más bien era una pregunta lógica, como si quisiera saber qué fue lo que me llevo a actuar de esa manera.
– Es que me estoy volviendo loca – mi voz sonó robótica dentro de la bolsa. De verdad me estaba tranquilizando bastante el respirar dentro de ella.
– No digas eso, vos no sos una loca. Siempre fuiste buenita y correcta. Como una de tus monjas, por eso me sorprende tanto todo esto ¿No estaré soñando? – miró para todos lados pero no logró convencerse de que esto era un sueño… o una pesadilla.
– Sé que me vas a odiar toda tu vida – mis lágrimas me estaban impidiendo ver con claridad.
– No, no te odio Lucre. Solamente no entiendo nada. No te pongas mal, ya pasó.

Se acercó a darme un tierno abrazo, mi cara quedó entre sus redondos y suaves pechos. Aparté la bolsa y me hundí en ellos a llorar. Sus manos acariciaban mi desnuda espalda.

– Lo único que te voy a pedir es que me expliques, porque no entiendo ni jota – me dijo suavemente – pero explicame de forma calmada, no me voy a enojar con vos.

Asentí con la cabeza, pero pasaron varios minutos hasta que logré serenarme, sé que no es momento de ponerse a pensar en chanchadas lésbicas, pero no pude evitar notar que el corpiño se le bajó un poco y liberó una de sus blancas tetas coronadas con un bello y erecto pezón rosado. No me quería separar de ella. Ahora no sólo temía que Lara se enfadara conmigo por lo que había hecho sino que también se enojara por la cantidad de tiempo que pasé abrazándola, pero ella se limitaba a acariciarme el cabello y la espalda. Me acomodé más entre sus pechos suaves y redondos, el corpiño molestaba bastante. Para mi sorpresa, ella se lo quitó.

– Para que veas que no estoy enojada con vos – me dijo volviendo a abrazarme.

Ese gesto me llenó de ternura, me demostraba que todavía confiaba en mí, que podía estar desnuda frente a mí sin pudor. Me pegué más a su cuerpo, me vi obligada a separar las piernas, quedé aferrada a ella como si fuera la cría de un mono. Esa tibieza y suavidad me llenaron de paz. Me di cuenta de lo valiosa que era Lara, ella no me había echado a patadas de su casa, al contrario, me brindaba el más cálido de sus abrazos.

No quise abusar de su gentileza. Me aparté y la miré a los ojos. Ya no lloraba, pero tenía las mejillas empapadas de lágrimas. Su boquita semi abierta estaba más hermosa que nunca.

– Prometeme que no te vas a enojar – no quería vivir la misma experiencia que Tatiana, cuando su amiga Cintia la echó a patadas de su casa. Aunque ya estaba más tranquila.
– Te lo prometo – sus palabras sonaron sinceras para mí.
– Me está pasando algo raro últimamente. Creo que me siento atraída por las mujeres – no le contaría cada detalle de la historia, prefería obviar el robo informático de imágenes y videos – hace poco hablé con Tatiana sobre esto y empezamos un experimento. Necesitaba estar segura de lo que sentía.
– ¿Qué clase de experimento?
– Uno lésbico. La primer parte fue con ella. Nos tocamos y nos besamos – si no la mataba del asco con esto, no lo haría más – A mí me gustó mucho, más de lo que yo creía y más de lo que yo quería. Después miré pornografía… con mujeres. Cada vez me costaba más alejar la imagen femenina de mi cabeza – me revolví en la cama, ella notó que mi desnudez era total – pero necesitaba un último test. Tenía que probar una vagina, de verdad. No lo hice por otra cosa. Sólo quería estar segura. No pensé que te ibas a despertar – se quedó inmóvil mirando mi entrepierna que todavía se mantenía lubricada.
– Cometiste un error. Me molesta mucho que lo hayas hecho sin mi consentimiento – asentí con la cabeza totalmente avergonzada – pero estoy intentando ponerme en tu lugar, aunque me sea difícil. Tatiana me contó lo que le pasó con Cintia y no quiero ser como ella, yo no te voy a echar de mi casa – me tranquilizó mucho oír eso – Amiga, tendrías que habérmelo pedido. Yo te hubiera ayudado.
-¿De verdad me hubieras ayudado?
– Claro que sí, sos mi mejor amiga. Si no me animaba a que pruebes conmigo, al menos te hubiera ayudado a que encuentres con quien hacerlo. Tatiana era una mejor opción.
– Tuve la oportunidad de hacerlo con ella… pero no pude. Yo quería que seas vos… – malditos actos fallidos.
– ¿Yo? – de pronto una leve sonrisa apareció en su rostro – Bueno, eso me halaga un poco – se acomodó la tanga, así evitaba que yo siguiera mirándola, no me enojé, era lo correcto – pero ya está, ya lo hiciste – nos quedamos unos segundos en silencio – ¿Cuál creés que fue el resultado?
– ¿De verdad te interesa saberlo? Es que te enojaste tanto conmigo que…
– Me enojé porque me pegué el susto de mi vida, te quiero ver a vos despertándote y que alguien esté succionándote las tripas por el agujerito de abajo – no pude evitar reírme un poco – y si me interesa saberlo. Pero prometeme que no se va a repetir.
– Promesa de mejor amiga – levanté mi mano derecha – y te pido perdón una vez más. No sé qué decir sobre el “resultado” estoy muy confundida ahora mismo. Pero no te voy a negar que antes de que te despertaras lo estaba disfrutando mucho.
– ¿Entonces dirías que sos lesbiana? – se lamió los labios incómoda y frunció el ceño – pucha, tengo un gusto raro en la boca – ahí recordé mis frotadas vaginales contra su dulce boquita, ahora si me mataría. ¿Dónde venderán las píldoras de cianuro? Serían muy útiles en estos casos.
– Más bien debería decir que soy bisexual, no puedo descartar a los hombres – luego pensaría mucho sobre esas afirmaciones – ¿gusto raro como a qué? – miré a la pared haciéndome la ingenua.
– No sé… como a… – en ese momento se fijó en mi vagina, yo estaba de rodillas con las piernas separadas – ¡Como a eso! – señaló con su índice. Y yo que ni siquiera había escrito mi testamento – ¿acaso eso también era parte del experimento?

Se arrojó sobre mí y me hizo caer de espalda sobre la cama, me preparé para recibir el primer golpe, con los ojos cerrados, como niña cobarde que era. El golpe nunca llegó. Sólo escuché su risa.

– Qué desgraciada que sos, ¿también me querías hacer probar a mí? – me daba golpecitos por toda la cabeza, pero eran suaves. Me tranquilizó mucho que no estuviera enojada y que se lo tomara con gracia.
– Es que tenía que probar que se sentía tener una chica ahí abajo – dije como si fuera lo más lógico del mundo – además vos empezaste, vos me besaste primero.
– ¡Fue por una apuesta! – me golpeó otra vez – y yo ahora tengo que estar lamiendo tus cochinos flujos.
– Los tuyos son muy ricos – ya me estaba divirtiendo – no creo que los míos sean tan malos.
– ¿Así que son ricos eh? – se llevó la mano a la vagina y dos segundos después la acercó a mi cara, la tenía llena de ese viscoso líquido que formaba hilitos entre sus dedos – ¿te gusta? – intentó poner su mano contra mi cara pero me defendí sosteniéndola por la muñeca – ¿Ahora te hacés la exquisita?

Sentí sus dedos húmedos limpiándose contra mi nariz, mi boca y mi barbilla, mantuve los labios apretados mientras nos reíamos. Al final decidí darle (o darme) el gusto, chupé uno de sus dedos y luego otro.

