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Dos breves relatos gay

Lunes, febrero 23rd, 2015

Bueno mi primera historia historia va asi:
-Mi nombre sera ne este caso johan y mi primo julio bueno lo que paso es que los dos somos muy inseparables siempre lo fuimos los que jugábamos juntos, nos reíamos juntos siempre eramos los dos, bueno hace ya unos 2 años que no nos vemos pero bueno hubo un día en el que todos se habían ido el y yo nos quedamos juntos en una casa medianamente grande, eramos muy curiosos así que hacíamos hasta varias estupideces, decidimos jugar escondite estábamos grandes como para jugar eso el tenia 15 y yo 16 pero en fin, cuando jugábamos debíamos decir “ni para atrás ni por los dos lados ” era para decir que no podían estar atrás pero a el se le olvido y yo me puse detrás de el, sin darme cuenta me empece a excitar mi pene creció ya que estaba casi milímetros de su cola bien linda y grande, cabe aclarar que el juega futbol y yo voy al gym, mi pene se acercaba mas y mas y yo no entendía el porque solo que cuando termino de contar se fue para atrás en ese instante sentí su culo en mi pene y pues no dijo nada, nos quedamos asi un rato yo me cuncliye pero el se quedo inmóvil, después de varios segundos movía su cola como para masajear mi pene, no decíamos nada solo seguia, como el volvió a contar en ese instante me escondí otra vez como para olvidar, no se porque seguíamos jugando, yo me escondí al lado de la cama dejando a mostrar mis nalgas cuando termino de contar no oi nada solo sentía después su pene muy erecto encima de mi nalga llamándome dejamos de jugar me tomo del pecho me tiro a la cama y empezamos a tocarnos y nos besábamos, no sabia porque pero seguimos, empezamos a quitarnos la ropa, ya quedábamos en bóxer, me baje le chupe el pene, era mi primera vez, yo sentia como ese pena bien caliente de unos 17 cm grueso pasaba por mi boca, asi dure unos minutos como tira y afloja luego cambiamos de lugar y el siguió ay que delicia, ya por ultimo me acoste en son de que me penetrara lo hizo tan fuerte que me ardió al principio pero después sentía todo un placer, el se vino dentro de mi yo lo sentia tan bien luego me vine en su cara masturbandome, el se paro y nos empezamos a besar con mi semen en su cara así nos quedamo un buen rato y nos bañamos, duramos haciendo eso todo el año, lo mejor fue cuando estaba en su cama que yo lo penetre que nalgas tan bellas ay que hermosura.

-mi segunda historia fue con un amigo que conoci hace un año, era steven el tenia un gran cuerpo ay que delicia, su cuerpo era hermoso unos pectorales, un trasero y a veces cuando lo podía ver un pene de unos 18 cm bien grueso, cuando nos conocimos hablábamos mucho de musica el era medio tonto en el estudio asi que siempre me pedía favores asi, hiba a mi casa y como mi mama trabajaba siempre estabamos solos, el era hetero, yo le insinuaba como ponerme detras de el o excusando su maletín encima de su pene para yo meter la mano y sentirlo disimuladamente :D asi mantuve hasta un dia en le que sin querer mientras jugabamos en mi casa mi mano toco su pene, no dijo nada ya que mientras jugabamos el no se entero termino yo me pose bien excitado, le dije que le regalaria un peluche si estudiaba bien el acepto yo no podia aguantar mas y mi mano le tocaba la pierna, el no decia nada es mas se acomodaba para que lo tocara mas, en fin llegue a su pene y sentia por medio de su pantaloneta su pene bien parado sin mas asi duro unos minutos hasta que yo el dije:
-te gusta que te lo toque?
el era callado solo asintio con la cabeza yo como bien loco que estaba le dije:
-puedo hacerte algo mas:
el respodnio:
-pues no se (risa) es que hay no seee, pues esta bien
yo lo levante le tome la mano lo lleve a mi cuerto y lo sente me arrodille mi cara quedaba en su pene yo lo tocab amas me encantaba como el respiraba y medio gemia , le quite la pantaloneta veai su boxer como una montaña, luego lo baje todo su pene que cosota, lo empeze a mamar sin mas, el gemia con placer, segui asi hasta que se acosto me le monte, nos besabamos me quito la ropa seguia asi lo pajeaba y el a mi al final termine de mamarselo se corrio en mi cara me tomo y me besaba otra vez asi hasta que mientras me pajeaba me corri en su pecho el con su mano tomaba mi semen y lo lamia que delicia, ya se paro fuimos al baño nos bañamos juntos y al salir volvimos, peroe sta vez me penetro y me decia, mas me encanta tu culo, yo asi de wow que bueno era se corrio dentro de mi y volviamos ha hacerlo, pero algunas veces era en el colegio y con ropa ay steven bueno es fue todo si quieren agreguenme

megajohn11@hotmail.com

El Bello y la Bestia

Viernes, enero 30th, 2015

Autor: Kazaj

1

Te llamas Asját. Hace poco cumpliste veinte. Eres alto, esbelto y muy simpático. Tienes los ojos orientales, la piel morena y el pelo negro. Estás haciendo el curso de maquinista de tren porque eres muy aficionado al ferrocarril. Por las tardes a menudo sales con tus amigos, os sentáis en una banca, tomáis cerveza y charláis en voz alta de las chicas. Y yo me llamo… Bueno, ¿qué más da? ¿Qué te importa el chico al que una vez lo viste por casualidad y el encuentro con el cual no te habrá producido una impresión muy agradable?
Eres un chaval muy alegre y te ríes a menudo. Tienes una risa tan dulce y contagiosa que al oírla yo, en mi rostro también aparece una sonrisa aunque desde hace tiempo no estoy para reír. Si te ríes, entonces estás bien. Y si estás bien, eso me pone bien a mí. Y una vez te oí llorar. Aquel día cuando estabas regresando del colegio, te asaltaron unos chicos y no sólo te pegaron sino que también te robaron tu celular, nuevo y bastante caro. Para comprarlo todo el verano habías estado ahorrando mientras trabajabas de cargador en el mercado de Sapar. ¿Cómo lo sé yo? Pues, tú mismo lo contaste. No, a mí no. Se lo contaste a tus amigos cuando aquella tarde saliste afuera y pasasteis mucho tiempo sentados en una banca justo debajo de mi ventana. Ellos te consolaban como podían, pero llorabas a mares y sollozabas tanto que se me partía el corazón. ¡Tenía tantas ganas de ayudarte! Tenía ganas de darte dinero para que te compraras otro celular, todavía más majo que el que te habían robado. También quería consolarte, secarte las lágrimas en tus ojos, abrazarte, estrecharte contra mi pecho y acariciándote la cabeza decirte que no hacía falta llorar por este móvil perdido, que no merecía tus lágrimas. Tus amigos se limitaron a decirte: “Bueno, cálmate de una vez.” Un amigo tuyo también llegó a compararte con una chica de las que lloran por cualquier motivo. Entonces te ofendiste mucho y estuviste a punto de pegarlo. ¡Lo descorazonados y duros qué son tus amigos! ¿Es qué se puede tratar así a un chaval como tú? Bueno, para ellos eres un chico común de los que hay miles en nuestra ciudad. Para mí no. Para mí te habías convertido en la persona más querida. Te habías vuelto mi ángel, mi destino y mi dolor.
Te vi en persona sólo una vez. Entonces se os había roto el teléfono casero y tenías una llamada urgente. Mi madre te abrió la puerta y te dejó entrar; un poco confuso le comentaste el motivo de tu llegada. Ella te trajo el inalámbrico y un taburete. Te sentaste en el pasillo y te pusiste a hablar con alguien en kazajo muy rápido. En aquel momento yo estaba en la cocina y te pude ver bien gracias a la puerta entreabierta. Yo miraba y te remiraba admirando tu pelo negro un poco rizado, tu piel morena que parecía de terciopelo y que adquiría un color mágico a la luz de una lámpara de techo . Se me cortaba el aliento mientras me fijaba en cada movimiento tuyo y tú seguías sentado en aquel taburete como si nada y sin darte cuenta de nada. Al terminar la llamada te levantaste y quisiste irte, pero mi madre de pronto te pidió que la ayudaras a trasladar un estante muy pesado que estaba en el pasillo, justo enfrente de la puerta de mi cuarto. Claro que accediste, pues, eres un chico muy bueno y compasivo. En aquel momento alguien me llamó en Skype, así que tuve que pasar a tu lado. Nuestras miradas se cruzaron un momento, te estremeciste, me dijiste “¡Hola!” y en seguida te diste la vuelta. Al trasladar el estante, te despediste y te fuiste y yo, sentado en mi cuarto me quedé pensando en la mirada atrayente de tus ojos orientales…
Casi cada día miro tus fotos publicadas en una red social, las subes a menudo. ¡Tan distinto eres! En una apareces en la playa, casi desnudo y las gotas de agua brillan en tu bello cuerpo. Tienes el pelo húmedo y en la mejilla se te ven unos granitos de arena. En otra estás en un café tomando jugo de un vaso alto en que hay unos cubitos de hielo. Y en otra, vestido en uniforme especial, con el aire muy contento estás en una dresina y extiendes la mano hacía una palanca. ¡Te queda tan bien esa camisa azul!
Tus fotos siempre tienen muchos comentarios, en su mayoría son de las chicas a las que, por lo visto, les gustas mucho. Según tengo entendido, todavía no tienes novia, pero yo sé que a veces tus amigos y tú vais a la sauna y allí… ¡Cuánta envidia les tengo a las busconas esas que acarician tu cuerpo joven y tan jugoso, te besan en los labios y gimen cuando las penetras! Hasta me imagino la expresión de tu rostro cuando gimes de placer abrazando a una ramera. ¡Si yo pudiera estar en su lugar! ¡Si yo sólo pudiera…!

2
(un año antes)

Aquel día tuve mucha prisa; quería llegar a tiempo a la estación para recibir a mi tía llegada de Karagandý y como había salido de casa bastante tarde, tuve que tomar un taxi. Pues, ¿cómo iba a saber qué iba a pasar diez minutos después en una estrecha calle secundaria adonde el chófer doblase para sortear el atasco? ¿Acaso podría saber que chocaríamos contra un camión cargado de ladrillo?
Recuerdo sólo un golpe muy fuerte en el lado y luego todo se quedó en niebla. No me duele nada, sino que al contrario, siento un calor reconfortante y estoy muy bien. Todo se percibe a través de una telaraña. Una doctora joven bajada de la ambulancia recién llegada me da golpes en la mejilla y me suplica casi sollozando: “¡Venga, respira!” Y yo no quiero respirar, no lo necesito porque ya estoy muy bien. Y tengo tanto sueño como si hubiera pasado toda una semana sin pegar el ojo.
Luego hubo una operación muy larga, un despertar muy duro después de la narcosis, gritos locos de mi madre y el desmayo de mi tía en el pasillo. Pobrecitas, ya me imagino lo que tuvieron que soportar. Bueno, yo también. Sobre todo cuando me trasladaron del quirófano en una camilla y oí las palabras del médico que sonaron como una sentencia: él no podrá caminar. Probablemente, nunca. Nos es fácil describir con las palabras por lo que tuve que pasar aquel día cuando me enteré de que me quedaría inválido inmovilizado hasta el fin de mis días. Un inválido de los que van en sillas de ruedas. Pero los más horrible aún estaba por venir. Una mañana cuando me llevaron a hacerme una radiografía, me miré en un enorme espejo colgado en el pasillo no lejos de mi sala. Me miré y vi un monstruoso rostro quemado de los que antes había visto sólo en las películas de horror. Además, tenía cicatrices. Largas y profundas. Recuerdo que entonces lloré tanto que la médica misma se puso a sollozar cuando me hacía una radiografía de la columna vertebral y hasta dejó de caer la película. Luego me administraron un somnífero y me dormí.
Más de un mes estuve en el hospital. A principios de agosto me dieron de baja y volví a casa. Bueno, ¿fui yo quien volvió? ¿Que se había quedado de aquel Denís de antes en este monstruo incapaz de hacer un paso sin la ayuda de alguien? No creo que mucho.
Al volver a casa, poco a poco me iba acostumbrando a mi nueva vida que era muy distinta de la de antes y que ni siquiera podía llamarse vida. Estudiar en la Universidad, salir con los chicos – todo eso se quedó atrás, todo eso ya no era para mí. Todos mis planes para la vida se arruinaron y no se quedó más que un vacío y un dolor. Un dolor muy fuerte. Es raro que entonces no me haya vuelto loco ni me haya decidido a suicidarme. Me salvó el trabajo – después de tres años en la facultad filológica donde había estudiado lenguas extranjeras, yo tenía bastantes conocimientos como para comenzar la carrera de un maestro privado. Por supuesto, por Skype y sin cámara. El español no es muy popular en nuestra ciudad, pero al cabo de un rato me aparecieron unos alumnos. ¡Qué ironía! Justo entonces, después del accidente, por primera vez en mis veinte años comencé a ganar algo. Lo más importante era que el trabajo me distrajera y me dejara olvidarme de todo este horror y sentirme una persona normal aunque fuera sólo por un rato.
Y, ¿los chicos? En los sitios de contactos me seguían escribiendo, pero yo no les contestaba. ¿Qué sentido tenía? Si no me escribían a mí, sino a aquel chico simpático, atractivo y válido que aparecía en las fotos que ya no eran mías. Pasados un par de meses me harté de eso y borré mi cuenta de todos los sitios dando el traste a mi vida íntima. No voy a escribir qué me costó hacerme a la idea de que estaría sólo. Hasta el fin de mis días.

