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El policía de Luján

Sábado, enero 24th, 2015

A pesar de que el tiempo no me acompañó en los días previos a la Semana Santa igualmente decidí ir hasta a Luján para volver a recorrer ese lugar y sobre todo los museos que tienen mucho material referente a la historia de los Países del Plata que me interesan tanto.

Al no estar más la Lujanera porque me dijeron que se había fundido tuve que ir en micro u ómnibus como le llaman en otros lares, aunque había un tren muy barato que salía de la Estación Once no lo tomé porque partía como a las 8 a. m. y tenía que cambiar de tren en la localidad de Moreno donde tomaría el otro que me llevaría a mi destino final.

Aunque el pasaje salía mucho más barato que en ómnibus opté por este último medio de transporte dirigiéndome en subte hasta Plaza Italia donde estaba la terminal del 57 que es el único medio que lleva hasta Luján.

Salimos de Plaza Italia alrededor de las 10 a.m. dando una vuelta tremenda ya que me llevaron casi hasta El Tigre para luego desde allí encaminarse a Moreno para finalmente arribar a Luján cerca del mediodía.

Realmente no era un día muy hospitalario como para andar haciendo excursiones, pero debido a la lluvia en Luján no había muchos forasteros y por eso tuve el museo totalmente para mi solo, por lo que pude aprovechar mucho de esa ocasión regalo del inesperado mal tiempo tomando fotografías de los carruajes y de los patios interiores del Cabildo y de la Casa del Virrey.

Algunas de las empleadas de los museos se acordaban de mí y muy amablemente por lo desocupadas que estaban por no haber visitantes, se dedicaron de lleno a mi curiosidad dándome varias clases sobre los objetos que allí se encontraban desde carruajes de la época colonial hasta el avión Plus Ultra en el cual viajó el hermano de Franco y donde me hice tomar una hermosa fotografía.

La cuidadora del piso alto muy amablemente abrió el balcón (el cual no se abre a los turistas) para dejarme ver la plaza la cual se haya en reparación y poder tomar desde allí una fotografía de la Basílica en parte cubierta por los andamios desde los cuales los obreros trabajan limpiando su fachada.

Me despedí de todas ellas y me fui hacia la Basílica para volver a regocijarme con el espléndido arte gótico que predomina por doquier.

Como siempre en su frente estaban los vendedores de souvenirs y entre ellos se encontraban dos policías que hacían el servicio de guardia y supongo que también infundirían respeto para que no sucediese nada anormal en ese lugar.

Al entrar me topé con uno de ellos, no era muy atractivo, de tipo aindiado bastante rechoncho o a lo mejor como era bajito parecía rellenito, le pregunté alguna estupidez sobre el lugar haciéndome el “boludo” como que era la primera vez que visitaba la Basílica.

Me respondió muy cortésmente, indicándome por donde tenía que entrar y lo que podía ver allí dentro y al terminar la explicación me dijo que si no estuviese de guardia sería mi guía pero en esos momentos no podía dejar su puesto.

No creo que su sugerencia de ser “mi guía” tuviese segunda intención, simplemente para él yo era un turista que según le hice creer no conocía el lugar y él muy servilmente se hubiese ofrecido a guiarme, tal vez con la esperanza de tener una recompensa monetaria.

Me metí por cuanto recoveco encontré y si los cordones no me hubiesen impedido el paso a algunos recintos hubiese traspasado mas allá de los perimetros permitidos a los turistas.

Al salir lo vi muy firme en su puesto mientras que su compañero estaba más alejado conversando con los vendedores por eso me acerqué para agradecerle sus indicaciones.

Al conversar con él me di cuenta de que era cuarentón pero al ser mezcla de indio con criollo su cabello era renegrido y su cara en la cual no se le notaban rastros de barba era de ese color lacre-anaranjado que tienen los indígenas paraguayos por eso le pregunté si no era del lugar a lo cual me respondió con un acento extraño:

-No. No soy de acá soy de La Isleta en la Pcia. de Formosa, un pueblo sobre el río que da límite con el Paraguay.

Como ya dije no era atractivo pero ese cantillo al hablar y su charla tan amena lo hacían ser un tipo muy cariñoso por eso me tiré un lance diciéndole:

-No te lo tomés a mal pero quiero pedirte algo:

-Decíme ché lo que quieras!

-Sabés… me gustaría pasar un buen rato con un policía. No conocés a alguno que esté libre y le gusten las farras…

-Ché!!! ¿Qué querés decir?! ¿Querés que te rompan el orto?

-Y… algo parecido…

Pensé que se iba a enojar o que me iba a mandar a la mierda porque se quedó pensativo mirando hacia donde estaba el otro policía y luego me contestó.

-Si pagás bien yo te la meto, pero rápido porque no puedo dejar mucho tiempo mi puesto.

-Te doy $20, pero quiero mamártela y si me gusta ya veremos…

-Acepto, pero vos andáte p`al fondo y te metés en el baño, así yo despisto a mí compañero diciéndole que no aguanto más las ganas que tengo de mear y le pido que me cuide un rato que enseguida vuelvo.

Así lo hice, desapareciendo nuevamente por la entrada de la Basílica y cuando encontré un baño me metí en él a la espera de Eusebio que según me había dicho ese era el nombre del formoseño.

A los pocos minutos sentí como abrían la puerta y efectivamente era mi nuevo amigo que muy rápidamente puso el cerrojo y a continuación se desprendió su pantalón se bajó el slip para terminar pajeándose un poco para endurecer su pija y luego me ofreció una hermosa verga.

Ese día había tomado varias fotografías de todos los museos que había visitado por eso mi cámara colgaba de mi cuello y al estar allí fue muy fácil sacarla y enfocarla hacia el hermoso ejemplar de pija que portaba el policía formoseño.

Nunca me hubiese imaginado que ese policía aindiado y bajito tuviese escondida semejante arma con la cual yo pensaba pasar un buen rato de placentero regocijo dentro de ese baño.

No le gustó mucho cuando el flash hizo su fogonazo diciéndome:

-¿Viniste a chupármela o a sacarme fotografías?

-Vine a chupártela, pero como me impactó tanto el grosor… aunque no la tenés muy larga, me tenté y saqué esa fotografía para recordarte en mi casa.

-Si para pajearte mirando mi foto, Ja… Ja!!

Allí mismo sin más dilataciones lamí su glande, el cual era muy gordo encontrándolo tremendamente seco y lo fui humectando con mi saliva hasta que pudiese deslizarse sin dificultad hacia el interior mi garganta.

Eusebio gemía bajito apretándome la cabeza, cada vez la empujaba más cerca de sus pendejos los cuales eran casi lacios y del mismo color que la abundante cabellera que cubría su testa.

Detuve la mamada porque mi verga pugnaba por salir y al hacerlo Eusebio me dijo:

-Seguí, hacéme acabar rápido que no tengo todo el día para vos y tus $20.

Cuando tuve a mi enhiesta y orgullosa verga en mis manos Eusebio la miró y comentó:

-Ché que verga tenés!! Es más larga que la mía y vos te asombraste al ver la mía…

Al estar ensalivada la pija de Eusebio cobró un brillo muy especial dejándome boquiabierto contemplándola, pero no me atreví a tomar otra fotografía de la visión tan excitante que tenía frente a mis ojos de esa verga húmeda y brillante que en ese momento de extrema tensión sensual la hacía parecer más grande y apetecible de lo que en realidad era.

Las bolas de Eusebio eran muy apretadas o su escroto estaba muy contraído porque el formoseño estaba muy nervioso temiendo que alguien nos descubriese o que su compañero se diese cuenta de que sucedía algo raro porque por ir a echar una meada nunca demoraba tanto.

Si no me hubiese apurado me hubiese quedado un buen rato chupando tan lindo ejemplar de tiesa carne y sus bolas también hubiesen recibido el estímulo necesario como para retraer esa contracción de los tejidos que las aprisionaban pero no pude hacer nada de eso ya que el tiempo urgía.

Por eso saqué un condón de mi bolsillo y casi lo reventé al ponérselo tan apresuradamente y luego de mojarle la pija enfundada con abundante saliva me puse de epsaldas ofreciéndole el agujero por donde tenía que ponerla.

Eusebio estaba muy consciente de que calzaba una buena talla por eso antes de golpearme la entrada con ella me aplicó una generosa a dosis de su saliva metiéndomela con los dedos hasta hacerme gemir por la excitación que me produjo el contacto de sus terminales táctiles en el interior de mi ser.

Inmediatamente después sacó sus dedos y la entrada de mi ano fue golpeada por esa herramienta que sin contemplaciones fue invadiendo mi recto haciéndome gemir y ayear de dolor, pero una vez dentro Eusebio la dejó quieta unos momentos sin moverla hasta que mi esfínter la hubo asimilado, hasta que no hubo recibido la respuesta positiva desde mis entrañas no comenzó el vaivén el que fue tan fuerte como para hacernos bufar y gemir a ambos.

Con todas sus fuerzas me la clavó hasta el fondo de mi recto y sin siquiera tocarme mi verga descargué una abundante lechada sobre el lavabo del baño donde yo me encontraba apoyado con mis manos resistiendo las embestidas de este toro brioso y furioso que cada ve metía más y más…

Unos segundos después me aflojé porque había vertido todo en el lavabo, la pija de Eusebio se hinchó espantosamente haciéndome morder por el dolor que me producía pero por suerte duró muy poco porque empezaron las contracciones producidas por su eyaculación y su verga se fue deshinchando unos pocos segundos después porque no había más nada en sus vesículas seminales.

Cuando Eusebio me la sacó respiré hondo ya que estaba desfallecido por el placer recibido y porque el dolor había sido muy grande dejándome los tejidos dilatados e insensibles porque esa verga me había deshecho.

Al verme lívido me dijo

-¿Lo pasaste mal? Porque yo lo pasé muy bien, tenés un culo muy bueno, me hiciste gozar mucho y además me vas a pagar por eso…

-Con un hilo de aliento le contesté:

-Noooo .Lo pasé muy bien pero como tenés una verga muy gruesa me rompiste todo con esos empellones a toda velocidad, me hicieron disfrutar mucho pero ahora creo que me voy a cagar en los pantalones porque no tengo más esfínter y hasta que se cierre voy a tener que ponerme un tapón.

Una vez que se hubo sacado el condón como último tributo le besé la cabeza de su pija saboreando por primera y única vez su néctar y luego de que nos lavamos le di los $20.

-Me da gusto haberte complacido, ahora esperá un rato, no salgás atrás mío así nadie sospecha de este encuentro y cuado pasés al lado mío en la calle seguí de largo.

Así lo hice y como eran cerca de las cuatro de la tarde entré a almorzar en un restaurante a una cuadra del Basílica donde muy famélico y dolorido devoré todo lo que me pusieron delante entre retorcijones de mi recto los cuales me anunciaban una descarga inminente.

Y tuve que darle el gusto entrando al minúsculo baño de ese local donde enchastré hasta las paredes con excremento y con sangre coagulada que había estado pugnando por salir al exterior de mis intestinos.

No creo que todo ese desajuste me lo hubiese producido el grosor de la pija del policía formoseño, sino la fuerza con que me la metía y la poca lubricación que tenía mi recto para recibir ese duro armatoste que me había dado tanto placer y dolor al mismo tiempo.

Su verga se había puesto muy dura por eso literalmente me había empalado con ella reventándome algún vaso sanguíneo de esa zona tan delicada.

Pero no me arrepiento ni lo culpo, yo lo busqué y tuve mi premio o mi merecido aunque en otro lugar y con más tiempo no me hubiese sucedido eso.

Cuando me fui a tomar el ómnibus que me llevase de vuelta a Palermo tuve que pasar por la Basílica donde estaba él muy jocosamente riendo con su compañero, tal vez le había contado de su aventura y tal ve se emborracharían ambos con el dinero que yo le había dado por hacerme tan buen servicio, eso no lo sabré nunca.

OMAR

Como siempre espero comentarios en: omarkiwi@yahoo.com

De camino a la casa

Lunes, enero 5th, 2015

Soy un chavo de 23 años, del DF,acababa de salir de mi trabajo ya era bastante tarde, tenia que tomar un micro para llegar a mi casa, estaba un poco lleno en la base, y unos 30 min antes de llegar a mi destino me quede solo en la parte de atras del micro, el chofer estaba platicando con una amiga,en eso subieron 2 personas, un chavo se sento adelante y un señor de unos 50 años se iba a sentar adelante, en eso alzo la cabeza para ver atras, solo me le quede viendo, y se dirigia a donde yo estaba sentado, y se sento en el asiento que estaba alado mio,no le tome mucha importancia, pasaron unos 10 min y volteaba a verlo algunas veces y y en una de esas estaba jugando por rncima de su pantalon con miembro,paso el tiempo y el noto que lo veia, se desabrocho su pantalon, se bajo el cierre y e dejo ver su pene con unos enormes huevosss, muy grandes los tenia, fue jugando con su pene que pococ a poco se ponia mas duro, masturbandose con el, yo ya no veia el camino,solo lo veia a el, me sorprendia que a su edad, hiciera esooo, que me encanto y que aparte tuviera tremenda ereccion,el pasaba su mano por toda su verga y jugaba con sus testiculos,estaba a pinto d cambiarme de lugar a su asiento, solo se me quedaba viendo fijamente mi paquete tambien, que empesaba a tener una ereccion, en eso levanto la mirada, eran unos 10 min antes de llegar la base, se abrocho el pantalon y se bajo en el semaforo, sin decir adios.
Ya no lo eh vuelto a encontrar ni eh tenido experiencias semejantes. algun madurito que quiera completar lo que iniciaron duunloop@hotmail.com o duunloop@gmail.com

Cuando mi tía se enamoró

Viernes, enero 2nd, 2015

Éramos una familia corriente y tranquila, lo mismo que yo hasta que mi tía se enamoró.

Tras la muerte de mi abuelo, nos habíamos ido quedando a vivir con mi abuela de modo no premeditado. Primero, fue la determinación de mi padre de no dejar sola a su madre recién enviudada. Pero fue pasando el tiempo, mis hermanos y yo nos matriculamos en colegios cercanos, a mi padre lo trasladó su empresa por solidaridad a la sucursal más próxima y mi madre descubrió una tertulia de vecinas que le gustaba mucho, de manera que sin que nadie tomara claramente la decisión, la enorme casa familiar se convirtió en nuestro domicilio permanente.