– Mmmm, si muy rico.
– ¡Degenerada! – su cuerpo estaba tibio y sentirlo sobre mi desnudez me excitó mucho – a ver qué te parece esto.

Con un rápido movimiento fue hasta mi vagina y pasó cuatro dedos bien juntos de abajo hacia arriba. Se me erizaron los pelos de los brazos. Me ofreció su mano embadurnada por mis propios jugos y prácticamente me obligó a lamerlos, aunque no me opuse mucho. Nunca había probado eso, me resultó excitante y se lo hice saber.

– ¡Más rico todavía!
– ¿Cómo que más rico? – me agarró del pelo y sacudió un poco mi cabeza – ¿Cómo que más rico? ¡La mía es mejor!
– Ya vas a ver que no.

Metí dos dedos bien en adentro de mi sexo, aproveché para estimularme un poco el clítoris, esta escena era muy excitante. Luego puse la mano frente a sus ojos mostrándole lo mojada que estaba.

– ¡No, salí! – intentó apartarse – ¡Ay no, que asco! – le restregué mis jugos por la cara y logré meter un dedo en su boca, ya sin resistirse lo lamió, hizo lo mismo con otro dedo. Me morí de placer al verla haciendo eso – ves que te gusta – se limitó a sonreír.

Busqué a tientas su vagina, hice a un lado la tanga y la toqué un ratito para mojarme bien los dedos, confieso que me agradó hacerlo, ella sólo aguardó expectante a que los pusiera en su boca, me miró con los ojos bien abiertos, los lamió sin dejar de mirarme. Nunca había sentido un cuerpo tan cálido y suave sobre el mío. Los degustó sin quejarse, hasta pareció disfrutarlo.

– La mía es más rica – me dijo sonriendo.

Empezamos a reírnos como niñas tontas, mientras se ponía de rodillas otra vez, me moví junto con ella y la abracé, nuestras piernas quedaron intercaladas, yo tenía una de sus piernas entre las mías, y mi vagina se rozaba contra su muslo, pude sentir su húmedo sexo sobre mi pierna izquierda, actué sin pensarlo y creí que Lara se enfadaría conmigo, pero también me enredó con sus brazos. Nuestros pechos se tocaban, sentía su menudo cuerpito unido al mío. Nos quedamos mirando con una amplia sonrisa en la boca.

– Entonces, ¿me perdonás? – le pregunté.
– Si amiga, no te preocupes. Ya pasó. No digo que hayas actuado bien, pero no quiero pelearme con vos por eso.

La abracé más fuerte, el roce de mi clítoris contra su piel me estaba excitando mucho, además nunca antes me había sentido tan bien abrazando a una persona, pero intentaba no moverme mucho para no alterarla. Estaba preciosa, sus ojitos negros me estaban consumiendo. ¿Me estaré enamorando? Su respiración estaba tan agitada como la mía y nuestros pechos estaban amalgamados, me estaba perdiendo, me costaba pensar con claridad. Sus dulces labios me atraían como el polen a una abeja. Me acerqué para besarla.

– No – dijo ella en un susurro casi inaudible.

Mi beso se estrelló contra su mejilla. El giro de su cabeza fue suave, pero bastó para esquivar mi beso. De inmediato hundí mi cara en su hombro izquierdo, me sentía avergonzada.

– Perdón.
– Está bien, no te pongas mal – me dijo acariciándome la espalda.

Eso me reconfortó mucho, esta chica era fantástica. Me enderecé y le sonreí para demostrarle que estaba todo bien.

– ¿Qué fue lo que “experimentaste” con Tatiana? – me preguntó.
– Me enseñó a tocar a una chica – básicamente eso fue lo que aprendí.
– ¿Ah sí? Algo muy útil si es que querés ser…
– ¿Lesbiana? Todavía no decido esa parte, pero supongo que sí es útil. Porque tocarse una misma es una cosa, pero creo que es un poco más difícil tocar a otra chica y que sea satisfactorio para ella.

Nuestros cuerpos se balanceaban lentamente, esto hacía que los clítoris rozaran contra la pierna de la otra.

– A ver, mostrame – me sorprendió enormemente su pedido.
– ¿De verdad?
– Sólo un poquito. Para saber qué se siente. Nunca me tocó otra persona… bueno, solamente vos – me miró por debajo de sus largas pestañas, tuve que luchar contra las ganas de besarla.
– Está bien, te muestro. Es algo así.

Bajé lentamente mi mano izquierda hasta que llegué a su tesoro virginal. Primero con dos dedos separados acaricié los laterales de su vagina, siempre mirándola a los ojos, para saber cuál era su reacción. Cuando llegó el momento de tocar su clítoris me tembló un poco la mano, pero ella se mantuvo a la expectativa y me animé a seguir. Froté su botoncito tiernamente. En pocos segundos el ritmo de su respiración fue aumentando y con esto yo sabía que podía mover más rápido mis dedos. Estuve tocándola como un minuto o más. Me dio un escalofrío cuando sentí su mano justo sobre mi vagina, pero no la iba a apartar. Comenzó a imitar mis movimientos, tal como yo lo había hecho con Tatiana, aunque esta vez me resultó mucho más placentero, porque la situación así lo ameritaba, además la mujer que me tocaba era Lara.

Se podría decir que ya estábamos masturbándonos mutuamente. Los ojos de mi amiga se entrecerraban y de su boca salían suspiros contagiosos. Toqué la zona de su agujerito y sentí el lubricante natural saliendo del interior, intenté no ser muy invasiva para no comprometer su virginidad, pero ella si hundió dos dedos en mi agujerito. Suspiré y pegué mi frente a la suya, acaricié su espalda con mi mano derecha y llegué a su cola. Nuestras narices se frotaban y ninguna apartaba la mirada. Apreté su nalga firmemente e incliné mi cabeza hacia un lado cerrando los ojos. No tuve que esperar mucho tiempo, sentí sus labios contra los míos casi al instante. Esta vez no desperdicié el beso. Busqué su lengua con la mía, su humedad me sedujo al máximo.

Unidas en un beso fuimos cayendo en el mar de sábanas. Estaba lista, esta sería mi primera vez con una mujer. Mi primera relación sexual verdadera. Esta vez sentía mi virginidad emocional desvaneciéndose. Lara quedó sobre mí y no dejó de meterme los dedos, lamí su boca por dentro y por fuera, ella me hizo lo mismo. Estábamos dominadas por el deseo. Separé mis piernas tanto como pude y mi amiga se las arregló para que una quedara bajo su cuerpo, esto hizo que nuestras vaginas quedaran pegadas, apartamos las manos sin dejar de comernos las bocas y nos frotamos una contra la otra.

Moví mi cadera tanto como pude. Nuestros jugos vaginales se mezclaban. Dejó de besarme sólo para gemir. Lo hizo una y otra vez mientras nos frotábamos con fuerza, labio contra labio, clítoris contra clítoris. Ella estaba descontrolada, se movía mucho más rápido y sus jadeos se elevaban sobre los míos. Supe que estaba teniendo un orgasmo. Su vagina dejó salir más líquido el cual chorreó sobre la mía. Aceleré mis movimientos para que ella lo gozara más. Volvimos a besarnos y fuimos calmándonos de a poco. Luego vino lo mejor, lo que yo tanto estaba esperando. Lara fue bajando por mi cuello, besó mis senos, lamió mis pezones y continuó su camino hasta mi vientre. Besó mi peludo monte de venus, abrí las piernas para recibirla, Lara abrió su boca y…

Golpearon la puerta.