3

Será chistoso, pero te hiciste mi primer amor. Antes de tí yo no había amado a nadie. No, claro que había tenido chicos y no pocos – a la mayoría los había conocido en Internet y me había encontrado con ellos sólo por el placer carnal alquilando un piso o en mi propia casa cuando mi madre si iba de turno para toda la noche. También me había acostado con un par de chicos de mi grupo, con un joven vendedor quirguiz de la tienda de enfrente y hasta había conseguido pasar una noche con un vecino de nuestra casa de campo después de qué éste bebiera mucha vodka barata comprada por mí especialmente para eso. Pero a ninguno de estos chicos los había amado. Lo que me movía era la pasión, el deseo que exigía satisfacción y me hacía buscar aventuras. No entendía muy bien el sentido de la palabra “amor”, aunque sabía que había gente que se amaba, que a algunos este mismo amor les hacía sufrir y a otros les volvía felices, pero yo mismo no sentía nada semejante y pensaba que así sería siempre. Y así fue hasta que en mi vida apareciste tú.
Cuando nos vimos por vez primera, experimenté una sensación difícil de describir – una mezcla de admiración, placer, alegría y éxtasis. De repente me apareció el deseo de no sólo acostarme contigo como había sido antes, sino que de estar a tu lado todo el tiempo, hacerte algo agradable y alegrarme de que te alegraras tú. Tuve ganas de abrazarte, de estrecharte contra mi pecho y de decirte que eras tú a quien yo había esperado encontrar desde hacía años navegando por Internet, eras tú cuyos ojos yo buscaba entre la multitud de chicos y cuya voz soñaba con escuchar. Con horror me di cuenta de haberme enamorado. Por un momento conseguí olvidarme de que yo no era más yo… Pero la alegría de nuestro encuentro pasó a ser un fuerte dolor insoportable cuando me di cuenta de que… Dios, ¡lo injusto qué es eso! ¿Por qué no nos encontramos antes, en mi otra vida cuando yo era un chico tan alegre, travieso y bastante guapo? ¿Por qué te conocí sólo cuando me había hecho un inválido capaz de asustarle a cada uno con su aspecto?
Te fuiste y me quedé llorando en mi cuarto toda la noche y hasta tuve que suspender la clase. Aquel mismo día te encontré en la red social y mirando tus fotos te estaba comparando conmigo mismo. El Bello y la Bestia, no hay otra manera de decirlo. Como en la novela de Victor Hugo. Un imposible amor loco de un campanario monstruoso por una gitana cuya belleza admiraba toda París…
Pasaba el tiempo, yo seguía pensando en tí y este amor se hacía cada día más fuerte. “¡Entra en razón, es una locura!” – decía mi mente, pero mi corazón pensaba de otra manera y por más que yo trataba, no conseguía olvidarte y conformarme con las cosas. Sufría mucho y estaba tan triste y deprimido que casi siempre me daban ganas de llorar. Entonces comencé a soñar. En las largas tardes de invierno que se me hacían interminables y en las noches sin dormir yo cerraba los ojos y me entregaba a aquellos sueños tan dulces. Soñaba muchas cosas. Yo era Denís de antes que pudo deshacerse de esta maldita silla de ruedas y hacerse una operación plástica. Tu y yo paseábamos por el parque y comíamos helado, íbamos en metro y subíamos a Medéo, nos bañábamos en la fuente en la plaza central sin hacer caso a los gritos de los peatones, fumábamos la pipa turca en un café situado en la avenida de Abay y comprábamos dulces orientales de una viejecita cerca de la estación de Alatau… Todos estos sueños me apartaban de la cruel realidad y creo que si no me volví loco fue sólo por soñar.
Si conseguía pegar el ojo, veía sueños y eran así que no tenía ganas de despertar.

4

Aquella noche me dormí temprano a pesar de la música que venía desde el apartamento de arriba donde los vecinos, muy amantes de la botella estaban festejando. A eso de la medianoche me despertó un grito. Fue tuyo.
 ¡Socorro! – tu voz cortó el silencio de noche y se reflejó en mi corazón con tanto dolor que me costó respirar.
¿Qué habrá pasado? ¿Por qué estarás gritando? ¿Acaso estás en peligro? Me incorporé en la cama y miré por la ventana, pero el farol estaba apagado así que no logré ver nada. Luego tu grito repitió, esta vez ya muy cerca de mi ventana. Y de repente alguien dio unos golpecitos en el cristal.
 ¡Socorro, qué me están matando!
Luego se produjo un chasquido y se me cayó encima una lluvia de fragmentos de cristal. Menos mal que me había hecho a un lado y me había tapado el rostro con las manos. Pero tú, no. Y por eso ahora estás tumbado en el suelo de mi cuarto empapado de sangre y sin señales de vida.
 Bueno, chicos, vámonos, que este gilipollas entró por una de las ventanas y ahora va a llegar la polí! – dijo alguien fuera y oí unos pasos apresurados que se alejaban.
Medio loco de horror, te miro acostado en el suelo. Primero se me pasa por la mente que estás muerto, pero al fijarme veo que respiras. Sólo estás sin consciencia, te habrás dado con la cabeza cuando te caíste, pero también te cortaste. Necesitas ayuda. La ayuda que no te puedo dar. Alargo la mano e intento coger el teléfono que se cayó y está no lejos de la cama, pero no lo consigo. Intento agarrar la silla de ruedas, pero está demasiado lejos. Por mi impotencia tengo ganas de llorar y las lágrimas me ahogan, pero me contengo porque sé bien que esto no te va a ayudar. Doy gritos, pero por la música de arriba no me oirá nadie en el portal y fuera… Casi me quedo sin voz intentado atraer la atención de alguien.
 ¡Vaya gente! No sólo escuchan la música en mitad de la noche sino que también gritan tonterías! – dice una voz de mujer.
Yo grito que no es ninguna tontería y que de verdad necesitamos ayuda, pero nadie me contesta y concluyo que esta persona ya se habrá ido. ¿Qué hago? Si pierdes mucha sangre… No, mejor no pienso en eso, no voy a pensar qué será de mí si te mueres. ¡Si yo pudiera, daría mi vida por tí sin vacilar y me moriría feliz sabiendo que tú vas a vivir, pero no puedo. No puedo hacer nada. ¡Malditas piernas! ¿Por qué no me obedecen? Si mi columna vertebral no se había fracturado, no, la tengo entera y las piernas habían dejado de obedecerme por un estrés muy fuerte, así había dicho el médico. Tal vez entonces… Intento moverlas, pero siguen como paralizadas, como si no fueran mías. Lo intento una y otra vez. Casi sin fuerzas me caigo de espaldas en la cama y al cerrar los ojos, me digo: “Te vas a levantar, no te queda otra opción. O te levantas o Asjat se muere.”
Recuperas la consciencia, gimes y oigo tu voz apenas perceptible:
 ¡Ayúdame! ¡No me quiero morir!
Otra vez se me oprime el corazón y estoy a punto de volverme loco. Me acerco al extremo de la cama, caigo al suelo, justo en los fragmentos del cristal de la ventana y uno de estos fragmentos me hiere la pierna derecha. Debe de dolerme, pero yo no siento nada. Haciendo un enorme esfuerzo de voluntad, me hago arrastrarme. Adelante. Sólo adelante. Un par de metros, no más. ¡Venga, Denís!
Me acerco a tí y tratando de no mirar a un trozo de cristal que está en tu pecho, me inclino y te doy un beso en los labios.

5

 Tenga prisa o lo perdemos.
Después de estas palabras del médico, el conductor de la ambulancia pone la sirena y acelera. Estamos casi volando por la ciudad de noche pasando cruces al semáforo en rojo y casi sin frenar en las curvas. Y yo te miro acostado delante de mi en una camilla y no pienso sino en una cosa. “¡Ojalá lleguemos a tiempo!”
En el quirófano hacen todo lo posible para parar la hemorragia, te suturan la herida y luego el médico dice que necesitas sangre. El grupo sanguíneo más raro y además, Anti-Rh. Vaya, resulta que tú y yo tenemos la misma sangre, el mismo tipo. Dicen que la transfusión directa de sangre últimamente ya casi no se aplica, sólo en casos especiales. Pero el nuestro sí que es especial, por eso ahora tú y yo estamos acostados en el dispensario. El médico dice que por una vez no se puede donar más de 450 mililitros de sangre, pero tú necesitas mucho más. Al principio él no acepta, dice que es muy peligroso, pero acaba por ceder, no sin advertirme de las posibles consecuencias. Pero, ¿es qué ahora las consecuencias me pueden importar? Ahora lo más importante es salvarte. Y no me importa qué sea de mí. ¿Es qué tengo derecho a pensar en mí mismo cuando tú estás tan mal que pronto te puedes morir? Ni siquiera el milagro que había pasado esta noche me importa. Pero sí que es un milagro. Sí me había levantado. Había tocado tus labios con los míos y me había sentido mareado experimentando el sabor de tu saliva en mi lengua. Y al cabo de un rato había sentido un dolor agudo en la pierna herida por el cristal. ¡Mis piernas habían recuperado la sensibilidad! Como borracho, o bien drogado, sumergido en una especie de estupor, me había levantado y tambaleándome, me había encaminado hacia el teléfono por los fragmentos de cristal dispersos por el suelo. Así que se puede decir que esta noche no te había salvado yo, sino que nos habíamos salvado el uno al otro.
Estoy estirado en la camilla y miro el aparato a través del cual te llega mi sangre. Pronto volverás en tí. ¿Te acordarás de lo que pasó allí, en el suelo de mi cuarto? Yo sí que lo recordaré siempre. Sí, antes de tí había besado a muchos, pero eso no me había dado ni la mitad de lo que había sentido durante nuestro beso aunque fuese tan corto y en una situación tan horrible.
Sigues inconsciente y ni sospechas que esta noche gracias a tí en este mundo una persona se haya hecho feliz. Sí, soy feliz y no sólo porque haya comenzado a caminar. Esta noche se ha realizado uno de mis sueños dorados – te he tocado. Y además, por fin he conseguido hacer algo para tí, pues, de no haberte ayudado yo, ahora estarías muerto. Pero no pienses mal en mí, no quiero que te sientas en deuda conmigo y jamás te pediré nada a cambio. Tal vez, sólo amistad. Y eso si no te inspiro repugnancia con mi aspecto. Será chistoso, pero ahora espero que seamos amigos. Tenemos que serlo. Si ahora somos como hermanos en cierto modo. Ahora por tus venas corre mi sangre.

6

 ¡Soy yo quien tiene la culpa! – dice Asjat llorando y baja la cabeza.
La mujer cansada se seca los ojos rojos con un pañuelo.
 ¡Qué va, hijito! Eso no es culpa tuya… Sí tú mismo estabas a punto de morir… Y Denís… lo que hizo es una verdadera hazaña… Se levantó, llamó a la ambulancia, me imagino ya lo que le habrá costado todo eso… Y la sangre, el doctor le dijo que no se podía donarla tanta por una vez, pero él no obedeció. ¡Quién iba a saber que se le iba a parar el corazón!
Sólo hoy Asjat volvió del hospital y en seguida fue a casa de Denís al que le habían enterrado hacía un par de semanas. Ahora está sentado en una silla en la cocina delante de esta mujer rota de dolor y tiene sensaciones contradictorias. Por una parte, no es su culpa, pero… Sí él le debe la vida a este chico desconocido en una silla de ruedas y con unas cicatrices tan feas en el rostro. Si este chico no lo hubiera hecho todo lo que hizo, ahora sus padres, los de Asjat estarían de luto…
 Ahora que Denís no está, me quedé completamente sola, aquí, en esta ciudad no tenemos a nadie más. Sí, tengo una hermana pero vive lejos… Así que… ven a verme de vez en cuando, claro que sí quieres.
 Está bien. – se apresura a contestar Asjat. – Voy a venir a verla.
Al día siguiente él de nuevo toca a la puerta de sus vecinos. La madre de Denís igual que ayer le ofrece un té y luego le pide que la ayude a ordenar las cosas de su hijo muerto en cuyo cuarto ni se había atrevido a entrar después del entierro. El chico acepta.
 Asjat, ¿por qué no tomas su portátil? Es caro, casi nuevo, se lo compramos sólo el año pasado… Yo no entiendo nada de ordenadores y a tí te servirá de algo.
 ¡Vaya! ¡Si es tan caro! No puedo tomarlo.
 ¡Por favor, querido! Tómalo en memoria de mi Denís. – la mujer de nuevo se ahoga en llanto.
 Está bien, sólo no llore, por favor, cálmese.
Al volver a casa, Asjat enciende el portátil. El sistema operativo tarda en cargarse y luego, en vez de pantalla de inicio aparece su propia foto, una de las que hacía un año él había subido en su cuenta en una red social. Se queda boquiabierto y con los ojos como platos se mira a sí mismo sentado en una dresina. Y dentro de unos segundos en el centro de la pantalla aparece un texto. Tres palabras que le hacen estremecer. “Te amo, Asjat!”

El policía de Luján

Sábado, enero 24th, 2015

A pesar de que el tiempo no me acompañó en los días previos a la Semana Santa igualmente decidí ir hasta a Luján para volver a recorrer ese lugar y sobre todo los museos que tienen mucho material referente a la historia de los Países del Plata que me interesan tanto.

Al no estar más la Lujanera porque me dijeron que se había fundido tuve que ir en micro u ómnibus como le llaman en otros lares, aunque había un tren muy barato que salía de la Estación Once no lo tomé porque partía como a las 8 a. m. y tenía que cambiar de tren en la localidad de Moreno donde tomaría el otro que me llevaría a mi destino final.

Aunque el pasaje salía mucho más barato que en ómnibus opté por este último medio de transporte dirigiéndome en subte hasta Plaza Italia donde estaba la terminal del 57 que es el único medio que lleva hasta Luján.

Salimos de Plaza Italia alrededor de las 10 a.m. dando una vuelta tremenda ya que me llevaron casi hasta El Tigre para luego desde allí encaminarse a Moreno para finalmente arribar a Luján cerca del mediodía.

Realmente no era un día muy hospitalario como para andar haciendo excursiones, pero debido a la lluvia en Luján no había muchos forasteros y por eso tuve el museo totalmente para mi solo, por lo que pude aprovechar mucho de esa ocasión regalo del inesperado mal tiempo tomando fotografías de los carruajes y de los patios interiores del Cabildo y de la Casa del Virrey.

Algunas de las empleadas de los museos se acordaban de mí y muy amablemente por lo desocupadas que estaban por no haber visitantes, se dedicaron de lleno a mi curiosidad dándome varias clases sobre los objetos que allí se encontraban desde carruajes de la época colonial hasta el avión Plus Ultra en el cual viajó el hermano de Franco y donde me hice tomar una hermosa fotografía.

La cuidadora del piso alto muy amablemente abrió el balcón (el cual no se abre a los turistas) para dejarme ver la plaza la cual se haya en reparación y poder tomar desde allí una fotografía de la Basílica en parte cubierta por los andamios desde los cuales los obreros trabajan limpiando su fachada.

Me despedí de todas ellas y me fui hacia la Basílica para volver a regocijarme con el espléndido arte gótico que predomina por doquier.

Como siempre en su frente estaban los vendedores de souvenirs y entre ellos se encontraban dos policías que hacían el servicio de guardia y supongo que también infundirían respeto para que no sucediese nada anormal en ese lugar.

Al entrar me topé con uno de ellos, no era muy atractivo, de tipo aindiado bastante rechoncho o a lo mejor como era bajito parecía rellenito, le pregunté alguna estupidez sobre el lugar haciéndome el “boludo” como que era la primera vez que visitaba la Basílica.

Me respondió muy cortésmente, indicándome por donde tenía que entrar y lo que podía ver allí dentro y al terminar la explicación me dijo que si no estuviese de guardia sería mi guía pero en esos momentos no podía dejar su puesto.

No creo que su sugerencia de ser “mi guía” tuviese segunda intención, simplemente para él yo era un turista que según le hice creer no conocía el lugar y él muy servilmente se hubiese ofrecido a guiarme, tal vez con la esperanza de tener una recompensa monetaria.

Me metí por cuanto recoveco encontré y si los cordones no me hubiesen impedido el paso a algunos recintos hubiese traspasado mas allá de los perimetros permitidos a los turistas.

Al salir lo vi muy firme en su puesto mientras que su compañero estaba más alejado conversando con los vendedores por eso me acerqué para agradecerle sus indicaciones.

Al conversar con él me di cuenta de que era cuarentón pero al ser mezcla de indio con criollo su cabello era renegrido y su cara en la cual no se le notaban rastros de barba era de ese color lacre-anaranjado que tienen los indígenas paraguayos por eso le pregunté si no era del lugar a lo cual me respondió con un acento extraño:

-No. No soy de acá soy de La Isleta en la Pcia. de Formosa, un pueblo sobre el río que da límite con el Paraguay.