Aparte de nosotros y mi abuela, sólo vivía en la casa la hermana menor de mi padre, llamada Marta, una hermosa y abnegada mujer de treinta y cuatro años, que había rechazado una infinidad de proposiciones amorosas por la determinación de ayudar a su madre a cuidar de su padre.

Muerto el abuelo, todos notábamos que Marta se había quedado sin objetivos. Era muy evidente su indiferencia, como si hubiese decidido que no tenía nada que esperar, y también era clamorosamente notable su abandono. No engordó, porque éramos una familia naturalmente muy esbelta, pero fue abotargándose un poco, no se maquillaba, dejó de comprar ropa a la moda y se descuidó el pelo.

Las vecinas que formaban la tertulia de mi madre, todas casadas, fueran las primeras en alertarnos. Marta había adoptado una actitud muy depresiva y autodestructiva. El asunto se discutió en nuestras comidas varias veces durante un par de semanas mientras Marta se encontraba ausente, hasta que un día me dijo mi madre:

-Pablo, trata de conquistar a tu tía Marta para que salga contigo a discotecas, bares y por ahí…

-Mamá, tengo diecinueve años. No van a gustarle los sitios donde voy.

-Sí, es verdad. A ella le agradarán otras cosas. Pero tú eres el único de la familia que puede intentar ayudarla. Tu hermano Fernando tiene diez años, tu hermana Paula, catorce. Eres el que más se le aproxima. Supongo que no toda la gente que vaya a esos sitios que te gustan sea tan joven como tú. También habrá gente algo mayor…

Mi madre tenía razón. En todos los bares con música que frecuentaba veía siempre a gente de hasta cuarenta años, y en las discotecas, algo menos, pero también. No sería imposible que mi tía encontrara a alguien apropiado. Me costó mucho conseguir que se decidiera. Tuvo que ocurrir una especie de milagro que tal vez fue provocado; una de las amigas de mi madre nos pidió alojar a una prima suya de treinta y dos años, que venía a pasar unas vacaciones, ya que a ella le faltaba sitio en su pequeño piso. Fue acomodada en la habitación vecina de mi tía, de quien se hizo muy amiga en seguida. La prima de nuestra vecina, una malagueña jacarandosa y un poco gritona, se puso muy pronto a reprochar a mi tía su dejadez, insistentemente, de modo que en menos de una semana vimos con estupor que Marta renovaba su vestuario al completo, la malagueña le enseñó a maquillarse a la moda y la forzó a ir a la peluquería. Así que un viernes a mediodía las vimos bajar mientras comíamos, y casi no la reconocimos. No pasaría inadvertida si iba por la calle.

Marta era muy guapa, muy por encima de lo común, y estaba “buena” del modo grosero que lo decimos los jóvenes. Junto a mí, podía parecer que me había ligado a una experta, algo madurita pero muy “potable”. Así que insistí esa misma tarde en que saliera conmigo. Aceptó no sin renuencia, pero con la condición de que también viniera su nueva amiga malagueña.

-Viky tiene que venir también. No vamos a dejarla aquí, sola.

Así que me encontré encarando la noche de viernes escoltado por dos señoras, presentables pero… que iban a ser un obstáculo muy serio para mis derrapes y conquistas del fin de semana. Las llevé sin mucho entusiasmo al disco bar donde anticipé que no todo el mundo sería de mi edad, y así era. Para mi desconcierto, la entrada de Marta y Viky produjo un impacto que no esperaba. Ciertamente, era un dúo de mujeres en sazón, muy atractivas y apetecibles. Crucé el local tras ellas sintiéndome en evidencia, pero afortunadamente nadie me prestó atención.

No creo que llevásemos más de diez minutos sentados junto a una mesa cercana a la barra, cuando un tío de unos treinta años sacó a bailar a la malagueña. En muy pocos minutos, los vi al otro lado del local, morreándose de modo casi frenético. Entonces, me di cuenta de que otro tío que tampoco podía tener mucho más de treinta, miraba a mi tía con ganas de comérsela, como si sopesara sus posibilidades de conquista; me pareció que me lanzaba miradas asesinas. No me gustó el individuo, era demasiado… todo. Demasiado musculoso, demasiado apretado en su ropa de ligón, demasiado exhibicionista en sus pantalones inverosímilmente ajustados y exageradamente abultados por la entrepierna, en su camiseta casi sin mangas para presumir de bíceps y de pectorales, demasiado peinado-despeinado y demasiado chulesco con su media sonrisa de autosuficiencia. Consideré que no podía convenirle a mi tía.

-Ven, Marta. Vamos a bailar –invité con apresuramiento.

Marta estaba mirando disimuladamente a su rondador, por lo que noté que aceptó mi invitación de no muy buena gana.

Bailamos tres o cuatro lentas y ya había olvidado al exhibicionista, cuando noté en los ojos de mi tía un brillo como una estrella fugaz, mirando más allá de mí. Al instante, sentí el cuerpo de un hombre que se me pegaba por detrás, mientras decía:

-Creo que necesitas a un hombre de verdad, no un imberbe así.

Aparte de la insolencia de rozar su cuerpo contra el mío y frotarme descaradamente la voluminosa bragueta, su frase me produjo ira.

-Mi tía no les da bola a chulos como tú –dije sin meditarlo.

-¡Pablo! –reprochó Marta. Tal vez se trataba de un leve regaño a su sobrino por la falta de tacto, pero a mí me pareció que estaba encandilada de verdad por el sujeto.

-Disculpe usted, caballero –me dijo él-. No había caído en la cuenta de que usted es seminarista o un párroco, vaya usted a saber.

A mí me sonó a burla intolerable, pero Marta se echó a reír.

-Así que –continuó el individuo-, con todo respeto le pido que me conceda un baile con su pareja.

La frase y la situación resultaban tan anacrónicas, que nos desarmó a los dos. Tras un momento de duda, los tres quietos en medio de la pista, mi tía me dijo:

-Pablo, voy a bailar con este señor. Ve a tomar algo, por favor.

El sujeto me sonrió triunfante, me miró un poco desde arriba estirando su cuerpo como un gallo de corral y me ofreció la mano.

-Me llamo Esteban; gracias.

Ya no se separaron en toda la noche. La situación me había descolocado tanto, que ni siquiera me preocupé de ligar, aunque no me faltaron miradas. Viky fue cortejada sucesivamente por cuatro individuos, con cada uno de los cuales siguió la misma pauta; bailaban unos minutos y a continuación se iban hacia el fondo, donde se repetía el morreo. Pareció que Viky realizaba un test. Mi tía simulaba no notar el monstruoso aguijón que la entrepierna de aquel sujeto le restregaba y no volvió a la mesa en ningún momento, riendo constante de un modo que debió alegrarme pero me producía ira. Así que solo, con humor de perros y aburrido, no se me ocurrió más que beber mucho más de lo que estaba acostumbrado.

Serían las tres y media cuando Marta me sacudió, porque yo echaba una cabezada.

-Pablo, nos tenemos que ir… ¿estás borracho?

-¡Qué va! –exclamé sin convicción.

Fui a ponerme de pie, pero entonces comprendí que sí que había bebido más de la cuenta.

-No te preocupes, Marta –dijo Esteban de manera demasiado posesiva-. Yo os llevo y mañana que venga él por su coche.

De ese modo, me encontré en el asiento trasero de un Clio que lo menos tenía diez años. Ellos hablaban como si yo hubiera perdido el conocimiento.

-Es mi sobrino mayor. Yo lo veo hace tiempo como un hombre, pero seguramente es más adolescente de lo que creía.

-Sí, mujer. Es un crío, por mucha apariencia de machote que tenga. ¿Estudia?

-Sí. Algo de ordenadores, creo.

-Y tú, ¿a qué te dedicas?

-Hace tiempo que no trabajo. He pasado más de seis años cuidando de mi padre, que tenía cáncer terminal, y he perdido la costumbre. Tengo que ponerme al día, porque soy demasiado joven.

-Claro que sí, mujer. Tienes que ponerte las pilas.

Definitivamente, el tío me resultaba vomitivo, con su lenguaje posado de jovencito y su actitud de consejero, mientras concluía que seguramente estaba en el paro, porque su coche no había sido lavado en dos semanas y tenía abollamientos. Estaba haciéndome el dormido, pero con los párpados no del todo cerrados notaba que Esteban me lanzaba miradas por el retrovisor, porque seguramente tenía la intención de parar en algún sitio oscuro y echarse sobre mi tía. Decidí forzarme a no dormir, para estar alerta. Pero condujo hasta la puerta de mi casa, donde sí que se besaron muy apasionadamente. Marta me sacudió echando el brazo hacia atrás sin mirarme.

-Vamos, Pablo.

Las siguientes dos semanas representó una tortura sentarme a comer con la familia. Al principio, de un modo tímido que progresivamente iba ganando intensidad y entusiasmo, Marta cotorreaba sin parar sobre Esteban. Había tenido varios récords de natación años atrás, lo que le había impedido obtener un título universitario, pero ahora, tras una lesión en una rodilla, era ayudante del entrenador del equipo de natación nacional que preparaba las olimpiadas. Según Marta, era lo más simpático del mundo, muy popular, y encantaba a la gente. Lo saludaban por todas partes, tenía carisma y estaba segura de que iba a triunfar en la vida en cuanto se le quitara la obsesión de la natación. Escuchándola, yo deducía que estaba deslumbrada por un vago notable, presuntuoso… un mediocre sin futuro. Un verdadero chulo profesional.

Mi malestar y antipatía resultaron evidentes para todos muy pronto, a pesar de que yo trataba de disimular. Mi padre me pidió en un par de ocasiones que fuera más comprensivo con su hermana, pero mi madre era más directa; me pillaba constantemente para exigirme que hiciera el favor de no ser tan borde con Esteban, que él representaba una oportunidad para mi tía, que no parecía mala gente, que su cuñada se había salvado de ser una solterona y que me estaba ganando el rencor de Marta.

Esto último me preocupó, porque me pareció injusto. Ella lo había conocido porque yo me tomé el trabajo de llevarla al lugar adecuado, lo que había representado sacrificar el viernes de un joven sano. Lo había conocido por mí. El segundo jueves después del encuentro en el disco bar, mi tía me dijo en la sobremesa del almuerzo:

-Pablo, Esteban te invita a que vayas con él mañana al entrenamiento, en el centro de alto rendimiento. Te agradecería mucho que aceptes.

Tardé unos minutos en encajar la noticia, lo que dio tiemplo a mi madre para intervenir:

-Estupendo, Pablo. Imagínate, conocer a los mejores nadadores de España y entrenar y nadar con ellos. Cualquier chico te envidiaría. Así que no trasnoches demasiado hoy, para estar fresco por la mañana.

No me dieron opción de negarme.

A la mañana siguiente, tenía un humor de perros. Mientras esperaba la llegada del Clío, maquiné el modo de molestar a Esteban todo lo que pudiera. Aparte de varias estrategias no muy bien definidas, decidí ponerme el bikini más extravagante y sicalíptico que tenía, que sólo lo había usado una vez durante el viaje de fin de curso anterior, que fuimos a Grecia, donde lo compré en una tienda para turistas. Era una prenda que me dejaba descubierto buena parte del pubis y apenas cubrían la mitad de mis glúteos. Con rayas azul y blanco, el tejido era tan tenue y apretado que me marcaba como si estuviera desnudo, más cuando se mojaba, que se volvía traslúcido.

Esteban hizo sonar repetidamente el claxon y antes de darme tiempo de reaccionar, acudieron a mi habitación mi madre y mi tía a urgirme.

-Venga, Pablo. No lo hagas esperar, que va a su trabajo.

El novio de mi tía no se tomó la molestia de bajar del vehículo para saludar a nadie, ni siquiera me miró al sentarme a su lado. Arrancó en silencio. Descolocado, yo no sabía qué hacer. Le miré de reojo. Me pareció peligroso que condujera con sandalias playeras; vestía un pantalón corto demasiado corto, un vaquero seguramente rasgado por él, deshilachado y casi en las ingles, con aquel bulto que parecía pugnar por salir por la pernera; deduje que ese había sido el motivo para no salir del coche a saludar a mi familia y recibirme; le daría vergüenza mostrarse de esa guisa, a pesar de su desvergüenza. Lucía unas piernas de las que seguramente se sentía muy orgulloso, con los muslos medianamente peludos y muy voluminosos, y pantorrillas propias de culturistas inflados de esteroides. Se abría de piernas más de lo lógico al conducir, porque era evidente que pasaba la vida exhibiéndose. Noté que llevaba una camiseta aun más apretada y escotada que la del disco bar. No podía soportar tanto exhibicionismo.

-¿Llevas de todo para nadar? –me preguntó Esteban.

-Sí. Traigo la toalla y el gorro en la bolsa; el bañador ya lo tengo puesto.

-Bien. Si te faltara algo, puedo prestarte de todo, cualquier cosa. Tenemos más o menos la misma estatura- mientras lo decía, se rascó los genitales de modo muy vulgar. Tuve la impresión de que trataba de resaltar ese bulto espectacular o, tal vez, acomodar un relleno que usara.

De entrada, el local no tenía nada de especial. Parecía la puerta trasera de un escuela cualquiera. Tras un largo pasillo, entramos en una pequeña habitación mitad despacho y mitad almacén. Esteban se quitó la camiseta y el calzón; ya tenía puesto el bañador.

-Cuelga tu ropa en aquel gancho. No olvides el gorro y la toalla. ¿Quieres gafas?

-Si no son obligatorias, preferiría no usar gafas. Una vez probé y no pude nadar, porque me molestaban.

-Bueno, vamos.

Al salir del cuchitril, tras una mirada de reojo no pude reprimir el comentario:

-No comprendo por qué te metes relleno en la polla.

Esteban se limitó a sonreír y sin decir nada, echó a andar. Tensaba ligeramente los hombros, expandidos como si tratara de avasallar, y sus glúteos se balanceaban de un modo que me pareció provocativo. Recorrimos otro pasillo, más corto, para llegar a la nave de la piscina. Había mucho ruido y olía más a macho que a cloro. Eran muchos los jóvenes más un hombre de unos cincuenta años, que jugaban y bromeaban correteando y saltando por una pequeña grada en uno de los costados de la piscina; se echaban los unos sobre los otros y rodaban abrazados como si lucharan, en lo que parecía el capítulo inicial de una película pornográfica de maricones. La escena parecía demasiado pecaminosa para un equipo de deportistas. Al entrar nosotros, todos saludaron ruidosamente a Esteban, lo abrazaron, palparon y palmearon sus nalgas. No advertí que nadie se sorprendiera ni extrañara por el abultamiento imposible del bañador de Esteban, a quien los jóvenes trataban con la confianza y el desparpajo de un compañero más, no un superior. De inmediato, ocho nadadores se colocaron en la cabecera, dispuestos a comenzar el entrenamiento. Fue el hombre mayor, seguramente el entrenador oficial, el que habló:

-Esteban, como tenemos competición el domingo, quiero un entrenamiento suave. Estos son la mitad de los que he seleccionado. ¿Estás de acuerdo?