– ¿Lara, está todo bien? – era la voz de su padre.

Saltamos como un mono que se ve al espejo. Nos alteramos, cada una voló de la cama hacia un lado e instintivamente agarramos nuestra ropa.

– Si papá. Todo bien ¿por qué? – preguntó ella fingiendo estar somnolienta.
– Es que me pareció escuchar ruidos. Lucrecia está con vos – nos miramos aterradas.
– No papá. Se fue cuando terminamos de mirar las películas – mintió.
– Ah bueno, seguí durmiendo. Perdón por despertarte.

Nos vestimos tan rápido como podíamos, ella sólo se puso un pijama. Tuvimos que ahogar nuestra risita histérica tapándonos la boca con las manos. Ni yo entendía cuál era la gracia.

– No se va a dormir – susurró refiriéndose a su padre – te vas a tener que ir. Perdón.
– Todo bien Lara ¿pero cómo salgo?
– Por la ventana, yo tengo la llave de la puerta del patio. Cuando salgas tirala por arriba del tapial. ¿Tenés plata para el taxi? – ella si era considerada.
– Si tengo.
– Ok, después te llamo – prometió.

Cuando estuve lista abrimos la ventana y me escabullí por ella sin hacer el menor ruido. Nos besamos una vez más y me fui. Arrojé la llave y creo que se me fue la mano, la escuché caer en el techo, no pude evitar reírme. Estaba feliz. Ya podía imaginar los insultos de Lara intentando explicarle a su padre que seguramente fue un gato lo que provocó el ruido. Un gato con un gran manojo de llaves. Levanté los brazos, sonreí y di algunas volteretas. Estaba hecha una idiota, más de lo normal, pero me encantaba sentirme así.

Llegué a mi casa muerta de sueño, no tenía ni ganas de masturbarme, sólo quería descansar, despertarme y volver a estar con Lara. Hacía tiempo que no dormía tan bien.

Me levanté muy tarde. Me asusté porque creí que había faltado a la facultad, pero recordé que era sábado. Miré mi celular y encontré un mensaje de Lara, me emocioné y me apresuré por leerlo.

~ Amiga, te pido disculpas. Me dejé llevar por el momento, espero no haberte ilusionado y por favor no te enojes conmigo. Después te llamo y hablamos bien. Te quiero.

Eso sólo podía significar una cosa, que no tendríamos otro encuentro sexual. Ella se había arrepentido. Estaba desecha, no pude ni llorar. Me tendí en la cama, sólo quería que el día se terminara. Que el fin de semana se terminara y de ser posible, que mi vida hiciera lo mismo.

Lara me llamó como prometió pero no quise contestar. Daba vueltas por mi cuarto, me senté a mirar el enorme patio por la ventana, una vista que siempre me reconfortaba y hoy no lograba hacerlo. Llegó un nuevo mensaje de texto. Era de Anabella, la monjita. Ya me había olvidado de ella.

~ Hola Lucrecia, ¿Cómo estás? ¿Pudiste resolver tus conflictos?
~ Hola Anabella. No pude resolverlos, creo que los empeoré.
~ ¿Por qué, qué pasó?
~ Hice algo con una amiga y ella se arrepintió. Tengo miedo de que eso afecte nuestra amistad.
~ Si es tu amiga de verdad sabrá comprenderte. Deberías intentar hablar con ella francamente.
~ Gracias Anabella. Espero que así sea. Te prometo ir a visitarte mañana mismo.
~ Que buena noticia. Después de la misa tengo bastante tiempo libre, te espero.

En eso escucho que llaman a la puerta de mi cuarto. Era mi madre con una extraña sonrisa. En realidad era una sonrisa normal, lo extraño era verla sonreír. Ella solía tener la alegría de un velorio y la simpatía de un verdugo.

– Llamó tu amiguita Lara – me dijo sosteniendo el teléfono inalámbrico en una mano – qué buena chica – ahora si no entendía nada, ¿mi madre y Lara como amigas? ¿Qué seguía, judíos alabando a Jesús? – me ayudó a conseguir el número de teléfono de unos organizadores de fiestas y eventos muy buenos, para el cumpleaños de mi amiga Silvina. Ahh sí, también me dijo que la llames, que tiene que decirte algo importante.

Se despidió y me dejó el teléfono. Tomé aire y lo exhalé. Debía ser fuerte y afrontar la realidad. Tal vez Lara haya cambiado de opinión.

“Tal vez haya cambiado de opinión” Vaya manera de afrontar la realidad.

Marqué su número.

– Hola Lara.
– ¡Lucre! Al fin, no podía dar con vos.
– Mi mamá me contó que la ayudaste con la organización de una fiesta.
– Ah sí. Es que me pareció buena idea caerle bien en el caso de que se entere de que… ya sabés. Que soy judía.
– Si, es buena idea – la tristeza en mi voz era evidente.
– Lucre, quería decirte… es que lo que pasó, fue lindo y todo eso, pero no creo estar lista para semejante paso. Espero que eso no afecte nuestra amistad. Preferiría dejar lo que pasó en frío.
– Está bien Lara – mis ojos se llenaron de lágrimas – si fue muy lindo. Fuiste muy buena conmigo amiga, no te preocupes. Ya pasó.

Hablamos un rato más de otras cosas sólo para demostrar que podíamos seguir siendo amigas, intercambiamos opiniones sobre el libro de El Señor de los Anillos, el cual me estaba gustando mucho, y prometimos vernos el lunes en la facultad.

El resto de la tarde me la pasé llorando y culpándome a mí misma. Debía tomar una decisión con respecto a mi gusto por las mujeres, el cual ya se me estaba haciendo más que obvio, era algo que contradecía a toda mi crianza y mis pensamientos. Tal vez estos sentimientos estaban dormidos en mí y ahora estaban emergiendo, rebalsándome. Pensé mucho en eso, me estaba volviendo loca. Yo que siempre me ponía tantos límites y reprimía tanto mi libido, ahora estaba en una encrucijada sexual.

Cayó la noche y casi no toqué la cena. Volví a mi cuarto dándole puntapiés a mi estado de ánimo, que se arrastraba por el piso. Me di cuenta que no sólo estaba dolida por el rechazo de Lara sino también por haber perdido la oportunidad de tener sexo con una mujer. Debía admitirlo, lesbiana o no, eso era lo que quería. Me moría de ganas de acostarme con una mujer. Enojada conmigo misma por haberme reprimido tanto durante años decidí darme una noche libre, romper todos los límites. Mandar todo al carajo. Pero antes debía pensar cómo actuar sin que nadie se diera cuenta, no sea cosa de que a la que manden al carajo sea a mí.

Avisé a mi madre que usaría el auto y que iría a casa de Lara, ella no protestó para nada. Ese auto era prácticamente mío, ya que mis padres tenían otros dos. El tercero se usaba en raras ocasiones, yo no era muy amante del volante y prefería manejarme en taxi, pero hoy necesitaba mi propio vehículo. Lo abordé ya pasadas las 11 de la noche, llevando conmigo una pequeña mochila.

Conduje unas cuantas cuadras hasta que encontré un sitio poco frecuentado para estacionar. Abrí la mochila y extraje un pequeño vestido amarillo, una de mis pocas vestimentas sexy, la cual me la regaló una tía un poco liberal que casi provoca un fallo cardíaco a mi madre. Me desvestí dentro del auto, no fue una tarea fácil, tuve que apagar la luz para evitar la mirada de algún curioso. Decidí despojarme de mi ropa interior. Al vestirme me sorprendió un poco la sensación, era como estar con una ajustada toalla cubriendo mi cuerpo. No tenía nada más. El vestido era más corto de lo que yo recordaba. Encendí la luz del interior para y me maquillé sutilmente mirándome al espejo del lado del acompañante. Tuve cuidado de no excederme ya que rara vez me maquillaba y tenía miedo de quedar como un payaso huyendo de un prostíbulo. Para finalizar me puse unos tacos altos, color negro. Olvidé traer un bolso de mano, pero en parte era mejor estar ligera. Coloqué algo de dinero entre mis pechos, ahora si parecía toda una prostituta.