Como ya dije no era atractivo pero ese cantillo al hablar y su charla tan amena lo hacían ser un tipo muy cariñoso por eso me tiré un lance diciéndole:

-No te lo tomés a mal pero quiero pedirte algo:

-Decíme ché lo que quieras!

-Sabés… me gustaría pasar un buen rato con un policía. No conocés a alguno que esté libre y le gusten las farras…

-Ché!!! ¿Qué querés decir?! ¿Querés que te rompan el orto?

-Y… algo parecido…

Pensé que se iba a enojar o que me iba a mandar a la mierda porque se quedó pensativo mirando hacia donde estaba el otro policía y luego me contestó.

-Si pagás bien yo te la meto, pero rápido porque no puedo dejar mucho tiempo mi puesto.

-Te doy $20, pero quiero mamártela y si me gusta ya veremos…

-Acepto, pero vos andáte p`al fondo y te metés en el baño, así yo despisto a mí compañero diciéndole que no aguanto más las ganas que tengo de mear y le pido que me cuide un rato que enseguida vuelvo.

Así lo hice, desapareciendo nuevamente por la entrada de la Basílica y cuando encontré un baño me metí en él a la espera de Eusebio que según me había dicho ese era el nombre del formoseño.

A los pocos minutos sentí como abrían la puerta y efectivamente era mi nuevo amigo que muy rápidamente puso el cerrojo y a continuación se desprendió su pantalón se bajó el slip para terminar pajeándose un poco para endurecer su pija y luego me ofreció una hermosa verga.

Ese día había tomado varias fotografías de todos los museos que había visitado por eso mi cámara colgaba de mi cuello y al estar allí fue muy fácil sacarla y enfocarla hacia el hermoso ejemplar de pija que portaba el policía formoseño.

Nunca me hubiese imaginado que ese policía aindiado y bajito tuviese escondida semejante arma con la cual yo pensaba pasar un buen rato de placentero regocijo dentro de ese baño.

No le gustó mucho cuando el flash hizo su fogonazo diciéndome:

-¿Viniste a chupármela o a sacarme fotografías?

-Vine a chupártela, pero como me impactó tanto el grosor… aunque no la tenés muy larga, me tenté y saqué esa fotografía para recordarte en mi casa.

-Si para pajearte mirando mi foto, Ja… Ja!!

Allí mismo sin más dilataciones lamí su glande, el cual era muy gordo encontrándolo tremendamente seco y lo fui humectando con mi saliva hasta que pudiese deslizarse sin dificultad hacia el interior mi garganta.

Eusebio gemía bajito apretándome la cabeza, cada vez la empujaba más cerca de sus pendejos los cuales eran casi lacios y del mismo color que la abundante cabellera que cubría su testa.

Detuve la mamada porque mi verga pugnaba por salir y al hacerlo Eusebio me dijo:

-Seguí, hacéme acabar rápido que no tengo todo el día para vos y tus $20.

Cuando tuve a mi enhiesta y orgullosa verga en mis manos Eusebio la miró y comentó:

-Ché que verga tenés!! Es más larga que la mía y vos te asombraste al ver la mía…

Al estar ensalivada la pija de Eusebio cobró un brillo muy especial dejándome boquiabierto contemplándola, pero no me atreví a tomar otra fotografía de la visión tan excitante que tenía frente a mis ojos de esa verga húmeda y brillante que en ese momento de extrema tensión sensual la hacía parecer más grande y apetecible de lo que en realidad era.

Las bolas de Eusebio eran muy apretadas o su escroto estaba muy contraído porque el formoseño estaba muy nervioso temiendo que alguien nos descubriese o que su compañero se diese cuenta de que sucedía algo raro porque por ir a echar una meada nunca demoraba tanto.

Si no me hubiese apurado me hubiese quedado un buen rato chupando tan lindo ejemplar de tiesa carne y sus bolas también hubiesen recibido el estímulo necesario como para retraer esa contracción de los tejidos que las aprisionaban pero no pude hacer nada de eso ya que el tiempo urgía.

Por eso saqué un condón de mi bolsillo y casi lo reventé al ponérselo tan apresuradamente y luego de mojarle la pija enfundada con abundante saliva me puse de epsaldas ofreciéndole el agujero por donde tenía que ponerla.

Eusebio estaba muy consciente de que calzaba una buena talla por eso antes de golpearme la entrada con ella me aplicó una generosa a dosis de su saliva metiéndomela con los dedos hasta hacerme gemir por la excitación que me produjo el contacto de sus terminales táctiles en el interior de mi ser.

Inmediatamente después sacó sus dedos y la entrada de mi ano fue golpeada por esa herramienta que sin contemplaciones fue invadiendo mi recto haciéndome gemir y ayear de dolor, pero una vez dentro Eusebio la dejó quieta unos momentos sin moverla hasta que mi esfínter la hubo asimilado, hasta que no hubo recibido la respuesta positiva desde mis entrañas no comenzó el vaivén el que fue tan fuerte como para hacernos bufar y gemir a ambos.

Con todas sus fuerzas me la clavó hasta el fondo de mi recto y sin siquiera tocarme mi verga descargué una abundante lechada sobre el lavabo del baño donde yo me encontraba apoyado con mis manos resistiendo las embestidas de este toro brioso y furioso que cada ve metía más y más…

Unos segundos después me aflojé porque había vertido todo en el lavabo, la pija de Eusebio se hinchó espantosamente haciéndome morder por el dolor que me producía pero por suerte duró muy poco porque empezaron las contracciones producidas por su eyaculación y su verga se fue deshinchando unos pocos segundos después porque no había más nada en sus vesículas seminales.

Cuando Eusebio me la sacó respiré hondo ya que estaba desfallecido por el placer recibido y porque el dolor había sido muy grande dejándome los tejidos dilatados e insensibles porque esa verga me había deshecho.

Al verme lívido me dijo

-¿Lo pasaste mal? Porque yo lo pasé muy bien, tenés un culo muy bueno, me hiciste gozar mucho y además me vas a pagar por eso…

-Con un hilo de aliento le contesté:

-Noooo .Lo pasé muy bien pero como tenés una verga muy gruesa me rompiste todo con esos empellones a toda velocidad, me hicieron disfrutar mucho pero ahora creo que me voy a cagar en los pantalones porque no tengo más esfínter y hasta que se cierre voy a tener que ponerme un tapón.

Una vez que se hubo sacado el condón como último tributo le besé la cabeza de su pija saboreando por primera y única vez su néctar y luego de que nos lavamos le di los $20.

-Me da gusto haberte complacido, ahora esperá un rato, no salgás atrás mío así nadie sospecha de este encuentro y cuado pasés al lado mío en la calle seguí de largo.

Así lo hice y como eran cerca de las cuatro de la tarde entré a almorzar en un restaurante a una cuadra del Basílica donde muy famélico y dolorido devoré todo lo que me pusieron delante entre retorcijones de mi recto los cuales me anunciaban una descarga inminente.

Y tuve que darle el gusto entrando al minúsculo baño de ese local donde enchastré hasta las paredes con excremento y con sangre coagulada que había estado pugnando por salir al exterior de mis intestinos.

No creo que todo ese desajuste me lo hubiese producido el grosor de la pija del policía formoseño, sino la fuerza con que me la metía y la poca lubricación que tenía mi recto para recibir ese duro armatoste que me había dado tanto placer y dolor al mismo tiempo.

Su verga se había puesto muy dura por eso literalmente me había empalado con ella reventándome algún vaso sanguíneo de esa zona tan delicada.

Pero no me arrepiento ni lo culpo, yo lo busqué y tuve mi premio o mi merecido aunque en otro lugar y con más tiempo no me hubiese sucedido eso.

Cuando me fui a tomar el ómnibus que me llevase de vuelta a Palermo tuve que pasar por la Basílica donde estaba él muy jocosamente riendo con su compañero, tal vez le había contado de su aventura y tal ve se emborracharían ambos con el dinero que yo le había dado por hacerme tan buen servicio, eso no lo sabré nunca.

OMAR

Como siempre espero comentarios en: omarkiwi@yahoo.com

De camino a la casa

Lunes, enero 5th, 2015

Soy un chavo de 23 años, del DF,acababa de salir de mi trabajo ya era bastante tarde, tenia que tomar un micro para llegar a mi casa, estaba un poco lleno en la base, y unos 30 min antes de llegar a mi destino me quede solo en la parte de atras del micro, el chofer estaba platicando con una amiga,en eso subieron 2 personas, un chavo se sento adelante y un señor de unos 50 años se iba a sentar adelante, en eso alzo la cabeza para ver atras, solo me le quede viendo, y se dirigia a donde yo estaba sentado, y se sento en el asiento que estaba alado mio,no le tome mucha importancia, pasaron unos 10 min y volteaba a verlo algunas veces y y en una de esas estaba jugando por rncima de su pantalon con miembro,paso el tiempo y el noto que lo veia, se desabrocho su pantalon, se bajo el cierre y e dejo ver su pene con unos enormes huevosss, muy grandes los tenia, fue jugando con su pene que pococ a poco se ponia mas duro, masturbandose con el, yo ya no veia el camino,solo lo veia a el, me sorprendia que a su edad, hiciera esooo, que me encanto y que aparte tuviera tremenda ereccion,el pasaba su mano por toda su verga y jugaba con sus testiculos,estaba a pinto d cambiarme de lugar a su asiento, solo se me quedaba viendo fijamente mi paquete tambien, que empesaba a tener una ereccion, en eso levanto la mirada, eran unos 10 min antes de llegar la base, se abrocho el pantalon y se bajo en el semaforo, sin decir adios.
Ya no lo eh vuelto a encontrar ni eh tenido experiencias semejantes. algun madurito que quiera completar lo que iniciaron duunloop@hotmail.com o duunloop@gmail.com

Cuando mi tía se enamoró

Viernes, enero 2nd, 2015

Éramos una familia corriente y tranquila, lo mismo que yo hasta que mi tía se enamoró.

Tras la muerte de mi abuelo, nos habíamos ido quedando a vivir con mi abuela de modo no premeditado. Primero, fue la determinación de mi padre de no dejar sola a su madre recién enviudada. Pero fue pasando el tiempo, mis hermanos y yo nos matriculamos en colegios cercanos, a mi padre lo trasladó su empresa por solidaridad a la sucursal más próxima y mi madre descubrió una tertulia de vecinas que le gustaba mucho, de manera que sin que nadie tomara claramente la decisión, la enorme casa familiar se convirtió en nuestro domicilio permanente.

Aparte de nosotros y mi abuela, sólo vivía en la casa la hermana menor de mi padre, llamada Marta, una hermosa y abnegada mujer de treinta y cuatro años, que había rechazado una infinidad de proposiciones amorosas por la determinación de ayudar a su madre a cuidar de su padre.

Muerto el abuelo, todos notábamos que Marta se había quedado sin objetivos. Era muy evidente su indiferencia, como si hubiese decidido que no tenía nada que esperar, y también era clamorosamente notable su abandono. No engordó, porque éramos una familia naturalmente muy esbelta, pero fue abotargándose un poco, no se maquillaba, dejó de comprar ropa a la moda y se descuidó el pelo.

Las vecinas que formaban la tertulia de mi madre, todas casadas, fueran las primeras en alertarnos. Marta había adoptado una actitud muy depresiva y autodestructiva. El asunto se discutió en nuestras comidas varias veces durante un par de semanas mientras Marta se encontraba ausente, hasta que un día me dijo mi madre:

-Pablo, trata de conquistar a tu tía Marta para que salga contigo a discotecas, bares y por ahí…

-Mamá, tengo diecinueve años. No van a gustarle los sitios donde voy.

-Sí, es verdad. A ella le agradarán otras cosas. Pero tú eres el único de la familia que puede intentar ayudarla. Tu hermano Fernando tiene diez años, tu hermana Paula, catorce. Eres el que más se le aproxima. Supongo que no toda la gente que vaya a esos sitios que te gustan sea tan joven como tú. También habrá gente algo mayor…

Mi madre tenía razón. En todos los bares con música que frecuentaba veía siempre a gente de hasta cuarenta años, y en las discotecas, algo menos, pero también. No sería imposible que mi tía encontrara a alguien apropiado. Me costó mucho conseguir que se decidiera. Tuvo que ocurrir una especie de milagro que tal vez fue provocado; una de las amigas de mi madre nos pidió alojar a una prima suya de treinta y dos años, que venía a pasar unas vacaciones, ya que a ella le faltaba sitio en su pequeño piso. Fue acomodada en la habitación vecina de mi tía, de quien se hizo muy amiga en seguida. La prima de nuestra vecina, una malagueña jacarandosa y un poco gritona, se puso muy pronto a reprochar a mi tía su dejadez, insistentemente, de modo que en menos de una semana vimos con estupor que Marta renovaba su vestuario al completo, la malagueña le enseñó a maquillarse a la moda y la forzó a ir a la peluquería. Así que un viernes a mediodía las vimos bajar mientras comíamos, y casi no la reconocimos. No pasaría inadvertida si iba por la calle.

Marta era muy guapa, muy por encima de lo común, y estaba “buena” del modo grosero que lo decimos los jóvenes. Junto a mí, podía parecer que me había ligado a una experta, algo madurita pero muy “potable”. Así que insistí esa misma tarde en que saliera conmigo. Aceptó no sin renuencia, pero con la condición de que también viniera su nueva amiga malagueña.

-Viky tiene que venir también. No vamos a dejarla aquí, sola.

Así que me encontré encarando la noche de viernes escoltado por dos señoras, presentables pero… que iban a ser un obstáculo muy serio para mis derrapes y conquistas del fin de semana. Las llevé sin mucho entusiasmo al disco bar donde anticipé que no todo el mundo sería de mi edad, y así era. Para mi desconcierto, la entrada de Marta y Viky produjo un impacto que no esperaba. Ciertamente, era un dúo de mujeres en sazón, muy atractivas y apetecibles. Crucé el local tras ellas sintiéndome en evidencia, pero afortunadamente nadie me prestó atención.

No creo que llevásemos más de diez minutos sentados junto a una mesa cercana a la barra, cuando un tío de unos treinta años sacó a bailar a la malagueña. En muy pocos minutos, los vi al otro lado del local, morreándose de modo casi frenético. Entonces, me di cuenta de que otro tío que tampoco podía tener mucho más de treinta, miraba a mi tía con ganas de comérsela, como si sopesara sus posibilidades de conquista; me pareció que me lanzaba miradas asesinas. No me gustó el individuo, era demasiado… todo. Demasiado musculoso, demasiado apretado en su ropa de ligón, demasiado exhibicionista en sus pantalones inverosímilmente ajustados y exageradamente abultados por la entrepierna, en su camiseta casi sin mangas para presumir de bíceps y de pectorales, demasiado peinado-despeinado y demasiado chulesco con su media sonrisa de autosuficiencia. Consideré que no podía convenirle a mi tía.

-Ven, Marta. Vamos a bailar –invité con apresuramiento.

Marta estaba mirando disimuladamente a su rondador, por lo que noté que aceptó mi invitación de no muy buena gana.

Bailamos tres o cuatro lentas y ya había olvidado al exhibicionista, cuando noté en los ojos de mi tía un brillo como una estrella fugaz, mirando más allá de mí. Al instante, sentí el cuerpo de un hombre que se me pegaba por detrás, mientras decía:

-Creo que necesitas a un hombre de verdad, no un imberbe así.