-¿Quiénes son los demás?

-Aquéllos. -El entrenador señalaba otro grupo de ocho, apoyados en la pared situada tras los que iban a entrenar. Los demás, estaban en las gradas.

-Son los que están mejor esta semana; de acuerdo.

Entrenaron durante poco más de una hora entre voces estentóreas de Esteban, mientras yo me arrepentía solemnemente de haber aceptado ir. No sólo me aburría sin remedio. Los nadadores tenía más o menos mi edad, pero me di cuenta muy pronto de que no tendría nada que hablar con ninguno de ellos. La cosa mejoró un poco cuando Esteban me dijo por señas que me echara a nadar, puesto que el entrenamiento había acabado. Los que no habían sido seleccionados ni habían, por lo tanto, entrenado, se lanzaron al agua en tromba y yo tras ellos. No pararon de bromear y se tomaban muchas confianzas con Esteban, pues le hacían ahogadillas, le empujaban y me pareció que hasta le metían mano por los genitales, pero no paraban de reír, y Esteban el que más.

Cuando Esteban me señaló el reloj, para indicarme que se acercaba la hora de marcharnos, salí de inmediato, con ansia de que se acabara el compromiso. Esteban salió del agua de modo muy exhibicionista, como todo lo que hacía: apoyó los fuertes brazos en el borde de la piscina para empujarse hacia arriba, tensando la notable musculatura que brilló deslumbrante como la de un actor porno. Al emerger con un solo impulso, descubrí que tenía una media trempera. De otro modo, no podría explicarse el volumen del bañador. Esteban notó mi mirada y sonrió con sorna. Viré la cabeza de modo violento, algo ruborizado.

-Vamos a la ducha.

Fui tras él, porque temía volver a mirarle el bulto y que repitiera su sonrisa irónica.

-Tengo ducha propia en mi despacho. La colectiva estará imposible -dijo sin volverse a mirarme. Las nalgas se balanceaban como si pretendiera provocarme.

Llamaba pretenciosamente despacho al cuchitril donde nos habíamos desnudado. Tras cerrar la puerta, descorrió una cortina de plástico, tras la que había una amplia ducha sin plato, con el suelo de cemento en ligero declive y una sola alcachofa.

-Ve tú primero- dije-. Yo espero.

-No, hombre. ¡Qué tontería! Hay sitio para los dos.

De ese modo, me alegró la oportunidad de descubrir qué clase de relleno se ponía. Le vi bajarse el bañador de espaldas a mí y lo imité. Inesperadamente, se volvió.

-¿De qué clase de relleno hablabas, Pablo? –Esteban tensó la pelvis y me invitó con los ojos a examinarlo.

Nunca habría imaginado que existiera una polla así. Era realmente grande, si no se trataba de que estuviera medio empalmado. El grosor junto al pubis era descomunal, seguramente semejante a su bíceps, pero se afinaba progresivamente hasta terminar en un glande aproximadamente normal. Pero nada era normal en ese órgano cuya forma recordaba la punta de una lanza antigua. Ni la longitud desproporcionada ni el laberinto de venas muy prominentes. Sólo había visto porno un par de veces, en casa de un amigo, y aunque no me había fijado en las pollas, consideré que lo de Esteban sería muy valorado por un productor de porno. Mi asombró superó pronto mi desconcierto. No conseguía apartar la mirada de ese pene, preguntándome si era un defecto o un mérito. Incomprensiblemente, sentía ardor en la espalda como si el rubor del rostro se estuviera extendiendo por mi cuerpo, y creí que mi corazón se había detenido aunque mi respiración se estaba volviendo anhelante. Notaba la sonrisa irónica y autosuficiente de Esteban, mostrándose como si posara de stripper ante un auditorio de adoradores.

-¿Te importa enjabonarme la espalda por el centro, a donde no llego con las manos?

Por suerte, se volvió de espaldas mientras me lo pedía. Creo que volvió a estirar los hombros para impresionarme con un lomo de dibujo de superhéroe y un culo que daba la impresión de ser levantado voluntariamente para exhibirlo todo lo posible. Como un robot, comencé a untarle gel sin atreverme a llegar ni a la cintura. El culo era tan redondo, prominente y escultural, que me negaba a contemplarlo.

-Después de que nos sequemos –dijo Esteban-, tenemos que darnos crema hidratante, para contrarrestar el cloro, que aquí es demasiado. Yo te lo doy a ti y tú a mí.

Eso no podía ocurrir. Y si no podía evitarlo, antes, yo necesitaba explicarme a mí mismo lo que me estaba sucediendo. Lo que pasaba en mi cuerpo y en mis caderas era completamente desconocido, no recordaba nada igual en toda mi vida. ¿Podía haber algo misterioso en mi antipatía por Esteban? ¿Se trataría de miedo? Porque miedo era lo más parecido que recordaba a lo que en esos momentos estaba sintiendo. Miedo, también, a experimentar una erección, puesto que presentía que podía sucederme, inexplicablemente. Apreté mis labios en un rictus, mientras Esteban volvía la cara hacia mí, diciéndome:

-Tienes un físico fenomenal. ¿Qué haces?

Tardé largos segundos en responder. No quería que Esteban fuese amable conmigo.

-Bicicleta y zumba. Y voy a veces al parque, donde unos brasileños me enseñan capoeira.

-Huy, ¡qué bien! Algún día, me gustaría ir contigo al parque, si no te importa.

Ni pensarlo. Yo no podía a volver a tener ningún momento de intimidad con ese tipo. Tenía que encontrar un pretexto para secarme y echar a correr en seguida, antes de que planteara untarnos la crema hidratante. Pero esa posibilidad no se le pasaba por la cabeza. Esteban se puso a secarme por detrás, como si yo fuera un niño, mientras me decía:

-Creo que, siguiendo algunos consejos, puedes desarrollar un cuerpo diez. Tienes base de sobra, pero hay que equilibrar mejor las proporciones. Necesitas un poquito de hombros y gemelos. Y mejorar los abdominales, que están muy bien, pero se nota que podrías superarte con el entrenamiento apropiado. Si te apetece, yo te enseñaría cómo lograr todo eso.

–Esteban, yo soy mucho más joven que tú y no tenemos nada que ver. Tú te dedicas… a esto, que es lo menos parecido a mi futuro de informático.

-¿De qué hablas? Nada se opone a que seamos amigos y lo pasemos bien juntos.

-¿Bien juntos… tú y yo? ¡Vamos!

-Bueno, pues si no quieres, que sea como te parezca. Ahora ven aquí, a esta mesilla, que voy a darte la crema, para que no vayas a reclamarme dentro de una semana que tienes la piel como papel de estraza. Vamos.

Me condujo casi forzado, agarrándome muy fuerte y autoritariamente del brazo. Me tumbó boca abajo con algo de brusquedad y de inmediato, como si quisiera negarme la posibilidad de rebelarme, me echó crema muy abundante por la espalda, el culo y las piernas, hasta cerca de los talones. Por la rotundidad y fuerza de sus ademanes, noté que estaba empeñado en vencer todas mis resistencias… en vencer mi hostilidad. Echó tanta crema por todo mi cuerpo, que temí que se derramase si me movía tratando de ponerme de lado para incorporarme. En seguida, comenzó a frotarme los pies. Jamás me habían masajeado los pies, por lo que al principio creí que se trataba de cosquillas, pero de pronto concluí que era muy placentero, aunque no quería que nada que Esteban hiciera me produjese placer. Bastaron tres o cuatro minutos para rendirme. Ya no se trataba sólo de la llegada de un bienestar imprevisto, sino que tenía unas inesperada y perturbadora erección, que resolví no exhibir. ¿Cómo podía estar pasándome eso? Me resistiría con todas mis fuerzas y hasta con tarascadas sí él trataba de girarme boca arriba.

Entonces, tras masajearme las piernas de un modo experto pero rápido, se dedicó despaciosamente a mi culo. Luego de apretar los glúteos con reiteración, echó un chorro de crema entre ellos, mientras me pasaba el puño por el perineo un poco fuerte y, a continuación, deslizaba una y otra vez los dedos por mi ano de un modo demasiado audaz. Pero no protesté porque ello me obligaría a medio incorporarme, con lo que él descubriría que estaba empalmado.

Me estaba venciendo, pues había abandonado el deseo de debatirme. El seguía, pero ya no untando crema, sino masajeándome con fuerza y concentración. Sentí en ocasiones que me caía encima una gota de su sudor. Movía las palmas de las manos arriba y abajo de mi espalda, llegando hasta los glúteos donde siempre lentificaba los movimientos hasta convertirlos prácticamente en caricias, y luego subía dándome suaves tarascadas con las dos manos, casi pellizcos, que me hicieron erizar los vellos varias veces; también se me habían erizado los pezones por primera vez, que yo recordara. Estuve repetidamente a punto de reventar, y tenía que contraer los músculos para evitarlo, pero con el traqueteo, las pasadas insistentes de las manos resbalosas, los dedos deslizados furtivamente por mi ano y mi inexperiencia, de pronto ocurrió lo más impropio y desconcertante. Experimenté un orgasmo junto con convulsiones de mi espalda y mis muslos. Fue el más perturbador que recordaba, ya que parecía no acabar nunca, lo que seguramente se debía a mi posición, con el pene apretujado entre mi vientre y la toalla. Quería hundirme en la mesa, traspasarla con objeto de huir, desaparecer. Cuando recuperé la razón, me di cuenta de que él había detenido las manos. Tras varios minutos en silencio, escuché:

-¿Ha estado bien?

Callé, más avergonzado que extrañado.

-He notado que te corrías, lo que es muy lógico, con tu edad y tu vigor… No preveía que tardaras tan poco.

-¿No preveías? ¿Sabías que iba a pasar?

-Pues claro. No soy tan joven como tú. Tengo experiencia.

-¿Tienes experiencia? ¿Se lo haces a todos los nadadores?

-No te pongas borde, Pablo. Quiero que nos llevemos bien.

-Tú y yo no tenemos que llevarnos de ninguna manera. Cuando me dejes en mi casa, será un adiós para siempre.

-Que te crees tú eso. ¿Has vuelto a empalmarte?

Callé. Me ardían las mejillas. De nuevo no podía alzarme, porque la erección regresó, una vez que él había reanudado el masaje, esta vez de un modo declaradamente erótico, puesto que posaba el dedo entre mis glúteos ya no tan fugazmente, mientas la otra mano me palpaba por todos lados, inclusive el escroto.

-Si te has empalmado ya, quiero vértela, hazme el favor.

Me giré despacio, con las mejillas encendidas. Jamás habría aceptado mostrar mi trempera a un tío, pero sentía una especie de desafío, como si de pronto quisiera demostrarle que no tenía demasiado que envidiarle.

-¡Qué bonita! –dijo Esteban, acabando de llevarme a la estupefacción.

-Bonita, qué va. ¿Has visto muchas?

-Por supuesto, las de todos esos -se refería a los nadadores, cuyas voces y exclamaciones oíamos no demasiado cerca- y algunas más. Por lo tanto, tengo con qué compararte. La tuya está muy bien de tamaño, pero lo mejor es que es recta como un lápiz y muy bien proporcionada. No como la mía, que no me gusta nada.

Esta afirmación me agradó, porque eran los atributos lo que más me acomplejaba de él.

-¿No te gusta tu polla? Pues yo creo que es como para ponerla en un museo de los fenómenos mundiales.

Debió de parecerle un elogio, porque dijo:

-¿De veras? Pues me crea problemas muchas veces. Tengo que controlarme con las tías, porque si voy muy al fondo, se quejan.

-¿Con las tías? ¿Y con los tíos?

-Nunca he follado a un tío.

-¡Ah! ¿No?

-Me va más que me follen.

No me lo podía creer. ¿De qué iba ese majareta?

-No comprendo. ¿Por qué sales con mi tía? No vayas a hacerle daño o te la verás conmigo.

-No hombre. Marta me gusta muchísimo y voy en serio con ella.

-Entonces, no comprendo nada.

En vez de responderme, se puso a masajearme el pecho y el vientre de modo algo apresurado, pero acarició mis pezones con mayor lentitud y muchas pasadas en círculo, y se detuvo en mi pene enhiesto, abrazándolo con las dos manos, apretando un poco en la base, junto a los testículos. No lo rechacé, esperando a ver.

-Mira, Pablo. Hay cosas que irás aprendiendo con el tiempo, porque también eres un tío muy atractivo y lo serás más cuando madures un poco. Cuando uno nota que todos y todas desean tocarte y hacer algo contigo, es imposible pasarte la vida negándote perpetuamente. A mí me entusiasman las mujeres, sobre todo Marta, pero hay cosas que Marta no podrá hacer nunca; es que una vez que pruebas correrte con una polla dentro, nunca lo olvidas.

-¿Estás tratando de convencerme de que te deje follarme?

La idea de que tratara de forzarme me horrorizó. Esa polla descomunal me destrozaría y él tenía fuerza suficiente para inmovilizarme

-No, Pablo. Quiero que me folles tú. En realidad, tú me gustaste desde el día que te conocí en el bar y fuiste una de las razones por las que cedí al coqueteo de Marta, y ahora confirmo que tuve buen ojo contigo. Nunca me había gustado tanto un hombre de entrada, te lo juro; he tenido que maquinar esto de acompañarme a la piscina casi desde el día que nos conocimos, porque me di cuenta en seguida de que te caía mal. También me gusta tu tía, por supuesto. Es jodido, pero tendréis que compartirme, porque os quiero a los dos. Es más, creo que me casaré con ella.

-No consigo comprenderte.

-Cállate- me dijo mientras se aupaba a la mesa y se ponía a horcajadas sobre mi vientre.

Sin la menor dificultad ni gesticular, se introdujo mi polla de una sentada. Para mí fue como si se produjera un relámpago en una tormenta telúrica. Ya había tenido sexo con varias compañeras, pero el interior de Esteban era diferente. Había fuego, intensidad y estrechez, como si una inundación de tibio terciopelo celestial acariciase mi pene. Tuve que cerrar los ojos, para no mirar a Esteban, quien sí me miraba fijamente.