Me puse en marcha otra vez, no sabía a dónde ir. Recorrí la zona de los boliches, pubs y clubes nocturnos. Nada me convencía, todos estaban atiborrados de gente que me inspiraba poca confianza. Llegué a un sitio un tanto perdido entre las calles llamado Afrodita. Perfecto, mitología griega. Recordé que ese era un boliche gay, por varios chistes que se hacían en la facultad al respecto. Madre mía, si alguien llegara a verme entrando era cadáver, pero esa noche no me importaba nada. Estaba jugada. Aun así mantuve mi cabeza gacha.

Cuando logré estacionar me acerqué al boliche. La entrada era gratuita pero antes de permitírmela un par de guardias de seguridad me miraron de arriba abajo. Pude entrar sin mayores problemas, tal vez ya se leía en mi frente el cartel de “Lesbiana en potencia”.

No había tanta gente como yo esperaba, el lugar era mediano. No se parecía a los grandes boliches de la ciudad, pero la gente parecía ser más discreta. Había grupos de hombres y mujeres dispersos por ahí, también había otros que iban solos, como yo. Me acerqué a la barra y pedí el primer trago de la noche. Uno llamado “Sex on the beach” me llamó la atención, como si la palabra Sexo me fuera a traer buena suerte. Hasta me pareció simpático el gajito de naranja que decoraba el vaso. Bebí con calma escaneando el entorno. Había mujeres que parecían hombres y hombres que parecían mujeres. Debía tener cuidado, no quería llevarme una sorpresa. No pude evitar notar que muchas chicas se fijaban en mí, debía llamar mucho la atención enfundada en ese vestido amarillo. Algunas eran bonitas, pero me daba pánico ir a hablarles así que me limitaba a pedir un trago tras otro sin alejarme de la barra. Tampoco sabía qué hacer con los gajitos de naranja, los cuales se fueron acumulando sobre una servilleta, para disgusto del barman.

En un momento se me acercó una de esas chicas que yo no quería. Llevaba el cabello ondulado muy corto, tenía hombros anchos y prácticamente iba vestida como mi primo cuando juega al fútbol con los amigos.

– Hola gatita – me saludó.
– ¿Acaso te parezco un gato?
– Tenés aspecto de ser una fiera en la cama – se acercó y me acarició el pelo.
– Y vos tenés el aspecto de Diego Maradona – estaba enojada, quería que se vaya.
– ¿Hey, que mierda te pasa putita?

Como la música del lugar era suave su voz resonó en todo el lugar. Gracias a Dios los de seguridad también la escucharon, casi me orino encima cuando la “chica” se quiso poner violenta, pero la sacaron del lugar a empujones. Tragué la mitad del contenido de mi vaso para tranquilizarme, eso me pegó como trompada de boxeador, no fue una buena idea. Escuché una voz femenina saludándome, intenté divisar de quién se trataba pero el alcohol me estaba dando martillazos en el cerebro.

– ¿Estás sola? – me preguntó la misteriosa mujer.

Pude fijar la mirada en ella, era un trillón de veces más linda que la anterior, tenía el cabello negro suelto y formando hermosas y brillantes ondas. Sus labios carmesí me recordaban a los de Lara, al igual que esos ojos negros. ¡Es Lara!

No, no era ella. Sólo era mi subconsciente jugándome una broma pesada, pensé en vengarme de él acribillándolo con tragos fuertes pero ahora necesitaba saber qué intenciones tenía esa hermosa chica.

– Si estoy sola y si vos también me vas a decir gatita, sola me quedaré – se rio mostrándome una plana fila de blancos dientes.
– No te preocupes, como mucho te podré decir que sos la chica más hermosa que hay aquí dentro.
– Decís eso porque todavía no viste ningún espejo – nueva sonrisa, el alcohol me desinhibía. Hasta me hacía creer estrella de cine porno. De esas que yo nunca miro.

Nos quedamos charlando, ella llevaba un vestido parecido al mío, pero en color blanco. Ideal para una chica con el cabello oscuro, al menos en mi humilde opinión. Analicé sus curvas y ella hizo lo mismo con las mías. Charlamos de cosas típicas de barra y boliche. Supe que teníamos la misma edad y luego siguieron las preguntas. Que si vine muchas veces a este lugar. Que si me parecen buenos los tragos. Que si me gustan las mujeres, bueno eso no era tan típico, pero aquí sí lo era.

– ¿Les o bi? – me preguntó.

Con mi increíble experiencia callejera y mi tacto hacia las sutilezas tuve que pensar dos veces a qué se refería, bueno el alcohol también cargaba con un poco de culpa.

– ¿Es necesario ser una de las dos? ¿No puedo estar simplemente de paso?
– Si podés. De hecho mucha gente viene sólo a mirar, de curiosos. Otros prueban una vez y no vuelven. ¿Vos de cuáles serías?
– De los segundos – mi respuesta la alegró.
– ¡Qué bien! ¿Y con quién te gustaría probar?
– Con la primer mujer que no parezca estrella del fútbol profesional.
– ¿Y yo qué parezco? – se paró frente a mí y dio una vueltita, estaba muy buena. Tenía los pechos más grandes que los míos.
– Vos parecés alcanza pelotas – hice un gesto con las manos referente a sus tetas.

Comenzó a reírse y me tomó de la mano de forma casual. En cuanto me di cuenta me estaba guiando hacia quién sabe dónde. La seguí como si fuera un barrilete siendo llevado por un niño. Por un niño con grandes tetas y un culito redondo que mataba a primera vista. Llegamos hasta un pequeño lugar que se asemejaba a los probadores de ropa, aunque un poco más grande y con asientos pegados a las tres paredes. Me senté y ella corrió una pesada cortina roja, quedamos fuera de la vista de todo el mundo. No pasó ni medio segundo que ya estábamos besándonos. Mandé el mundo a la mierda y me le tiré encima. Manoseé sus tetas con ganas mientras le ofrecía toda mi boca. No quería tanto sentimentalismo, quería sexo. Bajé la cabeza y busqué una de sus tetas, la cual ya había sacado del vestido. Le chupé el pezón, era el primero que probaba en mi vida y estaba delicioso. Sentí cómo se ponía duro dentro de mi boca. Metí una mano entre sus piernas y me encontré con su tanga.

– Uy mamita, vos no andás con vueltas. Eso me pone loca. Sacamela.

Eso hice, la despojé de su ropa interior sin necesidad de levantarle mucho el vestido. Volví a chupar sus grandes tetas y apliqué mis magros conocimientos en sexo lésbico. Toqué suavemente su rajita hasta que fui sintiendo la humedad. Luego lubriqué su clítoris y lo masajeé un poco. Estaba borracha y descontrolada. Pasé la lengua a lo ancho de su boca, di una segunda lamida y chupé su grueso labio inferior.

– Ay mamita, si así me la vas a chupar…
– Te la voy a comer toda.