Aparte de la insolencia de rozar su cuerpo contra el mío y frotarme descaradamente la voluminosa bragueta, su frase me produjo ira.

-Mi tía no les da bola a chulos como tú –dije sin meditarlo.

-¡Pablo! –reprochó Marta. Tal vez se trataba de un leve regaño a su sobrino por la falta de tacto, pero a mí me pareció que estaba encandilada de verdad por el sujeto.

-Disculpe usted, caballero –me dijo él-. No había caído en la cuenta de que usted es seminarista o un párroco, vaya usted a saber.

A mí me sonó a burla intolerable, pero Marta se echó a reír.

-Así que –continuó el individuo-, con todo respeto le pido que me conceda un baile con su pareja.

La frase y la situación resultaban tan anacrónicas, que nos desarmó a los dos. Tras un momento de duda, los tres quietos en medio de la pista, mi tía me dijo:

-Pablo, voy a bailar con este señor. Ve a tomar algo, por favor.

El sujeto me sonrió triunfante, me miró un poco desde arriba estirando su cuerpo como un gallo de corral y me ofreció la mano.

-Me llamo Esteban; gracias.

Ya no se separaron en toda la noche. La situación me había descolocado tanto, que ni siquiera me preocupé de ligar, aunque no me faltaron miradas. Viky fue cortejada sucesivamente por cuatro individuos, con cada uno de los cuales siguió la misma pauta; bailaban unos minutos y a continuación se iban hacia el fondo, donde se repetía el morreo. Pareció que Viky realizaba un test. Mi tía simulaba no notar el monstruoso aguijón que la entrepierna de aquel sujeto le restregaba y no volvió a la mesa en ningún momento, riendo constante de un modo que debió alegrarme pero me producía ira. Así que solo, con humor de perros y aburrido, no se me ocurrió más que beber mucho más de lo que estaba acostumbrado.

Serían las tres y media cuando Marta me sacudió, porque yo echaba una cabezada.

-Pablo, nos tenemos que ir… ¿estás borracho?

-¡Qué va! –exclamé sin convicción.

Fui a ponerme de pie, pero entonces comprendí que sí que había bebido más de la cuenta.

-No te preocupes, Marta –dijo Esteban de manera demasiado posesiva-. Yo os llevo y mañana que venga él por su coche.

De ese modo, me encontré en el asiento trasero de un Clio que lo menos tenía diez años. Ellos hablaban como si yo hubiera perdido el conocimiento.

-Es mi sobrino mayor. Yo lo veo hace tiempo como un hombre, pero seguramente es más adolescente de lo que creía.

-Sí, mujer. Es un crío, por mucha apariencia de machote que tenga. ¿Estudia?

-Sí. Algo de ordenadores, creo.

-Y tú, ¿a qué te dedicas?

-Hace tiempo que no trabajo. He pasado más de seis años cuidando de mi padre, que tenía cáncer terminal, y he perdido la costumbre. Tengo que ponerme al día, porque soy demasiado joven.

-Claro que sí, mujer. Tienes que ponerte las pilas.

Definitivamente, el tío me resultaba vomitivo, con su lenguaje posado de jovencito y su actitud de consejero, mientras concluía que seguramente estaba en el paro, porque su coche no había sido lavado en dos semanas y tenía abollamientos. Estaba haciéndome el dormido, pero con los párpados no del todo cerrados notaba que Esteban me lanzaba miradas por el retrovisor, porque seguramente tenía la intención de parar en algún sitio oscuro y echarse sobre mi tía. Decidí forzarme a no dormir, para estar alerta. Pero condujo hasta la puerta de mi casa, donde sí que se besaron muy apasionadamente. Marta me sacudió echando el brazo hacia atrás sin mirarme.

-Vamos, Pablo.

Las siguientes dos semanas representó una tortura sentarme a comer con la familia. Al principio, de un modo tímido que progresivamente iba ganando intensidad y entusiasmo, Marta cotorreaba sin parar sobre Esteban. Había tenido varios récords de natación años atrás, lo que le había impedido obtener un título universitario, pero ahora, tras una lesión en una rodilla, era ayudante del entrenador del equipo de natación nacional que preparaba las olimpiadas. Según Marta, era lo más simpático del mundo, muy popular, y encantaba a la gente. Lo saludaban por todas partes, tenía carisma y estaba segura de que iba a triunfar en la vida en cuanto se le quitara la obsesión de la natación. Escuchándola, yo deducía que estaba deslumbrada por un vago notable, presuntuoso… un mediocre sin futuro. Un verdadero chulo profesional.

Mi malestar y antipatía resultaron evidentes para todos muy pronto, a pesar de que yo trataba de disimular. Mi padre me pidió en un par de ocasiones que fuera más comprensivo con su hermana, pero mi madre era más directa; me pillaba constantemente para exigirme que hiciera el favor de no ser tan borde con Esteban, que él representaba una oportunidad para mi tía, que no parecía mala gente, que su cuñada se había salvado de ser una solterona y que me estaba ganando el rencor de Marta.

Esto último me preocupó, porque me pareció injusto. Ella lo había conocido porque yo me tomé el trabajo de llevarla al lugar adecuado, lo que había representado sacrificar el viernes de un joven sano. Lo había conocido por mí. El segundo jueves después del encuentro en el disco bar, mi tía me dijo en la sobremesa del almuerzo:

-Pablo, Esteban te invita a que vayas con él mañana al entrenamiento, en el centro de alto rendimiento. Te agradecería mucho que aceptes.

Tardé unos minutos en encajar la noticia, lo que dio tiemplo a mi madre para intervenir:

-Estupendo, Pablo. Imagínate, conocer a los mejores nadadores de España y entrenar y nadar con ellos. Cualquier chico te envidiaría. Así que no trasnoches demasiado hoy, para estar fresco por la mañana.

No me dieron opción de negarme.

A la mañana siguiente, tenía un humor de perros. Mientras esperaba la llegada del Clío, maquiné el modo de molestar a Esteban todo lo que pudiera. Aparte de varias estrategias no muy bien definidas, decidí ponerme el bikini más extravagante y sicalíptico que tenía, que sólo lo había usado una vez durante el viaje de fin de curso anterior, que fuimos a Grecia, donde lo compré en una tienda para turistas. Era una prenda que me dejaba descubierto buena parte del pubis y apenas cubrían la mitad de mis glúteos. Con rayas azul y blanco, el tejido era tan tenue y apretado que me marcaba como si estuviera desnudo, más cuando se mojaba, que se volvía traslúcido.

Esteban hizo sonar repetidamente el claxon y antes de darme tiempo de reaccionar, acudieron a mi habitación mi madre y mi tía a urgirme.

-Venga, Pablo. No lo hagas esperar, que va a su trabajo.

El novio de mi tía no se tomó la molestia de bajar del vehículo para saludar a nadie, ni siquiera me miró al sentarme a su lado. Arrancó en silencio. Descolocado, yo no sabía qué hacer. Le miré de reojo. Me pareció peligroso que condujera con sandalias playeras; vestía un pantalón corto demasiado corto, un vaquero seguramente rasgado por él, deshilachado y casi en las ingles, con aquel bulto que parecía pugnar por salir por la pernera; deduje que ese había sido el motivo para no salir del coche a saludar a mi familia y recibirme; le daría vergüenza mostrarse de esa guisa, a pesar de su desvergüenza. Lucía unas piernas de las que seguramente se sentía muy orgulloso, con los muslos medianamente peludos y muy voluminosos, y pantorrillas propias de culturistas inflados de esteroides. Se abría de piernas más de lo lógico al conducir, porque era evidente que pasaba la vida exhibiéndose. Noté que llevaba una camiseta aun más apretada y escotada que la del disco bar. No podía soportar tanto exhibicionismo.

-¿Llevas de todo para nadar? –me preguntó Esteban.

-Sí. Traigo la toalla y el gorro en la bolsa; el bañador ya lo tengo puesto.

-Bien. Si te faltara algo, puedo prestarte de todo, cualquier cosa. Tenemos más o menos la misma estatura- mientras lo decía, se rascó los genitales de modo muy vulgar. Tuve la impresión de que trataba de resaltar ese bulto espectacular o, tal vez, acomodar un relleno que usara.

De entrada, el local no tenía nada de especial. Parecía la puerta trasera de un escuela cualquiera. Tras un largo pasillo, entramos en una pequeña habitación mitad despacho y mitad almacén. Esteban se quitó la camiseta y el calzón; ya tenía puesto el bañador.

-Cuelga tu ropa en aquel gancho. No olvides el gorro y la toalla. ¿Quieres gafas?

-Si no son obligatorias, preferiría no usar gafas. Una vez probé y no pude nadar, porque me molestaban.

-Bueno, vamos.

Al salir del cuchitril, tras una mirada de reojo no pude reprimir el comentario:

-No comprendo por qué te metes relleno en la polla.

Esteban se limitó a sonreír y sin decir nada, echó a andar. Tensaba ligeramente los hombros, expandidos como si tratara de avasallar, y sus glúteos se balanceaban de un modo que me pareció provocativo. Recorrimos otro pasillo, más corto, para llegar a la nave de la piscina. Había mucho ruido y olía más a macho que a cloro. Eran muchos los jóvenes más un hombre de unos cincuenta años, que jugaban y bromeaban correteando y saltando por una pequeña grada en uno de los costados de la piscina; se echaban los unos sobre los otros y rodaban abrazados como si lucharan, en lo que parecía el capítulo inicial de una película pornográfica de maricones. La escena parecía demasiado pecaminosa para un equipo de deportistas. Al entrar nosotros, todos saludaron ruidosamente a Esteban, lo abrazaron, palparon y palmearon sus nalgas. No advertí que nadie se sorprendiera ni extrañara por el abultamiento imposible del bañador de Esteban, a quien los jóvenes trataban con la confianza y el desparpajo de un compañero más, no un superior. De inmediato, ocho nadadores se colocaron en la cabecera, dispuestos a comenzar el entrenamiento. Fue el hombre mayor, seguramente el entrenador oficial, el que habló:

-Esteban, como tenemos competición el domingo, quiero un entrenamiento suave. Estos son la mitad de los que he seleccionado. ¿Estás de acuerdo?

-¿Quiénes son los demás?

-Aquéllos. -El entrenador señalaba otro grupo de ocho, apoyados en la pared situada tras los que iban a entrenar. Los demás, estaban en las gradas.

-Son los que están mejor esta semana; de acuerdo.

Entrenaron durante poco más de una hora entre voces estentóreas de Esteban, mientras yo me arrepentía solemnemente de haber aceptado ir. No sólo me aburría sin remedio. Los nadadores tenía más o menos mi edad, pero me di cuenta muy pronto de que no tendría nada que hablar con ninguno de ellos. La cosa mejoró un poco cuando Esteban me dijo por señas que me echara a nadar, puesto que el entrenamiento había acabado. Los que no habían sido seleccionados ni habían, por lo tanto, entrenado, se lanzaron al agua en tromba y yo tras ellos. No pararon de bromear y se tomaban muchas confianzas con Esteban, pues le hacían ahogadillas, le empujaban y me pareció que hasta le metían mano por los genitales, pero no paraban de reír, y Esteban el que más.

Cuando Esteban me señaló el reloj, para indicarme que se acercaba la hora de marcharnos, salí de inmediato, con ansia de que se acabara el compromiso. Esteban salió del agua de modo muy exhibicionista, como todo lo que hacía: apoyó los fuertes brazos en el borde de la piscina para empujarse hacia arriba, tensando la notable musculatura que brilló deslumbrante como la de un actor porno. Al emerger con un solo impulso, descubrí que tenía una media trempera. De otro modo, no podría explicarse el volumen del bañador. Esteban notó mi mirada y sonrió con sorna. Viré la cabeza de modo violento, algo ruborizado.

-Vamos a la ducha.

Fui tras él, porque temía volver a mirarle el bulto y que repitiera su sonrisa irónica.

-Tengo ducha propia en mi despacho. La colectiva estará imposible -dijo sin volverse a mirarme. Las nalgas se balanceaban como si pretendiera provocarme.

Llamaba pretenciosamente despacho al cuchitril donde nos habíamos desnudado. Tras cerrar la puerta, descorrió una cortina de plástico, tras la que había una amplia ducha sin plato, con el suelo de cemento en ligero declive y una sola alcachofa.

-Ve tú primero- dije-. Yo espero.

-No, hombre. ¡Qué tontería! Hay sitio para los dos.

De ese modo, me alegró la oportunidad de descubrir qué clase de relleno se ponía. Le vi bajarse el bañador de espaldas a mí y lo imité. Inesperadamente, se volvió.

-¿De qué clase de relleno hablabas, Pablo? –Esteban tensó la pelvis y me invitó con los ojos a examinarlo.

Nunca habría imaginado que existiera una polla así. Era realmente grande, si no se trataba de que estuviera medio empalmado. El grosor junto al pubis era descomunal, seguramente semejante a su bíceps, pero se afinaba progresivamente hasta terminar en un glande aproximadamente normal. Pero nada era normal en ese órgano cuya forma recordaba la punta de una lanza antigua. Ni la longitud desproporcionada ni el laberinto de venas muy prominentes. Sólo había visto porno un par de veces, en casa de un amigo, y aunque no me había fijado en las pollas, consideré que lo de Esteban sería muy valorado por un productor de porno. Mi asombró superó pronto mi desconcierto. No conseguía apartar la mirada de ese pene, preguntándome si era un defecto o un mérito. Incomprensiblemente, sentía ardor en la espalda como si el rubor del rostro se estuviera extendiendo por mi cuerpo, y creí que mi corazón se había detenido aunque mi respiración se estaba volviendo anhelante. Notaba la sonrisa irónica y autosuficiente de Esteban, mostrándose como si posara de stripper ante un auditorio de adoradores.

-¿Te importa enjabonarme la espalda por el centro, a donde no llego con las manos?

Por suerte, se volvió de espaldas mientras me lo pedía. Creo que volvió a estirar los hombros para impresionarme con un lomo de dibujo de superhéroe y un culo que daba la impresión de ser levantado voluntariamente para exhibirlo todo lo posible. Como un robot, comencé a untarle gel sin atreverme a llegar ni a la cintura. El culo era tan redondo, prominente y escultural, que me negaba a contemplarlo.

-Después de que nos sequemos –dijo Esteban-, tenemos que darnos crema hidratante, para contrarrestar el cloro, que aquí es demasiado. Yo te lo doy a ti y tú a mí.

Eso no podía ocurrir. Y si no podía evitarlo, antes, yo necesitaba explicarme a mí mismo lo que me estaba sucediendo. Lo que pasaba en mi cuerpo y en mis caderas era completamente desconocido, no recordaba nada igual en toda mi vida. ¿Podía haber algo misterioso en mi antipatía por Esteban? ¿Se trataría de miedo? Porque miedo era lo más parecido que recordaba a lo que en esos momentos estaba sintiendo. Miedo, también, a experimentar una erección, puesto que presentía que podía sucederme, inexplicablemente. Apreté mis labios en un rictus, mientras Esteban volvía la cara hacia mí, diciéndome:

-Tienes un físico fenomenal. ¿Qué haces?

Tardé largos segundos en responder. No quería que Esteban fuese amable conmigo.