-No aprietes los párpados, por favor, Pablo. Deseo ardientemente verte gozar. Bastará sentir tu orgasmo para que se produzca el mío de inmediato y ese orgasmo será el regalo que te haga para que dejes de tratarme como si quisieras matarme.

Abrí lentamente los ojos. La lanza de su vientre apuntaba rígida hacia su pecho llegando unos tres centímetros más arriba del ombligo; era todavía más descomunal de lo que me había parecido fláccida. Decidí tratar de averiguar en internet si las características de esa polla eran tan desusadas como me lo parecían. Su cuerpo era menos longilíneo que el mío, más macizo, pero no aprecié grasa por ninguna parte. Resultaba algo más voluminoso que un danzarín pero más estilizado que un culturista de los de las revistas norteamericanas. Con el sube y baja, nada se movía de su sitio, sólo su boca que alternativamente sonreía y jadeaba. Era un cuerpo en sazón, estupendamente formado, con pectorales bien proporcionados y sin las exageraciones del culturismo. Decidí que podía experimentar admiración y hasta un poco de envidia, lo que se impregnaba de un ansia de posesión que debía de parecerse al deseo. Uno de mis maestros, el de filosofía, afirmaba que la envidia es siempre deseo de poseer lo del otro. De pronto, caí en la cuenta de que todo estaba bien, que no ocurría nada que fuese a ocasionar un terremoto y que yo iba camino de tener un segundo orgasmo en menos de una hora. Si alguien me hubiera avisado de que me podía pasar, le habría llamado demente. Iba a correrme, y Esteban se dio cuenta.

-No querría halagarte más de la cuenta, pero eres un campeón, Pablo. Este va a ser el comienzo de una gran amistad.

No protesté por ese anuncio. Ya sentía las ondas del orgasmo recorrer mi espalda y mi vientre, y llegar entre palpitaciones a mis genitales, que explotaron como cuando había estado aprisionado contra la toalla, pero de modo aun más arrebatador, como si una aspiradora dentro de su cuerpo me estuviera sorbiendo . Esteban paró el sube y baja, pero no se salió; sólo se acarició un poco el pecho, apretándose los pezones. Permaneció con mi pene dentro, sintiendo las sacudidas y los chorros de mi semen, y sonriendo con ternura, mientras mi asombro crecía cuando, casi al unísono, un surtidor blanco brotó abundante e interminable de su polla, regándome todo el pecho hasta el cuello y causando un pequeño lago entre mis pectorales y mis abdominales, pero no me dio asco, para aumentar mi pasmo. Habían desaparecido mis cortapisas y ni siquiera me hice reproches sobre mi propio porvenir. Todo estaba demasiado bien.

ciriacodp@gmail.com

La tintorería

Martes, diciembre 9th, 2014

Mi nombre es…, actualmente tengo 44 años, soy de Buenos Aires y los que le voy a contar tal vez no sea muy excitante pero fue real. Es la primera vez que me animo a escribir en esta página por lo que les pido que si mi relato no satisface a quien lo lea no me critique, si no que me enseñe a relatar mejor.

Corría el año 1984 y todos en el barrio sabían que el tintorero era gay. Las mujeres, obvio, no se preocupaban por eso pero siempre era el tintorero el hazmerreír de la chusma barrial.
Lo conocí una mañana en la que, trabajando en un comercio del barrio, la mujer del dueño me pidió que llevara la ropa a la tintorería. Imagínense las cargadas que tuve que soportar en el trabajo por eso…
Mientras iba en camino cargando la bolsa con la ropa sucia, la tintorería quedaba a cinco cuadras de mi trabajo, iba pensando que tenía de malo que el tintorero fuera gay y no entendía porque el barrio lo castigaba tanto, y dándome cuenta de repente que, siendo yo todo un hetero, me estaba calentando mientras pensaba en el tintorero. Quiero aclarar que para ese entonces yo tenía 16 años y vivía caliente, pero nunca había pensado en un hombre y mucho menos para el sexo.

Cuando llegué a la tintorería, aprovechando que había dos mujeres delante de mí, me dedique a mirar al tintorero diciéndome a mi mismo que no me gustaban los hombres y que nunca iba a encontrar nada atractivo en él.
Efectivamente, no había ningún atractivo en ese hombre. Sesentón, calvo, barriga pronunciada… En fin, como antes dije, nada de atractivo.
Cuando las dos mujeres se hubieron marchado y me tocaba el turno, noté como clavó su mirada en mí y le gusté de inmediato. Me atendió muy lentamente, como para disfrutar el tener un pendejo como yo al alcance de su mano, y terminada la tarea de recibir la ropa, me dejó marchar no sin antes decirme que había sido lindo conocerme y que esperaba que regresara cuando tuviera más ropa que traer.
Me fui con su mirada clavada en mi espalda y una extraña sensación mezcla de seguir repitiéndome a mi mismo que no me gustaban los hombres y la verga dura como una piedra.

Durante las semanas subsiguientes, en la que una o dos veces día por medio tenía que ir, siempre seguía esa mezcla de rechazo y calentura e iba repitiéndome a mi mismo durante el corto camino a la tintorería, que nunca pasaría nada que yo no quisiera que pase porque a mi no me gustaban los hombres… Cuán equivocado estaba.
Una mañana me sorprendí yendo al trabajo con ganas de que me mandaran ese día a la tintorería. No entendía porqué y muy dentro de mí seguía negándome a pensar tal cosa pero el deseo de ver al tintorero era más fuerte que mi negación.
Como si el destino estuviese de lado de mi oscuro deseo, a media mañana apareció la señora con una gran bolsa y me pidió que vaya a la tintorería y que no me preocupara si demoraba, que su marido no me iba a regañar, porque la ropa era mucha y sabía que el tintorero la clasificaba muy lentamente. Demás está mencionar las bromas que tuve que soportar de parte de mi patrón, a las que simulé reír divertido para que nada sospechara.
Al llegar y luego del saludo obligado, procedo a darle el bolsón cargado de ropa que llevaba. El tintorero aprovechando la oportunidad y sabiendo que yo me tenía que demorar bastante hasta que el separara toda la ropa por tipo de tela y colores, me dio dos revistas porno que, según me dijo, se las prestaba en secreto el vecino. Yo con toda naturalidad y como no dándole importancia al material me las puse a hojear con el consabido resultado de que iba a terminar con una erección de caballo después de mirar aquellas fotos.
El criticaba a las mujeres de las imágenes diciendo que sólo hacían poses y que sus caras de satisfacción eran totalmente fingidas mientras me comentaba que para el, los hombres mantenían una erección durante las fotos por medios de pastillas o cremas, porque no podía ser natural que aguantaran toda la sesión de fotos totalmente erectos.

No sé si fue esa calentura que hacía mucho sentía o mi oculta bisexualidad que asomaba traicionándome, pero me sorprendí a mi mismo diciéndole que yo aguantaba muy bien un par de horas erecto y sin acabar. Me quedé mudo de asombro después de oírme decir eso ya que le había dado pie para que el tomara las riendas de la conversación y sin posibilidad de marcha atrás de mi parte.
Me preguntó a quemarropa si yo la tenía muy grande a lo que le contesté que no, que mi tamaño era normal. El me comentó que también la tenía tamaño normal y pegándose la vuelta al mostrador se puso frente a mí diciéndome si podía tocármela por arriba del pantalón sólo para ver si tenía buen tamaño, a lo que no pude negarme, un poco como para disimular que podía dominar la situación dejándole llegar hasta donde yo quisiera, pero realmente accedí a su pedido porque ya me tenía entre sus garras.
Me dejé sobar el paquete, que a esa altura estaba a reventar, y cuando él notó la erección de 21 cm que yo cargaba se le hizo agua la boca.
Epa! No es tan normal, me dijo. Si, le dije yo tratando de minimizar el tema al ver su repentino entusiasmo. No es gran cosa.
Por favor, sácala un ratito, déjame verla toda, te lo pido. Me suplico.
Accediendo a su pedido y ya totalmente entregado por la calentura del momento y sin importarme que frente a mi hubiese alguien de mi mismo sexo, se la mostré en toda su plenitud y el casi se desmaya de la alegría de ver una verga así.
Me la empezó a menear lentamente disfrutando con el tacto de ese tronco duro y joven y haciéndome disfrutar a mí con la caricia. Acto seguido me preguntó si estaba apurado a lo que contesté que no, que ya había terminado mi horario en el trabajo y que no importaba si llegaba más tarde a casa.
Me soltó por un momento la verga y cerró las persianas del negocio. Volvió hacia mí y tomando otra vez mi verga con su mano me besó en la boca. Sentí un rechazo al sentir su lengua forzándome a abrir mi boca pero me dejé hacer, y vaya mi sorpresa al notar que en pocos segundos ese asco que me había producido el beso se transformó en placer y tomándolo por la nuca lo obligué a que siguiera con su lengua en la mía.
Se separó un poco de mí y me empezó a comer las tetillas con pasión. Me encantaba y más me excitaba sentir la succión de sus labios en mis pezones. Empecé a gemir suavemente lo que lo animó a seguir bajando con su lengua mientras se arrodillaba para quedar con su cara a la altura de mi verga.
Acto seguido empezó a lamerme el capullo y a subir y bajar por todo mi tronco con su lengua. Cuando abrió la boca y se trago la mitad de mi miembro una corriente eléctrica me traspasó todo el cuerpo arrancándome gemidos de placer incontrolables. Me estaban haciendo la mejor mamada que ninguna mujer me había hecho nunca.
Antes de hacerme acabar, se incorporó y si bien me aclaró su condición de pasivo, me dijo que a el también le gustaba que lo mamaran y que era el momento que le devolviera todo el placer que me había echo sentir. No lo pensé dos veces y me arrodillé tomando su pija con mi mano y metiéndomela en la boca mientras que lo chupaba torpemente debido a mi inexperiencia. No lo debería hacer tan mal porque su cara denotaba un placer inmenso y moviendo su pelvis hacia mí me incitaba a seguir mamándolo de esa forma.
Al sentir que su descarga era inminente, me la sacó de la boca y me apuntó al pecho. Dos o tres chorros impactaron en mi dejándolo totalmente satisfecho.
Comenzó a chuparme nuevamente y ante mi aviso de que no aguantaba más y me corría la sacó de golpe de su boca e hizo que me venga sobre su miembro ya fláccido, que quedó cubierto de mi leche abundante y espesa.

Mientras recuperábamos el aliento y nos terminábamos de vestir, me dio un beso suave en los labios haciéndome comprender que cuando dos personas quieren, no importa el sexo que sea, hay que disfrutar el momento sin complejos ni tabúes.

Solo nos gozamos dos veces más pues por circunstancias de trabajo yo me mudé a Capital y nunca más lo vi.
Esté donde esté le doy las gracias por su enseñanza, por lo que despertó en mi y si bien alguna que otra vez he vuelto a estar con un hombre nunca lo voy a olvidar.

El novio de mi hermana – Capítulo 1: Óliver

Martes, diciembre 2nd, 2014

Recuerdo a la perfección el día en que le eché la vista encima por primera vez. Nos acabábamos de mudar a aquella ciudad hacía apenas dos semanas y faltaba un mes aún para que comenzaran las clases, por lo que aún no conocía a nadie.
Mi padre, recién incorporado a su nuevo puesto como director general de una importante empresa de exportación de productos de hostelería se pasaba la mitad del día fuera, y mi madre no hacía más que ir de aquí para allá adecentando la nueva casa.
Mi hermana, tres años mayor que yo, tenía en su personalidad muchas de las cosas que a mi me faltaban, entre ellas la habilidad para las relaciones sociales, por lo que enseguida hizo migas con un par de chicas del barrio que tenían su edad y eran hermanas. Vivían al final de la calle, por lo que también se pasaba el día paseando con ellas, yendo a tomar algo o en su casa, que según ella era impresionante.
Nuestra casa no estaba nada mal, es decir, si la comparábamos con nuestro antiguo piso, era una mansión.
No es que nuestro antiguo piso fuera pequeño, para nada; más bien era la sensación de vivir en un chalet en lugar de en un piso en una quinta planta en un barrio cualquiera de Granada lo que lo hacía diferente.

Una de aquellas tardes, cuando más apretaba el aburrimiento y menos me apetecía ver la tele, jugar a la videoconsola o leer cualquier libro, me entretuve en mirar por la ventana de mi habitación mientras escuchaba algo de música. Pensaba en mis amigos y amigas de Madrid, en lo mucho que echaría en falta quedar con ellos para hacer cualquier cosa, y en lo mucho que me costaría encontrar a nuevas amistades que me hicieran olvidar el vacío que tenía.
Entonces le vi.

Llegó montado en un ciclomotor y se detuvo en la casa del frente. Yo advertí que era un muchacho que debía tener más o menos la edad de mi hermana. Cuando se quitó el casco y le puso la patilla al ciclomotor, le ví el rostro. Aunque estaba lejos pude ver que era bastante atractivo.

Desde aquel momento, cada vez que oía el ruido del ciclomotor, me asomaba corriendo a cualquiera de las ventanas de casa, ya que todas estaban orientadas al mismo lugar.

Y como no, el destino quiso que una tarde mi hermana entrara en casa con una amplia sonrisa en la cara, cosa que mi madre advirtió en seguida. Yo acababa de entrar en la cocina, pues había escuchado el ruido que me tenía tan loco, aquel ciclomotor, y allí estaba la ventana que me pillaba más cerca.
He de decir que mi madre era una mujer muy moderna; decoradora, ama de casa, y a punto de montar su propia tienda de interiorismo, pero para mi hermana era como una especie de amiga y confidente.

– ¿Hay algo por lo que estés tan contenta hoy? – preguntó mi madre mientras colocaba unas macetas en el alféizar de la ventana de la cocina.
– Bueno, he conocido a un muchacho.
– ¿Ah si? – mi madre dejó lo que estaba haciendo y se volvió hacia ella encendiéndose un cigarrillo. – Vas un poco rápido ¿no?
– No es lo que piensas mamá, simplemente me ha caído muy bien, me lo he encontrado a unas manzanas de casa y se ha ofrecido a traerme hasta aquí.
– Pues eso debe significar algo ¿no? Estabas bastante cerca como para que un chico se ofrezca a traerte.
– Bueno, es el vecino del frente mamá.
– ¡Ah! Ese muchacho, lo he conocido, hace un par de días me presenté en la casa del frente para preguntarle a la dueña de la casa donde había comprado esas preciosas tinajas con plantas que tiene e el jardín, es un chico muy guapo.
– Muy guapo y muy simpático, además de atento. Se llama Oliver y tiene mi edad.
– Bueno Marta, me parece genial, pero tampoco debes ir con cualquier chico que se ofrezca a llevarte, ten más cuidado.