La Lucrecia mojigata ahora estaba atada y amordazada rogando por su liberación, pero la nueva y lujuriosa Lucrecia era mucho más fuerte. No la liberaría tan fácil. Me arrodillé en el suelo, esta vez no habría interrupciones ni dudas. Ella levantó las piernas poniéndolas en el sillón y pude ver su hermosa vagina cubierta por un lindo triangulito de pelitos negros. Cuando me acerqué quedé embriagada por su olor, si es que todavía podía embriagarme más de lo que estaba. Me mandé de lleno a chuparla. ¡Qué rica estaba! Hasta me pareció aún más rica que la de Lara. La lamí toda y di fuertes chupones a su clítoris. Metí un dedo y supe que esta chica era tan virgen como esas que alquilan su cuerpo en las esquinas. Introduje un segundo dedo y los moví dentro, siempre concentrada en su clítoris. Podía escuchar sus gemidos, me aplastó la cara contra su sexo y me vi obligada a respirar por la nariz. Lo cierto es que me produjo más placer. Moriría ahogada en un mar de vellos y jugos vaginales y eso me hacía feliz.

– Chupame el culito – me pidió unos minutos después, entre jadeos.

Sinceramente en una ocasión normal me hubiera negado rotundamente, pero esta noche no había límites. Lamí su ano con la punta de la lengua, por suerte no fue para nada desagradable, a los pocos segundos ya lo estaba chupando con ganas, como había hecho con su vagina. Fui intercalando entre los dos agujeritos mientras ella se retorcía de gusto. Froté rápido su clítoris mientras mi lengua jugaba en su asterisco y supe que ella había llegado al orgasmo. No me detuve para nada, al contrario, puse más ímpetu en mis acciones. Rodeó mi cabeza con sus piernas y el fluido vaginal comenzó a bañarme la cara, no podía creer que se estuviera mojando tanto. Lo disfruté mucho, sorbí esos líquidos hasta que ella fue calmándose. La que no estaba calmada era yo.

Me puse de pie y apoyé mi espalda contra la pared, levanté mi vestido y ella se zambulló como un nadador olímpico entre mis piernas. No tuve tiempo para meditar lo que iba a ocurrir y me tomó por sorpresa. No estaba lista para semejante cosa. Sentí su lengua incrustarse contra mi sexo, era demasiado intenso. Nunca nadie me la había chupado. Comencé a gemir sin medirme, separé más las piernas y apreté su cabeza. Era más que obvio que la chica tenía experiencia en sexo con mujeres. Me la estaba comiendo de maravilla. Metió dos dedos en mi agujerito y los movió hasta que quedaron bien húmedos, luego me apretó una nalga, me abrió la cola y me metió un dedo por atrás. Me dolió, su uña larga me incomodó, pero estaba tan caliente que no podía decirle que lo quitara. Sin dejar de darme placer por delante fue metiendo y sacando el dedo por detrás. Mi culito se quejaba y mi vagina estaba de fiesta. Lo cierto es que la combinación de sensaciones me produjo un fuerte orgasmo. En lugar de soltarme metió un segundo dedo en mi cola, grité de dolor y sentí su lengua dentro de mi intimidad femenina. Un segundo orgasmo, más intenso que el primero. Madre mía, me estaba matando. Me iba a morir. Adiós mundo cruel. Lucrecia se va en un orgasmo… o en dos. Pero se va…

Los dedos en mi colita me hacían arder y por suerte los retiró antes de que las olas de placer menguaran. Respiré agitadamente, mi corazón rebotaba contra mis tetas, no sé en cuál. Tal vez en las dos. Se puso de pie y me besó. La abracé y me perdí en sus labios hasta que me tranquilicé. Lo cual ocurrió casi diez minutos después, ya hasta me dolía la boca de tanto besarla, pero su lengua estaba imbuida por el sabor de mi vagina y viceversa.

– Eso fue genial – le dije cuando nos separamos, sólo faltó el característico ruido de una ventosa al ser despegada.
– ¿Cómo te llamas hermosa?
– Lo siento, pero no puedo decirte mi nombre. Estoy de paso, que no se te olvide.
– ¿Eso quiere decir que no te voy a volver a ver?
– Eso mismo. Pero de verdad la pasé genial con vos, sos hermosa.

Me despedí de ella mientras me suplicaba por mi número de teléfono. Ganas de dárselo no me faltaba, pero me aterraba la idea de que la gente supiera que tuve sexo con una completa desconocida. Ni yo me lo creía. “Cochina Lucrecia, te cogiste a una mujer que ni siquiera conocías”. Me divirtió mucho esa idea. Hace apenas unos días era una mojigata total que lo único que hacía era tragar apuntes de facultad. Ahora abusaba sexualmente de mis amigas, escapaba por la ventana durante la noche, me toqueteaba con otra en los vestuarios y tenía sexo lésbico con desconocidas. Me estaba enamorando de esta nueva Lucrecia, que sí sabía disfrutar de la vida.

Regresé a mi auto y manejé muy despacio hasta mi casa. Estaba bastante tomada. Eso sí que fue lo más imprudente de la noche, en cuanto logré llegar sana y salva me dije que la próxima vez no bebería tanto si tenía que manejar. Me quité los zapatos y fui en puntitas de pie hasta mi cuarto. Si vieran qué loco estaba el pasillo que no dejaba de bambolearse de un lado a otro. Hasta las paredes me atacaban.

Una vez dentro mi dormitorio me desnudé toda. Bueno, sólo tenía que quitarme el vestido. Me tendí en la cama y actué sin pensar en nada, por inercia. Inercia lésbica, la llamaría yo. Activé la cámara de filmar en mi celular y comencé a masturbarme locamente, me sacudía en la cama y gemía intentando no alertar a mis padres, fue lo único sensato que hice.

Me colé los dedos indiscriminadamente y me froté el clítoris. En ese momento me prometí que nunca más me sentiría culpable al masturbarme, era demasiado placentero y no lastimaba a nadie, no entendía cómo algo tan lindo podía estar mal. A la mierda, yo me iba a pajear a gusto. Y así lo hice. Me toqueteé durante unos quince minutos hasta que tuve el tercer orgasmo de la noche. Manché todas mis sábanas con jugos vaginales pero no me importó. Actuando sin pensar, envié el video a Lara con la nota “Así estoy por vos hermosa”. Caí rendida. Me quedé dormida con el teléfono en mano.

No sé cuántas horas dormí, pero sé que me despertó la vibración del teléfono. Era un mensaje de texto. Froté mis ojos y lo leí. “¿Estás segura de que ese video era para mí?” firmado, Anabella.

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax


Crea tu cuenta gratis y disfruta de una semana de videos de primera calidad en PornHub Premiun

Me niego a ser Lesbiana (Parte 3)

El experimento – Segunda Fase.

Estaba un poco desorientada y excitada luego del intenso experimento lésbico al que me sometió Tatiana. No quería volver a mi casa pero tampoco tenía ganas de entrar a la facultad, no me afectaría en nada faltar una vez. Comencé a caminar con rumbo fijo al cibercafé que mencionó mi nueva amiga, donde podría poner a prueba mis preferencias sexuales.

Caminé un rato con la mente obnubilada hasta que di con una casita pintada de azul marino en la que se leían las palabras “La Cueva, Cibercafé” en letras doradas.

El lugar era oscuro. El ambiente hacía honor al nombre del establecimiento. Las paredes estaban pintadas de negro, el techo era bajo y el aire estaba viciado. Eso sí, de café ni hablar. No servían ni un vaso con agua. Era sólo un nido de ratas lleno de cables y computadoras algo pasadas de moda. El muchacho que lo atendía era una mezcla entre estúpido total y maniático sexual, no dejaba de mirarme de forma descarada y me puso un poco incómoda. Por fin logré que me dejara en paz al pedir una máquina para uso personal, hice hincapié en la palabra “personal”. Me señaló la que me correspondía y me alegré al llegar a ella, estaba ubicada dentro de un cubículo con puerta, sólo había tres de esas cabinas privadas, el resto de las computadoras estaban bastante expuestas.