-Bicicleta y zumba. Y voy a veces al parque, donde unos brasileños me enseñan capoeira.

-Huy, ¡qué bien! Algún día, me gustaría ir contigo al parque, si no te importa.

Ni pensarlo. Yo no podía a volver a tener ningún momento de intimidad con ese tipo. Tenía que encontrar un pretexto para secarme y echar a correr en seguida, antes de que planteara untarnos la crema hidratante. Pero esa posibilidad no se le pasaba por la cabeza. Esteban se puso a secarme por detrás, como si yo fuera un niño, mientras me decía:

-Creo que, siguiendo algunos consejos, puedes desarrollar un cuerpo diez. Tienes base de sobra, pero hay que equilibrar mejor las proporciones. Necesitas un poquito de hombros y gemelos. Y mejorar los abdominales, que están muy bien, pero se nota que podrías superarte con el entrenamiento apropiado. Si te apetece, yo te enseñaría cómo lograr todo eso.

–Esteban, yo soy mucho más joven que tú y no tenemos nada que ver. Tú te dedicas… a esto, que es lo menos parecido a mi futuro de informático.

-¿De qué hablas? Nada se opone a que seamos amigos y lo pasemos bien juntos.

-¿Bien juntos… tú y yo? ¡Vamos!

-Bueno, pues si no quieres, que sea como te parezca. Ahora ven aquí, a esta mesilla, que voy a darte la crema, para que no vayas a reclamarme dentro de una semana que tienes la piel como papel de estraza. Vamos.

Me condujo casi forzado, agarrándome muy fuerte y autoritariamente del brazo. Me tumbó boca abajo con algo de brusquedad y de inmediato, como si quisiera negarme la posibilidad de rebelarme, me echó crema muy abundante por la espalda, el culo y las piernas, hasta cerca de los talones. Por la rotundidad y fuerza de sus ademanes, noté que estaba empeñado en vencer todas mis resistencias… en vencer mi hostilidad. Echó tanta crema por todo mi cuerpo, que temí que se derramase si me movía tratando de ponerme de lado para incorporarme. En seguida, comenzó a frotarme los pies. Jamás me habían masajeado los pies, por lo que al principio creí que se trataba de cosquillas, pero de pronto concluí que era muy placentero, aunque no quería que nada que Esteban hiciera me produjese placer. Bastaron tres o cuatro minutos para rendirme. Ya no se trataba sólo de la llegada de un bienestar imprevisto, sino que tenía unas inesperada y perturbadora erección, que resolví no exhibir. ¿Cómo podía estar pasándome eso? Me resistiría con todas mis fuerzas y hasta con tarascadas sí él trataba de girarme boca arriba.

Entonces, tras masajearme las piernas de un modo experto pero rápido, se dedicó despaciosamente a mi culo. Luego de apretar los glúteos con reiteración, echó un chorro de crema entre ellos, mientras me pasaba el puño por el perineo un poco fuerte y, a continuación, deslizaba una y otra vez los dedos por mi ano de un modo demasiado audaz. Pero no protesté porque ello me obligaría a medio incorporarme, con lo que él descubriría que estaba empalmado.

Me estaba venciendo, pues había abandonado el deseo de debatirme. El seguía, pero ya no untando crema, sino masajeándome con fuerza y concentración. Sentí en ocasiones que me caía encima una gota de su sudor. Movía las palmas de las manos arriba y abajo de mi espalda, llegando hasta los glúteos donde siempre lentificaba los movimientos hasta convertirlos prácticamente en caricias, y luego subía dándome suaves tarascadas con las dos manos, casi pellizcos, que me hicieron erizar los vellos varias veces; también se me habían erizado los pezones por primera vez, que yo recordara. Estuve repetidamente a punto de reventar, y tenía que contraer los músculos para evitarlo, pero con el traqueteo, las pasadas insistentes de las manos resbalosas, los dedos deslizados furtivamente por mi ano y mi inexperiencia, de pronto ocurrió lo más impropio y desconcertante. Experimenté un orgasmo junto con convulsiones de mi espalda y mis muslos. Fue el más perturbador que recordaba, ya que parecía no acabar nunca, lo que seguramente se debía a mi posición, con el pene apretujado entre mi vientre y la toalla. Quería hundirme en la mesa, traspasarla con objeto de huir, desaparecer. Cuando recuperé la razón, me di cuenta de que él había detenido las manos. Tras varios minutos en silencio, escuché:

-¿Ha estado bien?

Callé, más avergonzado que extrañado.

-He notado que te corrías, lo que es muy lógico, con tu edad y tu vigor… No preveía que tardaras tan poco.

-¿No preveías? ¿Sabías que iba a pasar?

-Pues claro. No soy tan joven como tú. Tengo experiencia.

-¿Tienes experiencia? ¿Se lo haces a todos los nadadores?

-No te pongas borde, Pablo. Quiero que nos llevemos bien.

-Tú y yo no tenemos que llevarnos de ninguna manera. Cuando me dejes en mi casa, será un adiós para siempre.

-Que te crees tú eso. ¿Has vuelto a empalmarte?

Callé. Me ardían las mejillas. De nuevo no podía alzarme, porque la erección regresó, una vez que él había reanudado el masaje, esta vez de un modo declaradamente erótico, puesto que posaba el dedo entre mis glúteos ya no tan fugazmente, mientas la otra mano me palpaba por todos lados, inclusive el escroto.

-Si te has empalmado ya, quiero vértela, hazme el favor.

Me giré despacio, con las mejillas encendidas. Jamás habría aceptado mostrar mi trempera a un tío, pero sentía una especie de desafío, como si de pronto quisiera demostrarle que no tenía demasiado que envidiarle.

-¡Qué bonita! –dijo Esteban, acabando de llevarme a la estupefacción.

-Bonita, qué va. ¿Has visto muchas?

-Por supuesto, las de todos esos -se refería a los nadadores, cuyas voces y exclamaciones oíamos no demasiado cerca- y algunas más. Por lo tanto, tengo con qué compararte. La tuya está muy bien de tamaño, pero lo mejor es que es recta como un lápiz y muy bien proporcionada. No como la mía, que no me gusta nada.

Esta afirmación me agradó, porque eran los atributos lo que más me acomplejaba de él.

-¿No te gusta tu polla? Pues yo creo que es como para ponerla en un museo de los fenómenos mundiales.

Debió de parecerle un elogio, porque dijo:

-¿De veras? Pues me crea problemas muchas veces. Tengo que controlarme con las tías, porque si voy muy al fondo, se quejan.

-¿Con las tías? ¿Y con los tíos?

-Nunca he follado a un tío.

-¡Ah! ¿No?

-Me va más que me follen.

No me lo podía creer. ¿De qué iba ese majareta?

-No comprendo. ¿Por qué sales con mi tía? No vayas a hacerle daño o te la verás conmigo.

-No hombre. Marta me gusta muchísimo y voy en serio con ella.

-Entonces, no comprendo nada.

En vez de responderme, se puso a masajearme el pecho y el vientre de modo algo apresurado, pero acarició mis pezones con mayor lentitud y muchas pasadas en círculo, y se detuvo en mi pene enhiesto, abrazándolo con las dos manos, apretando un poco en la base, junto a los testículos. No lo rechacé, esperando a ver.

-Mira, Pablo. Hay cosas que irás aprendiendo con el tiempo, porque también eres un tío muy atractivo y lo serás más cuando madures un poco. Cuando uno nota que todos y todas desean tocarte y hacer algo contigo, es imposible pasarte la vida negándote perpetuamente. A mí me entusiasman las mujeres, sobre todo Marta, pero hay cosas que Marta no podrá hacer nunca; es que una vez que pruebas correrte con una polla dentro, nunca lo olvidas.

-¿Estás tratando de convencerme de que te deje follarme?

La idea de que tratara de forzarme me horrorizó. Esa polla descomunal me destrozaría y él tenía fuerza suficiente para inmovilizarme

-No, Pablo. Quiero que me folles tú. En realidad, tú me gustaste desde el día que te conocí en el bar y fuiste una de las razones por las que cedí al coqueteo de Marta, y ahora confirmo que tuve buen ojo contigo. Nunca me había gustado tanto un hombre de entrada, te lo juro; he tenido que maquinar esto de acompañarme a la piscina casi desde el día que nos conocimos, porque me di cuenta en seguida de que te caía mal. También me gusta tu tía, por supuesto. Es jodido, pero tendréis que compartirme, porque os quiero a los dos. Es más, creo que me casaré con ella.

-No consigo comprenderte.

-Cállate- me dijo mientras se aupaba a la mesa y se ponía a horcajadas sobre mi vientre.

Sin la menor dificultad ni gesticular, se introdujo mi polla de una sentada. Para mí fue como si se produjera un relámpago en una tormenta telúrica. Ya había tenido sexo con varias compañeras, pero el interior de Esteban era diferente. Había fuego, intensidad y estrechez, como si una inundación de tibio terciopelo celestial acariciase mi pene. Tuve que cerrar los ojos, para no mirar a Esteban, quien sí me miraba fijamente.

-No aprietes los párpados, por favor, Pablo. Deseo ardientemente verte gozar. Bastará sentir tu orgasmo para que se produzca el mío de inmediato y ese orgasmo será el regalo que te haga para que dejes de tratarme como si quisieras matarme.

Abrí lentamente los ojos. La lanza de su vientre apuntaba rígida hacia su pecho llegando unos tres centímetros más arriba del ombligo; era todavía más descomunal de lo que me había parecido fláccida. Decidí tratar de averiguar en internet si las características de esa polla eran tan desusadas como me lo parecían. Su cuerpo era menos longilíneo que el mío, más macizo, pero no aprecié grasa por ninguna parte. Resultaba algo más voluminoso que un danzarín pero más estilizado que un culturista de los de las revistas norteamericanas. Con el sube y baja, nada se movía de su sitio, sólo su boca que alternativamente sonreía y jadeaba. Era un cuerpo en sazón, estupendamente formado, con pectorales bien proporcionados y sin las exageraciones del culturismo. Decidí que podía experimentar admiración y hasta un poco de envidia, lo que se impregnaba de un ansia de posesión que debía de parecerse al deseo. Uno de mis maestros, el de filosofía, afirmaba que la envidia es siempre deseo de poseer lo del otro. De pronto, caí en la cuenta de que todo estaba bien, que no ocurría nada que fuese a ocasionar un terremoto y que yo iba camino de tener un segundo orgasmo en menos de una hora. Si alguien me hubiera avisado de que me podía pasar, le habría llamado demente. Iba a correrme, y Esteban se dio cuenta.

-No querría halagarte más de la cuenta, pero eres un campeón, Pablo. Este va a ser el comienzo de una gran amistad.

No protesté por ese anuncio. Ya sentía las ondas del orgasmo recorrer mi espalda y mi vientre, y llegar entre palpitaciones a mis genitales, que explotaron como cuando había estado aprisionado contra la toalla, pero de modo aun más arrebatador, como si una aspiradora dentro de su cuerpo me estuviera sorbiendo . Esteban paró el sube y baja, pero no se salió; sólo se acarició un poco el pecho, apretándose los pezones. Permaneció con mi pene dentro, sintiendo las sacudidas y los chorros de mi semen, y sonriendo con ternura, mientras mi asombro crecía cuando, casi al unísono, un surtidor blanco brotó abundante e interminable de su polla, regándome todo el pecho hasta el cuello y causando un pequeño lago entre mis pectorales y mis abdominales, pero no me dio asco, para aumentar mi pasmo. Habían desaparecido mis cortapisas y ni siquiera me hice reproches sobre mi propio porvenir. Todo estaba demasiado bien.

ciriacodp@gmail.com

La tintorería

Martes, diciembre 9th, 2014

Mi nombre es…, actualmente tengo 44 años, soy de Buenos Aires y los que le voy a contar tal vez no sea muy excitante pero fue real. Es la primera vez que me animo a escribir en esta página por lo que les pido que si mi relato no satisface a quien lo lea no me critique, si no que me enseñe a relatar mejor.

Corría el año 1984 y todos en el barrio sabían que el tintorero era gay. Las mujeres, obvio, no se preocupaban por eso pero siempre era el tintorero el hazmerreír de la chusma barrial.
Lo conocí una mañana en la que, trabajando en un comercio del barrio, la mujer del dueño me pidió que llevara la ropa a la tintorería. Imagínense las cargadas que tuve que soportar en el trabajo por eso…
Mientras iba en camino cargando la bolsa con la ropa sucia, la tintorería quedaba a cinco cuadras de mi trabajo, iba pensando que tenía de malo que el tintorero fuera gay y no entendía porque el barrio lo castigaba tanto, y dándome cuenta de repente que, siendo yo todo un hetero, me estaba calentando mientras pensaba en el tintorero. Quiero aclarar que para ese entonces yo tenía 16 años y vivía caliente, pero nunca había pensado en un hombre y mucho menos para el sexo.

Cuando llegué a la tintorería, aprovechando que había dos mujeres delante de mí, me dedique a mirar al tintorero diciéndome a mi mismo que no me gustaban los hombres y que nunca iba a encontrar nada atractivo en él.
Efectivamente, no había ningún atractivo en ese hombre. Sesentón, calvo, barriga pronunciada… En fin, como antes dije, nada de atractivo.
Cuando las dos mujeres se hubieron marchado y me tocaba el turno, noté como clavó su mirada en mí y le gusté de inmediato. Me atendió muy lentamente, como para disfrutar el tener un pendejo como yo al alcance de su mano, y terminada la tarea de recibir la ropa, me dejó marchar no sin antes decirme que había sido lindo conocerme y que esperaba que regresara cuando tuviera más ropa que traer.
Me fui con su mirada clavada en mi espalda y una extraña sensación mezcla de seguir repitiéndome a mi mismo que no me gustaban los hombres y la verga dura como una piedra.

Durante las semanas subsiguientes, en la que una o dos veces día por medio tenía que ir, siempre seguía esa mezcla de rechazo y calentura e iba repitiéndome a mi mismo durante el corto camino a la tintorería, que nunca pasaría nada que yo no quisiera que pase porque a mi no me gustaban los hombres… Cuán equivocado estaba.
Una mañana me sorprendí yendo al trabajo con ganas de que me mandaran ese día a la tintorería. No entendía porqué y muy dentro de mí seguía negándome a pensar tal cosa pero el deseo de ver al tintorero era más fuerte que mi negación.
Como si el destino estuviese de lado de mi oscuro deseo, a media mañana apareció la señora con una gran bolsa y me pidió que vaya a la tintorería y que no me preocupara si demoraba, que su marido no me iba a regañar, porque la ropa era mucha y sabía que el tintorero la clasificaba muy lentamente. Demás está mencionar las bromas que tuve que soportar de parte de mi patrón, a las que simulé reír divertido para que nada sospechara.
Al llegar y luego del saludo obligado, procedo a darle el bolsón cargado de ropa que llevaba. El tintorero aprovechando la oportunidad y sabiendo que yo me tenía que demorar bastante hasta que el separara toda la ropa por tipo de tela y colores, me dio dos revistas porno que, según me dijo, se las prestaba en secreto el vecino. Yo con toda naturalidad y como no dándole importancia al material me las puse a hojear con el consabido resultado de que iba a terminar con una erección de caballo después de mirar aquellas fotos.
El criticaba a las mujeres de las imágenes diciendo que sólo hacían poses y que sus caras de satisfacción eran totalmente fingidas mientras me comentaba que para el, los hombres mantenían una erección durante las fotos por medios de pastillas o cremas, porque no podía ser natural que aguantaran toda la sesión de fotos totalmente erectos.