Mi madre era así. Igual estaba alabando a mi hermana por ser tan ligona que la reprendía por subirse en la moto de un desconocido.

Y, tal como me imaginaba, en una semana mi hermana ya estaba saliendo con aquel chico. Con aquel tal Oliver.
No es que a mi me pareciera mal lo que hacía mi hermana. Es más, la envidiaba. Con apenas diecinueve años había salido con más de diez chicos. Siempre conseguía lo que se proponía, y no es que fuera una arpía ni nada por el estilo, es más, era encantadora. Y aquella envidia sana acabó siendo un tormento para mí.
Cada vez que mi madre se encontraba fuera de casa, allí estaba él.

Una de las primeras veces que me lo encontré en casa, se me presentó.
– Buenas, ¿qué tal? – me preguntó cuando bajaba a la cocina a buscar algo para picar y el estaba en el salón, de pie, esperando a mi hermana.
– Hola – me limité a decir girándome hacia el. – Ah, bien.
– Yo soy Oliver, tu eres Nico, ¿no?
– Si, el hermano de Marta. – Contesté acercándome a él y estrechándole la mano. – Encantado.

Su forma de estrechar la mano, sin demasiada fuerza pero firme. El tacto de ésta, su sonrisa mientras nos la estrechábamos, sus ojos oscuros y profundos, su pelo, con el flequillo sobre la frente pero no demasiado largo, sus brazos desnudos en una camiseta de tirantas, sus piernas desnudas bajo unas bermudas de colores, sus pies, al aire, sobre unas chanclas surferas, todo aquello se me quedó clavado en los ojos, y fue difícil evitar que se diera cuenta del repaso que le estaba dando. Era la primera vez que me ocurría algo así.
Desde siempre me había fijado en chicos, pero nunca le había dado importancia. A mi edad, otros chicos a los que conocía ya salían con chicas e incluso se acostaban con ellas, pero era algo en lo que yo nunca había tenido prisa. Ahora me daba cuenta de que lo que realmente no tenía en las chicas era interés. Ahora me daba cuenta de que si miraba a los otros chicos en los vestuarios no era por curiosidad, sino por que me gustaban.

– ¡Hey! – exclamó de repente una voz, y el chasquido de los dedos de Oliver frente a mi cara me sacaron de aquel repentino ensueño. – ¡Que te has quedado pillado! Jajaja.
– Ay, perdona, es que me acabo de despertar – dije echando por la boca las primeras palabras que se me ocurrieron.
– Oye, estoy esperando a tu hermana para ir a la playa, ¿quieres venirte? Me ha dicho que no conoces a nadie por aquí.
– Ah, bueno…

Justo en ese instante ella bajó la escalera y besó a Oliver en los labios, aunque fue un beso algo pobre; si hubiera tenido la oportunidad, en aquel momento le hubiera besado de la forma más apasionada posible, me hubiera enganchado a él y no me hubiera soltado.

– Le estaba diciendo a tu hermano que si le apetecía venir con nosotros. – Le dijo él a mi hermana frotándome la cabeza como si yo fuera un niño chico, aunque tampoco nos llevábamos tantos años.
– Venga, si quieres…

Se notaba que ella prefería estar a solas con él, pero como accedió, y yo tampoco pensaba hacer nada del otro mundo, subí corriendo a ponerme el bañador y nos fuimos.

La playa estaba a tan sólo quince minutos de nuestra casa a paso ligero. Cuando llegamos, Oliver plantó una toalla en el suelo, se quitó la camiseta, las chanclas y corrió al agua.
Sólo me dio tiempo a ver su espalda, pero empecé a notar una erección, así que eché mi toalla junto a la de Oliver y me tumbé en ella boca abajo, fingiendo que me disponía a tomar el sol placenteramente.

– ¿No te bañas niño? – me preguntó mi hermana mientras se huntaba crema en los hombros.
– Después, no tengo calor aún…

Mentira. Tenía el mayor sofocón de la historia, y la erección había crecido de manera que en aquel momento no me hubiera levantado ni aunque una excavadora hubiera estado a punto de alcanzarme.

Mientras me asaba bajo el sol de mediodía, ellos se divertían en el agua, enrollándose a ratos mientras retozaban, tirándose agua. Yo lo veía cuando saltaba y dejaba que el sol brillara sobre su pecho, y deseaba ser el agua que resbalaba por él, aunque no lo veía con nitidez, ya que estábamos a unos quince metros.

– Nico, el agua está buenísima, deberías bañarte – me dijo mi hermana cuando llegaron a las toallas.
– Después, después – me limité a contestar.

Ladeé la cabeza y observé lo que se cocía a mi lado.
Ambos habían cogido de una mochila un par de toallas pequeñas y se secaban. Oliver se secó el pelo, y, aprovechando que estaba de lado lo miré descaradamente para examinarlo mejor.
Su pecho, con algo de vello, estaba marcado, pero no demasiado. Su estómago dejaba adivinar que se cuidaba, que hacía deporte, y un pequeño surco de vello bajaba desde allí y se perdía en su bañador.
Sus piernas eran delgadas, pero firmes, y sus pies eran preciosos.
Sus pies. Era algo que siempre me había molestado mucho de mi mismo, mi fijación por los pies de los chicos, aunque más tarde descubrí que no era nada extraño que me gustaran. Evité mirar su entrepierna, aquello era demasiado para mi, ya que llevaba un bañador tipo boxer, que al estar mojado, se le pegaba al cuerpo dejando poco trabajo a la imaginación, además, se dio la vuelta, dejándome ver su precioso trasero, redondo, respingón. Se me había la boca agua.
Aquel día me puse malísimo. Mis padres tuvieron que llevarme a urgencias. Era una leve insolación. Mi hermana Marta no hacía más que repetirles que en las dos horas que habíamos estado en la playa no me había movido de la toalla.

Relato gay netamente

Martes, noviembre 25th, 2014

Esta historia me sucedió cuando tenía alrededor de 17 años y 18 estaba interno digamos que me llamo maicol por seguridad soy de pelo oscuro de 172 cuerpo delgado pero lindo todo comenzó tal vez de una manera que jamás me había imaginado como es común los hombres dormíamos de a 24 por habitación así que acostarnos dos o más en una cama a recochar y reír era normal o almenos eso creía aunque había un chico en especial que me hacía sentir diferente pero jamás pensé sucediera algo una tarde mientras yo me intentaba dormir sentí su verga que se restregaba en mi culo virgen era un poco pequeña pero a pesar de eso me éxito sentir aquella sensación no sabía q hacer sentía que era un sueño pues tal vez uno de los chicos más lindos y populares de 23 años me estaba restregando su bulto me voltee para comprobar si no estaba dormido así que tomo mi mano y se la puso en su abdomen como queriéndome decir cógeme yo entendí y fui bajando hasta llegar a un pene totalmente erecto sin bellos ni nada entonces intente hacerle una paja pero me dijo que era muy peligroso así que desistí pero tenía una parola por la que no me podía levanta pero nuevamente le di a espalda y comenzó un mueva suave y sentía como su pene se deslizaba por mis nalgas en ese momento las tomo con sus manos y las apretó obligándome a soltar un pequeño gemido de placer se acercó a mi oído y me dijo que quería culiarme yo con la voz entre cortada accedíél se levantó disimulando la parola y busco un condón se lo puso y luego baso mi pantaloneta y mi bóxer e intento meterlo o sentí en la puerta pero se detuvo avían regresad todos nuestros compañeros de jugar micro él se levantó murmurándome al oído que nosveríamos en los baños yo accedíSalí de inmediato él se demoró unos minutos cuando entro me sujeto las nalgas con dureza diciendo estas muy rico yo intente buscar su pene lo acaricie el me miraba y mordía sus labios pero me retiro al escuchar q alguien entro lo llamaron un poco perturbado no contesto y apenas salieron del baño el salió y me dejo arrecho recuerdo que me beso el cuello y dijo tú no te me escapas ya encontraremos el lugar eres todo un manjar y serás solo mío esas palabras cocaban en mi corazón haciéndolo palpitar bueno aquella ocasión quedamos así.
El viernes siguiente salió la mayoría de nuestra aviación y los que no taparon sus camas con cobijas para que no los molestaran así lo hice yo también pero en esta ocasión mi intención era que aquel chico entrar y poder hacer algo eran las 3 de la tarde y ya estaba resignado que lo de la otra vez soplo fue un impulso cuando el entro en mi cama y saco su pene y me dijo lo quieres chupar me acerque a aquel pene no tan grande pero tenía un olor a sudor, orines y a semen algo reposado ya que había estado jugando futbol su cuerpo olía a macho y mi cuerpo no duro en reaccionar le comencé a hacer un sexo oral haciéndolo a erizar él se retorcía del placer pero no gemía por q no podía pero mordía sus labios con fuerza y me obligabacada vez a meterme más profundo su pene al momento de correrse lo presentí pero el sostuvo mi cabeza y no me dejo obligándome a tragar toda su esperma luego me cogió y me beso con pación y me bajo mi bóxer y me hizo una paja a la que no me pude resistir el me hacía sentir en las nubes todo era perfecto y me pregunto si deseaba q me penetrara yo dije q si pero en eso llego uno de mis amigos diciendo que me necesitaba yo sabía lo que esperaba si me disculpaba pero él me hizo saber que no se iría hasta q no saliera no tuve másobvio que dejar nuevamente las cosas por mitad
Al día siguiente a las 10 de la mañana el llego nuevamente y esta vez hicimos un espectacular 69 él se tomó mi semen y yo el suyo nos besamos creo q por 5 minutos pero paramí fue una eternidad cuando se disponía a penetrarme su novia lo mando llamar el insistió q no q estaba ocupado pero ella persistió el accedió me dio un beso y me dijo lo perdonara afirmando que le gustaba muchísimo pero que la novia era alguien especial intente decirle que no mas pero al sentir sus húmedos labios el éxtasis del momento no me dejo hablar bn así paso una tarde estábamos solos y me invito a follar pero recuerdo haberme negado tenia rabia a ser sincero quería q fuera solo mío pero él estaba empeñado en ser bisexual y eso a mí no me gustaba quería q sus labios fueran solo míos por eso él se alejó por unos días y después cuando podía se acercaba a mi fingiendo preguntar que hacíamos con mis amigos y me restregaba su pene en mi cola cada vez mi orgullo se reducía una tarde sin querer me recosté en la cama dely me cogió el sueño cuando desperté él estaba a mi lado y me estaba abrazando no le importaba nada solo sentí por primera vez no su pene si no la fuerza de su respiración contra mi cuello recuero haber mirado para todos lados y al ver que no había nadie me voltee y lo bese él se despertó con una sonrisa y me devolvió el beso luego me dijo quieres sermío un poco indecisoaccedírecuerdo como me dijo pero no vayas a gemir si te duele me dices y paro él se desnudó y bajo mi sudadera y mis bóxer y muy suavemente esta vez sin condón me empezó a penetrar el dolor era grande pero el a medida que entraba más me besaba y más me pajeava el éxtasis único de ese momento me enloquecióempecé a gemir no de dolor en realidad no podría describir lo que sentía era único él me mantuvo con delicadeza hasta que sentí como mi interior se llenaba de algo caliente él se pegó a mi fuertemente enganchándome con sus brazos el ardor que sentía era poco con el éxtasis que me hacía sentir su pene dejando de crecer dentro de mi muy pronto sin mucho esfuerzo me vine yo intente pararme a mi cama el me sujeto la mano y me dijo oye no te vayas duerme con migo recuerdo que lo bese y le dije q no era buena idea él me miró fijamente y me jalo hacia el diciéndome por ti no importa lo que digan los demás solo importa lo que sentimos yo recuerdo que dije q no me acosté en mi cama quería sentir que él era solo mío al día siguiente cuando me levante me esperaba en el baño dijo en son de recocha para todos yo me baño con él y me jalo hacia la ducha me metió y me arrincono el agua es fría por lo general por lo que al abrir la llave sentí elaje pero el introdujo su lengua en mi boca y me dejo mudo el me mostro su pene lleno desangre había sangrado yo y su pene me lo demostrabaél se agacho y me volteo y olio mi ano y dijo que olor tan delicioso huele a que te amo se levantó y el beso salimos del baño yo por mi Ado y el por el suyo pero cuando había momento se me cogía la cola o el paquete era delicioso pero él me había prometido terminarle a su novia le di 1 mes recuerdo al pasar el emes él se acercó a mí y me dijo te amo pero si la dejo q pensaran de mi a mí me dolió el saber que a él le importaba mas lo que dijeran los demás por lo que me aleje y le dije que desde ese momento seriamos solamente amigos lo que no sabía era que lo marcaria tanto a los 2 díassalió con su novia y de puro despecho hizo el amor con ella sin condón al poco tiempo me entere de que estaba embarazada eso me marca pues yo lo quería y lo quiero y lo querré el intento seguir buscándome pero no lo logro para mmi una familia es una familia y eso se respeta en este momento ya salimos pero el antes de salir me propuso irme con él y me pregunto el motivo por el que no quería luchar por nuestro amor lo único que le dije desde e día que ella quedo embarazada lo nuestro se enterró por que un verdadero hombre asume las consecuencias de sus actos el me miro a os ojos y lloro recuerdo que lo último que le dije fue toma estos guantes y cuídalos ese será mi recuerdo siempre te querré eres único pero ahora imposible hasta nunca me despedí ahora con el no hablamos yo no quiero me duele pero hay q asumir la realidad el amor se construye con acciones y por muchos meses pero se destruye con decisiones y en segundos y eso fue lo que paso e
Espero les guste espero comentarios