Me senté tranquila y de golpe me invadió la paranoia. Si estos lugares eran tan cerrados es porque la gente hacía cosas raras en ellos, eso me asqueó un poco, lo peor fue pensar (no sé porque llegué a esa conclusión) que podría haber una cámara escondida para grabar a dulces niñitas como yo. Revisé el pequeño cuarto minuciosamente. Todo parecía estar en orden, no había sitio donde esconder una cámara, por pequeña que fuera. Hasta revisé debajo de la mesa y opté por voltear hacia la pared la cámara web de la compu, por más que estuviera apagada. Coloqué la tranca que cerraba la puerta del cubículo desde adentro y me senté en la silla.

Cuando recuperé la serenidad comencé con mi investigación. Abrí Google y no sabía ni siquiera cómo buscar ese tipo de material pornográfico, comencé por la sección masculina, escribí cosas como “Hombres con grandes penes”, “Chicos desnudos”, “Penes erectos” y cualquier palabra absurda que se me ocurrió. Me sorprendí bastante con ciertas imágenes, algunos hombres tenían miembros bastante grandes, pero la verdad que sólo me generaban sorpresa, nada de excitación. Nunca había visto cosas de este tipo, todo era nuevo para mí. No podía parar de inspeccionar, vi hombres haciéndolo con mujeres, lo cual tampoco me despertó grandes sensaciones, ya me estaba preocupando.

Decidí pasar a la categoría femenina. Busqué “Lesbianas teniendo sexo” “Mujeres desnudas”. Casi al instante llegué a un video de dos chicas de mi edad besándose apasionadamente, parecía estar filmado con un celular por una tercera persona. Ese beso tan intenso me recordó a lo que viví con Tatiana apenas minutos antes. Seguramente nos veíamos igualitas a esas chicas. Eso me calentó un poco. Continué la búsqueda y encontré otro video, me di cuenta que eso era mejor que ver imágenes. Dos chicas delgadas de cabello negro se encontraban sobre una cama y una le estaba practicando sexo oral a la otra. Se la estaba chupando con unas ganas increíbles. Nada que ver a las lamidas que yo le había dado a Lara. Esto era sexo puro. Miré hacia los costados como si fuera a cruzar la calle, no había nadie más que yo, pero me disponía a hacer algo sucio y prohibido, inconscientemente necesitaba asegurarme.

Me levanté la pollera y fui directo a mi vagina. Ya se me estaba mojando, a pesar del intenso orgasmo que me había provocado Tati. Froté mi clítoris sin dejar de mirar la pantalla. En cuanto el video finalizó, busque otro de la misma índole. De nuevo dos chicas comiéndose una a la otra. Ya me estaba masturbando ávidamente y me imaginaba que era Lara la que me lamía, luego que Tatiana lo hacía. Fui fantaseando con todas las chicas de mi grupo, incluso aquellas que no eran tan bonitas. Me cachondeé pensando en las chicas de Acción Católica, un grupo de la iglesia conformado por puras mojigatas, como yo. Una a una me las violé en mis pensamientos. Estaba descontrolada. Al dejar fluir tanto mi imaginación y disponer de tanto material erótico, llegué al orgasmo en poco tiempo. Unos veinte minutos aproximadamente. Tuve que esforzarme por no jadear de más ya que con eso le alegraría la mañana al estúpido que atendía.

Acomodé mi ropa y abandoné el cibercafé pagando de más y sin esperar el vuelto. No quería que ese degeneradito notara mis mejillas coloradas y mi respiración agitada. Una vez más me invadió la culpa, intentaba no pensar. Tomármelo a la ligera, como Tatiana decía. Las chicas se masturbaban todo el tiempo. No era el fin del mundo, aún no podía asegurar nada. No hasta probar una vagina de la forma apropiada, porque las lamidas a Lara no significaban nada, eso ni llegaba a ser sexo oral.

Por ese entonces estaba desarrollando una increíble capacidad de mentirme a mí misma.

No sabía cómo llegaría a estar entre las piernas de una chica, tal vez Tatiana se ofrecería a ayudarme, pero me daba un poco de miedo lo que vendría después, el mirarla todos los días, ya hasta se me hacía difícil el volver a verla luego de lo que pasó y eso que no había transcurrido ni una hora. Tragué saliva y seguí caminando sin rumbo fijo. Mi subconsciente me llevó hasta la puerta de la capilla, anexo de la Universidad. Era como querer castigarme a mí misma por todos esos sucios pensamientos. Entré y me senté en un banco tan cerca de la cruz como me fue posible. No fui a la primera fila porque allí había un par de viejitas y no quería que me molestaran.

Cuando ya estaba por ahogarme en mis pensamientos vi que alguien se sentaba a mi lado.

– La Madre Superiora me dijo que querías hablar conmigo.

Se trataba de la hermana Anabella, la conocía sólo de vista. Al tenerla tan cerca noté que realmente era joven, debía tener unos 34 años. Estaba enfundada en sus hábitos y sólo podía ver su rostro. Sus facciones eran suaves y no había marcas en su piel, tenía ojos grandes y expresivos. No aparentaba la rigidez típica de las monjas, su sonrisa era alegre. Era como estar viendo a la Novicia rebelde.

– Hermana Anabella, buenos días – ni siquiera sabía qué hora era.
– ¿Tu nombre es Lucrecia, cierto? – asentí con la cabeza – ah que bien, tenía miedo de confundirme. Podés decirme Anabella, no me gustan los formalismos – eso lo había sacado de la Madre Superiora – ¿de qué asunto querías hablar? – preguntó con suavidad, no me estaba interrogando, sino que me invitaba a conversar.
– Es un tema un tanto delicado, no sé si éste será el mejor lugar para hablarlo – miré a Cristo en la cruz como si no quisiera que él me escuchara. La tensión entre Él y yo iba en aumento.
– Entiendo, si querés podemos hablar en mis aposentos.

¿Aposentos? ¿Quién usaba esa palabra hoy en día? De todas formas accedí. Caminamos un largo trecho en silencio, no sabía que hubiera lugares tan amplios dentro de este lado del edificio. Los “aposentos” de las monjas se conectaban con la escuela mediante pasillos. Nos detuvimos en uno de estos pasillos. Podía ver varias puertas. Anabella utilizó una vieja y pesada llave para abrir una. La habitación parecía salida de un libro de Harry Potter… si también leía Harry Potter. El techo era alto y los ventanales hermosos, todos terminaban en arco y aportaban una cálida luz al interior abovedado. Pude ver una gran cama a varios metros de la puerta de entrada. Anabella también poseía una mesa de madera en el centro del cuarto. La distribución me recordaba un poco a mi propio dormitorio, sólo que aquí todo era mucho más amplio y antiguo. Hasta las paredes eran de piedra, aumentando la ilusión de viaje en el tiempo. Faltaba que encendiera velas, pero al parecer ya le habían instalado corriente eléctrica.

Me invitó a sentarme frente a la mesa y puso agua a calentar sobre un anafe, pensé que tomaríamos té, pero llegó con un mate en la mano y comenzó a llenarlo con yerba. Era un poco gracioso, no sé por qué pero no me imaginaba a las monjas tomando mates. Yo no era una gran aficionada a esa infusión pero no me molestaba tomarla. Me mordí los labios porque estaba sintiendo mis pezones duros, aún no se me había pasado la calentura. Rogaba que la Hermana no lo notara.