No sé si fue esa calentura que hacía mucho sentía o mi oculta bisexualidad que asomaba traicionándome, pero me sorprendí a mi mismo diciéndole que yo aguantaba muy bien un par de horas erecto y sin acabar. Me quedé mudo de asombro después de oírme decir eso ya que le había dado pie para que el tomara las riendas de la conversación y sin posibilidad de marcha atrás de mi parte.
Me preguntó a quemarropa si yo la tenía muy grande a lo que le contesté que no, que mi tamaño era normal. El me comentó que también la tenía tamaño normal y pegándose la vuelta al mostrador se puso frente a mí diciéndome si podía tocármela por arriba del pantalón sólo para ver si tenía buen tamaño, a lo que no pude negarme, un poco como para disimular que podía dominar la situación dejándole llegar hasta donde yo quisiera, pero realmente accedí a su pedido porque ya me tenía entre sus garras.
Me dejé sobar el paquete, que a esa altura estaba a reventar, y cuando él notó la erección de 21 cm que yo cargaba se le hizo agua la boca.
Epa! No es tan normal, me dijo. Si, le dije yo tratando de minimizar el tema al ver su repentino entusiasmo. No es gran cosa.
Por favor, sácala un ratito, déjame verla toda, te lo pido. Me suplico.
Accediendo a su pedido y ya totalmente entregado por la calentura del momento y sin importarme que frente a mi hubiese alguien de mi mismo sexo, se la mostré en toda su plenitud y el casi se desmaya de la alegría de ver una verga así.
Me la empezó a menear lentamente disfrutando con el tacto de ese tronco duro y joven y haciéndome disfrutar a mí con la caricia. Acto seguido me preguntó si estaba apurado a lo que contesté que no, que ya había terminado mi horario en el trabajo y que no importaba si llegaba más tarde a casa.
Me soltó por un momento la verga y cerró las persianas del negocio. Volvió hacia mí y tomando otra vez mi verga con su mano me besó en la boca. Sentí un rechazo al sentir su lengua forzándome a abrir mi boca pero me dejé hacer, y vaya mi sorpresa al notar que en pocos segundos ese asco que me había producido el beso se transformó en placer y tomándolo por la nuca lo obligué a que siguiera con su lengua en la mía.
Se separó un poco de mí y me empezó a comer las tetillas con pasión. Me encantaba y más me excitaba sentir la succión de sus labios en mis pezones. Empecé a gemir suavemente lo que lo animó a seguir bajando con su lengua mientras se arrodillaba para quedar con su cara a la altura de mi verga.
Acto seguido empezó a lamerme el capullo y a subir y bajar por todo mi tronco con su lengua. Cuando abrió la boca y se trago la mitad de mi miembro una corriente eléctrica me traspasó todo el cuerpo arrancándome gemidos de placer incontrolables. Me estaban haciendo la mejor mamada que ninguna mujer me había hecho nunca.
Antes de hacerme acabar, se incorporó y si bien me aclaró su condición de pasivo, me dijo que a el también le gustaba que lo mamaran y que era el momento que le devolviera todo el placer que me había echo sentir. No lo pensé dos veces y me arrodillé tomando su pija con mi mano y metiéndomela en la boca mientras que lo chupaba torpemente debido a mi inexperiencia. No lo debería hacer tan mal porque su cara denotaba un placer inmenso y moviendo su pelvis hacia mí me incitaba a seguir mamándolo de esa forma.
Al sentir que su descarga era inminente, me la sacó de la boca y me apuntó al pecho. Dos o tres chorros impactaron en mi dejándolo totalmente satisfecho.
Comenzó a chuparme nuevamente y ante mi aviso de que no aguantaba más y me corría la sacó de golpe de su boca e hizo que me venga sobre su miembro ya fláccido, que quedó cubierto de mi leche abundante y espesa.

Mientras recuperábamos el aliento y nos terminábamos de vestir, me dio un beso suave en los labios haciéndome comprender que cuando dos personas quieren, no importa el sexo que sea, hay que disfrutar el momento sin complejos ni tabúes.

Solo nos gozamos dos veces más pues por circunstancias de trabajo yo me mudé a Capital y nunca más lo vi.
Esté donde esté le doy las gracias por su enseñanza, por lo que despertó en mi y si bien alguna que otra vez he vuelto a estar con un hombre nunca lo voy a olvidar.

El novio de mi hermana – Capítulo 1: Óliver

Martes, diciembre 2nd, 2014

Recuerdo a la perfección el día en que le eché la vista encima por primera vez. Nos acabábamos de mudar a aquella ciudad hacía apenas dos semanas y faltaba un mes aún para que comenzaran las clases, por lo que aún no conocía a nadie.
Mi padre, recién incorporado a su nuevo puesto como director general de una importante empresa de exportación de productos de hostelería se pasaba la mitad del día fuera, y mi madre no hacía más que ir de aquí para allá adecentando la nueva casa.
Mi hermana, tres años mayor que yo, tenía en su personalidad muchas de las cosas que a mi me faltaban, entre ellas la habilidad para las relaciones sociales, por lo que enseguida hizo migas con un par de chicas del barrio que tenían su edad y eran hermanas. Vivían al final de la calle, por lo que también se pasaba el día paseando con ellas, yendo a tomar algo o en su casa, que según ella era impresionante.
Nuestra casa no estaba nada mal, es decir, si la comparábamos con nuestro antiguo piso, era una mansión.
No es que nuestro antiguo piso fuera pequeño, para nada; más bien era la sensación de vivir en un chalet en lugar de en un piso en una quinta planta en un barrio cualquiera de Granada lo que lo hacía diferente.

Una de aquellas tardes, cuando más apretaba el aburrimiento y menos me apetecía ver la tele, jugar a la videoconsola o leer cualquier libro, me entretuve en mirar por la ventana de mi habitación mientras escuchaba algo de música. Pensaba en mis amigos y amigas de Madrid, en lo mucho que echaría en falta quedar con ellos para hacer cualquier cosa, y en lo mucho que me costaría encontrar a nuevas amistades que me hicieran olvidar el vacío que tenía.
Entonces le vi.

Llegó montado en un ciclomotor y se detuvo en la casa del frente. Yo advertí que era un muchacho que debía tener más o menos la edad de mi hermana. Cuando se quitó el casco y le puso la patilla al ciclomotor, le ví el rostro. Aunque estaba lejos pude ver que era bastante atractivo.

Desde aquel momento, cada vez que oía el ruido del ciclomotor, me asomaba corriendo a cualquiera de las ventanas de casa, ya que todas estaban orientadas al mismo lugar.

Y como no, el destino quiso que una tarde mi hermana entrara en casa con una amplia sonrisa en la cara, cosa que mi madre advirtió en seguida. Yo acababa de entrar en la cocina, pues había escuchado el ruido que me tenía tan loco, aquel ciclomotor, y allí estaba la ventana que me pillaba más cerca.
He de decir que mi madre era una mujer muy moderna; decoradora, ama de casa, y a punto de montar su propia tienda de interiorismo, pero para mi hermana era como una especie de amiga y confidente.

– ¿Hay algo por lo que estés tan contenta hoy? – preguntó mi madre mientras colocaba unas macetas en el alféizar de la ventana de la cocina.
– Bueno, he conocido a un muchacho.
– ¿Ah si? – mi madre dejó lo que estaba haciendo y se volvió hacia ella encendiéndose un cigarrillo. – Vas un poco rápido ¿no?
– No es lo que piensas mamá, simplemente me ha caído muy bien, me lo he encontrado a unas manzanas de casa y se ha ofrecido a traerme hasta aquí.
– Pues eso debe significar algo ¿no? Estabas bastante cerca como para que un chico se ofrezca a traerte.
– Bueno, es el vecino del frente mamá.
– ¡Ah! Ese muchacho, lo he conocido, hace un par de días me presenté en la casa del frente para preguntarle a la dueña de la casa donde había comprado esas preciosas tinajas con plantas que tiene e el jardín, es un chico muy guapo.
– Muy guapo y muy simpático, además de atento. Se llama Oliver y tiene mi edad.
– Bueno Marta, me parece genial, pero tampoco debes ir con cualquier chico que se ofrezca a llevarte, ten más cuidado.

Mi madre era así. Igual estaba alabando a mi hermana por ser tan ligona que la reprendía por subirse en la moto de un desconocido.

Y, tal como me imaginaba, en una semana mi hermana ya estaba saliendo con aquel chico. Con aquel tal Oliver.
No es que a mi me pareciera mal lo que hacía mi hermana. Es más, la envidiaba. Con apenas diecinueve años había salido con más de diez chicos. Siempre conseguía lo que se proponía, y no es que fuera una arpía ni nada por el estilo, es más, era encantadora. Y aquella envidia sana acabó siendo un tormento para mí.
Cada vez que mi madre se encontraba fuera de casa, allí estaba él.

Una de las primeras veces que me lo encontré en casa, se me presentó.
– Buenas, ¿qué tal? – me preguntó cuando bajaba a la cocina a buscar algo para picar y el estaba en el salón, de pie, esperando a mi hermana.
– Hola – me limité a decir girándome hacia el. – Ah, bien.
– Yo soy Oliver, tu eres Nico, ¿no?
– Si, el hermano de Marta. – Contesté acercándome a él y estrechándole la mano. – Encantado.

Su forma de estrechar la mano, sin demasiada fuerza pero firme. El tacto de ésta, su sonrisa mientras nos la estrechábamos, sus ojos oscuros y profundos, su pelo, con el flequillo sobre la frente pero no demasiado largo, sus brazos desnudos en una camiseta de tirantas, sus piernas desnudas bajo unas bermudas de colores, sus pies, al aire, sobre unas chanclas surferas, todo aquello se me quedó clavado en los ojos, y fue difícil evitar que se diera cuenta del repaso que le estaba dando. Era la primera vez que me ocurría algo así.
Desde siempre me había fijado en chicos, pero nunca le había dado importancia. A mi edad, otros chicos a los que conocía ya salían con chicas e incluso se acostaban con ellas, pero era algo en lo que yo nunca había tenido prisa. Ahora me daba cuenta de que lo que realmente no tenía en las chicas era interés. Ahora me daba cuenta de que si miraba a los otros chicos en los vestuarios no era por curiosidad, sino por que me gustaban.

– ¡Hey! – exclamó de repente una voz, y el chasquido de los dedos de Oliver frente a mi cara me sacaron de aquel repentino ensueño. – ¡Que te has quedado pillado! Jajaja.
– Ay, perdona, es que me acabo de despertar – dije echando por la boca las primeras palabras que se me ocurrieron.
– Oye, estoy esperando a tu hermana para ir a la playa, ¿quieres venirte? Me ha dicho que no conoces a nadie por aquí.
– Ah, bueno…

Justo en ese instante ella bajó la escalera y besó a Oliver en los labios, aunque fue un beso algo pobre; si hubiera tenido la oportunidad, en aquel momento le hubiera besado de la forma más apasionada posible, me hubiera enganchado a él y no me hubiera soltado.

– Le estaba diciendo a tu hermano que si le apetecía venir con nosotros. – Le dijo él a mi hermana frotándome la cabeza como si yo fuera un niño chico, aunque tampoco nos llevábamos tantos años.
– Venga, si quieres…

Se notaba que ella prefería estar a solas con él, pero como accedió, y yo tampoco pensaba hacer nada del otro mundo, subí corriendo a ponerme el bañador y nos fuimos.

La playa estaba a tan sólo quince minutos de nuestra casa a paso ligero. Cuando llegamos, Oliver plantó una toalla en el suelo, se quitó la camiseta, las chanclas y corrió al agua.
Sólo me dio tiempo a ver su espalda, pero empecé a notar una erección, así que eché mi toalla junto a la de Oliver y me tumbé en ella boca abajo, fingiendo que me disponía a tomar el sol placenteramente.

– ¿No te bañas niño? – me preguntó mi hermana mientras se huntaba crema en los hombros.
– Después, no tengo calor aún…

Mentira. Tenía el mayor sofocón de la historia, y la erección había crecido de manera que en aquel momento no me hubiera levantado ni aunque una excavadora hubiera estado a punto de alcanzarme.

Mientras me asaba bajo el sol de mediodía, ellos se divertían en el agua, enrollándose a ratos mientras retozaban, tirándose agua. Yo lo veía cuando saltaba y dejaba que el sol brillara sobre su pecho, y deseaba ser el agua que resbalaba por él, aunque no lo veía con nitidez, ya que estábamos a unos quince metros.

– Nico, el agua está buenísima, deberías bañarte – me dijo mi hermana cuando llegaron a las toallas.
– Después, después – me limité a contestar.

Ladeé la cabeza y observé lo que se cocía a mi lado.
Ambos habían cogido de una mochila un par de toallas pequeñas y se secaban. Oliver se secó el pelo, y, aprovechando que estaba de lado lo miré descaradamente para examinarlo mejor.
Su pecho, con algo de vello, estaba marcado, pero no demasiado. Su estómago dejaba adivinar que se cuidaba, que hacía deporte, y un pequeño surco de vello bajaba desde allí y se perdía en su bañador.
Sus piernas eran delgadas, pero firmes, y sus pies eran preciosos.
Sus pies. Era algo que siempre me había molestado mucho de mi mismo, mi fijación por los pies de los chicos, aunque más tarde descubrí que no era nada extraño que me gustaran. Evité mirar su entrepierna, aquello era demasiado para mi, ya que llevaba un bañador tipo boxer, que al estar mojado, se le pegaba al cuerpo dejando poco trabajo a la imaginación, además, se dio la vuelta, dejándome ver su precioso trasero, redondo, respingón. Se me había la boca agua.
Aquel día me puse malísimo. Mis padres tuvieron que llevarme a urgencias. Era una leve insolación. Mi hermana Marta no hacía más que repetirles que en las dos horas que habíamos estado en la playa no me había movido de la toalla.