Eres mio – Parte 1

Viernes, noviembre 21st, 2014

Una noche, en la fiesta de trabadores en mi oficina me decidía a decirle a mi jefe lo que sentía por él. Él se llama Ernesto, tiene 35 años, es un ex militar, lo que explicaba su físico espectacular. Desde que lo vi me gustó mucho, en especial su gran paquete y su mirada penetrante. Además de su forma autoritaria de manejar a mis compañeros de trabajo y a mí. Temía calentarme en horas de trabajo al verlo o escuchar su voz. Su presencia gatillaba los pensamientos más impuros en mí. Imágenes de su torso, sus firmes manos y su paquete, recorrían mi imaginación mientras tecleaba en el computador, despertando algo en mi pantalón. Estaba harto de fantasías y estaba dispuesto a arriesgar mi trabajo con tal de tener algo con mi jefe.
En fin, en la fiesta de la oficina todos bebimos bastante. Al final casi todos se fueron menos yo y le dije a mi jefe que quería hablar con él en su oficina privada sobre unas ideas que tenía para la compañía. Al entrar, aprovechándome de que él estaba medio borracho, le dije la verdad. Le dije que me calentaba mucho, que lo deseaba. Él aturdido no dijo nada o no entendió. Yo me acerqué entre nervioso y excitado y me atreví a besar su cuello. Olía el alcohol en su cuerpo, y me prendía como bencina. Lentamente lo fui poniendo contra la pared con mi cuerpo. Baje mi mano y al agarrarle el paquete al parecer le gusto,pero además hice que reaccionara.
Me tiró al sofá y yo al aferrarme de él cayó conmigo al sofá. Me dijo en ese momento:” Fabián contrólate por favor!” “Pero no puedo, me gustas mucho, hazme tuyo” Dije eso sin pensar en consecuencias. Era mi fantasía hecha realidad, todo o nada. Su masculina cara estaba enrojecida por el alcohol y la situación parecía superarlo. Me puse de rodillas al sillón. Nuestras miradas se cruzaron y yo miré su paquete como pidiéndole permiso. Con mis manos y boca ávidas, desabroché su cierre y saqué su miembro. Fue entonces cuando me tiró del pelo hacia atrás. “Esto quieres maricón?” Dije con su aliento bien cerca de mi cara. “Sí.., lo quiero.. En mi boca-“Sin soltar mi cabeza, me sacó el cinturón con su mano derecha. Yo me dejé hacer, el dolor en mi cabeza sólo me excitaba más. Me soltó y amarró mis manos detrás de mi espalda con el cinturón. Sin poder usar mis manos, él sonrió al verme de rodillas a él, a su merced. Se sacó su camisa, la corbata, el pantalon y pude por fin completar las piezas que me faltaban de su cuerpo. Ese torso trabajado, con un suave vello por encima. Era muy peludo en las axilas y un lunarcito acompañaba su pezón izquierdo.
Teniéndome así de rodillas me dijo “acércate” Me monté sobre él en el sillón . Pensé que me daría un beso, pero sólo me tomó fuerte del cuello. De un sopetón metió varios dedos de su mano izquierda en mi boca. Yo los lamía con cara de nene pervertido. Con las piernas abiertas, sentado sobre él me sentí indefenso. Veía su cara de gozo mientras me ahogaba con sus grandes dedos. Luego abrió mi camisa a tirones. Vi un botón saltar volando. Con sus dedos dedos húmedos comenzó a pellizcar mis pezones. Al principio los retorcía un poco, y luego los tiraba con fuerza. Yo echándome hacia atrás lo disfrutaba y gemía de dolor y placer. Luego él me dijo al oído, “Lo estas disfrutando cierto putito?” – “Si… “dije yo con mi respiración acelerada. “Dime que eres mi puto” y entre un grito lerespondí“Ah..Yo soy tu puto, soy tuyo, ah,, “ Él sonriendo comenzó a masturbarse. Seguía pellizcándome y tirándome el pelo. Tenía el deseo de quitarme la camisa y de pajearme, pero mis manos estaban atadas, causándome goce y dolor. Mis piernas me tiritaban y mi miembro estaba completamente erecto.
En medio del placer, yo humedecía mis labios secos de tanta agitación. Me preguntó al oído “tienes sed?” y yo asentí sumisamente. “Abre la boca” Lo hice y escupió en ella. Me pegó una cachetada y me dijo “Se dice gracias”. “Gracias”. Yo estaba medio aturdido. Nunca había tenido una experiencia de dominación, pero él parecía un experto. . Me puso nuevamente en el suelo y se acomodó bien en el sillón, con las piernas bien abiertas. “Quieres leche puto?” me preguntó y yo no dude en lanzarme a su entrepierna como pude, ya que tenía las manos atadas. Me levantó de los pelos y me dijo, que tenías que hacerlo bien lento primero. Tenía que empezar con sus bolas. Mojé mis labios y me preparé para hundir mi cara entre esos muslos musculosos. Me metí su par en la boca mientras sus pelos acariciaban mi nariz. “Ah,, puto de mierda” me decía mientras me sofocaba agarrándome de los pelos y se echaba hacia atrás de gusto. Luego de unos minutos, me tiró para atrás y me escupió en la cara. “La quieres toda cierto?” “Si… “Respondí sonrojado y con los ojos llorosos por el dolor y la cara cubierta de sus sudor y mi saliva. “Eres un puto asqueroso” Tomó su camisa y en su único gesto de piedad, limpió mi cara. “Gracias…” Dije en voz baja. A lo que él sonrió. Yo sabía él disfrutaba de tenerme allí, de rodillas. Su puto, su empleado maricón, estaba aprendiendo las reglas de su juego.
Por fin tuve el honor, cuando agarró su miembro con su mano izquierda. Lo tenía todo tieso, y la cabeza estaba roja y mojada. Acercó mi cabeza, y me dijo ábrela bien grande. Así lo hice. Y la introdujo lentamente hasta donde pudo. Sentí su glande mojado, era tan dulce. Lo paladeaba y luego lo sentía en el fondo de mi garganta. El olor de su cuerpo me tenía loco. Mis gemidos eran ahogados por esa suave y a la vez dura extremidad suya. Todo mi cuerpo me dolía por la posición, pero a la vez tiritaba de placer. Mi satisfacción era la última de las preocupaciones de ese hombre, ese toro que yo debía complacer. Él sólo hecho de tener su miembro en mi boca ya era estar en la gloria.
Luego empezó a ponerse más rudo conmigo, por lo que supe que estaba por venirse. Sus manos me presionaban a él hasta el punto que pensé que me ahogaría. Me lo metía muy rápido. Me estaba bautizando como su puto y me lo hacía saber con sus insultos. “puto de mierda, te gusta, ah?, mmm… ohh… sigue así..Maricón… ohh…” Empujaba hasta metérmela toda. De la nada la sacó de mi boca y comenzó a pajearse frenéticamente. “Abre la boca perra!” Me tomó del cuello y me puso al lado de su glande. Entonces sentí como su cuerpo tiritaba mientras disparaba chorros y chorros de espeso semen en toda mi boca. “Mírame mierda” Decía mientras terminaba su orgasmo. Mi cara quedó cubierta. Mientras me miraba fijamente, echó todo el semen que quedó esparcido en mi boca. “ahora trágatelo” Obedecí un poco asqueado. Apenas terminé me dijo que se la limpiara. Noté que no sujetó mi cabeza. Supongo que porque ya estaba extenuado.
Al terminar de limpiársela, desató el cinturón que sujetaba mis manos. Por fin pude estirarme un poco.
Yo seguía sin correrme pero comprendí que yo estaba ahí para servirle y que él no se dignaría a darme placer. Recogió mis cosas y me las tiró. “Ándate.” Yo me paré, confundido. Asumí que él dormiría en su oficina privada. No sabía si estaba despedido o qué. Me dirigí hacia la puerta. Disponía a irme cuando me tomó por el cuello con fuerza. Acercó mi cara hacia la suya y yo desee un beso. Podía sentir su aliento cerca de mi boca. Él parecía querer decirme algo pero no sabía qué. Pasó su pulgar por mis labios y determinó mi destino: “Eres mío ahora.”


Es mi primer relato así que aprecio sugerencias, ideas, comentarios, lo que sea.
Si quieren hablarme/escribirme aquí les dejo mi mail guess04789@gmail.com