– Ahora sí, podés hablar con libertad.
– Ni tanta libertad, hoy casi mato una monja y no quiero hacerle lo mismo a otra. Es que el tema es un poquito delicado. Tiene que ver con la relación entre mujeres… relación íntima.
– Ahhhh, comprendo – eso borró de un zarpazo la sonrisa de su cara.
– La verdad es que – de pronto me dio por ser sincera, esa mujer me inspiraba confianza – es algo que me está pasando a mí. Me siento atraída por algunas de mis compañeras de facultad – en realidad por todas, pero no le diría eso.
– Si es un tema delicado y no sé si yo sea la indicada para hablarlo – otra vez le iban a pasar la papa caliente a otra – pero voy a hacer mi mayor esfuerzo. Yo no soy tan ingenua como parezco, sé muy bien que hay chicas en la Universidad que hacen esas cosas, pero nosotras no podemos oponernos, menos hoy en día con todo ese tema de la aceptación de la homosexualidad – escuchar esa palabra me chocó bastante, nunca me había pensado como “homosexual”.
– ¿Y usted qué piensa sobre esas prácticas, le parece que están bien, que es algo normal?
– Podés tutearme Lucrecia – trajo el agua caliente en un termo y comenzó a cebar mates – para serte sincera no creo que sea algo “normal” yo creo que Dios nos hizo como somos para que la relación amorosa sea entre un hombre y una mujer, pero entiendo que los tiempos cambian y la mentalidad de la gente también. Creo que vos deberías rezar para que Dios te muestre el camino a seguir – me ofreció un mate, estaba muy rico, a pesar de no llevar azúcar.
– Mis más sinceras disculpas Anabella, pero la verdad no creo que rezar me ayude mucho, esto que me está pasando es muy intenso. Ya me conozco todos los sermones religiosos y la verdad es que necesito alguna respuesta que esté fuera de la fe. Algo concreto.
– Me lo ponés difícil – de pronto sonrió, era bonita de verdad – pero voy a hacer una excepción, vos parecés una buena chica y yo puedo dejar de lado mi devoción al Señor por unos instantes, para que hablemos como amigas, de mujer a mujer.
– Eso me agradaría mucho.

En ese momento me di cuenta que mi vagina aún seguía mojada por tanto dedo introducido, tenía miedo de estar manchando mi pollera. Que ya era mía porque no pensaba devolvérsela a Lara, luego le compraría una nueva, esta me gustaba mucho. Me encontré imaginando cómo sería el cuerpo de Anabella debajo de toda esa tela, ¿sería bonita? ¿Parecería una anciana caderona? No lograba hacerme una imagen concreta.

– Si querés contame cómo empezó todo – me sugirió.
– Está bien. La cosa empezó hace unos días, cuando vi algo en el celular de una amiga – extraje mi Smartphone para enseñarle cómo era – acá uno puede guardar muchas cosas, incluso fotos y videos – me miró como si no comprendiera – tienen cámara fotográfica y filmadora, el de mi amiga es bastante parecido a este y…
– Puede ser – me interrumpió – aunque el tuyo está un poco pasado de moda – extrajo un Smartphone color blanco aún más grande que el mío – esos tienen un sistema operativo un tanto viejo, en cambio éste te permite instalar más aplicaciones y tiene más memoria RAM – me quedé boquiabierta.
– Ahhh, no pensé que tendrías uno…
– ¿Por qué? ¿Te creés que porque soy monja vivo en la edad de piedra? Casi todas tenemos uno, yo lo uso básicamente para los jueguitos, me entretienen bastante. Me lo compró mi madre hace unos días – ¿su madre estaba viva? Pensé como si Anabella tuviera 70 años – se nos permite tener algunas pertenencias, pero no podemos tener mucho dinero propio – hizo una pausa – A veces saco fotos también, pero no como las de tu amiga, eso seguro.
– ¿Fotos como cuáles? – pregunté automáticamente.
– A ver… esperá.

Buscó unos segundos y luego me enseñó la foto de una chica muy bonita, de cabello castaño rojizo que caía sobre sus hombros en delicadas capas. Lo más destacable era su amplia sonrisa. La muchacha vestía una remera blanca que hacía notar unos pechos redondos de tamaño considerable, aunque de forma muy discreta.

– Que linda chica ¿quién es? – pregunté.
– ¿Cómo que quien es? ¡Soy yo! – simuló indignación.

Segunda gran impresión en menos de cinco minutos. No podía creer que fuera tan bonita debajo de ese sobrio atuendo. Se me aceleró el corazón. ¿De verdad tendría el cabello tan hermoso? ¿Y esos pechos?

– Pensé que eras más vieja – no es la palabra correcta para usar con una mujer, no importa si ésta es monja o no – o sea, que tenías más años.
– ¿Qué edad pensás que tengo? – su sonrisa fue la de una chica común y corriente, no encajaba con el marco que ofrecía su vestimenta.
– Entre 33 y 35 años – respondí.
– Tengo 28.

Listo, tercera conmoción cerebral. Esta monjita me sorprendía a cada minuto.

– ¿Y por qué una chica tan joven y bonita decidió ser monja?
– Es una historia un poco triste – en ese momento sonó su teléfono, era como un recordatorio – uy, tengo que irme, tenemos actividades con los alumnos del secundario. Vamos a tener que dejar la charla para otro día.
– Está bien, no hay problema. Me agradó charlar con vos – sonreí – cuando tengamos tiempo nos juntamos otra vez.
– ¿De verdad? – su sonrisa era radiante – eso me encantaría. Espero que no te olvides, las monjas solemos tener buena memoria, especialmente si nos mienten.
– Te prometo que vamos a retomar la charla. Todavía tengo muchas preguntas.

Me dio su número de teléfono para que le escriba cuando tuviera ganas de charlar. Era la segunda amiga que hacía en el día. Me estaba volviendo más sociable. ¿Mis nuevas inclinaciones sexuales tendrían algo que ver?

En los siguientes días intenté mantenerme lo más ocupada posible. Estudiaba hasta quedar agotada o me ponía a leer algún libro que me distraiga, estuve tres días así. Casi no hablé con nadie, mucho menos si era del sexo femenino. No hice ningún intento por dilucidar mi condición sexual, la dejé bien almacenadita y reprimida en el fondo de mi ser.

La tarde del cuarto día me encontraba tragando libros y apuntes de la facultad a más no poder, en eso suena mi teléfono. Era un mensaje de Lara: “¿Querés venir a dormir a casa? Vemos unas pelis” No sabía que contestar, dejé el teléfono arriba de la mesa y seguí con mis estudios. Diez minutos después me dije que si no respondía mi amiga se enojaría. Si me negaba a su oferta tal vez creería que estoy enojada con ella, por el asunto del beso, pero si le decía que sí tal vez me vería en un aprieto emocional. En ese momento recordé las fotos de ella desnuda que poseía. Por primera vez desde que las robé se me dio por mirarlas.

Su vagina era realmente preciosa, bien formadita y rosadita, su piel era suave y blanca como la leche. En una foto tenía las piernas abiertas y podía ver su agujerito un poco mojado y el clítoris asomándose. Seguramente se estaba masturbando cuando capturó la imagen. Ya sin pensarlo más le contesté que si iría.