Relato gay netamente

Martes, noviembre 25th, 2014

Esta historia me sucedió cuando tenía alrededor de 17 años y 18 estaba interno digamos que me llamo maicol por seguridad soy de pelo oscuro de 172 cuerpo delgado pero lindo todo comenzó tal vez de una manera que jamás me había imaginado como es común los hombres dormíamos de a 24 por habitación así que acostarnos dos o más en una cama a recochar y reír era normal o almenos eso creía aunque había un chico en especial que me hacía sentir diferente pero jamás pensé sucediera algo una tarde mientras yo me intentaba dormir sentí su verga que se restregaba en mi culo virgen era un poco pequeña pero a pesar de eso me éxito sentir aquella sensación no sabía q hacer sentía que era un sueño pues tal vez uno de los chicos más lindos y populares de 23 años me estaba restregando su bulto me voltee para comprobar si no estaba dormido así que tomo mi mano y se la puso en su abdomen como queriéndome decir cógeme yo entendí y fui bajando hasta llegar a un pene totalmente erecto sin bellos ni nada entonces intente hacerle una paja pero me dijo que era muy peligroso así que desistí pero tenía una parola por la que no me podía levanta pero nuevamente le di a espalda y comenzó un mueva suave y sentía como su pene se deslizaba por mis nalgas en ese momento las tomo con sus manos y las apretó obligándome a soltar un pequeño gemido de placer se acercó a mi oído y me dijo que quería culiarme yo con la voz entre cortada accedíél se levantó disimulando la parola y busco un condón se lo puso y luego baso mi pantaloneta y mi bóxer e intento meterlo o sentí en la puerta pero se detuvo avían regresad todos nuestros compañeros de jugar micro él se levantó murmurándome al oído que nosveríamos en los baños yo accedíSalí de inmediato él se demoró unos minutos cuando entro me sujeto las nalgas con dureza diciendo estas muy rico yo intente buscar su pene lo acaricie el me miraba y mordía sus labios pero me retiro al escuchar q alguien entro lo llamaron un poco perturbado no contesto y apenas salieron del baño el salió y me dejo arrecho recuerdo que me beso el cuello y dijo tú no te me escapas ya encontraremos el lugar eres todo un manjar y serás solo mío esas palabras cocaban en mi corazón haciéndolo palpitar bueno aquella ocasión quedamos así.
El viernes siguiente salió la mayoría de nuestra aviación y los que no taparon sus camas con cobijas para que no los molestaran así lo hice yo también pero en esta ocasión mi intención era que aquel chico entrar y poder hacer algo eran las 3 de la tarde y ya estaba resignado que lo de la otra vez soplo fue un impulso cuando el entro en mi cama y saco su pene y me dijo lo quieres chupar me acerque a aquel pene no tan grande pero tenía un olor a sudor, orines y a semen algo reposado ya que había estado jugando futbol su cuerpo olía a macho y mi cuerpo no duro en reaccionar le comencé a hacer un sexo oral haciéndolo a erizar él se retorcía del placer pero no gemía por q no podía pero mordía sus labios con fuerza y me obligabacada vez a meterme más profundo su pene al momento de correrse lo presentí pero el sostuvo mi cabeza y no me dejo obligándome a tragar toda su esperma luego me cogió y me beso con pación y me bajo mi bóxer y me hizo una paja a la que no me pude resistir el me hacía sentir en las nubes todo era perfecto y me pregunto si deseaba q me penetrara yo dije q si pero en eso llego uno de mis amigos diciendo que me necesitaba yo sabía lo que esperaba si me disculpaba pero él me hizo saber que no se iría hasta q no saliera no tuve másobvio que dejar nuevamente las cosas por mitad
Al día siguiente a las 10 de la mañana el llego nuevamente y esta vez hicimos un espectacular 69 él se tomó mi semen y yo el suyo nos besamos creo q por 5 minutos pero paramí fue una eternidad cuando se disponía a penetrarme su novia lo mando llamar el insistió q no q estaba ocupado pero ella persistió el accedió me dio un beso y me dijo lo perdonara afirmando que le gustaba muchísimo pero que la novia era alguien especial intente decirle que no mas pero al sentir sus húmedos labios el éxtasis del momento no me dejo hablar bn así paso una tarde estábamos solos y me invito a follar pero recuerdo haberme negado tenia rabia a ser sincero quería q fuera solo mío pero él estaba empeñado en ser bisexual y eso a mí no me gustaba quería q sus labios fueran solo míos por eso él se alejó por unos días y después cuando podía se acercaba a mi fingiendo preguntar que hacíamos con mis amigos y me restregaba su pene en mi cola cada vez mi orgullo se reducía una tarde sin querer me recosté en la cama dely me cogió el sueño cuando desperté él estaba a mi lado y me estaba abrazando no le importaba nada solo sentí por primera vez no su pene si no la fuerza de su respiración contra mi cuello recuero haber mirado para todos lados y al ver que no había nadie me voltee y lo bese él se despertó con una sonrisa y me devolvió el beso luego me dijo quieres sermío un poco indecisoaccedírecuerdo como me dijo pero no vayas a gemir si te duele me dices y paro él se desnudó y bajo mi sudadera y mis bóxer y muy suavemente esta vez sin condón me empezó a penetrar el dolor era grande pero el a medida que entraba más me besaba y más me pajeava el éxtasis único de ese momento me enloquecióempecé a gemir no de dolor en realidad no podría describir lo que sentía era único él me mantuvo con delicadeza hasta que sentí como mi interior se llenaba de algo caliente él se pegó a mi fuertemente enganchándome con sus brazos el ardor que sentía era poco con el éxtasis que me hacía sentir su pene dejando de crecer dentro de mi muy pronto sin mucho esfuerzo me vine yo intente pararme a mi cama el me sujeto la mano y me dijo oye no te vayas duerme con migo recuerdo que lo bese y le dije q no era buena idea él me miró fijamente y me jalo hacia el diciéndome por ti no importa lo que digan los demás solo importa lo que sentimos yo recuerdo que dije q no me acosté en mi cama quería sentir que él era solo mío al día siguiente cuando me levante me esperaba en el baño dijo en son de recocha para todos yo me baño con él y me jalo hacia la ducha me metió y me arrincono el agua es fría por lo general por lo que al abrir la llave sentí elaje pero el introdujo su lengua en mi boca y me dejo mudo el me mostro su pene lleno desangre había sangrado yo y su pene me lo demostrabaél se agacho y me volteo y olio mi ano y dijo que olor tan delicioso huele a que te amo se levantó y el beso salimos del baño yo por mi Ado y el por el suyo pero cuando había momento se me cogía la cola o el paquete era delicioso pero él me había prometido terminarle a su novia le di 1 mes recuerdo al pasar el emes él se acercó a mí y me dijo te amo pero si la dejo q pensaran de mi a mí me dolió el saber que a él le importaba mas lo que dijeran los demás por lo que me aleje y le dije que desde ese momento seriamos solamente amigos lo que no sabía era que lo marcaria tanto a los 2 díassalió con su novia y de puro despecho hizo el amor con ella sin condón al poco tiempo me entere de que estaba embarazada eso me marca pues yo lo quería y lo quiero y lo querré el intento seguir buscándome pero no lo logro para mmi una familia es una familia y eso se respeta en este momento ya salimos pero el antes de salir me propuso irme con él y me pregunto el motivo por el que no quería luchar por nuestro amor lo único que le dije desde e día que ella quedo embarazada lo nuestro se enterró por que un verdadero hombre asume las consecuencias de sus actos el me miro a os ojos y lloro recuerdo que lo último que le dije fue toma estos guantes y cuídalos ese será mi recuerdo siempre te querré eres único pero ahora imposible hasta nunca me despedí ahora con el no hablamos yo no quiero me duele pero hay q asumir la realidad el amor se construye con acciones y por muchos meses pero se destruye con decisiones y en segundos y eso fue lo que paso e
Espero les guste espero comentarios

Eres mio – Parte 1

Viernes, noviembre 21st, 2014

Una noche, en la fiesta de trabadores en mi oficina me decidía a decirle a mi jefe lo que sentía por él. Él se llama Ernesto, tiene 35 años, es un ex militar, lo que explicaba su físico espectacular. Desde que lo vi me gustó mucho, en especial su gran paquete y su mirada penetrante. Además de su forma autoritaria de manejar a mis compañeros de trabajo y a mí. Temía calentarme en horas de trabajo al verlo o escuchar su voz. Su presencia gatillaba los pensamientos más impuros en mí. Imágenes de su torso, sus firmes manos y su paquete, recorrían mi imaginación mientras tecleaba en el computador, despertando algo en mi pantalón. Estaba harto de fantasías y estaba dispuesto a arriesgar mi trabajo con tal de tener algo con mi jefe.
En fin, en la fiesta de la oficina todos bebimos bastante. Al final casi todos se fueron menos yo y le dije a mi jefe que quería hablar con él en su oficina privada sobre unas ideas que tenía para la compañía. Al entrar, aprovechándome de que él estaba medio borracho, le dije la verdad. Le dije que me calentaba mucho, que lo deseaba. Él aturdido no dijo nada o no entendió. Yo me acerqué entre nervioso y excitado y me atreví a besar su cuello. Olía el alcohol en su cuerpo, y me prendía como bencina. Lentamente lo fui poniendo contra la pared con mi cuerpo. Baje mi mano y al agarrarle el paquete al parecer le gusto,pero además hice que reaccionara.
Me tiró al sofá y yo al aferrarme de él cayó conmigo al sofá. Me dijo en ese momento:” Fabián contrólate por favor!” “Pero no puedo, me gustas mucho, hazme tuyo” Dije eso sin pensar en consecuencias. Era mi fantasía hecha realidad, todo o nada. Su masculina cara estaba enrojecida por el alcohol y la situación parecía superarlo. Me puse de rodillas al sillón. Nuestras miradas se cruzaron y yo miré su paquete como pidiéndole permiso. Con mis manos y boca ávidas, desabroché su cierre y saqué su miembro. Fue entonces cuando me tiró del pelo hacia atrás. “Esto quieres maricón?” Dije con su aliento bien cerca de mi cara. “Sí.., lo quiero.. En mi boca-“Sin soltar mi cabeza, me sacó el cinturón con su mano derecha. Yo me dejé hacer, el dolor en mi cabeza sólo me excitaba más. Me soltó y amarró mis manos detrás de mi espalda con el cinturón. Sin poder usar mis manos, él sonrió al verme de rodillas a él, a su merced. Se sacó su camisa, la corbata, el pantalon y pude por fin completar las piezas que me faltaban de su cuerpo. Ese torso trabajado, con un suave vello por encima. Era muy peludo en las axilas y un lunarcito acompañaba su pezón izquierdo.
Teniéndome así de rodillas me dijo “acércate” Me monté sobre él en el sillón . Pensé que me daría un beso, pero sólo me tomó fuerte del cuello. De un sopetón metió varios dedos de su mano izquierda en mi boca. Yo los lamía con cara de nene pervertido. Con las piernas abiertas, sentado sobre él me sentí indefenso. Veía su cara de gozo mientras me ahogaba con sus grandes dedos. Luego abrió mi camisa a tirones. Vi un botón saltar volando. Con sus dedos dedos húmedos comenzó a pellizcar mis pezones. Al principio los retorcía un poco, y luego los tiraba con fuerza. Yo echándome hacia atrás lo disfrutaba y gemía de dolor y placer. Luego él me dijo al oído, “Lo estas disfrutando cierto putito?” – “Si… “dije yo con mi respiración acelerada. “Dime que eres mi puto” y entre un grito lerespondí“Ah..Yo soy tu puto, soy tuyo, ah,, “ Él sonriendo comenzó a masturbarse. Seguía pellizcándome y tirándome el pelo. Tenía el deseo de quitarme la camisa y de pajearme, pero mis manos estaban atadas, causándome goce y dolor. Mis piernas me tiritaban y mi miembro estaba completamente erecto.
En medio del placer, yo humedecía mis labios secos de tanta agitación. Me preguntó al oído “tienes sed?” y yo asentí sumisamente. “Abre la boca” Lo hice y escupió en ella. Me pegó una cachetada y me dijo “Se dice gracias”. “Gracias”. Yo estaba medio aturdido. Nunca había tenido una experiencia de dominación, pero él parecía un experto. . Me puso nuevamente en el suelo y se acomodó bien en el sillón, con las piernas bien abiertas. “Quieres leche puto?” me preguntó y yo no dude en lanzarme a su entrepierna como pude, ya que tenía las manos atadas. Me levantó de los pelos y me dijo, que tenías que hacerlo bien lento primero. Tenía que empezar con sus bolas. Mojé mis labios y me preparé para hundir mi cara entre esos muslos musculosos. Me metí su par en la boca mientras sus pelos acariciaban mi nariz. “Ah,, puto de mierda” me decía mientras me sofocaba agarrándome de los pelos y se echaba hacia atrás de gusto. Luego de unos minutos, me tiró para atrás y me escupió en la cara. “La quieres toda cierto?” “Si… “Respondí sonrojado y con los ojos llorosos por el dolor y la cara cubierta de sus sudor y mi saliva. “Eres un puto asqueroso” Tomó su camisa y en su único gesto de piedad, limpió mi cara. “Gracias…” Dije en voz baja. A lo que él sonrió. Yo sabía él disfrutaba de tenerme allí, de rodillas. Su puto, su empleado maricón, estaba aprendiendo las reglas de su juego.
Por fin tuve el honor, cuando agarró su miembro con su mano izquierda. Lo tenía todo tieso, y la cabeza estaba roja y mojada. Acercó mi cabeza, y me dijo ábrela bien grande. Así lo hice. Y la introdujo lentamente hasta donde pudo. Sentí su glande mojado, era tan dulce. Lo paladeaba y luego lo sentía en el fondo de mi garganta. El olor de su cuerpo me tenía loco. Mis gemidos eran ahogados por esa suave y a la vez dura extremidad suya. Todo mi cuerpo me dolía por la posición, pero a la vez tiritaba de placer. Mi satisfacción era la última de las preocupaciones de ese hombre, ese toro que yo debía complacer. Él sólo hecho de tener su miembro en mi boca ya era estar en la gloria.
Luego empezó a ponerse más rudo conmigo, por lo que supe que estaba por venirse. Sus manos me presionaban a él hasta el punto que pensé que me ahogaría. Me lo metía muy rápido. Me estaba bautizando como su puto y me lo hacía saber con sus insultos. “puto de mierda, te gusta, ah?, mmm… ohh… sigue así..Maricón… ohh…” Empujaba hasta metérmela toda. De la nada la sacó de mi boca y comenzó a pajearse frenéticamente. “Abre la boca perra!” Me tomó del cuello y me puso al lado de su glande. Entonces sentí como su cuerpo tiritaba mientras disparaba chorros y chorros de espeso semen en toda mi boca. “Mírame mierda” Decía mientras terminaba su orgasmo. Mi cara quedó cubierta. Mientras me miraba fijamente, echó todo el semen que quedó esparcido en mi boca. “ahora trágatelo” Obedecí un poco asqueado. Apenas terminé me dijo que se la limpiara. Noté que no sujetó mi cabeza. Supongo que porque ya estaba extenuado.
Al terminar de limpiársela, desató el cinturón que sujetaba mis manos. Por fin pude estirarme un poco.
Yo seguía sin correrme pero comprendí que yo estaba ahí para servirle y que él no se dignaría a darme placer. Recogió mis cosas y me las tiró. “Ándate.” Yo me paré, confundido. Asumí que él dormiría en su oficina privada. No sabía si estaba despedido o qué. Me dirigí hacia la puerta. Disponía a irme cuando me tomó por el cuello con fuerza. Acercó mi cara hacia la suya y yo desee un beso. Podía sentir su aliento cerca de mi boca. Él parecía querer decirme algo pero no sabía qué. Pasó su pulgar por mis labios y determinó mi destino: “Eres mío ahora.”