INTRANQUILO/1

Domingo, octubre 12th, 2014

Aquel curso fue el curso en que cumplí dieciocho años, siempre lo recordaré por eso y porque algunas dudas que me rondaban acabaron aclarándose. No era un buen estudiante, nunca lo he sido, aunque intentaba aplicarme, atender y hacer las tareas, mi cabeza prefería estar en otra parte. Era un chaval muy fantasioso, bueno, quizás ahora que ya tengo veinticuatro años lo siga siendo. Pero menos. Espero.
El caso es que ya llevaba dos años en un grupo reducido, no nos lo decían abiertamente pero estaba claro que aquella clase era el curso de los torpes. No me importaba demasiado, la verdad, al menos las asignaturas nos las hacían más fáciles. Si uno se puede ahorrar un poco de trabajo, pues mejor.
Aquel era nuestro segundo año como clase, ya digo que éramos pocos, doce, y nos llevábamos bien, más o menos, aunque yo no acababa de encontrar ningún compañero al que pudiera considerar un amigo. Pero eran buena gente, la mayoría.
En fin, no quiero hablar de mis compañeros, o al menos no eran ellos el objetivo de mi interés. Me gustaría hablar de un profesor, de mi profesor de Lengua. Su nombre, Javier. Tenía treinta y cuatro años, aunque no los aparentaba para nada. Se lo habíamos preguntado a la vuelta de una de aquellas excursiones que tanto hicimos durante el curso. A Javier le encantaba sacarnos del instituto y llevarnos a exposiciones, a obras de teatro, a visitar museos, disfrutaba con su trabajo y hacía que nosotros también lo pasáramos bien. Algunos, como yo, incluso muy bien. El caso es que, y vuelvo a lo de la edad, le preguntamos que cuántos años tenía, siempre hay un morbo especial por la vida de los profes, o al menos por la vida de los profes enrollados, de los otros mejor no hablar. Javier nos sonrió con esa sonrisa suya que parecía querer parar el mundo: treinta y cuatro, nos dijo, ya os lo dije el curso pasado ¿no os acordáis? Sí, claro, yo me acordaba, como me acordaba de todo lo que nos había ido contando a lo largo de aquellos dos años: la zona en la que vivía, donde solía comprarse la ropa, una ropa que me encantaba y que le sentaba genial, lo que le gustaba leer, la música que escuchaba, dónde había pasado el verano, y, lo que más nos impactó: que era gay.
Algo de eso me había figurado ya, no solo porque en el instituto se comentaba el tema sino porque había algo en él que me atraía bastante. Realmente yo no tenía muy clara mi orientación sexual, bueno, sí la tenía pero no quería aceptarla, no me aceptaba. Ahora con el paso del tiempo sí la he asumido, soy gay y como tal me reconozco, sin que me importen los comentarios de la gente, pero entonces, con diecisiete años y con dieciocho recién cumplidos, prefería decirme que era bisexual, de hecho tuve alguna historia con alguna chica, nada importante, lo normal: llamaditas, quedadas, algún magreo sin más… Pero en la intimidad de mi cuarto, cuando aquello se hinchaba y empezaba casi a dolerme, en quienes yo pensaba era en tíos, en tíos como mi profesor Javier, un tipo que a pesar de ser mayor que yo me resultaba muy cercano, un tipo muy atractivo, no demasiado alto, moreno, de rostro bien perfilado, con una nariz recta, ojos pequeños, y un cuerpo que cuidaba y trabajaba en el gimnasio y en la piscina.
Cuando nos dijo que era gay, se lo preguntó abiertamente Pedro, el chaval más lanzado del grupo, a quien habíamos nombrado delegado, recuerdo que todos, los doce que estábamos en el andén de la estación, esperando que llegara nuestro tren para volvernos a nuestras casas después de otra estupenda excursión, todos, digo, nos quedamos callados, esperando su respuesta, respuesta que salió con toda la naturalidad con la que este profesor parecía hacer las cosas: creí que ya lo sabíais, nos comentó, no es algo que tenga que ocultar, siempre lo digo cuando me preguntan, pues para eso está un profesor, para responder y aclarar las dudas.
Hubo un pequeño revuelo de comentarios, desde una de las chicas, Tamara, que se mostró sorprendida y, creo, decepcionada, hasta el de otro compañero, Antonio, que dirigiéndose hacia Lolo, un alumno bastante afeminado y un poco friki, le preguntó sin contemplaciones: tú también eres gay ¿no? Lolo, ante esta pregunta, se sintió como ofendido, y lo negó, diciendo que tenía novia, una tal Carmen, una chica que bien mirado, con lo que ya sé, era la típica novia de marica. Un apaño, vamos.
Cuando Javier, nuestro profesor, nos dijo que era gay,no sé por qué ,mientras los demás murmuraban, solté que yo era bisexual, y entonces noté cómo el corazón se me aceleraba y cómo me ponía colorado. Bajé la cabeza, como avergonzado, quizás suponía que todos estarían pendientes de mí y que aquella confesión me había delatado. Aunque realmente, ahora lo sé, aquellas palabras iban dirigida a Javier, era como si yo quisiera decirle: yo también soy un poco de lo que tú eres. A pesar de que creía que había soltado una bomba, nadie me miraba, todos tenían la vista fija en Javier, quien seguía dando algunas explicaciones: no, no tenía novio, aunque lo había tenido, sí, su familia lo sabía y sus amigos…
Bueno, tenía dieciocho años y las ideas poco claras. No se me podía pedir más.
Pasaron los meses y seguimos haciendo excursiones. En estas excursiones la relación con Javier se hacía más intensa, estábamos fuera del instituto y era normal que surgieran temas y conversaciones que no solían darse en clase. Recuerdo que me vestía con esmero para esas actividades. Era y soy bastante presumido, siempre me ha gustado la ropa y a pesar de mis inseguridades, cuando me miraba en el espejo del cuarto de baño y veía mi cuerpo delgado y que poco a poco iba adquiriendo unas formas más rotundas no podía dejar de excitarme y de gustarme, aquello invariablemente terminaba en unas pajas que manchaban el lavabo.
Era en estas excursiones cuando más disfrutaba de la cercanía con mi profesor. Notaba que él también tenía cierto interés en mí, en clase se sentaba a mi lado, no le gustaba ponerse en la mesa del profesor, habíamos colocado las mesas en forma de u, y él, desde el primer día se había situado entre Lolo, el chaval este que era muy afeminado, y yo. Entonce me podía recrear en su presencia cercana, y oler su perfume, y sentir el calor que su cuerpo desprendía y que hacía que yo, ya de por sí distraído, me distrajera más aún. A veces nuestras rodillas o nuestros codos se tocaban, y aquello me ponía mucho, lo sentía tan cercano…
Como digo, pasaron los meses y vino una época un tanto confusa. Tenía problemas en casa, sobre todo con mi padre. Yo pensaba que no me entendía, estaba dándome todo el día la tabarra con los estudios, había suspendido cuatro en la segunda evaluación y ya no tenía más oportunidades, no podía repetir más. Además, no sé por qué, empecé a tener celos de mi hermano pequeño, José Miguel; pensaba que mi padre le echaba más cuenta que a mí, claro, él era el hijo modélico: iba bien en los estudios y no le daba tantos problemas como yo. A eso se sumó que acabé peleándome con un primo mío con el que solía salir.
Este primo mío era dos años mayor que yo y ya estaba en la universidad. Me había presentado a sus nuevos amigos, chicos y chicas universitarios, con los que me lo pasaba muy bien, aunque eran mayores que yo y estaban viviendo una experiencia que estaba seguro que yo nunca viviría, me sentía aceptado y me veía como uno más de ellos. Ya digo que siempre he sido muy fantasioso, y por eso que me llegara a creer que yo formaba también parte de la vida que ellos llevaban en la universidad, a pesar de que yo seguía en 4º de ESO. Pero hubo un hecho que hizo que dejara de hablar con mi primo, y que me viera solo, sin amigos, y sin esa realidad que yo mismo había ido creando, un hecho desagradable, o al menos así lo viví, aunque quizás ahora, lo hubiera vivido de otra manera. Posiblemente. Entonces tenía dieciocho años y las ideas confusas. Ahora veinticuatro y las ideas muy claras. Lo que pasó fue lo siguiente:
Salimos un sábado por la noche como otros tantos sábados, hicimos botellona con sus amigos y lo pasamos muy bien. Bebimos bastante, bueno, yo al menos bebí mucho, no es que fuera una costumbre habitual, pero ya digo que las cosas en casa no iban bien, y tampoco en el instituto, me notaba raro, muy pasota y con pocas ganas de nada. . Acabamos en una discoteca de la que mi primo, que era un tipo muy abierto y que conocía a mucha gente, tenía pases. Como sabía yo que la noche podía ser larga, le había comentado a mis padres que no me esperaran, que me iba a ir a dormir a casa del primo. Mi padre protestó, pues siempre protestaba cuando yo salía, aunque al final, convencido por mi madre y por mi actitud, aceptó. Además el hecho de que yo saliera con mi primo y con sus amigos le daba cierta tranquilidad, pensaban que mi primo al ser mayor que yo me iba a cuidar.
Total, que salimos de la discoteca sobre las cinco de la mañana, bastante borrachos. Cogimos un taxi y nos fuimos a su casa. Aquel fin de semana mis tíos no estaban. A mi primo se le ocurrió decirle a uno de sus amigos, Juan, un tipo muy atractivo, algo pijo, estudiante de Derecho y tenista semiprofesional, con esa piel morena de los que practican deporte al aire libre, que se viniera a dormir con nosotros. A mí me pareció una idea estupenda. Ya digo que Juan era un tipo que estaba muy bien, además era agradable y solía darme charla cuando yo, que era el más pequeño del grupo, me quedaba un poco colgado.
Llegamos a la casa de mi primo, quien nos ofreció tomar otra copa. Yo estaba bastante borracho, ya lo digo, y ellos parecían estar algo más sobrios, pero no mucho más. Como no quería parecer el niño chico que no quiere beber más, acepté. Nos servimos un cubata cada uno y nos sentamos en el sofá del salón. Empezamos a charlar, bueno, mejor dicho, empezamos a decir tonterías, y a hablar de las tías de la pandilla. Juan estaba colgado por Nuria, una chica muy guapa también y muy simpática pero que tenía novio, pero dijo que quien realmente le ponía era Patri, otra chica del grupo que solía vestir una ropa mínima y muy ceñida, sabía cuál eran sus encantos, dos buenas tetas y un culo respingón, y los explotaba. Mi primo le dio la razón, era una tía tremenda a la que gustaba ponernos, así dijo, a todos calientes. Yo sonreí, como había sonreído Juan, no quería autoexcluirme de aquellas confidencias de machotes. Mi primo, animado por ese momento de complicidad tan hetero, empezó a describir el cuerpo de Patri de una manera bastante explícita: que si sus tetas tenían unos pezones pequeños y puntiagudos, que si sus labios seguro que sabían chuparla muy bien, que si el culo estaba pidiendo a gritos que se la metieran, que si tenía que tener el coño depilado y siempre mojado… Juan lo miraba divertido, estaba disfrutando, se le notaba, es más, en un momento dado le dijo, entre risas, que no siguiera, que se estaba poniendo cachondo. Yo permanecía en silencio, sonreía de vez en cuando y le daba sorbos a mi cubata, aunque ya el estómago se me estaba poniendo del revés.
Mi primo siguió con sus fantasías. Yo no sabía muy bien a dónde quería ir, no me gustaban sus comentarios pero no podía dejar de oírlos y sobre todo, no podía dejar de ver cómo Juan se iba excitando cada vez más, los vaqueros despintados se habían hinchado por la entrepierna, allí donde él, con descarados golpes, tenía puesta la mano, excitación que también compartía mi primo, que también parecía animarse, y también yo, más por la visión del bulto de Juan que por los comentarios de mi primo.
El caso es que, no sé muy bien cómo, ya digo que estaba bastante borracho, mi primo encendió la tele y en un momento en la pantalla apareció una tía que le estaba comiendo la polla a un tío. Mi reacción fue de sorpresa y de cierto aturdimiento: los efectos del alcohol se hacían cada vez más evidentes. Cuando vi que Juan y mi primo se habían sacado sus pollas y empezaban a pajearse, ya no supe si aquello era la realidad o estaba en medio de un sueño bastante extraño y caliente. Claro que yo también estaba excitado, pero por lo que podía ver a mi izquierda: el miembro gordo y moreno de Juan que no paraba de agitarse por el movimiento de su mano. Me tuve que quedar como un lelo, la vista fija en aquel trozo de carne tan apetecible, el segundo que yo veía así, del primero hacía ya casi tres años, empalmado, en directo, de verdad, tan cercano, aquella polla de la que yo no podía apartar la vista. En mi pantalón algo empezó a humedecerse y mi pecho a agitarse y mis labios a hincharse. Creí que no me podría aguantar y que en un momento dado me iba a lanzar con la boca abierta a chupar aquella polla que seguía con sus movimientos frenéticos. Juan, ya digo, seguía en su tarea, la mirada absorta en el televisor, la mano acariciando su verga oscura, se había llevado los dedos a la boca y ahora los pasaba suavemente por aquel capullo casi morado que como un faro seguía llamando poderosamente mi atención. Y mi primo… mi primo seguía también con sus movimientos, pero su mirada no estaba fija en el televisor, su mirada la notaba yo sobre mi rostro. . ¿Qué, Luis, te mueres por darle un bocado?, fueron sus palabras las que me sacaron de mi ensoñación.
En un principio no supe qué quería decir, tampoco que se refería a mí, ya digo que estaba aturdido por el alcohol y más aturdido por la visión del nabo de Juan y de su pecho, se había subido la camiseta y una mano recorría su torso, un torso atlético cubierto de ligeros vellos oscuros. De ahí, que mi primo, una sonrisa en su boca, volviera a decir, esta vez más fuerte: Anda, Luis, atrévete, chúpasela. Estás deseando.
No solo ya entendí lo que me estaba diciendo, sino que también lo entendió Juan, menos borracho posiblemente, y más consciente de lo que estaba pasando. Noté sus ojos en mí, y cómo había dejado de pajearse. No era una mirada complaciente, la verdad. Se volvió hacia mi primo, quien seguía meneándosela, como si aquella situación le excitara más que la se estaba produciendo en la pantalla, y de nuevo, fijó sus ojos en mí. ¿Te gusta?, me preguntó Juan echándole un vistazo a su polla que volvia a agitarse, ¿te gustan las pollas, putita?
Mi mirada iba de su nabo a sus labios y a sus ojos. Unos ojos en los que se reflejaba una tensión que no me gustaba nada. Mi corazón se había acelerado, y mi respiración se hacía ahora más dificultosa. En mi cabeza un montón de imágenes se agolpaban en un vértigo indescifrable: aquella tarde en el dormitorio de primo cuando le comenté más o menos lo de mis dudas sexuales en plan confidencia, la discoteca,, un tipo que me había echado una mirada intensa en los servicios de la discoteca, Javier, mi profesor, el ruido de la botellona, mi padre echándome una bronca … El caso es que aquello que tanto se había estremecido dentro de mi pantalón dejó de dar señales de vida y que una especie de miedo y vértigo empezó a subirme por el pecho. Sí, oí la voz de mi primo,a la pequeña le van las pollas, ¿no ves cómo te mira?, le preguntó a Juan con una sonrisa en la boca. Pues adelante, puto, cómetela entera, replicó Juan levantándose y dirigiendo su nabo enorme hacia mi boca.

(continuará…)

La Lección De Mi Primo

Martes, octubre 7th, 2014

Finalmente fuimos a Viña del Mar porque después de varios años mi papá había arreglado sus diferencias con su hermano mayor. Nos quedaríamos en su casa. No veía a mis tíos desde el funeral de mi abuela, años atrás. Como mi primo Lorenzo se había ido con unos amigos a La Serena, mis tíos me ofrecieron su pieza. Él también era hijo único como yo y de él si no me acordaba para nada.

Después de cenar subí corriendo a jugar con la Play 3 de mi primo. Me quedé dormido con la tele encendida. Desperté con un golpe. A los pies de la cama había un chico mirándome que supuse era mi primo. Enojado me preguntó quién era. Le dije que era Franco, su primo de Santiago. Se rió, me pidió disculpas y me dio la mano. Lorenzo tenía diecisiete años, moreno, de pelo negro crespo y corto, ojos verdes, alto y flaco aunque se notaba que ejercitaba porque tenía los músculos marcados, sobre todo en su estómago. Yo tenía doce años, alto para mi edad pero obviamente más bajo que mi primo; flaco, pálido; cabello rubio liso y largo, ojos celestes.

Me dijo “huevón ¿te corriste la paja? Ta pasao a moco aquí”, me puse rojo, le dije que no. La verdad, en ese tiempo yo no entendía muy bien qué era correrse la paja o pajearse. Intuía que era algo relacionado con sexo por lo que había escuchado en los baños del colegio, pero exactamente no sabía. Miré la hora, eran las 12:50 de la noche. Lorenzo empezó a sacarse la ropa. ¿Tú no estabas en La Serena? –le pregunté. Me contó que un par de amigos se intoxicaron con mariscos así que uno de los padres de los afectados los trajeron a todos de vuelta. Cagó la fiesta –dijo Lorenzo. Oye huevón, voy a bajar al jacuzzi ¿querí venir y nos tomamos unas chelas? –me preguntó. Acepté. Entré al baño a mear y al salir mi primo ya tenía su traje de baño puesto. Me dijo que me esperaba abajo y se fue. Me puse un traje de baño y bajé.

Mi primo me observó un rato mientras tomaba los primeros tragos de su cerveza y me dijo “tai muy flaco, huevón; tení que hacer más deporte”. No sé cómo adivinó que yo no jugaba ni taca taca. Sacó del refrigerador otra cerveza, me la pasó. Al seco –me dijo y así lo hicimos. Era la segunda vez que tomaba cerveza. Sacó otro par y nos dirigimos al patio. La noche estaba súper tibia para ser noviembre y el agua del jacuzzi estaba exquisita. Estuvimos como una hora metidos ahí, nos tomamos tres cervezas cada uno y subimos a acostarnos. Oye huevón vamos a tener que compartir cama ¿o preferí dormir en el suelo? –me preguntó. Me da lo mismo, igual tu cama es grande –le dije. Vale, duerme aquí no más entonces, espero que no ronques –me dijo, le aseguré que no. Los trajes de baños quedan colgados acá, en la barra de la ducha –me gritó desde el baño. Al salir lo vi desnudo. Su pene era grande, oscuro y grueso; tenía la cabeza afuera y su color rosado contrastaba con el resto de su miembro. Me llamó mucho la atención. Se metió a la cama. Caminé hasta el baño, me saqué el bañador, miré mi pene; lo sentí enano, le di una sacudida y caminé hasta la cama. Me quedé de pie ahí, con los brazos a los lados sin saber qué hacer. Mi primo me miró de arriba abajo. ¿No trajiste pijama?—me preguntó. No –le mentí. ¿Oye, cuánto mides? –me preguntó. Le respondí que no sabía. Salió de la cama y fue hasta el baño. Me dijo que fuera. Me mostró una cinta de medir que estaba pegada detrás de la puerta. Ponte ahí –me dijo y sosteniendo mi frente contra la puerta me dijo “un metro sesenta y cinco”. A ver tú –lo invité. Se puso en la misma posición, tomé un cepillo de dientes y lo sostuve en la marca porque yo no alcanzaba a verla. Se quitó y medimos un metro ochenta y dos. Eres un enano –me dijo riéndose burlesco. Demás que te alcanzo en dos años más –le dije. Lorenzo volvió a la cama. Me pidió que le llevara una regla que tenía en su escritorio. Se la pasé. Acuéstate no más –me dijo. Metió la regla debajo de las tapas y la sacó. Me dijo “mi pico mide catorce centímetros, toma y mídete el tuyo a ver”. Tomé la regla y marqué con un dedo dónde llegaba la punta de mi pene. Miré el número y le dije “ocho”. Soltó una carcajada. Le dije “ya para de huevearme huevón, tú eres cinco años mayor que yo, cuando tenga tu edad voy a tenerlo más grande que tú”. Sí claro, y eso que no me lo hai visto parado huevón –me respondió riéndose, se dio vuelta y apagó la luz. Me volteé hacia la ventana y me quedé dormido.

Desperté con un portazo. Mi primo había entrado al baño. Escuché sus pedos. Me estiré y me di cuenta que mi pene estaba erecto. Otra vez. Qué molesta sensación. No sabía qué hacer con él. Levanté las sábanas. Lo miré, lo apreté, no se bajaba. Decidí ponerme un short por si salía mi primo. Demasiado tarde. Mi primo salió del baño de nuevo en pelota. Me senté en la cama. Oye huevón, me voy a duchar y voy a bajar a la playa ¿querí ir? –me preguntó, le agradecí pero rechacé la oferta. Me fijé en su pene. Esta vez el glande estaba oculto. No entendí por qué hacía eso, yo sacaba el glande sólo al lavármelo. Cuando Lorenzo se fue, salí de la cama y me metí a la ducha. Al salir, me sequé bien, tomé mi pene y me eché el cuerito para atrás. Como siempre, se me corrió para adelante solo, volví a hacerlo y lo mantuve así con los dedos. Me miré en el espejo. Me sentí ridículo así que dejé de hacerlo.