Llegué a su casa una hora después de recibir su mensaje. Eran como las 8:30 de la noche y sus padres ya me esperaban con la comida lista. La comida kosher me estaba gustando cada vez más, aunque algunas cosas eran bastante simples, tenían platos muy sabrosos. La cena transcurrió de forma alegre, con Lara nos limitamos a comparar conocimientos sobre algunas de las materias de la facultad y a esclarecer dudas. La chica estaba tan bonita como siempre, con sus ojos negros bien abiertos y el cabello lacio del mismo color me transmitían paz. Además al ser tan menudita y bajita inspiraba cierta ternura.

Miramos dos películas, una detrás de la otra. Ambas estuvieron muy buenas, las había seleccionado ella misma. La primera fue una del Señor de los Anillos, yo nunca había visto esa película, pensé que sería una bobería, pero me sorprendió muchísimo. Lara me dijo que también estaban los libros, que ella los había leído y eran muy buenos. Es más, hasta me prestó el mismo libro en el que estaba basada la película. Le prometí que lo leería y luego seguiría con el resto de la saga. La segunda peli fue una comedia romántica que no era gran cosa pero que nos hizo reír bastante, al menos nos sacó esa pesadez que dejó la primera película.

Se hicieron como las tres de la madrugada y ya estábamos liquidadas. Fuimos a su cuarto. Ella se quitó el pantalón y vi sus blancas y redondas nalgas comiéndose la tela de una diminuta tanga negra. ¡Madre mía, que culito tenía la nena! Eso jamás lo hubiera dicho en voz alta. Para colmo esa vez también se quitó la remera, quedando con un corpiño haciendo juego con la tanga. A mí se me estaba poniendo la cara de todos colores. Tímidamente me desvestí. Cualquiera diría que esta vez vine mejor preparada, con una bombacha menos transparente, más discreta, más de vieja, pero no. En un arrebato de inconsciencia me puse una colaless apretada y de tela delgada que traslucía los pelitos de mi entrepierna. Tuve que quitarme también la remera, mi corpiño era bastante discreto ya que no creí que tuviera que enseñarlo.

Nos acostamos. Miré el techo por un largo rato rogando que el aburrimiento me hiciera dormir, no entendía por qué no podía conciliar el sueño si hacía apenas unos minutos los ojos se me cerraban solos.

Maldita Lara, ella se durmió ni bien apoyó la cabeza en la almohada. Estaba de lado con su cola apuntando hacia mí. Simulando estar acomodándome en la cama, le rocé suavemente una nalga. Estaba fría, de verdad era como tocar porcelana. De golpe recordé todos esos videos lésbicos con los que me había masturbado, los toqueteos y besos con Tatiana, la masturbación de mi amiga en video, sus fotos desnudas, el sabor de su vagina. Y sí… me mojé.

Posé la mano en su nalga y le susurré su nombre al oído. Quería que se despertara, algo en mi macabra imaginación me hacía creer que si despertaba terminaríamos haciendo el amor apasionada y locamente, así como si nada. Volví a llamarla por su nombre y la acaricié, bajando por la colina de porcelana hasta llegar al cañón. Toqué la división de sus labios por arriba de la tanga, me pegué más a ella y la llamé un poco más fuerte. Nada. Una tumba hubiera sido más comunicativa. Con el dedo mayor recorrí toda esa hendidura mágica. Me estaba mojando cada vez más y a ella le estaba pasando lo mismo. Sentí la tibieza de su sexo y apoyé mi boca contra su cuello. ¡Se movió!

Luego de escupir mi corazón junto con gran parte de mis pulmones y haciendo un esfuerzo inhumano por no gritar, me di cuenta que sólo había girado en la cama, seguía tan dormida como siempre. Quedó boca arriba con la cara mirando hacia mí, su respiración era pausada y sus ojos estaban bien cerrados. Esperé unos segundos y volví a las andanzas lésbicas. Esta vez busqué su boca, hice que nuestros labios se tocaran, podía sentir su respiración. Eso me confirmó que dormía plácidamente. Sus piernas habían quedado bastante juntas. A rastras llegué hasta ellas y las fui separando lentamente, siempre atenta a cualquier cambio. Mi corazón latía a un millón de revoluciones por segundo. Esto no podía ser nada bueno para mi salud.

Cuando por fin logré abrir sus piernas me quedé encantada con lo que vi. Su vagina estaba mordiendo la tanguita, como si fuera a tragarla toda. A esta altura mi estado de locura era importante, para demostrarlo me quedé en pelotas. Me despojé de mi corpiño y de mi colaless, como si inconscientemente quisiera ser atrapada. Lo primero que hice, al quedar desnuda, fue ponerme de rodillas y comenzar a masturbarme mientras admiraba el cuerpo de Lara, agradecía enormemente que la ventana estuviera abierta y que la luz fuera buena, pero yo necesitaba ver más. Interrumpí mis toqueteos para encender una lámpara en la mesita de noche. La apunté hacia una pared para no alterar a mi amiga. Ahora se veía todo muchísimo mejor. Regresé a mi posición. Ya tenía la entrepierna empapada y fue un alivio el poder meterme los dedos. Últimamente me estaba masturbando más de lo que lo había hecho durante toda mi vida.

Bajé la cabeza lentamente hasta darle un besito en la zona del clítoris a mi amiga. Me sobaba las tetas mientras admiraba cómo la tanga se le metía. Con un leve movimiento pude hacerla a un lado y allí quedó todo ese manjar expuesto para mí. ¿Cómo podían ser tan hermosas las vaginas y yo nunca lo había notado? Al menos hasta ahora. Aparté mi largo cabello y lo dejé caer hacia la izquierda. Me acerqué más, ese olorcito a almejita me estaba volviendo loca. Con la puntita de mi lengua toqué su botoncito sexual, el cual asomaba erguido. De a poco, intentando no despertarla, fui lamiendo como lo había hecho aquella noche.

Si quería confirmar mi gusto por la vagina, debía ir más allá. Sabiendo que Lara no se despertaría, di una lamida firme, pegando mucho mi lengua a la división central de sus labios. ¡Cómo había extrañado ese sabor! Lamí unas cuantas veces más sin dejar de toquetearme, frotarme el clítoris o meterme los dedos. La calentura me estaba nublando el juicio, la culpa ya había quedado olvidada. Con dos dedos en mi sexo fui saboreando los jugos que fluían de mi querida amiga.

Perdí la cabeza por completo, seguramente se debía a años de reprimirme y dejar salir toda mi sexualidad de golpe. Me las ingenié para poner mis rodillas a los lados de su cara sin moverme demasiado. Bajé la vagina hasta que prácticamente tocó su boca y me masturbé locamente. De pronto noté los suaves labios de su boca rozar contra los de mi vagina, transmitiéndole mis fluidos. Miré hacia abajo, ella ni se movía. ¿Estaría soñando con sexo lésbico otra vez? Temí llegar demasiado lejos y despertarla, por lo que me aparté, pero aún seguía excitada. Más que nunca.

Volví a su vagina y esta vez comencé a chuparla. No a lamerla, sino a chuparla de verdad. A comerla. A engullir todo su sexo y succionar sus jugos. Le di un chupón a su clítoris sin pensar en nada. Me pegué a su sexo como una sanguijuela succionadora de flujos vaginales. Cerré mis ojos y me dejé llevar por el enorme placer.

En ese momento, como Lázaro que se levanta entre los muertos, Lara se sentó en la cama. Miré hacia arriba y me encontré directamente con sus ojos, abiertos como platos, intentando comprender lo que pasaba, pude leer el terror en su mirada. Ni siquiera atiné a quitar la boca de su vagina. Si yo hubiera sido un espía de la KGB, ese era el momento preciso en el que debía tomarme la pastilla de cianuro.

Mejora la calidad y duracion de tus erecciones con Vigrax