Es mi primer relato así que aprecio sugerencias, ideas, comentarios, lo que sea.
Si quieren hablarme/escribirme aquí les dejo mi mail guess04789@gmail.com

INTRANQUILO/1

Domingo, octubre 12th, 2014

Aquel curso fue el curso en que cumplí dieciocho años, siempre lo recordaré por eso y porque algunas dudas que me rondaban acabaron aclarándose. No era un buen estudiante, nunca lo he sido, aunque intentaba aplicarme, atender y hacer las tareas, mi cabeza prefería estar en otra parte. Era un chaval muy fantasioso, bueno, quizás ahora que ya tengo veinticuatro años lo siga siendo. Pero menos. Espero.
El caso es que ya llevaba dos años en un grupo reducido, no nos lo decían abiertamente pero estaba claro que aquella clase era el curso de los torpes. No me importaba demasiado, la verdad, al menos las asignaturas nos las hacían más fáciles. Si uno se puede ahorrar un poco de trabajo, pues mejor.
Aquel era nuestro segundo año como clase, ya digo que éramos pocos, doce, y nos llevábamos bien, más o menos, aunque yo no acababa de encontrar ningún compañero al que pudiera considerar un amigo. Pero eran buena gente, la mayoría.
En fin, no quiero hablar de mis compañeros, o al menos no eran ellos el objetivo de mi interés. Me gustaría hablar de un profesor, de mi profesor de Lengua. Su nombre, Javier. Tenía treinta y cuatro años, aunque no los aparentaba para nada. Se lo habíamos preguntado a la vuelta de una de aquellas excursiones que tanto hicimos durante el curso. A Javier le encantaba sacarnos del instituto y llevarnos a exposiciones, a obras de teatro, a visitar museos, disfrutaba con su trabajo y hacía que nosotros también lo pasáramos bien. Algunos, como yo, incluso muy bien. El caso es que, y vuelvo a lo de la edad, le preguntamos que cuántos años tenía, siempre hay un morbo especial por la vida de los profes, o al menos por la vida de los profes enrollados, de los otros mejor no hablar. Javier nos sonrió con esa sonrisa suya que parecía querer parar el mundo: treinta y cuatro, nos dijo, ya os lo dije el curso pasado ¿no os acordáis? Sí, claro, yo me acordaba, como me acordaba de todo lo que nos había ido contando a lo largo de aquellos dos años: la zona en la que vivía, donde solía comprarse la ropa, una ropa que me encantaba y que le sentaba genial, lo que le gustaba leer, la música que escuchaba, dónde había pasado el verano, y, lo que más nos impactó: que era gay.
Algo de eso me había figurado ya, no solo porque en el instituto se comentaba el tema sino porque había algo en él que me atraía bastante. Realmente yo no tenía muy clara mi orientación sexual, bueno, sí la tenía pero no quería aceptarla, no me aceptaba. Ahora con el paso del tiempo sí la he asumido, soy gay y como tal me reconozco, sin que me importen los comentarios de la gente, pero entonces, con diecisiete años y con dieciocho recién cumplidos, prefería decirme que era bisexual, de hecho tuve alguna historia con alguna chica, nada importante, lo normal: llamaditas, quedadas, algún magreo sin más… Pero en la intimidad de mi cuarto, cuando aquello se hinchaba y empezaba casi a dolerme, en quienes yo pensaba era en tíos, en tíos como mi profesor Javier, un tipo que a pesar de ser mayor que yo me resultaba muy cercano, un tipo muy atractivo, no demasiado alto, moreno, de rostro bien perfilado, con una nariz recta, ojos pequeños, y un cuerpo que cuidaba y trabajaba en el gimnasio y en la piscina.
Cuando nos dijo que era gay, se lo preguntó abiertamente Pedro, el chaval más lanzado del grupo, a quien habíamos nombrado delegado, recuerdo que todos, los doce que estábamos en el andén de la estación, esperando que llegara nuestro tren para volvernos a nuestras casas después de otra estupenda excursión, todos, digo, nos quedamos callados, esperando su respuesta, respuesta que salió con toda la naturalidad con la que este profesor parecía hacer las cosas: creí que ya lo sabíais, nos comentó, no es algo que tenga que ocultar, siempre lo digo cuando me preguntan, pues para eso está un profesor, para responder y aclarar las dudas.
Hubo un pequeño revuelo de comentarios, desde una de las chicas, Tamara, que se mostró sorprendida y, creo, decepcionada, hasta el de otro compañero, Antonio, que dirigiéndose hacia Lolo, un alumno bastante afeminado y un poco friki, le preguntó sin contemplaciones: tú también eres gay ¿no? Lolo, ante esta pregunta, se sintió como ofendido, y lo negó, diciendo que tenía novia, una tal Carmen, una chica que bien mirado, con lo que ya sé, era la típica novia de marica. Un apaño, vamos.
Cuando Javier, nuestro profesor, nos dijo que era gay,no sé por qué ,mientras los demás murmuraban, solté que yo era bisexual, y entonces noté cómo el corazón se me aceleraba y cómo me ponía colorado. Bajé la cabeza, como avergonzado, quizás suponía que todos estarían pendientes de mí y que aquella confesión me había delatado. Aunque realmente, ahora lo sé, aquellas palabras iban dirigida a Javier, era como si yo quisiera decirle: yo también soy un poco de lo que tú eres. A pesar de que creía que había soltado una bomba, nadie me miraba, todos tenían la vista fija en Javier, quien seguía dando algunas explicaciones: no, no tenía novio, aunque lo había tenido, sí, su familia lo sabía y sus amigos…
Bueno, tenía dieciocho años y las ideas poco claras. No se me podía pedir más.
Pasaron los meses y seguimos haciendo excursiones. En estas excursiones la relación con Javier se hacía más intensa, estábamos fuera del instituto y era normal que surgieran temas y conversaciones que no solían darse en clase. Recuerdo que me vestía con esmero para esas actividades. Era y soy bastante presumido, siempre me ha gustado la ropa y a pesar de mis inseguridades, cuando me miraba en el espejo del cuarto de baño y veía mi cuerpo delgado y que poco a poco iba adquiriendo unas formas más rotundas no podía dejar de excitarme y de gustarme, aquello invariablemente terminaba en unas pajas que manchaban el lavabo.
Era en estas excursiones cuando más disfrutaba de la cercanía con mi profesor. Notaba que él también tenía cierto interés en mí, en clase se sentaba a mi lado, no le gustaba ponerse en la mesa del profesor, habíamos colocado las mesas en forma de u, y él, desde el primer día se había situado entre Lolo, el chaval este que era muy afeminado, y yo. Entonce me podía recrear en su presencia cercana, y oler su perfume, y sentir el calor que su cuerpo desprendía y que hacía que yo, ya de por sí distraído, me distrajera más aún. A veces nuestras rodillas o nuestros codos se tocaban, y aquello me ponía mucho, lo sentía tan cercano…
Como digo, pasaron los meses y vino una época un tanto confusa. Tenía problemas en casa, sobre todo con mi padre. Yo pensaba que no me entendía, estaba dándome todo el día la tabarra con los estudios, había suspendido cuatro en la segunda evaluación y ya no tenía más oportunidades, no podía repetir más. Además, no sé por qué, empecé a tener celos de mi hermano pequeño, José Miguel; pensaba que mi padre le echaba más cuenta que a mí, claro, él era el hijo modélico: iba bien en los estudios y no le daba tantos problemas como yo. A eso se sumó que acabé peleándome con un primo mío con el que solía salir.
Este primo mío era dos años mayor que yo y ya estaba en la universidad. Me había presentado a sus nuevos amigos, chicos y chicas universitarios, con los que me lo pasaba muy bien, aunque eran mayores que yo y estaban viviendo una experiencia que estaba seguro que yo nunca viviría, me sentía aceptado y me veía como uno más de ellos. Ya digo que siempre he sido muy fantasioso, y por eso que me llegara a creer que yo formaba también parte de la vida que ellos llevaban en la universidad, a pesar de que yo seguía en 4º de ESO. Pero hubo un hecho que hizo que dejara de hablar con mi primo, y que me viera solo, sin amigos, y sin esa realidad que yo mismo había ido creando, un hecho desagradable, o al menos así lo viví, aunque quizás ahora, lo hubiera vivido de otra manera. Posiblemente. Entonces tenía dieciocho años y las ideas confusas. Ahora veinticuatro y las ideas muy claras. Lo que pasó fue lo siguiente:
Salimos un sábado por la noche como otros tantos sábados, hicimos botellona con sus amigos y lo pasamos muy bien. Bebimos bastante, bueno, yo al menos bebí mucho, no es que fuera una costumbre habitual, pero ya digo que las cosas en casa no iban bien, y tampoco en el instituto, me notaba raro, muy pasota y con pocas ganas de nada. . Acabamos en una discoteca de la que mi primo, que era un tipo muy abierto y que conocía a mucha gente, tenía pases. Como sabía yo que la noche podía ser larga, le había comentado a mis padres que no me esperaran, que me iba a ir a dormir a casa del primo. Mi padre protestó, pues siempre protestaba cuando yo salía, aunque al final, convencido por mi madre y por mi actitud, aceptó. Además el hecho de que yo saliera con mi primo y con sus amigos le daba cierta tranquilidad, pensaban que mi primo al ser mayor que yo me iba a cuidar.
Total, que salimos de la discoteca sobre las cinco de la mañana, bastante borrachos. Cogimos un taxi y nos fuimos a su casa. Aquel fin de semana mis tíos no estaban. A mi primo se le ocurrió decirle a uno de sus amigos, Juan, un tipo muy atractivo, algo pijo, estudiante de Derecho y tenista semiprofesional, con esa piel morena de los que practican deporte al aire libre, que se viniera a dormir con nosotros. A mí me pareció una idea estupenda. Ya digo que Juan era un tipo que estaba muy bien, además era agradable y solía darme charla cuando yo, que era el más pequeño del grupo, me quedaba un poco colgado.
Llegamos a la casa de mi primo, quien nos ofreció tomar otra copa. Yo estaba bastante borracho, ya lo digo, y ellos parecían estar algo más sobrios, pero no mucho más. Como no quería parecer el niño chico que no quiere beber más, acepté. Nos servimos un cubata cada uno y nos sentamos en el sofá del salón. Empezamos a charlar, bueno, mejor dicho, empezamos a decir tonterías, y a hablar de las tías de la pandilla. Juan estaba colgado por Nuria, una chica muy guapa también y muy simpática pero que tenía novio, pero dijo que quien realmente le ponía era Patri, otra chica del grupo que solía vestir una ropa mínima y muy ceñida, sabía cuál eran sus encantos, dos buenas tetas y un culo respingón, y los explotaba. Mi primo le dio la razón, era una tía tremenda a la que gustaba ponernos, así dijo, a todos calientes. Yo sonreí, como había sonreído Juan, no quería autoexcluirme de aquellas confidencias de machotes. Mi primo, animado por ese momento de complicidad tan hetero, empezó a describir el cuerpo de Patri de una manera bastante explícita: que si sus tetas tenían unos pezones pequeños y puntiagudos, que si sus labios seguro que sabían chuparla muy bien, que si el culo estaba pidiendo a gritos que se la metieran, que si tenía que tener el coño depilado y siempre mojado… Juan lo miraba divertido, estaba disfrutando, se le notaba, es más, en un momento dado le dijo, entre risas, que no siguiera, que se estaba poniendo cachondo. Yo permanecía en silencio, sonreía de vez en cuando y le daba sorbos a mi cubata, aunque ya el estómago se me estaba poniendo del revés.
Mi primo siguió con sus fantasías. Yo no sabía muy bien a dónde quería ir, no me gustaban sus comentarios pero no podía dejar de oírlos y sobre todo, no podía dejar de ver cómo Juan se iba excitando cada vez más, los vaqueros despintados se habían hinchado por la entrepierna, allí donde él, con descarados golpes, tenía puesta la mano, excitación que también compartía mi primo, que también parecía animarse, y también yo, más por la visión del bulto de Juan que por los comentarios de mi primo.
El caso es que, no sé muy bien cómo, ya digo que estaba bastante borracho, mi primo encendió la tele y en un momento en la pantalla apareció una tía que le estaba comiendo la polla a un tío. Mi reacción fue de sorpresa y de cierto aturdimiento: los efectos del alcohol se hacían cada vez más evidentes. Cuando vi que Juan y mi primo se habían sacado sus pollas y empezaban a pajearse, ya no supe si aquello era la realidad o estaba en medio de un sueño bastante extraño y caliente. Claro que yo también estaba excitado, pero por lo que podía ver a mi izquierda: el miembro gordo y moreno de Juan que no paraba de agitarse por el movimiento de su mano. Me tuve que quedar como un lelo, la vista fija en aquel trozo de carne tan apetecible, el segundo que yo veía así, del primero hacía ya casi tres años, empalmado, en directo, de verdad, tan cercano, aquella polla de la que yo no podía apartar la vista. En mi pantalón algo empezó a humedecerse y mi pecho a agitarse y mis labios a hincharse. Creí que no me podría aguantar y que en un momento dado me iba a lanzar con la boca abierta a chupar aquella polla que seguía con sus movimientos frenéticos. Juan, ya digo, seguía en su tarea, la mirada absorta en el televisor, la mano acariciando su verga oscura, se había llevado los dedos a la boca y ahora los pasaba suavemente por aquel capullo casi morado que como un faro seguía llamando poderosamente mi atención. Y mi primo… mi primo seguía también con sus movimientos, pero su mirada no estaba fija en el televisor, su mirada la notaba yo sobre mi rostro. . ¿Qué, Luis, te mueres por darle un bocado?, fueron sus palabras las que me sacaron de mi ensoñación.
En un principio no supe qué quería decir, tampoco que se refería a mí, ya digo que estaba aturdido por el alcohol y más aturdido por la visión del nabo de Juan y de su pecho, se había subido la camiseta y una mano recorría su torso, un torso atlético cubierto de ligeros vellos oscuros. De ahí, que mi primo, una sonrisa en su boca, volviera a decir, esta vez más fuerte: Anda, Luis, atrévete, chúpasela. Estás deseando.
No solo ya entendí lo que me estaba diciendo, sino que también lo entendió Juan, menos borracho posiblemente, y más consciente de lo que estaba pasando. Noté sus ojos en mí, y cómo había dejado de pajearse. No era una mirada complaciente, la verdad. Se volvió hacia mi primo, quien seguía meneándosela, como si aquella situación le excitara más que la se estaba produciendo en la pantalla, y de nuevo, fijó sus ojos en mí. ¿Te gusta?, me preguntó Juan echándole un vistazo a su polla que volvia a agitarse, ¿te gustan las pollas, putita?
Mi mirada iba de su nabo a sus labios y a sus ojos. Unos ojos en los que se reflejaba una tensión que no me gustaba nada. Mi corazón se había acelerado, y mi respiración se hacía ahora más dificultosa. En mi cabeza un montón de imágenes se agolpaban en un vértigo indescifrable: aquella tarde en el dormitorio de primo cuando le comenté más o menos lo de mis dudas sexuales en plan confidencia, la discoteca,, un tipo que me había echado una mirada intensa en los servicios de la discoteca, Javier, mi profesor, el ruido de la botellona, mi padre echándome una bronca … El caso es que aquello que tanto se había estremecido dentro de mi pantalón dejó de dar señales de vida y que una especie de miedo y vértigo empezó a subirme por el pecho. Sí, oí la voz de mi primo,a la pequeña le van las pollas, ¿no ves cómo te mira?, le preguntó a Juan con una sonrisa en la boca. Pues adelante, puto, cómetela entera, replicó Juan levantándose y dirigiendo su nabo enorme hacia mi boca.

(continuará…)