En la tarde yo estaba en la piscina cuando llegó mi primo y de un salto se unió. Al rato subimos a su pieza a jugar Play. La mamá de Lorenzo nos avisó que “los grandes” irían a pasear y de ahí se pasarían al casino. Estuvimos jugando un par de horas hasta que bajamos a la cocina a calentar pizza. Mi primo dijo “me meo” y se empinó un poco en el lavaplatos y se puso a mear. Me reí y le dije “huevón cerdo”, él se rió y me dijo siempre hago esta huevada cuando no están mis viejos. Se sacudió su tremenda verga y se la guardó. Es liberante mear en esta huevada huevón, debería hacerlo algún día –me aconsejó. Sacó un par de cervezas, comimos y subimos. Tomábamos cerveza, jugábamos Play y mi primo fumaba cigarrillos. Me preguntó si yo fumaba. Le dije que no. Me preguntó si ya me pajeaba. Fui sincero –gracias a las cervezas supongo– y le dije “¿sabí qué? he escuchado esa mierda varias veces y no sé qué chucha es”. Mi primo se rió. Me dijo “es masturbarse po primito”, y qué es masturbarse –le pregunté. Puta el huevón perdido, ven pa’cá, te voy a dar la lección de las lecciones –me dijo acercándose a su computador. El se sentó y yo me quedé de pie a su lado. Empezó a poner unas fotos de chicas desnudas. Se me empezó a poner duro. Crucé las piernas. Mi primo giró hacia mi paquete y me dijo “ok, ya se te para al menos, a mí también” y se agarró el bulto del short. Ahora bájate el short e imítame. Puso un video porno, se bajó el short y su verga gigante saltó como un resorte. Le tocaba el estómago. Mi primo agarró su pene y empezó a frotarlo como limpiando un rifle. Mi corazón se puso a latir a mil. Mi primo veía el video y seguía en lo suyo. De pronto me miró y me dijo “pero huevón, haz lo mismo, esto es pajearse o correrse la paja o masturbarse o como querai decirle, vai a ver lo bacán que se siente” y diciendo esto me bajó el short. Una gota de líquido transparente salió de la punta de mi pico. La recogí con un dedo y me la limpié en la pierna. No huevón, no seai gil –me dijo– esa gota la esparces por la callampa y la usai como lubricante, así –mi primo subió el cuero de su pico lentamente y apretando fuerte y al bajarlo salió una larga gota transparente. La cogió con el dedo índice y la esparció por toda la cabeza. Mientras lo hacía me decía “así ¿ves?” y yo veía y sentí que otra gota salía así que eché el cuero para atrás y lo imité. Empecé el sube y baja más rápido. Comencé a sentir una rica sensación, como eléctrica. Mi primo revisó mi técnica y me dijo “tení que ir tapando y destapando la callampa, hasta atrás ¿o te duele?” Un poco –le dije, échale saliva –me dijo, y eso hice. Con el tiempo el cuero se te va a ir soltando –agregó. La electricidad en mi cuerpo aumentaba, la película estaba cada vez más caliente y mi primo se la estaba cascando a toda máquina diciendo garabatos y respirando fuerte. Sentí temblar mis piernas y dije “¡conchetumadre!” y de mi pico saltó un chorro de algo blanco y espeso. Cayó en la pierna de mi primo. Mi primo se impresionó un poco, aceleró sus movimientos, cerró los ojos, se apoyó hacía atrás en la silla y saltaron no uno sino varios chorros de lo mismo sobre su estómago. Exhaló fuerte, yo me sentí débil. En un gesto de complicidad mi primo estrechó su mano toda mojada con la mía y me dijo “esto es semen primito, es lo que sale de tu pico cuando estai en el placer máximo. También le dicen leche o moco. Bienvenido al club de los pajeros” dijo sonriendo algo exhausto. Sonreí. Fuimos a ducharnos. En la ducha me explicó la importancia del aseo personal y más cosas del sexo y del embarazo y de los condones. Nos revisamos los penes con atención mientras nos jabonábamos.

Después de eso, bajamos a comer algo y subimos a ver una película. Nos quedamos dormidos. Desperté y mi primo tenía sus brazos alrededor mío, estábamos acostados de lado. Me quedé dormido nuevamente.

Me impresiono mi padre

Lunes, septiembre 15th, 2014

Mis padres están divorciados desde que yo tenía cinco años ahora tengo veinte, vivo con mi madre y la relación que tengo con mi padre es muy buena es más bien como de amigos. Mi papá vive solo y yo paso los fines de semana en su casa.
Debo describir un poco como es mi papá, es súper relajado, muy comprensivo, buenísima onda muy educado y muy propio, aunque tiene su carácter, totalmente lo contrario a mi madre, físicamente es delgado, marcadito, moreno, ojos color aceituna, cabello castaño oscuro y ondulado, mide 1.75 m. y gracias a que se cuida mucho practica yoga y le gusta andar en bici aparenta unos treinta y cinco años cuando en realidad tiene cuarenta y tres, también debo mencionar que es muy atractivo.
Yo soy también delgado, 1.70m. piel clara, ojos café, cabello castaño claro, totalmente parecido a mi madre.
Trabaja en una empresa constructora aquí en la capital y debido a una obra lo mandaron a otra ciudad junto al mar por cinco semanas para que supervisara algunas cosas, pasaron las semanas y recibí su llamada anunciado su regreso para el sábado siguiente, que me tenía un regalo y que se había comprado una pantalla plana de cincuenta y dos pulgadas.
Resulta que llego un par de días antes los cuales aprovecho para que instalaran su pantalla, entonces le dije que me invitara a ver una película en su nueva televisión y quedamos de vernos el sábado para disfrutar una tarde juntos lo cual le pareció perfecto porque me dijo que quería descansar y no salir de casa.
Llegue, como yo tengo llaves de la casa entre sin anunciarme ni hacer ruido, mi papá tenía preparado queso, jamón, el sushi que me gusta, uvas y una botella de su vino favorito, cuando lo vi me quede sorprendido había cambiado su look ahora estaba rapado y con barba de candado, debido al sol de la playa donde estaba también tenía un bronceado de envidia, yo en alguna ocasión había fantaseado con mi papá pero al verlo no pude dejar de contemplar lo guapo que se veía, realmente quede impresionado.
Estaba acostado en el sillón me acerque para saludarlo, me senté en el otro sillón, mi papá lucia cachondisimo solo tenía puesta una playera de cuello muy pronunciado algo ajustada y unos pantalones de una tela muy delgada color blanco que parecían como los que usa cuando hace su yoga. El verle descalzo con los pies perfectamente cuidados como siempre lo ha hecho y apreciar sus brazos con los vellos con un tono color cobrizo por el agua de mar me estaba alterando.
Empezamos a platicar de cómo le había ido pero la verdad no podía concentrarme en lo que me contaba, una extraña sensación se apodero de mi, sentía mariposas en el estomago y de hecho hasta estaba nervioso al pasar los minutos me di cuenta, estada muy excitado y deseando a mi padre yo no lo podía creer pero era cierto.
Mi papá me dio a escoger la película que veríamos y de pronto se puso de pie para servirme un poco de vino y darme mi regalo, cuando lo vi parado me quede sin respiración la tela del pantalón era tan delgada que se transparentaba todo y pude apreciar que no tenia puesta ropa interior, muchas veces lo había visto desnudo pero con ese atuendo se veía tan sugerente, tan sexy, tan provocativo que sentía que se me salían los ojos.
Total que brindamos y nos pusimos a ver la película pero en realidad a quien veía era a mi padre, el deseo de abrazarlo, de sentir su piel fue más grande que cualquier vergüenza que pudiera sentir.
Me quite los zapatos y me acosté en el mismo sillón que él, mi papá se me quedo viendo como cuestionándose porque lo había hecho pero no dijo nada, para acomodarnos nuestras piernas se entrelazaron yo estiraba mi brazo para darle de mi sushi en la boca y respondió de la misma manera con lo que él comía. Después de un rato tome su pie y le empecé a dar un masaje, dijo que se sentía muy rico y puso su otro pie en mi pecho para que también fuera consentido de pronto el tomo los míos me quito los calcetines y también inicio un rico masaje como los que nos dan cuando me invita al spa, obviamente yo tenía una erección tremenda sin pensar lamí sus pies él los quiso retirar inmediatamente pero lo sujete fuerte sus pies son suaves mi lengua pasaba entre sus dedos y él con cara de total asombro termino simplemente con los ojos cerrados disfrutando de lo que estaba haciendo.
Me quite la camisa y le pedí que me diera masaje en los hombros, me senté dándole la espalda y empecé a disfrutar del placer que sentía al tener sus manos sobre mí, me pregunto que si todo estaba en orden yo solo reí afirmando, me recargue en su pecho tome sus manos colocando sus brazos para que me diera un fuerte abrazo y le dije que lo quería mucho, me respondió diciéndome que también me quería mucho. A pesar de que somos afectuosos me comento que no recordaba cuando había sido la última ocasión que me había dado un abrazo como ese que seguramente había sido cuando yo era un niño.
Así, yo recargado en su pecho, abrazados con nuestras piernas flexionadas, juntas y sintiendo sus pies sobre los míos continuamos viendo la película.
Un rato después me puse de pie y le pedí que se levantara, inmediatamente coloco un cojín en su regazo, se negó pero insistí, no quería que me diera cuenta que tenia la verga parada pero era evidente, al estar de pie no podía creer como se le marcaba la verga, de un jalón baje sus pantalones y esa hermosa verga morena, grande y cabezona provoco que me pusiera de rodillas para mamarla desenfrenadamente era la primera vez que la veía erecta, mi papá me lo impidió, estaba sin palabras solo escuchaba su respiración acelerada yo me levante y me quite los jeans tome su mano y la dirigí a mi verga que chorreaba a montones mi padre la sujeto como con miedo puse mi mano sobre la suya e inicie con movimientos suaves a masturbarme indicándole cómo hacerlo, el temblaba, yo tome la suya para hacer lo mismo, nos quedamos viendo y poco a poco acerque mi boca para que se unieran en un beso que nos hizo estremecer , nos abrazamos y sus manos acariciaban mi rostro, de pronto se separo y me dijo que no era correcto lo que hacíamos, lo abrase y le pedí que solo sintiera, que pensara que era la demostración de amor de un padre a su hijo, me abrazo nos besamos y me dijo lo mucho que me quería.
Lo tome de la mano nos dirigimos a la recamara nos acostamos en la cama y mi papá paso sus labios por cada centímetro de mi cuerpo cada uno de sus besos y sus caricias me estremecían, la delicadeza y el cuidado con que me acariciaba demostraba un cariño infinito pero al mismo tiempo tenían un aire lascivo, cada una de sus caricias, de sus besos, de los roces de sus labios en todo mi cuerpo fueron correspondidos de la misma manera yo me acomode para tener su verga frente a mi cara la tome con mi mano y la empecé a mamar, pasar mi lengua por su tronco, chupar sus huevos, saborear esa cabeza que no dejaba de producir ese liquido que era como un poción que me embrujaba a mi padre le producía un estremecimiento brutal sus gemidos me calentaban aún más.
De pronto cambio de posición y el también devoro mi verga que casi tiene las dimensiones de él podía sentir como le producía placer el hacerlo, chupaba mis huevos para luego pasar su lengua por el tronco, chupar la cabeza de mi pito y metérsela hasta la garganta, estando boca arriba tome mis piernas levantando el culo para dejarlo expuesto él sin dudar lo chupo, su lengua me subió al cielo puso mis piernas sobre sus hombros y coloco su verga en mi ano, lentamente me la fue metiendo, la verga de mi padre se fue abriendo camino hasta que estuvo totalmente adentro, el dolor que sentí nunca se comparo con el placer que me causo, el ritmo de mete y saca así como el choque de sus testículos en mis nalgas me hacían sentir como si una corriente eléctrica pasara por todo mi cuerpo, ese ritmo se aceleraba y disminuía y se volvía a acelerar le pedía que continuara de esa manera lo más posible, me acariciaba se inclinaba lo suficiente para besarme, el grito de mi padre indicaba que se venía, mi culo apretaba su verga él arqueaba la espalda para meterla hasta lo más profundo y podía sentir como su leche salía disparada dentro de mí, una vez que termino me la saco y me abrazo su cuerpo lleno de sudor me hacía sentir único, no paraba de decirme lo mucho que me quería.
Yo estaba en las nubes no daba crédito mi padre me había penetrado, la verga que me había dado la vida era mía, me quede dormido acostado sobre su pecho con mi pierna entre las suyas y el abrazándome, no sé cuánto tiempo nos quedamos dormidos por el cansancio pero rato después me despertó su mano que me estaba masturbando yo simplemente me deje, empezó a besarme su lengua pasaba por mi oreja y el cuello, bajo por mi torso y volvió a mamar mi verga, que placer sentía yo de nuevo al sentir su lengua y barba en mis ingles en la parte del vello en mi abdomen paro se me quedo viendo y me dijo que me hiciera a un lado se puso boca abajo y me dijo que quería sentirme dentro de él, mis ojos brillaron le chupe el culo que a cada lengüetazo paraba ofreciéndomelo, me rogo que lo no hiciera esperar, coloque la cabeza de mi verga en su culo y empuje poco a poco, me suplicaba que lo hiciera con cuidado que era la primera vez que sería penetrado, cuando dijo eso yo sentí algo indescriptible era yo quien se la metería por primera vez, mi pobre padre sentía dolor finalmente entro toda mi verga e inicie el bombeo, los gemidos de mi papá eran excitantes, su culo era calientito, apretadito, le pedí que cambiáramos de posición para poder ver su cara llena de placer, tenía sus piernas en mis hombros, metía y sacaba mi verga con fuerza y al mismo tiempo lamia sus pies, me di cuenta y de que mi padre tenía lagrimas en los ojos, pare y pregunte si lo estaba lastimando, el suplico que no parara, que no lloraba de dolor, que lloraba de felicidad y de placer.
Continúe metiéndosela tratando de no terminar así pasamos unos minutos hasta que le dije que estaba a punto de venirme se zafó y me la mamo hasta que me vine, chorros de semen salieron inundando su boca él me abrazo me beso de tal forma que sentía una comunicación que no requería palabras mi leche pasaba de una boca a otra, fue increíble, esto se convirtió en un pacto, el de demostrarnos desde ese día nuestro amor de padre e hijo de esta manera tan profunda.
Hoy día no quiero otra cosa más que estar con mi papá todo el tiempo posible de hecho me ha pedido que me mude a su casa ahora que mi madre tiene una pareja nueva y por supuesto que lo haré.